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Revista de filosofía

versión On-line ISSN 0718-4360

Rev. filos. vol.77  Santiago dic. 2020

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-43602020000100235 

Documentos

Celebración del 177 Aniversario de la Universidad de Chile. Discurso en el acto de homenaje de la Universidad a los cinco profesionales laureados con el Premio Nacional en sus respectivas disciplinas el año 2019

Marcos García de la Huerta1 

1Universidad de Chile, Santiago

Discurso de Marcos García de la Huerta en el acto de homenaje de la Universidad a los cinco profesionales laureados con el Premio Nacional en sus respectivas disciplinas el año 2019

Señor Rector, Señor Prorector, Señora Vice-Rectora, Señores integrantes del Senado, Decanos, autoridades, colegas, señoras y señores:

En este año 2019, cuando conmemora sus 177 años de existencia, la Universidad de Chile quiere celebrar a cinco profesionales que obtuvieron el Premio Nacional en sus respectivas disciplinas y se cuentan entre sus exalumnos y titulados o graduados en sus aulas. Como es tradicional, les reconoce este logro haciéndoles entrega de la Medalla Rectoral. Pero ¿no es una redundancia laurear a los ya laureados? No, porque la Universidad quiere mostrar en este acto que ella es parte de ese logro, que el Premio Nacional es también un éxito institucional. Por eso quiere mantener este acto de reconocimiento en este año de aniversario, y mostrar así, al mismo tiempo, cuánto prima en su quehacer el estímulo y la incitación sobre las prescripciones. Permítanme, entonces, expresar en nombre de esta Casa de Estudios, mis más cálidas felicitaciones a quienes obtuvieron el superior reconocimiento que otorga el Estado de Chile: a María Victoria Peralta Espinosa, Premio Nacional de Ciencias de la Educación; a Mónica González Mujica, Premio Nacional de Periodismo; a Eduardo Vilches Prieto, Premio Nacional de Artes Plásticas y a Ramón Griffero Sánchez, Premio Nacional de Artes de la Representación y Audiovisuales. Solo cada uno de ellos sabe lo que significa este premio, en términos de desvelos, trabajo y sacrificio: esa es la otra cara de la Medalla, por así decirlo.

Agradezco profundamente al rector Ennio Vivaldi el haberme dado la oportunidad de expresar estas palabras de saludo y felicitaciones a los laureados, en nombre de todos ustedes y de la Universidad.

En los momentos que vivimos, no referirse a la crisis que atraviesa el país puede parecer inapropiado. Pero no quisiera abundar demasiado en el tema por absorbente que sea. Que hay tendencias autodestructivas en las sociedades democráticas ya no puede desconocerlo nadie; la cuestión es cómo manejar democráticamente esas tendencias, secuelas en gran parte de algunas desmesuras: desde luego, ilimitación de la ganancia, ilimitación del deseo, del consumo, en fin, ilimitación de la espera y la esperanza. Me limitaré, pues, a reiterar brevemente las palabras expresadas por el Comité de Coordinación Institucional de la Universidad, que reflejan mi opinión y sentimientos sobre este punto, en cuanto a la necesidad de hallar en la institucionalidad amenazada el referente mayor de cualquier posicionamiento ante una virtual connivencia entre la anomia y la anarquía. “Ante la situación del país que compromete la convivencia democrática nacional, señala dicho Comité, la Universidad de Chile invita a la ciudadanía y a las autoridades a sumar esfuerzos para… recuperar las vías institucionales de diálogo y deliberación pública, ampliando las bases de la participación cívica y generando los espacios de diálogo amplios y transversales indispensables para restablecer la paz social”. “Como institución pública, republicana y plural, la Universidad está comprometida a redoblar esfuerzos para, desde nuestras distintas disciplinas, aportar a las soluciones que permitan reducir las desigualdades y asegurar un desarrollo social más inclusivo, sustentable y justo”.

Lo que tienen en común esta cuestión y la relativa al premio, es la gravitación de lo institucional. No hay duda de que el Premio Nacional es algo más que un logro personal. En grandísima medida, uno es, y se reconoce intelectualmente como creatura de esta Universidad. Como estudiante, elegí seguir la carrera de Ingeniería Comercial en ella, a pesar de venir de una institución católica, en parte atraído por su programa de estudios, y en parte porque me sentía más cómodo en una atmósfera intelectual laica y plural. Tengo un recuerdo entrañable de los años que pasé en el colegio de los jesuitas y a ellos debo sin duda mi inclinación por la filosofía, cuyo origen histórico sería justamente la erosión de una fe ancestral. Mi elección del antiguo Instituto Pedagógico responde a una razón análoga, ya había respirado el agradable aroma del incienso, y el carácter de campus del Pedagógico prometía nuevos aires y el atractivo de una escuela no disciplinaria o profesional.

Entonces, resulta que casi sin querer y queriendo, mi vida académica está ligada estrechamente y desde el comienzo, al búho, este pajarraco que tiene por emblema el Club Deportivo más que de la Universidad misma, a pesar de que la lechuza es el símbolo de la filosofía, y los griegos la representaban sobre los hombros de Minerva, porque el búho no ve a ras de suelo, tampoco ve bien a pleno día, y necesita de la penumbra del atardecer para aprehender su presa. Hay quienes piensan que la lechuza es ave de mal agüero y por eso la llaman chuncho; discrepo de eso: el chuncho es una especie de sucedáneo del ángel de la guarda. Por lo menos, ha sido eso para mí, pero además de creer en ese ángel, el búho es un ave notable: se encandila con la luz y no ve sino desde la altura, pero una vez que detecta la presa, jamás la hierra.

Mirada retrospectivamente, mi vida académica posterior también aparece entrañablemente ligada a la Universidad de Chile; desde ella he realizado proyectos de investigación con el Conicyt y el Cesic de España, publicado en la Editorial Universitaria, con ella nos abrimos a la colaboración con los colegas de la Universidad de Paris en los años más difíciles de la dictadura, creamos el Doctorado en Filosofía con Menciones, en fin, desde la dirección de la Revista de Filosofía, pudimos conseguir la indexación ISI y SCOPUS, reconocidas en el mundo entero.

Por lo que he podido conocer de la trayectoria académica y profesional de mis colegas galardonados, se justifica plenamente que la Universidad haya querido realizar este acto de celebración cumpleañera, precisamente en esta ocasión, que para ellos también es un motivo de homenaje y un reconocimiento recíproco.

La noticia del premio me tomó por sorpresa, no porque no la esperara: si uno postula o lo postulan a algo es con la intensión de alcanzarlo, pero son tantas las incógnitas, tantos los imponderables y los aspirantes, que resulta temerario adelantarse a cualquier resultado. Por lo demás, el sigilo que reina previo al fallo tampoco permite anticiparse, y seguramente para los mismos jurados el resultado es una incógnita; el tacto, la reserva y la prudencia pueden resultar decisivos. Uno conversa, naturalmente, con algunas personas que se supone tienen alguna experiencia al respecto, pero las conjeturas van en distintas direcciones y la regla es que resultan fallidas.

En los días y en las horas previas, el ánimo comienza a ser capturado por el ethos competitivo, es cierto, pero si lo que se ha hecho, se ha hecho con gusto –y es lo que da el empuje y la fuerza–, nunca uno piensa que su trabajo va a ser acogido con un premio. Si llega, claro que es bienvenido y se lo recibe con gratitud y alegría, pero al iniciar la solicitud, uno lo hace con la misma disposición de quien lanza un mensaje en un la botella: con la expectativa que llegue a buenas manos, pero sin olvidar que está entregado a todas las contingencias; no solo a la del oleaje y el viento.

Muchas gracias

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