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Revista chilena de literatura

versión On-line ISSN 0718-2295

Rev. chil. lit.  no.101 Santiago mayo 2020

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-22952020000100511 

Reseñas

Antonia Viu. Materialidades de lo impreso. Revistas latinoamericanas 1910-1950

Matías Marambio de la Fuente1 

1Universidad Alberto Hurtado. Chile

Viu, Antonia. 2019. Materialidades de lo impreso. Revistas latinoamericanas 1910-1950. Santiago: Metales Pesados, 170p.

Con varias décadas de desarrollo (tres, al menos), la investigación sobre revistas culturales latinoamericanas es hoy un campo de estudios que ha alcanzado un grado indiscutible de maduración y consistencia. Muestras hay varias: la organización de volúmenes colectivos y de dossiers en revistas académicas dedicados a las publicaciones periódicas; la proliferación de estudios monográficos sobre proyectos editoriales específicos que han marcado epocalmente su campo cultural (como Amauta, Sur, Orígenes, Casa de las Américas, Punto de Vista, entre otras); la incorporación de las revistas como una sección particular en el proyecto Historia de los intelectuales en América Latina, coordinado por Carlos Altamirano; ensayos que han adquirido el estatuto de clásicos fundacionales, como el texto de 1992 de Beatriz Sarlo: “Intelectuales y revistas: razones de una práctica”. Todas ellas señales de que existe una comunidad de investigadoras e investigadores que dialogan a partir de su común interés por las revistas como artefactos que nos abren una puerta hacia la vida cultural de su tiempo. En efecto, es el ensayo de Sarlo el que abre las reflexiones de Antonia Viu en Materialidades de lo impreso. Revistas latinoamericanas 1910-1950, volumen que compila cinco estudios dedicados a publicaciones periódicas de nuestro continente en la primera mitad del siglo pasado.

La investigación de Viu trabaja un conjunto amplio de temas: la formación de una cultura lectora vinculada a la nueva cultura impresa de masas, al igual que los cambios en los sistemas de información y divulgación del conocimiento; el despliegue urbano de impresos efímeros y sus significaciones políticas en el marco de la impugnación que realiza el movimiento universitario al orden oligárquico; las peculiaridades de la ilustración literaria en la inscripción de las trayectorias de escritores; la grafología como manifestación de saberes (pseudo)científicos que hacen dialogar la palabra impresa y manuscrita; la función “digestiva” que cumplen los recortes en el peculiar formato de las revistas de revistas. En su recorrido, Viu echa mano de publicaciones cuya relevancia histórica es indiscutible, como Zig-Zag, Caras y Caretas, Claridad, Babel y Ultra. En sus palabras, el eje central del libro está en la pregunta por “la autoridad de lo impreso y las formas en que las revistas democratizaron el acceso a la información, al consumo y a los bienes culturales mediante protocolos modernos pero desde las texturas y materialidades de lo que estaba a mano” (14).

Quizá uno de los principales méritos del libro sea su capacidad de llevarnos por tan diverso recorrido temático sin perder la perspicacia analítica ni la novedad de los argumentos. Las publicaciones discutidas en sus distintos capítulos han sido objeto de un amplio escrutinio, pues estuvieron entre las revistas que concitaron el interés de investigadores que dieron forma al campo en el que Materialidades de lo impreso se inserta. El hecho de que ellas se encuentren, en su mayoría, alojadas en repositorios digitales se debe al esfuerzo de las bibliotecas públicas y especialistas que dieron los primeros pasos en el estudio de las publicaciones periódicas de la primera mitad del siglo pasado. La agudeza en el planteamiento de las preguntas e hipótesis de lectura referidas a este corpus tan trabajado es ya razón suficiente para una valoración positiva del volumen de Viu. En efecto, logra abrir nuevas avenidas investigativas para sus materiales. En el caso de Babel, por ejemplo, sus reflexiones ponen en valor una faceta del proyecto dirigido por Samuel Glusberg que ha sido menos atractiva para los practicantes de la historia intelectual y cultural del período, como es su práctica de reproducir recortes de otras revistas, alterando sus marcos de referencia y proponiendo coordenadas de lectura que descontextualizan el original para producir un nuevo objeto. En un plano similar, los capítulos dedicados a Zig-Zag y Caras y Caretas logran sortear el problema que supone un corpus vasto y potencialmente inmanejable. En vez de optar por una mirada serial o de descripción extensiva, Viu adopta una estrategia intensiva de análisis que vuelve más productivos los conceptos que informan su lectura.

Como sugiere su título, Materialidades de lo impreso se instala en el cruce de los estudios sobre cultura impresa y los nuevos materialismos. Dicha coincidencia, que podría parecernos evidente, no ha sido aprovechada por completo en el análisis de las revistas del período, especialmente en lo que tocaría a la presencia creciente de las imágenes en sus páginas. Como señala Viu en el capítulo dedicado a las ilustraciones literarias de cuentos de Marta Brunet en Caras y Caretas:

La cultura impresa se asocia […] a un mundo con una superficie de inscripción, un espesor y un volumen, que se identifica fácilmente en el olor de la tinta de un libro, en el espacio físico que ocupa el papel en las bibliotecas, en los avatares de la impresión, distribución y circulación postal, en el cuidado de una edición o de una diagramación.

Sin embargo, las imágenes en las revistas de la primera mitad del siglo XX, como parte de la cultura impresa latinoamericana, no se han estudiado desde un paradigma que privilegie el estatuto de lo corpóreo. De hecho, podría decirse que dichas imágenes […] se consideran en términos abstractos, como apariciones que se manifiestan a la visión en torno a un proceso del que se excluyen tanto el cuerpo del observador como el cuerpo de la imagen (69-70).

De tal suerte, Viu argumenta a lo largo del libro a favor de una comprensión de los materiales impresos que sea más rigurosa en su tratamiento de las revistas. Esto es, no solo como reservorios discursivos, como artefactos que alojan la textualización del mundo, sino como entidades que tienen un cuerpo y que, por ende, producen los efectos que otros cuerpos también tienen sobre ese mundo. Así, por ejemplo, en su análisis sobre las secciones grafológicas en Zig-Zag, Viu propone una lectura del uso de formularios que releva las dimensiones afectivas de la burocracia moderna. Siguiendo a Lisa Gitelman, la autora sugiere que “los espacios en blanco actúan como una forma de suplemento negativo del trabajo material de tipo afectivo. Cuando un profesional anota la ficha de un paciente, se alejaría del trabajo afectivo que implica el cuidado por la salud para ingresar en el ámbito de los documentos” (127). De forma similar, el análisis de los carteles publicados por Claridad dialoga con las ideas de Erin Manning para explicar los vínculos entre la materialidad presente de un cartel y su condición efímera, obsolescente (57).

De esta forma, los ensayos de Viu actualizan un interés teórico por activar “anclajes que […] permiten interrumpir las lógicas unidireccionales de la temporalidad en relación a las revistas y pensarlas como materialidades con una potencia en el presente que excede la esfera de la memoria o de lo arqueológico” (12). Al inscribirse en la constelación de los nuevos materialismos –Manning, Bruno Latour y Jane Bennett, por usar los nombres convocados por la autora–, el volumen parece dar por asumida la no-vigencia de esos “viejos materialismos” cuya urgencia de renovación queda aceptada tácitamente. En efecto, aquí se trabaja desde la productividad ampliada que han tenido los estudios sobre afectos que han continuado las tesis de Gilles Deleuze y Félix Guattari respecto de las composiciones corporales, las afectaciones y los ensamblajes. En tal posicionamiento subyace la crítica al antropocentrismo y al humanismo que se encontraría en el corazón de los “viejos materialismos” (viejos, por cierto, como efecto performativo de la designación que los nuevos materialismos reclaman para sí). Aunque este entuerto teórico no le resta validez al conjunto de los argumentos de Viu, me parece llamativo traerlo a colación siguiendo los propios principios de la “digestión” que ella identifica como procedimiento desplegado por los impresos latinoamericanos. El efecto de apertura que produce el instrumental teórico del libro tiene, como condición de posibilidad, la existencia de un conjunto de debates cuya presencia tiene un estatuto espectral, una presencia flotante que solo se manifiesta pasajeramente en ciertos puntos del volumen 1 .

Imbricada a este estimulante posicionamiento teórico, Materialidades de lo impreso nos invita a pensar la trama de la producción cultural de la primera mitad del siglo XX a partir de una mirada que tensiona las separaciones taxativas entre el mundo letrado y la cultura de masas durante la coyuntura de la modernización finisecular. Como han demostrado los trabajos que anteceden al volumen (especialmente los de Carlos Ossandón y Eduardo Santa Cruz para el caso de Chile), las esferas de lo culto y lo masivo se encuentran menos diferenciadas de lo que podríamos anticipar. En esa línea, antes que ser un producto puramente masivo, una revista como Zig-Zag apunta a ejercer la mediación contradictoria entre el saber instituido y el emergente público lector de las ciudades. Al analizar la sección “Preguntas y respuestas” del semanario chileno, Viu destaca la importancia que juega la revista en la formulación y difusión de una cultura lectora vinculada a “conocimientos prácticos, fragmentados, estandarizables y susceptibles de indexarse” (31). El estudio de esta sección de Zig-Zag abre una trama más amplia de la cultura impresa de la época, como es la Biblioteca Nacional y la publicación de textos de referencia para nuevos públicos (almanaques, enciclopedias, diccionarios o recetarios).

El universo cultural explorado por la autora también nos remite a los intelectuales que posibilitaron estas prácticas. Se trata de figuras que son pensadas bajo el prisma de la fluidez y la ambivalencia que marca su momento histórico; intelectuales que desarrollan labores anfibias entre lo erudito y lo masivo a causa de los efectos parciales de la profesionalización de los campos culturales. La modernización literaria estudiada por Ángel Rama en el último tercio del siglo pasado exhibe sus peculiaridades en los casos analizados por Viu. Además del encabalgamiento de formaciones discursivas decimonónicas sobre el nuevo siglo –como demuestra el capítulo dedicado a los consultorios grafológicos–, nos encontramos también con fenómenos de nuevo tipo, como el carácter crecientemente globalizado de las prácticas culturales impresas. El mundo de las revistas se encuentra, así, poblado por sujetos, prácticas e imaginarios transnacionales, como Emilio Vaisse y su proyecto de información y referencias, Marta Brunet y su carrera literaria en la Argentina o Samuel Glusberg en su faceta de compilador de recortes de prensa extranjera.

Aun cuando me parezca que, en ciertos momentos, Materialidades de lo impreso levanta hipótesis discutibles a la luz de lo que los propios materiales señalan (como ocurre en el significado que se le atribuye a la composición gráfica en ilustraciones de cuentos de Brunet o en carteles de Claridad, explicables –a mi parecer– más por la disposición técnica de la plancha que por los motivos que indica la autora), reconozco que estas reservas responden a mis sesgos historiográficos. Se trata de un distanciamiento respecto de los alcances de los argumentos, de su sostenibilidad con miras a la consideración global de los materiales que lo sustentan. Es evidente que Viu se posiciona desde una orilla en la cual semejante sospecha no es un problema, pues los intereses que la llevan a examinar su corpus son de otra índole, como ella misma lo declara al señalar su motivación teórica. Con eso en mente, el libro constituye una clara motivación al debate y a la consolidación de un campo que goza de excelente salud (cosa que, en los tiempos que corren para el mundo de las humanidades, no es poco decir).

1Entre dichos espectros podríamos contar, por ejemplo, la ausencia de una importante tradición de estudios de medios que es afín a los intereses de Viu, desde el trabajo pionero de Friedrich Kittler hasta los empeños más recientes que han sido designados como arqueología de medios.

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