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Cuadernos de historia (Santiago)

versión On-line ISSN 0719-1243

Cuadernos de Historia  no.43 Santiago dic. 2015

http://dx.doi.org/10.4067/S0719-12432015000200006 

ESTUDIOS

 

Estados Unidos y el principio de extraordinariedad

United States and the principle of exceptionalism

 

Maximiliano E. Korstanje*, Geoffrey Skoll**

* Departamento de Ciencias Económicas. Universidad de Palermo, Argentina. Correo electrónico: Maxikorstanje@arnet.com.ar

** Departamento de Justicia Criminal. Buffalo State College, US. Correo electrónico: Skollgr@bufallostate.edu


Resumen

En los últimos años, los cientistas sociales se han visto atraídos por el unilateralismo estadounidense en política internacional. Sus observaciones coinciden en resaltar el sentido de especialidad promovido por los estadounidenses para verse asimismo frente a otros. En este sentido, el presente trabajo examina las causas culturas y sociales de cómo se ha formado el principio del destino revelado, que lleva a los americanos a sentirse especiales. La discusión apunta a defender la tesis de que este pueblo ha desarrollado una visión realmente trágica del mundo por medio del cual la necesidad de alcanzar la virtud converge en el temor del hundimiento.

Palabras clave: excepcionalismo, miedo, virtud, americanismo, etnocentrismo.


Abstract

Over years, many social scientists have devoted considerable attention to the concept of unilateralism that characterized the politics of US in the world. Their studies found that Americans have developed a sentiment of ethnocentrism by means they present as special, outstanding before others. This essay-review not only examines the socio cultural reasons of this issue, but also the risk to be special. The discussion is aimed to the thesis Americans are subject to the predestination and revealed destiny whereby a particular tragic view of the world has been introduced to the culture. At some extent, this encouraged a quest for virtuosity but at the same time it brought the citizenry towards an atmosphere of panic as never before.

Key words: Exceptionalism, Fear, Virtue, Americanness, Ethnocentrism.


 

Introducción

A los ojos latinoamericanos, los Estados Unidos despiertan un sentimiento combinado de admiración y rechazo. Jean Francois Revel advierte que este sentir ambivalente se debe a una proyección introducida por ciertos países europeos con vistas a generar un sentimiento antiamericano en todo el mundo1. En forma paradójica, se sitúa al gran coloso del norte en una posición que luego se crítica. Ahora bien, no menos cierto que en los últimos años los Estados Unidos se han movido en materia de política internacional en forma unilateral, en ocasiones desafiando las resoluciones de aquellas instituciones creadas para resguardar el derecho internacional2. A pesar de ser uno de los principales contribuyentes monetarios de la ONU y el FMI, Estados Unidos se negó a firmar diversos protocolos internacionales respecto al calentamiento global, resoluciones del Consejo de Derechos Humanos, y decidió una intervención militar a Irak sin autorización, entre otras3. Del aislacionismo original hasta la idea de una intervención sostenida, tres hechos cambiaron la forma de ver la geopolítica en sus gobernantes, la segunda guerra, Vietnam, y el 11 de Septiembre. Si la segunda gran guerra les evidenció los costos de no tomar partido, Vietnam hizo lo propio respecto a la intervención militar directa4. Por su parte, el ataque al WTC ha dejado de manifiesto la peligrosidad de ser la mayor potencia mundial y militar5. Dentro de este contexto, uno se plantea ¿cuál es el origen social del temor extendido dentro de los Estados Unidos?, ¿es su política imperial una reacción a ese temor o simplemente ese temor alude a un mecanismo de adoctrinamiento político?, ¿cuál ha sido el papel del 11 de Septiembre en ese proceso?

Dentro de la discusión conceptual definimos dos ejes analíticos bien precisos. La admiración que despierta la gran potencia del Norte y el temor generalizado que la lleva a crear formas estereotipadas de intervención6. No menos cierto parece ser a los ojos de los analistas internacionales que a la vez que en lo interno se promueve un paradigma contractualista y legalista donde el espíritu de a ley es superior al sujeto, en lo externo se procede de manera contraria7, desafiando, desautorizando y desoyendo los mandatos y resoluciones de las organizaciones internacionales. Presa de un extraño instrumentalismo, el concepto de la libertad y la democracia se han transformado a lo largo de la historia en valores ideales de la sociedad americana. Esta forma de conceptualizarse como comunidad lleva a excluir cualquier cuestionamiento externo respecto a sus intervenciones, pero en lo interno, subsume a sus ciudadanos en un manto de “ignorancia sobre sus propias posibilidades”8.

En la primera sección del trabajo exploramos las raíces histórico-culturales de la democracia americana, sus alcances y limitaciones para comprender la representación de su propia soberanía. De alguna forma, “la liberalidad” no solo ha marcado a fuego su adscripción al consumo, sino que ha servido de forma distintiva a una supuesta superioridad ética sobre el resto del mundo9. Como resultado, el ciudadano se aparta de la ley que lo protege subsumiéndose en la tragedia propiamente dicha. En una segunda parte, explicamos el impacto que ha tenido el comercio en el proceso de colonización americano a la vez que evidenciamos las limitaciones que los colonos mostraron para entender al otro no europeo. En definitiva, estas limitaciones fueron centrales a la hora de comprender a cualquier otro diferente. En tercer lugar, observamos cómo la religión protestante articula el concepto de destino manifiesto para hacer de la técnica y la intervención su instrumento de orden más valioso. Lo importante para “la Reforma”, no es que el mundo atraviese una crisis sino su excesiva confianza en la técnica racional como la única pieza que puede leer ese caos y hacer del desorden un todo coherente. Es mediante este pensamiento que finalmente se aloja y enquista el temor en los Estados Unidos. El miedo en América adquiere una dimensión geopolítica anclado en la propia representación territorial. Toda posición de excepcionalismo nos habla, a grandes rasgos, de una persona que mantiene dones sobresalientes. Ese es el principio antropológico del heroísmo. No obstante, el héroe mantiene un destino de infelicidad y tragedia que lo transforma en “justo” mediador entre los hombres y los dioses (proceso de apoteosis). Mediante dicho sacrificio, la tragedia denota una combinación de admiración y terror paranoico, ambas tan profundas como indisociables. En este momento, la excepcionalidad se transforma en terror10.

Dentro de esta discusión conceptual, nuestra tesis apunta a que las políticas americanas se encuentran centradas en valores culturales que se vinculan a la tesis del destino manifiesto y ponen al estadounidense en un pedestal respecto al otro (excepcionalismo), generando efectos colaterales –dentro de su misma sociedad– como ser el sentimiento de temor inacabado, por medio del cual se sustenta su necesidad constante de intervención.

 

¿Es Estados Unidos la nación más democrática?

Desde sus comienzos, el país se vio envuelto en una lucha interna entre dos facciones que pugnaban por imponerse dentro del pensamiento colectivo, el darwinismo social el cual fomentaba la superioridad anglosajona sobre el resto de las culturas del planeta, y la democracia. Ambas ideas, contrastantes por sus contenidos ideológicos, se fundieron en una forma de pensar específica que le es propia a los Estados Unidos, el valor. Si la democracia avalaba la igualdad de todos los hombres, el darwinismo y su influencia dentro de la ciencia apelaba a las diferencias como criterio inexpugnable. La cuantificación de la conducta fue uno de los mecanismos responsables de aceptar como natural la desigualdad entre los hombres, lo que paradójicamente implicó la crisis de sentido de la democracia americana. A medida que las ciencias sociales abrazaron la metodológica cuantitativa empiricista, la moral fue considerada un prejuicio propio de la subjetividad11. A diferencia del mundo hispano, donde la figura “del pobre” merecía la ayuda de otros, la cosmología anglo premia el esfuerzo y el trabajo duro por sobre otros valores, incluso yendo más allá de las políticas raciales. La competencia y el esfuerzo de distinción representan no solo una justificación por la desigualdad social, sino en forma distributiva de solidaridad12. Michael Omi y Howard Winant llaman la atención sobre la alta racialización existente dentro del Estado americano, incluso en la actualidad cuando el libre mercado pone en consideración una idea de “libertad de oportunidades para todos”. La cuestión racial, a lo largo de la historia, ha tomado diversas formas y sentidos. El proyecto neoliberal, lejos de llevar a una igualdad real pretende desdibujar el tema racial con el fin de controlar a las minorías, las cuales por inferioridad de recursos se encuentra en desventaja para competir con la elite blanca13.

No menos cierto es que la democracia no se corresponde con una creación exclusivamente estadounidense, sino que como recurso político lleva milenios de existencia. V. Bailyn nos habla de la gran paradoja creada por la Revolución estadounidense respecto a Gran Bretaña, ya que, por un lado, la nueva nación necesitaba reelaborar todas sus instituciones, la mayoría de ellas británicas, para no traicionar los ideales de la revolución, pero a la vez debía gobernar “con brazo fuerte” a las nuevas facciones y grupos en pugna. La libertad y la concepción de la vida democrática virtuosa fueron dos mecanismos que ayudaron a consolidar un ideal de lo que representa ser “americano”. En parte, Dios posibilitó la conquista de América anglosajona para que otros pueblos gozaran de la virtud conferida por el mejoramiento de la tierra. A esta forma ideológica se le suma la idea de un “destino manifiesto”, donde el pueblo americano se sitúa en oposición con la corrupción británica, y para eso alude al pasado imperial romano como una guía moral y ética14. En los últimos años, varios analistas han enfatizado en cómo los valores de tolerancia americanos han coadyuvado para lograr una democracia estable a lo largo de los años. Desde sus perspectivas, el crecimiento económico y la expansión de los mercados han sido dos variables significativas para explicar la subsidencia de la vida democrática en el país. Ello equivale a decir que el desarrollo económico de una nación permite predecir la posibilidad de construir instituciones democráticas. Los ciudadanos una vez que sus necesidades básicas se encuentran satisfechas, se preocuparían por la participación activa de la política institucional; por el contrario, aquellas naciones cuyos niveles de producción son bajos, mantendrían en la línea de pobreza a la mayoría de su población. Oprimidos por medio del miedo15 y la violencia, las voluntades de los grupos de presión quedarían controladas por el Estado en forma autoritaria16.

El aspecto cultural parece ser la pieza elemental en este rompecabezas que incita al sentimiento de ejemplaridad. Inglehart, en su trabajo Modernization & Postmodernization se pregunta ¿por qué mientras Estados Unidos e Inglaterra se mantuvieron fieles a la democracia luego de las crisis del 30, otras naciones como Alemania o Japón sucumbieron al autoritarismo? Partiendo de las bases que las naciones adoptan o rechazan un sistema democrático acorde a su grado de riqueza material, el politólogo americano admite que la cultura es un aspecto significativo a la hora de comprender una organización política. Los estadounidenses y británicos son culturalmente más democráticos que los alemanes y japoneses. Si bien cualquier país puede abrazar la democracia, solo pocos pueden sostenerla a través del tiempo17.

Esta observación ya se encontraba presente en los primeros viajeros europeos al continente. Alexis de Tocqueville consideraba que la democracia americana engendraba un doble peligro. Por un lado, sentaba las bases para la destrucción del orden aristocrático masificando las posibilidades de todos los ciudadanos, pero a la vez disponía de lo que “denominaba” la dictadura de las mayorías. Tocqueville era crítico respecto a la búsqueda incesante de ganancia y al culto a la individualidad que ya comenzaban a diagramar a la sociedad americana18. Ciertamente, como su nombre lo indica, el gran país del norte es una confederación cuyas complejidades legales y políticas son abismales respecto a otros Estados. También no menos cierto es que muchas de las constituciones de los principales estados del mundo han sido clonadas de la estadounidense. Por ende, su éxito para transformarse en una potencia mundial no solo se debe a su poder económico o militar, sino en la habilidad de replicar su pensamiento desde lo ideológico por medio del sistema legal19.

Las elecciones de presidente por electores han sido seriamente cuestionadas, pues un candidato puede no tener la mayoría popular en todo el país, y aún si ser coronado presidente, cuando alcanza la cantidad de 270 electores (269+1 de 538 votos electorales). También la disposición de esos electores no es asimétrica al entrar en el debate cuestiones de territorio y demografía. Esta visión de la democracia no solo es alienante para los ciudadanos sino que lleva a las alianzas corporativistas. Silvia Núñez García explica que los Estados Unidos han centrado su sistema político en dos valores fundamentales, el apego a la democracia y la propiedad privada. El principio de ser estadounidense solo se comprende a través del prisma de la ideología20. No obstante, lejos de esa supuesta armonía interracial y de clase, subyacen serios desajustes fomentados por una elite que se mueve en forma corporativa. Las desigualdades de ciertos grupos dentro del país sugieren que los ideales democráticos se aplican en forma selectiva. Aquí surge una pregunta por demás interesante: ¿qué sucede cuando las condiciones coyunturales atentan contra el orden dado?

En los últimos años, interesantes estudios ha cuestionado la tarea legislativa cuando se realiza de espaldas a los electores. Particularmente cuando las leyes se manejan dentro del poder legislativo, la ciudadanía puede perder interés y confianza en el sistema. Si bien esta preocupación ya estaba presente en los padres fundadores, no menos cierto es que la posición contraria también puede llevar a formas autoritarias y populistas de poder. En el momento en que la ciudadanía propone y redacta las leyes que los legisladores deben sancionar, declina la calidad de las mismas21.

Ese principio de “desigualdad”, para extrañeza de los analistas políticos, se encuentra institucionalmente regulado y asegurado. Interesantes estudios de los constitucionalistas R. Dworkin22 y C. Sunstein23 revelan las parcialidades de la constitución estadounidense, asimismo queda de manifiesto que la coyuntura legal americana protege los intereses de ciertos grupos que conforman su elite. La construcción subjetiva de la ley se encuentra orientada para sustentar y resolver los conflictos suscitados por las luchas intestinas de poder a favor de las aristocracias. A. L. Kerpel describe el sistema judicial, aportando un dato interesante. El pragmatismo y el “common law” han sido importantes a la hora de distinguir la jurisprudencia estadounidense de la hispanoamericana. Un juez no se somete a la ley escrita o texto redactado, sino a la interpretación y los precedentes que otros jueces han dejado por un caso similar24.

Por su parte, Hazel Blackmore retoma los miedos originales de los padres fundadores respecto a la posibilidad de que una dictadura de las mayorías tome el poder. En lo que la autora denomina pesos y contrapesos, no solo la constitución sino también las respectivas enmiendas y la Declaración de Derechos (Bill of Rights) intentan representar un poder balanceado que lleva a la negociación constante y garantice el respecto por las normas básicas vigentes. La división de poderes se encuentra diseñada para introducir un mínimo controlable de ineficiencia política desde el momento en que quita a determinados cuerpos lo que le otorga a otros. Lo mismo puede afirmarse sobre la posibilidad del voto de los electores. Blackmore señala que puesto que existen más electores hay mayor diversidad de intereses y una división aún mayor entre los representantes del pueblo y, en consecuencia, una mayor dificultad para que surja una tiranía de la mayoría25. No obstante, ¿podemos decir que las sociedades democráticas son más seguras, respecto a las autoritarias?

Aun cuando Blackmore no lo acepta, esta forma de vivir la democracia lleva a la negociación (especulación instrumental) como forma de relación. De esta forma, se establecen intereses conjuntos y corporativos entre los diversos cuerpos colegiados que componen la estructura política. Objetivos generales compartidos y métodos compartidos entre demócratas y republicanos ha sido una constante en la vida política del país. En cierta forma, el peligro a una tiranía “despótica” que pueda seducir al electorado es uno de los aspectos que más ampliamente están rechazados dentro del sistema bipartidista americano.  Por ese motivo, el estadounidense busca distanciarse del resto, valora la diferencia y celebra la pluralidad. Empero, esa pluralidad no es sinónimo de igualdad.

El darwinismo ha sido un aspecto tan determinante en la búsqueda de novedad del pueblo estadounidense como pernicioso para sus formas de relación con otras culturas. Esta doctrina ha creado dos axiomas que han sido fundamentales para generar un sentido de excepcionalidad. El primero, y de mayor gravitación, ha sido la idea de que solo sobreviven los más aptos (confundiendo el término con la supervivencia de los más fuertes). Segundo, el determinismo social se correspondía con la creencia en que la legitimidad de la ley no era suficiente para garantizar o explicar por qué algunos eran mejores que otros. La evolución, de un estado a otro, permite a la sociedad obtener mejores condiciones de competencia frente a otras sociedades. El hombre primitivo vive en condiciones de inferioridad frente al ciudadano capitalista, pues ha destruido su propia capacidad de evolucionar26. Ello sugiere una pregunta que se desliza en la discusión: ¿es la sociedad americana trágica en su esencia?

Esta cosmovisión impacta en la psicología del pueblo de dos formas diferentes. La primera advierte que la diferencia es de capital importancia para sostener la vida democrática; pero esa búsqueda de la diferencia lleva a la necesidad de sentirse único. Si bien ser “especial” tiene su costo, el gran problema de sentirse único en un mundo que se presenta como vasto y hostil es la necesidad de evitar un “destino trágico”. El único no solo es agraciado por las fuerzas de la vida, también debe adquirir fortaleza frente a los misterios del destino. Este sentimiento genera un gran temor escondido difícil de tolerar. Nadie ataca a quien permanece solapado en la normalidad de la vida, pero sí a quien trasciende o pretende hacerlo.

En perspectiva, C. Menke afirma convincentemente que la tragedia comienza cuando el ciudadano anula la ley, desdibujando la acción del derecho sobre las personas. Cuando Edipo da cuenta de haber matado a su padre para desposar finalmente a su madre, entra en la desesperación que lo lleva a cegarse. Esa acción hubiese sido perdonada si Edipo se hubiese sometido a juicio público. Pero el rey de Tebas no solo toma la justicia por sus manos, sino que es juez de sí mismo. En ese punto, admite Menke, comienza el pensamiento trágico. No es la falta de conocimiento lo que determina la tragedia, sino la anulación de la ley humana, cuyo proceso precisamente impide que el juez y el juzgado sean la misma persona. Cabe aclarar que el sentido de la ley es funcional a la tragedia. En contraste con quienes sugieren que la tragedia ha desaparecido en el mundo moderno, Menke considera que las sociedades modernas cuya ingeniería legal descansa en la lógica racional asisten a una nueva forma de ver lo trágico. El sentido de la revelación aparta al hombre de la ley; Edipo es un rey respetuoso del derecho de Tebas, pero es la plaga la que lo obliga a comprender la causa del desastre. Cuando la verdad le es revelada, Edipo anula la ley para convertirse en un hombre sin hogar, un ente sobre el cual no aplica la hospitalidad27. Por último, pero no por ello menos importante, Susan Sontag explica que políticamente el gobierno estadounidense se ha sentido cómodo en manipular el miedo y el dolor a su favor con el fin de crear pseudo-realidades que se remiten a excesos trágicos28. Este escape ha sido históricamente funcional a quienes monopolizan el poder dentro de la nación. La “dramatización”, como mecanismo para lograr catarsis, es un aspecto cultural de la mayoría de los políticos, pero se hace carne en el corazón del pueblo estadounidense. ¿Cuáles han sido los elementos axiomáticos que permiten a una potencia que se siente única y por lo tanto mira hacia dentro, expandirse hacia fuera?

 

Crecimiento, expansión e imperialismo

A diferencia de España, que colonizó América apelando a la fuerza de sus ejércitos, Inglaterra hizo lo propio a través del comercio29. Si los españoles se afincaban para descubrir riquezas como oro y plata, los ingleses apelaban a la figura arquetípica del trabajo como forma de apropiación. España representaba a los anglosajones el eje de la opresión y la injusticia. Sus esfuerzos por diferenciarse de esta potencia medieval estaban condicionados por sus propias prácticas imperialistas. Los anglos asumían que la tierra podía ser expropiada a los aborígenes si era mejorada y trabajada por los colonos. El trabajo y el derecho a intervenir sobre quienes no trabajan o sobre quienes no lo hacen en forma correcta, ha sido una construcción discursiva que le ha permitido al Estado corregir las asimetrías económicas. El otro-indígena retratado como incivilizado, conflictivo y agresivo en ciertas ocasiones representaba una amenaza para el orden blanco. Partiendo desde la premisa que la paz se obtiene solo por la imposición temporal de la violencia, los colonos anglosajones desarrollaron una extraña forma de ver la política, donde se reservaban para sí la posibilidad de evaluar y juzgar bajo qué condiciones la violencia controlada era necesaria30.

Desde entonces, explica el profesor Anthony Pagden, la posesión de la tierra, el trabajo y la propiedad se configuraron como axiomas culturales esenciales del mundo anglosajón. Las diferentes leyes y estatutos dentro de la unión llevaron a desarrollar posiciones ambiguas respecto a las tierras ya habitadas por los aborígenes31. P. Wald asume que por un lado la parcelación de la tierra fue dividida entre los señores blancos, a la vez que ciertos colectivos como los esclavos fueron privados de tal derecho. Empero, los aborígenes representaron un gran escollo al imperialismo estadounidense. Incluidos formalmente en la Unión desde un aspecto legal, se les prohibió poder comprar y vender tierras. Las tierras ocupadas por los “grupos originarios” fueron declaradas “enajenables” o “inalienables”, lo cual facilitó la contención y la exclusión de estos grupos de la cadena productiva. Creados como enclaves para no entorpecer el crecimiento del país, las reservas aborígenes aludieron a un falso sentido de protección32.

El Estado anglosajón siempre ha mantenido una posición pasiva pero enérgica para controlar y distribuir la producción y circulación de bienes. Nicole Guidotti-Hernández describe en su libro Unspeakable Violence las formas discursivas por medio de las cuales el Estado construía narrativas tendientes a legitimar la violencia ejercida sobre grupos que desafiaron, por su movilidad u osadía, el sistema productivo capitalista. Esa táctica consintió la necesidad de reducir la autonomía del “diferente”, ya sea bajo la figura del “buen salvaje” o del “indígena peligroso”33. Como bien ha dicho Eric Cheyfitz, los imperios construyen una imagen débil y subordinada del otro, al cual jamás ponen en condición de igual frente al statu quo. Ya sea que sean ridiculizados por falta de pensamiento lógico, como demonizados como caníbales, los otros no privilegiados representan un colectivo que debe ser disciplinado, controlado y civilizado. La cuestión de cómo la religión ha contribuido para la creación de esa diferencia es central en el argumento que debe discutirse34. Los aspectos intervencionistas y la obsesión de Estados Unidos por controlar la vida autónoma de otras naciones, ya sea por la fuerza o el comercio, se debieron a la necesidad de balancear su propia economía o por su miedo extremo al “comunismo”. Ya sea por su necesidad de adoptar la creencia en “el destino manifiesto” o por haber sido protagonistas “en la lucha contra el fascismo”, los estadounidenses mantiene la confianza no solo en sus propias capacidades militares, sino en sus respectivas campañas para liberar al mundo del “mal”, “de la tiranía”, “de lo anti-democrático”35. No obstante, no menos cierto, como destaca Robert Kagan, existe un quiebre de posturas entre Europa y Estados Unidos acentuado luego del 11/9. Mientras el primero ha fagocitado en la paz kantiana, apoyada por la necesidad de consenso y de respeto de la ley internacional, el segundo ha promovido el Estado post-hobbesiano apelando al uso de la fuerza. Paradójicamente, en el mismo momento en que los grandes bloques mundiales (Europa+BRICS) hicieron del comercio su principal instrumento de interacción, luego de la caída del bloque soviético, los Estados Unidos se precipitaron a tomar la posición de la primera potencia militar y tecnológica, ejerciendo el rol de policía mundial36.

 

El rol de la religión en la comunidad

Uno de los primeros trabajos conceptuales en regla económica que marca un antes y después a la hora de explicar las diferencias culturales entre ambas cosmovisiones del mundo protestante respecto al católico es Economía y Sociedad, y luego La Ética Protestante y el Espíritu del Capitalismo. Como en toda su obra, en ambos trabajos Weber traza una diferencia en la forma de concebir el trabajo y la frugalidad tanto en el mundo católico como en el protestante. Resultado de una forma de concebir al mundo que nace de la determinación, los protestantes se anticipan a un futuro que es siempre cerrado. Desde el momento en que solo quienes estén en el libro de la vida alcanzarán la salvación eterna, no hay acto alguno en la tierra que pueda torcer el mandato divino. Esta forma de pensar contrasta con la posición mediterránea y católica por la cual un alma entra al reino de los cielos acorde a sus actos en la tierra. Para la lógica protestante, admite Weber y los neo-weberianos, la salvación del alma, aspecto fundamental de cualquier organización religiosa, se encuentra previamente determinada y cerrada a la voluntad humana. Partiendo de este supuesto, el hombre desea y necesita saber si forma parte de ese pequeño grupo selecto. Como la respuesta no le es revelada, el trabajador protestante debe demostrar ser digno. Su apego al trabajo, la frugalidad y el conocimiento serían en parte compulsiones propias del mundo anglo-protestante37.

E. Fromm se apoya en estas observaciones para describir el ascenso del nazismo al poder. Según el psicoanalista alemán, la psiquis humana no está diseñada para soportar la incertidumbre durante un lapso de tiempo prolongado. Ante la crisis que produce el principio protestante de la predestinación, el hombre se refugia en tendencias escapistas, sádicas y totalitarias, con las cuales logra, aunque temporalmente, reducir su ansiedad38. No obstante, no todos los eruditos persiguen las máximas de Fromm. Perry Miller advierte que el temperamento puritano nace tanto de la necesidad del trabajo como proyección de la mente como de la idea de pacto que ha sentado las bases de esta religión en Nueva Inglaterra. Mediante la noción del pacto, se sucede una síntesis entre experiencia y creencia, la cual no se replica en otros cultos confesionarios. En este sentido, los puritanos no se condicen con los luteranos o calvinistas que creen en el absoluto, sino que confieren cierta libertad a la acción del hombre para pactar con Dios. En ejercicio de su propia libertad, el hombre elige estar o no en comunión con su Dios. Sin embargo, tarde o temprano esta forma de pensar se rinde frente a los embates del calvinismo, no obstante no queda del todo claro cuál es el tratamiento de los puritanos respecto a la salvación39. Las mismas observaciones hace Harry Stout en su libro The New England Soul. Agobiado por encontrarse en un medio hostil y nuevo, el puritano ha trazado un paralelismo entre el pueblo de Israel y el puritano. Bajo el trinomio pecado-redención-servicio, el hombre de fe ha establecido un pacto con su Dios que le ha dado una confianza exagerada respecto de sí mismo y los otros. La caída es una condición necesaria que apela a la autohumillación y con ella a la voluntad de servir a Dios ante todo. Fagocitada esta fórmula con el sermón, los puritanos establecieron un círculo cerrado de pertenencia que los ha llevado a creerse ejemplares en muchos sentidos. El miedo y la esperanza fueron a lo largo de su historia mecanismos de disciplina empleados para acercar al hombre con sus instituciones40. Desde entonces, la política y la religión han estado ligadas inextricablemente. Cualquier evento percibido como hostil, como ser una guerra, es vivido como una señal de Dios para llevar al hombre al arrepentimiento, la reflexión y la renovación.

Las cuestiones más acuciantes en esta discusión son: ¿qué pasa con aquellos que no firman el pacto?, ¿son condenados?, ¿cuál es el acto de libertad que pesa sobre un condenado?, ¿qué tan libre puede ser una decisión cuando lo que está en juego es la salvación del alma?

Phillip Greven intenta responder a estas cuestiones en su libro El Temperamento Protestante. Sus objetivos son dos. Primero, explicar cómo se conforman los temperamentos sociales y hasta qué punto los ideales forjados, en sus inicios históricos, condicionan toda su vida futura. Segundo, provee un claro e interesante modelo para comprender el “ethos protestante”. En cierto sentido, la autoridad y el amor son dos de los valores culturales fundadores de los primeros habitantes de América del Norte. Con la autoridad, deviene el temor, con el amor la piedad. Greven asegura haber encontrado tres grandes tipos para explicar cómo el protestantismo comprende al mundo circundante: a) evangélico, b) moderado y c) gentil. Los Estados Unidos combinan en todas sus instituciones aspectos culturales esenciales de estos tres subtipos, manifestándose según el contexto y la época uno por sobre los otros dos. No obstante, el siglo XIX es testigo de la forma en la cual el temperamento evangélico toma un rol protagónico en el sentir nacional de los Estados Unidos, marcando un antes y después en su política interna y externa.

Siguiendo este argumento, Greven agrega que los evangélicos no solo habrían desarrollado una imagen negativa del self, sino que apelan a la renovación espiritual profunda. Nada en el mundo terrenal se asemeja al espiritual. Su hostilidad frente a los placeres del cuerpo lleva a esta doctrina a aceptar la voluntad de Dios como absoluta, inquebrantable e irreversible. Los evangélicos, en un sentido, se encuentran siempre en guerra consigo mismos y con los demás, consideran que el mundo es un lugar peligroso que debe ser destruido y renovado. En una línea de pensamiento menos extremista, los moderados sugieren que se puede aceptar una cierta armonía entre espíritu y cuerpo. El pecado no deteriora el cuerpo, sino que permite llegar a un mejor diseño del mismo, una gobernanza de las pasiones que se subliman por medio del amor y la piedad. El cuerpo es para el moderado un recipiente que debe ser cuidado, y su posición frente al mundo los ubica en una jerarquía bien establecida, en donde cada miembro de la comunidad sabe qué es lo que debe hacer. La salvación para este grupo no deviene de la renovación, sino de la virtud. Los gentiles, en última instancia, demuestran cierta indiferencia respecto al tema de la predestinación y la salvación. El mundo es un espacio confortable que el hombre debe administrar, al ser otorgado por Dios, el placer es tan divino como el hombre mismo, y no debe ser considerado razón de pecado. Los gentiles consideran que lo que hagan en este mundo y su compromiso de respeto a los sacramentos son dos criterios esenciales para poder alcanzar la salvación del alma41. La distancia física entre los hogares en Estados Unidos fagocitaba la crianza evangélica, ya que permitía que la autoridad del padre pueda centralizarse. No obstante, para el temperamento evangélico, los siguientes puntos adquirían una importancia capital:

  • La figura de la niñez adquiere una carga negativa, provista de indisciplina y egoísmo.
  • El niño debe ser socializado por medio de una estricta disciplina.
  • Tanto el temor como el amor juegan un rol fundamental en la crianza de los niños. Cuando ambos no son suficientes, la culpa entra en escena como una herramienta disciplinaria alternativa.
  • El cuerpo, los placeres mundanos y el self adquieren una significación negativa que lleva al hombre al pecado. La naturaleza del hombre no solo es insignificante ante Dios, sino maligna.
  • Según el punto anterior, es necesario desarrollar una forma ritual purificadora que rompa con el pasado y con el presente del hombre: la renovación.
  • La experiencia del “renacimiento” o renovación permite una profunda transformación que lleva al hombre del estado de naturaleza, a la gracia que confiere la salvación.
  • Dios conoce nuestros pecados y también aquellas faltas a cometer en un futuro.

Respecto a la influencia del poder del Padre sobre el territorio, Greven aclara, la voluntad de poder y la idea de soberanía han sido dos valores culturales significativos para el ethos estadounidense. Lejos de Europa, para el temperamento evangélico el poder se encuentra circunscrito a una autoridad que es total, cerrada y desprovista de duda. Todo padre, como Dios, quiere lo mejor para sus hijos, aun cuando debe cuidarlos contra ellos mismos. La voluntad divina es una construcción absoluta que se impone, por su perfección, a la defectuosa voluntad humana. Lo que deviene de Dios es inquebrantable, incorruptible, imposible de ser alterado por el hombre y sus designios. El hombre queda, de esta forma, en completa dependencia de la voluntad de su Dios y solo puede interpretar sus designios por medio de lo que sucede en el mundo. Por tanto, la unión del hombre con Dios por desigual no puede ser sublimada en términos de un pacto. Los hombres reciben al destino en forma clausurada al self, no tienen ni la voluntad ni la posibilidad de quebrarlo. El cristiano evangélico tiene un sentido del self deteriorado, insignificante frente al cosmos. Esa idea lleva a un intento de fusión entre el mundo divino y el profano, que se da por medio del ritual de expiación o renovación carismática. Pero al hacerlo, el pasado y el presente quedan subordinados al futuro. De alguna u otra forma, los tres subtipos con sus diferencias apoyan la tesis de la revelación como una voluntad incuestionable de Dios.

Los Estados Unidos heredan del temperamento evangélico su propensión bipolar tanto al miedo como al amor romántico (que espera), mientras que los moderados aportan una visión holística –precientífica– que apela al mundo como un todo orgánico, interconectado en todas sus partes. Los gentiles, por su parte, proveen una base conceptual sólida para justificar la riqueza y la expansión económica. No obstante, cualquiera sea su afiliación religiosa, el futuro como entidad concreta toma una fuerte influencia en los tres temperamentos. Los evangélicos han monopolizado su accionar en las altas esferas de la sociedad, creando serios problemas en la relación con los otros. Los evangélicos se encuentran en conflicto consigo mismos y con el mundo.

S. Coleman argumenta convincentemente que el mundo protestante se siente particularmente atraído por el poder político, en parte debido a la necesidad de dejar atrás los actos del pasado, pero además por la disociación entre el mundo espiritual y el terrenal. La prosperidad y riquezas materiales pueden no ser consideradas pecados. En lugar de ver al mundo como un espacio estable y seguro para ser habitado, los padres de “la Reforma” promueven el movimiento constante, hacia delante y atrás, haciendo énfasis en las aspiraciones a futuro.  Las expectativas económicas pueden sonar o verse problemáticas en otros dogmas, pero en este mundo religioso mueve los resortes de la economía. La idea milenarista de que la salvación está determinada por la destrucción adquiere fuerza en los pastores luego del atentado terrorista de 9/11. Según dicho discurso, Dios utiliza a los terroristas para frenar el proceso creciente de secularización del Estado. No importa tanto la acción individual, como el plan divino42. En el fondo, el destino se desarrolla y evoluciona dentro de sí mismo, la gloria del Dios. Empero, si esto es así, ¿por qué involucrarse en la vida terrenal?

Para responder a esta pregunta es necesario explorar el mundo de la revelación. El acto de revelar implica desenterrar una verdad que estaba oculta en el mundo secular si se quiere. Los objetivos de los hombres religiosos que se dignen de ser llamados seguidores de Cristo deben revelar (discernir) lo que está oculto en el mundo supernatural. ¿Cuál es el lugar que debe ocupar la ciudad de Dios en el plan divino?, ¿debe ir contra los enemigos de Dios en el plano terrenal? o ¿debe ocultarse en lo alto del monte? La primera visión sugiere una autojustificación derivada del mundo fáctico, la cual puede en ciertas situaciones de emergencia desafiar el poder de la ley.  Por el contrario, la segunda apela a una idea espiritual de comunidad protegida por la ley. Ambas cosmovisiones, lejos de ser contradictorias, operan en todas las esferas de la vida política de Estados Unidos. Admite Coleman que este dilema demarca las fronteras entre la política y la religión, respecto a al lucha antiterrorista. La acción violenta contra el otro es, en este ethos, importante para comprender como funciona la mentalidad del ciudadano estadounidense, respecto al porvenir de una comunidad. Esta forma de pensar encierra un grave problema para la vida democrática, porque supone que la violencia se encuentra autojustificada por la meta sobre la cual se articula.

En perspectiva, S. M. Lipset sostiene que la política exterior estadounidense puede comprenderse bajo el prisma de la lucha mítica entre el bien y el mal, en ocasiones una situación radicalizada que amerita un acto de expiación, una liberación ético-moral. No obstante, es necesario comprender que su expansionismo se encuentra justificado por la necesidad de instaurar el libre comercio y la democracia como formas establecidas de liberalización, de los vínculos, las personas y las mercancías. En palabras de Milton Friedman, la democracia confiere a las unidades productivas la libertad suficiente para poder negociar en igualdad de condiciones; y al hacerlo, someter su propia voluntad al bien común. Cuando dos familias producen commodities, una puede “decidir” vender o no hacerlo a la otra y viceversa. La decisión es la base angular del orden democrático43. Bajo el lema que solo por medio del capitalismo se alcanza el desarrollo de los pueblos, los estadounidenses han plasmado una ética del trabajo especial que los ha obligado a declararse de espaldas al mundo, si se quiere “únicos”44. Este excepcionalismo ha permitido el crecimiento imperial de los Estados Unidos en lo comercial y militar45. Empero, ¿que pasaría si esa necesidad virtuosa de transformar el mundo se convierte en pánico? Este tema, ha sido poco estudiado por los estudios americanos, y es donde pretendemos hacer un aporte.

 

El miedo en Estados Unidos

Roland Inglehart explica que es una gran paradoja que parte de los ciudadanos americanos sienta preocupación o temor por cuestiones abstractas, cuando sus condiciones de vida han mejorado notablemente en las últimas décadas. En parte, ello sucede porque una vez que el sujeto tiene garantizadas las condiciones básicas de subsistencia, los temores comienzan a hacerse más difusos y globales. No coincidimos con esta propuesta. Por el contrario, creemos estar en presencia de elementos culturales que explican la sobredimensión que tiene el temor en la vida americana46.

La cultura del temor en Estados Unidos se remite a un estado exacerbado de historia y ansiedad que va desde el comunismo hasta el fin del mundo. Los estadounidenses no solo parecen sensibles al temor, sino que parecen estar constituidos como sociedad en torno a él. La cultura se encuentra sujeta a diversas estructuras ideológicas que permiten legitimar el poder de unos sobre otros, a la vez que disuade a los oprimidos de las garantías que deben respetar para obtener una mejor posición47. El temor puede ser un instrumento funcional al poder económico pues actúa en dos sentidos bien definidos. Por un lado, cierra las fronteras a una amenaza externa, a la vez que permite generar políticas de adoctrinamiento interno que de otra forma serían rechazadas48. El famoso peligro rojo que inició el macartismo, ha sido un ejemplo de cómo funciona el temor en la sociedad estadounidense. El plan Marshall en política exterior pretendía frenar el avance comunista, a la vez que el encarcelamiento y persecución de líderes sindicalistas disuadía a los trabajadores de rechazar de plano las ideas socialistas de organización laboral49. Cuando se marca a un grupo o una condición como amenazante, el público estadounidense ha aprendido a no pedir explicaciones sobre las razones que tiene su gobierno para llevar a cabo determinada acción. Esta realidad, agrega Stearns, hace que los americanos sean particularmente vulnerables a las amenazas inventadas por su gobierno, sin reparar en que cada año muchos más compatriotas mueren por el crimen, el abuso de drogas y los accidentes viales que por las historias que fabula su propio Estado.

Algunos estudiosos como Strauss y Howe sugieren que la cultura estadounidense desde los 60 en adelante se fundamentó sobre la base de dos opuestos irreconciliables que van desde la infra hasta la sobreprotección de los niños. Criados en ambientes donde no han adquirido una seguridad ontológica estable, una vez adultos han mantenido serios problemas de adaptación al medio. El temor les permitiría enfrentar la fragmentación identitaria que nunca pudo ser resuelta entre los diversos grupos que conforman la nación50.

Empero existe otro argumento que nos permite explicar cómo funciona el temor en Estados Unidos y su vinculación con la idea del “destino manifiesto” o ejemplaridad. La idea de un pueblo dotado por la gracia divina fue introducida por la religión en la fundación misma del país. El concepto de la soberanía sentó, asimismo, las bases para clausurar una mismidad simbólica que permitiera separar un yo ejemplar de “ellos”51. Esa tesis explicada con claridad por Korstanje bajo el modelo de la “personalidad heroica” sugiere que el temor incesante se corresponde con estadios exacerbados de pensamiento trágico. En la tragedia, el héroe muere por su propia virtud manifiesta, por un arbitrio del destino, el capricho de los dioses o algún pecado cometido en su juventud. El sufrimiento en la muerte trágica del héroe se encuentra cargado de gran aflicción por medio del cual luego puede transformarse en un protector de la humanidad. Si bien el sentimiento trágico posibilita ciertas cuestiones, clausura otras. La incesante “espiral de temores” que invade al gran coloso del Norte sugiere un análisis exhaustivo respecto al mismo principio del “héroe trágico”52. El sentido último de la protección que autoriza la intervención nace del destino manifiesto del heroísmo. El héroe no solo está tocado por los dioses, sino que su destino se encuentra predeterminado por ellos.

La mitología comparada nos ha dado elementos conceptuales para comprender el origen del héroe, como explica el profesor Bauzá:

De entre los diferentes rasgos que caracterizan al héroe existe uno muy significativo que se erige como común denominador de esta figura en todos los tiempos: el de ser un trasgresor, pero para alcanzar esa categoría heroica esta trasgresión debe apuntar hacia lo ético. En efecto, por la trasgresión el héroe se eleva por encima del establishment histórico-político que pretende coaccionarlo, y lo que es más importante, mediante su acción intenta también apartarse del determinismo fatalista y convertirse en artífice de su propio destino53.

Semántica y morfológicamente, la figura heroica originariamente adquiere un origen divino que a la vez la vincula con los dioses, sin embargo su naturaleza humana y parte mortal lo obliga a emprender un largo viaje plagado de peligros en busca de “la inmortalidad”54. La desgracia puede llegar de diferentes maneras: simplemente por codicia o por un error humano. Los héroes son castigados por decisión divina, empero una vez muertos su historia es fuente de inspiración para otros hombres. Como sea el caso, las sociedades construyen a sus héroes para autoproclamarse por encima de otros hombres o para perpetuar un régimen político determinado. La naturaleza del héroe, por lo expuesto, se constituye como puramente política. Los héroes legitiman órdenes políticos específicos y formas territoriales de practicar la economía con otros pueblos55. Para la constitución de cualquier arquetipo heroico es necesario:

1) El destino

2) El origen divino o real

3) El secreto

4) El pecado o la falta

5) La lucha con las fuerzas del mal

6) La hazaña transforma al sujeto ordinario en un ser extraordinario

7) El proceso de apoteosis por el cual el sujeto sube al cielo en cuerpo y alma.

El destino del héroe le da la importancia necesaria para poder trascender por medio de la leyenda. El ciudadano moderno apela al arquetipo mítico del heroísmo para sentirse importante y trascender los límites materiales o simbólicos impuestos. La imaginación de la tragedia contribuye y devuelve las esperanzas pérdidas. Valores como la impersonalidad y la rutina son restituidos por medio de mecanismo que apelan a altos grados de impacto emocional, como ser, el fin del mundo o el Apocalipsis. La imagen de la tragedia lleva al sujeto postmoderno directo hacia la desesperación, pero no retorna a su estadio inicial; en consecuencia, el sujeto queda inmerso en una desesperación continua. El “yo” postmoderno se encuentra cercenado y condicionado por la lógica legal racional, la cual lo homogeneiza en procesos de trabajo rutinarios. A la necesidad de emancipación se le suma una imperiosa voluntad por la diferenciación (narcisismo). En la postmodernidad, lo heroico o el arquetipo del héroe, fenómeno inherente a épocas antiguas, emerge transformado. Su función, ahora, es dotar al ciudadano común de una diferenciación con respecto a otros. Su necesidad de sentirse diferente a los demás reclama superioridad, pero también dolor. El hombre se torna gregario en su necesidad y limitación. En primer lugar, la ficcionalización de lo trágico tiene dos funciones específicas: una de ellas, la más importante, es proveer al sujeto de las emociones y la importancia que le ha sido negada por la imposición de una lógica fría e impersonal poscapitalista, generando una verdadera personalidad heroica. Segundo, restituye a la sociedad del goce que necesita para seguir viviendo. No obstante, existen dentro del arquetipo anglosajón y del mediterráneo dos formas de vivir lo trágico. Mientras para los latino-mediterráneos el futuro está determinado por los actos propios en el presente, para los anglo-germánicos se encuentra completamente cerrado a la acción humana. Como la angustia en el mundo industrial nace por su incertidumbre sobre los eventos futuros, que no domina, la cultura germánica requiere de la intervención del futuro. Si los católicos prefieren la seguridad que dan sus costumbres, los anglosajones se adentran en lo nuevo como una forma de colonizar y domesticar el futuro.

En el mundo anglosajón existe un gran sentimiento de ansiedad ya que el peligro se encuentra encriptado en el futuro. Ese sentimiento de incertidumbre se canaliza en descubrir que depara el destino. La ciencia y la tecnología, mayoritariamente desarrolladas en las sociedades de matriz germánica, son un ejemplo entre otros de la necesidad de intervención del futuro56. La predestinación impulsada por la reforma aún continúa en la vida moderna, aunque a través de otras formas, como la destrucción creativa o la necesidad de intervención. El sentido de la prevención evoca un evento que aún no sucedió, pero que se da por sentado que sucederá, si es que no se adopta ningún curso de acción. Pero adelantarse puede crear otros nuevos miedos alimentando la obsesión.

En síntesis, se puede confirmar que tecnología y miedo parecen inherentemente ligados a lo largo de la historia capitalista. A mayor temor, más sofisticados serán los recursos tecnológicos para mitigarlos, pero paradójicamente ese sentimiento, por ser una construcción ficticia, no se reduce sino que se incrementa. El temor en los Estados Unidos se corresponde con el mismo principio de exclusividad que le da origen como sociedad. El ideal moral de un ciudadano ejemplar, democrático, lo hace blanco de los diversos conjuros, y ataques por parte de las “fuerzas del mal”.

Los americanos entran así en un doble dilema: posicionarse como una sociedad avanzada, superada, que debe expandir sus principios democráticos al mundo, pero encerrarse en un clima de temor y desconfianza constante a nivel interno. La vida anónima confiere al individuo la seguridad de vivir apegado a los límites de sus propias instituciones, de forma más o menos segura. Pero cuando esos límites se alteran o se rompen, irrumpe el miedo. En la mitología griega, Aquiles se somete a un dilema trágico, el cual consiste en decidir vivir una vida tranquila y feliz en la ignominia, o una vida de gloria eterna marcada por una muerte trágica. A Cristo, Gilgamesh y Edipo se los sitúa en el mismo dilema. El origen antropológico del mensaje trágico combina el principio de ejemplaridad con el terror a la muerte violenta. Por ese motivo, podemos afirmar que parte de los temores que hoy experimentan los americanos se debe no solo al ethos protestante y evangélico, como bien ha explicado Greven, sino a su tendencia trágico-narcisista desarrollada en este capítulo. En este sentido, el 11 de Septiembre como evento no sentó las bases para el advenimiento de pánico suscitado en el seno de la vida pública, pero sí potenció sus efectos. En otras palabras, sintiéndose presa de la mirada del terrorismo internacional, el ciudadano estadounidense parece haber renovado sus votos con su nación, a la vez que ha reforzado su sentimiento de superioridad y excepcionalidad frente al resto del mundo. Paradójicamente, ese temor se traduce en tácticas de intervención que anulan la misma democracia que hace de sus vidas algo sublime o ejemplar.

 

Conclusión

Para una mejor comprensión de aquello que intentamos explicar, tenemos que formular una pregunta obligada sobre la leyenda de Edipo. ¿Por qué nuestro héroe trágico desoye el mandato de la ley e inicia la tragedia?, ¿por qué no se entrega voluntariamente a los tribunales ordinarios? La respuesta es simple, Edipo no es un hombre ordinario y su voluntad se encuentra ligada a la revelación, al arbitrio divino. El mismo razonamiento es el que subyace en la creación del sentimiento de extraordinariedad que caracteriza al pueblo estadounidense. En este sentido, hemos presentado la evidencia conceptual suficiente para ayudar a comprender el fenómeno. El principio heroico lleva a la cultura americana a la cima de la colina (on the hill), pero a la vez la subsume en un temor profundo del cual no puede desprenderse. Esta aparente contradicción se explica por su apego al sentido de la predestinación evangélica de sus padres fundadores. La revelación anula el apego del hombre por su ley; al hacerlo, éste se transforma en un héroe, asumiendo los costos de dicho proceso. Asustado por su inevitable final, el héroe trágico toma la ley en sus manos hasta el extremo de caer en desgracia frente a los suyos.

 

Notas

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Recibido: abril 2015
Aceptado: agosto 2015

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