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Ultima década

versão On-line ISSN 0718-2236

Ultima décad. v.9 n.14 Santiago abr. 2001

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-22362001000100003 

Última Década, 14, 2001:49-64

POLÍTICA PÚBLICA DE JUVENTUD EN LOS NOVENTA

 

Política social de juventud: ¿excluir o integraar a qué?

 

Daniel Contreras Rivera*

* Antropólogo, Programa «Liceo para Todos» del Ministerio de Educación de Chile.

Dirección para Correspondencia


 

Durante los últimos veinte años el eje integración/exclusión se ha ido constituyendo en el núcleo básico en torno al que se ha estructurado la política social orientada a jóvenes, ciertamente los alcances de los polos del eje (integrar, excluir) no tenían igual significado durante la dictadura que durante los últimos años, sin embargo y más allá de discursos sentidos existen algunas condiciones del contexto; a saber, la transformación neoliberal de Chile, que no sólo configuran un telón de fondo sino que, de un modo crucial, determinan lo que es integración y el «lugar» al que los jóvenes son llamados a integrarse.

I. Modernización, modernidad y postmodernidad

Durante la década recién pasada hemos asistido a la dinamización de un proceso modernizador de nuestra vida institucional, económica y, de manera diferenciada, a la vida social que, sin embargo no ha devenido en modernidad como ethos en que esa vida institucional, económica y social, se desarrolle. Por ello es que resulta necesario esbozar algunas distinciones entre ambos procesos -de modernidad y de modernización- que aunque emparentados no son idénticos.

La noción de modernización se refiere a los procesos «materiales» de industrialización, urbanización y de expansión del mercado. La noción de modernidad en cambio está más asociada al ámbito cultural, a la secularización de la vida privada y de la vida social, y se correlaciona -al nivel de la expansión del mercado- con la primacía del consumo o del acceso a bienes simbólicos.

El filósofo Martín Hopenhayn (Contreras y Donoso, 1996) reconoce algunas referencias básicas de los bienes simbólicos que serían propios de la modernidad y de los procesos «materiales» de la modernización, respecto de los primeros: i) Un elemento distintivo es la participación de las personas de manera directa o representativa, en las decisiones públicas, esto constituye uno de los principales «referentes normativos» de la modernidad. ii) Un segundo referente tiene relación con la libertad individual frente a cualquier tipo de autoridad impuesta de hecho, sea de tipo religioso, militar monárquico u otro. iii) La individualidad corresponde a otro referente normativo de la modernidad. Es el sujeto, que a través de «las luces», llámese educación, acceso a la razón y capacidad reflexiva como base para lograr liberarse de sus propios fantasmas, de las herencias impuestas y tener cada vez mayores márgenes de decisión sobre sus propias vidas y sus propios valores. Sobre esto volveremos más adelante. iv) Un último elemento referente de la modernidad, asociado con los ya referidos, es la llamada comunicación horizontal cotidiana. Como práctica comunicacional no jerarquizada, no restringida y diversificada.

Respecto del proceso de modernización Hopenhayn, propone dos rasgos distintivos clave: i) La apertura económica y, en algunos segmentos, la disolución de sociedades -mercados- nacionales, vinculada al ideal del progreso con sus «saldos productivos». ii) El aumento de la capacidad productiva, tecnificación tanto del capital humano como de los otros factores de la producción. Es decir, la modernización representa la continuidad de horizonte con los procesos de revolución industrial y los concomitantes procesos de industrialización y urbanización.

El progreso que trajo consigo, para el occidente desarrollado, la abundancia y la subyugación de la naturaleza, ha terminado produciendo; incluso en el ámbito de la ciencia -verdadera religión secularizada de confianza en el progreso modernizador- discursos en que la misma incertidumbre tiene un lugar. De hecho, se ha llegado a decir que, vivimos rodeados por los secretos de la técnica (Brunner, 1998). Así, por un lado el proceso modernizador -la expansión a ultranza del horizonte de las revoluciones industriales- ha emancipado en parte, de la naturaleza; y la modernidad nos intenta liberar de nuestros propios fantasmas y de las herencias impuestas. Por otro lado en el estado actual de las cosas nuevas incertezas hacen aflorar viejos temores a la hora de operar la construcción de los sujetos.

 Ahora, esto no es nuevo. Desde las ciencias sociales, y especialmente a partir de los aportes de G. H. Mead, resulta evidente que la identidad se construye en un proceso social, un proceso con otros; es decir, la identidad ocurre en el plano de la acción social como lo señalar Weber -esto es una acción mutuamente orientada- y que por lo tanto, no es igual para todos los sujetos y está afectada por los contextos sociales específicos.

Respecto de cómo operan esos contextos específicos, es importante señalar lo indicado por las nociones de modernidad reflexiva y sociedad del riesgo,[1] las que tematizan esta dialéctica; fundamentalmente a partir del concepto de individualización «que presupone al individuo como actor, malabarista y director de escena de su propia biografía, identidad, redes y convicciones». En una perspectiva similar Touraine dice que la modernidad es «...el momento en que la conducta humana se rige por la conciencia, llámese ésta o no alma, y no ya por la conformidad con el orden del mundo» (Touraine, 1994).

Sin embargo este concepto tiene una debilidad «de constitución», ha sido producido desde el capitalismo tardío y supone necesariamente la existencia del estado bienestar; de allí es necesario poner atención a dos consideraciones: i) Tanto para el capitalismo central tardío como para el capitalismo periférico, para las sociedades complejas/modernas en definitiva, es válida la noción de composición o construcción de la individualidad bajo una noción de riesgo. ii) Las sociedades del capitalismo tardío y capitalismo marginal son distinguibles no sólo por las diferencias estructurales, sino también por las distintas formas de ejecución cotidiana de la personalidad.

Así, mediante la construcción de la identidad me convierto en aquel que me he convertido en convivencia con los otros; de este modo existe una diferencia individualización: autoconfrontación asistida, unidades de socialización soportadas por el Estado bienestar y autoconfrontación desregulada, unidades de socialización en la «selva», propia de la vida cotidiana en los países del capitalismo tardío, como Chile.

El yo deviene (por autoobservación y autointeracción) en mí (identidad como sujeto y objeto para sí mismo y para otro concomitante). Este proceso sólo es posible en tanto ocurre en contexto de otros, recién cuando es mediado simbólicamente hace posible la regulación cognitiva del autocomportamiento, requiere del otro, de allí entonces una segunda diferencia, la búsqueda de ese otro es: búsqueda escogida para individualización y búsqueda obligada para individuación. De aquí arranca el tema o la aseveración de que las redes de inclusión generan sus propios mecanismos. La diferencia está entonces, como ya se dijo, en la ejecución cotidiana del individuo (siempre, y sólo posible, con otros).

En este contexto de incertidumbres y posibilidades, los jóvenes chilenos de esta última década han debido desenvolverse e intentar ser.

II. Ser joven en la «modernidad» chilena

Desde el comienzo de la década el escenario interpretativo ha estado marcado por dos características: de un lado, encontramos que el principal dispositivo de análisis tanto al nivel de la academia como el de la política pública, ha sido el eje integración/exclusión (Cottet et al., 1992). Y de otro, que la imagen simbólica que la sociedad tiene sobre la juventud por la doble valoración antagónica de juventud como reserva base de la modernización y como elemento social marginal peligroso (Touraine, 1998).

Dos tensiones que se complementan en el sentido de asimilar lo integrado con esa juventud portadora de la modernidad y lo excluido -que debe ser integrado por la política social- con la juventud marginal peligrosa. Es evidente que este efecto sinérgico sólo profundiza las limitaciones que un análisis de la juventud puede tener, aquí vemos operando la limitación por generalización y la limitación por problematizar/estigmatizando.

1. Integrar/excluir

Así, la preocupación por los mecanismos clásicos de la integración social, el trabajo y la educación, han ocupado un volumen relevante dentro de la preocupación por el tema.

a) La educación

Al respecto resulta interesante algunas cifras que reporta la Segunda Encuesta Nacional de Juventud (1998) referidas a educación. De una parte vemos como en los últimos años se verifica un aumento en la cobertura del sistema escolar al nivel de los jóvenes, especialmente entre las mujeres jóvenes. Sin embargo, y a pesar de los avances, esta expansión casi no afecta a los jóvenes de sectores bajos; de manera similar aunque un tercio de los estudiantes de enseñanza media continúan su formación en la educación superior, «los jóvenes de colegios municipalizados tienen menos probabilidad que los de colegios particulares de acceder a la vida universitaria»; es decir, a pesar de los avances, nos encontramos con que uno de los principales mecanismos de integración resulta aún ineficaz e inequitativo.

Un dato más complejo surge al analizar algunos bienes simbólicos que resultarían más propios de la modernidad en que este mecanismo integrador se desarrolla. Más de un tercio de los encuestados opina que en el colegio existen problemas en la disciplina y un porcentaje parecido señala que el principal problema que existe es que no hay interés por estudiar.

Entonces la modernización de la educación avanza pero -trazando una oposición exagerada con fines de análisis- la modernidad aparece como inacabada en tanto que ni las personas pueden tener libertad de gobernarse -deben ser regulados por mediaciones disciplinarias- ni el individuo está en condiciones de liberarse de los fantasmas de la herencia impuesta, ya que la motivación para el estudiar y progresar no estaría operando plenamente.

Parece relevante señalar eso sí, que ello no ha ocurrido en un escenario en que los jóvenes sean «premodernos» puros, y en ese sentido adscritos a lógicas que legitimen al colegio sólo desde la autoridad. Entre la primera encuesta de 1994 y la segunda de 1997, la percepción de los jóvenes sobre la educación bajó, esto durante un período en que en el segmento de la educación secundaria se ha desarrollado el más ambicioso plan modernizador del sector en los últimos 25 años. ¿Por qué el contrasentido entonces?

Varias cosas pueden estar pasando, una de ellas, los jóvenes a pesar de las limitaciones van acercándose al mundo de sus derechos y tienen una opinión sobre las cosas que les afectan.[2]

Algunas aproximaciones cualitativas ayudan para ilustrar este punto.

Al enfrentarnos al cotidiano de la escuela o liceo, vemos que «los jóvenes alumnos» son exigidos con relación a ese deber ser, «ser alumnos» y negados en tanto jóvenes. Frente a esa tendencia que niega y homogeniza, se produce una reacción diferenciadora de los jóvenes. Esto ocurre en varios planos, desde sutiles mecanismos de diferenciación estética, en el estricto marco que el uniforme permite, hasta prácticas relacionadas con el grupo de amigos (Contreras, 1996).

De donde, en definitiva, la vivencia cotidiana en el escenario en proceso de modernización, no permite a los jóvenes una vivencia moderna, en términos de un estatuto de riesgo y autoconstrucción propio de la modernidad.

Un último comentario: la lógica estructuradora de la educación como mecanismo de integración no es tampoco neutro, opera bajo una lógica que en sí misma genera exclusión y lo hace en el sentido que todos los sistemas de integración producen una contraparte de exclusión (Luhmann); y en el entendido que estas instituciones, que en un comienzo fueron diseñadas para la «integración de la clase media», poseen aún en su interior mecanismos de estabilización «fundada en la eliminación precoz y brutal... de los hijos de las familias culturalmente desaventajadas» (Bourdieu, 1999).[3]

b) El trabajo

El trabajo, por otra parte, no sólo constituye el otro mecanismo básico de la integración, sino que además, bajo el prisma de la potencial autorealización meritocrática en el capitalismo, se erige en uno de los referentes normativos de la modernidad.[4] En la modernidad el trabajo nos hacer ser, nos da los fueros de nuestra libertad.

Como se ha dicho antes, la juventud es vivenciada por los actores -o más bien significada por los decisores- como un interregno de moratoria; de allí que la inserción al mercado del trabajo sea tan fuertemente segmentada al interior de esta categoría etárea, en donde los menores están claramente fuera del trabajo y los mayores están generalmente dentro.[5]

Esta segmentación presenta carácter de discriminación si se la desagrega por sexo, los hombres jóvenes casi duplican a las mujeres jóvenes, ocupados en el mercado del trabajo. Si se consideran las razones esgrimida por ellas para la desocupación, sobre el 40% de las mujeres que no trabaja lo hace por razones asociadas al cuidado del hogar y los hijos; y si se consideran las razones expresadas por hambres y mujeres agregados, menos del 15% manifiesta no estar ocupado por opción (estudia, se está preparando, simplemente no quiere).

Valgan dos comentarios. i) Podría esgrimirse que la incorporación de las mujeres al mercado del trabajo va en ascenso y que en tal sentido las cifras no resultan preocupantes; sin embargo, al explorar entre las razones se evidencia que las opciones personales volitivas -no las «opciones» transmitidas/impuestas desde la herencia- no tienen un peso específico relevante. ii) En una perspectiva similar, si se considera que menos del 15% de los jóvenes no ocupados se encuentra en dicha situación por opción, la noción misma de moratoria,[6] tan cara al concepto moderno de juventud, quede al menos cuestionada por los hechos.

Por último, dentro de los jóvenes ocupados la cuestión tampoco se desenvuelve como el plan moderno quisiera, de hecho «los jóvenes de fines de los 90 perciben menos oportunidades de trabajo, menores sueldos, discriminación laboral para quienes carecen de preparación. Así, las limitantes para lograr la inserción laboral juvenil son más bien de orden restrictivo/estructural, que de orden personal o decisional. Esto implica que los jóvenes perciben el mundo laboral como un medio bastante hostil donde hay pocas posibilidades de inserción» (INJUV, 1998).

Esa afirmación se ve reafirmada y complementada en un segmento de la aproximación del investigador Mario Sandoval (Sandoval, 1998) al proponer la «lógica expresivo/consumista» como modo preferencial de participación de los jóvenes de sectores populares en la vivencia de la modernidad en construcción.

Allí se reconoce que «los sujetos legitiman el trabajo sobre sí mismos, participando activamente en el ideario de sociedad de mercado que reina en el país», principalmente a través de una inclusión fragmentaria en el consumo (aunque sólo sea en el ámbito de una representación del consumo[7]), y una inclusión también fragmentaria y precarizada en el trabajo. De manera que su acción no logra ni la efectiva participación en los mecanismos de integración modernizadores ni la emancipación personal que la modernidad supone.

En otra parte, (Contreras, 1996) he referido también es participación fragmentaria y no «modernamente emancipadora» en un posible continuo trabajo/consumo. «En general es posible afirmar (que) no ponen sus esfuerzos de construcción identitarios ahí. Lo que ocurre es más bien, que el trabajo es funcional a otros momentos y otros lugares que efectivamente otorgan sentido... el trabajo se presenta como un cotidiano paréntesis en el que la vida (sentido e identidad) queda en un ‘otro lugar’».[8]

La misma segunda encuesta nacional (INJUV, 1998) da cuenta de esta situación cuando afirma: «en esta visión de la vida, el consumo aparece subordinado al trabajo y como gran oponente de la esperanza y los ideales». Coherente con ello, entre la encuesta de 1994 y la de 1997 disminuye la valoración de atributos de la ética de trabajo, como clave del éxito personal, en el segmento socioeconómico alto su valoración cae de casi 40% a menos de 10%.

2. Emancipación modernizadora/temor y peligrosidad o ¿tradicional/moderno?

Existen múltiples indicios de que la vivencia de la juventud en la década de los 90 ha estado signada por el individualismo «puestos ahora en condiciones sociales de competencia» (INJUV, 1998), lo que claramente hace referencia a la introyección personal de una parte de los referentes de conducta modernos, aunque como se vio, no está necesariamente correlacionada con una introyección de la ética del trabajo.

Complementariamente, además de volcarse sobre sí, los jóvenes de esta década se han vuelto hacia sus familias. La encuesta nacional de juventud indica que el 87.4% de los consultados señalan que la actividad más importante de la vida tiene relación con la familia; se presenta además una altísima sintonía de acuerdos -sobre el 70%- entre los jóvenes y sus padres, especialmente en lo referido a planes futuros y permisos en general, es decir, acuerdos respecto del proyecto de sí y de regulación de la vivencia cotidiana.

Esto tiene correspondencia sinérgica con la valoración de la juventud como una etapa «que se caracteriza en su imaginario... como un período de definiciones trascendentales -qué hacer en la vida- y un período de inversión en mecanismos que permitan mejorar su inserción» (injuv, 1998), aunque como hemos visto, no necesariamente la vivencia -el realitario- se condice con el imaginario.

Así la vivencia de la juventud, sosteniendo una moratoria social que sería propia de la juventud y con el apoyo de la familia, coexiste con una vivencia de postergación e inequidad. Un imaginario en parte moderno (me preparo para ser individuo) y en parte no moderno (mis planes son acuerdo con mis padres).

Complementariamente coexisten en dicho imaginario moderno, una valoración de la juventud como etapa de preparación y como etapa de abandono al placer.

En este punto Sandoval (1998) plantea que, al menos en lo concerniente a la juventud popular, esa contradicción no operaría como tal sino bajo una lógica expresivo/consumista de renuncia a la componente preparación para el futuro (vértice capitalismo postindustrial en el esquema de Brunner, 1998) y se concentra en una sobrevivencia intensiva en la integración real o figurada en el consumo. En este contexto, y habida cuenta de las consideraciones planteadas, es posible afirmar, de modo preliminar, que el rito opera como una forma particular de interacción que posibilita, en ciertos contextos específicos, la búsqueda del otro y la construcción de la identidad (Contreras, 1996). En esta contradicción se ponen en tensión también la doble valoración antagónica de juventud como reserva base de la modernización y como elemento social marginal peligroso, ya referida por Touraine (1998).

Ahora, la manera en que los propios jóvenes se reconocen así mismo como un sujeto social, es también ambigua y contradictoria. Se perciben distintos de los adultos, pero no reconocen aspectos comunes a todos lo jóvenes, es decir, saben qué no son, pero no creen poder determinar qué son;[9] nuevamente la incertidumbre se cuela mediando la constitución de sujetos sociales.

Si como hemos visto, es posible reconocer una matriz neoconservadora entre los actuales jóvenes, a partir de su alta valoración por la familia (borrando la crisis generacional tan cara a los modernos[10]), no ocurre lo mismo respecto de la vivencia de pareja. Ésta es asumida desde una matriz claramente secularizada en que, por ejemplo, el matrimonio es valorado pero no sacralizado y los roles tradicionales de género son evidentemente puestos en cuestión.[11]

Finalmente, frente a este panorama de repliegue hacia sí, la familia o la pareja, vemos que los nodos de relación con la sociedad están puestos preferentemente también en un plano que pasa de lo público a lo privado y de lo privado a lo íntimo. Así la actividad más común en el tiempo libre es ver televisión y escuchar radio, y en términos de actividades que suponen sociabilidad, además de amigos, familia y pareja, la asistencia a la Iglesia aparece como relevante.

III. Ser joven antes, ser joven ahora; continuidad y ruptura

Para cerrar esta parte creo conveniente tamizar las afirmaciones con perspectiva temporal abarcadora. A partir del trabajo señero de Armand Mattelart (Mattelart, 1970), dos constataciones ha dado vueltas entre los que desde la academia o de la polis se han ocupado del tema. i) En ese estudio se destacó la diversidad de formas de vivir esta etapa de la vida según el tipo de experiencia cotidiana y posición social en que cada sujeto concreto se encuentra. Éste, a pesar de tener treinta años conserva vigencia en términos de fijar la atención sobre la imposibilidad de asumir la existencia de una sola juventud, de una sola forma de vivirla o experienciarla. ii) Se debe señalar que la fragmentalidad «moderno/tradicional» no es exclusiva de esta última década, ya los estudios sobre juventud de los setenta encontraron pista sobre aquello.

Así por ejemplo, en la encuesta a jóvenes secundarios realizada por ispaj en 1972 (Argandoña, 1994), menos de un 15% estaba de acuerdo con las relaciones sexuales entre pololos, mientras más del 75% estaba de acuerdo en la igualdad de derechos de las mujeres y un 83,4% con la necesidad de una ley de divorcio (más de 10 puntos porcentuales sobre la respuesta a la misma interrogante en la encuesta INJUV de 1997) y aunque más del 80% declara que la sociedad requería grandes cambios, entre los que manifiestan preferencia política más del 70% es partidario del orden establecido.

En otro estudio de principios de los 80 (Valenzuela y Solari, 1982) se pidió a jóvenes de institutos profesionales y de enseñanza media que definieran un tipo ideal de pareja, a partir de ello se los clasificó en términos del carácter conservador o liberal de la elección.

El tipo conservador agrupó el máximo de preferencias. Al cruzar esos datos con el componente socioeconómico queda claro que la configuración moderno/tradicional no existe en sentido puro, sino que siempre es un constructo de fragmentos.

En ambos casos resulta claro que ni los jóvenes son únicos u homogéneos ni son los portadores del futuro o lo moderno, ellos encarnaron durante los 70 y 80 -y lo siguen haciendo hoy- las contradicciones y tensiones de épocas signadas por el cambio.

Lo novedoso de la vivencia y condición de la juventud en esta década, no es tanto el carácter contradictorio que pueden tener aspectos modernos y tradicionales o los propios de la modernidad y los de la modernización, sino los contenidos que cada uno de esos fragmentos presenta y el modo en que se articulan.

IV. Políticas sociales frente a este desafío

En este contexto y a partir de la absoluta claridad de que como país pobre, el abordaje de esta situación reclama la concurrencia de una sociedad civil fuerte y de una política pública al servicio de ello, es que se deben puntualizar algunas cuestiones, algunos nudos que esta política social sobre juventud ha tenido. Previo a ello, y como una forma básica de expresión del contexto antes descrito para el ámbito específico de la formulación, implementación y evaluación de políticas sociales, es importante fijar la tensión en que dicha política es puesto por el marco neoliberal en que debe desarrollarse.

La expansión del liberalismo económico como doctrina y del mercado como modelo -como suerte de gran metáfora explicativa de todo- ha implicado a la política social el poner en tensión la demanda por «expandir la base personal (o el dominio protegido) de los sujetos» v/s la «homogenización de la fuerza de trabajo en un molde denominable empleabilidad».

Vamos por partes, desde que Hayek fijara las bases del «correcto liberalismo»,[12] se establece como mandato más o menos explícito de las acciones reparadoras posibles del Estado, el generar y en determinados casos reforzar la capacidad de expandir el «dominio protegido» de cada sujeto, a fin de que pueda lograr el máximo desarrollo individual que es base del máximo desarrollo social. De allí que la política social deba capacitar, habilitar y potenciar todo lo que estando contenido en el sujeto, de manera actual o futura, le posibilite el máximo de desarrollo.

Siendo interesante la perspectiva de fortalecer a los sujetos, el marco liberal impide poner en justa medida las desigualdades constitutivas de las diferencias, no sólo se trata de fortalecer a los que están en condiciones desmedradas, se trata de generar mejores condiciones para el desarrollo de sus trayectorias individuales, aunque principalmente colectivas.

La segunda parte de la tensión, la homogenización de la fuerza de trabajo bajo el modelo de empleabilidad -entendida como capacidad de desempeñarse satisfactoriamente en un mercado laboral altamente inestable y de gran flexibilidad-; guarda relación con la demanda efectiva del mercado a los jóvenes de sectores marginales.

Hoy la idea de «ejército de mano de obra de reserva» es inexacta, los datos sobre crecimiento en países desarrollados y aun en los de estos rincones del mundo, dan cuenta que es posible crecer «cargando» un volumen de jóvenes cesantes, y que esto no hipoteca -al menos en el corto plazo- el futuro de los países.

En este contexto de tensión es posible distinguir los siguientes nudos.

1. La política pública frente al desafío de la equidad o de la pobreza

En el tema de jóvenes estos diez años de gobiernos de la concertación, no han sido del todo felices.

Como todo sistema, las políticas sociales construyen su entorno así, en el caso de la juventud se los constituyó como genéricamente discriminados, por lo tanto la política social hacia los jóvenes, fue política universal, no reconociendo la diversidad, al menos respecto de conjuntos sociales de pobreza.

Toda la primera política de instalación del Instituto Nacional de la Juventud (INJ), aunque tenía programas sociales, se caracterizó por sus programas genéricos, por ejemplo la Tarjeta Joven, que aunque no es una mala idea, claramente no estaba reconociendo el desafío de una política social de jóvenes que encarara el tema de la pobreza, del tema de la equidad. De hecho el énfasis prioritario de lo social al interior del INJ no se consolidó hasta la creación del Consejo Nacional de Superación de la Pobreza, por lo menos así se reconoció por algunos profesionales del Instituto (Contreras, 1999).

Una base de explicación de esta tardanza tiene que ver con el hecho de que nosotros mismos como jóvenes de los 80, asumíamos que por ejemplo, había una tremendo deuda histórica para con los universitarios, pero ello no tenía ningún parámetro de comparación con la deuda histórica con los jóvenes pobladores.

En ese esquema, la política social de jóvenes y política social en general, ha tenido que enfrentar una importante complejidad, aprender a focalizar «donde en un contexto de recursos escasos, hay que poner la plata donde sea necesario, por lo cual focalicemos».

Las dificultades en el tema de la focalización, como requisito técnico, como decisión para la inversión y la acción, no han sido siempre, además bien manejada, respecto al efecto perverso que puede tener en el caso del trabajo con jóvenes, cual es profundizar las segmentaciones y cortes demasiados duros. Aquí aparece un tema técnico y político en el cual se debe avanzar, en donde ni el Estado ni las ong’s en general, han tenido una forma de cuadrar la ecuación.

2. El cruce políticas sociales y formación de la ciudadanía

Se pueden reconocer al menos dos entradas al tema, una primera es el escenario que a este respecto genera el derecho, la segunda está dada por la forma y lugar en que el Estado ha construido para la participación y el fortalecimiento de una sociedad civil.

Respecto de la primera la única modificación fundamental ha sido la supresión de la detención por sospecha, nos seguimos encontrando con un Estado de derecho que respecto a los jóvenes, opera de un modo autoritario. Tenemos una matriz legislativa que es mucho más punitiva que promocional, tradicionalmente ha sido así.

Respecto de la segunda, ha existido una incapacidad severa para reconocer nuevas formas de participación. Creo que tiene que ver con la matriz de formación histórica de los profesionales ocupados de estos temas, gente que se formó en la generación en los 80, y con esa matriz nos trata de explicar y de construir, nos ha costado mucho reconocer y entender nuevas formas de participación. Ahora el escenario dado por los hechos ha sido un poco distinto. Esta idea que existe respecto de la apoliticidad, como no participación, entre los jóvenes debe ser despejada. La impresión que uno tiene es que los jóvenes sí están preocupados por las cosas y el «ni ahí» sirve tanto a los jóvenes para trazar distancias, como a la sociedad para cerrar un diálogo posible en donde los jóvenes «no están ni ahí», no pescan, poniendo una vez más la responsabilidad en ellos (Contreras, 1999).

Hay nuevas formas de participación y las claves de la participación no hemos sido capaces de reconocerlas. Muy tímidamente se pueden sugerir (Contreras, 1999) que entre las claves de la participación, los aspectos que uno pudiera llamar simbólicos/rituales son mucho más relevantes de lo que se pensaba en los 80. Aquí hay un desafío, porque estamos formados en una matriz de acciones coordinadas para alcanzar cierta meta, y nos cuesta mucho manejarnos en un escenario articulado por otras lógicas.

Claramente es muy complejo para un Estado como el nuestro hacer una política que signifique fortalecer a la sociedad civil, eso es muy difícil de operar, de imaginarse. Esto es una cuestión que desde la sociedad civil también debe ser analizada, ¿cómo construir ciudadanía en un país pobre?, ¿debe hacerse en alianza con el Estado?

3. El tema de la institucionalidad

Una política pública sin una institucionalidad consistente detrás de sí, se vuelve en algo no sustentable. Es necesario preocuparse por la institucionalización de las preocupaciones, más allá del INJ o del INJUV; cualquier política social, requiere de una autoridad social, por lo menos eso nos indica la evidencia (CEPAL, 1997).

Aquí existen dos tipos de dificultades, las de estudios/focali-zación/priorización que se pueden demandar a MIDEPLAN y las que dicen relación con la coordinación y articulación que ello implica.

En el tema de jóvenes hay muchos actores y han faltado espacios de diálogo institucionalizados, que puedan crear efectivamente lazos de coordinación.

La formas concretas que la institucionalización de la preocupación por los jóvenes ha tenido, es muy deficitaria, un INJ que se ha farreado más allá de lo imaginable cualquier esbozo de legitimidad en su acción. Esto no sólo es responsabilidad de los directivos del Instituto, lo es también del ejecutivo, no se ha valorado adecuadamente el tema juvenil, se lo ha seccionado y repartido, agudizando los problemas propios del INJ.

De lo señalado, y para concluir, es limitada la aproximación que se ha hecho al tema de la exclusión juvenil, ha sumado a las limitaciones comunes al abordaje de lo juvenil (esto es generalizar y problematizar/estigmatizando); las limitaciones de las políticas públicas (muy alta dificultad para incorporar en sus definiciones la perspectiva de nuevas formas de integración en la exclusión (Robles, 1999) y análisis más comprensivos, esto es una política pública que construye su entorno como si fuera la realidad).

Así entonces, el desafío debe ir hoy por ampliar en todos los ámbitos la mirada sobre los jóvenes, abrir la construcción de la política a nuevos actores y perspectivas e incorporar, a través de las nuevas formas de participación que les son propias, a los propios jóvenes como centros de su propia construcción como personas y como sujetos sociales.

Santiago, Marzo del 2001

NOTAS

[1] En esta parte recojo el planteamiento de Fernando Robles (1999).

[2] A partir de propuesta de Vattimo es posible reconocer, en una perspectiva optimista, una sociedad de la transparencia; esto que es exagerado -al menos para los países pobres del capitalismo tardío- sirve para articular una opuesta de tensión entre la revolución en las comunicaciones/democracia, en este caso perfectamente esta tensión puede estar operando. No se democratiza necesariamente el colegio, pero la información libremente circulante y manejada por los jóvenes, les permite estructurar un lugar «liberado» desde el cual demandan, en este caso, calidad.

[3] El estudio desarrollado por Bourdieu para el caso francés, aunque específico, resulta muy ilustrador para nuestro caso.

[4] Aunque en la modernidad «extremada» o «dislocada» en posmodernidad, esa relación entre mercado y una ética personal que lo sustente se pone también en cuestión, como ya lo señalara a mediados de los 70 Bell (Bell, 1977).

[5] Según la segunda encuesta nacional de juventud, el 6,5% de los jóvenes entre 15 y 19 años están ocupados, en tanto en el tramo 25 a 29, los ocupados representan el 48,5% (INJUV, 1998).

[6] Que sirve a la sociedad para explicarse cómo es posible que durante algunos años de la vida las personas no son ni enteramente subordinadas a las generaciones anteriores ni enteramente autónomas.

[7] «...son muy permeables a los mensajes publicitarios y cuando no pueden conseguir lo que desean, se integran simbólicamente, paseándose por los mall o imitando a un ídolo de turno» (Sandoval, 1998).

[8] Aquí cabe por cierto la preocupación sobre continuidad del mercado y ética personal del trabajo.

[9] La afirmación «los jóvenes piensan de distinta manera a los adultos», concita una adhesión de más del 80%; la afirmación «los jóvenes piensan y actúan de manera parecida», menos del 45%.

[10] Pensemos en el mayo francés, el rock, la guerrilla del Che y la revolución de las flores, por sólo indicar algunas imágenes en que los jóvenes están adelantes y las anteriores generaciones claramente atrás.

[11] Casi el 90% de los encuestados están de acuerdo con la afirmación «si se acaba el amor, cada uno tiene derecho a rehacer su vida», en cambio menos de un 30% cree que «la mujer es responsable de la crianza de los hijos» (INJUV, 1998).

[12] Que distingue de uno erróneo el constructivismo racionalista que confiere poderes ilimitados a las mayorías (el liberalismo francés).

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

Argandoña, C. (1994): «¿Qué pensaban los secundarios sobre la política y otros temas? Una mirada veinte años atrás». Serie Jóvenes de Fin de Siglo. Santiago: CIDE.

Bastide, R. (1973): El próximo y el extraño; el encuentro de las civilizaciones. Buenos Aires: Amorrortu.

Bell, D. (1977): Las contradicciones culturales del capitalismo. Madrid: Alianza Editorial.

Bourdieu, P. (1999): «Los excluidos del interior». En: P. Buordieu et al.: La miseria del mundo. Buenos Aires: FCE.

Brunner, J. (1998): Globalización cultural y posmodernidad. Santiago: FCE.

Contreras, D. (1996): «Sujeto juvenil y espacios rituales de identidad: el caso del carrete». Proposiciones Nº27. Santiago: Ediciones sur.

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