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Ultima década

versión On-line ISSN 0718-2236

Ultima décad. v.9 n.15 Santiago sep. 2001

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-22362001000200004 

Última Década, 15, 2001:73-98

LOS JÓVENES EN EL LICEO

 

El mito del subterráneo: memoria, política y participación en un liceo secundario de Santiago*

 

Jenny Assaél**, Ana María Cerda***, Luis Eduardo Santa Cruz****

** Psicóloga, Investigadora del Programa Interdisciplinario de Investigación en Educación (PIIE) .
*** Profesora de Historia y Geografía, Magíster en Ciencias con especialidad en Educación.
**** Egresado de Licenciatura en Historia de la Universidad de Chile y estudiante de sociología de la Universidad arcis.

Dirección para Correspondencia


La discusión en torno a la memoria y el olvido es un problema de actualidad en nuestra sociedad, tanto para las ciencias sociales como para diferentes actores sociales y políticos. La preocupación central se ha ubicado en torno a la historia reciente de nuestro país, haciendo referencia al gobierno militar y a las violaciones a los derechos humanos, pero también a las radicales transformaciones sociales y económicas vividas.[1] Siendo éste el contexto de emergencia, la discusión no ha podido estar exenta de múltiples conflictos y disputas, pues el problema de la historia y de la memoria es, en definitiva, un problema respecto del presente.

Pero esta producción de memoria va más allá de la problemática de las violaciones a los derechos humanos y de los procesos políticos que las hicieron posibles; ya que existen procesos globales que han puesto en primer plano el rescate de las diversas memorias por las transformaciones económicas y sociales globales. Es decir, es también la modernización y la globalización de las distintas sociedades, con las consecuencias que estos procesos han traído para las identidades colectivas, lo que ha vuelto imperativa la discusión en torno a la memoria de los sujetos colectivos. Como nos dice Jesús Martín-Barbero: «la obsolescencia acelerada y el debilitamiento de nuestros asideros identitarios nos están generando un incontenible deseo de pasado que no se agota en la evasión» (Martín-Barbero, s/f). La ausencia de sentido, entonces, se tiende a suplir con una búsqueda en el pasado, que nos provea de ciertos elementos matrices que orienten nuestro presente.

En el momento en que las identidades colectivas se tornan más frágiles y se encuentran a merced de los vaivenes propios de un mundo que se transforma, los discursos respecto a la necesidad de pasado, de memoria histórica, se reavivan con mayor fuerza. Pues, para cualquier formación colectiva, los recuerdos «además de su carácter ‘colectivo’ cumplen una función social: imponiéndose a los individuos como normas sociales, ellos son uno de los instrumentos de integración social» (Drouard, citado en Blanco, 1997:48). La construcción de identidad y la posibilidad de integración de los sujetos sociales, da cuenta de esta necesidad de memoria respecto de sí y de la sociedad en la cual se habita.

Debemos recordar, que los relatos sobre la historia y las reconstrucciones efectuadas por la memoria, dan cuenta de un tiempo y de un significado que no le pertenecen completamente a los hechos narrados. Las significaciones de la propia historia siempre se hacen en claves que son de la actualidad de aquel que realiza el ejercicio de recordar; pues, la producción de memoria, en definitiva, es un acto sobre el presente de -y desde- los sujetos. Por lo mismo, este ejercicio no es un producto exclusivo del campo disciplinar de las ciencias sociales, es por sobre todas las cosas un efecto de la acción de los propios sujetos respecto de sí mismos.

Una de estas experiencias se dio al interior de un antiguo liceo de la capital, en el cual los alumno/as desarrollaron un proceso que puso en el centro del debate la participación, la política y la memoria. El objetivo perseguido era construir un tipo de organización estudiantil con un sentido distinto al actual. La motivación fue, por tanto, superar un cierto malestar respecto al presente de su propia organización, y para este propósito, la lectura que se hacía del pasado era una pieza fundamental en esta revitalización de la organización estudiantil. Dotar de sentido mirando lo que ha transcurrido, es uno de los ejercicios que caracteriza a este grupo de secundarios, en su intento por superar la crisis vivida por los centros de lumnos secundarios en el Chile de la transición.

Resulta importante mencionar que una de las transformaciones importantes vividas por la institución escolar, y rara vez mencionada, se refiere a la transformación del rol ocupado por las organizaciones estudiantiles al interior del liceo. Se ha transitado desde un centro de alumnos que tendía a replicar en el liceo -en tanto espacio público- aquellos debates que se producían a nivel de la sociedad, hacia la organización estudiantil de la actualidad, que se ha visto vaciada de ese sentido universalista, republicano y ciudadano.[2] Entre los años 60 y los 80, los centros de alumnos se construyeron básicamente en torno a la discusión de los grandes temas del país, frente a los cuales los estudiantes se posicionaban, discutían y optaban: se pensaba la nación.[3] La preocupación política era un componente central de estas organizaciones, lo cual tenía su correlato en un espacio público nacional altamente politizado. Si bien los centros de alumnos casi desaparecieron con el gobierno militar, su reaparición a mediados de los años 80 estuvo marcado por criterios similares a los anteriores; es decir, en este período su rearticulación se vinculó directamente con la lucha por la recuperación de la democracia.

En los años 90, se logró su reconocimiento institucional y se elaboró una normativa que reglamentaba su existencia y su carácter «democrático». Sin embargo, su rol se ha visto reducido a ejecutar determinadas actividades institucionales (día del alumno, aniversario, día del profesor, etc.) a promover, desde su lugar, determinadas mejoras materiales del establecimiento en beneficio de los estudiantes y a realizar ciertas actividades recreativas al interior del liceo (fiestas, tocatas, kermesse, etc.).[4] Por otro lado, se ha estimulado la participación de los dirigentes en ciertos espacios institucionales -equipo de gestión, por ejemplo- y la presencia y firma del centro de alumnos se ha convertido en condición previa desde el Ministerio, para aprobar ciertos proyectos presentados por el liceo, como son los de Mejoramiento Educativo y de la Jornada Escolar Completa. Sin embargo, esta nueva reglamentación de los centros de alumnos ha implicado, en la mayoría de los casos, participación formal de los estudiantes en los destinos de su propia institución.[5]

La situación de las organizaciones secundarias de los años 90 es, por lo tanto, de un mayor reconocimiento nominal por parte de la institución escolar, pero de un declive notorio en la participación del estudiantado por medio de estas organizaciones formales. La distancia entre los estudiantes y sus dirigentes se ha ido ampliando, generándose una débil identificación entre los alumnos y su centro de alumnos. Pero, al mismo tiempo, hemos asistido a tendencias que indican una pérdida de autonomía de los dirigentes respecto de los discursos institucionales, limitándose el peso de los estudiantes secundarios al interior del sistema escolar.[6] No fue extraño, entonces, que los estudiantes secundarios no jugaran un rol de relevancia en la reforma vivida por la educación chilena a mediados de los 90. Se podría pensar que con la vuelta a la democracia, aquel motivo que rearticuló los centros de alumnos en dictadura -la política- perdió su fuerza movilizadora y estas organizaciones se encontraron a la deriva, sin algún objeto que le diera sentido a su existencia.[7]

Por otro lado, el discurso construido desde la dictadura que negaba el valor de la política en la sociedad chilena, se ha tendido a generalizar en la institución escolar y entre los alumno/as, produciéndose una negación a priori a la expresión pública de las diferencias, por el temor a la posible confrontación irracional -y casi con seguridad violenta- que sería la consecuencia inevitable de la explicitación de las opciones políticas, culturales y sociales de los estudiantes.[8] Si bien este discurso se puede observar en muchos dirigentes estudiantiles que no ven el espacio del liceo como un lugar de manifestación de las visiones de mundo, éste no ha logrado hegemonizar completamente las organizaciones estudiantiles. Respecto de la actual configuración de éstos, se encuentra un espacio de lucha, y en distintos establecimientos se observan grupos de estudiantes o dirigentes que ven la necesidad de imprimirle un nuevo sentido a la organización de los estudiantes.

La discusión en torno a estas organizaciones nos lleva también a reflexionar en torno al ciudadano que se prefigura desde la institución escolar. Hemos asistido en los últimos años a la formación de un ciudadano que piensa su existencia en el mundo y en el espacio público a través de la demanda y consumo de ciertos bienes específicos. Esto al interior del liceo se ha expresado en una nueva relación entre el alumnado y su organización, en la cual los estudiantes consumen las opciones -principalmente recreativas- que les son ofrecidas por sus dirigentes, sin existir un proceso de identificación fuerte con su centro de alumnos. Éstos se han transformado radicalmente, pasando de una organización que pretendía ser un espacio de discusión y lugar para la expresión de intereses del alumnado, a ser un lugar institucionalizado que está orientado a la producción de ofertas y satisfacción de demandas específicas del alumnado. Los jóvenes se enfrentan, cada vez más, a su propia organización en tanto consumidor y menos en su calidad de miembro integrante y solidario con su suerte. No es extraño, entonces, que los procesos más interesantes de participación y de ciudadanía al interior de los liceos han transcurrido, generalmente, por fuera del centro de alumnos.

Se podría decir que hemos asistido al fin de un tipo de centro de alumnos y que nos encontramos en un presente en el cual aún no logra emerger un nuevo sentido que oriente la organización estudiantil. Dado que el momento actual nos presenta una organización vacía de contenido y sin una identidad sólidamente construida, es que se percibe la existencia de conflictos en torno a este presente y a su futuro. En otras palabras, asistimos a una disputa en torno al sentido que debe tener esta organización y a cuál ha de ser el rol que le compete al interior de una institución escolar que se transformó de modo importante.

En este marco se debe ubicar el centro de alumnos que presentamos, donde la producción de memoria es parte fundamental en la construcción del presente, de una identidad y de un sentido determinado para la organización de los estudiantes. Por lo mismo, existe en este grupo de alumnos la pretensión de transformar al centro de alumnos en una organización que vaya más allá de la oferta de entretención, mediante el fortalecimiento de una cierta identidad (política, histórica e institucional), con lo cual se ubican de manera diferente de la tendencia actual en las organizaciones estudiantiles.

Por esto, es fundamental observar de qué modo determinados actores estructuran en su relato la relación presente y pasado, posibilitando la emergencia de discursos contradictorios y diversos, incluso al interior de un mismo estamento institucional; y si bien no nos centraremos en la descripción de esta heterogeneidad discursiva, es necesario relevar su existencia.[9] Pues quienes asisten a este espacio, ya sea como alumnos o como trabajadores, cargan en su propia biografía las huellas de discursos sociales que tienden a confrontarse al interior de este otro espacio: el liceo. La significación de la escuela, el modo en la cual se organiza y se vive, resulta, de este modo, ser un conflicto entre los distintos grupos que conviven en su interior. Para ser más específico, consideramos la institución escolar como un campo en disputa respecto de distintos discursos sobre la historia, distintas memorias colectivas y distintos proyectos de presente.

Se debe buscar en esta presencia del pasado, el interés por legitimar una determinada práctica y posición en el presente, ya sea respecto al rol de la escuela, del sistema educativo, como también al tipo de organización estudiantil que se ha de construir.[10] En estos discursos, el pasado -del liceo, de la organización estudiantil, del sistema educativo, del país, etc.- se tiende a estructurar como el lugar donde se encuentran los elementos constitutivos de una identidad que habilita un determinado discurso respecto del presente. Pero al mismo tiempo, debemos ver como en esta estructuración del pasado y presente, se percibe un modo particular de comprender el problema de la participación y de la ciudadanía.

1. El liceo: relación entre presente y pasado en el discurso institucional

Este es un liceo[11] municipal mixto que imparte enseñanza científico-humanista[12] y está ubicado en una de las comunas céntricas del Gran Santiago. El liceo es un recinto cargado de historia, al ser uno de los establecimientos más antiguos del país.[13] Esta institución antes del gobierno militar gozaba de mucho prestigio, por el buen rendimiento académico de los alumnos y por los altos niveles de ingreso que lograban en las universidades más reconocidas. En la actualidad este liceo tiene bajos niveles de ingreso a la Universidad y académicamente está bastante disminuido. Como lo señala un directivo del liceo:

de repente llegan aquí apoderados que estudiaron aquí y traen a sus hijos porque para ellos fue bueno y todo, pero se sorprenden que no está en los mismos niveles de cuando ellos estaban. Eso también es un acicate, porque de repente sentimos que tenemos que responder a toda una tradición, digamos, nos sentimos responsables de la educación pública -porque éste siempre fue colegio de la educación pública-.

Del prestigio que lo distinguía ya no queda más que el recuerdo. De alguna manera esto ha llevado a que los miembros de la institución, de modos distintos, intenten actualizar el prestigio que lo caracterizó. Los diferentes actores se acercan a esta problemática desde distintos ángulos, y en todos ellos el pasado del liceo es un elemento estructurador del discurso que se genera en torno a la propia institución y a su futuro. Pero al mismo tiempo, la historia del liceo no parece proporcionar una lectura única respecto al presente y a los desafíos que la institución tiene hacia adelante.

Esto se hace evidente cuando los propios actores nos hablan del presente del liceo. Como dice el jefe de la UTP:

...el nuestro es un liceo municipal que tiene una larga tradición. Somos un colegio que va a cumplir 110 años y esa tradición pesa, digamos, porque ha habido épocas muy buenas del colegio, sobre todo la época de la educación fiscal, cuando la educación fiscal fue buena. Después viene un período de decadencia, cuando todos los colegios municipales se fueron abajo, sobre todo en el gobierno militar, digamos, que se les quitó el apoyo. Y hemos vuelto a tener un repunte a partir de digamos, de los gobiernos democráticos, lento repunte al fin. [...] de repente sentimos que tenemos que responder a toda una tradición, digamos, nos sentimos responsables de la educación pública [...] Entonces tratamos de ser un colegio municipal que está a la altura de la educación pública.

Contra la tendencia actual en las instituciones escolares, en este liceo estudiado, aún se vive en una retórica caracterizada por la pretensión republicana y nacional de la educación pública, hereditaria del Estado Docente, en la cual el don de la palabra y la discusión razonada son altamente valoradas. Esto permite la existencia de un espacio de discusión entre los diversos actores, debates que siempre se estructuran a partir del relato que se hace del propio liceo y el lugar que éste ocupaba, señalando un horizonte futuro que tiene que ser fiel al «espíritu del liceo».

El hito de la municipalización en el gobierno militar,[14] como el más importante cambio del liceo, adquiere una activa presencia en el relato que se realiza del transcurrir de esta institución y se hace referencia permanente a lo que se perdió: «la educación pública y gratuita».[15] Alusiones y reflexiones sobre esta temática se presentan frecuentemente en espacios de interacción de los diferentes actores institucionales, en los cuales se discute respecto del momento actual de la institución, marcado por la crisis de recursos derivada de la municipalización y por la dinámica que impone postular a fondos concursables para poder desarrollar institucionalmente el liceo. Más allá de la heterogeneidad de los discursos y estrategias frente al presente, el pasado va dejando su marca, donde el fantasma de la educación pública es un elemento simbólico del cual, incluso los discursos más pragmáticos, no se pueden desligar.

El espacio de este liceo se convierte entonces, en un lugar de discusión y de reflexión respecto al rol de la educación y el modo en el cual se tiene que insertar para recuperar el prestigio que gozaba. Esto se expresó, por ejemplo, en la discusión dada en una reunión de los distintos estamentos del liceo, para definir, entre otras cosas, el lema que adoptaría la institución para el nuevo siglo. Algunos de los lemas propuestos eran: «ciencia y alma de la noble nación»; «la misión de ser y de servir»; «raíz de un gran Chile mejor»; «alta luz de humanidad y saber»; «espíritu y conciencia de futuro». La gran mayoría de los lemas propuestos hacían referencia a grandes valores, o al menos, tenían la pretensión de significar grandes ideas y misiones. Por lo mismo, el norte de este establecimiento siempre aparece ubicado en la humanidad, en la ciencia y en el alma de la nación, en Chile, en el Estado, etc.; es decir, las pretensiones están más allá de lo meramente educativo, pues ellos no sólo forman estudiantes, sino que, por sobre todas las cosas, ellos forman futuros ciudadanos de la nación. El dilema al que se enfrentan es cómo responder a cierta carga simbólica que lleva implícita la misma mención de este liceo, y poder recuperar aquel prestigio perdido que actúa como criterio de evaluación de este presente.

2. Apropiación de la simbólica del liceo por parte del centro de alumnos

Si hablamos de que la historia y el pasado del liceo son fundamentales en la construcción del discurso institucional sobre el presente y el futuro de éste, algo similar observamos en la organización estudiantil. Nos referimos con esto al valor que adquiere lo simbólico, los ritos y el rescate de un momento glorioso de la institución y del propio centro de alumnos, en el momento de percibir el rol y la función de la organización de los estudiantes al interior del liceo. En el imaginario de los jóvenes está presente el pasado glorioso de la institución y la perspectiva de recuperar el rol que jugó en la época del Estado Docente.

Sin embargo, es necesario tener presente que el pasado que se elabora, los rituales que se reviven y los símbolos que son valorados, tienen relación con nuestro presente; es decir, la imagen que nos hacemos de lo pretérito depende siempre de aquel contexto que posibilita esta mirada. Las operaciones que se echan a andar y los resultados a los cuales se llega, dependen, por lo tanto, de la verosimilitud que este pasado tenga en relación con el presente de quien pretende reconstruir su propia historia. Pues, entre

todas las imágenes que las tradiciones familiares, religiosas, políticas, pueden proporcionar a los individuos, no son refrescadas sino aquellas que pueden inscribirse en la praxis de los individuos comprometidos en el presente (Milos, 2000:49).

Por lo tanto, en el relato de estos dirigentes se van iluminando ciertos momentos de la historia del liceo y otros se mantienen en el anonimato, en la oscuridad del olvido. Surgen así eventos gloriosos del liceo, vinculados generalmente a los tiempos en que esta institución gozaba de prestigio académico y social; como también, se destacan momentos históricos de la organización estudiantil, que van constituyendo parte del propio discurso respecto del presente. Se van relevando ciertas prácticas y discursos del pasado en pro de su vinculación con el presente, operación que, sin embargo, no es siempre consciente y explícita.

La elección donde ganó este centro de alumnos provocó entusiasmo entre los jóvenes, lo cual se expresó en la participación de cuatro listas en el proceso eleccionario. Para ellos, el punto decisivo de su victoria fue haber sido «la lista del cambio», respecto de un modo tradicional de hacer centro de alumnos, que expresaban las demás listas en competencia. La introducción de la problemática de los derechos de los alumno/as fue el punto central de la propuesta de esta directiva y fue, a juicio de los propios integrantes de la lista, lo que definió la elección a su favor. Dice el vicepresidente:

Eran casi todas lo mismo [...] las mismas cosas de siempre, que el aniversario, que la fiesta [...] nosotros llegamos a los cursos y les dijimos a los cabros los derechos de los alumnos, eso hay que hacer.

Pretendían desligarse de la imagen que se tenía de los últimos centros de alumnos, ya que los consideraban despectivamente, como meros «centros de eventos», planteándose metas y objetivos más duraderos, que implicaran que su trabajo permanecería más allá de su propio mandato. Desde el comienzo identificaron aquellas metas con la discusión respecto de los derechos de los alumno/as y su explicitación en la libreta de comunicaciones. Dice el vicepresidente:

Cuando tú entras en la libreta salen los deberes y nunca los derechos de los alumnos [...] cuando nosotros fuimos a reclamar que no hubiera derechos de los alumnos, nos dijeron que esos derechos existían y los mostraron. Así que para el próximo año van a estar en la libreta al lado de los deberes.

Pero al mismo tiempo, que introducían la temática de los derechos de los estudiantes, buscaron posicionar de un modo distinto al centro de alumnos en el liceo. Esto se relaciona con la explicitación del carácter político de la organización de estudiantes, con la importancia de rescatar los símbolos y la historia del liceo, y con la pretensión de convertir el liceo en un lugar de discusión política. Es decir, pretendían darle un sentido diferente al centro de alumnos y revitalizar, de este modo, la participación de los estudiantes en su propia organización.

Lo anterior se expresa en una multiplicidad de eventos y símbolos que ellos ponen como carta de presentación al momento de hablarnos de su propio liceo. Por ejemplo, para los dirigentes del centro de alumnos es de gran importancia tener al interior de la sala del centro de alumnos un estandarte del liceo que, según nos dijeron, «es del año 1890». Como también el orgullo con que mostraba un alumno asesor del centro de alumnos,[16] un documento escrito por uno de los más importantes liberales del siglo XIX, uno de los primeros directores del liceo, escrito que se encuentra enmarcado en la pared de la sala ocupada por los alumno/as. Como también iniciaron una campaña para recuperar un refugio que el liceo tenía en la costa de la VI Región, que había sido perdido durante el gobierno militar.

Observan su posición como dirigentes como parte de una línea de continuidad que se relaciona con la institución y con su historia. Para el presidente del centro de alumnos su mayor orgullo era estar dentro de los dirigentes estudiantiles de una institución centenaria y quedar registrado en los libros del liceo como tal. Él lo expresa de la siguiente manera:

Mi nombre está escrito en el libro donde están los nombres de los presidentes del centro de alumnos del liceo [...] en cien años más alguien lo va a leer y me va a encontrar ahí...

No debe llamar la atención entonces, que una de las actividades centrales que realizó el centro de alumnos para el aniversario de la institución, fue una muestra histórica del liceo. Actividad en la cual se comprometieron la mayoría de los integrantes de la directiva y del grupo de amigos de la organización, descuidando las demás actividades recreativas del aniversario del liceo que habían propuesto. En la «muestra» entre otras actividades se exhibieron fotografías del liceo y cartas de ex-directores y ex-alumnos, y se invitó al rector de una importante universidad estatal, que es ex-alumno del liceo. Mediante esta muestra, en la cual se comprometieron los miembros de la directiva y los alumno/as de cursos mayores, se intentó reconstruir la historia del liceo y del centro de alumnos.

Esta recuperación y apropiación de ciertos símbolos se debe relacionar con la ubicación política de los dirigentes estudiantiles. Pues ellos no sólo buscan posicionarse como un tiempo de continuidad con aquella historia «gloriosa» del liceo, sino que esto lo hacen reconociendo explícitamente pertenecer a un determinado sector político, y también recuperan ciertos símbolos de la izquierda que los van introduciendo al interior de la institución escolar. Cantan canciones de Víctor Jara y de Quilapayún (Pueblo Unido) en la mitad del patio, reparten panfletos invitando a marchas de la Central Unitaria de Trabajadores y del 11 de Septiembre, colocan afiches recordando a los desaparecidos, identifican con nombres de figuras de izquierda a los docentes que consideran aliados (el Allende, la Gladys Marín), etc.

Esta apropiación de símbolos de la cultura de izquierda y en su ubicación al interior de la memoria de este sector político, van de hecho legitimando la existencia de la práctica política al interior del espacio público del liceo. Pero más que eso, van haciendo posible pensar que una organización de estudiantes de los años 90 puede superar aquella limitación que señalaba que estaba silenciada la expresión de las diferencias políticas en la institución escolar.

Mediante la reunión en un discurso de símbolos, conocimientos, influencias, etc., provenientes de distintas discursividades, se va elaborando una textualidad que es particular. La simbólica del liceo, de aquel pasado que los llena de orgullo, es siempre resignificada a partir del encuentro con otros discursos, en especial con aquel que los posiciona políticamente, tanto a nivel personal como grupal. Por lo mismo, en este ejercicio de constitución identitaria el rol de los símbolos, en tanto lugar de memoria del liceo y de la izquierda chilena, se torna crucial. Como lo sosteníamos anteriormente, la producción de memoria, de discursos, siempre da cuenta de una práctica de selección que deja zonas iluminadas y otras a oscuras; pues, en esta selección de símbolos, en tanto objetos a ser apropiados, siempre hay recuerdos y olvidos.

3. Mito del subterráneo: construcción intersubjetiva de la memoria

Ya hemos hablado del valor de lo simbólico en las reconstrucciones históricas que hacen estos alumno/as, también hemos mencionado la importancia de la expresión política como un espacio a desarrollar por el centro de alumnos. A continuación queremos presentar un diálogo que muestra de qué modo se articulan los relatos respecto de la historia del país, del liceo y del propio centro de alumnos. En lo fundamental interesa observar el carácter intersubjetivo en la construcción de memoria histórica, y por lo tanto, la existencia de diferentes textualidades (sociales, institucionales, políticas, etc.) que hablan en un otro discurso,[17] que en este caso es el de los estudiantes, respecto de la existencia de un subterráneo, sobre el cual se han tejido innumerables historias en ese liceo.

No recuerdo cómo llegamos al tema del subterráneo, a medida que habla, Nicolás se va entusiasmando:

Nicolás: Sabís que acá debajo de nosotros hay salas iguales a ésta, hay túneles por todo el liceo. El otro día bajamos, el papá del Barnechea nos ayudó y entramos por una puerta que hay en el piso. La dirección no quiere que nos metamos, dicen que no hay nada, que son puros escombros, pero yo estoy seguro que debe haber algo.

Obs.: ¿Qué cosas?

Nicolás: No sé, pero estoy seguro que hay algo grande. Piensa que antes del 73 los centros de alumnos tenían peso político, eran importantes. ¿Tú sabes que al presidente del centro de alumnos lo mataron? Nosotros encontramos cosas.

En eso, llegan Juan y otro alumno y tocan la puerta.

Juan: ¿Qué onda?

Nicolás: Estábamos hablando de (hace una pausa, dudoso).

Obs.: Del túnel.

Juan: Ah, yo quería bajar, éstos fueron un día que yo no vine.

Nicolás: Es que no fue algo programado, había que aprovechar la oportunidad.

Juan: Podríamos bajar de nuevo.

Nicolás: Cachai que tiene que ser piola, porque hay algo grande, hay un medio secreto ahí. Se cacha que lo taparon a propósito.

Juan: ¿Y qué encontraron?

Alumno: Encontramos diarios de la época de la up/Unidad Popular/, cajetillas de cigarro...

Nicolás: Lo que pasa es que taparon con tierra.

Alumno: Es tierra suelta.

Nicolás: Sí, nos dijeron que eran escombros, pero se veía que era tierra suelta.

Alumno: A propósito.

Nicolás: Igual se cachaba que estuvieron viviendo ahí, encontramos una fogata y tachos para cocinar...

Alumno: Y papeles cagaos.

Nicolás: Debieron estar por lo menos un mes.

Obs.: ¿Quiénes?

Nicolás: No sé, pero yo creo que eran comunistas en el liceo en ese tiempo eran todos comunistas ¿Se acuerdan lo que dijo el panadero?

[...]

Obs.: ¿Y esos túneles?

Juan: Este liceo es súper antiguo, tienen caleta de años esos túneles. Dicen que el liceo era un convento.

Nicolás: No sabís que el profe Escalante estuvo haciendo un estudio y no pudo encontrar los planos del liceo. Si hay una hueva muy rara.

Juan: Yo creo que el Juan Pérez[18] quiere que nosotros descubramos, la otra vez tiró que algo se oculta.

Nicolás: Y la señora de la sala de computación te acuerdas lo que dijo cuando le preguntamos por qué habían tapiado las puertas a los túneles, ella dijo que había cosas que no podían decir.

Alumno: El Gómez sabe /profesor/, si él la otra vez dijo que hasta detenidos desaparecidos pueden haber.

Juan: Tenemos que bajar, yo quiero cachar cómo es.

Nicolás: Sabís que es súper estrecho hay que pasar agachao, después entras a una sala como ésta y después otra que se nota que la cerraron.

Alumno: Hay que ir con una pala y una picota.

Nicolás: Sí pero hay que hacerlo un fin de semana para que no se den cuenta..

Obs.: ¿Pero por qué no piden una autorización?

Nicolás: Ni cagando la darían, cagaríamos nosotros.

Obs.: ¿Pero si lo abren a la prensa?

Alumno: No, porque tomarían represalias.

Nicolás: Además pueden haber cosas que eran de alguna organización, por ser los comunistas.

Obs.: ¿Y si hablan con ellos?

Nicolás: Es que esto es delicado tú sabes que en esa época llegaron armas de Cuba, pueden estar enterradas ahí y no van a querer que se sepa.

Esta conversación que se da entre dirigentes del centro de alumnos, algunos alumno/as cercanos y uno de nosotros, hay que valorarla más allá del grado de verosimilitud que ella contiene; es decir, lo fundamental no es si de verdad en aquel subterráneo hay detenidos desaparecidos, si se escondieron comunistas después del golpe militar o si estaban las armas llegadas de Cuba antes del 11 de septiembre de 1973. Parece más interesante destacar el papel en que ellos se colocan respecto del pasado del país y de su propio liceo, y por derivación respecto de nuestro propio presente.

El «misterio» que contendría el subterráneo tiene diversas lecturas en el relato: el problema de los derechos humanos, la resistencia a la dictadura, aquellos secretos que la izquierda chilena quiere mantener escondidos, etc. Simbólicamente el problema se ubica en la existencia de un pasado que aún permanece entre nosotros, que muchos quieren esconder o no mirar, y frente al cual ellos desean dirigir la mirada. Por eso, ellos se autoimponen la misión, con «pala y picota», de abrir y mostrar todo lo que contiene aquel subsuelo, que en tanto símbolo actúa como el subterráneo de la propia sociedad, que esconde aquello que nuestra propia sociedad no quiere mirar.

Por esto, la existencia del «misterio» del subterráneo se establece como un problema generacional, pues observan como el mundo adulto no quiere mirar aquel misterio, que en tanto pasado abierto, los invita a des-cubrirlo. Pero también ellos perciben que existe un sector de los adultos que desea que ellos descubran el misterio de su propia institución. Este respaldo de ciertos docentes actúa como verificador de la verosimilitud del mito del subterráneo. En el imaginario que ellos construyen, el pasado reciente de Chile está ahí, al alcance de nosotros, en el subterráneo y sólo basta correr el velo, atreverse a mirar y recorrer los túneles y salas, para saber que pasó en Chile y en su propio liceo. Pero esto es una labor ardua, silenciosa, difícil, aunque necesaria; y en definitiva, descubrir la verdad es un reto generacional, ahí donde los adultos esquivan la mirada y echan tierra sobre lo ocurrido.

La institución de la cual forman parte aparece en su relato como participante de esta historia y el centro de alumnos se muestra, según lo que ellos perciben, como una organización con voz política, con capacidad de intervenir en los asuntos públicos, pues el sólo hecho de ser dirigentes estudiantiles de este liceo los hacía ser personas importantes y, por lo tanto, peligrosas para el gobierno militar. Si esto lo proyectamos en el tiempo y lo ubicamos en el tiempo presente, ellos destacan de aquel período de su centro de alumnos aquello que les gustaría ser: una organización con peso político, aunque desligado de las estructuras partidarias. Es decir, ellos iluminan del pasado aquello que se conecta con su propio presente, con las labores y deseos que manifiestan en la actualidad para su propio ser como organización estudiantil.

Esta fascinación que ellos sienten por el misterio del subterráneo, es la misma que muestran públicamente en su pretensión por reconstruir la historia del liceo y de su organización, y ser parte legítima y reconocida de ella. Por esto hay que vincular este relato con el valor que le asignan a la memoria y la historia en su presente. Aparecen entonces la política, la participación pública de los estudiantes, la historia centenaria del liceo, como elementos articuladores de esta historia construida por los alumno/as.

Por otro lado, hay que reconocer las huellas que se van dejando por distintas textualidades que nos están hablando desde este mito del subterráneo. Resulta importante, por lo tanto, relevar la multiplicidad de influencias bajo las cuales se va articulando el discurso y se reconstruye la «historia» del liceo y del país. Podemos ver, a modo de ejemplo, la presencia en el relato de retazos de aquellos textos justificatorios del golpe militar -el armamento llegado desde Cuba-; como también, la mención a la presencia de los detenidos desaparecidos y los perseguidos políticos, elementos simbólicos claves en cualquier discurso contrario al régimen militar. Se menciona también a este liceo como un convento en tiempos postreros, lo cual indica la presencia en el relato de una memoria institucional.

Se puede decir, que en esta historia se entrecruzan diferentes hablas, mostrando el carácter complejo de la memoria, la cual reconstruye tomando datos, relatos, versiones, experiencias y recuerdos que se yuxtaponen unos sobre otros. Como dice Maurice Halbwachs:

el recuerdo es en gran medida una reconstrucción del pasado con la ayuda de los datos tomados presentados al presente y preparada, además, por otras reconstrucciones hechas en épocas anteriores de donde la imagen de antaño ha salido ya muy alterada (Halbwachs, 1998:192).

En este relato, que nos habla de nuestra historia, se cruzan discursos que circulan en la sociedad, con las voces de los diferentes actores del liceo que han circulado durante años en la propia institución. Pero este relato no es sólo la reunión agregada de estas textualidades, es necesariamente un discurso nuevo, pues los sujetos -los estudiantes de los años 90- que lo han creado son distintos y la relación que ellos tienen con el presente, no es la misma que la de los docentes u otros actores institucionales. Pues siempre la reconstrucción que se hace de la historia depende del contexto intersubjetivo que la hace posible y de los intereses que vinculan a los sujetos con la sociedad de la que son parte.

4. Revalorización de la actividad política en el centro de alumnos

Decíamos, que durante la dictadura se pretendió instalar desde el poder un cierto imaginario, que señalaba la negatividad de la práctica política, pues desgarraría el cuerpo social y llevaría necesariamente a la división en bandos irreconciliables y a la violencia en último término. Se pretendió, entonces, no sólo suprimir a los partidos políticos, como de hecho se hizo,[19] sino también impedir la expresión de cualquier manifestación política o contraria al régimen en las distintos organizaciones sociales, ya sea en los sindicatos, juntas de vecinos, como en los centros de alumnos y federaciones estudiantiles. Este discurso, como decíamos, tendió a reproducirse al interior de los liceos, pero dado el clima político nacional, lo que se logró fue un efecto paradojal, pues en la práctica la rearticulación de las organizaciones estudiantiles durante los años 80 tuvo como eje central la oposición al régimen de Pinochet.

Con la vuelta a la democracia en el año 1990, el discurso que se impuso en el ámbito nacional se estructuró en torno a la necesidad de preservar la democracia como el objetivo primordial al cual todas las demás necesidades, demandas y exigencias de la sociedad debían ser supeditadas.[20] Esto llevó a visualizar la necesidad del consenso en todos los niveles de la sociedad como el mejor medio de resguardar el sistema democrático. Aparece así, que la discusión pública de determinadas orientaciones se tendió a silenciar, por el temor a terminar con la paz social, que tanto habría costado conseguir. Esto ha hecho que los discursos en el espacio público se vean reducidos a ciertos criterios prefigurados por el realismo político. Este discurso también ha transitado por los liceos y sí ha tenido receptividad por parte de los distintos actores.

A esto se le debe añadir la pérdida de sentido vivido por estas organizaciones, y la incapacidad de reemplazarlo a la llegada de la democracia. No fue extraño entonces, que durante un cierto tiempo los centros de alumnos en muchos lados se desarticularan. Posteriormente, en su reaparición, la esfera de la política si no se encuentra excluida, al menos es una parte minoritaria de la constitución del proyecto de la organización. Esta práctica de negación de la expresión política muchas veces ha sido parte de la política de la institución, que impide explícitamente la manifestación pública de las preferencias políticas y de la posibilidad de referirse a temas de contingencia nacional. Pero también con mucha frecuencia esta opción ha sido adoptada por los propios estudiantes, quienes permeados por estas textualidades anteriormente mencionadas, tienden a vincular el reconocimiento público de las opciones políticas con la violencia.[21]

Sin embargo, en este centro de alumnos, la política aparece como un elemento central en el proyecto que ellos como grupo tienen para la organización y para su liceo. La revalorización de un cierto simbolismo de izquierda y del liceo, la potenciación de la discusión en el espacio público del liceo, aparecen como una parte sustancial de sus pretensiones como organización. Se produce, entonces, una amalgama entre pertenencia generacional, política, cultural y la búsqueda por sentirse parte importante de la historia del liceo. Es a partir de esta multiplicidad de tramas discursivas y simbólicas que ellos se autodefinen en tanto grupo, y es esta caracterización la que pretenden imprimirle a la organización de los estudiantes.

Esta revalorización de la esfera política como elemento diferenciador al interior de la organización estudiantil, se encuentra a su vez potenciado y legitimado, según su propia lectura, por el pasado del liceo y del centro de alumnos. La memoria adquiere entonces el valor de norte y norma para medir la actual realidad de esta organización. Para ellos, la historia del liceo muestra que los actores de la institución han tenido participación política y destacan del pasado la existencia de organizaciones estudiantiles con voz respecto de los asuntos públicos. Como nos cuenta uno de los dirigentes:

Es que en ese tiempo los centros de alumnos tenían peso político, eran importantes.

Por lo mismo, no es de extrañar que en el imaginario de estos dirigentes se encontrara el deseo de construir una organización estudiantil con «peso político» y con voz propia respecto de los asuntos del país. Lo fundamental era, por tanto, incorporar al liceo estas temáticas, buscando producir la discusión entre los distintos actores. Como nos dice un directivo del liceo, ellos colocaban en el tapete: «Cuestiones de la Municipalidad, del sistema, del Ministerio, me entiende, que ahí nosotros no nos metemos». Más allá de la pertinencia o viabilidad de este ejercicio de los estudiantes, aparece como central la intención de convertir el liceo en un lugar de foro y debate respecto del sistema escolar y de la sociedad de la que forman parte. Su insistencia en trabajar el problema de los derechos de los estudiantes, fundamentalmente la libertad de expresión, el respeto a las personas y la autonomía de los alumno/as y de su organización, fueron elementos claves en su búsqueda por tener voz frente a la institución escolar y el sistema escolar. La pretensión era, por tanto, construir una organización que se diferenciara de aquellos «centros de eventos», como despectivamente denominaban a otros centros de alumnos, y conseguir cierta consistencia identitaria como organización estudiantil, que se sustentara en la existencia de un proyecto autónomo de los alumno/as y que éste no fuera un mero reflejo del discurso institucional.

Si la política resulta fundamental en este centro de alumnos, convertir el espacio del liceo en un lugar abierto a la discusión de las diferentes posturas es un objetivo central, ya sea respecto a los derechos de los estudiantes, como en torno a la problemática de los derechos humanos en Chile, entre otras materias. Por lo mismo, la participación como alumno/as de este liceo en manifestaciones públicas fuera del liceo, tenía por objetivo, por un lado, hacer evidente la existencia de estas temáticas al interior de la institución escolar; como también, replicar de cierto modo, el papel jugado por los centros de alumnos de la época gloriosa. La memoria respecto a ese tiempo, aparece no sólo como un indicativo de que el accionar del actual centro de alumnos tiene antecedentes que lo validan; sino que, mediante esta revalorización de la política y de la historia ellos contribuyen a recuperar el prestigio del liceo como institución pública.

Algo muy indicativo de lo planteado se expresó para la celebración del aniversario del golpe militar. En un panfleto entregado por algunos cercanos al centro de alumnos a otros estudiantes se podía leer: «Por los que aquí cayeron... el 11 de septiembre. 10:30 en Moneda con Estado (con cuática al cementerio)». Por otro lado, cerca de la sala del centro de alumnos se pudo observar un afiche, invitando a la marcha, con los nombres de seis ex-presidentes del centro de alumnos, que murieron durante la dictadura. De este modo los dirigentes invitaban a sus compañeros para asistir como liceo a la conmemoración de un aniversario más del golpe militar de 1973, a celebrarse, como todos los años, en el Cementerio General de Santiago.

La política, entonces, aparece como un elemento articulador de la participación y de la construcción de su organización. Gran parte de sus miembros manifestaba con claridad sus opiniones políticas y participaban como grupo en actividades públicas fuera del liceo. Ellos se juntaron para ir a una manifestación convocada por la Central Unitaria de Trabajadores, así como también, algunos de ellos participaban de una organización de estudiantes secundarios paralela a la Federación de Estudiantes Secundarios de Santiago (feses):

nosotros participamos del bloque de Santiago Centro, hicimos una protesta por el alza del pasaje escolar, igual no conseguimos nada, pero fue una buena movilización.

Pero al mismo tiempo que participaban de estas actividades, ellos manifestaban gran recelo por aquellos espacios donde pensaban podían ser instrumentalizados por algunas organizaciones político-partidarias. En el caso de la feses, sostienen que esta organización de los estudiantes secundarios, presenta una marcada orientación partidaria. Como ellos nos decían, «son muy políticos... es que el interés de nosotros está en el liceo...». Pero si bien ellos se niegan a participar activamente en esta organización, esto no implica que nieguen su interés por asuntos de carácter político, en los cuales participan activamente como grupo, asistiendo a diferentes manifestaciones masivas.

Una opinión similar a la expresada respecto de la feses, manifiestan en torno a la posibilidad de participar en la Agrupación Comunal de Centros de Alumnos de la comuna; organización que es coordinada desde la propia municipalidad. El presidente relata:

No, nosotros no participamos de la Agrupación Comunal del CCAA... No, nosotros no pescamos a la Agrupación, nos preocupamos del liceo, pero con esa red no pasa nada [...] porque te quiere meter a lo suyo, ella es [nombra un partido político] y te quiere hacer firmar.

En general, podemos pensar que por parte de este centro de alumnos existe una severa crítica a la labor de los partidos políticos en las organizaciones secundarias, cualquiera sea la orientación ideológica de éstas. El temor a la manipulación los hace restarse de estos espacios que pretenden agrupar a los estudiantes secundarios.

Para este grupo de alumno/as y dirigentes la preferencia política se convierte en un elemento articulador de su proyecto y, en éste, la memoria que se ha hecho de aquellos centros de alumnos de los años 60 y 70, aparece como el lugar desde el cual se evalúa el presente. La pretensión de insertarse como liceo y organización en la contingencia nacional, tener peso político, tiene como referencia el pasado, pues ahí se encuentra las claves que legitiman el tipo de centro de alumnos como el que ellos deseaban construir. Por otro lado, más allá de los resultados efectivos, su propuesta se define en la búsqueda por construir un establecimiento donde la expresión pública de todas las diferencias sea aceptada y promovida tanto por la institución como por los propios estudiantes.

5. A modo de conclusión: espacio público y ciudadanía

El modo en el cual se estructura un centro de alumnos, sus prioridades y objetivos, va construyendo un tipo de ciudadanía y un modo de ver al sujeto en el espacio público. En las pretensiones que se expresan en el discurso de este centro de alumnos aparece, en primer lugar, un ciudadano vinculado solidariamente a su organización. Es decir, lo que buscan es provocar una identificación entre el alumnado y la organización que dice representarlos. Pretenden más que alumno/as demandantes de actividades, imbuidos de lógicas utilitarias y pragmáticas respecto del centro de alumnos, estudiantes que sientan como suya esta organización. Este proceso identificatorio está centrado, por un lado, en el fortalecimiento de la conciencia histórica de los alumno/as respecto de su liceo y de su organización; y por otro, en la construcción de un modo de ser crítico y autónomo que sea hegemónico entre el estudiantado.

El énfasis puesto en el problema de los derechos los acerca a una comprensión de la ciudadanía en tanto sujetos de derecho, donde la existencia de éstos no puede estar desvinculado del carácter de sujetos en su interlocución al interior del liceo. Por lo tanto, procuran tensionar los marcos que estructuran la relación alumnado-institución escolar, preferentemente autoritaria y dominante, en pro de institucionalizar como válida la voz de los estudiantes. Ser alumno/a es estar sujeto a los vaivenes de una relación donde el saber del docente y el poder de la escuela en general tienden a limitar la posibilidad de voz y autonomía de los jóvenes.

El respeto a estos derechos, y su ampliación, al interior de la escuela es finalmente para ellos un problema político, y está en función de su expresión como sujetos autónomos en la construcción de su liceo, donde el espacio de discusión y debate sea constitutivo de la misma institución escolar. La pretensión está, por tanto, en validar la posibilidad de poner en tensión el status quo de la escuela, más allá de las resistencias generadas desde la institución, y promover entre los alumno/as la mirada crítica y cuestionadora del sistema escolar y del país.[22]

Este ejercicio ciudadano de empoderamiento del habla de la organización estudiantil no se encuentra desvinculado del contexto de la propia institución. Ellos se consideran legítimos herederos del «espíritu del liceo», y de su historia extraen ciertas claves que actúan como legitimantes del proyecto del presente. Por lo mismo, esta relación hacia el pasado es central en la mirada que ellos tienen respecto de sí. Generar una memoria que actúe en tanto vinculante, y con propiedades de integración, de los estudiantes con su centro de alumnos es un objetivo, sino implícito, al menos que se desprende de la articulación que ellos realizan entre presente, pasado y organización estudiantil.

La memoria que ellos articulan, aquello que les parece relevante y que destacan, tiene relación directa con este presente que pretenden construir. Es a partir de esta conciencia histórica que se va construyendo también una ciudadanía que tiene conciencia de sí, sabe por qué está, dónde está y cómo se llegó ahí. Pues los lugares que se miran del pasado, y cómo se les ve, delatan el deseo respecto al presente. Aquello lo demuestra la construcción intersubjetiva de la memoria realizada en torno al mito del subterráneo, que ilumina aquello que adquiere sentido en la actualidad de su organización, de su liceo y del país.

Es interesante destacar la importancia asignada a la política en la construcción de su proyecto, más allá de la adscripción o no a estructuras partidarias, por cuanto permite sostener la superación de aquellas textualidades que limitan la expresión de ciertas identidades políticas al interior del espacio del liceo. Lo que se busca es el ensanchamiento de aquellos márgenes de participación y ciudadanía que al interior de las organizaciones estudiantiles, por procesos históricos ya mencionados, se han estrechado. Resulta interesante la validación del discurso explícitamente político, en el contexto general de una institución escolar que no le reconoce legitimidad y pertinencia. Estas pretensiones se encuentran implícitas en el accionar de este centro de alumnos, más allá de los resultados a los cuales se llegó durante su mandato, que no fueron todo lo óptimos que se presumían en su discursividad. Si bien en esta experiencia sólo se encuentran bosquejos y huellas, resulta interesante percibir que aún los establecimientos educacionales son un campo de lucha en torno a la configuración del ciudadano y a la existencia de sujetos de derechos, quizás esto está comenzando.

Santiago, Mayo del 2001

* Investigación Fondecyt N°1990233: «Participación juvenil y construcción de ciudadanía en sectores populares: un estudio etnográfico en el liceo». En el trabajo de campo participó Rodrigo Sepúlveda.

NOTAS

[1] Si en Europa fue la experiencia del nazismo y de la segunda guerra mundial la que motivó el florecimiento de la discusión sobre memoria e historia, en nuestro país (y en América Latina en general) este papel ha sido cumplido por la experiencia de la dictadura militar y por los cambios operados en el ámbito de lo social desde entonces.

[2] Uno de los directivos del liceo recordando su paso por la educación secundario de los años 60, nos cuenta: «Yo fui presidente del Liceo cuando fui estudiante. Yo fui presidente de la organización del centro de alumnos. Y en ese tiempo, yo recuerdo, éramos políticos, nos planteábamos políticamente. Y dialogábamos. Dialogábamos, nos sentábamos a conversar políticamente, ahí los de izquierda, los del centro, los de derecha, todos, y conversábamos, llegábamos a acuerdo y teníamos una... Me gustaría eso, un poco».

[3] No era extraño, desde ese punto de vista, que grandes líderes políticos se empezaran a perfilar como tales en las organizaciones secundarias, tanto en los liceos como en las agrupaciones que reunían los estudiantes de una ciudad, en especial en la Federación de Estudiantes Secundarios de Santiago (feses).

[4] Es necesario mencionar que el número de centros de alumnos ha crecido notoriamente en los últimos años, especialmente desde la promulgación a mediados de los 90 del decreto 524, que reglamenta la existencia de estas organizaciones. Hay que recordar también, que durante la dictadura militar los centros de alumnos en muchos liceos eran prohibidos y en otros sus dirigentes eran designados por los propios directores del liceo.

[5] Si bien, estos espacios que mencionamos están regidos por una normativa que es común a todos los liceos, ésta no siempre es respetada por los directivos de las instituciones escolares. En muchos casos la presencia de los dirigentes es reclamada sólo para el momento de la firma de los proyectos institucionales, pues así lo exige la norma, no ocurriendo algo similar para el proceso de discusión de los mismos.

[6] Varios fueron los fracasos durante la última década al buscar estructurar una organización estudiantil que reuniera a los secundarios de Santiago. Al intentar refundar la feses las disputas políticas entre el Partido Comunista, los partidos de la Concertación por la Democracia y grupos menores, abortaron este proceso de reunificación.

[7] No es el objeto de este trabajo, pero es preciso mencionar que esta problemática -distancia entre juventud y sistema político- ha sido durante la transición chilena motivo de intensos debates. Generalmente se ha señalado como causa la incapacidad de los políticos por encantar a los jóvenes, buscando como salida, por tanto, «rejuvenecer» a los partidos. El tema pareciera ser un tanto más complejo, y sólo a modo de hipótesis, creemos que hay que remitirse más al contexto transicional y la debilidad de la política misma, por la incapacidad de establecer la pregunta por los fundamentos del Chile actual. En un país recreado a partir de ciertos consensos sustantivos (modelo neoliberal, régimen político, entre otros) es poco lo que se encuentra en discusión. Se entiende así el desencanto de los jóvenes respecto del sistema político.

[8] Esto ha encontrado su correlato en la escena nacional de la transición, en la cual la política se ha visto reducida a la administración de las diferencias, y la posibilidad de manifestar proyectos de sociedad diversos ha sido visto como peligro a la paz social. La búsqueda, del consenso ha devenido en principio fundamental en la sociedad chilena, por encima de la confrontación de ideas y posturas, lo cual ha terminado necesariamente inhibiendo la crítica y la disensión. Cómo este discurso se ha introducido en ciertas instituciones escolares, ver Assaél et al., 2000:107-116.

[9] Así, la memoria, y la historia que reconstruimos, dista mucho de ser el resultado de elucubraciones individuales diferenciadas del contexto social, sino que, son fruto de producciones significativas realizadas en los grupos sociales a los cuales se pertenece; por lo tanto, siempre se debe hablar de memoria colectiva vinculada al contexto intersubjetivo que la hace posible y le da coherencia discursiva. Entre las últimas publicaciones en Chile ver Milos, 2000. Ver también Halbwachs, 1998; Ruiz-Vargas (comp.), 1997; y Nora, 1997.

[10] La memoria y la producción de discursos sobre la historia al interior de la institución escolar es una problemática que ha sido abordada en nuestro país sólo recientemente. Cuando esto ha ocurrido se ha tendido a poner el acento en el modo en el cual se presentan en el currículum escolar contenidos que son especialmente conflictivos, en especial en lo que se refiere a nuestra historia reciente. Ver Joignant, 2000; Rojas y Almeyda, 2000.

[11] No se entrega el nombre del liceo para conservar el anonimato.

[12] Durante los años 90 una cantidad importante de liceos científico-humanistas se transformaron en liceos polivalentes, es decir, imparten tanto educación técnico-profesional como científico-humanista. Este proceso se desarrolló en el marco de la discusión sobre la necesidad de vincular la educación al mundo del trabajo, especialmente en sectores populares con pocas posibilidades de acceder a la Universidad. En la actualidad este liceo se cuenta entre los pocas instituciones que se mantienen con una modalidad científico-humanista, orientado a la Universidad, pese a los magros resultados que obtienen en las pruebas de calificación para ingresar a la educación superior.

[13] Este liceo hasta mediados de la década del 80 impartía educación exclusivamente para hombres, pero después del proceso de municipalización de la educación comenzó a recibir mujeres.

[14] Durante el gobierno militar el Estado se desprendió del control directo sobre la educación, pasando a la administración municipal.

[15] Si bien la educación en muchos liceos continúa siendo gratuita, ante la falta de financiamiento municipal han optado por introducir cierto cobros: matrícula, centro de padres, cuotas para fotocopias, etc., permitiendo superar en parte el déficit presupuestario, en especial para el desarrollo de infraestructura y la compra de nuevos materiales. Frente a esto se han levantado voces que sostienen que esto es un modo encubierto de introducir el financiamiento compartido de la educación.

[16] Según el decreto 524 que rige a los centros de alumnos, debiera existir un docente para asesorarlos. Sin embargo, estos dirigentes mantuvieron una relación distante con su asesor y prefirieron invitar a ex-dirigentes del centro de alumnos para asesorarlos. Pretendían con esto superar uno de los problemas centrales de las organizaciones estudiantiles, que es mantener un cierto conocimiento y memoria respecto de la propia organización en la cual se encuentran.

[17] Sostenemos que el espacio de producción de memoria y de discursos sobre la historia es fundamentalmente el campo intersubjetivo. Pues, la «memoria se construye sobre la base de los conocimientos, creencias, actitudes y prejuicios personales, sobre los pensamientos y sentimientos experimentados, soñados, deseados o imaginados por cada individuo. Pero también se nutre, necesariamente, de afluentes externos. De hecho, son múltiples los factores sociales que intervienen en nuestros recuerdos: el lenguaje, el espacio y el tiempo, la experiencia de lo ideológico, lo retórico y lo colectivo, entre otros». Rojas y Almeyda, op. cit.

[18] Este profesor de música es muy respetado por los alumno/as. Dicen que habría tocado junto con Víctor Jara.

[19] Debemos recordar que uno de los primeros bandos de la Junta Militar indicaba la supresión indefinida de los partidos políticos. Sólo en 1987, después del período de protestas populares, de la reaparición pública de las estructuras partidarias y de la reorganización de la sociedad civil, se logró el reconocimiento legal de los partidos políticos.

[20] Respecto a este punto es interesante recordar lo planteado por Carlos Ruiz, sobre las implicancias de la política de los consensos en el desarrollo del sistema democrático: «El riesgo es aquí que estas concepciones de la política tiendan a subordinar las demandas sociales y culturales a una voluntad de paz y consenso a todo precio», Ruiz, 1993:94.

[21] Respecto a este tema los dirigentes de un centro de alumnos del sur de Santiago nos manifestaban que: «...cada uno tiene lo suyo... no lo van a escuchar a uno»; «si a alguien le gusta Pinochet está bien, pero a mí no, pero se respeta, pero ellos no, ya combo, patada, no se puede hablar con ellos», Assaél et al., op. cit., pp. 113-114.

[22] Como nos plantea Jesús Martín-Barbero respecto a los dilemas de una educación ciudadana «[la] construcción de ciudadanos significa que la educación tiene que enseñar a leer ciudadanamente el mundo, es decir, tiene que ayudar a crear en los jóvenes una mentalidad crítica, cuestionadora, desajustadora de la inercia en que la gente vive, desajustadora del acomodamiento en la riqueza y de la resignación en la pobreza», Martín-Barbero, 2000.

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