SciELO - Scientific Electronic Library Online

 
vol.12 número20Juventude e contemporaneidade: possibilidades e limitesHabitat Juvenil en la Metrópoli: Juventud y Territorio índice de autoresíndice de assuntospesquisa de artigos
Home Pagelista alfabética de periódicos  

Serviços Personalizados

Journal

Artigo

Indicadores

Links relacionados

  • Em processo de indexaçãoCitado por Google
  • Não possue artigos similaresSimilares em SciELO
  • Em processo de indexaçãoSimilares em Google

Compartilhar


Ultima década

versão On-line ISSN 0718-2236

Ultima décad. v.12 n.20 Santiago jun. 2004

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-22362004000100004 

Última Década, 20, 2004:71-94

CONSTRUCCIÓN DE LAS JUVENTUDES

 

Imágenes y Estudios Cuantitativos en la Construcción Social de «la Juventud» Chilena. Un acercamiento histórico (2003-1967)

 

Víctor Muñoz Tamayo*

* Licenciado en Historia. Maestría © en Ciencias Sociales.

Dirección para Correspondencia


 

I. Introducción

En los años sesenta, el escritor checo Milan Kundera centraba su narrativa en el ímpetu del sujeto revolucionario, aquel que sólo aceptaba la humanidad como trascendencia y la historia escrita con mayúsculas. Los personajes de Kundera buscaban el humano más humano que conduciría al fin de la historia, o más bien, al verdadero comienzo de la historia humana. Entonces, en Europa oriental, este fin era visto como una certeza que incluso se podía fechar, como lo hizo Breznef respecto al año dos mil, una utopía científica con coordenadas en el tiempo.

En un comienzo, artistas e intelectuales se maravillaron con esta grandilocuente certeza y entregaron poesía, plástica y narrativa, a un proceso que luego, desde la estructura autoritaria, buscó sepultar la diversidad creadora, imponiendo el realismo socialista como lenguaje oficial. Así los artistas y pensadores quedarían, a decir del escritor checo, convertidos en «ingeniosos aliados de sus sepultureros», en el momento en que la «historia con mayúsculas» sólo aceptó la tipografía del Estado.

Durante la década del noventa, caídos los socialismos de Europa oriental, los ojos de Kundera apuntan a las sociedades globalizadas. Sus personajes aparecen ahora impotentes ante «maquinarias» que superan los Estados y sus estructuras burocráticas. Aquí los poderes no tienen rostros ni lugar, son gigantescos a la vez que pequeños y localizados, luminosos como quirúrgicos bombardeos que lanzan sus destellos desde el periódico, la radio, la televisión y la propaganda.

Tales poderes aparecen como instancias que ya no apelan a grandes realizadores de la historia ni a grandes proyectos, como se hiciera en los sesenta. Es más, se sustentarían en sociedades que cambian la «pesada materialidad» de un imperativo nuevo orden a construir, por la «insoportable levedad» de las imágenes que imponen la realidad a aceptar. Es en esta levedad que se centra la actual narrativa del escritor checo, una humanidad atrapada en redes enajenantes como la industria mediática y el valor de realidad asignado a los estudios de opinión. La fotografía, lo audiovisual, la publicidad, la estadística, aparecen como grandes máquinas impulsadas por «imagólogos» más pendientes de dar brillo al traje del emperador que a develar su supuesta objetiva desnudez.[1]

El actual Kundera pasa de la «historia con mayúsculas» que, en nombre de la nueva sociedad, ignora la escala particular de lo humano; a la «historia con minúsculas», que impone el devenir de las imágenes, moldeando a diario a las personas en su particular vida de consumo y aceptación.

Siendo notables las consideraciones del citado novelista con relación al poder de las imágenes y los estudios de opinión, una mirada a realidades pasadas dan cuenta que, como suele suceder con las descripciones de la vida posmoderna, aquí aparecen formas de ser, construir y proyectar sociedad, de más larga data que la denominada condición «pos» de las últimas décadas. En otras palabras, en los contextos históricos que suceden a la caída de los socialismos reales, la reducción de los Estados, la imposición del neoliberalismo globalizado y el desarrollo de la informática, no todo es angustiantemente nuevo y nada es humanamente ajeno. A eso apela este texto, a cómo imagen y estadística llevan muchos años operando como instrumentos de construcción de realidad al servicio de diversos proyectos políticos sociales. Específicamente, aquí se abordará el tema de la construcción social de la juventud chilena a través de estos instrumentos que leen y crean realidades. Sobre esta historia, empezaré por hoy y terminaré en los sesenta. Al revés de los motivos de Kundera, al derecho de nuestras miradas.

II. Juventud, realidad y reality

Paul sabía, al igual que Jaromil, que la modernidad será mañana distinta de lo que es hoy y que por el eterno imperativo de la modernidad es necesario saber traicionar su cambiante contenido [...] En París 1968, con una terminología más radical que la que empleaba Jaromil en 1948 en Praga, los estudiantes rechazaban el mundo tal como es, el mundo de la superficialidad, de la comodidad, del comercio, de la publicidad, de la estúpida cultura de masas, que le mete a la gente en la cabeza sus melodramas, el mundo de lo convencional, el mundo del padre. Paul pasó entonces varias noches en las barricadas y tenía la misma voz decidida de Jaromil 20 años antes, no se dejaba ablandar por nada, y apoyado en el brazo que le ofrecía la rebelión estudiantil salía del mundo de los padres [...] Pero después pasó el tiempo y su hija creció y se sintió muy bien en el mundo tal como es, el rock, la publicidad, la cultura de masas y sus melodramas, en el mundo de los cantantes, los coches, la moda [...] Si Paul hubiese sido capaz de defender sus opiniones con terquedad ante los jueces, los policías, los prefectos y los ministros, no era capaz de defenderlas ante su hija, que se le sentaba en sus rodillas [...]

¿Qué significa ser absolutamente moderno cuando uno ya no es joven y su hija es completamente distinta de como fue uno en su juventud? Paul encontró fácilmente la respuesta: ser absolutamente moderno significa en tal caso identificarse absolutamente con su hija. [...] Ser absolutamente moderno significa ser aliado de sus sepultureros.

Milan Kundera: La inmortalidad

Descubrí a los 34 años que ya no soy joven. Y lo hice gracias a «protagonistas de la fama». Las conversaciones de los chicos, sus temáticas, el lenguaje que utilizaban, no eran los míos ¡Y me siento un hombre joven! Había una distancia tremenda con estas personas que tienen en promedio sólo 15 años menos que yo. «Protagonistas...», me permitió ver esa distancia y me estimuló a salvarla. «El reality nos mostró un trozo de la juventud no contemplado por los medios de comunicación. Ése es el gran aporte del programa. [...] Dejó entender que la problemática de los jóvenes iba por otro lado, que los asuntos políticos, ésos que «dividen» al país, están superados por las generaciones nuevas. Vimos cómo chicos y chicas de distintos grupos sociales se comunicaban con honestidad, sin esconderse, cara a cara, señalando sus bajezas y grandezas, con un anhelo común: la búsqueda de una oportunidad, ésa que muchos les niegan estigmatizándolos con el famoso «es que no están ni ahí». Pero nos mostraron aún más: apego y respeto a sus familias, generosidad, cooperación, perdón. Ojalá muchos aprendan. «Protagonistas...» sacó el velo a una generación mayor —que cruza a derechas e izquierdas—, en general desconectada de los jóvenes, incapaz de mirar la evolución de los tiempos, pegada en el pasado. Nuestra juventud está muy ahí, y tal vez, mucho más ahí que los más viejos —de corazón, para no herir a nadie— que tienen al país como lo tienen. Este pequeño terremoto mediático y social llamado reality show abrió con valentía una ventana en la discusión social que nadie sospechaba, la de una juventud que no queríamos ver. Era más fácil seguir con la cabeza escondida, pero lo siento, ya no será posible. Algo más, sigo siendo joven, al menos de cerebro y corazón.

Nicolás Quesille, productor ejecutivo de «protagonistas de la fama».
«Los jóvenes ahí», El Mercurio, 13 de abril 2003

El reality show apela a ser realidad. Se presenta como tal. Una sociedad en pequeño que aparece por la televisión, con personajes que rechazar y admirar. Para ambos casos basta con llamar y votar. Y es que el reality es democrático, al estilo más clásico de la Grecia antigua, puesto que incluso reedita el ostracismo o exilio por votación. Uno puede votar para que alguien pierda, se vaya del buen encierro y salga a la otra realidad, ésa que sólo es eso, realidad, no reality.

Ahí está el tipo con carácter y fuerza de voluntad, la niña buena que quedó huérfana y reza todo los días por su padre, el chistoso que no lo miran las mujeres y el vanidoso al que lo miran todas. Está la niña de condición humilde que quiere salir de los blocks y ser famosa, el joven que con mucho esfuerzo trabaja de mimo en las calles y el que confiesa que el teatro es su vida y la televisión su sueño. Nicolás Quesille, el productor ejecutivo del programa, nos dice «ya no soy joven», porque éstos lo son y yo no soy así. Pero luego agrega «sigo siendo joven de cerebro y corazón». Parece una paradoja, pero no lo es. Quesille hace de la juventud un valor, lo llena de contenido y nos dice que esos contenidos nos enseñan. Nos enseñan para dónde va la historia, y nosotros, si no nos queremos quedar anclados en el pasado, debemos seguir la enseñanza y ser al menos «jóvenes de espíritu». Paul, el personaje de Kundera, decía que lo absolutamente moderno era ser como su hija, Quesille nos dice que el reality nos muestra a todos como son nuestros hijos, para ser «absolutamente modernos», hay que ser como ellos.

¿Cómo son ellos? No son de derecha ni de izquierda, no se preocupan por los hechos del pasado y se comunican con honestidad sin importar sus clases sociales. Los nuevos jóvenes superarían en la comunicación las barreras de la sociedad y buscarían juntos las oportunidades para ser felices. Ese es el futuro, la «evolución de los tiempos» que «ojalá muchos aprendan».

El reality no sólo ofrece un modelo de juventud, sino también un modelo de sociedad que se divide entre los «viejos de corazón» y los «jóvenes de espíritu». «Joven» es el valor a seguir, «viejo» es un pasado a superar. El programa nos pretende hacer creer que es instrumento para leer realidad, la presentaría y ya nadie podría «esconder la cabeza de ella». La realidad sería la construcción de sociedad presente en los jóvenes que «están ahí», un orden construido por ellos, aparte de un mundo adulto que tendría al país anquilosado. Entonces, la apuesta ideológica del reality es doble: i) el programa de televisión es muestra de realidad totalizante; ii) tal realidad es construida exclusivamente por el mundo joven.

La primera propuesta no resiste mucho análisis. Primero, la juventud chilena comprende una diversidad no sintetizable en 10, 15 ó 20 personas. Segundo, los jóvenes que buscan participar de un programa como este, tienen características determinadas y no son muestra general de la juventud chilena. Tercero, los jóvenes seleccionados por la producción del canal católico pasan el filtro valórico e ideológico de la institución, así como el perfil psicológico que se busca para que la apuesta televisiva funcione en el mercado. En definitiva, el constructo mediático que nos «mostraría la realidad juvenil», tiene características que le restan cualquier pretensión científica.

Respecto a la segunda propuesta, vale decir que no se le pueden atribuir a los jóvenes una pureza y «esencialidad de futuro», independiente de un «mundo adulto» con «esencialidad de pasado». Primero, porque las nuevas generaciones se constituyen en una sociedad materializada por generaciones adultas, no pudiendo abstraerse de su influencia histórica. Segundo, porque el orden social no se reduce a una disputa cultural de los viejos contra los jóvenes. Tanto las juventudes como los modelos de adultez, se constituyen identitariamente en una lucha entre hegemonías y resistencias de carácter económico, político y social, donde las identidades juveniles se mezclan con las de carácter social, local, regional, de género, políticas y religiosas, dando lugar a múltiples proyecciones de futuro social deseado. En conclusión, el citado reality show y las valoraciones sociológicas que de él se hacen, se asocian a un futuro social deseado políticamente por quienes proyectan tales imágenes. Las imágenes de la juventud homogénea, unida y apolítica interesan en tanto proyección de una sociedad homogénea, unida y apolítica. Una sociedad que se interese más en lo privado que en lo público; en soluciones «concretas» que en complejas perspectivas estructurales; en los «reales problemas de la gente», que en la profundidad de los temas postergados en la sociedad chilena.

¿Cuál sería el proyecto tras el modelo de juventud que se desprende de las palabras del productor televisivo? No sería muy lejano al que plantea el discurso político de la derecha y los sectores que aspiran a que la economía de mercado se consolide como una sociedad de mercado. Para que exista esta sociedad de mercado hay que despreciar las «divisiones de los chilenos» que creó la «vieja política», pues se requiere de una uniformidad que inmovilice sujetos sociales, ante el gran consenso económico neoliberal. Por ello, el discurso de Quesille es equiparable a los planteamientos neoconservadores que buscan mirar al futuro sin divisiones de fondo, pues el fondo, el sistema dictado por los poderes de la globalización económica neoliberal, sólo queda aceptarlo y administrarlo lo más eficientemente posible. En eso consistiría la nueva política, en saber administrar lo que hay y no en confrontar proyectos de país, proyectando la imagen de la «unidad nacional» como lo hiciera la dictadura, esta vez, sin tanques de por medio.

III. Juventud de los noventa y participación sociopolítica en las encuestas de juventud 1994, 1997 y 2000. Contenidos y preguntas

Las encuestas nacionales de juventud del Instituto Nacional de la Juventud (INJUV), aplicadas en los años 1994, 1997 y 2000, constituyen los referentes estadísticos más citados cuando se hace mención de la juventud chilena y su participación sociopolítica. Las dos primeras son muy similares en lo que se refiere a este tipo de participación juvenil, lo que facilita una comparación entre los resultados de ambas, tema en que se centraron muchos cientistas sociales hasta el año 2002.

En análisis comparativo de las dos primeras encuestas, el primer ítem aborda la medición de la aceptación del orden social institucional, preguntando por las instituciones que merecen más y menos confianza entre la iglesia, los medios de comunicación, las fuerzas armadas, el parlamento y los partidos políticos, etc.[2] Mientras este punto se centra en la legitimidad de la estructura sistémica, el segundo lo hace en la participación denominada «social», midiendo la presencia activa de los jóvenes en organizaciones locales, gremiales o deportivas, entre otras. Con este segundo punto concluye el análisis de la sociedad civil organizada a partir de instancias generadas por los propios sujetos; no cruzándose este tipo de participación con la auto-percepción del potencial ciudadano en dimensiones sociales generales. En otras palabras, no se cruza participación en organizaciones sociales con una percepción del propio potencial, rol y carácter político del accionar del sujeto organizado. Aquí lo social muere en lo particular, sin proyectarse a la relación de esta acción con el ejercicio ciudadano en niveles más amplios de construcción, es decir, «la política» o «lo político».[3] Lo político se separa radicalmente de lo social, no habría flujo de poder de construcción histórica que emane de los sujetos y desde su constitución social se proyecte políticamente. La política se presenta como exclusiva del mundo institucional y los partidos, no cubriéndose lo que podríamos definir como una auto-valoración de la ciudadanía política en los sujetos jóvenes y su accionar social organizado, independientemente de su percepción y accionar relativo a las estructuras políticas institucionales. En definitiva, no se indagan posibles configuraciones alternativas de accionar político (asumido o no como tal) que pudieran estar presentes en sectores organizados de la sociedad.

Mientras el tercer punto cubre pertenencia a iglesias, en el cuarto y quinto punto, es decir, los de la «cultura política juvenil» y la «participación política» de los jóvenes, es donde se define la esfera de «lo político» para éstos. Cuando las encuestas abordan la «cultura política», preguntan por sus finalidades: lograr el desarrollo económico, disminuir la desigualdad social, mantener el orden público o garantizar el derecho a la justicia. Además indagan respecto a la percepción juvenil de los partidos, si se aceptan o rechazan afirmaciones del tipo: «los políticos tienen poca preocupación por los jóvenes», «los partidos políticos aseguran la democracia», «los partidos representan problemas e inquietudes de los jóvenes». Finalmente, miden «identificación política» como la afinidad con algún conglomerado entre la concertación, la oposición parlamentaria o la oposición extra parlamentaria; así como con los sectores de la derecha, la izquierda, el centro, centro-izquierda y centro-derecha. En esto último, no hay ítem que comprenda lo que se entiende por cada uno de estos sectores, punto que agregaría un aspecto de construcción subjetiva de cada concepto y nos daría luces de una concepción política emanada desde los sujetos. La encuesta se construye de acuerdo a una rigidez en lo que se refiere a definiciones de la política, importa la identificación con conceptos, pero no la lectura subjetiva de éstos, como ¿qué es derecha? o ¿qué es izquierda? Si bien, una mayor profundidad de estos puntos superarían los límites de un formato cuantitativo, sería posible buscar fórmulas para acercarse a las representaciones subjetivas respecto a tales categorías.

El punto cinco de «participación política» analiza el tema de la inscripción electoral por grupos etarios. No hay preguntas respecto a participación directa como militante partidista, seguramente porque se asume previamente que sus índices serán mínimos, así como tampoco lo hay de autodefinición de «participación política». La participación, como se presenta, encuentra su eje central en sumarse o no a las elecciones.

La tercera encuesta nacional de juventud, aplicada el 2000, conserva algunas preguntas y suma otras.[4] Mantiene la de las organizaciones de mayor participación social (variando en los tipos de organización), la confianza en instituciones, la identificación con partidos y conglomerados, la percepción de los partidos y los políticos en relación con los jóvenes, la inscripción y la reinscripción electoral. Incorpora aspectos como la voluntad de inscribirse en los jóvenes no inscritos, el interés por militar en partidos y el nivel de valoración de la democracia. En lo social, cubre temas básicos de asociatividad como, con quienes los jóvenes conversan sus problemas y dónde se reúnen, entre otros puntos. Se incorpora además una pregunta sobre compromiso juvenil, dando alternativas de selección múltiple como la familia, ellos mismos, los amigos, el país, el barrio, la comuna, la ciudad o nada. Esta última, con resultado obvio en que los aspectos más particulares y privados obtienen mayor identificación, tiene como fin construir la imagen de una juventud que sí es comprometida, sólo que con sus mundos más personales.

La tercera encuesta suma un interesante punto de representación social del país por parte de los jóvenes, en que se presentan alternativas múltiples de connotación positiva o negativa como «sin igualdad de oportunidades», «con igualdad de oportunidades», «justo», «injusto», «libre», «represivo», entre otras. Este ítem se complementa en lo que es representación sistémica con el de la valoración de la democracia (el mejor sistema, un sistema como cualquier otro; le sirve a los jóvenes, no le sirve a los jóvenes). Sin embargo, este acercamiento a la subjetividad juvenil respecto a la institucionalidad, no se complementa con un mayor diagnóstico respecto a los «poderes sistémicos», es decir: ¿quiénes tienen más incidencia en la situación del país?, ¿por qué instancias pasan las soluciones? Punto que sumaría fundamentos a las imágenes que se tienen de las instituciones.

En el tema de identificación política, no se pregunta por sectores derecha, centro e izquierda. Esto supone que los realizadores consideran que estas categorías históricas ya no tienen peso en las subjetividades, sin embargo, no se indaga en qué medida ello es así. Es posible que esto se deba también a la propia percepción de los realizadores en torno a sus propias representaciones de estas categorías.

Este análisis de los temas a preguntar en las encuestas de juventud del INJUV, no pretende criticarlas como «malos instrumentos», sino plantear que son formatos que contienen dentro de sí un proyecto de país y una concepción de juventud, del mundo político y del mundo social. Estas encuestas se construyen para la política estatal dirigida a los jóvenes, y se definen a partir de los intereses y posicionamientos de tales gestiones. Las críticas que se han hecho en torno a lo que no cubren las encuestas, plantean lo que sí debería contener un instrumento que incorpore las construcciones subjetivas de lo social, lo político y la auto percepción ciudadana, pero ello sería un esfuerzo propio de otros intereses y otras apuestas sociopolíticas. En definitiva, las encuestas del INJUV son coherentes con los proyectos de la administración estatal, que aspiran a la conservación y legitimación de un orden social de representación que separa radicalmente las dimensiones de lo social y lo político. Lo que queremos hacer notar es que, antes que el dato de la encuesta, está el posicionamiento desde dónde se pregunta, pues ahí radica una construcción social previa de juventud y sociedad que se busca reafirmar con el instrumento.

IV. Construcción de imágenes de juventud en dictadura. De totalidad «orden, patria y futuro» a dualidad «orden-caos»

En 1975 la editorial Gabriela Mistral —ex Quimantú— publica un compendio de imágenes de corte ideológico refundacional llamado Chile ayer y hoy. El fondo de la portada es color azul, el ayer es escrito en rojo con letras entre cortadas que asimilan ser una plantilla en metal, el hoy es en blanco con tipografía normal. A la izquierda, bajo el ayer, un joven tirando una piedra, a la derecha, bajo el hoy, una mujer con un niño pequeño. Al interior, las páginas del «ayer» son con fondo negro, las del «hoy», con fondo blanco.

Foto ayer: una marcha de jóvenes portando coligües. «Ayer los estudiantes no estudiaban, eran vagos portadores de banderas y gritos de politiqueros que los azuzaban».

Foto hoy: alumnos en una sala de clases. «Hoy los estudiantes estudian».

Foto ayer: Jóvenes en posición de escuchar, tras ellos un mural de las brp. «Ayer jóvenes comunistas escuchan a su afiebrado adoctrinador».

Foto hoy: jóvenes escolares viendo un experimento de ciencias. «Hoy la consigna es saber, es conocer, es profundizar, es transformarse en un ser útil para la patria».

Foto ayer: una marcha de obreros y estudiantes. «Ayer la juventud, los obreros, utilizados por los títeres del comunismo internacional».

Foto hoy: la misma calle con personas caminando y autos. «Hoy no hay más desfiles, no hay más consignas, los chilenos unidos construyen su patria».

Las imágenes nos dicen que una nueva juventud surge a partir del 11 de septiembre de 1973. Ésta sabe que su deber es formarse para luego, como adulto, ser actor de los destinos del país. Pero esta juventud puede ser nueva y positiva, porque no está expuesta a estímulos que la desvíen de tal camino. La juventud es el valor de lo nuevo, pero hay que cuidarla de la instrumentalización de los malos valores que buscan fanatizarla, llenar sus cabezas de consignas y llevarla a marchar por las calles y oponerse a quien piense distinto. El reino de las oposiciones es la política, es ésta la que corrompe el valor de la juventud. La juventud del hoy, ya sin política, es buena, ordenada y una sola. La nueva juventud es silenciosa, no grita con soberbia su opinión, pues, además, conoce sus limitaciones. La juventud se prepara, conoce, aprende, escucha, para luego, como adulta servir al país. Que en el «hoy» es un nuevo Chile.

Foto hoy: un cielo azul con nubes. «Hoy Chile, bajo el mando austero de las fuerzas armadas, sin otro compromiso que la reconstrucción del país y el regreso a una vida ciudadana normal, está encaminando sus pasos hacia la reconciliación, hacia la paz y la unidad nacional, abstrayéndose totalmente de la actividad política que tanto daño le hiciera a nuestra patria».

El 9 de julio de 1977, Pinochet elige la fecha en que en 1882 mueren 77 jóvenes en la batalla de La Concepción durante la guerra del pacífico, para dar a conocer su primer gran recorrido institucional hacia la «transición democrática». Aquí se establecía que, a más tardar en 1981, habría una cámara legislativa funcionando, ésta se compondría por un tercio designado por el presidente y dos tercios designados por autoridades regionales. En 1985 una nueva cámara en que dos tercios serían elegidos por sufragio popular y el resto designados. Una vez conformada, esta segunda cámara elegiría al presidente de la república por seis años, mientras las fuerzas armadas, como «garantes de la institucionalidad», conservan algunos poderes legislativos extraordinarios. A partir de tal momento de «consolidación», comienza a regir una nueva constitución cuya carta fundamental estaría lista para 1980. Todo ello expuesto al país en un acto en el cerro Chacarillas que conmemora el «día de la juventud», cuando «77 bravos se batieron en la sierra peruana hasta sucumbir».[5]

En el séptimo mes de 1977, setenta y siete antorchas rodearon la cumbre del cerro Chacarillas y 77 jóvenes fueron condecorados por su destacada labor en sociedad. Los cantantes José Alfredo Fuentes, Carlos Alegría y Roberto Viking Valdés; los periodistas Hernán Olguín, Patricia Espejo y Claudio Sánchez; los personajes televisivos Antonio Vodanovic, María Graciela Gómez y Coco Legrand; los dirigentes juveniles Carlos Bombal, Francisco Bartolucci y Juan Antonio Coloma, así como el entonces joven economista Joaquín Lavín, recibieron, entre otros, medallas por parte de Pinochet. Éste les dijo en su discurso:

La juventud chilena se ha convertido en vanguardia de la fe en el camino que nuestra patria inició el 11 de septiembre de 1973, porque su sensibilidad volcada hacia el futuro le indica que Chile, luego de romper las cadenas de la esclavitud totalizante que amenaza acabar para siempre con su destino libre y soberano, ha encontrado el rumbo que le permitirá encaminarse hacia nuevos destinos de grandeza espiritual y material para bien de todos los chilenos.

Augusto Pinochet, «Discurso de Chacarillas», La Tercera, 10 de julio de 1977.

Siendo la juventud una sola, ésta podía representar aquella «sensibilidad volcada hacia el futuro» también único, que fue impuesto con el golpe militar. «Chile será una gran nación» era la consigna del acto. Los jóvenes, el símbolo de aquella grandeza venidera.

El órgano que convoca a Chacarillas es el «frente juvenil por la unidad nacional». Es decir, una única y totalizante imagen de juventud, para un, también, único proyecto de nación. Esto era posible en un momento en que no hay presencia pública de imágenes que contrarresten la juventud oficial. Con censura previa de las publicaciones, centros de estudios intervenidos, centros de alumnos designados, la fuerte represión a la oposición y el bombardeo publicitario que llama a construir identidad en el consumo durante el llamado «boom económico» de fines de los setenta, al régimen le es posible elevar estas representaciones como únicas y totalizantes.

Sin embargo, por el mismo año comienzan las reconstrucciones organizativas de los jóvenes que, en grupos pequeños y espacios cerrados, vuelven a reunirse, crear identidad y construir proyectos alternativos al modelo de la dictadura. Tales esfuerzos de los jóvenes de universidades, colegios y poblaciones, no tardarán en tener presencia pública y salir en la prensa, hasta consolidar la máxima expresión de la imagen del «joven opositor» durante las protestas nacionales que se inician en 1983.

Ya antes de la crisis económica de 1982, a la dictadura le es cada vez más difícil mantener las imágenes de la única nación y la única juventud. Comenzarán entonces a representarse las dualidades de los proyectos que luchan y se manifiestan en las calles, «el orden ante el caos», «el futuro ante el pasado», «el joven patriota ante el que se deja manejar por el comunismo internacional».

Durante tres domingos consecutivos radio Moscú divulgó grabaciones del III festival del cantar universitario que se realizó en el teatro Caupolicán, organizado por la llamada Agrupación Cultural Universitaria, que en la Universidad de Chile controla el Partido Comunista.

«Impulso comunista al cantar universitario», La Segunda, 2 de febrero 1980.

Había otra juventud que comenzaba a hacerse oír, una juventud «peligrosa» y «antipatriota» que volvía a hablar de política y divisiones. Para ella había que crear nuevas imágenes, representaciones que dieran cuenta del mal que cobijaban. Cuando la ley general de universidades del año 1981 castiga al Pedagógico de la Universidad de Chile por ser centro de las primeras manifestaciones opositoras y lo separa de la universidad nacional, los diarios celebran la medida comparando imágenes de los dos pedagógicos, el de ayer y el de hoy.

Foto ayer: una manifestación, jóvenes con pancartas antidictatoriales. «El propósito es que los futuros maestros no vuelvan a dar esta clase de espectáculos que fueron base de la nueva ley universitaria».

Interrogantes: «el cemento se transforma. ¿Ocurrirá lo mismo con las ideas? ¿Será ahora una academia gobernable?»

Foto hoy: sillas vacías. «Las viejas aulas están recibiendo una "manito de gato", mientras los escritorios esperan el arribo de una nueva generación de alumnos».

«El pedagógico después del "terremoto": ¿se normaliza?»,

La Segunda, 1 de abril 1981.

Con las protestas nacionales, los jóvenes de las barricadas serán llamados delincuentes, terroristas, humanoides. Una «minoría bulliciosa» que no deja vivir en paz a una «mayoría silenciosa». Pero lo claro es que el régimen ya no puede enarbolar la imagen de una sola juventud. Aún se sostiene que Chile será una gran nación, pero se agrega insistentemente que «estamos en una guerra, si no ha terminado la guerra». La primera derrota de la dictadura es asumir que el conflicto no ha terminado, y que la refundación de Chile cuenta con resistencias. Chacarillas queda atrás y son jóvenes los que mueren en las poblaciones, paralizan las universidades y disparan contra Pinochet en una cuesta precordillerana. El régimen piensa y repiensa su estrategia, reprime y trabaja con nuevas imágenes. Y así las luchas materiales serán acompañadas de luchas de representaciones. Nuevas fotos que nos hablen de ayer y hoy, nuevas imágenes que nos hablen de juventudes, futuros y más de alguien que preferiría olvidar que subió el cerro Chacarillas para gritar «estas llamas son las formas vivas que nos hablan de una fe que jamás disminuyó así como la bandera de esos soldados jamás fue arriada. Hermanos de la Concepción. Presente».[6]

V. La juventud en dictadura y la imagen de la deuda social. De la estadística de la anomia al «sólo buscamos la oportunidad»

En 1984 se publica La rebelión de los jóvenes, estudio cuantitativo realizado por Eduardo Valenzuela en 1983 en las poblaciones San Gregorio, Lo Hermida y Herminda de La Victoria, que buscaba relacionar los efectos sociales objetivos de la dictadura, la modernización autoritaria y la crisis económica, con la actitud subjetiva de la juventud pobre que los sufría.[7] Tal estudio se construía a partir de un amplio piso teórico y una apuesta sociopolítica que enmarcaba la aplicación metodológica y hacía del texto mucho más que un estudio empírico, un ensayo que pensaba la juventud popular en el marco de la dictadura y reflexionaba respecto a los desafíos de un proceso de democratización para con ella.

Como primer paso, cabe abordar el concepto base de las argumentaciones de la sociología de Valenzuela, el término «anomia». La primera acepción que el sociólogo clásico Durkheim diera a ésta, se refería a las características de un tipo de sujeto que se gestaba durante el quiebre epocal tradición-modernidad. En ella se entendía a la anomia como la desintegración de las normas que mantienen la cohesión social, luego de la creciente contractualización de las relaciones sociales en la modernidad. La desintegración de la comunidad premoderna implicaba el surgimiento de un sujeto que ante la crisis de horizontes colectivos desarrolla un carácter orientado a la satisfacción de sus deseos particulares como único sentido existencial. Posteriormente, en los años sesenta, se desarrolla una vertiente de la sociología estructural funcionalista que concibiendo el desarrollo de sistemas sociales modernos con capacidad de integración social normativa, recogen el concepto de anomia dándole otro carácter. Aquí la anomia dejaba de estar asociada a la irrupción de lo moderno, siendo un indicador de contradicciones al interior de los propios procesos de modernización, es decir, de los focos de premodernidad que quedasen al margen de la integración sistémica. La anomia se asociaba a la apatía, a las actitudes no atraídas por la movilidad, así como a la rebelión que, al situarse fuera de la racionalidad sistémica, era entendida como irracional.

Con causas estructurales distintas, pero básicamente con los mismos efectos subjetivos, la variante conceptual de la anomia que aquí nos interesa fue elaborada en los años setenta, en relación con la crisis de integración normativa que presentaría el neoliberalismo en sus expresiones autoritarias en Latinoamérica. En Chile, Tironi y Valenzuela, fueron los más importantes exponentes de esta nueva aplicación. Se planteaba que el cambio suscitado en la estructura de clases, la privatización de los servicios, y el auge de la regulación mercantil ante la estatal, se mezclaba con la presencia de una dictadura que había cortado las representatividades sociales en tanto nexos comunicantes de la sociedad civil con el Estado. Ante ello los sujetos verían el cambio vertiginoso como algo ajeno donde no contaba su voz. El no sentirse parte del orden social provocaba conductas anómicas como apatía, decepción y estallidos de violencia irracional, todo ello proporcional a un grado objetivo de exclusión sistémica.

El gran número de factores de exclusión económica y social a la que se veía sometida la juventud popular, la hicieron en los años ochenta uno de los sectores mayormente asociados a la nueva variante anómica.

Básicamente los indicadores de la anomia subjetiva analizados en el estudio eran los sentimientos de exclusión, incertidumbre, degradación y extrañamiento social. La exclusión se definía como la percepción de indiferencia de las autoridades o de la sociedad ante las necesidades individuales; la incertidumbre como la idea que el orden social se encuentra desorganizado e impredecible; la degradación en cuanto se tiene el sentimiento de retroceso y que todo futuro será peor; y el extrañamiento como percepción que el entorno social es agresivo u hostil ante la persona.

Los indicadores subjetivos de la anomia se indagan a partir de afirmaciones que los jóvenes debían corroborar o negar. Los resultados de tales afirmaciones permitían obtener datos de anomia subjetiva que se cruzan con los datos objetivos de configuración económico social. Estas afirmaciones eran: a) Para medir exclusión: i) casi nadie se interesa en los problemas de los jóvenes como uno; ii) a los jóvenes como uno nunca nos han dado una verdadera oportunidad en la vida. b) Para medir incertidumbre: hay que vivir al día, porque no se sabe lo que va a pasar mañana. c) Para la degradación: i) los jóvenes de hoy día vamos a tener un futuro peor que el de nuestros padres; ii) en realidad, haber estudiado no sirve de nada. d) Para medir extrañamiento: i) hoy en día no se sabe realmente en quien confiar; ii) la gente siempre anda buscando la manera de aprovecharse de uno; iii) digan lo que digan, en la vida rige la ley de la selva: uno se salva si es más vivo que los demás.

Aplicándose este instrumento, y resultando la muestra con altos niveles de afirmaciones positivas, se considera que la juventud popular constituye un sector con altos niveles de anomia. Esto lo presenta como un sector víctima con escasa capacidad de propuesta. Puede ser rebelde, pero sin proyecto, pues no existe un «optimismo histórico» que potencie la capacidad constructiva.

Las actitudes de los jóvenes destinadas a sobre llevar los factores desencadenantes de la anomia serían «las conductas de retraimiento o evasión», «la rebelión anómica», «el retraimiento organizado o recuperación de la comunidad», y «la movilización política». En lo que respecta a cómo fueron entendidas las organizaciones de la juventud popular desde la visión de la anomia, éstas se inscriben en las dos últimas categorías. Por una parte, está presente el «retraimiento organizado», que Valenzuela describe como los intentos de «recuperación de la comunidad y recomposición de la cultura propia» por parte de las comunidades cristianas. En su deseo de reconstruir identidad, estas experiencias tienden a reemplazar la participación institucionalizada para luego oponerse a ésta, ya que se reproducen valores y metas diferentes a las promocionadas desde el poder estatal. Por otra parte, las organizaciones sociales, también cabrían dentro de «la acción política» de los que al interior de ella eran militantes. Con estructuras en que se definían los liderazgos y un radicalismo en sus discursos, esta posición superaría la sola violencia de los rebeldes anómicos en tanto existe noción de una proyección de futuro en su antagonismo con el Estado.

La organización, en estas dos variables, se asocia a reducciones de la anomia, pero en ningún caso a alternativas para su superación. La anomia sólo acabaría tras cambios estructurales en que el Estado sea capaz de integrar a los sujetos mediante relaciones sociales establecidas a nivel institucional. Por otro lado, se plantea que un Estado moderno con capacidad de integración normativa no requeriría del tipo de experiencias organizativas construidas en tiempos de crisis, pues ya estarían garantizadas las carencias que las motivaban. El refugio comunitario se asocia a un «recelo comunitario», negativo en tanto se levanta «contra toda clase de institucionalización y representación formal (o desde arriba) de intereses sociales: es militantemente antiautoritario, pero muy a menudo también, antiestatista».[8] En lo que se refiere a las experiencias de movilización política, éstas no cabrían en una reconstrucción democrática, pues se necesita en los sujetos una nueva actitud acorde con las relaciones modernas, desterrando las identidades emocionales como el allendismo sacrifical y las pretensiones de construir un poder popular desde fuera del Estado: «desde luego, el poder popular como organización autónoma al margen del Estado, no tiene ninguna consistencia institucional. Estamos todavía en el momento del sacrificio».[9]

En síntesis, desde esta visión, la juventud popular constituye un sector víctima de desajustes estructurales, cuya efectividad social en la crisis sistémica pasa sólo por la construcción asesorada de espacios que puedan atenuar los efectos desintegradores de la anomia. Esta última es presentada como una enfermedad social que sólo se cura desde donde se genera, es decir, desde la estructura sistémica, al margen de los sujetos sociales «dañados». El conocimiento de los intelectuales debe ir dirigido entonces a quienes pueden llevar a cabo la integración, la racionalidad académica sólo puede estar asociada a la racionalidad de un sistema. La estadística de la anomia aporta a esta lectura que es previa al dato y previa a la metodología.

Nace aquí, entonces, la idea que la juventud popular de los años ochenta fue dañada psicosocialmente, y por tanto, la futura democracia, debe hacerse cargo de este daño pagando la deuda social que se tiene con ella. La juventud popular aparece como un objeto que debe pasar de ser afectado a ser beneficiado, pero no aparece como un sujeto que aporte a un proyecto democratizador de la sociedad, pues durante la anomia sólo pudo construir «refugios» ante ésta y no verdadera integración sistémica que la validara como agente propositivo. El estudio y el ensayo sociológico se transforma entonces en imagen, la imagen del objeto acreedor de la deuda social, del que sólo «patea piedras» y «baila el baile de los que sobran», pero sin ser «la voz de los ochenta». Es la imagen representada en la propaganda televisiva del programa estatal de capacitación laboral «Chile Joven», un estadio lleno de jóvenes sentados con las piernas cruzadas que claman «sólo buscamos la oportunidad».

VI. La Unidad Popular, Allende y las imágenes de la juventud

Y la juventud tiene que entender que no hay lucha de generaciones, como lo dijera hace un instante; que hay un enfrentamiento social, que es muy distinto.

Salvador Allende, Guadalajara, 1972.

Foto 1: un grupo de jóvenes bailando en una exclusiva discoteque de Viña del Mar. «En las pistas, un par de docenas de muchachos bailan sincopadamente discos de Joe Cocker, The Doors, Creadence Clearwater Revival, Mith Ryder and the Detroit Whel y otros aborígenes. [...] Sus compañeros de baile no tienen ninguna importancia. Igual bailarían solos. Son movimientos de autocomplacencia, de seducción de sí mismos».

Foto 2: un grupo de jóvenes obreros y otros trabajadores voluntarios en una mina de yeso. «Había sido una tronadura perfecta. Después de la inspección, felicitaciones, abrazos y sonrisas. El yeso estaba allí, listo para ser transportado y procesado. Para ser convertido en material aislante, en planchas de volcanita, en paredes divisorias, en cielos rasos, en viviendas populares».

Foto 3: contrapicado, una joven de minifalda conversando con otro sentado en una moto. «La vida de los jóvenes de Providencia transcurre la mayor parte del tiempo fuera de casa. Y a pesar de esto, sus actividades son restringidísimas, de un horizonte estrecho y limitado. Pareciera que todo se reduce a la sextología pasear, mirar, bailar, comer, arreglarse, chorearse [...] Se cansan de tanto estar hastiados y se hastían de tanto estar cansados».

Foto 4: un joven con casco minero. «El Tribilín, de 21 años y Bernardo Villalobos, El Chino, de 23. Ambos obreros del interior de la mina y encargados juveniles de las actividades culturales de los trabajadores. Andaban muy entusiasmados porque por esos días se estrenaría una obra teatral didáctica escrita, dirigida, montada e interpretada por los propios trabajadores».

Foto 5: una joven de botas y minifalda frente a un auto de carrera. «Pero los lolos no sólo farrean de noche. ¡No, no, no! También son muy deportistas, no vayan a creer. Y uno de los tipos más característicos es el lolo tuerca. Ése que no se pierde fin de semana que no va al autódromo de Las Vizcachas».

Foto 6: jóvenes desfilando tras un lienzo. «Y es precisamente en ese momento cuando un grupo de jóvenes obreros se bajan bulliciosa y alegremente de la micro y se incorporan al desfile».

Viaje por la juventud, Colección Nosotros los Chilenos,
Editorial Quimantú, 1972.

Durante la Unidad Popular, las imágenes de juventud proyectadas por los medios de comunicación de la izquierda, se asocian a las representaciones que se construyen de las clases sociales. Éstas son polares: una clase trabajadora que contiene dentro de sí el futuro manifiesto de la revolución, ante una burguesía que se resiste al fin de sus privilegios. Una clase que trabaja ante otra que vive en el ocio. El trabajo acompaña la carga histórica de ser protagonista de una gran gesta. El ocio acompaña la inconsciencia ante una historia que ya no es favorable.

Del lado del pueblo está el obrero joven, el joven poblador, el estudiante. Del lado de la burguesía, el que se divierte. ¿Acaso el joven proletario no se divierte? En términos de imagen, la verdad es que no. La fiesta no aparece en ninguna parte como representación positiva de la juventud «consciente», pues ésta se encuentra «haciendo la historia», mientras los burgueses, inconscientemente, disfrutan la fiesta permanente. El paradigma juvenil a criticar es la revista Ritmo y su levedad centrada en la música y la diversión, pura enajenación en tiempos decisivos. En música, el rock, en general, se condena al igual que la música en inglés. Así mismo, el hipismo y la marihuana, son vistos como cultura imperialista que distrae de lo que realmente está en juego: el futuro.

Dos días de la mejor música para volar tuvieron los llamados hippies santiaguinos durante las últimas horas de 1972. El escenario fue el estadio municipal de La Reina y los protagonistas del recital, los dos mejores conjuntos de la onda: Los Blops y Los Jaivas. El recital hizo noticia por la concentración de pájaros raros, vagos y marihuaneros que se produjo... Conversar con Los Jaivas no es para quedar con el ánimo muy bueno... su aporte a la juventud no es precisamente para ponerlo en un marco... en los momentos en que lo mejor de la juventud chilena se sacrifica en los trabajos voluntarios, Los Jaivas resultan una flor exótica, trasplantada, que tiene poco o nada que ver con nuestro país, que en fondo imita a la honda hippie europeizante... prisioneros de las formas más decadentes de escapar del mundo que ha difundido la burguesía.[10]

Pero el futuro no es visto como devenir al que se llega mediante el poder joven. Esto al menos en las imágenes oficiales. Si bien, la recordada frase de Allende que menciona a la juventud como casi biológicamente revolucionaria, ha hecho pensar a muchos (me incluyo en ello), que el paradigma de juventud enarbolado por la Unidad Popular apela a cierto esencialismo revolucionario, la revisión de los documentos de época nos dan cuenta que en realidad, ningún paradigma es, en el discurso de la Unidad Popular, más fuerte que el de la contradicción de clases como marco en que se define la historia.

En esa contradicción se enmarca a «las juventudes», pues se asume que no hay una forma de ser joven. La frase de Allende, al parecer, tomó cierta independencia de su contexto original y pasó a ser cliché, que asocia juventud con deber ser revolucionario. Sin embargo, basta releer aquel discurso en que se menciona, para notar que Allende la pronuncia con cierta ironía y en referencia a un tipo de joven que él critica. La idea del ex presidente es «bajar los humos» a una juventud que confía cien por ciento en su voluntad; decirle que antes de ella hubo muchos revolucionarios; y que debe aprender a leer bien las realidades sociales antes de lanzarse, armada de sus libros y su retórica, a construir la revolución «sin transar». La ironía es lanzada a la juventud más radicalizada que exige cambiar la vía chilena al socialismo por una vía insurreccional, aquellos «compañeros jóvenes en cuya lealtad revolucionaria yo creo, pero en cuya concepción de la realidad no creo».[11]

No hay querella de generaciones, y eso es importante que yo lo diga. La juventud debe entender su obligación de ser joven, y si es estudiante, darse cuenta que hay otros jóvenes que, como él, tienen los mismos años, pero que no son estudiantes. Y si es universitario con mayor razón mirar al joven campesino o al joven obrero, y tener un lenguaje de juventud, no un lenguaje sólo de estudiante universitario, para universitarios. [...] La revolución no pasa por la universidad, y esto hay que entenderlo; la revolución pasa por las grandes masas; la revolución la hacen los pueblos; la revolución la hacen, esencialmente, los trabajadores. [...] Entonces, uno se encuentra a veces con jóvenes, y los que han leído el Manifiesto Comunista, o lo han llevado largo rato debajo del brazo, creen que lo han asimilado y dictan cátedra y exigen actitudes y critican a hombres, que por lo menos, tienen consecuencia en su vida. Y ser joven y no ser revolucionario es una contradicción hasta biológica; pero ir avanzando en los caminos de la vida y mantenerse como revolucionario, en una sociedad burguesa, es difícil.

Salvador Allende, Universidad de Guadalajara, México, 2 diciembre de 1972.

Allende mira a la juventud como un padre que la llama a observar el pasado y a tener respeto por aquellos que ya asentados como adultos, e incluso luego de estar expuestos a algunas «comodidades de la vida burguesa», siguieron siendo revolucionarios. En sus discursos hacia los jóvenes recalca el sentido de clases de la lucha revolucionaria, el deber del estudiante de no olvidar que es un privilegiado que debe entregarse a un pueblo que carece de las posibilidades que él ha tenido. Allende en Concepción habla a los jóvenes del anciano Ho Chi-Minh y a los jóvenes mejicanos les cuenta una anécdota de cuando en los años treinta lo expulsaron del grupo «Avance» por no aceptar un llamado a constituir soviet. Les dice que, cuarenta años después, los mismos que lo expulsaron, estaban convertidos en conservadores señores, algunos de los cuales su gobierno le expropió sus fundos. Allende habla a las nuevas generaciones desde el sitial de un adulto y su experiencia. Para él los jóvenes no son esencialidad revolucionaria, pues sería en el camino de la vida en donde lo revolucionario se constituye. Ve más esencia en los obreros, en el pueblo, en la historia. Aquella historia con destino manifiesto que no podrán detener «ni con el crimen ni con la fuerza».

Esta disposición de Allende de presentarse como imagen de la adultez revolucionaria, la consciencia, la racionalidad y la experiencia ante los jóvenes, se entiende en gran medida cuando comprendemos que los grupos más radicalizados son en su mayoría compuestos por jóvenes. Un Movimiento de Izquierda Revolucionario (mir) que en su origen, tras sus primeras divisiones queda casi exclusivamente con militancia juvenil; un Movimiento de Acción Popular Unitario (mapu) que se forma de amplios sectores de la Juventud Demócrata Cristiana (jdc) y una juventud del partido socialista que hegemónicamente se sitúa por una vía que incorpore el componente insurreccional y supere la constitución de 1925. Los discursos de Allende a la juventud, lanzan dardos «educativos» a la radicalidad, como queriendo acoger a los jóvenes y orientarlos, reprenderlos a la vez que acariciarlos.

Sin embargo estos jóvenes radicalizados, lejos de elevar la idea de una identidad juvenil con características marcadamente propias, tienden a asimilarse al mundo adulto. La imagen de los jóvenes revolucionarios tiende igualmente a adultizarse, a remarcar la responsabilidad por sobre el goce y a asumir que el hacer la historia requiere de un carácter de persona mayor. Vestirse como mayor, hablar como mayor, usar bigote si se tiene mucha cara infantil, formalizar las parejas y ver la vida desde un sistema. Eso sí, un sistema que se transforma, que los «dioses jóvenes» transforman.[12]

Aquellas imágenes de juventud que transitaron esos años de la mano de las imágenes de clases, tras el golpe de Estado serán quemadas en pilas de libros, guardadas en archivos bajo cuatro llaves para que nadie volviera a asociar juventud a divisiones, a proyectos distintos de país. Se recordará sí la «nueva ola», las calcetineras tras José Alfredo Fuentes, la revista Ritmo, los pantalones anchos, representaciones únicas para un solo pasado que merecía ser recordado. Pero el fuego no detendrá las resistencias y palomas y ponchos se mezclarán con antes despreciadas guitarras eléctricas para reconstruir identidades antidictatoriales y elevar puentes de memoria con el pasado prohibido. Mauricio Redolés dirá que Lennon era casi Lenin y «Los Prisioneros» criticarán el modelo inspirados en «The Clash». Todo ello a años luz de los estigmas culturales del Nosotros los chilenos de Quimantú y la revista Ramona, quizás más cerca de «Los Jaivas» cantando a Violeta Parra o de Víctor Jara y los Blops tocando juntos «El derecho de vivir en paz».

VII. La juventud del 68 según Armand y Michèle Mattelart. Política, consciencia y revolución vista en gráficos

¿Cree usted que una revolución es necesaria en Chile para dar a todos las mismas oportunidades?

Armand y Michèle Mattelart,
Juventud chilena. Rebeldía y conformismo, 1970.

En el año 1968, los hermanos Mattelart, sociólogos franceses asentados en Chile, desarrollan una investigación cuantitativa denominada «Juventud chilena, rebeldía y conformismo».[13] El estudio lo inician «cuatro meses antes que estallara la revolución de Mayo en Francia y cuatro meses después que los estudiantes de la Universidad Católica de Chile se apoderaran de su universidad»,[14] es decir, en pleno auge del llamado «poder joven». Los Mattelart desean conocer las dimensiones de tal ímpetu transformador, rechazando el mito totalizador de la juventud como sector esencialmente rebelde y relevando su diversidad social. Se indaga en las representaciones del país, el futuro y la auto percepción de los jóvenes como constructores de la sociedad, todo ello desde imágenes que asocian la diversidad juvenil a la diversidad en la estructura social. De acuerdo con ello, las variables que manejan los sociólogos franceses serán la clase, si se es de la urbe o el campo, estudiante o empleado, hombre o mujer.

En lo que se refiere a la participación política, los Mattelart miden pertenencia y no simple identificación, es más, evalúan la distancia entre las valoraciones del accionar político y lo que denominan un «compromiso real» de los sujetos, es decir, la militancia.

El «compromiso político», es visto como la militancia partidista, en primer término, y participación activa en organizaciones sociales, en segundo. Las mediciones se hacen de acuerdo a un criterio establecido de lo que se estima más relevante en «el grado de compromiso del sujeto con la sociedad». Tal criterio se explícita en el siguiente orden de importancia: i) organizaciones políticas; ii) asociaciones gremiales, sindicatos o federaciones estudiantiles; iii) juntas de vecinos; iv) centros de madres o de apoderados; v) organizaciones religiosas; vi) organizaciones culturales; vii) clubes deportivos; viii) clubes sociales.

Si bien, no se separa radicalmente las dimensiones de lo social y lo político, se opta por un escalafón de politicismo donde lo local comunitario y las identidades no estructurales cobran un lugar secundario al lado de los partidos, el trabajo y la educación formal. Con ello se asume una concepción de sujeto político joven que se caracterizaría por estar centrada en las formas de inserción de éste como adulto, es decir, el trabajo y preparación para el trabajo. El joven más político es el que se sitúa desde una identidad ligada a su inserción futura, no así el que se asocia motivado por una identidad etaria de carácter mas subjetivo y cultural que estructural.

Se observa, entonces una ligazón entre el instrumento de pretensión científica, las lecturas de la realidad social y las apuestas de construcción de sociedad de los autores. Esto llega a un punto extremo en lo que denominan «índice de la consciencia política», donde se construyen indicadores que trazan una línea entre conscientes e inconscientes, los que hacen la historia y los que la verán transcurrir desde sus casas.

Un índice de participación y de consciencia política

Hemos elegido siete indicadores: participación en una organización política gremial o estudiantil; participación en marchas de solidaridad en contra de la guerra de Vietnam; actitud positiva frente al compromiso político de la juventud; actitud positiva frente al compromiso político personal, actitud frente a la muerte del Che Guevara, actitud positiva frente a la revolución, actitud negativa frente al conflicto de Vietnam.

Cada individuo que cumple con el requisito del indicador recibe un puntaje de 1 y en el caso contrario de 0. Cada individuo corresponde a la realización de cada indicador. Al considerar la distribución de los puntajes individuales obtenidos hemos definido como individuos con alta participación y alta consciencia política a los que reúnen por lo menos 3 puntos. El resto aparece integrado por los individuos con baja consciencia política.[15]

La relación entre lo que se considera «consciencia» y un pensamiento de izquierda es evidente. Los jóvenes conscientes son los que asumen la necesidad de la revolución y actúan para que ella se logre, el resto, siguen siendo jóvenes, pero sin consciencia. El preguntar cobra sentido porque, como se dijo, los jóvenes no son vistos como esencialmente rebeldes y estarían atravesados por diferencias sociales que hacen de la juventud un sector diverso. Lo que no aparece como diverso es la lectura «correcta» de la realidad. Ésta sería una sola, la urgencia de un cambio revolucionario, la decisión de sumarse a un progreso mundial ya trazado. En este marco, las posiciones políticas se dividen entre las que asumen para donde se dirige la historia y las que no. Lo correcto y lo incorrecto, lo consciente y lo inconsciente, la rebeldía y el conformismo.

La obra de los Mattelart queda como testimonio de una sociología al servicio de una epopeya desarrollista que apuntaba al pueblo como protagonista. Desde el sitial académico, esta sociología sumaba la «verdad científica» a esta apuesta, en un acto de poder que daba a la lectura política el carácter de absoluta, objetiva y medible, es decir, inapelable. Pero la ciencia no fue argumento para los tanques y la dictadura impondrá sus «verdades» a fuerza de fusil sin requerir de la academia. Entonces, pensar la sociedad fue visto como un peligro, más aún, dividir conceptualmente a una juventud que el régimen representaba como única y homogénea. Los hermanos sociólogos debieron volver a Europa y sus textos, los que no fueron quemados, quedaron en algunas casas, forrados con papel y guardados junto a otros, como algún ensayo de Marta Harnecker, Ariel Dorfman o Ramírez Necochea, conservados como una historia que fue y se quiso olvidar, testimonios de un proyecto que perdió, pero que existió, en los sujetos que lo asumieron, en verdades que motivaron preguntas, en preguntas que construyeron verdades.

VIII. Juventud, historias, imágenes y estadísticas. Un tema de apuestas (1967-2003...)

Mientras los procesos son diversidad y cambios, las imágenes son estáticas y totalizantes. Mientras la historia es el devenir de subjetividades en constante lucha, los datos estadísticos apelan a una cientificidad que mostraría verdades objetivas en un tiempo detenido. Pero, como hemos visto, tanto imágenes como métodos y datos estadísticos, constituyen instrumentos para la materialización de proyectos sociopolíticos determinados, es decir, contienen intereses subjetivos de construcción social. Se constituyen históricamente porque dependen de los sujetos y su historicidad, mutando con ellos, con sus apuestas políticas, sus medios de proyección de imágenes y sus contenidos de investigación social. Y es que, aunque nos muestren parcialidades de apariencia estática, sin proceso, las imágenes y las estadísticas son igualmente lucha y apuesta por construir realidad, creando realidades que asumir, independientemente de su validez empírica de representación. Son historia y pueden ser analizadas como tal.

En el movimiento histórico se puede pasar de estadísticas para el cambio social a estadísticas para la mantención de sociedades, así como de imágenes polarizadas de la juventud a imágenes únicas ancladas en el dictatorial imaginario de la unidad nacional (con tanque y/o televisores de por medio). Qué representación tomar, a qué imagen apelar en los discursos. Y en las ciencias sociales, qué método escoger, qué contenidos abordar, cómo interrogar. Todo depende del proyecto. Si la juventud es sujeto u objeto, si la política es humana lucha abierta o autoritario consenso enajenante, si la sociedad la construimos todos materialmente o la elegimos según las ofertas del «control remoto mercantil». Queda actuar y apostar, ya sea para que el poder histórico quede en los sujetos, en los especialistas o en anónimos poderes multinacionales. Y es que en esto, como en todo, hay que aprender a decidir, aunque la realidad sea pesadamente llevadera, aunque la guerra de imágenes sea «insoportablemente leve». Y es que la historia es como el espejo retrovisor, no sólo porque sirve para mirar hacia atrás cuando se avanza, sino porque nos advierte que «los objetos están más cerca de lo que aparentan».

Santiago (Chile), Junio 2003

NOTAS

[1] Imagólogos: a decir de Kundera, aquellos especialistas en la proyección de imágenes como publicistas, comunicadores y todo aquel vinculado a la industria mediática.

[2] INJUV: «Encuestas de juventud 1994 y 1997». Santiago: INJUV; INJUV: «La participación social y política de los jóvenes». Cuadernillo Temático N°3. Santiago: INJUV.

[3] En este caso se toman ambos conceptos como sinónimos, sin tomar la distinción de algunos autores, como Manuel Antonio Garretón, que dan a «la política» un carácter institucional y a «lo político» un contenido más ligado a las múltiples formas de asociación de la sociedad civil, que parten de niveles sociales particulares. Ver Manuel Antonio Garretón (1994): La faz sumergida del iceberg. Santiago: lom y cesoc. O Manuel Antonio Garretón y Tamara Sepúlveda (1999): «Política y jóvenes en Chile: una reformulación». Santiago: Fundación Friederich Ebert y Participa.

[4] INJUV (2002): Tercera encuesta nacional de juventud. Santiago: INJUV.

[5] El Mercurio, 10 de julio de 1977.

[6] El Mercurio, 10 de julio de 1977.

[7] Eduardo Valenzuela (1984): La rebelión de los jóvenes. Un estudio de anomia social. Santiago: Ediciones sur.

[8] Valenzuela, 1984:105.

[9] Valenzuela, 1984:117.

[10] P. Politzer: «Éstos sí que son pájaros raros: jaivas que vuelan». En: Ramona 2:63, 09/01/73. Citado en Gabriel Salazar y Julio Pinto (2002): Historia contemporánea de Chile V. Niñez y juventud. Santiago: lom, p.154.

[11] Salvador Allende, Universidad de Guadalajara, México, 2 diciembre de 1972.

[12] Ver Eugenio Tironi (1984): «Y pensar que sólo ayer éramos dioses». En: La torre de Babel. Santiago: Ediciones sur.

[13] Investigación construida a partir de cuestionarios abiertos. Armand y Michèle Mattelart (1970): Juventud chilena: rebeldía y conformismo. Santiago: Universitaria.

[14] Mattelart, 1970:10.

[15] Mattelart, 1970:246.


Dirección para Correspondencia:vmunozta@hotmail.com

Creative Commons License Todo o conteúdo deste periódico, exceto onde está identificado, está licenciado sob uma Licença Creative Commons