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Psykhe (Santiago)

versión On-line ISSN 0718-2228

Psykhe v.13 n.2 Santiago nov. 2004

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-22282004000200007 

 

PSYKHE 2004, Vol. 13, Nº 2, 85-98

ARTICULO

Expectativas de Autoeficacia y Actitud Prosocial Asociadas a Participación Ciudadana en Jóvenes

Self-efficacy Beliefs and Prosocial Attitude as Correlates of Social Involvement in Youth

Elda Velásquez, M. Loreto Martínez y Patricio Cumsille
Pontificia Universidad Católica de Chile

Dirección para Correspondencia


Se estudiaron las diferencias en la cantidad y tipo de participación entre jóvenes de ambos sexos y, cómo estas diferencias inciden en las expectativas de autoeficacia y la actitud prosocial a futuro. La muestra estuvo constituida por 1900 jóvenes, estudiantes de enseñanza media de tres comunas de la Región Metropolitana. A través de pruebas no paramétricas y análisis de regresión lineal se examinaron: a) las diferencias existentes entre ambos sexos en la cantidad de actividades de participación; b) las relaciones existentes entre el sexo de los participantes y su participación en actividades de tipo prosocial y activista, y c) la asociación entre tipos de participación social y las expectativas de autoeficacia y actitud prosocial de los adolescentes. Los resultados indicaron que las mujeres participan más que los hombres. El sexo de los jóvenes es una variable predictora de la actitud prosocial a futuro, pero no predice expectativas de autoeficacia. La participación social se asocia positivamente a las expectativas de autoeficacia, como también a la actitud prosocial. Se discuten las implicancias de los hallazgos desde la perspectiva de las políticas de juventud y la igualdad de género.


This study examined gender differences in levels and type of social involvement, as well as the associations between social involvement, self-efficacy and prosocial attitudes in Chilean adolescents. The sample consisted of 1900 adolescents drawn from private and municipal schools in metropolitan Santiago. Significant gender differences in levels of social participation were found with females reporting more involvement than males. In addition, females reported higher levels of prosocial involvement than males. Regression analyses yielded a significant positive association between social participation and self-efficacy beliefs. Similarly, social involvement was positively associated with prosocial attitude. Findings are discussed in light of their implications for youth social policy and gender equality.



Introducción

La participación social genera el potencial para que las instituciones, los contextos escolares, del barrio y de la comunidad sean responsivos a las necesidades de las personas y de las familias. Entre los beneficios de la participación ciudadana se ha notado que mejora la calidad de los entornos y de los programas pues los participantes contribuyen con su conocimiento. Asimismo, la participación acrecienta los sentimientos de control sobre el ambiente (Florin & Wandersman, 1988) y ayuda a las personas a desarrollar planes que calzan mejor con sus necesidades y valores. Finalmente, la participación social aumenta los sentimientos de eficacia y responsabilidad y disminuye los sentimientos de alineación y anonimato (Wandersman & Florin, 2000).

Como otras actividades sociales, la participación está influenciada por la socialización de género. Por ejemplo, en relación al tipo de organizaciones en las que se participa, las alternativas más frecuentes para cada género son las organizaciones sociales para las mujeres y las deportivas para los hombres. En este sentido, los diferentes patrones de socialización a los que son expuestos hombres y mujeres, presentan condicionantes, tales como permisos, tiempo disponible e incompatibilidad de roles (Sabatini, 1995), que van situando a la mujer joven en una posición, donde la participación toma matices particulares.

Conocer los patrones de participación, los contextos o lugares en que ésta se lleva a cabo, como también el tipo de organizaciones en que las mujeres jóvenes se involucran y sus diferencias con las que convocan a los hombres jóvenes resulta relevante al momento de evaluar los beneficios que la participación conlleva para cada género.

El reporte de participación de las mujeres en organizaciones sociales, tiende a aumentar sistemáticamente hacia la edad adulta, por tanto, es necesario conocer las oportunidades de participación que pueden ser propiciadas o reconocidas para las mujeres jóvenes. En cuanto a lo primero, para la puesta en marcha de ciertas habilidades asociadas con la participación (e.g., pensamiento crítico, liderazgo) generalmente existe primero un proceso de aprendizaje de dichas habilidades, por lo tanto, conocer las diferencias de participación entre los segmentos jóvenes y adultos ayudará a comprender el desarrollo de estas habilidades.

Teórica y empíricamente la participación social se asocia al desarrollo de habilidades -e.g., empoderamiento, pensamiento crítico, sentimiento de autoeficacia y desarrollo de identidad entre otras características- (Terry, 2001; Thomas, 2000; Zimmerman & Rappaport, 1998). En consecuencia, si las mujeres jóvenes participan menos, tal como se reporta en estudios nacionales (INJUV, 2001) sus oportunidades de desarrollar estas habilidades a través de la participación serían menores.

En función de la literatura consultada, el presente estudio se ha planteado como objetivo general identificar si existen diferencias en la cantidad y tipo de participación, además de describir cómo estas diferencias de participación de hombres y mujeres jóvenes inciden en el desarrollo de expectativas de autoeficacia y las conductas prosociales a futuro.

Antecedentes

Juventud y Participación

Desde la década de los 50, se han definido metas sobresalientes de la etapa adolescente, destacándose los esfuerzos por lograr independencia de los padres, adquirir las aptitudes sociales que se requieren de todo adulto; lograr un sentido de sí mismo; desarrollar habilidades académicas y vocacionales; adaptarse a los cambios físicos y la asimilación de un conjunto de normas y valores (McKinney, Fitzgerald & Strommen, 1998). Sin embargo, el fenómeno que más caracteriza esta etapa es el establecimiento de la identidad. Para Erikson (1950), la identidad equivale a "la confianza intensificada de que la realidad y continuidad internas que se han preparado en el pasado, corresponden a la realidad y continuidad de significado que uno tiene para los de más" (p. 228). La consolidación de la identidad se transforma en el centro de las tareas evolutivas en esta etapa. La relevancia de esta tarea del desarrollo queda evidenciada en las investigaciones que han argumentado que la personalidad adulta está influenciada en gran medida por la manera en que las personas resuelven sus problemas durante este periodo (Stewart & Healy, 1989).

En consecuencia con lo anterior, desde el enfoque ecológico (Bronfenbrenner, 1979), se concibe a la persona en desarrollo, en constante interacción con su ambiente. Desde esta perspectiva, el desarrollo es un cambio perdurable en el modo en que una persona percibe su ambiente y se relaciona con él. Así, las características de los entornos en que los jóvenes se desenvuelven cobran relevancia para su desarrollo.

Los contextos y las experiencias derivadas de los diversos roles permitirán al joven, identificarse con los valores comunes, favoreciendo la construcción de aspectos sociales de su identidad (Hart, Atkins & Ford, 1998). En síntesis, las características personales de los adolescentes en conjunción con las oportunidades del entorno para la exploración de acción prosocial influencian el desarrollo de la identidad moral y, a su vez, incrementan el capital social en las comunidades (Hart et al., 1998).

Es la interacción con el entorno la que brinda a los y las jóvenes diferentes formas de participar. Es decir, la participación puede darse cuando confluye tanto la capacidad de participar como las oportunidades existentes. Las oportunidades del entorno debieran incorporarse al momento de diseñar políticas públicas de manera que permitan el adecuado ejercicio de la capacidad de participación a los jóvenes, al mismo tiempo que los jóvenes contribuirán con sus capacidades al incorporarse en esa acción colectiva (Hart et al., 1998; Palma, 1998). Las posibilidades que las sociedades democráticas ofrecen para la participación, debate y para el desarrollo de conocimiento, habilidades, disposiciones cívicas y pensamiento crítico (Branson & Quigley, 1998; Flanagan, Bowes, Jonsson, Csapo & Sheblanova, 1998) en los jóvenes, se constituyen en una de las modalidades de promoción del desarrollo juvenil.

Mujeres y Participación

El análisis del estado de la participación de las mujeres en Chile debe realizarse tomando en cuenta las diferentes realidades de éstas, dependiendo de los estratos socioeconómicos y culturales en que se desenvuelven y por supuesto el grupo etáreo al que pertenecen.

En Chile, el 50.7% de la población está constituida por mujeres, de las cuales, el 23% tienen entre 15 y 29 años, es decir, son mujeres jóvenes de acuerdo a las políticas nacionales (INE, 2003).

El estudio de la participación de las mujeres, obviamente debe hacerse desde una perspectiva de género, lo que requiere ser contextualizado históricamente desde su surgimiento en la década de los años setenta, momento en el cual la igualdad de género se incorpora a la discusión en ámbitos académicos y políticos. La primera forma de estudio está orientada al problema de la invisibilidad y subordinación de las mujeres y, consecuentemente, se torna necesario hacerlas "visibles", otorgar existencia social como requisito esencial para su autovaloración y reinvindicación de su condición (Jelin & Valdés, 1999).

Posteriormente, el eje de estudio se orienta, por una parte, a la búsqueda de reconocimiento del rol de las mujeres y la lucha por mejores condiciones para llevar a cabo las labores ligadas a la tradicional división de labores entre géneros y por otra a transformar esas condiciones. Esto se debe principalmente a la integración de la mujer a la fuerza de trabajo en América Latina (Valdés, 1995, en Jelin & Valdés, 1999), en condiciones donde la división sexual del trabajo tienen características que la definen como opresora, que mantiene la subordinación de las mujeres y les resta autonomía, planteándose como alternativa el cambio del patriarcado como sistema social (Valdés, 1990).

Jelin (1987, en Jelin & Valdés, 1999) plantea que son las mujeres las que promovieron la organización comunitaria y autogestionaria de los servicios públicos. Pese a tener una proporción alta de participación en estas organizaciones, las mujeres continúan siendo invisibles para la sociedad en su conjunto. Sus formas propias de participación son consideradas una forma de reforzar la condición de subordinación, en tanto las labores que desarrollan en el trabajo comunitario son una extensión de las labores domésticas -e.g., a ollas comunes, comedores colectivos, salas cunas y jardines infantiles comunitarios- lo que constituye una de las características de la participación de las mujeres durante las décadas de los setenta y ochenta (Jelin & Valdés, 1999).

No obstante lo anterior, existe otro hito en la participación de las mujeres en Chile y también en América Latina durante el mismo período, mediado por la precariedad de las democracias y la presencia de dictaduras en diversos países. En estas condiciones, las mujeres lideran movimientos de derechos humanos y de búsqueda de familiares desaparecidos debido al accionar de las dictaduras (Valdés & Weinstein, 1993).

Por otra parte, una de las características de la participación de las mujeres, ha sido el involucramiento en actividades asociadas con labores del hogar o aquellas que tienen un carácter de cuidado hacia otros, en contraposición con las características de la participación masculina más asociadas a lo público (Sabatini, 1995; Serrano, Raczinski & Rojas, 1999).

En sus estudios sobre el desarrollo de las mujeres, Gilligan (1985) describe las diferencias de perspectivas en el desarrollo moral de hombres y mujeres. Sus observaciones permiten entender la incidencia de la socialización de género en la construcción de ciudadanía y la participación social y política. La autora cuestiona los resultados obtenidos por Kohlberg, sosteniendo que resulta inadecuado evaluar con un único estándar la forma cómo mujeres y hombres actúan frente a determinadas situaciones morales. Gilligan (1985) postula la existencia de dos modalidades de ética: a) la ética de la justicia y b) la ética del cuidado. La primera está basada en el respeto de los derechos formales, en una consideración del individuo como un ser responsable y diferenciado dentro su entorno, y en la aplicación de reglas y procedimientos objetivos e imparciales, que llevan a lograr resultados justos. La ética del cuidado se caracteriza por una predisposición a formular juicios morales considerando la situación en que se encuentran las personas, ve el mundo como una red de relaciones y enfatiza la responsabilidad por los otros como un principio central de la conducta social. En síntesis, la ética del cuidado considera que la aplicación de reglas o leyes no es suficiente para enfrentar los conflictos sociales, sino que es necesario también asumir una responsabilidad activa por los demás. Lo anterior, puede vincularse a las formas de participación en las que se involucran los jóvenes, pudiendo ser posible a su vez, hipotetizar dos tipos de participación cada uno relacionado a las modalidades de ética postuladas por Gilligan, esto es, participación de tipo prosocial, asociado a la ética del cuidado y la participación activista, ligada a la ética del derecho.

En la perspectiva de Kohlberg, si la ética de la justicia es el punto más alto de la formación moral de las personas, entonces, la ética del cuidado representaría un desarrollo menos avanzado, sería sólo aplicable a los ámbitos familiares o privados pero no a los públicos. Basándose en los resultados de sus investigaciones, Gilligan cuestiona que las teorías sobre el comportamiento humano sigan considerando la conducta masculina prototípica como el estándar de medida. Con este sesgo, las características "femeninas" ya sea son invisibles en el discurso teórico, o aparecen como defecto, inferioridad o carencia.

Diversos trabajos han cuestionado las interpretaciones de esta investigadora debido a que, al diferenciar tan netamente a varones y mujeres, tiende hacia el esencialismo y a la generalización. En consecuencia, y más allá de sus propósitos, este discurso sería funcional a la perpetuación de las diferencias de género ya que no da respuestas políticas a las limitaciones para la participación femenina en la esfera pública (Marín, 1993). La explicación de Gilligan sobre la concepción del yo de las mujeres favorecería la conclusión de que ellas son las mejores "cuidadoras" casi por de naturaleza, dejando de lado las diferencias en la posición social y en el acceso al poder que facilitan que se desarrollen ciertos rasgos más que otros.

Sin embargo, también cabe otra lectura de sus ideas. Podría pensarse que su análisis contribuye a una revisión necesaria del marco ético predominante, al tiempo que sugiere un camino para la construcción de una nueva ética universal que abarque el modelo de la justicia (reciprocidad, contrato) y también el del cuidado (trabajo voluntario, caridad, responsabilidad, solidaridad), una visión de la sociedad en la cual mujeres y varones compartan tareas, responsabilidades, derechos, y protagonismo (Marín, 1993).

Esta línea de pensamiento la encontramos también en quienes proponen como norte del cambio ético la construcción de una "sociedad del cuidado". En ella los miembros de la comunidad no sólo deberían gozar de derechos, sino también asumir obligaciones por el bienestar colectivo. La responsabilidad de todos y cada uno de los sujetos hacia las familias, las comunidades y el medio ambiente, se conciben como un aspecto fundamental de la ciudadanía, una inversión social que fortalece la capacidad de la comunidad para asegurar el desarrollo sustentable.

Si bien en el actual contexto global estas propuestas podrían ser vistas como expresiones retóricas, manifestaciones de buenos deseos con escasa viabilidad, tienen al menos el interés de iluminar y revalorizar como referentes éticos deseables para el conjunto, atributos y relaciones que fueron asignados a las mujeres y encapsulados en sus ámbitos más específicos como el hogar.

La igualdad de oportunidades para participar, encuentra sustento en los hallazgos de diferentes estudios que dan cuenta de los beneficios de la participación, tales como el desarrollo de empoderamiento psicológico, la identificación de recursos propios y del entorno, el desarrollo de estrategias para lograr metas y por ende mayores competencias, mayor sentido de responsabilidad y de control, asociados a la percepción de autoeficacia, satisfacción de necesidades, conocimiento cívico, mayor grado de responsabilidad (Branson & Quigley, 1998; Florin & Wandersman, 1988; Prestby, Wandersman, Florin, Rich & Chavis, 1990; Terry, 2001; Zimmerman & Rappaport, 1998).

A través del fomento de la participación se invierte en el capital social (Hart et al., 1998). Se requiere entonces generar actividades motivadoras, especialmente en jóvenes, ya que se ha demostrado que conexiones tempranas con pares en actividades extracurriculares, participación religiosa, entre otras, son un predictor significativo de involucramiento cívico en la adultez (Hart et al., 1998; Smith, 1999).

Estudios realizados con mujeres han demostrado que la falta de participación, de ocupación de espacios y por ende la disminución de redes, está asociada a bajo empoderamiento, contribuyendo a que las mujeres sean más propensas a una serie de riesgos, fruto de las desiguales relaciones de poder que establecen (Jenkins, 2000). Estos antecedentes resultan relevantes de considerar a la luz de los hallazgos previos (INJUV, 2001) que informan de una menor participación de las mujeres jóvenes en relación a la de sus pares varones. En este contexto, las mujeres jóvenes tendrían menor oportunidad de desarrollar un mayor nivel de empoderamiento psicológico, de aumentar su percepción de autoeficacia y menores posibilidades de involucramiento cívico o prosocial en la adultez, además de los beneficios que ésto implica en su desarrollo.

Expectativas de Autoeficacia y Participación

La autoeficiacia es el conjunto de creencias en las propias capacidades para organizar y ejecutar los cursos de acción requeridos para producir determinados logros o resultados (Bandura, 1997). Para Bandura (1977) las creencias que una persona tiene juegan un rol esencial en las motivaciones de ésta. En este sentido, la autoeficacia se refiere a la confianza que tiene una persona de que cuenta con la capacidad para hacer las actividades que emprende. Los juicios que la persona hace acerca de su autoeficacia son específicos a las tareas y a las situaciones en que se involucra, y las personas las utilizan para referirse a algún tipo de meta o tarea a lograr. En el contexto de la presente investigación, ésto implica que las metas planteadas por los jóvenes en actividades de participación que benefician a su comunidad estarían estrechamente ligadas a su percepción de autoeficacia.

De acuerdo a Bandura (1997), existen cuatro fuentes de las cuales se derivan los pensamientos de autoeficacia: a) las experiencias de éxito, que son el resultado de las tareas realizadas y a su vez la fuente de mayor influencia; b) las experiencias vicarias o efectos producidos al observar las acciones de los demás; c) la persuasión social, que implica la exposición a los juicios verbales de los demás y aunque es una fuente débil de información sobre la autoeficacia, puede jugar un rol importante en el desarrollo de las creencias de una persona; y, finalmente, d) los estados emocionales y fisiológicos como la ansiedad, el estrés, la excitación y la fatiga, que también proporcionan información sobre la creencia de la propia eficacia.

Las investigaciones que relacionan la autoeficacia con la participación en la juventud, dan cuenta de la importancia de la participación como fuente de interacciones que permite el desarrollo de habilidades de los y las jóvenes, permite la acumulación de capital social y, por lo tanto, favorece la proyección de los jóvenes como ciudadanos activos en sus comunidades. Sin embargo, dado que la literatura existente estudia estos elementos en forma separada o aquellas que indagan en la conformación de capital social han sido realizadas en el extranjero se plantea la necesidad de analizar estas relaciones en jóvenes chilenos. Entre las preguntas que guían este estudio se plantean ¿participan menos las jóvenes?, ¿participan de un modo diferente?, ¿cómo se relacionan estas diferencias en la participación con las expectativas de autoeficacia y la actitud prosocial a futuro?

Resulta especialmente importante conocer cuáles experiencias de participación se asocian efectivamente al desarrollo de los jóvenes. Además, si consideramos que la participación tiene una serie de beneficios descritos ampliamente en la literatura, sumado a la necesidad de contar con ciudadanos con predisposición y preocupación por mantener conductas y actitudes prosociales a futuro, cabe entonces preguntarnos si la participación por sí sola es necesaria para mejorar estas condiciones y a la vez poder conocer si existe influencia de algún tipo específico de participación que contribuya en mayor medida a la orientación hacia otros.

Las hipótesis generales de la presente investigación son, en primer lugar que no hay diferencias significativas en los porcentajes de participación ciudadana de jóvenes hombres y mujeres. En segundo lugar, se plantea que existen diferencias en el tipo de actividades de participación ciudadana entre hombres y mujeres, lo que a su vez incide de manera diferente en su desarrollo psicosocial.

Es posible hipotetizar: a) que no existen diferencias significativas en cuanto a la cantidad de participación de hombres y mujeres; b) que hombres y mujeres difieren en el tipo de participación que eligen, siendo la participación prosocial mayor en mujeres y la participación activista mayor en los hombres; y c) las expectativas de autoeficacia están asociadas a la participación prosocial y la actitud prosocial a futuro está asociada a la participación prosocial.

Método

Participantes

La muestra estuvo constituida por 1900 jóvenes estudiantes de enseñanza media de la Región Metropolitana (1039 mujeres y 861 hombres). Al momento de la evaluación, los participantes cursaban 1º a 4º medio en establecimientos educacionales de tipo municipalizado, particular subvencionado y particular pagado.

Los establecimientos donde se realizó la investigación están ubicados en las comunas de La Florida, Macul y Ñuñoa. La edad de los participantes fluctuó entre los 14 y 20 años, con un promedio de 15.9 años para las mujeres (SD = 1.3) y 16 años para los hombres (SD = 1.4). La muestra total tiene un promedio de edad de 16 años (SD = 1.3).

Instrumentos

Escala de Responsabilidad Social y Participación en Actividades Cívicas (Pancer, Pratts & Hunsberger, 2000): Mide la frecuencia de involucramiento en actividades de bien común por lo menos una vez en los últimos seis meses.

Consta de ocho itemes, donde el mayor puntaje indica mayor frecuencia de involucramiento. A su vez, esta variable se divide en dos tipos de participación, a saber:

Participación prosocial: Incluye la participación en actividades de tipo solidario y/o beneficencia. Por ejemplo: "¿Has participado o ayudado a una organización de caridad?".

Participación activista: Esta participación se orienta a actividades que tiene en común la lucha por determinadas causas, orientadas por la ética del derecho. Por ejemplo: "¿Has ayudado o participado en alguna organización que se preocupa del medio ambiente?".

Escala de Autoeficacia: Consta de seis itemes que miden las expectativas de éxito en la resolución de problemas y habilidad para persistir ante hechos adversos. Los itemes utilizados son una adaptación de la escala de Sherer, Maddux, Mercadante, Prentice-Dunn, Jacobs & Rogers (1982). Se presentó a los jóvenes una serie de afirmaciones, por ejemplo: "Cuando hago planes, sé que puedo hacerlos funcionar", a las que los estudiantes respondieron "Muy en desacuerdo" (1), "En desacuerdo" (2), "No estoy seguro" (3), "De acuerdo" (4), "Muy de acuerdo" (5), marcando el número que corresponde al grado en que cada una de ellas les describía. Como indicador, se consideró que a mayor puntaje, mayor expectativa de autoeficacia.

Escala de Actitud Prosocial a Futuro: Mide la tendencia a evaluar de manera favorable situaciones que están definidas como de beneficio para la sociedad u otras personas. Consta de cinco itemes, donde una alta puntuación indica una actitud más favorable a involucrarse en actividades que beneficien a la comunidad. A los participantes se les preguntó por el grado de importancia que asignan en su vida y en su futuro a cada una de las metas de esta escala, por ejemplo: "Ayudar a mi comunidad". Las respuestas se distribuyen en "No es importante", "Algo importante", "Importante" y "Muy importante".

Procedimiento

Los adolescentes fueron contactados en sus colegios. La invitación a participar enfatizó el carácter voluntario de ésta y un porcentaje altísimo de jóvenes estuvieron dispuestos a participar voluntariamente. El procedimiento aplicado, llevado a cabo por psicólogos y estudiantes de los últimos años de Psicología, resguardó la confidencialidad y el bienestar de los participantes. Se obtuvo un consentimiento escrito de los jóvenes, quienes respondieron un cuestionario, de aproximadamente 60 minutos de duración, en el mismo establecimiento educacional.

Las estrategias de análisis apuntaron a obtener información respecto de las diferencias existentes entre el grupo de hombres y de mujeres y las relaciones existentes entre las variables medidas. Inicialmente se realizó el análisis descriptivo de las variables y verificación de los supuestos necesarios para las pruebas planificadas, posteriormente se realizó un análisis factorial de las escalas, para conocer la validez y confiabilidad de éstas. Luego se contrastaron las hipótesis utilizando U de Mann-Whitney y regresiones lineales.

Resultados

Los promedios y las desviaciones estándar de las variables en estudio, se presentan en la Tabla 1.

Tabla 1
Promedios y desviaciones estándar en las dimensiones evaluadas

Análisis de Validez y Confiabilidad de las Escalas

En el caso de la Escala de Participación, primero se utilizó un análisis factorial exploratorio para determinar el número de factores que la componían. En el resto de las escalas, dado que se utilizó instrumentos que fueron considerados previamente en una aplicación piloto del proyecto en el cual se enmarca esta investigación y dada la literatura existente, se realizó sólo análisis factorial confirmatorio, a través del programa AMOS. Debido a que no se cumple el supuesto de normalidad (Hair, Anderson, Tatham & Black, 1999), para la estimación de los parámetros, verificación y ajuste del modelo se empleó el método de mínimos cuadrados generalizados (GLS).

En todas las escalas, los itemes que presentaban bajas cargas factoriales fueron eliminados.

Escala de Participación. Los itemes fueron analizados utilizando en primera instancia análisis factorial exploratorio, con el método de extracción de ejes principales y rotación Promax. En la Tabla 2 se muestran los tamaños de las medidas resultantes. Las medidas fueron sometidas a análisis factorial confirmatorio. Se postuló la existencia de dos constructos diferentes, pero correlacionados entre sí: participación prosocial y participación activista.

Tabla 2
Parámetros estimados para modelo "Participación"

Una vez ejecutado el análisis se verificó la ausencia de problemas de identificación (Hair et al., 1999), descartándose la existencia de errores estándar muy elevados, incapacidad del programa de invertir la matriz, estimaciones imposibles, correlaciones elevadas entre los coeficientes.

De acuerdo al análisis factorial, la escala tiene un buen nivel de confiabilidad, presentando cada ítem cargas de regresión altas, con un nivel de homogeneidad aceptable para cada una de las escalas. La Tabla 3 resume los resultados para el modelo de medición, errores de estimación y cargas de regresión. Gráficamente el modelo tiene la forma que se presenta en la Figura 1.

Figura 1. Modelo de medición para variable participación.

En relación con las medidas de ajuste absoluto, el modelo presenta un valor para el estadístico chi-cuadrado (x2 = 119.46; gl = 19) con un nivel de significancia bajo 0.05 (p = 0.00). Sin embargo, en el caso de las escalas utilizadas en el estudio, debe considerarse que este valor es sensible a los tamaños muestrales y al supuesto de normalidad, lo que implica que ante muestras grandes el valor de este estadístico generalmente resulta significativo, situación que no es deseable en el caso de análisis factorial confirmatorio, por lo que no resulta un buen índice de ajuste en este caso. Debido a esto, se evaluaron otros índices, como el índice de bondad del ajuste (AGFI = 0.96) que en este caso tiene un valor alto y por ende indicativo de un buen ajuste. Finalmente los índices RMSR = 0.045 y RMSEA = 0.053, indican que la correlación residual media está dentro de los parámetros aceptables y corrobora un buen nivel de ajuste considerando además la parsimonia del modelo, respectivamente.

Los índices de ajuste comparativo, que evalúan el ajuste incremental del modelo comparado con el "modelo nulo", dan cuenta de valores altos, cercanos a 1 (IFI = 0.99 y CFI = 0.96), lo que implica que existe un buen ajuste entre el modelo estimado y el modelo nulo o independiente, es decir, el modelo propuesto refleja en gran medida la información contenida en los datos.

Posteriormente, se realizó el mismo análisis pero para cada sexo en forma separada. En el grupo compuesto sólo por mujeres, el nivel de ajuste absoluto se mantiene en un valor similar (RMSEA = 0.06), con un índice de ajuste no normalizado alto (NNFI = 0.990) y un índice de ajuste comparativo alto (CFI = 0.995) (X2 =148.68; gl = 19; p = 0.00), lo que implica que al considerar sólo a las mujeres en el análisis, el modelo mantiene altos índices de ajuste.

En el caso de los hombres, el nivel de ajuste absoluto está dentro de los parámetros que lo consideran como bueno (RMSEA = 0.060; X2 = 150.79; gl = 19; p = 0.00), también el índice de ajuste no normalizado se encuentra en un rango que lo clasifica como bueno (NNFI = 0.99), al igual que el índice de ajuste comparativo (CFI = 0.995), lo que da cuenta de una estructura igual a la que presenta el grupo de mujeres y la muestra en general.

En resumen, las diversas medidas globales de calidad del ajuste, aportan evidencias suficientes para considerar los resultados del modelo como una aceptable representación de los constructos supuestos, que consideran la existencia de dos tipos de participación: "activista" y "prosocial".

Análisis factorial de la Escala de Expectativas de Autoeficacia. De acuerdo al análisis factorial, la escala tiene un nivel de confiabilidad de 0.7, presentando cada ítem cargas de regresión altas, con un nivel de homogeneidad aceptable al interior de la escala.

En relación con las medidas de ajuste absoluto, el modelo presenta un valor para el estadístico chi-cuadrado (X2 = 39.14; gl = 9) con un nivel de significancia bajo 0.05 (p = 0.000). Por el tamaño de la muestra, se chequearon otros índices, como el índice de bondad del ajuste (AGFI = 0.98) que en este caso tiene un valor considerado bastante alto y por ende de un buen ajuste. Finalmente los índices RMSR = 0.023 y RMSEA = 0.042 indican que la correlación residual media está dentro de los parámetros aceptables y corrobora un buen nivel de ajuste considerando además la parsimonia del modelo, respectivamente.

Los índices de ajuste comparativo, que evalúan el ajuste incremental del modelo comparado con el "modelo nulo", dan cuenta de valores altos, cercanos a 1 (IFI = 0.99 y CFI = 0.99) lo que implica que existe un buen ajuste entre el modelo estimado y el modelo nulo o independiente, es decir, el modelo propuesto refleja en gran medida la información contenida en los datos.

Dado que las diferencias de género son un punto importante para este estudio, se contrastó el mismo modelo de acuerdo al sexo de los participantes. En el caso del grupo compuesto sólo por mujeres, el nivel de ajuste absoluto se mantiene en un valor bastante aceptable, RMSEA = 0.045, con un índice de ajuste comparativo (CFI) igual a 0.995 (X2 = 43.64; gl = 9; p = 0.00), lo que implica que al considerar sólo a las mujeres en el análisis, el modelo tiene las mismas características de ajuste que presenta al considerar la muestra en forma global. En el caso de los hombres, el nivel de ajuste absoluto está dentro de los parámetros que lo consideran como bueno (RMSEA= 0.046; X2 = 45.38; gl = 9; p = 0.00), también el índice de ajuste comparativo se encuentra en un rango que lo clasifica como bueno (CFI = 0.995), lo que da cuenta de una estructura igual a la que presenta el grupo de mujeres y la muestra en general. Los índices de ajuste absoluto y de ajuste comparativo son idénticos para ambos grupos (NNFI = 0.998 y CFI = 0.999).

En resumen, las diversas medidas globales de calidad del ajuste, aportan evidencias suficientes para considerar los resultados del modelo como una aceptable representación del constructo "expectativas de autoeficacia". En la Figura 2 se presenta la representación gráfica del modelo.

Figura 2. Modelo de medición para expectativas de autoeficacia.

Análisis factorial de la Escala de Actitud Prosocial a Futuro. La tercera escala a analizar fue la escala "actitud prosocial a futuro", constituida por cinco ítemes. Al igual que en las escalas anteriores, al realizar el análisis se consideró el método GLS debido a que los datos violan el supuesto de distribución normal. De acuerdo al análisis factorial, la escala tiene un buen nivel de confiabilidad, presentando cada ítem cargas de regresión altas, con un nivel de homogeneidad aceptable para cada una de las escalas.

El modelo presenta un valor para el estadístico chi-cuadrado alto (X2 = 406.09; gl = 5) con un nivel de significancia bajo 0.05 (p = 0.000). Al igual que con las variables anteriores, el estadístico es sensible a los tamaños muestrales y al supuesto de normalidad, que tampoco se cumple, por lo que el valor que arroja da cuenta de un mal ajuste. Al chequear otros índices, como el índice de bondad del ajuste (GFI = 0.94), éste es alto y por ende de un buen ajuste. Sin embargo, el índice RMSR = 0.11 y el RMSEA = 0.17 dan cuenta de problemas en el ajuste.

Figura 3. Modelo de medición para variable actitud prosocial a futuro.

Los índices de ajuste comparativo, que evalúan el ajuste incremental del modelo comparado con el "modelo nulo", dan cuenta de valores altos, cercanos a 1 (IFI = 0.98 y CFI = 0.98) lo que implica que existe un buen ajuste entre el modelo estimado y el modelo nulo o independiente, es decir, el modelo propuesto refleja en gran medida la información contenida en los datos.

Análisis de Variables

Para identificar la existencia de diferencias en relación a la cantidad de participación, se consideró el constructo participación en forma global, es decir, la escala completa sin dividir la participación de acuerdo a los tipos de participación propuestos. Dado que, como se señaló anteriormente, el supuesto de normalidad no se cumple en la distribución para la variable participación, se optó por una prueba no parámetrica (Siegel, 1995). Los resultados del análisis indican que, es mayor la participación en el grupo de las mujeres jóvenes que la de los hombres jóvenes (p = 0.000).

En relación a la existencia de diferencias significativas en relación a la participación prosocial de ambos grupos, se puede verificar que existen diferencias significativas entre hombres y mujeres en relación con la participación prosocial, siendo ésta mayor en las mujeres (p = 0.000).

En el caso de la participación activista, los resultados obtenidos indican que no existen diferencias significativas en torno a la cantidad de participación de hombres y mujeres jóvenes en actividades de tipo activista (p = 0.032).

Para contrastar la relación entre el tipo de participación social y las expectativas de autoeficacia el cálculo de la ecuación de regresión para el modelo que contempla todos los predictores, arroja un valor para R2 equivalente a 0.027, es decir, se explica el 3% de la varianza del modelo. El aporte de la variable edad es mínimo en comparación al aporte del ingreso de los tipos de participación y sexo.

Al considerar el análisis de varianza éstos resultan significativos, salvo para el modelo 1, que considera sólo sexo como predictor. Para el modelo que contiene como predictores sexo y tipos de participación, el ANOVA resulta significativo con F obs = 16.07 (p = 0.00); para 3 y 1810 grados de libertad. Para el modelo que contiene como predictores sexo, tipos de participación y edad el ANOVA también resulta significativo con F obs = 12.62 (p = 0.00); para 4 y 1810 grados de libertad.

El modelo que contempla todos los predictores tiene una varianza explicada mayor que el resto. En la Tabla 3 se muestran los valores beta para cada variable.

Tabla 3
Coeficientes de análisis de regresión de expectativas de autoeficacia


Finalmente, al indagar acerca de la relación existente entre los tipos de participación y la actitud prosocial que pueden desarrollar a futuro los jóvenes, se verificó que, en general la correlación entre los tipos de participación es menor entre sí que entre los diferentes tipos de participación y la actitud prosocial a futuro.

Al observar las ecuaciones de regresión de cada modelo, es posible observar que para el modelo que considera como único predictor a la variable sexo el R2 es igual a 0.006, y al incorporar las variables participación prosocial y participación activista, el R2 se ajusta en 0.11.

La edad es una variable que aporta a la predicción de la actitud prosocial a futuro en presencia de las variables participación prosocial y activista, dado que hace que el R2 disminuya a 0.10. Esto también se puede corroborar dado que el estadístico de cambio cae al ingresar edad en el modelo (F = 2.2; p = 0.135). Al considerar el modelo que contiene todos los predictores, el porcentaje de varianza explicada es del 12%.

Discusión

El objetivo de la presente investigación fue describir las diferencias en la cantidad y tipo de participación entre hombres y mujeres, como también evaluar la relación entre participación social y expectativas de autoeficacia y actitud prosocial en jóvenes.

Los hallazgos señalan que, contrario a lo planteado en parte de la literatura, al analizar la participación en forma global, existen diferencias en cuanto a la cantidad de participación entre hombres y mujeres, con una mayor participación de estas últimas. Al comparar los tipos de participación se observa que en relación a la participación prosocial existen diferencias significativas de acuerdo al género siendo ésta mayor en las mujeres. Por otra parte, la relación existente entre tipos de participación y expectativas de autoeficacia, permite predecir esta última a través de los tipos de participación siendo más importante el cambio experimentado a través de la participación prosocial. Sin embargo, esto no ocurre en relación al sexo de los y las jóvenes. En cuanto a la relación entre los tipos de participación y la actitud prosocial a futuro también es posible predecirla a través de los diferentes tipos de participación.

A continuación se discute cada uno de los hallazgos e hipótesis contrastadas en el estudio.

Tipos de Participación

Los resultados muestran que es posible identificar dos tipos de participación, diferentes entre sí pero correlacionados, la participación prosocial y la participación activista.

Desde la perspectiva de género, se encontró evidencia para plantear estos dos tipos de participación, donde la participación prosocial responde a la ética de cuidado, y la participación activista que respondería a la ética del derecho (Gilligan, 1985), asociadas a la socialización femenina y masculina respectivamente.

Este hallazgo es el elemento inicial para continuar con las posteriores hipótesis de investigación, ya que si existen estos dos tipos de participación, es posible entonces plantear que eventualmente no existen diferencias en la cantidad de participación de hombres y mujeres, sino que su participación es diferente en relación al tipo de actividad elegida. En otras palabras, permite plantear que el problema no es que las mujeres participen menos, sino que la forma en que se ha evaluado la participación podría no ser sensible a las diferencias de género. En síntesis, las mujeres no participan menos, sino que lo hacen con una orientación diferente y en actividades distintas.

Diferencias en Participación

En relación a la cantidad o frecuencia de participación en actividades, los hallazgos indican que si se considera la participación de una manera global, es decir sin especificar el tipo de participación, existen diferencias en relación a la cantidad de participación de hombres y mujeres, pero quienes más participan no son los hombres, sino las mujeres.

Al respecto, es interesante señalar que esta información difiere de las encuestas nacionales (INJUV, 2001; MIDEPLAN, 2003), donde la participación de las mujeres, era notoriamente menor. Por otra parte, los hallazgos son concordantes con investigaciones (Serrano, Raczinski & Rojas, 1999) que dan cuenta de una mayor participación de las mujeres de otros sectores etáreos.

En este sentido, si nos circunscribimos a la realidad chilena, podemos verificar que estudios del Servicio Nacional de la Mujer (SERNAM) denotan una altísima participación de las mujeres adultas en diferentes esferas de la realidad comunitaria y organizaciones sociales. Esta situación plantea cuestionamientos acerca de la evolución que puede tener las experiencias participativas de las jóvenes en su desarrollo hacia la adultez. De este modo, la pregunta que cabe hacerse es cómo se evoluciona desde una juventud con baja participación hacia un alto protagonismo.

Los resultados de este estudio indican que no existiría una discontinuidad en la participación de las mujeres entre la juventud y la adultez, sino más bien una continuidad. Sin embargo, dada la naturaleza transversal de esta investigación, esta afirmación debe considerarse con cautela e investigarse en estudios longitudinales futuros.

Es posible que la diferencia entre los niveles de participación femenina reportados en este estudio y aquellos reportados en investigaciones previas, estén ligados al hecho de hacer visibles las formas de participación de las mujeres jóvenes y, de este modo, corregir el sesgo de indagar la participación femenina desde una óptica marcada por los estilos participativos masculinos.

Esto ayudaría a reconsiderar la imagen de la mujer asociada a la esfera de lo privado y postular una revisión de los instrumentos que se utilizan para sondear la participación de las mujeres (MIDEPLAN, 2003; INJUV, 2001), especialmente en los segmentos jóvenes. La participación femenina se invisibiliza frente a iniciativas de investigación que restringen la participación juvenil a clubes deportivos y la presencia de mujeres a centros de madres.

En relación a la mayor participación de las mujeres en actividades de tipo prosocial, los resultados del estudio son consistentes con los de Flanagan et al. (1998) con adolescentes, en el sentido que existe un mayor nivel de participación de mujeres que de hombres en actividades prosociales. Por lo tanto, podría ser útil que actividades tales como los diversos tipos de voluntariado, puedan ser considerados como parte de la participación, tal como se incluye en las definiciones de participación que se han revisado. Adicionalmente, la invisibilidad de los ámbitos de participación femeninos, nos lleva a preguntarnos ¿qué reconocimiento se le da al aporte efectuado por las mujeres en este tipo de actividades, específicamente en lo relacionado al bienestar colectivo? Tal vez la respuesta está dada por la consideración de estas actividades como una extensión a la esfera pública de los roles sociales que tradicionalmente se ha asignado a las mujeres en el ámbito familiar y doméstico (lo privado).

En relación a la frecuencia de participación en actividades de activismo política, la información obtenida a través de este estudio señala que no existen diferencias significativas entre el grupo de hombres y mujeres. A pesar que las diferencias no son significativas, en la participación activista se observa una tendencia levemente mayor en los hombres. Esta tendencia, también podría relacionarse con el desarrollo de una ética del derecho mayor en los hombres que en las mujeres, aun cuando no existe evidencia concluyente para afirmarlo. Sin embargo, también resulta válido preguntarse si estos valores responden a una tendencia de estilos de participación de los jóvenes, a oportunidades disponibles en el entorno (Hart et al., 1998) o a efectos de la medición.

Participación y Expectativas de Autoeficacia

A partir de las fuentes revisadas (Chavis & Wandersman, 1990; Flanagan, et al., 1998; Florin & Wandersman, 1988; Keyes, 1998; Serrano, Raczinski & Rojas, 1999; Thomas, 2000; Zimmerman & Rappaport, 1998) se concluye la importancia del involucramiento de jóvenes en actividades que sean de beneficio para su comunidad y de la necesidad de propiciar espacios y oportunidades para el ejercicio de esa participación.

Dado que existen patrones de socialización diferentes para ambos sexos es importante conocer si es la influencia de esta socialización o las oportunidades existentes para hombres y mujeres en la edad juvenil, las que pueden tener efectos distintos sobre las expectativas de autoeficacia.

Bandura (1997) plantea que una de las fuentes de los pensamientos de autoeficacia son las experiencias de éxito. Entonces, si las mujeres participan más en actividades de tipo prosocial, estarían más expuestas al reconocimiento del entorno. En términos prácticos, además de las oportunidades existentes para ganar empoderamiento y desarrollar habilidades, las oportunidades de recibir una gratificación o tener éxito en sus actividades son mayores que en las prácticas de tipo activista. Por esto, se planteó que las expectativas de autoeficacia eventualmente podrían asociarse a la participación prosocial, más que a la participación activista.

Los hallazgos dan cuenta que el sexo de una persona no es un buen indicador para predecir las expectativas de autoeficacia. Es decir, para los jóvenes participantes en el estudio, la variable socialización de género no es suficiente para predecir las expectativas de autoeficacia.

Dado que las expectativas de autoeficacia se relacionan con el cumplimiento de tareas en forma exitosa (Bandura, 1977), no es sorprendente entonces que sea la participación prosocial el predictor que más aporte en relación al resto de las variables, puesto que estas actividades tienden a ser reconocidas y retroalimentadas en forma más inmediata que la participación activista. En relación a la participación, la edad de los jóvenes no es un indicador que aporte al modelo explicativo de las expectativas de autoeficacia.

Finalmente, si bien es cierto que el sexo no es suficiente para predecir las expectativas de autoeficacia, esto es una ventaja que impide cierto determinismo respecto al sexo de una persona, siendo un buen indicador para propiciar el desarrollo de estilos de socialización que enfaticen actividades relacionadas con la ética del cuidado, tanto en hombres como mujeres, de modo de lograr lo que algunas investigadoras denominan una "sociedad para el cuidado" (Jelin & Valdés, 1999). Esto es importante ya que es a través de actividades prosociales donde los jóvenes tienen mayores posibilidades de obtener reconocimiento desde el resto de sus comunidades, aumentando sus expectativas de éxito y por ende de autoeficacia. Cuando los jóvenes tienen mayores expectativas y sentimientos de autoeficacia, es más probable que mantengan conductas de autocuidado, desarrollen mejores estrategias de aprendizaje, entre otros beneficios para su desarrollo.

A su vez, en una comunidad donde la ética del cuidado es importante, las actividades prosociales se transforman en parte de la cultura, de este modo, las oportunidades de desarrollo de identidad moral de los y las jóvenes también aumentan (Hart et al., 1998).

Participación y Actitud Prosocial

Los hallazgos de esta investigación indican que el sexo es un predictor de actitud prosocial a futuro. Dado que existen evidencias para señalar que las mujeres participan más que los hombres y lo hacen en actividades prosociales, es consecuente predecir una mayor actitud prosocial en este grupo. Los resultados indican que es el tipo de participación en que se involucra un joven lo que mejor predice la actitud prosocial. Dado que las edades de los participantes fluctuaban en un amplio rango, se evaluó la importancia de ésta en las actitudes prosociales. Relativa a la contribución de la participación y sexo, la edad no es un predictor significativo.

Como se ha señalado anteriormente, el involucramiento de las personas en actividades de bien común, contribuye a la formación de capital social (Coleman, 1988). De acuerdo a Hart et al. (1998) la disponibilidad de oportunidades de participación existentes en una comunidad, generan a su vez oportunidades de contribuir al bienestar de los otros, favoreciendo la identificación con el bien común y el desarrollo de valores prosociales.

La participación en actividades de bien a la comunidad es un buen predictor de involucramiento cívico en la adultez. El desarrollo de valores cívicos, está estrechamente ligado a las oportunidades presentes en el entorno para desarrollar estas prácticas. De este modo, generar estas oportunidades en el entorno puede brindar a los jóvenes opciones para desarrollar no sólo sus habilidades, al mismo tiempo que da a la sociedad la oportunidad de acumular capital social (Hart et al., 1998).

En relación a esto, resulta relevante que el sexo de una persona puede influir en su actitud prosocial a futuro ya que por una parte tenemos que los hombres tienen una tendencia a tener menor orientación prosocial que las mujeres, dada la socialización que aún caracteriza a nuestra sociedad, y por otra hay una baja valoración de las actividades realizadas por las mujeres. Entonces si resulta importante para las comunidades desarrollar capital social, debería ser importante invertir en proporcionar espacios y oportunidades de participación para los jóvenes.

Los desafíos planteados desde esta investigación apuntan a afinar las formas de acercamiento a las modalidades de participación de los y las jóvenes en pos no sólo de una utilización de los recursos existentes sino también para la generación de una propuesta dirigida a los y las jóvenes que respete las diferencias de género y las necesidades propias de su etapa de desarrollo.

También es interesante poder profundizar en las categorizaciones que los propios jóvenes hacen de participación activista y prosocial y las modalidades que cada una de éstas adquiere para así guiar la generación de oportunidades de participación que son adecuadas para el segmento etáreo y posibilitar la focalización de recursos.

Otro esfuerzo de investigación se relaciona específicamente con las oportunidades existentes en los entornos y cuáles de esas oportunidades son las que los jóvenes consideran que se podrían emprender y su correlación con indicadores de bienestar psicosocial.

Considerando que habitualmente la participación prosocial, en sus objetivos, sus expectativas a la base y los tipos de relaciones que se establecen al interior de estos contextos se relacionan en lo concreto y en lo simbólico con las funciones tradicionalmente asignadas al rol femenino (e.g., altruismo, sensibilidad, cuidado, etc.), es factible preguntarse en qué medida está contribuyendo a su vez a la reproducción y mantención de estereotipos de género y, por lo tanto, a una desigual distribución de recursos y poder entre ambos sexos. Alternativamente, desde un punto de vista de intervención, surge la interrogante de si en realidad lo que corresponde hacer es una resignificación de esos patrones de participación.

Finalmente, podemos cuestionarnos acerca de lo que realmente hemos hecho como sociedad, en qué cosas hemos contribuido y sobre todo, qué debería hacerse para que ciertos valores y características subjetivas atribuidas a las mujeres, como la mayor sensibilidad hacia las necesidades y sentimientos de las personas, y el interés por el cuidado de los otros, puedan transformarse en valores universales y por tanto esperables y deseables en el comportamiento tanto de hombres como de mujeres, en una premisa ética insoslayable para la generación de nuevos y mejores modelos de sociedad.

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Correspondencia a: La correspondencia relativa a este artículo deberá ser dirigida a Elda Velásquez, Escuela de Psicología, Pontificia Universidad Católica de Chile, Avda. Vicuña Mackenna 4836, Santiago, Chile. E-mail: eevelasq@puc.cl

La elaboración de este artículo fue posible gracias al financiamiento otorgado por el Fondo Nacional de Desarrollo Científico y Tecnológico (FONDECYT), a través del proyecto Nº 1010934 a la segunda autora.

Elda Velásquez, Loreto Martínez y Patricio Cumsille, Escuela de Psicología.

 

 

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