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Psykhe (Santiago)

versión On-line ISSN 0718-2228

Psykhe vol.26 no.1 Santiago mayo 2017

http://dx.doi.org/10.7764/psykhe.26.1.969 

 

ARTICULOS REGULARES

REGULAR ARTICLES

 

Biografías de Género en Contextos de Cambio. Chile 1973-2010

 

Gender Biographies in Contexts of Change. Chile 1973-2010

 

Virginia Guzmán*, Rosalba Todaro*, Lorena Godoy*

* Centro de Estudios de la Mujer


El objetivo del estudio fue analizar las percepciones de hombres y mujeres respecto de cambios en las relaciones de género ocurridos en contextos de transformaciones políticas, económicas e institucionales en Chile entre 1973 y 2010 y las condiciones facilitadoras de sus entornos familiares, sociales, laborales, culturales e institucionales para cuestionar las desigualdades de género. El estudio adoptó una metodología cualitativa de tipo descriptiva y con un enfoque biográfico. La muestra intencionada estuvo constituida por 25 hombres y mujeres profesionales, pertenecientes a 2 generaciones de acuerdo a su momento de ingreso al mercado laboral (1973-1989 y 1990-2010), con quienes se realizaron relatos de vida. Los/as narradores/ras de ambas generaciones reconocieron cambios importantes en las relaciones de género en distintos ámbitos sociales, destacando las positivas consecuencias de ello, especialmente para las mujeres. Señalaron, además, condiciones a nivel familiar, laboral, educacional y social que favorecieron las transformaciones de las relaciones de género. Se pudieron identificar en los relatos de hombres y mujeres mecanismos de interacción social que reproducen desigualdades, lo que evidencia la complejidad de las transformaciones del orden de género.

Palabras clave: biografías, desigualdades de género, generación, profesionales


The aim of the study was to analyze the perceptions of men and women regarding changes in gender relations that occurred in contexts of political, economic, and institutional transformations in Chile between 1973 and 2010 as well as the facilitating conditions for challenging gender inequalities provided by their family, social, work, cultural, and institutional environments. The study adopted a qualitative methodology of a descriptive type and employed a biographical approach. The purposive sample was comprised by 25 professional men and women grouped into 2 generations depending on their time of entry to the labor market (1973-1989 and 1990-2010), with whom life stories were generated. The narrators from both generations identified major changes in gender relations in several social areas, highlighting the positive consequences of this, especially for women. They also pointed out certain family, labor, educational, and social conditions that favored transformations of gender relations. In the accounts of men and women, it was possible to identify social interaction mechanisms that reproduce inequalities, which shows the complexity of gender-related transformations.

Keywords: biography, gender inequalities, generation, professionals


 

Las profundas transformaciones socio económicas y culturales experimentadas por las sociedades latinoamericanas desde el inicio de la década de los 70, acrecentadas con el proceso de globalización, han motivado la reflexión sobre las interrelaciones que se establecen entre dichas transformaciones y los cambios en el orden de género (Guzmán Barcos & Montaño Virreira, 2012). Este estudio abordó esta pregunta para el caso de la sociedad chilena, la que bajo el gobierno militar (1973-1989) inició más tempranamente que otros países de la región las transformaciones del sistema económico y político (Domingues, 2004; Harvey, 2005/2007; Todaro, 2009).

El orden de género, sustentado en factores estructurales relativos a la división sexual del trabajo y en discursos y normas que cada sociedad construye para definir las relaciones entre los sexos y las esferas principales de integración social de hombres y mujeres, constituye una dimensión organizadora de la vida social, las relaciones sociales, las relaciones de poder y la identidad de las personas (Archer, 2008; Butler, 1999/2001, 2005/2009; Scott, 1986/1990). Por ello, este orden es afectado y afecta las transformaciones económicas, socio-culturales e institucionales que ocurren en las sociedades.

Los cambios en el orden de género revisten gran complejidad, debido a que en su reproducción convergen mecanismos discursivos y normativos que, en base a la asignación de atributos desigualmente valorados a hombres y mujeres, construyen a cada género como categoría social separada por fronteras materiales y simbólicas. Esta categorización moldea la subjetividad personal y colectiva, pues los miembros de cada categoría interiorizan los atributos que les son asignados, legitimando el poder de una categoría sobre otra y la distribución desigual de recursos y reconocimiento entre ellas (Lamont & Molnár, 2002; Tilly, 1998/2000). Sin embargo, hombres y mujeres también pueden cuestionar y confrontar dichas atribuciones y, de ese modo, redefinir estas fronteras que mantienen las desigualdades de género (Tilly, 1998/2000). Las transformaciones en las relaciones de género que estas confrontaciones dan lugar suceden en distintos ámbitos sociales, a diferentes ritmos y siempre situadas históricamente, todo lo cual plantea particulares desafíos a cada generación, es decir, a personas que han crecido contemporáneamente y han experimentado similares influencias directrices de la situación político social y de la cultura (Mannheim, 1928/1993).

En el periodo que se inicia con el golpe de Estado de 1973 y hasta la primera década del siglo XXI Chile experimentó una profunda crisis político-institucional, que trajo radicales transformaciones económicas, políticas, sociales y culturales. Con el retorno de la democracia (1989) y hasta 2010 algunas transformaciones económicas y laborales se consolidaron, al mismo tiempo que se impulsaron cambios sociales y culturales orientados a una mayor igualdad social en un contexto de globalización cultural.

En este marco temporal se distinguen dos momentos. El primero, que se extiende desde 1973 hasta 1989, en el que la dictadura que siguió al golpe de Estado introdujo cambios en el patrón de acumulación y en las relaciones entre distintos agentes económicos, dando origen a un nuevo orden social, cuya concepción y regulación se expresaron en la Constitución de 1980 y el Plan Laboral de 1978 (Escobar, 2009; Feres, 2009). El régimen militar reafirmó la imagen de las mujeres como madres y esposas defensoras de la patria (Munizaga & Letelier, 1988) y clausuró los espacios de participación social y política conquistados en los gobiernos precedentes. Sin embargo, en este contexto de persecución política y modernización autoritaria, las crisis económicas impulsaron la organización comunitaria y la participación laboral femenina, como expresiones de una estrategia de subsistencia familiar. Las redes que emergieron entre mujeres, que incluyeron a aquellas que estaban en el exilio, constituyeron un espacio de circulación de discursos cuestionadores de las relaciones de género que fueron apropiados por el movimiento de mujeres que participó activamente en la oposición al régimen militar (Araujo, Guzmán & Mauro, 2000).

Un segundo momento se inicia con el retorno a la democracia (1989-2010) y está marcado por la consolidación de las reformas económicas y laborales introducidas por el régimen militar, la implementación de reformas políticas y cambios culturales tendientes a una mayor aceptación de la diversidad, de los derechos a la privacidad (Cohen, 1999) y la igualdad de género, que se instalan en la agenda política de los gobiernos de la Concertación de Partidos por la Democracia, amplia alianza política de centro izquierda que gobierna entre los años 1990 y 2010, formada por el Partido Socialista, Partido Demócrata Cristiano, Partido por la Democracia, Partido Radical Social Demócrata y otros partidos más pequeños.

Parte fundamental de la agenda de género ha sido la igualdad de oportunidades en el mercado laboral, en tanto el trabajo remunerado contribuye a incrementar la autonomía personal y económica de las mujeres, aprovechar sus crecientes niveles educacionales y reducir la pobreza (Centro de Estudios Públicos [CEP], 2012; Fries, 2010; Garretón, 1999, 2007; Guzmán Barcos, 2011; Guzmán & Godoy, 2009; Guzmán & Mauro, 2004; Martínez & Palacios, 2000; Palma, 2007; Programa de Naciones Unidas Para el Desarrollo [PNUD] 2006, 2010; Servicio Nacional de la Mujer, 2002; Sharim, 2005; Todaro & Yáñez, 2004; Valdés, 2010; Valdés E. & Valdés S., 2005).

Diversas encuestas de opinión realizadas en el país confirman este sentido del trabajo remunerado para las mujeres como espacio de realización personal y autonomía económica (CEP, 2012; Corporación Humanas, 2016), al mismo tiempo que se percibe al mercado laboral como uno de los ámbitos que más las discrimina. Las encuestas de opinión nacionales realizadas por la Corporación Humanas desde el año 2005 a la fecha identifican en primer lugar al trabajo como ámbito de la vida diaria en que las mujeres son discriminadas, en contraste con la familia, que aparece en último orden de importancia. Por su parte, el Mapa de Género y Elite elaborado por el PNUD (2010) indicaba que el campo del poder económico es donde menor cantidad de mujeres ocupaba cargos de poder, en comparación con el campo de poder político, simbólico y social.

De acuerdo a lo expuesto, el objetivo del estudio fue analizar las percepciones e interpretaciones de hombres y mujeres sobre los cambios ocurridos en las relaciones de género, preferentemente en los ámbitos del trabajo y la familia en el contexto histórico señalado. Con este objetivo, se analizaron las percepciones de quienes ingresaron al mercado laboral en el periodo señalado, sobre: (a) los cambios percibidos en sus dinámicas familiares y en sus entornos laborales, identificando en cada ámbito las características atribuidas a sí mismos y al otro género; (b) las condiciones facilitadoras de la transformación de las desigualdades de género y (c) los mecanismos de interacción social que reproducen las desigualdades de género.

Método

Diseño

La investigación fue de carácter cualitativo, de tipo descriptivo, dirigida a comprender los significados que las personas otorgan a los fenómenos sociales, reconstruyendo sus marcos de referencia (Krause, 1995; Vasilachis de Gialdino, 2009). Se optó por el enfoque biográfico, de orientación hermenéutica y etno-sociológica (Perren, 2012), pues permite comprender “la relación entre las condiciones concretas de existencia y la vivencia”, evitando “la oposición entre individuo y sociedad” y aprehendiendo “las relaciones recíprocas o de reciprocidad entre el punto de vista subjetivo de la persona y su inscripción en la objetividad de una historia” (Cornejo, 2006, pp. 102-103).

Los resultados que se presentan forman parte de una investigación más amplia que consideró la participación de personas que se incorporaron al mercado laboral en el periodo indicado y que procedían de distintos grupos socio-ocupacionales.

Participantes

Se realizó un muestreo intencional, siguiendo criterios de conveniencia del investigador o de los objetivos de la investigación, de acuerdo con los siguientes criterios de inclusión:

- Sexo. Hombres y mujeres.
- Posición generacional. Como lo afirma Mannheim (1928/1993), compartir una posición común en el ámbito social no alude al hecho de que se nazca cronológicamente al mismo tiempo, sino a que personas contemporáneas participen en sucesos y vivencias comunes y vinculadas. “Sólo un ámbito de vida histórico-social común posibilita que la posición en el tiempo cronológico por causa de nacimiento se haga sociológicamente relevante” (p. 216). Asumiendo esta perspectiva, se distinguieron dos posiciones generacionales en función del momento de ingreso al mercado laboral de hombres y mujeres activos laboralmente al momento del estudio:

- Primera generación. Ingreso al mercado laboral entre 1973 y 1989.

- Segunda generación. Ingreso al mercado laboral entre 1990 y 2010.

- Categoría socio ocupacional. Los convocados fueron personas que contaban con formación profesional, que desempeñaban ocupaciones acordes con esta formación y que tenían un nivel similar de educación, de niveles de ingresos y de acceso al bienestar y al consumo (Barozet, 2007). De acuerdo a lo señalado por anteriores estudios, esta categoría socio-ocupacional presenta mayor apertura que otras a cuestionar mandatos de género, adherir a discursos de igualdad de género y adoptar estilos de vida y arreglos familiares más alejados de modelos tradicionales (Godoy & Mauro, 2001; Grupo Iniciativa Mujeres, 1999; Guzmán, Mauro & Araujo, 1999). Esta pertenencia a una misma categoría socio-ocupacional incrementa la potencial participación en un ámbito de vida histórico-social común.
- Situación familiar. Hombres y mujeres con pareja e hijos, para analizar los cambios percibidos en sus dinámicas familiares.
Los participantes fueron contactados mediante informantes clave, seleccionados de las bases de datos del Centro de Estudios de la Mujer y otros centros de estudio, y por medio de la estrategia de bola de nieve. Se entrevistó a 25 personas, con edades entre los 32 y los 65 años, de los cuales 14 habían ingresado al mercado laboral en el primer momento (7 hombres y 7 mujeres) y 11 en el segundo momento (4 hombres y 7 mujeres). Las profesiones de los hombres fueron ingeniería, odontología, psicología, periodismo y educación y las de las mujeres, pedagogía, psicopedagogía, diseño, ingeniería, medicina y odontología.

Instrumentos

Los relatos de vida producidos permitieron reconstruir los hechos ocurridos en la vida de las personas y la vivencia personal frente a ellos (Sharim, 2005; Stecher, 2012). En los relatos los participantes articularon significativamente una selección de acontecimientos individuales y sociales dentro de una trama desplegada en una secuencia temporal que adquirió sentido al interior de cada encuentro.

Con cada participante se efectuó un encuentro de una hora y media en promedio y, con quienes relataron situaciones menos frecuentes en términos de relaciones de género, se realizó un segundo encuentro en un intervalo de 15 días para profundizar en dichas situaciones. Todos los encuentros fueron grabados y en ellos estuvo una investigadora del equipo, acompañada por un/a observador/a (estudiantes en práctica de la carrera de Sociología de la Universidad Alberto Hurtado y la Universidad Diego Portales). La consigna inicial fue:

Estamos interesados/as en conocer las transformaciones sociales y los cambios en las relaciones entre hombres y mujeres que han ocurrido en el país en las últimas décadas. Por eso, quisiéramos que nos cuente sobre su vida, su familia de origen, su familia propia, su experiencia de trabajo y sobre lo que ha pasado en el país.

Procedimiento

Los relatos fueron realizados entre los años 2013 y 2015, 20 en Santiago y cinco en Talca. Se solicitó a las personas firmar una carta de consentimiento elaborada por el Comité de Ética del Centro de Estudios de la Mujer, que explicaba los propósitos de la investigación, el carácter voluntario de la participación, confidencialidad y uso estrictamente académico de la información, y se solicitaba autorización para grabar cada encuentro.

Estrategia de Análisis

Al finalizar cada encuentro, la dupla investigadora-observador/a elaboraba un primer análisis para aprehender el sentido principal del relato, la manera en que cada narrador se posicionaba en la situación, las imágenes que transmitía de sí y los hitos importantes de su vida.

Las transcripciones completas de cada relato fueron ingresadas al programa ATLAS.ti y sometidas a un análisis individual o intra-caso, para lo que se construyó una matriz para cada relato que consignó los eventos más significativos mencionados por cada narrador en distintos momentos del ciclo vital (infancia, juventud, adultez) y diferentes ámbitos de su vida (familia, educación, trabajo), identificando sus percepciones sobre las relaciones de género. Luego, se realizó un análisis transversal o inter-caso para identificar la recurrencia de algunas experiencias de especial significación en la construcción de relaciones de género entre distintos narradores (Cornejo, Mendoza & Rojas, 2008), lo que lo permitió poner en relación los distintos relatos. Para ambos momentos del análisis se siguieron los procedimientos de la teoría fundamentada, en un primer momento, identificación de conceptos y categorías (codificación abierta) y, luego, establecimiento de relaciones entre los conceptos y categorías (codificación axial; Glasser & Strauss, 1967). El análisis axial permitió distinguir ejes temáticos transversales que orientaron la lectura de los relatos y posibilitaron responder a los objetivos: dimensiones y contenidos de la identidad personal priorizados por hombres y mujeres; dinámicas familiares, dinámica de pareja y reparto de trabajo doméstico y de cuidado; dinámicas laborales y rasgos de hombres y mujeres en el mercado laboral; condiciones facilitadoras y obstaculizadoras de cambios en las relaciones de género; y mecanismos reproductores de la desigualdad de género.

Los criterios de rigor y calidad (Krause, 1995) adoptados para el estudio fueron el de densidad, pues en la producción y en el análisis de los relatos se incluyó información detallada de los significados que los narradores asociaban a los fenómenos indagados, y el criterio de intersubjetividad, en tanto el análisis de los relatos implicó en un primer momento a la dupla que participó en cada relato y, una vez transcritos cada uno de ellos, al equipo de investigadoras. En aquellos casos en los que se realizó un segundo encuentro con los narradores, se conversó con ellos respecto del primer encuentro, lo que fue incluido en el análisis final de sus relatos.

Resultados

El análisis de los relatos de vida se presenta de acuerdo a los objetivos formulados, distinguiendo al interior de ellos lo señalado por los narradores, de acuerdo a su género, edad, posición generacional y profesión. El total de relatos que aquí se analizaron fue 25 (todos correspondientes a profesionales), mientras que en el estudio completo se hicieron 59 relatos de participantes de diferentes categorías socio-ocupacionales. Es por ello que en ocasiones la numeración asignada a cada relato es superior a 25.

Los Cambios Percibidos

Los hombres y mujeres de la primera generación se refieren de manera más explícita que los narradores de la segunda generación a los fuertes cambios en el ámbito social y político ocurridos al momento de ingresar al mercado laboral: el golpe de Estado, la persecución política que le siguió, las restricciones a la vida social y el clima en los lugares de trabajo, marcado por el miedo, el control político y la pérdida del empleo en un mercado que se volvía más inestable:

Yo estaba matriculada con el cambio social en Chile, con el cambio, o sea, yo marchaba, yo discutía y toda esta cosa, entonces, cuando llega este momento, el golpe, y tú tienes que aprender que el mundo te cambió, que tú no puedes hablar, que tu familia sale al exilio… ?silencio? fue terrible, porque tú salías de aquí de estas cuatro paredes y tampoco era muy bueno el ambiente, porque tampoco podías hablar tanto, me entiendes tú, tú salías y te encontrabas con esta otra realidad que se te venía encima, que era dura y que era deprimente. (E26, mujer, 62 años, primera generación, médica)

En el ámbito familiar, reconocen una marcada discontinuidad entre sus biografías y las de sus progenitores. Las mujeres mencionan el contraste entre las vidas de sus madres —dedicadas al cuidado y formación de sus hijos y al desarrollo laboral de sus maridos— y la vida propia, en la que intentan articular sus roles de madres y esposas con el desarrollo profesional y laboral:

La vida anterior era distinta, o sea, fue un cambio en 180 grados de vida, de una vida en que mi mamá era dueña de casa —a pesar de que ella tenía su profesión, ella nunca trabajó, hacía reemplazos por ahí; mi papá era sostenedor—, (…) vivíamos en provincia y de repente viene esta cosa que desarma todo. Fue la vida que yo conocí, o sea, de repente a los 13 años uno como que recién empieza a darse cuenta de… eran dos mundos absolutamente distintos. Era el mundo de mi mamá, que era dueña de casa y con nana ?empleada doméstica? en la casa y todo, y mi mundo, en que eran las cosas distintas, yo tenía que trabajar. O sea, ya no era el sistema que con el sueldo de mi marido podíamos vivir, o sea, los dos teníamos que trabajar. Además, que yo había estudiado y también quería trabajar. (E42, mujer, 55 años, primera generación, ingeniera agrónoma)

La vida de mi mamá era muy diferente. Mi mamá es dueña de casa, no ha trabajado nunca. Mi mamá es una mamá tradicional de hacer queques, postres de leche, de tejer, de bordar. Mi mamá plancha, tiene su huerto. Ella tiene una vida así, distinta. (E10, mujer, 50 años, primera generación, profesora)

Las figuras paternas aparecen en los relatos de las narradoras de la primera generación como portadoras de discursos de género contradictorios. Al mismo tiempo que padres y madres reproducen discursos y prácticas de género tradicionales —ejercen control sobre sus hijas, transmiten la idea de superioridad de los hombres y refuerzan la importancia del matrimonio y la maternidad—, las apoyan para que continúen sus estudios y se enorgullecen de sus logros profesionales. Las mujeres reconocen y agradecen este apoyo, así como el estímulo de otras figuras femeninas, generalmente profesoras, para lograr independencia personal y autonomía económica. Las mujeres de la segunda generación, en tanto, toman distancia de sus familias de origen en cuanto a conformación de parejas, uso del tiempo personal, arreglos familiares, pero, al igual que las mujeres mayores, reconocen la enorme importancia del apoyo y confianza que recibieron de sus madres y padres para su desarrollo profesional.

Por su parte, los hombres de la primera generación se perciben como una generación “bisagra” entre periodos con lógicas familiares, culturales y laborales muy distintas. A diferencia de sus padres, cuyas familias estaban organizadas de manera tradicional —padre proveedor, madre dueña de casa—, la mayoría formó pareja con mujeres profesionales que se incorporaron intermitentemente al mercado laboral, en función de las exigencias familiares y del proyecto profesional de ellos.

Las historias familiares de los hombres de la segunda generación muestran mayor variación y heterogeneidad en relación a los narradores mayores. En algunos casos provienen de familias cuyas madres trabajan en forma remunerada, con padres separados que han formado nuevas parejas. Al igual que las mujeres narradoras de la misma generación, el paso por la universidad y el mayor acceso a viajes fuera del país les permitió relacionarse con personas de distintas procedencias sociales, estilos de vida, costumbres y normas de relacionamiento. Varios narradores se distancian de imágenes masculinas que encarnan sus padres, a quienes describen como fríos, rígidos y autoritarios, y se definen a sí mismos en sus roles de padres con mayor conexión y expresividad emocional. Si bien para todos el éxito profesional es importante, expresan distintas posiciones al respecto: distanciamiento (en base a una visión negativa de la modernidad en un sentido amplio) y fuerte adhesión o cuestionamiento de la centralidad asignada al trabajo en la identidad masculina. De hecho, aunque el trabajo es un ámbito que articula sus relatos, lo es de un modo más relativo, pues los vínculos con sus hijos y espacios de desarrollo personal fuera del trabajo también aparecen como ámbitos que organizan sus relatos.

Otro ámbito en el cual se manifiestan las diferencias que los narradores establecen con sus familias de origen es la relación de pareja. Si bien, como se indicó, los hombres de la primera generación marcan diferencias entre la relación de pareja de sus padres y la propia, mantienen una visión de sus parejas mujeres fundamentalmente como madres, esposas y compañeras que los escuchan, acogen y valoran el consejo y apoyo afectivo que les brindan especialmente en momentos críticos. El hecho de que sus parejas sean mayoritariamente profesionales que trabajan en forma remunerada, aunque de manera intermitente, no parece haber modificado de manera importante esta concepción. Como lo expresa un narrador:

Siguiendo a Maturana, yo digo que la mujer es la matriz, la que acoge, que recibe. (E19, hombre, 65 años, primera generación, psicólogo)

Destacan los atributos y roles femeninos y su complementariedad con los masculinos y, en cuanto al desarrollo de trayectorias laborales, se aprecia una supeditación de sus parejas al desarrollo laboral de ellos.

Los hombres de la segunda generación en su mayoría tienen parejas profesionales con inserciones laborales estables. Expresan en sus relatos los núcleos de tensión que enfrentan con sus parejas relativos a la crianza, distribución del trabajo doméstico y dedicación al trabajo profesional, aspecto este último en el que temen que el alto compromiso laboral de ellas redunde en menor atención y disponibilidad hacia ellos y la familia y en una pérdida de control sobre el uso del tiempo de ellas:

Los problemas con mi señora son por eso, es una cosa horrible, no deja de trabajar nunca. (…) Creo que ayer me fui como a las 3 de la tarde, fui a buscar a los niños y me fui al parque. Mi señora, eran las 7 de la tarde, y todavía no aparecía. (E40, hombre, 40 años, segunda generación, ingeniero)

Más apropiados de un discurso pro igualdad de género, estos hombres critican lo que consideran incoherencia de las mujeres, quienes, junto con afirmar su autonomía, no renuncian a la protección y provisión masculina en las relaciones cotidianas.

Las mujeres de ambas generaciones otorgan una importancia fundamental al apoyo material y afectivo de sus parejas hombres para el desarrollo de sus proyectos laborales. Este apoyo, que incluye repartos más equitativos del trabajo reproductivo, les permite superar sentimientos de culpa por la separación de los hijos por motivos laborales, valorizarse como profesionales y enriquecer los vínculos de pareja (Chinchilla, León, Torres & Canela, 2006; Löwy, 2006). Por el contrario, la ausencia de este apoyo intensifica la jornada de trabajo, aumenta las tensiones internas, reduce el tiempo propio y genera en ellas sentimientos de soledad y falta de reciprocidad de sus parejas, lo que es vivido como expresión de desamor:

Yo tuve todo el apoyo de mi marido y de mis papás, porque si no, no me habría resultado pa na po ?para nada pues?. Sí, Dios me dio tanto en el lado familiar, que eran tan maravillosos mis viejos, mis hijos, mi marido. Mi marido me decía "me van a nombrar la mejor mamá del año, me van a dar el premio a la mejor mamá del año". (E39, mujer, 55 años, primera generación, profesora universitaria)

A diferencia de los hombres de la primera generación, las mujeres de ambas generaciones, y en menor medida los hombres de la segunda generación, reconocen más nudos de tensión y conflicto en sus relaciones de pareja. Las narradoras más jóvenes son especialmente explícitas al señalar que la crianza, las labores domésticas, el tiempo de trabajo y la sociabilidad entre amigas suelen ser temas de conflicto y negociación.

En relación a los cambios en el ámbito laboral, hombres y mujeres de la primera generación mencionan una serie de transformaciones que se inician con el golpe de Estado y que se consolidaron con el paso del tiempo. Los hombres destacan la capacidad que demandaron las nuevas condiciones del mercado laboral, lo que constituyó un punto de comparación entre quienes pudieron adaptarse a los cambios y quienes fracasaron:

La relación que hay entre empleado y la empresa cambió en todas las industrias. Antes eh... tu padre te decía “Mira, estudia una carrera, después consíguete trabajo en una buena empresa, trabaja duro durante 40 años, qué sé yo, y la pega te duraba unos 40 años, y al final del camino va a estar tu recompensa”. Hoy día, a propósito de la globalización, de las fusiones, de que una empresa la compran, desaparece, ya no existe esa relación con la

empresa. Yo no tengo garantizado mi trabajo, aunque lo haga muy bien, porque compran una compañía (…) eso hace que la gente a su vez no tenga hoy el mismo compromiso y lealtad con la empresa como lo tenía antes. Hoy día mis sobrinos se cambian de empresa, pero, así como cambiarse de zapatos. (E18, hombre, 64 años, primera generación, publicista)

Un cambio que destacan hombres y mujeres de ambas generaciones en este ámbito es el ingreso de las mujeres al trabajo, lo que constituye una de las manifestaciones más importantes de las transformaciones en las relaciones de género. Al respecto, es posible notar algunas diferencias entre los narradores.

Los hombres de la primera generación, aunque no siempre valoran la mayor presencia de mujeres en el mercado laboral, siempre apoyan y promueven el desarrollo profesional de sus hijas. Además, realzan cualidades propiamente femeninas que contribuyen al buen funcionamiento de las organizaciones y a la relación con los clientes y las hacen especialmente aptas para ocupaciones de carácter administrativo o de venta. Al mismo tiempo, insinúan el uso de la seducción, más apego a las normas (rigidez) y dificultades para priorizar la importancia relativa de los problemas, lo que enlentece la toma de decisiones. Mencionan, además, la conveniencia de jornadas laborales con horarios previsibles para ellas, pues les permiten combinar trabajo y responsabilidades familiares, las que siguen concibiendo como femeninas.

Es interesante mencionar el contraste entre esta forma de ver a las mujeres trabajadoras y el modo como se describen a sí mismos: creativos, capaces de tomar decisiones, asumir riesgos, solucionar problemas e identificar oportunidades. Se trata de características especialmente promovidas y valoradas en el capitalismo neoliberal (Boltanski & Chiapello, 1999; Harvey, 2005/2007), en torno a las cuales estos narradores organizan sus relatos. La ausencia de estas capacidades, concebidas como predominantemente masculinas, no es vivida solo como un fracaso laboral, sino también como menoscabo a su masculinidad.

La visión que tienen de las mujeres trabajadoras es fundamentalmente como madres, lo que no es siempre algo positivo. Un narrador señala que ellas trasladan a sus relaciones laborales “el instinto maternal”:

Es una cosa que yo no lo soporto, a mis compañeras les digo que son mamá Chepa [Doña Chepa es un personaje famoso de una telenovela brasileña], y tenemos todo un estilo acá que se llama mamá chepismo, son controladoras, son agujas ?entrometidas?. (E21, hombre, 48 años, segunda generación, profesor secundario)

Otro narrador afirma:

La mujer que trabaja no cumple su deseo de maternidad; lo único que quieren es tener un hijo, dedicarle cinco, seis años y después volver al trabajo. (E12, hombre, 55 años, primera generación, ingeniero)

A diferencia de los hombres de la primera generación, los de la segunda enfrentan un mercado con mayor presencia femenina y con más mujeres profesionales y en posiciones de mando. Ellos reconocen las experticias y capacidades de las mujeres, destacan su fuerte implicación con el trabajo y el sentido de realización personal que les otorga. No obstante, manifiestan una visión de las mujeres como recién llegadas al mundo del trabajo, aún ganándose su lugar en este ámbito —lo que en cierto sentido comparte la generación mayor—, condición que explicaría lo competitivas y arrolladoras que pueden llegar a ser y la postergación de la vida personal y familiar en pos de proyectos laborales, todos comportamientos que critican:

Ellas están como ganándose un espacio, entre comillas. Para hacerse respetar a veces arrasan con todo lo que hay al lado, sin darse cuenta. (E16, hombre, 36 años, primera generación, odontólogo)

No sé lo que buscan las mujeres, se ponen una suerte de máscara, se ponen duras para demostrar que son iguales o mejores que los hombres. (E33, hombre, 40 años, primera generación, ingeniero)

Mujeres trabajólicas, en búsqueda de reconocimiento. (E40, hombre, 40 años, primera generación ingeniero)

Esta forma en que los hombres ven la relación de las mujeres con el trabajo difiere del modo como las narradoras se ven a sí mismas en tanto trabajadoras. Las de la primera generación, cuyas trayectorias laborales continuas y ascendentes representan una excepción entre las mujeres de su generación, se definen como trabajadoras responsables y perseverantes y con capacidad de relacionarse con las personas, generar confianza, manejar conflictos y distanciarse de juegos de poder. Las mujeres de la segunda generación, con trayectorias muy heterogéneas entre sí, destacan su capacidad de innovación, gestión, negociación y mejor manejo de las relaciones laborales e interpersonales que los hombres y critican las malas prácticas empresariales.

Muy conscientes de los obstáculos que enfrentan en el trabajo —donde suelen ser menos reconocidas, más exigidas, más controladas y menos aceptadas sus sugerencias e iniciativas— y de las dificultades (en ningún caso incompatibilidades) para articular la vida laboral y familiar, las mujeres de ambas generaciones afirman que el trabajo constituye para todas una dimensión muy importante de sus proyectos de vida y una fuente de

satisfacción, autoestima y auto eficacia. De acuerdo con ello, organizan sus relatos en un fluir entre distintos ámbitos de la experiencia —maternidad, pareja, trabajo, amistades—, buscando su articulación. Se aprecia entre las mujeres de la primera generación mayor disposición a supeditar sus expectativas laborales al bienestar de sus hijos/as, en relación a las mujeres de la segunda generación, quienes desde jóvenes se orientaron hacia el desarrollo profesional y laboral. De todos modos, varias de ellas han debido reorientar sus trayectorias laborales, debido a imprevistos asociados a la maternidad y cuidado de los hijos.

Las Condiciones Facilitadoras de la Transformación de las Desigualdades de Género

Como se desprende de lo expuesto, los narradores reconocen varias condiciones que han ayudado a transformar las tradicionales relaciones entre hombres y mujeres, abriendo espacios para nuevas formas de relacionamiento en distintos ámbitos de la vida social.

En un plano general, coincidieron en señalar la recuperación de la democracia, la mayor diversificación de estilos de vida, la circulación de discursos globales y nacionales sobre nuevas concepciones y prácticas de género y la institucionalización en la agenda pública de la igualdad de género como condiciones que han contribuido a generar una fuerza social y cultural que favorece el cuestionamiento y debilitamiento de las fronteras materiales y simbólicas en base a las cuales se construyen las desigualdades de género.

De manera particular, destacaron la presencia de mujeres en el mercado laboral, como manifestación y al mismo tiempo impulso de transformaciones en las relaciones de género, por la autonomía económica y personal que brinda a muchas mujeres y por la presión que ejercen por nuevos arreglos familiares en materia de reparto del trabajo doméstico.

En el ámbito laboral algunas mujeres valoraron la presencia de hombres que, ya sea como superiores o pares, las reconocen profesionalmente y apoyan para desarrollar sus carreras laborales.

En cuanto a sus familias de origen, las mujeres reconocieron la importancia del apoyo de sus madres y padres para su desarrollo profesional y laboral. Varias se comparan con sus madres y abuelas, pudiendo definir los límites de su identidad y evaluar el camino recorrido hacia una mayor independencia.

El acceso a la universidad permitió a todos los narradores conocer estilos de vida muy diferentes al de sus familias de origen, ampliando sus modelos de vida, pareja, familia y paternidad.

Lo señalado por un narrador de la segunda generación ilustra lo mencionado:

En la vida aprendí cosas que no veía (…) yo hoy día tengo amigos, producto de un compañero de universidad del MBA que es gay. Y he aprendido con mis hijos y con mi señora principalmente que uno tiene que ser flexible, resiliente (…) creo que soy un hombre en esencia más sentimental o emocional de lo que podría haber sido hace 15, 20 años. Y eso ha sido en gran medida por mi núcleo familiar, más que por mis orígenes. (E40, hombre, 40 años, primera generación, ingeniero)

El apoyo de sus parejas es una condición que resulta fundamental para muchas mujeres narradoras, especialmente en parejas cuya distancia de recursos en términos educativos, laborales y de ingresos es pequeña, en el desarrollo de sus proyectos laborales y personales y en arreglos familiares más equitativos en cuanto a la distribución del trabajo doméstico y de cuidado de los hijos.

Los Mecanismos de Interacción Social que Reproducen las Desigualdades de Género

Los cambios en materia de género que valoran los/as narradores/as en sus relatos conviven con ciertos mecanismos discursivos y normativos que orientan las interacciones y legitiman, de manera más o menos explícita, relaciones de dominación entre hombres y mujeres.

Un primer mecanismo es la categorización y creación de fronteras simbólicas y materiales (Lamont & Molnár, 2002). Los hombres atribuyen a las mujeres rasgos, comportamientos y determinados espacios sociales que las definen como miembros de una categoría social subordinada, en tanto ellos se perciben como miembros de una categoría social dominante. Los rasgos típicamente atribuidos a un grupo de bajo estatus en sistemas estables de inequidad, como el de género, se asocian con la conducta deferente que los dominantes demandan de los subordinados y tienen un carácter descriptivo y prescriptivo, lo que explica el hecho de que la desviación de estos atributos y roles, especialmente en el caso de las mujeres, sea sancionada (Rudman & Glick, 2001).

Las mujeres narradoras, particularmente las de la primera generación, se definen a partir de los rasgos positivos que les son atribuidos en el espacio laboral por superiores y por colegas masculinos, entre los que destacan su capacidad de ser empáticas, responsables, perseverantes y correctas, al mismo tiempo que toman distancia de apelativos como conflictivas e indecisas. Algunas mujeres, especialmente de la segunda generación, reconocen en ellas rasgos típicamente asociados con los hombres —orientación al trabajo, priorización del desarrollo profesional— por sobre proyectos familiares, competitividad y asertividad. Ellas son miradas con sospecha por superiores y colegas masculinos y calificadas por algunos narradores como arrasadoras o “trabajólicas, en búsqueda de reconocimiento”.

Las mujeres despliegan diversas estrategias para encontrar un lugar razonablemente confortable dentro del sistema de dominación de género, poniendo en práctica una suerte de adaptación subordinada. Una forma de hacerlo es contrarrestar los efectos restrictivos de las representaciones femeninas en el mundo laboral, para lo cual se diferencian del colectivo de mujeres, afirmando su singularidad. Reconocen en sí mismas capacidades que son atribuidas típicamente a los hombres: creatividad, innovación, capacidad de negociación y defensa de derechos. Estas características les asegurarían reconocimiento social y las protegerían de la discriminación. Sin embargo, la afirmación de su singularidad mantiene inmodificable la percepción de las características atribuidas al resto de las mujeres trabajadoras y debilita el sentimiento de pertenencia a un colectivo mayor, mermando las posibilidades de solidaridad en tanto grupo dominado. Además de esta diferenciación, algunas mujeres conciben muchas de las cualidades típicamente femeninas que les son atribuidas —empatía, compromiso, responsabilidad, desinterés por las luchas de poder— como expresiones de una especie de superioridad moral.

En el ámbito de las relaciones de pareja y el espacio familiar se advierten otros mecanismos. Frente a las dificultades para establecer con sus parejas repartos más equitativos de trabajo doméstico y de cuidado de los hijos o para enfrentar el poco apoyo a su desarrollo profesional y personal, algunas mujeres argumentan la existencia de ciertas características derivadas de la naturaleza propiamente masculina o de la historia familiar de sus parejas. Refieren la presencia “nefasta” de madres controladoras o “seductoras” en la vida de sus parejas hombres, que les lleva a vivenciar cualquier demanda de ellas como control y restricción de su libertad, o, por el contrario, la ausencia de madres que afecta la empatía y sensibilidad en sus relaciones interpersonales. Los hombres, por su parte, se refieren a las consecuencias negativas del autoritarismo y rigidez de sus padres en el reconocimiento y expresión de sus afectos.

Aunque muchas mujeres se quejan de estos comportamientos masculinos auto centrados e impositivos o del incumplimiento de acuerdos sobre el reparto de trabajos, ellas experimentan estas situaciones desde la lógica del amor/desamor y mucho menos desde el principio de justicia de género en la distribución de responsabilidades y oportunidades. Evitan la confrontación directa con sus parejas y más bien tratan de influir en ellos mediante mecanismos indirectos, por ejemplo, recurrir a formas de persuasión, generalmente apelando a las necesidades de los hijos, para conseguir cambios en el comportamiento de sus parejas.

Discusión

El análisis de los relatos de hombres y mujeres ha permitido aproximarse al modo como las transformaciones institucionales, laborales y socioculturales experimentadas por la sociedad chilena desde 1973 hasta la primera década de este siglo han incidido en la transformación de discursos y prácticas de género, particularmente en el ámbito del trabajo y la familia. Pero también han hecho posible conocer las tensiones que generan estos cambios y los mecanismos de reproducción de desigualdades utilizados por hombres y mujeres.

Todos los/as narradores/as reconocen cambios ocurridos en las relaciones de género y valoran los efectos positivos que ello ha significado especialmente para las mujeres. Casi no hay mención de efectos positivos de estas transformaciones en los hombres, exceptuando los que manifiestan hombres de la segunda generación, entre quienes hay menciones de cambios en la percepción de sí mismos y en el lugar del trabajo en la construcción de sus identidades. Se trata de una generación que muestra una mayor apropiación del discurso de igualdad de género, que se ha enfrentado a un mercado laboral con mayor presencia de mujeres y que tienen parejas con fuerte orientación al trabajo y trayectorias laborales estables.

Los narradores sitúan cambios muy evidentes en las relaciones de género en el espacio laboral, donde la mayor presencia de mujeres es, sin duda, una de sus más claras expresiones. Sin embargo, esto no está libre de tensiones y contradicciones. Los hombres de ambas generaciones, al mismo tiempo que valoran la mayor presencia de mujeres en el mercado laboral, las consideran recién llegadas a este espacio social, como si la identidad laboral de las mujeres no terminara de consolidarse y fueran percibidas ajenas a este espacio. Por

otra parte, la adopción de ciertas conductas y rasgos asociados especialmente a mujeres profesionales jóvenes, los que a juicio de los narradores serían asumidos por ellas para obtener reconocimiento (por ejemplo, arrolladoras, competitivas, trabajólicas), si bien son deseables en los hombres, generan sanción cuando los asumen las mujeres. Esta forma de percibir la relación de las mujeres con el trabajo discrepa fuertemente del modo como las narradoras se ven a sí mismas en tanto trabajadoras.

Lo anterior no deja de llamar la atención, considerando la contundente evidencia que existe respecto de la participación que históricamente han tenido las mujeres en el mercado laboral, de la cual existe información desde los inicios del registro del trabajo en Chile (mediados del siglo XIX). Por eso, más que el hecho mismo de que las mujeres trabajen, lo nuevo es la legitimación del trabajo como espacio de autonomía económica y realización personal para ellas, lo que confronta el carácter históricamente masculino del mundo del trabajo y tiene efectos que transcienden el espacio laboral (Zárate & Godoy, 2005).

En el ámbito familiar, por ejemplo, las mujeres mayores, y particularmente hombres y mujeres de la segunda generación, reconocieron las tensiones que genera el trabajo remunerado de las mujeres, lo que obliga, entre otras cosas, a negociar el trabajo reproductivo, el desarrollo profesional y el tiempo propio. Es interesante señalar que las dificultades para llegar a arreglos más equitativos en cuanto al trabajo reproductivo o desarrollo profesional son vividas por las mujeres mucho más como falta de amor de parte de sus parejas hombres que como desigualdades de género. Ello puede invisibilizar las dimensiones sociales de la situación, naturalizándola y dejándola en un plano exclusivamente individual. Con todo, el hecho de reconocer tensiones es una actitud que puede contribuir a cambiar las relaciones de género, mucho más que la ausencia de tensiones y contradicciones en sus relaciones de pareja que expresan predominantemente los hombres de la primera generación.

Hombres y mujeres reconocen la importancia del apoyo de sus parejas en su desarrollo profesional y personal, pero, mientras las mujeres valoran el apoyo afectivo de ellos, así como una distribución equitativa del trabajo reproductivo, los hombres aluden casi exclusivamente al apoyo afectivo de sus parejas, con escasas menciones a la importancia de las responsabilidades reproductivas que ellas asumen, que son fundamentales para el desarrollo de sus trayectorias laborales.

Respecto de los mecanismos que reproducen las desigualdades de género que despliegan hombres y mujeres en el espacio laboral, familiar y de pareja, ellos expresan la complejidad que supone cambiar sistemas estables de desigualdad social como lo es el orden de género, cuestionando rasgos y conductas que son constitutivas de la identidad de hombres y mujeres en diferentes ámbitos sociales (Rudman & Glick, 2001). Los mecanismos descritos muestran cómo las personas: (a) combinan la adhesión a los cambios en las relaciones de género con la mantención de ciertos equilibrios que preservan privilegios (en el caso de los hombres) o evitan la sanción social (en el caso de las mujeres); (b) pueden cuestionar los privilegios masculinos cuando se refieren al mundo laboral y ser más proclives a naturalizarlos en el espacio familiar y (c) reconocen las desigualdades que afectan al conjunto de mujeres y, al mismo tiempo, se sienten parte de un subgrupo que o no ejerce discriminación, en el caso de los hombres, o tiene características particulares que les permiten evitar la discriminación, en el caso de las mujeres.

Las condiciones facilitadoras de cambios en las relaciones de género que narradores y narradoras sitúan en distintos espacios sociales expresa la relevancia de que las transformaciones que ocurren en el ámbito familiar y de pareja encuentren contextos históricos abiertos al cuestionamiento de concepciones arraigadas de feminidad y masculinidad y de las relaciones de poder entre hombres y mujeres. Estos contextos amplían los repertorios de sentido desde los cuales las personas pueden construir sus proyectos de vida, con lo cual legitiman nuevas formas de relacionamiento entre hombres y mujeres. Es interesante mencionar que los hombres y mujeres de la primera generación explicitan mucho más que los de la segunda generación la presencia de un contexto como el señalado, porque esa generación experimentó los cambios radicales ocurridos en el orden político, económico y laboral desde mediados de los años 70 y los cambios en los discursos y prácticas de género. Por eso, algunos de estos narradores se sienten como una generación “bisagra” que ha transitado entre modelos de género en la familia, el trabajo y otros espacios sociales muy diferentes. La situación de los narradores de la segunda generación es distinta, puesto que ellos ingresaron a un mercado laboral muy diferente a aquel al que ingresaron los narradores de la primera generación, marcado por una organización flexible de la producción y de las relaciones laborales, con una mayor y más heterogénea presencia de mujeres y con discursos en pro de la igualdad de género instalados en el debate público, los que a inicio de las años 90 ingresaron a la agenda política.

En cuanto a las características de los narradores, el hecho de que pertenezcan a la misma categoría socio- ocupacional —todos profesionales— explica su apertura y adhesión a la igualdad en las relaciones de género, confirmando lo que han señalado anteriores estudios (Godoy & Mauro, 2001; Grupo Iniciativa Mujeres, 1999; Guzmán et al., 1999). No obstante, ello no debe conducir a pensar que entre personas provenientes de otras categorías socio-ocupacionales no existe esta adhesión o no se cuestiona la discriminación de género. De hecho, lo señalado por personas de otras categorías socio-ocupacionales, como técnicos o trabajadores/as manuales, que fueron parte del estudio mayor en el cual se enmarca lo expuesto en este artículo, también evidencia una fuerte crítica a la discriminación de género y una valoración de la igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres. Sin embargo, se aprecian algunas diferencias. Por ejemplo, los narradores que provienen especialmente de sectores manuales se sitúan en una posición que podría calificarse más como de espectadores de los cambios de género, a diferencia de la posición más de protagonistas de los cambios que se aprecia entre los narradores profesionales; más que relatar transformaciones en sus experiencias laborales o en sus relaciones de pareja, como ocurre entre los profesionales, los narradores manuales reconocen que la forma en que se relacionan hoy hombres y mujeres es más equitativa, que las expectativas y oportunidades educativas y laborales de sus hijos e hijas son muy distintas a las propias, que las relaciones de pareja que ellos establecen son muy diferentes y que, en este contexto, ellos promueven la autonomía personal y el desarrollo laboral de sus hijos y especialmente de sus hijas.

Lo mencionado respecto de las similitudes y diferencias entre personas provenientes de distintas categorías socio-profesionales pone de manifiesto las limitaciones del análisis presentado, acotado solo a profesionales cuyas trayectorias laborales lograron adaptarse a los cambios en el mercado laboral, todos heterosexuales que vivían en pareja y con hijos. Ello deja fuera dimensiones relevantes de los cambios ocurridos en la sociedad chilena en el periodo estudiado, por ejemplo, personas con trayectorias cada vez más inestables, discontinuas y heterogéneas, la mayor visibilidad de la homosexualidad y la emergencia del debate sobre el matrimonio y la paternidad homosexual y el creciente reconocimiento de la diversidad de tipos de familia y el aumento de las monoparentales. Esto demuestra la importancia de desarrollar estudios a futuro que analicen la percepción sobre los cambios en las relaciones de género de quienes encarnan estas dimensiones de las transformaciones ocurridas, tanto en el ámbito laboral y familiar como en la identidad sexual.

A pesar de sus límites, el estudio presentado contribuye a relevar la importancia de reflexionar sobre cambios en las relaciones de género, analizando biografías individuales de hombres y mujeres situadas en contextos socioculturales y políticos, identificando tanto mecanismos individuales como condiciones contextuales que inciden en la superación o en la reproducción de las desigualdades de género.

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Fecha de recepción: Noviembre de 2015.
Fecha de aceptación: Enero de 2017.

Virginia Guzmán Barcos, Centro de Estudios de la Mujer y Facultad de Sociología, Universidad Alberto Hurtado, Santiago, Chile; Rosalba Todaro Cavallero, Centro de Estudios de la Mujer, Santiago, Chile; Lorena Godoy Catalán, Centro de Estudios de la Mujer y Facultad de Psicología, Universidad Diego Portales, Santiago, Chile.

El artículo presenta parte de los resultados del proyecto FONDECYT N° 130890 titulado “Interrelaciones entre discursos, normas y prácticas sociales. Producción y reproducción de desigualdades de género”. El proyecto contó con la colaboración de Verónica Gómez, quien dirige un proyecto FONDECYT (N° 1150250) que aborda temáticas relacionadas y que realizó relatos de vida con profesionales de Talca, quienes habían estudiado y/o trabajado en Santiago.

Las autoras agradecen a Emmanuelle Barozet y Sara Gigoux por los comentarios y aportes a versiones preliminares de este artículo.

La correspondencia relativa a este artículo debe ser dirigida a Virginia Guzmán, Centro de Estudios de la Mujer, Paseo Bulnes 120, oficina 88, Santiago, Chile. E-mail: virginia.guzman.barcos@gmail.com

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