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Psykhe (Santiago)

versión On-line ISSN 0718-2228

Psykhe vol.26 no.1 Santiago mayo 2017

http://dx.doi.org/10.7764/psykhe.26.1.879 

 

ARTICULOS REGULARES

REGULAR ARTICLES

 

Relación Entre Mentalización y Sensibilidad de Madres de Infantes de Un Año de Edad y su Efecto en su Desarrollo Socioemocional

 

Mentalization-Sensitivity Relationship in Mothers of One-Year-Old Infants and its Effect on Their Social-Emotional Development

 

Alejandra P. Gálvez*, Chamarrita Farkas*

* Pontificia Universidad Católica de Chile


El objetivo de este estudio fue analizar la relación entre la mentalización y sensibilidad materna en la interacción de madres de la Región Metropolitana de Chile con sus hijos de un año de edad y su implicancia en el desarrollo socioemocional (DSE) infantil en una muestra no probabilística intencionada de 105 madres de distinto nivel socioeconómico (NSE) y sus hijos/as que asistían a salas cuna públicas o privadas. Los instrumentos utilizados fueron la Escala de Sensibilidad del Adulto (E.S.A.), Evaluación de la Mentalización del Adulto Significativo y la escala de desarrollo socioemocional de la Escala de Desarrollo Infantil de Bayley-III. Mediante análisis correlacionales y comparativos de medias y frecuencias (t de Student y ?2), se observó una correlación entre mentalización y sensibilidad materna y entre esta y el DSE del niño; no así con la mentalización. El NSE tiene implicancia en la calidad de la sensibilidad materna, mentalización y el nivel del DSE y, al ser controlado, desaparece la relación entre sensibilidad materna y DSE infantil. Se discuten las implicancias de incorporar intervenciones tempranas en estas competencias maternas.

Palabras clave: mentalización, sensibilidad, desarrollo socioemocional, infancia temprana, correlación.


The aim of this study was to analyze the association between maternal mentalization and sensitivity in the interaction of mothers from Metropolitan Region of Chile with their one-year-old children and its implication for infants' social-emotional development (SED), in a nonprobability purposive sample of 105 mothers from different socioeconomic status (SES) groups and their children who attended public or private daycares. The instruments used were the Adult Sensitivity Scale (E.S.A.), the Significant Adult's Mentalization Assessment and the social-emotional development scale of the Bayley Scales of Infant and Toddler Development-Third Edition. Via correlational and comparative analyses of means and frequencies (Student's t and ?2), an association was observed between maternal sensitivity and mentalization, as well as between maternal sensitivity and child SED, but no child SED-mentalization link was found. SES has an effect on the quality of maternal sensitivity, mentalization and SED level; however, when it is controlled for, the relation between maternal sensitivity and infant SED disappears. The implications of incorporating early interventions in these maternal competences are discussed.

Key words: mentalization, sensitivity, social-emotional development, infancy, correlation.


 

Por años se ha investigado la interacción temprana madre-infante, debido a su implicancia en el desarrollo de los niños/as1 y posteriormente en la adultez (Bowlby, 1979/1986; Page, Wilhelm, Gamble & Card, 2010). De acuerdo con la literatura, la manera en que los niños logran entender quiénes son, cómo sienten o qué esperar de los otros es una tarea importante de la relación con un adulto significativo (Bornstein & Putnick, 2012). Por ello, se ha planteado que las competencias de la madre son importantes en el desarrollo del niño desde temprana edad (Bowlby, 1973; Bretherton, 1992), ya que habría aspectos de ella que facilitarían o dificultarían este desarrollo (Bowlby, 1973; Bretherton, 1992; Shaw & Dallos, 2005).

Estas competencias parentales se refieren precisamente a las capacidades que tienen los padres para cuidar, proteger y educar a sus hijos, asegurándoles un desarrollo suficientemente sano (Barudy & Dantagnan, 2005). Algunos ejemplos de dichos aspectos son: El apego que tuvieron los adultos con sus figuras de origen (Miljkovitch, Danet & Bernier, 2012), los estilos parentales (Zarra-Nezhad et al., 2014), la sensibilidad y la mentalización del adulto (Bornstein & Putnick, 2012; Letourneau et al., 2015; Meins, Fernyhough, Fradley & Tuckey, 2001). El presente estudio se enfocó en los dos últimos aspectos, la sensibilidad y la mentalización materna, los cuales se abordan a continuación.

Sensibilidad Materna

La teoría del apego es el resultado principalmente del trabajo de John Bowlby y Mary Ainsworth (Bretherton, 1992). Ambos revolucionaron el pensamiento de la época sobre el apego de los niños hacia sus madres y su perturbación hacia su separación, deprivación y pérdida (Bretherton, 1992). Mary Ainsworth expandió esta teoría, a través de estudios observacionales. Sus observaciones en Uganda le proporcionaron un entendimiento importante sobre el desarrollo del apego y sobre la relevancia que tenía para los niños percibir a sus madres como una base segura (Grossmann, Bretherton, Waters & Grossmann, 2013), conformando luego el concepto de sensibilidad materna (Bretherton, 2013). Ainsworth, en su estudio longitudinal de Baltimore, implementó un detallado sistema de observación de las narrativas de la interacción madre-infante en situaciones reales de vida, lo cual llevó al llamado procedimiento de la situación extraña (strange situation procedure) que duraba 20 minutos, a partir del cual emerge su primera conceptualización explícita de la sensibilidad materna (Bretherton, 2013). La sensibilidad materna implica inicialmente que los signos del niño sean percibidos y correctamente interpretados por la madre y que la respuesta a esos signos sea pronta y apropiada. Segundo, la sensibilidad a esas señales considera que el cuidado que da la madre al bebé esté en sintonía al estado y humor de los tiempos del bebé y no a los de la madre. Tercero, pareciera que es la interacción lo más importante y no el mero cuidado; una buena interacción es un disfrute mutuo que caracteriza el intercambio entre ambos (Ainsworth, Blehar, Waters & Wall, 1978). Con esas observaciones, Ainsworth et al. (1978) identificaron cuatro dimensiones del cuidado maternal: sensibilidad-insensibilidad, cooperación-interferencia, aceptación-rechazo y accesibilidad-negligencia. Además, plantearon que los bebés se apegan a sus cuidadores, aun si la calidad del cuidado que reciben es insensible o abusiva. El apego infantil con cuidadores en esas circunstancias puede probablemente ser inseguro (Grossmann et al., 2013).

Se ha planteado que Ainsworth propuso un paradigma completamente diferente de la investigación observacional de la sensibilidad materna del que tenían las nociones comportamentales existentes en la época, para las que la respuesta sensible equivalía a malcriar a los niños (Grossmann et al., 2013). En ese contexto, la sensibilidad surge como un constructo relevante para entender las relaciones vinculares en el desarrollo infantil (Grossmann et al., 2013) y, a partir de los hallazgos de Ainsworth, se derivan las distintas conceptualizaciones e instrumentos que intentan evaluar la sensibilidad materna hoy en día.

Otra autora relevante en el campo de la sensibilidad materna es Patricia Crittenden, la cual se refirió a la sensibilidad como las expectativas únicas de los individuos respecto de la disponibilidad y capacidad de respuesta específica de las figuras de apego para atender a las necesidades de protección del infante, poniendo énfasis en la dimensión interaccional de dicho constructo (Crittenden, 2002). Sus investigaciones han estado dirigidas hacia las diferencias en la respuesta sensible de la madre en contextos naturales, como el hogar, y cómo esta explica las diferencias del apego de los infantes (Crittenden & Dallos, 2009). Además, señala que la sensibilidad del adulto es medular en el desarrollo del niño y la define dentro de una relación diádica, en la cual la sensibilidad se vería en el adulto a través de su comportamiento de calmar y estar atento, reduciendo la angustia y la desvinculación del niño (Crittenden, 2005, Febrero).

Se ha señalado que padres sensibles tienden a tener relaciones que se configuran en un apego seguro en sus hijos y padres con comportamientos insensibles o no responsivos tienen mayor riesgo de tener niños con patrones de apego inseguros, patrones posibles de apreciarse hacia el año de edad (van IJzendoorn, 1995). Pero la sensibilidad materna no solo influye en el patrón de apego del niño, sino en otros aspectos de su desarrollo. Así, se ha observado que la sensibilidad materna durante el primer año de vida del bebé predice su nivel de desarrollo cognitivo y social a los tres años (Landry, Smith, Miller-Loncar & Swank, 1997; Landry, Smith, Swank, Assel & Vellet, 2001), habilidades socio-emocionales (Page et al., 2010) e, incluso, las representaciones vinculares en adultos jóvenes (Schoenmaker et al., 2015).

En este contexto, la madre y el padre son importantes figuras vinculares, sugiriéndose que juegan un rol complementario, por lo cual habría una necesidad de examinar su rol en las intervenciones familiares (Kerns, Mathews, Koehn, Williams & Siener-Ciesla, 2015). Intervenciones realizadas para aumentar los comportamientos sensibles maternos han mostrado una influencia positiva en las interacciones madre-hijo (Page et al., 2010).

La literatura existente ha comprobado la relación entre la sensibilidad materna y distintos aspectos del desarrollo del niño, así como sus estilos vinculares; sin embargo, existen autores que se han enfocado en la relevancia de otra competencia materna, la mentalización, la cual se revisa a continuación.

Mentalización Materna

La relevancia de la sensibilidad en el comportamiento materno y su repercusión en el desarrollo infantil ha movido su estudio por décadas. Sin embargo, con el paso del tiempo surgió desde la comunidad científica la atención hacia otra competencia parental, la mentalización, debido, en parte, a que si bien la relación entre sensibilidad y vínculo era robusta, era menor en magnitud a las observaciones originales de Ainsworth (Laranjo, Bernier & Meins, 2008).

Es precisamente dentro de las interacciones madre-bebé donde el proceso de los estados mentales o mentalización es considerado una capacidad social y cognitiva importante para la habilidad de entender e interpretar los propios comportamientos y el de los demás (Henry, Phillips, Ruffman & Bailey, 2013; Pascual, Aguado, Sotillo & Masdeu, 2008). En este contexto, la mentalización se entiende como un set interconectado de creencias y deseos para explicar el comportamiento de una persona (Fonagy & Target, 1997), frente a la cual varios autores han planteado distintos acercamientos.

Algunos autores han puesto el énfasis en la función reflexiva parental, la cual se refiere a la capacidad de los padres para hacer sentido las experiencias vinculares propias y reflejarlas en el mundo mental del infante (Fonagy, 2000; Fonagy & Target, 1997; Walker, Wheatcroft & Camic, 2012). Dicha función organiza la propia experiencia y el comportamiento de otros en términos de constructos de estados mentales, posibilitando al niño atribuir estados mentales a otros y hacer que el comportamiento de otras personas sea significativo y predecible (Fonagy & Target, 1997). La habilidad de representar el comportamiento en términos de estados mentales es la llave determinante de la organización de la persona (self), la cual es adquirida en el contexto de las relaciones sociales tempranas del niño (Fonagy & Target, 1997).

Meins, por su parte, introdujo el concepto de mente mentalizante (MM), el cual plantea que una madre sensible es capaz de percibir las señales de su bebé, pero también es capaz de interpretarlas correctamente, lo cual requiere identificar que el infante tiene sus propios deseos, pensamientos e intenciones y, así, tratar al infante como un individuo con mente desde temprana edad, más que meramente como una criatura con necesidades que deben satisfacerse (Meins, 1999; Meins et al., 2002). Así, la MM es un concepto diferente al de sensibilidad, pero necesario para procesar las señales del infante y responder de forma sensible, el cual también se puede entender como una mentalización sensible. Para esta autora las madres son sensibles al proceso en el cual se encuentra su hijo y están dispuestas a cambiar su foco de atención en respuesta a las señales del infante (Meins et al., 2001), lo cual facilita la sensibilidad materna y, a la vez, promueve patrones de apego seguro (Laranjo et al., 2008).

Los autores anteriores ponen el énfasis en como las madres “piensan” al niño o en las interacciones que sostienen con este, mientras que para otros el énfasis está puesto en el lenguaje de la madre y en como ella le transmite al niño en su discurso referencias a estados mentales (Ruffman, Slade & Crowe, 2002). Desde esta mirada, la mentalización es comprendida como la habilidad de la madre de entender al niño como un sujeto con pensamientos, sentimientos y deseos y reflejarlos a través del lenguaje (Perner & Ruffman, 2005; Ruffman et al., 2002). Esta conceptualización de la mentalización, que es la que se consideró en el presente estudio, analiza el discurso materno durante la interacción con el niño e indaga las referencias a estados mentales (por ejemplo, referencias a deseos, cogniciones y emociones) y estados no mentales relevantes para el desarrollo de la comprensión del mundo social en el niño (por ejemplo, el lenguaje causal, establecimiento de vínculos con la vida del niño o referencias a estados físicos; Ruffman et al., 2002). La aparición y frecuencia de dichas referencias va cambiando en el discurso materno acorde con la edad del niño, planteándose que, en la medida que el adulto es sensible, ajusta este tipo de lenguaje a las necesidades del desarrollo cognitivo del niño. Así, el adulto asiste el desarrollo mental del niño, introduciendo conceptos de estados mentales específicos en momentos críticos de su desarrollo y de acuerdo a su marco experiencial, primero en sí mismo y luego en los demás (Taumoepeau & Ruffman, 2006, 2008).

Esta capacidad de mentalizar se pone en práctica en distintas situaciones de interacción entre la madre y el niño, ya sea en las rutinas, al poner disciplina o en situaciones de juego (Sharp, Fonagy & Goodyer, 2006). A su vez, tendría un efecto importante en la relación temprana del cuidador con el niño y en el desarrollo normal o deficiente posterior del infante (Bateman & Fonagy, 2003; Fonagy & Target, 1997; Laranjo et al., 2008).

Se ha sugerido que la habilidad del adulto para mentalizar provee al niño la oportunidad de integrar sus propios comportamientos, con un comentario externo que se refiera a los estados mentales subyacentes a ese comportamiento, ofreciendo un andamiaje con el cual el infante, aun de 6 meses de edad, puede comenzar a hacer sentido de sus propios comportamientos en términos de sus propios estados mentales (Meins et al., 2002). Dicha mentalización le permite al niño “leer” o entender la mente de las personas y, a la vez, hacer que los comportamientos de dichas personas sean significativos y predecibles. En este aprendizaje los niños experimentan y responden de una forma adaptativa.

Estudios realizados muestran que una adecuada capacidad de mentalización de las madres favorece el establecimiento de vínculos de apego seguro y promueve la adquisición temprana de la teoría de la mente en el niño (Meins et al., 2001; Tryphonopoulos, Letourneau & Ditommaso, 2014), así como su desarrollo socioemocional (DSE; Taumoepeau & Ruffman, 2008) y su entendimiento social (Ruffman et al., 2002).

Pocos estudios han analizado la relación de estos dos constructos, sensibilidad y mentalización, en madres de niños pequeños (Osório, Meins, Martins, Martins & Soares, 2012), relación que ha sido mayormente sugerida por los teóricos pero poco apoyada en datos empíricos (Laranjo et al., 2008). Algunos estudios han planteado que se requiere investigar la relación entre estas competencias y su colaboración para la promoción de un apego seguro, constatándose una asociación entre MM y apego seguro y un rol mediador de la sensibilidad materna en dicha relación (Meins, 1999).

A partir de estos antecedentes, se analizó la relación de estos constructos con el DSE del niño, ya que ha sido menos explorada y debido, principalmente, a sus implicancias para un desarrollo social y mental sano en los niños (Letourneau et al., 2015).

Sensibilidad y Mentalización en Relación al Desarrollo Socioemocional

Se entiende por DSE infantil a la capacidad del niño de desarrollar, durante los primeros años de vida, una forma cercana y segura de relación con un adulto y sus pares, para experimentar, regular y expresar emociones de una forma apropiada social y culturalmente y para explorar el ambiente y aprender en el contexto familiar, comunitario y cultural (Palmer et al., 2013). Además, implica aprender a expresar y regular sus emociones y a negociar complejos patrones emocionales y sociales (Bayley, 2006).

Para que un niño logre estas capacidades, el rol del cuidador es importante (Fivush, Haden & Reese, 2006; Page et al., 2010), porque regula la mayoría de las interacciones y ayuda a la adaptación del menor (Bornstein & Putnick, 2012). Los padres son los primeros confiados con la tarea de hacer de los hijos competentes miembros de la sociedad (Bornstein & Putnick, 2012) y las interacciones positivas de los padres con el niño serían críticas para optimizar el resultado en el desarrollo social, emocional y cognitivo (Page et al., 2010). Asimismo, las experiencias de las interacciones sociales son útiles para que los niños entiendan las reglas y los comportamientos apropiados en distintos escenarios (Chen & Rubin, 2011), proveyéndoles oportunidades para aprender otras habilidades de resolución de conflictos, como la negociación y la cooperación. Tanto las relaciones con sus cuidadores como posteriormente las con los pares ayudan a regular el funcionamiento socioemocional (Chen, 2012).

Al explorar los factores que están asociados con la promoción del DSE, varios estudios han sugerido la sensibilidad materna como comportamiento que influye en el DSE del niño, a través de una relación de confianza (Page et al., 2010), proponiéndose que la promoción de esta competencia facilita el crecimiento de los aspectos sociales, emocionales y competencias cognitivas del infante (Landry, Smith & Swank, 2006).

A su vez, se ha observado que la mentalización de la madre promueve el DSE del niño, pues la interacción cognitiva madre-hijo predice el desarrollo mental y verbal del niño y promueve competencias interpersonales (De Wolf & van Ijendoorn, 1997, citado en Bornstein & Putnick, 2012). Estudios han mostrado que la capacidad de la madre de suponer las atribuciones de su hijo y cambiar internamente en pro de sus estados mentales es predictiva del desarrollo social del mismo (Sharp et al., 2006) y se relaciona con el entendimiento social del niño (Osório et al., 2012; Taumoepeau & Ruffman, 2006, 2008).

En un estudio longitudinal, Kårstad, Wichstrøm, Reinfjell, Belsky y Berg-Nielsen (2015) estudiaron la relación de la sensibilidad y la habilidad de mentalizar de los padres con las habilidades sociales y el entendimiento emocional de los niños, observando que la habilidad para mentalizar fue más importante que la sensibilidad para explicar el entendimiento emocional infantil. Asimismo, otros estudios han logrado demostrar la relación entre mentalización y ajuste social en el niño (Rosso, Viterbori & Scopesi, 2015).

Finalmente, existen factores contextuales familiares que resaltan en la literatura por su influencia en el nivel de DSE del niño, así como en las competencias parentales, como variables socioeconómicas, tales como ingreso y bienestar familiar, ocupación y educación de los padres, y factores relacionados, como el hogar y el barrio (Palmer et al., 2013). De ellos, el nivel socioeconómico (NSE) familiar es el que ha sido más estudiado: un mayor NSE ha demostrado predecir una mayor calidad en la sensibilidad materna (Emmen, Malda, Mesman, Ekmekci & van IJzendoorn, 2012; Farkas et al., 2015; Landry et al., 2001; Santelices et al., 2015) y el DSE infantil (Bornstein, Hendricks, Haynes & Painter, 2007; Landry et al., 2001), siendo, por tanto, una variable importante de considerar.

El Presente Estudio

Este estudio tuvo como objetivo analizar la asociación entre la sensibilidad y mentalización de las madres en su interacción con sus hijos al año de edad, detectando su relación con el DSE del infante y considerando la influencia del NSE familiar.

Debido a que tanto en las investigaciones sobre los constructos de sensibilidad y de mentalización resalta la importancia del cuidador principal como medular en la interacción del niño con los otros que le rodean, a que en la mayoría de los estudios este cuidador ha sido la madre, por ser la influencia más importante en el desarrollo del menor (Fivush et al., 2006), y con fines de homologar la muestra, se optó por considerar solo a madres en esta investigación.

Pocos estudios empíricos han analizado la relación entre ambas competencias y ninguno en países latinoamericanos, como Chile. En base a la literatura revisada, se plantearon las hipótesis de que los constructos de sensibilidad y mentalización materna están relacionados entre sí (Meins, 1999; Osório et al., 2012) y, a su vez, que mejores niveles de sensibilidad y mentalización materna se relacionan con un mayor nivel de DSE del niño (Landry et al., 2006; Page et al., 2010; Sharp et al., 2006). Respecto del NSE, se esperaba una relación con las variables del estudio.

Método

Diseño

Este estudio se llevó a cabo a través de un diseño transversal, descriptivo y correlacional, en base a una metodología cuantitativa. Se propuso describir y analizar la relación entre los constructos de sensibilidad y mentalización en madres de niños de un año de edad, estimar las correlaciones entre los dos constructos y el DSE del niño y comparar diferencias en sensibilidad, mentalización y DSE, considerando el NSE.

Participantes

La muestra, no probabilística intencionada, consistió en 105 madres en interacción con sus hijos de ambos sexos, las cuales forman parte de datos provenientes del proyecto FONDECYT Nº 1110087. El promedio de edad de las madres fue 27,87 años (DE = 6,8). La edad de los infantes se ubicó en un rango de 10 a 14 meses de edad, con un promedio de 12,1 meses (DE = 1,33), los cuales asistían a 27 salas cuna estatales y privadas de 18 comunas de la ciudad de Santiago, Chile. Se estableció contacto con distintas instituciones públicas y privadas, de las cuales solo una institución privada se negó a participar. De las instituciones restantes, todas las salas cuna invitadas aceptaron participar en el estudio, de las cuales se evaluaron a todos los niños que cumplían con el requisito de edad en el momento que se realizaron las evaluaciones y cuyos apoderados aceptaron ser parte del estudio. El 51,4% de las díadas pertenecía al NSE bajo, el 29,5%, al NSE medio y el 19%, al NSE alto.

Inicialmente se solicitó la autorización de los directivos de las salas cuna para realizar el estudio, tras lo cual se procedió a invitar a las madres que cumplieran con los requisitos de inclusión. Estos fueron: (a) que las madres tuvieran infantes en un rango de edad entre 10 a 15 meses, (b) que las madres vivieran con su hijo, (c) que los niños asistieran al jardín infantil (de modo de homogeneizar este criterio) y (d) que tanto el niño como la madre no tuvieran ninguna psicopatología grave. Todas las madres que aceptaron participar fueron evaluadas. Para este estudio se eligieron niños de un año de edad, debido a que en este período se consolidan aspectos importantes para el desarrollo infantil, como, por ejemplo, el apego (Ainsworth et al., 1978; Bowlby, 1979/1986), y, a la vez, permite detectar oportunamente aspectos o competencias que puedan intervenirse de manera temprana.

Instrumentos

Cuestionario sociodemográfico. Fue construido por el equipo de investigación para obtener datos generales sociodemográficos de la muestra: antecedentes del niño y su familia, edad y nivel educacional de la madre, y NSE de la familia, el cual fue calculado con el índice ESOMAR (combinando el nivel educacional y ocupacional del principal sostenedor).

Escala de Sensibilidad del Adulto E.S.A. (Santelices et al., 2012). Este instrumento permite evaluar la sensibilidad en adultos significativos en interacción con su hijo de 6 a 36 meses de edad, entendida como la capacidad del adulto de responder a las señales y comunicaciones del niño de manera adecuada y pronta, de modo de favorecer su interés y cooperación en el juego, en un clima de afecto positivo. La evaluación consiste en una interacción filmada de juego libre entre el adulto y el niño, con una duración de cinco minutos. Se les entrega un set de juguetes para la interacción. Tiene dos formas, las cuales dependen de la edad de desarrollo del niño para la entrega del tipo de juguetes. En este estudio se utilizó la primera forma que es para niños de 6 a 23 meses de edad. Consta de 19 indicadores que dan cuenta de distintos aspectos de la conducta sensible del adulto y que se evalúan en una escala de 1 a 3 puntos, donde un mayor puntaje indica mayor sensibilidad. A partir del puntaje en cada indicador, se obtienen tres escalas: (a) Escala de respuesta empática, conformada por 7 ítems; entrega un puntaje entre 1 y 3. Evalúa si el adulto responde a las señales del niño en forma atenta y apropiada, respetando sus iniciativas, su espacio y los objetos que elige para jugar (por ejemplo, ítem 1 “Observa atentamente al niño durante la interacción”); (b) Escala de interacción lúdica, conformada por 7 ítems, entrega un puntaje entre 1 y 3. Evalúa si la interacción madre-niño es equilibrada, observándose la participación de ambos en forma activa y lúdica (por ejemplo, ítem 4 “Permite que haya reciprocidad comunicativa en la interacción”); y (c) Escala de expresión emocional, conformada por 5 ítems; entrega un puntaje entre 1 y 3. Evalúa si el adulto tiene una actitud sensible y cálida frente a las necesidades y emociones del niño, a través del lenguaje verbal y gestual (por ejemplo, ítem 6 “Verbaliza adecuadamente los estados internos del niño”). La E.S.A. arroja, además, un puntaje global de sensibilidad (entre 1 y 3 puntos), que se obtiene de la combinación de sus tres escalas, y categorías de sensibilidad, baja, adecuada y alta, en las cuales se ubica al adulto. Una sensibilidad baja indica que habría dificultades de captar las señales del niño por parte del adulto. Una sensibilidad adecuada indica a un adulto que en ocasiones puede captar las señales del niño y responder apropiadamente, aunque no ocurra todo el tiempo, en un clima afectivo tanto positivo como neutro. Una sensibilidad alta indica a un adulto que generalmente capta las señalas del niño, responde a ellas de manera oportuna y adecuada y promueve un clima positivo y reforzador.

La consistencia interna del instrumento corresponde a un alfa de Cronbach de 0,93 y el acuerdo inter-jueces, a un kappa de Cohen adecuado (rango 0,42 a 0,94) (Santelices et al., 2012).

Se optó por utilizar este instrumento por haber sido construido para población chilena, tener buenos indicadores de consistencia interna y no precisar de un entrenamiento pagado y en otro país, como sí lo requieren los otros instrumentos que se usan actualmente.

Evaluación de la mentalización del adulto significativo. Este instrumento fue desarrollado para evaluar la mentalización de adultos significativos en interacción con niños de 0 a 48 meses de edad (Farkas, Santelices & Himmel, 2011), entendida como la presencia de referencias a estados mentales y no mentales en el discurso del adulto en su interacción con el niño. Se le pide al adulto que le cuente dos historias al niño, utilizando un set de títeres (Forma A) o láminas (Forma B), dependiendo de la edad del niño. En este estudio se utilizó la Forma A, la cual considera la interacción con niños de 0-23 meses de edad y utiliza un set de títeres. La situación se filma, para posteriormente ser transcrita y codificada. La codificación del instrumento incluye evaluar en el discurso del adulto el número de palabras utilizadas, así como la presencia/ausencia y número de menciones de cuatro estados mentales: deseos y preferencias, cogniciones, emociones y atributos psicológicos; y cuatro estados no mentales que son relevantes para la mentalización: pensamiento causal y asociaciones, pensamiento factual, vínculos con la vida del niño y estados físicos. La cantidad y tipo de categorías incorporadas en el discurso entrega una clasificación final de mentalización, en la que una clasificación alta corresponde a una incorporación de cinco categorías diferentes en la historia que cuenta la madre al niño; una clasificación adecuada indica al menos la presencia de dos categorías diferentes e incluye lenguaje causal y deseos, lo cual es esperado a esta edad (Taumoepeau & Ruffman, 2008); y una mentalización baja corresponde a una o ninguna categoría o no cumplir los requisitos para una categoría adecuada.

Los estudios con el instrumento reportan una adecuada validez de contenido, un coeficiente alfa de Cronbach de 0,70 y una consistencia inter-jueces entre 0,91 y 0,99 (Farkas et al., 2011).

La elección de este instrumento se debió a su facilidad de aplicación y su bajo costo. Para este estudio se utilizó la categoría de mentalización obtenida por el adulto (alta, adecuada o baja), así como la cantidad de categorías totales (0 a 8) presentes en el relato, tanto categorías mentales (0 a 4) como no mentales (0 a 4).

Escala de desarrollo socioemocional de la Escala de Desarrollo Infantil de Bayley-III (BSID-III) (Bayley, 2006). Esta escala se aplica a niños entre 1 y 42 meses. Evalúa el nivel de DSE del niño a través de un cuestionario que puede ser aplicado a las familias y a los cuidadores, como auto-reporte. La escala contiene una serie de frases sobre el comportamiento del niño (por ejemplo, ítem 5 “Disfruta en forma calmada cuando toca o es tocado por objetos”, ítem 9 “Ud. puede ayudar a su hijo a calmarse”) y se le pide al adulto que responda la frecuencia con la que él observa ese comportamiento en particular. La frecuencia de comportamiento va desde 0 (no lo sé) a 5 (siempre). Arroja un puntaje bruto que, de acuerdo a la edad del niño, se transforma en un puntaje estándar (el cual se ubica en un rango de 1 a 19 puntos, considerándose un puntaje promedio entre 9 y 11 puntos), entregando, además, percentiles (con normas norteamericanas). La consistencia interna del instrumento para esta muestra, medida con alfa de Cronbach, fue de 0,88. Para este estudio se consideró el puntaje estándar de los niños, así como su categoría de nivel de desarrollo en términos de bajo (bajo percentil 25), promedio (entre percentiles 25 y 75) y superior (sobre percentil 75).

Procedimiento

A las madres participantes se les pidió firmar un consentimiento informado, para luego completar el cuestionario sociodemográfico y la escala socioemocional del niño. Las filmaciones de la interacción madre-hijo para evaluar mentalización y sensibilidad se llevaron a cabo en los centros educativos en una sala acondicionada para este efecto y, con pocas excepciones, en el hogar del niño. Durante el estudio se tomaron en cuenta todos los resguardos éticos necesarios y tanto el estudio como las cartas de consentimiento fueron visados por el comité de ética de la Escuela de Psicología de la Pontificia Universidad Católica y por FONDECYT.

Análisis de Datos

Para los análisis de datos se utilizó el programa estadístico SPSS 20. Primero se realizaron los análisis descriptivos (estadísticos descriptivos, análisis de frecuencias) de las variables sensibilidad, mentalización y DSE. Luego se calcularon correlaciones lineales de Spearman (rs) entre las categorías de sensibilidad y mentalización y de Pearson (r) entre los puntajes globales y las tres escalas de sensibilidad y los puntajes de categorías mentales y no mentales en mentalización, para responder a la primera hipótesis del estudio. Posteriormente se calcularon correlaciones lineales de Pearson y Spearman entre estas variables y el DSE del niño (categorías y puntaje estándar) para responder a la segunda hipótesis.

A continuación se compararon los promedios de las variables sensibilidad, mentalización y DSE según NSE, a través de pruebas t de Student para muestras independientes, calculando d de Cohen para estimar el tamaño del efecto, y se calculó ?2 para comparar las frecuencias en las categorías de las variables.

No se observaron diferencias entre los NSE medio y alto, t(49) = -0,04, p = 0,966 para DSE, ?2(2, N = 51) = 4,20, p = 0,123 para categoría de sensibilidad, ?2(2, N = 51) = 1,50, p = 0,471 para categoría de mentalización, por lo que estos grupos se juntaron en uno solo para tener dos grupos más equivalentes en tamaño: NSE bajo (54 casos) y NSE medio-alto (51 casos). Finalmente, se calcularon las correlaciones parciales entre las variables del estudio, controlando NSE.

Resultados

Análisis Descriptivo de las Variables

Los análisis descriptivos de sensibilidad materna muestran que un 21,9% de las madres se ubica en la categoría de baja sensibilidad, mientras que un 58,1% lo hace en una categoría adecuada y el 20% restante en una de sensibilidad alta (ver Figura 1A). La media del puntaje total es de 2,09 (DE = 0,39), con un rango de 1 a 3 puntos (el detalle de los descriptivos considerando las tres escalas se encuentra en la Tabla 1).

En cuanto a la mentalización, un 27,6% de las madres se ubica en una categoría de baja mentalización, mientras que un 61,9% lo hace en una categoría adecuada y el 10,5% restante en una de mentalización alta (ver Figura 1B). La media del puntaje total de categorías mencionadas en el discurso fue 2,65 (DE = 1,21), en un rango de 0 a 8 puntos (el detalle de los descriptivos considerando el total de categorías mentales y no mentales se encuentra en la Tabla 1).

En DSE un 16,2% de los niños se encuentra en una categoría baja, un 66,7%, en una categoría promedio y un 17,1%, en una categoría superior (ver Figura 1C). La media observada fue 10,21 (DE = 2,99) (ver Tabla 1).

Figura 1. Distribución de la muestra en las categorías de sensibilidad,
mentalización y desarrollo socioemocional.

Tabla 1
Estadísticos Descriptivos de las Variables en Estudio.

Análisis Correlacionales Entre Sensibilidad y Mentalización Materna

Los análisis realizados muestran una correlación directa baja entre las categorías de sensibilidad y de mentalización, en términos de que a mejor categoría de sensibilidad en la que se ubica la madre su categoría de mentalización también es mejor. Ello se ve reflejado en que un 47,62% de las madres se ubica en la misma categoría de ambos constructos (ver Tabla 2). Además, el puntaje global en sensibilidad se correlaciona directamente con la presencia de diferentes categorías de referencias en el discurso de la madre, tanto totales como mentales y no mentales. Estos mismos resultados se aprecian para las escalas de interacción lúdica y expresión emocional, mientras que la escala de respuesta empática es la única que no se correlaciona con los aspectos de mentalización evaluados (ver el detalle en Tabla 3).

Tabla 2
Porcentaje de Madres en las Categorías de Sensibilidad y Mentalización Materna.

Tabla 3
Correlaciones Entre Sensibilidad y Mentalización Materna.

Análisis Correlacionales Entre Sensibilidad y Mentalización Materna con el Nivel de Desarrollo Socioemocional del Niño

Los análisis realizados solo muestran una correlación directa baja entre la categoría de sensibilidad de la madre y el puntaje obtenido por el niño en DSE; es decir, cuando la madre se ubica en una categoría mejor en su sensibilidad el niño alcanza un mejor nivel de DSE. No se apreciaron, en cambio, relaciones entre mentalización y DSE (para mayor detalle ver Tabla 4).

Análisis Comparativos Según Nivel Socioeconómico

Los análisis realizados muestran que los niños de NSE medio-alto se ubican en mejores categorías de DSE en comparación a los niños de NSE bajo, ?2(2, N = 105) = 8,30, p = 0,016, y obtienen puntajes promedio más altos en esta escala, t(103) = 3,01, p = 0,003, d = 0,57, 95% IC [0,58, 2,81].

Respecto de la sensibilidad materna, las madres de NSE medio-alto se ubican en mejores categorías de sensibilidad, en comparación a las madres de NSE bajo, ?2(2, N = 105) = 18,40, p < 0,001, y obtienen mayores puntajes promedio tanto en la sensibilidad total, t(103) = 4,93, p < 0,001, d = 0,88, 95% IC [0,21, 0,48], como en las escalas de respuesta empática, t(103) = 3,03, p = 0,003, d = 0,57, 95% IC [0,10, 0,50], interacción lúdica, t(103) = 4,02, p < 0,001, d = 0,75, 95% IC [0,16, 0,47], y expresión emocional, t(103) = 5,82, p < 0,001, d = 0,98, 95% IC [0,30, 0,60].

En cuanto a la mentalización, se apreció que las madres de NSE medio-alto mencionaban más categorías totales en su discurso en relación a las madres de NSE, t(103) = 2,18, p = 0,032, d = 0,42, 95% IC [0,05, 0,96], pero solo una tendencia a referir más categorías mentales, t(103) = 1,88, p = 0,06, d = 0,36, 95% IC [0,02, 0,76].

Finalmente, se repitieron los análisis correlacionales entre las variables del estudio, controlando el NSE. Los resultados muestran que, tras haber controlado el NSE, se mantienen las relaciones entre sensibilidad y mentalización materna reportadas (ver detalle en Tabla 5), mientras que desaparecen las relaciones con el nivel de DSE del niño (ver detalle en Tabla 6).

Tabla 4
Correlaciones Entre Sensibilidad y Mentalización Materna con el Nivel de Desarrollo Socioemocional infantil.

Tabla 5
Correlaciones Parciales Entre Sensibilidad y Mentalización Materna, Controlando NSE.

Tabla 6
Correlaciones Parciales Entre Sensibilidad y Mentalización Materna con
Nivel de Desarrollo Socioemocional Infantil, Controlando NSE.

Discusión

De acuerdo a lo hipotetizado en este estudio, se constató una correlación entre la sensibilidad y la mentalización de las madres estudiadas, en su interacción con sus hijos de 12 meses de edad. Un 47,62% de las madres se ubicó en las mismas categorías de sensibilidad y mentalización, indicando que ambas competencias se encuentran relacionadas entre sí, más que ser dos constructos independientes. Dicho resultado es interesante, porque, como se planteó anteriormente, esta relación ha sido más bien sugerida teóricamente, pero poco abordada por estudios empíricos y en interacción con niños pequeños (Laranjo et al., 2008; Osório et al., 2012); además, es el primer estudio en una muestra latinoamericana y específicamente chilena. Ello, además, es coherente con lo planteado por Meins et al. (2001, 2002), quienes integran en su concepto de MM elementos de la sensibilidad y de la mentalización, considerando que la madre necesita ser sensible a las necesidades y características del niño para mentalizarse de manera apropiada.

La sensibilidad expresada en la interacción lúdica con el niño es el aspecto que más se relaciona con una mayor mentalización, expresada en referencias a categorías mentales y no mentales, mientras que la respuesta empática no se relaciona, indicando probablemente un aspecto más independiente y puro de la sensibilidad. Estos resultados son interesantes y abren nuevas preguntas sobre los aspectos compartidos entre sensibilidad y mentalización, a abordarse en futuros estudios.

Los resultados indican una leve relación directa entre sensibilidad materna y nivel de DSE del niño, la cual desaparece al controlar el NSE. No se aprecia una relación entre mentalización y DSE del niño de un año de edad. Ello es contrario a las investigaciones revisadas en este estudio (e.g., Rosso et al., 2015; Ruffman et al., 2002).

Una posible hipótesis a estos resultados podría ser que el efecto de estas competencias no se aprecie a esta edad tan temprana, sino posteriormente, y que a esta edad primen sobre el DSE aspectos más bien contextuales, lo cual se ve reflejado en las importantes diferencias que se aprecian entre los niños según el NSE familiar. Si estas diferencias contextuales no llegan al niño a través de las competencias parentales a esta edad, sería interesante estudiar cómo se transmiten. Podría ocurrir a través de prácticas parentales distintas, expectativas diferentes sobre el desarrollo infantil u otros aspectos que tendrán que ser considerados a futuro.

Otra posible hipótesis para entender estos resultados podría ser de índole metodológica. El instrumento utilizado en este estudio es un reporte de la misma madre sobre su percepción del nivel de DSE del niño, lo cual podría conllevar un sesgo. Estudios futuros que incluyan instrumentos de observación del DSE infantil dilucidarán este aspecto. Finalmente, los estudios realizados en el tema han abordado la relación de estas competencias parentales con el ajuste social del niño, sus habilidades o destrezas sociales, competencias interpersonales o entendimiento social (Kårstad et al., 2015; Rosso et al., 2015; Sharp et al., 2006; Taumoepeau & Ruffman, 2006), no así con el DSE alcanzado por un niño a una determinada edad, relación que más bien ha sido sugerida a nivel teórico. Podría pensarse que dichas competencias maternas, más que influir en el nivel de DSE del infante, influyen en la articulación del DSE del infante. Estudios futuros podrán dar más luces a estos cuestionamientos.

Finalmente, resulta interesante, y preocupante, constatar una vez más que el NSE influye directamente tanto en el nivel de desarrollo de los niños como en las competencias parentales. Estudios anteriores ya han descrito que el NSE influye en el DSE infantil (Bornstein et al., 2007; Landry et al., 2001). Los resultados sugieren, además, que las madres de NSE bajo tienden a evidenciar una disminución de su comportamiento sensible y mentalizador, lo cual concuerda con lo reportado por otros estudios (Emmen et al., 2012; Farkas et al., 2015; Landry et al., 2001; Santelices et al., 2015). Factores más frecuentemente asociados a las madres de NSE bajo, como mayores niveles de estrés parental, depresión y angustia (Olhaberry, 2012; Palmer et al., 2013), podrían explicar esta relación. Esto lleva a reflexionar a como estos factores de la madre podrían estar también influyendo en la falta de sensibilidad y mentalización, dada la falta de posibilidades. También resalta la relevancia de las intervenciones tempranas enfocadas a los grupos de mayor riego social en países como Chile, donde la disparidad social es mayor (Pereyra, 2008).

Es necesario considerar las limitaciones del estudio. Al haber sido este un estudio transversal, solo da cuenta de lo que ocurre en estas variables para este grupo etario. Por lo tanto, sería importante investigar si estas competencias maternas podrían relacionarse con el nivel de DSE en niños mayores, a través de un estudio longitudinal. Esto podría contribuir a un mayor entendimiento de la relación de la sensibilidad y mentalización del adulto con el desarrollo del niño. Otra limitación del estudio es que la muestra no fue probabilística y, además, se consideró una edad específica y solo niños que asisten a sala cuna, lo cual limita la generalización de los resultados. Futuros estudios podrían incorporar díadas con niños que no asisten a salas cuna, incluir a los padres de los niños, estudiar las mismas competencias en el personal educativo de los niños que asisten a sala cuna o analizar la relación con aspectos propios del niño, como su sexo y su temperamento. Todos estos estudios complementarán la información que se maneja del tema y posibilitarán la realización de intervenciones tempranas que sean más específicas y sensibles culturalmente.

NOTA

1 Las autoras asumen la importancia de la distinción lingüística de género; sin embargo, para facilitar la lectura del texto, en adelante esta será obviada.

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Fecha de recepción: Abril de 2015.
Fecha de aceptación: Agosto de 2016.

Alejandra Gálvez y Chamarrita Farkas, Escuela de Psicología, Pontificia Universidad Católica de Chile, Santiago, Chile.

El artículo corresponde a una tesis de Magister en Psicología de la primera autora y contó con el financiamiento otorgado a la segunda autora por el Fondo Nacional de Desarrollo Científico y Tecnológico, Proyectos FONDECYT Nº 1110087 y 1160110. Además del presente artículo, se han derivado los siguientes artículos de los datos del proyecto N° 1110087: (a) Vargas, N., Morales, M. P., Witto, A., Zamorano, J., Olhaberry, M. & Farkas, C. (2016). ¿En qué medida la mentalización parental y el nivel socioeconómico predicen el lenguaje infantil? Psicoperspectivas, Individuo y Sociedad, 15(1), 169-180. doi:10.5027/PSICOPERSPECTIVAS-VOL15-ISSUE1-FULLTEXT-690; y los siguientes que aparecen en las Referencias: (b) Farkas et al., 2015; (c) Santelices et al., 2012 y (d) Santelices et al., 2015.

La correspondencia relativa a este artículo debe ser dirigida a Alejandra Gálvez, Escuela de Psicología, Pontificia Universidad Católica de Chile, Avda. Vicuña Mackenna 4860, Macul, Santiago, Chile. E-mail: aegalvez@uc.cl

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