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Revista chilena de derecho

versión On-line ISSN 0718-3437

Rev. chil. derecho v.34 n.3 Santiago dic. 2007

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-34372007000300012 

 


Revista Chilena de Derecho, vol. 34 Nº 3, pp. 583 - 586 [2007]

ENSAYOS Y CRÓNICAS

El Resurgimiento del Derecho Romano en Chile: presente y futuro en nuestras universidades

Patricio-Ignacio Carvajal

Presidente Schola Serviana Iuris Romani. Profesor Auxiliar Asociado de Derecho Romano, Facultad de Derecho, Pontificia Universidad Católica de Chile


(…) Impresiona a todos los que de una u otra forma participan en el mundo jurídico chileno, la tremenda convocatoria que generan nuestros Cursos Interuniversitarios. Ya el año pasado contamos con 108 alumnos que cumplieron con el requisito de más de un 75% de asistencia; y, este año, todo indica que llegaremos prácticamente al doble de alumnos diplomados.

Esta impresión del resto del medio jurídico, a la que me refiero, es muy comprensible. Debe tenerse presente que no solo hemos superado ampliamente la asistencia de estudiantes a los eventos de otras disciplinas jurídicas de Derecho Positivo –y, por tanto, con directa aplicación práctica–, sino, también, que nuestra disciplina, el Derecho Romano    –o, dicho de otra forma, el estudio profundo del Derecho Privado–, enfrentó hace pocos años una “crisis universitaria”.

Nótese que hablo de “crisis universitaria” y no de “crisis académica”, porque la crisis de nuestra disciplina solo consistió en su supresión en el curriculum obligatorio de Licenciatura de unas cuantas Facultades de Derecho en el país. Pero, todo esto, a pesar de que en el resto del Mundo el estudio del Derecho Romano estaba, y está, conociendo un reflorecimiento de enormes proporciones; y de ahí que en ningún caso pueda hablarse de “crisis académica” del Derecho Romano.

Todos los procesos de unificación y sistematización del Derecho no han sido otra cosa más que un gran esfuerzo de reflexión en torno al Derecho elaborado por los juristas romanos. Ya Justiniano fue un romanista; y, asimismo, Baldo, Bartolo, Domat, Pothier, nuestro Andrés Bello, Vélez Sarfield, Freitas, García Goyena fueron también romanistas. No extraña, entonces, que hoy, cuando a partir de los procesos de unificación del Derecho Europeo de Obligaciones y Contratos se ha iniciado un verdadero proceso mundial de unificación, protagonistas tan connotados como Gandolfi o Zimmermann sean, a su vez, romanistas. Han de saber ustedes que incluso las potencias asiáticas, las que a estas alturas ya han adoptado códigos civiles romanistas, se encuentran ahora en un acelerado proceso de traducción y estudio del Corpus Iuris Civilis.

En nuestro país, afortunadamente, el Derecho Romano está retomando su dos veces y media centenaria posición de primacía (pues el 250° aniversario de la educación sistemática del Derecho en Chile, que este año celebra la Universidad de Chile, no es otra cosa que el inicio del estudio del Derecho Romano). “Res loquitur ipsa”, decía Cicerón; es decir, “las cosas hablan por sí mismas”: la enorme cantidad de alumnos que asisten a clases de Derecho Romano –incluso en las Facultades donde tan erradamente aún no se repone su calidad de asignatura obligatoria–, al igual que la misma presencia de ustedes hoy, dan cuenta de la actual fortaleza de nuestra especialidad. Una vez más: “res loquitur ipsa

En mi opinión, este rápido reposicionamiento responde a la convergencia de dos flujos: uno interno, que se refiere a las necesidades de adaptación de nuestro propio Ordenamiento a la realidad actual; y, otro, externo, referido al proceso mundial de unificación del cual ya he hablado. A la manera de una consecuencia inevitable, ambos factores han despojado al Derecho Privado de las rígidas vestimentas proporcionadas por los Códigos, dejando brillar en plenitud, como si se tratara de su alma al desnudo, la naturalis ratio.

Así, hoy ya no convence señalar que tal o cual peculiaridad jurídica es así “porque lo dice la ley”; lo cual no deja de ser sorprendente, pues hasta no hace mucho esta era la solícita explicación a la que se remitían algunos profesores formados en una especie de tardía y anacrónica Ecole de l’Exégèse. Ciertamente esta respuesta (“porque lo dice la Ley”) ya no satisface, y es ahí donde el Derecho Romano muestra toda su magnificencia como una colosal construcción del intelecto que está indisolublemente imbricada en la realidad social.

Por eso, si los alumnos asisten más a nuestros encuentros que incluso a muchos de Derecho Positivo, me parece que ello responde a que, con muy buen criterio, han percibido que “no hay nada más práctico que una buena teoría”.

Si esto es así, quiero decirles que tienen ustedes toda la razón. Acaso solo deba agregar que, por otra parte, no hay mejor teoría que aquella a la que se puede arribar desde el estudio del desarrollo del Derecho Romano hasta nuestros días.

Lo que acabo de decir es un hecho y no un artilugio retórico de los romanistas. “Las cosas son como son”, tal como ya lo decía Platón. Y, en este sentido, no se puede más que reconocer que, cuando hablamos sobre el Derecho chileno vigente, nuestra habla “es” una utilización de las palabras y del intelecto de los romanos. Hay algunos que no quieren reconocer este hecho de la causa; pero esto es lo mismo que le ocurría al burgués gentilhombre, de Moliere, que “hablaba en prosa sin saberlo”.

Hasta hoy, no he conocido ninguna persona versada en Derecho, y en Derecho Romano, que le haya negado su paternidad respecto del Derecho actual. Es más, en una última pesquisa de sentencias del mundo anglosajón, he encontrado una sorprendente cantidad de fallos que recurren al Derecho Romano para fundamentar las instituciones del common law: así, por ejemplo, prácticamente todas las referidas a la cosa juzgada o a la novación presentan esta característica. Es que en aquel Derecho, con sus defectos y virtudes, hay que reconocer, como una de sus virtudes, que la falta de códigos que les permitan “hablar en prosa sin saberlo” les impide, en consecuencia, negar las paternidades intelectuales.

Todo esto lo digo porque, como resabio de la “crisis universitaria” del Derecho Romano, algunas Facultades todavía insisten en la pseudosustitución de nuestra asignatura por alguna que pretenda explicar la “evolución de las instituciones jurídicas”; ya sea en el mundo occidental o, peor, en el mundo entero. Independientemente del hecho de ser un convencido de que, a la inversa de lo que se observa, debieran ser los romanistas quienes emprendiesen la tarea de explicar un curso de esa naturaleza –tanto por método, como porque han sido, de hecho, romanistas quienes han realizado los estudios más profundos al respecto–, veo con preocupación que esta perspectiva arranca de un inexcusable error: se pretende que ha sido la “evolución general” del mundo occidental la que nos ha traído hasta el actual estado de la ciencia jurídica. Entiéndase bien: una “evolución general” en el sentido de que todos los agentes han aportado más o menos por igual a este desarrollo. Mas, a estas alturas es bien sabido entre quienes se dedican al estudio del Derecho que, después de que en 1937 Edoardo Volterra escribiera su obra fundamental “Diritto Romano e diritti orientali”, no cabe duda –en el sentido de que es un hecho histórico–, que ha sido el Derecho Romano, desde el inicio, el núcleo e hilo conductor de nuestro desarrollo jurídico.

Lo importante, en todo caso, es que el Derecho Romano goza de buena salud. Y lo auspicioso es que, con la implementación de la educación por competencias, dado su alto valor formativo, está llamado a tener un papel acaso más protagónico. En efecto, entre las destrezas más importantes de un jurista se encuentra la de su capacidad de análisis y la de su capacidad crítica: mas ninguna de estas puede alcanzarse si no se tiene también, entre toda una batería de recursos interpretativos, el conocimiento del verdadero desarrollo institucional y dogmático.

Por ejemplo, un cierto desconocimiento histórico nos ha llevado a señalar que nuestro actual sistema de Título y Modo es idéntico al romano. Esto es, sin más, falso. Quien no conoce el Derecho Romano no puede jamás comprender lo que se nos presenta, prima facie, como verdaderas aporías de nuestro Código Civil en esta materia. Así, si es cierto que en nuestro Derecho se requiere ineludiblemente de la concurrencia de Título y Modo para toda adquisición, y con especial intensidad en las adquisiciones derivativas ¿cómo se entiende que, según el art. 1572, un tercero pueda pagar por el deudor, por ejemplo, una obligación de dar? Noten ustedes que si se trata de una obligación contractual, el acreedor, al que el tercero transfiere el dominio de la cosa debida, no puede invocar el contrato convenido con el deudor como Título de su adquisición. Y esto, por el hecho básico de que de los contratos no nacen más que derecho personales; de manera que, siendo la principal distinción entre los derechos personales y los reales que los primeros solo se pueden exigir al que contrajo la obligación correlativa –vale decir, al deudor–, mientras que únicamente los reales son oponibles erga omnes –y, por tanto, a terceros–, si el acreedor invoca el contrato celebrado con el deudor respecto de la Tradición hecha por el tercero, cae en un error de Derecho. Así, como el contrato no se puede invocar como Título, en caso de que la obligación de dar sea cumplida por un tercero, tendríamos aparentemente una Tradición abstracta: es decir, un caso de transferencia de propiedad que rompería todo nuestro sistema, pues no requeriría de Título sino solo de Modo. Frente a esto, el romanista sabe perfectamente que solo la “causa solvendi” podría explicar satisfactoriamente esta anomalía llena de consecuencias. A pesar de que la “causa solvendi” no esté reconocida expresamente en nuestro Derecho, yo creo que sí lo está implícitamente a través de los elementos romanos que se encuentran recepcionados a lo largo de nuestra legislación, especialmente en las normas sobre el pago y el cuasicontrato de pago de lo no debido.

Afortunadamente, ustedes sí tienen la posibilidad de iniciarse en este conocimiento profundo del Derecho Privado. Realmente deben sentirse privilegiados, pues este Segundo Curso Interuniversitario será impartido por profesores de primera línea mundial. De hecho, con ocasión de este Curso nos han hecho llegar sus congratulaciones profesores de todas partes del mundo. Por nombrar algunos lugares: Italia, Alemania, España, Francia, Austria, Bélgica, Polonia, Bulgaria, Servia, Rusia, Hungría, Argentina, Colombia, Venezuela, México, Brasil y China.

El Curso, que ahora les ofrecemos, ha significado un gran esfuerzo de parte de todos los miembros de la Schola. Asimismo, cada uno de los profesores que intervendrá, a pesar de tratarse de académicos de larga trayectoria y reconocimiento, ha decidido colaborar de forma absolutamente gratuita, para lograr así un Curso que esté al alcance de la mayor parte posible de estudiantes. Otro tanto debemos decir de las prestigiosas Facultades que gentilmente nos han facilitado sus instalaciones para realizar nuestras sesiones. A todos ellos también debemos expresar nuestro profundo agradecimiento.

Sin perjuicio de lo anterior, el cuantioso aporte de una de las Facultades participantes ha sido indispensable para lograr la internacionalidad de este Curso: me refiero a la Facultad de Derecho de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Me parece de toda justicia subrayar este decidido respaldo, sin el cual indudablemente no habríamos contado con un evento de la magnitud del que estamos inaugurando. Deseo agradecer con especial reconocimiento a esta Casa de Estudios, de la que orgullosamente formo parte, y cuyo Decano, Prof. Dr. D. Arturo Yrarrázaval Covarrubias, hoy ha tenido la gentileza de acompañarnos.

He dejado para el final mis agradecimientos para nuestro anfitrión del día de hoy. No existe ni la menor sombra de duda respecto de que este recinto, el Salón del Pleno de la Excelentísima Corte Suprema, es el más solemne, el más significativo, el de más alta dignidad en el que se pueda realizar una actividad académico-jurídica en nuestro país.

Es por ello que nos sentimos infinitamente agradecidos de la Excelentísima Corte por habernos abierto hoy sus puertas; y nuestro sentimiento se duplica, si cabe, al constatar que nunca antes se había realizado una actividad de esta naturaleza en este lugar. Asumimos este exclusivo privilegio, debido al respaldo unánime del Pleno de Ministros, como un reconocimiento de la mayor trascendencia para el Derecho Romano. Por ello, deseo poner expresamente de manifiesto nuestra gratitud al Excelentísimo ministro, señor Marcos Libedinsky, y, por su intermedio, a todos los Miembros del Pleno.

(…) Para concluir, como Presidente de la Schola Serviana Iuris Romani, declaro inaugurado este “Segundo Curso Interuniversitario de Profundización en Derecho Privado Romano”.

 

 

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