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Revista de filosofía

versión On-line ISSN 0718-4360

Rev. filos. vol.76  Santiago dic. 2019

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-43602019000200280 

Reseñas

Michel Onfray. Decadencia. Vida y muerte del judeocristianismo

Alejandro Ramírez Figueroa1 

1Universidad de Chile. Chile

Onfray, Michel. 2018. Decadencia. Vida y muerte del judeocristianismo. Buenos Aires: Ed. Paidós, 515p.

Michel Onfray continúa en este libro (publicado originalmente en Flamarion, Paris, 2017), sus exploraciones acerca de una teoría de la naturaleza materialista del mundo. Puede agregarse que, en ese sentido, representa hoy, junto con A. Comte-Sponville, en buena medida la filosofía del ateísmo en Francia. Ya con anterioridad había indagado en la búsqueda de una imagen, por decirlo así, “no oficial” de la filosofía, de la historia y de las civilizaciones, de una imagen que considera aquellos pensamientos que a veces no se quiere mirar, que incomodan, como son el rescate de las ideas ultra de los filósofos de la Ilustración, del pensamiento libertino barroco, de los hedonistas cristianos antiguos, del ateísmo y de una visión materialista cuya presencia es subyacente a muchas corrientes filosóficas.

M. Onfray examina esta vez la aparición, expansión y domino del judeocristianismo como civilización (parte I) y su decadencia y muerte a partir del Renacimiento y la Ilustración, con la aparición de los totalitarismos diversos (parte II). En total, dos grandes partes, tres capítulos en cada una y en cada capítulo exactamente 5 secciones. El autor describe y teoriza, interpreta e insinúa, y las más de las veces dice frontalmente pero con elegancia, a menudo con ironías y sarcasmos, lo que hay que decir, lo que hoy es bueno decir en términos de filosofía, esto es, cómo se constituyó realmente el “estado cristiano”, el “ser cristiano”, se podría decir, y cómo el cristianismo se hizo estado dominante y excluyente, cómo dominó sin contrapesos al menos los primeros 1400 años de las conductas y el pensamiento en Occidente, cómo se pasó de un cristianismo originario, aquel del amor al prójimo a otro, bien diferente y triunfante, al de Pablo de Tarso y después al de Agustín de Hipona, un cristianismo de la espada, de la guerra, de la intolerancia, de la neurosis por lo sexual (o anti sexual), del exterminio de aquel prójimo que había que amar, que no concuerde con la doctrina, que ose pensar por sí mismo o que no nos ame como lo amamos nosotros, aquel de las brujas, del Index, del establecimiento del “monje-soldado” de las cruzadas, de la Inquisición, de la desaparición de los 300 libros de Epicuro (y el favorecimiento de Platón y Aristóteles. Hay que decir que, en efecto, ni los cínicos, ni los epicúreos, ni los escépticos ni específicamente Lucrecio, le servían a la nueva religión), el de la afirmación, en fin, de que “todo poder viene de Dios” (Pablo), con lo cual se forman las bases de las monarquías absolutas. Pero, con la decadencia a partir de la Ilustración sobre todo, aparecen también otros horrores, los de Robespierre y los totalitarismos, impuestos, según Onfray, por las tesis de Rousseau: aquella según la cual el hombre es bueno y lo corrompe la cultura y aquella, también, de que debemos pensar solo hipotéticamente, no sobre hechos (hay que decir que el “estado de naturaleza”, de los filósofos pactistas, como Locke, Hobbes y el mismo Rousseau a quien alude Onfray, no describían realidades sino condiciones de posibilidad. Dicho concepto era una exigencia lógica de la teoría. Eran “hipótesis”. Parece, en todo caso, dicho esto muy al pasar y en forma de paréntesis, que el pensar con hipótesis, que representa para Onfray una fuente de descamino en el pensamiento político, en la ciencia, por ejemplo, por el contrario, es la manera de teorizar, y la manera más fructífera. El desapego respecto de los hechos, de las realidades y su reemplazo por pensamientos hipotéticos y luego la acción basada en ellos, a ese idealismo pertenece el nacimiento de los totalitarismos, según el autor. ¿Sería el “realismo filosófico” el antídoto, entonces?

Se trata, pues, de comprender cómo se “inventó una civilización” (p. 41). El nacimiento del judeocristianismo es, según el autor, algo singular, pues se basa en una figura de ficción: el “anticuerpo de Cristo” (judeocristianismo: el término mismo parece un oxímoron). Ha sido más o menos consenso aceptar la figura histórica de Cristo. Onfray muestra que no fue tal, sino que fue solo un concepto. No hay registros históricos (de los historiadores romanos de la época, por ejemplo, Suetonio, Plinio o Flavio Josefo, p. 55) de su existencia, lo cual es al menos curioso. Así se expresa el autor: “Esta ausencia de cuerpo físico real parece perjudicial para una razón conducida sanamente. Ahora bien, la razón occidental judeocristiana se construye sobre ese puro despropósito” (p. 42).

La secuencia, muy simplificada en todo caso, del cristianismo es, pues, Cristo, Pablo, Constantino, San Agustín. Con el primero, amamos al prójimo; con el segundo liquidamos al prójimo que se oponga a la doctrina universal, todo hombre convertido ahora en prójimo, sin regionalismos, lo cual es, tal vez, el mayor aporte del naciente cristianismo; con el tercero el cristianismo pasa de secta a religión universal y estatal y al dominio sobre todo sujeto; y con el último debemos aceptar que “Dios justifica la buena guerra” (p. 195) y “la Iglesia persigue, pero por amor” (p. 194). Dicha transformación tan radical es la que, indudablemente, ha marcado toda la cultura en Occidente. Dicho cambio radical casi contradictorio es, no obstante, la base racional en la que nos reconocemos. El punto aquí no es que esta expresión religiosa haya propugnado o no la guerra y el exterminio, pues ello es y ha sido casi el estado común de las culturas. Lo que es relevante para Onfray es que ello haya sido sostenido y practicado egregiamente justamente por la doctrina del amor.

Según Onfray, el proceso de decadencia del judeocristianismo hizo emerger o ganar fuerza al “espíritu del resentimiento”, aquel que hace atacar, descalificar y exterminar. Los fascismos y el estalinismo serían expresiones perfeccionadas de dicho espíritu, surgido de la guillotina ilustrada. Tal vez, afirma el autor, el nazismo sea el producto más acabado del resentimiento en Occidente, contra judíos, gitanos, homosexuales, comunistas. Así, Onfray ve en la revolución francesa, en la revolución bolchevique y en el “mayo del 68” tres instancias de dicho resentimiento, de la “decadencia” de Occidente. Del resentimiento incubado y practicado por el judeocristianismo.

La primera parte del libro, la que trata del dominio pleno del judeocristianismo es la más fuerte en términos filosóficos. Su desarrollo es más nítido, deja las cosas más en claro que la segunda, donde el cristianismo en decadencia daría lugar a procesos totalitarios de diverso signo. Tal vez, el nexo entre esa decadencia y la aparición del “espíritu del resentimiento” es algo más difícil de captar para el lector.

¿Pero trata, entonces, el libro sobre ateísmo como fenómeno cultural y filosófico, sus dos dimensiones? Específicamente, ¿es el texto un compuesto argumentativo en contra de los fundamentos de la creencia teísta judeocristiana desde sus inicios? ¿Es una revisión de los argumentos del teísmo en su historia (ontológico, cosmológico, etc.), como ocurre en otros libros del autor? Nada de eso. Ni siquiera lo es acerca de aquellos argumentos teístas que podrían estar subyacentes a los sucesos históricos de los que trata el libro. Porque de la crítica a la Iglesia católica, en este caso, a sus procedimientos, a las conductas de sus representantes directos e indirectos, a los que la siguen y simpatizan o no con ella, de todo ello no se sigue el ateísmo. Aquí el autor no persigue ese fin. El análisis de Onfray, sobre todo en los primeros capítulos, recuerda a veces a Voltaire, por lo filoso, acertado, ingenioso, claro y valiente; pero, de esa postura deísta, en todo caso, no podemos concluir nada sobre el ateísmo, como el mismo Onfray lo ha mostrado por lo demás en sus otros escritos. El autor oficia, en este libro, de deísta. En este caso se centra en el análisis de los acontecimientos principales, a su juicio, que han dado forma al dominio, muchas veces excluyente, violento e hipócrita y a la decadencia de la religión judeocristiana hasta hoy. Tiene su foco en develar ante el lector lo que ha sido uno de los caminos de nuestra civilización, así como lo hizo en el conjunto de sus textos sobre una historia paralela de la filosofía, aquella que de ordinario queda escondida bajo la narración oficial de los acontecimientos y las teorías.

Pero lo anterior conduce a otra pregunta. ¿Puede, así y todo, el análisis que el autor lleva a cabo ofrecer bases al menos para un ateísmo? Como se ha afirmado, si bien Onfray es un claro representante del ateísmo en el pensamiento actual, en este libro no argumenta en ese sentido. Pero el análisis deísta puede sin embargo llegar a ofrecer elementos para transitar a un ateísmo. Por ejemplo, en la religión judeocristiana la figura de Dios, el padre, es transempírica. Pero, Cristo pretendía ser una figura metida en la historia, en la experiencia humana común. Pero Onfray rebate esto último: Cristo no es más que una ficción, una alegoría, un concepto para pergeñar una nueva religión, una ficción sin ese apoyo empírico aducido. El hombre que crea el cristianismo real y tangible es sobre todo Pablo de Tarso. El cristianismo pierde su base empírica. La civilización occidental ha sido construida sobre unas bases de locura, de algo “inaudito”(p. 45), de una ideología basada en una neurosis sobre el sexo, su privación y su asociación con el mal. Si es así, si esta religión, que originalmente con Cristo era del amor, pero que su figura era solo una ficción, y que con Pablo se convirtió en lo contrario, y es la que dominó sin competencias, ¿no hay acaso dudas, mínimamente atendibles, acerca de si debemos regir nuestras vidas por el mero supuesto de la existencia de semejante deidad? Si no lo debemos hacer, aparece la figura de Epicuro: allá están los dioses, ocupados de sus asuntos, sin ninguna providencia sobre nosotros. Esto, por cierto, está aún lejos del ateísmo, pero ofrece ciertas bases para un tránsito hacia dicha postura. Onfray es un filósofo del ateísmo pero que ahora nos ofrece un libro de crítica deísta (hay que considerar que la mayoría de los filósofos críticos de la religión han sido en realidad deístas o agnósticos, no ateos).

No es muy creíble, en consecuencia, afirmar, como a veces se escucha, que a pesar de los fallos del judeocristianismo es preferible a otras doctrinas y posibilidades de pensamiento sobre las cuales construir una civilización. Claro que lo hecho ya está hecho. El punto es qué hacer en adelante.

Michel Onfray, representante francés de la filosofía del ateísmo en el pensamiento actual, desarrolla aquí, en suma, una crítica deísta, decidida y rigurosa, una filosofía de la civilización (al decir de P. Sloterdijk, en sus análisis de las luchas, teóricas y de hecho, entre los tres monoteísmos), que nos muestra la vida y muerte del judeocristianismo como el elemento base de Occidente, a la par, y quizás más, que el originario racionalismo griego. Vida y muerte. ¿Se adelanta demasiado Onfray al decir “muerte”? Y si no, ¿habrá resurrección?

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