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Revista chilena de literatura

On-line version ISSN 0718-2295

Rev. chil. lit.  no.67 Santiago Nov. 2005

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-22952005000200006 

REVISTA CHILENA DE LITERATURA
Noviembre 2005, Número 67, 91-101

VOLUNTAD DE VENCER Y DE VENCERSE

Carla Cordua
Universidad de Chile


RESUMEN / ABSTRACT

El ensayo enfoca a don Quijote desde el punto de vista del variado e intenso ejercicio de la voluntad que lo caracteriza; el protagonista de Cervantes decide por sí mismo cambiar de vida y darse una existencia nueva elegida libremente. Procede, sin vacilar, a preparar su salida al mundo como otro del que solía ser. Y, en efecto, su determinación voluntaria es tan poderosa que nada ni nadie lo separa de su determinación primera. El sentido de su brusca conversión es luchar contra diversos males y contra los agentes que lo practican impunemente. Decidido a vencer a los enemigos según el modelo caballeresco, busca también lograr la fama imperecedera del tipo que conquistan los andantes de sus novelas favoritas. La elección del modelo de existencia lo obliga a adoptar todas las reglas de vida y la moral caballeresca, sometiéndose así a su propia voluntad. Cabalgando a la ventura ha de velar sobre sí para no apartarse un ápice de los ideales que se ha autoimpuesto.

PALABRAS CLAVE: Voluntad. Voluntarismo. Elección libre. Modelo de existencia. Regla. Moral. Dominio sobre sí. Vencimiento. Conversión. Coherencia práctica. Control.

The essay focuses on Don Quijote in the perspective of the intense and variegated exercise of the will that characterizes the knight-errant. Cervantes’ protagonist has decided for himself to change his life and give himself a new one freely chosen. Without hesitation, he makes ready to emerge in the world as other than he used to be. And, in fact, his voluntary determination is so strong that nothing nor any body can affect his free decision. The sense of his sudden conversión leads him to fight against different evils and their unpunished agents. His decision to overcome the enemies in accordance with the chivalry model, includes also the winning of the everlasting fame that comes to the wandering knights in his favorite novels. The election of this model of existence obliges him to adopt all the rules of living and morality proper to the chivalric code, overcoming thus his own will. Riding haphazard will be his sole protection to prevent the least slipping in the high ideals which he has implosed upon himself.

KEY WORDS: Will. Voluntarism. Free choice. Model of existence. Rule. Moral, Self-control. Overcoming. Conversion. Practical coherence. Control.


 

“El que no sabe gobernarse a sí,
¿cómo sabrá gobernar a otros?”
(II, xxxiii)


Don Quijote decide darse una nueva personalidad, adoptar una vida diferente, deshacerse de sus hábitos de lector casero y dedicarse a poner en práctica su tesoro de representaciones literarias. Igual que los héroes de sus libros, se da “la vida que él de su voluntad había escogido” (I, xxv). El vuelco radical de la manera de ser del protagonista al comienzo de la novela lo revela como alguien convencido de que las nuevas determinaciones que ha hecho para sí no dependen sino de la libre voluntad de quien las elige. Esta loca confianza en la voluntad libre y en que mediante ella se adquiere, además de una vida nueva, la firmeza incondicional necesaria para atenerse a lo decidido, se puede llamar voluntarismo. En el caso de don Quijote, el voluntarismo empieza siendo una radical voluntad de ser otro, que se transformará luego, a lo largo de la novela, en voluntad de vencer sobre otras voluntades y sobre las circunstancias, y de vencerse la voluntad a sí misma. El voluntarismo en general es, en consecuencia, la base de la conducta de don Quijote hasta el final de sus días y un rasgo específico de su peculiar locura. Solo hacia el término de la Segunda Parte del libro, el protagonista de Cervantes renuncia a sus decisiones iniciales sobre sí mismo y sobre la vida caballeresca que lleva en su historia. Pero ni siquiera con ello prescinde de su soberana voluntad. Buena parte de la comicidad del texto de Cervantes depende del violento desajuste entre la
voluntad comprometida y resuelta de don Quijote y las experiencias defraudantes que le depara el ejercicio de sus varias determinaciones. Don Quijote no se deja desmentir por la realidad si esta resulta incongruente con sus decisiones y con las metas que se ha puesto.


La época no está para caballerías andantes, piensa don Quijote (I, xxxviii), al ver que la firmeza de voluntad encuentra en el mundo, “en esta edad tan detestable”, más de una limitación invencible. “Contra el uso de los tiempos no hay qué argüir ni de qué hacer consecuencias” (I, xix), declara don Quijote. Tales límites de la voluntad son interpretados por el héroe como tretas de enemigos mágicos que no dan la cara en la batalla, como hacen los caballeros. Ellos, en la forma de encantadores, brujos y otras instancias fabulosas, operan en la oscuridad, usando sus poderes mal habidos. Allí donde Sancho y el lector ven ciertas condiciones no modificables de la realidad que se ponen de manifiesto a propósito de los desafíos a que las someten las acciones del caballero, éste no ve sino maquinaciones mágicas sobrenaturales.


¿Aprende don Quijote de la experiencia, del fracaso repetido, de las críticas que el sentido común deja caer sobre su empresa de andante literario? El aprendizaje tiene poco lugar allí donde reina una voluntad que se quiere rígidamente fiel a su postura inicial. La vida de este caballero autodesignado irá tomando el carácter de un rito conocido tanto por el protagonista mismo, en cuanto lector de caballerías, como por quien lee la historia de Cervantes. Se trata de un rito destinado a repetir otras vidas novelescas, ya vividas y descritas literariamente:

don Quijote no necesita aprender nada nuevo sino, más bien, representarse una y otra vez a los modelos que guían sus pasos. El que sabe lo que quiere o el que, por falta de juicio, cree haberse convertido ya precisamente en quien ha decidido ser, no tiene nada que aprender. Sus acciones adquieren, por eso, un carácter señaladamente teatral: el personaje ha adoptado un papel o rol que, una vez conocido del espectador, le señalará el curso previsible de la conducta del protagonista a cualquiera que esté al tanto de la vida que aquel ha decidido asumir.


Durante la primera vuelta al hogar, un vecino de don Quijote lo encuentra tirado en el suelo, quejándose, y quiere ayudarlo a incorporarse. El caballero reacciona a la presencia del otro, decidido a incorporarlo al mundo de sus representaciones; para ello le sirve tomarlo, sin más, por el Marqués de Mantua. Pero se trata, en verdad, dice el narrador, de Pedro Alonso, el antiguo vecino del protagonista, quien se presenta en el diálogo como quien
es y trata al hidalgo, su viejo conocido, de señor Quijana. El caballero, indignado ante quien parece querer devolverlo a su anterior identidad, le responde: “Yo sé quien soy, y sé que puedo ser, no sólo lo que he dicho, sino todos los Doce Pares de Francia, y aun todos los nueve de la Fama, pues a todas las hazañas que ellos todos juntos y cada uno por sí hicieron se aventajarán las mías” (I, v). Don Quijote pone todas sus fuerzas al servicio de las certezas que provienen, no de atender a la realidad, sino de los empeños de su voluntad; no cede ante nada y ante nadie. Las cosas son lo que él quiere que sean.


La locura de la voluntad afecta no solo al carácter general de la vida andante de don Quijote; penetra también todos los pormenores de su conducta y pensamiento. Se ha decidido, por ejemplo, por las caballerías andantes de novela ya antes de ser armado caballero; la grotesca ceremonia de armarlo, que debiera preceder a la elección de un nuevo nombre, a la preparación de las armas, a la elección de señora, a la primera salida de su casa, es posterior en el relato a todos estos trámites necesarios (I, iii). El narrador dice: Don Quijote “daba por bien empleada su determinación y salida. Mas lo que más le fatigaba era el no verse armado caballero, por parecerle que no se podría poner legítimamente en aventura alguna sin recibir la orden de caballería” (I, ii).


También su relación con las aventuras contraría a la lógica del asunto. Una aventura es algo que nos adviene, que viene hacia nosotros o nos alcanza sin que estemos preparados o, en algún sentido decisivo, sin haberla anticipado. Pero don Quijote le tuerce el significado a las aventuras saliendo a buscarlas y poniendo todo de su parte para convertir situaciones cotidianas en oportunidades extraordinarias que le permitan cumplir con la regla de la vida caballeresca que debe, según las letras, estar dedicada a aventurar. Sabemos que el propósito primero y permanente de don Quijote es “irse por todo el mundo… a buscar las aventuras” (I, i). De manera que, llegado a la Sierra Morena, por ejemplo, se puede decir de él: “Así como don Quijote entró por aquellas montañas, se le alegró el corazón, pareciéndole aquellos lugares acomodados para las aventuras que buscaba” (I, xxiii). Solo un voluntarista busca lo que a los demás mortales les ocurre de sorpresa y sin preparación.


Los amores hacia Aldonza Lorenzo pueden ser llamados, cuando menos, amores de conveniencia. Rebautizada la aldeana, que ha de hacer las veces de señora, como Dulcinea del Toboso, en el mismo estilo resonante que ya tienen los nombres del señor y de su caballo, ella es la escogida para
cumplir con otro aspecto de la vida andante. El modelo exige que don Quijote esté enamorado “porque el caballero andante sin amores era árbol sin hojas y sin fruto y cuerpo sin alma” (I, i). Según las reglas, los amores de esta clase no piden ser correspondidos y ni siquiera obligan a anunciar a la elegida sus futuras funciones como “señora del universo”. Don Quijote instruye, en cambio, a su escudero sobre el carácter preciso de estos amores. “Así que, Sancho, por lo que yo quiero a Dulcinea del Toboso, tanto vale como la más alta princesa de la tierra. Sí, que no todos los poetas que alaban damas, debajo de un nombre que ellos a su albedrío les ponen, es verdad que las tienen. ¿Piensas tú que las Amariles, las Filis, las Silvias,… y otras tales de que los libros, los romances,… están llenos, fueron verdaderamente damas de carne y hueso, y de aquellos que las celebran y celebraron? No, por cierto, sino que las más se las fingen, por dar subjeto a sus versos, y porque los tengan por enamorados y por hombres que tienen valor para serlo. Y así, bástame a mí pensar y creer que la buena de Aldonza Lorenzo es hermosa y honesta; y en lo del linaje… yo me hago cuenta que es la más alta princesa del mundo” (I, xxv).


A los derechos del caballero andante pertenece, de acuerdo con don Quijote, no solo que los reyes lo sienten a su mesa sino también que no haya doncella que no se aficione a él “y se le entregue rendida, a todo su talante y voluntad” (I, xlv). Muy pronto después de esta declaración del protagonista, el narrador ofrecerá algunos de los crueles contrastes que separan a las porfiadas aunque ingenuas pretensiones de don Quijote, de la implacable realidad que lo rodea. Cuando se llevan al protagonista en un carro, enjaulado, engañado, y sin consideración alguna de su voluntad, salen a despedirlo la ventera y su hija Maritornes, “fingiendo que lloraban de dolor de su desgracia”. Pero Don Quijote, siempre cortés, las consuela; las calamidades caen sobre los valientes y virtuosos, que son quienes despiertan la envidia de aquellos que no lo son. Pero, declara enseguida, la bandera en alto, “la virtud es tan poderosa que, por sí sola, a pesar de toda la nigromancia… saldrá vencedora de todo trance, y dará de sí luz en el mundo, como la da el sol en el cielo” (I, xlvii).


En sus reflexiones y discursos, don Quijote suele manifestar la alta estima que profesa al control de sí mismo, al gobierno de la propia conducta. El mismo es un ejemplo vivo de autocontrol: nunca se permite actos impulsivos que lo separarían de las reglas derivadas de la vida de sus héroes literarios. Ni siquiera provocado por sus críticos hace otra cosa que defender con calor y pasión sus convicciones. Las emociones pasajeras no lo
dominan jamás. Si la espontaneidad consistiera en la capacidad de apartarse sin motivo de las decisiones conscientes que gobiernan habitualmente el proceder de una persona, tendríamos que decir que el protagonista de Cervantes carece del todo de ella. Su conducta es regular en el doble sentido de que, por una parte, ella resulta de reglas formuladas y elegidas conscientemente por él, y por la otra lo es debido a la coherencia interna que impone a la acción un conjunto de modos de proceder firmemente mantenidos a sabiendas en toda circunstancia. Una vez decidido algo, queda así para siempre: “llama bacía a lo que fue, es y será yelmo de Mambrino, el cual se le quité yo en buena guerra, y me hice señor de él con legítima y lícita posesión” (I, xliv).


Acerca del dominio de sí o de la voluntad de controlarse a sí mismo, conversa don Quijote con Sancho. Este le recuerda, cuando van de vuelta a casa en la Segunda Parte de la novela, lo que el caballero le ha enseñado acerca de la voluntad. Mirando hacia su aldea desde un monte próximo, Sancho se arrodilla y dice: “Abre los ojos, deseada patria, y mira que vuelve a ti Sancho Panza tu hijo, si no muy rico, muy bien azotado. Abre los brazos y recibe también tu hijo don Quijote, que, si viene vencido de los brazos ajenos, viene vencedor de sí mismo, que, según él me ha dicho, es el mayor vencimiento que desearse puede” (II, lxxii).


Don Quijote es un estoico no solo en la acepción popular del término, que lo aplica a la capacidad de mantener una disposición ecuánime frente al sufrimiento y a la adversidad, sino también en el uso propiamente filosófico de la palabra, que designa al sabio cuya conducta práctica deriva de principios universales del pensamiento sobre la naturaleza de las posibilidades humanas. Cuando inician la existencia andante, don Quijote y Sancho suelen diferir sobre lo que conviene hacer enseguida, debido a que el escudero cree siempre que antes que nada hay que buscar la facilidad y lo cómodo. Su amo le explica que las cosas no son como el escudero cree: “Así que, Sancho amigo, no te congoje lo que a mí me da gusto. Ni querrás tú hacer mundo nuevo, ni sacar la caballería andante de sus quicios… Subieron luego a caballo, y diéronse priesa por llegar a poblado antes que anocheciese; pero faltóles el sol, … Junto a unas chozas de unos cabreros, y así, determinaron pasarla (la noche) allí; que cuanto fue de pesadumbre para Sancho no llegar a poblado, fue de contento para su amo dormirla al cielo descubierto, por parecerle que cada vez que esto le sucedía era hacer un acto posesivo que facilitaba la prueba de su caballería” (I, x). La prueba de su auténtica caballería es, por cierto, para sí mismo, para acabar de
convencerse don Quijote de que está, en efecto, viviendo como inicialmente se determinó a hacerlo, esto es, de acuerdo a su propia voluntad y nada más que a ella. Lo que le resulta preciso probar es el acuerdo de la voluntad consigo misma y, como en su caso se trata del propio querer, la prueba no tiene otro destinatario que quien la lleva a cabo. La cuestión del gobierno voluntario de sí mismo aparece en distintas circunstancias de la narración y no solo a propósito de la ínsula prometida a Sancho: “El que no sabe gobernarse a sí, ¿cómo sabrá gobernar a otros? (II, xxxiii).


El dominio de sí se ha convertido para don Quijote en “el vencimiento supremo”. Si se piensa en la importancia que el caballero le atribuye al triunfo sobre sus oponentes en batallas y escaramuzas, y la tristeza que lo invade cuando se ve derrotado en ellas, veremos mejor cuál es el alcance de su reconocimiento expreso del valor supremo del autodominio. Vencerse a sí propio es más que vencer a otro aun para quien cree que la derrota de un rival merece y procura la fama imperecedera para quien la consigue. La voluntad como instrumento para obtener la gloria y la fama se potencia como autovencimiento o voluntad dueña de sí.


Por lo demás, esta apreciación estoica del autodominio es la condición de posibilidad de una vida dedicada a la imitación de modelos no solo observados sino repetidamente descritos en los libros que solía leer don Quijote. Una vida regida por reglas verbalmente expresas y además encarnadas en personajes individuales, presupone la capacidad de adaptarse continuamente a lo prescrito y adecuado al modelo que guía a la existencia imitadora. ¿Qué sería de ésta si la voluntad de repetir lo admirable no se pudiera vencer a sí misma aparte de toda consideración circunstancial? Con entera seguridad y confianza en sí dice don Quijote ante una solicitud: “Sea quien fuere (la que pide un don), que yo haré lo que soy obligado y lo que me dicta mi conciencia, conforme a lo que profesado tengo” (I, xxix).


El principal interlocutor de don Quijote es, obviamente, Sancho Panza. Pero no es el único; diferentes interlocutores ofrecen al caballero ocasiones diversas de manifestarse. Las conversaciones del protagonista con Sancho, personaje no programado por un plan de vida establecido voluntariamente por él mismo, subrayan el voluntarismo de su señor. Particularmente interesantes para apreciar otros ángulos de la voluntad de don Quijote son las conversaciones del protagonista con Cardenio, un loco temático e intermitente como el protagonista, el que, por causa de un mal de amores le ha dado un vuelco radical a su vida y se ha retirado para siempre de la vida civilizada.

A pesar de la tendencia de Cervantes a repetir los rasgos sobresalientes que definen tanto a las situaciones de la novela como a sus personas, esta inclinación del novelista no resulta un obstáculo ni para el desarrollo de su narración en general ni para la aparición de cambios y sucesos imprevistos. Las notorias diferencias entre las dos partes principales del libro se alimentan tanto de las nuevas circunstancias reinantes como de la paulatina transformación de actitudes y maneras de pensar de los personajes. Por ejemplo, Sancho repite innumerables veces sus quejas de que pasan tanto el tiempo como las aventuras sin que él obtenga la ínsula que su señor le ha ofrecido. Pero el ejercicio de gobernar les pone un brusco fin a sus reclamaciones. Jamás se lamenta de nuevo de lo mismo; en vez de una gobernación, comienza a ambicionar otras compensaciones, ya en dinero, ya en títulos de nobleza. Por esta combinación en la novela de repeticiones y de relativas novedades, vamos siendo preparados para sus últimos capítulos, en los que don Quijote depone bruscamente el plan de vida que el caballero ha venido desarrollando hasta entonces al dedillo. Ahora vuelve a casa y se prepara para morir. Ninguna de las intrigas montadas por otros para hacerlo entrar en razón había conseguido devolverlo a su lugar de origen. Casi nunca se destaca el hecho de que, de acuerdo con la imaginación de Cervantes, solo la proximidad de la muerte resulta capaz de torcer la tenaz voluntad de que da muestra don Quijote a lo largo de su historia. En este caso tal vez no cabe decir que el caballero decide volver por propia iniciativa, ya que declara sentir que se acerca la hora de aquello que llegará sin su intervención. Pero el modo en que ocurre la renuncia voluntaria a la caballería andante resulta ser, de nuevo, un vuelco de la voluntad: la conversión del loco al sentido común, que don Quijote anuncia tranquilamente, como cosa hecha y definitiva, a sus sorprendidos parientes y amigos.


La muerte anticipada del protagonista le concede tiempo al narrador para que las cosas ocurran verosímil y naturalmente, esto es, poco a poco. En la Segunda Parte de la novela, las aventuras de la primera ceden el primer lugar a ocasiones sociales y encuentros, a la estadía en el castillo de los duques, a farsas y burlas, a entretenciones organizadas para probar a don Quijote y Sancho y divertirse a su costa. En las nuevas situaciones la pareja andante encuentra gente que los reconoce como los personajes de la Primera Parte del libro de Cervantes, que, dice la Segunda, ha sido publicado y leído entretanto. En este presente son los demás quienes les dicen a los aventureros quiénes son, esto es, los abordan directamente como figuras literarias mucho más que como hombres de acción. Caracterizándolos por
sus hazañas pasadas, por la fama y el nombre que su vida anterior les ha procurado, los demás los identifican como ya establecidos y determinados por las aventuras y sucesos de la Primera Parte. Ha llegado el momento de la explotación de los personajes del libro por los lectores del mismo. En su nueva condición de caracteres ya definidos por las letras y fijados por el tiempo en historias pretéritas, don Quijote y Sancho han perdido la iniciativa que los caracterizaba al comienzo de la novela. Ha desaparecido la oportunidad en la que cabe que don Quijote diga: “Yo sé quien soy”. Ya en el primer encuentro con los duques, la duquesa le pregunta a Sancho: “Este vuestro señor, ¿no es uno de quien anda impresa una historia que se llama del Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha, que tiene por señora de su alma a una tal Dulcinea del Toboso?” (II, xxx). Esta escena, en la que distintos lectores o auditores de lecturas reconocen a los antiguos aventureros mediante los rasgos de su representación literaria en la Primera Parte, se repite muchas veces a lo largo de la Segunda Parte de la novela (II, lviii; lix; lxii; lxx; etc.).


Don Quijote reconoce expresamente ser el personaje que aparece en la Primera Parte publicada del libro, lo cual indica que ha dejado de definirse como al comienzo de su historia. En efecto, antes había decidido voluntariamente que era quien llegaría a ser en el futuro mediante sus hazañas como andante. “Sé que puedo ser, no solo lo que he dicho, sino todos los Doce Pares de Francia y aún los nueve de la Fama” (I, v). Expresar el propio ser en términos de lo por venir, de las posibilidades de la acción que se proyecta llevar a cabo, es lo contrario de entenderse como ya sido o hecho. Ser su pasado es nada menos que una renuncia a la libertad. En la situación de la Segunda Parte de la novela, don Quijote avanza en esta dirección, como que llega a pedirle a Sancho que lo entienda como el protagonista de la Primera Parte. “Considérame impreso en historias, famoso en las armas, comedido en mis acciones, respetado de príncipes, solicitado de doncellas; al cabo, al cabo, cuando esperaba palmas, triunfos y coronas, granjeadas y merecidas por mis valerosas hazañas, me he visto esta mañana pisado y acoceado y molido, de los pies de animales inmundos y soeces” (II, lix).


Discutiendo el Quijote de Avellaneda, dice el caballero: “Retráteme el que quisiere, pero no me maltrate; que muchas veces suele caerse la paciencia cuando la cargan de injurias” (II, lix). Atribuye su actual fama a su pasada elección de las caballerías, sin darse cuenta de que, para que sea reconocido y aplaudido, los bromistas que lo pasean por la ciudad le han
colgado a la espalda un letrero con su nombre. Convencido de deberle la gloria a las ya realizadas hazañas, don Quijote sostiene: “Grande es la prerrogativa que encierra en sí la andante caballería, pues hace conocido y famoso al que la profesa por todos los términos de la tierra; si no, mire vuestra merced, señor don Antonio, que hasta los muchachos desta ciudad, sin nunca haberme visto, me conocen” (II, lxii). Las farsas de los burlones crean la apariencia grotesca de que los antiguos planes de vida de don Quijote ya lo han acabado de llevar a la meta que él se propuso al dedicarse a su vocación.


La Segunda Parte, en la que las aventuras son reemplazadas mayormente por montajes teatrales y diversiones de maliciosos, contiene treinta capítulos dedicados a la estadía del caballero en el castillo de los duques. Don Quijote se da cuenta de que la existencia que lleva allí no calza bien con su elección de vida. “Cuenta Cide Hamete que estando ya don Quijote sano de sus aruños, le pareció que la vida que en aquel castillo tenía era contra toda la orden de caballería que profesaba…” (II, lii). Lo mismo se repite en la segunda estadía: “Ya le pareció a don Quijote que era bien salir de tanta ociosidad como la que en aquel castillo tenía; que se imaginaba ser grande la falta que su persona hacía en dejarse estar encerrado y perezoso entre los infinitos regalos y deleites que como a caballero andante aquellos señores le hacían…” (II, lvii). Pero aun saliéndose del castillo para cumplir con su obligación, no consigue volver a la actividad porfiadamente heroica de la Primera Parte de la historia. El narrador titula, con humor cruel, uno de los capítulos dedicados a las andanzas tardías de don Quijote de la siguiente manera: “Donde se cuenta del extraordinario suceso, que se puede tener por aventura, que le sucedió a don Quijote” (II, lix). Sancho también percibe el cambio de las andanzas finales comparadas con las del comienzo. Le dice al amo: “En verdad, señor nuestramo, que si esto que nos ha sucedido hoy se puede llamar aventura, ella ha sido de las más suaves y dulces que en todo el discurso de nuestra peregrinación nos ha sucedido: della habemos salido sin palos y sobresalto alguno, ni hemos echado mano a las espadas, ni hemos batido la tierra con los cuerpos, ni quedamos hambrientos. Bendito sea Dios, que tal me ha dejado ver con mis propios ojos” (II, lviii).


Las nuevas circunstancias están marcadas porque don Quijote comienza a presentir su próxima muerte y se refiere con cierta frecuencia a ella. “Come, Sancho amigo, sustenta la vida, que más que a mí te importa, y déjame morir a mí a manos de mis pensamientos y a fuerzas de mis desgracias. Yo, Sancho, nací para vivir muriendo y tú para morir comiendo; … de manera que pienso dejarme morir de hambre, muerte la más cruel de las muertes”
(II, lix). En esta posición cambiada, ¿qué fue del voluntarismo de don Quijote? Todavía, en situaciones en que se siente provocado, recupera los arrestos del hombre voluntarioso. Escucha que en una habitación vecina alguien dice de él que ya no está enamorado de Dulcinea. “Oyendo lo cual don Quijote, lleno de ira y despecho, alzó la voz y dijo: Quienquiera que dijere que don Quijote de la Mancha ha olvidado, ni puede olvidar, a Dulcinea del Toboso, yo le haré entender con armas iguales que va muy lejos de la verdad; porque la sin par Dulcinea del Toboso ni puede ser olvidada, ni en don Quijote puede caber olvido: su blasón es la firmeza y su profesión, el guardarla con suavidad y sin hacerse fuerza alguna” (II, lix).


Don Quijote cambia, su situación es otra, pero jamás depone su voluntad sino solo ante la muerte próxima. Exclusivamente por motivos de cortesía renuncia verbalmente a hacer su propia voluntad, como ha hecho siempre que se trata nada más que de cortesías. Al amigo de Roque Guinart le dice: “Llevadme do quisiéredes; que yo no tendré otra voluntad que la vuestra, y más si la queréis ocupar en vuestro servicio” (II, lxi). Pero cuando se trata de su propia suerte y destino, no cede a nadie fijar la dirección y el momento de tomarla. A las mujeres de su casa les ordena: “Callad hijas; que yo sé bien lo que me cumple. Llevadme al lecho, que me parece que no estoy muy bueno, y tened por cierto que, ahora sea caballero andante, o pastor por andar, no dejaré siempre de acudir a lo que hubiéredes menester, como lo veréis por la obra” (II, lxxiv).


Su decisión final, después de dormir seis horas, es su conversión a la sensatez de todos, precedida, como no puede menos de ser, por el reconocimiento de su locura previa, que lo sustraía de la humanidad común. “Dadme albricias, buenos señores, de que ya yo no soy don Quijote de la Mancha, sino Alonso Quijano, a quien mis costumbres me dieron renombre de Bueno. Ya soy enemigo de Amadís de Gaula y de toda la infinita caterva de su linaje” (II, lxxiv). Con la misma radicalidad con la que, al comienzo de la novela, decide salirse de su casa y cambiar de vida, ahora despierta gritando: “¡Bendito sea el poderoso Dios, que tanto bien me ha hecho!... Yo tengo juicio ya, libre y claro,…Yo me siento, sobrina, a punto de muerte; querría hacerla de tal modo, que diese a entender que no había sido mi vida tan mala, que dejase renombre de loco; que puesto que lo he sido, no querría confirmar esta verdad en mi muerte” (II, lxxiv). Lo vemos, pues, aunque muriéndose, tan vivaz, decidido y voluntarioso como antes, pretendiendo darle forma adecuada y propósito expresivo a la muerte inevitable: “querría hacerla de tal modo, que diese a entender que no había sido mi
vida tan mala”. Querer hacer algo con la muerte en vez de simplemente aceptarla o padecerla cuando llega, es tan “quijotesco”, en el sentido popular del término, como proponerse expulsar el mal del mundo. Pero don Quijote moribundo todavía descubre un estrecho espacio en el que preparar, mediante las medidas adecuadas, la opinión póstuma que dejará entre los vivos. La preocupación por la opinión póstuma lo había sacado de su aldea natal. Con esta vuelta al origen del protagonista y de su empresa toda, don Quijote se convierte al sentido común y se hace cargo de la organización de su propia muerte, la que, por su voluntad, será la muerte de un hombre razonable.

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