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Revista chilena de literatura

versão On-line ISSN 0718-2295

Rev. chil. lit.  no.102 Santiago nov. 2020

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-22952020000200123 

En diálogo con las literaturas de América Latina

Los trasplantados o el realismo viajero de Alberto Blest Gana

Los trasplantados or Alberto Blest Ganaʼs traveller realism

Ignacio Álvarez1 

1Universidad de Chile. Chile

Resumen:

Este artículo se propone exponer y discutir los valores que adquiere la estética del realismo en Los trasplantados (1904), novela tardía de Alberto Blest Gana. Para ello se describe someramente el primer desplazamiento de esta estética, su encarnación como novela nacional en un texto como Martín Rivas (1862), escrito y publicado en Chile y para los chilenos. Los trasplantados es una novela escrita y publicada en París tras más de treinta años de ausencia por parte de su autor; el uso que hace del realismo, si bien formalmente se parece al de la novela nacional, adquiere un sentido completamente distinto. La particularización de las mismas prácticas que en Martín Rivas definía a sujetos pretendidamente aristocráticos, la oligarquía chilena, aquí sirve para mostrar a los rastacueros, sujetos degradados en relación con la aristocracia europea. Se discuten brevemente esos hallazgos.

Palabras clave: Alberto Blest Gana; Realismo; Ideas fuera de lugar; Los trasplantados

Abstract:

This article shows the values that the aesthetics of realism acquires in Los trasplantados (1904), a novel written by Alberto Blest Gana during his last years. Initially, we briefly describe the first displacement of this aesthetic, i.e., its incarnation as a national novel in a text such as Martín Rivas (1862), written and published in Chile and for Chileans. Instead, Los trasplantados is a novel written and published in Paris, after thirty years of voluntary exile. Although formally similar to that use of realism made by the national novel, in Los trasplantados this aesthetics acquires a completely different meaning. The particularization of practices that in Martín Rivas defined some supposedly aristocratic subjects, the Chilean oligarchy, here serves to define rastacueros, a group degraded in comparison with European aristocracy. Those findings are briefly discussed.

Keywords: Alberto Blest Gana; realism; misplaced ideas; Los trasplantados

[INTRODUCCIÓN]

Nota de título 1

Hemos hablado muy poco sobre los años que Alberto Blest Gana pasó fuera de Chile. Y es raro, porque, para empezar, fueron muchos: casi cincuenta y cuatro de los noventa que alcanzó a cumplir. Los datos y las circunstancias de esa ausencia son, además, muy llamativos y deberían ser determinantes para la lectura de sus obras de su madurez. Hasta ahora no lo han sido. En parte esto se debe a que hemos hablado muy poco sobre los años que Blest Gana pasó fuera de Chile.

Como se sabe, su primer oficio fue el de las armas, pero tras varios años de formación y carrera militar, don Alberto decidió abandonar los cuarteles y emplearse como funcionario del Ministerio de Guerra. Ello duró hasta 1864, cuando el presidente José Joaquín Pérez lo designa Intendente de Colchagua. Al servicio exterior ingresó a fines 1866, como Encargado de Negocios de Chile en Washington. Pasa menos de un año en los Estados Unidos porque en enero de 1867 es destinado a Londres como Enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario. En noviembre de 1869, por último, se lo designa encargado de la Legación de Chile en Francia, aunque conserva la representación de Chile ante el Reino Unido; va a desempeñar este cargo durante dieciocho años hasta su jubilación en 1887.

Pese a que había sido un autor de éxito en la década del sesenta, el autor más relevante de la República, de hecho, durante los veinte años en que trabajó para la diplomacia chilena no publicó un solo texto literario. Después de su tormentosa jubilación volverá a la escritura y publicará títulos que resultan indispensables para el canon literario chileno, como Durante la Reconquista (1897), Los trasplantados (1904) y El loco Estero (1909) 2 . A Chile no volverá jamás (Silva Castro 127-139) 3 .

Considerar esta larga ausencia nos obliga a repensar algunos de nuestros juicios más arraigados sobre la obra de Alberto Blest Blest Gana. Es cierto, tenemos que reconocerle que durante la década del sesenta formuló un género que resultó central para la expresión literaria de la identidad chilena durante el siglo XIX, la “novela de costumbres nacionales”, como la llamó él mismo, o la “ficción fundacional”, como la bautizó Doris Sommer más de cien años después. En 1861, en la conferencia que lo incorpora a la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile, Blest Gana define la “novela de costumbres nacionales” en su doble interés: representar la realidad de la nación y colaborar en su mejoramiento:

Por la pintura de los cuadros sociales llamará la atención de todos los lectores; por sus observaciones y la filosofía de su estudio, adquirirá las simpatías de los pensadores y por las combinaciones infinitas que caben en un extenso cuadro, despertará el interés de los numerosos amigos del movimiento y de la intriga. Su influencia en el mejoramiento social es al propio tiempo más directa también que la que otros géneros de novela pueden ejercer, puesto que en su esfera se discuten los más vivos intereses sociales (“Literatura chilena” 113).

Doris Sommer, por su parte, llamó “ficciones fundacionales” a un grupo de novelas del siglo XIX latinoamericano cuya escritura explota una cierta confusión entre deseo y realidad que es propia del momento fundacional de la nación y entrelaza, por tanto, política y erótica. Estas novelas, como se sabe, alegorizan un proyecto de construcción nacional mediante parejas de amantes que representan “regiones particulares, razas, partidos, intereses económicos” (Sommer 5-6). El proyecto de Blest Gana es, en realidad, el de toda la oligarquía de América Latina, y en Chile se da también en otras escrituras contemporáneas 4 , algunas eclipsadas por la propia obra del autor de Martín Rivas, como por ejemplo las novelas de Rosario Orrego de Uribe 5 .

Esa novela alcanzó su expresión más depurada en las obras que Blest Gana escribió antes de su extrañamiento: La aritmética en el amor (1860), Martín Rivas (1862) y El ideal de un calavera (1863). En ellas, Blest Gana funciona como inventor del Chile del siglo XIX en tanto comunidad imaginada o, lo que es lo mismo, como uno de los intelectuales que da forma a los deseos nacionales de la burguesía chilena, que es su propia clase social, la misma clase que estaba ejecutando, casi sin contrapeso, su proyecto hegemónico durante esos años 6 .

Ese fundador, ese autor totémico de la cultura chilena deja definitivamente el país a los treinta y seis años de edad, y pasa la mayor parte de su vida en el exterior, casi siempre en París. No es posible que leamos su obra posterior como si nunca se hubiera ido, como si fuera todavía un vecino de Santiago, como si todavía estuviera entre nosotros. Es lo que hemos hecho. Por ejemplo: se suele considerar que Durante la Reconquista es, si no la primera novela histórica de nuestra tradición, lo que es un error, al menos “la única realmente lograda” del siglo XIX chileno, como resume Antonia Viu tras leer a los principales estudiosos del género (126) 7 . Vista desde la perspectiva que estoy proponiendo, en cambio, resulta innegable que se trata de un producto mucho más francés que chileno, o al menos un producto cuya chilenidad ha sido fraguada, imaginada y vivida fuera de Chile 8 . En esa novela, sin embargo, Diego Barros Arana –y tras él casi todos los lectores chilenos– apreció sobre todo la fidelidad de sus caracteres nacionales, “iguales a los que hallamos en la vida real, que la mano del artista no hace más que copiar inventando una acción” (10).

La lectura del gran maestro de la narrativa chilena del siglo XIX tiene muchos cabos sueltos.

En este breve artículo quiero fijar mi atención en otra novela tardía de Blest Gana, Los trasplantados, de 1904, el libro en el que retrata las vidas de los burgueses latinoamericanos que trataban de vivir como nobles europeos en París. Para hacerlo recurriré a la distancia que acabo de describir como argumento central. Básicamente, voy a proponer que el uso que Blest Gana hace de la particularización, rasgo axial de cualquier estética realista, constituye un desplazamiento geográfico y cultural en segundo grado, una idea doblemente fuera de lugar.

¿Qué quiere decir “desplazamiento en segundo grado” o “idea doblemente fuera de lugar”? La novela de costumbres nacionales, la de la década del sesenta del siglo XIX, ilustra el desplazamiento primario de la estética realista desde Europa hacia América Latina. El realismo europeo era esencialmente transitivo, es decir, su narrador burgués se representaba a sí mismo, cierto, pero también a los sujetos que consideraba “peores que nosotros” en términos de su dignidad, educación o clase social: la prostituta en Naná, los huéspedes de la Casa Vaquer en Papá Goriot, incluso esa desabrida mujer de provincias que es Madame Bovary a los ojos de Flaubert. Ese sujeto que la épica y el romance despreciaron aparece en las novelas europeas del siglo XIX, sin embargo, particularizado en sus coordenadas espaciales y temporales y como un ser humano digno de conmover al lector en tanto protagonista de una tragedia que logra ser sublime 9 .

El primer realismo chileno, el de Martín Rivas, desplaza y pone fuera de lugar el realismo europeo, y lo hace de una manera que puede describirse con cierta precisión como narcisista. En vez de representar a un sujeto “bajo”, en vez de conmoverse con las tragedias de quienes son “peores que nosotros”, el narrador de la novela de costumbres nacionales utiliza la particularización para fijar, con abrumadora preferencia, las mismas prácticas que enorgullecen a esa burguesía santiaguina que tantas pretensiones de aristocracia tiene: el consumo suntuario, algunas formas de socialización oligárquica como la tertulia. Su incapacidad para hablar de los sujetos “bajos” incluso alcanza a quedar registrada en el propio texto, cuando se declara incapaz de describir a una criada de los Molina, es decir, alguien que está por debajo del medio pelo:

Dar una idea de aquella criada, tipo de la sirviente de casa pobre, con su traje sucio y raído y su fuerte olor a cocina sería martirizar la atención del lector. Hay figuras que la pluma se resiste a pintar, prefiriendo dejar su producción al pincel de algún artista: allí está en prueba el “Niño medigo”, de Murillo, cuya descripción no tendría nada de pintoresco ni agradable (Martín Rivas 64).

Hay figuras que la pluma se resiste a pintar: con este abierto gesto de rechazo de una parte del realismo latinoamericano del siglo XIX, al menos el chileno de Blest Gana, construye, con las armas de la novela moderna, un nuevo discurso elevado, como diría Erich Auerbach, un nuevo discurso exclusivo, revirtiendo en ese gesto la función que tenía en Europa 10 .

Los trasplantados es un texto escrito casi cuarenta años después que Martín Rivas y, como señalé, su tema son los rastacueros, los oligarcas hispanoamericanos que intentan sin éxito entrar en la alta sociedad parisina y que gastan en la capital de la modernidad el dinero que se ha producido en América, su periferia. Me gustaría mostrar cómo es que aquí se produce un segundo movimiento del realismo. Una estética que ya fue desplazada allá en los años sesenta viaja de vuelta a Europa, otra vez desencajada. De la casa de los Encina, en Santiago, al hotel que arriendan los Canalejas en París, por así decirlo. Es una suerte de retorno que, como veremos en seguida, no permitirá reencontrarse con ningún origen.

LAS PIEZAS

Alberto Blest Gana deja su cargo diplomático en 1887, y sus biógrafos recogen el hecho mediante una explicación que imbrica una intriga palaciega y un juicio político sobre el encargado de la legación. José Ezequiel Balmaceda, hermano del recientemente asumido presidente José Manuel Balmaceda, lo habría acusado de malversar unos cuantiosos fondos de la Defensa que le habían sido encomendados con el fin de que comprara un blindado para la Armada. Además, se le reprocha, por primera vez en su larga ausencia, que se habría “desnacionalizado” 11 . Luego de algunas idas y venidas que conocemos solo indirectamente, el Presidente decide pedirle la renuncia. Blest Gana se resiste en un principio, y solo la entregará después de una larga defensa por carta que dirige al propio José Manuel Balmaceda. Entre sus biógrafos hay un amplio consenso en cuanto a la inocencia del novelista en lo que respecta al cargo de malversación; para la lectura de Los trasplantados, sin embargo, tiene mucho interés la defensa que hace de su compromiso con la identidad chilena:

En cuanto a que un hombre se desnacionalice porque reside muchos años fuera de Chile, Ud. me permitirá que no considere el cargo como apoyado en ningún fundamento sólido. Acaso podría decirse eso del que se mantiene muchos años alejado del suelo natal por puro gusto. Mas, no es posible formular semejante acusación contra el que vive ocupado del servicio de su patria; que sigue con vivísimo interés su desarrollo; que le consagra todos sus instantes y que pone su grano de arena con infatigable celo en esa obra común de engrandecimiento nacional, que no puede ser completa si no tiene representantes activos y experimentados, repito ‘experimentados’ en el exterior (Epistolario 886).

La experiencia nacional del Blest Gana diplomático, según él mismo argumenta, es intensa, más intensa incluso de la que tiene un chileno cualquiera en Chile: dedica a ella todo su tiempo. Lo hace, sin embargo, de un modo que contrasta y se opone al apego que tenía por las costumbres nacionales particulares y concretas allá en la década del sesenta. El Chile que Blest Gana puede construir desde la distancia es más bien especulativo que práctico, no solo imaginado como lo es toda identidad nacional, sino más bien imaginario, el producto de una meditación abstracta que, a su juicio, coincide efectivamente con la realidad, entre otras razones porque no podría realizar su trabajo si no fuera así. Así lo declara en esa misma carta, un poco antes:

[E]n casi todos esos negocios he creado, sobre instrucciones las más veces lacónicas, como puede verse en nuestro Ministerio de Relaciones Exteriores, una argumentación abundante y sólida hija de la meditación y del estudio, en la que nuestro gobierno se ha dignado reconocer siempre al reflejo de su pensamiento y la acertada defensa de los intereses nacionales (Epistolario 886).

Su situación se parece mucho a la del sujeto migrante, obligado a rememorar el allá entonces de la patria lejana en el aquí y ahora del exilio, salvo que ese “allá entonces” es algo de lo cual, al menos en parte, Blest Gana ha sido autor hace no mucho; salvo que en ese “allá entonces” el deseo, la experiencia y la ideología no logran distinguirse con precisión. Puesto en la disyuntiva de amar u odiar el origen, que es la disyuntiva de todo migrante 12 , Blest Gana opta por el amor, aunque no pueda obviar la debilidad de la única sustancia que puede sostenerlo, es decir, las “lacónicas instrucciones” que recibe desde la lejanía. Su Chile es una hipótesis, una idea que surge de los pocos datos ciertos que logra discernir desde París.

Los trasplantados copia casi literalmente el esquema que dibujan estas cartas. Como se recordará, es la segunda novela del “segundo aire” literario de Blest Gana, y fue publicada ocho años después de que dejara el cuerpo diplomático. Cuenta la historia de Graciano Canalejas y su familia, un grupo de hispanoamericanos que vive alegremente en París gastando el dinero que, rentistas consumados, producen sus bienes de capital en América. A diferencia del narrador –y a diferencia de Blest Gana–, estos trasplantados no defienden una identidad nacional amenazada por la metrópoli. Por el contrario, buscan desesperadamente desnacionalizarse, cosmopolitizarse, volverse europeos.

Una de las líneas genealógicas de la novela ofrece segura continuidad con la construcción amorosa de la patria como el “allá entonces” lejano que he estado describiendo. Es la que encarna Doña Regis, la abuela de los Canalejas, propuesta como representante de una nación radicalmente idealizada. Así es como se la describe en la novela, en sus lazos con la heroína de la trama amorosa, su nieta Mercedes:

La abuelita le hablaba de la patria lejana, de la felicidad de aquella existencia sin artificios, en el caluroso abrigo de los afectos de familia: un vasto espacio abierto a su imaginación, donde Mercedes hacía florecer el idilio de su amor, amenazado por la sorda conspiración contra Patricio declarada en la familia a medida que se infiltraba en ésta la idolatría de la grandeza (Los trasplantados 53).

Por cierto, esa idealización nacional del narrador y de doña Regis es vivamente despreciada por los demás miembros de la familia. La señora, al menos desde la perspectiva de su descendencia, es “peor” que los rastacueros; su nostalgia por la nación, su aprecio por la tradición y hasta los platos que ella come –lentejas y cazuela, comidas de casa– hacen que los más jóvenes se avergüencen e incluso que arrisquen la nariz cuando los huelen.

Otra línea narrativa toma el camino opuesto. Sugiero leer con alguna detención el siguiente fragmento, que retrata el problema que enfrentan estos migrantes de la elite y también la solución que Blest Gana encuentra para representarlos. El narrador se encuentra focalizado en Graciano Canalejas y en su esposa Quiteria, quienes han logrado, por fin, una invitación para asistir a una fiesta de la aristocracia europea, el banquete que ofrece la duquesa de Vieille-Roche:

Sentíanse extranjeros en aquella reunión de gente de otra raza, de otros modales, de otro modo de ser del que les era familiar en su tierra y que conservaban sin saberlo. Aquella manera de saludar no era la de ellos; aquel mirar a las personas sin verlas, de pasar la mano izquierda con estudiada frialdad, de volverse la espalda inmediatamente después del saludo, evitando toda conversación; aquel besar de los hombres la mano a las señoras con afectación cortesana, juntando violentamente la pierna derecha a la izquierda y haciendo así sonar con un golpecito seco los talones de las botas; ese estiramiento de convención, esos aires de importancia satisfecha, todo lo que en torno de ellos observaban, les imponía como un respeto supersticioso por la tradición, por esos modos de ser, que les parecían un don de casta, un privilegio de gente superior, un secreto de maneras aristocráticas heredadas de muchas generaciones de antepasados ilustres. ¡Ah, los saludos de su tierra!, pensaba Canalejas, con la impresión de recordar una cosa grotesca, de una franqueza de poco tono, de una falta de afectación tan antielegante (Los trasplantados 219).

Es un ejemplo clarísimo de particularización realista: el interés del narrador está fijado en que mostrarnos una práctica muy determinada, aquellas cosas que los hombres y las mujeres hacen y deben hacer en una fiesta de la aristocracia francesa a comienzos del siglo XX. Y, sin embargo, como un fantasma que habitara en el reverso de esta representación, o más propiamente hablando, como la sombra o como lo inconsciente de eso que se muestra, también se habla de otro grupo de prácticas bien determinadas, aquellas cosas que los hombres y las mujeres hacen y deben hacer en una fiesta de la burguesía oligárquica americana. Dos saludos se superponen, entonces: el francés, el que evita la conversación, y el americano, el parlanchín, el que no sabe que carece de la correcta afectación francesa.

Me parece muy interesante que la práctica ostentosamente escondida por este procedimiento particularizador sea la misma que, en la década de los sesenta, había constituido la carne misma de la novela de costumbres nacionales, como lo muestra este otro fragmento, tomado de Martin Rivas, en donde se nos pinta el cuadro clásico de la tertulia de los Encina: todo es conversación, juego, alegría, y hasta los niños logran aparecer en el encuadre:

En un sofá conversaba doña Engracia con una señora, hermana de don Dámaso y madre de una niña que ocupaba otro sofá con Leonor y el elegante Agustín. En un rincón de la pieza vecina rodeaban una mesa de malilla [un juego de naipe] don Dámaso y tres caballeros de aspecto respetable y encanecidos cabellos. Al lado de la mesa se hallaba como observador el joven Mendoza, uno de los adoradores de Leonor.

Doña Engracia conversaba con su cuñada, doña Francisca Encina, sobre las habilidades de Diamela [su perra] y sus progresos en la lengua de Vaugelas y de Voltaire, mientras que un hijo de doña Francisca, perteneciente a la categoría de los niños regalones, se divertía en tirar la cola y las orejas de la favorita de su tía (Martín Rivas 27).

Si juntamos ahora los dos fragmentos es posible apreciar el efecto que Blest Gana logra en toda su complejidad: Los trasplantados pone en perspectiva Martín Rivas, y en ese cotejo, la novela de costumbres nacionales aparece muy desmejorada. Aquello de lo que nos debíamos sentir orgullosos hace cuarenta años en Santiago de Chile se ha vuelto ahora, a comienzos de siglo y en París, en un motivo de vergüenza. Esos sujetos que se construían como falsa aristocracia a través del espejo de Narciso en la novela de costumbres nacionales nos muestran ahora un rostro envilecido, porque no serán jamás parte de la aristocracia verdadera. Lo que es más importante: eran “mejores que nosotros” cuando se los narraba en el marco de las novelas nacionales; ahora son “peores que nosotros”, objetos de una mirada que los sabe degradados, que se avergüenza de ellos.

2. ALGUNAS LECTURAS

Anoto tres ideas que permiten discutir esta figura.

La primera tiene que ver con la distancia y el destierro: leer a Blest Gana como un sujeto cuya conciencia ha sido labrada por el exilio abre sus novelas a su clamorosa disyunción esencial, la de las circunstancias en las que las escribe, tan diferentes de los objetos de su representación. En el caso de Los trasplantados, esa disyunción nos permite representarnos con alguna complejidad el imaginario nacional que allí se elabora. Por un lado, ciertamente hay una continuidad entre la novela de costumbres nacionales y la formulación idealizada de la nación que encarnan doña Regis y, por extensión, Mercedes, la heroína del romance en la novela. Por otro lado, hay una segunda formulación de lo nacional, crítica esta vez, que puede leerse en los ingenuos Canalejas. Está hecha de la misma sustancia de la que está conformada la primera, los mismos hábitos y prácticas de la burguesía oligárquica hispanoamericana, pero su valoración es opuesta. Las mismas conversaciones despreocupadas y ruidosas que en Regis y en Martín Rivas son virtud, en los rastacueros serán defecto, remedo imperfecto, versión ridícula de las silenciosas maneras que realmente se usan en París. De alguna manera Los trasplantados se sitúa en el límite del proyecto político de la oligarquía latinoamericana: al enfrentar las prácticas que le daban identidad de clase con las prácticas de otra clase igualmente soberbia se revelan ambas como convenciones vacías. Es el pacto social del siglo XIX que declina ante la llegada de la modernidad: será modernismo en Darío, es humillación en esta novela. Es cierto: no podemos leer la obra de Alberto Blest Gana sin considerar los años que pasó fuera de Chile.

Una segunda observación tiene que ver con la particularización y el modo de representación realista. Si aceptamos que las prácticas de doña Regis y las prácticas afantasmadas de los rastacueros –es decir, las que se adivinan detrás o debajo de las descritas en la novela– son esencialmente las mismas, es decir, las prácticas que definen la identidad nacional, entonces la crítica, el desprecio, en fin, la humillación a la que son sometidas en Los trasplantados corresponden a una especie de innovación en el sistema de representaciones de Alberto Blest Gana. Ellas engendran por primera vez sujetos que, siendo miembros de la burguesía oligárquica chilena o latinoamericana, son al mismo tiempo “peores que nosotros”, sujetos “bajos” en términos aristotélicos cuyos pesares, ahora sí, deberemos leer con como tragedias sublimes. Es la ruptura del espejo de Narciso que caracterizaba al realismo del primer Blest Gana y, de una manera bien curiosa, un retorno del realismo histórico por sus fueros, porque si de algo sirvió este modo de representación fue para ofrecer visibilidad a los sujetos secularmente subalternizados: las sirvientas, las prostitutas, los obreros del carbón y –ahora podríamos agregar– los rastacueros. Será un retorno muy problemático, porque estos sujetos siguen siendo idealizados por la otra línea narrativa de la novela. Será un retorno incompleto, además, porque la estética realista no logra recomponerse simplemente por su relocalización metropolitana. Vuelve otra vez dislocada, más distinta de sí que cuando se fue. La técnica de Los trasplantados no reemplaza la de Martín Rivas: bifurca su realismo, lo vuelve heterogéneo, complejo, sobredeterminado. Humillante y a la vez enaltecedor: realismo latinoamericano 13 .

Una tercera lectura debería hacerse cargo de los contextos, y pienso que esta figura puede servir como descripción de una modalidad bastante curiosa de modernización literaria. Los trasplantados, desde este punto de vista, es algo así como la forma que Blest Gana, el viejo Blest Gana, encuentra para experimentar el proceso modernizador latinoamericano en sus novelas. Está muy lejos de los temas o los problemas estéticos del modernismo –nada más ajeno a la ética de su narrador que el cosmopolitismo, por ejemplo, el orientalismo o el esteticismo–, pero sus personajes inevitablemente siguen trayectorias modernas: viajan, viven lejos de la patria, algunos se quedan, otros vuelven. La vida larga y su largo empeño como narrador permiten a Blest Gana convertirse en un arcaico testigo de la modernidad. Alguien que tal vez no la entiende por completo, pero que así y todo se anima a narrarla con las mismas herramientas, las mismas antiguas herramientas del oficio que aprendió en 1860.

Ciertamente hay mucho más que explorar en la producción tardía de Blest Gana. Este es solo el principio, un puro principio de los muchos principios posibles.

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1Este artículo forma parte del proyecto FONDECYT 1140984, “El realismo narrativo como una idea fuera de lugar. Chile 1850-1990”, del que el autor es investigador responsable.

2También publicó en 1912 Gladys Fairfield, dedicada a su esposa, un texto que hasta ahora ha sido muy poco estudiado.

3Los datos biográficos de Blest Gana, salvo que se indique otra fuente, están obtenidos del que es aún hoy el mejor estudio sobre el escritor y su obra: Alberto Blest Gana (1830-1920). Estudio biográfico y crítico, de Raúl Silva Castro. Ver Bibliografía.

4Vale la pena recordar que en 1972 Jaime Concha había publicado “La formación del burgués”, un estudio ejemplar sobre Martín Rivas, en donde establecía el carácter alegórico de la novela de una manera que complementa al estudio de Sommer y que lo profundiza en la medida en que se afinca más estrechamente con la estructura clasista de Chile. Allí sostiene Concha que la novela no solo representa las aspiraciones nacionales de la burguesía chilena, algo que puede leerse bien en Sommer, sino también la formación de su propia conciencia de clase (46).

5Recientemente se ha recuperado la obra narrativa y poética de Rosario Orrego de Uribe. El volumen Obra reunida incluye las novelas Los busca-vida (1862), Alberto el jugador (1861) y Teresa (1874). Ver bibliografía.

6Me tomo de la distinción que establece Armando de Ramón en su ensayo Historia de Chile. Allí caracteriza el período 1910-1920 como el proyecto histórico de la oligarquía chilena, y el trecho que va de 1920-1973 como el proyecto de las clases medias. Sobre el primero, apunta lo siguiente: “la oligarquía chilena, en la medida en que adquirió poder y fuerza durante el siglo XIX, fue planteando una especie de programa que, en lo básico, significó conservar el poder total, para lo cual se fijaron tareas tales como la ocupación de todos los territorios que el antiguo Estado español asignó a Chile, [y] poner en explotación las riquezas del suelo, colocando a la minería como una de las principales fuentes de ingreso tanto de particulares como del Estado, para lo cual recurrió a sus socios extranjeros, especialmente británicos” (66).

7En su indispensable libro, Antonia Viu valora las evidencias recogidas por varios investigadores, especialmente Eva Löfquist, para desmentir la idea, bastante corriente, de que Durante la Reconquista es la primera novela histórica chilena. Hay ficciones históricas anteriores a la obra de Blest Gana, entre las que se cuentan algunos cuentos de José Victorino Lastarria, y además están las numerosas ficciones populares que Eva Löfquist clasificó como novela folletinesca sentimental, novela folletinesca de aventuras y novela social de tesis. Encontramos en ellas autores como Wenceslao Vidal, Ramón Vial, Liborio Brieba, B. T. Lattapiat, Manuel Bilbao y Daniel Barros Grez (ver Viu 121-129).

8Dice Silva Castro: “Es conocido el hecho de que Blest Gana inició la composición de Durante la Reconquista en Chile, poco antes de salir al extranjero, y que la terminó en 1888, veintidós años más tarde” (496). Es decir, se trata de un manuscrito que lo acompañó durante toda su vida funcionaria en el exterior y que solo pudo terminar una vez retirado. Habría que investigar por qué dilató tanto su publicación, pues no fue sino hasta 1897 que se imprimió en París, en la casa de los Hermanos Garnier, un dato que hoy puede parecernos curioso pero que en su momento era bastante corriente. El mercado hispanoamericano fue un lucrativo negocio para algunas casas editoras francesas que se especializaron en la edición de obras en español, como describe Pura Fernández. No solo se trató de un negocio, sin embargo. “[L]os hermanos Garnier contribuyeron a incrementar el tan desconocido patrimonio bibliográfico en español durante el siglo XIX y estrecharon las relaciones culturales entre España y América, vía París” (Fernández 612).

9Me estoy refiriendo a dos datos centrales de la estética realista. El primero es la particularización o preocupación preferente por los particulares de una experiencia que realiza el sujeto individual, lo que encuentra expresión formal en dispositivos como el uso del nombre propio, la situación precisa de lo narrado en términos espaciales y temporales, la causalidad y un talante crítico y original para el narrador (Watt 11-22). El segundo es el quiebre de la preceptiva antigua de los estilos: rompiendo una tradición milenaria, las narraciones realistas consideran dignas de una representación sublime o elevada los hechos que acaecen a sujetos “bajos” o “peores que nosotros” (Auerbach 453-454; 483).

10Este rasgo del realismo en Alberto Blest Gana, apenas esbozado aquí, merece por cierto una atención teórica más cuidada. Había sido observado por Cedomil Goic en 1968, pero él lo resolvía acudiendo a la oposición entre realismo y naturalismo: “La moralidad de esta literatura [la novela de costumbres nacionales] pone en Blest Gana limitaciones al contenido que importan sistemáticamente un rechazo de las preferencias naturalistas” (48). A mi juicio, la lectura que hace Goic del realismo es un poco más rígida de la que permite Auerbach, de ahí el modo formal en que resuelve el dato textual que comentamos. De todos modos, es importante registrar que hace ya sesenta años había conciencia de él.

11El episodio se relata en Silva Castro 193-203 y, con menor detalle, en Poblete Varas 204-208.

12Uso con alguna libertad los conceptos de Abril Trigo para aludir a la experiencia migrante en la modernidad: “El inmigrante moderno es generalmente un sedentario que, para protegerse del dolor de la pérdida y la ansiedad por lo desconocido, procede a una disociación, ya sea denigrando el allá-entonces y exagerando su admiración por el aquí-ahora, o idealizando a aquel como utopía y vilificando a este último en tanto distopía” (247).

13Aquí caben las dos alusiones teóricas que sustentan esta lectura. Tal como ha descrito Roberto Schwarz para las ideas del liberalismo, es posible decir que “las ideas del realismo” son puestas fuera de lugar en Martín Rivas y luego, una segunda vez, en Los trasplantados (Schwarz 184). ¿Cuáles son estas ideas? Como explican Auerbach y Watt, y más recientemente Franco Moretti, la novela realista europea reproduce, más bien, el cuerpo ideológico de la burguesía, de la cual es expresión siempre problemática y contradictoria. Son estas las ideas llevadas y traídas, subidas y bajadas por Blest Gana. Esta condición “viajera” ya no solo de las ideas del realismo sino del realismo como estética, como código de escritura, cabe bien en la descripción que hace Edward W. Said: “una vez que una idea obtiene vigencia debido a que es claramente eficaz y potente, tiene todas las probabilidades de que durante sus peregrinaciones se vea reducida, codificada e institucionalizada” (29). A mi juicio, los viajes del realismo a lomos de Blest Gana hacen que gane y pierda, al mismo tiempo, en distintas dimensiones.

Recibido: 04 de Mayo de 2020; Aprobado: 08 de Julio de 2020

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