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Universum (Talca)

On-line version ISSN 0718-2376

Universum vol.37 no.2 Talca Dec. 2022

http://dx.doi.org/10.4067/s0718-23762022000200619 

ARTÍCULOS

Desesperanza dictatorial y esperanza revolucionaria en El señor Presidente, de Miguel Ángel Asturias

Dictatorial Hopelessness and Revolutionary Hope in Miguel Ángel Asturias’ El Señor Presidente

Diego Pérez Hernández1 
http://orcid.org/0000-0003-1326-6089

1Universidad Alberto Hurtado, Chile. diego.octavio.perez@gmail.com

RESUMEN

Este trabajo explora la importancia que reviste el contraste entre desesperanza y esperanza en El Señor Presidente, de Miguel Ángel Asturias. Para ello, parte por abordar el primero de dichos afectos como una perniciosa emoción política que es inoculada por la dictadura problematizada en la novela con el fin de sumir a la población en la impotencia e impedir que surja la esperanza de una alternativa política democrática. Posteriormente, se plantea que la desesperanza está al servicio de contravenir los discursos que legitiman la autocracia del ominoso dictador, que se valida mediante la esperanzadora creencia de que, gracias a su conducción, el país progresa. Finalmente, el trabajo se complementa con la idea de que la desesperanza dictatorial también sirve para infundir en algunos corazones la esperanza revolucionaria. Se concluye que, por medio del contraste entre ambas emociones (la desesperanza y la esperanza), El Señor Presidente respalda los afectos y comportamientos políticos vinculados al proceso democrático impulsado en el marco de la llamada ‘Revolución de octubre’.

Palabras claves: dictadura; El Señor Presidente; emociones políticas; esperanza; desesperanza

ABSTRACT

This work explores the relevance of the contrast between hope and hopelessness in Miguel Ángel Asturias’ El Señor Presidente. In doing so, it starts by addressing hopelessness as a harmful political emotion that is inoculated by the dictatorship problematized within the novel in order to submerge the people into powerlessness and to prevent the hope of a democratic alternative to happen. Later, it is stated that hopelessness serves as a means of refuting the speeches that discredit the autocracy of the ominous dictator, who affirms himself through the hopeful belief that the country thrives because of his lead. Finally, the article supplements the idea that dictatorial hopelessness also works for inspiring a revolutionary hope in some hearts. It is concluded that, through contrast between hope and hopelessness, El Señor Presidente supports the emotions and behaviours related to the democratic process promoted within the frame of the Guatemalan Revolution.

Keywords: Dictatorship; El Señor Presidente; political emotions; hope; hopelessness

La esperanza y la desesperanza como emociones políticas

De acuerdo con Carlos Ferrer (2016), la novela de temática dictatorial corresponde no solo a una de las expresiones narrativas más representativas de América Latina, sino también a una fuente insoslayable para conseguir una intelección más cabal de sus problemáticas políticas. No es de extrañar, pues, que tanto el género en cuestión como las obras que lo conforman hayan sido objeto de diversos e interesantes estudios. Varios de ellos contienen iluminadoras reflexiones en torno a los afectos, especialmente acerca del miedo (y el terror). A propósito de Muertes de perro (1958), de Francisco Ayala, por ejemplo, Jorge Castellanos y Miguel Ángel Martínez (1981) observan que, aparte del absolutismo, la crueldad, la corrupción ética, la demagogia y el espíritu servil, una de las características clásicas de la configuración novelesca de la dictadura latinoamericana es precisamente el terror. Mohammed Mikou (2007), por su parte, sostiene que la novela de temática dictatorial patentiza cómo la política de esta clase de gobiernos se rige por el miedo, que constituye el estado de ánimo habitual, no solo de las víctimas de la dictadura, sino del propio dictador, que teme perder el poder. En la misma línea, Dieter Ingenschay y Janett Reinstädler (2011) conciben la novela del dictador como un género literario surgido en el siglo XIX -recordemos que se considera que Amalia (1851), de Jorge Mármol es la primera manifestación del género-, que busca enfrentar el terror que suscitan en la población los gobiernos tiránicos. Igualmente útil resulta recordar el análisis de El recurso del método (1974) de Gerardo Gómez (2011), quien sostiene que Carpentier persigue ilustrar “los absurdos y horrores característicos a los que llegaron [las] dictaduras personalistas en Centroamérica y el Caribe” (p. 212). De forma similar, en el estudio ya señalado -una tesis doctoral sobre la novela de temática dictatorial-, Ferrer explica que, como consecuencia de que “la solidaridad y el compromiso moral están completamente destruidos por la acción represiva”, es el miedo -y la conveniencia- lo que lleva a algunas personas a volverse cómplices de un determinado gobierno autocrático (p. 295). Por último, más recientemente, Myriam Cardozo (2020) destaca la importancia que tiene el miedo en un conjunto de novelas relativamente actuales cuyo contexto corresponde a dictaduras.

Existen otras emociones que también son experimentadas por quienes han sufrido el yugo de una dictadura. Una de ellas corresponde a la desesperanza, afecto que no parece haber despertado el mismo interés que el miedo y el terror entre los estudiosos de la novela de temática dictatorial. Se trata de una laguna curiosa, toda vez que ella -la desesperanza- desempeña un rol fundamental en la problematización de la dictadura como forma de gobierno latinoamericana, que se halla en una de las obras más representativas del género recién consignado: El Señor Presidente (1946), de Miguel Ángel Asturias (2014).

Antes de abordar la novela, es preciso señalar que esta aproximación a la desesperanza tiene arranque en las premisas en que se basa Martha Nussbaum (2014) para escribir Emociones políticas: todas las sociedades están repletas de afectos. Algunos son específicamente públicos y, por tanto, inciden decisivamente en la posibilidad de alcanzar los objetivos fijados. Esto, a su vez, torna necesario que las sociedades piensen en sentimientos que deben fomentarse y en otros que deben inhibirse.

Según Nussbaum, debe promoverse la existencia de determinados afectos porque, independientemente de si son ‘buenos’ o ‘malos’, todos los principios políticos requieren para su concreción y sobrevivencia la estabilidad en el tiempo, derivada de un determinado apoyo emocional. Aparte de este rol ‘estabilizador’ que desempeñan las emociones públicas (y que explica también por qué es necesario cultivarlas), la filósofa estadounidense distingue otra función, que consiste en “mantener bajo control ciertas fuerzas que acechan en todas las sociedades y, en último término, en el fondo de todos nosotros: […] las tendencias a proteger nuestro frágil yo denigrando y subordinando a otras personas” (p. 16).

Nussbaum centra sus reflexiones en tres emociones ‘negativas’: el asco, la envidia y el deseo de avergonzar a otros. Ellas estarían “presentes en todas las sociedades y, muy probablemente, en todas las vidas humanas individuales” (p. 16). La razón por la cual hay que ‘protegerse’ de ellas no solo se relaciona con el hecho de que las emociones son más que meros impulsos -porque, como bien señala Nussbaum, “incluyen también valoraciones que tienen un carácter evaluativo” (p. 19)-, sino también con que, sin supervisión, pueden traducirse en el daño a ciertos miembros de la sociedad.

Desde luego, existen otros afectos ‘negativos’ aparte del asco, la envidia y el deseo de humillar. Uno de ellos es, precisamente, la desesperanza, estado de ánimo que tampoco es tomado en cuenta por Nussbaum en su libro. Como su nombre lo indica, esta emoción remite a la ausencia de esperanza: la desesperanza, nos dice Ana Carrasco (2012), “implica que no hay nada que esperar, que todo está perdido, que no hay esperanza y el tiempo, pesado y opaco, arrastra a un yo que se deja llevar” (p. 233). Ahora bien, el afecto en cuestión es más que eso porque, como observa Michael Milona (2020), involucra dolor o sufrimiento, un malestar que estaría vinculado con la creencia de que ya no es posible acceder a algo deseado.

Ocuparse de la desesperanza es una tarea necesaria porque puede ocupar fácilmente el lugar de la esperanza. Definida por Sinem Tarhan (2011) como “the emotional belief in the possibility of a positive outcome that could result from events and situations within the personal life of a person” (p. 570), a la esperanza es posible atribuirle un influjo positivo en el plano colectivo. En efecto, como aseveran Claudia Blöser et al. (2020), el afecto en cuestión desempeña un rol clave en la vida política, toda vez que puede funcionar “as a motor for social struggle and foster solidarity among the participants” (p. 3). La importancia de la esperanza en el ámbito político también se puede fundamentar recordando que ella “can both motivate individual action and empowering effect on collectives who share certain hopes” (p. 3). De acuerdo con Terry Eagleton (2016), desde santo Tomás en adelante se ha visto un vínculo entre el estado de ánimo en cuestión y la caridad. Eagleton fundamenta esto por medio de la siguiente cita del filósofo británico Denys Turner: “la verdadera caridad genera esa clase de esperanza que hace que un amigo confíe en otro, pues es en aquellos que son nuestros amigos por caridad en quienes más absolutamente podemos confiar” (p. 73). Igualmente útil resulta volver a lo expuesto al comienzo de este artículo. Si, como decía Nussbaum, los afectos determinan de un modo decisivo la posibilidad que una comunidad política tiene de llegar hasta las metas que se ha propuesto a sí misma, entonces, la esperanza constituye una pieza emocional irremplazable porque implica, precisamente, la creencia afectiva de que es posible alcanzar esos destinos.

Esperanza y desesperanza en El Señor Presidente, de Miguel Ángel Asturias

Sin duda, la Divina comedia es una de las obras que más ha influido en la representación literaria de la desesperanza. Para fundamentarlo, basta con recordar la célebre inscripción dantesca, que termina advirtiendo: “DEJAD, LOS QUE AQUÍ ENTRÁIS, TODA ESPERANZA” (“Infierno” 3.9). En Dante (2012), la desesperanza adquiere un cariz bastante preciso: según Erich Auerbach (2008), se refiere a que los condenados “han perdido la facultad de contemplar a Dios, conferida en diverso grado a todas las criaturas sobre la tierra, en el Purgatorio y en el Paraíso y, con eso, también han perdido toda esperanza”, es decir, su existencia se halla cerrada, “sin desembocadura posible en la comunidad divina” (p. 183).

Esta sucinta exposición en torno a la desesperanza dantesca se debe a que El Señor Presidente dialoga con la Divina comedia: sabido es que su lectura impactó tanto a Asturias que pensó en ponerle Malevolge (sic) a su novela, nombre que hace referencia a uno de los tantos recintos en que se subdivide el infierno de Dante. No es de extrañar, pues, que la desesperanza asturiana evoque significaciones dantescas.

Más adelante veremos que, tal vez, El Señor Presidente no solo dialoga con la Divina comedia, sino también con otra obra clave en la representación literaria de las regiones infernales: la Eneida, de Virgilio. Esto no debería causar sorpresa porque, como David Pike (1997) ha señalado, cada nueva versión de los infiernos, cada nuevo descenso, reescribe y transforma las representaciones literarias que la preceden (p. 2), lo cual implica que ellas pueden estar contenidas en las configuraciones posteriores. Lo anterior tiene que ver con el hecho de que, desde Homero en adelante, las regiones infernales han sido lugares donde se realizan profecías. Este aspecto, que tiene quizá su máxima expresión en el vaticinio de Anquises en el canto VI de la Eneida, reaparece en El Señor Presidente.

Antes de apreciar lo señalado, es preciso recordar que diversos autores han destacado la importancia que tienen la esperanza y la desesperanza en El Señor Presidente. Claire Pailler (1996), por ejemplo, observa que en ella el verso dantesco “Dejad, los que aquí entráis, toda esperanza” (“Infierno” 3.6) anuncia “la règle fondamentale d’un système politique” (p. 108). En la misma línea, Ramírez (2000) sostiene que el principio que acatan todos los aliados del ominoso presidente es “no dar esperanzas a nadie, sino pisotear, ultrajar, torturar, eliminar a todo el que se le oponga” (p. 58). Y, en un artículo posterior, este mismo crítico afirma que “desde que entramos al texto nos alcanza la atmósfera tenebrosa y pesadillesca de quienes lo habitan, sin esperanza humana ni divina que pueda rescatarlos” (p. 46). Más recientemente, por último, Velázquez (2017) asevera que uno de los rasgos que destacan en el tiránico gobernante es su “refinada crueldad psicológica, ya que gustaba de ofrecer esperanzas a sus víctimas para que su caída fuese más dolorosa” (p. 353).

Sin negar la utilidad de las observaciones de estos críticos, lo cierto es que, desde otro punto de vista, no alcanzan a dar cuenta satisfactoriamente de la importancia que revisten ambas pasiones en El Señor Presidente. Efectivamente, en tanto que emociones políticas, la esperanza y la desesperanza corresponden a aspectos clave de la problematización que hace Asturias de la dictadura como forma de gobierno recurrente en América Latina. De acuerdo con nuestra lectura, esto se debe a dos razones. La primera consiste en que el escritor guatemalteco utiliza la desesperanza para contravenir la ideología progresista que le confiere legitimidad al régimen del tiránico presidente: su autocracia, en efecto, se sustenta en parte en la idea de que, gracias a él, se puede albergar la esperanzadora creencia de que, eventualmente, el país pasará a formar parte del selecto grupo de países ‘civilizados’. Dicho con otras palabras: la desesperanza sirve para minar los discursos asociados a la noción de progreso, forma parte de la contraimagen de la forma de gobierno problematizada en El Señor Presidente -la dictadura progresista-, que para legitimarse depende poderosamente de la promesa de un ‘futuro mejor’. Contra esa idea, lo que se encuentra en la novela son individuos sumidos en una odiosa desesperanza, que como un desalentador virus les es inoculada con el fin de controlar y apuntalar la estabilidad del régimen. Con ello, Asturias logra evidenciar que las esperanzas de la élite guatemalteca amparada por la dictadura a principios del siglo XX suponen la desesperanza de amplios sectores de la población, especialmente de aquellos que, desde la perspectiva del poder omnímodo, son una amenaza (real o imaginaria). La segunda razón consiste en que las emociones en cuestión se hallan en una relación de interdependencia: de acuerdo con la interpretación que se desarrollará en este artículo, Asturias se vale de la desesperanza para acicatear la esperanza revolucionaria que, eventualmente, acabará con la deposición del autócrata. Asimismo, esta propuesta invita a reflexionar en torno a esta última emoción y vincularla con el incipiente gobierno de Juan José Arévalo, que llegó a la presidencia gracias a la llamada ‘Revolución de octubre’, un movimiento social y político que le devolvió a Guatemala la esperanza en una vida democrática.

Para alcanzar el objetivo consignado en el párrafo anterior -grosso modo, evidenciar la importancia que tiene en El Señor Presidente el complejo tratamiento artístico de dos emociones políticas: la esperanza y la desesperanza-, el resto de este trabajo se organizará en dos secciones. En la primera, se contextualizará el régimen que Asturias problematiza en su novela como una ‘dictadura progresista’, con evidencia textual e interpretativa para fundamentar la pertinencia de proyectar esa descripción en la novela. Posteriormente, se intentará hacer explícita la contradicción que existe entre las esperanzas modernizadoras que alimenta el oficialismo y la dantesca desesperanza que padecen amplios sectores de la población. En la siguiente sección, nos ocuparemos de cómo la desesperanza dictatorial termina infundiendo en los corazones de algunos personajes la esperanza revolucionaria. Esto se debe a que la desalentadora situación en que se hallan los presos del régimen no impide que un personaje clave de la obra -el estudiante- haga un llamado para rebelarse contra la tiranía. Como veremos, Asturias establece en torno a él un juego de profecías que hace casi inevitable recordar el vaticinio de Anquises en el canto VI de la Eneida, de Virgilio, de una forma tal que el término de la dictadura aparece enfocado como algo intensamente anhelado.

Progreso y desesperanza

Para evidenciar el vínculo que existe entre dictadura, progreso y desesperanza, resulta útil recordar que Asturias contaba que, a veces, cuando se juntaba con otros latinoamericanos exiliados en París, surgía espontáneamente la necesidad de evocar historias sobre los tiranos que mandaban en tal o cual país:

De pronto, se empezaron a relatar sucesos de las dictaduras de esa época: […] yo contaba anécdotas de Estrada Cabrera, el dictador de Guatemala. Había una especie de rivalidad en esta justa de historias trágicas, cada uno trataba de mejorar a su dictador contando lo que este había hecho. (Lanoël-d’ Aussenac, 2014, p. 20)

La infernal desesperanza que sienten algunos personajes de Asturias se relaciona con el régimen de este autócrata: Manuel Estrada Cabrera es ‘El Señor Presidente’, que tanto directa como indirectamente infunde la desesperanza entre las personas, especialmente entre aquellos que amenazan (o que se sospecha que amenazan) el orden impuesto.

El cabrerato (1898-1920) es un ejemplo de lo que Tulio Halperin (2013) llama ‘dictaduras progresistas’. Hacia fines del siglo XIX, la filosofía positivista fue importada -y aclimatada- por diversos intelectuales conservadores latinoamericanos -el mejor ejemplo son quizá los ‘Científicos’ del porfiriato-, que también le agregaron algunos elementos de darwinismo social. En un ensayo ya clásico, John D. Martz (1966) sostiene que, para esa intelectualidad, el positivismo contenía la promesa de poner fin a ciertos problemas que afectaban a las nuevas naciones: la falta de prosperidad económica, las cada vez más acentuadas tensiones raciales y el fracaso de formas constitucionales democráticas (p. 64). El ardor con que la intelectualidad local abrazó esa mezcla de doctrina positivista y darwinismo social se explica a partir del celebérrimo eslogan comteano: “orden y progreso”, que implicaba la esperanza de que, una vez que el Estado asegurara el orden, el progreso económico sobrevendría. En su Discurso sobre el espíritu positivo, en efecto, Auguste Comte (2017) defiende la idea de que una configuración social altamente especializada demanda “la solidaridad continua de las ideas de orden con las ideas de progreso” (p. 91): para la filosofía positivista, el progreso -que Comte define como “un avance continuo hacia un fin determinado” (p. 93)- es el “fin necesario del orden”; este último, a su vez, es la “condición fundamental” de aquel: “como en la mecánica animal -explica Comte-, el equilibrio y el progreso son mutuamente indispensables, como fundamento o destino” (p. 91).

De Acuerdo con Paul Drake (2009), la relación solidaria de orden y progreso implica la esperanzadora creencia de que la economía progresará gracias al equilibrio asegurado por el Estado. En tales circunstancias, se pensaba que la sociedad continuaría evolucionando naturalmente hasta llegar a ser una entidad capaz de gobernarse de un modo más democrático. Hasta entonces, la intelectualidad positivista hispanoamericana sostenía que se necesitaban repúblicas oligárquicas o incluso dictaduras para asegurar la estabilidad.

Las dictaduras progresistas fueron exitosas en el ámbito económico. El régimen de Estrada Cabrera se corresponde con el periodo que Luis Bértola y José Antonio Ocampo (2016) llaman “era de las exportaciones, de desarrollo hacia fuera o primario-exportador y la primera globalización” (p. 107). Sus orígenes se remontan al último tercio del siglo XIX, cuando, gracias a su incorporación en el sistema económico mundial como exportadora de materias primas, Latinoamérica experimentó un crecimiento económico relativamente rápido. Si bien es cierto que esto se debió al positivo impacto que tuvo la revolucionaria transformación del transporte comercial,1 también lo es que una de sus principales causas radica en la estabilidad política que siguió a la consolidación de las estructuras políticas. En buena parte de los casos, esto se consiguió mediante ‘gobiernos autoritarios’, que por lo general velaban principalmente por los intereses de las élites, en desmedro de los sectores populares.

En parte al menos, esta es la situación política y económica que Asturias problematiza en su novela. Estrada Cabrera corresponde a uno de esos dictadores que, desde el siglo XIX, tras resultar victoriosos en unas elecciones frecuentemente fraudulentas, venían gobernando Guatemala de un modo autoritario. En aquellos años, la república estaba controlada por una oligarquía cafetalera que, según Michael Reid (2007), obligaba a los indígenas a trabajar en sus fincas mediante el peonaje por deudas (p. 82). La tierra, por su parte, se hallaba repartida entre pocos propietarios: apenas el 2% de los terratenientes guatemaltecos poseían las tres cuartas partes de la tierra cultivable (p. 83).

En un contexto político, social y económico como este, resulta difícil hablar de progreso. Lo que ocurría es más bien lo contrario, porque la situación implicaba la persistencia de ciertos aspectos del pasado colonial, periodo en el que, como John Patrick Bell (1992) ha explicado, la población indígena era esclavizada por los españoles. De acuerdo con Lanoël-d’ Aussenac, similarmente a lo que acontecía en el resto del continente, los trabajadores y los campesinos guatemaltecos “solo cambiaron de patrón. Del antiguo sistema de las encomiendas -cruel y despótico- de los terratenientes hispánicos, pasaron a los abusos y opresiones de las oligarquías que gobernaron por turno” (p. 14).

A pesar de lo refractaria que era la sociedad guatemalteca a toda noción de avance en materia social respecto del orden colonial, en El Señor Presidente encontramos que hay quienes creen que hay progreso. En parte, esto se debe a la acción legitimadora de los cómplices del régimen. Uno de ellos es Lengua de Vaca, quien, en el discurso que profiere para celebrar al ominoso gobernante, señala que, gracias a la conducción del “muy ilustre protector de las clases necesitadas”, el país “marcha a la descubierta de los pueblos civilizados”, “a la vanguardia del progreso que Fultón impulsó con el vapor de agua” (p. 208). De acuerdo con este panegírico discurso, el Señor Presidente es presentado como una especie de apóstol del progreso. Esta idea reaparece en las palabras del protagonista, Miguel Cara de Ángel. Al comienzo de la novela, le dice al ominoso dictador que profesa la creencia de que:

[¡]un hombre como [él] debería gobernar un pueblo como Francia, o la libre Suiza, o la industriosa Bélgica o la maravillosa Dinamarca!… Pero Francia…, Francia sobre todo… ¡Usted sería el hombre ideal para guiar los destinos del gran pueblo de Gambetta y Victor Hugo! (p. 146)

La asociación del Señor Presidente con la idea de progreso y país desarrollado también se halla presente en el ‘retrato de mucho gusto’ que Miguel vio en la fonda donde espera a Canales. En él, aparece pintado “con ferrocarriles en los hombros, como charreteras, y un angelito dejándole caer en la cabeza una corona de laurel” (p. 148).

Estos pasajes deberían bastar para sustentar la interpretación de que el gobierno dictatorial que Asturias problematiza en su novela se legitima a través de su asociación con las nociones de progreso y modernización, así como también mediante la esperanzadora creencia de que, gracias a la guía del tiránico presidente, el país se posicionará a la vanguardia de los ‘pueblos civilizados’.

Sin embargo, estos discursos legitimadores son como mantos que buscan ocultar la horrible realidad que padecen diversos personajes, especialmente aquellos que son vistos como una amenaza para el régimen. Se trata de una situación que es nefanda precisamente a causa de la falta de esperanza. Al respecto, a continuación se ahondará en uno de los aspectos más interesantes que la envuelven, a saber, cómo es que se propaga dicha emoción. Ciertamente, como observaba Ramírez, su difusión tiene que ver con el principio rector de la dictadura: no brindar ninguna clase de esperanza a nadie. Esta norma se aplica draconianamente sobre los personajes en torno a los que se desenvuelve la trama. El caso más dramático es el de Miguel. Hacia el final del texto, el otrora favorito del Señor Presidente ha sido encarcelado en las mazmorras de la dictadura. Aunque su situación es paupérrima, se mantiene con vida gracias a una ilusión: “lo único y lo último que alentaba en él era la esperanza de volver a ver a su esposa, el amor que sostiene el corazón con polvo de esmeril” (p. 398). Lamentablemente, esta expectativa no durará mucho, pues está “allí donde acaba toda esperanza humana” (p. 399): con una crueldad diabólica, el temible dictador le hará creer que Camila se ha convertido en una de sus queridas, para vengarse de él. Miguel, entonces, sufrirá una muerte horrible.

La idea de que no hay que dar esperanzas se aprecia también en el suplicio de Niña Fedina, que ha sido encarcelada porque supuestamente encubre al General Parrales. Para forzarla a confesar, el Auditor de Guerra la atormenta impidiéndole amamantar a su hijo recién nacido, cuyo llanto la trastorna. Es en este contexto que el esbirro de la dictadura la amenaza: “¡Es inútil que se arrodille y haga toda esa comedia, porque si usted no responde a lo que le pregunto, no tenga esperanza2 de darle de mamar a su hijo!” (p. 226).

Otro personaje que se sumirá en las simas de la desesperanza es la esposa del licenciado Carvajal, que ha sido inculpado en el asesinato de Parrales Sonriente. En un principio, cuando el Auditor de Guerra le dice que su marido sigue con vida, ella se ilusiona: “Cosquilleo de cicatriz en los labios, que no pudo juntar del gusto. ¡Vivo! A la noticia unió la esperanza. ¡Vivo!” (p. 329). Con ella, sin embargo, veremos que, como observaba Velázquez, el tiránico gobernante disfrutaba ofreciendo esperanza a sus víctimas para que la caída fuera más dolorosa: Carvajal será finalmente ejecutado. En su intento por saber dónde fue sepultado su marido, la viuda irá entonces a la casa del Auditor de Guerra, cuya criada le promete ayudarla. Es cuando el esbirro se entera de esto que formula explícitamente el principio rector de la dictadura:

No hay que dar esperanzas. ¿Cuándo entenderás que no hay que dar esperanzas? En mi casa, lo primero, lo que todos debemos saber, hasta el gato, es que no se dan esperanzas de ninguna especie a nadie. En estos puestos se mantiene uno porque hace lo que le ordenan, y la regla de conducta del Señor Presidente es no dar esperanzas y pisotearlos y zurrarse en todos porque sí. (p. 348)

Se trata de algo tremendamente significativo porque explica cómo se propaga este afecto desalentador entre la población: no son solo los agentes de la dictadura quienes infunden la desesperanza, sino que se espera que también sean otros personajes, en este caso la criada, los que ‘inoculen’ este afecto en la población.

Que la desesperanza es como una enfermedad que los personajes se transmiten entre sí es algo que puede verse con el doctor Luis Barreño. Muy dedicado a los estudios, este médico ha descubierto que más de un centenar de soldados murió por culpa del Jefe de Sanidad Militar, quien, “por robarse unos pesos”, compró un purgante de mala calidad que provocaba perforaciones estomacales “del tamaño de un real”. Conscientes de que denunciar esta situación podría ser interpretado negativamente por el dictador, sus colegas se limitaron a decir que “se trataba de una enfermedad nueva que había que estudiar” (p. 138). Por ello, solo a Barreño lo mandó a llamar el Señor Presidente, quien le advirtió: “no estoy dispuesto a que por chismes de mediquetes se menoscabe el crédito de mi gobierno” (p. 139). Poco le sirvió, pues, al personaje, su compromiso y sus estudios porque, como su esposa le reprocha: “para ser algo en esta vida se necesita más labia que saber. ¿Qué ganas con estudiar? ¿Qué ganas con estudiar? ¡Nada!” (p. 140). A pesar de ello, la mujer expresará poco más adelante sus esperanzas de que su marido se haga “de buenas cuñas y de nombre”, y llegue a ser “El médico del Señor Presidente”. Sin embargo, Barreño, que había sido amonestado hace poco por el propio mandatario, mata rápidamente sus ilusiones: “hija, pierde las esperanzas; te caerías de espaldas si te contara que vengo de ver al Presidente” (p. 141). La situación de Barreño ilustra, pues, que, en el sistema político problematizado en la novela, para albergar esperanzas de ascender profesionalmente, no hay que ser estudioso ni comprometido, sino que tener un espíritu servil, buenos contactos y un cierto renombre. Lo interesante aquí es que, si bien no se trata de un esbirro de la dictadura, el doctor Barreño termina reproduciendo la norma; acaso sin proponérselo, se convierte en un agente del dictador, que exige no darle esperanzas a nadie.

La desesperanza que experimenta el esposo de Niña Fedina, Genaro Rodas, también es consecuencia de la corrupción que campea en la sociedad representada por Asturias. Su propósito es que su amigo, Lucio Vázquez, le consiga un puesto en la “carrera del porvenir” (p. 155): la policía secreta. Lamentablemente, ello no será posible por culpa del nepotismo que abunda en esa sociedad: Vázquez le cuenta que “el subdirector metió a un ahijado y cuando yo le hablé de vos, ya el chance se lo había dado a ese que tal vez es un mugre” (p. 155). Rodas, entonces, “frotó sobre las palabras de su amigo un gesto de hombros y una palabra ininteligible. Había venido con la esperanza de encontrar trabajo” (p. 155). Esta situación permite apreciar cómo, en la dictadura del Señor Presidente, la desesperanza también puede experimentarse en el ámbito laboral como consecuencia de un sistema en el que pesan más los vínculos familiares, las ‘cuñas’ (recomendaciones) y el espíritu servil que los méritos personales.

Todos estos casos confirman lo que ya otros han señalado, a saber, que la ‘regla de conducta del Señor Presidente’ consiste en no dar esperanzas a nadie. No obstante, constatar esto no basta porque el tratamiento que Asturias le da al afecto en cuestión exhibe aristas relevantes que se han pasado por alto. La primera consiste en que la desesperanza que experimentan puede ser de distinta naturaleza: en algunos casos, tiene que ver con el deseo de estar en contacto con seres queridos (Miguel, la mujer del licenciado Carvajal y Niña Fedina); en otros, con medrar en la sociedad (el doctor Barreño y su esposa) o con simplemente conseguir un trabajo (Genero Rodas). La segunda arista se vincula con el hecho de que también varía el responsable de que los personajes pierdan la esperanza: en algunas circunstancias, ello ocurre como consecuencia de la acción directa de los agentes de la dictadura (el Auditor de Guerra y los esbirros del dictador); en otras, son familiares (el doctor Barreño) o las prácticas corruptas que imperan en la sociedad dictatorial (el nepotismo) las que terminan infundiendo en el corazón de los personajes la desesperanza. La tercera arista es la que nos parece más importante: el afecto en cuestión contrasta significativamente con las esperanzas asociadas al progreso que promete el régimen presidido por el diabólico mandatario.

La desesperanza como acicate de la esperanza

Una cuarta arista consiste en la diferencia que hay entre lo que el régimen pretende y lo que termina ocurriendo. Esto se debe a que también existen otros personajes que, a diferencia de los analizados al final de la sección anterior, sí pueden albergar esperanzas de un futuro mejor. Esto se aprecia claramente al final del capítulo “Habla en la sombra”, donde vemos a distintos hombres hacinados en una bartolina. Uno de ellos es el sacristán, quien propone rezar. El estudiante, sin embargo, se opone: “¡Qué es eso de rezar!¡ No debemos rezar!¡Tratemos de romper esa puerta y de ir a la revolución!” (p. 316). Entonces, otro recluso, un hombre que poco antes había sido tomado por un muerto, exclama: “¡[…] no todo se ha perdido en un país donde la juventud habla así!” (p. 316). Posteriormente, en el epílogo de El Señor Presidente, nos enteramos de que han sido liberados el sacristán y el estudiante. Este regresa a su hogar, donde su madre está rezando el rosario. A pesar de que la escena conjuga significaciones asociadas evidentemente a la esperanza -derivadas de las ideas de juventud, libertad, vitalidad, prospección, entre otras-, Ramírez (2009) lee el pasaje de otra manera:

… la cristiana conformidad sumerge a los personajes en otro infierno, en otro tiempo circular, interminable: el rezo repetitivo de las extensas letanías. En este sentido, el tiempo se abre en espiral concéntrica y el mundo infernal no deja esperanza de salida posible para nadie. Pese a que dos personajes logran salir de las tumbas-cárceles no quiere decir que el texto plantee que en este infierno quede o haya alguna esperanza. (p. 62)

Ramírez concluye su artículo sosteniendo que, en El Señor Presidente, “no triunfa la revolución social, la política y cultural proyectada por el general Canales ni la pregonada por [el] estudiante: solo el lector se rebela […] contra este mundo demoníaco y hace su propia revolución” (p. 69). Uno podría estar de acuerdo con este crítico si la novela de Asturias hubiera visto la luz antes de 1920, cuando Estrada Cabrera fue derrocado. Sin embargo, las cosas no ocurrieron así. Aunque se publicó en 1946, en el colofón figuran tres fechas: 1922, 1925 y 1932 (p. 404). El hecho de que El Señor Presidente estuviera lista tras la deposición del ominoso gobernante implica que la evocación del infierno del cabrerato podría desempeñar una función parecida a la que tiene el Averno en el canto sexto de la Eneida, de Virgilio. Allí, como David Pike (1997) sostiene, se relata el descensus ad ínferos que emprende Eneas “in order to receive his vocation and gain a prophetic vision of the future -his descendants and the city he is to found- from his father, Anchises; both vocation and vision are keyed to Vergil’s own Augustan Rome” (p. 7). En El Señor Presidente, aunque no hay ningún héroe que ‘descienda’ -todos los personajes fueron arrastrados a las infernales mazmorras de la dictadura-, sí hay una persona que vaticina el futuro: el hombre que se emociona hasta el llanto con el espíritu revolucionario del estudiante.

En virtud de la importancia que este personaje guarda respecto de la desesperanza y la esperanza, es preciso abordarlo más detenidamente. Poco antes de que ocurriera lo relatado en “Habla en la sombra”, él había retratado la siniestra situación política y social en los siguientes términos:

… no hay esperanzas de libertad, mis amigos; estamos condenados a soportarlo hasta que Dios quiera. Los ciudadanos que anhelaban el bien de la patria están lejos, unos piden limosna en casa ajena, otros pudren tierra en fosa común. Las calles van a cerrarse un día de estos horrorizadas. Los árboles ya no frutecen como antes. El maíz ya no alimenta. El sueño ya no reposa. El agua ya no refresca. El aire se hace irrespirable. Las plagas suceden a las pestes, las pestes a las plagas, y ya no tarda un terremoto en acabar con todo. ¡Véanlos mis ojos, porque somos un pueblo maldito! (p. 316)

Al igual que Anquises, el personaje hace un vaticinio que se cumplirá: como relata el propio Asturias, “el veinticinco de diciembre de 1917, a las diez de la noche, principió una serie de temblores muy fuertes que afectaron a la Ciudad de Guatemala, que se derrumbó en su totalidad” (Martin, 2000, p. 489). Lo que la catástrofe desencadenó en la esfera social es muy importante:

Todo el sistema del Señor Presidente, que era un sistema bien jerarquizado, allí se requiebra, allí se acaba, porque empiezan unos y otros a tener relaciones, a hablarse, a pasar del lamento a la protesta. Surge una sociedad totalmente distinta. Entonces se desmorona poco a poco la dictadura. Se crea una relación nueva, aparecen nuevas necesidades. (p. 489)

En función de su profecía, desde el punto de vista del lector, el personaje en cuestión aparece como un vidente, como una autoridad capaz de predecir el futuro. Se trata de algo especialmente significativo respecto del estudiante: si el hombre acertó en su vaticinio del terremoto, entonces, también debe ser cierto que ‘no todo estaba perdido en un país donde la juventud habla así’ y que, eventualmente, pasará ‘algo’ que suponga una corrección de las injusticias, políticas, sociales y económicas que afectaban al país. No obstante, aquello no tendrá lugar en El Señor Presidente -que, sin embargo, muestra libre al estudiante en el epílogo-, sino en la ‘realidad’ (sea lo que sea que esto signifique), cuando la insurrección que estalló en 1920 tras el terremoto deponga a Estrada Cabrera.

Quizás aquello que está siendo vaticinado en El Señor Presidente no solo son los años posteriores a la caída del cabrerato, sino también el periodo democrático en que se publicó la novela. Ya hemos dicho que la obra vio la luz en 1946, es decir, al comienzo del mandato del presidente Juan José Arévalo (1945-1951). Como Reid (2007) recuerda, dos años antes, la llamada ‘Revolución de octubre’ había depuesto a Federico Ponce, sucesor del dictador Jorge Ubico (1930-1944). Este último, a su vez, había sido sacado del poder tres meses antes gracias a la acción conjunta de estudiantes, profesores y miembros de una incipiente clase media (p. 83). El hecho de que la novela de Asturias se haya publicado en este contexto democrático -y no durante la dictadura de Estrada Cabrera, que había terminado más de veinte años antes- podría invitar a leerla también en función de lo que ocurría por aquel entonces en Guatemala. De acuerdo con esta lectura, en el capítulo “Habla en la sombra”, el proceso democrático que comenzó a desarrollarse tras lo ocurrido en octubre de 1944 también aparece como algo futuro, como algo intensamente anhelado, como aquello con lo que se esperanzan los prisioneros sumidos en las infernales mazmorras de la dictadura.

Aunque se trata de una interpretación muy atractiva, el hecho de que la novela haya estado lista en 1933 -es decir, casi diez años antes de la llamada ‘Revolución de octubre’- hace muy difícil sostenerla:3 el prisionero que habla del terremoto puede haber vaticinado la caída del Señor Presidente; Asturias, en cambio, difícilmente estaba en condiciones de prever casi una década antes la deposición de Ubico. Al respecto, lo que dice Gerald Martin (1997) es lapidario:

…sabemos ahora que El Señor Presidente estuvo terminada en 1933 y que, con excepción del capítulo XII, solo se le aplicaron modificaciones relativamente insignificantes después de aquella fecha. Así que se equivocan quienes piensan que El Señor Presidente fue producto de aquellos años [cuando se publicó]. (p. 473)

Pero sería un error renunciar a establecer una relación entre la novela y la llamada ‘Revolución de octubre’ solo porque ella estaba prácticamente acabada casi diez años antes. Después de todo, contamos con dos hechos -el primero es que, en El Señor Presidente, es un estudiante el gran portador de la esperanza revolucionaria; el segundo, que, en 1944, Jorge Ubico fue derrocado como consecuencia de la acción revolucionaria de distintos actores sociales, entre los cuales tuvo un rol protagónico el estudiantado de Guatemala- que, si bien no pueden vincularse causalmente -Asturias no creó al estudiante revolucionario o evocó su figura ‘porque’ haya buscado exaltar al estudiantado que depuso a Ubico-, sí pueden vincularse en términos, por decirlo de algún modo, ‘utilitarios’: como Martin (1997) recuerda, en 1942, el nobel guatemalteco fue electo diputado del Congreso Nacional. A pesar de que habría tenido que pagar con su vida el rechazo del cargo y de que no estaba vinculado con el régimen de Ubico ni menos con su ideología, Asturias fue visto como un colaborador en el ambiente revolucionario y tuvo que exiliarse en México (p. 476). En este contexto, resulta plausible pensar que el personaje en cuestión le permitió a nuestro autor demostrar su simpatía con el proceso revolucionario que llevó a Arévalo al poder. Se trata de algo que puede respaldarse con las declaraciones de Amos Segala (2000), quien testimonia que escuchó “incontables veces […] las versiones cada vez más dramáticas del proceso escrituario ‘nocturno’ de la novela, antídoto y desahogo a las peripecias y angustias ‘nocturnas’” (p. xviii) de Asturias. De acuerdo con Segala, para su amigo,

…aquella edición [la del 1946] y la que Losada publicó en 1948 fueron la carta providencial que le permitió acreditarse como opositor a la(s) dictadura(s), no solamente de cara a los jóvenes desconfiados que habían hecho la Revolución de 1944, sino más ampliamente en el contexto de las democracias del continente y fuera de él. (p. xvii)

Dado que no hay razones para dudar de Segala -su testimonio se halla al comienzo de la edición de la Colección Archivos de la novela-, es plausible leerla en función de la llamada ‘Revolución de octubre’. En ese contexto, El Señor Presidente, y la figura del estudiante específicamente, podría haberle servido a Asturias para presentarse no solo como un opositor de los regímenes dictatoriales, sino también como un simpatizante de los movimientos revolucionarios.

Conclusiones

El propósito de este artículo es patentizar la importancia que adquieren la esperanza y la desesperanza como afectos políticos en la problematización artística de lo dictatorial como experiencia política latinoamericana, que Asturias lleva a cabo en El Señor Presidente. De acuerdo con la interpretación propuesta, la obra no se limita a mostrar cómo el régimen ‘contagia’ a las personas con el virus de la desesperanza, sino que utiliza dicha emoción para evidenciar la contradicción en que incurren las llamadas dictaduras progresistas. Como vimos, el régimen analizado artísticamente por Asturias en su novela se valida ante la opinión pública mediante discursos que apelan a la esperanzadora creencia de que, gracias a la conducción del autócrata, se llegará hasta la vanguardia de los ‘países civilizados’. Estos discursos legitimadores, como intentamos evidenciar, son contravenidos por lo que ocurre dentro y fuera de las infernales cárceles de la dictadura, donde hallamos a personajes sobre cuyas cabezas se aplica la dantesca ‘regla de conducta del Señor Presidente’: no dar esperanzas. Nuestra lectura también mostró que la desesperanza que se inocula es enfocada de tal forma por Asturias que sirve para evidenciar la contradicción en que incurren las dictaduras supuestamente progresistas, que implican una modesta modernización económica que depende de la perpetuación de instituciones y relaciones sociales de raigambre colonial. Al mismo tiempo, la desesperanza sirve para que la esperanza cobre fuerza en el corazón de otros personajes de la obra.

De lo anterior es posible extraer una serie de conclusiones. La primera consiste en que, respecto del estudio de los afectos en la novela de temática dictatorial, resulta productivo ir más allá del miedo -pasión que, en relación con el género en cuestión, encarna una importancia innegable- y enfocarse en otras emociones. Al proceder de esa forma, descubrimos que El Señor Presidente evidencia cómo los regímenes dictatoriales no solo emplean el terrorismo de Estado (y el miedo que genera) para someter a la población, sino también la desesperanza. Así, entorpecerían el florecimiento de los aspectos positivos que rodean la esperanza: por de pronto, la solidaridad y sinergia que se genera entre quienes comparten ciertas expectativas. Por medio de la desesperanza, mantienen el statu quo porque la población se siente impotente frente al orden impuesto.

Una segunda conclusión a la que se puede llegar tiene que ver con la idea nussbaumiana de que existen ciertos afectos que resultan perniciosos, porque pueden traducirse en la denigración y la subordinación de otros seres humanos. Este trabajo invita a incluir la desesperanza en ese grupo: de acuerdo con nuestra lectura, a través de ella, la élite amparada por la dictadura del “Señor Presidente” protege sus intereses y anhelos de progreso y modernidad, en desmedro de las expectativas y esperanzas de amplios sectores de la población guatemalteca.

Una tercera conclusión consiste en que es importante tomar en cuenta el marco histórico en que El Señor Presidente vio la luz. Como se evidenció a lo largo del artículo, la consideración de la llamada ‘Revolución de octubre’ abre la posibilidad de hallar nuevas significaciones en esta obra clave de la novelística de América Latina. En ese contexto, la exaltación de la esperanza revolucionaria que encarna el estudiante podría haberle servido a Asturias para demostrar no solo su oposición a las dictaduras, sino su simpatía con los movimientos revolucionarios. Así, obviamente sin habérselo propuesto, el autor habría creado una figura que, al profetizar la caída de Estrada Cabrera, quizá también podía servirle para anticipar la deposición de Ubico y respaldar el incipiente gobierno de Arévalo: contrastada con la oscuridad de los infernales calabozos donde eran encarcelados los enemigos del régimen, la potencia con la que brilla el anhelo de un gobierno auténticamente democrático se torna aún mayor.

Por estas razones, es dado concluir que los motivos que hacen que El Señor Presidente sea una obra valiosa no se agotan en la magistral problematización que hace de la dictadura y de uno de los afectos que infunde en la población para impedir que se articulen proyectos democráticos alternativos -la desesperanza-, sino que también incluyen el hecho de que se trata de una novela en la que la esperanza es exaltada como elemento fundamental para construir una sociedad en la que las expectativas de toda la población (y no de una minoría) tengan representación política. Con ello, la novela de Miguel Ángel Asturias se perfila como un espacio artístico de gran valor, porque evidencia de manera compleja el contexto en que se desarrolla una de las pasiones más características de América Latina: la esperanza de vivir en sociedades sin violencia y auténticamente democráticas.

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1Otro factor que fomentó el crecimiento económico fue el gran flujo de inversiones extranjeras y las masivas inmigraciones europeas y asiáticas (p. 104).

2Esta y las cursivas que siguen son mías.

3Agradecemos a uno de los revisores del borrador de este artículo, que hizo ver oportunamente este hecho.

Received: January 06, 2022; Accepted: May 09, 2022

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