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Universum (Talca)

On-line version ISSN 0718-2376

Universum vol.36 no.1 Talca July 2021

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-23762021000100109 

DOSSIER

“Un millón de chilenos”: Testimonios del exilio en la Revista Araucaria de Chile

“Un millón de chilenos”: Testimonies of the exile in the journal Araucaria de Chile

César Zamorano Díaz1 
http://orcid.org/0000-0003-4510-8069

1Universidad de Santiago de Chile, Facultad de Humanidades, Estación Central, RM, Chile. PhD in Hispanic Languages and Literatures, University of Pittsburgh. E-mail: cesar.zamorano@usach.cl

Resumen

Una de las consecuencias políticas de la represión vivida durante los años de la dictadura chilena instaurada luego del golpe de Estado de 1973 y encabezada por la Junta Militar, fue el fenómeno del exilio. A través del estudio de las revistas creadas por chilenos exiliados en los más recónditos lugares del planeta, es posible recomponer la historia cultural y política de Chile. Particularmente, este artículo propone que las revistas culturales constituyen espacios fundamentales para reconocer de qué manera se aborda desde el exilio la experiencia común del pasado de la Unidad Popular junto al horror de un presente marcado por el golpe de Estado, la persecución y el exilio. En este sentido, la revista Araucaria de Chile (1978-1990) acuñó en sus páginas la escritura del afuera, traspasada por los modos del decir dependientes en gran medida de la experiencia concreta de la desarticulación social de una identidad previa y de sus formas de rearticulación. Finalmente, la sección “Un millón de chilenos” nos permitirá identificar tres dimensiones dentro del conjunto de narrativas testimoniales que se ocupan de la experiencia del exilio definidas como desarraigo, culpa y aprendizaje.

Palabras clave: exilio; Araucaria de Chile; revistas culturales; dictadura

Abstract

One of the political consequences of the repression experienced during the years of the Chilean dictatorship established after the 1973 coup d'état and led by the military Junta, was the phenomenon of exile. Through the study of the journals created by Chileans in exile in the most remote places of the planet, it is possible to recompose the cultural and political history of Chile. In particular, this article proposes cultural journals as fundamental spaces for recognizing how the common experience of a past of Unidad Popular is approached from exile, together with the horror of a present marked by the coup d'état, persecution and exile. In this sense, the journal Araucaria de Chile (1978-1990) coined in its pages the writing of the outside, pierced by the modes of saying dependent to a great extent on the concrete experience of the social disarticulation of a previous identity and its ways of re-articulation. Focusing the work on the section "Un millón de chilenos" will allow us to identify three dimensions within the set of testimonial narratives that deal with the experience of exile defined as uprooting, guilt and possibility.

Keywords: exile; Araucaria de Chile; cultural journals; dictatorship

Introducción

“Todas estas vidas y estos afanes que son los nuestros, todos estos destinos y estos trabajos que nos reúnen y nos alejan, todas estas experiencias de lo familiar y de la extrañeza, todas estas lenguas y culturas, que son a veces lenguas y culturas recobradas, anteriores al tiempo de otros viajes y otros exilios, todo ello nos pertenece a los “de afuera”, pero es también patrimonio de los compatriotas del interior, es también historia de Chile, del Chile peregrino”. (Abarzúa. “Por una historia en el exilio”).

Carlos Orellana, redactor de Araucaria de Chile relata la experiencia de su retorno a Chile. Como tantos otros, su narración atiende al quiebre y la desilusión del esperado encuentro con el Chile tantas veces soñado y anhelado. En efecto, el país ya no era el mismo y sus ciudadanos habían sido reconvertidos en consumidores, algunos cómplices y muchos complacientes. Narra la confrontación con un país que le es ajeno. Incapaz de desprenderse de la carga de su propia transformación personal que el exilio provocó y sobre todo porque la dimensión colectiva gestada por la Unidad Popular había sido desmantelada por la dictadura. El espacio común construido paulatinamente hasta el 1973 había sido sustituido por un modelo neoliberal de competencia e individualismo impuesto por la razón y la fuerza, a través de una estructura jurídica e ideológica fundada en el exterminio físico y cultural de gran parte de la población que fue asesinada, torturada, silenciada o exiliada.

El presente trabajo tiene por objeto reconocer otras historias que fueron desatendidas por la crítica, las de aquellos marginados del pacto social de la inacabada transición chilena a la democracia, expulsados del proyecto fundacional de la dictadura inaugurada por el Golpe y ejecutada por una organización cívico-militar destinada a borrar el pasado. Atender el exilio de chilenos que vivieron en diversos países por tiempos prolongados no coincidía con la lógica del olvido necesario para el nuevo Chile y las reparaciones de justicia “en la medida de lo posible”.

A través del estudio de las revistas creadas por chilenos exiliados en los más recónditos lugares del planeta, es posible recomponer la historia cultural y política de Chile. Particularmente, este artículo propone que las revistas culturales fueron espacios fundamentales para reconocer de qué manera se aborda desde el exilio la experiencia común del pasado de la Unidad Popular junto al horror de un presente marcado por el golpe de Estado, la persecución y el exilio. En este sentido, la revista Araucaria de Chile (1978-1990) acuñó en sus páginas la escritura del afuera, traspasada por los modos del decir dependientes en gran medida de la experiencia concreta de la desarticulación social de una identidad previa y de sus modos de rearticulación. Finalmente, la sección “Un millón de chilenos” nos permitirá identificar tres dimensiones dentro del conjunto de narrativas testimoniales que se ocupan de la experiencia del exilio definidas como desarraigo, culpa y aprendizaje. La primera, anclada a un pasado, la segunda a un presente negado y la tercera a un futuro posible.

El exilio

Una de las consecuencias políticas de la represión vivida durante los años de la dictadura chilena instaurada luego del golpe de Estado de 1973 y encabezada por la Junta Militar, fue el fenómeno del exilio. Chile no fue el único país de la región en vivir estos procesos de destierro forzado, donde los opositores del régimen comenzaron a ser tratados como “personas ‘peligrosas’ para las respectivas dictaduras, [pues] entorpecen la ‘buena marcha’ del gobierno autoritario" (Avaria 1). El fenómeno del exilio en Chile constituye un hecho inusual en su historia, pues el país fue más bien un lugar de acogida de exiliados que fuente de emigración (Del Pozo 2004). En su historia se consignan algunos exilios aislados, aunque significativos, como es el caso de Bernardo O’Higgins en el periodo de la Independencia, o el de Francisco Bilbao, los derrotados de la Guerra Civil de 1891 que pone fin al gobierno de Manuel Balmaceda o las persecuciones y exilio en el primer gobierno de Carlos Ibáñez del Campo. Por último, la historia del exilio en Chile incluye la de muchos militantes de la izquierda chilena a raíz de la Ley de Defensa de la Democracia del presidente Gabriel González Videla (Norambuena 163). De esta manera, el exilio masivo producto del golpe de estado de 1973 no solo resultó inédito dentro de la historia nacional, sino que también, debido al largo periodo, significó que afectara a tres generaciones que se vieron desarraigadas de su espacio vital y enfrentadas en su regreso a un país diferente en el que ya no se reconocían.

Las estimaciones en torno a la cantidad de chilenos que fueron al exilio, ya sea por la expulsión, conmutación de penas, forzados por estar en peligro sus vidas o las de sus cercanos; o bien por la imposibilidad de conseguir trabajo por su participación política complejizan una definición clara del universo de chilenos que emigraron. Junto con esto, las diferentes oleadas de exiliados, principalmente durante los años setenta, han dado como resultado la dificultad para definir el número exacto de exiliados. Las cifras van desde un millón hasta la información de la Vicaría de la Solidaridad que estimaba en más de 260 mil prohibiciones de ingreso al país, en tanto la Liga Chilena de los derechos del hombre estimó en 400.000 el número de chilenos/as que abandonaron el país (Rebolledo y Acuña). Algunos estudios plantean que el exilio chileno constituyó entre el 2% y el 5% de la población (Pozo 4). Un organismo como ACNUR (Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados) afirma que “el número total de quienes huyeron del régimen, ya fuera voluntariamente o expulsados, no fue inferior a 200 mil personas” (ACNUR).

Si bien la dictadura no acabaría formalmente hasta finales de la década de 1980, se pueden observar diferentes temporalidades o etapas de la misma. Luego del primer lustro de la dictadura, que estuvo caracterizado por la represión abierta, el estado de sitio, la presión política y el fenómeno del exilio de los opositores del régimen, se vislumbran ciertos elementos de apertura al retorno de dichos exiliados. Un punto clave de este proceso se inicia con la amnistía de 1978, la cual reacciona a diversos estímulos, tanto internos como externos1. La necesidad de la dictadura hacia mediados de abril de 1978 de proyectar otra cara frente a la prensa internacional y la sociedad civil respecto de las violaciones a los derechos humanos, abrió un proceso de cambio de gabinete, buscando darle legitimidad a una nueva institucionalidad política; proceso que a su vez coincide con “el término del estado de sitio, la autorización de retorno al país de Jaime Castillo y Bernardo Leighton e indultos de varias personas procesadas por tribunales militares" (Loveman y Lira 452)2.

Un antecedente más claro de la apertura política se establece en los primeros años de la década de los ochenta, pues “para Pinochet y sus aliados, la reconciliación y la transición política comenzaría en 1981 con la implementación de la Constitución aprobada por el plebiscito en 1980" (467). En esa línea, se integró Sergio Fernández como el primer ministro del interior civil de la dictadura, quien indicó que los primeros meses de 1981 eran “los últimos meses de régimen militar". [Pues] el país estaba en vías de volver o, mejor dicho, iniciar un nuevo estilo y una nueva institucionalidad" (467)3.

No será sino hasta 1982 que comenzaría el retorno paulatino de exiliados. Entre las razones que podemos destacar que impulsaron este proceso está la muerte del expresidente Demócrata Cristiano Eduardo Frei, que desataría una reacción en viejos militantes del PDC, que buscaron retornar al país con el propósito de asistir a su funeral, pero no fueron autorizados. Sería solo a finales de octubre de 1982 cuando Pinochet anuncia el propósito de revisar la situación de los exiliados, pero bajo condiciones precisas y exactas: que "reconozcan la legitimidad del supremo gobierno y de la Constitución Política de 1980", "renuncien a persistir en las acciones que motivaron la medida de impedimento de volver al país" y que "acepten el compromiso de colaborar en la construcción de la sociedad libre y solidaria que la nueva institucionalidad configura" (468).

Durante los primeros años la intensidad de la dictadura fue brutal y actúo con total impunidad. Sin embargo, para muchos el exilio no fue sino la etapa final de una serie de atropellos, muchos fueron previamente apresados en campos de concentración, donde sufrieron torturas e intensas sesiones de aislamiento. Luego de estar detenidos, algunos recibieron decretos de expulsión inmediata y otros fueron condenados al extrañamiento a través del decreto 504 de conmutación de penas como sustitutivos de la cárcel. La gran mayoría ni siquiera tenía algún registro que demostrara haber estado en un campo de detención (Reszczynski, Rojas y Barceló 112).

Apartados físicamente de su entorno, el exiliado se lleva consigo esa nostalgia por la pérdida y se apropia de su existencia un pathos que “cae con las palabras de nuestra lengua, matiza indeleblemente nuestras miradas, baraja nuestros recuerdos apasionados o tibios, trabaja con nosotros, trabaja desde nosotros" (Droguett 61). La tierra para el exiliado permanece en la memoria y en la imaginación, la lleva siempre consigo, como una presencia fantasmal similar a la de un miembro amputado que sigue sintiéndose pese a no existir (Cassigoli 16).

Comenzaron a sentir la amputación como si les hubieran cortado una falange, el dedo índice, una mano, o, peor, un pedazo de alma. Se sintieron por un momento como expulsados de su propio cuerpo, de la cultura nacional. Les dolía la mano cortada que escribe (Teitelboim 201).

El exilio formó parte de esta operatoria de desmembramiento del cuerpo social y los que lo padecieron tuvieron que inventarse un habla que pudiera expresar lo inenarrable, la experiencia más íntima de dolor y desesperanza. El Golpe totalizó gran parte de la escritura para convertirla en mecanismo decantador de esa ruptura. Carlos Droguett en 1981 escribía desde el exilio: “el Chile destrozado es ahora, obligadamente, nuestra musa de todos” (60). El sujeto arrancado de una experiencia vital de pertenencia fue abruptamente escindido de sus prácticas comunes y de los lazos que lo conmovían a pensarse desde un espacio colectivo. El ejercicio de la escritura del exilio se convirtió al mismo tiempo en un fenómeno vital y estético, intelectual y testimonial, que funciona como mecanismo decantador de la experiencia del desarraigo. Una escritura que se sostiene como vestigio de una experiencia traumática y también afirmativa que tensiona la experiencia colectiva de la Unidad Popular con el instante dictatorial de represión, exilio y censura.

Las Revistas del exilio chileno

Las revistas fueron capaces de canalizar formas diversas de resistencia que se establecieron a través de la producción cultural y política, impedidas en el interior del país. Cada revista, inspirada en la necesidad de expresar experiencias y reflexiones desde Chile y desde el exterior, vertieron sus expectativas en la construcción de un universo de lectores posibles tanto en Chile, en el conjunto de exiliados y en una comunidad internacional que debía ser movilizada. Los estudios generales sobre las revistas del exilio (Berchenko; Orellana; Herrera y Pertuz Bedoya; Norambuena) reconocen en las publicaciones denunciativas y testimoniales como las primeras escrituras de emergencia que surgieron casi inmediatamente con el exilio. Cada una de estas publicaciones fueron intentos colectivos de expresión de chilenos esparcidos por el mundo, que vieron en las revistas la posibilidad de reconstruir sus propias conformaciones previas, políticas, estéticas y sociales. Su génesis dependía en gran medida de las organizaciones que las sustentaron, principalmente partidos políticos que prolongaron sus cuadros en el extranjero para reagruparse y generar formas de lucha para enfrentar la tiranía de la Junta que hasta este momento se pensaba frágil y limitada en el tiempo. Debido a la poca información disponible, de muchas de las revistas en el exilio solo se conocen algunos números y en muchos casos no es posible determinar con certeza los años de publicación. América Roja (1976), Boletín informativo de la Central Unitaria de Trabajadores (1978-1988, Francia y Berlín Oriental), ANCHA. Agencia Chilena Antifacista (Berlín Oriental) Causa ML (publicado en París por el Partido Comunista Revolucionario), Cile Libero, Chile-América (1974-1983) y Chile Democrático (publicados en Roma), Chile Boletín de Checoslovaquia (1974-1980), Chile Newsletter (1973-1974) en Estados Unidos, Fascismo en Chile y Fragua, Francia también, Informativo de Chile en México, Liberación. Órgano oficial del Partido Socialista de Chile en Inglaterra4, son algunos de ellas. El primer desafío que dio vida a estas revistas fue canalizar expresiones de denuncia de la grave situación de violación de los derechos humanos en Chile. Había en ellas un tono de urgencia por narrar al mundo los atropellos a los derechos humanos y la situación de desamparo de los miles de sobrevivientes que poblaron los más recónditos lugares del planeta.

Una de las primeras revistas publicadas en 1973 fue el Boletín del Exterior (1973-1989). Publicación institucional del Partido Comunista, dirigida por Orlando Millas y conocida como Boletín Rojo, tuvo un formato pequeño e impreso a mimeógrafo; se realizaba inicialmente en Moscú y lo reproducían en otras capitales para facilitar su difusión en los países occidentales. Otra revista fue Chile Newsletter (1973-1974) ligada al MIR y publicada por el colectivo Non-Intervention in Chile (NICH) en Berkeley, California. La revista Contacto, informativo editado por exiliados en París y ocasionalmente en Madrid (1973-79). Otra publicación periódica que aparece en 1974 es Sí compañeros, publicado en Berlín Occidental, cuya dirección estuvo a cargo de la agrupación Chilenos en Berlín (west). Muchas revistas fueron publicadas en idiomas locales, diferentes al español, como América Roja. Órgano de la resistance chilienne a l'exterieur, la revista Communiques du Chili en Lutte, publicada por León Halkin en Bélgica en la Universidad de Liege. Otra de las publicaciones periódicas que solidarizaron con la causa chilena fue Resistenza Cilena, suplemento de La nostra lotta, órgano del partido comunista italiano. También otras publicaciones internacionales se sumaron a la causa chilena como Il Manifesto, cuyo número 250 del 31 de octubre de 1973 contenía un suplemento dedicado enteramente a Chile5. Todas estas revistas constituyeron formas colectivas de comunicación y denuncia de la grave situación de violación de los derechos humanos en Chile y al mismo tiempo de reflexión más meditada de los aspectos políticos, sociales y culturales que se vieron afectados por la dictadura y de la experiencia misma del exilio.

Revistas culturales

Las revistas culturales por su naturaleza diversa y heterogénea surgen desde la vocación de tender puentes entre la cultura letrada y el espacio público. Pueden ser vistas como un espacio disponible en torno a las cuales se diseñan complejas relaciones entre cultura y política, entre proyectos estéticos y su intervención en el imaginario colectivo y social. A diferencia del libro que apela a la permanencia, estas se incrustan en un tiempo específico, se aferran a su tiempo, intervienen un presente por medio de textos inscritos en el espacio de lo decible, que delimita no solo los temas que trata, sino también su forma de escritura, la posibilidad de su evidencia, señalando a tientas lo que debe ser pensado, lo que se manifiesta como problema. En el caso particular de las revistas en el exilio, no es posible pensarlas sin atender al quiebre que provoca la violencia e interrupción de la tradición democrática chilena. Es desde la praxis del extrañamiento que emerge la necesidad de crear publicaciones periódicas que permitan a los desterrados reconocerse desde el espacio específico del exilio. Sin embargo, y pese a ello, tampoco podemos pensarlas pura y simplemente desde el punto cero del Golpe sin atender a la tradición de revistas culturales que se establecieron con gran fuerza durante los años sesenta y comienzos de los setenta. Efectivamente, en el caso chileno, tal como señala Soledad Bianchi (La memoria: Modelo para armar, 11), el desarrollo cultural, teórico y artístico desde el cual emergieron un sinnúmero de revistas, se concentró significativamente en las universidades y en los grupos que gravitaron en torno a ellas. De allí que el golpe de Estado y la intervención profunda que se hizo en las instituciones de educación superior fueron decisivas en su abrupto decaimiento. La totalidad de las revistas literarias y culturales fueron suspendidas. Revistas principalmente disciplinarias e institucionales, dependientes de casas de estudio, como Taller de Letras, Revista Chilena de Literatura, Atenea, Aisthesis, Anales de Literatura, pudieron retomar sus entregas a finales de 1974, mientras que las revistas culturales, políticas y programáticas definitivamente dejaron de existir. Es el caso de La quinta rueda, Cuadernos de la Realidad Nacional, Problemas de Literatura, por nombrar algunas. La destrucción de las universidades junto con su aislamiento de los espacios públicos obligó a que las revistas que abordaban los desarrollos e investigaciones de disciplinas específicas rápidamente tuvieran que modificar sus propuestas, redefinir sus interrogantes y, sobre todo, escindir el campo disciplinar y académico de sus diálogos con instancias más amplias de la sociedad.

Las revistas en el exilio fueron fundamentales en la producción y difusión de una resistencia cultural. Con el mismo afán colectivo que dio impulso a la Unidad Popular, los exiliados buscaron nuevas formas de integración. El análisis de ellas permite comprender la transformación que sufrió la articulación del lenguaje con la contingencia, reconocer sus particularidades, continuidades y dislocaciones que, tanto en la cultura en general y la literatura en particular, son visibles por medio de sus artefactos de difusión y creación. En este sentido, las revistas son, sin duda, objetos privilegiados en torno a considerar estas variaciones (Schwartz y Patiño).

Las revistas que proliferaron en los primeros años del exilio fueron dando paso a publicaciones tendientes a reconstruir el campo cultural y a generar reflexiones críticas desde diversos planteamientos teóricos y estéticos, conformando un conjunto de narrativas que permitieron establecer lazos de pertenencia y comunicación entre los chilenos desplazados6. Una de las razones para esta ampliación del campo de revistas denunciativas a revistas culturales es que a fines de los setenta la dictadura comenzó a perder protagonismo en la agenda internacional, siendo cada vez menos las señales abiertas y masivas de lucha en el extranjero. Una segunda razón que podemos aducir es la prolongación en el tiempo de la dictadura, lo que significó aquietar la urgencia que los exiliados sentían y la decantación desde las disciplinas y prácticas de sus protagonistas, desde una maduración reflexiva y estética de la experiencia vital con la derrota. Frente a esto, el arte y las manifestaciones culturales fueron las que mantuvieron latente y expresaron los sufrimientos y desesperanzas del exilio, lo que permitió que las revistas culturales y literarias tuvieran cabida como ejes de lucha y organización más allá de las condiciones contingentes que debían ser atendidas urgentemente. Literatura Chilena en el exilio, revista publicada en Estados Unidos por Fernando Alegría y David Vadjalo (55 números, 1977-1991), América Joven, creado por los hermanos Heinson en Rotterdam, Holanda (51 números, 1980-1988) y Araucaria de Chile publicada en París y Madrid son algunas de las más importantes y que tuvieron una larga existencia. A ellas se suman un sinnúmero de publicaciones menos longevas como El Barco de Papel y Canto Libre (París), Trilce y LAR (Madrid), Cuadernos populares del exilio (Canadá), Fuego Negro7, (Francia), Signos. Revista Literaria (Estocolmo) y en Oslo se publicó Taller literario. No podemos dejar de mencionar revistas que, si bien su interés estuvo definido por cuestiones políticas, partidarias y gremiales tuvieron importantes secciones dedicadas a la cultura. Entre las que podemos destacar se encuentra la revista Plural, Chile-América y el Boletín Informativo Comité Exterior Central Única de Trabajadores de Chile, publicado en Francia y en la RDA entre 1978-1988.

Araucaria de Chile

Una de las revistas fundamentales de la historia cultural del exilio fue Araucaria de Chile. Su particularidad radica principalmente en ser una revista dependiente de un partido político, sin ser nunca una revista “de” partido: “Muchos tenemos afiliaciones ideológicas y partidistas bien definidas, pero la revista no es Órgano oficial de ningún partido” (Teitelboim 203). Creada y editada por la dirigencia del Partido Comunista chileno, se pensó desde el principio como una revista cultural, plural y preocupada por el análisis y difusión de la cultura chilena en particular y de América Latina en general. Revista cuatrimestral, redactada en París y publicada en Madrid por Ediciones Michay y dirigida por Volodia Teitelboim, figura relevante dentro de las letras y dirigente histórico del Partido Comunista de Chile junto a Carlos Orellana quien, según algunos registros, sería el verdadero artífice de su historia (Bianchi "Por las ramas"). Se inaugura en 1978, publicando un total de 48 números hasta 1989, y su término coincide con el fin del exilio8. Contó en su comité editorial con Soledad Bianchi, Luis Bocaz, Osvaldo Fernández, Luis Alberto Mansilla y Carlos Martínez C. El diseño estuvo a cargo de Fernando Orellana. A poco andar, Carlos Martínez deja de formar parte del comité y en el N.º 9 se incorpora Alberto Martínez, en el 12 Julio Mondaca y a partir del 22 Leonardo Cáceres. Soledad Bianchi permanece hasta el N. º16 y en el 17 se incluyen Armando Cisternas y Omar Lara. Desde el N.º 33 (1986) la estructura editorial de la revista derivó en un comité de redacción permanente y en una larga lista de más de 50 consejeros y colaboradores de diversos espectros políticos y culturales, entre los que podemos destacar a Fernando Alegría, Mario Benedetti, Carlos Cerda, Alfonso Calderón, Clodomiro Almeyda, Nemesio Antúnez, Gracias Barrios, José Balmes, Eduardo Galeano, Gabriel García Márquez, por nombrar algunos.

Araucaria fue un potente centro de producción cultural de chilenos dentro y fuera del país que intentó recomponer la escena cultural quebrada por la dictadura. Sin por ello concebirse como revista del exilio, sino “’simplemente’, como una revista chilena y, por esta razón, siempre intentó acortar la separación que la dictadura quería hacer profunda e irremediable entre los exiliados y los de ‘dentro’” (15). La revista se asume desde el inicio como un intento de confrontar el llamado apagón cultural y el oscurantismo que copaba la vida de los chilenos,

… en el interior, donde privaban todavía el ensimismamiento y el miedo, y en el exterior, donde el Chile de la diáspora daba muestras de empezar a entender las ventajas que el extrañamiento puede ofrecer a la reflexión y la creación, superando los lastres de la frustración y la nostalgia (Orellana "Bitácora" 13).

En este sentido, acuñó en sus páginas la escritura del afuera, los modos del decir dependientes en gran medida de la experiencia concreta de la desarticulación social de una identidad previa, del extrañamiento social y colectivo al que fueron sometidos tanto los que fueron expulsados del territorio como los que quedaron marginados en su interior. Búsqueda de “una expresión exigente y unificadora de la intelectualidad chilena avanzada que vive dentro y fuera de las fronteras” (s/a "Editorial" 6). Esta pretensión es reafirmada una y otra vez en sus páginas, como en el Nº 8 de 1979 Orellana agrega: “Araucaria […] nació para contribuir junto a otras publicaciones, como Literatura chilena en el exilio, al reencuentro laborioso de la cultura interior y exterior” (Orellana "Dos años de Araucaria" 203)9. Con secciones que abarcaban diversas corrientes del pensamiento, supo dilucidar su tiempo. Algunas de ellas fueron “Nuestro tiempo”, “Exámenes”, “La historia vivida”, “Temas”, “Los libros”, “Notas de lectura”, “Crónica” y “Cartas al director”. Por ejemplo, la sección Textos reunió trabajos literarios y poéticos de escritores exiliados y del interior. Capítulos de la cultura chilena, coordinada por Luis Bocaz, dedicó cada número a un sector de la escena cultural como las artes plásticas, cine, música, teatro. Desde diversas disciplinas como la sociología, economía, filosofía, historia, literatura y arte, con diferentes registros narrativos como ensayos, poesía, cuentos, crónicas, testimonios o entrevistas, va mostrando la reflexión y la producción cultural del exilio chileno, “En el curso de esta corta existencia hemos intentado llenar los objetivos que nos propusimos desde nuestra primera entrega. Los problemas teóricos y prácticos de la cultura chilena y latinoamericana…” (s/a "Aniversario"). Atendió con profundidad la historia de Chile, desde la Independencia hasta extensos análisis del golpe de Estado y el desarrollo del fascismo, las condiciones de subdesarrollo y dependencia que asolaron el país durante su historia reciente. Abordó los abusos cometidos en Chile, con sendos testimonios de torturados, perseguidos y de los centros de detención que funcionaron como campos de concentración permitiendo comprender las formas de represión y tortura que sistemáticamente estaban ocurriendo en Chile. Cada número completa su índice con “Libros”, “Crónicas” y “Notas de lectura” que permiten una panorámica general del acontecer cultural tanto en Chile como en el extranjero. Finalmente, una sección singular, “Un millón de chilenos”, constituye un archivo de las experiencias y testimonios de una diáspora de chilenos que abarcó todo el planeta.

“Un millón de chilenos”: la experiencia del exilio

Al igual que la mayor parte de la escritura del exilio, Araucaria concentró su atención en el diagnóstico y difusión de un conjunto de producciones artísticas, análisis teóricos y relatos testimoniales que dieran visibilidad a la situación vivida en Chile. Sin embargo, el número 7 de 1979 se inaugura una nueva sección dedicada exclusivamente al problema del exilio “Es de esta realidad sin precedentes, lacerante, traumática, que Araucaria empieza a ocuparse a partir de este número. Y lo hace, organizando los materiales bajo el rubro que hemos denominado justamente así: Un millón de chilenos” (s/a "Editorial" 4). Aparece en solo tres números, comprendidos entre 1979-1980 y, pese a su fugaz existencia, permite comprender y reconocer la experiencia del exilio como una experiencia traumática que era preciso señalar, confrontar y compartir. En total, la sección estuvo conformada por 9 registros desde disciplinas distintas y también medios diversos. Entrevistas, cartas, datos estadísticos, análisis historiográficos, médicos y testimonios conforman un conjunto de voces que refieren al complejo escenario en el que vivieron los chilenos fuera del país. En todos ellos es posible reconocer un intento por confrontar el dolor de la existencia desmarcada de las condiciones sociales y culturales propias, modos de transmutar una experiencia emocional y existencial para convertirlas en acción reflexiva (Cassigoli 12) e intentos por destrabar la memoria de la experiencia misma de la fractura para dar cuenta de un presente adverso y, al mismo tiempo, tentativas para transmutarlo como condiciones de posibilidad o potencia.

En el caso de los relatos del exilio, podría decirse "que la condición de desamparo constituiría un rasgo distintivo y cuasi universal de los exilios […] Se compone de orfandad, aislamiento y desaliento vital" (16). Los relatos del exilio refieren a rupturas, interrupciones "biografías malogradas y vidas arrebatadas a un 'tiempo común'" (21) como expresión sintomal y no sintomática, diferencia que alude a una condición existencial y no meramente material y concreta. De allí que el exiliado debía superar primeramente esa condición pasmada y absorta que condiciona la ruptura y la experiencia traumática de detenciones y torturas sufridas previas al destierro. La dificultad para confrontar la experiencia del exilio a cinco años del Golpe, cuando muchos comenzaban a vivir una historia ajena mientras otros recién llegaban a tierras extrañas fue todo un desafío.

Superada la perplejidad, el exiliado comienza a habitar su propio destierro cuando se identifica con una experiencia más amplia que su vivencia particular, siendo capaz de reconocerse en la experiencia de los otros. La escritura y el relato de su propia experiencia se convierte en un elemento articulador de una pulsión que revitaliza pertenencias y reconstruye una memoria colectiva que, de acuerdo con Maurice Halbwachs se define como la memoria de los miembros del grupo, que reconstruyen su pasado a partir de sus intereses y marcos referenciales presentes. Halbwachs distingue la memoria colectiva de la historia por su carácter subjetivo, sin apelar a la universalidad: “La historia puede representarse como la memoria universal del género humano. Pero no hay memoria universal. Toda memoria colectiva tiene por soporte un grupo limitado en el espacio y en el tiempo” (Halbwachs "Memoria colectiva y memoria histórica" 217). Para la pervivencia del pasado el relato y la narración aparecen como un medio eficaz de hacer visible un conjunto de experiencias que han permanecido silenciadas por su fragmentación temporal y espacial que, en conjunto con otras voces, van articulando una experiencia común que identifica a un grupo: “Es una corriente de pensamiento continua, con una continuidad que no tiene nada de artificial, puesto que retiene del pasado solo lo que aún está vivo o es capaz de vivir en la conciencia del grupo que la mantiene” (Halbwachs La memoria colectiva 81). Por tanto, para recomponer experiencias y recuerdos, no solo basta el recuerdo individual, se requiere la memoria del otro, el relato en el que me identifico y me siento retratado.

Pero nuestros recuerdos siguen siendo colectivos, y son los demás quienes nos los recuerdan, a pesar de que se trata de hechos en los que hemos estado implicados nosotros solos, y objetos que hemos visto nosotros solos. Esto se debe a que en realidad nunca estamos solos. No hace falta que haya otros hombres que se distingan materialmente de nosotros, ya que llevamos siempre con nosotros y en nosotros una determinada cantidad de personas que no se confunden (La memoria colectiva, 26).

Pensar el exilio es por tanto recomponer el pasado de la pérdida y reconocer en el presente común las raíces de esa ausencia. La memoria colectiva articula un registro que permite la cura desde la conciencia de su padecimiento. La experiencia traumática pueda ser compartida con otros, señalando en cada palabra el deseo de sentirse parte de una experiencia vital colectiva, de una travesía de desventura, de un naufragio común. Las revistas contribuyen por tanto, como señalan Herrera y Pertuz a la “recomposición de los lazos sociales quebrados y a la reconfiguración de las subjetividades” (147), lo que en el caso de esta sección, abre un espacio para pensar el presente del exilio casi olvidado ante la necesidad de testimoniar los abusos de la dictadura.

A excepción del estudio psico-social de Alfonso González Dagnino y el análisis histórico de Héctor Fernando Abarzúa, ambos publicados en la primera versión de la sección, prevalece el carácter testimonial de los relatos de exiliados en Europa occidental. Desde esta circunscripción en un tiempo limitado de los primeros años del exilio y de un espacio geográfico específico, las narrativas que presenta esta sección dan cuenta de un momento cercano al Golpe, en muchos casos de la tortura, la prisión y las exoneraciones, que los despojaron previamente de sus coordenadas y que intentarán ser reconstruidas en el exilio. El tono sufriente de los relatos contrastará con periodos posteriores donde el retorno se hace posible y al mismo tiempo se afianzan los procesos de adaptación. Son testimonios que manifiestan sensaciones, miedos y esperanzas, que aparecen en el registro de una entrevista, en cartas enviadas a familiares, en relatos autobiográficos y donde se van repitiendo insistentemente ciertas pulsiones. Con el objeto de sistematizar estos registros, en el siguiente apartado se propondrá un análisis de estas narrativas en el que podemos destacar al menos tres dimensiones del exilio que aparecen insistentemente: desarraigo, culpa y aprendizaje.

El desarraigo

Tanto los escritos teóricos como los testimonios que componen la sección refieren a una sensación permanente de abandono y pérdida, que implica tanto la pérdida de las coordenadas materiales (de amigos, familia, el barrio, la cordillera) como también de un proyecto colectivo compartido que fue interrumpido por el Golpe. Este corte configura un estado permanente de nostalgia, donde el desamparo y el miedo constituyen rasgos distintivos y recurrentes que decantan en un permanente estado de enfermedad. La condición existencial de desarraigo se presenta como una constante desde la entrevista a Rafael Agustín Gumucio, fundador de la Izquierda Cristiana exiliado en París que aparece en el número 7 hasta el conjunto de testimonios que Eugenia Neves reúne en el último número 9 donde termina la sección. Relatos que manifiestan el dramatismo de vidas interrumpidas de su cotidianidad, desplegando biografías quebradas, que no tuvieron tiempo suficiente para reconocer la pérdida, lo que los mantiene en un constante no-lugar, incapaces de identificarse con ese otro espacio que le tocó habitar fuera del país de origen. En la entrevista que realiza Luis Alberto Mansilla a Rafael Agustín Gumucio se hace referencia a esta confirmación permanente de la ausencia:

Los exiliados no vivimos en verdad en París, como no vivimos en Londres, ni en Nueva York, ni en Caracas. En realidad, vivimos en Chile. Es nuestro tema permanente, nuestra neurosis, nuestra obsesión. Nos reunimos a comer empanadas de horno o pastel de choclo. Y hablamos de las calles de nuestras ciudades como si estuvieran a la vuelta de la esquina, y los personajes de nuestra vida cultural o política como si fueran los únicos que existen en el mundo. Es difícil que nos integremos. Nos sumergimos en una monotonía artificial y padecemos de todas las enfermedades de la ausencia (Mansilla 97).

Precisamente el siguiente relato que compone esta primera sección titulada “Mal de ausencia”, la escritora y periodista Virginia Vidal testimonia el pathos en el que deambula fantasmagóricamente el expatriado: “Estoy cansada y enferma. Tan cansada como si hubiera vivido mil años. Estoy enferma desolada. Esa es una enfermedad que nos ataca a todos los chilenos en el exilio” (Vidal 137). Enfermedad de nostalgia permanente, de una ausencia obligada provocada por el desmembramiento de un cuerpo colectivo esparcido tanta en Chile como en el extranjero. “¿Cómo expresar lo que se siente en estas circunstancias? Lo más gráfico sería que el piso se ablanda” (138). El desarraigo significa perder el suelo que afirma, la consistencia de lo cotidiano y vital al mismo tiempo que construye la historia de un sujeto es lo que disuelve el exilio. Vidal identifica la trayectoria de ser otro en un ambiente hostil, y al mismo tiempo la pérdida de identidad gradual, que se va haciendo cada vez más residual, “No pertenecemos al grupo de “los nuestros”. Somos “otros” y estamos conscientes de la “otredad”. ¡Y sucede que cuando nos llegan a tratar como “nuestros” solemos rescatar nuestra condición de “otros”! (Vidal 140) Vidal reconoce en la nostalgia el espejismo de un país que no existe.

En los testimonios reunidos por Eugenia Neves10 donde la sensación de un padecimiento corporal es una y otra vez mencionado: “Yo he vivido el exilio como una enfermedad” (167). Es desde esta “enfermedad de la ausencia” que emerge la nostalgia como estado permanente que captura al exiliado, un pasado al que la conciencia se aferra con la esperanza de preservar una identidad quebrada. “Todo lo que cada uno de nosotros había venido haciendo terminó abruptamente ese día del Golpe, como si nos hubieran puesto a todos un cartel que decía que todo lo que tú has hecho no sirve para nada o no sirvió para nada” (Neves 165). Porque una de las formas más eficaces y extremas de privar a los humanos de su humanidad es despojarlos de todo cuanto hace del mundo una morada, un lugar habitable para ellos.

En un estudio realizado por Katia Reszczynski11, María Paz Rojas12 y Patricia Barceló titulado13 “Exilio. Estudio médico-político”14 que abarcó el seguimiento de 80 ex-prisioneros políticos, de 57 que llegaron al exilio, cuatro hombres lo hicieron como consecuencia de sus reacciones de pánico y terror frente a la experiencia de tortura y dos de ellos se asilaron. Los demás recurrieron al exilio cuando el acoso político, la lucha por sobrevivir, el desaliento, el riesgo, las enfermedades propias o de sus familiares los habían acorralado. El estudio destaca que los sentimientos primordiales fueron de dolor, tristeza, desgarramiento, fracaso total, pena inconmensurable o desesperanza. Todas estas consecuencias de la tortura, de confinamientos previos y del exilio funcionaron como sistema de coerción con el objetivo de destruir la subjetividad. El exilio conforma un conjunto de variables que afectan al sujeto, entre las que las autoras destacan:

  • Vivir una vida impuesta, no escogida, en un medio ajeno y extraño;

  • - estar adherido a un pasado que conserva su profundo significado;

  • - no tener antecedentes ni biografía, no ser nadie en el nuevo país, desconociendo además la lengua en la mayoría de los casos;

  • - haber perdido los esquemas geográficos y las orientaciones témporo-espaciales ambientales y personales;

  • - no comprender y muchas veces no estar de acuerdo con las motivaciones y las formas de lucha de las organizaciones de izquierda del país de refugio;

  • - estar alejado de sus propios intereses e inquietudes (Reszczynski, Rojas y Barceló, 110).

De todos los testimonios reunidos en este estudio, solo uno de ellos considera la experiencia del exilio como positiva. Para todos los demás, en cambio, “esta etapa generaba la compleja diversidad de sentimientos que significa una derrota” (113). Esta “despertenencia” e impotencia de poder asumir una acción más decisiva frente a la lucha contra la dictadura, hace que el exiliado viva siempre en un no-lugar: “El exiliado mantiene sus raíces en el país de origen, pero no puede alimentarlas y, al mismo tiempo, está imposibilitado de sembrarlas en su refugio: el desarraigo es total” (121).

Finalmente, los estudios médico-sociales enfatizan el trauma y quiebre no solo sicológico producto del exilio, sino que se suman a la experiencia previa de la detención en campos de concentración y la tortura. La experiencia del trauma se incorpora, en el sentido de hacerse cuerpo en los sujetos fragmentados y cercenados por el aislamiento y la pérdida de las coordenadas vitales en las que habitaron, por lo que las condiciones de posibilidad de la experiencia del exilio resultan excepcionales. Diferente es lo que se puede cotejar de los hijos de exiliados que con el pasar de los años comienzan rápidamente a vivir procesos de integración a los países de acogida que neutralizan significativamente los elementos negativos que significaron todas las experiencias traumáticas de sus padres15.

La culpa

Siendo el desarraigo uno de los rasgos que podemos reconocer, una segunda dimensión es la de la culpa. Si la primera dimensión consiste en la pérdida y la nostalgia de un tiempo perdido, la segunda dimensión que puede identificarse en la sección está marcada por la resistencia al presente y a su adaptación, que se observa como traición y olvido. Porque el desarraigo como quiebre implica la percepción de una pérdida gradual de la identidad enquistada en lugares y compañías, en filiaciones compartidas y territorios habitados con los otros. La evidencia de vivir en un lugar que no le pertenece junto a la necesidad de comenzar a habitar el exilio, volver la mirada hacia el lugar de acogida genera un conjunto de rasgos que se asocian a la culpa, como destaca el estudio médico-político anteriormente mencionado. Allí se especifican algunas de las razones de su persistencia, entre las que se destacan:

  • - el abandono obligado del país;

  • - la separación de su medio ambiente habitual;

  • - abandonar al resto de sus compañeros detenidos en los campos de concentración;

  • - dejar las pequeñas y grandes actividades de resistencia contra la dictadura;

  • - dejar a sus compañeros y familia viviendo bajo la dictadura;

  • - el sentimiento de ya no ser el mismo y ser de ahora en adelante un refugiado político;

  • - tener que comenzar "todo" de nuevo en un país desconocido y extraño (8, 114).

Resistirse a la pérdida de estas condiciones materiales y simbólicas que articulan la vida social y familiar acrecienta la permanencia de la nostalgia, como intento de preservar una identidad quebrada, haciendo más difícil la posibilidad de adaptación a su nueva realidad, que se observa como traición y olvido. “Aquí todo es transitorio. Se enrostra al que disfruta el aquí y ahora como a un traidor” (Vidal 141).

La inestabilidad que genera la pérdida de las coordenadas básicas se manifiesta en el rechazo a la adaptación que permite seguir siendo los mismos. Obstinación que rehúsa ser el otro, el de afuera, el que ya no pertenece a la comunidad imaginada de un Chile golpeado. Allí el extravío es una de las sensaciones registradas reiteradamente, el sentirse extraño y completamente ajeno del presente, lo que profundiza la ensoñación del pasado y de un Chile que se preserva en las casas de los chilenos. En una entrevista realizada por el sociólogo Arturo Montes a una pareja de campesinos comunistas chilenos exiliados en Francia, se manifiesta la constante contradicción que viven por anhelar Chile por un lado y asumir el exilio, reconociendo la dificultad de conciliar estos dos mundos:

Ella se resolvería quizá si nos olvidásemos de nuestro país y nos integrásemos de lleno en la sociedad francesa, pero a ningún compañero va a ocurrírsele hacerlo, por su conciencia política y sus responsabilidades. O podría resolverse si cerramos los ojos a la vida real y nos hacemos un falso Chile entre los cuatro muros del departamento, cosa que también es negativa. (s/a "Chiloé desde Lyon" 161).

Pero el tiempo se estanca y se detiene, y la dictadura, esa que iba a caer rápidamente, comenzó a asentarse y la pesadilla no termina para los que seguían afuera esperando que algún día pudieran volver a recuperar sus vidas, resquebrajadas por la premura de un presente que los obligaba a adaptarse.

Los relatos muestran cómo el tiempo se detiene en el exilio porque sus vidas no dependen de la experiencia concreta del presente, sino del recuerdo del pasado, de sus lazos perdidos, de sus representaciones y costumbres trastocadas por vidas ajenas, por idiomas y palabras que no reconocen, por formas y hábitos que les son ajenos y que, pese a reconocer muchas veces sus méritos, no es posible aceptarlas pues eso significaría renunciar a su propia existencia:

Pero en ningún momento yo he hecho planes para integrarme aquí, en ningún momento. Yo me sigo sintiendo un sujeto de paso, viviendo algo provisorio, con las maletas a medio hacer, ahora quizá no tanto, pero sí hubo un momento que estuvimos con las maletas a medio hacer, que solo faltaba cerrarlas (Neves 159).

El exilio como aprendizaje

Pese a las consideraciones negativas que implicó el exilio, también surgen voces en la sección “Un millón de chilenos” que reconocen sus potencialidades. La diseminación de investigadores y experiencias comunes del desarraigo, confirman una trayectoria que es posible reconocer y compartir, ampliando sus fronteras hacia los países de acogida. Acceder a fuentes inagotables en países que han dedicado años a la compilación de fuentes primarias sobre países periféricos como Chile, permitiría en conjunto con un modelo de colaboración y reciprocidad ampliar el horizonte de conocimientos sobre la experiencia de un país y la pervivencia de sus sobrevivientes que deambulan por los más diversos rincones del planeta. Si bien el análisis histórico no basta para comprender el fenómeno del exilio, su carencia dificulta sin duda su aproximación. Héctor Fernando Abarzúa propone tres niveles de lo que sería una historia del exilio chileno. Un primer nivel son los textos políticos, los análisis y denuncias publicados en libros o revistas. Un segundo nivel estaría compuesto por el conjunto de expresiones artísticas y, finalmente, la historia privada, “del relato oral o escrito de la propia experiencia, de la vida del trabajo y del estudio, de las dificultades y peculiaridades de la adaptación social y cultural, de la educación de la familia” (Abarzúa 155). Dar cuenta de la historia del exilio en estos tres niveles es precisamente lo que podemos lograr con los materiales reunidos en las revistas del exilio en general y en Araucaria en particular.

Dentro de estas historias, es posible reconocer otras experiencias vitales de los países de acogida y también de exiliados provenientes de otras partes de América que sufren similares condiciones de violencia política, dando lugar a un cuestionamiento a la condición de excepcionalidad de la identidad chilena: “Deberíamos haber hecho al revés, deberíamos haber estado en el exilio primero y luego haber hecho la Unidad Popular. ¡Si éramos tan incultos!” (Neves 167). El exilio comienza a convertirse en un espacio de aprendizaje, que rompe el patriotismo y regionalismo que configura una identidad inédita: “Una muchacha escribía: ‘¿Se ha fijado, tía, que la gente se pone huevona en el exilio? Yo no tengo muy claro esto; a lo mejor éramos todos huevones en Chile, pero como había diez millones de habitantes no se notaba tanto’” (Vidal 141). Estos dos relatos dan cuenta no solo de un cuestionamiento de la propia cultura, sino también de cómo comienza a ampliarse la percepción de formar parte de un conjunto más amplio que se identifica con Latinoamérica. “Tampoco teníamos una conciencia latinoamericana. Ese es el gran aporte del exilio. Aquí hemos empezado a tomar una conciencia latinoamericana” (Neves 168). La dimensión latinoamericana reconfigura positivamente el exilio permitiendo resignificar la pérdida por un reconocimiento identitario colectivo mayor que lo sitúa ante la posibilidad efectiva de recomponer su historia al insertarse en un registro más amplio que la mera condición nacional, “Ha crecido mucho en mí la latinoamericanidad y eso lo adquirí aquí, en París. Es una de las adquisiciones del exilio: el recuperar mi patria en una dimensión más amplia y no tan provinciana” (9, 162).

Conclusiones

El espacio-tiempo fragmentado de la historia chilena, se ramifica en diversas formas en el exilio. Su articulación en la escena nacional es indispensable para proponer futuros posibles que rompan con exclusiones asumidas por la fuerza y el miedo. La crítica no ha sido capaz de abordar hasta ahora la profundidad de lo que significó la movilización de un sector importante de la población y las hibridaciones culturales, políticas y sociales que esto produjo tanto en los países de acogida como en Chile.

El exilio es un drama, y el chileno tiene una gravedad y dimensiones cuantitativas y cualitativas que aún no estamos en condiciones de ponderar con exactitud, pero es también una aventura y una epopeya, una de las más grandes y más importantes en la historia del pueblo chileno. (Abarzúa 155).

De la misma manera, Alfonso González-Dagnino afirma como necesaria una confrontación ante la experiencia del exilio “No hay alternativas para esta batalla. El exilio es un desafío total, y solo puede enfrentarse con éxito asumiendo su realidad hasta el fondo, la verdad también total. Escabullirse es destruirse; lo hemos aprendido estos años” (117). Uno de esos desafíos que presenta el exilio es asumirlo como parte de la derrota y no solo el abandono momentáneo del país, sino la condición de pérdida y desalojo donde el exilio constituye su culminación. Si bien su tratamiento es teórico, lo que pretende es hacer de su compresión una condición necesaria para superar sus padecimientos y prevenir los trastornos del exilio. El autor señala cuatro etapas definidas que constituyen el proceso tortuoso hacia la integración. Una primera etapa de desconfianza, que consiste en la toma de conciencia de su situación y la latencia de una posible solución o bien el derrumbe. La segunda etapa de Despreocupación o indiferencia, condición de desafección hacia el mundo y la aceptación aparente del devenir. Una tercera etapa es de Desaliento y depresión, caracterizada por la condición de desarraigo, de ser arrancado de su vida y su historia generando una sensación de extranjería y errancia. Finalmente, la última etapa de Integración Crítica, que acepta las nuevas condiciones de vida, incorporándose a la vida social del país de acogida “sin renunciar, no obstante, a la identidad nacional, a la cultura nacional” (132)

El conjunto de expresiones artísticas y culturales junto al trabajo político partidario desarrollados en el exilio y su comunicación permanente con el interior, mediatizada por revistas culturales como Araucaria, permitieron sostener una memoria colectiva, conjunto de recuerdos cuyo soporte son grupos sociales y redes de relaciones conectadas en circuitos de comunicación. Tramas de la memoria que se conectan entre sí, ya sea como discurso de expertos, relatos locales o narrativas personales, que siempre se refieren a memorias, diversas y heterogéneas que, en su conjunto, permiten reconstruir la experiencia del exilio.

El carácter inédito de la sección que abordamos en este trabajo, limitada en el tiempo en los tres números en que aparece y la diversidad de voces y registros que allí se convocan nos lleva a pensar que el ejercicio de autorreflexión y de mirarse en el espejo del presente, constituye un gesto de una magnitud profundamente afectiva y dramática, aunque necesaria. Su corta existencia pudiera estar definida precisamente por el tono esencial de la revista, que fue “no concebirse jamás como revista del exilio sino, ‘simplemente’, como una revista chilena y, por esta razón, siempre intentó acortar la separación que la dictadura quería hacer profunda e irremediable entre los exiliados y los ‘de adentro’ (Bianchi "Por las ramas" 15). Araucaria nace y se desarrolla como una revista destinada a pensar la cultura nacional y su carácter unificador para confrontar precisamente la distancia entre el adentro y el afuera. La mirada de Araucaria es hacia Chile, hacia su historia y su cultura en clave latinoamericana. “Un millón de chilenos” ahonda en el dolor y las esperanzas de chilenos en el exilio y su permanencia abre espacios para potenciar el quiebre que la dictadura terminó consolidando, entre el exiliado y el que quedó varado en el Chile oscuro y totalitario.

Financiamiento

Este trabajo forma parte del proyecto de investigación FONDECYT N.º 11170554 “Chile peregrino: las revistas literarias y culturales en el exilio” .

Referencias

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1En materia externa, podemos encontrar “presiones internacionales y bilaterales, incluso […] a la investigación y al proceso seguido en Estados Unidos por el asesinato de Orlando Letelier, realizado por agente de la DINA en Washington, y a la anunciada visita de una comisión investigadora de la ONU” (451). Mientras que, a la interna, este proceso respondió a ciertas coyunturas vivenciadas al interior del gobierno militar, y también a “las incesantes denuncias de la Iglesia Católica sobre la represión política” (451).

2La Amnistía de 1978 tenía zonas grises que se prestaban a interpretación, cuestiones que se reflejaban en su redacción, no dando claridad “respecto a los beneficiarios, de la razón de haber sido excluidos o no ciertos delitos, y de la condición de los exiliados" (457). Respecto a esto, el historiador Igor Goicovic indica que dicha Ley de Amnistía “mediante [la] cual todos los delitos que involucraban causalidades políticas o colaterales con la misma (robos, asaltos, secuestros, etc.), cometidos entre septiembre de 1973 y septiembre de 1978, quedaban sin sanción" (Goicovic, 57), fue utilizada principalmente por las Fuerzas Armadas y agentes de organismos de seguridad vinculadas a Violaciones a los DD.HH.

3Pese a estas declaraciones el sistema de “exclusión del mal” “mediante destierros y represión selectiva fue reconfirmado durante 1981” (467), mismo periodo en que en una columna de la revista Hoy, Eduardo Frei Montalva escribió bajo el título "Sería un gran paso", “un llamado a considerar la situación de los exiliados como un signo de reconciliación" (467).

4La falta de interés por recuperar estos documentos se evidencia en que ninguna de esta revistas se encuentran en Chile. Sin embargo, gracias a una estadía en Cuba pude acceder a una abundante colección de revistas que ha conservado la hemeroteca de Casa de las Américas, entre las que se encuentran las mencionadas.

5Cabe destacar que los estudios sobre revistas en el exilio son pocos y no dan muchas luces para identificar las trayectorias que estas revistas tuvieron en los procesos de difusión y construcción de organizaciones sociales y políticas de chilenos en el exilio. Podemos destacar el artículo de Carlos Orellana “Revista a las revistas chilenas del exilio (1973-1990)”, el libro "L": memoria gráfica del exilio chileno: 1973-1989 de Estela Aguirre y Sonia Chamorro, “El exilio chileno: río profundo de la cultura iberoamericana” (Norambuena) de Carmen Norambuena y “Entre linternas viajeras y barcos de papel: las revistas del exilio chileno y su lugar en la configuración de subjetividades” de Martha Cecilia Herrera y Carol Pertuz Bedoya. Otro trabajo en torno a las revistas políticas del exilio y su relación con Chile es el de Cristina Moyano “Diálogos entre el exilio y el interior. Reflexiones en torno a la circulación de ideas en el proceso de renovación socialista, 1973-1990”.

6Según consigna la revista Fascismo en Chile, en un informe de Richard Fagan, de la Universidad de Stanford, presentado a un sub-comité del congreso norteamericano en 1974, desde septiembre de 1973 el 60% de los profesores universitarios habían sido obligados a renunciar, lo que se acrecentó en los años siguientes. Gran parte de ellos fueran exiliados y un número no menor tuvieron que emigrar debido a la imposibilidad de continuar su trabajo en nuestro país. De acuerdo a los testimonios recogidos en la reunión de profesores latinoamericanos de Bogotá, en defensa de los centros de enseñanza superior en Chile, Juan Marinello, miembro del Consejo Ejecutivo de la UNESCO denuncia un discurso el 16 de septiembre de 1975 que en 1970 en Chile la matrícula universitaria era de 70.000 estudiantes y en 1974 se había convertido en la más baja de América Latina: “La militarización obtusa y regresiva de la alta docencia ordenada por el decreto-ley nº50 que sustituye a los rectores por delegados de la Junta, indica una etapa de ataques sin escrúpulos a la universidad chilena” (Marinello, 5). La destrucción de las universidades púbicas contribuyó por tanto a la indefensión material del mundo cultural y científico tanto como a la del cuerpo social popular que fue violentamente reprimido. Al interior del país la situación se hacía cada vez más insostenible para los trabajadores de la cultura. Precisamente por la fuerte relación de los escritores, artistas y académicos con el proyecto cultural de la Unidad Popular, su desarticulación fue absolutamente necesaria para la dictadura militar.

7Un primer número se edita en la ciudad obrera de Concepción-Chile, en junio de 1973.

8El mismo Orellana diría años más tarde “una publicación termina cuando termina las condiciones que la generan”.

9Uno de los estudios más acabados en torno a la relación entre Araucaria de Chile y Literatura chilena en el exilio, enfocado fundamentalmente en la función del intelectual como articulador de una resistencia es el libro de Raphael Coelho Neto Exílio, intelectuais, literatura e resistência poítica nas revistas Literatura Chilena e Araucara de Chile (1977-1989)

10Profesora de literatura. Trabajó en la Universidad Paul Valéry (Montpellier, Francia). Este artículo corresponde a una selección de textos de un libro inédito que fue publicado en 1987 titulado En París de fantasma (Ed. Cantalao, Santiago, dos tomos). La obra está basada en las conversaciones sostenidas con 50 exiliados chilenos residentes en París: 25 mujeres y 25 hombres, de edades entre 21 a 70 años, militantes de todos los partidos políticos de la izquierda chilena, de profesiones y clase social diferentes.

11Fue detenida el 17 de septiembre de 1974, siendo llevada la casa de tortura en Londres 38. Fue exiliada a Francia hasta el año 1987 donde desarrolló un profundo trabajo comprometido con el tratamiento de secuelas de tortura tanto de víctimas como de familiares. Su obra también tuvo expresión en la literatura “Tortura y Resistencia en Chile: Estudio Médico” y con el trabajo práctico en el Comité de Defensa de los Derechos del Pueblo, CODEPU.

12Tras el golpe de Estado, María Paz Rojas se incorporó al Comité Pro-Paz para prestar atención especializada a víctimas y familiares de la represión. Mientras impulsaba esas acciones la represión obligó a la médico-neurosiquiatra a abandonar temporalmente el país. En el exilio se dedicó a la investigación del impacto de la tortura en las víctimas, sus familias y la sociedad. En su retorno al país se integró al CODEPU en 1982, constituyendo un equipo multidisciplinario que prestaba atención médica especializada a las víctimas de la represión.

13Médico, detenida en junio de 1974 y llevada a Londres 38 y Villa Grimaldi. Luego de pasar por Tres Álamos, en 1975 se fue a Francia, donde permaneció hasta 1990.

14Este estudio sería un fragmento de un capítulo del libro inédito titulado Acaso la muerte tiene dos nombres. Estudio médico-político. Sin embargo, a la fecha no hemos podido corroborar si el libro finalmente se publicó, aunque en 2003 la misma María Paz Rojas junto a Viviana Uribe, María E. Rojas, Iris Largo, Isabel Ropert, Víctor Espinoza publicaron Páginas en blanco. El 11 de septiembre en La Moneda, (Edición electrónica Equipo Nizkor. UE, 2003) donde un capítulo se titula precisamente “Acaso la muerte tiene dos nombres”. Disponible en http://www.derechos.org/nizkor/chile/libros/blanco/index.html

15En el caso de los hijos de exiliados en Quebec, José del Pozo afirma: “Para nadie es un misterio que los hijos de inmigrantes o de refugiados tienden a la integración en mucho mayor medida que los padres. Esto es comprensible, tanto más si a ello se agrega que muchos niños o jóvenes no entendían por qué debían asistir a reuniones donde se hablaba de cosas que ellos no habían vivido y que a menudo podían revivir recuerdos dolorosos o donde se empleaban palabras y conceptos que ellos no comprendían” (Pozo, 9).

Received: March 02, 2020; Revised: September 15, 2020; Accepted: November 20, 2020

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