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Urbano (Concepción)

Print version ISSN 0717-3997On-line version ISSN 0718-3607

Urbano (Concepc.) vol.23 no.42 Concepción Nov. 2020

http://dx.doi.org/10.22320/07183607.2020.23.42.01 

Artículos

CIUDAD Y SEGREGACIÓN VAPULEADAS POR EL CAPITALISMO. CRÍTICA DE LOS ENFOQUES IDEALISTAS

Francisco Rafael Sabatini Downey* 
http://orcid.org/0000-0001-8745-0052

Alejandra Rasse** 
http://orcid.org/0000-0003-0625-8021

María Paz Trebilcock*** 
http://orcid.org/0000-0001-7430-6051

Ricardo Greene**** 
http://orcid.org/0000-0002-1930-320X

*Profesor titular, Doctor en Urbanismo, Universidad del Bio-Bio, Pontificia Universidad Católica de Chile, Departamento de Planificación y Diseño Urbano -Instituto de Estudios Urbanos, Concepción, Chile, 05.francisco@gmail.com.

**Profesora asociada, Doctora en Arquitectura y estudios Urbanos, Pontificia Universidad Católica de Chile, Escuela de Trabajo Social, Centro de Desarrollo Urbano Sustentable, Santiago, Chile, arasse@uc.cl.

***Directora y profesora asistente, Doctora en Sociología, Universidad Alberto Hurtado, Departamento de Sociología, Santiago, Chile, mtrebilcock@uahurtado.cl.

****Investigador adjunto, Doctor en Antropología, Universidad de Las Américas, Facultad de Arquitectura, Diseño y Construcción, Santiago, Chile, ricardogreene@gmail.com

RESUMEN:

Siempre ha sido difícil definir qué es una ciudad y ahora lo es más porque el auge de los negocios inmobiliarios la ha tenido sometida a una transformación incesante, incluyendo sus áreas periurbanas. Con ello, también la segregación ha adquirido un estado de mutación constante y, de hecho, ya no parece estabilizarse, como en el pasado, en patrones espaciales reconocibles. Esto ha estado sucediendo en las ciudades chilenas, como en las de muchos otros países. Resulta comprensible, así, la tentación de sustituir las definiciones físico-geográficas y planimétricas, tanto de ciudad como de la segregación, por otras que enfatizan los procesos. ¿Quiere decir, entonces, que la dimensión físico-espacial de la ciudad carece de importancia como, implícita o explícitamente, argumentan los economistas neoliberales y los urbanistas apegados a enfoques estructural deterministas? Es cierto que la pandemia del COVID19 hace evidentes las flaquezas de estos enfoques que desconsideran lo espacial, pero eso no resta relevancia al examen de su armado teórico, el que se abordará aquí con base en una revisión crítica de la literatura especializada y en testimonios de especialistas recogidos por un estudio sobre segregación en tres ciudades chilenas, del cual este artículo es resultado. Concluiremos estas páginas planteando la necesidad de reforzar la investigación empírica de la ciudad y la segregación, lo mismo que nuestra atención a sus dimensiones subjetivas.

Palabras clave: Neoliberalismo; estructuralismo; idealismo; urbanismo

INTRODUCCIÓN

SIEMPRE HA SIDO DIFÍCIL DEFINIR QUÉ ES

UNA CIUDAD Y AHORA… MÁS AÚN

Parecen innegables los atributos de la ciudad. En tal sentido, Louis Wirth destacaba, en su famoso artículo de 1934, que ésta ha constituido “un crisol de razas, gentes y culturas y la base más favorable para nuevos híbridos biológicos y culturales… ha unido a gentes de los confines de la tierra por ser diferentes” (2005, p.6).

Sin embargo, a pesar de la riqueza que ha aportado, o quizás precisamente debido a ella, siempre ha sido difícil precisar qué es una ciudad. El mismo Wirth ensayó una definición compuesta: entidad lo suficientemente grande, densa y diversa (2005); conjeturando, luego, sobre las relaciones entre dichas dimensiones. Sugirió, en lo más sustantivo, que el aumento del tamaño y densidad producían contactos que, pese a ser cara a cara, eran “impersonales, superficiales, transitorios y segmentados” (Wirth, 2005, p. 7).

El aporte del artículo de Wirth ha radicado preferentemente en esas hipótesis o conjeturas acerca del “modo de vida urbano”, antes que en su definición de ciudad, en cierta medida infructuosa. Los tres atributos son, en efecto, difíciles de precisar. ¿Cuándo una entidad es suficientemente grande, densa y heterogénea como para merecer el rótulo de ciudad?

Como definición, la de Wirth se sumó, y sin duda aportó, a una cierta apología del encuentro en diversidad que recorre la historia del urbanismo desde el mismo Aristóteles en La Política. En comparación, los atributos de tamaño y densidad han sido menos convincentes, por cuanto a ellos se les han endosado efectos negativos, que al atributo de heterogeneidad, no. Tal vez el aserto más común en la tradición académica y profesional del urbanismo ha sido el de imputar diferentes males al “excesivo” tamaño de las ciudades; tendencia que se repite cuando de la densidad urbana se trata. Las hipótesis de Wirth se sumaron, sin duda, a aquella tradición intelectual que podríamos catalogar de antiurbana, que Capel describe (2001) y que incluye, entre muchos otros, a los arquitectos Le Corbusier y Frank Lloyd Wright, como lo muestra Fishman (1982).

Al final, en lo relativo a la definición de ciudad, hemos quedado por mucho tiempo como en el punto de partida: con una aseveración, entre filosófica y poética, de lo que una ciudad es. Esta situación fue llevadera mientras nos pudimos manejar con definiciones físico-materiales “obvias” basadas en la dicotomía campo-ciudad y en la existencia de una silueta física o borde, fácil de reconocer, que separaba la ciudad del campo.

Cuando las ciudades de la industrialización capitalista, especialmente las más grandes, “explotaron”, invadiendo el campo circundante, se produjo un cambio morfológico o físico geográfico importante. Las ciudades dejaron de ser lo que habían sido por miles de años: un espacio denso y continuo (Geddes, 1997). En las conclusiones de un estudio comparativo de once “regiones urbanas globales” de distintos continentes, Hack (2000) afirmaba que la morfología dominante era la caída de las densidades, la proliferación “poli nucleada” de asentamientos que producen un desarrollo disperso con un nivel decreciente de “compactación” de la respectiva región urbana, y la proliferación de centros comerciales y laborales en las áreas alrededor de estas ciudades (p.184-187), las que hoy denominamos periurbanos. La pérdida de la silueta urbana y el crecimiento en expansión de la ciudad, sobre todo hacia su aeropuerto internacional, también fueron regularidades constatadas por dicha investigación (Simmonds y Hack, 2000).

Posteriormente, las ciudades han acelerado su transformación, incluyendo la aparición por doquier de nuevas centralidades y, al mismo tiempo, el patrón de segregación ha mostrado una inestabilidad y cambio permanentes. Hoy es más difícil que antes definir empíricamente qué es una ciudad, lo mismo en términos generales que en términos de ciudades concretas; asimismo, se ha vuelto más difícil identificar el patrón de segregación residencial o socioespacial de ésta.

Viviendas campesinas en aldeas o en caseríos rurales afectadas por las formas negativas de segregación espacial, esto es, por la homogeneidad social del espacio, podrían devenir en viviendas “inclusivas” o “de integración social” por la mera construcción aledaña de condominios de clase media, servicios y comercio, shoppings incluidos. El significado general de los periurbanos y de sus “partes” actuales, aun sin que éstas sean modificadas, está cambiando en función del crecimiento del sector inmobiliario y el desarrollo urbano capitalista.

Entre las nociones más populares que se ofrecieron para capturar la morfología de las nuevas ciudades luego de la reforma económica neoliberal de los ochenta, están la “cittá difusa” de Francesco Indovina (1990), la “metrópolis desbordada” de Robert Geddes (1997) y las ideas que surgieron en el marco de la llamada “Escuela de Los Ángeles”. Aunque de enfoques variados, destacan, entre las concepciones que hacen parte de dicha Escuela, la idea-fuerza de que las ciudades de la globalización ya no tienen centro y la que sostiene que “las periferias urbanas dominan lo que queda del centro”, además de la conjetura de que todas las ciudades tenderán a asimilarse a este patrón urbano global (Dear, 2018, p. xxi).

Pero el reconocimiento de patrones espaciales fue pronto superado por nuevas y más radicales mutaciones físicas; entre ellas, la que podríamos denominar “vuelta a la ciudad” y la consiguiente revitalización de las áreas centrales tradicionales -la “gran reversión”, según Ehrenhalt (2012).

La transformación de las ciudades, entonces, ha cobrado intensidad después de esas propuestas morfológicas; en especial a partir de la crisis mundial de 2008 y de que la renta de la tierra adquiriera tanta importancia en el marco de las “crisis de realización” del capitalismo.

De hecho, las ciudades chilenas muestran un notable estallido de sus bordes y una -ahora innegable- ruptura de su patrón tradicional de segregación, incluyendo la disminución de ésta en muchos distritos de cada ciudad. Un gran dinamismo y variedad de usos del suelo se apodera de las áreas periurbanas, lo mismo que de la ciudad interior.

Para dar cuenta de esta realidad, sería conveniente rescatar el concepto de macro-zona utilizado décadas atrás por arquitectos y urbanistas en Chile, según plantea uno de nuestros entrevistados, José1, geógrafo, académico e investigador de larga trayectoria en estudios regionales. El método para identificar una ciudad -argumenta- tiene que cubrir tanto su dimensión morfológica como la funcional. Sin embargo, al comentar la propuesta existente en Brasil de tratar la costa de Sao Paulo como una enorme región funcional que incluya Rio de Janeiro, acota:

“Ahí entramos a otro problema, el problema de la escala. Un fenómeno macro a esa escala, pensando que la ciudad está inserta en esa región … nuevamente llegas a lo funcional”.

En suma, las representaciones morfológicas de la ciudad y de la segregación sirven menos que antes como recursos de conocimiento. No bastan para describir las ciudades que experimentamos. Superarlas, sin desechar del todo la forma espacial, parece ser un desafío clave para la investigación urbana -o el reto de cómo botar el agua sucia de la bañera sin el bebé.

LA TRANSFORMACIÓN URBANA FAVORECE ENFOQUES QUE DESCONSIDERAN LA CIUDAD

Lo que se avizora para el futuro es una persistente transformación de las ciudades, y por ello las definiciones morfológicas o físicogeográficas de ciudad y segregación parecen perder relevancia teórica y utilidad práctica, incluso para periodos acotados. Esta pérdida de valor la recogen los que hoy tal vez sean los abordajes más influyentes en el campo del urbanismo: el neoliberal, proveniente de la escuela de economía neoclásica, y los esquemas estructural-deterministas, derivados, en parte, del marxismo.

Desde las antípodas del espectro ideológico, ambos enfoques proponen abstraernos de la geografía y de la forma urbana. En seguida, estos serán discutidos críticamente, concluyendo en la necesidad de rescatar la importancia de “lo espacial” y de incorporar la experiencia y las subjetividades en la definición de qué es la ciudad y qué la segregación social del espacio.

LA CIUDAD DE LOS NEOLIBERALES

La discusión acerca de si la ciudad tiene un “tamaño óptimo”, típica entre los economistas neoclásicos (por ejemplo, Heilbrun, 1987 y Cardoso, 2018) trasunta una noción atomista, utilitarista de la ciudad en que el espacio (aglomeración, distancia, congestión) aparece como una dimensión secundaria asociada a ventajas y desventajas, a economías y deseconomías de aglomeración, a externalidades positivas y negativas. El que estos efectos sean denominados “externalidades” acusa la ontología y la epistemología individualistas de estos economistas. Al final, ellos renuncian al cálculo del tamaño óptimo por cuestiones técnicas de medición, y porque la ciudad cambia mucho, argumentan (Richardson, 1973; Heilbrun, 1987). No se consigue la “situación de equilibrio” que, como advierte críticamente Thomas Schelling (1978, p. 27), los economistas valoran per se, sin justificación.

Los economistas neoclásicos no ven o no logran hacerse cargo de los bienes públicos ni de los problemas asociados con su gestión, lo que no es menor, teniendo en cuenta que dichos bienes públicos pueden ser asumidos como la esencia de una ciudad desde el punto de vista económico, tal como argumentan Crane y Manville (2008). Los consideran de imposible cuantificación, llegando muchas veces a sostener que lo mejor es no hacer nada en materia de gestión. Además, terminan aplicando forzadamente la teoría económica a los mercados de suelo, al reducir la particularidad económica de lo urbano (los bienes públicos) a la idea de “externalidades” o de “distorsiones espaciales” (Glaeser, 1993).

Desde esta visión, la ciudad se constituye como suma de individuos que interactúan en los mercados. La política pública debe buscar la “neutralidad del espacio” (Glaeser, 1993 p. vii). De hecho, las “distorsiones espaciales” causadas por políticas carentes de dicha neutralidad, en conjunto con las externalidades, serían las causas de que los mercados urbanos no funcionen bien y que los costos sociales y privados no coincidan (Glaeser, 1993, p. 2).

Más allá del enfoque marcadamente liberal que estos argumentos trasuntan, subyace en ellos una desvalorización de lo espacial. Las imperfecciones de los mercados de suelo no reciben mayor atención, salvo por la “externalidades”, frente a las cuales suele recomendarse, como se señaló antes, la inacción. Los neoliberales entienden la ciudad como suma de partes, que es como comprenden también, en lo esencial, la economía y la sociedad: como suma de firmas o empresas y como suma de individuos racionales y egoístas. En su obra La ilusión occidental de la naturaleza humana, Sahlins (2011) critica este “desdén occidental por la humanidad” que hace de la avaricia un valor (p. 21).

La tendencia a aplicar herramientas conceptuales y heurísticas de la economía neoclásica a mercados tan imperfectos y peculiares como el de suelo se justifica, en último término, en que lo verdaderamente importante serían los individuos y las firmas racionales en su dinámica competitiva, y no los lugares. “Las razones que llevan a una ciudad a triunfar tienen mucho más que ver con su capital humano que con sus infraestructuras físicas”, dice a este respecto Glaeser (2011, p. 50).

El imperio del homus economicus y del que se postula como el producto más notable de la interacción entre esos seres racionales, a saber, la mano invisible del mercado2, llevan a desatender las realidades “sistémicas” constitutivas de la ciudad, realidades que podríamos resumir en dos conceptos claves: la “tragedia de los comunes” (Hardin, 1968) y el “efecto barrio” (Sampson, 2012).

La “tragedia de los comunes”, noción propuesta por el zoólogo y biólogo Garrett Hardin (1968), radica en que una suma de individuos, actuando racionalmente, producen o pueden producir una irracionalidad colectiva, que él llama tragedia. Estudiada por Hardin, la “tragedia de los comunes” fue mal resuelta por los economistas neoliberales. Del ejemplo que pone Hardin de una pradera común sobre-pastoreada y degradada por ganaderos particulares, dichos economistas destacaron el hecho de que se trataba de una propiedad común o pública y sacaron la peregrina conclusión de que el artículo de Hardin demostraba que la “tragedia de los comunes” se resolvería definiendo claros derechos de propiedad privada (como en Goodman y Stroup, 1991)3. Hardin pensaba, por el contrario, que se necesita más presencia del Estado, hablando incluso de un Leviathan que pusiera racionalidad colectiva allí donde ésta es demolida por el juego de los intereses individuales (1968). Como bien común, la ciudad puede ser comparada con la pradera de Hardin.

En general, los economistas neoliberales aceptan que existen las externalidades, pero tienden a destacar que es poco lo que puede hacerse en materia de “internalizar las externalidades”. Los argumentos esgrimidos: que es muy difícil y casi imposible cuantificarlas; y que es usual que el remedio (la política o norma) termine siendo peor que la enfermedad. La inacción o la resignación frente a las externalidades suele ser la actitud de autoridades asesoradas por economistas de esa orientación. El que esa salida, la renuncia a actuar, no los perturbe mayormente habla de lo secundaria que es para ellos la dimensión sistémica de la ciudad y del medio ambiente.

Por otro lado, el “efecto barrio”, una verdad de Perogrullo entre los epidemiólogos y una realidad empírica y teóricamente bien respaldada por la investigación social (Sampson, 2012), suele ser objetado por economistas y otros científicos sociales. El reclamo de “sesgo de selección” que levantan contra el “efecto barrio”, en general, y contra los efectos negativos de la segregación, en particular, trasunta, en definitiva, una desvaloración, incluso un abandono, de la dimensión geográfica y espacial de la ciudad. Glaeser (2011) lo expresa en una dicotomía maniquea: Las ciudades “no empobrecen a la gente, sino que atraen a los más necesitados” (p. 5). El argumento consiste en que la segregación espacial es consecuencia del desempleo y no una de sus causas

En cambio, los sociólogos urbanos, influenciados por la tradición de los epidemiólogos urbanos, como es el caso del citado sociólogo Robert Sampson (2012), sostienen que la segregación espacial puede agravar la pobreza y favorecer la desintegración social.

En último término, los cultores del homo economicus están premunidos de una suerte de “individualismo metodológico” (la expresión es de Diez-Roux, 1998) que los lleva a sustituir las realidades sistémicas constitutivas de las ciudades por realidades ideales que son resumidas en forma coherente en una idea abstracta de “sistema económico”. Al introducir su obra de revisión histórica de la vida económica, el historiador Fernand Braudel afirmó lacónicamente: “la economía, en sí, es evidente que no existe” (1986, p. 5).

En el extremo, el neoliberalismo nos ofrece la utopía de una suerte de “ciudad personal” que podemos construir a nuestro alrededor, lo que hoy tiene inmejorables condiciones con la comunicación digital y que está retomando fuerza con la pandemia del COVID19. Es un camino para neutralizar la geografía, o aplacar la fricción del espacio, y de paso evitar los contactos sociales cara a cara.

Herbert George Wells, en un escrito futurista publicado tan temprano como el año 1900 y analizado en Fishman (1987), imaginó una era en que las modernas tecnologías de comunicación harían posible a cada uno construir su propia ciudad. Una persona en una colina -especulemos-, recurriendo a esas tecnologías de comunicación fantásticas, podría organizar una ciudad personal con base en sus contactos con otras personas, sin requerir la copresencia ni menos la aglomeración de seres humanos que ha caracterizado a las ciudades en la historia.

La famosa Broadacre City de Frank Lloyd Wright es otra utopía urbana -más precisamente, antiurbana- que sigue parecida inspiración a la de Wells (Wright, 1932). Fishman (1987) examina ambas “anticipaciones” (p. 186-189) y las resume en la idea de una technoburb que, de hecho, se habría estado abriendo paso cuando él mismo publicó su libro, gracias a las nuevas tecnologías: “Comparada incluso con el suburbio tradicional, al principio parece imposible de comprender. No tiene límites claros; Incluye elementos rurales, urbanos y suburbanos discordantes”4 (p. 203).

Sin embargo, a pesar del entusiasmo que le provocan a Fishman (1987), lo que estas visiones utópicas no resuelven es la cuestión clave de las relaciones cara a cara. Como señala el mismo autor: “Al separarse física, social y económicamente de la ciudad, el technoburb es profundamente antiurbano, como los suburbios nunca habían sido”5 (p. 199).

Por su parte, Wright deja el tema en la incertidumbre cuando apostilla su visión futurista de la Broadacre City, según resume Fishman (1987): “Las viejas ciudades no desaparecerían por completo, pero perderían tanto sus funciones financieras como industriales, sobreviviendo simplemente por un inherente amor humano por las multitudes”6 (p. 187).

A nivel de política pública y coherente con su pobre conceptualización de la ciudad, los neoliberales rechazan el “apoyo a lugares” característico de la planificación urbana tradicional y ofrecen sustituirlo por el “apoyo a personas”. Las políticas públicas tienen que ayudar a los pobres, no a las ciudades pobres, dice Glaeser (2011). Más allá de la validez de los argumentos que presentan contra el apoyo a lugares (principalmente, la desfocalización de la inversión social), los neoliberales no parecen entender, y menos valorar, los bienes públicos que estructuran en gran medida a la ciudad.

En el contexto del COVID19, es presumible que la Broadacre City recupere popularidad entre las clases urbanas acomodadas.

LA CIUDAD DE LOS ESTRUCTURALISTAS

Desde ciertas corrientes de la izquierda se ofrece un enfoque espacialmente abstracto de la ciudad, estableciendo así un punto en común con el abordaje de los neoliberales. Las ciudades, como forma física, no tendrían mayor importancia al lado de los procesos de urbanización capitalista que las rebasan y que copan el planeta. La ciudad retrocede frente a la “sociedad urbana”, que tiende a volverse global.

Se trata aquella de una hipótesis original de Henri Lefebvre: “… la sociedad urbana sólo puede construirse sobre las ruinas de la ciudad clásica. Ésta ha estallado ya en Occidente; este estallido (explosión - implosión) puede considerarse como el preludio de

la sociedad urbana” (1970, p. 66).

Castells (1974; 1988) convierte esta hipótesis en el punto de partida de su crítica a la sociología urbana y, en particular, a la Escuela de Chicago y sus integrantes. Los acusa de atribuir los problemas sociales que ocurren en las ciudades a la ciudad misma, siendo que habría -según él- que atribuírselos al capitalismo industrial.

Arrancando de las concepciones de “sociedad urbana” y de la urbanización como proceso, ambas propuestas por Lefebvre en La revolución urbana (1970), Castells señala: “...al final del proceso, la urbanización generalizada, suscitada por la industria, reconstruye la ciudad a un nivel superior: de esta manera lo urbano supera a la ciudad...” (1974, p. 109). Y basándose en la diferencia que plantea Lefebvre en El derecho a la ciudad (1978) entre difusión del fenómeno urbano y crisis de la ciudad, Castells asevera: “La difusión urbana equivale justamente a la pérdida del particularismo ecológico y cultural de la ciudad. De este modo, el proceso de urbanización y la autonomía del modelo cultural ‘urbano’ aparecen como dos procesos paradójicamente contradictorios” (1974, p. 21).

Brenner y Schmid (2016) ofrecen, en tanto, un esquema teórico que se nutre de estas fuentes. Apoyándose en Lefebvre (1970), aseveran que “el estudio de las formas urbanas debe ser sustituido por la investigación de los procesos de urbanización en todas las escalas espaciales” (Brenner y Schmid, 2016, p. 332) -en rigor, sería más preciso señalar que Lefebvre (1970) postuló complementar el estudio de las formas urbanas con el de la urbanización y no sustituirlo, como en su análisis de la vida cotidiana.

Por otra parte, los mismos autores rescatan del trabajo de Castells (1974) “su énfasis en el carácter intrínsecamente teórico de lo urbano” (Brenner y Schmid, 2016, p. 318). Y así sustentan su “tesis de la urbanización planetaria” en la siguiente reflexión: “Lo urbano no es una realidad, condición o forma predeterminada y evidente por sí misma; su especificidad solo puede ser definida en términos teóricos, a través de una interpretación de sus propiedades, expresiones o dinámicas fundamentales... Lo urbano no es una forma universal, sino un proceso histórico.” (Brenner y Schmid, 2016, p. 331)

Pero ¿acaso no puede (y debe) decirse lo mismo de todo fenómeno empírico, esto es, que su conocimiento requiere identificarlo o definirlo teóricamente? Vale para un árbol y para un barrio urbano. No podemos estudiarlos si no estamos premunidos de un concepto de árbol o de barrio. Otra cosa es que esos conceptos previos, que nos permiten identificar, aunque sea tentativamente, árboles y barrios, no vayan a ser enriquecidos y, hasta cierto punto, modificados por el estudio empírico de unos y otros.

Cabe recordar aquí las palabras de Bachelard (2000):

La riqueza de un concepto científico se mide por su poder de deformación. (…) será menester entonces deformar los conceptos primitivos, estudiar las condiciones de aplicación de esos conceptos y sobre todo incorporar las condiciones de aplicación de un concepto en el sentido mismo del concepto. (p. 73)

El camino es el de un trabajo, a la vez teórico y empírico, orientado a “dialectizar la experiencia” (2000, p. 19), añade el filósofo.

Adicionalmente, el término “sólo” de la cita de Brenner y Schmid (2016) de más arriba podría interpretarse, justamente, como que no se requiere definir “lo urbano” empíricamente. Dado que estas aglomeraciones (urbanas) “se forman, se expanden, se contraen y se transforman constantemente” (Brenner y Schmid, 2016, p. 333), parece difícil conectarlas directamente, o explicarlas unívocamente, a partir del análisis de los procesos de urbanización. La cautela, sin embargo, resulta razonable: “El universo urbano planetario de hoy revela una amplia variedad de situaciones diferenciadas y polarizadas, condiciones y contestaciones que requieren una investigación contextualmente específica, pero teóricamente reflexiva” (Brenner y Schmid, 2016, p. 334).

Parece claro, en todo caso, que esta corriente de pensamiento postula una jerarquía o superioridad de lo teórico sobre lo empírico; una preeminencia del proceso de urbanización por sobre la forma urbana, lo que contrasta con la epistemología de Bachelard y, en general, con la que emana de la “filosofía de las relaciones internas” (Ollman, 1976).

Siendo secundarias para los estructuralistas, las formas espaciales nos permitirían acaso apenas reconocer las fuerzas y procesos de la urbanización capitalista -de la misma forma como quizás, con algo de suerte, podemos reconocer la esencia de un fenómeno en su capa superficial. En consecuencia, los conceptos no son deformados por lo empírico, sino que son (quizás) descubiertos como sustancias profundas o esenciales detrás de estas formas o superficies irregulares o caóticas.

Los mismos Brenner y Schmid enfatizan, citando a Wachsmuth (2014), que “las formaciones arraigadas de organización socioespacial se reorganizan radicalmente para producir nuevos paisajes de urbanización cuyos límites permanecen borrosos, volátiles y confusos y, por lo tanto, están particularmente sujetos a formas antojadizas de narración, representación y visualización” (2016, p. 330). Al final, sería en el campo de lo teórico en el que se alcanzaría el conocimiento verdadero de lo que estos fragmentos y paisajes urbanos esconden.

De acuerdo con esta perspectiva, el sistema económico capitalista “global” estimula procesos de urbanización planetaria que han “reventado” la ciudad, dejándola como rémora del pasado y, al final, en términos académicos, como una suerte de reliquia de urbanistas y arquitectos. Entrevistado por nuestro equipo, Alberto, también geógrafo, académico e investigador en temas de planificación urbana, señalaba, precisamente, que

“… la ciudad ha sido el fetiche, por así decirlo, de los urbanistas, de quienes estudian. Pero ese fetiche ya no sirve para explicar el fenómeno de la urbanización actual. Me gusta mucho más hablar de urbanización que de ciudad…”

Una etapa intermedia en las conceptualizaciones estructuralistas de la ciudad es la que representan los trabajos de algunos urbanistas críticos, entre los que destaca el geógrafo galés Michael Dear, y, en América Latina, Carlos de Mattos. Cuando el capitalismo neoliberal hizo “explotar” morfológicamente las ciudades, se nos ofreció, en el contexto de la así llamada “Escuela de Los Ángeles”, un modelo de gran ciudad sin centro, sin límites, “donde lo urbano ya no se encuentra contenido en las ciudades, sino que se extiende de modo desarticulado por todo el territorio”, afirman Greene y De Abrantes (2018, p. 214), resumiendo el enfoque que propuso Michael Dear (2002). De hecho, tanto para De Mattos (1999), como para Dear (2002), Los Ángeles, California, representa el modelo de ciudad más acabado bajo el capitalismo actual.

En esta variante del estructuralismo, las relaciones entre lo social y lo espacial tienden a entenderse como la de un reflejo del primero en el segundo. La del reflejo es una visión que pronto demostró ser aparente. La destacamos porque ella también peca de lo que parece propio del estructuralismo, a saber, que la realidad sustancial estaría detrás de los hechos empíricos, y éstos, o la reflejan directamente o tienden a ocultarla.

Tal forma de entender la relación social-espacial es tributaria de la crítica central que Castells dirigió a la sociología urbana, a la Escuela de Chicago y, de paso, al mismo Lefebvre, y que lo llevó a reducir lo urbano a la industrialización. Sayer la criticó como “reduccionismo de clase” o “la tendencia de asumir que todo lo que existía bajo la realidad del capitalismo es únicamente capitalista, en vez de dejarlo como una cuestión abierta”12 (1995, p.186).

En La cuestión urbana Castells (1974) aseveraba que, aunque las formas espaciales pueden acentuar o modificar ciertos sistemas de comportamiento por medio de la interacción de componentes sociales que se combinan en ellas, no hay independencia de su efecto y, por consiguiente, no hay ligazón sistemática de los diferentes contextos urbanos a los modos de vida. (p. 133)

Así, y más allá de lo confuso que resulta este pasaje, el autor abjura de lo espacial como categoría de análisis, retirándole todo poder causal sobre lo social. En la invectiva de Castells (1988) contra la sociología urbana, por carecer de objeto propio de estudio -no existirían los “comportamientos urbanos” ni las “actitudes ciudadanas” (p. 512- 513)-, el autor se plantea la siguiente duda:

¿Es el espacio una página en blanco sobre la que la acción social se expresa sin otra mediación que los acontecimientos propios a cada coyuntura? ¿Existen, por el contrario, ciertas regularidades en este proceso dialéctico consistentes en una acción social dando forma a un contexto y recibiendo (al mismo tiempo) la influencia de las formas ya construidas? (pp. 500-501)

Y responde: “En nuestra opinión, existiría una especificidad urbana en el caso de una coincidencia entre unidad espacial y unidad social…” (Castells, 1988, p.515).

Por consiguiente, para Castells, o bien el vínculo entre lo social y espacial constituye una relación de reflejo, o bien, el espacio carece de toda importancia heurística para conocer las esencias. A la postre, el sociólogo español fue sistemático en restarle importancia al espacio en la vida social y urbana, que es justamente en lo que perseveran los estructuralistas hoy.

Lefebvre sostenía que Castells no entendía el espacio: “Él deja de lado el espacio”; “el suyo sigue siendo un esquema marxista simplista” (citado por Merrifield, 2002, pp. 91-92)13. En último término, la crítica de Lefebvre (1970) a estas formas de entender el papel de lo urbano en la evolución del capitalismo, es directa:

La confusión existente entre lo industrial (en la práctica y en la teoría, tanto de carácter capitalista como socialista) y lo urbano conduce a subordinar el segundo al primero en la jerarquía de las acciones, considerando lo urbano como efecto, resultado o medio; tal confusión provoca graves consecuencias: conduce a un pseudo concepto de lo urbano, a saber, el urbanismo, a la aplicación de la racionalidad industrial y a la renuncia de la racionalidad urbana. (p. 33)

Sobre lo mismo, Sayer (1992) manifiesta:

Donde las teorías sociales van más allá del análisis de estructuras y mecanismos hacia postular sus posibles efectos (quizás al asumir un hipotético sistema cerrado), la abstracción del espacio puede producir serios errores. Quizás el ejemplo más famoso de la diferencia que hace el espacio es el caso del modelo de competencia perfecta (a-espacial) que se convierte en un modelo de monopolios espaciales tan pronto como se abandona la abstracción del espacio. (…) Entonces, aunque los estudios concretos puedan no estar interesados en la forma espacial per se, ésta debe tenerse en cuenta para entender las contingencias de lo concreto y las diferencias que éstas hacen a los resultados. (p.150)14

Lefebvre (2013) nos permite, en suma, dar cierre a nuestro análisis crítico del estructuralismo: “No hay una relación directa, inmediata e inmediatamente aprehendida, así pues, transparente, entre el modo de producción (la sociedad considerada) y su espacio. Lo que hay son desfases: las ideologías se intercalan, las ilusiones se interponen” (p. 57).

CONCLUSIONES

Estamos hoy, para ir concluyendo, de cara a nociones idealistas sobre lo urbano del tipo “esencias autopropulsadas” a las que, según Tilly (2000), recurren muchas veces los científicos sociales cuando quieren explicar los fenómenos sociales. El “sistema económico” para los neoliberales y el “capitalismo global” para los estructuralistas son ejemplos de “esencias autopropulsadas”, esencias que los hechos empíricos no podrían alterar, sino tan solo reflejar con distinto grado de nitidez.

No habría nada específico en la ciudad que estas estructuras autopropulsadas no pudieran explicar, y el camino de la investigación urbana sería el de ir descubriendo y revelando dichas realidades latentes en las marcas superficiales que dejan, por ejemplo, en sus “impactos territoriales”. Son éstos, en buen grado, enfoques impermeables a los hechos empíricos. Tienen en común una perspectiva metafísica, una renuncia a lo empírico o, al menos, su desvalorización en aras de estructuras o sistemas que, a simple vista -se dice-, no resulta fácil captar.

Ideas clarividentes de esta clase han existido siempre, y ellas han estado persistentemente en tensión con la tarea de la ciencia. Son las ideas de los precientíficos que estudió Bachelard (2000), de los metafísicos que Marx criticó en La Miseria de la Filosofía (1987)7 y, no pocas veces, las de los actuales cultores de la “post-verdad” (Kaufman y Kaufman, 2018).

Bachelard (2000) destaca que “el mito de lo interior es uno de los procesos fundamentales del pensamiento inconsciente más difíciles de exorcizar” y agrega: “No de otra manera sueña el alquimista en el poder de su oro disuelto en el mercurio” (p. 120). La ciencia se diferencia de la revelación, la teología y la espiritualidad -según indica Stephen Gould (1997), biólogo evolutivo, historiador de la ciencia y activista político- en que ofrece un entendimiento de la realidad mediante el conocimiento obtenido a través de la investigación y experimentación empíricas.

Superar el idealismo de los enfoques que hemos analizado reclama entender la ciudad y sus procesos, la segregación entre ellos, desde la experiencia y, en particular, desde lo subjetivo.

Desde la experiencia, debemos reparar en lo central que son para la dinámica del capitalismo las desigualdades geográficas -la segregación residencial, en la escala intraurbana. No son ellas un simple reflejo de las desigualdades sociales. “El desarrollo geográfico desigual no es un mero subproducto del funcionamiento del capitalismo, sino que es fundamental para su reproducción”, dice Harvey (2012, p. 177), para quien

Si no existieran diferencias geográficas entre territorios y países, las crearían las diferentes estrategias de inversión y la búsqueda de un poder monopolista espacial dado por la unicidad del emplazamiento y de las cualidades ambientales y culturales. La idea de que el capitalismo promueve una homogeneidad geográfica es totalmente equivocada. Fomenta la heterogeneidad y la diferencia (…). (p. 176)

Las diferencias territoriales, puestas de manifiesto por las grandes distancias de las redes comerciales medievales, fueron claves en la búsqueda de condiciones de monopolio por parte de los comerciantes que construyeron el capitalismo. Sobre esa época, Braudel (1986) comenta que, “cuanto más se alargan dichas cadenas, más escapan a las reglas y controles habituales y más claramente emerge el proceso capitalista” (p. 23). Esta “dinámica del capitalismo” (nombre del libro de Braudel) se compone, en último término, de formas corrompidas o viciadas de economía de mercado, en tanto debilitan la libre concurrencia y la transparencia. Capitalismo y economía de mercado no son, entonces, sinónimos, como se pretende desde el neoliberalismo y como se concede, en no pocas ocasiones, desde el estructuralismo.

De hecho, la fabricación y capitalización de las “brechas de renta” (Smith, 1987), el quid de la industria inmobiliaria, equivale a construir desigualdades in situ con el fin de maximizar las rentas de la tierra. La gentrificación como negocio consiste en eso. Los promotores compran suelo a precio obrero y lo revenden, edificado, a precio de clase media o alta. La reducción de la segregación que este capitalismo “gentrificador” favorece -ricos se mudan cerca de personas menos ricas- tiende a revertirse con el desplazamiento de residentes originales causado por la elevación de precios de todo tipo en el área, pero el desplazamiento suele no ser un resultado ni rápido ni ineludible (Sabatini, Rasse, Cáceres, Robles y Trebilcock, 2017).

Desde este horizonte, compartimos con Harvey (2014) que la manera autónoma en que el paisaje geográfico evoluciona juega un papel clave en la formación de las crisis. Sin un desarrollo geográfico desigual y sus contradicciones, hace mucho tiempo que el capital se hubiera osificado y caído en el caos. Este es un medio clave por el que el capital se reinventa en forma periódica. (p. 84)

La superación de los enfoques idealistas también se hace desde lo subjetivo. En el paso de la mecánica clásica a la física moderna de la Relatividad y los Quanta, el sujeto pasó a ser parte del objeto o mundo que estudia y que transforma. Quizás parecido salto epistemológico requerimos los urbanistas para entender y actuar con más eficacia sobre la ciudad.

Además de su abstracción del espacio, o acaso por ello, neoliberales y estructuralistas proponen concebir lo urbano como realidad trascendente o metafísica. Tal vez debemos volver a escuchar sugerencias como las de Raymond Williams (2001), quien al cerrar su obra El campo y la ciudad, nos recomienda apartarnos de ese camino y dar aquel salto epistemológico:

Lo realmente significativo no es tanto la antigua aldea o el antiguo barrio urbano, como la percepción y afirmación de un mundo en el cual uno mismo no es necesariamente un extraño ni un agente, sino que puede ser un miembro, un descubridor, una fuente de vida compartida. (…) lo que en verdad debemos observar, en el campo y en la ciudad por igual, son los procesos sociales reales de alienación, separación, externalidad y abstracción. Y debemos hacerlo, no solo en el plano crítico, en la historia necesaria del capitalismo rural y urbano, sino sustancialmente, afirmando las experiencias que muchos millones de personas descubren y redescubren, las más de las veces bajo presión (…). (p. 367)

La superación de los enfoques idealistas también se hace desde lo subjetivo. En el paso de la mecánica clásica a la física moderna de la Relatividad y los Quanta, el sujeto pasó a ser parte del objeto o mundo que estudia y que transforma. Quizás parecido salto epistemológico requerimos los urbanistas para entender y actuar con más eficacia sobre la ciudad.

Además de su abstracción del espacio, o acaso por ello, neoliberales y estructuralistas proponen concebir lo urbano como realidad trascendente o metafísica. Tal vez debemos volver a escuchar sugerencias como las de Raymond Williams (2001), quien al cerrar su obra El campo y la ciudad, nos recomienda apartarnos de ese camino y dar aquel salto epistemológico:

Lo realmente significativo no es tanto la antigua aldea o el antiguo barrio urbano, como la percepción y afirmación de un mundo en el cual uno mismo no es necesariamente un extraño ni un agente, sino que puede ser un miembro, un descubridor, una fuente de vida compartida. (…) lo que en verdad debemos observar, en el campo y en la ciudad por igual, son los procesos sociales reales de alienación, separación, externalidad y abstracción. Y debemos hacerlo, no solo en el plano crítico, en la historia necesaria del capitalismo rural y urbano, sino sustancialmente, afirmando las experiencias que muchos millones de personas descubren y redescubren, las más de las veces bajo presión (…). (p. 367)

AGRADECIMIENTOS

Este trabajo fue basado en el proyecto Fondecyt # 1171184 (2017-2019) “Segregaciones: habitar la periferia popular en Santiago, Concepción y Talca.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

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1 Con el fin de proteger el anonimato de nuestros entrevistados, sus nombres han sido modificados en este artículo

2El carácter idealizado de la “mano invisible” merece ser destacado. Adam Smith usó solo una vez la expresión “mano invisible” en sentido económico, y tan solo como una metáfora sin real importancia en su teoría de la competencia, argumenta Kennedy (2007); y Stiglitz, Premio Nobel de Economía 2001, dice que “la razón de que la mano invisible usualmente parezca invisible es que usualmente no está ahí́” (Stiglitz, 2007, traducción propia).

3El trabajo de Goodman y Sprout fue traducido y publicado en Chile por el Instituto Libertad y Desarrollo en 1992, con el título de “Ecología de vanguardia: una agenda para el futuro”.

4Traducción de los autores.

5Traducción de los autores.

6Traducción de los autores.

7Publicada originalmente en 1846.

8The idealized character of the “invisible hand” deserves to be highlighted. Adam Smith used the expression, “invisible hand”, just once in an economic sense, and solely as a metaphor without real importance in his theory of competition, or so argues Kennedy (2007); and Stiglize, the Economic Noble Prize Winner from 2001, says that “the reason that the invisible hand often seems invisible is that it is often not there” (Stiglitz, 2017, own translation).

9The work of Goodman & Sprout was translated and published in Chile by Instituto Libertad y Desarrollo with the title of “Ecología de vanguardia: una agenda para el futuro”.

10Published originally in 1846.

Recibido: 13 de Julio de 2020; Aprobado: 11 de Noviembre de 2020

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