SciELO - Scientific Electronic Library Online

 
vol.36 issue1“Un millón de chilenos”: Testimonies of the exile in the journal Araucaria de ChileSubalternal rhetoric or poetic through the reconfiguration or the house metaphor in Teresa Calderon’s poemary Causas perdidas and Género femenino author indexsubject indexarticles search
Home Pagealphabetic serial listing  

Services on Demand

Journal

Article

Indicators

Related links

  • On index processCited by Google
  • Have no similar articlesSimilars in SciELO
  • On index processSimilars in Google

Share


Universum (Talca)

On-line version ISSN 0718-2376

Universum vol.36 no.1 Talca July 2021

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-23762021000100131 

DOSSIER

La guerra fría cultural en sus revistas. Programa para una cartografía

The Cold War Culture in its magazines. Program for a cartography

1Universidad Nacional de San Martín, Centro de Documentación e Investigación de la Cultura de Izquierdas. Buenos Aires, Argentina. Doctoranda en el Posgrado de Historia, Universidad Nacional de La Plata. E-mail: kajannello@gmail.com

Resumen

Los últimos 30 años conocieron una verdadera explosión de estudios sobre la Guerra Fría, con un énfasis particular puesto sobre el universo intelectual, y particularmente sobre el mundo de la cultura impresa como instancia crucial para comprender la dimensión cultural del conflicto. Hoy parece asentado que las redes de revistas y estas como espacios de condensación de ideas, pero también de sociabilidades concretas, jugaron un rol fundamental en la difusión de los idearios de los bloques en pugna, estimulando en América Latina una tradición previa y constituyente de su cultura letrada. Quiero concentrarme aquí en las redes revisteriles del Congreso por la Libertad de la Cultura (1950-1979), organización que dio forma al “frente cultural occidental”, por oposición a las políticas impulsadas por el espacio soviético. Estas redes, en las que se insertó un gran número de revistas ya existentes interpeladas por las propuestas del CLC, promocionaron espacios de sociabilidad, difundieron idearios y estimularon la figura del gestor cultural, y luego su profesionalización bajo la nueva figura del cientista social. Estas redes revisteriles configuraron un gigantesco mapa en sí mismo elocuente de las particularidades de la Guerra Fría en su dimensión cultural pero que permite además advertir articulaciones concretas, matices geográficos, engranajes y cruces inesperados, que significan un desafío para desbrozar este período. Si el “frente atlantista” supone algún tipo de homogeneidad, la presencia concreta de esta cartografía nos enfrenta a nuevas preguntas que deben abordarse para poner en perspectiva la compleja trama del campo cultural de laguerra por las ideas.

Palabras clave: Guerra Fría Cultural; publicaciones periódicas; redes intelectuales, Congreso por la Libertad de la Cultura; historia de la edición

Abstract

The last 30 years have seen a veritable explosion of Cold War studies, with a particular emphasis on the intellectual universe, and particularly on the universe of printed culture as a crucial instance for understanding the cultural dimension of the conflict. Today it seems to be established that the networks of magazines and these as spaces of condensation of ideas, but also of concrete sociabilities, played a fundamental role in the diffusion of the ideals of the competing blocks, stimulating in Latin America a previous and constituent tradition of its lettered culture. I want to focus here on the revivalist networks of the Congress for Cultural Freedom (1950-1979), an organization that shaped the "Western cultural front", as opposed to the policies driven by the Soviet space. These networks, which were joined by a large number of existing magazines attracted by the proposals of the CLC, promoted spaces of sociability, disseminated ideals and stimulated the figure of the cultural manager, and then his professionalization under the figure of the social scientist. These networks of magazines form a gigantic map that suggests, on the one hand, the particularities of the Cold War in its cultural dimension, and on the other hand, concrete articulations, geographic nuances, unexpected gears and crossings, which signify a challenge to clear this period. If the "Atlantist front" implies some kind of homogeneity, the concrete presence of this cartography confronts us with new questions that must be addressed in order to put into perspective the complex weft of the cultural field of the war for ideas.

Keywords: Cultural Cold War; periodicals; intellectual networks; Congress for the Freedom of Culture; history of publishing

El proyecto

El estallido del 68 global no cayó como un rayo en cielo sereno. Era el resultado de un largo proceso que hundía sus raíces en los años de la segunda posguerra y primera Guerra Fría1, escenario de una competencia integral por la modernización entre el bloque occidental y el soviético (Caute, 2003: 1-16; Stephanson, 2012: 19-49). Si bien la disputa hegemónica se libró en todos y cada uno de los frentes, en los últimos años la investigación se ha abocado al enfrentamiento entre los bloques en su dimensión cultural, calificándolo con los mismos términos bélicos de su propia época como “guerra fría cultural”.

Las revistas fueron un actor clave en esos procesos. Hoy podemos ver en ellas “el rostro de las épocas”, constituyendo “no pocas veces, el signo o la clave de ciertos instantes de crisis o de transformación” (Lafleur, Provenzano y Alonso, 1962: 32-36). Durante la Guerra Fría cultural jugaron un papel que podría calificarse como protagónico en esta disputa hegemónica a escala global. Pero las revistas de una época histórica no son la mera suma algebraica de un conjunto de títulos. Sus nombres nos remiten a un campo de fuerzas, esto es, a redes de asociación y solidaridad en un campo polarizado que las tensionaba en uno u otro sentido y las compelía a solidarizarse con el “primer mundo”, el “segundo” o bien con el “tercero”, cuando este espacio heteróclito buscó articularse como un mega actor político internacional.

En este contexto de disputa hegemónica global vale la pena considerar la red revisteril constituida en torno al Congreso por la Libertad de la Cultura (CLC), una organización creada en los albores de la Guerra Fría, decididamente conforme un fin político (Scott-Smith, 2002: 1-11): dar batalla en defensa de los valores occidentales y ofrecer una contención a la expansión del frente cultural soviético. Si el CLC se estableció bajo la premisa de “conectar” redes intelectuales afines a esos valores en un movimiento internacional, la estrategia más promisoria fue la de construir una ambiciosa red revisteril que comenzó con horizontes europeos, pero rápidamente se proyectó sobre los cinco continentes2.

Si bien el CLC fue creado con el propósito de disputar la bandera de la cultura al bloque comunista, no todos los agentes, los intelectuales, los grupos culturales y las revistas convocadas entendieron esta pugna hegemónica de la misma manera. Frente a ciertas visiones que han hecho de este proyecto un frente monolítico, el historiador francés Pierre Grémion sostuvo que desde los inicios se confrontan en su seno

…dos concepciones contradictorias [que] compiten para dar forma a la organización en ciernes: una tiene por objeto crear un movimiento internacional en oposición directa al movimiento pacifista apoyado por la Unión Soviética y al movimiento comunista internacional; la otra, en cambio, considera que debe establecerse como una red de influencia de alto nivel que, sin privarse naturalmente de posiciones políticas, actuaría a través de su influencia, influencia que se basaría en la calidad de los acontecimientos y las publicaciones que patrocinaría (1995: 55)3.

En nuestros propios términos, podríamos decir que el discurso del CLC se constituyó como una tensión entre los “propagandistas” y los “intelectuales”. Para los primeros, la batalla que estaban dispuestos a librar los intelectuales era demasiado lábil e indirecta; para los últimos, las estrategias frontales de los propagandistas eran demasiado toscas para los códigos en que se desenvolvía el debate intelectual. A la luz de la vasta red que logró tejer el CLC desde sus primeros años de existencia, podríamos decir que si bien logró -como señala la historiadora británica Frances Stonor Saunders (2001: 132)- constituirse y fortalecerse en relación a ese otro absoluto que era la cultura comunista soviética, pareciera que la segunda tendencia consiguió una fuerte incidencia entre intelectuales y grupos occidentales al darle prioridad a las redes de influencia de las élites letradas y colocar a intelectuales, editores y gestores culturales en un lugar central.

El CLC tuvo su sesión inaugural en Berlín entre el 26 y el 30 de junio de 1950. Al observar con atención el listado de invitados, comprobamos que un porcentaje muy alto estaba constituido por editores de revistas y periodistas, una cuarta parte eran escritores profesionales, y un porcentaje también sugerente correspondió a historiadores y filósofos, habituados a editar revistas y a participar de consejos editoriales4. Por otra parte, la composición de la reunión inicial (que, como veremos enseguida, se replicará en los nodos de la red expandida) cuenta, además de los grandes intelectuales liberales de su tiempo, con un núcleo notable de socialistas y un cierto número de anarquistas (aunque también encontramos excomunistas y extrotskistas5). Esta estructura no fue producto del azar sino el resultado de una búsqueda deliberada de figuras intelectuales y político-intelectuales con amplia experiencia en el campo de la organización cultural. La tesis comúnmente aceptada de una organización pensada y orquestada en espejo al universo de redes e instituciones comunistas requiere pues cierta matización. Los intelectuales convocados por el CLC no eran en absoluto escritores encerrados en la “torre de marfil” sino auténticos organizadores culturales. Los socialistas, los anarquistas, los excomunistas y los extrotskistas eran figuras formadas en las décadas de 1920 y 1930 en la larga y exitosa tradición de las izquierdas, acostumbradas a tejer redes internacionales y poner en marcha espacios culturales (bibliotecas, casas de cultura, mutuales, periódicos políticos, revistas culturales, editoriales, etc.), muchas décadas antes de la Revolución de Octubre6. De hecho, el Partido Socialdemócrata alemán del que formó parte un número considerable del grupo socialista de la reunión de Berlín, contaba con una experiencia indiscutible al respeto, de la que abrevó también el socialismo ruso y el comunismo luego de 1917. Esto es, más que crear ex novo una estructura que fuera el “fiel reflejo” de la Kominform, el CLC se construyó sobre la base de esa experiencia aportada fundamentalmente por la izquierda no comunista. Los socialistas, anarquistas, excomunistas y extrotskistas no hicieron otra cosa que recurrir a su propias disposiciones y habilidades, una cultura militante constitutiva de las izquierdas desde sus orígenes en el siglo XIX. La misma que hizo del comunismo un potente aparato político cultural.

La distribución inicial de los miembros señalada anteriormente se reprodujo en cada nuevo espacio en los que el CLC extendía su red. Cuando el CLC comenzó a implantarse en América Latina en los años ’50, por ejemplo, los encargados de organizar las sedes nacionales -Julián Gorkin y Louis Mercier-Vega- eran figuras que provenían del comunismo disidente y del anarquismo respectivamente, ambos con una amplia experiencia acumulada en el mundo revisteril y editorial7. Asimismo, las figuras nacionales con las que organizaron las primeras sedes pertenecían a un universo intelectual progresista -donde historiadores, ensayistas y filósofos eran preeminentes-, en estrecho contacto con el mundo editorial y político de las izquierdas, mayormente de la izquierda socialista8.

Esta concepción de redes intelectuales y culturales “influyentes” de las que habla Grèmion (que bien podría leerse en términos de la estrategia hegemónica gramsciana de la “robusta cadena de fortalezas y casamatas”) favoreció la realización no solo de grandes eventos como el Festival de las Obras Maestras del Siglo XX (París 1952), la conferencia L’Avenir de la Liberté (Milán 1955) o el Seminario sobre la Formación de Elites en América Latina (Montevideo 1965), sino una gran producción editorial que incluyó tiradas significativas de libros y folletos por un lado, y por otro la edición de toda una red de revistas dirigidas por intelectuales “faro” que funcionaban como garantía de legitimidad en el mundo de la cultura occidental.

Nos referimos a revistas como la francesa Preuves9, la primera pensada desde el Departamento de Ediciones del CLC que llevaba adelante el periodista y escritor suizo François Bondy, las británicas Encounter10 y Minerva11, que editaron en Londres el poeta Stephen Spender y el sociólogo Edward Shils respectivamente, la latinoamericana Mundo Nuevo12, dirigida por el crítico uruguayo Emir Rodríguez Monegal, entre muchas otras. Si bien nacieron financiadas por el CLC, algunas extendieron su vida más allá de la desaparición de la institución que las creó. En muchos casos contribuyeron a establecer otro canon de lectura para las nuevas generaciones13, resistiendo el reconocimiento internacional de intelectuales y artistas comunistas (como la candidatura de Pablo Neruda al Premio Nobel) y promoviendo otros afines más allá de sus fronteras nacionales (como el argentino Jorge Luis Borges)14.

Las redes revisteriles -tejidas en redes intelectuales que podríamos identificar como atlantistas y antiestalinistas, aunque no siempre anticomunistas tout court- fueron un “programa prioritario de la Secretaría Internacional” del CLC (Grémion, 1995: 102). Si bien nacieron de la planificación del Departamento de Publicaciones en París, sus revistas fueron definiéndose con características propias según el contexto en el que surgían (Cuadernos15, por ejemplo, fue pensada inicialmente como la versión hispanoamericana de Preuves, aunque en verdad, bajo la dirección de Julián Gorkin adquirió un estilo propio, enfocada sobre todo en el exilio republicano español en Latinoamérica) y por las modalidades que adoptó del patronazgo del CLC, que dejó librado un amplio margen de maniobra en quienes las crearon y dirigieron, figuras reconocidas en el ámbito de la cultura, poseedoras de un prestigio y una legitimidad previos que el CLC buscó capitalizar (Scott-Smith, Lerg, 2017: 1-24).

Algunos parámetros de clasificación

Establecer entonces algún tipo de fisonomía de esta red presupone arriesgar una definición que corre el riesgo de no dar debida cuenta de la pluralidad que, dentro de ciertos límites, muchas veces fue un rasgo prominente en ella. Sin embargo, se pueden proponer parámetros que permitan delinear ciertos grupos que componen la red.

No podemos hablar de revistas estrictamente literarias o políticas (aunque algunas de ellas lo fueron), pero sí podemos inscribirlas como revistas culturales, es decir, revistas que ofrecían una amplia variedad temática que se presentan como órganos de expresión de grupos que defienden un núcleo de ideas y ofrecen un espacio de legitimación política, social y cultural a sus colaboradores y que son al mismo tiempo diálogo, comunicación y testimonio (Lafleur, Provenzano, Alonso, 1962: 33-35). Una síntesis adecuada es la que propone Horacio Tarcus (2020: 27-34) al hablar de “revistas político-culturales”, es decir, “revistas [que] no son órganos de partidos políticos sino expresiones de movimientos o formaciones culturales, formalmente independientes”, pero que mantienen “relaciones diagonales” con el campo político.

Al ensayar una clasificación de género, podríamos decir que en la red del CLC funcionaron en principio revistas y boletines; incluso muchas publicaciones comenzaron como boletines y luego se transformaron en revistas, como fue el caso de Preuves o Survey. Entre las revistas, hubo algunas literarias como las ya mencionadas Mundo Nuevo y Encounter, culturales como Preuves o la australiana Quadrant16, de ciencias sociales como las latinoamericanas Aportes17 o Revista Paraguaya de Sociología18 e incluso algunas de análisis geopolítico como las londinenses Soviet Survey19, especializada en estudios sobre la URSS (Scott-Smith, Lerg, 2017: 167-184), la londinense The China Quarterly20, la hindú China Report21 o la menos conocida argentina Informes de China22, que traducía artículos de las dos primeras para el público rioplatense.

Lo que les otorga unidad es, desde luego, su oposición al frente comunista, pero al interior de esa unidad global hay más que matices. Algunas son revistas manifiestamente anticomunistas, pero otras se inclinan hacia un antistalinismo que deja lugar a otras expresiones de las izquierdas. Las primeras tienden a ser más conservadoras en términos políticos, las segundas se orientan por programas de reforma social, como es el caso de Resaca de México23, donde se promueve incluso la “reforma agraria”. Frente a revistas de características conservadoras como Forum o Quadrant, tenemos otras como Encounter, asociada al ala moderada del Partido Laborista británico (Scott-Smith, Lerg, 1-24) o Science and freedom, que tomó los temas “incómodos” para Occidente como el apartheid en África y la segregación racial en Estados Unidos (Wolfe en Scott-Smith, Lerg, 2017: 27-44). Mundo Nuevo tuvo una impronta liberal progresista (Mudrovcic, en Scott-Smith, Lerg, 2017: 207-223), en tanto que Temas24, dirigida por el exiliado anarquista español Benito Milla, fundador de la editorial Alfa de Montevideo, mantenía una impronta libertaria (Jannello 2018: 199-235). Otras menos conocidas como la mencionada Resaca intentaba volver a Marx contra el marxismo-leninismo por oposición a su sucesora, Examen25, que tomó un rumbo más radicalmente anticomunista y conservador.

Otra opción que considerar es el parámetro temporal, siguiendo los sucesivos momentos de la vida de la organización. Peter Coleman (1989: 9-10) señala un primer periodo entre 1950 y 1958 donde el CLC es caracterizado como movimiento -liderado por una ofensiva liberal contra el comunismo y sus compañeros de viaje. En esta instancia se prioriza la construcción de una comunidad intelectual atlantista, se organizan grandes eventos (L’Oeuvre du XXème Siècle, L’Avenir de la Liberté, Science and Freedom, etc.) y se lanza la primera ola de revistas (Preuves, Cuadernos, Encounter, Forum, Tempo presente, Quadrant, Freedom First, Quest, etc.). En un segundo momento, que se extenderá hasta 1964, se consolidan las bases de esa comunidad y, bajo la premisa de la coexistencia pacífica, el CLC modera su anticomunismo, cultiva los vínculos culturales (incluso con intelectuales del Este), fomenta la liberalización detrás de la cortina de hierro, propone programas de seminarios para el Tercer Mundo y organiza una segunda ola de revistas (Minerva, Censorship, Jiyu, The China Quarterly, Cadernos Brasileiros, etc.). Le sigue un tercer y último período de retraimiento, de cierre de revistas y reducción de programas, que concluirá en 1967.

Por su parte, Pierre Grémion establece a su vez una periodización con algunas diferencias significativas. Reconoce una primera etapa de institucionalización del CLC tutelada por el Comité Americano por la Libertad de la Cultura26 (1950-1952), definida como el pasaje de un movimiento a su establecimiento como organización. Una segunda fase de despegue definitivo que incluye la emancipación de la tutela del Comité Americano, el registro de los estatutos de la organización en Suiza y la expansión de la red internacional de publicaciones, en la que las revistas constituyen un punto de anclaje central (1953-1955). Y un tercer período que se inicia con la Conferencia de Milán en 1955 -refundacional del CLC-, que marca el repliegue de la actividad militante de los escritores “faro” de la década de 1950 al estilo los ex comunistas Koestler y Silone, y le da la bienvenida a los cientistas sociales, las nuevas estrellas de la escena intelectual de la década de 1960. Este tercer momento establecía una nueva alianza intelectual-política que lleva al CLC a su apogeo con el apoyo de la Fundación Ford, y posteriormente a su declinación con las investigaciones que en 1966 hace públicas el New York Times.

Ambas cronologías dejan sin embargo afuera el período posterior a 1967, cuando el CLC se convierte en Asociación Internacional y reemplaza a su Departamento Latinoamericano por el Instituto Latinoamericano de Relaciones Internacionales (ILARI). Si en Europa el escándalo de la financiación había obligado a un recogimiento y al cierre incluso de muchas revistas de la red (aquellas que no podían subsistir sin el mecenazgo / patrocinio del CLC y que tampoco consiguieron otros mecenas), América Latina, precipitada de lleno en la Guerra Fría cultural por la variable que introdujo la Revolución Cubana, conoció cierta expansión, donde revistas como Temas, Mundo Nuevo y Aportes jugaron un rol protagónico. Además de estas, en un momento en que la modernización era la clave, publicaciones como la Revista de Ciencias de la Educación, que editó el pedagogo argentino Juan Carlos Tedesco bajo el paraguas del Centro Argentino del ILARI, o la Revista Paraguaya de Sociología que editaba Domingo Rivarola en Asunción, constituyeron una referencia en la formación de las nuevas generaciones de cientistas sociales.

Atendiendo a este “desfasaje” temporal latinoamericano respecto al tempo del “primer mundo”, la trama de la red requiere ser revisada. Al incluir las continuidades del CLC con la AILC y el ILARI apunto aquí a una visión integradora que, sin desconocer las jerarquías del tablero mundial, pueda dar cuenta, por un lado, de las particularidades de la red en diferentes ejes espacio-temporales, por otro, de las fluctuaciones e intensidad de flujo entre los nodos en las distintas coyunturas de la Guerra Fría.

Otra variable para el análisis podría ser, apelando a los recursos de las humanidades digitales, distinguir gráficamente las revistas “faro” que brillaron en la escena cultural del momento, dirigidas por intelectuales prestigiosos (Encounter, Minerva, Soviet Survey, Mundo Nuevo), de aquellas iniciativas que no alcanzaron mayor trascendencia (Cultura y libertad de Santiago27, Letras por la libertad de México28 o Nueva Crítica de Buenos Aires29). O incluso identificar la presencia de gestores culturales significativos como el rol que ejercieron nombres a nivel internacional como el del músico y editor Nicholas Nabokov o, a nivel regional, Benito Milla en América del Sur, lo que en estas redes es además una característica que destacar. Es notorio el esfuerzo que se hace desde en la sección “Carnet” de algunas revistas del CLC por presentar en los perfiles de los colaboradores como marca de legitimidad su condición de editores, periodistas, directores de colecciones o de centros de investigación.

La red

La planificación inicial del Comité Ejecutivo del CLC contempló insertar su red de publicaciones en medio de “una corona de revistas amigas”30 (Grémion, 1995, p. 146). Esto es, además de las revistas orgánicas del CLC (aquellas que financiaba en su totalidad), es posible reconocer una red de periódicas preexistentes y simultáneas que adhirieron al programa de la organización, con la que llevaban adelante intercambios variados y acuerdos económicos menores. El número y el peso de estas “compañeras de ruta” del liberalismo es muy relevante, porque ofrecieron bases de expansión al CLC y funcionaron como una caja de resonancia que replicaba las novedades y las ideas que fomentaba, con el plus de ser publicaciones que, ya instaladas en el campo cultural, legitimaban estas ideas y funcionaban de garantes simbólicos. Volveré sobre ellas más adelante.

Los estudios sobre revistas se expandieron en los últimos años constituyendo un campo específico que las reconoce ya no como una mera fuente sino como un objeto de investigación en tanto que actores colectivos31. Las publicaciones del CLC suscitaron interés desde el primer momento como elementos constitutivos de la organización. El pionero Peter Coleman (1989: 81-102, 183-197) estableció un primer mapa con los títulos más importantes. Una década más tarde, Frances Stonor Saunders (2001: 299-307) tomaba las revistas más conocidas de ese mapa enfocándose sobre todo en su financiación y la injerencia de la Central de Inteligencia Americana (CIA). El estudio ya mencionado de Grémion, aunque se limita al funcionamiento del CLC en Francia, ofrece a lo largo de toda la obra una reconstrucción de las redes revisteriles europeas y norteamericanas, además de dedicar un apartado a “Le reseau des revues” (1995: 145-151) en el capítulo tercero de su libro Intelligence de l’Anticommunisme, enfocado en el campo intelectual. Asimismo, Michael Hochgeschwender (1998), en su trabajo sobre el CLC en Alemania dedicó un espacio significativo al rol cumplido por Der Monat32. Sin embargo, todos estos trabajos estaban enfocados en el desempeño del CLC en sí, donde las revistas jugaron un papel importante, pero no exclusivo. Hubo que esperar todavía dos décadas para que surgiera el primer estudio colectivo sobre la red de revistas propiamente dicha, editado por Gilles Scott-Smith y Charlotte A. Lerg (2017). Como resultado de un encuentro realizado en Munich en 201433 y enfocado en la Guerra Fría cultural y global, el volumen, con un rico estudio introductorio de los editores, reúne investigaciones de caso cubriendo todas las áreas geográficas por las que transitó el CLC y coloca a las revistas en un rol protagónico. Sin embargo, si bien permite dimensionar la magnitud de la red, al enfocarse solo en las publicaciones más prominentes, debilita el aspecto reticular de la misma, mucho más densa y extensa de lo que pareciera a simple vista.

A diferencia de estos estudios generales, algunas revistas del CLC merecieron estudios integrales: tempranamente Peter Benson publicó en 1986 un trabajo sobre las revistas Black Orpheus y Transition. En 1989, Grémion llevó a cabo una compilación de Preuves con un estudio preliminar. En 1997 la crítica argentina María Eugenia Mudrovcic abordó la revista latinoamericana Mundo Nuevo, la “revista cultural [que] logró serlo mucho más que Cuadernos o Encounter” (Gandolfo, en Mudrovcic, 1997, pp. 9-10). El trabajo que, según la clasificación realizada por Scott-Smith y Charlotte Lerg (2017: 4-7), podría asociarse a los estudios con perspectiva de “crítica moral”34, se concentra mayormente en el período en que la dirigió el crítico uruguayo Emir Rodríguez Monegal. El mismo año 1997, Kristine Vanden Berghe publicaba en Lovaina un trabajo sobre Cadernos Brasileiros. La cubana Idalia Morejón Arnaiz dedicó en 2010 un trabajo a la confrontación entre las dos revistas estrella de la Guerra Fría latinoamericana: Casa de las Américas y la muy estudiada Mundo Nuevo. Olga Glondys publicó en 2012 un trabajo sobre Cuadernos y el exilio republicano español. Y ya se encuentra en prensa la tesis doctoral de Joachim Gmehling (2020) con un trabajo sobre Der Monat.

Y a pesar de que no vieron la luz en formato libro, tenemos registro de por lo menos otras tres tesis: Ann Opsomer escribió en 1992 para su Licenciatura en Lingüística y Literatura un trabajo de análisis del discurso sobre Mundo Nuevo; y el colombiano José Arley Loaiza Giraldo presentó en 2003 para su Licenciatura en la Universidad de Fribourg una tesis sobre Cuadernos. También Russell S. Cobb realizó en 2005 para su PhD en Filosofía en la Universidad de Texas una investigación también sobre Mundo Nuevo.

Como resulta evidente, la bibliografía se reduce a solo algunos títulos de una red elocuentemente más amplia35. Solamente en Europa registramos 31 títulos (entre revistas y boletines) del CLC, sin considerar aquellas que se editaban en París o en Londres destinadas a otros continentes, ni la red de “revistas amigas” en las que se insertan, cuyo número, difícil de estimar con absoluta precisión, solo en Europa alcanza más de 100 periódicas. En el continente americano las revistas orgánicas alcanzan los 20 títulos, más otros 6 editados en París para su distribución en América Latina (Cuadernos, Mundo Nuevo, Aportes, Trabajos del ILARI, Censura y El Mundo). Asia contó con 12 títulos propios, y África y Medio Oriente con 5 (dos de ellos editados en Europa: South Africa Bulletin y New African) y Oceanía36 otros 3. En suma, una red verdaderamente internacional de más de 75 publicaciones orgánicas, que no siempre funcionaron simutáneamente en los casi treinta años de vida del CLC (el recorte temporal aquí es importante), pero compartieron un espacio común en disputa con otra poderosa red propiciada por el mundo soviético y sus compañeros de ruta37.

La extensión de la red exige una metodología adecuada que permita abarcar su diversidad, e identificar las propiedades que faciliten la comprensión de su dinámica y funcionamiento. Aunque en términos generales estas publicaciones comparten lo que la ensayista argentina Beatriz Sarlo (1992: 9-16) identificaría como un “programa de acción pública para los intelectuales”, en el caso que analizamos dicho programa había sido propuesto por el Departamento de publicaciones del CLC -donde el debate sobre la función de los intelectuales y el lugar del arte y la cultura en relación con la política son tópicos permanentes-, no se puede perder de vista que cada publicación estuvo enmarcada en un contexto de producción propio donde la distancia respecto del centro europeo y la fuerza de las coyunturas locales podrían resultar determinantes al momento de evaluar la mayor homogenidad o heterogenidad del conjunto. Este abordaje exigiría además el despliegue de mapas locales específicos de cada región que contemplen a su vez todas las singularidades, lo que por limitaciones de extensión no será posible en este esbozo.

La trama de la red remite a ciertas jerarquías donde se hacen visibles un centro (Europa) y una periferia, o varias periferias. Resulta complejo conjeturar qué tipo de relaciones se establecieron, por ejemplo, entre las publicaciones de África y Oceanía, o entre las de Asia y América Latina y, si es que tuvieron lugar, cómo habría operado efectivamente un eje Sur-Sur. Si bien en todas se hace patente un vínculo radial ineludible con las grandes publicaciones europeas del Congreso, sobre todo Encounter y Preuves, lo que hace evidente que no se trató en ningún modo de una red horizontal y homogénea, sino de una más bien centralizada, jerárquica y heterogénea, con zonas de mayor densidad de flujos que otras.

Si cada una de estas revistas pueden pensarse en términos de “proyecto” (cada una es un elemento constitutivo de una planificación más amplia, definida por un grupo de intelectuales en un momento puntual [Louis, 2018: 27-53]), cada uno de ellos se inserta en otro mayor -propuesto por el Departamento de Publicaciones del CLC- al que se vinculan de diversos modos y con el que interactúan: cada elemento de la red es una unidad interdependiente, con flujos de intercambios que revelan el tipo de afinidades, discrepancias y tensiones que los unen (Faust, 2002: 1-14). Pero si es cierto que en el concepto de redes se priorizan las relaciones que las estructuran en detrimento de los atributos individuales de los nodos, debería establecerse un equilibrio que permita abordar ambos aspectos para comprender el campo, es decir, las relaciones entre los nodos de la red ganan profundidad al evaluar las características constitutivas de cada uno de ellos y viceversa.

Por otra parte, el tipo y el volumen de relaciones establecidas entre nodos hace visible las posiciones de cada quien en la red y pone de manifiesto aquellos elementos más a consagrados y nodales por oposición a otros más débiles y periféricos. La representación gráfica de la red, nos acerca además a una percepción concreta sobre la naturaleza y el flujo de estos vínculos. Por ejemplo, revistas europeas como Encounter y Preuves aparecían anunciadas en prácticamente todas las otras revistas de la red; sin embargo, la latinoamericana y exitosa Mundo Nuevo, fundamental para comprender las disputas del Boom latinoamericano (de los escritores, pero también las del campo editorial), no fue anunciada ni reseñada prácticamente por fuera de la esfera latinoamericana. Asimismo, otras revistas aún más periféricas (pero reconocidas en la región) como la uruguaya Temas o la argentina Revista de Ciencias de la Educación jamás aparecieron reflejadas en la red europea.

El grado de relevancia de las revistas estaba además determinado por la legitimidad de los directores y los colaboradores que reunían en sus sumarios. Un ejemplo claro de esto es, una vez más, Mundo Nuevo, que en sus primeros 25 números dirigida por Rodríguez Monegal tuvo como sello el prestigio de su director y la red de relaciones propias que formaban parte de su capital cultural. Sin embargo, cuando este renuncia por diferencias con el director del ILARI, la edición de la revista se traslada a Buenos Aires a cargo de un comité editorial latinoamericano liderado por el periodista argentino Horacio Rodríguez38, que la convierte en una mala réplica de su melliza Aportes. Mundo Nuevo transforma sus sumarios desplazando el universo literario (la impronta monegalina que había forjado su identidad) para incorporar el de las ciencias sociales, debido a que el nuevo director no cuenta con el prestigio, las destrezas, los vínculos ni experiencia de su antecesor, y se ve obligado a recurrir a Louis Mercier-Vega (director del ILARI y de Aportes) para diseñar cada número. Mercier-Vega, en cambio, es un ensayista que, especializado en los problemas sociales de América Latina, es capaz de editar una revista de la calidad de Aportes, que podía medirse con otras revistas prestigiosas del campo de las ciencias sociales, como la Revista Latinoamericana de Sociología del Instituto Di Tella. Para entonces, la administración de la AILC se había convertido en una maquinaria burocrática plagada de disputas internas, lo que explicaría que formando también parte del ILARI, el ensayista H. A. Murena, cuya experiencia en Sur lo había posicionado como un ensayista y un editor prestigioso en el campo latinoamericano, no hubiera sido considerado para continuar a Rodríguez Monegal. Murena tuvo que conformarse con ver cómo el proyecto de Mundo Nuevo se escurría y permanecer en las sombras tras una revista menor como Nueva Crítica, resultado de los talleres que dictaba en el marco del Centro Argentino por la Libertad de la Cultura.

Si el aporte intelectual constituye la sustancia, los recursos disponibles de la red son los que pueden ponerla en circulación concreta, constituyendo la estructura material sobre la que descansa y se reproduce. La red del CLC se constituyó, por un lado, en torno a un financiamiento controvertido -en su primera etapa con fondos encubiertos de la CIA, y en un segundo momento con el mecenazgo de la Fundación Ford- y, por otro, con una serie de intercambios dirigidos a ampliar y consolidar la estructura. Si desde el Departamento de Publicaciones de París se dispuso una planificación y una distribución de recursos desde el centro europeo hacia los otros continentes (por ejemplo, la cesión de derechos de los textos para poder reproducirlos libremente), se dio asimismo una dinámica propia de los actores, que se nutrió de afinidades que generaron reciprocidades tangibles. Así, Cuadernos tradujo para sus páginas artículos que ya habían salido en otras lenguas, sobre todo los de Preuves; la mexicana Examen publicó traducciones de textos de, entre otros, Mario Salvatori, Arthur Koestler, Karl Jaspers, Corrado Gini, Jean Bloch Michel; o la brasilera Cadernos vertió al portugués artículos publicados previamente en Preuves, Cuadernos, Examen, Mundo Nuevo y Aportes (Vanden Berghe, 1997: 43-47). Pero los autores de las publicaciones más periféricas son escasamente traducidos en las europeas. También en lo que hace a la política de traducciones, los flujos de la red no tuvieron un carácter horizontal, sino más bien la radiación funcionó desde un centro (el europeo) hacia la periferia (los otros continentes), con diversos grados de intensidad, dependiendo de la cercanía a ese centro, los intereses particulares de cada publicación, la habilidad de los directores para moverse en la red, etc.

Asimismo, deberían considerarse las relaciones al interior de las diferentes regiones. En América Latina, por ejemplo, era habitual que las revistas compartieran, además de núcleos de ideas y debates, colaboradores. Liberalis e Índice en Buenos Aires, revistas oficiosas del CLC, reunieron en sus sumarios a los intelectuales agrupados originariamente en la Junta para la Defensa de la Democracia uruguaya, organización que constituyó la base de la Asociación Rioplatense del CLC; o América y Examen en México coincidieron entre 1956 y 1960, cuando algunos miembros de la Asociación mexicana deciden reflotar el proyecto de América, cancelado un par de años antes por falta de presupuesto (Nallim, 2020)39.

Por otra parte, la distribución de recursos tampoco era asimétrica, las revistas europeas recibieron muchos más medios que sus pares no europeas, por ejemplo, en los ’60 la uruguaya Temas recibía apenas un cinco por ciento de lo que recibía Mundo Nuevo (Coleman, 1989: 275), e incluso entre las mismas revistas europeas, Encounter y Preuves recibían en los ’50 una financiación muy superior a la de Cuadernos o Tempo Presente (Stonor Saunders, 2001: 307). Asimismo, también es dispar el reparto hacia las revistas “amigas”: mientras a algunas la oficina de París les proponía la compra de 300 ejemplares de una tirada, a otras les ofrecía adquirir números más pequeños, en tanto que con las menos reconocidas solo mantenía un intercambio de anuncios, se hacía alguna reseña en la sección de “revista de revistas” de las publicaciones del CLC o se facilitaban contenidos libres de derechos40.

El anillo que conforman las publicaciones “amigas” alrededor de las revistas orgánicas es variado e incluye desde grandes periódicos como The Spectator en el Reino Unido, El Tiempo de Bogotá, El Mercurio de Chile y La Prensa en Argentina, pasando por grandes revistas como The New Leader en Estados Unidos, el Merkur de Alemania, Il Mulino de Bologna, Sur en Buenos Aires, Partisan Review en Nueva York, Le Tour de Feu en París, Zona Franca en Caracas o Revista de Occidente en Madrid, a las que podríamos sumar algunas otras conocidas solo localmente como Liberalis e Índice en Argentina. Este sector más periférico de la red se constituyó generalmente a través de alianzas con los directores, redactores y colaboradores y se concretó, como he mencionado anteriormente, en el intercambio de reseñas y anuncios, por un lado, y contenidos compartidos, por otro.

Sin embargo, este anillo que rodea a las revistas del CLC propiamente dichas está constituido por una red lábil, como lo demuestra la presencia de publicaciones del New York Times Group como Current History o la revista dominical del mismísimo periódico que en 1966 terminó denunciando la financiación del CLC por medio de fundaciones filantrópicas asociadas a la CIA. Muchas veces estas publicaciones eran asociadas a la red por colaboradores afines o miembros del CLC que también participaban en ellas41, pero en otras oportunidades las mismas revistas del CLC hacían operaciones para asociarlas puesto que tenían algo que ganar en términos simbólicos: exhibir estas publicaciones en la red significaba compartir determinados valores asociados a aquellos que el CLC defendía como “libertad” o el sentido de “democracia” y “cultura”. Después de la Revolución Cubana, una revista anticomunista como Cuadernos (n. 54: 95-96) hacía un guiño en sus páginas a la marxista Monthly Review de Paul Sweezy y Leo Huberman en un esfuerzo por acercar posiciones críticas sobre la nacionalización de empresas realizada por el gobierno de Fidel Castro42. En la misma Cuadernos (n. 56: 98-99) también se menciona a la revista Sociologie du Travail en la que colaboran el politólogo francés François Bourricaud y el ítalo-argentino Gino Germani (del CLC), pero también el argentino Torcuato Di Tella y el brasileño Fernando Henrique Cardoso, a quienes por esos años el CLC trababa de aproximar (Jannello B, 2018: 191-197). Este tipo de estrategias se acentuaron todavía más cuando se trató de directores de revistas con un significativo capital cultural, como ocurrió con Rodríguez Monegal que puso a jugar en Mundo Nuevo toda una serie de estrategias para atraer las producciones de izquierdistas no comunistas. En ese sentido, en el primer número de Mundo Nuevo se reseña Setecientosmonos (1964-1967), una publicación rosarina hecha por jóvenes de la Nueva Izquierda argentina, que podrían considerarse culturalmente afines al universo monegalino, pero difícilmente al universo ideológico del ILARI, que en esos años había reemplazado el Departamento Latinoamericano del CLC.

Ofrecer un panorama completo de esta red e identificar exhaustivamente no solo los vínculos inter-nodos, sino el tenor y variedad de las reciprocidades, requeriría un despliegue que excede los límites impuestos por este espacio. Sin embargo, podemos aventurar una representación de ella. La analogía utilizada por Grémion de “corona de revistas” resulta funcional para pensar un centro y una periferia, pero no alcanza para describir los alcances de la red que configuró un lugar central con las revistas europeas, rodeadas a su vez de publicaciones “amigas” -este segundo anillo a su vez tiene sus propias jerarquías según la relevancia de la publicación en el campo cultural e intelectual, la masividad de su consumo (los periódicos resultan una herramienta de divulgación más inmediata que las revistas), etc.- circulado por otros centros ubicados geográficamente en otras regiones que satelitaban las publicaciones centrales y que a su vez tenían, cada uno de ellos, su propia “corona de revistas amigas” [Gráficos 1 y 2].

Gráfico 1 Fuente: Elaboración propia 

Gráfico 2 Fuente: Elaboración propia  

Los gráficos presentan una dimensión central de Europa que mantiene una proporción entre las revistas del CLC y la corona de revistas amigas que las rodea. La sigue América Latina, donde la producción fue variada: en primer lugar convivían dos lenguas importantes, lo que obligó a la edición de dos revistas principales: Cuadernos y Cadernos, que aunque compartían su nombre, se diferenciaban -la primera estaba asentada en París (el epicentro) y sus contenidos estaban mayormente orientados al universo de los exiliados (Coleman, 1989: 84-87; Glondys, 2012: 23-25), en tanto que la segunda era editada en Río de Janeiro (la periferia) con contenidos más orientados a la realidad nacional (Vanden Berghe, 1997: 35-38). En segundo lugar, en casi todos los casos jugó un papel relevante el grado de iniciativa de los intelectuales de las diferentes sedes que decidieron en algunos casos utilizar parte del presupuesto destinado por el CLC para crear sus propias publicaciones por fuera de las producidas en Europa (Cuadernos, Mundo Nuevo o Aportes) como Cultura y Libertad, Letras por la Libertad, Examen, Temas, etc.

Por último, el avance de la Nueva Izquierda a nivel internacional y la radicalización de las nuevas generaciones latinoamericanas en torno a la Revolución Cubana, hicieron que primero el CLC y luego el ILARI renovaran sus estrategias y destinaran mayores recursos para contrarrestar esta tendencia en la región. Así, podemos ver que una parte importante se destinó al lanzamiento de colecciones editoriales como la que desarrolló H. A. Murena en la Editorial Sur (Colección Tercer Mundo) o Benito Milla en Alfa de Montevideo (Jannello B, 2018: 191-197), pero también se estimuló la creación de revistas locales como Arca (de crítica literaria y arte) en La Paz, Liborio (destinada al exilio cubano) entre Santiago de Chile y Caracas, Panoramas (destinada al estudio del movimiento obrero) en México, Temas en Montevideo (también editada por Alfa, cuya principal característica fue el lanzamiento de jóvenes escritores), Revista Paraguaya de Sociología y Suplemento Antropológico (que editaba el Centro Paraguayo de Estudios Sociales de Domingo Rivarola en Asunción), Revista de Ciencias de la Educación (del pedagogo Juan Carlos Tedesco que salía en el Centro Argentino del ILARI), Nueva Crítica (un emprendimiento que llevaba también el sello de Murena) y la ya mencionada Informes de China (las tres últimas en Buenos Aires) o la misma Cadernos, que comenzó a editarse unos meses después de la Revolución Cubana.

A modo de conclusiones

“La sintaxis de las revistas -dice Sarlo (1992: 9-16)- lleva las marcas de la coyuntura en la que su actual pasado era su presente”. Podríamos aventurar que las redes también tienen una sintaxis propia que las configura en una época determinada. Las redes que constituyó la Guerra Fría cultural fueron quizás la conclusión de un siglo de luchas que se fueron diluyendo, una vez que implosionó la URSS, al finalizar el corto siglo XX de Eric Hobsbawm (2007: 15-21). A su vez, cada una de las revistas de esas redes esconde, como señala Tarcus, el sentido de un programa propio con un movimiento constante que involucra actores, disputas y tensiones intrared (2020: 20-27), pujas entre los intereses del centro y la periferia, pero también al interior de cada proyecto43. Cada una de ellas configuró lo que creía era un universo de ideas compartidas en una confrontación militante, donde la pluma se transformaba en el fusil.

Como si se tratase de un ovillo enredado, los modos que asumen esas luchas y la configuración del universo de ideas que las constituían se revelan con mayor claridad al reponer la dimensión de las redes que las contuvieron. Desenredarlas pacientemente y amplificar las sociabilidades de su presente, aprehendiendo los modos en que circularon las ideas que alentaba cada uno de los subgrupos extendidos reticularmente en la red, su aspiración a ocupar un sitio en el campo cultural, y su derecho a modificar los supuestos de una época proponiendo los suyos propios es una tarea inmensa, casi se diría desmesurada, que exige combinar una voluntad de cartógrafo con habilidades detectivescas. Recomponer el mapa abre por su parte nuevas incógnitas. Este es un rompecabezas al que seguramente le faltan algunas piezas, donde quedan algunos enigmas por descifrar, pero creemos que, como todo mapa, nos ha sido de ayuda para orientarnos en el vasto espacio de la Guerra Fría Cultural.

Referencias

Benson, P. (1986). Black Orpheus, Transition, and Modern Cultural Awakening in Africa. Berkeley: University of California Press. [ Links ]

Caute, D. (2003). The dancer defects. The struggle for cultural supremacy during the Cold War. Nueva York: Oxford University Press. [ Links ]

Cobb, R. (2007). Our Men in Paris? Mundo Nuevo, the Cuban Revolution, and the Politics of Cultural Freedom. (Tesis de Doctorado). Universidad de Texas. Austin, Estados Unidos. [ Links ]

Coleman, P. (1989). The Liberal Conspiracy. The Congress for Cultural Freedom and the struggle for the mind of Postwar Europe. Nueva York: The Free Press. [ Links ]

Faust, K. (2002), Las redes sociales en las ciencias sociales y del comportamiento. En Gil Mendieta, Jorge Schmidt y Samuel Schmidt, Análisis de redes. Aplicaciones en ciencias sociales (1-14). México DF, Universidad Nacional Autónoma de México. [ Links ]

Glondys, O. (2012). La Guerra Fría cultural y el exilio republicano español. Madrid: Consejo Superior de Investigaciones Científicas. [ Links ]

Gmehling, J. (2020) Totalitarismustheorien in der jungen BRD: Zur Kritik des Nationalsozialismus und des Sowjetkommunismus in der Zeitschrift Der Monat. Bielefeld, Alemania, Transcript Verlag. [ Links ]

Grémion, P. (ed.). (1989). Preuves, une revue Européene a Paris. París, Julliard. [ Links ]

Grémion, P. (1995). Intelligence de l'anticommunisme: le Congress pour la Libertè de la Culture, Paris 1950-1975. París: Fayard. [ Links ]

Halliday, Fred. Los finales de la Guerra Fría en Robin Blackburn (ed.), Después de la caída. Barcelona: Crítica, 1993. [ Links ]

Hobsbawm, E. (2007). Historia del siglo XX. Buenos Aires, Crítica. [ Links ]

Hochgeschwender, M. (1998). Freiheit in der Offensive? Die Deutschen und der Kongreß für kulturelle Freiheit. Munich, Oldenbourg. [ Links ]

Jannello, K. (2018). Benito Milla: un Ulises desgraciado en el Río de la Plata. De Cuadernos Internacionales a Mundo Nuevo, del socialismo libertario al humanismo antibelicista” en Catedral Tomada, vol. 6, n.º 11, Pittsburgh, 199-235. [ Links ]

Jannello, K. (2018b). Sociología científica y Guerra Fría cultural. Los proyectos editoriales del ILARI en la Argentina y el Uruguay en Prismas. Revista de historia intelectual, n.º 22, Bernal, 191-197. [ Links ]

Lafleur, H.; Provenzano, S. y Alonso, F. (1962). Las revistas literarias argentinas. 1893-1960. Buenos Aires: Ediciones Culturales Argentinas. [ Links ]

Loaiza Giraldo, J. (2003). La revue Cuadernos. Un regard des intellectuels anticommunistes sur l’Amerique latine (1953-1966). (Tesis de Licenciatura). Faculté des Lettres de l’Université de Fribourg, Suiza. [ Links ]

Louis, A. (2018). Leer una revista literaria: autoría individual, autoría colectiva en las revistas argentinas de la década de 1920. En Corral, R.; Stanton, A.; Valender, J. (eds.). Laboratorios de lo nuevo. Revistas literarias y culturales de México, España y el Río de la Plata en la década de 1920 (27-53). México DF, El Colegio de México. [ Links ]

Morejón Arnaiz, I. (2010). Política y polémica en América Latina. La revista Casa de las Américas y Mundo Nuevo. México, Educación y Cultura. [ Links ]

Mudrovcic, M. E. (1997). Mundo Nuevo. Cultura y guerra fría en la década del 60. Rosario: Beatriz Viterbo. [ Links ]

Nallim, J. (2020). Antifascismo, revolución y Guerra Fría en México: la revista América, 1940-1960. Latinoamérica, n.º 70, 93-126. [ Links ]

Opsomer, A. (1992). Dos revistas y un nombre. Un análisis discursivo de la revista Mundo Nuevo (1966-1969). (Tesis de Licenciatura). Facultad de Letras de la Katholieke Universiteit Leuven. Bélgica. [ Links ]

Sarlo, B. (1992). “Intelectuales y revistas: razones de una práctica”, en América: Cahiers du CRICCAL, n.° 9-10. Le discours culturel dans les revues latino-américaines, 1940-1970, 9-16. [ Links ]

Scott-Smith, G. (2002). The Politics of Apolitical Culture: The Congress for Cultural Freedom and the Political Economy of American Hegemony, 1945-1955. Londres: Routledge. [ Links ]

Scott-Smith, G. y Lerg, Ch. (eds.). (2017). Campaigning culture and the Global Cold War. Londres: Palgrave-Macmillan. [ Links ]

Stephanson, A. (2012). “Cold War Degree Zero”. En Isaac, J. y Bell, D. (eds.), Uncertain empire. American History and the idea of the Cold War (19-49). Nueva York: Oxford University Press. [ Links ]

Stonor Saunders, F. (2001). La CIA y la Guerra Fría cultural. Madrid: Debate. [ Links ]

Tarcus, H. (2020). Las revistas culturales latinoamericanas. Giro material, tramas intelectuales y redes revisteriles. Buenos Aires: Tren en movimiento. [ Links ]

Vanden Berghe, K. (1997). Intelectuales y anticomunismo. La revista Cadernos Brasileiros (1959-1970) , Lovaina, Leuven University Press [ Links ]

1 Remito aquí a la periodización de la Guerra Fría propuesta por Fred Halliday, 1993

2Nacido en Berlín en 1950, funcionó a partir de 1951 en París hasta 1967 cuando, luego de verse envuelto en un escándalo de las fuentes de su financiación provenientes de la CIA, se transformó en Asociación Internacional por la Libertad de la Cultura, nombre con el que mantuvo sus actividades hasta su disolución final en 1979. Sobre el CLC existe una profusa bibliografía, entre los estudios de referencia pueden consultarse: Coleman, P. (1989). The Liberal Conspiracy. The Congress for Cultural Freedom and the struggle for the mind of Postwar Europe. Nueva York: The Free Press; Grémion, P. (1995). Intelligence de l'anticommunisme: le Congress pour la Libertè de la Culture, Paris 1950-1975. París: Fayard; Hochgeschwender, M. (1998). Freiheit in der Offensive?: der Kongress für Kulturelle Freiheit und die Deutschen. Munich: Oldenbourg; Stonor Saunders, F. (1999). Who Paid the Piper? The CIA and the Cultural Cold War. Londres: Granta; Scott-Smith, G. (2002). The Politics of Apolitical Culture: The Congress for Cultural Freedom and the Political Economy of American Hegemony, 1945-1955. Londres: Routledge; y, sobre el CLC en América Latina, Iber, P. (2015). Neither peace, nor freedom. The cultural Cold War in Latin America. Cambridge, Massachusetts: Harvard University Press.

3N. del. E.: Traducción propia de la autora.

4De un total de 118 invitados hubo 28 filósofos/historiadores, 27 periodistas, 18 escritores, 10 editores y 22 profesionales de otras ciencias humanas/sociales. El uso del masculino en el trabajo responde a que el CLC fue un espacio de sociabilidad masculina. Si bien se vincularon algunas intelectuales importantes como fue el caso de Hannah Arendt o Mary Mccarthy, en la casi totalidad de su sedes la composición fue mayoritariamente de hombres y las mujeres ocuparon puestos secundarios, como fue el caso de la poeta argentina Alejandra Pizarnik que se desempeñó por un breve período como secretaria en la sede de París.

5Entre los invitados de los que fue posible verificar su orientación, más de un tercio del total (40) eran socialistas y aproximadamente un quinto excomunistas (25); de estos últimos, algunos derivaron al socialismo, otros se volcaron al liberalismo. También fue posible identificar 17 liberales, 6 conservadores y 2 anarquistas.

6Para los vínculos del socialismo desde mediados del siglo XIX con el universo de las publicaciones y redes intelectuales consúltese: Debray, Régis (2007). “El socialismo y la imprenta: un ciclo vital” en New Left Review n° 46, septiembre/octubre, Madrid, pp. 5-26.

7Se trata de, por un lado, Julián Gorkin -quien luego, en los años ’50, se encuentra militando en el PSOE- cuya formación en el mundo de los periódicos, boletines y revistas, pero también en el de las editoriales, resultó un elemento determinante. Por otro, Louis Mercier Vega, de origen belga y madre chilena, periodista, adquirió una vasta experiencia editorial que le permitió en la década del ’60 reemplazar a Gorkin en el Departamento Latinoamericano del CLC con éxito.

8De hecho, los socialistas fueron una parte constitutiva de las asociaciones latinoamericanas. Asimismo, las personas designadas como nexo entre la Secretaría Internacional de CLC y las sedes nacionales, o bien eran socialistas, o bien eran anarquistas, todos ellos exiliados, mayormente españoles republicanos. En Argentina y Uruguay las sedes y un cuidadoso plan de ediciones fueron totalmente administrados por reconocidos dirigentes socialistas como Juan A. Solari y Emilio Frugoni, con la connivencia del legislador Alfredo Palacios y el historiador José Luis Romero, entre otros. Remito para un estudio de caso artículos previos: “Las políticas culturales del socialismo argentino bajo la Guerra Fría. Las redes editoriales socialistas y el Congreso por la Libertad de la Cultura”. En Papeles de Trabajo, a. 7, n° 12, 2º semestre 2013, pp. 212-247; “Los intelectuales de la Guerra Fría. Una cartografía latinoamericana (1953-1962)”, en Políticas de la Memoria nº 14, verano 2013/2014, pp. 79-101. “La intelectualidad liberal bajo la Guerra Fría: La sede argentina del Congreso por la Libertad de la Cultura (1953-1964)”, en Acta Sociológica nº 68, septiembre-diciembre 2015, pp. 9-47

9Preuves. Revue mensuelle. París, 1ª época: a. 1, n° 1 (mar. 1951) - a. 19, n° 219/220 (jul./sept. 1969); 2ª época [nouvelle sèrie], n° 1 (1er trim. 1970) - n° 20 (invierno 1974/1975).

10Encounter. Literature, Arts, Current Affairs. Londres, v. 1, n° 1 (octubre 1953) - v. LXXV nº 2 (septiembre 1990).

11Londres, nº 1 (octubre 1962) - Publicación abierta.

12Mundo Nuevo. Revista de América Latina. París, nº 1 (julio 1966) - nº 57/58 (marzo-abril 1971).

13Por ejemplo estimulando la promoción de nuevos narradores en el Boom latinoamericano.

14Jorge Luis Borges comenzó a adquirir reconocimiento internacional gracias a dos jóvenes del CLC con quienes mantenía vínculos desde los años ‘40: el sociólogo francés Roger Caillois, que lo tradujo inicialmente en la revista Preuves (nº 71, enero 1957), y el crítico uruguayo Emir Rodríguez Monegal, que instaló al escritor argentino como precedente del Boom latinoamericano.

15Cuadernos del Congreso por la Libertad de la Cultura. París, nº 1 (marzo-mayo 1953) - nº 100 (septiembre 1965).

16Quadrant. Sidney, nº 1 (verano 1956/57) - Publicación abierta. Fundada por el refugiado polaco Richard Krygier y el poeta James McAuley.

17Aportes. Revista trimestral de Ciencias Sociales. París, nº 1 (julio 1966) - nº 26 (octubre 1972).

18Revista Paraguaya de Sociología. Asunción, nº 1 (septiembre-diciembre 1964) - Publicación abierta.

19Titulada inicialmente Soviet Culture; luego Soviet Survey y finalmente (1961) Survey: A Journal of Soviet and East European Studies (Londres, 1956-1988) Dir.: Walter Laqueur; luego Leo Labedz.

20The China Quarterly. Londres, nº 1 (enero 1960) - Publicación abierta. Ed.: Roderick Mac Farquhar.

21China Report. Nueva Delhi, nº 1 (1965) - Publicación abierta.

22Informes de China. Buenos Aires, nº 1 (septiembre-octubre de 1965) - nº 19 (enero-marzo 1969).

23Resaca. Revista mensual sin compromisos salió con cinco entregas entre 1954 y 1955 con un comité editorial constituido por Manuel Rodríguez Lozano, Rodolfo Usigli, Mauricio Gómez Mayorga y Rodrigo García Treviño.

24Temas. Revista de cultura. Montevideo, nº 1 (abril-mayo 1965) - nº 16 (abril-junio 1968).

25Examen. Revista bimestral de la Asociación Mexicana por la Libertad de la Cultura, publicó 29 ejemplares entre 1958 y 1962, inicialmente bajo la dirección de Carlos Echánove Trujillo.

26EL ACCF (por sus siglas en inglés) continuaba la tarea del Committee for Cultural Freedom (1939-1951). Liderado por el filósofo Sidney Hook, el CCF fue uno de los más entusiastas promotores y organizador de la reunión inaugural de Berlín. En 1951 se reorganizó como ACCF integrándose plenamente al CLC. Entre sus integrantes, además de Hook, se encontraban los sociólogos Daniel Bell y David Reisman, el escritor James T. Farrell, el pensador y editor Irving Kristol, la crítica Diana Trilling, el físico Robert Oppenheimer, el historiador Arthur Schlesinger Jr. y el político socialista Norman Thomas.

27Santiago de Chile, n.º 1 (1954) - n.º 5 (1955). Director: Luis Meléndez.

28Letras por la Libertad. Literatura, arte, política. México, n.º 1 (febrero 1957) - n.º 2 (octubre 1957). Director: Othon Lara Barba.

29Nueva Crítica. Buenos Aires, a. 1, n.º 1 (mayo/agosto 1970) - n.º 2 (septiembre/diciembre 1970). Director: H. A. Murena, secretario de redacción: Juan García Gayo.

30Cfr. Gráfico 2, aquellas publicaciones señaladas en color celeste.

31Para un estado del campo de producción sobre este tipo de estudios cfr.: Tarcus, 2020.

32Aunque Der Monat (1948-1987) preexistía a la creación del CLC, se convirtió en la revista insignia en Alemania, por lo menos en los años en los que Melvin Lasky fue su director, esto es, desde sus inicios hasta 1958 cuando este se traslada a Londres para editar junto al poeta Stephen Spender la revista Encounter (Hochgeschwender, en Scott-Smith y Lerg, 2017, pp. 71-89).

33Workshop “The Journals of the Congress for Cultural Freedom. A Global Perspective on the Cultural Cold War”, organizado por el Lasky Center for Transatlantic Studies, la Ludwig-Maximilians University Munich y Leiden University el 24 de octubre de 2014.

34Los autores clasifican los estudios sobre el CLC dentro de tres tipos de argumentos: a) "causa justificable" (Peter Coleman), b) "occidentalización" (Michael Hochgeschwender y Pierre Grémion) y c) "crítica moral" (Stonor Saunders).

35Más extenso sería el listado al recorrer los artículos publicados por los investigadores en revistas y libros, aunque resultaría difícil lograr un registro que no fuera parcial.

36Cfr. Gráfico 2 con la siguiente descripción de colores para distinguir los núcleos de publicaciones: a) anaranjado: europeas; b) rojo: latinoamericanas; c) rosa oscuro: latinoamericanas hechas en París; d) verde claro: africanas; e) verde oscuro: africanas editadas en Europa; f) lila: asiáticas; g) azul: australianas; h) celeste: corona de publicaciones amigas.

37No existe un trabajo dedicado explícitamente a las redes de publicaciones del frente soviético a nivel global, sin embargo, algunos trabajos se han ocupado de visibilizarlas de modo parcial -sobre todo aquellas que se constituyeron en el Bloque del Este- vinculándolas mayormente al concepto de propaganda. Cfr.: Hollander, G. (1972). Soviet Political Indoctrination: Developments in Mass Media and Propaganda Since Stalin. Nueva York: Praeger. (Especialmente el capítulo II, pp. 53-135); Goban-Klas, T. (1994). The Orchestration of the Media: The Politics of Mass Communications in Communist Poland and the Aftermath. Boulder: Westview Press; Holzweissig, G. (2002). Die schärfste Waffe der Partei. Eine Mediengeschichte der DDR. Colonia: Böhlau; Cull, N. (2010). “Reading, viewing, and tuning in to the Cold War”. En Leffler, M. y Westad, O. (eds.). The Cambridge History of the Cold War. Crisis and Détente (vol. II). (pp. 438-459). United Kindom: Cambridge University Press; Fiedler, A. (2014). Medienlenkung in der DDR. Colonia: Böhlau; Melgar Bao, R. (2016). Laprensamilitante y la Internacional Comunista. México: INAH; Lovell, S. (2017). “Communist Propaganda and Media in the Era of the Cold War”. En Fürst, J., Pons, S. y Selden, M. (eds.). (2017). The Cambridge History of Communism. Endgames? Late Communism in Global perspective, 1968 to the present (vol. III). (pp. 354-375). United Kindom: Cambridge University Press; Petra, A. (2017). Intelectuales y cultura comunista. Itinerarios, problemas y debates en la Argentina de posguerra. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica. (Particularmente pp. 86-102).

38Periodista argentino, miembro del Partido Socialista Democrático, dirigió junto a Héctor Murena y Oscar Serrat el Centro Argentino por la Libertad de la Cultura que reemplazó la vieja Asociación Argentina. También dirigió la revista del ILARI Informes de China, que emulaba a la europea The China Quarterly de Roderick Mac Farquhar.

39Agradezco a Jorge Nallim el señalamiento de la existencia de América (N. del. A.).

40En general el CLC se comprometía a adquirir una cantidad de ejemplares de una revista para distribuir en sus propias redes. De ello resultaba un acuerdo más amplio, beneficioso tanto para el CLC, que a cambio insertaba el anuncio de sus revistas o ponía en circulación textos de su interés en otros públicos, como para la publicación con la que hacía el acuerdo, ya que generalmente esta no solo se veía favorecida con un anuncio en alguna de las revistas del CLC y se abría a otras audiencias, sino que con la venta de aproximadamente trescientos ejemplares tenía asegurada la financiación de la tirada (Jannello B, 2018: 191-197).

41Por ejemplo, la revista dominical del New York Times fue incluida en la sección “Revistas” de Cuadernos (n. 54, pp. 95-96) por la “firma tan sobresaliente” del político y diplomático Adlai Stevenson, miembro del CLC.

42Roberto Esquenazi-Mayo hace un recorrido de revistas de Estados Unidos que dedican espacio a las cuestiones latinoamericanas. En una larga enumeración que incluye publicaciones amigas como Comentary o Ibérica, menciona a Monthly Review por “un cuidadoso estudio de la nacionalización de las industrias en Cuba a partir de octubre de 1960, fecha en que pasaron a manos del gobierno de Castro los bancos y 382 empresas privadas”.

43Una vez más, Mundo Nuevo nos sirve de referencia, si la revista nace en plena Guerra Fría cultural latinoamericana, en debate con el proyecto cultural de Casa de las Américas, no es menos cierto que se vio tensionada a su interior por los intereses de su director, Rodríguez Monegal, y el director del ILARI, Louis Mercier Vega, que traía el mandato de la AILC, mediados por el amigo de ambos, el español exiliado Benito Milla. Cfr.: Jannello, Karina, “El Boom latinoamericano y la Guerra Fría cultural Nuevas aportaciones a la gestación de la revista Mundo Nuevo”, en Ipotesi, Juiz de Fora, v. 17, nº 2, julio-diciembre 2013: 115-133.

Received: March 02, 2020; Revised: August 25, 2020; Accepted: November 20, 2020

Creative Commons License Este es un artículo publicado en acceso abierto bajo una licencia Creative Commons