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Ultima década

On-line version ISSN 0718-2236

Ultima décad. vol.23 no.42 Santiago June 2015

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-22362015000100003 

CONDICIONES JUVENILES CONTEMPORANEAS

 

¿Cómo marchan los jóvenes en el Chile de postdictadura?. Algunas notas acerca de la apropiación del espacio público y el uso político del cuerpo

 

Como marcham os jovens no Chile da pósditadura?. Algumas notas sobre a apropriação do espaço público e o uso político do corpo

 

What are youth protest marches in postdictatorship Chile like?. Some notes about the appropriation of public space and the political use of the body

 

Sergio Urzúa Martínez

Profesor de Estado en Filosofía, Magíster en Sociología. Universidad Alberto Hurtado, Santiago, Chile. E-Mail: s.urzua.m@gmail.com.


Resumen

El presente trabajo analiza las marchas desarrolladas el 2011 en el marco del conflicto estudiantil chileno. El supuesto a la base es que las acciones de apropiación física y simbólica de la calle que se desarrollaron en este contexto, permitieron la emergencia de la política en el Chile de postdictadura. La centralidad de los recursos expresivos, el derroche de energías, la diversidad performática y el carácter disruptivo de estas acciones, habrían posibilitado la disputa por el carácter «público» del espacio y la democratización del campo de visibilidad. Con esto, los jóvenes que carecían del derecho de aparecer políticamente, lo hicieron para exponer sus razones y pensar el futuro.

Palabras clave: política, espacio público, cuerpos/emociones.


Resumo

Este trabalho analisa as marchas acontecidas em 2011 no contexto do conflito estudantil chileno. A hipótese é que as ações de apropriação física e simbólica da rua desenvolvidas neste contexto permitiram a emergência da política no Chile da pósditadura. A centralidade dos recursos expressivos, o esbanjamento de energias, a diversidade performática e o caráter disruptivo destas ações, possivelmente possibilitaram a disputa pelo caráter «público» do espaço e a democratização do campo de visão. Com isto, os jovens que careciam do direito de aparecer politicamente, o faziam para expor suas razões e pensar como seria o futuro.

Palavras chave: política, espaço público, corpos/emoções.


Abstract

This work analyzes the protest marches during 2011 under the Chilean student movement. The assumption is that the actions of physical and symbolic appropriation of the street developed in this context, allowed the emergence of politics in post-dictatorship Chile. The struggle for the «public» character of the space and the democratization of the field of vision was made possible through the centrality of expressive resources, the outpouring of energies, and the performative diversity along with the disruptive character of these actions. The motivations for the politically deprived youth, then, were the exposition of their arguments as well as thinking the future.

Key words: politics, public space, body/emotion.


 

1. Aproximación al problema

Las multitudinarias manifestaciones ciudadanas registradas durante los últimos años en países tan distintos como Grecia, España, Egipto, Túnez, Israel, México, EE.UU., Brasil y Chile, tienen como característica central una resignificación de lo público. Más allá de las demandas políticas, las movilizaciones que se han sucedido a nivel global, se caracterizan en muchos casos, por la irrupción en el espacio público de quienes se encontraban excluidos de reclamar por su exclusión (Scribano, 2009b). La masividad y lo novedoso de las acciones colectivas que llevaron a cabo sus participantes, permitieron no solo que fueran atendidas mediáticamente, sino que también se generara el diálogo, se ejerciera la crítica y se extendiera el debate (Roitman, 2011).

Diversos autores (entre ellos Atria et al., 2013; Garcés, 2012; Garretón, 2012; Salazar, 2012) han planteado que las movilizaciones y manifestaciones que vienen sucediéndose desde el 2011 responderían a un cambio en la historia política social de Chile. Esto, porque las prácticas de politización del espacio público que ha llevado a cabo la ciudadanía, estarían asociadas a demandas por participación y bienestar social, cuya postergación ha sido una práctica sistemática desde los primeros gobiernos de la Concertación, coalición que al mantener el marco socioeconómico heredado de la dictadura, no fue capaz de reducir la desigualdad, ni generar reformas democratizadoras (Solimano, 2013; Garretón, 2012; Fazio, 2004). En este sentido, los gobiernos de post-dictadura habrían reforzado el miedo para impedir el desborde de las demandas sociales (Salazar, 2011) y así consagrar el consenso como única forma política posible, situando de paso al mercado como principio ordenador de la vida social (Garretón, 2012).

Sin embargo, de la mano de las movilizaciones estudiantiles (2011-2014) y de las protestas que se extendieron a lo largo del territorio nacional —Magallanes (2011), Aysén (2012), Freirina (2012), Tocopilla (2013) y Chiloé (2013)—, se instaló el disenso como práctica democrática.

El 2011, a través de asambleas y marchas, los jóvenes revivieron la política y reinstalaron el sentido de futuro que ésta aloja. En sus discusiones, convocatorias y acciones, la vida como «un-siempre-así» (Scribano, 2007b) se empieza a cuestionar1. Consistentemente con esto, los ámbitos de participación, antes claros y delimitados, se comienzan a desdibujar y con esto, toma fuerza la idea de que la mera delegación a las autoridades de los problemas, sin mecanismos de presión asociados, no garantizaba a los afectados su solución2.

Así, las calles se volvieron un recurso central para presionar a las autoridades, proponer cambios y orientar e intervenir en las políticas públicas. El malestar incubado durante la postdictadura se manifestaba en Chile y la calle fue el lugar elegido para expresarlo. En este marco, el presente trabajo se propuso analizar las marchas estudiantiles como acciones de apropiación física y simbólica de las calles3. Su estudio resulta relevante toda vez que la apropiación del espacio público durante manifestaciones políticas, constituye un fenómeno social emergente en Chile. La pregunta que orientó este artículo fue: ¿qué caracteriza a las marchas de los estudiantes en el Chile de postdictadura? El supuesto a la base, es que la marcha —en tanto parte de un repertorio de acción colectiva (Traugott, 2002)—, permitiría la emergencia de la política al visibilizar los cuerpos y disputar el carácter «público» del espacio. A favor de este supuesto, se podría argumentar que quienes irrumpen en el espacio público para dar cuenta de sus sufrimientos y para pensar su futuro, son jóvenes que precisamente carecen de tal derecho, y que al fundar un espacio común, pudieron demostrar, siguiendo a Rancière (2007), que efectivamente pertenecían a la sociedad, que eran seres de razón y discurso, y que podían confrontar sus razones a otras razones.

Scribano y Cabral (2009) afirman que la búsqueda de visibilidad ha sido una de las preocupaciones principales de los movimientos sociales y de las acciones colectivas, lo que pone al cuerpo en un lugar estratégico para ser pensado e investigado, ya que es precisamente mediante éste, que los estudiantes se tomaron las calles y lograron democratizar el campo de visibilidad. Consistentemente con esto, el presente trabajo se pensó desde la sociología del cuerpo y las emociones, entendiendo que «cuerpos/emociones» (Scribano, 2012) refieren a construcciones sociohistóricas que son atravesadas por el poder y permitirían pensar cómo se construye/subvierte la dominación.

Este abordaje, opone a las políticas de segregación, restricción, vigilancia y represión de los cuerpos, las diferentes performances que buscan restituir la ciudadanía al disputar el carácter «público» del espacio y democratizar el campo de visibilidad. De esta forma, en el presente trabajo se asume que ocupar un lugar negado, siempre conlleva una lucha simbólica; es decir, una lucha política por hacer inteligible, fuera de la lógica hegemónica, lo que se quiere mostrar.

 

2. Metodología

El presente trabajo se enmarca dentro de una investigación de enfoque cualitativo, ya que buscó una aproximación comprensiva de las formas de apropiación del espacio público y las emociones que emergieron en el marco de las marchas estudiantiles de 2011. Su diseño es no-experimental, transversal y exploratorio, toda vez que da cuenta de un fenómeno social complejo y permite una aproximación a las diversas formas de apropiación de manera amplia y comprensiva, pasando de la descripción a la interpretación de la información.

El estudio se basó en el análisis de quince marchas estudiantiles entre el 1 de abril y el 31 de octubre del año 2011. A base del análisis de los documentos que establecen los horarios y recorridos autorizados por la intendencia Metropolitana —según las disposiciones del Decreto 1.086—4 se construyó una cronología que permitió contextualizar las observaciones realizadas durante este estudio.

Cada una de las marchas constituyó una unidad de análisis. Estas fueron seleccionadas según un muestreo intencionado por criterios (Pattern, 1990). De este modo, operaron dos criterios de inclusión; el primero, establecía la propiedad de ser autorizada por la Intendencia Metropolitana y el segundo, que el recorrido pasara por la Alameda, principal avenida de la capital, donde se encuentran las principales oficinas ministeriales y comerciales del país. También se asumieron dos criterios de exclusión; el primero operó sobre aquellas marchas que no fueron convocadas o apoyadas formalmente por los estudiantes (coordinadoras secundarias y/o federaciones universitarias), y el segundo, sobre todas aquellas marchas realizadas durante algún fin de semana.

Se utilizó la observación participante como estrategia para la recolección de información, ya que esta permite transitar por diferentes niveles de participación. Esta cualidad resulta relevante para la observación de espacios caracterizados por un alto nivel de interacción, que requiere focalizarse en aquellos elementos que más contribuyen al objetivo de la investigación, sin perder la oportunidad de explorar otras situaciones.

Delgado (1999), asume una variante de esta técnica, que denomina «observación flotante», la que resulta más pertinente a los objetivos de esta investigación, ya que daría cuenta de una observación participante propia de espacios públicos donde concurren múltiples demandas para el observador. Al respecto señala:

El etnógrafo de espacios públicos participa de las dos formas más radicales de observación participante. El etnógrafo urbano es «totalmente participante» y al mismo tiempo, es «totalmente observador» En el primero de los casos, el etnógrafo de las calles permanece oculto, se mezcla con sus objetos de conocimiento —los seres de la multitud— los observa sin explicarles su misión y sin pedirles permiso. Se hace pasar por «uno de ellos» [...]. Se beneficia de la protección del anonimato y juega su papel de observador de manera totalmente clandestina. Es uno más. Pero a la vez que está todo involucrado en el ambiente humano que estudia, se distancia absolutamente de él (Delgado, 1999:48-49).

La observación participante, afirma Scribano (2008), se define por el registro que realiza. Siguiendo esta premisa, se utilizó un cuaderno de notas donde se describió a los participantes y su comportamiento, los mensajes que portaban y el espacio donde se movían. También se consignaron algunos comentarios y emociones derivados de las observaciones realizadas5. Este último punto, se conecta con una característica propia del modelo cualitativo (al que tributa esta técnica), a saber que este enfoque al incorporar la subjetividad del observador, «abandona la pretensión de objetividad, como propiedad de una observación desde fuera [...], y asume el postulado de la subjetividad como condición y modalidad constituyente del objeto, que observa desde sus propias distinciones y esquemas cognitivos y morales» (Canales, 2006:21). Para registrar las relaciones entre los participantes y entre éstos y el entorno, se utilizó un dispositivo de audio. Dichos registros incluyen las descripciones de lugares y acontecimientos, así como también, las conversaciones mantenidas con los participantes de las marchas. Las grabaciones promedian aproximadamente una hora y media cada una.

El registro se orientó a dar cuenta de las conductas y comportamientos de los manifestantes (los gestos, las posturas, movimientos, etcétera); los objetos que portaban (artísticos, musicales, defensa, maquetas, etcétera), los mensajes y la forma que éstos eran emitidos (gritos y carteles), el vestuario o los disfraces que llevaban, la distribución que hacían del espacio y lo que decían durante la marcha (conversaciones que mantienen los jóvenes entre sí, así como también las conversaciones que establecen con el observador).

 

3. La calle como lugar de aparición y ejercicio político

La calle es un espacio donde confluyen intereses, no es un objeto científico separado de la ideología, por el contrario, se trata de un espacio político y estratégico (Lefebvre, 1976). Sin embargo, desde los sectores dominantes debe ser un espacio liberado de la división que instaura la política, donde la norma haya impuesto y legitimado su «buen uso» colectivamente de modo de garantizar la fluidez que el capital requiere.

Para Lefebvre (1972:26) «el mundo de la mercancía se despliega en la calle. La mercancía que no ha podido limitarse a los lugares especializados, los mercados (plazas, abastos) ha invadido toda la ciudad». Siguiendo a Lefebvre, los intereses del capital han hegemonizado los usos, no sólo de la calle, sino de diversos espacios asociados a lo público. De este modo, con el objetivo de alcanzar una mayor eficiencia económica, se controlan los tiempos de desplazamiento, se vigila el comportamiento de las personas y se restringe el acceso a espacios colectivos a quienes, de acuerdo a sus signos corporalizados, resultan amenazantes. Emerge así, una ciudad en la que «cobran vida, se escenifican y operan las lógicas de la dominación y la explotación en la actual fase de acumulación» (Scribano y Cervio, 2010:5).

Sin embargo, el 2011 la monotonía de la ciudad neoliberal, su rutina y restricciones, se desvanecían con cada marcha realizada por el centro de la capital. Los jóvenes al irrumpir en las calles y apropiarse física y simbólicamente de ellas, instalaban corporalmente el disenso a la vez que denunciaban una vida mercantilizada.

A la base de las acciones de apropiación del espacio público desarrolladas por los jóvenes, se encuentra lo que Butler (2012) denomina «el poder de aparición». La calle entrega visibilidad pública y permite que los cuerpos aparezcan y comiencen a contar. En este sentido, Rancière (2010:76) afirma «uno es contado, o más bien se hace contar como incontado, al manifestar a través del hecho la propiedad de hablar de quienes no hablan, de acción pública de quienes pertenecen a la simple vida cotidiana, de sujeto colectivo de quienes no son más que una sumatoria de vidas».

Así, las reglas y normas que restringen o permiten la aparición de los cuerpos, se ven interrumpidas por el cambio en el valor de uso de la calle que deriva en el debilitamiento de los símbolos que favorecen la reproducción de lógica policial (Rancière, 2006). Respecto del papel de los símbolos, en la mantención del orden social, Bourdieu comenta:

Los símbolos son instrumentos por excelencia de la «integración social»: en cuanto instrumentos de conocimiento y de comunicación [...], hacen posible el consenso sobre el sentido del mundo social, que contribuye fundamentalmente a la reproducción del orden social: la integración «lógica» es la condición de la integración «moral» (Bourdieu, 2000:67).

El componente simbólico presente en las acciones de apropiación permite fisurar la dominación naturalizada6 y cuestionar el orden social dominante, a la vez que abren un horizonte de posibilidades para que los cuerpos se presenten frente a otros con sus demandas y razones.

 

4. Las formas de tomarse la calle : performatividad y visibilidad

En cada marcha, la calle se vuelve un campo de expresión, donde se desarrollan una multiplicidad de performances que se dan en el marco de la interacción social y que disputan el poder de representación (Scribano y Cabral, 2009). En este sentido, Goffman afirma:

Una «actuación» (performance) puede definirse como la actividad total de un participante dado en una ocasión dada que sirve para influir de algún modo sobre los otros participantes. Si tomamos un determinado participante y su actuación como punto básico de referencia, podemos referirnos a aquellos que contribuyen con otras actuaciones como la audiencia, los observadores o los coparticipantes (Goffman, 1997:27).

De esta forma —y siguiendo a Herrera y Soriano (2004)— toda acción social es siempre una performance; es decir, una representación dirigida a un público, la que se desarrolla en un escenario que es tenido por real mientras ésta se realiza. Si se asume el enfoque dramatúrgico de Goffman, los manifestantes presentan su actuación a una audiencia compuesta por los medios de comunicación, las autoridades de gobierno y la población en general. También actúan frente a otros manifestantes, los que son a la vez coparticipantes.

En la construcción de estas audiencias, el uso de componentes expresivos resultó significativo para lograr interpelar, compartir objetivos y llenar de sentido los mensajes. De esta forma, las emociones se posicionaron como una pieza clave durante las manifestaciones (Fernández, 2013).

Sin embargo, los tipos de emociones que emergen y las formas como los jóvenes las manifiestan durante las marchas, dependerán de cómo hayan sido incorporadas simbólicamente. Al respecto, Le Bretón afirma:

De una sociedad humana a otra, los hombres sienten afectivamente los acontecimientos a través de los repertorios culturales diferenciados que son a veces similares, pero no idénticos. La emoción es a la vez interpretación, expresión, significación, relación, regulación de un intercambio; se modifica de acuerdo con el público, el contexto, se diferencia en su intensidad, e incluso en sus manifestaciones, de acuerdo a la singularidad de cada persona. Se cuela en el simbolismo social y los rituales vigentes. No es una naturaleza descriptible sin contexto ni independiente del actor (Le Bretón, 2013:77).

Goffman (1970) utiliza el término «ritual» para referirse a actos en los que por medio de sus componentes simbólicos el actor muestra cuán digno es de respeto o cuán dignos son los otros de ese respeto. Es en virtud de esto, que el manifestante es un actor conflictivo, ya que al ser portador de un derecho no reconocido debe pugnar por ser visto y escuchado.

La marcha en sí misma es un acto ritual, ya que reúne jóvenes que comparten representaciones y que reclaman ser reconocidos como ciudadanos. Para que esto ocurra deben aparecer políticamente, comunicar su existencia, compartir objetivos, es decir, hacerse inteligibles y visibles a los ojos de otros.

Por lo mismo, la marcha en tanto ritual, debe lograr incitar emociones, lo que se alcanza mediante diferentes recursos expresivos que ponen en acción los jóvenes (cantos, bailes, disfraces, carteles, etcétera). Así, devienen múltiples performances que siguiendo a Scribano y Cabral (2009), confrontan el uso de la palabra como único modo de decir.

Sin perjuicio de lo anterior, las performances podrían ser consideradas como acciones tácticas y de reivindicación, toda vez que suponen un reclamo por el carácter «público» del espacio en el que los jóvenes llevan a cabo acciones (aun cuando se encuentran supeditados a este). En este sentido, se valen de sus propios cuerpos para subvertir —por un tiempo limitado— su uso hegemónico, a fin de hacerse ver y escuchar.

 

5. Reivindicación y táctica

Desde Goffman (1979) la apropiación de la calle operaría como una reivindicación sobre el territorio. Esta supone que el territorio pese a estar defendido y patrullado por el reivindicante, se puede reclamar temporalmente. Así, la calle en tanto «espacio de uso», plantea una reivindicación que tiene evidentes necesidades instrumentales, por ejemplo, la necesidad de comunicarse, para lo que el manifestante requiere adquirir visibilidad.

En este sentido, los esfuerzos de los jóvenes estuvieron dirigidos a diversificar las acciones y maximizar la creatividad para romper con la rutina de una ciudad monocromática.

Los estudiantes lograron combinar el acervo contestatario de la sociedad con nuevas expresiones teñidas de creatividad y humor. A la perenne marcha callejera y a la histórica barricada, al caceroleo y a la toma de los establecimientos, se sumó la realización de performances artísticas y deportivas que se desplegaban en los espacios públicos, ganando el apoyo y la admiración de la gente (Fernández, 2013:6).

El cuerpo es el medio para reivindicar y a la vez para señalar que la reivindicación está siendo. El proceso de apropiación de la calle por aquellos que no tienen el derecho de aparecer, cuestionan la legitimidad de la reserva del espacio para su uso mercantil y es considerado por quienes han normado y hegemonizado su uso, como una «intrusión» (Goffman, 1979).

Desde De Certeau (2010) las acciones de apropiación también pueden considerarse como tácticas. La táctica es el arte del débil, ya que es gobernada por los azares del tiempo y determinada por la ausencia de poder, sin embargo y pese a esto, se disemina en los terrenos del orden dominante.

[...] llamo táctica a la acción calculada que determina la ausencia de un lugar propio. Por tanto ninguna delimitación de la exterioridad le proporciona una condición de autonomía. La táctica no tiene más lugar que el del otro. Además, debe actuar con el terreno que le impone y organiza la ley de una fuerza extraña [...] es movimiento «en el interior del campo de visión del enemigo» [...] y está dentro del espacio controlado por éste. No cuenta pues con la posibilidad de darse un proyecto global ni de totalizar al adversario en un espacio distinto, visible y capaz de hacerse objetivo. Obra poco a poco. Aprovecha las «ocasiones» y depende de ellas [...]. Necesita utilizar, vigilante, las fallas que las coyunturas particulares abren en la vigilancia del poder propietario. Caza furtivamente. Crea sorpresas. Le resulta posible estar allí donde no se le espera. Es astuta (De Certeau, 2010:43).

Así el orden hegemónico, centralizado y racionalizado, es cuestionado en las diversas «maneras de emplear» los productos que devienen de su imposición (De Certeau, 2010). Las tácticas constituyen prácticas que no son coherentes con la funcionalidad de un espacio prefabricado. Estas son llevadas a cabo por quienes no producen la cultura, sin embargo se sirven de los símbolos que les son impuestos para presentar intereses y deseos que se oponen a la violencia del orden dominante.

Ahora bien, la táctica se encuentra limitada por el tiempo; por lo tanto, no puede capitalizar las ventajas adquiridas; en otras palabras, «lo que gana, no lo conserva» (De Certeau, 2010), su acción tiene una duración definida, solo por momentos logra cambiar una situación a su favor. Al carecen de un lugar propio, las tácticas pueden sortear y sobrevivir a la represión, toda vez que la flexibilidad que conlleva el no-lugar permite que se ajusten permanentemente a los cambios y emerjan en distintos contextos y escenarios haciendo incontenible su proliferación.

De esta forma, las diferentes apropiaciones de las calles en el marco de las marchas estudiadas, pueden comprenderse como tácticas en la que los manifestantes se valen de sus propios cuerpos para aparecer y disputar su carácter «público». En este sentido, se constituyen en prácticas que subvierten el orden al cambiar la organización del espacio y oponerse a la racionalidad estratégica de la calle que observa, mide, controla y restringe cualquier fuerza extraña dispuesta a obstaculizar el flujo mercantil.

A la luz de lo expuesto, «reivindicación» y «táctica» refieren a acciones cuyo objetivo es la disputa de algo desde una posición subalterna. El punto de partida de este tipo de acciones es asegurar que la demanda sea conocida por otros y pueda ser compartida. Sin embargo, cuando ésta opera como el reclamo por un lugar distinto dentro de la «distribución policial» (Rancière, 2006) se torna política, ya que supone «una alteración de las normas que regulan la vida pública, la que la mayor parte de las veces tiene un carácter conflictivo» (Fernández, 2011:6). Dicho carácter deviene de la idea que el espacio público, sólo se constituye como «público» cuando es apropiado por quienes no tienen ese derecho (Berroeta y Vidal, 2012).

 

6. Apropiaciones/resistencias: entre el gasto festivo y la violencia

En cada marcha, cuerpos inesperados irrumpen en el espacio, lo recorren dibujando trayectorias que parten de un lugar emblemático de la ciudad y se desplazaron por zonas neurálgicas. Reconociendo su relevancia en la visibilización del conflicto, la solicitud de recorridos realizada por los manifestantes, siempre fue sobre el centro de la capital, específicamente sobre la Alameda, avenida que en su extensión concentra el quehacer político-administrativo. En ella se encuentran los principales bancos e importantes organismos y dependencias comerciales, así como también, oficinas ministeriales y el edificio de gobierno. Además la Alameda es la principal arteria capitalina que permite el desplazamiento hogar/trabajo a muchos habitantes de la ciudad. Dadas estas cualidades, la Alameda fue deliberadamente elegida por los estudiantes para manifestar el malestar, ser vistos e inscribir sus demandas. Aparecer en el centro de la capital y apropiarse de las calles portando un cuerpo de clase (Bourdieu, 1979) al que sistemáticamente no se le ha considerado más que como «cuerpo a explotar» es una acción política en sí misma, que configura, siguiendo a Lindon (2009) una denuncia socioespacial, toda vez que éstos ocupan un lugar con una fuerte carga simbólica para ofrecer testimonio público de un fenómeno social de visibilidad parcial o escasa.

De este modo, los estudiantes se movilizaron, no solo apoderándose de las calles, sino que también de ellos mismos, con el objetivo de reafirmar el conflicto y reclamar un lugar distinto al asignado por la lógica policial. Parafraseando a Scribano (2007b), la marcha sería una forma de descongelar las emociones y de liberar energías corporales para ponerse-en-camino de una vivencia autónoma. Para Mattos en tanto, ocupar el espacio mediante marchas tiene un efecto de inclusión de la existencia de uno en el imaginario social.

La marcha es la búsqueda de un encuentro con la diferencia; es un ir hacia el otro para que me vea. Es una forma de buscar una forma de validación social, validación que se logra a través de una manera determinada de usar el cuerpo. Este último es una materialidad que porta significado y se comunica, sale a la luz, a través de su acción, a través de su uso (Mattos, 2011:71).

En ese «ir hacia el otro» para ser visto, se construyen narrativas asociadas a la amenaza que comportan estos cuerpos jóvenes, que con su transitar rompen la rutina cotidiana y afectan las formas de circular y habitar la ciudad. Las narrativas de amenaza se traducen en sospecha, vigilancia y restricción desde el primer momento en que los manifestantes se comienzan a reunir. Las calles cercadas, sitiadas y envueltas en una lógica bélica dícese necesaria para hacer frente al peligro, repentinamente son desbordadas, transformadas y recreadas.

El siguiente registro muestra las observaciones realizadas al comienzo de algunas de las marchas estudiadas.

El desplazamiento se realiza lentamente, los manifestantes se encuentran ansiosos,7 expectantes de cómo procederán las fuerzas policiales. Algunos jóvenes profieren insultos a corta distancia contra la policía que cerca las calles. A medida que la marcha avanza, los manifestantes se acomodan en ella y comienzan a buscar «su lugar», ese lugar que más servirá al objetivo de presentarse frente a otros.

El ritmo del caminar varía según la densidad de la marcha, ésta depende a su vez del tramo y las calles por donde pasa. Generalmente la circulación es lenta, a veces la columna se detiene y reanuda su andar [a nadie parece importar mucho estas detenciones esporádicas]. Quienes buscan a su grupo de conocidos, optan por caminar rápidamente por los costados o subirse sobre alguna reja o escalinata de un edificio. Cuando encuentran a sus compañeros, los saludan y se integran al grupo caminando al mismo ritmo de quienes van por el centro de la calle. Luego, participan de la conversación que sostiene el grupo o introducen una nueva que sea del interés del resto.

Pareciera, siguiendo a Goffman (1979) que esta acción de buscar compañía tiene como objetivo contar con una cierta protección frente a las dinámicas represivas en que concluyen las marchas y que dice relación con una historia de legitimación de la violencia política en Chile (Urzúa, 2011).

Con las marchas en movimiento, de un momento a otro las calles se llenan de mensajes, colores, cantos y bailes, en ellas los manifestantes se convierten en actuantes, los que establecen una forma, un ritmo para mostrarse y así, disputar el campo de visibilidad.

En este marco, los carteles y lienzos permitieron interpelar a las autoridades y en pocas palabras pintadas sobre alguna tela o papel, comunicar el daño sufrido y confrontar los discursos de los sectores dominantes.

Un grupo de jóvenes vestidas de enfermeras (delantal blanco y gorra de cartulina con una cruz roja) portan un letrero que dice «La educación está enferma»; otra joven con una bandera nacional que tiene escrito «5 años estudiando y 15 pagando»; otro grupo con un lienzo que dice «ni derecha ni izquierda, somos nuestros propios representantes»; en otro lienzo se puede leer «Si no nos dejan soñar, no los dejaremos dormir» (Marcha 30 de junio de 2011).

La visibilidad también se juega al interior de la marcha. Quienes portan lienzos, con el objetivo de que éstos sean atendidos por los otros manifestantes o por los medios de comunicación presentes, muchas veces se detienen y distancian algunos metros de quienes marchan delante, luego se ordenan, suben el cartel o lo extienden de modo que nada interfiera su lectura y vuelven a ponerse en movimiento. Los carteles se encuentran en desventaja respecto del tamaño de los lienzos, en razón de esto, quienes los confeccionan se deben esforzar por que resulten atractivos, ya sea por sus colores, formas o mensajes. Algunos manifestantes los llevan en sus manos, otros los cuelgan en sus bolsos e incluso hay quienes al escribir sobre sus cuerpos se transforman ellos mismos en su propio cartel o lienzo.

De manera similar operan quienes portan maquetas. Por su gran tamaño y creatividad, atrajeron la mirada de los manifestantes y de la prensa. Dado esto, se destacaron dentro de la multitud de manifestantes y entre la diversidad de formas y colores presentes en las marchas.

Nosotros definimos el tema en conjunto, entonces vemos que queremos hacer, que queremos decir [...] cada uno ve con que [materiales] puede aportar. Trabajamos en el patio de la U. [...] los compañeros se acercan y preguntan «qué van a hacer ahora» y les contamos la idea, porque se nos ocurrió y qué queremos expresar, casi siempre les gusta [...] Tratamos de hacer algo bueno, que sea entretenido y que llame la atención [...] [Le pregunto qué pasa si se destruye la maqueta en la marcha] Si la perdemos, la perdemos nomás el objetivo se cumplió [se ríe] de hecho, casi siempre la perdemos. Cuando aparecen los pacos, la gente corre altiro y nos pasa a llevar y queda lista pa' la barricada [se ríe] (Marcha 30 de junio de 2011).

Bajo el objetivo de levantar una demanda o una propuesta, las maquetas fueron diseñadas y transportadas colectivamente durante la marcha. Cabe destacar el trabajo previo que implica el diseño y confección de la maqueta, así como la importante cantidad de recursos asociados a ésta y la posibilidad cierta de que los resultados de dicho trabajo sólo puedan ser mostrados en una única jornada.

En la confección de maquetas u objetos litigiosos, como en prácticamente todos las formas adoptadas para escenificar las «redes de conflicto» (Scribano y Cabral, 2009), operan prácticas contra-expropiatorias, que en el marco de una sociedad neocolonial, supone dilapidar el tiempo8 y los recursos, pero sobre todo supone el derroche de energías corporales, cuya explotación es garantía de la expansión y la rentabilidad del capital. De este modo, siguiendo a Vergara (2012) se pone entre paréntesis la disponibilidad de los sujetos en acumular para gastar, o en trabajar para tener, propias del capitalismo.

Junto a quienes portan carteles, lienzos o maquetas, se encuentran aquellos que se apropian de la calle mediante el baile. Desde una clasificación tiempo-lugar, esta forma de apropiación comienza a destacar cuando se pone en movimiento la marcha, y generalmente se ubican en el centro de la misma.

Las danzas colectivas serían, siguiendo a Scribano (2009a), circunstancias de expresividad significativa donde la disciplina y el ahorro ascético se rompen, mediante el gasto festivo.

El ahorro ascético que nos impone la mirada modernizadora, se liga con la lógica de la imposibilidad y se contrapone al gasto festivo en tanto derroche como practica indócil. El gasto festivo es el modo de reconversión de energías sociales y corporales que permiten abrir, expandir y multiplicar las potencialidades de los sujetos y los colectivos (Scribano, 2009a:149).

La siguiente imagen narrada permite conectar la danza con el derroche de energías corporales en el marco del gasto festivo, toda vez que «subvierte la lógica gasto-acumulación» (Scribano, 2009a).

Es posible identificar dos grupos entre los bailarines, sus trajes de brillantes colores llaman la atención [...] la gente los rodea para observar. Los músicos se encuentran más atrás, también de radiantes trajes. Se escuchan gritos, la gente pierde la atención, pero ellos continúan [como en un trance hipnótico] han bailado toda la marcha y continúan sonriendo [pienso en cuanta energía despliegan]. Cada cierto tiempo una mujer se acerca y moja sus caras con un vaporizador. Más gente se aproxima y observa. Dos improvisados bailarines (de quienes observaban) se suman al grupo, la gente aplaude, ríe y felicita la iniciativa... luego se suman más personas... [La calle se ha vuelto una pista de baile] (Marcha 18 de octubre de 2011).

De esta forma, quienes bailan generan un clima de alegría, que se desborda y contagia a otros manifestantes. El despliegue permanente de música, colores y movimientos le da un carácter lúdico a la marcha y permite que emerja la risa, que según Gandía (2012) estaría asociada a sentimientos de autonomía.

También en el marco del gasto festivo, se observan durante las marchas, jóvenes que cubren sus cuerpos con disfraces. Destaca la caracterización de personajes históricos y de ficción, así como de autoridades con algún rol dentro del conflicto. Los esfuerzos de los jóvenes se dirigen a sorprender, causar admiración y ser reconocidos por la creatividad desplegada. Los disfraces, con una cuota importante de ironía, denuncian la irracionalidad de una vida mercantilizada, la incapacidad de las autoridades para ver y oír a las mayorías, y la complicidad de las instituciones —medios de comunicación, fuerzas policiales, tribunales de justicias, congreso—, en la mantención de un sistema cada vez más deslegitimado.

Dos jóvenes vestidos de policías y con máscaras de perros se mueven apuntando a los asistentes con lo que simulan ser armas de fuego. Replican las acciones policiales al molestar a algunas personas interrumpiendo su caminar. La gente se ríe y comenta la escena. Se mueven rápido, no se mantienen en un solo lugar ni siguen el ritmo general de la marcha, irrumpen en los grupos de modo de mostrar-se a la mayor cantidad de personas posibles (Marcha 29 de septiembre de 2011).

Para Delgado (2007) cualquier escenificación de un orden distinto del habitual significa una demostración de fuerza, de tal forma que el disfraz en tanto «posibilidad de ser otro» permite visibilizar aquello que se encuentra en la esfera de lo no dicho, de lo silenciado y de lo ocluido (Gandía, 2012). En este sentido, el disfraz es una expresión creativa que subvierte la distribución de lugares y se convierte en una denuncia cuando hace una caricatura de las razones que sustentan el discurso dominante. Al mismo tiempo, el disfraz es una intención de recuperar visibilidad para enviar mensajes que puedan ser interpretados por la audiencia.

Quienes se encuentran solos entre la multitud de voces y la diversidad de colores y formas, tienen pocas posibilidades de ser vistos y escuchados. En este sentido, siguiendo a Goffman (1979) quienes están solos, se deben esforzar más por hacerse fácilmente visibles que quienes están acompañados. Esto permitiría entender el gasto de tiempo y recursos que involucra el disfraz como manera de presentar-se, y que tiene a la base una demanda por constituirse en algo novedoso, original y extravagante.

De este modo, acciones que en otros contextos podrían parecer desviaciones conductuales (Foucault, 2008), y que por lo mismo, serían juzgadas con dureza, en las marchas son parte de un repertorio diverso, que adquieren sentido en el colectivo. Al respecto, Goffman sostiene que «si otros parecen estar dispuestos a acompañar a uno y toman su participación de forma relativamente tranquila, entonces se entiende que las extravagancias de uno no pueden ser señal de una aberración extrema» (Goffman, 1979:39).

Esto queda de manifiesto, por ejemplo en aquellos jóvenes que exponen sus cuerpos desnudos, visibilizando la precariedad en la que viven y la vulnerabilidad que sienten frente a las lógicas mercantiles.

Desde Goffman (1979), la exhibición es considerada una infracción contra uno mismo. Sin embargo esta acción puede alcanzar estatus de «admirable», cuando quien manifiesta, lo realiza en el marco de una representación y ante otras personas con quienes comparte. Así, «la sanción social que atenta contra lo socialmente disruptivo, contra lo novedoso, contra lo no-habitual» (Vergara 2009:39), deja de tener sentido en el marco de la plena exposición que asumen los cuerpos durante las marchas.

Dicho esto, se puede afirmar que en las marchas operan apropiaciones diferenciales de la calle, donde si bien los cuerpos se ven influidos por el espacio, éstos llevan a cabo acciones tácticas que reivindican su derecho a ser vistos y escuchados.

Como se ha anunciado, las apropiaciones observadas (carteles, lienzos, maquetas, bailes y disfraces) entregan a la marcha colores, alegría y esperanzas. Emerge así el disfrute que pone en juego la configuración de las sensibilidades y con ello las oportunidades y/o restricciones de la vida y el cambio social (Magallanes, 2012). En este clima de festividad se abren nuevas formas de percibir y experimentar, lo que deviene en redefinición de identidades y subjetividades9. De ahí, que las apropiaciones desarrolladas puedan ser leídas desde su carácter disruptor.

Consistentemente con esto, los jóvenes ocupan el espacio de forma que comúnmente les es prohibida en contextos de normalidad. Un ejemplo de esto, se encuentra al término de una de las marchas:

En grupos, se sientan en el parque, como formando círculos que se abren cuando llega un nuevo conocido [logro contar alrededor de doce grupos]. Toman cerveza y fuman marihuana, ríen y conversan sobre la marcha. Se comienzan a escuchar algunos gritos y ruidos de enfrentamientos entre manifestantes y la policía. Sólo cuando son más fuertes alguno de los integrantes se pone de píe, mira... «no pasa nada», se sienta y continúan conversando (Marcha 30 de junio de 2011).

También se observaron oposiciones violentas a las prohibiciones y restricciones impuestas, que se alejan de las prácticas festivas.

Un cerco de madera rodea un edificio en construcción. Los jóvenes lo golpean y se estrellan contra él una y otra vez para derribarlo [pienso en la persistencia que tienen y en las energías que despliegan]. Cada vez son más los que participan de la escena, algunos cubren sus rostros con pole-ras otros con pañuelos. Los que ya se han «encapuchado» ayudan a otros a hacerlo pronto. Dos columnas de humo son el resultado de una distribución espontánea y eficiente de tareas (buscar basura, piedras o cualquier material que pueda servir para la barricada).

Los paneles de madera que resguardaban el edificio, junto con señalética y semáforos son arrojados a la calle para impedir el paso del carro lanza-agua. El público también ha aumentado, pero no es un público totalmente pasivo, se encuentra expectante y ansioso, canta, grita, insulta y deja registro fotográfico de las acciones.

El pequeño grupo «encapuchado» inicial, ha aumentado exponencialmente. Se distribuye prácticamente en toda la calle a lo largo de tres cuadras (Marcha 9 de agosto de 2011).

Esta escena grafica lo que aconteció generalmente al finalizar las marchas. Esta constituye una forma de apropiación violenta de la calle, que sería llevada a cabo por quienes buscan simbolizar y representar la rabia, que deviene de la impotencia, de sentirse mentido y amenazado. Esa rabia que ha dejado de apretar los dientes y ha pasado a la ofensiva, que tiene que ser comunicada, que busca ser compartida. La rabia que emerge y se manifiesta, despliega fuerzas, derrocha energías y aspira a la legitimidad. La rabia de los excluidos, de los expulsados, de los expropiados del estatus de ciudadano. Se aloja así, una paradoja que tiene como puntos conflictivos la necesidad de que aquellos jóvenes que han sido invisibilizados y silenciados deban cubrirse el rostro para ser vistos y escuchados.

Culturalmente, el rostro es una de las partes más importantes del cuerpo. Éste se vincula profundamente con el sentimiento de identidad, en tanto lugar por excelencia del reconocimiento (Le Bretón, 2009). Si bien el cuerpo marca el límite entre el sí mismo, el mundo exterior y los demás, lo que lo constituye en una frontera de la identidad; el rostro es el territorio del cuerpo donde se inscribe la distinción individual. Es por esto, que en el marco de los procesos de individuación, puede ser considerado como un capital del cuerpo. A propósito del rostro Le Bretón escribe:

Es la distancia infinitesimal a través de la cual cada hombre se identifica. Los rostros presentan infinitas variaciones sobre una base simple. Millares de formas y de expresiones surgen de un alfabeto de una simpleza desconcertante. La estrechez del espacio del rostro no es un impedimento para la multitud de combinaciones. Simultáneamente el rostro acerca a una comunidad social y cultural por las formas de las facciones y de la expresividad, pero también traza una vía imponente para diferenciar al individuo [...] (Le Bretón, 2009:143).

De esta forma, el rostro ocupa un lugar preponderante en la percepción de la identidad10. El reconocimiento del rostro implica ser visible para el otro, lo que se asocia al beneficio de la valoración colectiva. Sin embargo, hay rostros a los que se les niega la identidad. Así, cuando se trata de eliminar al individuo, de negarle su singularidad, Le Bretón (2009) afirma, que el primer acto es privarlo simbólicamente de su rostro para así despojarlo de la dignidad que éste le confiere.

La discriminación y el racismo tienen a la base esta negación. Al destruir el rostro se desmantela también la diferencia que permite nombrar al otro, donde «el individuo privado de su rostro, de su diferencia, se convierte en un elemento intercambiable de una categoría denigrada. Se le presta solamente una cara vacía, un anti-rostro, una máscara funeraria [...]» (Le Bretón, 2009). De esta forma, el individuo sin rostro, se vuelve incomprensible, invisible a los ojos de los «otros» que poseen la dignidad propia del rostro.

Vivir sin rostro, es vivir en la precariedad. Al ser despojado un individuo de la posibilidad de ser nombrado deviene en cuerpo manipulable y transparente a la mirada de los demás, mero cuerpo a explotar y energías a expropiar. Se constituyen en aquellos que no tienen derecho a aparecer.

Consistentemente con esto, quien no tiene rostro es alguien anónimo, indiferente, que pasa desapercibido, alguien invisible (Galak y Le Bretón, 2010). Sin embargo, al cubrirse el rostro quienes habían sido despojados de él, paradójicamente recuperan su visibilidad y aparecen en escena. La lógica policial busca ponerles un nombre y encerrar la diferencia.

Si bien la «capucha» tiene fines instrumentales como por ejemplo no exponerse a juicios desfavorable por parte de una comunidad disciplinada o resguardarse de los dispositivos de control y vigilancia policial; su uso va más allá. En tanto performance, permite disputar y controlar físicamente el espacio.

Esta reivindicación del espacio de carácter violento, puede llevar a otros grupos a retirarse, lo que generalmente se observó al finalizar las marchas y fue la de mayor impacto en la lucha por ampliar el campo de visibilidad. Derivado de esto, y de la represión indiscriminada, las acciones de este tipo aumentaron significativamente.

A la luz de lo expuesto, es posible afirmar que en las marchas observadas opera un importante componente expresivo, que se materializan en una multiplicidad de performances que redistribuyen el campo de visibilidad.

 

7. A modo de conclusión

El presente trabajo permitiría concluir que la apropiación del espacio y su uso, fuera de aquel rigurosamente normado por los sectores dominantes, constituye una acción de autonomía que se enfrenta a los procesos de depredación de energías corporales propios de la fase actual de acumulación capitalista.

A partir de las diferentes apropiaciones que los manifestantes crean y recrean en el espacio, los cuerpos adquieren el poder de aparecer frente a otros, comenzar a contar como sujetos de derechos y visibilizar sus demandas. El carácter político de las marchas no deviene sólo de la orientación de las reivindicaciones o del cuestionamiento al orden social que alojan, sino que es el resultado de una disputa en la que se cuestiona el estatus «público» que ostenta la calle, en tanto posibilidad que brinda a cualquiera de colocar en escena sus sufrimientos y participar en la construcción del futuro. De esta forma, la calle se convierte en una oportunidad para que quienes han sido violentamente silenciados e ignorados, aparezcan, se hagan escuchar y comiencen a contar.

Las marchas estudiadas operaron como verdaderas «tomas» de la(s) calle(s), las que fueron apropiadas por los jóvenes para hacerse escuchar dejándose ver (Scribano y Cabral, 2009). En este sentido, dicha apropiación se realiza mediante la única herramienta con la que cuentan los manifestantes, a saber: su propio cuerpo. Consistentemente con esto, el componente expresivo ocupó un lugar central, ya que el cuerpo, en tanto locus de la expresividad fue puesto en escena. La calle se convirtió entonces, en el escenario perfecto para exponer la vida a la mirada ajena y dramatizar aquellos sentimientos que habían sido contenidos en Chile durante la postdictadura. Así, las diversas performances que se desarrollaron en las marchas estudiadas permitieron democratizar el campo de visibilidad, elemento indispensable para que los jóvenes pudieran aparecer políticamente y sus mensajes se llenaran de sentido.

Dicho esto, y a partir de las observaciones realizadas, se pueden reconocer al menos seis elementos en el uso político del cuerpo en el contexto de las marchas realizadas por los jóvenes.

a) Presentación del cuerpo como objetivo táctico y estratégico a la vez. Cuando el cuerpo aparece en la calle, las demandas pueden ser comunicadas y compartidas, en este sentido el cuerpo en la calle se convirtió en el medio, es decir, en un objetivo táctico, para lograr socializar las carencias o faltas del sistema. Pero al mismo tiempo, la toma de la calle implica la apropiación de uno mismo. Dicha acción refiere a una demostración de autonomía, a una conquista en sí misma, que se levanta en un mundo consagrado a la depredación y a la dominación capitalista (Scribano, 2007b). Así, la visibilización del cuerpo, se constituyó en un objetivo estratégico que cuestionó la distribución policial y la expropiación naturalizada de las energías corporales.

b) Diversidad performática. En el marco de la interacción que opera en las marchas, se observó la puesta en escena de múltiples representaciones que reclamaban un lugar dentro de las representaciones legítimas. El campo de visibilidad se redefinió ampliando la posibilidad de mostrar-se e influir sobre el público. Así, la democratización del campo de visibilidad, permitió la construcción de nuevos significados sociales, que fueron comunicados y compartidos. Junto a esto, y en la aparente unidad que envuelve la marcha, diversas voces emergieron para denunciar corporalmente, la mercantilización de sus vidas.

c) Centralidad de los recursos expresivos. Al participar en la escenificación de problemáticas, los recursos expresivos contribuyeron a disputar la representación hegemónica de la realidad y con esto develar lo que se encuentra en la esfera de lo contenido y lo negado. De este modo, el componente expresivo permite abrir y expandir las posibilidades de los sujetos, toda vez que el disciplinamiento corporal se diluye y se desatan las energías corporales que se encontraban en estado de disponibilidad para su expropiación.

d) Carácter disruptivo de las acciones. Scribano y Boito (2010) afirman que quien protesta lo hace desde la incorrección. Argumentan que hacer lo que dictan las normas es lo que impide que millones sean escuchados o simplemente vistos. En este sentido, los cuerpos en la calle, junto con interrumpir el flujo de personas y mercancías, cuestionaron los lugares y funciones devenidos de la distribución policial. La aparición del cuerpo en el espacio público, por parte de quienes no tienen ese derecho, aloja siempre un conflicto, un litigio por la igualdad, que releva, siguiendo a Scribano (2007a) a esos millones de cuerpos que están, pero como ausencia, en la trama de la explotación.

e) Derroche de tiempo, energías y recursos. Las diferentes performances observadas remiten a prácticas contra-expropiatorias ya que se rebelan, en primer lugar, contra el uso hegemónico de la calle. Así, los manifestantes pasan de consumidores de control a ser actuantes, que se mueven, bailan, gritan y saltan. Cuerpos apasionados que derrochan energías y dilapidan recursos para lograr que sus mensajes tengan sentido. Dado que la reproducción de la dominación requiere de la expoliación de las fuerzas y energías corporales, dicho derroche implica una destitución del carácter mercantil de lo gastado.

f) Apropiación fragmentada de la calle. La toma de la calle se desarrolló de forma fragmentada, sin tomarla en su totalidad o indefinidamente. En este sentido, las observaciones realizadas permitieron reconocer detrás de la homogeneidad envolvente y totalizante de la masa, diversos grupos con agenda propia, que si bien comparten algunas representaciones de realidad, no se someten el uno al otro en aras de la unidad. De la misma forma, como cada performance tiene su espacio y tiempo en la marcha, cada una debe sortear la vigilancia, las restricciones y la represión que se les impone.

 

Santiago (Chile), octubre 2014.

 

Notas

1 Para Scribano, la evitación sistemática del conflicto deviene en aceptación y resignación social, por lo que inhibe la autonomía de los sujetos.

2 Según cifras entregadas en la cuenta pública del Ministerio del Interior y Seguridad Pública de Chile (2011), el año 2011, los sucesos de orden público se duplicaron, pasando de 2.348 en el 2010 a 5.942 el 2011. De la misma forma, también aumentó la cantidad de personas que participó en manifestaciones, las que prácticamente se cuadriplicaron en las misma fechas (534.632 a 1.904.089).

3 Para efectos del presente trabajo, el concepto de «apropiación» no refiere a la propiedad, sino a esa interacción dinámica que acontece cuando cada elemento toma del otro una parte y la usa en beneficio propio, inaugurando nuevas prácticas.

4 El Decreto Supremo 1.086 fue publicado el 16 Septiembre 1983 y establece las disposiciones que normarán las reuniones en plazas, calles y otros lugares de uso público.

5 Para Bonvillani (2013) el estudio de las emociones es un desafío metodológico, ya que supone leer los modos en los cuales los estados emocionales se expresan en los cuerpos.

6 Para Bourdieu (2012) la naturalización de la dominación opera cuando las formas para percibirse/apreciarse o para percibir/apreciar a los dominadores son el producto de la asimilación de clasificaciones construidas desde éstos, haciéndolas aparecer como naturales.

7 Jasper (2013) [citando a Marcus et al., 2000:138], señala que la ansiedad emerge «cuando se violan las normas, mientras más se transgreden esas normas, y mientras más centrales son estratégicamente para las personas, mayor es la ansiedad».

8 En el marco de las prácticas contra-expropiatorias, con Vergara (2012), se puede observar que el tiempo, que habitualmente se utiliza en producir para acumular se invierte y se convierte en una producción para el gasto, para un derroche que dura apenas unas horas. En este sentido, el derroche destituye el carácter mercantil de lo gastado e instala prácticas de autonomía que fracturan la normalidad política neoliberal.

9 Para Bonvillani (2013) los aspectos festivos de las marchas permiten tematizar la alegría como un derecho. De esta forma, la alegría como forma expresiva tendría a la base una elaboración política, que se eleva a la calidad de derecho violado.

10 Sin embargo, la individuación del rostro requiere disponer de una cierta cantidad de códigos culturales (Galak y Le Bretón, 2010) que permita su diferenciación de otros rostros.

 

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Este escrito es parte de un estudio más amplio que lleva por título «La lucha por la Alameda. La aparición de los cuerpos y la emergencia de la política en el Chile de postdictadura». Esta investigación intenta conectar, espacio, cuerpos y emociones en contextos de manifestaciones políticas y fue desarrollada gracias al apoyo y orientación permanente de la profesora María Emilia Tijoux.

Recibido: octubre 2014; Aceptado: enero 2015.

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