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Ultima década

versão On-line ISSN 0718-2236

Ultima décad. vol.26 no.48 Santiago jul. 2018

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-22362018000100107 

Juventudes, participación, acción política y conflictividad social

Construcción de masculinidad y belleza masculina en jóvenes varones infractores de ley consumidores problemáticos de drogas

Construção da masculinidade e beleza masculina em jovens homens infratores de lei consumidores problemáticos de drogas

The construction of masculinity and male beauty in problematic drug-using young male law offenders

Alejandro Romero Miranda 1  

1 Sociólogo Universidad de Concepción, Chile. Máster en Criminología y Delincuencia Juvenil Universidad Castilla -La Mancha, España. Docente e investigador Programa de Investigación y Análisis Delictual PIAD. Universidad La República, Chile. Correo electrónico: alejandro.romero@ulare.cl y alejandromeromiranda@hotmail.com

Resumen:

El presente artículo recoge parte de los hallazgos del proyecto de investigación cualitativa titulado Representación social del cuerpo y del estilo flaite en jóvenes infractores de ley, financiado por el fondo semilla de investigación 2016-2017 Universidad La República, cuya muestra está compuesta por cinco jóvenes heterosexuales infractores de ley entre los 16 y 18 años consumidores habituales de drogas, residentes de la comuna de Rancagua. Como principales hallazgos, se destacan la construcción de la masculinidad en los jóvenes como un proceso mediado por prácticas homoeróticas estacionales y el distanciamiento de la belleza masculina patriarcal (masculinealidad) en aras de otro canon que se nutre de elementos propios de la estética femenina, todo lo cual, circunscribe una ruta alternativa en la consolidación de su identidad masculina (masculinialteridad).

Palabras claves: masculinidad hegemónica; masculinealidad; masculinialteridad; belleza; domum corporis; prácticas homoeróticas

Resumo:

O presente artigo reúne parte dos resultados do projeto de pesquisa qualitativa intitulado: “Representação social do corpo e do estilo flaite em jovens infratores de lei”, financiado pelo fundo semente de pesquisa 2016 - 2017 Universidade La República, cuja amostra é composta por cinco jovens heterossexuais infratores de lei entre os 16 e 18 anos consumidores habituais de droga residentes em Rancagua. Como principais resultados, destaca a construção da masculinidade nos jovens como um processo mediado por práticas homoeróticas estacionais e o afastamento da beleza masculina patriarcal (masculinealidade) em favor de outro cânone nutrido pelos elementos próprios da estética feminina, tudo o que, circunscreve uma rota alternativa na consolidação de sua identidade masculina (masculinialteridade).

Palavras-chave: masculinidade hegemônica; masculinealidade; masculinialteridade; beleza; domum corporis; práticas homoeróticas

Abstract:

The present article partially covers the findings on the 2016-2017 Universidad La República seed- funded qualitative research project “Social Representation of The Body and ‘Flaite’ Style in Young Law Offenders”, based on a sample of five drug - using young heterosexual law offenders between 16 and 18 from Rancagua. Its main findings highlight the construction of masculinity in young individuals as a process mediated by seasonal, homoerotic practices and detachment from a patriarchal male beauty (masculineality) to favor a new, female-nurtured paradigm opening a new, alternative way to consolidate their male identity (male alterity).

Keywords: hegemonic masculinity; masculineality; male alterity; beauty; domum corporis; homoerotic practices

1. Introducción

La comprensión de la delincuencia juvenil trasciende con mucho el análisis del acto delictivo, sobre todo, si aceptamos la noción de Matza (2014), para quien la infracción de ley actúa como una característica propia en la adolescencia/juventud producto de la deriva, que el propio autor define como la conducta oscilante de los individuos entre el polo prosocial y antisocial durante este lapso de su vida, que determina a su vez, formas diversas y particulares de vivir la infracción de ley conformando la subcultura del delito. Con esta idea, Matza rompe con la estigmatización social de concebir al adolescente/joven desde una perspectiva esencialista (buenos o malos, integrados o marginales, honrados o delincuentes, etc.) propia de la perspectiva subcultural de Albert Cohen (1955), para quien el sujeto delictual surge como producto de una socialización anómala basada en valores opuestos a los hegemónicos (o integrados) que generan una visión divergente y alterada de la dinámica social.

Así, la deriva propuesta por Matza, no sólo dota de naturalidad a la oscilación entre la conducta prosocial y antisocial durante la adolescencia y juventud, sino que además, sitúa a este fenómeno como parte de la socialización en las sociedades modernas.

Para los fines de esta investigación, el citado concepto de subcultura es a lo sumo relevante, pues establece una idea central a desarrollar en las páginas venideras, cual es, la imposibilidad de plantear un modelo único de vivenciar y construir el ser delictual juvenil, así como una ruta estandarizada en el proceso de construcción de su masculinidad que invisibilice elementos subjetivos, simbólicos y el propio capital cultural y de clase subyacente en dicha construcción, que no sólo significan las acciones desarrolladas, sino además, al propio joven en el contexto de la interacción. Son justamente estos conceptos los que decantan en la noción de “imagen caleidoscópica” que plantea Claudio Duarte (2011), para quien la juventud posee como esencia un dinamismo endógeno que impide su conceptualización genérica o universal.

De esta forma, solo entendiendo la juventud como una deriva caleidoscópica, es decir, como la experimentación conjunta y simbiótica de elementos prosociales (conductuales y consumo) y antisociales (marginales y delictuales) durante la socialización juvenil, mediada por formas particulares de simbolizar y resignificar cada concepto desde la propia particularidad de vivenciar y transitar la juventud, es que se busca comprender la construcción de la belleza y masculinidad en un grupo de jóvenes varones infractores de ley consumidores problemáticos de drogas.

2. Metodología

El presente artículo recoge parte de los hallazgos del proyecto de investigación titulado Representación social del cuerpo y del estilo flaite en jóvenes infractores de ley, financiado por el Fondo Semilla de Investigación 2016-2017 de la Universidad La República, cuyo objetivo general fue indagar en la representación que jóvenes infractores de ley consumidores de drogas poseen de su cuerpo y el significado atribuido a la belleza y vestimenta en la construcción de su masculinidad. De manera específica, los resultados expuestos en este escrito dicen relación con el objetivo específico número uno del estudio, el cual se planteó investigar la autoimagen y representación que los jóvenes conciben de su cuerpo y el canon de belleza masculina.

La recolección de datos se realizó por medio de entrevistas estructuradas con guion temático, entre septiembre y diciembre del 2016, las que fueron complementadas -a modo de triangulación- con diálogos y conversaciones informales con jóvenes en cumplimiento de sanción en el Centro Semicerrado del Servicio Nacional de Menores SENAME Rancagua, entre octubre y diciembre 2016 (jóvenes que no formaron parte de la muestra). Para el análisis de las entrevistas se utilizó una malla temática codificada en razón de las variables del estudio, a partir de las cuales se realizó el análisis discursivo.

La muestra de la presente investigación está compuesta por cinco jóvenes heterosexuales entre 16 y 18 años, todos sancionados por la ley 20.084, con consumo problemático de drogas, que al momento de la entrevista cumplían algún tipo de sanción (privativa o no privativa de libertad) en SENAME u otro organismo colaborador de esta institución, todos con residencia permanente en la ciudad de Rancagua, Chile.

3. Antecedentes

La investigación en torno a los mundos juveniles en nuestro país es todavía incipiente, más aún en razón de aspectos relacionados con la construcción de masculinidad y belleza en jóvenes infractores de ley. En este sentido, todo cuanto se sabe proviene de afluentes estadísticos o cifras de organizaciones (públicas y privadas) que, al privilegiar el dato cuantificable y medible, terminan volviendo obtusa la aprensión del fenómeno, el que queda así reducido a la relación paramétrica y la correlación (porcentaje de jóvenes abusados sexualmente, infectados por ETS, clasificaciones en razón de la orientación hetero, homo o transexual, etc.)

De esta forma, todo cuanto se sabe de los jóvenes en situación de infracción de ley, comienza y termina en números que nos hablan de detenciones y sanciones, panorámica que termina invisibilizando el sentido y la construcción que estos hacen de sí mismos, de su masculinidad, de su belleza y del propio proceso que a todo esto antecede.

Así, como expone Gabriel Salazar y Julio Pinto (2002), todo cuanto se sabe del joven popular (incluido el infractor) en los diversos períodos de la historia nacional, no es más que la disrupción y la peligrosidad que irradia, todo conocimiento no pasa del dato anecdótico de la falta y el delito, que muchas veces se quiere hacer pasar por inherencia, porque la juventud -y sobre todo la popular- encarna la idea del peligro, del temor. Ayer fueron los bandidos, después los cuatreros, luego el roto, el gañan y el niño guacho. Hoy por hoy, el peligro se personifica en el hip hopero, el punk, el flaite, quienes irrumpen con un nuevo lenguaje que trasciende la simple lírica de sus canciones y se traslada a su cuerpo, nuevo mecanismo de expresión y catarsis, patria sui generis que no sólo permite el contacto con los otros, sino que además crea y gesta realidad en la medida que transmite información de lo que se es, pero también de lo que se puede llegar a ser o lo que no se deja ser.

El cuerpo de los jóvenes entonces, es mucho más que su carne y sus huesos, es el nuevo mapa que permite conocer su vida y la construcción de su masculinidad en un tiempo y espacio dado (List, 2004).

Como lo plantea Rossana Reguillo (2000), las nuevas formas de asociación y expresión juvenil no hacen más que mostrar el eterno retorno a las viejas cuestiones de oportunidad, participación y poder, donde los discursos siguen teñidos del viejo aforismo de la teoría marxista de las clases sociales, por más que la sociología se empeñe en negarlo.

Así, la vestimenta, la conceptualización del cuerpo y la construcción de masculinidad en los jóvenes infractores de ley, se constituyen en nuevos temas de estudio para las ciencias sociales en su conjunto (Giménez, 1997), donde la belleza y el modelo que la iconiza aparece como un acápite fundamental, ya que entrega claves que no sólo contribuyen a la comprensión de la conducta infractora por medio de la adopción de pautas de consumo y aspiración (como lo plantea la teoría de la desigualdad de Cloward y Ohlin, 1960), sino que además, permite establecer de forma concomitante la propia concepción de masculinidad y virilidad que subyace en lo jóvenes, que no sólo repercute en su quehacer delictivo, sino en la estructuración de su plan familiar y afectivo (Carabani y Segarra, 2000).

4. Principales hallazgos

Al analizar el discurso de los entrevistados, fue posible identificar tres elementos que presentan relevancia por su recurrencia y significancia en la estructuración de su concepto de masculinidad, que para los fines de la investigación y en razón del relato de los jóvenes, fue definida como “todos aquellos hechos vivenciados que refuerzan la orientación heterosexual y la autodefinición como hombres”.

Estos tres elementos dicen relación con: i) la relevancia que le asignan al riesgo en la construcción de su masculinidad iconizada por la figura del choro ladrón, ii) la experimentación del comercio sexual y prácticas homoeróticas2 estacionales como hechos no contradictorios con su autodefinición de hombres y iii) la adscripción a un modelo de belleza que toma elementos propios de lo femenino, en especial, aquellos relacionados con el adorno del cuerpo y la manifestación de lo erótico/sensual.

5. Masculinidad y cultura del riesgo.

Para los entrevistados, existe una relación directa entre masculinidad y cultura del riesgo, que en razón de los relatos podríamos definir como vivir lo más cerca del peligro sin sufrir daño” o, en palabras de Michel Maffesoli (2004, 2004), aproximarse a la muerte sin alcanzarla.

En razón de esto, un componente relevante de la masculinidad (“lo que identifica a un hombre como tal y por lo que es valorado”), se relaciona con la “capacidad” de vivir en el límite del peligro y del descalabro, por medio de habilidades que permiten sobrellevar relaciones al filo de la descompensación sin sufrir daño (Ibarra y Díaz, 2016; Bonino, 1994). Ser hombre entonces, es visualizar las acciones desde la incertidumbre ante el posible desenlace negativo de los actos, pero confiando en las propias habilidades para salir del paso. Es esto lo que se extrae de los siguientes fragmentos de entrevista:

Pa’ ser hombre hay que ser vio (vivo: sinónimo de despierto en jerga carcelaria o coa) porque o si no, no vai a tener nunca na’, ni plata ni respeto (…). Uno tiene que ser decidío, no tiene que tenerle mieo a nadie, aunque el machucao (sujeto) tenga ficha (reconocimiento delictual), porque a vece no importa ganar o perder, importa si te paraste o no (si te atreviste a correr el riesgo).

Un hombre no se achica ante na’, aunque puea salir pa’ tra (sepa que corre el riesgo de perder) (…) el choro no está ni ahí con el mieo, no le tirita la pera (no tiembla ni muestra miedo), le echa no ma’ porque de alguna forma se la arregla (…) hay que cachar que si andai en la guea (robando), teni que saber que corri peligro de irte en cana (encarcelado) o salir pinchao (dañado físicamente). (…) Hay que asumir el riesgo y mostrar la ficha (habilidades y trayectoria) pa’ salir parao (lograr el objetivo).

Pa’ ser machito hay que dar cara (responsabilizarse de los actos) y inflar el pecho (agrandarse, superponerse sobre el otro) pa’ que te respeten, si teni que pelear peliai, si tení que ponerla (acuchillar) la poni, si hay peligro de que te rajen el paño (corten la cara) o la guata ni ahí, vo le dai no ma’.

Como muestran los relatos, la masculinidad no sólo es asociada con soportar consecuencias desfavorables o desconocidas (Medan, 2011), sino además, con aceptar un estilo de vida que deslinda entre el peligro y el daño, que exige el desarrollo de habilidades y fortalezas necesarias para soportar la angustia que supone dicha “elección”. En este sentido, los elementos de esta masculinidad apuntan a tener fortaleza mental, que es entonces, soportar y saber sobrellevar la angustia frente al posible debacle (Romero, 2017).

De aquí -de este deseo “autoheterodestructivo” en palabras de Bonino (1994)- que los jóvenes enlazan su masculinidad con la figura del deber ser delictual, a su haber, el choro ladrón, que iconiza los valores propios del riesgo, las habilidades para salir del paso y la confianza en sus propias capacidades (Romero, 2017).

6. Masculinidad y prácticas sexuales.

A partir de los relatos, es posible conjeturar que para los jóvenes no existe una relación directa entre masculinidad y prácticas sexuales. Es decir, que aun cuando estos se autodefinen como heterosexuales, la mayor parte no oculta que la construcción de su propia masculinidad y virilidad (así como la de otros jóvenes con trayectorias de vida similares) está mediada por prácticas homoeróticas estacionales, como producto del comercio sexual enmarcado en el consumo/adquisición de drogas, o su despertar sexual en instituciones de protección u hogares de niños, tal como muestran los siguientes relatos.

Si te metí con un gueon vo no soy maricón, el otro es maricón porque le gusta que se lo pongan (…). Si lo poní soy hombre, maricón es el que pasa el culo, el hombre siempre presta el pico(…). Cuando estue en el hogar de niños, había un loco que desde chico todoo le tocaan el culo y se dejaa, después se lo empezaron a poner (penetración anal) (…). Era normal ver como los cabros chicos en el hogar se pescaan (se penetraban analmente por turnos) y tenían sexo oral.

Yo nunca lo hice, pero conocí unos locos que por la churry (pasta base) se lo ponían a unos viejos pa’ tener lucas pa’ consumir (…) Los locos tenían sus minas, pero el vicio era ma fuerte y sin money (dinero) pasaan el cuerpo no má.

Yo veía en el hogar como en las noche uno loquito se iban a meter a la cama de otro pa’ comerce (sexo con penetración) y después se pasaan a su cama de nueo (…) Ahora varios de esos loquitos tienen hijo y alguno tienen señora y están casao.

Mientra no se pase el culo uno es hombre (…) si uno sólo lo pone y no dejan que se lo pongan y no se la chupa a otro es hombre (…) los maricones pasan el culo y dejan que los monten (penetren) y la maman (sexo oral). Yo cuando estuve pegao en la pasta vi a unos loco que se tiraan a unos maricones porque le daan pasta.

Cuando queri pasta pero no queri seguir pasando el pico, o cuando el maricón le da por querer ponerla, uno lleva a un loco y lo deja “empeñao”, o sea, lo deja ahí con el maricón pa’ que el gueon goce y a ti te pasan un poco de droga. El loco que se quea tiene que hacerla de puto y a cambio le dan copete y droga. Una vez vi cuando dejaron a un loco…primero lo vi fumando caleta pasta, después estaba en la cama del maraco.

De esta forma, las prácticas homoeróticas no son concebidas por los jóvenes como un acto que cuestiona o pone en entre dicho su masculinidad (heterosexualidad), sino más bien, como un insumo más en el proceso de su estructuración (Parker, 1999; 2001).

Lo anterior es de suma relevancia pues refuerza un hecho ya planteado por Gilbert Herdt (1992), cual es, que no toda práctica sexual conlleva necesariamente la construcción de una identidad sexual en torno a ella, reflexión que no sólo rompe la conducta binaria del hacer sexual (lo que cada quien debe hacer o no hacer para ser considerado hombre o mujer), sino que además, da importancia al contexto de la práctica (Gutmann, 1996), desarticulando el metarrelato patriarcal en torno a la homosexualidad que la sitúa como una condición diametralmente opuesta a la heterosexual (Connell, 1995; Ibarra y Díaz, 2016).

Así los hechos, tanto la iniciación sexual entre iguales (niños) en los hogares de menores, como el comercio sexual episódico en el marco de la adicción a la drogas, no son concebidos por los entrevistados como prácticas homosexuales si en ellas el sujeto se presenta y aparece en un rol “activo”, elemento que asumen como esencia de la masculinidad, esencia que por una vía alternativa a la masculinidad hegemónica (Burin y Meler, 2000) refuerza de igual forma la actitud sometedora del macho cabrío bullente de virilidad. Entonces, la esencia del hombre, del macho, no sólo supone la penetración, sino además, el nunca ser penetrado (Schifter, 1999).

7. Masculinidad y belleza.

Para estos jóvenes, la belleza masculina (el hombre bello) se genera a partir de una concepción del propio cuerpo, de ese “cuaderno de la realidad” donde todo lo vivido (bueno y malo) queda escrito y dibujado (Le Breton, 2002a).

En este sentido, su cuerpo es lo único realmente propio, es el capital recurrente que disponen a voluntad para enfrentar las vicisitudes de la vida (amor, odio, hambre, éxtasis, miedo, felicidad, tristeza) con todos los costos y aciertos que esto supone.

Hay que cuidarse el cuerpo porque es lo ma’ importante (…) Se puee andar tapisao (bien vestido) pero si no teni cuidao, te ajilai (cometes errores), podi quedar marcao (…). Yo en los brazo tengo corte que me hacía con llilé (hojas de afeitar), también tengo escrito el nombre de mi hija y mi mamita.

Mi cuerpo es mío, y hago lo que quiero con él, si estoy angustiao me pego un corte pal sicoseo (me corto el cuerpo para salir de la angustia), si ando contento me pongo un pipazo (consumo pasta base de cocaína) y por último si me da la guea, yo mismo me piteo (me suicido).

A la finale, lo único que teni e’ el cuerpo sobre too cuando estai en cana (cárcel) (…). Si teni güen cuerpo no te güeean, inpirai respeto, si teni güen cuerpo meti mieo y consegui lo que querí (…). En el cuerpo se muestra la ficha (estatus delictual).

Como muestran los extractos de entrevista, el cuerpo sobrepasa lo meramente físico y se transforma en un elemento simbólico (Le Breton, 2002a), el domum corporis (el cuerpo-casa), que no sólo conecta con la realidad, sino que además, guarda cual museo sus recuerdos y exhibe su trayectoria de vida. Todo lo trascendente se lleva en él.

De esta manera, el cuerpo-casa impone un lenguaje visual y auto explicativo, cuyas partes adquieren relevancia según su capacidad de transmitir información y valoración. Como expone el propio Le Breton: “el saber aplicado al cuerpo, permite otorgarle sentido al espesor de la carne, saber de qué se está hecho (…) le permite finalmente, conocer su posición frente a la naturaleza y el resto de los hombres a través de un sistema de valores” (2002b, p.13).

En razón de los relatos, la primera parte del cuerpo que se muestra relevante es el rostro (cara), que los jóvenes plantean como ícono de la belleza masculina, por tanto “lo que es necesario cuidar”, “lo que siempre debe estar limpio y atractivo”, y que por lo mismo se transforma en la vitrina de la sensualidad, compuesta por las partes del domum corporis que entran en directo contacto visual en las relaciones presenciales o virtuales (especialmente redes sociales) y que entregan, por ende, información no verbal por antonomasia. Entre los elementos propios de esta vitrina encontramos el rostro (por ejemplo: el depilado de cejas que sugiere dedicación y esmero), la cabeza (ejemplo: el corte de pelo, peinado y aros que denotan sofisticación) y el torso (ejemplo: pectorales y abdomen marcados que aparecen como iconos de sensualidad). Así los hechos, el concepto de vitrina deviene de la exposición premeditada y racionalizada de estas partes del cuerpo, las cuales, serán acondicionadas y en ocasiones sobredimensionadas para transmitir información no verbal (“en la vitrina se pone todo lo que se quiere mostrar, lo feo se esconde”). De aquí entonces, que la vitrina deba ser “atendida” y “re decorada” de forma constante y recurrente.

La segunda fracción del cuerpo consignada por su importancia son los brazos, que reconocen como un lugar de contención y descompresión de las frustraciones y la angustia (lugar de preferencia para cortes) y que, al mismo tiempo, representan la fortaleza y la esperanza frente al futuro (“los cortes sanan y cicatrizan como los problemas de la vida”). Entonces, los brazos son la bitácora de las malas jugadas, de las pérdidas, de los errores, de las propias decisiones (autoagresión), pero también son la libreta de lo trascendente: de un nombre, de una fecha, de un tatuaje, en definitiva, de los recuerdos que actúan como motor para seguir adelante.

Cierran esta lista de significancia los pies, cuya importancia radica en su función de escaparate para las zapatillas, elemento altamente simbólico para los jóvenes en razón de su valor comercial y marca (que permiten borrar el estigma de sujeto pobre o marginal) y su asociación como vector de trayectoria delictiva exitosa (“el choro se viste bien porque su trabajo se lo permite”).

Es a partir de estos elementos, que los entrevistados construyen su concepción de belleza masculina, de hombre bello (Rey, 2010), imagen que pone a la sofisticación como el concepto articulador y diferenciador que, mediante el adorno del domum corporis, busca superponer atributos que rompen con la marginalidad cotidiana, con la homogeneidad entre iguales (a nivel de los propios jóvenes infractores), a fin de erigirse como uno de los prominentes, de los notables, de “los ficha”, de los que se vislumbran como ladrón de fusta, esto es, como un choro.

De esta forma, para muchos de los entrevistados el cuerpo (el domum corporis) es lo único que a momentos poseen (Le Breton, 2002a; 2002b) y de lo único que pueden echar mano para hacerle frente al presente. El cuerpo es así la posibilidad latente del pan, del gramo de droga, del castigo de la ley, del temor al otro, de la esperanza y el estigma, el cuerpo es el refugio, lo que queda al final del día. En una palabra, el cuerpo es la patria, patria que es necesario adornar, más no necesariamente cuidar.

De aquí que el fruto del acto delictivo se gaste en costosa vestimenta deportiva, joyas y droga, porque todo lo importante -y muchas veces todo lo que se tiene- se lleva en el cuerpo, la vitrina de la vida. Para estos jóvenes la carrera delictiva (y la propia masculinidad) comienza y termina en el cuerpo.

Siguiendo esta línea, al revisar los relatos (y observar la vestimenta y fisonomía de los jóvenes) se evidencia que la sofisticación no responde a un acentuamiento de los elementos masculinos que podríamos denominar como clásicos o hegemónicos (negación del erotismo, refuerzo del recato y el alejamiento de lo femenino), sino que más bien, este acto de embellecimiento, de “acicalarse”, apunta en sentido inverso nutriéndose de elementos hasta hace poco propios de la erótica femenina, como la depilación del cuerpo (piernas y brazos), el delineado de cejas y labios, encrespado de pestañas, tinturación del cabello, predilección por colores suaves y delicados, gusto por los anillos y pulseras brillantes y la exposición de prendas íntimas (pantalones a medio trasero mostrando el calzoncillo), que hablan de un proceso de feminización del hombre, proceso que según Rey (1994), se caracteriza por: a) la asunción de la ternura como componente de esta nueva masculinidad, iconizada en la pérdida del temor ante la manifestación de sentimientos hasta hace poco atribuidos a la esencia femenina como el llanto por emoción, las palabras dulces y delicadas a la pareja, entre otros; b) un inusitado interés por el adorno personal; c) el abandono de las cuestiones públicas; d) una erotización exacerbada y e) una mayor presencia en el universo publicitario. De esto dan cuenta los siguientes fragmentos:

No me gusta tener las cejas gruesa como mono, por eso me la saco (…) hay que andar bonito, con la cara limpia, que se note preocupación por uno (…). Los pelos son sucio.

Yo me saco los pelos del pecho y las piernas porque no me gustan, es como que uno no se preocupa de su persona si no se los saca (…). Hay que andar presentao pa comerse una guacha (intimar con una mujer).

Hay que andar redy (bien), con las cejas bien finita, su rebaje en el pelo y mostrando el eslip (calzoncillo) pa calentar a las guacha (…). A ellas les gustan lo hombre que se ve que se preocupan por verse bien (…). También hay que andar con la güena percha (ropa) y su cadena, anillo y aro, eso también le gusta porque creen que el loco es ficha (estatus delictivo).

Un loco ficha se muestra con las mina, hace cosa pa que lo miren y lo encuentren rico, se cuida la cara, usa los tolompa (pantalones) ma debajo de la cintura pa mostrar el eslip y el ombligo, se preocupa del pelo, anda limpio y oloroso (…).

De esta manera, dentro de los principales hallazgos de la presente investigación, podemos hablar de una resignificación por parte de los jóvenes de algunos elementos hasta hace poco propios de la erótica femenina, que en adelante pasan a formar parte de la impronta varonil. Con esto, el hombre no se feminiza, sino que más bien, se nutre de pautas femeninas para expandir su propia masculinidad.

Es esta expansión, esta plasticidad, la que nos permite plantear una relativización de la masculinidad hegemónica (Burin y Meler, 2000; Connell, 1995; Bonino, 2003) como eje articulador de identidad en los jóvenes investigados (o masculinealidad), y observar en contraposición la adscripción a un nuevo modelo que se ve fuertemente permeado por lo femenino, a su haber: la masculinialteridad, forma divergente de estructuración de la identidad masculina que se nutre de la impronta femenina para conceptualizar la belleza varonil, ya no en razón de su oposición (Gutmann, 1996; Brandes, 1991; Miranda, 1998), sino más bien de su asimilación, acción que posiciona a la transgresión (Bataille, 2007) como base de la conducta erótica masculina.

Así los hechos, los relatos de los entrevistados evidencian un alejamiento de la forma estandarizada y unidimensional de construir la masculinidad (o masculinidad hegemónica) marcada por el oposicionismo a lo femenino como única ruta posible o masculinealidad. En contraposición, se observa que la masculinidad se forja a partir del descubrimiento de nuevos senderos, de nuevos derroteros, los cuales, colindan, se cruzan y mixturan generando nuevas fórmulas que dan como resultado imágenes, procesos y discursos distintos y diversos en torno a la estructuración de la masculinidad. He aquí la masculinialteridad o vías alternativas de conformación de lo masculino, que transgreden lo instituido y amplían el rango de pertenencia. De esta forma, la construcción de masculinidad para estos jóvenes “lleva el límite hasta el límite de su ser; lo(s) lleva a despertarse en su desaparición, a encontrarse en lo que excluye” (Foucault, 1999, p.167).

8. Discusión

En razón de los relatos, uno de los principales elementos que se prestan a reflexión, es la importancia atribuida por los jóvenes a la figura del choro ladrón como imago de su masculinidad, quien encarna la astucia, la temeridad, la lealtad, el sigilo y la fortaleza mental capaz de soportar una vida al filo del descalabro, sincretismo inmanente en la acción delictiva (Romero, 2017).

Así, la masculinidad enarbolada por estos jóvenes se aleja del riesgo característico del modelo heroico (Bergara et al., 2008) que lleva a los sujetos a relativizar la seguridad y realizar conductas de riesgo y valor a fin de probar su temple, pero donde la posibilidad de daño aparece como una acción no deseada y por tanto fortuita. El riesgo implícito en la masculinidad del choro ladrón es distinto, no nace del simple hecho de probarse en el riesgo, en este sentido, de demostrar su virilidad por medio de una prueba concreta, muchas veces reductible en sí misma (el héroe nace ante los hechos, no es un estilo de vida). La masculinidad del choro es antagónica, no busca el riesgo como acción aislada, como interludio en su cotidianeidad, como simple elemento verificador, él vive en y del riesgo.

Es la inmanencia del riesgo, su racionalización como estilo de vida, como deber ser, el elemento articulador de la masculinidad que se desprende de los relatos de los jóvenes, articulación que en su esencia deja entrever la intelectualización de lo trágico (Bauman, 2008) como piedra angular en la construcción de identidad y realidad.

Plantear esta intelectualización es asumir que el riesgo y el peligro dejan de ser concebidos como simples ceremonias probatorias de arrojo, para ser conceptualizadas como parte de un estilo de vida, de un modus vivendi.

Entonces, el choro ladrón (la masculinidad modelo) no busca el riesgo, es su personificación; no escapa del dolor y el daño, lo genera, sufre y dosifica; no le angustia el descalabro, se basta a sí mismo para reducirlo y manejarlo. En resumen, no le atemoriza la muerte, convive con ella.

A partir de esta figura, aparece un hecho de profundo interés no sólo por su aparente incongruencia relacional, sino por la forma en que tensiona los fundamentos mismos de la tradición psicoanalítica, a su haber: la sexualidad como determinante de la identidad.

Esta aseveración, que si bien parte de la propia naturalización de las prácticas homoeróticas en los jóvenes, alcanza su mayor cuestionamiento al evidenciar cómo éstas no son contradictorias con su auto percepción heterosexual, siendo concebidas incluso como elementos de su construcción, lo cual da sentido a las palabras de Godelier en razón que:

La sexualidad no genera más fantasmas que cuando se le piden, cuando se le fuerza a construir mensajes, a construir discursos sobre realidades que vienen de más allá o más acá de ella, cuando se pone al servicio del signo y de un sentido, que de hecho, no tienen nada que ver con ella. (Godelier, 1986, p.10)

Esta sentencia planteada por Godelier es ratificada por Gilbert Herdt (1992) en su investigación sobre la masculinidad en la tribu Sambia (Papua Nueva Guinea). Allí, Herdt muestra cómo los niños (varones) de esta tribu entre los nueve y quince años de edad, deben realizar de manera constante y sistemática la felación (sexo oral) a su padre, tíos y otros adultos de la tribu (con el tiempo también entre los mismos jóvenes), a fin de “tomar” el semen necesario que asegure su masculinización y virilización, pues entienden que nacer de una mujer los debilita (egestación). Aun cuando esta acción supone otros momentos, como tragar una caña para producir un vómito y defecación, o un raspaje de nariz que permiten expulsar definitivamente la sangre menstrual que pueda contener el niño, lo trascendente de este comportamiento para nuestros fines, es que una vez que el joven contrae matrimonio (símbolo de adultez), las prácticas de felación se suspenden de por vida, debiendo el sujeto dedicarse en exclusividad al coito heterosexual. Así, el descubrimiento de Herdt muestra como para los Sambia la homosexualidad sólo existe en el marco de lo ritual, y que las prácticas homoeróticas son asumidas como elementos propios -y trascendentes- de la propia masculinización (Franke, 2007). De aquí su propuesta que apunta a esclarecer que no toda conducta sexual genera necesariamente identidad.

De esta manera -y al igual que en los Sambia-, las prácticas homoeróticas circunscritas en el marco de la exploración y despertar sexual de los jóvenes en su estancia en hogares de menores, son resignificadas, si se quiere, desconectadas de la futura identidad sexual, mismo hecho que se encuentra a la base del intercambio sexual con otros hombres producto del consumo de drogas (List, 2004).

En razón de los relatos, se evidencia que esta desconexión pasa por dos hitos: a) la objetivación anal de la práctica homoerótica, y b) la postura activa en la consumación del coito y pasiva en la felación. En razón del primer hito, la señalada objetivación es a lo sumo relevante pues actúa como barra de disyunción de la autopercepción hetero u homosexual. Al plantear al ano (o las nalgas en términos de Varas y Toro, 2005) como fuente de atención y deseo, se le dicotomiza del resto del cuerpo, por cuanto éste se transforma en el motivo central de la práctica que invisibiliza al resto del cuerpo como elemento erótico. Entonces el cuerpo del otro, para esta masculinidad, sólo tiene ano para penetrar, para utilizar, sólo tiene nalgas que se posicionan como elemento sexual universal. Borrando el rostro, la piel, la boca, los genitales, en suma, la fisonomía del otro, todos son susceptibles de ser penetrados reforzando la heterosexualidad iconizada en el macho cabrío (se penetran anos, no hombres).

Así los hechos, para los entrevistados es la objetivación anal de la práctica homoerótica lo que circunscribe su heterosexualidad y masculinidad, es esta práctica el límite de su transgresión. La homosexualidad para ellos comienza cuando el sujeto gusta del otro en su totalidad física, cuando disemina el erotismo por todo su cuerpo y es este gusto generalizado lo que motiva su placer. La siguiente frase es elocuente: “al maricón le gustan lo hombre… yo rompo (penetro) cualquier hoyo”. Con esto, el ano de un hombre es asunto de hombres, su cuerpo es asunto de mujeres y homosexuales.

El segundo hito referido a la masculinidad de los jóvenes, se relaciona directamente con esta objetivación. Hacemos referencia al consabido que para éstos, el macho como requisito y esencia ha de ser activo en el coito sexual, ha de marcar los tiempos, las frecuencias y los ritmos al son de la penetración, que no sólo erotiza, sino que también encadena y subyuga ya no sólo a la mujer, sino a todo cuerpo, al ano universal. Es esta acción de disponer del otro para su penetración y como instrumento de felación, lo que nos lleva a proponer que, pese al distanciamiento de la masculinidad hegemónica, esta masculinialteridad, es decir, la construcción alternativa de la masculinidad, sigue en esencia regida por la impronta patriarcal de la penetración como acto de poder y cosificación (Connell, 1995; Franke, 2007), pues, en definitiva, aun cuando los jóvenes llegan a la construcción de su hombría por una vía distinta al oposicionismo femenino (hombre es lo contrario de mujer), lo subyacente en su discurso sigue apelando a la fuerza y poder sexual, que para ellos se extrapola ahora de forma objetivada.

Esta impronta de fuerza y poder presenta contradicciones con el canon de belleza varonil de los entrevistados, el cual toma elementos de la erótica femenina que se mixturan con la masculinidad hegemónica dando como resultado un modelo híbrido, donde se resignifican elementos, prácticas y su sentido (Watson, 2000). Así, pese a la figura patriarcal que marca esta masculinialteridad, el canon de belleza de los jóvenes se ve fuertemente permeado por lo femenino, especialmente en lo relacionado con el adorno y erotización del cuerpo y la dedicación en el vestir (sofisticación).

De esta suerte, la depilación del cuerpo, el sacado de cejas, la tintura de pelo, el delineado de ojos, el uso de pantalones apretados, la importancia del perfecto peinado, la exhibición premeditada del calzoncillo, el uso de joyas, anillos y brillantes, entre otros elementos, circunscriben un nuevo tipo de diferenciación, una que busca escapar de la naturalidad y sencillez del modelo clásico o patriarcal, para enaltecer al cuerpo masculino como propulsor y promotor del deseo, del gusto por la ropa o marcas conocidas, de la preocupación por tratamientos para el cuidado de la piel y pelo, del uso de maquillaje, del interés por un cuerpo ejercitado y depilado, del conocimiento en tendencia de modas y adscripción al buen gusto, pero todo esto mediado y filtrado por las propias carencias materiales de su entorno, a su haber, la pobreza que marca sus realidad cotidiana y la deprivación sociocultural de sus trayectorias de vida (Reguillo, 2000), que dan como resultado un relativismo cultural, una adaptación sui generis del hombre metrosexual (Yáñez, 2006; Sandoval, 2004) que finaliza en una erótica masculina construida desde el barrio (hombre ghettosexual), de la pobla, de los estrechos pasajes y las esquinas mal iluminadas, desde la iniciación sexual en hogares de menores, de la actividad sexual temprana y sin protección al calor de la droga y el alcohol, desde la piel tersa, “licita, a lo divo poblacional, a lo princeso”, sin mácula ni pelos, desde su andar balanceado, pulento”, que camufla el fierro de plástico o sin balas (pistola), del movimiento cadencioso de su pelvis que humedece la vista y la tanga de las guachas (mujeres), desde los recados mandados por las minas que lo tildan de “gueno, de rico y de ficha” por su corte de pelo y sus zapatillas costosas, por su pantalón ajustado y el polerón “Adidas” que tantas cuadras le costó, por su chaqueta “Lacoste” que desentona con las pilchas de los vecinos, desde los tatuajes y cortes que adornan sus brazos donde penden pulseras sin brillo y donde el cuerpo, por ende el domum corporis, adquiere relevancia absoluta en razón de una belleza masculina endógena, arrabalera, que sólo cobra sentido en el perímetro de la marginación, en los límites del reconocimiento entre iguales, pero que desentona de forma estridente en otros lares, en otros campus, en otras realidades que asimilan su sofisticación con lo burdo, lo ridículo, lo chabacano y picante… Y esto, porque los otros no logran decodificar el mensaje, el sueño que emana cual gas desde la performance de este joven ghettosexual, cual es, ser el connotado, el acicalado, el notable, pero dentro de los suyos, de sus iguales, porque su belleza masculina es un asunto de clase (Reguillo, 2000), de recursos económicos y disponibilidad de adquisición de bienes, de los medios de subsistencia y producción de capital que a martillazos hacen calzar la moda extranjera o metrosexual a la realidad. Entonces, la sofisticación inmanente en la masculinidad de los jóvenes no pretende escapar ni distanciarse de los cánones de belleza ambientales del sujeto ni sus congéneres (cánones poblaciones, barriales, ghettosexuales), sino que busca realzarlos hasta alcanzar el reconocimiento y admiración. La belleza ghettosexual es un imaginario que pierde sentido fuera del ghetto.

De esta forma, la resignificación y adopción de la erótica femenina, unida a las condiciones de precariedad económica y deprivación educacional, relevan la importancia de lo material, de lo tangible como vector de logro, felicidad y realización, donde el cuerpo adquiere primacía como primer elemento concreto por antonomasia (Le Breton, 2002a; 2002b), el cual trasciende lo meramente físico, transformándose en la casa ambulante en cuyas paredes (piel) cuelgan las pasadas de la vida (cortes, fechas, nombres, tatuajes) y todo lo que se posee (ropa y joyas).

Con esto, la belleza ghettosexual tensiona y transgrede los límites de lo masculino, pero sin transponerlos del todo (Núñez y Espinoza, 2017). Lo que hace, en una palabra, es correr la línea divisoria entre lo masculino y femenino, por medio de un juego con los signos y las formas asumidos como inherencia de cada cual, para luego re combinarlos, mezclarlos y ponerlos al servicio de la seducción (Matus, 2000) y la reducción de la economía del deseo (Miranda, 1998). En una palabra, la belleza masculina de los jóvenes tiene como gran propiedad su plasticidad, propiedad que permite transgredir y asimilar en consonancia.

9. Reflexiones finales

Al revisar los relatos, se pudo evidenciar cómo la masculinidad de los jóvenes se ve fuertemente determinada por la figura del choro ladrón, quien encarna los ideales del arrojo, la temeridad y la capacidad de vivir al filo del descalabro. Del mismo modo, se estableció cómo esta construcción, a su vez, se ve mediada por vivencias y experiencias sexuales que naturalizan y resignifican las prácticas homoeróticas por medio de la objetivación y universalización del ano como ícono sexual. Finalmente, todo lo anterior determina una concepción sui generis de la belleza masculina que se ve fuertemente determinada por las condiciones ambientales y las carencias económicas y educacionales (hombre ghettosexual) que tienen como núcleo transcendente la utilización de la erótica femenina como elemento articulador (plasticidad), sin por ello abandonar la herencia patriarcal (penetración como acto de poder y sumisión).

Así, la construcción de la masculinidad de estos jóvenes no hace más que reforzar la idea de Connell (1997), para quien la masculinidad hegemónica debe ser entendida como una construcción ideal que no calza con la mayoría de los hombres. En este sentido, los relatos expuestos por los jóvenes se distancian de este tipo ideal o masculinealidad, es decir, de la forma estandarizada y binaria de concebir la masculinidad que imposibilita su construcción con algunos elementos divergentes del patriarcado, negando con esto otras formas, otras recetas, otros discursos y trayectorias que de igual forma decantan en la heterosexualidad, describiendo y mostrando por el contrario, la existencia de otras rutas, de derroteros diferentes y alternativos, más ocultos y no explorados, que expanden la estructuración de lo masculino desde la diversidad o masculinialteridad.

Serán pues, masculinealidad y masculinialteridad la cismogénesis o proceso complementario a partir de posturas contrarias (Bateson, 1978), lo que en adelante hemos de profundizar y considerar como campo de estudio, a fin de establecer, explorar y comprender las rutas divergentes y complementarias en la construcción de la hombría y masculinidad juvenil

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* El presente artículo recoge parte de los hallazgos del proyecto de investigación titulado Representación social del cuerpo y del estilo flaite en jóvenes infractores de ley, financiado por el Fondo Semilla de Investigación 2016-2017 de la Universidad La República

2Entenderemos por este tipo de prácticas la penetración de un sujeto del mismo sexo, lo cual plantea la objetivación del deseo anal como elemento erótico y primordial. Así, no es la totalidad del cuerpo del otro el real objeto de deseo (orientación homosexual), sino una parte de él: el ano.

Recibido: Agosto de 2017; Aprobado: Enero de 2018

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