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Alpha (Osorno)

versión On-line ISSN 0718-2201

Alpha  no.51 Osorno dic. 2020

http://dx.doi.org/10.32735/s0718-2201202000051859 

RESEÑA

Ensayos sobre el patio y el jardín. Couve. Wacquez. Donoso

Ignacio Sánchez Osores* 

*Pontificia Universidad Católica de Chile (Chile). insanchez@uc.cl

Schoennenbeck, Sebastián. ., Ensayos sobre el patio y el jardín. Couve. Wacquez. Donoso, .. Santiago: :, Orjikh Ediciones, ,, 2020. ,, 246p. pp.

Sebastián Schoennenbeck estudia, fundamentalmente, la figura del jardín en las ficciones narrativas de tres narradores chilenos de la segunda mitad del siglo XX: José Donoso, escritor canónico de las letras hispanoamericanas, junto con Mauricio Wacquez y Adolfo Couve, escritores que aún la crítica parece marginar. El crítico profundiza las relaciones entre paisaje, jardines y literatura, que ya había comenzado a hilvanar en José Donoso: paisajes, rutas y fugas (2015). Propone leer las figuraciones del jardín como alegorías de la clase dominante devenidas ruinas, de modo que su aproximación tendría como uno de sus objetivos imaginar un nuevo jardín -cuando su antiguo orden y sentido han acabado- sobre todo, en el contexto actual en el que hay una crisis medioambiental.

Si seguimos la orientación del libro, podríamos señalar que Schoennenbeck, cual jardinero, fija su atención en los significantes, detectando sus sinuosidades y rugosidades. Es decir, su tarea como crítico es despojar el polvillo que cubre el follaje del jardín. De tal manera, sus ojos leen las imágenes no como reconocimiento -en el sentido automático de una lectura más bien referencial-, antes por el contrario, como visión, esto es, como una singularización de los objetos (Shklovsky). En otras palabras, en cuanto estudioso de la narrativa de los tres escritores aquí citados, comprende que la forma de estos jardines devela una política de las subjetividades y las espacialidades que son cuestionadas y puestas en crisis. Para llevar a cabo su cometido recurre a un enfoque interdisciplinario (incorpora imágenes de pinturas) que contempla la teoría del paisaje, con el fin de conectar la naturaleza visual del jardín con su descripción verbal, y asimismo, para detenerse en la écfrasis y la conflictiva relación entre paisaje y jardín. El libro se compone de tres extensos apartados: “Misterio, visualidad y representación”, “Paraísos y destierros: utopías, distopías y heterotopías” y “Anexo: Textos afines”.

En el capítulo inicial (“Jardín y poética”), del primero de ellos, se ofrece una aproximación entre jardín y poética. En esta se caracteriza y conceptualiza la categoría de jardín y su vínculo con la literatura, estableciendo diferencias con la noción de paisaje. El jardín se presenta como una composición, un artificio, una representación ordenadora de la naturaleza que encarna un misterio im-posible de aprehender. Los jardines encarnan una contradicción o paradoja que implica leerlos como alegorías en tanto connotan ruinas que obedecen a un pasado ausente, y por tanto, degradado y desintegrado. En el segundo capítulo (“De la luz a las sombras: Los jardines de José Donoso y Adolfo Couve”) el estudioso analiza el carácter contradictorio del jardín (luz-sombra) y su marcada modulación de clase en la obra de Donoso y Couve, proponiendo este como un espacio en el que ambos autores tematizan la mirada como fenómeno del paisaje. Además, advierte que el “archivo paisajístico chileno” es manipulado mediante tres operaciones: la parodia, la inversión y la degradación (p. 59). Específicamente, plantea que estos escritores describen los jardines de manera pendular, esto es, de la luz a la sombra connotando con ello su apego a la estética realista, pero también frente a determinadas indeterminaciones, su distanciamiento; tal como ocurre, por ejemplo, con el jardín de Coronación que metapoéticamente profetiza la muerte del realismo en Donoso. En Couve, relatos como El pasaje y El parque, desdibujan el jardín y el paisaje, para dar cuenta de una naturaleza desbordante que genera una alteración formal del objeto, y en efecto de una crisis del realismo de su poética. En síntesis, los narradores configuran los jardines como ruinas, que alegóricamente, dicen la decadencia y disgregación de la modernidad. Por último, el tercer capítulo (“La representación del jardín en relatos chilenos: una degradación utópica”) el autor propone leer el jardín como una copia degradada, nostálgica y elegíaca del Paraíso, en el que el llanto y la simulación constituyen los recursos con los cuales el desterrado construye la “metáfora paisajística de su exilio” (p. 69); pero también señala que este puede ser a veces entendido como utopía y heterotopía. Ejemplifica con La desesperanza (1996) de Donoso y el relato “Tomás Moro” de Andrea Jeftanovic en el que el jardín es concebido como un espacio mortuorio que contiene la violencia dictatorial y la caída de las convicciones políticas.

Schoennenbeck en los capítulos del segundo apartado postula que en el corpus seleccionado los jardines de la “desencantada narrativa chilena” (p. 94) son derivaciones degradantes del jardín del Paraíso, representaciones de la muerte, heterotopías, ruinas y metáforas con las cuales se expresa un vaciamiento y pérdida de esencia de los sujetos que describen su destierro y expulsión. En primer lugar, en Couve los jardines provincianos representan una alegoría de la historia nacional en la que las bellas artes ya no tienen nada que decir. En segundo lugar, en Donoso (e.g. El jardín de al lado), por un lado, los jardines distraen y merman la escritura de Julio Méndez, el personaje que pretende narrar la historia de su país, y también, son alegoría de la degradación y puesta en crisis de las identidades familiares, nacionales y genéricas. Y, por otro, en términos metaliterarios, el jardín constituye una metáfora de un modelo de escritura que busca abandonar la narrativa comprometida y los grandes relatos. Por último, (e.g. Habitantes de una ruina inconclusa) el jardín es “utópico, porque se le ve reflejado en un lugar en el que no está. Jardín heterotópico, porque su reflejo lo delata ausente donde verdaderamente está. Jardín alegórico, porque presenta la modernidad como una vana ilusión, así como la que los espejos nos regalan” (p.164). Para finalizar, en Wacquez (e.g. Frente a un hombre armado) los jardines son propuestos como antijardines en tanto son construidos por la mirada de un sujeto trasatlántico desarraigado: sus paisajes son ruinas que señalan la transitoriedad de una posesión burguesa, promesas no cumplidas (esterilidad) de la citas europeas de un parque que en Chile es deteriorado en el transcurso del relato y, finalmente, reescrituras críticas del criollismo. En suma, el jardín en Donoso contiene una poética del autor que cita una familia degradada, y conjuntamente, es metáfora de la escritura; en Wacquez es cita metonímica de la hacienda y en Couve es una cita paródica de aquella pintura que pretendió dar cuenta del color local nacional.

En el último capítulo del segundo apartado (“Un jardín que ya no existe”) el crítico se detiene en una lectura intertextual de los jardines representados el cuento “Ana María” de José Donoso y el documental Pepe Donoso (1977) de Carlos Flores. Los jardines de ambos artefactos culturales son entendidos por Schoennenbeck, desde Fisher, como un espacios raros o espeluznantes, dado que sus observadores sospechan de presencias extrañas o amenazantes. En los misterios que rondan el jardín familiar, concluye el autor, se encuentra la lengua narrativa donosiana que de tanto in-visibilizarse manifiesta su rareza.

En el primer texto del apartado (“Anexos: textos afines”) “Jardines y paisajes para un (des)encuentro literario El mocho de José Donoso” escrito en co-autoría con Daniela Buksdorf, se analiza la novela donosiana en contraste con la cuentística de Baldomero Lillo. Los autores sostienen que ambos narradores convergen en cuanto a una representación espacial cuyo esquema está determinado por la verticalidad que permite situar elementos en oposición (e.g. parque/mina, paisaje-parque/paisaje/entornos de Lota). Mediante esta coincidencia intertextual Donoso se desliga de la mirada naturalista para desarticular una manera de representar la realidad objetivamente. En otras palabras, en El mocho el paisaje es un espacio deformado en tanto la mina aparece en el parque como reflejo polarizado. La deformación de este espacio radica en el principal sujeto observador: Arístides (El Mocho), desde una óptica testimonial y voyerista, mira un paisaje que emerge como una confirmación y reflejo de una élite decimonónica que ya no existe y, al mismo tiempo, simboliza la desafiliación del personaje que desea algo que no le pertenece por su origen bastardo. La propuesta del paisaje popular-comunitario constituye un acierto, pues devela otra mirada ya no aristocratizante de José Donoso, sino política en la medida en que el escritor se atreve, según los estudiosos, a configurar un espacio delineado por la ausencia, una ausencia que alude no solo a los mineros desaparecidos, sino también a los detenidos desaparecidos en la dictadura de Chile. En suma, el paisaje donosiano más que un huerto-jardín como en Baldomero Lillo se erige como un espacio en el cual el sujeto desde un punto de vista de social se disloca y fragmenta.

Por último, en el artículo “Un hortus conclusus donosiano: esbozos en torno a la figura del jardín amurallado en El obsceno pájaro de la noche” Sebastián Cottenie explora la imagen del hortus conclusus como motivo paisajístico presente en la novela donosiana, trabajada en vínculo con la iconografía de Fra Angelico, a través del personaje de Iris Mateluna y los jardines de la casa. El autor plantea que dicha imagen en la obra es degradada, pues escenifica una “imagen grotesca de una procesión mariana” (p. 213), esto es, la veneración de unas cuantas ancianas hacia una huérfana (Iris) y su guagua (El Mudito, un adulto contrahecho). Iris Mateluna constituye una versión perversa de la Virgen María en tanto su hijo no es más que un flacuchento moreno, y no uno rubio y rollizo como en las pinturas. Cottenie señala que la imagen del hortus conclusus no solo sirve como modelo mariano encarnado en Iris, sino además funciona como metáfora de las casas que aparecen en la novela. Por una parte, La Rinconada constituye un hortus conclusus siniestro que se articula como espacio homogeneizante sustituto del Jardín del Edén y especie de “imbunche arquitectónico” (p. 218), motivo y símbolo del enclaustramiento de la poética del escritor. Por otra parte, el jardín cerrado a donde serán llevadas las viejas se revela como versión paródica ultramoderna. En resumen, los jardines de la novela revelan una visión despiadada e irónica de la “copia feliz del Edén” que reza el himno nacional.

En síntesis, el libro Ensayos sobre el patio y el jardín. Couve. Wacquez. Donoso de Sebastián Schoennenbeck constituye un aporte relevante para la crítica de la narrativa chilena, en tanto ofrece una nueva y novedosa mirada para leer un corpus de textos aparentemente muy distintos entre sí, pero que guardan una fascinación e insistencia por los jardines. En otras palabras, el estudioso comprende que los jardines no son un mero telón de fondo de la acción narrativa. Por el contrario, la forma y construcción de estos jardines develan la puesta en crisis de las subjetividades, sus tensiones y sus carencias en el tramado moderno. Su contribución radica en releer la narrativa chilena desde un nuevo locus que une, pero a la vez tensiona estética y política.

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