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Ultima década

On-line version ISSN 0718-2236

Ultima décad. vol.23 no.42 Santiago June 2015

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-22362015000100007 

IDENTIDADES JUVENILES

 

Estudios de juventud en el Cono Sur: Epistemologías que persisten, desaprendizajez pendientes y compromiso intelectual. Una reflexión en clave de género

 

Estudos de juventude no Cone Sul: Epistemologias que persistem, desaprendizagens pendentes e compromisso intelectual. Uma reflexão em código de gênero

 

Youth studies in the Southern Cone: Remaining epistemologies, pending unlearning and intellectual commitment. Reflections in a gender fashion

 

Silvia Elizalde

Investigadora Adjunta del CONICET, con sede en el Instituto Interdisciplinario de Estudios de Género (FFyLL UBA), Argenitna. Doctora en Antropología (UBA); Maestría en Ciencias Sociales (FLACSO Argentina); Licenciada en Comunicación Social (UNICEN). Docente de grado en UBA, Argentina y UNLP, Argentina y de postgrado en diversas universidades de la Argentina. Miembro de la Red Nacional de Investigadores/as en Juventudes de Argentina, desde su creación en 2004. E-Mail: silviaelizalde@hotmail.com.


Resumen

Como parte de una exploración más amplia en curso, referida a las gramáticas epistemológicas que traman el campo de estudios de juventud en mi país, Argentina, con especial atención en los presupuestos ideológicos allí presentes alrededor del vínculo entre clase, género y edad, en este trabajo sistematizo algunas de las reflexiones que vengo produciendo en estas materias y que conectan con la invitación de los/as colegas chilenos/as a repensar, en el contexto actual de nuestros países del Cono Sur, los «marcadores» que mejor definirían, hoy, a los/as sujetos en tanto jóvenes. Esbozo, asimismo, algunos de los desafíos que enfrentan nuestras prácticas investigativas y nuestro compromiso intelectual en estas nuevas condiciones.

Palabras clave: «marcadores» de juventud, género y sexualidades, identidad, diferencia y desigualdad, desafíos políticos.


Resumo

Neste trabalho sistematizo algumas de minhas reflexões sobre as gramáticas epistemológicas que projetam o campo dos estudos de juventude em meu país, Argentina, como parte de uma exploração mais ampla em andamento centrada nos pressupostos ideológicos ali presentes em torno à relação entre classe, gênero e idade. Isto em sintonia com o convite dos/das colegas chilenos/as a repensar os «marcadores» que melhor definem, hoje, os/as sujeitos jovens no contexto atual de nossos países do Cone Sul. Esboço, de igual maneira, alguns dos desafios enfrentados por nossas práticas de pesquisa e nosso compromisso intelectual nestas novas condições.

Palavras chave: «marcadores» de juventude, gênero e sexualidades, identidade, diferença e desigualdade, desafios políticos.


Abstract

The present work is the systematization of some of my reflections on the epistemological guidelines of the field of youth studies in my native Argentina, as a part of a wider, in-process exploration focused on the ideological assumptions of the connection among stratus, gender and age. In tune with the invitation made by my Chilean male and female colleagues to rethink today's best-defining youth «markers» in the current situation of our southern cone countries, I outline some challenges our investigative practices are faced with, and the intellectual commitment we made under this new scenario.

Key words: youth «markers», gender and sexualities, identity, difference and inequality, political challenges.


 

1. Introducción

Como parte de una exploración más amplia en curso, referida a las gramáticas epistemológicas que traman el campo de estudios de juventud en mi país, Argentina, con especial atención en los presupuestos ideológicos allí presentes alrededor del vínculo entre clase, género y edad, en este trabajo sistematizo algunas de las reflexiones que vengo produciendo en estas materias y que conectan con la invitación de los/as colegas chilenos/as a repensar, en el contexto actual de nuestros países del Cono Sur, los «marcadores» que mejor definirían, hoy, a los/as sujetos en tanto jóvenes. Esbozo, asimismo, algunos de los desafíos que enfrentan nuestras prácticas investigativas y nuestro compromiso intelectual en estas nuevas condiciones1.

Para ello, propongo, en primer lugar, revisar brevemente algunas de las operaciones de sentido que el saber académico —como terreno estratégico de elaboración de legalidades nominativas sobre los sujetos— ha producido alrededor de las diferencias de género y sexualidad asociadas a la edad, con el propósito de dejar indicada la pregunta por sus alcances y límites a la hora de habilitar o, por el contrario, obstruir la creación de nuevas matrices epistemológicas desde las cuales indagar los procesos emergentes de configuración de lo juvenil en nuestras sociedades. Tras ello, recupero sintéticamente la conceptualización de identidad que encuentro más sugerente para pensar el vínculo entre diferencia y desigualdad, a fin de rastrear allí pistas capaces de interrogar críticamente las comprensiones hegemónicas que han construido, hasta ahora, los «marcadores» o diacríticos «clásicos» de definición de la juventud. Y por último, señalo parte del desafío teórico, metodológico, —pero sobre todo ético y político— que plantea el cambio histórico en los modos de formulación de la experiencia juvenil en nuestras sociedades y que interpela directamente al saber académico, y a los/as cientistas sociales en singular, en términos de instarnos a desplegar profundas revisiones y necesarios desaprendizajes sobre nuestras prácticas científicas e intelectuales. Tarea que urge hacer a fin de extender el umbral de las discusiones, reinventar perspectivas de estudio y de trabajo, y dejarnos conmover en nuestras precarias, pero interesadas, seguridades adultocéntricas, de cara al cambio de condiciones contextuales e históricas desde las que pesar, sentir y comprender, hoy, a los/as jóvenes.

 

2. La distinción de género en las definiciones de juventud

Sin ninguna pretensión de totalizar el análisis genealógico que supondría reconstruir los modos históricos de concebir, recortar e interpretar a los/as jóvenes desde el campo de los estudios de juventud, labor que implicaría a su vez tener en cuenta la trama de sentidos, valores y prácticas a ellos asociada en cada época y contexto institucional (Williams, 2000), la pregunta por el lugar que ha ocupado la problematización del género y las sexualidades en este ámbito de indagación constituye una reveladora entrada a una zona específica de su matriz epistémica.

De allí que responder a este interrogante exige mucho más que reponer un repertorio exhaustivo de referencias. Se trata, más bien, de emprender el rastreo indicial (Ginzburg, 1983) de los diversos modos de interrogación producidos alrededor de estas diferencias en un corpus disperso de producciones. Esto es, no la clasificación y evaluación de un determinado universo de trabajos por el cuantum de género y/o de consideración de la sexualidad juveniles contenida en su lógica categorial, metodológica y/o de campo; ni a cuántos o a quiénes cita cada uno en su «marco teórico» sobre estas materias, sino el relevamiento abductivo (Ford, 1994) de huellas, rastros y pistas de los presupuestos ideológicos que, sobre estas distinciones (y sus cruces con otras), informan a estos trabajos, al tiempo que organizan de forma diferencial en cada caso las propias bases epistemológicas, las decisiones investigativas y, finalmente, los argumentos tejidos en su entorno.

En un trabajo anterior (Elizalde, 2006) esta misma pregunta señalaba —como posible respuesta— el registro de un conjunto de recurrencias en las investigaciones sociales sobre jóvenes que, si bien mantienen vigencia en la actualidad, también requieren de cierta revisión y discusión en las condiciones actuales del hacer investigativo en este campo. En aquella reflexión inaugural sobre el tema, el análisis de la producción académica de mediados de los años 90 a mediados del 2000 en Argentina, revelaba un muy escaso uso, por no decir nulo, de las categorías de género y sexualidad como «algo más» que variables sociológicas clásicas, o como distinciones «obvias» cimentadas en la presunción naturalizada del binarismo heterocentrado.

Sin embargo, una ponderación más aguda sobre el lugar de estas diferencias en las investigaciones sobre jóvenes significa una pregunta previa, vinculada con las fronteras que delimitan el proclamado carácter transdisciplinario de este campo de estudios. Fronteras que, como sabemos, han estado prioritariamente recortadas por la sociología, y más adelante por la antropología, los estudios de comunicación/cultura y, en menor medida, por las ciencias de la educación, la psicología o la ciencia política. La interrogante anterior que debemos formularnos es, entonces, cómo han sido pensadas y abordadas estas diferencias culturales del género y la sexualidad en cada una de esas tradiciones disciplinares y cuáles han sido sus reprocesamientos en su cruce o convergencia en un campo compartido de interés por los sectores jóvenes.

En este sentido, creo —relativizando en parte aquel mapa de situación esbozado a mitad de los 2000— que el devenir propio de los estudios de juventud como ámbito científico legitimado, así como otros significativos cambios en la coyuntura histórica y social, impiden sostener un diagnóstico homogéneo sobre el estatus teórico, metodológico y político de estos diacríticos identitarios en este ámbito de saber. No obstante ello, entendemos que sigue siendo necesario afirmar que la fuerte impronta de la sociología en este campo —y el hegemónico canon de lecturas de este orden—, han dejado marcas perdurables en los estudios de juventud en nuestros países respecto de las maneras de construir objetos y problemas de exploración. Pero también de operar «en terreno» con protocolos de investigación que, desde su misma enunciación —lo sabemos— preconfiguran modos epistémicos de pensar y abordar las diferencias culturales. Particularmente, en nuestra área de interés, las diferencias sexo-genéricas. Este ha sido el «clima» disciplinar en el que nos hemos formado quienes, unos quinces años atrás, empezamos a indagar la problemática juvenil a partir de la lectura de los trabajos pioneros que «inventaron», o «reinventaron», los estudios de juventud desde mediados de los 80 —pero sobre todo en los 90—, al imponer la indagación del universo juvenil como un tópico clave de la agenda investigativa de las ciencias sociales, bajo el sello indeleble de la perspectiva sociológica.

Como afirmamos oportunamente, en las producciones académicas de esos primeros diez o quince años postdictadura,2 al menos en la Argentina, la operación predominante fue (¿es aún?) la de considerar al género como sinónimo de «diferencia sexual» y a ésta como variable de análisis pasible de recibir solo dos valores, reductibles a la clasificación yuxtapuesta de «varón» y «mujer». Es sabido que una concepción de este tipo se nutre y simultáneamente enriquece la perspectiva más amplia del sentido común, y da lugar a su vez a un arco mayor de referencias, también binarias (masculino/femenino, biología/cultura, público/privado, activo/pasivo, hétero/homo, etcétera), que opera moldeando y prescribiendo eficazmente en cada contexto los modos «apropiados» e «inapropiados» de ser mujer y varón joven. Se trata en todos los casos de definiciones normativas encarnadas en prácticas, discursos e instituciones sociales diversas que alcanzan un punto máximo de naturalización cuando sostienen o justifican la desigualdad económica con la «excusa» de la inadmisibilidad social de ciertas actuaciones sexo-genéricas juveniles, o cuando las politizan en términos morales al considerarlas tácitamente como «problemas», «desviaciones» o «excesos» que ameritan respuestas correctivas (Elizalde, 2014). El binarismo de género —ya lo señaló agudamente Bourdieu (1998)— tiene la fuerza arrolladora de su reproducción constante y transversal, lo que lo convierte no solo en el principio modélico organizador de la totalidad social, sino en la condición misma de la inteligibilidad del mundo «tal cual es».

La constatación de que un abordaje así restrictivo del género y la sexualidad licúa el componente político que, desde la teoría y la praxis feministas del siglo XX a esta parte, trama constitutivamente a estas diferencias críticas de la cultura, es algo que el propio sentido común «experto» reconoce hace tiempo. Sin embargo, no es tan evidente que la ubicuidad del binarismo como presupuesto cognoscitivo de lo social haya invisibilizado también y por largo tiempo a otras diferencias culturales de la configuración juvenil, como la etnia, la nacionalidad, la condición rural, o la religión, cuyo reverso ha sido (¿es aún?) el recorte de un sujeto joven particular —varón, urbano, pobre o de clase media, «dentro» o «fuera» de la escuela y del mercado de trabajo— como imagen universalizante y hegemónica de la multiplicidad de modos de estar siendo joven hoy en nuestros países.

con todo —y porque adherimos a una perspectiva no homogeneizante ni conspirativa del saber/poder científico—, a esta altura del debate sabemos perfectamente que la naturalización categorial del género y la sexualidad nunca fue una operación monolítica del análisis sociológico sobre estas cuestiones, si no que hubo y habrá significativas excepciones en contrario. Sabemos también que, en los casos en los que sí se operó desde enfoques reificantes de estas diferencias, éstos tampoco pudieron sostenerse de forma explícita por mucho tiempo. Entre otras cosas, por los múltiples entrecruzamientos entablados con otros corpus teóricos y metodológicos, como los provenientes de la antropología y los estudios de comunicación/cultura, cuyas contribuciones sobre el papel estratégico de los diacríticos del género y las sexualidades en la conformación de prácticas juveniles han sido claves para el cuestionamiento de las definiciones abstractas de identidad y para la apertura de una perspectiva no esencializante de éstas y otras distinciones culturales al momento de formular preguntas significativas sobre los/as jóvenes. Todo lo cual no impide afirmar que, cualquiera sea la disciplina interviniente, una mayor sofisticación léxica o argumentativa nunca fue, ni lo es tampoco ahora, garantía efectiva de un tratamiento crítico, genuinamente deconstructivo ni políticamente emancipador del carácter regulador y prescriptivo que sigue caracterizando a buena parte del análisis social —y al campo de los estudios de juventud en particular—, respecto de las diferencias de género y sexualidad vinculadas a las nuevas generaciones.

Un giro interesante en cierta zona de los estudios de juventud en los países del cono sur se advierte en los últimos años a partir de una creciente, aunque aún tenue, articulación entre este campo de estudio y la teoría feminista, uno de cuyos principales aportes epistemológicos pasa por habilitar la posibilidad de poner en duda el lugar supuestamente «neutral» del/la investigador/a en relación con su propio posicionamiento sexo-genérico en los procesos de producción de conocimiento, y los efectos de proximidad/distancia que la lectura de estas diferencias producen en el encuentro intersubjetivo entre quien conoce y aquel que es conocido en el contexto de una exploración científica. Pero se trata de un camino apenas iniciado. En efecto, si, por un lado, algunos/as investigadores/as de los estudios de juventud se vienen planteando desde hace un tiempo qué implicancias implica la tendencia en aumento a constituirse en tanto «jóvenes investigando jóvenes» (Elizalde y Blanco, 2010) —como resultado, entre otras cosas, de las políticas de formación y promoción de los sistemas nacionales de ciencia y técnica mediante becas, subsidios, e impulsos a la incorporación a consorcios interinstitucionales de trabajo académico (chaves y Núñez, 2012)—, resta todavía, por otro lado, profundizar mucho más la reflexión sobre las maneras diferenciales en que las distinciones de género y sexualidad intervienen en la toma de decisiones epistemológicas para la construcción de un problema de investigación sobre las juventudes.

Cierto es que, miradas desde hoy, muchas definiciones e imágenes tradicionales sobre el género y la sexualidad asociadas a los/as jóvenes han sufrido importantes mutaciones. Igualmente cierto es que no pocas de ellas han persistido bajo renovadas formas en distintos campos del quehacer académico, junto a ciertos reduccionismos propios del sentido común (como indicamos, por ejemplo, el que iguala género con sexo y éste con genitalidad) y a diversos temores y prejuicios sexistas y/u homofóbicos que continúan activos en todos esos ámbitos. Sin embargo, y como interpelación crítica a estas continuidades, también es preciso reconocer que la sexualidad y el género han entrado definitivamente en la agenda de los/as jóvenes, de la mano tanto del propio Estado, bajo la forma de políticas de acción u omisión sobre estas cuestiones, como de las decisivas contribuciones críticas que una parte de las ciencias sociales sí ha realizado en torno de estas dimensiones culturales.

En este contexto, pues, la discusión académica de los últimos quince o veinte años en la Región ha rebasado ampliamente la mera constatación de la «natural» e inexorable presencia de las diferencias de género y sexualidad en los diversos territorios en los que se despliega la condición juvenil contemporánea. En su lugar, ha cobrado mayor protagonismo la reflexión crítica y transdisciplinar sobre los desafíos teóricos, políticos y de intervención que comporta situar estas diferencias, en su cruce con otros clivajes identitarios y ejes de poder como la clase, la etnia, la generación, la condición rural o urbana, y/o la edad, entre otras, en el contexto multicultural del presente, así como renovar las obligaciones éticas que ellas instan a formular en distintos ámbitos de definición e intervención (como el de las políticas públicas y el de las propias ciencias sociales), en su creciente interés por institucionalizar más firmemente un campo de estudio, investigación y transferencia en torno de las juventudes.

El sello distintivo de estas nuevas producciones3 no reside tanto en la «novedad» de sus temas u objetos de estudio si no, fundamentalmente, en la propuesta epistemológica en la que se asientan. Al respecto, estos trabajos no asumen que las identidades de género ni las orientaciones del deseo sexual de los/as jóvenes tienen unas formas definidas, unos modos «típicos» o «característicos» de expresarse según la «peculiaridad» de la clase social, los consumos culturales, el clima de época, o la pertenencia generacional, por nombrar algunos diacríticos. Descreen, por lo tanto, de toda pretensión de hablar, explicar o proponer tipologías conclusivas sobre «la vida sexual de los/as jóvenes» o sobre las maneras en que sienten, viven o piensan «las mujeres» y «los varones» en tanto parte de la juventud presente o pasada. No convocan, por ende, ni al género ni a las sexualidades como «variables de análisis», dado que no las conciben como propiedades susceptibles de adquirir valores dentro de una clasificación previsible de opciones que pueden medirse. Por el contrario, procuran dar cuenta, no de lo que el género y las sexualidades son en o para la juventud, sino de lo que estas distinciones críticas producen y configuran. Es decir, lo que permiten significar, experimentar, crear o impugnar, pero también constreñir, sancionar y regular, en su difícil vínculo con la clase, la edad, la etnia, pero también en relación con el arco mayor de prácticas (institucionales, políticas, culturales, estéticas, etcétera) de las que chicos y chicas forman desigualmente parte. Y en las que intervienen con muy disímiles recursos y posibilidades de protagonismo, agenciamiento y (re)significación ante las normatividades hegemónicas de la masculinidad y la feminidad juveniles «deseables» o «esperables».

En este marco, la pregunta cómo comprendemos el funcionamiento del lazo entre diferencias culturales y desigualdad material cobra crucial importancia en la tarea de revisar los «marcadores» que hoy participarían de la configuración de la juventud, pero también para problematizar, en el mismo movimiento, nuestras ideas sobre «identidad» juvenil y nuestros presupuestos epistemológicos a la hora de construir conocimiento sobre los/as jóvenes.

 

3. Identidades bajo la lupa y compromisos convocados

Más allá de nuestras apreciaciones valorativas al respecto, hoy todos/as somos parte de un contexto social —cuyo perfil algunos llaman incluso «posglobal»— que deja muy atrás la posibilidad de seguir pensando a las identidades desde un punto a priorístico o previsible de partida, o en referencia a alguna esencia fundacional y trascendente de nuestro interior, o a algún legado o continuidad inexorable —el «origen biológico», por ejemplo, para el caso de las diferencias de género—. Ampliamente más productiva se revela, para leer esta formación histórica, una conceptualización que piensa a las identidades como terreno de lucha por el sentido político de sus términos: como un permanente estar siendo y haciéndose en la cultura.

Con esta definición en mente, es claro que el campo de los estudios de juventud no pueden postergar la reflexión sobre las implicancias epistemológicas, cognoscitivas y por supuesto políticas que supone reconocer el carácter productivo de las diferencias culturales —en términos de los saberes, experiencias, modos de organización y trayectorias de lucha colectiva que moviliza su formulación y actuación en cada momento histórico—, como tampoco es posible obviar el vínculo tenso, de antagonismo, que se establece entre las distinciones culturales así entendidas y la dimensión clasista de la desigualdad y la opresión, que se refuerza y/o profundiza en su nombre.

se trata de un riguroso reexamen que requiere del despliegue de una doble operación teórica y política por parte de quienes hacemos estudios de juventud. Sobre todo, si aspiramos a revisar los «marcadores» posibles de tramar la identidad juvenil hoy, en nuestros contextos nacionales y regionales.

a) Por un lado, es preciso desarticular, en el propio quehacer investigativo, todo sentido de identidad que la conciba y/o aborde como lugar sustantivo de autentificación, o como entidad primordial o preconstituida por un atributo distintivo —tal como ha operado, paradigmáticamente, el atributo de la edad, pero también el de la condición de estudiante en las definiciones hegemónicas de «joven» y «juventud»—, pues estas concepciones presuponen tácitamente que dicho atributo reflejaría una diferencia en un mapa de posicionamientos jerárquica y a priorísticamente organizados. La razón de esta primera exigencia es contundente: este tipo de definiciones, además de concebir a las identidades como estables, pre-discursivas, autosuficientes y con un origen localizable, presuponen una idea de sociedad como un orden objetivo real donde todas las diferencias tienen reservado un lugar (formal) de reconocimiento o equivalencia. Argumento éste de fácil rastreo en la concepción típicamente liberal de la ciudadanía.

Para el caso de la juventud, como indicamos, la edad —entendida en su acepción bio-cronológica— es quizás el ejemplo más sintomático de esta concepción de la identidad como superficie homogeneizadora y delimitada de un estado o condición del sujeto. Sin embargo, abundantes ríos de literatura científica han corrido en las últimas décadas enfatizando el carácter histórico y culturalmente construido de la juventud, y en detrimento de su conceptualización restrictiva como etapa acotada del ciclo vital, estadio intermedio de crecimiento psico-biológico entre la niñez y la adultez, o franja etaria marcada por el nivel de progreso del paso del tiempo en la expresión física y simbólica del cuerpo. Pese a ello, en innumerables trabajos académicos la edad sigue operando, por la rotunda e inexorable eficacia del número, como «el» diacrítico más potente a la hora de movilizar clasificaciones y organizar interpretaciones en nombre de este colectivo social. Similar mecanismo ideológico se observa en la discursividad de numerosas políticas públicas, en las que la edad opera como un verdadero (aunque siempre oscilante) parte-aguas, que tanto sitúa como expulsa a ciertos sujetos del ejercicio ciudadano, terreno privilegiado para leer los modos en que una sociedad configura sus significados de inclusión.

Por eso aquí llamamos la atención sobre la necesidad de trabajar con una conceptualización no ontológica de las distinciones culturales al momento de analizar sus articulaciones materiales e históricas en los procesos de configuración identitaria. Para el caso de la clasificación social de la edad en las ideas de juventud, resulta imprescindible desmontar toda concepción de la diferencia etaria como homogénea en su interior. Se trata, más bien, de un espacio de despliegue y de disputa de distintos procesos de regulación ideológica que procuran fijar el sentido y las fronteras de admisibilidad social de ciertos grupos y perfiles «juveniles» en base a este criterio.

b) Para avanzar en la perspectiva que estamos presentando es necesario desplegar una segunda y simultánea operación teórico-política. Esta consiste en analizar críticamente la especificidad de los vínculos que cada distinción cultural —de género, edad, orientación sexual, etnia, nacionalidad, generación, ciclo vital, etcétera— entabla contextualmente tanto con las demás diferencias como con la desigualdad, la pobreza, la exclusión y los obstáculos puestos a distintos grupos en el acceso a los circuitos de decisión que afectan sus condiciones de existencia.

Este abordaje crítico de la identidad y la diferencia reclama para sí un proceso reflexivo y de intervención que no se detenga solo en la mera afirmación radical de una particularidad (por ejemplo, la etaria), si no que avance en la construcción de un mapa conceptual y epistemológico sobre las juventudes que permanezca heterogéneo y pluralista, a fin de que los elementos que se negocian dentro de él conserven, al decir de Derrida (1982), su différance. Es decir, mantengan el carácter relacional de su significado y alcance respecto del de todos los demás elementos o diferencias en juego. Es esta consideración del contexto más amplio proporcionado por todos los «otros» (los distintos «marcadores» o diferencias), en relación con los cuales la «particularidad» adquiere un valor relativo, la que nos permite afirmar que todas las identidades son constitutivamente insuficientes, inconclusas y se construyen dentro de relaciones de poder (Laclau y Mouffe, 1985; Hall, 2010).

El propósito de una tarea de revisión conceptual como la que aquí sugerimos es lograr que las preguntas claves que guíen nuestras investigaciones eviten toda reificación atributiva de la identidad —contenida, por ejemplo, en clasificaciones como «madre precoz»; «consumidor de paco», «el gay de la clase»—, entre muchísimas otras de la misma índole. Preguntas, por el contrario, en las que dichas diferencias (de clase, género, etnia, sexualidad o cual fuere), en vez de funcionar por default en nuestros protocolos de recorte e indagación, nos pongan a revisar nuestros propios sistemas de referencia, normas y valores en relación con los/as jóvenes. Preguntas, finalmente, que en vez de interrogarse por «¿qué es un/a joven?» o «¿cuál es su identidad?», lo hagan acerca de «¿cómo, dónde, cuándo se es joven?».

El desafío es sugerente y es altamente probable que adhiramos a él de modo abierto —por diversos, e incluso contrastantes, motivos— quienes estemos dedicados/as y comprometidos/as en el estudio del impacto de los cambios culturales y sociales en las prácticas juveniles contemporáneas. Sin embargo, todos/as coincidiremos en que no resulta tan fácil saber por dónde comenzar a «tirar del ovillo» para madurar una propuesta de conceptualización y operacionalización metodológica factible y en línea con estas reflexiones. Reflexiones que, reiteramos, proponen pensar a las diferencias desde su potencia emancipadora, y a las identidades —en nuestro caso, las juveniles— como puntos inestables de posicionamiento y de articulación de diferencias a partir de diversos antagonismos. Procesos todos ellos que tienen efectos reales —materiales y simbólicos— en la experiencia concreta de los sujetos.

El reto en juego apunta, pues, a comprometernos, en la práctica investigativa misma, con una conceptualización de las identidades juveniles como necesariamente procesuales, políticas, relacionales, históricas, y por lo tanto, no sometidas a la yuxtaposición excluyente y reductiva entre «posiciones estructurales» (pensada desde variables «duras») versus las «meramente culturales» (Butler, 2000) —en el sentido de «expresivas» o autorreferenciales de un rasgo individual o grupal particularista— sino en tensa y permanente conexión con lo social y lo político (Delfino, 2000; Rapisardi, 2003).

Pero insistimos: pese al amplio consenso que una invitación de este tipo puede despertar, su concreción es sumamente compleja. Entre otras cosas, porque aún cuando estemos adoptando una mirada conceptual atenta a estas dinámicas, nuestros puntos de vista sobre, por caso, las diferencia de género y sexualidad, pueden estar todavía anclados en convicciones personales y sociales restrictivas que nos mueven a poner inferencialmente objeciones a ciertas preferencias o desempeños, a distribuir desigualmente el reconocimiento o relevancia pública de ciertas prácticas juveniles, y/o a deslizar más o menos tácitamente evaluaciones morales en torno a ciertas expresiones y prácticas de sujetos y grupos. Lo cierto es que, además de obliterar la propia responsabilidad, este tipo de actitudes —que, desde ya, no responden exclusivamente a sus autores individuales sino que son producto del armado mismo de la trama social e institucional más amplia— pasa completamente por alto el hecho de que las ciencias sociales —y los estudios de juventud, de modo notable— generan un espacio narrativo privilegiado para recortar, leer y legitimar algunas formas de identidad y subordinar, despreciar o invisibilizar otras. Y que, a su vez, usan el conocimiento académico para ordenar las diferencias culturales en función de definir —e implícitamente controlar— quiénes son jóvenes, y cómo deben narrarse a sí mismos/as (en relación, por ejemplo, con las formas metodológicas de registrar y «asir» lo juvenil), en vez de considerar y tratar a los/as jóvenes como productores/as y portadores/as de diversas memorias sociales con derecho a hablar y a representarse, en la búsqueda del propio aprendizaje y de la autodeterminación.

 

4. Nuevas juventudes, ¿viejos lugares de interrogación? retos a futuro

En toda América Latina, y de forma notable en los países del Cono Sur, el campo de estudios de juventud viene teniendo en los últimos diez años un crecimiento sostenido, producto entre otros factores, de las condiciones institucionales de ampliación y/o consolidación de temas, perspectivas y equipos de investigación interesados en el análisis de una diversidad de prácticas vinculadas con la condición juvenil en el contexto reciente. Un contexto signado, en nuestra Región, por la complejización de los modos de funcionamiento de la hegemonía cultural y la intensificación de procesos de interpelación —política, cultural, mediática— a las nuevas generaciones, en el marco más amplio de las luchas por la producción de sentidos sobre la ciudadanía, la participación cívica y el ejercicio concreto de derechos.

En efecto, de los reclamos a los/as jóvenes por el «quiebre moral» y la «pérdida de oportunidades» de progreso y expansión de las sociedades contemporáneas, éstos/as han pasado a ser sujetos centrales de una interpelación pública que los/as reconoce como activos/as luchadores/as de causas cívicas y como integrantes de distintos movimientos: estudiantiles, de protesta social, de politización de las diferencias de clase, etnia, género, orientación sexual; o de resemantización de los consumos y estilos culturales.

En términos de las diferencias foco de este artículo, hoy los/as jóvenes habitan, exploran, resisten y profundizan un marco social e histórico inédito. En parte, por el entramado normativo que, desde mediados de los 2000, los/as invoca como seres sexuales, sujetos de derechos y destinatarios/as de políticas públicas, de la mano de diversas leyes y disposiciones públicas. Y en parte, también, por los profundos cambios culturales y políticos que se vienen dando en relación con las condiciones de formulación de las identidades y prácticas de orden sexual y genérica, en las que las conquistas históricas y recientes de los feminismos y los grupos de diversidad sexual encuentran hoy ecos no sólo en varias de las leyes vigentes sino, y más importante, en la experiencia misma de mayor libertad —vivida hoy como «natural»— por parte de muchos chicos y chicas. Al respecto, en muy pocos años —los que median de una generación a otra— se perciben enormes diferencias en cuanto a la flexibilidad de ciertas costumbres, concepciones de moral sexual y ciertas experiencias concretas que señalan una mayor apertura en los/as jóvenes respecto de estos temas, en contraste con las vivencias y el clima cultural que sus padres tuvieron cuando eran jóvenes. Pero se trata de un mapa complejo, puesto que junto con el aflojamiento de ciertas prescripciones sobre la «normalidad» sexual y los mandatos de género, o la erosión del dogmatismo religioso en las interpretaciones privadas de la moral construida en torno a las prácticas del deseo, persisten actualizados núcleos de ideología reaccionaria en prácticas, discursos y modos de relación entre los/as jóvenes. Esto pone de manifiesto, por un lado, la importancia de un trabajo inter e intrageneracional en clave de género, sexualidad y derechos. Y plantea, por el otro, el desafío de repreguntarnos constantemente qué, dónde y cómo estamos leyendo a los/as jóvenes, y construyendo sentido sobre los desempeños situados de las diferencias de género y sexualidad en la condición juvenil del presente.

Ahora bien, frente a los sistemáticos desacoples de velocidades entre el discurso científico, el de las leyes y la propia de los medios de comunicación, la clave parece pasar, más que nunca, por la observación atenta de las experiencias juveniles concretas. Por darle efectivamente lugar a una idea del género y las sexualidades —así como de los demás «marcadores» y/o clivajes identitarios configuradores de la condición juvenil— como un estar haciéndose, y no como algo previo, ya sedimentado, o trabajando desde esa fijación primordial. Por habilitar nuevas comprensiones que puedan abarcar a las formas, relatos y experiencias emergentes del género y la sexualidad entre la juventud, las que a su vez se articulan de variadas maneras a las pautas preexistes, todo lo cual, lejos de solidificarse en «modos de ser» varón y mujer joven, participan constantemente de luchas por su resignificación y desplazamiento.

En este marco, mientras sigamos pensando a la condición juvenil como lugar de paso o de relevo, como instancia de experimentación y reformulación constante, pero a las diferencias de género y sexualidad (lo mismo vale para la etnia o la edad) como «rasgos» fijos o heredados de la identidad de un sujeto, es claro que las desigualdades a las que dan lugar las jerarquías y opresiones sexo-genéricas y las ideologías que las sostienen —el sexismo, la homofobia, la violencia de género, el crimen de odio, etcétera— seguirán alimentando una falsa tensión entre movilidad (juvenil) y fijación (sexo-genérica). Tensión que, así planteada, seguirá siendo resuelta —a su favor— por los discursos y las prácticas del poder, y nunca, o casi nunca, gestionada, impugnada o intervenida públicamente por los propios sujetos, ni cabalmente interrogada y cuestionada por la producción científica sobre juventudes.

Es claro, entonces, que se impone con urgencia hacerse nuevas preguntas sobre las condiciones de producción y experimentación de la condición juvenil actual desde una retórica, pero también una ética y una intervención, profundamente políticas. Para ello se requiere de algo más que de disponer de una lente científicamente validada para volver a situar la construcción de la juventud en el interior de un paisaje social, tecnológico y económico radicalmente alterado. También es preciso contar con sólidos elementos para repensar de modo crítico la relación entre cultura y poder, conocimiento y autoridad, aprendizaje y experiencia, así como para revisar nuestro rol de investigadores/as en juventud no sólo como «especialistas» en nuestros respectivos temas de exploración, si no, más bien, en tanto intelectuales públicos (Giroux, 1997) capaces de asumir, en forma autoconciente, la responsabilidad de los efectos de nuestro discurso y de nuestro quehacer en un marco más amplio de significación pública. Necesitamos, por ende, revisar el propio lugar de enunciación como parte de un ejercicio permanente, a fin de reponer un sentido crítico y político a nuestra labor, en contraposición al riesgo de transmutarla en mera disciplina profesional. Necesitamos, por último, convertir nuestra tarea investigativa en una práctica social e intelectual genuinamente comprometida. No con los objetos y técnicas de estudio canonizados por la academia, ni con las posiciones profesionales institucionalizadas, ni con las pugnas por obtención de alguna «verdad», sino con los/as propios/as jóvenes en tanto sujetos reales, con experiencias concretas. Pero también con el contexto histórico, vivo y cambiante, en el que nuestro trabajo tiene lugar, en la medida en que nuestra acción intelectual no solo está determinada por ciertas condiciones institucionales e históricas de posibilidad, sino que también es, y de modo fundamental, responsable de ellas.

De allí que el reto político-epistemológico esté abierto a todos/as. Ante él podemos ponerle oídos, trabajo y pasión. O deslizamos en la siempre disponible indiferencia, el sarcasmo condescendiente o la llana descalificación.

 

Buenos Aires (Argentina), julio 2014.

 

Notas

1 Este artículo es una reescritura de la exposición de mi autoría realizada en el panel «Los marcadores en la conceptualización de juventud», del que participó también como ponente Maritza Urteaga (México). El espacio contó además con las presentaciones de iniciación del debate de Dina Krauskopf y Óscar Aguilera, ambos integrantes del Proyecto Anillo Juventudes.

2 El relevamiento mencionado no incluyó el registro de trabajos provenientes de la psicología ni de las ciencias de la educación.

3 La compilación a mi cargo Jóvenes en cuestión. Configuraciones de género y sexualidad en la cultura (Elizalde, 2011) intenta ser una muestra consistente de esta renovada apuesta investigativa.

 

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Este artículo es una re-elaboración de la presentación realizada en el II Seminario Internacional «Juventudes-latitudes-SUR: debates en el Chile contemporáneo», desarrollado en el marco del Proyecto Anillo Juventudes SOC1108. Universidad de Concepción, abril de 2014.

Recibido: julio 2014; Aceptado: septiembre 2014.

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