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Veritas

versión On-line ISSN 0718-9273

Veritas  no.51 Valparaíso abr. 2022

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-92732022000100009 

Artículo original

La paciencia en Kierkegaard

Patience in Kierkegaard

Ángel Viñas Vera1 

1. Universidad Loyola Andalucía (España). avinas@uloyola.es

Resumen:

El objeto de estudio es mostrar la relevancia de la paciencia en el pensamiento kierkegaardiano. Abordaremos, en primer lugar, los textos fundamentales donde Kierkegaard la analiza. Mostraremos seguidamente la idea que tiene sobre la paciencia el paradigma clásico de San Agustín y Santo Tomás para valorar la peculiaridad del pensamiento de Kierkegaard. Explicaremos, en tercer lugar, las características de la paciencia en relación con el tiempo, el bien, el sufrimiento, la libertad y Dios en el pensador danés. Esto nos permitirá valorar su aporte y la actualidad del tema.

Palabras clave: Kierkegaard; paciencia; Dios; bien; virtud; ética; antropología

Abstract:

The purpose of the study is to show the relevance of patience in kierkegaardian thought. First of all, we will deal with the fundamental texts where Kierkegaard analyses it. We will then show the idea that the classical paradigm of St. Augustine and St. Thomas has about patience in order to assess the peculiarity of Kierkegaard's thought. Thirdly, we will explain the characteristics of patience in relation to time, good, suffering, freedom and God in the Danish thinker. This will enable us to assess his contribution and the topicality of the subject.

Key words: Kierkegaard; patience; God; good; virtue; ethics; anthropology

Introducción

Kierkegaard comprende que es decisivo analizar con finura la vida del ser humano y no saltar rápidamente a lo que sea la verdad, el bien o Dios. Considera fundamental pararse con detenimiento en ese que quiere verdad y bien. Su manera de querer acercarse al misterio de cada persona refleja un intento de pensar pacientemente lo que siempre se nos escapa, el misterio insondable de una interioridad que nunca queda del todo reflejada en lo exterior. De ahí que considere absolutamente necesario indagar las condiciones existenciales de todo decir, de todo actuar. La paciencia es una categoría ética esencial en esta indagación.

Kierkegaard ha abordado esta categoría, clásicamente considerada como virtud. Sus Discursos nos dan más información sobre ella que las obras pseudónimas. En la historia de la filosofía la paciencia ha jugado un papel no menor en los tratados éticos y morales1. Actualmente, como indica Rudd (2008: 491), “la paciencia no es una virtud que haya sido muy atendida en las discusiones filosóficas de la ética de la virtud”. La paciencia ha podido quedar también relegada porque el paradigma que la vio nacer ha podido sucumbir:

En la historia de la ética, el paso de la preocupación de la felicidad a la pura moral de la obligación, según la cual el hombre alcanza su esencia en la obediencia a la ley, ha conducido a la casi desaparición de la virtud de la paciencia, y eso que ella había podido ser comprendida hasta el final de la filosofía medieval como la raíz de todas las virtudes. (Housset, 2008: 23)

El objeto de este trabajo es mostrar las características de la paciencia en el pensamiento kierkegaardiano, categoría esencial para comprender su antropología y la raíz de su ética. Asimismo, el objetivo secundario es mostrar lo pertinente que es acoger los Discursos para poder comprender el pensamiento completo de Kierkegaard. Al hacer esto, podemos acercarnos a las diferencias y similitudes con el planteamiento clásico de San Agustín y Santo Tomás, donde la paciencia juega un papel importante. Esta la consideramos necesaria en estos tiempos convulsos que vivimos, como indicaba el profesor De Gramont (De Gramont, 2013: 263), “A aquellos que hoy yerran lejos del paraíso, ¿qué virtud les es más necesaria que la paciencia?”2.

1. Los escritos de Kierkegaard sobre la paciencia

Kierkegaard ha analizado en diversos momentos la peculiaridad y riqueza de la paciencia, que no aparece como una categoría accidental en sus discursos3. Kierkegaard la analiza en Cuatro Discursos Edificantes de 1843, donde se encuentra Adquirir su alma en la paciencia (SKS 5, 159ss); en Dos Discursos edificantes de 1844, que contiene Preservar su alma en la paciencia, (SKS 5, 185ss) y Paciencia en la expectativa, (SKS 5, 335ss). Por otro lado, encontramos textos muy importantes en Discursos edificantes en distintos espíritus4.

Aunque ha habido estudios sobre este tema en Kierkegaard, que serán analizados y valorados en el este artículo, no es un tema clásico de los estudios kierkegaardianos como lo suelen ser la angustia, la fe, el pecado, Dios, u otros. Pienso que una de las causas fundamentales puede deberse a que no siempre se ha considerado el valor filosófico de los discursos edificantes del pensador danés. Antes de acometer el estudio del tema, considero relevante resaltar algunas cuestiones metodológicas. Es necesario recuperar, en primer lugar, el texto de Heidegger en Ser y tiempo sobre los Discursos:

En el siglo XIX S. Kierkegaard abordó expresamente el problema de la existencia en cuanto problema existentivo y lo pensó con profundidad. Sin embargo, la problemática existencial le es de tal modo ajena que, desde un punto de vista ontológico, Kierkegaard es enteramente tributario de Hegel y de la filosofía antigua vista a través de él. De ahí que filosóficamente haya más que aprender de sus escritos “edificantes” que de los teoréticos, con la excepción del tratado sobre el concepto de la angustia. (Heidegger, 2009: 251)

¿Cómo acoger estos escritos tan peculiares que pueden sonar, sin serlo, a moralina, homilías o teología apologética? Una de las claves de lectura la da el mismo Kierkegaard (SKS, 16, 21): “Con la mano izquierda, yo ofrecí O lo uno o lo otro al mundo, con la derecha Dos Discursos edificantes, pero todos tomaron, o casi todos, con su derecha lo de la mano izquierda”5. Nosotros ponemos en valor el aporte de los discursos edificantes al diálogo filosófico y a la mejor comprensión del pensamiento kierkegaardiano, asumiendo que nuestro análisis puede ser completado con otros estudios sobre la paciencia.

La segunda cuestión metodológica es la manera en que nos acercamos a la lectura de la obra kierkegaardiana, en concreto a la tan debatida discusión sobre la comunicación directa e indirecta (Viñas, 2019). La paciencia en Kierkegaard está estrechamente unida a su manera de entender la comunicación indirecta: “La paciencia, sin la cual no se puede concebir el estilo de la comunicación indirecta, se impone para prevenir la impaciencia absoluta de la especulación, la cual, de hecho, no es incompatible con el largo trabajo del concepto” (Colette, 1994: 129). De ahí que hagamos nuestra la conclusión de la siguiente tesis doctoral: “El objetivo del presente análisis es mostrar que prácticamente toda la autoría de Kierkegaard, sea pseudónima o firmada por él, es comunicación indirecta” (Legarreta, 2013: 10). A veces se han considerado los discursos como comunicación directa, pero es más cierto aún que los discursos edificantes, que no para edificación, son escritos por alguien que se considera sin autoridad para poder hacer sermones o teología. Son los mismos Discursos los que edifican. Ellos son aquí leídos como parte de la comunicación indirecta kierkegaardiana y, por ende, necesitados de una interpretación dentro de su magna obra.

En tercer y último lugar, pretendemos mostrar que la categoría de la paciencia permite entender mejor lo ético en Kierkegaard. Así evitamos reducir lo ético a un planteamiento voluntarista, egocéntrico o fideísta.

2. Un breve paréntesis histórico

La paciencia no siempre ha sido relegada u olvidada. La filosofía y teología clásicas la consideraron dándole su lugar en los tratados morales. Es conocido que en el pensamiento agustiniano y tomista la paciencia es considerada una virtud moral. Presentar, pues, sucintamente sus reflexiones, nos servirá de marco para poder acoger la originalidad de Kierkegaard sobre nuestro tema.

San Agustín aborda la cuestión en diversos textos, pero escribe un tratado moral que lo consagra a la paciencia (San Agustín, 1954: 437-473). Allí se muestra que esta es una virtud del alma, un don de Dios “tan grande, que el Señor, que nos lo otorga, pone de relieve la suya…” (San Agustín, 1954: 437). Lo que me parece realmente relevante para nuestro estudio es que San Agustín habla de rectitud en la paciencia, mostrando que podría haber una paciencia de los pobres de Cristo y otra diferente en los impíos: “Es cierto que la paciencia puede igualmente ser una cualidad de los hombres malos: hay, por ejemplo, una paciencia del avaro como lo señalaba ya San Agustín en el siglo IV” (Housset, 2020: 4). Si paciencia es una manera de padecer, soportar, sufrir los males, San Agustín analiza con gran finura que no cualquier padecer o soportar contrariedades son correctos. El padecer de los rectos es aquel que no se separa del bien, de la voluntad eterna de Dios. Como si fuera un comentario a Sócrates, San Agustín nos indica al hablar de la rectitud de la paciencia que “los pacientes prefieren soportar el mal sin cometerlo antes de cometerlo sin soportarlo” (San Agustín, 1954: 437). La paciencia de los rectos “da fuerzas para sufrirlo todo con fortaleza” (San Agustín, 1954: 457). Aquella tiene su origen en la caridad divina y se nutre de ella, al igual que la impía se alimenta de la concupiscencia. La conexión entre la paciencia y el bien revelado se hace clave para mostrar la esencia de la paciencia santa. Además de esta idea crucial, el planteamiento agustiniano nos deja también otra vinculación que Kierkegaard parece hacer suya sin mucha dificultad: “Es por eso, como diría San Agustín, que únicamente a partir del sufrimiento es posible acceder a la esencia de la paciencia, y esto más allá de todo dolorismo. El sufrimiento es el lugar donde se juega la vida y la muerte del hombre” (Housset, 2020: 12). Sin sufrir, sin una cierta resistencia al mal que nos puede acechar intentando que nos alejemos del bien, no parece que se acceda a la paciencia. Y, podríamos añadir de manera paradójica, que sin paciencia no se podría soportar los males sin caer en la tristeza.

Santo Tomás, en la Suma Teológica, le consagra explícitamente una questio a la paciencia, la número 136. Lo primero que hace el Aquinate es salir al frente de una objeción que aparecía en el texto agustiniano. ¿Cómo es posible que sea una virtud si se reconoce, por el mismo san Agustín, que la paciencia la tienen los malvados también? Santo Tomás soluciona esta pregunta afirmando que las virtudes morales “se ordenan al bien en cuanto que conservan el bien de la razón contra los ataques de las pasiones” (Santo Tomás, 1993: q.136, art. 1, sol.). Y ahí mismo nos da una información a tener en cuenta: “Es necesaria una virtud que mantenga el bien de la razón contra la tristeza para que la razón no sucumba ante ella.” La finura en el análisis y el vínculo entre tristeza y paciencia es muy relevante. La paciencia no sólo consigue el bien por su modo de ser, y si está bien orientada, sino que al hacerlo ahuyenta otros males que podrían acechar al ser humano. Por eso, ella da más que lo que aparentemente persigue o soporta. A aquellos que haciendo el mal parece que lo hacen pacientemente, como el avaro, Santo Tomás indica que la paciencia no recta no es paciencia, aunque pudiera parecerlo.

La virtud de la paciencia no es la más excelente, porque no alcanza el mayor bien (serían las virtudes teologales porque son las que tienen a Dios como objeto central) ni eliminan los mayores obstáculos al bien. Santo Tomás acerca de la excelencia de la paciencia afirma:

Ahora bien: los peligros de muerte, objeto de la fortaleza, y los placeres del tacto, objeto de la templanza, apartan del bien más que cualquier otra adversidad, que es el objeto de la paciencia. Por eso la paciencia no es la más excelente de las virtudes, sino que es inferior no sólo a las teologales y a la prudencia y justicia, que establecen directamente al hombre en el bien, sino también a la fortaleza y a la templanza que apartan de mayores obstáculos. (Santo Tomás, 1993: q. 136, art 2, sol.)

La paciencia, que no puede darse rectamente sin la gracia, guarda relación con la fortaleza, pero no puede identificarse con ella. Tan es así, que aquella es virtud secundaria respecto a la principal que es la fortaleza. La paciencia ayuda a tolerar algunos males, pero la fortaleza está encaminada a soportar los más fuertes, es decir, “los peligros de muerte” (art. 4, resp. 1). La fortaleza se ocupa principalmente de los temores, en especial, “de los que huimos por instinto” (art. 4, resp. 2) y la paciencia, sin embargo, se ocupa fundamentalmente de las tristezas indicando así que la fortaleza mira más al apetito irascible y la paciencia a la concupiscible. En este mismo artículo 2, Tomás de Aquino hace mención a un texto evangélico querido por Kierkegaard: Por vuestra paciencia poseeréis vuestras almas (Lc 21, 19). Tomás afirma que la paciencia ayuda a eso porque “arranca de raíz la turbación de las adversidades que quitan la tranquilidad del alma” (q. 136, art. 2, resp. 2). Como tendremos oportunidad de ver más adelante, la lectura kierkegaardiana de este texto va más allá de esta indicación.

3. La paciencia, el tiempo y el bien, en los discursos kierkegaardianos

Las dos primeras características de la paciencia que vamos a abordar son su relación con la temporalidad y su apertura al bien.

a. La paciencia y la temporalidad

Kierkegaard hace suyo, como San Agustín, que la paciencia puede anidar, al menos en principio, tanto en el individuo que hace el bien como en el que hace el mal. La paciencia hace que vivamos el tiempo de una manera singular y Kierkegaard no la entiende como mera resignación o pasividad. Tampoco la entiende de manera fatalista, de quien renuncia a la libertad y al bien. De Gramont, analizando la obra kierkegaardiana, nos indica una clave de lectura:

Es para pensar (para vivir, para interpretar) esta manera de ser en el tiempo que sepa acoger los dones de lo alto, cuando haya don. Y sepa no menos sufrir (soportar) el flujo del tiempo cuando ningún acontecimiento parece venir a colmarlo. Démosle su nombre propio: la paciencia. (De Gramont, 2001: 183)

En primer lugar, podríamos decir que la paciencia es tanto el antídoto para la desesperación como para el triunfalismo:

La forma en que ganamos nuestra alma es también la forma como la preservamos. Desde la perspectiva de Kierkegaard, la verdadera amenaza para el sí-mismo no es el tiempo, sino la desesperación. En el segundo discurso sobre la paciencia, conecta la desesperación con la impaciencia. Allí identifica una segunda forma de falsa paciencia fabricada por el entendimiento humano. El entendimiento humano ofrece cálculos de resultados probables que nos dicen si es razonable o no seguir aguantando para que se cumpla nuestro deseo. (Bowen, 2020: 7-8)

La paciencia ayuda a descubrir al individuo que la primera tarea tiene que ver consigo mismo, con llegar a ser lo que es, con no perder su alma sino recobrarla. Cuando hablamos de desesperación, no nos referimos a la descripción completa tal como se muestra en La enfermedad mortal. Nos referimos a esas notas sobre la desesperación que describe Víctor Eremita en O lo uno o lo otro. Allí el esteta y autor de los papeles recogidos en la primera parte, recibe la recomendación del magistrado para poder salir de la desesperación Kierkegaard dice: “Habiendo mostrado que toda concepción estética de la vida es desesperación, parece que lo correcto es emprender el movimiento en el que aparece lo ético” (SKS 3, 187; Kierkegaard, 2007: 178). La paciencia es clave para comenzar ese camino que se descubre cuando lo ético aparece, como se nos dice en O lo uno o lo otro: “Pero ¿qué es este vivir estético, y qué es este vivir ético? ¿Qué es lo estético en un hombre, y qué es lo ético? A esto responderé: lo estético en un hombre es aquello por lo cual él es inmediatamente lo que es; lo ético es aquello a través de lo cual llega a ser lo que llega a ser. El que vive en, por, de y para lo estético en él, ése vive estéticamente” (SKS 3, 173-174; Kierkegaard, 2007: 166). La paciencia forma parte de aquello a través de lo cual el individuo descubre la tarea de llegar a ser lo que es, que es nuclear en lo ético. La impaciencia y la desesperación son posibilidades de vivir la temporalidad, pero que no ayudan a llegar a ser lo que somos. Como bien dice, aplicado al esteta, García Pavón, las elecciones del esteta “no son elecciones en realidad, porque lo que se elige, adquiere o posee, se lo tiene por un momento y sólo por ese momento, siendo indiferente a su propia personalidad” (García, 2014 6). Esta idea de desesperación aparece también en el discurso Preservar su alma en la paciencia donde se pone de manifiesto cómo la vida del ser humano está en juego en cómo vive su temporalidad, síntesis nunca del todo realizada de tiempo y eternidad. La angustia y la desesperación aparecen como posibilidades reales a las que hace frente la paciencia para poder preservar y no perder el alma.

Sócrates, el noble sabio de la antigüedad como menciona Kierkegaard, puede ayudar a entrar en esta primera dimensión de la paciencia porque, como se dice en Las obras del amor (SKS 9, 274), tuvo “el tiempo y la paciencia necesarios para pensar un solo pensamiento” (Kierkegaard, 2006: 332). Sócrates comprendió que el existente no era sólo ni fundamentalmente un cognoscente. De ahí que la paciencia se refiera no sólo a los problemas relacionados con la verdad, sino con el actuar bien. Ella, pues, nos remite a una verdad en la que no se vive y a un bien que se desconoce. Como indica Housset, esto hace que el análisis de la paciencia no quede agotado en la categoría de virtud moral:

En esta preocupación de volver a la verdad de la paciencia, antes de comprenderla como una virtud, es necesario describirla más largamente como una actitud que igualmente es un carácter de la vida teorética: dejar las cosas donarse ellas mismas, como el padre de la parábola del hijo pródigo, esperando que su hijo vuelva de él mismo. (Housset, 2008: 27)

La paciencia apunta, pues, al proceso de llegar a ser lo que somos, seres humanos, individuos singulares dotados de sensibilidad y entendimiento. La paciencia no mira en primer lugar, al sufrimiento que se recibe. Kierkegaard entiende que es mucho peor el mal que uno hace que el que uno sufre, en línea socrático-agustiniana. La paciencia no sólo mira a lo segundo, sino que es ayuda inexorable para lo primero. Esto aparece en el tema querido por Kierkegaard en sus primeros discursos edificantes, es decir, el de la paciencia que es perseverancia y paciencia para adquirir el alma.

¿Cómo ha vivido el ser humano para que tenga que ser perseverante y paciente en orden a ganar o recuperar o salvar nuestra alma? ¿Cómo es posible adquirir lo que ya se tiene? Al igual que con otras categorías, el pensador danés se acerca al alma con la tensión irresoluble y la aparente contradicción: sólo se puede perder lo que se tiene, sólo se puede recibir lo que ya se tiene: “Sin embargo, si un hombre posee su alma, entonces no necesita adquirirla, y si no la posee, ¿cómo puede entonces adquirirla, ya que el alma misma es (bliver) la última condición que se presupone en toda adquisición y, por tanto, también en la adquisición del alma?” (SKS 5, 162; Kierkegaard, 2010: 171).

El existente llega desnudo a la vida y la paciencia es la que le ayuda a ir haciéndose un vestido: su alma. Se trata de algo que se “adquiere” o más bien se recupera, en donde el tiempo juega un papel decisivo:

Aunque esta observación haga que un individuo se vuelva impaciente y, por tanto, incapaz de todo, los mejores hombres saben entender, y entenderse a sí mismos en este hecho: que la vida debe ser adquirida y que debe adquirirse con paciencia, y a ello se exhortan a sí mismos y exhortan a otros, porque la paciencia es la fortaleza del alma, algo que es necesario en cada hombre para alcanzar su deseo en la vida. (SKS, 5, 160; Kierkegaard, 2010: 168)

Lo que está en juego, según Kierkegaard, no es fundamentalmente perseverar en el ser, si se quiere expresar con lenguaje más contemporáneo. No hay en estos discursos una reflexión sobre la continuidad de la vida más allá de la muerte, o cómo hacer para que no condenen eternamente al ser humano. Adquirir el alma en la paciencia ayuda a vivir como existentes, individuos, a ser lo que somos. Si se entra por el camino de adquirir el alma, parece que el mundo y sus poderes deben ser puestos entre paréntesis:

Aquello a lo que los hombres necia e impacientemente aspiran a lo más alto, sin saber muy bien lo que quieren; aquello que inspira terror cuando se es testigo del hecho de que un hombre lo ha logrado: ganar el mundo y haberlo ganado, eso es aquello con lo que el hombre comienza y, lejos de ser la meta, es lo que ha de abandonar. (SKS 5, 165; Kierkegaard, 2010: 174)

El proceso de creación del hombre, si queremos usar esa otra idea teológica, no ha terminado con el parto o el venir a la vida:

Igual que hay un devenir-cristiano que no tiene jamás fin (un venir a Dios infinito), hay un devenir a sí mismo al cual nosotros no podríamos jamás añadir una última palabra. El alma no es nada que nosotros pudiéramos poseer propiamente: definitivamente sólo en la paciencia, en esta dimensión de la historia y esta habitación del tiempo, en este completo despliegue de la existencia. (De Gramont, 2001: 187)

La paciencia no busca poseer el mundo. Sólo busca poseer, recuperar, recibir el alma, la vida. Sin la paciencia, el hombre no puede llegar a ser lo que es. Así se afirma: “Debido a que el sí-mismo es lo que es al ser adquirido (en parte a través de la vida, repetida, auto-elección como auto-recepción), nunca se «completa» en el tiempo” (Lippit, 2017: 107).

La vida del ser humano puede estar tan dispersa y distraída en lo interesante que no vive ni el presente. Esta tarea titánica de no sucumbir a los poderes del mundo ni querer ser dios supone una paciencia constante. La paciencia puede ser aliada para vivirse como individuo, para llegar a serlo. La responsabilidad para con nuestra propia vida es clave en el llegar a ser individuo, como también se afirma: “En primer lugar, Kierkegaard argumenta que la paciencia no es sólo un patrón de comportamiento positivo, sino esencial para la formación del sí-mismo” (Bowen, 2020: 5). Este camino es un proceso donde la paciencia juega un papel esencial, como se dice en Que uno adquiera su alma en la paciencia:

«Que uno adquiera su alma en paciencia». Cuando completamos la frase y meditamos acerca de cómo un hombre puede cumplirla, lo primero que se exige es que éste tenga paciencia para comprender que no se posee a sí mismo; que tenga paciencia para comprender que una adquisición de su propia alma en la paciencia es una obra de la paciencia, y que, por eso, no debe prestar atención a la pasión que, con razón, sólo cree poder crecer en la impaciencia. (SKS 5, 168; Kierkegaard, 2010: 177)

Gracias a la vivencia de la temporalidad, viviendo la síntesis de tiempo y eternidad que es el yo, lo que está en juego es lo más sagrado del hombre, su vivirse como tal, su espíritu, su libertad. Se trata de adquirir el alma, no sólo de conocerla. Aquí Kierkegaard entiende que hay que ir más allá de Sócrates. Hay que elegir eligiéndonos, soportar soportándonos. Si la vida estética, tal como aparece en O lo uno o lo otro, intenta vivir sin elegir nada con pasión y seriedad, la vida ética supone un elegir asumiendo con seriedad lo elegido que configura la personalidad. Por eso se dice en el citado libro que “el que se elige a sí mismo de manera ética se tiene a sí mismo como tarea, no como posibilidad, no como el juguete de su juego caprichoso” (SKS 3, 246; Kierkegaard, 2007: 231)

Vivir es, pues, acoger los acontecimientos pacientemente porque se ha descubierto que no se sabía lo que es el bien, que no se vivía el bien o la verdad y que no se sabía lo que se hacía ni cómo se actuaba. La paciencia, pues, pone de manifiesto la lucha en la que consiste vivir, la tensión de la existencia. El individuo descubre, no sin culpa, que su principal lucha es contra él mismo. El ser humano debe vigilar su actuar, su pensar, su sentir y todo su vivir. La paciencia, por ello, es una relación en el tiempo con uno mismo, pero también con algo que no es él:

El sí-mismo kierkegaardiano no es un ser estático, y se centra menos en cómo su identidad sigue siendo la misma que en cómo se desarrolla, se expande y se convierte en su expresión madura a través del trabajo transformador de Dios en el tiempo. Esta perspectiva del yo y su relación con la temporalidad explica por qué Kierkegaard considera la paciencia tan importante. (Bowen, 2020: 2)

b. Paciencia y apertura al bien

El segundo rasgo de la paciencia es la apertura del ser humano paciente al otro y al bien, como ya apuntaba el texto precedente. El ser humano, según Kierkegaard, puede estar a la espera y esperar pacientemente lo que ni siquiera cabe esperar. No se trata solo de vencer el mundo y sus tiempos, sino de llegar a ser bueno éticamente hablando. La paciencia será, de alguna manera, el modo de acoger al otro. Este otro será el que abra la paciencia a dimensiones que van más allá de una vivencia radical del tiempo y de uno mismo. La paciencia en relación con el bien no puede ser considerada fundamentalmente como un medio, un instrumento. Si la paciencia fuese sólo una manera de vivir el tiempo, sí podría serlo. Cuando la paciencia se vive en su radicalidad, es decir, en el modo de vivirse en el tiempo ante el bien y el mal, se descubre que la paciencia es un modo de ser, de vivir, de existir, de avanzar, de caminar en la vida. Es decir, que la paciencia es “la forma de toda vida ética” (Housset, 2013: 664). ¿Qué significa esto exactamente? ¿Cómo se descubre que la paciencia no es sólo una manera de vivir el tiempo? Responde Kierkegaard: “La paciencia consuela al enfermo para que sea capaz de lo poco, le dice la verdad: en relación con el estado en el que te encontré, es ya mucho que seas capaz de este poco, y, si fueras realmente agradecido, te parecería un milagro” (SKS 5, 200; Kierkegaard, 2010: 206). La paciencia nos recuerda cómo estábamos y dónde no estuvimos (la paciencia como amiga del tiempo). Este recuerdo duele y lleva al existente ante la culpa (paciencia que se abre al bien no realizado). La paciencia, pues, se alía con el tiempo, pero no para ver lo interesante de la experiencia que ha tenido o las que le quedan. La paciencia no es sólo la manera de llegar a ser un sí mismo auténtico, que también, sino de llegar a ser más bueno. Esta idea se apunta en estos Discursos de 1843-1844 y es decisiva y enriquecida en Discursos edificantes en diferentes espíritus. En este texto, que no forma parte de los análisis de Housset y de otros textos fuentes usados en este artículo, aparece la relación entre la paciencia y el individuo que quiere vivir y hacer y sufrir todo por el bien último, como veremos posteriormente.

Ana7, la profetisa, es un personaje bíblico que Kierkegaard presenta en uno de los primeros discursos edificantes para ver la perseverancia, la paciencia y la espera de una mujer ante el Mesías. Kierkegaard sabía que este texto bíblico, como indica Barrett (2010: 4-5), se leía en la iglesia danesa el primer domingo después de Navidad. Tanto Lutero como Calvino habían hecho sermones sobre ella y su marido Simeón, al considerarla imagen ejemplar de la vida cristiana: “Para Calvino, más aún que para Lutero, Simeón y Ana funcionan como paradigmas de la expectativa paciente” (Barret, 2010: 5). Ella es la mujer del evangelio que es ejemplo de espera paciente del Cristo. La clave de este personaje está en lo que se espera y cómo lo espera. Sobre todo el cómo. Ella no espera impacientemente ya que eso sería vivir el tiempo como lo absoluto y le llevaría a la desesperación. Se trata de esperar pacientemente el milagro. En ella Kierkegaard descubre que paciencia y espera van de la mano. Ana gana en libertad gracias a su indiferencia ante lo temporal en su deseo de lo definitivo. Pero ella no deja de vivirse en una pasión casi infinita y una voluntad constante y determinada en su día a día. La paciencia en ella se muestra como la manera de esperar al Cristo y la manera de vivir su vida. Una paciencia que no es pasividad, sino activa en oraciones, ayunos y peregrinaciones. Como indica acertadamente, “la expectativa paciente como la de Anna es un logro ganado con esfuerzo y no es una dotación natural inmediata” (Barret, 2010: 5). Pero lo que hace que esta mujer sea alguien de quien podemos aprender, según Kierkegaard, es aquello a lo que se abre: al otro, al totalmente otro.

Una vez analizados los discursos edificantes de los años 1843-1844 analizaré más detenidamente la relación entre paciencia y bien, y hacemos las siguientes preguntas: ¿La paciencia es más un deseo o un propósito o una determinación? ¿Es fruto de un voluntarismo? ¿Es reactiva o activa? ¿Cómo se relaciona con el bien?

4. La paciencia: fortaleza del ser humano

En el más largo de los discursos edificantes de Kierkegaard, Un discurso de ocasión, que es la primera parte del libro Discursos edificantes en distintos espíritus y publicado el año 1847, se encuentra un análisis profundo de la paciencia, así como del ser humano que quiere vivir en relación con lo único que debe ser querido por encima de todo: el bien8. Este discurso9 dedicado al individuo, y no explícitamente a su padre10, subraya cómo podría ser la relación del hombre con el bien. Este está dedicado con ocasión de una confesión, es decir, de un arrepentimiento sincero ante Dios por los pecados cometidos. Como podremos ver en los siguientes análisis, lo decisivo que aporta no es la idea de bien que expresa Kierkegaard, que viene marcada por su comprensión teológica, sino la manera de situarse el individuo ante él. Al analizarlo, mostrará el tercer rasgo de la paciencia que es la esencial fortaleza de la misma. Es esencial este texto para completar los análisis previamente realizados y centrados en los Discursos de 1843-1844.

Para querer el bien pareciera que debería querer hacerse y sufrirse todo por él. La necesidad de tener que pensar la paciencia unida a la libertad no llevará a Kierkegaard a sucumbir a un voluntarismo omnipotente. Al mostrar su vinculación con la voluntad y la libertad, la paciencia es algo que guardará siempre relación con el coraje, como ya mostraron los clásicos pensadores cristianos como Santo Tomás de Aquino. Para querer en verdad el bien, el ser humano parece que debe permanecer con el bien siempre en la decisión. Lo contrario de la decisión será además de la indecisión, la dispersión, los pensamientos a medias, las resoluciones a medias, hasta cierto punto, lo que se puede, etc., y por supuesto, la cobardía que incluye un profundo egoísmo. ¿Qué es la decisión orientada hacia el bien? Es querer hacer todo por el bien entendiendo por “hacer” tanto el actuar como el sufrir por el bien. La paciencia, pues, no mira sólo a la capacidad de hacer frente al sufrimiento o a la tristeza, sino que es esencial para hacer el bien, para las virtudes morales y teologales. ¿Qué supone la paciencia en este contexto?

Pero ¿qué es entonces la paciencia? ¿No es ella el coraje encargándose libremente del sufrimiento que no se puede evitar? Lo inevitable, es precisamente lo que quebrará el coraje. Hay en el sufriente mismo una resistencia traidora que está en armonía con el terror de lo inevitable, y sus fuerzas unidas le aplastarán; a pesar de eso, la paciencia aguanta el sufrimiento, y precisamente ella aguanta así libre en el sufrimiento inevitable. (SKS 8, 220)

La paciencia supone una manera de sufrir y de actuar que es a la vez pasiva y activa. Sufrir no es necesariamente indicio de mal o maldad. El paciente no huye del sufrimiento que conlleva querer hacer el bien, ni del sufrimiento del otro, ni del sufrimiento por causa de un mundo donde anidan injusticias. La paciencia, por ello, está en relación con el coraje11. En la propia lengua danesa puede verse esta relación. En danés coraje es “mod” y paciencia “tålmodighed” ―así es como se escribe hoy en día a diferencia de la época de Kierkegaard que se escribía “taalmodighed”―. Paciencia es algo más que coraje. Es un tipo de coraje que se abre libremente al sufrimiento inevitable. Porque si por el coraje el hombre acepta luchar con el sufrimiento evitable, por la paciencia se abre al sufrimiento inevitable, al bien inalcanzable. La paciencia no es sólo una manera de sufrir que evita al individuo caer en males, sino que es la manera de vivir que permite alcanzar y ser alcanzado por un bien mayor. Como vemos, la paciencia no se sitúa en este punto en el mismo marco de Santo Tomás tanto por su esencial fortaleza como por su lugar decisivo no solo para evitar males mayores al sufrimiento, sino para alcanzar el bien perfecto.

La paciencia acepta libremente en su interior el sufrimiento inevitable y lo transforma. La paciencia, por ello, no es comprensible sin libertad. Así mismo, como todas las categorías kierkegaardinas del espíritu, es activa y pasiva. Kierkegaard lo dice así: “Y por eso la paciencia es lo primero y la paciencia es lo último, precisamente porque la paciencia es a la vez agente y paciente (lidende) y a la vez paciente (lidende) que agente” (SKS 5, 190; Kierkegaard, 2010: 197)12. Y de ahí el misterio de una paciencia que pudiera referirse al mal. La paciencia no es necesariamente el producto de los débiles que se resignan a lo inevitable, sino la fuerza de los libres que transforman la necesidad en virtud, lo inevitable en posible13. Ella hace de quien está determinado por la necesidad, un hombre que se determina por la libertad. ¿Por qué? Porque la paciencia abre al individuo a lo eterno en el tiempo. La paciencia aparece, pues, como clave de la vida ética del hombre y de la libertad humana. Es una libertad que en su estar enmarañada, como se muestra al comienzo de El concepto de angustia, ha tomado el camino de liberarse abriéndose al otro. Es el proceso inverso de la esclavitud. La paciencia es aliada de la libertad y es fruto de una libertad deseosa de más bien. Si el espíritu es la relación que se relaciona consigo misma, como aparece expuesto en La enfermedad mortal14, la paciencia es la que hace posible que se haga bien esta relación. Sin paciencia parece que el espíritu no podría realizar aquello que debe. Ella es la que hace posible que el individuo pueda vivirse y vivirlo todo como espíritu: “No se deviene sí mismo más que en la paciencia, precisamente porque el yo no es un estado sino un devenir y un deber-ser” (Housset, 2013: 37).

La paciencia se relaciona con la libertad porque remite a una manera de entender la voluntad humana. El peligro de la paciencia es creer que, porque ya se tiene el propósito, ya se le pone por obra. Por eso lleva razón Housset, y lo analizaremos en puntos sucesivos, cuando dice: “En efecto, contrariamente a las interpretaciones voluntaristas, la paciencia no es en principio una capacidad que el sujeto se donaría, porque en su transitividad ella consiste en no hacerse a la medida de lo que se espera” (Housset, 2008: 37). Kierkegaard indica que hasta que ella no se alía con la voluntad callada y diaria no se hace verdad. Para Kierkegaard la clave de la paciencia está en el coraje, en la libertad y por ello en la voluntad sin voluntarismos:

El peligro fue descubierto por la paciencia, pero el peligro no era que la intención fracasara, sino que la intención como tal tuviera ya el poder de vencer, y que todo fuese decidido por la osada intención del joven; pues, entonces la esencia del hombre resultaría falseada, y su más sagrada fuerza, la voluntad, se transformaría en deseo. (SKS 5, 194; Kierkegaard, 2010: 201)

No basta con una fenomenología de la intención o el deseo para alcanzar la esencia de la paciencia. Por eso, la impaciencia es la que impide al ser humano vivirse como debería y la paciencia es, sin embargo, aliada en su tarea ética. El paciente parece que recupera su espíritu y se le va abriendo la puerta de lo verdaderamente definitivo, su apertura a la eternidad.

5. Paciencia e impaciencia: algunas notas políticas

El cuarto rasgo de la paciencia es su dimensión política. La paciencia no es una virtud que remita a la vivencia solipsista de los acontecimientos internos, sino que tiene una dimensión política y eclesial. Asomarnos a esta dimensión de la paciencia enriquecerá su comprensión de esta y abre caminos para otras reflexiones sobre teología política en el autor danés.

La paciencia, pues, guarda relación con la vivencia histórica de lo político. Kierkegaard escribe en El punto de vista de mi obra como autor (SKS 16, 83), refiriéndose a Dinamarca y su siglo, que “en estos tiempos todo es política”. La clave sobre la política kierkegaardiana expresada en este libro póstumo está vinculada al individuo y a la igualdad. Después de describir a su época como un tiempo de revolución, propone otra forma de entender lo político. El camino pasa por la reforma paciente del individuo. La sociedad no se cambia sin individuos tensionados hacia el bien, que no se dejan enredar en la impaciencia. La reforma del individuo y la igualdad, que nacen de la consideración del ser humano como prójimo que debe ser siempre amado, son las piezas esenciales de su visión política en El punto de vista como autor:

Y ‘el prójimo’ es la absolutamente verdadera expresión de la igualdad humana; si cada uno en verdad amara al prójimo como a sí mismo, la igualdad humana perfecta sería lograda incondicionalmente; todo aquel que incluso si sobre sí mismo confiesa, como yo, que su esfuerzo es débil e imperfecto, se da cuenta de que la tarea es amar al prójimo, también se da cuenta de lo que es la igualdad humana. (SKS 16, 91)

El ser humano va descubriendo el peso de la historia. Este no vive al margen de la historia porque sabe en primera persona que forma parte de ella y es responsable de la misma. La pecaminosidad de la historia se ha enriquecido con la culpa de cada uno de los hombres y el individuo debe asumir la tarea de mejorarla. Los acontecimientos ponen en crisis al individuo y le zarandean hasta el punto de tener que habérselas con el bien y el mal. La paciencia también tiene algo que decir aquí. Ésta se nos muestra como decisiva para vivir la historia sin triunfalismos ni determinismos. Así nos lo hace ver también Bowen: “En otras palabras, la paciencia nos protege tanto del triunfalismo como del nihilismo. La paciencia reconforta en medio del sufrimiento porque está animada y preservada para esperar en la bondad de Dios. La paciencia reemplaza un espíritu angustiado por uno tranquilo” (Bowen, 2020: 8).

Kierkegaard no ve en la voluntad humana, sin más, la manifestación de la voluntad divina o eterna. Él no hace una identificación entre lo que ocurre en la historia humana y la historia divina. La temporalidad no es la transparencia de lo eterno, sino que este supone una ruptura con aquella. No hay una continuidad entre una y otra que impediría la libertad, así como conllevaría, de alguna manera, que la historia humana y la divina fueran de la mano. Los enormes problemas para el misterio del mal de una identificación de la historia como historia de Dios serían evidentes: “La temporalidad, tal como ella es conocida, no puede entonces ser la transparencia de lo eterno; ella es, en su realidad donada, la ruptura de lo eterno” (SKS 8, 194-195). Lutero marcaba claramente la distinción del orden de la gracia y el orden natural y Kierkegaard conocía bien su pensamiento.

Hay una ruptura, un salto, que impide que lo eterno y el tiempo se identifiquen del todo. Esta es la razón por la que Kierkegaard considera que la paciencia ayuda a distinguir lo que en el acontecimiento hay de eterno. Lo decisivo para Kierkegaard es que el ser humano que quiera vivirse tensionado hacia el bien, debe armarse de paciencia para no dejarse enredar en los cantos de sirena que puedan traer ciertos acontecimientos. Es bueno una cierta distancia, que no indiferencia, respecto a los mismos. El sumo bien, si es tal, no se puede atrapar en ningún acontecimiento histórico.

La crítica radical a todo totalitarismo y a toda política que pase por encima del individuo está aquí cimentada. Kierkegaard entiende que la reforma de la ciudad y del país tiene que venir necesariamente por la reforma radical del individuo. Sin la responsabilidad ética del individuo no se podrá construir una sociedad más justa. La igualdad kierkegaardiana, que nace del amor al prójimo como deber absoluto e incondicional que ayuda a ver en todo ser humano un prójimo, es clave para la reforma de nuestra sociedad. El cambio social y político no nace sólo del cambio de las estructuras o las revoluciones, sino por la transformación del individuo. Kierkegaard consagra a estos temas La época presente, tercera parte de su obra Una recensión literaria de 1846. Esta paciencia, sin embargo, no conlleva pasividad ante los acontecimientos de la historia y los graves problemas que en ella se dan.

Por último, y para apuntar las bases de la dimensión política de la paciencia, recordemos la etapa final de la vida de Kierkegaard y sus diatribas contra la iglesia danesa y la confusión respecto al evangelio. ¿Por qué? ¿Dónde estaba la esencia del error eclesial y social? La impaciencia es lo que une la fe con el no-sufrimiento, mientras que la paciencia es la que permite que se dé la fe y el sufrimiento a la vez, es más, es su signo más inequívoco en un mundo que ya no es el paraíso15. La paciencia no supone un esperar pasivo a que algo o Alguien lo resuelva, en Kierkegaard supone la voluntad decidida de que el hoy cuente y sea lo decisivo. La impaciencia es la que siempre dice que ya es demasiado tarde mientras que la paciencia pone cada día al existente ante lo eterno. En cada momento se juega su actitud hacia el bien perfecto. La paciencia es esencial para no identificar la iglesia con el estado, la fe con el bienestar, los ministros de la iglesia con los testigos de la verdad.

El impaciente es un hombre pasivo y angustiado. Por eso es muy acertado indicar que en el impaciente “no hay lugar ni para la esperanza, ni para la memoria” (García, 2014). Aunque pueda parecer paradójico, para Kierkegaard, la naturaleza tan singular del hombre paciente así nos lo muestra. La impaciencia querría conseguir que el ser humano creyera que su lucha es con el mundo y el tiempo y olvidara que aquí lo que está en juego es la vida y el bien. La impaciencia aparece al principio muy tensionada con el presente, pero va desfigurando su rostro cuando se la va examinando más detenidamente, y se va convirtiendo en angustiosa porque combate con el mundo, porque ha perdido el presente, porque ha confundido la batalla y el modo de hacerlo. Por eso la impaciencia se desliza hacia la desesperación y la paciencia debe hacer su trabajo más difícil: “Tomémosla (la paciencia) como un ángel de salvación que está allí con su espada ardiente, y, cada vez que el alma quiere precipitarse en el límite extremo de la desesperación, debe detenerse junto a él, y él la juzga, pero también la fortalece” (SKS 5, 202; Kierkegaard, 2010: 208). La paciencia aparece como ese ángel que Dios colocó en la puerta del paraíso para que el ser humano impaciente deba ser remitido a la incesante tarea de vivir en este mundo, haciendo y sufriendo todo por el bien.

6. Voluntad santa o más allá de todo voluntarismo

La quinta característica de la paciencia es la que aparece a la hora de analizar la voluntad que quiere en todo hacer el bien, sin caer en un voluntarismo asfixiante o culpabilizador. Si la paciencia ha puesto en relación una manera de vivir nuestra temporalidad donde lo decisivo no es sólo llegar a ser un individuo, un sí-mismo, sino la relación de éste con el bien, Kierkegaard seguirá indicando por dónde nos hace transitar aquella. El individuo que con enorme fortaleza continúa queriendo ser bueno debe cuidar su decisión con enorme finura. ¿Qué tipo de relación con el bien tiene el paciente? ¿Qué tipo de voluntad es la que se manifiesta en el paciente para mantenerse en querer el bien siempre? ¿Cómo articularla sin que la paciencia se vea enredada como manifestación de la autodeterminación voluntarista o como sumisión pasiva?

El individuo paciente sólo quiere el bien o, al menos, no quiere enredarse con el mal. La fortaleza de querer y hacer el bien siempre supone una batalla constante con uno mismo y con los poderes del mundo, en especial con el tiempo. Se trata de que el existente quiera lo único, el bien como lo único, con apasionado recogimiento ante las distracciones del mundo y con enorme paciencia en el momento del sufrimiento.

La tarea de unificarse, de llegar a ser uno es una tarea constante, casi infinita ya que supone tener una pureza de corazón, es decir, un corazón indiviso hacia lo único. Si esa voluntad estuviera vertida al bien, sería una voluntad santa. Lo que está por ver es si el planteamiento de Kierkegaard es demasiado voluntarista, o más bien, la paciencia es a la vez una tarea y un don a la libertad. De no hacerlo, podría darse una paciencia más bien encerrada en lo ético, en una ética encerrada en sí misma, y no abierta a la trascendencia. Esto es fundamental para no reducir la paciencia a un existenciario o una estructura cerrada del ser humano que, siendo clave para vivir su temporalidad o su dimensión ética de llegar a ser un sí-mismo, no puede ser visto sólo desde ahí. Por eso Housset identifica, pienso que de manera errónea, el sí mismo del individuo con la paciencia al definirla así: “Así, para él (Kierkegaard) la paciencia es la síntesis de lo temporal y lo eterno: el hombre es espíritu entre lo temporal de la que no puede huir y lo eterno que él debe querer” (Housset, 2013: 670). Al convertir la paciencia en la clave esencial del ser humano y comprenderla desde la síntesis de lo temporal y lo eterno, enfatiza su papel decisivo como clave en el devenir un sí-mismo, pero pueden quedar otras características desplazadas. La vinculación de la paciencia con el bien y la manera de aparecer la voluntad en ella no son suficientemente considerados en estos análisis de Housset.

Según Kierkegaard, querer el bien como lo único es estar dispuesto, en toda decisión, a querer y sufrir todo por el bien, como hemos indicado. El que tiene un corazón dividido está o acaba desesperado. Pero el proceso de unificación se antoja bastante paradójico. Al hacer esto queremos indicar cómo sigue enriqueciendo el tema con Un discurso de ocasión a los Discursos edificantes de 1843-145. La tarea de llegar a ganar o preservar el alma, de llegar a ser un individuo sería incompleta si no le unimos el proceso de vincularse y tensionarse hacia lo otro, hacia el bien, si no le añadimos también los análisis sobre la voluntad. El proceso de llegar a ser sí-mismo, como ya apuntaba el personaje bíblico de Ana, no se consigue del todo si no se vincula con el hacia dónde, el término del proceso. Paciencia es aceptar que el otro y Dios son los que hacen pacientes al existente. De ahí que Kierkegaard subraye que el proceso de llegar a ser uno no se produce sólo por purificar los deseos e intenciones, sino que será el telos al que se dirige el ser humano. Esto queda ejemplificado en la analogía que usa en este discurso para mostrar cómo es el caminar del existente que quiere vivir cara al bien. Utiliza la imagen del niño que aprende a andar gracias a su madre. Al principio, el niño necesita la ayuda de la madre para comenzar a andar, a vivir. Pero lo decisivo es como para aprender a andar, debe la madre separarse y dejarle andar. ¿La madre le abandona? No, en ningún momento. La manera de estar con él es poniéndose delante para que el niño, mirándola, aprenda a andar solo. Si el niño, el existente, se mira a sí mismo, le entrará miedo y se caerá. El existente debe dejar de mirarse a sí mismo y mirar a la madre-al bien que con los brazos abiertos le espera confiadamente y le genera confianza. Así nos lo resume Kierkegaard:

Él (el Bien) le ayuda, pero solamente a la manera de la amable madre cuando ella enseña a su niño a caminar solo. Ella se mantiene delante del niño suficientemente lejos para no tenerle, pero ella tiende los brazos al niño, imita sus movimientos, y si el niño se tambalea, enseguida ella se inclina como para retenerlo. Y así, el niño cree que él no camina solo. […] Así el niño camina solo: la mirada fija sobre la de su madre y no sobre los obstáculos del camino, apoyándose sobre los brazos que sin embargo no le sostienen, buscando su refugio en el seno de su madre, y apenas sospechando que él aprende al mismo tiempo que puede pasar del apoyo - porque ahora el niño camina todo solo. (SKS 8, 160)

En la medida en que quiere mantenerse caminando cara al bien, es éste mismo bien el que lo unifica, lo sostiene. Si quiere estar pendiente a la vez del bien y de su propio caminar o su propia vida, se tambaleará con miedo o angustia y se caerá. De ahí que Kierkegaard se lo pida en varias oraciones a Dios, al Padre celeste, que le conceda “en los sufrimientos la paciencia necesaria para querer lo Único (el Bien)” (SKS 8, 123; 250). El ser humano se unifica gracias a su mantenerse en el bien, haciendo y sufriendo todo por él. Pero es el bien el que lo unifica, el que le ayuda a vivir-caminar. Se unifica por estar dirigido al bien, por el bien que quiere16. De ahí lo decisivo que es poner en relación esta dimensión para evitar tanto voluntarismos como solipsismos. Una cosa es que el individuo sea el que se encamina hacia el bien y otra cosa muy distinta es que sea gracias a su exclusiva acción y decisión.

Querer el bien como lo único, no sólo como lo primero, es quererlo no sólo para este mundo, continúa Kierkegaard. Es considerar que el bien está más allá de este mundo, con independencia de que haya o no otra vida. Si la muerte le afectara al querer hacer el bien, si la muerte modulara la decisión de hacer el bien siempre, no sería el bien lo único que se querría. La muerte, en este planteamiento, no es la posibilidad que abre las demás posibilidades. Ya que la muerte no es el mayor de los males, la paciencia puede ser una de las virtudes fundamentales. Ella no ahuyenta el miedo a la muerte, sino otros obstáculos más malos. El camino de querer ser uno por querer al bien como lo único comienza cada día desde la constatación de estar dividido. Divisiones que a veces emergen porque se busca el bien por la recompensa que él trae. La paciencia es decisiva para vencer los males que son, al menos, igual de graves que los de la muerte, tan decisiva en la comprensión tomista de la paciencia. El paciente que quiere hacer el bien se sabe culpable por el mero hecho de tener que hacer todo este camino para ser lo que debería ya haber sido. De ahí que Kierkegaard insista en la enorme importancia de darnos paciencia y dar paciencia al bien para que realice la obra de unificarnos, de ayudarnos a apropiarnos de él, es decir, de que sea vida en el ser humano.

Conclusiones

Después de este análisis que presentamos podemos afirmar, sin riesgo a equivocarnos, la relevancia de la paciencia en la obra de Kierkegaard, así como la importancia decisiva de los Discursos para su estudio. Consideremos, de forma sintética, las conclusiones a las que hemos llegado indicando los rasgos de la paciencia en Kierkegaard. Hemos querido acoger, y enriquecer, los análisis de otros textos que se centraban en los Discursos de 1843-1844. Estos discursos y sus análisis han puesto de manifiesto la relación de la paciencia con la temporalidad esencial del ser humano y su tarea de ganar y preservar el alma, llegar a ser un sí-mismo, un individuo. Hemos añadido a estos análisis que la paciencia es fortaleza del existente que en su proceso de individuación es esencial el fin al que se dirige, al otro, al bien; que tiene implicaciones políticas y supone una manera de vivir la voluntad y la libertad.

La paciencia no tiene una única definición en la obra kierkegaardiana, ni es definida como una virtud, aunque tenga rasgos de esta, sino que se sitúa en análisis antropológicos previos. De manera similar a como lo ético, entendido como un llegar a ser sí mismo en O lo uno o lo otro, es la base para posteriores planteamientos éticos más concretos, la paciencia aparece en estos análisis como estructura esencial del ser humano que después podrá desplegarse en el estudio de las virtudes.

En primer lugar, hemos mostrado que la paciencia es una estructura del ser humano que le ayuda a vivir en el tiempo sin que este sea el dios que tiranice su vida. Al hacerlo, Kierkegaard muestra que la paciencia es clave en el proceso de individuación, es decir, en el proceso de adquirir nuestra alma y devenir un individuo.

En segundo lugar, he mostrado que la paciencia no sólo es una manera de vivir la temporalidad, sino de vivirse ante el bien y el mal. Este rasgo de la paciencia, que se muestra más ajustadamente en Un discurso de ocasión, complementa los otros rasgos que han sido más subrayados por los demás comentaristas citados que se centraban en los Discursos de 1843-1844. Al hacerlo, se descubre que la paciencia guarda una relación muy importante en la relación del individuo con los otros y con el bien. Este elemento ayuda a salir de la paradoja del paciente del avaro o el malo. La paciencia está indirectamente relacionada con el tiempo, y directamente vertida al bien. Por eso Kierkegaard insiste en la vinculación entre paciencia y querer hacer todo por el bien, teniendo al bien como único objetivo.

En tercer lugar, la paciencia es la fortaleza del ser humano. La paciencia no mira sólo a soportar los males sin sucumbir a otros males, sino que es necesaria para poder vivir cara al bien. Esto pone de manifiesto que la paciencia no es sólo una categoría pasiva o reactiva, sino eminentemente activa. El idioma danés subraya cómo la fortaleza es nuclear en la paciencia y destierra toda posibilidad de entenderla como resignación fatalista.

En cuarto lugar, la paciencia es fortaleza ante el mal que nos sobreviene desde fuera, desde los sucesos históricos y políticos, así como por la tentación del mal que viene desde dentro. La paciencia tiene repercusiones en la historia. Si la clave del ser humano se juega en su ser espíritu, síntesis de libertad y necesidad, la historia está también hecha de ambos elementos. Las condiciones materiales no pueden ahogar del todo lo eterno en el ser humano, su espíritu. Los hechos de la historia no son nada sin la apropiación del individuo. En la historia puede haber realmente acontecimientos sorpresivos, instantes donde lo imposible acontece y se queda como inolvidable. La libertad, según Kierkegaard, reconoce la igualdad radical del ser humano que no es una conquista de las revoluciones o de la igualación que ellas propugnan, sino del amor como deber universal. La paciencia también le ayuda a no identificar absolutamente la Iglesia con el Estado, el evangelio con la felicidad barata, el martirio con la banalización del testigo de la verdad.

En quinto lugar, la paciencia no es una autodeterminación voluntarista, sino que, como indicaba San Agustín, la paciencia del ser humano refleja de algún modo la paciencia de Dios. En lenguaje kierkegaardiano hemos dicho que el bien es el que unifica, el que ayuda a ser paciente. Kierkegaard intenta comprender, en un equilibrio inestable, que la paciencia es una realidad imposible sin la voluntad santa del ser humano, así como sin el bien al que se dirige.

Termino este análisis con un texto kierkegaardiano que permite retomar uno de los primeros fragmentos citados en nuestra investigación:

Queriendo sufrir todo, tú estás con el Bien en la decisión; revestido, sí, como cuando el muerto resucita y arroja los sudarios, así tú has arrojado tu manto de miseria; nada te distingue ahora de aquellos a los que te gustaría parecerte, de aquellos que están con el Bien en la decisión. Ellos tienen todos el mismo vestido: la verdad ciñe sus riñones, vestidos con la coraza de la justicia, y ellos portan el yelmo de la salvación. (SKS 8, 213-214)

Al principio de este artículo afirmaba, con textos kierkegaardianos, que el alma era como una ropa que se tejía con paciencia por un individuo que se reconocía como dividido o culpable y necesitaba recuperar su alma. Termino con este otro texto donde se usa otra imagen del vestido. El ser humano paciente, que se vive en relación con el bien, descubre que es revestido no sólo porque recupera o adquiere su alma, sino porque recibe verdad, justicia y salvación desde fuera. La paciencia no es solo origen de muchas virtudes, ni solo es esencial para devenir un individuo indiviso ante el bien, sino que, en este camino nada voluntarista, lo que está en juego es la dicha del ser humano.

Referencias

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1 Para una aproximación histórica puede consultarse Housset (2008; 2009).

2 Las traducciones de textos franceses e ingleses son nuestras, salvo que se indique lo contrario.

3 Aparece el adjetivo paciente, taalmodig, 43 veces en los textos publicados en vida. De ellos, 34 están en los discursos y en Las obras del amor y Para un examen de sí mismo recomendado a este tiempo. El sustantivo paciencia, taalmodighed, aparece 94 veces. En las obras anteriormente mencionadas aparece 63 veces. Además de los discursos que analizaremos más detenidamente en este artículo, se pueden encontrar las siguientes referencias: Las obras del amor (SKS 9, 80, 224, 274, 361); Discursos cristianos (SKS 10, 115); El lirio en el campo y el ave bajo el cielo (SKS 11, 34, 35, 36); Para un examen de sí mismo recomendado a este tiempo (SKS 13, 44, 61, 62). Estos datos están tomados del buscador que tiene la página web donde están publicados los textos en su última edición crítica danesa, www.sks.dk. Las citas de los textos originales se hacen conforme a la última edición de las obras completas, siguiendo la forma oficial: SKS (Søren Kierkegaards Skrifter), seguido del tomo, una coma y seguida de la página (Kierkegaard, 1997-2013). Las traducciones del danés son nuestras, a no ser que se indique lo contrario. Desgraciadamente no tenemos el término “patience” en el índice temático de las Œuvres complètes, en el volumen XX (Orante, París, 1986). Sin embargo, sirve de mucha ayuda el Cumulative Index to “Kierkegaard’s Writings”. The Works of Kierkegaard, serie preparada por Howard V. Hong y Edna H. Hong (Princeton, 2000), en concreto las páginas 241-242.

4Discursos edificantes en distintos espíritus, SKS 8, 111ss. En especial tenemos las siguientes páginas, SKS 8, 123, 201, 202, 217, 220, 244, 339, 340, 343, 344, 350, 373, 376, 377. Solo tenemos de este libro una traducción al castellano del año 2018 de la Universidad Iberoamericana a cargo de Leticia Valadez H. Se titula Discursos edificantes para diversos estados de ánimo. Aunque conozco esta traducción que, como nos indica la traductora, “es tomada de la que hicieron al inglés Edna y Howard Hong”, he preferido proponer mis traducciones personales.

5El punto de vista de mi obra como autor. De este texto no tenemos traducción directamente desde el danés al castellano.

6 Al tener solo el ebook no puedo citar la página exacta según aparece en el libro en papel.

7 “Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, ya muy avanzada en años. De joven había vivido siete años casada, y luego viuda hasta los ochenta y cuatro; no se apartaba del templo, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones noche y día. Presentándose en aquel momento, alababa también a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén” (Lc 2, 36-38).

8 Para un análisis más detenido de la imagen del bien remito a mi tesis doctoral que está dedicada a ese tema. En ella se muestra que Dios como amor absoluto es el bien último y perfecto para Kierkegaard. De ahí que amar y ser amado sea el supremo bien que puede realizar el ser humano. Véase, Viñas, 2017.

9Discursos edificantes en diferentes espíritus, SKS 8, 111.

10 Nótese que muchos de los discursos edificantes de Kierkegaard fueron dedicados a la memoria de su padre que tanto influyó en su vida. En los Discursos edificantes de 1843 a 1845 lo hace casi siempre así: “Al difunto Michael Pedersen Kierkegaard, que fuera calcetero (Hosekræmmer: vendedor de calceta, medias, de vestidos) en esta ciudad, a mi padre se dedican estos discursos” (SKS 5, 11; 5, 61; 5, 111; 5, 229; 5, 287; también en 74, 123, 235, 291). También lo encontramos en Tres discursos para ocasiones supuestas (SKS 5, 387): “A la memoria de mi difunto padre Michael Pedersen Kierkegaard son dedicados” (5, 389). Así también ocurre, aunque con fórmulas más o menos breves, en otros discursos como en Un Discurso edificante (SKS 12, 257), del año 1850. El discurso al que nos enfrentamos se lo dedica al individuo (Hiin Enkelte). Otros discursos, tampoco traducidos al castellano, parecen ser dedicados a su querida Regina Olsen: “A (la persona) no nombrada cuyo nombre será un día nombrado se dedica, con este pequeño texto, toda mi obra como autor desde el principio” (Dos discursos para la comunión de los viernes, SKS 12, 279).

11 Véase Discursos edificantes en diferentes espíritus (SKS 8, 339) donde se muestra la relación entre coraje y sufrimiento.

12 Véase el análisis que hace de la actividad y pasividad de la paciencia, relacionándolo con lo condicionado y la condición en Burgess (2000: 208-209).

13 Por eso, lleva razón García Pavón al vincular el estudio de la paciencia con Migajas filosóficas, y más en concreto con su Interludio (SKS, 4, 272ss). Lo hace en su capítulo ya citado, “La paciencia como el contenido ético de la temporalidad del individuo” (García, 2014).

14SKS 11, 127ss, en especial esta descripción clásica aparece al comienzo de la obra, SKS 11, 129ss. Véase, Kierkegaard, 2008: 32-42.

15 Véase Discursos cristianos, SKS 10, 115, donde dedica discursos al evangelio de los sufrimientos. Desgraciadamente tampoco tenemos una traducción de estos discursos en castellano.

16 Como nos dice Levinas, y es muy interesante mostrar las conexiones entre los dos pensadores en este tema, aunque sabemos que aquel fue muy crítico con Kierkegaard: “En la paciencia, la voluntad perfora la gruta de su egoísmo y desplaza el centro de su gravedad fuera de ella para querer como Deseo y Bondad que nada limita” (1990: 267).

El presente artículo ha sido elaborado en el marco del proyecto de investigación “Existencia estética e ironía en Kierkegaard”, financiado por el Ministerio de Ciencia e Innovación de España (Ref. PID2020-115212GB-I00).

Recibido: 05 de Agosto de 2021; Aprobado: 07 de Enero de 2022

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Doctor en Filosofía por la Universidad Pontificia Comillas de Madrid. Profesor ayudante doctor en la Universidad Loyola Andalucía. Algunas de sus últimas publicaciones son: “Notas sobre el paganismo en Kierkegaard” (2020), “Actualidad de la filosofía de I. Ellacuría y los derechos humanos” (2020), “¿Cómo decir el cielo? A propósito de la comunicación indirecta en Kierkegaard” (2019).

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