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Universum (Talca)

On-line version ISSN 0718-2376

Universum vol.37 no.2 Talca Dec. 2022

http://dx.doi.org/10.4067/s0718-23762022000200501 

ARTÍCULOS

El confuso ‘efecto de Edipo’ popperiano en las predicciones de las Ciencias Sociales

The confusing Popperian ‘Oedipus effect’ on Social Sciences predictions

Óscar Peláez-Herreros1 
http://orcid.org/0000-0002-5179-431X

1El Colegio de la Frontera Norte, Sede Tijuana, México. opelaez@colef.mx

RESUMEN

Popper argumenta que es imposible realizar predicciones exactas y detalladas en las Ciencias Sociales y denomina ‘efecto de Edipo’ a la idea de que una predicción puede influir sobre el suceso predicho, tanto en el sentido de favorecer que ocurra como de impedirlo. No obstante, tras revisar los problemas de las predicciones en las Ciencias Sociales y definir y distinguir las profecías que se autorrealizan y las predicciones que se autofrustran, se advierten discrepancias importantes entre el planteamiento de Popper y el mito de Edipo. En concreto, se encuentra que la historia de Edipo, a lo sumo, se corresponde parcialmente con las profecías que se autorrealizan y se opone a las que se autofrustran. De manera más precisa, se observa que el oráculo generó una reacción frustrante que, sin embargo, condujo a su cumplimiento. En contra del argumento de Popper, las profecías del relato de Edipo son exactas. Para entender esta falta de asociación entre el fenómeno descrito y el término que Popper le asigna, se exploran los motivos que guiaron su elección, encontrando que prefirió realizar una alusión específica a las prácticas de los psicoanalistas en detrimento de la precisión del término.

Palabras clave: historicismo; profecía que se autorrealiza; predicción que se autofrustra; Sófocles; psicoanalistas

ABSTRACT

Popper argues that it is impossible to make accurate and detailed predictions in the Social Sciences and calls the ‘Oedipus effect’ the idea that a prediction can influence the predicted event, both in the sense of favoring and preventing it from happening. However, after reviewing the problems of predictions in the Social Sciences and defining and distinguishing self-fulfilling prophecies and self-defeating predictions, we note important discrepancies between Popper’s approach and the Oedipus myth. Specifically, we find that the Oedipus story, at best, partially corresponds to self-fulfilling prophecies and is opposed to self-defeating ones. More precisely, we note that the oracle generated a defeating reaction that, however, led to its fulfillment. Contrary to Popper's argument, the prophecies of the Oedipus story are accurate. To understand this lack of association between the phenomenon described and the term Popper assigns it, we explored the reasons that guided his choice, finding that he preferred to make a specific allusion to the practices of psychoanalysts at the expense of the precision of the term.

Keywords: historicism; self-fulfilling prophecy; self-defeating prediction; Sophocles; psychoanalysts

Introducción

Popper (1973) argumenta que no es posible realizar predicciones científicas exactas y detalladas en las Ciencias Sociales. Para ello, considera que, en términos generales, el crecimiento de los conocimientos humanos afecta al devenir de la historia y, como no es posible predecir de modo racional o científico la evolución futura de nuestros conocimientos, tampoco es posible predecir el futuro de la historia humana. De manera más específica, explica que el hecho de realizar una predicción sobre un suceso afecta al desarrollo del propio suceso y, por tanto, al cumplimiento de la predicción. Menciona, por ejemplo, la cotización bursátil de unas acciones para las que se predice una caída al cabo de tres días. El problema implícito es que el conocimiento de esa predicción lleva a que los accionistas anticipen las ventas causando un descenso prematuro del precio de las acciones y el incumplimiento de la predicción. De modo similar, el pronóstico de un resultado electoral, de un cambio social, o de la aplicación de una política pública, pueden provocar reacciones que precipiten o impidan ese evento, de manera que la predicción acaba resultando inexacta o no se verifica en absoluto.

Popper (1973) denomina ‘efecto de Edipo’ a la influencia de las predicciones sobre los sucesos predichos. El presente artículo explica que el nombre que Popper asigna a este fenómeno no es adecuado, ya que, en una excesiva generalización, lo aplica a casos que incluso contradicen aspectos relevantes del mito edípico. Para demostrar este argumento, se profundiza a continuación en la explicación de Popper. En el tercer apartado, se revisa la historia de Edipo, prestando especial atención a la trama de Edipo rey, la tragedia donde Sófocles narra los eventos que dan origen a la denominación. En el cuarto apartado, se contraponen los planteamientos anteriores, encontrando diferencias entre ellos, así como el motivo que llevó a Popper a elegir este nombre. Por último, se presentan las conclusiones y consideraciones consecuentes.

La predicción en las Ciencias Sociales

Dado el propósito de discutir la coherencia de un nombre específico, parece necesario situarlo en el contexto histórico y teórico en el que surge y señalar la relevancia del problema epistemológico que representa para el autor que lo propone. Con ello no se pretende analizar en detalle estas otras cuestiones, imposibles de abarcar aquí con el rigor necesario, sino solo aportar elementos para una mejor comprensión de lo que representa el ‘efecto de Edipo’ y la mala interpretación a la que puede dar lugar esa denominación.

En este sentido, Popper (1983) indica que su preocupación por distinguir entre ciencia y pseudociencia inició en el año 1919, coincidiendo con la desintegración del Imperio austrohúngaro tras la Primera Guerra Mundial. Entonces, residía en Viena y le interesaban la teoría de la relatividad de Einstein, la teoría de la historia de Marx, el psicoanálisis de Freud y la psicología del individuo de Adler. De las tres últimas, le llamaba la atención su aparente poder explicativo y las incesantes confirmaciones y observaciones que las ‘verificaban’. Advirtió que esas teorías siempre se podían adecuar a los hechos y empezó a sospechar que su aparente fortaleza era una debilidad. El caso de Einstein era distinto; su teoría implicaba una predicción muy precisa sobre la desviación de la luz al pasar cerca de un cuerpo de gran masa. La verificación era difícil. Hubo que esperar hasta las observaciones de Eddington durante un eclipse para tener confirmación, pero se obtuvo. La luz se desviaba en la medida anticipada por la teoría.

A partir de estas situaciones, Popper entiende que la ciencia es deductiva, que las teorías generan predicciones que luego se contrastan con la realidad observada y que ese es el procedimiento para validar o refutar las teorías. En esta lógica, las predicciones tienen un papel importante. De ahí que Popper se interese por ellas y considere que no todas son igual de pertinentes. Por ejemplo, afirma que “es una típica treta de adivino predecir cosas de manera tan vaga que difícilmente fracasen las predicciones: se hacen irrefutables” (Popper, 1983, p. 62). Se trataría del caso contrario al de las predicciones precisas de la teoría de Einstein. Además, con este criterio de refutabilidad o falsación, Popper resuelve el problema de la demarcación entre la ciencia y la pseudociencia: “Una teoría que no es refutable por ningún suceso concebible no es científica. La irrefutabilidad no es una virtud de una teoría (como se cree a menudo), sino un vicio” (Popper, 1983, p. 62).

En principio, esta metodología la desarrolla para las Ciencias de la Naturaleza, principalmente la Física, y la publica en Viena en 1935 como Logik der forschung, traducida como Lógica de la investigación científica. Su creencia en la unidad del método científico y los cambios políticos de la década de los treinta, le llevan a aplicar su propuesta a las Ciencias Sociales. Entonces, descubre algunas complicaciones adicionales con las predicciones, entre ellas, lo que denomina ‘efecto de Edipo’. Este trabajo ya lo publica desde su exilio en Nueva Zelanda, inicialmente como tres artículos (Popper, 1944a, 1944b y 1945) y posteriormente como libro, bajo el título de La miseria del historicismo.

En palabras de Popper (1973, p. 9), “La tesis fundamental de este libro [es] que la creencia en un destino histórico es pura superstición y que no puede haber predicción del curso de la historia humana por métodos científicos o cualquier otra clase de método racional”. El título del libro alude al de Marx (1979), Miseria de la filosofía, publicado en 1847, que a su vez hace referencia a la Filosofía de la miseria, de Proudhon (1870), publicada en 1846. No obstante, también existe un libro de Menger (1884), Die irrthümer des historismus in der deutschen nationalökonomie, que se ha traducido como Los errores del historicismo en la economía alemana, y que tuvo un papel destacado en la methodenstreit de finales del siglo XIX entre la escuela austriaca y la escuela histórica alemana (Fusfeld, 1987). Popper (1973) aclara que ‘historicismo’ no debe confundirse con ‘historismo’, que es el término que, por ejemplo, utiliza Menger.1 Explica que escoge “el rótulo poco familiar de ‘historicismo’” (p. 18) para identificar:

… un punto de vista sobre las ciencias sociales que supone que la predicción histórica es el fin principal de éstas, y que supone que este fin es alcanzable por medio del descubrimiento de los ‘ritmos’ o los ‘modelos’, de las ‘leyes’ o las ‘tendencias’ que yacen bajo la evolución de la historia. (Popper, 1973, p. 17)

El libro se divide en cuatro partes. Las dos primeras explican extensamente lo que cabe entender por historicismo. Las dos últimas concentran las críticas a los argumentos y doctrinas de esta corriente. En el prólogo, escrito en 1957, Popper advierte que el libro no refuta realmente el historicismo. Esto se hace en Popper (1950a y 1950b). El prólogo bosqueja esta refutación mediante un argumento que enlaza cinco proposiciones. Según Popper (1973), el paso decisivo se encuentra en la segunda proposición: “No podemos predecir, por métodos racionales o científicos, el crecimiento futuro de nuestros conocimientos científicos” (p. 12). Entonces, como “el curso de la historia humana está fuertemente influido por el crecimiento de los conocimientos humanos” (primera proposición), no se puede “predecir el curso futuro de la historia humana” (tercera proposición), y “No puede haber una teoría científica del desarrollo histórico que sirva de base para la predicción histórica” (cuarta proposición). “La meta fundamental de los métodos historicistas […] está, por lo tanto, mal concebida” (quinta proposición).

En palabras de McCloskey (1993, p. 124), “saber el futuro de la ciencia requiere saber la ciencia del futuro”, y eso no es posible. Como advierte Popper (1973, p. 12), este argumento “refuta la posibilidad de predecir sucesos históricos en tanto puedan ser influidos por el crecimiento de nuestros conocimientos”, pero deja abierta “la posibilidad de poner a prueba teorías sociológicas -por ejemplo teorías económicas- por medio de una predicción de que ciertos sucesos tendrán lugar bajo ciertas condiciones”.

Cuando Popper (1973) describe el historicismo, dedica la sección cinco de las treinta y tres que forman el libro a la “Inexactitud de la predicción”. En ella presenta el ‘efecto de Edipo’ y explica “que el historicismo se inclina a destacar la importancia de la predicción como una de las tareas de la ciencia” (p. 26), al tiempo que argumenta que la predicción social es difícil por la complejidad de las estructuras sociales y por “la mutua conexión entre las predicciones y los sucesos predichos” (p. 27).2 Admitiendo la imposibilidad de realizar predicciones sociales científicas exactas y detalladas, los historicistas se interesan por lo que Popper (1973, p. 51) denomina ‘predicciones a gran escala’: “predicciones a largo plazo cuya vaguedad está compensada por su alcance y relevancia […] Según el historicismo, ésta es la clase de predicción que tiene que intentar la sociología”. El problema es que no hay uniformidades sociales que sean válidas más allá de ciertos periodos culturales o históricos.

Popper (1973, p. 122) argumenta que “La evolución […] de la sociedad humana, es un proceso histórico único”, y la observación de un único proceso no permite generalizaciones ni prever su desarrollo futuro. “Su descripción […] no es una ley, sino solo una proposición histórica singular”, de la que se pueden extraer tendencias (válidas en cierto momento y lugar), pero no leyes universales. Para Popper (1973, p. 143), “la equivocación central del historicismo” es que confunde leyes con tendencias: operan con tendencias como si fuesen incondicionales, generales, absolutas; cuando, en realidad, las tendencias dependen de condiciones iniciales específicas de cada caso. “Susleyes de desarrolloresultan ser tendencias absolutas […] que nos llevan irresistiblemente en una cierta dirección hacia el futuro. Son la base de profecías incondicionales, como opuestas a las predicciones condicionales científicas.” Cabe recordar el argumento del prólogo, que refuta la posibilidad de predecir sucesos históricos, pero no impide la “predicción de que ciertos sucesos tendrán lugar bajo ciertas condiciones” (p. 12). Es aquí donde Popper separa las ‘profecías’ de las ‘predicciones’, lo que reitera en Popper (1983, p. 406): “hacemos una distinción clara entre lo que llamo ‘predicción científica’, por una parte, y ‘profecías históricas incondicionales’, por la otra. Los historicistas no hacen esta importante distinción.” El presente artículo atiende a la distinción propuesta.

En este marco general, un aspecto que imposibilita las predicciones sociales científicas exactas y detalladas, y que distingue a las Ciencias Sociales de, por ejemplo, la Física, es “la mutua conexión entre las predicciones y los sucesos predichos” (p. 27). Popper (1973, p. 27) advierte que la idea de este tipo de influencias es muy antigua, recuerda la leyenda donde Edipo “mata a su padre, a quien nunca había visto, y esto era el resultado directo de la profecía que hizo que su padre le abandonase”, y, a raíz de ello, sugiere

… el nombre de ‘Efecto de Edipo’ para la influencia de la predicción sobre el suceso predicho (o, más generalmente, para la influencia de una información sobre la situación a la que la información se refiere), sea esta influencia en el sentido de hacer que ocurra el suceso previsto, sea en el sentido de impedirlo. (Popper, 1973, p. 27)

Esta última distinción resultará importante.

Popper vuelve a mencionar el ‘efecto de Edipo’ en textos posteriores, pero siempre aludiendo a esta primera formulación:

Hace años introduje el término ‘efecto edípico’ para describir la influencia de una teoría, expectativa o predicción sobre el suceso que predice o describe: se recordará que la cadena causal conducente al parricidio de Edipo comenzó con la predicción de este suceso por el oráculo. (Popper, 1983, p. 62)

Una de las ideas que había discutido en La miseria era la influencia de una predicción sobre el evento predicho. A esto lo había llamado el ‘efecto Edipo’, porque el oráculo jugó un papel muy importante en la secuencia de eventos que llevaron al cumplimiento de su profecía. (Popper, 2002, p. 139)3

Popper (1973, p. 27) ilustra este ‘efecto de Edipo’ con el ejemplo de unas acciones que se prevé que coticen al alza durante tres días para luego caer. Ante esta información, el mercado reacciona anticipando el proceso, “causando una caída prematura en las cotizaciones y refutando la predicción”. Para mayor claridad, McCloskey (1993) compara la situación con la de las predicciones meteorológicas: “a diferencia de los seres humanos, los huracanes no escuchan. Los seres humanos reaccionan ante las predicciones económicas de maneras tales que o bien las trastocan o las magnifican” (p. 115).

Surge un problema que quizá Popper no trata en profundidad. Para que el mecanismo funcione y el efecto se produzca, se necesita una reacción por parte de los agentes. Popper (1973) distingue la secuencia del proceso: primero se elaboran predicciones sociales precisas que luego, al ser conocidas, causan una reacción que da lugar a un resultado distinto. Específicamente, explica que:

… si llegase a ser construido un calendario social científico de esta clase y luego llegase a ser conocido (no se podría mantener secreto por mucho tiempo, porque en principio podría ser descubierto de nuevo por cualquiera), sería ciertamente la causa de actos que echarían por tierra sus predicciones. (Popper, 1973, p. 27)

Asumir que ‘cualquiera’ puede elaborar, descubrir o redescubrir predicciones sociales precisas tal vez sea excesivo. No obstante, este obstáculo deja de serlo si solo se trata con predicciones conocidas por los agentes afectados. El verdadero problema es que el conocimiento de los pronósticos no es suficiente. Además, han de provocar una reacción que modifique en algún punto las condiciones y los resultados previstos. En la versión de Popper, esta reacción es ‘cierta’ sin mayor cuestionamiento. Pero las reacciones no son gratuitas y, como explica Budge (1973), pudiera ser que no todas las previsiones merezcan o causen una reacción que altere los resultados predichos. En esos casos no se tendría la imposibilidad de generar previsiones detalladas y exactas por “la mutua conexión entre las predicciones y los sucesos predichos” (Popper, 1973, p. 27), ya que no existiría ese vínculo, pero habría otros motivos, como la complejidad de los acontecimientos sociales, o las dificultades para su medición y cuantificación.

En cualquier caso, el término ‘efecto de Edipo’ se refiere a “la influencia de una teoría, expectativa o predicción sobre el suceso que predice o describe” (Popper, 1983, p. 62). Esta influencia puede ser en el sentido de favorecer que ocurra el suceso previsto o en el sentido de impedirlo. Popper (1973, p. 29) aclara que una predicción puede “incluso causar el acontecimiento que predice: el acontecimiento podría no haberse producido en absoluto de no haber sido predicho. En el otro extremo, la predicción de un suceso inminente puede llevar a su evitación e impedimento”. Implícitamente, se están considerando dos situaciones iniciales distintas que conducen a resultados también distintos (Oliveira, 1999, p. 34):

Por un lado, una predicción inicialmente falsa que solo al ser conocida provoca una reacción social que, entonces, ‘causa’ el acontecimiento predicho y el cumplimiento del pronóstico. Es lo que Merton (1948) denomina ‘profecía que se autorrealiza’. Adviértase que Merton (1948) utiliza el término ‘profecía’ para este caso. Por ejemplo: un rumor engañoso sobre la falta de liquidez de un banco, pero que es creído por suficientes depositantes, y acaba resultando en la insolvencia real del banco. Según Merton (1948, p. 195), “La profecía que se autorrealiza es, al principio, una definición falsa de la situación, que despierta un nuevo comportamiento que hace que la falsa concepción original de la situación se vuelva verdadera”. Además del ejemplo del banco, Merton (1948) también se refiere al caso de los prejuicios étnicos y raciales.4

Por otro lado, como contraparte, se tiene la predicción correcta que, al ser conocida, provoca una reacción que trastoca los sucesos, dando lugar al incumplimiento de la predicción en el sentido en que fue formulada. Se trata de predicciones que se autofrustran, como en el ejemplo de las acciones bursátiles de Popper (1973, p. 27). Merton (1936) explica que “Las predicciones públicas de la evolución social futura con frecuencia no se sustentan precisamente porque la predicción se convierte en un elemento nuevo en la situación concreta, que tiende a cambiar el curso inicial de los acontecimientos” (pp. 903-904).

Popper (1973, p. 27) utiliza la misma denominación para ambos casos: ‘efecto de Edipo’.

El problema de Edipo

Una temprana alusión a la historia de Edipo se encuentra en el canto XI de la Odisea (siglo VIII a.C.). Odiseo desciende al inframundo para consultar al adivino Tiresias. Pero también encuentra otras almas, entre ellas, la de la madre de Edipo. Se menciona brevemente que Edipo dio muerte a su padre, se casó con su madre y reinaba en Tebas, que los dioses habían divulgado estas noticias y que la madre-esposa, poseída por el furor consecuente, se había ahorcado en su palacio y descendido al Hades. En las escasas líneas dedicadas al caso, el poema épico de Homero no hace referencia a las profecías.

Santiago (1985, p. 63) explica que este motivo se incorporó a la tradición a partir del siglo VII a.C., cuando Delfos y la religión apolínea arraigaron fuertemente en la cultura griega. Una de las primeras referencias al hecho de que Edipo mató a su padre “marcado por el destino […] y cumplió el oráculo” (p. 62) se encuentra en una oda pindárica fechada en torno al 475 a.C.

Pocos años después, el tema se abordó de manera más extensa, siendo el eje central de, al menos, tres tragedias: la de Esquilo (467 a.C.), de la que solo se conservan tres versos y que formaba parte de la tetralogía del ciclo tebano junto con las tragedias Layo y Los siete contra Tebas y el drama satírico La esfinge (Álvarez, 1974; Santiago, 1985); la de Sófocles (429 a.C.), titulada Edipo y posteriormente denominada Edipo rey para distinguirla de Edipo en Colono, otra tragedia que el mismo autor escribió casi treinta años después; y la de Eurípides, de la que se conservan algunos fragmentos (Álvarez, 1974). Por otra parte, el prólogo de Las fenicias, del mismo Eurípides (410 a.C.), repasa la historia de Edipo a modo de antecedente, mencionando la profecía de Apolo, el parricidio, el incesto, así como otros detalles con mínimas variaciones respecto al relato de Sófocles.

El mito de Edipo se inserta en la tradición de leyendas tebanas. Da continuación a la historia de su padre, Layo, y es seguido por el enfrentamiento entre sus hijos, Eteocles y Polinices. La profecía a la que hace referencia Popper (1973, 1983, 2002) se encuentra plenamente desarrollada en el texto de Sófocles (429 a.C.), considerado por Aristóteles como el modelo de la tragedia griega (Álvarez, 1974). Asimismo, se puede encontrar en el Edipo que Séneca escribió en latín ya en el siglo I d.C., y que también se conserva íntegro. Álvarez (1974, p. 190) compara estos dos textos y encuentra que, en esencia, “Ambas obras contienen los mismos sucesos de la vida de Edipo”.

Para lo que se ocupa en este artículo, la trama de la historia es como sigue. Layo y Yocasta son reyes de Tebas. Tras largo tiempo de matrimonio sin concebir descendencia, Layo consulta al oráculo, que le advierte que su destino es morir a manos del hijo que engendre. Un día, cayendo en la embriaguez, deja su simiente en Yocasta. Consciente de la profecía, apenas nacido el niño, le ata los pies y le indica a un servidor que lo abandone en el monte. El servidor, sin embargo, entrega el niño a un pastor, que le pone por nombre Edipo (pies hinchados) y lo lleva a Corinto, donde es criado por Pólibo y Mérope como si fuera su verdadero hijo.

Transcurridos unos años, Edipo visita al oráculo de Delfos, que le indica que su destino es unirse a su madre y asesinar a su padre. Para evitar la profecía, decide huir de Corinto. En una bifurcación del camino, Edipo es menospreciado por un grupo de personas que le enfrentan y a los que da muerte.

Posteriormente, resuelve los enigmas de la esfinge y esta deja de atormentar al pueblo tebano. Convertido en héroe, Edipo se casa con la reina Yocasta, que había enviudado tras la muerte de Layo en la bifurcación de un camino.

Años más tarde, la peste asola la ciudad de Tebas. El oráculo indica que es necesario vengar el asesinato de Layo para que la epidemia acabe. Entonces, el rey Edipo comienza a indagar sobre la muerte de su antecesor en el trono. Con ello, descubre que él mismo fue el asesino, que Layo era su padre, Yocasta su madre, y que los oráculos se habían cumplido a pesar de haber tratado de evitarlos.

Cabe destacar que la tragedia de Edipo en la versión de Sófocles (429 a.C.) contiene varias profecías. No obstante, las más relevantes son:

  1. la que recibe Layo, de que morirá a manos de su hijo;

  2. y la que recibe Edipo, de que matará a su padre y se unirá a su madre.

En la primera, Layo reacciona tras el pronóstico poniendo los medios para evitar su cumplimiento: ordena que abandonen en el monte con los pies atados a su hijo recién nacido. A pesar de ello (o, quizá por ello), la profecía se acaba cumpliendo.

En la segunda, Edipo reacciona abandonando Corinto para no tener posibilidad de matar al que creía que era su padre ni unirse con su madre. No obstante, es precisamente esta acción lo que le lleva a encontrarse con Layo en la bifurcación de caminos, a matarlo y acabar uniéndose en matrimonio con su verdadera madre. De esta manera, la profecía se acaba cumpliendo.

En ambos casos, los protagonistas reaccionan tratando de evitar el vaticinio del oráculo. Sin embargo, lejos de conseguir su propósito, incluso provocan el desenlace que pretendían evitar.

En la mitología griega hay otra profecía con un desarrollo similar. Acrisio, rey de Argos, deseaba tener un hijo varón. Como este deseo no se realizaba, consulta al oráculo, que le previene que no tendrá hijos varones y que su nieto, aún no nacido, le matará. Para evitar la profecía, Acrisio encierra a su hija, Dánae. Pero esto no impide que Zeus la seduzca y embarace.5 De esa unión nace Perseo. Cuando Acrisio tiene conocimiento del hecho, arroja a Dánae y al niño al mar en un cofre de madera. Ambos sobreviven protegidos por Zeus y llegan a la isla de Serifos.

Años más tarde, Perseo se convierte en héroe al cortar la cabeza de Medusa. Después de rescatar a Andrómeda y de otros acontecimientos, decide regresar a Argos. De camino, participa en unos juegos que se están celebrando. En la prueba de disco, un fuerte viento desvía su lanzamiento y el disco impacta en la cabeza de un hombre que resulta muerto a consecuencia del golpe. El fallecido es su abuelo, Acrisio, que había abandonado Argos al recordar el oráculo y enterarse de que su nieto se dirigía hacia allí.

A diferencia del caso de Edipo, en este solo hay una profecía, pero que igualmente se cumple a pesar de que los protagonistas tratan de evitarla.

En ambas historias, la enseñanza es que no se puede escapar del destino marcado por los dioses. No importa qué acciones emprendan los mortales. Las profecías de los oráculos terminan cumpliéndose. Como acaba admitiendo Edipo: “todo se cumple con certeza” (Sófocles, 1981, p. 356).

Discusión

Popper (1973, p. 27) sugiere “el nombre de ‘Efecto de Edipo’ para la influencia de la predicción sobre el suceso predicho […], sea esta influencia en el sentido de hacer que ocurra el suceso previsto, sea en el sentido de impedirlo”. Con ello, abarca a las profecías que se autorrealizan y a las predicciones que se autofrustran. Sin embargo, la historia de Edipo no se corresponde exactamente con ninguno de estos casos. Como explica Henshel (1993, p. 103), “la profecía de Edipo generó una tendencia autofrustrante que, sin embargo, condujo precisamente al cumplimiento de la profecía”. Por su parte, Oliveira (1999) entiende que el término ‘efecto de Edipo’ está inspirado en un caso de profecía que se autorrealiza y, en consecuencia, se pregunta si es aplicable a las predicciones que se autofrustran.

No obstante, las discrepancias van más allá de que el término elegido trate de manera asimétrica a la pareja de posibilidades, o que las entremezcle de forma poco clara. Esto son solo resultados visibles de diferencias más profundas.

Para comprender mejor estos aspectos, merece la pena prestar atención a la relevancia que Popper da a la intervención del oráculo y a su efecto en el desarrollo de los acontecimientos. Para Popper (1973, p. 27), el hecho de que Edipo mate a su padre es “el resultado directo de la profecía”. Debido a la “influencia de la predicción sobre el suceso predicho”, los pronósticos del oráculo son determinantes en la historia. En textos posteriores, Popper retoma esta idea, por ejemplo, cuando explica que “la cadena causal conducente al parricidio de Edipo comenzó con la predicción de este suceso por el oráculo” (Popper, 1983, p. 62); o también cuando afirma que “el oráculo jugó un papel muy importante en la secuencia de eventos que llevaron al cumplimiento de su profecía” (Popper, 2002, p. 139). En el mismo sentido, Zizek (2003) defiende que el conocimiento de la profecía es central para su cumplimiento:

… la profecía se hace verdad porque se comunica a las personas que afecta y porque él o ella tratan de eludirla: uno sabe de antemano su propio destino, trata de evadirlo, y es por medio de este intento que el destino predicho se realiza. Sin la profecía, el pequeño Edipo viviría felizmente con sus padres y no habría ‘complejo de Edipo’. (p. 91)

Sin embargo, hay indicios para intuir otros desenlaces. El contrafactual de Zizek es difícil de creer en una ‘tragedia’ sofoclea, “el trágico del dolor absoluto” (Lasso, 1981, p. 53). Layo estaba maldito junto con toda su descendencia desde que raptó y violó a Crisipo. Se puede pensar que, aun sin profecía, su vida y la de Edipo hubiesen acabado mal.

En la historia de Edipo, no solo es relevante la profecía, sino toda la secuencia de acontecimientos en que se inserta: la maldición que pesaba sobre la dinastía labdácida, el intento de frustrarla por parte de los protagonistas, y su cumplimiento final. El conjunto alecciona sobre la inevitabilidad del destino y, específicamente, muestra que los designios de los oráculos se cumplen siempre, porque “no iré honrando a la divinidad […] si estos oráculos no se cumplen” (Sófocles, 1981, p. 344). Como señala Lasso (1981, p. 83), Edipo rey es “un documento de religión griega”. Así, Yocasta no da crédito a los oráculos: “ninguno de los asuntos de los mortales está afectado por el arte adivinatoria” (Sófocles, 1981, p. 338); y acaba ahorcándose al comprobar su realidad. Layo y Edipo tratan de burlarlos, pero no lo consiguen. El primero muere a manos del segundo y el segundo se ciega y suplica que lo destierren. La lección para todos es que los oráculos se cumplen aunque se reaccione contra ellos tratando de evitarlos, porque, como menciona Schopenhauer (2016, p. 497) en referencia a este caso, “el destino es siempre omnipotente”. No se puede escapar del destino elegido por los dioses.

Surge la duda de si Popper es consciente de la complejidad de la leyenda de Edipo y del significado que tiene en su conjunto y contexto. A partir de la escasa información que aporta en La miseria del historicismo al definir el ‘efecto de Edipo’, cabe plantearse esta posibilidad. Popper (1973, p. 27) apenas menciona que Edipo “mata a su padre, a quien nunca había visto, y éste era el resultado directo de la profecía que hizo que su padre le abandonase”. No hay más detalles sobre la trama. Presenta los datos mínimos para referirse al caso y destacar la influencia de la profecía sobre el resultado. Sin embargo, en La sociedad abierta y sus enemigos aporta matices adicionales que ayudan a disipar la duda.

En este otro libro, que elaboró a partir de las notas que fue acumulando mientras se “hallaba abocado a la crítica y análisis sistemáticos de las pretensiones del historicismo” (Popper, 2006, p. 17), destaca a Sófocles entre los “grandes conservadores” (p. 200) y critica que Platón creyera en la existencia de una tendencia histórica y, a la vez, en la posibilidad del ser humano de alterar el destino:

La creencia de Platón de que es posible para el hombre infligir la férrea ley del destino y evitar la decadencia, deteniendo todo cambio, demuestra que sus tendencias historicistas tenían limitaciones bien definidas. Un sistema historicista riguroso y plenamente desarrollado dudaría mucho antes de admitir que el hombre, mediante su sólo esfuerzo, es capaz de alterar las leyes del destino histórico, aun después de haberlas descubierto. Más bien sostendría que no se puede luchar contra ellas, puesto que todos los planes y acciones del hombre son las vías por las cuales se cumple el destino histórico de las leyes inexorables de la evolución, exactamente del mismo modo en que Edipo encontró su sino debido a la profecía y a las medidas adoptadas por su padre para eludirla, y no a pesar de ellas. (Popper, 2006, p. 37)

La distinción entre historicistas rigurosos y los que creen en la posibilidad de modificar las leyes del destino resulta esclarecedora. Sófocles clasificaría como historicista riguroso, mientras que los personajes de Layo y Edipo, al igual que Platón, carecerían de ese rigor. En estas líneas, Popper demuestra un conocimiento bastante más profundo del mito de Edipo y de su contexto que el que bosqueja en La miseria del historicismo. Además, la caracterización de Sófocles como conservador, o como historicista riguroso, es compatible con todo lo expuesto.

Sófocles utiliza su relato para instruir contra la creencia de que es posible cambiar el destino. Sus personajes aprenden de forma trágica esa lección: provocando ellos mismos las desgracias que pretenden evitar. Popper también argumenta contra aquellos que creen en las leyes del destino histórico y se sienten capaces de acomodarlas de mejor manera, pero lo hace desde una perspectiva muy distinta, prácticamente opuesta a la de Sófocles, porque también critica a los historicistas rigurosos. Por eso aparecen fricciones cuando toma para su efecto el nombre de Edipo y apenas lo respalda con un contexto parcial.

Cabe recordar que, para Popper (1973, p. 9), “la creencia en un destino histórico es pura superstición y que no puede haber predicción del curso de la historia humana por métodos científicos o cualquier otra clase de método racional”. A ello añade que las predicciones son inexactas “no sólo por causa de la complejidad de las estructuras sociales, sino también por causa de una complejidad peculiar que nace de la mutua conexión entre las predicciones y los sucesos predichos” (Popper, 1973, p. 27), para lo que sugiere el nombre de ‘efecto de Edipo’.

Popper defiende la racionalidad, Sófocles lo divino. Sófocles se refiere a oráculos y profecías infalibles que Popper califica como ‘pura superstición’. Popper se interesa por las predicciones científicas que, al ser conocidas, generan reacciones que modifican los acontecimientos predichos y resultan inexactas. La naturaleza de los pronósticos y su confiabilidad son diferentes en cada caso. Por ello, al tomar el ejemplo de Edipo surgen aristas que no encajan en la propuesta de Popper. Por una parte, el término ‘efecto de Edipo’ parece poco adecuado para las predicciones que se autofrustran. De hecho, los protagonistas del mito tratan de evitar el cumplimiento de la profecía y no lo consiguen. Asimismo, contradice el planteamiento más general de Popper (1973). La conclusión de Edipo es que las profecías de los oráculos son ‘exactas’, a pesar de todo.

Popper podía haber elegido otro término o ejemplo para designar la influencia de una predicción sobre el suceso predicho. Merton (1936, 1948) se refiere a ‘profecías que se autorrealizan’ y ‘predicciones que se autofrustran’, y menciona las ‘profecías suicidas’ de John Venn. Oliveira (1999) las denomina ‘prognoplasias positivas y negativas’. Popper toma el nombre de un mito que defiende la omnipotencia del destino y la veracidad incondicional de las profecías, es decir, que puede interpretarse como opuesto a su planteamiento. ¿Por qué hace esto? No es por desconocimiento. Como se ha explicado en párrafos anteriores, Popper conoce la leyenda de Edipo bastante mejor de lo que se deduce de la única frase que le dedica en La miseria del historicismo.

La clave de la elección del término se encuentra en su autobiografía, donde menciona que

… era una alusión a los psicoanalistas, que habían estado extrañamente ciegos a este hecho interesante, a pesar de que el propio Freud admitía que los mismos sueños que soñaban los pacientes a menudo estaban teñidos por las teorías de sus analistas; Freud los llamó ‘sueños complacientes’. (Popper, 2002, p. 139)6

Trataba de alertar de manera más o menos sutil sobre profecías que se autorrealizan en la práctica del psicoanálisis, asemejando el nombre al del ‘complejo de Edipo’. La relevancia que Popper da al psicoanálisis con esta referencia no es casual. Tanto él como Freud eran austriacos, Freud había fallecido en 1939, apenas cinco años antes de la primera publicación de The poverty of historicism, y Popper tenía conocimientos de psicología. Como señala González (2017, p. 12), en su etapa de formación, Popper elaboró ensayos “centrados en la Pedagogía y en la Psicología”; por ejemplo, su tesis doctoral, Sobre la cuestión metodológica de la psicología del pensamiento, presentada en 1928 en la Universidad de Viena. Además, solía debatir con los freudianos (Martínez, 2017, p. 160).

El problema que advierte Popper es que el psicoanálisis freudiano tiende a ‘confirmar’ sus pronósticos mediante sugestión (Boyer, 2009). Como indica una cita anterior, el propio Freud (2009) reconoce este inconveniente cuando se pregunta: “Los sueños confirmadores, ¿realmente pueden ser, pues, consecuencias de la sugestión, es decir, sueños de complacencia?”. Pero inmediatamente argumenta que no se trata de un impedimento decisivo, menciona el caso de un paciente cuyos sueños previos al inicio del análisis (libres de sospecha de sugestión) llevaron a las mismas interpretaciones que los sueños posteriores, y remite a sus Lecciones introductorias, donde muestra que la sugestión apenas afecta a la fiabilidad de sus resultados. No obstante, admite que la objeción sobre los sueños complacientes no puede refutarse desde la teoría analítica.

Estos procedimientos distan mucho de ser aceptables para Popper, que defiende otro método de investigación. Argumenta, por ejemplo, que “el descubrimiento de los casos que confirman una teoría significa muy poco si no hemos intentado encontrar refutaciones y fracasado en el intento. Porque si no mantenemos una actitud crítica, siempre encontraremos lo que buscamos” (Popper, 1973, p. 149). En términos generales, Popper (1983) califica a las teorías de Freud como no testables o irrefutables y, por tanto, como no científicas. De manera más específica, las prácticas psicoanalíticas aludidas por Popper, lejos de procurar la falsación de sus hipótesis, tienden a inducir su confirmación mediante la sugestión. Con ello, pueden resultar en profecías que se autorrealizan, como en el mito de Edipo, salvo por un detalle: cuando Edipo tiene conocimiento de la profecía, pone los medios para frustrarla. Esto último no parece ocurrir con los psicoanalistas y sus pacientes. Sin embargo, como referencia al caso, la denominación ‘efecto de Edipo’ puede cumplir su propósito aunque, como lamenta Popper (1983), no haya logrado atraer el interés de los analistas.

Por lo señalado, Popper habría preferido realizar esta alusión específica, a costa de proponer un término impreciso, incluso contradictorio en algunos aspectos.

Conclusiones y consideraciones finales

Los ‘sueños complacientes’ (Freud, 2009) y el ‘complejo de Edipo’ (Freud, 2013) están en el origen de la denominación elegida por Popper (1973, p. 27) “para la influencia de la predicción sobre el suceso predicho”. Los ‘sueños complacientes’ son profecías que se autorrealizan: sueños de los pacientes teñidos por las teorías de sus analistas. De este modo, el término ‘efecto de Edipo’, sugerido por Popper, sirve como alusión a este problema del psicoanálisis, pero, como se ha expuesto, no parece adecuado al proponerse tanto para las profecías que se autorrealizan como para las que se autofrustran. A lo sumo, se corresponde parcialmente con las primeras y se opone a las segundas: los protagonistas del relato hicieron lo posible por evitar el desenlace de los oráculos y no lo consiguieron. La diferencia de planteamientos entre Sófocles, que defiende la religión griega y la certeza de las profecías, y Popper, que argumenta sobre la predicción científica y su contrastación, subyace en esta disparidad.

De manera más precisa, el ‘efecto de Edipo’ debería identificarse con una tercera posibilidad distinta de estas dos también descritas por Merton (1936 y 1948). Se trataría de una tendencia autofrustrante que, sin embargo, conduce al cumplimiento de la profecía (Henshel, 1993). Atendiendo al mito, el ‘efecto de Edipo sofocleo’ (para distinguirlo de la sugerencia de Popper) ocurre cuando no es posible evitar el destino a pesar de emprender acciones para frustrarlo, siendo además esas acciones las que lo causan.

Este tipo de situaciones no solo se encuentra en el argumento de algunos relatos de ficción, como Edipo rey o en la película Doce monos dirigida por Terry Gilliam en 1995, sino también en la realidad. Por ejemplo, una central eléctrica nuclear que realiza una prueba para aumentar la seguridad y evitar accidentes pero, con la prueba, provoca la explosión del reactor: Chernóbil en 1986. Asimismo, puede darse en pronósticos asociados al ‘problema del oso blanco’ (Wegner et al., 1987), en el que una persona trata de suprimir un pensamiento y, precisamente por ese proceso de supresión, presta más atención a la idea y la recuerda de continuo. De esta forma, la predicción ‘no podrás olvidar el oso blanco, o ese amor no correspondido, o el error que cometiste’ se autorrealiza a través de la decidida intención de frustrarla.

Por todo lo expuesto, parece que reservar el término ‘efecto de Edipo’ para estos casos más específicos resultaría más apropiado que generalizarlo con el fin de abarcar cualquier “influencia de una información sobre la situación a la que la información se refiere” (Popper, 1973, p. 27), ya que esto último incluye casos que contradicen la esencia que el nombre evoca.

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1Martínez (2017) advierte que Popper emplea el término ‘historicismo’ en un sentido distinto al de la mayoría de los autores.

2Merton (1936) ya había mencionado estos motivos. No obstante, según Martínez (2017, p. 150, p. 157), Popper toma de Hayek (1942, 1943 y 1944) la idea de la complejidad del objeto estudiado, que también puede encontrarse en Hayek (1964).

3La traducción es mía. El texto en inglés dice: “One of the ideas I had discussed in The Poverty was the influence of a prediction upon the event predicted. I had called this the ‘Oedipus effect’, because the oracle played a most important role in the sequence of events which led to the fulfilment of its prophecy”.

4Henshel (1993, p. 91) menciona varios temas adicionales afectados por profecías que se autorrealizan.

5En algunas versiones no es Zeus, sino Preto, hermano de Acrisio, el que embaraza a Dánae.

6La traducción es mía. El texto en inglés dice: “It was also an allusion to the psychoanalysts, who had been strangely blind to this interesting fact, even though Freud himself admitted that the very dreams dreamt by patients were often coloured by the theories of their analysts; Freud called them ‘obliging dreams’”.

Received: November 12, 2021; Accepted: March 01, 2022

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