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Izquierdas

versión On-line ISSN 0718-5049

Izquierdas (Santiago) vol.49  Santiago  2020  Epub 11-Ene-2021

http://dx.doi.org/10.4067/s0718-50492020000100236 

Artículos

Ideología y redes políticas en los inicios del socialismo en Chile (1897-1900): los casos de la Unión Socialista y El Pueblo

Ideology and political networks in beginnings of socialism in Chile (1897-1900): the cases ofmthe Socialist Union and El Pueblo

Camilo Fernández-Carrozza* 

*Candidato a Doctor, Facultad de Humanidades, Universidad de Leiden. Investigador asociado al Programa de Historia de las Ideas Políticas en Chile, Universidad Diego Portales. Chile. E-mail: c.a.fernandez.carrozza@umail.leidenuniv.nl

Resumen:

Mediante el examen de sus características ideológicas y redes políticas, el artículo estudia los inicios del socialismo en Chile partir de 1897 con la fundación la Unión Socialista, la primera organización en sostener este pensamiento político. Influidos por el socialismo argentino, especialmente de su ala revolucionaria liderada por José Ingenieros y Leopoldo Lugones, la Unión Socialista en Santiago, junto a un grupo socialista del periódico El Pueblo de Valparaíso, llevaron a cabo un activo trabajo de propaganda. A pesar de la breve existencia de estos grupos, se argumenta que su importancia consiste en haber posicionado el socialismo como una ideología relevante dentro del movimiento obrero chileno.

Palabras clave: ideología; Chile; socialismo; redes políticas; Unión Socialista

Abstract:

Through the examination of its ideological characteristics and political networks, the article studies the beginnings of socialism in Chile from 1897 with the foundation of the Unión Socialista (Socialist Union), the first organization to hold this political thought. Influenced by Argentinian socialism, especially form its revolutionary wing led by José Ingenieros and Leopoldo Lugones, the Unión Socialista in Santiago, along with a socialist group of the newspaper El Pueblo of Valparaíso, carried on an active propaganda work. Despite the brief existence of these groups, it is argued that their importance consists in having stablished socialism as a relevant ideology within the Chilean working-class movement.

Keywords: Ideology; Chile; socialism; political networks; Unión Socialista

Introducción

En 1897 se funda en Santiago la Unión Socialista, la primera organización política conocida en Chile en adoptar el socialismo como ideología. Liderada por algunos dirigentes desvinculados del Partido Democrático (PD) y otros trabajadores sin militancia previa, la Unión Socialista supuso un esfuerzo inédito de propaganda socialista en esos años, difundiendo ideología que, hasta entonces, había encontrado una recepción limitada entre los sectores obreros. Sin embargo, el partido no tuvo los resultados esperados. Apenas dos años después, en medio de disputas internas y problemas organizacionales, había dejado de existir y sus militantes se disgregaron rápidamente. Mientras algunos de sus miembros se convirtieron en destacados dirigentes anarquistas en los años posteriores, otro grupo se reincorporó a las filas del PD y, con ello, se constituyó una débil, pero permanente corriente socialista al interior del partido.

A pesar de la originalidad de esta experiencia política a nivel local, los estudios sobre el primer socialismo en Chile siguen siendo escasos. Por el contrario, las numerosas investigaciones centradas en el socialismo en Chile suelen girar en torno a la figura de Luis Emilio Recabarren, o bien desde el Partido Obrero Socialista y el Partido Comunista.1 Pero, sin desconocer la gran importancia de estos estudios, y de los casos del POS y PC en particular, ¿en qué momento el socialismo comenzó su inserción en el sistema político? ¿cuándo comenzó a pensarse como una ideología capaz de ser puesta en práctica? ¿quiénes impulsaron la organización del socialismo como fuerza política? ¿Qué características tuvo el socialismo en sus inicios? En el artículo se abordan algunas de estas cuestiones precisamente a través del caso de la Unión Socialista, como primera manifestación partidaria conocida del socialismo en Chile entre fines del siglo XIX y comienzos del XX.

En la historiografía, la Unión Socialista suele mencionarse como antecedente de otras experiencias políticas y, por la deriva ácrata de algunos de sus miembros, se le encasilla dentro del anarquismo o el socialismo libertario. Es el caso de la investigación de Massardo sobre el pensamiento de Luis Emilio Recabarren,2 en donde se examina la Unión Socialista dentro la influencia anarquista que recibió el dirigente obrero. De manera similar, Sergio Grez se ha detenido en esta organización en sus estudios sobre el anarquismo en Chile, presentándola como origen común de socialistas y anarquistas,3 pero con énfasis en estos últimos. En esta línea, Mario Garcés destaca la formación de la Unión Socialista como la expresión de un “socialismo sin partido” que, no obstante sus limitaciones, jugó un papel central en la organización del movimiento obrero, principalmente a través del anarcosindicalismo que le sucedió.4 Por último, en su recopilación de fuentes sobre el pensamiento socialista en Chile, Devés y Díaz dedican capítulo al socialismo ácrata, en donde incluyen documentos relevantes de la Unión Socialista.5

Aunque los trabajos mencionados proporcionan antecedentes importantes sobre las primeras manifestaciones del socialismo en Chile a través del caso de la Unión Socialista, un examen más detenido de la misma nos revela nuevos elementos sobre esta ideología. En este artículo se profundiza en las características ideológicas del socialismo en Chile en los casos de la Unión Socialista y el periódico El Pueblo de Valparaíso entre 1897 y 1900, atendiendo tanto al contenido de sus ideas como a las redes intelectuales que contribuyeron a su formación. A pesar de su corta existencia, esta organización representó un incipiente esfuerzo por difundir el pensamiento socialista en el campo político-partidario, en un periodo en donde los problemas derivados de la cuestión social y la proletarización aún no lograban ser encauzados totalmente dentro del sistema político chileno. En ese sentido, y a pesar de su escaso éxito político, se sostiene que la Unión Socialista logró instalar el socialismo como una corriente visible, aunque minoritaria, dentro del movimiento político obrero del periodo.

Lo anterior fue posible gracias a que esta agrupación puso en contacto a una diversidad de militantes obreros, a la vez que inició la circulación de una cantidad importante de literatura y propaganda socialista. Por un lado, si bien algunos líderes de la organización decantaron en el anarquismo, como es el caso de Alejandro Escobar y Carvallo, Magno Espinoza y Luis Olea, no es menos importante el influjo que la “democracia” -como los propios militantes del PD llamaban a su doctrina- tenía entre los primeros socialistas. Varios de estos últimos se formaron políticamente al alero del PD, y durante la existencia de la Unión Socialista hubo un contacto directo entre ambas colectividades, principalmente con los demócratas de Valparaíso y su periódico El Pueblo. Por otro lado, fue especialmente significativa la influencia del socialismo argentino a través de las figuras de José Ingenieros y Leopoldo Lugones. Aunque asociados al Partido Socialista Argentino, ambos personajes representaron una corriente socialista revolucionaria dentro de su partido, a la vez que integraban la extensa red intelectual del modernismo literario latinoamericano. Mediante un temprano intercambio de correspondencia iniciado en 1897, los socialistas chilenos recibieron variados folletos, libros y periódicos socialistas de Europa y Argentina, lo cual facilitó su tarea de propaganda al interior del país.

Sin embargo, es importante destacar la poca consistencia ideológica del socialismo de esos años, que, hasta el periodo aquí indicado, no contaba con ningún antecedente partidario en Chile. Lejos de ser un pensamiento acabado y coherente, el socialismo que se desarrolló en la región entre fines del siglo XIX y comienzos del XX se nutrió de numerosas variantes como el positivismo, el marxismo, el republicanismo e incluso algunas formas de liberalismo. En el caso argentino tuvo un peso importante el socialismo de la II Internacional, mientras que en el chileno la vertiente más radical de Ingenieros y Lugones tuvo un desarrollo particular. Chile presentaba un contexto evidentemente distinto al argentino, sin organizaciones sindicales fuertes ni con movimientos anarquistas o socialistas organizados y masivos, siendo el PD el único partido que aspiraba a representar a los trabajadores. En esas condiciones, el socialismo se vio, por un lado, sin rivales hacia la izquierda, constituyéndose rápidamente en un discurso más radical que el demócrata, lo cual facilitó su tránsito hacia el anarquismo. Por otro lado, la amplitud ideológica de los socialistas y del PD permitió cruces suficientes como para que otros promovieran el socialismo desde las filas demócratas. En uno y otro caso, el análisis de la difusión del pensamiento socialista debe considerar este escenario ideológico, en donde socialistas y anarquistas y, hasta cierto punto, demócratas compartían un trasfondo conceptual común que en esos momentos aún no implicaba una división estricta.

En términos metodológicos, el artículo se ubica dentro del campo de la historia intelectual y examina las ideas y las redes políticas que permitieron la difusión y recepción del socialismo en Chile (Santiago y Valparaíso) a través del contacto con Argentina. Desde este punto de vista, la novedad de este caso de estudio no consiste tanto en la aparición del término socialista, sino en los usos e intenciones que comienza a hacerse del mismo6. El socialismo deja de ser usado solo incidentalmente o como un pensamiento que se mueve a nivel meramente teórico, para pasar a ser una ideología política como tal, es decir, una forma de pensamiento en acción, que busca convocar y movilizar políticamente a través de sus marcos cognitivos y conceptuales7. Este cambio se observa precisamente a través de las redes antes descritas, las que están enfocadas precisamente a la formación de una organización capaz de desenvolverse en el campo político contingente, y en el desarrollo de una forma de pensamiento que más que buscar una coherencia doctrinaria, buscaba abordar problemas políticos concretos.

Junto con lo anterior, en este trabajo también se pone énfasis en el proceso de recepción y circulación que tuvo el socialismo en los años aquí estudiados, aproximación que ha resultado particularmente importante en los estudios sobre el marxismo en América Latina, entre los que destacan los libros de Horacio Tarcus, Marx en la Argentina, y más recientemente, El marxismo en México, de Carlos Illades8. Aunque este artículo no trata sobre el marxismo en específico, sino del socialismo en términos más amplios, las aproximaciones de los libros mencionados resultan significativas en tanto que, como sostiene Tarcus, “las ideas no viajan solas, sino a través de los sujetos que son sus portadores y por medio de sus soportes materiales favoritos (libros, folletos, revistas, periódicos, etc.)”.9 Así, al referirnos a las redes políticas analizadas en el artículo, se dará énfasis a dos momentos identificados por Tarcus: la difusión de ideas a través de libros, folletos, periódicos y revistas, así como de los intelectuales y sus redes, y la recepción misma, entendida como “la difusión de un cuerpo de ideas en un campo de producción diverso del original desde el punto de vista del sujeto receptor.”10 Para el caso bajo estudio, el análisis del contenido ideológico del socialismo, tanto en sus aspectos semánticos como conceptuales, no puede desprenderse del proceso de circulación que permitió su difusión en Chile.

Para lograr lo anterior, se utilizaron principalmente publicaciones periódicas asociadas a los actores estudiados (El Proletario y El Pueblo, principalmente), así como las cartas que se conservan de Escobar y Carvallo y Luis Olea enviadas a José Ingenieros y Juan B. Justo, escasamente utilizadas hasta ahora. El artículo se estructura en tres secciones. En primer lugar, se realiza una breve contextualización del momento político previo a la fundación de la Unión Socialista, destacando el papel de los demócratas del periódico La Igualdad y la agrupación gremial llamada Centro Social Obrero. En segundo lugar, se analizan los documentos relativos a la Unión Socialista, con especial atención en su contenido político, particularmente la tensión ideológica con el anarquismo, así como en la circulación de ideas y folletos provenientes de Argentina. Por último, se examina el caso de El Pueblo, periódico demócrata de Valparaíso que contó con numerosas colaboraciones de escritores socialistas, quienes, sin pertenecer formalmente a la Unión Socialista, formaron parte de una misma red política.

Organización obrera a fines del siglo XIX

Hacia fines del siglo XIX en Chile, los problemas derivados de la llamada cuestión social habían comenzado a generar inquietud entre los grupos políticos más progresistas y los trabajadores organizados. Si bien algunos sectores del artesanado y del mundo popular tuvieron presencia política desde al menos 1820, participando al alero de la oposición liberal,11 estos no constituyeron agrupaciones políticas duraderas propias. Asociados a instancias promovidas por la elite liberal o bien organizados en mutuales y cooperativas, las cuales tenían un fuerte componente apolítico, los trabajadores no contaban con un partido que declarara abiertamente la defensa de los intereses obreros y populares. Esta situación se mantendría hasta fines de 1887 con la fundación del PD por parte de un grupo de jóvenes descontentos del Partido Radical, quienes promovían un programa reformista más avanzado.12

Aunque el PD apeló desde sus inicios a los sectores populares, al declarar como objetivo la “emancipación política, social y económica del pueblo”, su ideología política era heterogénea. Su discurso recogía algunas de las demandas sociales y laborales tradicionales de los artesanos y trabajadores como mejoras en la instrucción y la enseñanza de oficios, protección a la industria nacional, reformas al servicio militar y la Guardia Nacional, así como reformas políticas que facilitaran la representación de los trabajadores. Sin embargo, su pensamiento estaba lejos de constituir una doctrina del todo coherente. Sergio Grez ha clasificado el ideario de los sectores populares del siglo XIX y del mismo PD como liberalismo popular, es decir, una apropiación del liberalismo de la elite por parte del pueblo. No obstante, en la “democracia” confluían una variedad de corrientes de pensamiento que excedían al liberalismo. El fuerte componente proteccionista y la importancia dada al rol del Estado permitían cruces con discursos mutualistas y republicanos, ampliando las vertientes ideológicas al interior del partido. Igualmente significativo fue el legado de Francisco Bilbao, cuyo ideario romántico y revolucionario lo convirtieron en un ícono para los demócratas, llegando a ser considerado el padre de la “democracia” en Chile.

A pesar de esta heterogeneidad ideológica, el socialismo parece haber tenido escasa presencia en el movimiento popular chileno y en el PD. Las primeras formulaciones más o menos sistemáticas del socialismo se encuentran recién a partir de 1893 en algunos escritos de Víctor José Arellano, en su polémica con el Arzobispo Mariano Casanova.13 Sin embargo, a nivel partidario el socialismo carecía de una aceptación explícita. En el caso del PD, algunas manifestaciones tempranas del término se encontraban en el periódico La Igualdad de Santiago, publicado entre 1894 y 1896, a cargo del publicista Hipólito Olivares, quien junto a su hijo José Gregorio Olivares y otros militantes demócratas, constituyeron una suerte de ala “izquierda” en el partido. A pesar de que el periódico enfatizaba la oposición entre clases y denunciaba la explotación a los trabajadore s, el empleo de las palabras “socialista” o “socialismo” era esporádico e inconsistente. Más que ser comprendido como un cuerpo coherente de ideas o conceptos, es probable que el socialismo pareciera complementario al ideario y vocabulario político de los obreros del periodo, principalmente debido a su lenguaje organicista y su énfasis en crear una nueva sociabilidad.

No obstante, La Igualdad es relevante por ser un antecedente inmediato de la Unión Socialista. Hacia 1896 se habían comenzado a agrupar en torno a los Olivares y su periódico un grupo de demócratas que se oponían a la dirección del partido, así como otros trabajadores sin militancia, como fue el caso de Alejandro Escobar y Carvallo, quien entonces recién comenzaba su actividad política y literaria.14 Este proceso se vio reforzado con la fundación, a principios de ese mismo año, del Centro Social Obrero, organización gremial que agrupaba a obreros de diversos oficios y tendencias políticas, pero con una participación demócrata significativa. El principal punto de discordia entre La Igualdad y la dirección del PD fue la tentativa de esta última de ingresar a la Alianza Liberal, coalición de la elite liberal, con miras a las elecciones de ese mismo año. La tensión entre ambas corrientes se resolvió finalmente a favor de la dirección del PD, lo que resultó en la expulsión de algunos demócratas disidentes a mediados de 1896, entre ellos los Olivares.15 Este hecho impulsó la “radicalización” de ciertos dirigentes, la que se manifestó por medio del Centro Social Obrero y su publicación El Grito del Pueblo a fines de 1896. Aunque este periódico tuvo una corta duración (cinco números) y no se declaraba socialista, expresó el descontento que existía entre los demócratas y dio cuenta de una incipiente circulación del socialismo. Así, en tan solo unos pocos años, el contexto político que enfrentaba el PD había generado condiciones suficientes para que algunos trabajadores intentaran plasmar el socialismo en una organización independiente. Como se verá en las secciones siguientes, si bien los socialistas no contaron con una organización ni una militancia suficientes para constituir un partido sólido, sí dispusieron de una cantidad importante de bibliografía y redes que les permitieron difundir su pensamiento político en Santiago y Valparaíso. Sin embargo, y debido en parte al contexto chileno, este primer socialismo se vio tensionado entre sus vertientes más radicales, que lo empujaban hacia el anarquismo, y las corrientes demócratas y liberales, preponderantes entre los obreros politizados.

La Unión Socialista como primera expresión partidaria del socialismo

El 19 de agosto de 1899, El Pueblo, órgano de prensa del PD de Valparaíso, publicaba un artículo titulado “El socialismo en Chile”, escrito por Francisco Garfias, colaborador frecuente en dicho periódico y asociado al movimiento socialista de esos años. De acuerdo a Garfias, no fue sino hasta 1896 que “la idea socialista pudo ser conocida en esta república, pues antes no se sabía de ninguna organización obrera que participara públicamente, sin ambages, de este gran ideal”. Aunque reconocía que para ese entonces ya existían ciudadanos aislados “iniciados perfectamente en las doctrinas de Carlos Marx”, estos no habían logrado organizarse, pues no esperaban encontrar éxito en formar un partido que se habría llamado “Partido Socialista Obrero” como los había en los países más adelantados. Sin embargo, gracias a “buenos escritores jóvenes” que proclamaron la necesidad del socialismo, los obreros fueron poco a poco iniciándose en autores como “Carlos Marx, Enrique Terri [Ferri], Edmundo D’ Amicis, Juan Grave [Jean Grave], Pedro Kropotkin, Enrique Malatesta, Sebastián Faure y demás titanes de la lucha por la emancipación social del proletariado”.16

Finalmente, añade Garfias, “La primera organización socialista obrera fundada en Santiago fue la Unión Socialista, que tuvo la gloría de ser bautizada con sangre”. En su fundación, él mismo había sostenido que la organización de los trabajadores se imponía como una necesidad, pero que “la dispersión de fuerzas” y “las divisiones de los proletarios” redundaban en un perjuicio para ellos mismos. Ya en 1899, Garfias agregaba con más convencimiento que “mientras el proletariado permanezca dividido, fraccionado, nunca podrá conseguir triunfo alguno en sus aspiraciones, porque la unión, firmemente ligada, por brazos indisolubles, como son los de sus propios intereses, hace la mayoría y constituye la fuerza”.17

El breve relato de Garfias constituye uno de los pocos recuerdos durante esos años de la efímera Unión Socialista, y entrega algunas pistas significativas para reconstruir el entramado político e ideológico de la organización. En primer lugar, como se indicó antes, parecen no haber existido partidos o agrupaciones abiertamente socialistas antes de 1896. Aunque Garfias no lo dice, lo más probable es que al indicar ese año se refiriera al mencionado Centro Social Obrero y a su publicación antes mencionada, El Grito del Pueblo. En segundo lugar, ¿quiénes eran aquellos individuos instruidos en Marx y los “buenos escritores jóvenes”? Puede que entre ellos hubiese considerando a algunos dirigentes demócratas y del Centro Social Obrero, sobre todo a José Gregorio Olivares, pero es mucho más probable que se refiriera a Alejandro Escobar y Carvallo, Luis Olea y Magno Espinoza, grupo que, como se verá luego, fue el primero en establecer un esfuerzo de difusión del pensamiento socialista. Por último, ¿qué clase de socialismo promovía la Unión Socialista? La lista entregada por Garfias es explícita, pero está lejos de aclarar su contenido. A pesar de Marx y los socialistas italianos (Ferri y De Amicis), los anarquistas tenían un peso significativo. En efecto, aunque la Unión Socialista tuvo una deriva anarquista importante, el término socialista en esos años parece haber sido lo suficientemente amplio para abarcar a una gran diversidad de autores y corrientes políticas cercanas. Por lo tanto, es necesario tomar en cuenta estos aspectos de la Unión Socialista, tanto sus redes políticas como sus fuentes ideológicas, para reconstruir el carácter del primer momento del socialismo en Chile a fines del siglo XIX.

¿Cuál era el origen de la Unión Socialista? A nivel partidario, sabemos con certeza que se formó en Santiago durante el invierno de 1897. En su fundación estaban directamente involucrados los ya mencionados Olea, Espinoza y Escobar y Carvallo, más Hipólito Olivares y J. Gregorio Olivares, recientemente expulsados del PD, así como otros demócratas asociados al Centro Social Obrero. Clave para la formación de este grupo fue el contacto que entre 1896 y1897 inició Escobar y Carvallo con los socialistas argentinos José Ingenieros y Leopoldo Lugones,18 que sin duda significó un impulso para la constitución de un partido socialista en Chile. Sin embargo, en términos institucionales, el desarrollo inicial de la Unión Socialista fue dificultoso. Aunque sus militantes ya se encontraban agrupados desde unos meses antes, no sería hasta el 20 de septiembre de 1897 que dieron inicio a una publicación propia, El Proletario, con Luis Olea como redactor. Por otra parte, la sesión inaugural se realizó recién el 17 de octubre de ese mismo año, y fue interrumpida violentamente, probablemente por individuos enviados por las autoridades locales. Este incidente habría desmotivado a los socialistas, además de aumentar la disputa que se arrastraba tempranamente entre el grupo de J. Gregorio Olivares y el de Escobar y Carvallo, Olea y Espinoza.19 De todas formas, el colectivo insistió en su propósito de constituirse en Partido Socialista, lo cual se concretó el primer semestre de 1898 pero sin el éxito esperado. Sus remanentes persistieron en su actividad propagandística y el 3 de julio de ese mismo año publicaron la revista El Martillo -a cargo de José Gregorio Olivares-, de la cual solo se imprimieron dos números. A pesar de ello, las divisiones internas ya habían debilitado significativamente al partido, dejando de existir a fines de 1898.

La documentación disponible revela algunas razones del fracaso de esta experiencia política. Por un lado, resultó muy difícil para los líderes de la organización reunir a un grupo idóneo de militantes, debido a la gran cantidad de asociaciones obreras en la capital y por la falta de educación y preparación de los trabajadores. Escobar y Carvallo indicaba en una carta del 24 de noviembre de 1897 a José Ingenieros que la Unión Socialista no marchaba como debía ya que “los obreros, en Chile, carecen de instrucción y cultura política”.20 Por su parte, Luis Olea, en una carta a Ingenieros fechada el 23 de diciembre de ese mismo año, manifestaba su desacuerdo con la prematura fundación del Partido Socialista, pues “la Bandera Roja necesita ser desplegada por los hombres convencidos, dispuestos al sacrificio, y que sin escatimar medios entreguen hasta la cabeza cuando sea necesario”, mientras que el partido solo contaba con “soldados faltos de fe y decisión”.21 La queja volvía a repetirse por medio de Escobar y Carvallo en una nueva carta a Ingenieros del 6 de abril de 1898. Allí le manifestaba hacer lo posible por lograr “la armonía y la unión entre los socialistas”, pero aclarando que el problema central era “la falta de instrucción elemental, de educación socialista ’. A ello agregaba que era “tanta la ambición de los obreros, de Santiago, por ser caudillos, apóstoles, jefes, etc., que existe aquí un sinnúmero de sociedades obreras y de grupos políticos, que no sirven de nada”. Según la misma carta, solamente en el depa rtamento de Santiago existían 50 sociedades obreras y más de 20 grupos políticos sin relación entre sí y con programas distintos. Finalmente, añadía que dentro de esa gran cantidad organizaciones había al menos tres que rivalizaban para constituirse en Partido Socialista: el Centro Social Obrero, la propia Unión Socialista y la Confederación Democrática Francisco Bilbao. Todas ellas estaban compuestas por “obreros que quieren ser socialistas”, aunque sin la capacidad de conformarse como partido por sí solas .22

Por otro lado, a nivel intrapartidario, la premura por constituir un partido y las desavenencias entre los militantes fueron factores importantes. En la misma carta del 24 de noviembre, Escobar y Carvallo se quejaba de sus compañeros al querer fundar un periódico socialista, pues “pudiendo haber redactado un buen periódico, publicaron ‘El Proletario’, que, además de estar mal redactado, sale a la luz como los abortos, intempestiva y anormalmente”.23 Por otra parte, Olea le comunicaba a Ingenieros que la fundación del Partido “se hizo en condiciones tan desventajosas que casi importan una desilusión para los que conciben el Ideal; todavía no era llegada la hora en que debió proclamársele (...)”.24 No obstante, los problemas más significativos parecen haber ocurrido entre José Gregorio Olivares y Olea. Tanto este como Escobar y Carvallo sospechaban que Olivares sustraía los folletos enviados por Ingenieros, dificultando el trabajo de propaganda. El fondo de esta disputa era, según relata Olea, la intención de Olivares de fundar una publicación de propaganda socialista, La Revista Social. Temiendo que El Proletario le hiciera sombra a la revista, Olivares “ha intrigado y se ha hecho todo lo posible por hacerlo morir”.25 La enemistad entre Olivares y Olea es confirmada por Escobar y Carvallo en una misiva fechada el 6 de abril de 1898. Allí relata que los Olivares (padre e hijo) “cuentan con algunos adeptos que les secundan (...). Al principio iniciaron una campaña de difamación contra Olea, por creerlo su contendor de caudillaje; lo difamaron hasta achacarle que era espía gobiernista”, para luego girarse en su contra, por lo que presentó su renuncia al directorio (ocupaba el cargo de bibliotecario) y a su militancia en el partido. El “cambullonaje de los Olivares”, concluye Escobar y Carvallo, “tuvo por consecuencia el retiro voluntario de muchos buenos compañeros” y “la desorganización del Partido.”26

Sin restar importancia a los factores organizacionales, es claro que varias de las dificultades experimentadas por el partido tuvieron como trasfondo problemáticas ideológicas significativas. Las discrepancias en la conducción del partido, la gran diversidad de grupos obreros y la falta de “educación socialista” entre los militantes no se explican solo por factores político-institucionales, sino que nos remiten al campo de las ideas políticas que, por ese entonces, circulaban entre los trabajadores politizados. A este nivel ideológico conocemos la importante influencia de los autores anarquistas y de algunos socialistas europeos, así como el gran peso del socialismo argentino mediante los ya mencionados José Ingenieros, Leopoldo Lugones, y en menor medida de Juan B. Justo. Tampoco hay que descartar la influencia del amplio ideario demócrata, que, aunque más moderado que el de los socialistas, constituyó el marco político donde se desenvolvían estos últimos y de donde provenían algunos de sus militantes. El resultado fue un pensamiento socialista heterogéneo en su significado y contenido. Expresaba, según Massardo, “un mestizaje de culturales políticas”, principalmente del positivismo evolucionista y el anarquismo recibido por medio de Ingenieros.27 En palabras de Grez, daba cuenta de un “difuso ideario socialista”, en donde varios aspectos del discurso del PD fueron retomados con un dejo de mayor radicalismo marcado por el canto puesto en la lucha de clases y el socialismo”.28 Para clarificar este ideario, a continuación se examina su contenido ideológico, tanto desde sus influencias externas como desde sus manifestaciones locales. Una revisión de estos elementos permite comprender, por un lado, el influjo del socialismo internacional recibido desde Argentina en la difusión de una cantidad importante de obras socialistas en Chile. Por otro lado, tanto por el contexto local como por la variedad de interpretaciones socialistas de la época, permite entender por qué el contenido de este primer socialismo no logró asentarse en organizaciones duraderas ni pudo adquirir una consistencia doctrinaria, oscilando entre el socialismo y el anarquismo durante los últimos años del siglo XIX.

Una identidad ideológica difícil de construir: la Unión Socialista entre el socialismo revolucionario y el anarquismo

¿Qué significaba el socialismo para los miembros de la Unión Socialista? ¿De qué fuentes se nutría su pensamiento? ¿Cuáles eran sus relaciones con otras corrientes políticas? La respuesta a estas preguntas se encuentra en gran medida en el pensamiento socialista internacional de la época, que se recibía principalmente por medio de los socialistas argentinos. En efecto, tenemos certeza de que existía una red intelectual entre argentinos y chilenos que, en términos más amplios, se desenvolvía dentro del movimiento literario del modernismo -al reconocerse casi todos ellos como escritores e intelectuales-29 pero que servía, al mismo tiempo, como medio de difusión política. Ya en el número dos de El Grito del Pueblo se dedicaba un artículo a “los compañeros de Buenos Aires”, reconociendo que las ideas “cruzan mares como el Atlántico, para llegar al cosmopolita Buenos Aires”, y luego atraviesan “soberbias cordilleras, como los Andes, para sentar sus reales en el indolente Chile”, dando cuenta del incipiente contacto con sus pares trasandinos.30 Este contacto se vuelve mucho más fluido una vez establecida la Unión Socialista, al punto que La Vanguardia, periódico de los socialistas argentinos, dio cuenta solo un día después del ataque acometido contra sus pares chilenos en su sesión inaugural.

Más allá del intercambio de informaciones, ¿qué material teórico y de propaganda proporcionaban los socialistas argentinos? Las cartas enviadas por Escobar y Carvallo y por Olea nos entregan una lista detallada de los escritos recibidos. En el caso de Escobar y Carvallo, hay registro de al menos tres paquetes enviados por parte de Lugones, Ingenieros y Juan B. Justo, respectivamente. En el primero, da cuenta de haber recibido nueve copias de La modera lucha de clases, de Filippo Turati, y La táctica revolucionaria, de Georgi Plejánov, así como un ejemplar de Socialismo y ciencia positiva, de Enrico Ferri, y números de La Montaña, periódico socialista de Ingenieros y Lugones.31 La segunda entrega contenía una copia de Bases económicas del Derecho, del italiano Aquiles Loria, diez copias de La táctica revolucionaria de Plejánov, más números de La Montaña y una copia de Qué es el socialismo, de Ingenieros (las que Escobar y Carvallo reconoce son sus lecturas predilectas). Asimismo, recibió una copia de La mentira patriótica, el militarismo y la guerra: cuestión argentino-chilena, también de Ingenieros, y una serie de folletos socialistas europeos no especificados.32 Adicionalmente, Juan B. Justo le envió en el segundo semestre de 1898 su folleto En los Estados Unidos, texto que reseñó en las páginas de El Pueblo, de Valparaíso.33 Finalmente, el mismo Escobar y Carvallo recuerda haber recibido los periódicos La Vanguardia (Buenos Aires), El Socialista (Madrid), La Antorcha Valenciana (Valencia) y La Lucha de Clases (Bilbao), entre otros.34 En cuanto a Olea, hay registro de al menos un paquete recibido a fines de 1897, que incluía los siguientes folletos: Socialismo y ciencia positiva, de Ferri, El derecho a la pereza, de Paul Lafargue, Eos instigadores y La modera lucha de clases, de Turati, un folleto sobre la cuestión social (probablemente Observaciones sobre la cuestión social, de Edmondo de Amicis), así como los prospectos de La Montaña y El Lirio Rojo.35

Esta lista de folletos y libros enviados desde Argentina ayuda a esclarecer algunas características de la ideología que nutría a los miembros de la Unión Socialista. En términos más generales, se advierte la abrumadora presencia de material socialista, pues casi pertenecían al movimiento socialista de sus respectivos países. Estas lecturas tenían como trasfondo ideológico el socialismo de la II Internacional, que promovía el marxismo como doctrina “científica” con tintes positivistas, economicistas y evolucionistas. A grandes rasgos, siguiendo a Sassoon, el socialismo de la Internacional en esos años podía sintetizarse en tres proposiciones principales. Primero, que el orden capitalista existente era esencialmente injusto, pues ocultaba la apropiación de la riqueza producida por los obreros por parte de los capitalistas. Segundo, que la historia se dividía en fases caracterizadas por un sistema económico específico, del cual era capitalismo era una más, y por tanto, transitorio. Por último, los trabajadores constituían una clase homogénea y con intereses comunes, lo que demandaba su organización política y laboral para superar el régimen presente.36

A nivel local, la difusión del socialismo internacional operaba mediante una red de circulación estrechamente ligada al recientemente fundado Partido Socialista Argentino y al Partido Socialista Obrero Español. El rol de los socialistas argentinos fue crucial, pues en 1896 habían fundado la Biblioteca Científica Socialista, lo que dio pie a la circulación de una gran variedad de bibliografía socialista con sus pares españoles.37 Si se comparan los títulos de ese intercambio entre argentinos y españoles, puede constatarse que son casi exactamente los mismos que se están enviando a Chile por esos años. Así, el trasfondo que proveía la II Internacional llegaba a Chile mediado por los socialistas argentinos, quienes mantenían una línea de acción política reformista y en donde jugaba un rol preponderante la figura de Juan B. Justo.

Sin embargo, una mirada más detallada da cuenta de que la influencia corresponde a una corriente más radicalizada del socialismo argentino, precisamente aquella sostenida por Ingenieros y Lugones. Hacia 1897, ambos personajes se organizaban en torno al periódico La Montaña, y sus escritos parecen haber tenido una buena recepción por parte de los círculos políticos asociados al incipiente socialismo chileno, pues algunos de ellos fueron reproducidos en sus medios de prensa. En Chile se habría tenido conocimiento tempranamente de este periódico, como da cuenta una nota publicada por Mario Centore en El Pueblo y que luego fue reproducida en el número 3 de La Montaña, donde se saludaba la aparición del periódico argentino. El hecho de que se recibiera en más de una ocasión la totalidad de sus doce números, así como la reproducción de una breve declaración de principios, titulada “Somos socialistas” en el primer número de El Martillo -publicada originalmente en el número 1 de La Montaña- indican que el periódico tuvo importancia dentro de las filas de la Unión Socialista.38

¿Qué clase de socialismo era promovido por Ingenieros y Lugones? Como ha señalado Tarcus,39 la posición política de La Montaña se ubicaba en lo que sus propios redactores llamaban socialismo revolucionario y en el modernismo, movimiento literario del que participaban los dos personajes mencionados. Aunque compartían en parte las concepciones científicas del socialismo argentino liderado por Juan. B. Justo, el grupo de La Montaña presentaba diferencias importantes. Por un lado, debido a su relación con el modernismo, sus propósitos no se limitaban a lo estrictamente político, pues su acción no se dirigía solo a los trabajadores y obreros, sino también a los intelectuales. En tanto modernistas, Ingenieros y Lugones intentaron unir las problemáticas de ambas esferas y, por consiguiente, postularon la labor artística y literaria como una vía de emancipación.40

Por otro lado, un punto de quiebre significativo fue su postura revolucionaria con un marcado acento antiestatista y antiautoritario, reivindicando medios de acción directa que excedían los espacios políticos institucionales. Este cariz radical del socialismo de Ingenieros y Lugones hizo que su discurso se asemejara en algunos aspectos al anarquismo, pues contrastaba con las medidas de corte reformista del partido. No obstante, mediante algunas polémicas con los ácratas, particularmente con Juan Creaghe, ambos personajes fueron claros en diferenciarse de los “métodos anarquistas”, a los cuales consideraban demasiado radical y sin el sustento “científico” del socialismo. 41 En este punto, habría que reconocer más bien que, como indica Tarcus, “muchas de las ideas o valores luego reputados como propios del anarquismo constituían para la década de 1890 un fondo ideológico común”.42 En efecto, más allá del ideario común de la prensa política obrera de la época, La Montaña se autoposicionaba en la vereda socialista, publicando fragmentos de las obras de autores como Deville, Ferri, Vandervelde, Marx, Guesde, Lafargue, Bebel, Jaures, Turati, Blanc e incluso Stuart Mill.

La Unión Socialista se nutría entonces de esta vertiente radical de socialismo que se ubicaba entre sus versiones más moderadas y la estrategia insurreccional del anarquismo de aquel entonces. A su vez, el contacto directo con los argentinos los integró a una red de circulación de ideas y de literatura política y social que facilitó su difusión en Chile, aumentando de manera importante el acervo bibliográfico disponible. No obstante, su recepción en el contexto chileno hizo que el socialismo revolucionario se adaptase de un modo mucho más laxo en términos teóricos, al estar dirigido principalmente a la propaganda política y a la difusión de nuevas ideas que ofrecieran respuestas a las problemáticas económicas y sociales de las clases trabajadoras. Así, en la editorial del primer número de El Proletario, J. G. Olivares declaraba como propósito de la agrupación el “condenar el sistema actual bajo las bases en que descansa nuestra vetusta y antisocial sociedad”, denunciando a los gobiernos y sus “constituciones anémicas”, a los partidos y sectas con “programas indefinidos”, a las “individuales egoístas”, las “Literaturas decadentes de cerebros enfermizos”, divisando “por todas partes corrupción, servilismo y miserias”. Su artículo concluía enfático: “La lucha de clases, desconocida hasta ayer en Chile, se empeñará desde hoy, y frente a frente proletarios y burgueses, artistas y profanos, reformadores y reaccionarios, víctimas y verdugos, el pueblo decidirá”.43

Este periódico se destacaba principalmente por expresar de forma más radical el ideario reformista y revolucionario del periodo, resaltando el antagonismo de clase y la necesidad de un cambio social profundo. En sus páginas encontramos reiteradas veces la denuncia a los engaños y a la explotación ejercida por la aristocracia y la burguesía en contra del pueblo. Así, por ejemplo, un articulista expresaba que “esa clase que se llama dirigente acaso porque no es capaz de dirigir bien ni sus propias pasiones tiende cada día más a hacer insoportable y angustiosos el yugo, bajo el cual gime el pueblo trabajador”.44 En un tono más duro, otra colaboración señalaba que “no es posible creer que el que produce y trabaja se muera de hambre mientras el ocioso zángano de la burguesía derrocha en un rato de orgía el dinero necesario para sustentar más de cien familias”.45 En esa línea, la editorial de su último número era enfática al sostener que, convencidos de “los perniciosos efectos del régimen autoritario, que bajo diferentes formas nos tiraniza”, el Partido Socialista iría contra “todo orden existente para construir sobre sus ruinas los cimientos de la sociedad perfecta bajo un régimen de igualdad, de justicia y de libertad”.46

Mas, ¿cómo se llegaría al nuevo régimen? En este aspecto, si bien sus miembros defendían el carácter revolucionario de su ideal, guardaban distancia de medios de acción radicales. Olea, por ejemplo, reconocía la importancia de la reforma social, pero manifestaba que “solo nos limitaremos en nuestra propaganda humanitaria a propender por los medios persuasivos y legales a que El Proletario, continúe su tarea progresiva”.47 Magno Espinoza, por su parte, era más explícito en rechazar métodos demasiado radicales. Frente a quienes creían que los socialistas recurrían a “medios ilegales” y a la “rebelión armada”, acusándolos de anarquistas, Espinoza mantenía: “reprobamos esas teorías porque creemos que por estos medios no lograremos jamás ver realizado nuestro pensamiento sino crearnos obstáculos y desprestigiar los nobles ideales que sustentamos”. Agregaba, luego, que “la revolución social es todo aquello que trata de innovar lo perjudicial por o bueno y legal; reforma de la constitución de la actual sociedad y al emanciparse el proletario se destrona la burguesía; tenemos que somos revolucionarios y en muy alto grado”.48 Tal vez la expresión más elaborada era la de Escobar y Carvallo, quien sostenía que para alcanzar su meta el Partido Socialista proclamaba la “conquista del poder”, la que explicaba en los siguientes términos:

“no se hará por la guerra de cada explotado contra su explotador (atentado) ni por la de todos los explotados contra todos los explotadores (rebelión), sino por la científica aplicación combinada de las leyes naturales de Carlos Darwin, con las leyes económicas de Carlos Marx, o sea la proximidad de la última fase de la evolución natural, la revolución económica político-social.”49

Estas concepciones políticas resultan significativas a la luz del desarrollo que experimenta este primer socialismo luego de la desaparición del partido, pues, con la excepción de Olivares, sus principales líderes devienen en anarquistas. Como se dijo anteriormente, esto ha significado que la Unión Socialista sea considerada más cercana a corrientes libertarias y ácratas. No obstante, como se ha visto hasta ahora, el fuerte influjo de los socialistas argentinos y material enviado por Ingenieros dan cuenta de un ideario que se ubica principalmente en el campo socialista, a pesar de que su carácter revolucionario lo acercara al anarquismo. ¿Cómo interpretar este cruce ideológico? Dado que el anarquismo y el socialismo compartían un lenguaje e ideario común, dicha distinción no puede ser exacta, sobre todo considerando que la transición al anarquismo ocurre de forma paralela a la desintegración de la agrupación. Un momento importante de este proceso se da el 6 de marzo de 1898 con la publicación del periódico La Tromba, a cargo de Escobar y Carvallo, y que definía como “semanario de sociología, ciencias, arte, filosofía, socialismo, variedades y actualidad”, y luego el 20 de noviembre del mismo año con la publicación de El Rebelde, esta vez autodefinido como periódico anarquista, bajo la dirección de Magno Espinoza. Ambas publicaciones son consideradas el inicio del anarquismo en Chile y parecen quebrar con el socialismo previo, al adscribir a lo que en sus páginas llaman “comunismo anárquico” o “ácrata”. Sin embargo, su fondo ideológico seguía siendo similar a las publicaciones de la Unión Socialista y, por tanto, la separación entre socialismo y anarquismo no era del todo clara.

Lo anterior queda de manifiesto en una carta de Escobar y Carvallo a Ingenieros del 6 de abril de 1898. Según el contenido de esta, Escobar y Carvallo había enviado un número de La Tromba a Ingenieros, quien habría criticado por el uso del término “comunismo ácrata” que aparecía al final del prospecto del periódico, por considerarlo “amorfo” e “incomprensible”. La aclaración de Escobar y Carvallo en la misiva es extensa. En primer lugar, justifica el uso del término por considerar que “sintetiza la prístina forma de vida humana a la cual (...) va el socialismo, en su forma política de gobierno”. Por acracia, continúa, entendía “la única faz de la vida natural de los hombres libres”, mientras que por comunismo se refería a “la base científica necesaria a esta misma vida y la adaptación de la propiedad, en carácter colectivo o social, que elimine la supervivencia de los más fuertes y la preeminencia de los más avaros”. En ese sentido, el comunismo ácrata estaba englobado dentro del socialismo, al ser, como explicaba luego, el “último periodo del desarrollo sociológico, político y económico del socialismo”. Anarquismo y socialismo no estaban entonces en oposición, sino que eran de hecho parte de un mismo ideal político.

En segundo lugar, Escobar y Carvallo explicaba que las diferencias entre socialismo y anarquismo se reducían principalmente a una cuestión de métodos. Identificaba en los anarquistas la presencia de una “fiebre humanicida” [sic], pero no porque sean tales, sino porque son ignorantes de lo que hacen al asesinar a un semejante, instigados muchas veces por los “anarquistas intelectuales”. Luego, este se muestra completamente de acuerdo con la opinión de Ingenieros sobre a la acción anarquista, citando un fragmento de la carta previa enviada por este último. Allí, Ingenieros le indicaba que anarquista no es aquel que quiere la supresión de la autoridad, sino significa “individuo que es partidario del método de la acción anarquista, que es contrario al método de acción socialista.” Por lo que hemos visto, la acción anarquista estaba mucho más ligada a medios violentos, mientras el socialismo apelaba a una base “científica”. El mismo Escobar y Carvallo refrendaba luego esta idea, aceptando que la diferencia “está en el método de acción (las finalidades son semejantes)”. Concluía este asunto afirmando que no dejaría “las filas socialistas para pasar a las anarquistas, por cuestiones personales; lo haría solo por una ‘evolución de mis ideas’”.50

Las reflexiones de Escobar y Carvallo son reveladoras del mundo común que compartían por ese entonces las corrientes políticas de reivindicación social, ya sean reformistas o revolucionarias. Además, permiten entender la incapacidad de este primer socialismo de asentar su identidad como tal, deviniendo rápidamente en anarquismo. Considerando que la diferencia principal entre ambas formas de pensamiento radica, según lo dicho por Escobar y Carvallo, en una cuestión de métodos, es plausible afirmar que el anarquismo no se diferenciaba todavía en su fondo ideológico del socialismo, siendo una de sus posibles formas políticas. En Chile esto resulta particularmente relevante, pues no existían con anterioridad otros partidos socialistas y, en sus inicios, el socialismo revolucionario podía manifestarse como tal. Pero, una vez fracasada esta experiencia, este socialismo choca prontamente con la acción reformista e institucional del PD, que en ese momento aglutina a una cantidad importante de trabajadores.

Sin una oposición anarquista más a la izquierda, como ocurría en Argentina, el resultado fue una radicalización de este pensamiento político, cuyos fines pudieron expresarse bajo otras etiquetas como acracia o comunismo, y sus diversas combinaciones.

Ahora bien, como se verá en la siguiente sección, el socialismo admitía versiones distintas más alejadas del anarquismo. Fue el caso de los socialistas de Valparaíso liderados por el peruano Mario Centore, los que se encontraban insertos en el periódico demócrata de esa ciudad, El Pueblo. Aunque compartiendo los principios políticos de sus compañeros de la capital, los socialistas de Valparaíso difundieron un socialismo que se caracterizaba por su énfasis en lo literario y sin una posición abiertamente revolucionaria, mostrando la amplitud que este pensamiento tenía en la época.

El socialismo entre demócratas y liberales: el caso de El Pueblo de Valparaíso.

Fuera de la Unión Socialista en Santiago, el otro núcleo cercano a esta agrupación se encontraba en Valparaíso y su principal medio de difusión era el ya mencionado periódico El Pueblo, perteneciente a la sección demócrata de esa ciudad y uno de los medios de prensa más antiguos y estable del PD, siendo publicado desde 1891. En efecto, la agrupación demócrata de esta ciudad se constituyó tempranamente como una sección importante a través de una exitosa campaña política que le permitió elegir en 1893 cuatro concejales y contar con numerosos militantes; este éxito se tradujo en que sus principales líderes,

Manuel Serey, Francisco Galleguillos y Angel Guarello integraron el directorio nacional del PD entre 1892 y 1895.51 Fue, pues, significativo que el socialismo tuviera presencia entre las filas demócratas de Valparaíso.

Aunque los socialistas de Valparaíso no formaron un partido propio, sí cumplieron una importante labor de difusión ideológica, principalmente a través de Mario Centore, literato cercano a los círculos modernistas y socialistas que hemos comentado. A través de Centore, los militantes demócratas de El Pueblo contactaron directamente con Ingenieros y Lugones y, amparados por dicho periódico, lograron poner en circulación diversas publicaciones socialistas. Sabemos también que existía la intención de los socialistas de Santiago por contar con la ayuda de Centore, pues Escobar y Carvallo le manifestaba a Ingenieros que, una vez acabada la constitución del Partido Socialista, le escribiría a Centore “para aprovechar su acción en Valparaíso”.52 Sin embargo, a diferencia de lo ocurrido con Escobar y Carvallo,

Olea, y Espinoza, el socialismo expresado en las páginas de El Pueblo exhibía rasgos menos radicales en sus métodos, alejándose del anarquismo, y siendo más conciliador con las ideas demócratas.

Al igual que los socialistas santiaguinos, la influencia de Ingenieros y Lugones fue significativa entre los socialistas de El Pueblo, pues según relata Escobar y Carvallo, Centore era amigos de ambos. Este contacto propició la presencia de ideas socialistas en El Pueblo, pero sin el tono militante de las publicaciones de Santiago. El Pueblo no era un periódico doctrinario ni exclusivamente de propaganda, sino que tenía un carácter mucho más amplio al incluir hechos noticiosos y de contingencia. Los colaboradores socialistas del periódico encontraban allí una tribuna para manifestar sus posiciones políticas, aunque era solo una de las corrientes que allí se expresaban. De este modo, El Pueblo favorecía la publicación de informaciones y documentos relativos al movimiento socialista local y argentino, sin el proselitismo explícito de revistas como El Proletario o El Martillo. Por otro lado, el propio Centore cumplía un rol más bien intelectual, publicando artículos literarios o comentarios sobre contingencia política. El resultado eran escritos menos propagandísticos y más enfocados a la difusión del pensamiento socialista.

¿Qué material publicaba El Pueblo? Por un lado, encontramos una gran variedad de folletos y noticias provenientes principalmente desde Argentina, labor que se complementaba con el suplemento El Domingo, “semanario social, literario y de actualidad”, dirigido por Centore. Uno de los textos más significativos publicados en estos medios fue Ea mentira patriótica. El militarismo y la guerra, de José Ingenieros, que comenzó a publicarse el 14 de agosto de 1898 en El Domingo, y el 17 de ese mes en El Pueblo. Este último publicó además una serie de artículos referentes al socialismo argentino. El 9 de junio de 1898, por ejemplo, reproducía un comentario de Ingenieros sobre las elecciones presidenciales argentinas de ese año, en donde criticaba la degeneración de la política local y expresaba su confianza en la acción política del socialismo como partido. Unos días después, un articulista chileno de paso en Buenos Aires, Manuel Dinamarca, enviaba una extensa nota a El Pueblo expresando sus opiniones sobre el Congreso socialista de ese país, donde compartía una resolución sobre el rechazo a la guerra entre Chile y Argentina, llamando a la unidad entre los obreros de ambas naciones.

Igualmente interesantes resultaban algunos intercambios entre los escritores modernistas y socialistas del periodo. El 25 de septiembre de ese mismo año se incluía un artículo publicado en la revista La Idea Liberal de Guatemala, del escritor y diplomático de ese país Enrique Gómez Carrillo, en donde elogiaba los talentos literarios e intelectuales del argentino. Asimismo, entre el 13 de junio y el 1 de julio de 1899 se publicaron cuatro misivas tituladas “cartas a un socialista”, dirigidas a José Ingenieros y firmadas por un tal Alberto Armando, en donde se realizaba una extensa crítica a la sociedad existente y las condiciones de vida del proletariado. Aunque desconocemos el origen de las cartas y la identidad del autor, así como si éstas fueron realmente enviadas a su destinatario, reafirman la importancia de la figura de Ingenieros para los socialistas chilenos.

En el caso de El Domingo, además del folleto ya mencionado de Ingenieros, en sus páginas incluía artículos políticos de otros argentinos como Enrique Dickman, Adrián Patroni, un fragmento de una carta de Lugones enviada a Centore en 1897, algunas colaboraciones de chilenos como Escobar y Carvallo, Víctor Soto Román y Luis Olea, así como fragmentos del libro De la patria, del socialista francés Augustín Hamon. Sin embargo, la revista no se limitaba a lo estrictamente político, pues incluía gran cantidad de material literario. En este ámbito figuraban artículos y poemas de los escritores chilenos Diego Dublé Urrutia y Antonio Bórguez Solar, los argentinos Leopoldo Lugones y Luis Berisso, el peruano José María Barreto, el salvadoreño Alberto Masferrer, el dominicano Tulio Manuel Cestero, entre muchos otros. Este marcado acento literario de la revista se debía sin duda a la presencia de Centore, quien poseía extensas redes a lo largo del de la región. De esto da cuenta una publicación de El Pueblo del 12 de abril de 1898, en donde daba a conocer un total de 21 libros y revistas de un sinnúmero de autores de Bolivia, Argentina, Uruguay, Venezuela, Perú, Ecuador, República Dominicana, Colombia y varias ciudades dentro de Chile, además de solicitar otra gran cantidad de publicaciones latinoamericanas. Aunque no todas las obras y autores mencionados o publicados por Centore estaban necesariamente ligados a la corriente socialista, le otorgaba un cariz más intelectual al socialismo amparado por El Pueblo, en comparación a los diarios de Santiago, aun cuando ambos compartieran pretensiones intelectuales.

No obstante lo anterior, la discusión sobre política local no estaba ausente de las páginas de El Pueblo, y su revisión ofrece algunas definiciones ideológicas importantes, especialmente en su relación con la política del PD. Durante esos años, la línea política del partido estuvo marcada por su acercamiento a los partidos tradicionales y su incorporación a la Alianza Liberal para las elecciones de 1896, lo cual produjo malestar en algunos demócratas que, como ya vimos, terminaron apoyando a la Unión Socialista. Dos años después, ya desaparecida esta última, las relaciones con el liberalismo seguían produciendo debates entre las variadas corrientes de opinión al interior del PD, incluyendo, en el caso de El Pueblo, a los socialistas.

Por un lado, existía una posición crítica respecto al camino que había tomado la política demócrata frente al liberalismo. Ejemplo de ello fue una carta de un militante demócrata publicada en el diario el 2 de agosto de 1898 en que se refería a la alianza política entre conservadores y liberales-democráticos.53 Su autor, Amador Mesina (firmaba invirtiendo su nombre), aprovechaba este hecho para criticar duramente a los liberales chilenos, los que no cesaban “de cometer escándalos políticos; y los burgueses del país, con excepción de unos pocos, se burlan de la pobreza de los hijos del trabajo”. Acusando la desviación de los liberales y algunos demócratas del camino trazado de personajes como Francisco Bilbao, Domingo Santa María o Balmaceda, entre otros, el escritor expresaba su indignación por los vínculos políticos entre los derrotados y los vencedores de la revolución de 1891. Por ello, interrogaba: “Proletarios: ¿queréis ser felices en algunos años más? Pues, corred a engrosar las filas del Partido Democrático, el único llamado, con más leales directores, a regenerar al pueblo (.. .)”54

Por otro lado, dentro del PD existía también una relación conflictiva con el socialismo. Hacia finales de 1898, el directorio general del partido emitía una circular en donde se rechazaba el surgimiento de “pequeños grupos o fracciones con pretensiones de partidos, bajo las divisas más extrañas de socialismo, anarquismo, federalismo y otras denominaciones”.55 La circular produjo la respuesta de Víctor Soto Román, demócrata de tendencia socialista, quien manifestaba su molestia con la misma al confundir socialismo con federalismo y anarquismo. Por el contrario, Soto Román hacía coincidir el socialismo con los principios demócratas. El socialismo, decía, a diferencia del “añejo” federalismo que solo buscaba la descentralización, y del anarquismo que carecía de principios científicos más que “la matanza y el incendio”, significaba en su primitiva acepción “el derecho y necesidad que tenían los proletarios de asociarse para la lucha por la vida, constituyendo así una fuerza capaz de resistir los abusos de los poderosos y la explotación del capital”, tal como lo comprendieron tempranamente Bilbao y los europeos “Letournau, Tarde, Novicow, Loria, Ardigó, Kropotkine [sic]” entre otros. El socialismo era, entonces, el “hogar por excelencia de las clases trabajadores”, pues buscaba la independencia económica y la igualdad ante las leyes humanas y naturales. Soto Román añadía que el socialismo, mediante la lucha de clases, era precisamente la forma de cumplir la emancipación política, social y económica que proclamaba en sus principios el PD. Por ello, el deber de los demócratas socialistas era llamar a su campo de acción a los hermanos del trabajo, porque “un nombre más o menos nada significa cuando la lucha es la misma, ya se titule democracia o socialismo”.56

A pesar de las discusiones con el liberalismo y los demócratas, el propio Mario Centore se mostraba abierto a la posibilidad de una alianza partidaria que incluyera a los socialistas, pues reconocía semejanzas entre éstos y otras corrientes que consideraba como progresistas. Las reflexiones de Centore al respecto surgen a raíz de la propuesta de los liberales-democráticos durante el primer semestre de 1899 de constituir una “federación liberal” que aglutinara a liberales, radicales y demócratas. Para el peruano, la posibilidad de pensar dicha coalición se basaba en su concepción de las corrientes políticas que se disputaban el poder en Chile: “el conservantismo”, por un lado, y la corriente del progreso, por el otro. Mientras el primero “vive del pasado, sueña únicamente con la estagnación y la inmovilidad”, argumentaba, “liberales, radicales, demócratas y socialistas empuñan la azada y cavan la fosa del pasado para edificar el porvenir”. La gran diferencia entre las fuerzas del progreso es que demócratas, radicales y liberales buscan los cambios mediante la evolución, mientras socialistas y anarquistas recurrían a la revolución. En este punto, el argumento de Centore favorecía más a los primeros, pues consideraba que bajo el sufragio universal el mejoramiento social no necesitaba la revolución. No obstante, liberales y radicales tendían a formar oligarquías y burocracias, y aunque sostenían defender la libertad, se olvidaban de la igualdad, la fraternidad y el bienestar económico. “De ahí”, concluía Centore, “es que el Partido Democrático basa sus aspiraciones de progreso sobre esta trípode que hace lugar y mantiene en necesario equilibrio a los elementos constitutivos de la personalidad humana”.57

Aunque es probable que los socialistas reunidos al alero de El Pueblo fueran un grupo poco numeroso sin mayor incidencia en las decisiones del PD, su presencia en el periódico resultó molesta para la dirección partidaria, especialmente considerando que la publicación era una de las más longevas del PD y que su diputado Ángel Guarello representaba precisamente a Valparaíso. El 25 de julio de 1899 la agrupación demócrata de esa ciudad quitaba al periódico su calidad de órgano oficial del PD por no representar los intereses del partido y ser pernicioso para la labor de sus dirigentes. Al poco tiempo, el 28 de septiembre, el periódico dejaba de existir y, según informa ese mismo número, al poco tiempo dejaría el país Mario Centore para radicarse en Buenos Aires. Esto significaba la desaparición del grupo ligado a la Unión Socialista de Santiago y, con ello, la desintegración definitiva de este primer socialismo.

No obstante, los socialistas de Valparaíso y Santiago impulsaron una labor propagandística que se proyectó en los años posteriores. En Valparaíso, Centore habría publicado un diario titulado La Voz de abajo, y en 1899 habría participado en la primera época del periódico La Antorcha, que reaparecerá en 1900 bajo la dirección de Francisco Garfias.58 Asimismo, la publicación del periódico autodenominado demócrata-socialista El Germinal (1901) da cuenta de la presencia socialista en el PD. En Santiago, a pesar de la deriva ácrata de algunos dirigentes, los cruces con el socialismo eran significativos. A los ya los mencionados periódicos La Tromba y El Rebelde, les siguieron La Campaña (1899), El Ácrata (1900), La Ajitación (1901), La Luz (1901), entre otros. En una arista distinta, el Partido Obrero Francisco Bilbao fundado a fines de 1898, que en 1900 cambia de nombre a Partido Socialista, aumentó la presencia socialista a través de sus publicaciones La Nación (1898), El Trabajo (1899), y El Socialista (1901) A su vez, la publicación de El Doctrinario (1904), diario “demócrata-socialista”, evidencia la permanencia del socialismo dentro de las filas demócratas. De manera similar, el contacto existente entre los periódicos El Pueblo y La Democracia, en donde participa Luis Emilio Recabarren, nos indican la influencia que el socialismo acá estudiado pudo tener en el futuro dirigente obrero.

El artículo es resultado del proyecto de investigación doctoral sobre la historia del socialismo en Chile entre los siglos XIX y XX, que contó con el financiamiento de la Beca Slicher van Bath de Jong, del Centro de Estudios y Documentación Latinoamericanos, CEDLA, de la Universidad de Amsterdam. El autor agradece a Rosa Maria Mantilla y Pablo Garrido por sus comentarios y sugerencias durante la elaboración del artículo.

Conclusiones

Aunque el socialismo en Chile se convirtió en una de las ideologías más influyentes durante el siglo XX, sus orígenes todavía constituyen un aspecto a profundizar. En parte debido a la importancia que cobraría el Partido Comunista, los estudios que indagan sobre los inicios de esta corriente de pensamiento suelen concentrarse en la formación de este partido, en su predecesor inmediato, el Partido Obrero Socialista, o bien en el referente de Luis Emilio Recabarren. Por cierto que dicho énfasis se justifica en tanto Recabarren y los partidos que fundó fueron las primeras organizaciones propiamente socialistas que tuvieron éxito político en el mediano y largo plazo, marcando un punto de quiebre con experiencias previas. Tampoco hay que desconocer que, como se indicó en la introducción, numerosas investigaciones han integrado a sus análisis a las primeras tendencias socialistas entre fines del XIX y comienzos del XX, entre los que destacan los citados trabajos de Massardo, por su propósito de reconstruir el escenario intelectual más amplio en el que se forma Recabarren, y el de Devés y Díaz, quienes incluyen en su compilación los casos de Víctor José Arellano y luego el socialismo ácrata a fines del XIX.

Reconociendo estos aportes, el propósito de este artículo ha sido indagar en los inicios del socialismo a través de su primer intento de organización partidaria conocida, la Unión Socialista. No obstante su corta existencia, se ha querido mostrar que su importancia residió en marcar una nueva forma de pensar el socialismo, ya no en términos puramente teóricos, sino como una ideología puesta en práctica. Cómo lo muestran sus periódicos y la correspondencia de sus dirigentes, material que hasta ahora ha sido poco utilizado, el socialismo era concebido como una alternativa política llamada a resolver los problemas que aquejaban a las clases trabajadoras y desposeídas, capaz de informar la constitución de un programa político partidista, cuestión inédita hasta ese momento entre quienes empleaban el término socialismo.

Lo anterior se evidenció en las redes políticas que se pusieron en marcha en aquellos años, las que, desde Argentina, tuvieron como propósito explícito la formación de un partido socialista. Igualmente significativo fue la labor de difusión ideológica que se enfatizó a lo largo del artículo. Aunque no contaba con un arraigo local previo, la Unión Socialista logró poner en circulación una cantidad importante de bibliografía socialista entre sectores obreros cuyas aspiraciones políticas no se encontraban totalmente satisfechas por el PD, el partido popular más grande en ese momento. Como se dijo, esta labor fue facilitada en gran medida por el contacto con los argentinos José Ingenieros y Leopoldo Lugones, a través la red intelectual que el modernismo literario había establecido a lo largo de Latinoamérica. Este contacto iniciado por Escobar y Carvallo entre 1896 y 1897 da cuenta de su intención de establecer su pensamiento como una corriente distinta a la de los demócratas. Esta red se vio reforzada significativamente por la labor de Mario Centore, quien desde el diario demócrata El Pueblo de Valparaíso contribuía a la propaganda socialista.

No obstante, el contexto chileno hizo que este socialismo tomara caminos distintos a los de sus pares argentinos. Mientras que el grupo de Escobar y Carvallo, Olea y Espinoza derivó prontamente en el anarquismo, otros volvieron a las filas demócratas. La diversidad de visiones que convivían en el socialismo del periodo -desde las posiciones más revolucionarias y anarquistas, pasando por sus formas más moderadas y reformistas, hasta sus manifestaciones asociadas al arte y la literatura - dificultaron la formación de una identidad ideológica clara. A pesar de ello, a partir de ese momento, el socialismo en sus distintas variantes se proyectó como una ideología identificable dentro del espectro político chileno. Había dejado de ser un pensamiento sin expresión política concreta, o el fantasma denunciado por las elites políticas y católicas durante el siglo XIX. Las numerosas publicaciones que comenzaron a aparecer desde el 1900 en adelante dan cuenta de la progresiva difusión del socialismo, ya sea en su deriva ácrata o al interior del PD, siendo este último el lugar donde el socialismo desarrollaría su potencial partidario con el grupo de Recabarren.

El caso aquí estudiado permite discutir el modo en que se configuró el socialismo en Chile entre finales del siglo XIX y comienzos del XX. Lejos de una doctrina única y definida, este se conformó como una ideología que, compartiendo algunos presupuestos generales, tuvo múltiples variantes y expresiones. Dentro de la misma Unión Socialista, las numerosas formas de referirse al socialismo y las confusiones terminológicas entre comunismo, socialismo y anarquismo daban cuenta de la amplitud de significados que acarreaba la etiqueta “socialista”. En ese sentido, al acercarse a las primeras manifestaciones socialistas en Chile convendría, más que rastrear los modelos que predominaron entrado el siglo XX, explorar el entramado ideas, conceptos y significados que, desde fines del siglo XIX, fueron dando forma a una familia ideológica socialista amplia que agrupó, no sin tensiones, a sus formas libertarias, comunistas, socialdemócratas e incluso al llamado socialismo de Estado.

En estrecha relación con lo anterior, otro ámbito de problematización consiste en la relación entre organizaciones partidarias e ideologías, dimensiones que, por el devenir del socialismo en décadas posteriores, parecieron ser inseparables. El mismo caso aquí estudiado podría llevar a suponer que el socialismo dependió necesariamente de un partido para su desarrollo. No obstante, esta relación fue irregular en el tiempo. Sin bien, como se ha sostenido a lo largo del artículo, los primeros partidos socialistas jugaron un rol clave en impulsar la circulación del socialismo, estos echaron mano a un pensamiento que estaba disponible previamente a su conformación. Al mismo tiempo, hasta 1912 no hubo partidos significativos que se autodenominaran socialistas. Por el contrario, el socialismo como pensamiento político se movió durante la primera década del siglo XX tanto al interior del sistema de partidos, entre demócratas y radicales, como por fuera de este, entre anarquistas, gremios y sindicatos. En este sentido, no es posible establecer una relación unidireccional, razón por la cual aquí se enfatizó ambos factores a través de su interrelación.

En cualquier caso, considerando esta disímil relación entre partidos y configuraciones ideológicas, una alternativa útil sería considerar el socialismo como un pensamiento político cuya difusión y éxito se debió a que otorgaba un marco conceptual y cognitivo efectivo para interpretar la realidad social y económica de comienzos del siglo XX. En algunos casos, mediando coyunturas específicas, algunas formas del marco interpretativo socialista lograron institucionalizarse en partidos políticos, mientras que otras manifestaciones quedaron en el camino o fueron absorbidas por otras corrientes de pensamiento. Así, estudiar los modos y procesos mediante los cuales ciertas formaciones ideológicas lograron consolidarse en partidos resulta un aspecto a profundizar y complejizar. Desde este punto de vista, también cabría considerar a los partidos como indicadores del nivel de legitimidad, difusión y aceptación que alcanza una determinada ideología dentro del discurso social y político más amplio en el cual se desenvuelven.

Teniendo en cuenta estas consideraciones, este artículo no ha pretendido agotar el tema. Por un lado, aún se sabe poco del socialismo a nivel partidario en el periodo posterior a la Unión Socialista. Particularmente relevante fue el Partido Obrero Francisco Bilbao, después llamado Partido Socialista, fundado poco tiempo después que la Unión Socialista, y que proclamaba el socialismo científico distinto al de esta última. Igualmente importante fue la corriente demócrata-socialista que se instaló al interior del PD, pues revela las tensiones ideológicas que atravesaban a este partido. Por otro lado, las relaciones y cruces entre anarquismo y el socialismo son un aspecto a profundizar, sobre todo a partir de las polémicas que se suscitaron entre ambas corrientes en el movimiento socialista internacional. Dicho esto, el artículo ha buscado ofrecer elementos que permitan una reconstrucción mayor del escenario político en que se desarrolló el socialismo a nivel global y regional. La conjunción del análisis ideológico con el de las redes mediante las cuales operó la propagación de ideas permite captar las particularidades de cada caso, pero integrándolos en los escenarios más amplios de difusión que los hicieron posibles.

Bibliografía

Archivos:

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2Massardo, El imaginario político, pp. 89-102

3Sergio Grez, Los anarquistas y el movimiento obrero. La alborada de ‘la Idea’ en Chile, 1893-1915, Santiago, LOM, 2007; Magno Espinosa, Santiago, USACH, 2011.

4Mario Garcés, Crisis social y motines populares en el 1900, Santiago, LOM, 2003, pp. 149-150.

5Eduardo Devés y Carlos Díaz, El pensamiento socialista en Chile: antología 1893-1933, Santiago, Nuestra América Ediciones- Documentas, 1987.

6Me refiero en este sentido a la propuesta de Quentin Skinner, quien, para comprender los significados de los términos políticos, propone analizar los usos del lenguaje. Cf. Quentin Skinner, “Significado y comprensión en la historia de las ideas”, Prismas, N° 4, 2000, pp. 149-191.

7Desde distintas perspectivas, Michel Freeden y Teun van Dijk rescatan el concepto de ideología como una forma de pensamiento político en estrecha relación con el mundo social en que se desenvuelve, entregando pautas de acción que permiten a los individuos desenvolverse políticamente. Michael Freeden, Ideologies and Political Theory, Oxford, Oxfor d University Press, 1996, cap. 1; Teun van Dijk, Ideología. Una aproximación multidisciplinaria, Barcelona, Gedisa, 1999.

8Horacio Tarcus, Marx en la Argentina. Sus primeros lectores obreros, intelectuales y científicos, Buenos Aires, Siglo XXI, 2013; Carlos Illades, El Marxismo en México. Una historia intelectual, Ciudad de México, Taurus, 2018.

9Tarcus, Marx, p. 31.

10Ibid.

11Ver James Wood, The Society of Equality. Popular Republicanism and Democracy in Santiago de Chile, 1818-1851, Albuquerque, University of New Mexico Press, 2011, y Sergio Grez, De la ‘regeneración del pueblo’ a la huelga general. Génesis y evolución histórica del movimiento popular en Chile (1810-1890), Santiago, Ril, 2007.

12Sobre la fundación del PD, ver Sergio Grez, El Partido Democrático de Chile. Auge y ocaso de una organización política popular (1887 1927), Santiago, LOM, 2016.

13Cf. Devés y Díaz, Elpensamiento socialista, cap. 1.

14Alejandro Escobar y Carvallo, “Memorias”. Mapocho, N° 58, 2005, pp. 366-367.

15Grez, El Partido Democrático, pp. 88-103.

16Francisco Garfias, “El socialismo en Chile”, El Pueblo, 19 de agosto, 1899.

17Ibíd.

18Escobar y Carvallo, “Memorias”, p. 363.

19Grez, Los anarquistas, p. 39.

20Carta de Alejando Escobar y Carvallo a José Ingenieros, 24 de noviembre, 1897. CeDInCI, Fondo José Ingenieros, sección 6, serie 1, ítem 742.

21Carta de Luis Olea a José Ingenieros, 23 de diciembre, 1897. CeDInCI, Fondo José Ingenieros, sección 6, serie 1, ítem 1599.

22Carta de Alejandro Escobar y Carvallo a José Ingenieros, 6 de abril, 1898. CeDInCI, Fondo José Ingenieros, sección 6, serie 1, ítem 744.

23Carta de Alejando Escobar y Carvallo a José Ingenieros, 24 de noviembre, 1897.

24Carta de Luis Olea a José Ingenieros, 23 de diciembre, 1897.

25Carta de Luis Olea a José Ingenieros, 23 de diciembre, 1897.

26Carta de Alejandro Escobar y Carvallo a José Ingenieros, 6 de abril, 1898.

27Massardo, La formación, p. 92.

28Grez, Los anarquistas, p. 36.

29Horacio Tarcus, “Espigando la correspondencia de José Ingenieros. Modernismo y socialismo fn-de-sieclè” Políticas de la Memoria, N°10, 2012, pp. 97-124.

30Karl Marx [seudónimo], “El socialismo en Chile.. .(a los compañeros de Buenos Aires)”, El Grito del Pueblo, 29 de noviembre, 1896.

31Carta de Alejandro Escobar y Carvallo a José Ingenieros, 24 de noviembre, 1897.

32Carta de Alejando Escobar y Carvallo a José Ingenieros, 6 de abril, 1898.

33Carta de Alejandro Escobar y Carvallo a Juan B. Justo, 9 de octubre, 1898. CeDInCI, Fondo Juan Antonio Solari, FA-29, serie 1, Ítem 7373.

34Escobar y Carvallo, “Memorias”, p. 365.

35Carta de Luis Olea a José Ingenieros, 26 de diciembre, 1897. Fondo José Ingenieros, sección 6, serie 1, ítem 1598. El Lirio Rojo pretendía ser la continuación de La Montaña, pero nunca llegó a publicarse.

36Donald Sassoon, Cien años de socialismo, Barcelona, Edhasa, 2001, p. 30.

37Santiago Castillo, “Marxismo y socialismo en el siglo XX español”, en Movimientos sociales y Estado en la España contemporánea, coordinado por Manuel Ortiz, David Ruiz e Isidoro Sánchez, Cuenca, Ediciones de Universidad de Castilla-La Mancha, 2001, p. 122.

38“Somos socialistas”, El Martillo, 3 de julio, 1898.

39Horacio Tarcus, Marx

40Javier Franzé, “Lugones, 1897: socialismo y modernismo”. Cuadernos Hispanoamericanos, N°560, 1997, pp. 63-78; Tarcus, Marx, pp. 419-420.

41Pilar Parot, “José Ingenieros y Juan Creaghe: las polémicas entre el socialismo revolucionario y el anarquismo en el periódico La Montaña”. Izquierdas, N°24, 2015, pp. 205-228.

42Tarcus, Marx, p. 417.

43José Gregorio Olivares, “Buscando la solución”, El Proletario, 20 de septiembre, 1897.

44R. Zañartu, “Elevemos nuestra condición”, El Proletario, 20 de septiembre, 1897.

45Andrés Acevedo, “La miseria y sus consecuencias”, El Proletario, 10 de octubre, 1897.

46“Editorial”, El Proletario, 17 de octubre, 1897.

47Luis Olea, “Editorial”, El Proletario, 10 de octubre, 1897.

48Magno Espinoza, “¡La nueva era!”, El Proletario, 10 de octubre, 1897.

49Alejandro Escobar y Carvallo, “Nuestra respuesta a ‘El Heraldo Evangélico’ de Valparaíso”, El Proletario, 10 de octubre,

50Carta de Alejando Escobar y Carvallo a José Ingenieros, 6 de abril, 1898.

51Grez, El Partido Democrático, pp. 86-87.

52Carta de Alejandro Escobar y Carvallo a José Ingenieros, 6 de enero, 1898. CeDInCI, Fondo José Ingenieros, sección 6, serie 1, ítem 743.

53Partido formado por el bando balmacedista tras la guerra civil de 1891.

54Anisem Rodama [Amador Mesina], “¿Hay liberales en Chile?”, El Pueblo, 2 de agosto, 1898.

55Citado en Víctor Soto Román, “Socialismo, anarquismo, federalismo”, El Pueblo, 22 de diciembre, 1898.

56Ibíd. Cabe notar la mención de autores que no suelen aparecer en otros escritos y cartas, pertenecientes a diversas disciplinas sociales y científicas, lo que da cuenta de la diversidad de corrientes que inspiraban a los socialistas chilenos: Charles Letourneau, antropólogo francés y fourierista; Gabriel Tarde, sociólogo y criminalista italiano; Jacques Novicow, sociólogo y economista ruso; Roberto Ardigò, filósofo positivista italiano.

57Mario Centore, “Federación Liberal I”, El Pueblo, 3 de mayo, 1899.

58La existencia de ambos periódicos es informada por El Pueblo del 5 de junio de 1899, pero no se conservan ejemplares. De La Antorcha solo se conserva su segunda época.

Recibido: 29 de Noviembre de 2018; Aprobado: 03 de Febrero de 2019

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