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Psicoperspectivas

versión On-line ISSN 0718-6924

Psicoperspectivas vol.14 no.3 Valparaíso oct. 2015

http://dx.doi.org/10.5027/psicoperspectivas-Vol14-Issue3-fulltext-566 

Psicoperspectivas . Individuo y Sociedad, Vol. 14, No. 3 (2015) Págs.: 106-116
 

Constructos personales de hombres que han ejercido violencia en la pareja 

Personal constructs by maleaggressors in domestic violence episodes

 

Katia Álvarez Álvarez 1, Claudia Hermosilla Caro 1, Claudia Lucero Chenevard 2

1Hospital Base Valdivia, Chile

2Pontificia Universidad Católica de Valparaíso, Chile

Dirección para Correspondencia


RESUMEN

Considerando los altos índices de violencia en la pareja, el desarrollo de programas dirigidos a los hombres que la ejercen y la falta de estudios en este ámbito, el presente artículo tiene como objetivo describir la construcción de significados personales en hombres que han ejercido violencia en la pareja. Bajo un muestreo intencionado por conveniencia, se aplicó la la Técnica de la Rejilla Interpersonal a nueve hombres que habían ejercido violencia en la pareja, participantes de un programa de salud y violencia de un centro de salud mental de Chile. Los datos fueron analizados desde un enfoque constructivista. Los resultados refieren sistemas de constructos personales rígidos, simples y polarizados, con constructos nucleares centrados en aspectos deseables socialmente, en los que el conflicto estaría asociado a la búsqueda de autonomía y al cuidado hacia otros. Otro resultado relevante es la baja diferenciación que existe con la figura materna, lo cual podría guardar relación con la búsqueda de autonomía. En función de estos resultados, se proponen formas de intervención terapéutica más ajustadas a su sistema de significados.

Palabras clave: violencia; masculinidad(es); constructos personales


ABSTRACT

Given the high rates of domestic violence, the evolution of programs targeted to male aggressors and the lack of studies on this area, this article aims to describe the construction of personal meanings by males who have exercised domestic violence against their couples. Using a directed survey, we applied the Inter-personal Matrix technique on nine male aggressors in domestic violence episodes, who participated in a healthcare and violence program of a Chilean mental health center. Data were analyzed taking a constructivist standpoint. Results refer to systems of rigid personal constructs, simple and polarized, with core constructs centered on socially desirable aspects, in which conflicts may be associated with the quest for autonomy and the notion of caring for their significant other. In another relevant result, there is a low degree of differentiation from the maternal figure, which may be related with the quest for autonomy. Based on these results, we suggest ways that therapeutic interventions that would better fit their personal system of meanings.

Keywords: violence; manhood; personal constructs


Introducción

La Organización Mundial de la Salud [OMS] (2013) plantea que el 35% de las mujeres del mundo han sido víctimas de violencia física y/o sexual por parte de su pareja. En el caso de Chile, el 50,3% de las mujeres casadas o separadas han experimentado situaciones de violencia en la relación de pareja alguna vez en la vida (Ministerio de Salud, 2005). Más específicamente, en la región de Los Lagos, un estudio de prevalencia realizado por el Servicio Nacional de la Mujer (SERNAM), señala que un 55,3% de las mujeres de entre 16 y 49 años sufren o han sufrido algún tipo de violencia (SERNAM, 2009).

Chile cuenta con una legislación enmarcada en la Convención sobre la Eliminación de todas las Formas de Discriminación contra las Mujeres ratificada en 1989. De esta manera surge, la primera Ley sobre Violencia Intrafamiliar en 1994. En este contexto, han emergido distintos programas de tratamiento para varones que ejercen violencia, de los cuales han surgido sistematizaciones que guían los parámetros de la intervención (Morales, et al., 2013; Fritz & Muñoz, 2001; Villela, 1997).  Luego, en el año 2012, SERNAM inició un modelo de intervención con hombres que ejercen violencia de pareja (HEVPA) para mayores de 18 años, existiendo actualmente 15 centros a lo largo de todo Chile (SERNAM, 2015).

Sumado a esto,  durante las últimas décadas, se ha observado una disminución significativa de la violencia contra la mujer. Si bien este problema es uno de los ejes prioritarios en la agenda de género del Estado chileno, continúa siendo una deuda histórica no saldada y con consecuencias contingentes (Abarca, Carvajal & Cifuentes, 2012). Una consecuencia de esta tendencia es la propuesta del Plan de Seguridad Pública del Ministerio del Interior para el año 2010 que aborda la intervención en hombres que ejercen violencia.

En este contexto, el presente estudio tiene como objetivo describir la construcción de significados personales en hombres que han ejercido violencia en la pareja, desde una perspectiva constructivista, con el fin de contribuir a las intervenciones terapéuticas más ajustada a su idiosincrasia. La información fue aportada por hombres que participaron en el Programa de Salud y Violencia del Centro de Salud Mental de Osorno entre los años 2010 y 2011 y los datos, obtenidos a través de la Técnica de Rejilla Interpersonal (TRI).

Violencia en la pareja desde el enfoque sistémico

En relación a la violencia de pareja, existen distintas perspectivas teóricas que permiten explicar su complejidad (De Alencar-Rodrigues & Cantera 2012).  Para fines de este estudio, se considerará el enfoque sistémico, de género y constructivista, con el objetivo de comprender la violencia y su relación con el sistema de constructos personales de los participantes.

Perrone y Nannini (2005, p. 28) señalan que “la violencia no es un fenómeno individual, sino la manifestación de un fenómeno interaccional”. Esta es descrita como una secuencia de transacciones en la que ambos participantes son responsables de la dinámica violenta.  Cuando estas transacciones se repiten en el tiempo, forman una pauta o regla de relación en el sistema. Esta posición ha provocado mucho debate, ya que como refiere Jacobson y Gottman (como se citó en De Alencar-Rodrigues & Cantera, 2012) “nada que una mujer le pueda decir a un hombre le da a éste derecho a pegarle”.

En este contexto, Perrone y Nannini (2005) destacan que esta responsabilidad es distinta de la responsabilidad legal, ya que independiente de la construcción conjunta de la violencia, cada uno es responsable de las consecuencias establecidas al infligir la ley (Ibaceta, 2011).  Además, esta coparticipación tampoco supone la idea de una responsabilidad igualitaria, más bien sugiere que cada uno pueda distinguir la forma en que participa en la dinámica, para buscar alternativas de conversación tanto individual como conjunta que rompan la pauta violenta, presentando así una posibilidad para lograr el cambio (Ibaceta, 2011). Este enfoque pretende evitar la estigmatización del hombre que participa en la dinámica violenta, ya que existe el riesgo de concebirlo como un monstruo, con problemas intrínsecos e irreversibles. Esta versión bloquea la disposición de los sujetos a iniciar tratamiento y, a los terapeutas, les impide comprender los procesos relacionales complejos que actúan en las dinámicas de violencia (Perrone & Nannini, 2005).

Estos autores distinguen varios tipos de violencia, siendo las más representativas: la violencia agresión y la violencia castigo. En la primera existe una relación simétrica, en las que ambos compiten por tener el mismo estatus e igualdad, generándose una violencia bidireccional, cuyo conflicto es vivido desde el rechazo y no desde la desconfirmación.  La segunda, se presenta en una relación complementaria y desigual, dando lugar a una violencia unidireccional, en la que la identidad de la persona en la posición baja se ve profundamente afectada (Perrone & Nannini, 2005).

Así también Curi y Gianella (como se citó en Ibaceta, 2011) hacen referencia a una violencia episódica, en la que no existe una pauta violenta, sino más bien episodios de violencia en contexto de una crisis en curso.  Según Ibaceta (2011), el considerar distintos tipos de violencia permite diseñar tratamientos flexibles y diferenciados para cada uno, ya sea para posibilitar una terapia conjunta o ver lineamientos individuales.

En relación a la intervención individual, vale considerar que la violencia representa la rigidez del sistema de creencias del sujeto, en que las diferencias se codifican como amenazas. Por lo mismo, es fundamental conocer el sistema de creencia de quienes participan en la dinámica violenta, ya que una vez modificada la visión de mundo, podrán cambiar la conducta agresiva (Perrone & Nannini, como se citó en De Alencar-Rodrigues & Cantera, 2012).

Género y masculinidad en la violencia en la pareja

El enfoque de género enfatiza en el modelo patriarcal para explicar la violencia del hombre contra la mujer (De Alencar-Rodrigues & Cantera, 2012).  El patriarcado es una organización sociocultural, en que la dominación masculina estructura las relaciones sociales desde dinámicas de poder asimétricas y jerárquicas (Cantera, como se citó en De Alencar-Rodrigues & Cantera, 2012).  Asimismo, Velázquez (2003) afirma que los hombres no tienen una posición igualitaria en la vida cotidiana en relación a las mujeres, ejerciendo una relación de dominación masculina. De esta forma, el ejercicio de la violencia es una cualidad asignada socioculturalmente a los hombres, quienes la utilizan para legitimar el poder que poseen en el marco de las relaciones de género (Bourdieu, 2007). Esta desigualdad de género, concuerda con la dinámica de violencia castigo descrita por Perrone y Nannini (2005) que, por lo visto, también tendría relación con variables socioculturales.

En la década pasada, Valdés y Olavarría (1998) presentaron los resultados de la investigación denominada “Construcción social de la masculinidad en Chile”. En esta describían relatos sobre atributos de la masculinidad, señalando que el ser hombre significaba (1998, p. 12) “ser activo, tener derechos; ser autónomo, dar la sensación de ser seguro; ser fuerte, no tener miedo, no expresar sus afectos, salvo que al hacerlo confirme su hombría; ser de la calle, del trabajo y heterosexuales”, dando cuenta de la construcción de una identidad más individual que social.  Además, estos autores señalaron que el mandato hegemónico tenía un contenido moral muy importante, (1998, p. 12) “ser hombre es ser recto, responsable, le obliga a comportarte correctamente”. Asimismo, Viveros (como se citó en Valdés & Olavarría, 1998) refería que “el hombre es responsable en todos los ámbitos de su desempeño social: es buen trabajador, padre responsable y proveedor económico para su mujer y sus hijos”.

Sin embargo, el autor considera que la adquisición de la identidad masculina en las sociedades modernas está en crisis, debido a importantes transformaciones sociales, económicas e ideológicas, destacando el acceso de las mujeres a la educación y al trabajo.  En esta misma línea, Valdés y Olavarría (1997, p. 9) señalaron “han aparecido grupos de hombres preocupados de cambiar aquellas prácticas tradicionales, convencidos de que los roles predefinidos en el estereotipo o deber ser masculino les produce dolor, insatisfacción y frustración”.

De esta manera, surgió el concepto de masculinidad(es) como una construcción social formulada en plural y no en singular, que varía según el momento de vida y el contexto relacional (Valdés & Olavarría, 1997).  Marqués (como se citó en Valdés & Olavarría, 1998) agrega “el discurso patriarcal consiste en la difusión de la idea de que sólo un modelo de comportamiento-sentimientos-representaciones serían naturales o normales en los varones… en este planteamiento plural, no existe una identidad plural correcta”. Así también, Viveros (como se citó en Valdés & Olavarría, 1998) explica que “la masculinidad no es un atributo innato, ni esencial, ni responde a un significado único. Por el contrario, es una categoría relacional, describe un proceso histórico tanto colectivo como individual, y cuenta con un significado maleable y cambiante”.

Los estudios de género más recientes indican que esta crisis correspondería a la transformación del modelo hegemónico. Se ha cuestionado el esquema culturalmente construido en el que los hombres estarían asociados a atributos como la independencia, agresividad y conductas violentas (De Keijzer, 2001).

Desde los estudios de la(s) masculinidad(es), los actos violentos de los hombres son vistos no sólo como una forma de instalar una situación favorable de poder, sino también reafirmar su identidad masculina, asentada en la creencia patriarcal de superioridad.  Mantener bajo dominio a la mujer le permite al varón, controlar las emociones que ésta le provoca, como temor, dependencia, envidia, etc. (Bonino, como se citó en Bonino, 2009).

Enfoque constructivista y teoría de constructos personales

El constructivismo reconoce el papel activo del sujeto en la construcción social de la realidad y del conocimiento humano (Retamozo, 2012). García Martínez (2008) plantea que este enfoque puede ser de gran utilidad para entender el fenómeno de la violencia en la pareja, ya que en la construcción de significados participan tanto procesos culturales como personales.  Según este autor, las terapias constructivistas están focalizadas en determinar cuál es el significado que las personas le otorgan a su mundo y las acciones que realizan para intentar regularlo y predecirlo.  De esta forma, el problema no radica en determinar si las personas ven el mundo de una forma distorsionada o disfuncional, sino simplemente en cómo ven el mundo.  El desafío está en elegir, no las visiones más verdaderas o aceptables, sino aquellas que le permitan al sujeto hacer más preciso y útil su sistema de significados personales para predecir el mundo (García Martínez, 2008).

Bajo esta óptica, el marco teórico más claro es el modelo de construcción personal elaborado por Kelly en 1955 (García Martínez, 2008).  Kelly comparó el pensamiento de la vida cotidiana con el pensamiento científico, en el cual el conocimiento se estructura en ordenamientos jerárquicos y la acción se desarrolla en función de constructos subjetivos (Avendaño, Krause & Winkler, 2011).

Dentro de este modelo se enmarca la Teoría de los Constructos Personales (TCP), que plantea que las personas poseen una red de significados personales, cuya función es la anticipación de los acontecimientos futuros.  El punto de partida de la TCP es la idea de constructo, entendido como un significado descriptivo de tipo dicotómico que le permite a las personas interpretar la realidad, pero que, al ser idiosincrático, está limitado a la experiencia personal.  La dicotomía es libre, no está impuesta por norma o sentido semántico ninguno, aunque suele adoptar formas culturalmente avaladas. Los constructos constituyen un sistema ordenado jerárquicamente. Los constructos nucleares cumplen un papel central, ya que definen la identidad del individuo. Por su parte, los constructos periféricos tienen un nivel de menor relevancia para el sujeto (Botella & Feixas, 1998).

Según García Martínez (2008) esta teoría proporciona una serie de herramientas conceptuales que son especialmente útiles tanto para entender los procesos de violencia, como para llevar a cabo intervenciones terapéuticas. Estas últimas tendrían como foco de trabajo extender la red de significados para hacerla más adaptativa al medio.

En relación al mundo de significados de los hombres que ejercen violencia, García Martínez (2008) señala que el modelo mental del hombre no le permite identificarse con la víctima, ya que su grado de conciencia del otro es muy bajo, observándose un perfil individual extremadamente idiosincrático. A su vez, destaca que los patrones de construcción de la conducta violenta reflejan una estructura muy simple en el sistema de significados, puesto que estos hombres poseen un marco de interpretación reducido de la realidad, que impide predecir el comportamiento de los demás y construir significados desde distintos puntos de vista. Además, en relación a características individuales, se han identificado la baja autoestima, déficit en habilidades sociales y un amplio rango de distorsiones cognitivas inadecuadas en relación al comportamiento de la pareja (Rodríguez, Fonseca & Puche, 2002).

Para conocer la red de significados personales, la técnica constructivista que mejor permite conocer cómo la persona construye su mundo subjetivo es la Técnica de la Rejilla Interpersonal (TRI). Dicha técnica que ha sido aplicada en numerosos estudios basados en distintas poblaciones (Herrera et al., 2014).

Metodología

Diseño

La presente investigación es un estudio cualitativo de tipo descriptivo (Marshall & Rossman, 1999), exploratorio y transversal. En este, desde una perspectiva constructivista, se propuso describir la forma de construcción subjetiva de los entrevistados a través de los datos cualitativos y cuantitativos que aporta la TRI. Esto con el fin de conocer la estructura cognitiva y los constructos significativos en hombres que han ejercido violencia, medido en un momento posterior a intervención especializada. Así, la pregunta que guió esta investigacion fue ¿Cómo es el sistema de constructos personales en hombres que han ejercido violencia en la pareja y que participaron en un programa de tratamiento?

Participantes

Se seleccionaron por conveniencia a nueve hombres que han ejercido violencia en la pareja y que participaron en un programa de salud y violencia del Centro de Salud Mental de una ciudad del sur de Chile entre los años 2010 y 2011, de una población, para ese período, de 55 varones.  El rango de edad de la muestra fue de 29 a 65 años, con un nivel educacional que va desde enseñanza básica hasta superior incompleta, desempeñándose laboralmente en oficios técnicos, siendo la mayoría de ellos casados. Todos los participantes ejercieron violencia en el contexto conyugal, de tipo psicológica, sexual, económica y física.

El muestreo fue intencionado de tipo homogéneo (Patton, 2001), considerándose como criterios de inclusión que los participantes sean urbanos y no mapuche, para no complejizar la muestra con elementos de culturas específicas. Por su parte, los criterios de exclusión hacen referencia a presentar patología dual y/o haber cometido delitos graves, datos que fueron obtenidos desde sus antecedentes personales de ficha clínica, revisados por los profesionales a cargo.

Instrumento

Se utilizó la TRI, cuyo nombre se desprende del formato en cuadrículas, constituida por tres componentes fundamentales: elementos, constructos y puntuaciones. En las columnas se colocan los elementos, en las filas los constructos y en las casillas que forma cada cruce de un elemento con un constructo, se ubican las puntuaciones.  Los elementos están constituidos por personas significativas de su mundo interpersonal que fueron elegidos por cada participante, siendo la figura de la madre, padre y pareja las de mayor frecuencia. Además se incluyeron el yo actual, que describe la percepción actual de sí mismos, y el yo ideal, que hace referencia a las expectativas de cómo desearían ser; estos últimos fueron propuestos por las investigadoras, ya que estos indicadores logran dar cuenta de la construcción del sí mismo y conflictos cognitivos en los participantes.  Los constructos, por su parte, se elicitan por diadas, derivadas de la formulación sucesiva de preguntas tanto de similitud como de diferencia entre diversos pares de elementos. Una vez obtenidos los constructos, se obtienen las puntuaciones de los elementos, de acuerdo a una escala tipo Likert de siete puntos (Feixas & Cornejo, 1996).

Procedimiento

Una vez obtenidas las aprobaciones institucionales, se realizó la aplicación del instrumento en el Centro de Salud Mental.

En cuanto a los resguardos éticos, se contempló el impacto general de esta investigación en el Programa de Salud y Violencia del mencionado Centro de Salud Mental, por lo cual se estableció previamente un contacto formal con la institución, respetando sus tiempos, requerimientos y expectativas.  Además, se realizó una devolución de los resultados al equipo de profesionales que intervienen en el programa de los participantes del estudio, a modo de contribuir en las intervenciones. En relación a los participantes, se respetó la confidencialidad, diversidad y privacidad de éstos, por lo cual se informó oportunamente de las actividades a realizar y se solicitó un consentimiento informado a cada uno de ellos, garantizando la participación confidencial y voluntaria en la investigación.

Plan de Análisis

Los datos fueron analizados por el programa Record 4.0 (Feixas & Cornejo, 2002), obteniéndose indicadores cuantitativos y cualitativos.  Para este estudio se consideraron los siguientes indicadores:

Estructura cognitiva. En su análisis se utilizaron dos indicadores básicos, el primero de ellos fue el de diferenciación, que hace referencia a la complejidad cognitiva o al grado en que una persona construye sus experiencias desde distintos puntos de vista. Para este indicador se tomaron en consideración las puntuaciones propuestas por Feixas, De la Fuente y Soldevila (2003) que hacen referencia al Porcentaje de Varianza Explicado por el Primer Factor (PVEPF), donde se considera simple al ser superior a 47% y complejo al ser menor a 37%.  El segundo indicador fue la polarización, que describe el grado en que una persona construye la realidad de forma dicotómica o polarizada y cuyo puntaje de corte se consideró de 28,57%, siendo rígido y polarizado las puntuaciones superiores, y flexible las puntuaciones menores a éste (Feixas et al., 2003).

Construcción del sí mismo. Este indicador incluye distintas variables que permiten estimar la relación que tiene el participante consigo mismo y con su entorno social.  Incluye indicadores como autoestima según la correlación entre el yo actual/ yo ideal, aislamiento social autopercibido por medio de la correlación yo actual/ otros y la adecuación percibida de los demás a través de la correlación otros/ yo ideal.  Para su análisis se utilizaron referencias propuestas por Feixas et al. (2003), en las que definen que las correlaciones positivas o altas indican puntuaciones elevadas de cada indicador, mientras que correlaciones muy bajas o negativas reflejan puntuaciones inferiores de los mismos (Feixas et al., 2003).

Autodefinición.Corresponde a los constructos nucleares del yo actual, es decir, aquellos significados que define el participante en sus propias palabras sobre sí mismo. Dichos significados son los elementos del yo actual que presentan puntuaciones extremas (entre 1 y 7 puntos) en la TRI, y que fueron analizados por medio de análisis de contenido.

Dilemas implicativos. Se refiere a conflictos cognitivos que surgen de la asociación entre un constructo discrepante y un constructo congruente. Es decir, cuando correlaciona (con un puntaje mayor a 0,20) un aspecto que la persona desea cambiar, con aspectos que son definitorios y congruentes con su yo nuclear, lo que dificulta el cambio (Feixas & Saúl, 2004).  Estos dilemas fueron analizados a través de análisis de contenido.

Resultados 

En este estudio la mayoría de los participantes poseen un sistema de significados con una estructura simple, rígida y polarizada. Además, sus constructos nucleares giran en torno a características de deseabilidad social, con una alta satisfacción de ellos mismos, donde los conflictos se asocian a la búsqueda de autonomía y al cuidado de otros. Por otra parte, destaca la percepción de cercanía emocional con sus madres. A continuación se detallan estos resultados en el mismo orden:

Estructura cognitiva

Como se observa en la Tabla 1 cinco de los nueve hombres participantes del estudio presentan una estructura cognitiva simple y con baja diferenciación, es decir, administran una menor cantidad de constructos para anticiparse a los hechos y con una alta asociación entre ellos. Esto impide construir significados desde distintos puntos de vista, debido a que tienen un marco de interpretación reducido de los eventos. Además, en ocho de los nueve participantes se observa una estructura cognitiva rígida y polarizada, es decir, suelen construir el mundo de forma extremista, viéndose tanto a sí mismos como a los demás de manera dicotómica del tipo todo o nada.

Tabla 1.
Distribución de participantes según estructura cognitiva

 tab1art10
Fuente: Elaboración propia

Construcción del sí mismo

Como se aprecia en la Tabla 2, la construcción del sí mismo incluye la autoestima. Ocho de los nueve participantes presentan una autoestima alta, es decir, se sienten satisfechos de lo que son ya que se perciben parecidos a su yo ideal. En relación alaislamiento social, siete de los participantes presentan una buena identificación e integración con las personas de su entorno social, percibiendo buenas relaciones interpersonales.  En cuanto a la adecuación percibida en los demás, siete de ellos perciben a los demás como adecuados, sintiendo una gran satisfacción con su entorno.

Tabla 2.
Distribución de participantes según la construcción del sí mismo

tab2art10
Fuente: Elaboración propia

Autodefinición

Como se muestra en la Figura 1, de los 55 constructos nucleares reportados, la mayoría de ellos (85,4%) hacen referencia a características deseables socialmente, destacando en primer lugar aquellas que se encuentran dentro de la categoría en relación a otros (52,7%), como el ser afectuoso (25,4%) (“yo soy cariñoso, amable, considerado, afectivo, atento, querendón, demostrativo, tierno y sensible”), respetuoso (10,9%) (“yo soy sincero, respetuoso, derecho, buena persona, franco y no me meto en lo de otros”), sociable (9%) (“yo soy comunicativo, social y popular”) y simpático (7,4%) (“yo soy simpático, alegre y chistoso”). En segundo lugar, se encuentran aquellos constructos agrupados en la categoría en relación a sí mismos (32,7%) como el ser comprometido (10,9%) (“yo soy preocupado, entregado, cumplidor y comprometido”), trabajador (9,1%) (“yo soy trabajador, metódico, detallista, responsable y ordenado”) y hogareño (5,5%) (“yo soy hogareño, casero y me gusta quedarme en casa”).  El menor número de constructos nucleares hace referencia a características no deseables socialmente (14,5%).

fig1art10

Figura 1. Análisis de contenido de Autodefinición

Dilemas implicativos

Cuatro de los nueve participantes presentaron dilemas implicativos de un total de 16. Del análisis de contenido de estos dilemas emergieron dos grupos de constructos discrepantes. Por un lado están las características de baja autonomía personal (“no me gusta ser infantil, miedoso, callado y quedarme en casa”) y por otro las características de agresividad (“no me gusta ser peleador, descuidado y desleal”).  En el primer grupo, visualizado en la Figura 2, el deseo es llegar a tener características de alta autonomía personal (“quiero ser adulto, valiente, hablador y carretero”). Sin embargo, no pueden adquirir dichas características porque se convertirían en personas con características de agresividad (“Yo no quiero ser explosivo, ofuscado, poco comunicativo, serio, indiferente y duro”), y no están dispuestos a perder características nucleares de su identidad, que guardan relación con características de cuidado para otros (“Yo no quiero dejar de ser cariñoso, risueño, amable, querendón y comunicativo”). En el segundo grupo, que se observa en la Figura 3, el deseo es llegar a tener características de cuidado para otros (“yo quiero ser tranquilo, preocupado y leal”). No obstante, no pueden adquirir dichas características porque se convertirían en personas con características de pasividad (“yo no quiero ser apagado, callado, inseguro y tolerante”), ya que no están dispuestos a perder características nucleares de su identidad, que guardan relación con características de sociabilidad (“yo no quiero dejar de ser simpático, cariñoso y comunicativo”).

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Figura 2. Análisis de contenido de Dilemas Implicativos: Grupo 1

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Figura 3. Análisis de contenido de Dilemas Implicativos: Grupo 2

Discusión y conclusiones 

Los resultados muestran que los hombres que fueron parte de este estudio no poseen una red de significados adecuada para hacer frente a los desafíos de la vida cotidiana, siendo difícil para ellos predecir y regular el mundo. Estos resultados están en cooncordancia con lo que describía García Martínez (2008) al hablar de la rigidez y reduccionismo en su sistema de significados. Dichas dificultades tendrían importantes implicancias en la comprensión y adaptación a situaciones sociales, en especial en aquellas relaciones íntimas de mayor complejidad como la pareja, considerando que la rigidez en sus creencias estaría asociada a la agresión (Perrone & Nannini, como se citó en De Alencar-Rodrigues & Cantera, 2012). Además, significa un desafío para la intervención psicológica, no sólo en términos de estimular la flexibilidad y amplitud de significados para modificar su conducta, sino que también implica tener una postura compresiva y cautelosa en las expectativas de tratamiento.

Llama la atención que, siendo personas que han ejercido violencia en la pareja, tengan un autoconcepto deseable socialmente, resaltando características de socialibilidad y cuidado para otro, por sobre el compromiso con el hogar y el trabajo. Esto permite hipotetizar que, aunque se mantienen los mandatos hegemónicos en relación a las exigencias morales y laborables (Valdés & Olavarría 1998), existe un cambio en relación a la visión de sí mismo. Ellos se ven a sí mismos como personas más sociales que individualistas o independientes y agresivas como lo mencionaba De Keijzer (2001), dando cuenta del proceso de transición y cambios que viven los hombres en el contexto de la crisis de identidad masculina (Viveros, como se citó en Valdés & Olavarría, 1998). Así también, estos datos posibilitan visualizar a estos varones sin el estigma social de ser considerados como monstruos (Perrone & Nannini, 2005), cuya visión puede dificultar los procesos terapéuticos.

Así, los constructos nucleares permiten comprender cómo estos hombres se ven a sí mismos, formando parte esencial de su identidad y coherencia interna (Botella & Feixas, 1998).  De esta manera, los resultados dan cuenta de aspectos que no pueden ser transados o cuestionados en ellos, ya que como lo explica Linares (1996, p. 27) la identidad es “el espacio donde el individuo se reconoce a sí mismo y como tal, es extremadamente resistente al cambio”. Este autor plantea también que, en etapas tempranas del desarrollo, la identidad posee una permeabilidad que con el crecimiento se pierde; no así las narrativas, entendidas como atribuciones de significados a la experiencia relacional y que resultan ampliamente negociables si se respeta este núcleo, lo cual entrega una posibilidad de intervención más acorde para el cambio. Linares (1996 p, 27) agrega “sujetos que, sintiendo atacada su identidad, la defienden encarnizadamente en batallas que ponen en juego su propia supervivencia, pueden aceptar transacciones importantes si la confrontación se traslada al plano narrativo”.  Da ejemplos donde al legitimar la identidad y la forma de ver el mundo, se produce la cooperación a la intervención terapéutica, fundamental para el cambio. A partir de esto, se deduce entonces, la importancia de diseñar intervenciones que resguarden la identidad, identificando los constructos nucleares que la componen, especialmente en las primeras etapas del tratamiento en que se comienza a construir la alianza terapéutica.

Por otro lado, a diferencia de lo planteado por Rodríguez et al. (2002), los participantes manifestaron una alta satisfacción personal y se percibieron adecuados frente a otros.  Para la intervención clínica, esto releva una dificultad de estos hombres para percibir y reconocer sus conflictos y errores, planteando un desafío para la problematización de la violencia; en especial cuando existen procesos legales en curso y cuando la violencia provoca graves daños a la identidad de la mujer como ocurre en la violencia castigo descrita por Perrone y Nannini (2005).  Es por esta razón que los tratamientos de esta índole deben considerar la complejidad del fenómeno de la violencia y las consecuencias legales, sociales y de salud que ello implica, diseñando programas integrales que incluyan la intervención individual, grupal y de pareja en el caso de la violencia agresión (Ibaceta, 2011), pero también el resguardo en la salud mental, física y legal de la familia. En el caso de las intervenciones comunitarias y de políticas públicas, estas no sólo deben problematizar la violencia, sino que también estimular actitudes de buena convivencia intrafamiliar.

Respecto a los conflictos cognitivos, referido a asociaciones que impiden lograr el cambio deseado por ellos en su ideal del yo, se devela una relación estrecha, por un lado, entre el ser autónomo y agresivo y, por otro lado, entre el cuidar a otros con el ser pasivo. Esto permite focalizar el trabajo psicoterapéutico en áreas que resultan especialmente conflictivas para estos varones y que, a su vez, implican una alta sensibilidad, por lo cual deben ser manejados de forma cautelosa. En este sentido, se considera relevante ampliar los significados personales de ser autónomo y de cuidar a otros, buscando experiencias vitales no asociadas a la agresividad y pasividad respectivamente, para dar más flexibilidad a su sistema de significados y disminuir el conflicto definido desde ellos. Se estima que este cambio permitiría generar un efecto relevante en la dinámica de violencia con sus parejas, puesto que es en esta relación de intimidad en la que emergerían estos conflictos con mayor fuerza, activando circuitos relacionales violentos en los que ambos son partícipes, como bien lo plantea Perrone y Nannini (2005).

En lo que se refiere a las limitaciones del presente estudio se puede señalar la dificultad para generalizar los resultados en otros contextos, esto debido, por una parte, al carácter idiosincrático del instrumento y, por otra, al tamaño reducido de la muestra. Otra limitación de la investigación es la escasa existencia de estudios locales con hombres que ejercen violencia que permitan contrastar los resultados obtenidos.

Sería importante, a futuro, realizar estudios con el mismo instrumento en hombres que no hayan ejercido violencia en la pareja, con el fin de ver las diferencias y similitudes entre estos grupos y así diseñar estrategias aún más precisas para los hombres que ejercen violencia. Así también podrían realizarse estudios en hombres que ejercen violencia en la pareja, pero que se encuentren en distintos momentos del tratamiento, o sin intervención alguna, para poder contrastar ambos resultados y ver cómo influye el proceso terapéutico en ellos.

Referencias

Abarca, G. Carvajal, C. & Cifuentes, A. (2012).  Análisis de las concepciones de la masculinidad a la base de la intervención en hombres propuesta por el plan de seguridad pública del Ministerio del Interior. Revista de Psicología de la Universidad de Chile, 21(1),159-184.

Avendaño, C., Krause, M. & Winkler, M. (2011).  Representaciones sociales y teorías subjetivas: relevancia teórica y aplicaciones empíricas.  Psykhe, 2(1), 107-114.

Bonino, L. (2009).  Micromachismos: La violencia invisible en las parejas.  Red Iberoamericana de Masculinidades. Disponible en http://www.redmasculinidades.com

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flechaCorrespondencia a: La correspondencia relativa a este artículo deberá ser dirigida al autor. Hospital Base Valdivia, Chile, E-mail: katia.alvarez@redsalud.gov.cl

Fecha de recepción: Septiembre 2014
Fecha de aceptación: Junio 2015

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