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versión impresa ISSN 0718-7432versión On-line ISSN 0719-5699

Tiempo hist.  no.22 Santiago jun. 2021

http://dx.doi.org/10.25074/thv0i22.1976 

Artículos

HISTORIOGRAFÍAS EN DISPUTA. EL CASO DE LA REVISTA HISTORIA EN LA DICTADURA MILITAR CHILENA*

CONTESTED HISTORIOGRAPHIES. THE CASE OF THE JOURNAL HISTORIA DURING THE CHILEAN MILITARY DICTATORSHIP

Nicolás López Cvitanic1 

1 Magíster en Historia, Pontificia Universidad Católica de Chile, Chile (en vías de graduación). Correo electrónico: nflopez1@uc.cl.

RESUMEN:

El presente artículo analiza el desarrollo de la historiografía chilena durante la dictadura militar mediante la producción generada por la revista Historia de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Considerando la cercanía del régimen con esta institución, se propone que en las publicaciones de la revista convivieron dos tendencias historiográficas. En primer lugar, y de forma predominante, una historiografía cercana al relato oficial de la dictadura y que empleaba elementos propios del historicismo decimonónico. En segundo lugar, una suerte de resistencia historiográfica que progresivamente fue incluyendo nuevas perspectivas y metodologías de la disciplina que se encontraban en auge en el ámbito global.

Palabras clave: historiografía chilena; revista Historia, Universidad Católica de Chile; dictadura militar; represión

ABSTRACT:

This article analyzes the development of Chilean historiography during the military dictatorship through the production generated by the academic journal Historia from the Pontificia Universidad Católica de Chile. Considering the closeness between this institution and the regime, it is suggested that in the published numbers of the journal two historiographical tendencies coexisted. In the first place, and predominantly, a historiography closed to the official narrative of the dictatorship and that employed typical elements of nineteenth-century historicism. Second, a kind of historiographical resistance that progressively included new perspectives and methodologies of the discipline that were booming at a global level.

Key words: Chilean historiography; journal Historia, Universidad Católica de Chile; military dictatorship; repression

Introducción

El trabajo del historiador no se entiende sin la influencia de su contemporaneidad1. El contexto en el que éste se desenvuelve articula y define su propio trabajo, en tanto responde a preocupaciones específicas de un período específico. Como plantea Benedetto Croce, “no llegaremos a entender la historia de los hombres y de otros tiempos mientras no comprendamos los requerimientos que aquella historia satisfizo”2. Siguiendo esta idea, es posible aseverar que toda historia es historia contemporánea, en tanto la producción historiográfica está en sintonía con las necesidades que aquejan a su autor3.

El historiador no solo se ve influenciado por las necesidades del presente, sino que también por las condiciones en que puede desarrollar sus investigaciones. Así, tanto la disponibilidad de fuentes históricas como la posibilidad de acceder a los archivos están determinadas por la institucionalidad política del momento, la cual puede favorecer o limitar la producción historiográfica de ciertos grupos y personas. Ese es el caso de los regímenes autoritarios, en los cuales la circulación de ideas se encuentra supeditada a temáticas específicas y restringida a ciertos sectores de la sociedad.

Durante la dictadura militar chilena (1973-1990), los derechos civiles de la población estuvieron limitados por medio de una sistemática represión en diferentes ámbitos, la cual también incluyó el plano de las ideas4. Los cuestionamientos al régimen militar fueron violentamente suprimidos, pues suponían una posible alteración al nuevo orden resguardado por los golpistas. Frente a ello, cabe preguntarse ¿cómo se desarrolló la historiografía nacional en medio de la represión ideológica impuesta por la dictadura?

Al respecto, es posible plantear que el quehacer historiográfico chileno presentó una ambivalencia durante este periodo. En primer término, el régimen construyó una historia “oficial” para legitimarse, en cuya narrativa el gobierno de Augusto Pinochet constituía la base del renacer de un país sumergido en la decadencia. Su heroica misión no podía ser otra que salvar a Chile del marxismo y de los vicios del presidencialismo y el partidismo político. El mismo Pinochet señalaba:

“El 11 de septiembre de 1973 será considerado en nuestra Patria como uno de los sucesos políticos más importantes de su historia, tanto como el nacimiento de Chile a la vida independiente el 18 de septiembre de 1810, o como la creación del Estado portaliano en 1830, o la Revolución de 1891, hechos cuya trascendencia en la Nación chilena son hitos que señalan, en cada caso, un cambio de rumbo significativo”5.

Desde la dictadura y sus partidarios existía la imperiosa necesidad de crear un discurso oficial que sustentase la instauración del gobierno militar, el cual refundaría los cimientos de la nación modificando las estructuras políticas, económicas, sociales y culturales. La historia se levantaba como un bastión fundamental del régimen, pues por medio de ella era posible apreciar las supuestas bondades del autoritarismo en experiencias previas, contribuyendo a enaltecer la estructura de poder instaurada por los militares desde 1973.

Esta historia oficial también tenía un especial componente historiográfico: el análisis de elementos alejados del pasado reciente, intentando borrar así las conexiones con el tortuoso presente que vivían los chilenos en dictadura6. Este tipo de historia, que denominaremos “historia anticuario”, pretendía que el análisis de los procesos históricos no se convirtiera en un asunto problemático para el régimen. Empleando elementos propios del historicismo europeo decimonónico, un gran número de historiadores concentró su atención en la narración de eventos y grandes personajes a partir de una comprensión del tiempo en sentido lineal y con un desarrollo ascendente de la humanidad, dentro del cual cada etapa histórica era superior que su antecesora7. En efecto, el régimen militar fue presentado como la solución a la crisis política, económica y social instalada por el gobierno de la Unidad Popular (1970-1973), de forma tal que la continuidad del gobierno de Pinochet auguraba un futuro promisorio para Chile, dejando atrás un pasado decadente.

Sin embargo, paralelamente a la existencia de esta historia oficial-anticuario, en Chile también se gestaba una suerte de resistencia historiográfica que terminaría incorporando nuevas corrientes al interior de la disciplina histórica. En particular, fue la historia social la principal encargada de condenar los crímenes del régimen de Pinochet, intentando explicar el pasado reciente de Chile más allá de los estrechos límites impuestos por la visión conservadora y autoritaria. Nuevas temáticas aparecieron en las investigaciones históricas, pero en oposición a las directrices oficiales. Se trataban de asuntos relativos a la vida cotidiana de los chilenos, realizado por historiadores en el exilio o en condiciones de exclusión y represión, tal como vivía la mayoría de la población8. De este modo, la única forma de acercarse al pasado reciente de la sociedad chilena, marcadamente violento y hostil, era “preocuparse de los sujetos reales de carne y hueso, para reconstituir en ellos, desde sus relaciones sociales, desde su propia memoria, una práctica más auténtica de la política”9.

Si bien estas temáticas fueron omitidas por la historia oficial, no por ello dejaron de salir a la luz. Así, en este artículo se propone que durante la dictadura militar convivieron dos formas de hacer historia en Chile, cuyos métodos y objetos de estudio eran disímiles entre sí: la historia oficial-anticuario, que legitimaba a la dictadura con base en elementos característicos del historicismo, y la historia resistencia, que se aproximaba a las nuevas corrientes historiográficas preferentemente desde las sombras del exilio y la clandestinidad.

A grandes rasgos, esta perspectiva dual es compartida por algunas de las investigaciones existentes sobre el desarrollo historiográfico chileno durante la dictadura de Pinochet10. En estos trabajos se analiza la situación de la historiografía nacional en términos generales y considerando principalmente la experiencia de aquellos historiadores que promovieron nuevas formas de hacer historia desde el exilio, en instituciones duramente reprimidas, o bien desde espacios autogestionados, como grupos de estudio11. Y es que allí es donde encontramos las mayores expresiones de nuevas corrientes historiográficas en el ámbito nacional durante estos años, como historia social, cultural o de las mentalidades, y con un especial interés en los sujetos populares. En instituciones oficiales, en tanto, difícilmente se abordaban historias de sindicalistas, de mujeres o de migrantes12.

No debiese extrañar que estos asuntos no fueran considerados en dichos espacios. Con el golpe de Estado, los tradicionales centros de producción académica, las universidades, pasaron a estar controladas por los militares mediante la intervención de las cátedras y la designación de autoridades, coartando sustantivamente la libertad de expresión de sus integrantes13. Las humanidades y las ciencias sociales se vieron especialmente reprimidas por el régimen, pues éste veía en la promoción del pensamiento reflexivo y crítico una eventual amenaza a su legitimidad14. En consecuencia, las plataformas universitarias de humanidades y ciencias sociales existentes antes del golpe fueron desmanteladas, y muchos de sus académicos, exonerados por cuestiones políticas, debieron proseguir sus carreras en el extranjero15. Peor aún, varios estudiantes y profesores fueron víctimas de graves violaciones a los derechos humanos, siendo encarcelados, torturados y asesinados por agentes estatales16.

Sin embargo, las políticas dictatoriales se aplicaron de forma diferenciada. No todas las áreas del conocimiento ni tampoco todas las universidades sufrieron los embates de la dictadura de igual manera. A pesar de la represión y censura efectuada hacia las humanidades y las ciencias sociales, éstas habrían podido desenvolverse con cierta autonomía en algunos centros académicos. Se trataba de instituciones universitarias más cercanas al régimen de Pinochet, lo que habría otorgado una mayor libertad de acción a sus miembros.

Ese fue el caso de la Pontificia Universidad Católica de Chile, cuna de dos de los bastiones de la dictadura: el gremialismo y el neoliberalismo. Fue allí donde se formaron Jaime Guzmán, fundador del Movimiento Gremial en 1967 y principal ideólogo de la Constitución de 1980, así como parte importante de los economistas que implantarían el modelo neoliberal en Chile: los Chicago Boys. Por supuesto que un centro académico y sus respectivas facultades, con pensamientos diversos en su interior, no pueden reducirse al accionar de ciertos individuos. Pero sí es posible sentenciar que desde las aulas de la Universidad Católica egresaron algunos de los principales ideólogos de la dictadura, lo que permitió establecer importantes vínculos entre los integrantes de la institución y los colaboradores del régimen.

La cercanía de la Universidad Católica con la dictadura también se explica a partir de la profunda intervención que realizaron los militares en la institución luego del golpe de Estado17: el vicealmirante Jorge Swett fue designado como rector, centenares de académicos fueron exonerados, el gremialismo cooptó los cargos de representación estudiantil, las elecciones fueron suspendidas y el Consejo Superior entró en un largo receso. Con los años, la mano militar al interior de la universidad se haría sentir. El mismo rector Swett indicaría en una de sus cuentas públicas la necesidad de prohibir el proselitismo político y los elementos marxistas de la institución18. En definitiva, a diferencia del activo rol que tomó la Iglesia Católica en la defensa de los derechos humanos durante la dictadura, la universidad históricamente vinculada a ella se consagró como una institución bastante cercana al régimen19. En función de ello, la Universidad Católica conseguiría un fructífero desarrollo científico, docente e investigativo en este periodo20.

Así, resulta conveniente considerar el desarrollo historiográfico chileno desde un enfoque que aún no ha sido lo suficientemente analizado: la producción académica generada en aquellas instituciones más cercanas al régimen, como la Universidad Católica. Su grado de cercanía con la dictadura permite suponer que sus miembros participaron en los círculos académicos de la época con mayor autonomía que en otras instituciones, ciertamente abordando temáticas y perspectivas que de preferencia no incomodaban a la dictadura. No obstante, ello también habría contribuido a que sus integrantes tuviesen mayores posibilidades de explorar y difundir nuevas materias, aproximaciones y metodologías historiográficas que se encontraban en auge en el ámbito global. Es así como la actualización disciplinar habría contribuido a profesionalizar el oficio del historiador en Chile, en medio de la represión e incluso desde las instituciones más cercanas al régimen.

Considerando aquello, este artículo profundiza en un objeto de estudio poco explorado en las investigaciones historiográficas existentes a la fecha: el análisis de revistas académicas de historia21. Este tipo de fuentes posee un valioso potencial, pues refiere, en un sentido amplio, a cómo se entiende y desempeña la disciplina en el ámbito nacional, pero desde una explícita posición institucional. Específicamente, examinaremos las publicaciones efectuadas entre 1973 y 1993 por la revista Historia, a cargo del Instituto de Historia de la Universidad Católica de Chile, y que ha llegado a constituir una de las principales publicaciones de la disciplina en Chile22. Respecto a la temporalidad empleada, es necesario señalar que la fecha de término está marcada por un hito simbólico: en 1993 se cumplió medio siglo de la enseñanza de la historia en la Universidad Católica. Este hecho llevó a revisiones acerca del desarrollo de la disciplina en la institución, lo que nos brinda, por tanto, una idónea oportunidad de análisis con respecto a la autopercepción del Instituto y la revista durante los años de la dictadura.

Entre la legitimación y la omisión

Con el inicio de actividades de la Escuela de Pedagogía en 1943, se instauró la enseñanza sistemática de la historia en la Universidad Católica de Chile. Sin embargo, recién en 1970 se fundó el Instituto de Historia en dicha institución, desplazando al existente Departamento de Historia y Geografía. La fundación coincidió con tiempos marcados por las tensiones sociopolíticas en el país, las cuales también se hicieron sentir al interior del Instituto. Al respecto, uno de sus académicos en ese entonces, Ricardo Krebs, señala:

“Los profesores, en su mayoría, mantuvieron una actitud tradicional: señalaron que la ciencia debía estar por encima de las contingencias políticas y desaprobaron los cambios revolucionarios promovidos por la Unidad Popular. Pero también hubo profesores que se identificaron con la política de cambios propiciada por la Democracia Cristiana y con los proyectos revolucionarios de la Unidad Popular. Los más avanzados adhirieron al marxismo y señalaron que el materialismo dialéctico constituía la única teoría científica que era capaz de explicar la realidad histórica y que era, a la vez y ante todo, un instrumento para cambiar la historia”23.

Para Krebs, esta situación conflictiva al interior del Instituto de Historia tensionó el ambiente de trabajo y resintió profundamente la labor del historiador24.

No obstante, el debate intelectual también trajo resultados beneficiosos en el Instituto, como la creación del Departamento de Historia Económica y Social en 197025. Ello era un reflejo de que la historiografía chilena estaba dando pequeños pasos para insertarse en las corrientes historiográficas que desde hace casi un siglo venían tomando fuerza en el Norte26.

Sin embargo, la realidad era que, en los años sesenta y setenta, la historiografía chilena en general se encontraba bastante atrasada en relación al desarrollo de la disciplina en el mundo. Los contenidos de la revista Historia confirman esta percepción. Fundada en 1961 por Jaime Eyzaguirre, la publicación dedicada a la divulgación de fuentes e investigaciones históricas se transformó en uno de los principales logros del entonces Departamento de Historia y Geografía de la Universidad Católica. En su primera edición, los artículos estuvieron centrados en la historia colonial de Chile y América, lo que marcaría la pauta para los números siguientes27. En efecto, hasta la década de 1970 es posible advertir una evidente cercanía de las publicaciones de la revista con el historicismo clásico, como lo demuestran las investigaciones centradas en el relato lineal de acontecimientos y grandes personajes.

Por supuesto, el Instituto de Historia de la Universidad Católica también resintió la instalación de los militares en el poder. Julio Retamal, quien había asumido como director del Instituto días antes del 11 de septiembre, debió seguir las órdenes del nuevo rector designado, el vicealmirante Jorge Swett, con lo que el cuerpo docente fue modificado, los académicos que permanecieron en el claustro fueron sometidos a rigurosas evaluaciones, se le realizaron ajustes al currículo de la licenciatura, se aprobó un nuevo reglamento, y el Departamento de Historia Económica y Social, como era de suponer, fue eliminado28. Si bien existía una heterogeneidad de individuos y pensamientos al interior del Instituto, el matiz conservador de la escuela perduró durante los años de la dictadura, a tal punto que uno de sus directores, Horacio Aránguiz, llegó a ser posteriormente ministro de Educación del régimen de Pinochet.

Con estas consideraciones no sorprende que la tendencia historiográfica dominante en la revista Historia, la cual era directamente dependiente del Instituto, no sufriera grandes variaciones con el golpe de Estado. Y es que el sello de la publicación no era contestatario, sino que, por el contrario, era compatible con la historia oficial de la dictadura, que situaba a los militares como salvadores de un país sumido en la decadencia marxista: grandes personajes, como Augusto Pinochet, mediante grandes eventos, como el “pronunciamiento militar” del 11 de septiembre, protagonizaban una historia en progresión, en la cual el futuro se proyectaba mucho más favorable que el oscuro pasado.

Es así como, en la edición inmediatamente posterior al golpe de Estado, el recién titulado René Millar analizó el movimiento militar que desembocó en la Constitución presidencialista de 1925. Sin realizar el nexo directo con lo ocurrido en 1973, el autor señala que si bien la acción de los militares en 1924 “atentaba en contra de los principios de la democracia liberal tal como era entendida por el grupo político de ese momento”29, el desinterés de otros actores por salvar el régimen constitucional pudo haber residido en el “desprestigio en que había caído el sistema político vigente”30. Por supuesto que a partir de estas palabras no es posible establecer una referencia explícita al golpe de Estado, pero llama la atención que un artículo que plantea estas conclusiones haya visto la luz en tal contexto político y social.

El sistema de gobierno presidencialista, imperante en Chile desde 1925, también fue objeto de críticas. En 1976, Crescente Donoso expuso que los partidos políticos arrastraron “a la autoridad presidencial a su propio liderazgo promocional”31, con lo que su agotamiento “dejó un vacío que el marxismo ahondó, con miras a instalar allí la utopía forzada de un ‘Poder Popular’ a su medida”32. La crítica que realizaba Donoso estaba más enfocada en el multipartidismo que en el marxismo en sí: éste solo profundizó la crisis que ya se venía gestando. Con esto, el autor dejaba en segundo plano los ataques hacia la Unidad Popular y priorizaba la necesidad de mantener a los militares en el poder. Solo así se podría estabilizar la situación social y establecer una nueva institucionalidad que permitiera alejarse de los males que en el pasado había instalado el presidencialismo.

Como advertíamos, la narración de grandes personajes también fue clave tanto en el historicismo como en el relato dictatorial. Fundamentalmente, la figura de Diego Portales encarnaba un simbolismo particular, en tanto su

“figura restauradora y organizadora (…) se convertía en un referente obligado y ubicuo de la acción gubernativa que se aspiraba a realizar, al extremo que el edificio que se ocupó para reemplazar al bombardeado palacio de La Moneda como sede del nuevo poder político fue precisamente rebautizado con el nombre del añorado ministro”33.

Curiosamente, uno de los referentes históricos de Pinochet para legitimarse en el poder como lo fue Portales, no se convirtió en materia de análisis de ninguna de las publicaciones de Historia en el período examinado (1973-1993).

Lo que sí llegó a constituir una tendencia durante esos años fue la focalización preferente en el siglo XIX y el periodo colonial de Chile y, en menor medida, de América Latina. En concreto, un 40% de los trabajos revisados se sitúa en el siglo XIX, mientras que un 38% examina procesos circunscritos entre los siglos XVI y XVIII en el ámbito nacional y continental34. En parte, ello respondía al carácter hispanista del fundador de la revista, Jaime Eyzaguirre, quien percibía que la identidad chilena estaba fuertemente moldeada por la huella del pasado colonial35. El espíritu de Eyzaguirre parece haber calado hondo en sus cercanos, pues Armando de Ramón, quien lo señalaba como uno de sus maestros36, se dedicó a examinar la ciudad colonial de Santiago, transformándose en uno de los pioneros dentro de los estudios de historia urbana en Chile37.

Las aproximaciones a otros espacios geográficos, marcos temporales y temáticas disciplinares -como la historia europea, el siglo XX chileno y los análisis historiográficos- no superan, por sí solas, el 25% de los artículos examinados. Cabe señalar que de las 159 publicaciones revisadas, en 39 se aborda la historia del siglo XX chileno, pero la mayoría de ellas se concentra en la primera mitad38. Así, solo 13 investigaciones abarcan los años posteriores a 1950, es decir un 8% del total. La cifra aumenta a 15 artículos si incorporamos los dos trabajos que abordan la misma temporalidad en América39. No obstante, dentro de esos 15 artículos también se debe considerar la presencia de estudios referidos a procesos históricos de larga data, incluyendo fenómenos que abarcan temporalidades tan amplias como los cinco siglos comprendidos desde la llegada de los españoles hasta la época en que se escribieron los trabajos40. Por lo tanto, no todos los artículos en cuestión refieren al pasado reciente del país de manera exclusiva, ni incorporan una revisión exhaustiva de dicho periodo.

Ello no debiese extrañar teniendo en cuenta la sistemática represión efectuada a las ciencias sociales y humanidades por parte del régimen, así como sus intentos por establecer una historia oficial de lo ocurrido en el país desde 1973. En este sentido, es posible consignar que las publicaciones de la revista tendieron a excluir referencias explícitas al golpe de Estado y la dictadura militar. Por ejemplo, un artículo de Adolfo Ibáñez, de 1988, analiza el sistema de partidos políticos entre 1932 y 1973 en el país, pero sin detenerse, según él mismo declara, en “las ideologías, posiciones o proyectos de los diversos partidos”41. El autor tampoco realiza mención alguna sobre el fin de dicho sistema debido al golpe de Estado. En consecuencia, considerando los trabajos de Millar, Donoso e Ibáñez, además de la escasa presencia de investigaciones referidas a la segunda mitad del siglo XX, es posible identificar una tendencia a omitir el pasado reciente de Chile en los artículos publicados por la revista Historia durante el periodo dictatorial. Y si excepcionalmente éste era mencionado o abordado, solía vincularse a una implícita justificación de las acciones emprendidas por los militares en el país desde 1973.

Resistencias historiográficas

No fue hasta la década de 1980 que empezaron a proliferar voces disidentes al interior de la revista Historia de manera más consistente, apartándose del relato oficial del régimen y de las tendencias historiográficas cercanas al historicismo y al estudio preferente del pasado lejano. Al respecto, es posible mencionar el trabajo de Joaquín Fermandois de 1982 acerca de la influencia de la Revolución Cubana en Chile42. Lejos de tomar una postura partidista, el autor presenta las visiones que tuvieron los distintos sectores políticos del país entre 1959 y 1964 acerca del castrismo y de cómo éste irrumpió en un sistema político caracterizado por un engañador respeto por el orden democrático43. El trabajo de Fermandois resulta significativo pues se transformó en la puerta de entrada de la revista a un período de la historia de Chile que hasta entonces había sido poco explorado en sus publicaciones, es decir, los años sesenta. Además, ello lo realizó desde una perspectiva que empezaba a posicionarse con cada vez más fuerza al interior de la historiografía nacional: la vinculación de procesos históricos locales con aquellos de carácter continental y global.

Es así como el artículo de Fermandois se insertaba en un proceso de renovación disciplinar mucho más amplio que también tenía su expresión en la revista Historia. Aún más, considerando la cercanía de la Universidad Católica con el régimen, es plausible suponer que la revista contó con un espacio de expresión que gran parte de los historiadores no tuvo. De este modo, el “núcleo historiográfico constituido en el interior del Instituto de Historia de la Universidad Católica de Santiago terminó dando forma a uno de los fenómenos disciplinarios más fructíferos de la década de 1980”44. Julio Pinto señala que la disciplina histórica en el Instituto (y con ello, en las publicaciones de su revista) alcanzó un considerable nivel de desarrollo, y mediante la inclusión de nuevas corrientes historiográficas contribuyó a la ampliación temática del quehacer historiográfico en el país45.

En este sentido, y coincidentemente con los años más álgidos de la movilización popular en contra de la dictadura, se volvió a instalar el debate económico al interior del Instituto de Historia de la Universidad Católica. En un artículo de 1984, Markos Mamalakis entrega diversas explicaciones respecto de la falta de desarrollo económico en Chile, pero sin situarse en una posición ideológica determinada46. Una de las perspectivas analizadas es la explotación económica desde el marxismo, el cual arguye que “el capital extranjero ha explotado los recursos naturales y humanos sin dejar nada tras de sí. La explotación por los capitalistas extranjeros se ve agravada por otra explotación: la de los trabajadores rurales y urbanos por los ricos del país”47. La alusión a teorías marxistas y la presencia de estudios de historia económica son indicadores de cómo, hacia mediados de los años ochenta, la apertura temática y metodológica de la revista Historia era insoslayable, de modo que sus publicaciones ya no se apegaban de forma estricta a la historiografía tradicional y conservadora que había predominado durante la primera década de la dictadura.

Aun así habían existido ciertas excepciones en ese entonces. En 1975, René Salinas analizó las raciones alimenticias en el Chile colonial haciendo uso de novedosas técnicas para la historiografía chilena del momento48. Él mismo reconoció la influencia de la escuela de los Annales en sus investigaciones mediante la sistemática incorporación de datos seriales y cuantitativos49. Siguiendo la tendencia estructuralista de Annales, las cifras entregadas por Salinas pueden ser inscritas en un marco temporal mucho más amplio. Según el autor, al tratarse de una información seriada, las comidas de los marinos de 1768 perfectamente podían ayudar a comprender el fenómeno de la alimentación en el Chile del siglo XVIII50.

Por supuesto que el hecho de que Salinas incorporase novedosos métodos historiográficos en relación a la realidad nacional tan solo dos años después del golpe de Estado respondía a que, en la práctica, las temáticas tratadas no suponían un ataque hacia la dictadura. Así, mientras no representaran un cuestionamiento, por más mínimo que fuese, al orden impuesto por el régimen, las nuevas corrientes historiográficas pudieron desenvolverse con una creciente libertad. Especialmente en los años ochenta, ello se complementó con un progresivo alejamiento del discurso oficial de los militares, el cual incluso fue verificable al interior de la revista Historia. Para dar cuenta de ello, a continuación ahondaremos en cuatro nuevas formas de hacer historia que estuvieron presentes en las publicaciones de la revista y que representaron una innovación para la historiografía chilena de la época: la historia de las ideas, la historia de las mentalidades, la nueva historia cultural y la historia de las mujeres.

En primer lugar, la historia de las ideas mantuvo un sostenido auge al interior de Historia. Aquella corriente, surgida en Norteamérica durante la primera mitad del siglo XX, ha contribuido a modificar los esquemas tradicionales de la disciplina, fomentando activamente la interdisciplinariedad51. Arthur Lovejoy, uno de sus pioneros, plantea que lo que distingue a un historiador de las ideas es el análisis de conceptos y un “ojo avezado” para advertir los nexos existentes entre las ideas52. Dos ejemplos que siguen esta lógica son los artículos de Cristián Gazmuri, quien ahonda en la influencia del racismo en el desarrollo historiográfico chileno53, y de Teresa Pereira, quien analiza el pensamiento de tres historiadores hispanoamericanos pertenecientes a una misma generación: Alberto Edwards, Ernesto Quesada y Laureano Vallenilla54. En su artículo, la autora sostiene que a ella “siempre [le] interesó la historia de las ideas, más aún si (…) atañe a nuestro país y al continente americano, campo más virgen para el conocimiento y la investigación”55, reafirmando así la escasa presencia de la corriente dentro de la historiografía chilena.

En segundo lugar, también encontramos en la revista registros acerca de la historia de las mentalidades, especialmente en relación con la vida religiosa y las percepciones sobre la muerte. A grandes rasgos, la historia de las mentalidades, surgida de la mano de historiadores de la tercera generación de Annales como Robert Mandrou, Jacques Le Goff, Philippe Ariès y Georges Duby, se ha vinculado a los análisis de las actitudes de las sociedades en contextos determinados56. Una de las publicaciones más representativas en la revista Historia a este respecto fue un artículo de Mario Góngora de 1982, referido a la cremación funeraria en Chile durante las últimas décadas. En su trabajo, Góngora examina los procesos mentales de la sociedad chilena considerando las representaciones del símbolo crematorio57. El autor llega a la conclusión de que la cremación expresa rasgos característicos de la psicología colectiva, como la higiene, la simplicidad y el abandono por la “solemnidad barroca”. Asimismo, la cremación también se vincula al deseo de olvidar todos los rastros del difunto, sobre todo en los casos en que “las cenizas se las lleva el viento”58. Para llegar a conclusiones como estas fue necesario que Góngora y otros tantos excedieran los límites de la historiografía clásica y se aproximaran a herramientas, métodos y conceptos cercanos a otras ciencias sociales, como en este caso ocurre con la psicología, y que previamente no habían sido lo suficientemente considerados por la disciplina.

En este sentido, y de forma más amplia, en los años ochenta e inicios de los noventa quedó de manifiesto el auge de la nueva historia cultural al interior de la revista. Este tipo de historia, más que estar centrada en objetos de estudio tradicionales como el Estado, el mercado mundial o los grandes acontecimientos, fija su atención en las culturas y experiencias cotidianas de la población59. En Historia, la vida de la gente corriente fue analizada por medio de elementos como la lectura y la locura60. Al respecto, consideremos el artículo “Filantropía, medicina y locura” de Pablo Camus, quien plantea que su trabajo acerca de la casa de orates de Santiago de Chile del siglo XIX constituye un estudio de los oprimidos61. No obstante, sus ideas se orientan, más bien, al comportamiento de la sociedad chilena en relación a simbolismos culturales operados mediante la locura. Bajo la nueva perspectiva de la historia cultural, las instituciones no habrían marginado a los enfermos mentales, sino que la segregación tendría su origen en las construcciones sociales.

Por último, en el periodo analizado también se advierte un pequeño atisbo de historia de las mujeres al interior de la revista. Este tipo de estudios se venía desarrollando en algunos países del Norte Global, como Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña y Alemania, desde comienzos del siglo XX, por lo que su incursión en la historiografía chilena no era una innovación tanto en el desarrollo de la disciplina global como sí en la realidad local. Si bien en un principio este tipo de análisis estuvo focalizado en el sufragio femenino y en los movimientos de mujeres organizadas, progresivamente la vida cotidiana de las mujeres fue adquiriendo mayor presencia en las investigaciones históricas62. Así, mientras que en la Alemania próxima a la reunificación Dorothee Wierling analizaba el trabajo doméstico femenino en los sectores medios de su país a inicios del siglo XX63, por los mismos años María Angélica Muñoz estudiaba la imagen de la mujer aristocrática chilena a inicios de la centuria en un artículo de Historia. Muñoz, en una evidente conexión con la producción académica global, argumentaba que la percepción femenina de la época en cuestión estaba estructurada por la moral y el rol que debía cumplir una dueña de casa64. No obstante, es necesario aclarar que el estudio de Muñoz no poseía una perspectiva de género, campo que aún se encontraba en formación dentro de la historiografía mundial durante el último cuarto del siglo XX. En este sentido, en los artículos revisados de Historia no es posible advertir una lógica reivindicatoria del rol de la mujer en cuanto grupo marginado, alusiones a la subyugación de la mujer, o derechamente cuestionamientos a las construcciones culturales basadas en la diferenciación sexuada65. Cabrera y Errázuriz sostienen que dicho movimiento se produjo con fuerza recién en los años noventa y especialmente a inicios del siglo XXI, momento en que se registró una creciente y significativa incorporación de artículos escritos por mujeres sobre mujeres, y en concreto desde una perspectiva feminista, a la revista Historia66.

Más allá de esta precisión, la aparición de la historia de las ideas, la historia de las mentalidades, la historia de las mujeres y la nueva historia cultural en las investigaciones chilenas, suponía un avance significativo en el desarrollo historiográfico nacional. Si analizamos la producción generada por la revista Historia en la década de los setenta, constatamos que no existían demasiadas innovaciones disciplinares. Aún más, con los militares en el poder se erigió una historiografía hegemónica que limitaba la producción académica a dos posibilidades: o el pasado servía para justificar el autoritarismo y la represión de la dictadura, o bien los procesos recientes de Chile eran omitidos. Sin embargo, ello no perduraría en el tiempo, puesto que se estaba atentando en contra de la esencia misma del oficio del historiador. Y es que, como señalaba Croce al inicio de este artículo, la historia es hija de su propio tiempo. De este modo, si en los años setenta la producción historiográfica fue bastante funcional a los propósitos de la dictadura, en los ochenta proliferaron nuevas perspectivas, temáticas y metodologías incluso en la revista Historia, lo cual ciertamente se encontraba en sintonía con un proceso más amplio de renovación disciplinar verificado en Chile y con vínculos globales.

En lo fundamental, ello se podría explicar por el espacio privilegiado que constituyó la Universidad Católica dentro de la generación y divulgación del conocimiento académico en Chile. La relativa libertad otorgada a la institución permitió que se fundara el “Taller Nueva Historia” en 1979, un grupo de estudio y acción dirigido por alumnos de la licenciatura en historia. Mario Garcés, uno de sus miembros, señala:

“A pesar de que ninguna universidad chilena, por aquellos años, ofrecía cursos de historia popular, nos dimos la tarea de indagar, escribir y promover iniciativas de ‘recuperación de la memoria popular’ en sindicatos, organizaciones poblacionales, comunidades cristianas y otros grupos de base que demandaban historia del siglo XX chileno”67.

Así, aunque fuesen iniciativas estudiantiles, lo cierto es que en la Universidad Católica y en plena dictadura surgieron investigaciones de historia social que vinculaban el pasado de los oprimidos con la realidad contemporánea de Chile. Por supuesto que el grupo no estuvo libre de acciones represivas, ya fuera porque las fuerzas policiales requisaban su material audiovisual, o bien porque las mismas acechaban a los estudiantes durante sus reuniones de trabajo68. Después de todo, “¿en qué lugar del mundo investigar, escribir y difundir estudios sobre la historia popular podía constituir casi un delito y ser objeto de amedrentamiento o represión? La respuesta es sencilla, en un país sometido a una férrea dictadura como la que vivió Chile, por mas de 17 años, entre 1973 y 1990”69.

Las iniciativas estudiantiles, empero, no representan a la universidad institucionalmente. En este sentido, a lo largo de los años de la dictadura militar no es posible encontrar demasiados rastros de historia social, popular o de los oprimidos en la revista Historia. Una notable excepción la constituye un artículo de Gonzalo Izquierdo de 1976, en el cual se propone una historia social de la revuelta de Santiago de 1905. Según el autor, su intención era “aproximarse a las motivaciones profundas que mueven a los hombres, a las masas, en los momentos en que explotan fuerzas semiconscientes”70. Estudios de este tipo no volvieron a vislumbrarse en Historia sino hasta 1990, cuando Julio Pinto examinó los orígenes del proletariado en el norte salitrero entre 1870 y 1890, indicando cómo ello devino en la cuestión social de inicios del siglo XX. En el trabajo, Pinto sostiene que el malestar generalizado en los sectores oprimidos debido a las paupérrimas condiciones laborales y de vida provocó una organización articulada y sistematizada, cuyo carácter grupal permitía hablar de un incipiente proletariado71. Haciendo un guiño a su propio tiempo y reafirmando el carácter contemporáneo de toda investigación histórica, Pinto señalaba que “la historia de Chile en el siglo XX ha seguido girando en torno a este mismo problema, sin resolverlo”72.

Si bien las investigaciones de Izquierdo y Pinto se sitúan dentro de la historia popular y social, la cual permaneció oculta e incluso fue perseguida por el régimen militar, lo cierto es que el periodo de tiempo analizado por ambos autores corresponde a fines del siglo XIX e inicios del XX. En la práctica, ningún artículo publicado entre 1973 y 1993 por la revista Historia estuvo enmarcado explícitamente en el golpe de Estado o la dictadura militar. Ello ocurriría recién el año 2001, con la investigación de Verónica Valdivia acerca de la instalación del neoliberalismo en el Chile de Pinochet73.

En definitiva, aun cuando el régimen militar ya había finalizado, el quiebre democrático y la dictadura seguían siendo temas complejos en un país que mantenía vestigios de la estructura de poder creada por los militares, y en una sociedad que intentaba recomponerse del trauma colectivo. Conjugar memoria e historia dentro del “impasse” de la transición, en palabras de Steve Stern, constituía un desafío no menor74. Sin embargo, “los chilenos requerimos que la memoria se exprese, se haga visible, reconociéndonos, aunque nos cueste, en el dolor y la distorsión de nuestras relaciones sociales”75.

Consideraciones finales

Actualmente la revista Historia declara estar dirigida a un público especializado e interesarse por la interdisciplina y la formación del conocimiento histórico de Chile y América en un sentido amplio76. Sin embargo, lejos de propiciar debates historiográficos y vínculos con otras áreas del conocimiento, durante la dictadura de Pinochet las investigaciones de Historia estuvieron preferentemente orientadas a una historiografía conservadora e historicista que legitimaba al régimen, o bien omitía referencias al pasado reciente del país. En un clima de brutal represión, no debiese extrañar que esa haya sido la tónica. Aun así, en la década de 1980 es posible verificar un progresivo posicionamiento de nuevas metodologías, materias y perspectivas historiográficas al interior de la publicación, las cuales se encontraban en auge y desarrollo en todo el mundo. Tales fueron los casos de la historia de las mujeres, la historia de las mentalidades, la historia de las ideas y la nueva historia cultural. En definitiva, la revista Historia no suscribió exclusivamente al relato oficial del régimen, sino que, por el contrario, en su interior se fueron desarrollando con cada vez más fuerza nuevas formas de hacer historia, contribuyendo así a la profesionalización de la disciplina en Chile.

De este modo, queda de manifiesto una tensión entre las imposiciones dictatoriales al momento de hacer historia y las verdaderas inquietudes de la sociedad en torno a su pasado. Croce señala que “la historia, en la realidad, está en relación con las necesidades actuales y la situación presente en que vibran aquellos hechos”77. Si Pinochet y la dictadura quisieron imponer una única forma de pensar el pasado -y por lo tanto el presente-, ello no podía ser para siempre. En realidad, ningún poder basado en la coacción es eterno. Tarde o temprano las necesidades de la sociedad se harían sentir mediante las nuevas corrientes historiográficas y la apertura temática de la disciplina histórica, pues, en definitiva, esa conexión entre pasado, presente y futuro constituye la esencia misma del oficio del historiador78. En este sentido, frente a la intención de la dictadura de imponer una historia en particular, manipulada en función de sus propios intereses y asociada a determinadas corrientes historiográficas, las aproximaciones que se opusieron a esa narrativa ciertamente conformaron una resistencia, la cual, en medio de un contexto autoritario y represivo, vino a disputar el campo historiográfico con aquel relato oficial del régimen y sus simpatizantes. La renovación disciplinar, por tanto, se erigió como un acto de expresión política al ampliar las miradas en torno a los modos de concebir una sociedad, los vínculos que en ella se producen y cómo sus integrantes interpretan e incorporan el pasado a su realidad actual.

Sin embargo, sería apresurado asegurar que la realidad de la Universidad Católica es un absoluto reflejo de lo que fue el desarrollo historiográfico nacional en dictadura. Considerando su cercanía con el régimen, dicha institución habría representado más bien una excepción dentro de la represión y censura. Así, debemos precisar que este artículo aborda de manera inicial un campo poco explorado en la historia de la historiografía chilena: los análisis de revistas académicas de la disciplina. Al brindar una aproximación a las formas de hacer y pensar la historia por parte de determinados autores e instituciones, estas revistas representan un conjunto de valiosas fuentes históricas que se pueden seguir trabajando en el futuro. En este sentido, queda pendiente examinar la realidad de otras instituciones y revistas durante la dictadura, así como los procesos bajo los cuales operaban este tipo de publicaciones. De ese modo es posible aproximarnos a las respuestas de las siguientes interrogantes: ¿Qué se publicaba y qué no? ¿Quiénes publicaban? ¿Cómo se verificó la renovación de la disciplina histórica en otras publicaciones de la época? ¿Existía realmente una intervención de la dictadura en los procesos editoriales de las revistas, o más bien éstas tendían a autocensurarse por temor a la represión?

Ampliar nuestro relato historiográfico se torna aún más necesario en la actualidad, pues asistimos a un momento idóneo para repensar las formas en que nos acercamos al pasado y la memoria colectiva del país. Desde el estallido social de octubre de 2019 que millones de personas se han volcado a las calles y urnas exigiendo profundas transformaciones al modelo político, económico y social instalado por la dictadura. Ello ha llevado a revisar nuestra propia historia, a vincularnos con ella y a asimilarla en nuestro presente. A fin de cuentas,

“(…)la historia no es sólo pasado, sino también, y principalmente, presente y futuro. La historia es proyección. Es la construcción social de la realidad futura. El más importante de los derechos humanos consiste en respetar la capacidad de los ciudadanos para producir por sí mismos la realidad futura que necesitan. No reconocer ese derecho, usurpar o adulterar ese derecho, es imponer, por sobre todo, no la verdad, sino la mentira histórica. Es vaciar la verdadera reserva moral de la humanidad”79.

Frente al negacionismo y los intentos por mantener el statu quo heredado de la dictadura, la sociedad chilena ha respondido con organización y deseos de autonomía y transformación social. Precisamente, a la hora de querer construir un país más justo, hacernos cargo de nuestro pasado tortuoso, aún abierto por las heridas del trauma colectivo y las violaciones a los derechos humanos, se ha vuelto una responsabilidad. Así como en dictadura, hoy seguimos luchando por el derecho a hacer nuestra propia historia.

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*Esta investigación surge del trabajo final del curso “Pensamiento Histórico II” (2016) de la Universidad Católica de Chile, impartido por el profesor Marcos Fernández. Agradezco sus valiosos comentarios, así como los realizados por Bárbara Silva, Camila Gatica y Alfredo Riquelme a versiones posteriores del texto.

1 En función del pragmatismo exigido en revistas académicas, en este artículo se utilizará el concepto de “historiador” para referirse a las personas que ejercen el oficio de la historia, sin sesgos de género.

2Benedetto Croce, La historia como hazaña de la libertad (México: Fondo de Cultura Económica, 1960), 10.

3Croce, La historia como hazaña…, 11.

4Sobre represión y censura en dictadura véase: Verónica Valdivia, Julio Pinto y Rolando Álvarez, Su revolución contra nuestra revolución (Santiago: LOM, 2006); Mario Garcés, Pan, trabajo, justicia y libertad. Las luchas de los pobladores en dictadura (1973-1990) (Santiago: LOM, 2019); Karen Donoso, Cultura y dictadura: censuras, proyectos e institucionalidad cultural en Chile, 1973-1989 (Santiago: Ediciones UAH, 2019); Pablo Policzer, Los modelos del horror: represión e información en Chile bajo la dictadura militar (Santiago: LOM, 2014); Steve Stern, Recordando el Chile de Pinochet en vísperas de Londres 1998. Libro Uno de la trilogía La caja de la memoria del Chile de Pinochet (Santiago: Ediciones UDP, 2009).

5Augusto Pinochet, clase magistral en la Universidad de Chile, Santiago, 6 de abril de 1979. En Augusto Pinochet, Patria y democracia (Santiago: Andrés Bello, 1988), 33.

6Excepcionalmente también existieron publicaciones que incorporaron la historia reciente del país, pero en sintonía con el relato oficial de la dictadura. El caso más conocido -y polémico- es el Libro Blanco del cambio de gobierno en Chile, encargado por los militares al historiador conservador Gonzalo Vial. En él, su autor desenmascara la existencia del supuesto “Plan Zeta”, un auto golpe del gobierno de Allende con el fin de asesinar a los altos mandos militares y a los líderes políticos de la oposición para así poder instaurar una dictadura del proletariado. Con el tiempo, integrantes de la Junta Militar y la misma CIA -cómplice y colaboradora del golpe de Estado- han desmentido la veracidad del Plan, el cual no fue más que un intento de desacreditar al gobierno de Allende con el objetivo de forzar una guerra psicológica al interior de la población chilena. Gonzalo Vial, Libro Blanco del cambio de gobierno en Chile (Santiago: Editorial Lord Cochrane, 1973); CNN Chile, “Plan Z: El día que los medios chilenos hicieron ‘fake news’ en dictadura”: https://www.cnnchile.com/pais/plan-z-el-dia-que-los-medios-chilenos-hicieron-fake-news-en-dictadura_20180909/ (consultado el 4 de junio de 2020).

7George Iggers, La historiografía del siglo XX. Desde la objetividad científica al desafío posmoderno (Santiago: Fondo de Cultura Económica, 2012), 49-60.

8Mario Garcés, “En torno al ‘pesado trabajo’ del historiador en el Chile contemporáneo”, en Manifiesto de Historiadores, comp. por Sergio Grez y Gabriel Salazar (Santiago: LOM, 1999), 52.

9Gabriel Salazar, La violencia política popular en las “Grandes Alamedas”. La violencia en Chile 1947-1987 (Una perspectiva histórico-popular) (Santiago: LOM, 2006), 21. Las cursivas son del texto original.

10Véase: Julio Pinto, La historiografía chilena durante el siglo XX. Cien años de propuestas y combates, (Santiago: América en Movimiento, 2016), 69-91; Gabriel Salazar, “Historiografía chilena, 1955-1985: Balance y perspectivas (Actas de un seminario)”, en La Historia desde abajo y desde dentro (Santiago: Colección Teoría, Facultad de Artes, Universidad de Chile, 2003), 29-95; Verónica Valdivia, “Gritos, susurros y silencios dictatoriales. La historiografía chilena y la dictadura pinochetista”, en Tempo y Argumento 10, 23 (Florianópolis 2018): 167-203.

11Un ejemplo representativo lo constituye el Encuentro de Historiadores organizado en los años ochenta en la ciudad de Santiago. Según Eduardo Devés, la mayor parte de sus miembros se definía por compartir elementos como “la semejanza en la formación universitaria, el afán por abordar temas poco tratados por la historiografía nacional, el eclecticismo metodológico, el uso de un marxismo mínimo, la oposición a la dictadura [y] el trabajo académico en instituciones alternativas a las oficiales”. Eduardo Devés, Los que van a morir te saludan. Historia de una masacre. Escuela Santa María, Iquique, 1907 (Santiago: Documentas, 1989), 16.

12Garcés, “En torno al ‘pesado trabajo’…”, 50.

13Barros y Brunner señalan que el objetivo detrás de ello era controlar políticamente dichos espacios, reduciendo e incluso suprimiendo su autonomía mediante la depuración de los claustros. Alicia Barros y José Joaquín Brunner, Inquisición, mercado y filantropía: Ciencias sociales y autoritarismo en Argentina, Brasil, Chile y Uruguay (Santiago: FLACSO, 1987), 40.

14Ello se conectaba directamente con el razonamiento de Pinochet, quien burlescamente sentenció que “los estudiantes van a la universidad a estudiar, no a pensar”. Frase de Augusto Pinochet en Revista Rocinante de enero de 1999.

15Manuel Antonio Garretón, “Social sciences and society in Chile: institutionalization, breakdown and rebirth”, en Social Science Information 44, 2-3 (2005): 376-382, doi:10.1177/0539018405053292; Tomás Moulian en Horacio Tarcus, Juan Carlos Gómez y Emir Sader, “Tomás Moulian: Itinerario de un intelectual chileno”, en Crítica y Emancipación, Revista Latinoamericana de Ciencias sociales 1 (Buenos Aires 2008): 146.

16Dos de los tantos casos que podemos encontrar en el mundo de la historia son Gabriel Salazar, torturado y preso político entre 1973 y 1976, y Fernando Ortiz Letelier, detenido desaparecido desde 1976.

17Ciertamente, la intervención y represión fue transversal en los centros de educación superior del país, aunque ello se materializó en distintos niveles. Por motivos de extensión, no es posible referirnos a cada uno de los casos, pero se recomienda revisar la siguiente bibliografía: Bernardo Subercaseux, “Memoria desnuda, memoria vestida”, en Meridional. Revista Chilena de Estudios Latinoamericanos 2 (Santiago 2014): 167-192; Garretón, “Social sciences…”; Danny Monsálvez y Mario Valdés, “El golpe de Estado de 1973 y la intervención militar en la Universidad de Concepción (Chile)”, en Polis 45 (Santiago, 2016): 363-384.

18Se trató de la cuenta pública de 1975. Ricardo Krebs, María Angélica Muñoz y Patricio Valdivieso, Historia de la Pontificia Universidad Católica de Chile: 1888-1988 (Santiago: Ediciones UC, 1994), 761.

19En una obra que revisa la historia de la Universidad Católica, publicada por la editorial de la misma institución, se manifiesta una visión bastante positiva de la dictadura, en cuyo relato los aspectos más críticos del periodo, como las violaciones a los derechos humanos, pasan a un segundo plano. En este sentido, avalados por la casa de estudios, los autores plantean que el “gobierno militar”, ante la inminente “amenaza de una confrontación radical y de una guerra civil”, puso fin al mandato de la Unidad Popular en un momento de crisis de la democracia chilena. Krebs, Muñoz y Valdivieso, Historia de la Pontificia…, 698. Por otro lado, sobre el rol de la Iglesia Católica en dictadura, véase: María Angélica Cruz, Iglesia, represión y memoria. El caso chileno (Madrid: Siglo XXI, 2004); Hugo Cancino, Chile: Iglesia y Dictadura 1973-1989. Un estudio sobre el rol político de la Iglesia Católica y el conflicto con el régimen militar (Dinamarca: Odense University Press, 1997).

20Rectoría UC, “Jorge Swett Madge”: https://rectoria.uc.cl/es/historia/75-jorge-swett-madge (consultado el 5 de abril de 2021); Krebs, Muñoz y Valdivieso, Historia de la Pontificia…, 758-803.

21Una excepción la constituye el análisis de Cabrera y Errázuriz, quienes abordan la presencia de autoras femeninas, así como los temas que plantean, en dos revistas de la disciplina: Historia y Cuadernos de Historia. Josefina Cabrera y Javiera Errázuriz, “Historia, mujeres y género en Chile: la irrupción de las autoras femeninas en las revistas académicas. Los casos de revista Historia y Cuadernos de Historia” en Historia 48 (Santiago 2015): 279-299.

22Consideraremos exclusivamente los artículos publicados en la revista y no así otros formatos, como reseñas, pues éstas pueden aludir a investigaciones que escapan al contexto de producción en cuestión, es decir, el Instituto de Historia de la Universidad Católica. Por otro lado, se ha privilegiado el análisis de la revista Historia por sobre otras publicaciones efectuadas por el Instituto, como la Revista de Historia Universal (1984-1990), debido a su continuidad en el tiempo y su relevancia en los círculos académicos nacionales.

23Ricardo Krebs, “Cincuenta años del Instituto de Historia, 1943-1993”, en Historia 27 (Santiago 1993): 10.

24Krebs, “Cincuenta años del Instituto de Historia…”, 11.

25Krebs, “Cincuenta años del Instituto de Historia”, 11.

26En todo el mundo, el ensanchamiento historiográfico tuvo sus orígenes en la Europa finisecular como una respuesta a la crisis del historicismo clásico, caracterizado por la narración de grandes personajes y eventos con un sentido lineal de la historia. Alemania fue pionera en el quiebre, de la mano de la historia económica y social propuesta por exponentes como Otto Hintze y Max Weber, promoviendo la interdisciplina con otras ciencias sociales, como la sociología, con el fin de obtener un mayor rigor en la investigación empírica. Posteriormente, la escuela francesa de los Annales, fundada en 1929 por Marc Bloch y Lucien Febvre, amplió aún más las posibilidades de la disciplina con la inclusión de la noción múltiple y relativa del tiempo histórico y de una mirada democrática de la cultura, ya no perteneciente solo a las élites, como había establecido la historiografía tradicional hasta hacía unas décadas, sino que, por el contrario, a toda la población en su conjunto. Aún más, historiadores de distintas generaciones de Annales fomentó el análisis de los procesos históricos, más que los acontecimientos o grandes personajes de manera independiente, por medio del estudio de las estructuras sociales, políticas y económicas. Al igual que para los historiadores alemanes, la interdisciplina cumplía un rol esencial en Annales, y mediante los aportes y diálogos con la geografía, la economía y la antropología se empezó a construir una nueva tradición historiográfica. En Estados Unidos, en tanto, el apogeo económico de la segunda posguerra provocó un auge de los estudios focalizados en la economía y la sociedad, con lo que tomaron fuerza los métodos cuantitativos dentro de las investigaciones históricas. De igual forma, los marxistas británicos empezaron a otorgarle un enfoque culturalista -e incluso antropológico- a los análisis socioeconómicos de la historia de la clase obrera. Iggers, La historiografía del siglo XX…

27El texto que más se alejó de esa tendencia fue el centrado en la figura de Bernardo O’Higgins y su actitud religiosa. Jaime Eyzaguirre, “La actitud religiosa de don Bernardo O’Higgins”, en Historia 1 (Santiago 1961): 7-46.

28Krebs, “Cincuenta años del Instituto de Historia”, 11.

29René Millar, “Significado y antecedentes del movimiento militar de 1924”, en Historia 11 (Santiago 1972-73): 97.

30Millar, “Significado y antecedentes…”, 97.

31Crescente Donoso, “Notas sobre el origen, acatamiento y desgaste del régimen presidencial. 1925-1973”, en Historia 13 (Santiago 1976): 352.

32Donoso, “Notas sobre el origen…”, 352.

33Pinto, La historiografía chilena…, 69-70.

34Específicamente, un 36% analiza el siglo XIX chileno y un 27% el periodo colonial chileno. Si a esos datos le sumamos la cantidad de artículos que abordan fenómenos continentales sin incluir a Chile dentro de la propuesta central, las cifras aumentan a las señaladas en el texto, es decir un 40% y 38% respectivamente.

35Pinto, La historiografía chilena…, 37-38.

36Armando de Ramón, “Santiago de Chile, 1650-1700. I”, en Historia 12 (Santiago 1974-75): 104.

37Los estudios acerca del paisaje urbano en el Reino de Chile son recurrentes por parte de Armando de Ramón en Historia. Algunos ejemplos son Armando de Ramón, “Santiago de Chile, 1650-1700. I”, en Historia 12 (Santiago 1974-75): 93-373; Armando de Ramón, “Santiago de Chile, 1650-1700. II”, en Historia 13 (Santiago 1976): 97-270; Armando de Ramón, “Estudio de una periferia urbana: Santiago de Chile 1850-1900”, en Historia 20 (Santiago 1985): 199-294.

38En concreto, de los 39 artículos, en 37 se analiza el periodo 1900-1950 y en 13 se examina la segunda mitad del siglo. Así, hay 11 artículos que abarcan conjuntamente ambos periodos, y solo dos que refieren exclusivamente a los años posteriores a 1950. Curiosamente, esos dos trabajos fueron publicados en el mismo número de la revista: Mario Góngora, “La cremación funeraria en Chile, 1965-1981. Un estudio de psicología colectiva y de historia de un símbolo”, en Historia 17 (Santiago 1982): 201-23; Joaquín Fermandois, “Chile y la ‘cuestión cubana’ 1959-1964”, en Historia 17 (Santiago 1982): 113-200.

39Pedro Grases, “Las relaciones americanas entre el norte y el sur del continente”, en Historia 21 (Santiago 1986): 275-288; Alan Angell, “The Left in Latin America since 1930: A Bibliographical Essay”, en Historia 26 (Santiago 1991-92): 61-70.

40Por ejemplo, véase: Jorge Valladares, “La hacienda Longaví, 1639-1959”, en Historia 14 (Santiago 1979): 103-205; Grases, “Las relaciones americanas…”; Simon Collier, “Visiones europeas de América Latina: en busca de una interpretación global”, en Historia 21 (Santiago 1986): 145-166.

41Adolfo Ibáñez, “Parlamentarios y partidos políticos en Chile, 1932-1973”, en Historia 23 (Santiago 1988): 169.

42Fermandois, “Chile y la ‘cuestión cubana’…”, 113-200.

43Fermandois, “Chile y la ‘cuestión cubana’…”, 118.

44Pinto, La historiografía chilena…, 78.

45Pinto, La historiografía chilena…, 78.

46Markos Mamalakis, “Explicaciones acerca del desarrollo económico chileno: una reseña y síntesis”, en Historia 19 (Santiago 1984): 115-158.

47Mamalakis, “Explicaciones acerca del desarrollo…”, 131.

48René Salinas, “Raciones alimenticias en Chile colonial”, en Historia 12 (Santiago 1974-75): 57-76.

49Al inicio de su artículo, y con el objetivo de insertarlo en una tendencia historiográfica, Salinas señala: “En la búsqueda de nuevos horizontes para el análisis histórico contemporáneo, la revista francesa Annales, E.S.C., propuso en 1961 la iniciación de una vasta investigación sobre la vida material y los comportamientos biológicos, la que suscitó el interés de muchos historiadores (…) Si bien la historia del consumo alimenticio fue sólo un aspecto de la investigación propuesta, los historiadores respondieron largamente al llamado de Fernand Braudel sobre la alimentación y las categorías de la Historia”. Salinas, “Raciones alimenticias…”, 57.

50Salinas, “Raciones alimenticias…”, 58.

51Mariano Di Pasquale, “De la historia de las ideas a la nueva historia intelectual: Retrospectivas y perspectivas. Un mapeo de la cuestión”, en Universum 26, 1 (Talca 2011): 79-92.

52Arthur Lovejoy, “Reflexiones sobre la historia de las ideas”, en Prismas, Revista de Historia Intelectual IV (Buenos Aires 2000): 129.

53Cristián Gazmuri, “Notas sobre la influencia del racismo en la obra de Nicolás Palacios, Francisco A. Encina y Alberto Cabero”, en Historia 16 (Santiago 1981): 225-247.

54Teresa Pereira, “El pensamiento de una generación de historiadores hispanoamericanos: Alberto Edwards, Ernesto Quesada y Laureano Vallenilla”, en Historia 15 (Santiago 1980): 237-337.

55Pereira, “El pensamiento…”, 237.

56Iggers, La historiografía del siglo XX…, 101.

57Góngora, “La cremación funeraria…”, 201-236.

58Góngora, “La cremación funeraria…”, 227.

59Iggers, La historiografía del siglo XX…, 40, 163-165.

60Isabel Cruz, “La cultura escrita en Chile 1650-1820. Libros y bibliotecas”, en Historia 24 (Santiago 1989): 107-213; Pablo Camus, “Filantropía, medicina y locura: La Casa de Orates de Santiago. 1852-1894”, en Historia 27 (Santiago 1993): 89-140.

61Camus, “Filantropía, medicina…”, 89.

62Iggers, La historiografía del siglo XX…, 126.

63Iggers, La historiografía del siglo XX…, 126.

64María Angélica Muñoz, “La mujer de hogar en ‘Casa Grande’ de Orrego Luco y en documentos históricos de su época”, en Historia 18 (Santiago 1983): 103-133.

65Véase: Joan Wallach Scott, Género e historia (México: Fondo de Cultura Económica, 2008), 48-74; Iggers, La historiografía del siglo XX…, 244-245.

66Cabrera y Errázuriz, Historia, mujeres y género…, 293-295.

67Garcés, “En torno al ‘pesado trabajo’…”, 49.

68Garcés, “En torno al ‘pesado trabajo’…”, 50-51.

69Garcés, “En torno al ‘pesado trabajo’…”, 51.

70Gonzalo Izquierdo, “Octubre de 1905. Un episodio en la historia social chilena”, en Historia 13 (Santiago 1976): 55.

71Julio Pinto, “La transición laboral en el norte salitrero: la Provincia de Tarapacá y los orígenes del proletariado en Chile 1870-1890”, en Historia 25 (Santiago 1990): 207-228.

72Pinto, “La transición laboral…”, 207.

73Verónica Valdivia, “Estatismo y neoliberalismo: un contrapunto militar. Chile 1973-1979”, en Historia 34 (Santiago 2001): 167-226.

74Stern, Recordando el Chile…, 32.

75Garcés, “En torno al ‘pesado trabajo’…”, 53.

76Revista Historia, “Sobre la revista…”.

77Croce, La historia como hazaña…, 11.

78Marc Bloch, Introducción a la Historia (México: Fondo de Cultura Económica, 2000), 31.

79Grez y Salazar, Manifiesto de Historiadores…, 19.

Recibido: 15 de Marzo de 2021; Aprobado: 30 de Mayo de 2021

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