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Revista de filosofía

On-line version ISSN 0718-4360

Rev. filos. vol.71  Santiago Nov. 2015

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-43602015000100023 

RESEÑAS

 

Raúl Villarroel.
Interesarse por la vida. Ensayos bioéticos y biopolíticos.

Santiago: Editorial Universitaria, 2014.

 

El libro del profesor Raúl Villarroel que ahora presentamos, se ocupa, si hemos de prestar atención a su contenido explícito, de tres cuestiones generales, a saber, de un conjunto de problemas relativos al manejo deliberado de la vida humana; de los dilemas éticos que plantea el medio ambiente; y, finalmente, de las relaciones que median entre la ética, la economía y la democracia.

¿Hay algo en común en el tratamiento que el profesor Villarroel efectúa de esas tres grandes cuestiones?

Si bien son asuntos en apariencia distintos, y se les trata además no en la forma de una monografía, sino sirviéndose de artículos escritos con ocasión de distintas circunstancias, una vez que uno cierra las páginas de este libro y toma distancia de él, descubre un argumento que les subyace y que parece ser, por decirlo así, el que guía las reflexiones del profesor Villarroel. Todas las cuestiones que se reúnen en las páginas de este libro serían el resultado, en efecto, de la predominancia de la técnica. La desmesura de la técnica y las dificultades de la ética para guiarla, en cuestiones en apariencia tan disímiles como el control de la natalidad, el medioambiente o el desarrollo sustentable, es el problema sobre el que este libro vuelve una y otra vez. Este problema se detecta a propósito del dispositivo clínico; de la eugenesia o la intimidad; de la empresa científico tecnológica; del medioambiente; del desarrollo; y de la concepción que de sí misma tiene la ciencia económica. En todos esos casos, explica el profesor Villarroel, “el cerco de una racionalidad puramente instrumental se ha tendido sobre la sociedad contemporánea” (p. 168).

Como se sabe, Heidegger fue uno de los primeros que llamó la atención acerca del hecho que la esencia de la técnica no era técnica. Detrás de la neutralidad meramente descriptiva que su discurso poseía, se ocultaba una decisión metafísica, esto es, una cierta manera de estar el ser humano en el mundo. Esta forma de estar el ser humano en el mundo de la que la técnica, aunque rehúsa reconocerlo, sería portadora, consistiría en concebir todo lo existente como un objeto a disposición del sujeto, como un útil que podía ser empleado o manipulado a discreción. Hans Jonas, por su parte, denominó nihilismo cinético a ese rasgo de la modernidad cuyo lema sería “siempre más, siempre más rápido,siempre más eficiente, siempre más productivo”. Me parece que este tipo de diagnóstico acerca del saber de nuestra época es el que subyace en las páginas de este libro, tanto en las que se dedican, por ejemplo, al saber médico o al poder político, como a las que se refieren a la economía en tanto disciplina. En todos esos casos, el diagnóstico que inspira el análisis parece ser el mismo: habría un cierto nihilismo en el quehacer de la modernidad el que explicaría que nuestra cultura estuviera ensimismada en los medios, pero carente de reflexión acerca de los fines.

Ese rasgo es el que llevaría al médico a concebir la cura casi como un resultado exclusivo de la técnica, con desprecio de la naturaleza, como si el quehacer médico correspondiera a una poiesis; al Estado a registrar, acumular y archivar a la población como si fuera un simple recurso a disposición de las public policies, de las políticas públicas; y a la economía a naturalizarse, alejándose de sus orígenes que la emparentaban con la reflexión moral. Ese nihilismo cinético, para repetir aquí la caracterización de Jonas, suprimiría, o tendería a suprimir, la búsqueda de lo que pudiéramos llamar el asentimiento reflexivo que es propio de la ética. Pensar éticamente, en cualquier ámbito del quehacer humano, equivale a detenerse, en ese momento que media entre el impulso y la acción, para saber si lo que podemos hacer, aquello que está a nuestro alcance realizar, lo que, en una palabra, nos brinda la técnica, debe o no ser ejecutado. Esta caracterización de la ética –y de todas sus formas derivadas, la bioética incluida, por supuesto– está presente en casi toda la literatura, desde los antiguos a la reflexión contemporánea. Allí donde la reflexión ética existe, el sujeto buscaría un asentimiento reflexivo que le permita concluir que lo que puede hacer debe también hacerlo. El nihilismo cinético, sin embargo, y este parece ser el destino de nuestra época, amenaza con hacer irrelevante la búsqueda de ese asentimiento reflexivo.

Ahora bien, la pregunta que sobre el fondo de ese diagnóstico cabría formular es cómo debieran resolverse los problemas éticos en una sociedad de esa índole: ¿de qué forma una sociedad como la moderna debiera orientar la acción y someter a la técnica?

A la hora de responder esa pregunta, me parece, el profesor Villarroel incurre en una especie de ambivalencia, puesto que en ocasiones arguye una ética orientada por la hermenéutica, en la que los criterios se encontrarían al interior de un cierto horizonte histórico, y en otras ocasiones, en cambio, parece inclinarse nada más que por una ética orientada por reglas.

Por ejemplo, a propósito de la bioética de principios que subyace al Informe Belmont, el profesor Villarroel reclama una perspectiva de índole hermenéutica y no solo prescriptiva. En ese informe se formulan una serie de criterios generales, v.gr., el principio de beneficencia, el de autonomía, etcétera, con un cierto orden de prioridades para resolver los dilemas bioéticos que plantea la investigación que involucra a seres humanos. El defecto de ese informe, a juicio del profesor Villarroel, es, en sus palabras, que “carece de aquella profunda reflexividad que brota de los avatares de la historia, del proceso de decantación de la moralidad humana en el que los principios se han venido estableciendo como tales y han obtenido su valor y distintividad, y en virtud de lo cual se legitima en la actualidad una adhesión irrestricta a su fuerza vinculante” (p. 56). En otras palabras, en opinión del profesor Villarroel, ese tipo de ética de principios en vez de sujetar a la técnica o ponerle límites, acabaría tecnificando, por decirlo así, a la ética misma, desproveyéndola de todo sentido hermenéutico. La ética de principios, al desdeñar el suelo histórico sobre el que debe emprenderse la reflexión ética, desproveería a los resultados de la deliberación de toda fuerza vinculante.

En cambio, a propósito de las relaciones entre ética y economía política, la perspectiva cambia porque ahora se reclama una democracia deliberativa fundada en derechos. “Un buen desarrollo, un desarrollo entendido en clave ética, explica el profesor Villarroel ahora, necesita de una estructura de democracia participativa, que permita la deliberación activa y comprometida de unos ciudadanos diversos y empoderados, que reivindiquen sus derechos teniendo en vista, en último término, la vida en sí misma” (p. 216).

Como es fácil advertir (es cosa de recordar el viejo debate entre Gadamer y Habermas), se trata de puntos de vista de algún modo inconsistentes entre sí puesto que uno de ellos, la reflexividad hermenéutica, requiere un horizonte histórico que es distinto en cada caso, y el otro, la perspectiva deliberativa fundada en derechos, reclama un horizonte que trasciende toda historicidad. Esta ambivalencia que es posible detectar en los trabajos que componen este desafiante libro no es, por supuesto, un defecto de él o de su autor, sino quizá la mejor muestra de la índole ambivalente que la misma ética posee en las sociedades modernas, las que aspiran a esgrimir una identidad que las diferencie y, al mismo tiempo, un universalismo que les permita dialogar entre sí.

Esa ambivalencia que este libro acredita, muestra, sin embargo, que el diagnóstico inicial relativo a la presencia de la técnica y la matematización de la vida en todos los intersticios de la existencia quizá deba ser matizado.

La técnica, es cierto, ha invadido la existencia hasta sus últimos pormenores, pero no ha cancelado del todo la búsqueda de asentimiento reflexivo ni ha suprimido los mundos de la vida en cuyo interior se forjan, a veces por generaciones, diversas concepciones del bien a cuya luz los individuos buscan orientar sus vidas. El problema parece consistir entonces, más bien, no en la existencia de un nihilismo cinético, para usar de nuevo el giro de Hans Jonas, sino de un pluralismo radicalizado que impide que una sola concepción de vida buena oriente la existencia y obliga, en cambio, a que varias de ellas deban coexistir incluso al interior de una misma comunidad política.

De ahí entonces que quizá la cuestión ética en el mundo contemporáneo deba plantearse distinguiendo entre enunciados evaluativos, relativos a que es bueno en cada caso, y enunciados morales, que establecen lo que en cada caso es correcto de ser ejecutado. Como se recuerda, es Habermas quien ha sugerido que mientras los primeros, los enunciados evaluativos, no pueden sobrepasar el mundo de la vida que les sirve de horizonte de sentido, los segundos, en cambio, sí en la medida en que están al alcance de una justificación epistémica. Un punto de vista similar es el que defendió Rawls cuando sostuvo que en las condiciones modernas solo podía aspirarse a un consenso superpuesto entre las diversas cosmovisiones existentes. Así las cosas, el problema que cabría plantear es cuál es la línea que pone de un lado las cuestiones evaluativas, entregadas, por decirlo así, a la hermenéutica del mundo de la vida, y, del otro lado, a las cuestiones morales, entregadas a la justificación epistémica que surge de la deliberación democrática. Me parece que una de las virtudes del libro del profesor Raúl Villarroel es que, al poner de manifiesto esa ambivalencia en el conjunto de los textos reunidos en este libro, abre la puerta para plantear este problema: cuál es la línea que en las condiciones contemporáneas permite distinguir entre cuestiones evaluativas y cuestiones morales.

¿Existe esa línea? Hay varios candidatos, aunque ninguno firme, para cumplir ese papel.

Uno de los más populares es el principio de dignidad humana que hoy admiten, de manera casi unánime, las legislaciones. Se trata de un principio que formuló, de la manera en que modernamente ha llegado hasta nosotros, Kant.

Siguiendo la tradición estoica –en especial una de las cartas morales que Séneca dirigió a Lucilio– Kant utiliza la palabra “dignidad” (Würde) como un término técnico para aludir a aquello que tiene valor en sí mismo y no por referencia o relación a ninguna otra cosa. Las cosas, explicaba Séneca a Lucilio, como una casa o un libro, son sin duda bienes; pero no lo son desde todos los puntos de vista. Ellos pueden poseer, afirma Séneca, precio; pero carecen de dignidad puesto que son sustituibles. El mismo argumento es reiterado siglos después por Kant, tanto en la Fundamentación como en la Metafísica de las Costumbres, para enseñar que los seres humanos son los únicos entes que equivalen a fines en sí mismos. Esta idea de dignidad se reitera hoy en múltiples textos constitucionales y declaraciones de derechos e inspiran muchas de las soluciones que deben ser alcanzadas cuando se enfrentan dilemas éticos como consecuencia de las posibilidades que brinda hoy la técnica médica.

Con apoyo en esa idea de dignidad humana, por ejemplo, suele ponerse límites a la creación de la vida, mediante, por ejemplo, la clonación. Si se permitiera poner la identidad de un ser humano a disposición de la voluntad de otro, se le asemejaría a una cosa y se suprimiría casi del todo la condición de sujeto único e insustituible que reclama para él la tradición que, según acabamos de ver, viene de los estoicos hasta culminar en Kant.

Pero no es solo la idea de dignidad humana la que nos orienta en la resolución de los dilemas éticos. También se encuentra la idea de autonomía, otra idea kantiana, dicho sea de paso, conforme a la cual los seres humanos somos seres capaces de trazar planes de vida y adoptar decisiones a la luz de ese plan. En otras palabras, el principio de autonomía enseña que los seres humanos somos entes que nos autogobernamos y que, en una amplia gama de asuntos, por ejemplo el de la reproducción humana, tenemos pleno derecho a adoptar decisiones que atingen a cada uno, aunque ellas hieran el punto de vista de otros seres humanos. Es probable que sea esta idea de autonomía la que permita resolver el problema de la eutanasia que también considera el profesor Villarroel en su libro.

No son, sin embargo, las cuestiones anteriores las más acuciantes en el debate ético acerca de las ciencias biomédicas. Hace 15 años, Peter Sloterdijk sostuvo que el humanismo y la biotecnología eran cosas más o menos parecidas, puesto que ambas constituían un esfuerzo deliberado por mejorar a los hombres. El humanismo, explica Sloterdjk, creyó que se podía mejorar a los hombres acercándolos a las letras; pero la experiencia muestra, dijo, que ese camino fracasó. Quizá el futuro, sugiere, esté en la biotecnología que podrá, con mayores posibilidades de éxito, emprender la mejora eugenésica que el humanismo alguna vez intentó. Las palabras de Sloterdjik causaron, por supuesto, un gigantesco revuelo y dieron lugar a una respuesta de Habermas, quien dijo que no cabía cifrar esperanzas eugenésicas en la biotecnología porque, si se admitiera el diseño de los seres humanos, algo que está hoy casi al alcance de la mano, suprimiríamos una de las fuentes de la dignidad sobre las que reposan las sociedades democráticas.

La modernidad poseería así –y me parece que esta constatación está implícita en todos los textos de este libro– la rara condición de ser una época que ha erigido a la ética, en sus diversas versiones, en una disciplina pública, desproveyéndola, sin embargo, de las condiciones para que ella sea eficaz. La nuestra sería, pues, una época que saca la preocupación ética de la cultura espontánea y la instituye, en cambio, en una disciplina de especialistas carente de toda eficacia.

 

Carlos Peña

Universidad Diego Portales
Universidad de Chile
carlos.pena@udp.cl

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