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Izquierdas

versión On-line ISSN 0718-5049

Izquierdas (Santiago)  no.30 Santiago oct. 2016

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-50492016000500012 

RESEÑA

 

Studer, Brigitte, The Transnational World of the Cominternians, Londres-Nueva York: Palgrave Macmillan, 2015, 227.

El próximo año se cumple un siglo de la Revolución Rusa y como muchas otras conmemoraciones, ha atraído la mirada de los historiadores. A esto también se ha sumado la posibilidad cada vez mayor de acceder a los distintos archivos que resguardan los fragmentos de esta historia global. De ese modo, las historias del comunismo han comenzado a proliferar tanto en América como en el resto del mundo. El libro de Brigitte Studer forma parte de este creciente interés por una historia que en las décadas pasadas la mayoría de las veces se presentó en un tono militante, que sólo admitía versiones en blanco o en negro.

En el caso del presente texto, la autora precisamente comienza enfatizando en la necesidad de romper con dichas posturas y prejuicios. Y para ello retoma una temática que constituyó tanto la base política del comunismo, como su principal problema práctico: el carácter internacional de la revolución. La tensión entre las necesidades concretas del comunismo realmente existente y las pretensiones ideológicas universales, marca el recorrido del libro por la historia de las mujeres militantes, por la construcción del Moscú estalinista, por la vida cotidiana de los "verdaderos" bolcheviques, por las dinámicas de camaradería y espionaje, por la formación del militante internacionalista. La Comintern fue quizás el espacio donde con mayor claridad se evidenció el ideal romántico de la unidad del proletariado, donde circularon con mayor velocidad las ideas y las prácticas en torno a la revolución. Pero también fue un lugar de agrias disputas políticas, de autoritarismo y de mezquindades.

El tema a primera vista parece inabarcable. Analizar el mundo transnacional de los cominternistas, sin subtítulo, ni años, ni otras variables que lo limiten, podría ser un problema inaccesible. Por ejemplo, sólo retomando un tema que me interesa particularmente, el esfuerzo cominternista en ámbito del libro, condujo a la creación de casas editoriales en varios países de Europa. En París se fundó Éditions Sociales y Éditions du Carrefour, en Alemania se estableció Verlag Karl Hoym y Neue Deutsche Verlag, mientras que en Londres, Martin Lawrence Ltda. y en España, Ediciones Europa América. Para 1929, había al menos 18 editoriales vinculadas a la Internacional desperdigadas por Europa, las cuales produjeron alrededor de 22 millones de libros y folletos. Estas instituciones fueron parte de las 60 entidades con responsabilidades o relaciones internacionales que fueron impulsadas directamente por la URSS. Por lo que cualquier acercamiento a la historia de la Comintern resulta de una complejidad abrumadora. Sin embargo, la autora opta por una estrategia metodológica y narrativa que le permite penetrar en esta problemática sin perderse. En primer lugar, en vez de seguir a los militantes por el mundo, prefiere observarlos en el sitio donde el peregrinaje político del periodo los convocaba: Moscú. El movimiento en este caso era en doble sentido, pues desde la capital soviética también emanaban las directrices que la jerarquía del partido esperaba siguieran las secciones locales. Así, mientras da cuenta de lo que sucedía en la capital de la URSS, también nos aporta algunas pistas para comprender a los cominternistas repartidos por el mundo.

Un segundo aspecto metodológico que Studer utiliza con agudeza es que pese a que sus fuentes son variadas, el centro de su argumentación se basa en los propios papeles de la Internacional. En este caso la crítica a la fuente no tiene como fin último establecer la veracidad de los documentos o comprobar datos positivistamente hablando. Al contrario, la autora analiza la forma en que se construyó el archivo de la Comintern para comprender los problemas historiográficos asociados a esta organización. El resguardo de la información no es visto como un accidente, sino como parte de la cultura generada por los bolcheviques.

En este último aspecto, para comprender este giro metodológico por parte de la autora quizás conviene detenerse en las autobiografías que los integrantes de la Comintern debían realizar cada cierto tiempo. En lugar de otros trabajos historiográficos que han buscado en estos documentos las verdades, las mentiras y los silencios, Studer opta por tratar este corpus documental como un "género", con sus propias reglas, con sus mecanismos de lógica interna, con sus limitaciones, pero también con sus potencialidades creativas. De ese modo, en vez de caer en las dicotomías verdadero/falso, la autora logra historizar no sólo cómo se produjeron política y socialmente estas autobiografías, sino que a través de ellas, nos muestra el complejo funcionamiento de la Internacional y las vicisitudes de sus integrantes. En otras palabras, son autobiografías que responden a prácticas institucionales y que a su vez requirieron de la participación individual. En ellas puede verse subordinación, conformidad, o como prefiere la autora, un espacio de negociación desequilibrada entre el partido y sus miembros. Por supuesto, esto se reforzaba con otros mecanismos de autoevaluación, con actos públicos constricción y con elementos exteriores como la publicación de biografías heroicas de los próceres del comunismo.

Ambas apuestas metodológicas también se engarzan con uno de los apoyos teóricos relevantes a lo largo del libro, el concepto de experiencia. Por supuesto, si el comunismo dejó una marca política importante en el corto siglo XX, su análisis como experiencia colectiva ha sido una materia poco estudiada. Para resarcir esta situación, la autora se basa en algunos de los planteamientos de Reinhart Koselleck, quien divide la experiencia en tres niveles, lo individual e irrepetible; aquella reiterada y comunicable; y finalmente, la sedimentación que se conforma a posteriori en la reflexión histórica. Para Studer, en el caso de los cominternistas, sus experiencias estuvieron marcadas por un horizonte de expectativas, donde el futuro se transformó en presente a través de la Revolución Rusa. Esto impactó en todos los aspectos de la militancia (desde las prácticas políticas hasta la elección de pareja) y especialmente en cómo enfrentaron los rápidos cambios que se desarrollaron en la Unión Soviética durante la década de 1920 y 1930.

Studer nos muestra cómo mientras el régimen avanzaba en el desmantelamiento de muchos de los logros de los primeros años, como por ejemplo la amplitud de los derechos de las mujeres, la extensión del asilo a todos los perseguidos políticos, las instituciones de formación académica para los cuadros internacionalistas, al mismo tiempo los militantes fueron cada vez más forzados a transformarse en el "hombre nuevo" que requería la revolución. Y esto era un proceso que actuaba tanto a nivel exterior, como al interior del propio individuo. El acto autobiográfico que se explicó más arriba era sólo uno de los mecanismos que buscaban que los militantes internalizaran que debían cambiar algunos de sus comportamientos para convertirse en el bolchevique perfecto. Otros requerimientos esbozados por el Departamento de cuadros apuntaban a abandonar el individualismo, a mantener la disciplina, a establecer dinámicas de vigilancia y castigo. Por supuesto, muchas de estas directrices carecían de una mirada transnacional y se enfocaban en comprender al buen militante como aquel que era capaz de insertarse en la "nueva" cultura soviética. Hablar ruso correctamente, por ejemplo, era una muestra de interés real por la liberación de los trabajadores en el mundo y por el contrario, no ir al cine, aunque la película estuviera en un idioma inentendible, era muestra de individualismo anti-proletario. Esta situación se fue complejizando con el pasar de los años, y si bien la inicial constitución bolchevique consideraba connacionales a todos los que luchaban en pro del proletariado, con las reformas de 1937 esta situación fue revocada. Los extranjeros, que no encajaban en la cultura soviética, bajo el régimen Stalin se convirtieron en posibles espías, saboteadores o agentes enemigos. En términos generales incluso el significado de la palabra "purga" fue cambiando con el paso del tiempo. Si a comienzos de los años 20 se asoció a la expulsión de miembros oportunistas o carreristas, a fines de la siguiente década significó directamente represión. Es bajo este contexto amplio que Studer sitúa a sus sujetos de estudio.

Uno de los capítulos más interesantes, a mi modo de ver, se refiere a la formación de los militantes como cuadros de la Internacional Comunista. Para la autora ser un verdadero bolchevique significaba preocuparse por la auto educación, lo que requería aprender una serie de técnicas introspectivas y discursivas. El proceso debía ser guiado por un desarrollo teórico del marxismo, pero más importante aún era el aprendizaje de lo que significaba la organización del partido. En este plano la historia bolchevique, representante del éxito revolucionario, adquirió una posición central en los programas de estudio. El objetivo pedagógico consistía en, a través de la repetición constante, adquirir la manera correcta de interpretar la teoría marxista-leninista. Cualquier duda podía ser clarificada por algún profesor, por discusiones colectivas y por supuesto por el propio partido. Pero además el trabajo individual no podía quitarle tiempo a las actividades sociales y colectivas, ni a aquellas relacionadas con la propaganda. Los cuadros extranjeros que llegaron a formarse al Moscú estalinista se encontraron presionados tanto por los resultados académicos como por su vinculación con la sociedad receptora y por la inserción política en el conjunto de estudiantes. Temas como la vestimenta, las formas de relacionarse con el género opuesto, la puntualidad, la concurrencia al teatro, también se consideraban manifestaciones simbólicas del compromiso con los ideales comunistas. Finalmente, la formación estaba asociada a " [...] a long process of learning a cultural model with its own distinctive habitus" (p. 94).

En este mismo aspecto, la autora nos advierte, que no se debe olvidar que para las autoridades soviéticas la vida pública y privada no eran esferas autónomas. Por lo que regular los comportamientos sexuales, o incluso las relaciones familiares, fue una más de las atribuciones del partido, especialmente cuando estas podían contravenir alguna política o práctica partidista. Esto por supuesto también fue variando a lo largo de las dos décadas analizadas. Mientras se mantuvo la idea fuerza del partido como espacio de unión del proletariado mundial, el carácter político o público fue el centro del debate. Sin embargo, con la política estalinista de asociar a los revolucionarios como una familia, guiada por el padre soviético, lo privado se convirtió en un signo de lo político, por lo que su vigilancia también era parte de los requerimientos tanto para las estructuras partidistas como para los propios militantes. Bajo estas nuevas directrices una persona moralmente cuestionada, representaba una amenaza para la organización. De ese modo, se restringió el carácter liberal que con que se habían tomado los temas sexuales, en marzo de 1934 se criminalizó la homosexualidad, se establecieron restricciones para el divorcio y se comenzó a promover oficialmente una idea de familia tradicional.

Muchas de estas modificaciones fueron inexplicables para muchos de los visitantes que pasaban por Moscú. Pero sin lugar a dudas lo que más impactó en ellos, fue lo que la autora cataloga como el fin del internacionalismo proletario. Para Stalin, la Internacional Comunista era una institución incómoda y con el auge del fascismo en Europa, se volvía un impedimento para sus pretensiones políticas. Esto aceleró su desaparición en 1943, aunque a esas alturas había perdido muchas de sus atribuciones. En la década de 1930, esta situación había afectado a los militantes extranjeros radicados en la URSS, convirtiéndolos en la causa de muchos de los males del pueblo ruso. Si anteriormente habían sido recibidos con beneplácito, para mediados de los años 30, su muy probable destino era una cárcel o un campo de concentración. La palabra que prefiere utilizar Studer es directamente "terror".

"We may conclude then simply with the observation that dissolution of the Comintern marked the definitive end of one of the most powerful instruments of political struggle [.] on which there came to converge the hopes of millions of people" (p. 149). Con estas palabras retrospectivas Studer finalmente nos recuerda que más allá de los problemas que tuvo este organismo, sus iniciativas tuvieron un impacto sin precedentes a lo largo del siglo XX.

Ahora bien, esta frase utilizada para concluir también me parece relevante, pues evidencia en buena medida una faceta del mundo transnacional de los cominternistas que se desdibuja a lo largo del libro. Me refiero particularmente al carácter épico que tuvo para muchos de sus militantes el incorporarse a la "vanguardia de la revolución mundial". Más allá del burocratismo soviético, el libro se refiere muy poco a las actividades que desempeñaron estos militantes en los planos locales, regionales o globales. Si bien centrarse en Moscú fue una buena forma de limitar la investigación, se extrañan al menos algunas referencias a cómo alguien que pasó por las escuelas soviéticas se reinsertaba en sus actividades locales. También se echan de menos algunas palabras sobre aquellos agentes cominternistas que atravesaban el mundo para ir a realizar pequeñas tareas al otro lado del planeta. O sobre aquellos que saltaban de país en país, en un contexto de persecución, tratando de fortalecer organizaciones incipientes de militantes que apenas se atrevían a decir que eran comunistas. El esfuerzo cotidiano de los miles de implicados en las labores de la Comintern, que le dieron precisamente su carácter transnacional, parece haber sido relegado a un segundo plano. De hecho, a lo largo del texto prácticamente no sabemos quiénes fueron estos militantes. Para el caso latinoamericano este análisis social de la militancia es fundamental. Saber la procedencia socioeconómica, sus niveles educativos, sus adscripciones profesionales, su rango etario, entre otras variables, es clave para comprender la posición que ocupó el comunismo en el entramado político de la primera mitad del siglo XX.

En todo caso, quisiera volver sobre el punto de partida de la autora. La apuesta por no colocar ni un periodo, ni un lugar en específico en el título del libro puede tener una lectura que me parece necesario destacar. Si rebasamos el texto en cuestión y observamos algunos previos, como Los revolucionarios románticos de E.H. Carr, Training de Nihilists de Daniel Browder, o el más reciente Anti-Imperial Metropolis de Michel Goebel, entre muchos otros, podemos ver que las prácticas asociadas a los cominternistas no pueden circunscribirse a los años de existencia de la Internacional Comunista (1919-1943), ni tampoco a un determinado país. De hecho, la particularidad de la propuesta de Studer es que sus apreciaciones no sólo aportan luces sobre el Moscú estalinista, sino que también sobre un conjunto de problemas que afectaron de diversas maneras a todos los partidos comunistas del mundo. En este sentido, desde la perspectiva latinoamericana el libro es útil para reflexionar sobre los aspectos identitarios de los militantes comunistas, sobre la importancia de la formación de los cuadros, sobre el impacto del estalinismo, sobre noción de traidor elaborada por los partidos locales, entre otras problemáticas.

De igual modo, hay que destacar que la definición de lo transnacional que propone la autora corresponde no a una división política, sino a un proceso mediante el cual se superan los límites identitarios nacionales y los sujetos son capaces de identificarse con los "otros" a partir de transferencias o reapropiaciones culturales. Sin duda, el "partido mundial del proletariado" fue capaz de romper los límites nacionales y generar diversas escalas de adscripción política desde lo local a lo global. Sin embargo, esta situación podría haber sido explorada con mayor detalle por parte de la autora. Al tomar como punto de observación los "extranjeros", que llegaron a Moscú en este periodo, se pierde de vista la movilidad de los sujetos y por lo tanto, el dinamismo en la reconstrucción de los diferentes espacios culturales. Bajo esta mirada la tensión entre lo nacional y lo transnacional vuelve a aparecer, aunque desterritorializada para los cominternistas. El análisis en este sentido requeriría ampliar la observación hacia las trayectorias de vida de los militantes, para quienes Moscú fue sólo una parada más en un viaje que los llevó no sólo por Europa, sino por algunas otras partes de mundo.

Aunque en este último aspecto, es lamentable que para quien busque la participación latinoamericana, asiática o africana, en esta historia transnacional, sólo encontrará referencias a Europa y a Estados Unidos. Esta ausencia muy probablemente se deba a un intento por acotar la investigación, pero deja algunos elementos interesantes fuera de la discusión, como ha sido el denominado "descubrimiento de América" durante el Sexto Congreso de la Internacional o peor aún, la relación compleja entre el comunismo soviético y aquel desarrollado en los países orientales. El mundo transnacional de los cominternistas no puede reducirse solamente a Europa.

Finalmente, desde América Latina nos conviene retomar el libro para repensar la importancia de lo transnacional en el quehacer de los partidos comunistas locales. Si bien este ámbito ha comenzado a ser explorado, me parece necesario continuar investigando en un plano que puede ayudarnos a comprender no sólo las relaciones partidistas, sino las dinámicas asociadas a elementos como la formación de cuadros a través del exilio, la distribución de literatura o la identidad cultural de los comunistas a lo largo del continente.

 

Sebastián Rivera Mir
Universidad Autónoma Metropolitana
Unidad Cuajimalpa
México

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