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Revista chilena de literatura

versão On-line ISSN 0718-2295

Rev. chil. lit.  no.102 Santiago nov. 2020

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-22952020000200189 

En diálogo con las literaturas de América Latina

“Bajo el exterior de un pobre provinciano...”. Martín Rivas, de Alberto Blest Gana

“Bajo el exterior de un pobre provinciano...”. Martín Rivas, by Alberto Blest Gana

Grínor Rojo1 

1Universidad de Chile. Chile

Resumen:

Convergen en esta lectura de Martín Rivas tres líneas de interpretación. La primera la proporciona el contexto histórico-social chileno de mediados del siglo XIX, que no solo determina la novela sino que está presente en su interior, por ejemplo en su develamiento de la estructura de clases de la época. La segunda línea surge de la confrontación seria de la novela de Blest Gana con sus antecedentes en la novelística europea de la primera mitad del siglo XIX: Scott, Stendhal y Balzac principalmente. La tercera línea, reconociendo el valor de los aportes de la crítica previa, Latcham, Goic, Kirkwood y Faletto, Araya, Concha, Hosiasson, Montes, Salerno y varios más, intenta despejar los equívocos concernientes a la composición de la obra, siendo el principal de ellos el relativo a su eje central, el que a mi juicio no está constituido por las vicisitudes “del corazón” del joven Rivas sino por el proceso de su instalación y ascenso social en un Santiago premoderno pero ya en camino hacia la modernidad.

Palabras clave: Estudio social; Novela de aprendizaje; Espacio público premoderno; Espacio público moderno

Abstract:

Three approaches of interpretation converge in this reading by Martín Rivas. The first is provided by the Chilean socio-historical context of the mid-nineteenth century, which not only determines the novel, but is present within it, as seen in its unveiling of the class structure of the time. The second approach arises from the serious confrontation of Blest Ganaʼs novel with its antecedents in the European novels of the first half of the 19th century: Scott, Stendhal and Balzac mainly. The third approach, recognizing the value of the contributions of previous criticisms by Latcham, Goic, Kirkwood y Faletto, Araya, Concha, Hosiasson, Montes, Salerno and several others, tries to clear up the misunderstandings related to the composition of the work, the main one being with respect to its central axis. In my opinion this is not constituted by the vicissitudes “of the heart” of young Rivas but by the process of his entry and social ascent in a pre-modern Santiago which was already on its way to modernity.

Keywords: social study; coming of age novel; public premodern space; public modern space

1

Para esta lectura de Martín Rivas, la novela de Alberto Blest Gana, hay una docena de datos que me parece importante señalar: i) a partir de 1844 fue cuando la economía de nuestro país empezó a basarse, fundamentalmente, en sus exportaciones; ii) entre 1844 y 1860, el valor de esas exportaciones se cuadruplicó; iii) las exportaciones eran mineras algunas, cobre, plata y oro, provenientes de la minas del Norte Chico, y las otras agrícolas, trigo, harina y otros alimentos, de los fundos del Valle Central; iv) la “fiebre del oro” comienza en California el 22 de enero de 1848, cuando James Marshall encuentra algunas pepas en un río del distrito de Coloma, desatándose desde ese momento la estampida de los buscadores del metal e intensificándose paralelamente los envíos de comestibles chilenos a lo largo de la costa del Pacífico. Según cifras de Francisco Antonio Encina, las exportaciones de Chile a California, de trigo, harina y demás, aumentaron diez veces en tres años, entre 1848, por un valor de $250.195 (pesos chilenos), y 1850, por un valor de $2.445.868 (Encina, Historia de Chile, vol. 26 116); v) la extensión real del país, o sea hasta donde se podía decir que existía en él un control estatal efectivo, tanto del territorio como de la población, va de Copiapó al Bío-Bío hasta después de la Guerra del Pacífico y la mal llamada Pacificación de la Araucanía. Al norte de Copiapó, la tierra les pertenece a los bolivianos y a los peruanos; al sur del Bío-Bío y hasta 1882, a los mapuche. Más al sur aún, está la Patagonia inmensa y prácticamente inexplorada; vi) crece Valparaíso por razones obvias. Hacia 1850 tiene ya alrededor de 50.000 habitantes y es el puerto principal del Pacífico sur; vi) conectados con la economía exportadora, aparecen entonces en Chile nuevos grupos empresariales, que les disputan el predominio económico, social y político a los viejos terratenientes de ascendencia vasca, quienes se habían erigido en la élite oligárquica chilena en el siglo XVIII, aun cuando, debido al éxito que obtienen los recién llegados (los advenedizos) y al prestigio social que les otorga la posesión de la tierra, acabarán convirtiéndose, también ellos, en terratenientes, casando a sus hijas con los hijos de los latifundistas antiguos (o a la inversa) y dando así nacimiento a la élite latifundaria castellano-vasca que satura los poderes del Estado hasta hoy; vii) la presencia británica y su desplazamiento, desde meros comerciantes en Valparaíso a empresarios mineros en el Norte Chico, es, asimismo, merecedora de nuestra atención; viii) aumenta, igualmente, a causa de la expansión económica, la burocracia estatal; ix) Santiago tiene en 1850 unos 60.000 habitantes y el país 1.400.000 aproximadamente (el censo de 1854 registró 69.018 habitantes para Santiago y 1.439.120 para todo el país); x) según ese mismo censo, el porcentaje total de alfabetización era entonces de un 12.8 por ciento en la población mayor de cinco años, 15.2 por ciento en los hombres y 10.4 por ciento en las mujeres; xi) la Sociedad de la Igualdad, cuna del protosocialismo chileno, que se había fundado en Santiago el 14 de abril de 1850, con unas dos docenas de adherentes, es atacada por la policía el 19 de agosto y clausurada definitivamente por decreto el 9 de noviembre de ese año; y xii) el 19 y 20 de abril de 1851 estalla en Santiago el “motín de Urriola” (en el que participan Martín Rivas y su amigo Rafael San Luis en las páginas finales de la novela de Blest Gana junto con otros jóvenes influidos por las barricadas del 48 en Francia), al que siguen otros estallidos en La Serena, el 7 de septiembre, en Concepción, el 13 del mismo mes, y en Punta Arenas, el 24 de noviembre. Para algunos, una “revolución”, que por lo que aseguran los historiadores es el golpe más severo que los liberales les asestan a los conservadores desde la batalla de Lircay, en principio con la intención de impedir que estos elijan presidente a Manuel Montt y se perpetúen así en el poder. Pero los liberales fracasan, el levantamiento de abril es sofocado y las acciones regionales terminan con la batalla de Loncomilla los días 8, 9 y 10 de diciembre. El conservador Manuel Montt ya había sido elegido presidente en la elección del 25 y 26 de julio y asumido su cargo el 18 de septiembre. Esto significa que los liberales sufrieron su última derrota en los primeros meses de su mandato.

Este es pues Chile y este es Santiago de Chile, a partir de “julio de 1850”, cuando comienzan a tener lugar los sucesos (ficticios, ¡cómo no!) que se narran en Martín Rivas, y que se extienden a lo largo de quince meses, hasta octubre de 1851 (Blest Gana) 1 . Por lo menos, este es el aspecto de la sociedad chilena en aquella época conforme un puñado de datos históricos básicos y que, como hemos visto, son coincidentes con los que entrega la novela. Esta, que se publicó en 1862, trae, y no por casualidad, un subtítulo: “novela de costumbres histórico-sociales”. Borrado con frecuencia, en muchas de sus múltiples ediciones –y yo sospecho que tampoco en tales ediciones por casualidad–, me interesa recobrarlo en este ensayo y vincularlo con las varias oportunidades en que el narrador califica su relato de “estudio social”.

Sé, por supuesto, que en el subtítulo de marras convergen dos géneros narrativos decimonónicos, la “novela de costumbres” y la “novela social”, de impronta romántica el primero y realista el segundo, así como sé que la novela social es la consecuencia de una “transición”, de la que el punto de partida es la “novela histórica”, según lo estableció Lukács apoyándose en el modelo canónico de sir Walter Scott 2 , en tanto que el punto de llegada lo constituye la historización de la actualidad cotidiana en el realismo de la Comédie humaine de Balzac, cuyos ochenta y siete volúmenes se publicaron entre 1830 y 1848 y que el escritor chileno conocía muy bien, hasta el punto de haber manifestado su intención de emularlos a escala nacional (Concha, “Martín Rivas…” 26) 3 . Tiene razón Ricardo Latcham entonces cuando dice que “el novelista chileno tomó del ejemplo de Balzac mucho más de lo que dejan trascender los documentos manipulados por sus exégetas nacionales” (34) 4 . No exclusivamente, sin embargo. Domingo Amunátegui Solar, el mismo Latcham, Jaime Concha (“Alberto Blest Gana” 139) y otros han reparado en la necesidad de tener en cuenta las lecturas juveniles de Blest Gana, que por sus raíces familiares fueron de narradores de lengua inglesa, lecturas esas del propio Scott y de Charles Dickens. Especialmente de Scott, yo diría y, aún más precisamente, de la serie de Waverly. No obstante, una cosa es saber que esto es así y otra es tomárselo en serio.

No hay que confundir las consecuencias con las causas: el eje de la sintaxis narrativa de Martín Rivas son las acciones concernientes al proceso de la instalación en Santiago de su joven protagonista y al seguimiento que al narrador le permite ese proceso de las características de la estructura social que irá rodeando al personaje, y no las relativas al avance de sus amores con la bella y altiva Leonor. Con posterioridad a su traslado desde Copiapó, muchas de las acciones en que el joven Martín se ve envuelto poseen un tinte folletinesco fuerte y recogen de ese modo en la novela una variable más y paralela, proveniente también de la narrativa europea decimonónica (peripecias variadas, amores en silencio o imposibles, engaños, intrigas, malentendidos, revelaciones imprevistas, sacrificios, etc., como ocurre en los roman-feuilleton de autores como Sue y Dumas). Pero, de nuevo, esa es la utilería de que Blest Gana se sirve para trazar un mapa de la estructura de la sociedad chilena –santiaguina, más bien–, entre las fechas que yo anoté más arriba, como parte del que ya para entonces él aspiraba a que fuese un “ciclo” novelesco que a la manera balzaciana cubriera el tramo que en Chile va desde la Independencia hasta el momento en que escribe 5 . A ello obedecen por ejemplo las precisiones temporales, que son constantes durante el curso de la narración.

No es el suyo un mapa objetivo, sin embargo. El narrador omnisciente y en tercera persona de Martín Rivas es también un narrador indisimuladamente parcial, comprometido personalmente con lo que cuenta, sin eximirse de aprobarlo o reprobarlo cada vez que se le presenta la oportunidad de hacerlo, directamente en algunas ocasiones o por medio de la ironía y la burla en otras 6 . Expresiones del tipo “entre nosotros”, “en nuestra capital”, “en nuestra sociedad”, con las que suele salpicar los comentarios que le suscitan los acontecimientos a que se refiere, son reveladoras de ese compromiso suyo chileno y santiaguino. Con una mezcla de curiosidad protosociológica e interés personal elaboró pues Blest Gana su Martín Rivas, y a examinar con algún detenimiento lo que consiguió está dedicado el presente trabajo.

2

El “motivo” de “el provinciano en Santiago”, que inaugura Jotabeche, o el de “el extraño en el mundo”, como prefiere nombrarlo Cedomil Goic, en uno de los estudios más sólidos que existen sobre la novela 7 , instala en Martín Rivas la figura de un desplazamiento espacial del héroe que desde el Wilhelm Meister de Goethe es común en las novelas de aprendizaje europeas 8 , pero que adquiere características propias y particular relevancia en varios de los relatos de la Comedie humaine. Me refiero al viaje del joven inexperto desde la provincia a la metrópoli, que aparece en las narraciones que integran una sección completa dentro del proyecto balzaciano, y de manera paradigmática en las páginas de Ilusiones perdidas, cuya segunda parte se titula, precisa e irónicamente, así: “Un gran hombre de provincias en París”. A mí no me cabe duda de que Alberto Blest Gana se hace eco del enriquecimiento cultural con que Balzac abastece este motivo para concebir y desarrollar su propia novela, si bien reformulando sus términos de acuerdo a la especificidad del medio chileno que a él le interesa representar.

Provincianos que viajan a París son desde luego Eugène Rastignac y Lucien de Rubempré, ambos llegados de Angouleme, en el centro-sur de Francia; ambos jóvenes veinteañeros; ambos pertenecientes a familias de la nobleza empobrecida; ambos poseedores de una buena educación e inquietudes intelectuales que son superiores a las de la mayoría de sus coterráneos; ambos de buen parecer; y ambos movidos por la misma ambición: conquistar París. El escenario histórico es allí, por otra parte, el de la Restauración y la Monarquía de Julio, cuando aún se escuchan, aunque alejándose gradualmente, los cañonazos de la epopeya napoleónica, al mismo tiempo que la actualidad no es otra que la de un orden burgués bajo una careta monárquica, en el que la economía, junto con el aparato simbólico del capitalismo –individualismo, competencia, agresividad, ostentación arrogante, etc.–, avanzan y se enraízan.

Aunque Rastignac aparece por primera vez en Piel de zapa, su verdadero estreno ocurre en la Maison Vauquer, de Le Père Goriot. Pero poco se demora Rastignac en experimentar una transformación. Aconsejado por su parienta, la vizcondesa de Beauséant en el uso de las tretas mundanas y por su compañero de pensión Vautrin en la práctica del cinismo, se convierte en amante y protegé de Delphine, la mujer del barón de Nucingen, en lo que es apenas el comienzo de una carrera de encumbramiento social que lo pasea a continuación por varias de las novelas de la Comedie... Esa carrera culmina en Ilusiones perdidas, donde será el modelo para el aún bisoño Lucien de Rubempré. Rubempré es, por su parte, el protagonista de este último relato, donde debuta convertido en la estrella literaria de Angouleme (es “el poeta” local) y enamorando a la también provinciana madame de Bargeton con quien se fuga a París. Su trayectoria posterior es breve, pero nutrida. Abandona a la Bargeton, se une a otras mujeres más atractivas y termina y muere en 1830, en las páginas de Esplendores y miserias de las cortesanas. De paso, adelanto aquí algo que me importa para el análisis de Martín Rivas: Rastignac tiene éxito en sus emprendimientos y Rubempré no.

Y algo más: se sabe que Balzac leyó a Stendhal, que comentó algunas de sus obras y se expresó elogiosamente acerca de Rojo y Negro, una novela que se publicó en 1830, cuando Balzac estaba iniciando su propia carrera, de modo que no es inaudito que la figura de Julien Sorel, su protagonista, haya influido en la concepción de Rastignac y Rubempré. También Sorel viaja a París y, como lo harán sus sucesores, con el ánimo de ver sus emprendimientos premiados con el éxito. Esa misma novela constituye, como lo han demostrado Goic y otros con inmejorables argumentos, un antecedente decisivo para la composición de la obra del escritor chileno. No solo eso, ya que el De l’Amour stendhaliano fue seguido por Blest Gana al pie de la letra, paso a paso, en su dibujo de las intrigas eróticas en la historia de Martín Rivas, de lo que hay constancia en la novela misma y que Goic ve y aprecia tal vez más de lo que hubiera sido bueno 9 .

No pone Goic, sin embargo, el acento en un motivo stendhaliano que a Balzac no parece haberle importado en demasía, pero a Stendhal y a Blest Gana sí. En Blest Gana dando origen, para el campo de la literatura chilena, a una articulación que va a prolongarse hasta la segunda mitad del siglo XX, donde la encontramos vigente, por ejemplo, en El obsceno pájaro de la noche, de José Donoso. Estoy pensando en la que se constituye a partir del encuentro entre un joven pobre, talentoso y culto, y un rico que carece de tales atributos pero requiere de ellos. Para eso, el rico contrata al joven y lo convierte en su mano derecha, o sea en el individuo que va resolverle los problemas que sus cortas facultades intelectuales no le permiten resolver. Es una articulación tópica que, a través de un tejido de beneficios recíprocos, conforman el intelectual y el poder, no infrecuente en la cultura y en la literatura de la modernidad y cuyo itinerario latinoamericano Ángel Rama ha perseguido hacendosamente en La ciudad letrada. Esto se verifica en el medio europeo en Rojo y Negro, con el contrato entre Sorel y el alcalde Rênal primero (Sorel es el “preceptor” de sus hijos) y después con el que celebra con el marqués de la Mole (del que es secretario); en el medio chileno, en Martín Rivas, con el acuerdo a que llegan Martín y Dámaso Encina, y en El obsceno pájaro de la noche, con el de Humberto Peñaloza y Jerónimo Ascoitía.

3

Veamos ahora la novela de Blest Gana más de cerca. Como se recordará, empieza así:

A principios del mes de julio de 1850, atravesaba la puerta de la calle de una hermosa casa de Santiago un joven de veinte y dos a veinte y tres años.

Su traje y sus maneras estaban muy distantes de asemejarse a las maneras y el traje de nuestros elegantes de la capital. Todo en aquel joven revelaba al provinciano que viene por primera vez a Santiago.

Sus pantalones negros embotinados por medio de anchas trabillas de becerro, a la usanza de los años de 1842 y 43; su levita de mangas cortas y angostas; su chaleco de raso negro con grandes picos abiertos, formando un ángulo agudo, cuya bisectriz era la línea que marca la tapa del pantalón; su sombrero de extraña forma y sus botines, abrochados sobre los tobillos por medio de cordones negros, componían un traje que recordaba antiguas modas, que sólo los provincianos hacen ver de tiempo en tiempo por las calles de la capital (5).

Tres tiempos se conjugan en esta breve introducción. El primero y más lejano son “los años de 1842 y 43”, donde permanecen congeladas todavía las ropas y maneras de Rivas. La mirada que recae sobre el vestuario –tanto sobre el que está como sobre el que no está de moda–, y que reemerge en otros pasajes de la novela, como cuando el atuendo “pobre y anticuado” de Martín llama la atención de sus condiscípulos del Instituto Nacional (40) o como cuando el propio Martín se fija en el caprichoso traje de Rafael San Luis, el que evidenciaba “un absoluto desprecio a la moda” (42), es de raigambre balzaciana y nos remite a la preocupación del novelista francés por el detalle, que Lukács celebraba, tanto como a su potencia semiótica, al valor de cambio que las diversas manifestaciones de la moda adquieren en el seno de la sociedad burguesa y que Barthes desmenuza. Puntualmente, nos transporta al primer apartado de la segunda parte de Ilusiones perdidas, donde Balzac insiste, casi hasta la majadería, en la anticuada levita de Rubempré, algo de lo que el propio Rubempré se da cuenta contrastando, durante un paseo por las Tullerías, lo que él lleva puesto con lo que llevan los elegantes parisinos:

Luciano pasó dos horas crueles en las Tullerías, porque durante ellas reflexionó acerca de sí mismo y se juzgó. En primer lugar, no vio vestido de levita a ninguno de aquellos jóvenes elegantes. Si alguien la llevaba era algún anciano o un pobre diablo. Después de haber reconocido que había un traje de mañana y otro de tarde, el poeta de emociones vivas y de mirada penetrante reconoció la fealdad de su vestido y los defectos que hacían ridícula su levita. Además, su chaleco era demasiado corto y de forma tan grotescamente provinciana, que para ocultarla, se abrochó bruscamente la levita. Finalmente, no veía llevar pantalones de mahón sino a las gentes comunes. Las personas comme il faut vestían deliciosas telas de fantasía, o de blanco siempre irreprochable. Por otra parte, todos los pantalones eran largos y se adaptaban perfectamente a los talones de las botas, mientras que los suyos eran un poco cortos y denotaban violenta antipatía por su calzado, a causa de la cinta interior que los ribeteaba. Luciano lucía corbata blanca, con puntas bordadas por su hermana, la cual, después de haber visto una al señor de Hautoy, se había apresurado a hacer otra semejante para su hermano; pero no sólo no llevaba nadie corbata blanca, a excepción de los hombres de edad, sino que el pobre poeta vio pasar, al otro lado de la reja, a un dependiente de comercio, con un cesto en la cabeza, que usaba una corbata semejante a la suya, bordada, sin duda, por las manos de alguna modistilla adorada (Balzac 772).

Cito este pasaje no para demostrar una influencia directa, una actividad filológica que no me interesa, sino para subrayar que tanto en Balzac como en Blest Gana la moda constituye un método de caracterización valioso en extremo, que no debe perderse de vista y al que ambos escritores desean que el lector esté atento.

En Martín Rivas, el segundo tiempo es el que da inicio a la historia principal. Su deslinde, sin ser completo, es suficiente, “julio de 1850”. Sirve para fijar el comienzo de la puesta en escena de los acontecimientos de la actualidad enunciada, la que constituye el cuerpo de la obra y que se desenvolverá a lo largo de un año y poco más.

El tercer tiempo, que no se precisa pero está (“Su traje y sus maneras estaban muy distantes de asemejarse a las maneras y el traje de nuestros elegantes de la capital […] un traje que recordaba antiguas modas”), es el de la enunciación, el tiempo del narrador, como luego se aclarará situado este diez años más tarde que los sucesos que nos comunica, en una fecha que no se establece pero que se halla próxima a la de la publicación del manuscrito, es decir, en torno a 1860, lo que da cuenta de una distancia nueva y que no es irrelevante. Es esa una distancia que el narrador necesita para comparar y evaluar –y para apreciar o no– los cambios (desafortunados para él, la mayoría) que se han producido en ese espacio desde la época sobre la que él habla hasta aquella desde la cual habla.

Una frase como “El culto del oro ha tenido siempre tan numerosos prosélitos, que una excepción parece increíble, sobre todo en los años que alcanzamos” (37), una entre muchas de parecido tenor, es denotativa de este procedimiento que compara y contrasta el mismo espacio en períodos históricos distintos y que Blest Gana pudo haber aprendido en las novelas de Scott 10 . Especialmente idóneos para la realización de este cotejo son los rituales cívicos y las fiestas de diversión colectiva, donde se lucen y compiten, en su afán de ostentación, carruajes, caballos, vestidos, sombreros, joyas, etc. Las festividades del 18 de septiembre, el paseo a la Palmilla del 19 y la asistencia al teatro son tres de ellos. Derivaciones del cuadro de costumbres, la inserción de este tipo de elementos adquiere en la novela realista balzaciana que Blest Gana cultiva matices nuevos y más productivos.

la índole del santiaguino ha sido siempre la misma, y entre las señoras, sobre todo, no se admite el paseo por sus fines higiénicos, sino como una ocasión para mostrarse cada cual los progresos de la moda y el poder del bolsillo del padre o del marido para costear los magníficos vestidos que las adornan en estas ocasiones.

En Santiago, ciudad eminentemente elegante, sería un crimen de lesa moda el presentarse al paseo dos domingos seguidos con el mismo traje (159).

En cuanto al porqué de la insistencia en comparar y contrastar, aunque en Martín Rivas surjan, aquí y allá, los términos “positivo” y “positivismo”, pienso yo que es bastante evidente que se debe no a un intento del novelista de poner de relieve el imperio de la ley comteana del “progreso”, también en el plano nacional (la aparición del pensamiento de Comte en Chile es muy posterior, el filósofo Zenobio Saldivia (183) la fija entre 1868, cuando José Victorino Lastarria se declara positivista, y 1873, cuando la doctrina de Comte empieza a difundirse en la Academia de Santiago) y sí al profundo disgusto que le provoca el creciente dominio del dinero en la sociabilidad del país.

Ése que en Martín Rivas habla desde una distancia de diez años adopta por eso, en tales oportunidades, las funciones de un moralista liberal de la primera hora, uno que abomina del “culto del oro”, el que él ha visto incrementarse hasta extremos que le parecen abominables durante el lapso señalado. Le incomoda “el gusto del lujo, que por entonces principiaba a apoderarse de nuestra sociedad” (11; el subrayado es de la edición Ayacucho), ello debido a la prominencia indebida que a su juicio estarían alcanzando los miembros de un sector social nuevo y basto. Coincide Blest Gana en esta crítica con el conservador Francisco Antonio Encina, quien cincuenta años después, en Nuestra inferioridad económica, escribirá que, durante el período 1860 a 1870, “a medida que la enseñanza y el contacto con Europa nos refinaron y la concentración de los agricultores en las ciudades encendió la emulación, se desarrolló el afán por los grandes palacios, por los menajes soberbios, por las joyas y por el lujo en todas sus formas” (227-228). El disgusto liberal de Blest Gana y el disgusto conservador de Encina son, como vemos, simétricos, disgusto moral en ambos casos, pero de un moralismo “de clase”, que por lo tanto resiente a coro el alarde plebeyo de los parvenues 11 .

4

Martín Rivas es el provinciano en Santiago, como Rastignac y Rubempré son los provincianos en París, culturalmente demorados los tres, extraños entre los hombres, pájaros en un corral que les resulta ajeno todavía, pero en el que con más o menos conciencia y determinación se habrán propuesto ingresar e ingresarán. Las anécdotas del criado desdeñoso en la puerta de la casa de la familia Encina y la posterior de los zapateros insolentes en la Plaza de Armas, que siguen a la llegada del joven Rivas a la capital de Chile en la obra de Blest Gana, están ahí para exhibir su diferencia.

Pero este no tarda en mostrar que es diferente en otro y más gravitante sentido: es pobre, cierto, pero de “buena familia”. Más bien, como Rastignac y Rubempré, proviene de una familia decente y empobrecida. Su padre, el “loco” Rivas (9), mejor catador de minas que empresario, ha muerto no hace mucho y los ha dejado, a él, a su madre y hermana, en una situación económica difícil. En tales circunstancias, Martín se traslada a Santiago con el propósito explícito de estudiar, de convertirse en abogado y resolver, por medio del ejercicio de su profesión, las estrecheces familiares: “al llegar a Santiago juró regresar de abogado a Copiapó y cambiar la suerte de los que cifraban en él sus esperanzas” (14). En su propio traslado a París, la circunstancia doméstica desmedrada que mueve a Rastignac y la herramienta de la que ha pensado valerse para solucionarla son las mismas de Martín:

un joven llegado de los alrededores de Angulema a Paris, para hacer su licenciatura en Derecho [...] era uno de esos jóvenes hechos al trabajo por la desgracia, que comprenden desde su edad temprana las esperanzas puestas en ellos por sus padres, y que van preparándose una buena situación, calculando ya el alcance de sus estudios, y que los adaptan de antemano al movimiento futuro de la sociedad para ser los primeros en exprimirla (Papá Goriot, en La Comedia Humana 1004).

A diferencia de Julien Sorel, hijo letrado de un aserrador analfabeto y que lo que desmadradamente pretende es cambiar no de posición sino de naturaleza, es decir, dejar de ser el que es y subir en la escala social de manera de corregir el error de que los dioses lo han hecho víctima, llegando a pertenecer así a un estrato que está por encima del que le impone su sangre (hay más de una ocasión en que Sorel se lamenta de ser hijo de quien es y hacia el final de la novela, aunque logra ser otro, convirtiéndose en el caballero Julien Sorel de la Vernaye, ello es solo efímeramente), lo que desean Rastignac, Rubempré y Martín Rivas es recuperar un cierto estatus perdido y, claro está, recuperarlo y emparejarlo con la prosperidad económica y social que, según ellos estiman, debiera acompañarlo. En el caso de los franceses, iniciando ese recorrido con la ayuda de algunas damas de ardiente corazón, y en el de Rivas, mediante el contacto que él establece con un antiguo socio de su padre, don Dámaso Encina, en la actualidad el dueño de una de las mayores fortunas de Santiago, a quien don José Rivas favoreció alguna vez, para el que trabajó y al que en su lecho de muerte le escribe para recomendarle a su hijo.

Don Dámaso Encina es un hombre rico en efecto, pero de origen humilde y, por lo tanto, periférico al núcleo social dominante. Es uno más entre los incómodos advenedizos que a Blest Gana no le terminan de gustar. No habiendo nacido en las altas esferas, pretende empinarse hasta ellas por la vía política, convirtiéndose en senador de la República. Habrá pasado a esas alturas de ser “dependiente en una casa de comercio en Valparaíso” (9), a casarse con los treinta mil pesos de herencia de la poco agraciada, presumida y un tanto ridícula doña Engracia Núñez (“carecía de belleza, pero poseía una herencia de treinta mil pesos, que inflamó la pasión del joven Encina”, Ibid.) y a amasar un capital considerable en Copiapó (“administró por su cuenta algunos otros negocios que aumentaron su capital”, 10), como ya dije favorecido en los comienzos por el “loco Rivas”. Fruto de esos empeños es la compra de “un valioso fundo de campo cerca de Santiago”, así como “la casa en que le hemos visto recibir al hijo del hombre a quien debía su riqueza” (Ibid.) y que es una casa que su huésped admira asombrado:

la riqueza de los muebles, desconocida para él hasta entonces; la profusión de los dorados, la majestad de las cortinas que pendían de las ventanas, y la variedad de objetos que cubrían las mesas de arrimo. Su inexperiencia le hizo considerar cuanto veía como los atributos de la grandeza y de la superioridad verdaderas, y despertó en su naturaleza entusiasta esa aspiración hacia el lujo, que parece sobre todo el patrimonio de la juventud (19).

El fundo y la casa son útiles para don Dámaso Encina porque se compadecen con sus anhelos de alta figuración social, quizás no tanto como pudiera hacerlo el prestigio político de conseguir él la senaturía que desea, pero que le sirven de todas maneras, en la medida en que igualan su señorío por sobre al menos una porción del territorio nacional con el de los “aristócratas” de origen vasco. No es don Dámaso “noble” por derecho de sangre, pero sí lo es por “derecho pecuniario”, nos advierte el narrador con maldadosa pulcritud (11). Y, aunque indeciso, es lo suficientemente cuerdo como para darse cuenta de que su aspiración no puede ser la del stendhaliano Sorel, esto es, que no puede consistir en modificar lo que no es modificable (en su persona, porque muy distinta pudiera ser la suerte de sus descendientes si se casan como ellos debieran), sino en hacer que, habida cuenta de la tremenda persuasividad de su dinero, el poder instituido le dispense consideraciones que sean análogas a aquellas de las cuales goza la “aristocracia” tradicional. Con molestia, el narrador reflexiona sobre la familia Encina en estos términos:

Entre nosotros el dinero ha hecho desaparecer más preocupaciones de familia que en las viejas sociedades europeas. En estas hay lo que llaman aristocracia de dinero, que jamás alcanza con su poder y su fausto a hacer olvidar enteramente la oscuridad de la cuna; al paso que en Chile vemos que todo va cediendo su puesto a la riqueza, la que ha hecho palidecer con su brillo el orgulloso desdén con que antes eran tratados los advenedizos sociales (10-11).

Es decir que don Dámaso es un nuevo rico chileno. Un despreciable “capitalista”, es como lo caracteriza el narrador (11). Me refiero a uno de aquellos que han hecho su fortuna mediante la “usura en grande escala” (10-11; el subrayado en la edición Ayacucho), muy probablemente prestando su plata para el financiamiento de los negocios mineros y agrícolas que, relacionados con las exportaciones a California y Australia, están saliendo del país a la sazón. Técnicamente, podría describirse a este don Dámaso como un protocapitalista, un capitalista comercial y, sobre todo, un capitalista del dinero (es el usurero que deviene en banquero), de los que hablaba Marx en el Libro III de El capital 12 . Con esos antecedentes él cree hallarse acreditado para reclamar un puesto en las filas de la oligarquía. No logra decidir, sin embargo, cuál es el bando político más conveniente para tales fines, el que tendría que reportarle los mayores beneficios, si el liberal o el conservador. Oscila entre uno y otro según se lo aconsejan los periódicos del día.

No queda del todo claro en qué sector social tenemos que matricular nosotros al huésped de don Dámaso, y es probable que deliberadamente. Críticos más interesados en encarecer su posición social no muy segura que en aclararnos la de Martín, hablaron en el pasado de su origen de “clase media” y construyeron así la leyenda edificante del joven pobre, pero digno y respetuoso de las jerarquías sociales, que, gracias a su naturaleza, inteligencia y esfuerzos, logra triunfar en el seno de una clase patricia que no es tan insensible como lo difunden las malas lenguas. Goic me ahorra la pesadez de buscar las citas:

Martín Rivas ha sido, para uno, “cómo con una buena comportación, puede el hombre de más humilde condición social llegar a adquirir una buena posición entre sus semejantes”; para otro, “la historia del joven pobre que por su inteligencia, carácter y seriedad, logra vencer el orgullo de la patricia”; para un tercero, “el triunfo de la clase media laboriosa, pobre, inteligente, sobre la alta clase envanecida, aunque no desprovista de méritos y que sabe reconocerlos en el prójimo”; y, para un último, “la penetración lenta y paciente de una clase social en otra, conquistándola por el amor o por el dinero” (Goic 36-37) 13 .

Poco hay en la novela que respalde lecturas tan autocomplacientes como esas. A Nicolás Salerno, más rotundo que yo, le “resulta francamente imposible hablar de ‘clase media’ en el contexto del mundo narrado” (157) en Martín Rivas. Más allá de la sugerencia de una “buena familia”, lo efectivo es que no se encontrará en la novela ningún dato que precise con completa exactitud la ubicación de Martín en el cuadro social chileno de la época. Convendría pensar en consecuencia en una posible estratagema escamoteante (aunque puede tratarse también de una presunción consciente y honesta por parte de Blest Gana, yo no excluyo esa posibilidad). Estoy pensando en la conversión de los méritos del joven no en el producto de una determinación social, sino en una perfección innata, a la que se supone suya y de unos cuantos agraciados (tocados por la gracia) que son como él.

Porque Martín es uno de los pocos personajes de la novela de Blest Gana, y hasta pudiera que ser que el único, cuyas acciones no aparecen socialmente condicionadas. Por ejemplo: cuando asiste por primera vez a una tertulia (un “picholeo”, en realidad) en la casa de doña Bernarda Cordero de Molina, confiesa que no logra divertirse en ese lugar, pero no porque se considere a sí mismo como alguien que está socialmente por encima de quienes asisten al evento, sino porque su fuero íntimo se lo impide, porque es “poco amigo del ruido”, porque no tiene “humor” para esas diversiones (71).

Su relación ulterior con Edelmira, la menor y mejor de las hermanas Molina, lo prueba. Tentado de seducir a la niña en un trance que habría sido “indigno de un hombre honrado” (118), su conciencia lo detiene, echa pie atrás rápidamente y termina tratándola solo como a una buena amiga aun y a pesar de los denodados esfuerzos que hace la buena muchacha para entablar con él una relación más sustanciosa. El sacrificio final de ella, al consentir casarse con un oficial de policía a quien no ama para de ese modo salvar a Martín de ser ejecutado por revolucionario, es un lance folletinesco, pero con el que se demuestra su grandeza de alma. Si hubiera que buscarle a Martín un semejante en la novela, ese tendría que ser Edelmira. En ambos casos, por sobre los condicionamientos de clase, lo que prima es aquello intangible y que a Martín le sobra: “las nobles dotes que constituían su organización moral” (307). El liberalismo de Blest Gana bien pudiera alojarse entonces en esta ética abstracta, a la que se da por anterior a cualquier influencia de parte de la sociedad. Es el rousseaunianismo liberal del 51, del que habla Encina despectivamente 14 . Desde una esquina políticamente contraria a la del historiador, pero coincidente a pesar de eso, si, como postula Jaime Concha, la novela Martín Rivas es una “parábola” del proceso de la constitución del capitalismo y la burguesía en Chile, y su protagonista es el “burgués” en el proceso de su “formación” al interior de dicho marco, la moralina de sus “nobles dotes” bien pudiera ser la excrecencia ideológica del proyecto.

5

Avancemos un poco más.

El espacio público moderno y burgués, en el sentido habermasiano, no existe en Chile en 1850 y, por consiguiente, tampoco existe en Martín Rivas. Se detectan, sin embargo, en el país, a esas alturas, unas pocas aproximaciones. Un campo de reflexión intelectual en crecimiento, el que Andrés Bello está generando en la Universidad de Chile, por ejemplo. Igualmente son adelantos estimables una prensa aún en pañales, pero profusa y que venía de atrás (“De siete periódicos publicados en 1835, el número aumentó a doce en 1836, a 24 en 1838 y a 34 hacia el final de la guerra”, según una investigación de Ana María Stuven (411)), la llegada en 1840 de los emigrados argentinos que huyen de Rosas y una generación de jóvenes intelectuales chilenos que, capitaneada por José Victorino Lastarria, ha hecho su estreno en 1842. Cierto, las cifras de alfabetización dejan que desear, lo que no da pie para un ejercicio robusto de la racionalidad reflexiva que Habermas reputa imprescindible en el espacio público moderno y burgués. La sociedad chilena de 1850 todavía piensa “lo público”, mayoritariamente, desde un espacio premoderno y privado.

En la novela de Alberto Blest Gana, ese espacio premoderno y privado, pero en marcha (lenta aún) hacia lo moderno y público, se localiza sobre todo en la tertulia de casa rica. Y no en la tertulia de casa rica en su totalidad, sino solo en la parte que se desarrolla en una de las zonas del salón. Quienes en esa zona opinan acerca de los vaivenes de la vida pública del país son el dueño de casa y dos de sus invitados regulares, todos hombres y adultos. Ni las mujeres ni los jóvenes tienen paño que cortar en tales conversaciones, acaso introduciendo de vez en cuando un comentario volandero, de pasada, lo que se atreve a hacer alguno de los pretendientes de Leonor. Esta, por su parte, es la hija talentosa de don Dámaso, de lejos más que su fatuo hermano Agustín, y la que así debiera heredar la fortuna del padre. Debiera ser, además y por lo mismo, participante activa de la tertulia, pero ni una cosa ni la otra son ni siquiera pensables en una mujer.

Por lo demás, sus pretendientes son algo así como versiones embrionarias y ciertamente reiterativas de los contertulios mayores. Blest Gana los articula con pinzas en un par de opuestos-iguales. Uno de ellos, el feo Clemente Valencia, es el “joven capitalista” vulgar (16); el otro es Emilio Mendoza, un buen mozo no rico (tampoco es pobre) y a quien el narrador describe como perteneciente “a una de esas familias que han descubierto en la política una lucrativa especulación y, plegándose desde temprano a los gobiernos, había gozado siempre de buenos sueldos en varios empleos públicos” (17). Es el burócrata Mendoza, ni qué decirse tiene, conservador y gobiernista hasta la médula de sus huesos. El gobierno le paga para que lo sea y lo difunda. Goic se equivoca por lo tanto cuando apela al “generacionismo romántico” para sostener que en la novela de Blest Gana los personajes jóvenes forman un bloque compacto, contrario al bloque de los “viejos ridículos”, representando así los jóvenes “los aspectos progresivos”, puesto que en ellos se “encarnan los valores nobles, justos y bellos; y sus extravíos, a veces culpables, son atenuados por la simpatía de las figuras o su muerte en aras del ideal” (Goic 37). No es materia de discusión que no todos los personajes jóvenes (ni tampoco todos los personajes viejos) que integran el personal de Martín Rivas están tallados en la misma madera, como lo demuestran Valencia y Mendoza. El realismo social de la estética blesganiana no lo hubiese autorizado.

Notable me parece, en este mismo sentido, la figura de doña Francisca Encina, la hermana de don Dámaso, esposa de don Fidel Elías y a la que los críticos de la novela rara vez mencionan (y, cuando lo hacen, es para denigrarla). Transgresora ambiguamente, su caracterización es negativa en algunos pasajes y positiva en otros, y sugiere que Blest Gana no sabía muy bien qué hacer con ella. Culta, más que cualquiera de los/las que la rodean, doña Francisca pretende nada menos que “pensar por sí sola” (30), y así es como lo da a conocer en la tertulia de su hermano, inmiscuyéndose en las conversaciones de los patriarcas y disparando sus opiniones librescas sin que nadie se las pida y no obstante las recriminaciones que le atiza su tosco marido, quien “miraba todo libro como inútil, cuando no como pernicioso” (30). Lectora de George Sand, doña Francisca sabe más francés que Agustín, es romántica, republicana, liberal y protofeminista (Ricardo Latcham (41) recoge un chismorreo que sugiere que Blest Gana pudo haberla modelado a partir de la persona de la poeta Mercedes Marín del Solar). El narrador no está seguro si debe ridiculizarla, como lo induce a hacerlo la tradición literaria misógina que tiene a sus espaldas, o reivindicarla, como parecen pedírselo los nuevos tiempos. El caso es que el viejo estereotipo antifeminista de la culta latiniparla ha empezado a sufrir, en la figura de doña Francisca Encina, un cierto grado de erosión.

Esta tertulia en casa de Dámaso Encina, de la que está siendo testigo Martín, es por otra parte una versión aproximada a las stendhalianas soirées en el salón del opulento palacio parisino del marqués de la Mole. Los asistentes se distribuyen en grupos afines, hombres serios y de envergadura de un lado, damas y jóvenes del otro. Reina entre estos últimos la bella y orgullosa Leonor Encina, como en Rojo y Negro lo hace la no menos bella y no menos orgullosa Matilde la Mole. Tienen la misma edad, diecinueve años, el mismo hermano vano e inepto, y el mismo talento mordaz frente a las banalidades copiosas que les dejan caer sus pretendientes.

En Martín Rivas, el tema que discuten los tres hombres serios y de envergadura es la política nacional. Don Dámaso, con la volubilidad ya anotada, calculando qué le conviene más, si echar sus cartas con el partido de los liberales o con el de los conservadores. Los otros son don Simón Arenal y don Fidel Elías, quienes no solo no comparten las dubitaciones de don Dámaso sino que las refutan con acritud. Aunque uno de ellos (Elías) fue un liberal en otro tiempo, hoy son ambos conservadores acérrimos, adscribiendo a “la gran palabra Orden, realizada en sus más restrictivas consecuencias” (29). Me resulta claro que no cuentan con la simpatía de Blest Gana:

La arena política de nuestro país está empedrada con esta clase de personajes, como pretenden algunos que lo está el infierno con buenas intenciones, sin que intentemos por esto establecer un símil entre nuestra política y el infierno, por más que les encontremos muchos puntos de semejanza. Don Simón Arenal y don Fidel Elías aprobaban sin examen todo golpe de autoridad, y calificaban con desdeñosos títulos de revolucionarios y demagogos a los que, sin estar constituidos en autoridad, se ocupan de la cosa pública. Hombres serios, ante todo, no aprobaban que la autoridad permitiese la existencia de la prensa de oposición, y llamaban a la opinión pública una majadería de “pipiolos”, comprendiendo bajo este dictado a todo el que se atrevía a levantar la voz sin tener casa, ni hacienda, ni capital a interés (29).

En este mismo marco, el escándalo mayor a ojos de los conservadores es la Sociedad de la Igualdad, fundada tres meses antes por el grupo más joven de los liberales, aquellos que han participado (Francisco Bilbao) o tenido noticia de los sucesos del 48 en Francia y se pirran por escenificar en Chile un espectáculo similar. Don Fidel es categórico al respecto:

–Convéncete, Dámaso –decíale don Fidel–, esta Sociedad de la Igualdad es una pandilla de descamisados que quieren repartirse nuestras fortunas.

–Y, sobre todo –decía don Simón, a quien el gobierno nombraba siempre para diversas comisiones–, los que hacen oposición es porque quieren empleo.

–Pero, hombre –replicaba don Dámaso– ¿y las escuelas que funda esa sociedad para educar al pueblo?

–¡Qué pueblo, ni qué pueblo! –contestaba don Fidel– Es el peor mal que pueden hacer, estar enseñando a ser caballeros a esa pandilla de rotos (30).

Entre tanto, como Julien Sorel en Rojo y Negro, Martín Rivas mira y aprende.

6

El contrapunto de la “tertulia”, la que tiene lugar cada tarde en la casa de don Dámaso Encina, es el “picholeo” en la casa de la viuda doña Bernarda Cordero de Molina. Contraponer la tipicidad de estas dos situaciones (uno de los múltiples paralelismos téticos y antitéticos que se registran en la caja de ecos que es la novela: “gran fidelidad a las antítesis”, es lo que observa Latcham (34), aunque la verdad es que no se trata solo de antítesis...) le permite al novelista introducirse en la estructura social chilena de la época, separando con nitidez el espacio social correspondiente a las “buenas familias” del que ocupa la gente de “medio pelo”. Y ello con vistas a un develamiento de los niveles respectivos no de “progreso”, en el sentido comteano, sino de “civilización”, en el sentido ilustrado. Las secciones XII, XIII y XIV y las dieciocho páginas de texto que ellas completan en la edición Ayacucho de la novela, que es la que yo estoy utilizando, están dedicadas a la representación del picholeo y no son de relleno. Esto quiere decir que contraponer la tipicidad del picholeo de doña Bernarda Cordero a la igualmente típica tertulia de don Dámaso no fue una decisión inmotivada de parte de Blest Gana.

Tal vez el único rasgo que tienen en común los personajes en un espacio y en el otro sea el arribismo de la mayoría, el anhelo de trepar socialmente, los del medio pelo hasta el nivel de don Dámaso y don Dámaso hasta el nivel de los máximos detentores del prestigio, la oligarquía tradicional. Pero por ahí terminan las semejanzas.

Dejando ahora de lado las diferencias obvias con la tertulia en casa de don Dámaso y al revés de lo que allí transcurre, en el picholeo no existe interés ninguno por la discusión de “lo público”. Guillermo Araya vio esto bien:

La política en cuanto tal tiene sin cuidado a doña Bernarda, Amador, Adelaida, Castaños y Edelmira. Amador, el personaje más activo del “medio pelo”, aprovechará la derrota de los liberales para vengarse de Rivas. Ni él ni su familia manifiestan ninguna idea política en la novela. Los “caballeros”, en cambio, se inquietan por la actualidad política, leen los periódicos, hacen cábalas y comentan los acontecimientos de relieve (18-19).

Así, si entre los señores de la tertulia de don Dámaso encontramos al menos un atisbo de ciudadanía y espacio público, en el picholeo de doña Bernarda no hay nada que se le parezca, hallándose el picholeo así más cerca del cuadro pintoresquista de costumbres populares de reminiscencias campesinas. En vez del orden urbano, el desorden rústico; en vez del lenguaje y las maneras “de buen tono”, la ordinariez; en vez del piano y el vals, la guitarra, el arpa, la cuadrilla, la “porca” y la zamacueca; en vez de la confiture d’abricot, el “pavo al horno”, el “pescado frito” y el “chancho arrollado”; en vez de los licores finos, el “ponche”, la “mistela” y la chicha, ésta en “algunos jarros de la famosa cosecha baya de García Pica” (76); en vez del galanteo convencional de las niñas, por parte de unos pretendientes que se esmeran en el cultivo de lo que ellos entienden por refinamiento, el requiebro brutal. Hay algo de bajtiniano en todo ello.

Pero, ¿quiénes son estos Molina? De nuevo, ha habido aquí la tentación de identificarlos con una cierta “clase media” aspiracional. No solo eso, sino que al profesor peruano Melvin Ledgard y a algunos más se les ha ocurrido que esta gente podría ser de “clase media baja” (31).

Sin contar con el hecho de que el concepto de clase media es en sí mismo extremadamente resbaladizo (yo no estoy seguro de que sea ni siquiera un concepto) y si además estamos de acuerdo en que la índole del trabajo que las personas realizan y el dinero que reciben por ello es un mejor indicador del peldaño de la pirámide social sobre el cual ponen los pies, no nos queda más remedio que admitir que quienes componen la familia de medio pelo blestganiana en Martín Rivas ni trabajan ni reciben salario, que viven de una renta de ocho mil pesos miserables, de la práctica de los juegos de azar y de la esperanza que las relaciones amorosas de Adelaida o Edelmira, legítimas o no socialmente, le granjeen al colectivo un beneficio. Para Laura Hosiasson, no se puede decir de esto que sea una “clase media, en el sentido socioeconómico moderno” (“Blest Gana, Martín…” 268).

Doña Bernarda es prácticamente una alcahueta, ruidosa, grosera y atosigante, que invita a su casa a jóvenes más y menos ricos, ella atrayéndolos para ver qué puede sacarles y ellos acudiendo para ver si se las ingenian para atrapar en sus redes seductoras a alguna de las hijas. Son estos los “caballeros”, los “hijos de familia”, que acuden a ese lugar para ver si logran satisfacer sus reprobables intenciones y que desprecian no muy secretamente a su anfitriona. En cuanto a las hijas, Adelaida, la “rencorosa”, y Edelmira, la “dulce” y la “delicada”, son almas distintas, pero que confluyen en un desencanto compartido al saber lo que la madre no quiere admitir, que el futuro que les espera no va a ser el más dichoso. El tajo entre las jóvenes de su posición y las de buena familia está cortado en la novela con inclemente precisión:

Los desgreños del picholeo y la cruda fraseología amorosa dan a las mujeres de esta jerarquía social diversas ideas sobre las relaciones del mundo que las que, desde temprano, se desenvuelven en el espíritu de las niñas nacidas en lo que llamamos buenas familias (270).

Romántica y bovarista, Edelmira Molina no se hace ilusiones:

–A nosotras –contestó Edelmira con tristeza–, no se nos ama como a las ricas; tal vez las personas en quienes tenemos la locura de fijarnos son las que más nos ofenden con su amor y nos hagan conocer la desgracia de no poder contentarnos con lo que nos rodea.

–¿De modo que usted no cree poder hallar un corazón que comprenda el suyo?

–Puede ser, aunque nunca encontraré uno que me ame bastante para olvidar la posición que ocupo en la sociedad (74).

Amador Molina es el epítome del “medio pelo”, y por lo tanto el personaje mejor delineado dentro de este conjunto. Un pintoresco bueno para nada, del que se nos informa que “vive a expensas de la madre y costea con los naipes sus menudos gastos” (63). Varias escenas lo pintan con ese mismo humor desdeñoso, pero hay una, en el capítulo XXX, en que el narrador se detiene en su retrato puntillosamente, presentándonos a los lectores de este modo un contraste de su indumentaria (y su persona) con la de Rivas (y la persona de Rivas) en el comienzo de la novela:

Sombrero bien acepillado, aunque viejo, inclinado a lo lacho sobre la oreja derecha.

Corbata de vivos y variados colores, con grandes puntos figurando alas de mariposa.

Camisa de pechera bordada por las hermanas, bajo la cual se divisaba la almohadilla forrada en raso carmesí, que por entonces usaban algunos, con pretensiones de elegantes, para ostentar un cuerpo esbelto y levantado pecho.

Chaleco bien abierto, de colores en pleito con los de la corbata, abotonado por dos botones solamente y dejando ver a derecha e izquierda los tirantes de seda, bordados al telar por alguna querida para festejarle en el día de su santo.

Frac de color dudoso, y dejando ver por uno de los bolsillos la punta del pañuelo blanco.

Pantalones comprados a lance y un poco cortos, color perla, algo deteriorados.

Y, por fin, botas de becerro, con su ligero remiendo sobre el dedo pequeño del pie derecho y lustradas con prolijo cuidado (168-169).

Si el aspecto de Rivas en el comienzo de la novela y este de Amador en el capítulo XXX entablan un diálogo a distancia es porque la anomalía en ambos casos le resulta servicial al narrador si bien no por las mismas razones. El vestuario de Rivas es anticuado, pero decente y no lo desmerece (“tenía cierto aire de distinción que contrastaba con la pobreza del traje”, 6). El vestuario de Amador sí lo desmerece. No es anticuado como el de Martín, está muy a la moda, pero a la moda del “medio pelo”, la que no es capaz de distinguir, formas, colores y menos aún la armonía que tendría que existir entre ellos. Patética es la pretensión de elegancia de Amador y la precariedad que a pesar suyo delatan los pantalones comprados a lance y los zapatos remendados.

El narrador de Martín Rivas no tiene con esta buena gente contemplaciones:

Colocada la gente que llamamos de medio pelo entre la democracia, que desprecia, y las buenas familias, a las que ordinariamente envidia y quiere copiar sus costumbres, presentan una amalgama curiosa, en la que se ven adulteradas con la presunción las costumbres populares y hasta cierto punto en caricatura las de la primera jerarquía social, que oculta sus ridiculeces bajo el oropel de la riqueza y de las buenas maneras (71).

Obsérvese, en la cita anterior, el doble deslinde, del “medio pelo” hacia arriba, de cara a la “primera jerarquía social”, y del medio pelo hacia abajo, de cara a aquellos a quienes el narrador identifica como la “democracia” (los “rotos” y las “chinas” que, con la excepción de los zapateros de la Plaza de Armas, se mencionan pero cuyas acciones no inciden en el universo del relato. Otro es el lugar de los criados, cocheros y demás…). Vuelvo a preguntarme entonces: ¿Quiénes son estos Molina? Sabemos que el difunto era un comerciante con ciertas pretensiones de distinción. Si ello es así, su viuda y sus hijos (sobre todo, Amador) habrían conservado de él nada más que las ínfulas. ¿Por qué empeñarse entonces en buscarle algún fundamento al medio pelo, sea este “rural” u otros? ¿No sería preferible pensar a los Molina en los términos en que nos los muestra la propia novela, como los habitantes de un in-between entre el bajo pueblo y la oligarquía, pero sobre todo de un in-between exento de densidad en sí mismo, que adolece de cualquier sustancia propia? Enzo Faletto y Julieta Kirkwood, en un libro de los años setenta, que amerita de parte de los críticos más lectura de la que le han concedido, captaron esa significación del medio pelo blestganiano, pero lamentablemente sin extraerle a su hallazgo todo el partido posible:

Aparece este [el medio pelo] colocado entre el “pueblo” y las buenas familias pero, de hecho, no logra definirse por sí mismo sino que sólo lo hace en términos de la relación que establece con los demás. Apunta el autor que la relación del medio pelo con el pueblo es de desprecio; con las buenas familias, de envidia e intento de imitación. La descripción del sector medio ronda la caricatura de uno u otro de los polos entre los que se mueve (194; el subrayado es mío, GR).

Faletto y Kirkwood descubrieron la vaciedad de los Molina, qué duda cabe, pero no desarrollaron la idea más allá de la detección del objeto. Uno piensa, inevitablemente, en el modelo saussureano según el cual en los signos lingüísticos no existe la positividad sino que estos son lo que son únicamente en virtud de la diferencia que establecen en su relación con otros signos. Me pregunto: ¿será esa, al fin de cuentas, la cara auténtica de lo que en Chile llamamos hasta el día de hoy, “clase media”?

7

Después de que sus avatares amorosos dejan a Rivas y a su amigo Rafael San Luis en un muy mal pie, los dos se van a la guerra. Como otros de los jóvenes miembros de la Sociedad de la Igualdad, espoleados todos ellos por el prestigioso ejemplo del 48 francés, se enrolan en el bando de los liberales y con ese título participan en el llamado “motín de Urriola” del 19 y 20 de abril de 1851 (Por el coronel Pedro Urriola, el jefe. La fecha, como siempre en esta novela, certifica la veracidad). Prudentemente, cuando le llega la hora de relatar los acaeceres de la guerra, el narrador se limita (o dice estarse limitando, porque no siempre es así) a transcribir la información que contienen las publicaciones periodísticas y los partes oficiales. En este sentido, no es superfluo recordar que el escritor Blest Gana no estaba residiendo en Chile cuando se produjeron estos sucesos, que regresó de Francia en noviembre del 51 y que, por lo tanto y de nuevo con la excusa de la veracidad, se entiende que haya preferido/pretendido que los documentos hablaran por él.

El hecho es que el motín fracasa, y ese fracaso es el primero en una sucesión de otros con los mismos resultados, la que se prolonga hasta fines del 51, lo que a Blest Gana no parece preocuparle demasiado pues no hay mención de ello en la novela. Si traemos de nuevo a colación la tesis de Concha, se trataría de una serie de conatos que prefiguran un acontecimiento que se va a producir de todos modos, pero no entonces. Concha está pensando en la constitución del capitalismo y la burguesía chilenos y su acceso definitivo a una posición hegemónica. Un Chile joven en route (como hubiera dicho el afrancesado Agustín Encina), para llegar a ser un Chile moderno; un protagonista joven, que viaja en ese mismo tren, para ir al encuentro con su destino burgués; y un autor joven, que va a seguir escribiendo novelas hasta 1863, pero que después enmudecerá durante más de treinta años, abocado a las labores diplomáticas que le encomiendan unos gobiernos liberales a los que, la verdad sea dicha, del liberalismo que a él le gustaba les quedaba harto poco.

En 1851, las condiciones objetivas para un triunfo de los liberales no se han dado todavía y por lo mismo la derrota no es inexplicable. Blest Gana la atribuye al desconocimiento de la ciencia militar del que dieron muestra los revolucionarios, a las falsas expectativas en un apoyo del pueblo (“nuestras masas casi nunca se deciden por la iniciativa, por esperar la voz de los caballeros, que, a pesar de las propagandas igualitarias, miran siempre como a sus naturales superiores”) y a la traición de los oficiales y soldados del regimiento Valdivia (325 et sqq.).

Todo ello es verdad, pero a medias. Las causas de más peso son otras. Y no solo eso, sino que, cuando el liberalismo chileno entra finalmente en tierra derecha, en 1857, no es a través de una victoria honrosa sino mediante una “fusión” con sus viejos enemigos o, lo que es lo mismo, mediante un contubernio de los políticos liberales, encabezados por Domingo Santa María, con los políticos conservadores, encabezados por Manuel Antonio Tocornal. El liberalismo chileno reniega en 1857 de sus orígenes jabobinos y se “sacrifica” en pro de la unidad de la clase. Para acceder al poder político y a las pingües ganancias que les promete la reinserción de la economía chilena en la economía mundial, nuestros liberales entienden en 1857 que basta ya de querellas, que va a ser más lucrativo para todos proceder a un amigable entendimiento. Entierran entonces su pasado emancipador, reuniendo en un solo puño su ideología con su política y, lo que es más importante, con su economía. Comienza a desplegarse desde ese momento, y solo desde ese momento, el tiempo de la que yo he deslindado en otra parte como de nuestra primera modernidad.

Pero en 1851 el liberalismo chileno no ha llegado hasta ese punto, y conserva por eso algo de su ímpetu primigenio, de su élan progresista. Quien lo representa en Martín Rivas es Rafael San Luis, siendo él quien emite el discurso correspondiente y quien deja la vida en su nombre. Para mí, ese sacrificio suyo, que ha sido leído como el cumplimiento de un destino romántico funesto y que no se puede negar que en cierto sentido lo es (a Martín la facha de su amigo San Luis le recuerda el busto del revoltoso y malogrado lord Byron cuya copia el otro guarda fervorosamente en su dormitorio), constituye antes bien el último destello del liberalismo independentista, el que perdió en Lircay (si es que no mucho antes con la muerte de José Miguel Carrera. De hecho, un hijo de don José Miguel, José Miguel Carrera Fontecilla, estuvo involucrado en el motín del 51). Es San Luis, por lo tanto, el correspondiente chileno del francés Sorel.

Con lo que regresamos a Stendhal y también a Balzac. El tiempo de estos es el postnapoleónico y a juicio de Sorel, quien de niño se volvía “loco de entusiasmo” con los pintura y los relatos de los “dragones del 6º Regimiento”, y a quien posteriormente cautivaba aún más que el “oscuro teniente” Bonaparte hubiese sido capaz de conseguir el amor de “la célebre señora de Beauhanais” y conquistado al mismo tiempo “el mundo entero” (Stendhal 29-30) 15 , quien lo encarna a la perfección es el corso. Que en algunos momentos cambie Sorel el paradigma militar por el paradigma religioso es un dato irrelevante. En tiempos de Restauración monárquica, la sotana podría acomodársele mejor al cuerpo que el uniforme y Sorel es un hipócrita ambicioso y oportunista. Como quiera que sea, su vida completa la enfrenta ya y la va a seguir enfrentando militarmente, como un combate continuo, durante el cual sus relaciones con los demás e inclusive sus pasiones amorosas no son concebidas por él como tales sino como oportunidades para el diseño de una estrategia y el ejercicio de un papel que le lleve a la gloria, por ejemplo el papel del amante inmerso en unas batallas en las que puede ganar o perder al objetivo femenino y para cuya representación Bonaparte es el faro.

Dicho de otra manera: a pesar de sus marrullerías de mala muerte, Julien Sorel es un residuo de las oportunidades que para hacerse a sí mismos, para convertirse ellos en los sujetos de sus predicados, se les abrieron a los franceses con el primer liberalismo, el de la Revolución. Fue esa una etapa histórica en la que los seres humanos (al menos, los hombres) pudieron por primera vez ser hijos de la riqueza intrínseca de sus actos y que con Bonaparte vivió la cima de su esplendor y la curva de su descenso: “¡Oh tiempos felices de Napoleón, cuando era posible escalar la fortuna subiendo por los peldaños de las batallas!” (Stendhal 177). En 1830, esa salida ya no está disponible y Sorel es por lo tanto un anacronismo, lo que lo condena a la muerte de acuerdo a la lógica histórica que preside los posibles del relato de Henri Beyle (“nada tenía de horrible la muerte para quien, como Julien, había vivido una vida que no fue otra cosa que una preparación para la desgracia” (552)). Y lo mismo vemos que acontece con el Rafael San Luis de Alberto Blest Gana. A escala chilena, San Luis es un anacronismo histórico homólogo a aquel otro. Es un desfasado también (guardando las debidas proporciones, y repito que no ha sido mi intención investigar en este trabajo tales o cuales influencias directas, sino mostrar las correlaciones que se trenzan entre una cultura que genera desigualdad y otra que pretende evadirla, en el caso de los descendientes acomodaticios de Sorel insistiendo en aplicar más de lo mismo, mediante un aprovechamiento a fondo de las oportunidades que el sistema les ofrece, las que empujan al provinciano a conquistar la capital, al meridional francés a conquistar París o al copiapino a conquistar Santiago, todos ellos con los ojos puestos en una superioridad a la que fantasean por encima de sus cabezas y en la que tratarán de enchufarse a como dé lugar). Como Sorel, San Luis quiere, en cambio, mantener vivas una cultura y una política nobles y añejas (y añejas por nobles), las que Chile está dejando atrás, si es que no haciéndolas desaparecer, preservándolas únicamente como piezas de museo, como nombres de plazas y de calles, como ofrendas florales a los pies de la estatua del guerrero adorable y en las fechas que se habrán instituido para ello.

En ese mundo burgués, que es el que ha empezado a asomar la cara en nuestro país, Rafael San Luis no tiene un sitio. Es, en efecto, un perdedor aun antes de haber empezado a jugar. El que la mujer que ama lo abandone no es solo la consecuencia de una malhadada indiscreción suya; yo diría que esa indiscreción es en sí misma parte de un estilo de vida que de acuerdo a la dirección en que soplan los vientos del tiempo ya no tiene asidero en el mundo real. De eso se percata su novia, la insípida Matilde cuando, con una energía que no se le había visto antes y que nadie hubiera supuesto que poseía, le escribe para decirle que “ya todo ha concluido” y sin haberle dado a San Luis la oportunidad de transmitirle su propia versión de los hechos: “no estoy dispuesta a oír o a leer” (261). Y si Martín lo sigue hasta el final es porque, aunque no apruebe sus desatinos, una parte de él lo admira. Valora su coraje, su bondad, su fraternidad.

8

Pero también, distanciándose del radicalismo de su amigo, reconozcamos nosotros ahora que Martín está listo para dar un paso que el otro no puede ni podrá dar jamás. Con la pérdida del amor de Matilde, a este se le ha cerrado una puerta que para Rivas continúa estando abierta. ¿Por qué, herido y huyendo de la persecución que se desata después de la infausta e inútil refriega, Martín va a buscar refugio precisamente en la casa de don Dámaso Encina? Es verdad que Agustín lo invita a que vuelva a la casa, a lo que Martín se niega, y que la noche anterior le ha confesado sus sentimientos a Leonor en una circunspecta misiva. Pero, ¿es eso bastante? En la trastienda de esa decisión, ¿no existe ya un indicio (y quizás hasta una conjetura suya) de que podría ser recibido con los brazos abiertos? A San Luis no se le hubiera pasado por la cabeza abrigar una esperanza semejante. Matilde y Leonor resultan ser así dos metáforas. La de un presente que ya no quiere saber nada con el pasado, Matilde, y la de un presente que acoge al pasado, pero que lo acoge con la cláusula no dicha de que (él/ella en este caso) va a bajarlo a la tierra, de que va a reeducarlo y usarlo en la construcción del futuro familiar y social, Leonor.

No lo niego, Leonor ama a Martín sinceramente (después de haber pasado por el circunvoluto proceso amoroso que inventa Stendhal). Pero también es ella la que pronuncia este solidísimo discurso con el que justifica y defiende su amor:

Usted sabe, papá, que Martín es un joven de esperanza: usted mismo lo ha dicho muchas veces, es también de muy buena familia; no le falta, por consiguiente, más que ser rico, y estoy segura de que, con las aptitudes que usted le reconoce, nunca será pobre. ¿Qué mal hago entonces en amarle? Harto más vale que los jóvenes que hasta ahora me han solicitado y es muy natural que yo le diera la preferencia. Ahora que él se encuentra gravemente comprometido y que por desesperación tal vez ha tomado parte en la revolución, debemos nosotros pagarle con servicios los muchos que le debemos. Él salvó a Agustín de una intriga vergonzosa y que le habría puesto en ridículo ante la sociedad entera, y, además, ha corrido con todos los negocios de la casa con un acierto que usted alaba todos los días (347; el subrayado es mío, G.R.).

A San Luis, como a Sorel y a Rubempré, le/s va mal. A Martín, como a Rastignac, mucho mejor.

El último párrafo de la novela es de una ironía exquisita. El centro no es aquí Martín, sino don Dámaso y su relación con el joven:

Don Dámaso Encina encomendó a Martín la dirección de sus asuntos, para entregarse, con más libertad de espíritu, a las fluctuaciones políticas que esperaba le diesen algún día el sillón de senador. Pertenecía a la numerosa familia que una ingeniosa expresión califica con el nombre de tejedores honrados, en los cuales la falta de convicciones se condecora con el título acatado de moderación (373).

Estamos ya a 30 de octubre de 1851, quince meses después del arribo de Martín Rivas a Santiago y en la meta en la que este completa su viaje verdaderamente. No quiero majaderear demasiado con las comparaciones, pero la famosa fanfarronada de Rastignac desde lo alto de París, en la página final de Le Père Goriot, “Nous sommes déjà face à face!” (“¡Ya estamos frente a frente!”, en la traducción que manejo), que fija su alejamiento del sentimentalismo juvenil y su entrada en la objetividad adulta, podría aplicarse al copiapino Martín. Y es que don Dámaso Encina se ha hecho a esas alturas de un heredero, que no es su hijo, el que no tiene las aptitudes para heredarlo competentemente, ni tampoco es su hija, que podría haberlo heredado en otras circunstancias, pero a quien ahí y entonces se lo impide la infranqueable barrera de los prejuicios de género. Su heredero y su relevo es este otro, este que a don Dámaso le llegó desde el Norte Chico, que un viejo amigo minero le envió desde la provincia, que es un joven que como todos los jóvenes se entusiasmó en Santiago con los cantos de sirena revolucionarios, pero a quien el principio de realidad lo volvió, como a él, como a don Dámaso, en un “moderado”, uno que será capaz de circular, de volver a circular, y esta vez cuidándose bien de mojarse las manos, entre muy diversas aguas. Si a don Dámaso se le van los días tratando de descubrir quiénes son los que podrían apoyarlo en sus aspiraciones senatoriales, si los liberales o los conservadores, Martín ha hecho de esa misma duda un método, el de un héroe “medio” que, como el Waverly de Scott, “no se decide apasionadamente por uno de los poderes en pugna” y que por eso “sirve de excelente eslabón unificador de la comprensión de la obra” (Lukács 37). Hoy es (o mañana será) el yerno de don Dámaso, es decir, el esposo de quien en otras circunstancias pudiera haber sido su heredera de sangre. De hecho, se ha hecho cargo de la “dirección de sus asuntos” 16 .

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1En lo sucesivo, mis citas de Martín Rivas serán todas de la edición de Ayacucho y de ellas daré solo el número de página en paréntesis.

2“Balzac piensa que la ausencia de ilación cíclica en las novelas de Scott equivale a una ausencia de sistema en su gran predecesor. Esta crítica, unida a aquella otra de que Scott es demasiado primitivo en su descripción de las pasiones por estar encerrado en la hipocresía inglesa, constituye el momento estético formal en el que se hace patente la transición de Balzac desde la plasmación de la historia pasada hacia la elaboración del presente como historia” (Lukács 95; los subrayados son de Lukács).

3Ricardo Latcham había advertido también esta conexión en su “Blest Gana y la novela realista” (39).

4Y sigue Latcham: “El tanteo previo, el sondeo de la propia capacidad en empresas menores, el lento, pero seguro estudio de los caracteres y de las escenas sociales permitieron a Blest Gana salir pronto de su etapa todavía inficionada de romanticismo y traspasar la frontera de un realismo decoroso, pero limitado. De los temas propicios de esta escuela, Blest Gana utilizó dos en que fue maestro: el análisis de las pasiones amorosas, sobre todo en los tipos femeninos, y el conocimiento que demostró del mecanismo del dinero actuando entre la burguesía de su tiempo” (34).

5Si examinamos la totalidad de su obra narrativa, se puede decir que lo logró. Esa obra abarca en efecto desde la lucha independentista después de la derrota de Rancagua, en Durante la Reconquista, hasta la vida de los emigrados (y no solo los chilenos) en París, a principios del siglo XX, en Los trasplantados.

6La comicidad de la novela ha sido advertida por muchos críticos. Por mi parte, me doy cuenta de que funciona en una gama amplia, que se mueve desde la sonrisa irónica a la caricatura y hasta llegar, en ocasiones, al grotesco más despiadado. Hace falta sin embargo un trabajo específico y de conjunto sobre este particular.

7“La presencia de un extraño en el mundo es manera efectiva de promover la ilustración del mundo en que se penetra” (Goic 41).

8“Un niño de cierta sensibilidad crece en el campo o en un pueblo de provincia, donde encuentra restricciones sociales e intelectuales que se le hacen al despliegue libre de su imaginación [...] Por lo tanto, a veces a temprana edad, el muchacho abandona la atmósfera represiva del hogar (y, con ello, su inocencia relativa), para abrirse camino independientemente en la ciudad” (Buckley 17-18).

9“la novela se propone como un ‘estudio del corazón’. El tiempo de la narración se ordena en las tensiones y los estadios que sigue el desarrollo del amor en el corazón de Leonor Encina. Tal desarrollo se ciñe cuidadosamente a la teoría del amor de Stendhal” (Goic 40).

10“La revivificación del pasado convirtiéndolo en la prehistoria del presente” (Lukács 58).

11Laura Hosiasson ha notado esta aparentemente contradictoria compaginación del liberalismo de Blest Gana con un clasismo conservador: “tenemos frente a nosotros, lectores, al autoproclamado narrador progresista y liberal sosteniendo aquí que la movilidad social significaría una degradación de las leyes sociales basadas en la alcurnia, el abolengo y la herencia familiar, la “cuna”, en última instancia. Esta actitud clasista y conservadora que contrasta con sus posiciones decididamente liberales en lo que a política se refiere, surgirá en repetidas oportunidades a lo largo del relato” (“Contradicciones de un narrador…” s.p.).

12“El capital mercantil o comercial se desdobla en dos formas o categorías: el capitalmercancía de comercio y el capital-dinero de comercio [...] El capital a interés o capital usurario, para emplear el término arcaico, figura con su hermano gemelo, el capital comercial, entre las formas antediluvianas del capital” (Marx 264, 555).

13Está citando a Daniel Barros Grez, Eliodoro Astorquiza, Alone y Domingo Melfi.

14“Dentro de la concepción de Rousseau, punto de arranque de la teoría moderna de la soberanía popular, en oposición al derecho divino de los reyes, el hombre era bueno por naturaleza y había recibido de la divinidad un instinto político infalible, que bastaba para hacer la felicidad de los pueblos […] Huelga decir que, en la práctica, esta concepción que informó el fondo doctrinario de los liberales populacheros y pipiolos de 1823-1830 y 1849-1854, no sólo entrañaba la negación del mando, sino que también era la negación de la democracia del orden y de toda forma conocida de gobierno, salvo la moderna dictadura del proletariado, ejercida por caudillos surgidos de su seno; y que de prevalecer, habría entregado el gobierno del país, por algunos días, a Arcos, Bilbao, Vicuña, Lillo y Recabarren” (Encina, Historia de Chile, vol. 25 79).

15Stendhal, 1968, pp. 29-30.

16“Martín representa el progreso desde la perspectiva de un liberal moderado que ayuda al fortalecimiento del orden social. Ayuda a establecer así la unidad nacional y el afianzamiento ideológico de las clases dominantes” (Montes 17). Jaksic y Serrano coinciden y trazan una línea de moderación paulatina, la que se inicia con el reformismo lastarriano de 1849 y se continúa en el saldo que deja a los derrotados el fracaso de tres años después: “Luego de la Revolución de 1851, los liberales comprendieron que, además de un programa de reformas, eran necesarias las alianzas políticas, aunque fuese con los más detestados miembros del peluconismo pro-clerical” (184). Y esto desemboca, naturalmente, en la “fusión” de 1857.

Recibido: 01 de Junio de 2020; Aprobado: 03 de Agosto de 2020

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