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Alpha (Osorno)

On-line version ISSN 0718-2201

Alpha  no.41 Osorno Dec. 2015

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-22012015000200010 

ARTÍCULO

ESPACIOS ACÚSTICOS COMO AMBIENTES TECNOLÓGICOS. SUPUESTOS TEÓRICO-METODOLÓGICOS PARA UNA HERMENÉUTICA DEL TERRITORIO1

Acoustic Spaces as Technological Environments. Theoretical and Methodological Suppositions for a Hermeneutics of Territory

 

Nelson Vergara Muñoz

Universidad de Los Lagos*, Centro de Estudios Regionales (CEDER), Osorno, Chile.

Dirección para correspondencia


Resumen

Este trabajo está pensado desde la concepción de los espacios como expresión deambientes tecnológicos,de acuerdo con la teoría de Marshall McLuhan. El objetivo central es la comprensión de espacios cotidianos en situaciones históricas diversas. Así, después de una descripción general del espacio, la exposición se concentra en los espacios de la oralidad, primaria y secundaria, y fundamenta, finalmente, la determinación general de los espacios en la comprensión de los ambientes como procesos socioculturales.

Palabras clave: Sensibilidad, Mensaje, Ambientes acústicos, Espacios acústicos, Cultura.


Abstract

This essay is based on the conception of spaces as an expression of technological environments, according to Marshall McLuhan’s theory. The main objective is to analyze the comprehension of everyday spaces in diverse historical situations. Therefore, after a general description of the spaces, the exposition focuses on the spaces of primary and secondary speech, and finally, supports the general determination of these spaces upon the understanding of environments as sociocultural processes.

Key words: Sensitivity, Message, Acoustic environments, Acoustic spaces, Culture.


1. INTRODUCCIÓN

La experiencia del espacio es, en muchos aspectos, una experiencia identitaria. Por esto, en cualquiera de sus formas, por ejemplo, como lugar, territorio o paisaje, el espacio dice siempre algo significativo de aquellos que lo habitan. Pero este decir nunca es algo espontáneo o natural, un comportamiento mecánico o instintivo, sino una construcción social; más propiamente, una creación sociohistórica (Castoriadis, La institución, caps. 3 y 4). En este sentido, el espacio consiste en un querer decir; por tanto en algo que está más relacionado con la voluntad o vocación de decir que con una capacidad o aptitud para ello. Por esto se afirma que el espacio nunca es algo realmente dado, o encontrado en el entorno como si fuese independiente de finalidades humanas; por el contrario, se nos aparece siempre como algo construido, generalmente con objetivos de convivencia, o al menos de coexistencia, con los iguales o con los extraños.

Ser espacial es, entonces, hacerse espacial, construirse a sí mismo juntamente con la construcción del espacio. Pero esto significa que el espacio es, en  realidad, algo que se busca, que se quiere hallar en algún sitio imaginado y que se actualiza permanentemente en aquellos que lo viven o vivencian2. A esta manifestación de voluntad o vocación, nos parece que le viene el nombre de espacialidad o territorialidad según sea el caso. Y por esto ambas caracterizaciones revelan una disposición no natural al respecto, sino más bien una aspiración a constituirse en un espacio. Pero, entonces, paradójicamente, el espacio es algo que, en cierto sentido, ya se tiene, que se lleva consigo, que se descubre en la intimidad como un destino a realizar, como sitio soñado para un proyecto de vida en común. En suma, como una utopía. Encontrarlo y habitarlo es el fin de ese destino que compromete a toda sociedad o comunidad desplegada sociohistóricamente. Y es debido a esta condición que encontramos, bajo las formas más heterogéneas, una cierta afinidad en las interacciones de la sensibilidad social y el entorno, una suerte de reconocimiento de aquello a que se aspira: esto es, la pretensión de hacerse un lugar, un sitio estimado digno de habitarse, porque la sociedad o la comunidad se identifica con él.

La expresión “hacerse un lugar” denota esta pretensión social. Entonces las huellas de esas interacciones configuran memorias y marcan la experiencia del espacio según múltiples modalidades; por ejemplo, según el modo de la propiedad o de la extrañeza, de la proximidad o de la lejanía, de la profundidad o de la superficie, de lo lleno o de lo vacío, de lo público o de lo privado, de lo rural o de lo urbano, de lo litoral o de lo insular, etcétera, nociones claramente espaciales3.

Una arqueología de la experiencia del espacio puede mostrarla como una topografía estratificada. Sin embargo, tal estratificación no es necesariamente piramidal. Aquí, los estratos pueden ser perfectamente complementarios. Por esto, de la pertenencia, proximidad y afinidad de la sociedad con su entorno, no se sigue que toda relación con el espacio identitario sea de armonía: puede estar hecha de antagonismos también. Así, la realización de proyectos personales o colectivos se abre a la diferencia, al desacuerdo, al desencuentro, a la polémica y, eventualmente, a la violencia física, como de algún modo lo muestra el devenir de toda cultura. Prácticamente no hay noticias que sociedades o culturas, reales o ficticias, se hayan originado, existido y persistido en perfecta armonía con otras o, más significativo aún, consigo mismas, sin cambios que correspondan a dinámicas de antagonismos, de conflictos y, a veces, de profundas y radicales luchas internas por el espacio que imaginan como propio4. También las sociedades míticas, primordiales o ancestrales, revelan su origen y desarrollo en algún tipo de desencuentro y de enfrentamiento por estos espacios, fundamentalmente confrontaciones con lo sagrado. Pólemos, decían los antiguos griegos, es el padre de todas las cosas.

Pero que la experiencia del espacio sea tan central en la vida humana y que haya despertado tantos y tan diversos imaginarios en la historia se debe, en lo esencial, a que el espacio forma parte de lo humano en su dimensión más básica e inmediata: la cotidianidad, entendida como experiencia diaria de vida en común. Y como la vida humana no es ubicua, siempre, por su condición corporal, funciona como “en terreno”, e inevitablemente se localiza, se sitúa en circunstancias que cobran materialidad espacial, según una base estructural compleja. A esta complejidad topográfica de la vida compartida, inherente a la condición humana como tal, podemos llamar —siguiendo a Humberto Giannini5espacios cotidianos, los que en el decir de McLuhan se manifestarían como parte consustancial de todo ambiente. (McLuhan, La comprensión de los medios).

2. ESPACIOS Y AMBIENTES

Consideramos los ambientes como ámbitos socioculturales (o sociohistóricos) construidos por proyectos de vida colectivos, en vista de los cuales estos proyectos se diseñan, se construyen e institucionalizan. En términos pragmáticos, los proyectos están constituidos por sistemas de interrelaciones e interacciones entre los hombres, y entre ellos y sus entornos, materiales o inmateriales y que, entre otras cosas, hacen a las dimensiones del espacio, como también a las del tiempo y del lenguaje. En tal situación, todo proyecto es suscitado por el ambiente y condicionado por las exigencias que actúan en él: el tipo de sociedad, el tipo de cultura, su desarrollo histórico, etcétera; a su vez, el ambiente es condicionado por los caracteres específicos de los proyectos; estos pueden guardar convergencias o divergencias con algo del ambiente, una parte o un aspecto de él, o con su totalidad, en alguno o en todos sus órdenes: social, económico, político, estético, cultural, etcétera. De esta manera, los proyectos pueden estar orientados en la dirección de lo establecido, a favor de lo que hay, o en contra de ello. Las relaciones fundamentales entre proyectos de vida en común y el ambiente son, entonces, dialógicas y recursivas: es decir, interactúan produciéndose y condicionándose mutuamente6. De aquí la conveniencia de pensarlos siempre juntos.

En términos operativos, el ambiente está conformado por esas interrelaciones o interacciones. En realidad, el ambiente es ese sistema de interacciones y de relaciones mutuas. Por esto el ambiente, en ninguna de sus dimensiones es un mero receptáculo, vacío e inactivo, en que se instalan cosas o suceden cosas, sino un conjunto de procesos interactuantes con ellas (cosas y sucesos), condicionantes de ellas y condicionados por ellas (McLuhan, La galaxia).

De este modo, en la complejidad de todo ambiente, debemos destacar dimensiones que le pertenecen, ya sea en forma intrínseca o circunstancial. Intrínsecas en tanto que les son inherentes, constantes e insoslayables, por lo que, en lo esencial, son siempre abstractas; circunstanciales, por cuanto sus formas específicas son históricas y, por tanto, concretas y cambiantes.

Nosotros estamos interesados en averiguar qué es el espacio acústico como dimensión total en esta trama ambiental compleja. Por esto, si decimos, por ejemplo, que un ambiente es siempre algo situado, establecemos una idea general con la que queremos destacar también que tal ambiente se manifiesta corporal y materialmente, como perteneciente a un sitio y que por esa propiedad queda condicionado por los caracteres propios del espacio; y más específicamente, del tipo de espacio que caracteriza a ese sitio, por ejemplo terrenal o celeste, humano, infrahumano o suprahumano, profano o sagrado, efectivo o ficticio, público o privado, global o local, etcétera. Así, el espacio es, desde esta circunstancia, una pluralidad dinámica de relaciones múltiples y diversas, creado por esas mismas interrelaciones y no algo preexistente y autónomo, o como suele decirse también, algo objetivo, en el sentido moderno del término. Igual consideración puede hacerse respecto del tiempo y del lenguaje.

Tenemos que interrogarnos, entonces, cómo, en virtud de qué, son creados los espacios como tales espacios, es decir, en tanto realidades efectivas y concretas, creados como estos y no otros espacios, y, consecuentemente, como ambientes concretos también7. Pero esto nos lleva a una nueva interrogante: ¿en razón de qué surge no solo un tipo específico de ambiente, sino todo ambiente estimado como posible o creído como imposible?

Una conjetura fundamental de McLuhan dice que la vida humana es una realidad que sólo ha sido factible en tanto ha conseguido extender —ampliar, prolongar, perfeccionar— técnicamente su cuerpo y su mente en el entorno, creando así un mundo para sí misma. Este mundo es lo que hemos llamado ambiente. En La Galaxia Gutemberg ha establecido tempranamente este principio:

Toda tecnología tiende a crear un nuevo mundo circundante para el hombre [..] / Los distintos medios ambientes tecnológicos, no meros receptáculos pasivos de las gentes, son, por el contario, procesos activos que dan nueva forma tanto al hombre como a otras tecnologías (7-8).

Otra conjetura clave, ligada a la anterior, afirma que en estos procesos de creación de mundos —ambientes, espacios, tiempos, discursos—, el hombre genera sensibilidades, percepciones y representaciones que contribuyen tanto a mantener esos mundos como a transformarlos. En esta situación dinámica, las sensibilidades, percepciones y representaciones pueden presentar confrontaciones distintas respecto de nuevas y emergentes sensibilidades, percepciones y representaciones; y esto, a distintos niveles y escalas. En este sentido ningún ambiente es homogéneo ni definitivo, absoluto, sino que siempre su instalación es relativa a las circunstancias.

Pero esta situación de interacciones entre los hombres y sus mundos, por ser insoslayable, tiene que ser comunicada. De aquí una tercera conjetura fundamental que resulta clave por su complejidad y radicalidad, y según la cual, toda palabra, todo modo de decir, todo lenguaje, es una tecnología que, por su índole sociocultural o sociohistórica, genera consecuencias personales y colectivas que se realizan en forma de interrelaciones específicas, configurando así un sistema concreto de dependencias mutuas entre los hombres y entre estos y sus  mundos, lo que incluye significados y sentidos subjetivos, o como suele decirse actualmente, intersubjetivos. Esta conjetura técnico-discursiva, sin embargo, remite a otra con la que se complementa y que dice que toda tecnología es, a la vez, palabra, lenguaje, decir; de modo que las consecuencias promovidas en y por los ambientes comprometen siempre ambas dimensiones, la tecnológica y la lingüística. Estos efectos, de orden personal y social, y que McLuhan denomina “mensaje” (La comprensión de los medios), son los que, en principio, y en tanto sistemas de relaciones e interconexiones, constituirán a todo ambiente tecnológico, y consecuentemente a las dimensiones claves del espacio, del tiempo y el discurso.

Pero ¿en que se fundan estas conjeturas? Dice McLuhan que en la base de esas dimensiones técnico-lingüísticas, las “tecnologías-palabras” actúan como generadoras de modelos o paradigmas de sensibilidad, de percepción, pensamiento y acción, en suma, de realidad, y que se despliegan pragmáticamente de acuerdo con la índole y dinámica de esas “palabras-tecnologías”; por ejemplo, acordes con sus “naturalezas” visuales, acústicas, táctiles, etcétera. Por esto, afirma que, debido a la índole de los medios con que se comunican los hombres, toda cultura tiene siempre un modelo favorito de sensibilidad, de percepción y de acción y que tiende a imponerlo a todo y para todos (La comprensión de los medios…). De esta manera, la estructura tecnológica de las “palabras” así como la estructura lingüística de las “tecnologías”, se transferirán al ambiente como un todo complejo, condicionando no solamente los aspectos intelectuales desarrollados allí, como ideas, teorías, racionalidades, formas “lógicas” de acción y de pensamiento, sino que también las dimensiones sociales y culturales (instituciones, normatividades, valores, usos, costumbres, significaciones), así como las esferas afectivas (sensibilidad, emocionalidad, sentimiento) y morales (religiosidad, espiritualidad, sentido de trascendencia), etcétera.

En suma, estas extensiones, reiteramos entonces, no son neutrales, ya que al modificar el sistema sensoperceptual humano, una tecnología o una “palabra” cambia el modo de aprehender, de entender y de vivir el entorno. Así, dice McLuhan que, cuando por efecto de las extensiones técnicas, las proporciones de los sentidos cambian, el mundo cambia y, por tanto, los hombres cambian. En términos programáticos encontramos estas ideas fundamentales en el Prefacio a La galaxia Gutemberg. Allí dice McLuhan que

en nuestros días el súbito cambio de la tecnología mecánica de la rueda a la tecnología del circuito eléctrico representa una de las mayores conmociones de toda la historia. La prensa de tipos móviles creó un nuevo mundo circundante, por completo inesperado; creó el PÚBLICO. La tecnología del manuscrito no tuvo la intensidad o el poder de expansión necesarios para crear públicos a escala nacional. Las que hemos llamado “naciones” en los últimos siglos no precedieron ni pudieron preceder al advenimiento de la tecnología de Gutemberg, del mismo modo que no podrán sobrevivir a la irrupción del circuito eléctrico, con su poder de implicarnos de un modo total a todos en la vida de todos (8).


Pero, entonces, la realidad que emerge del ambiente, realidad que se expresa en las concepciones del espacio, por su condición técnica debe responder al tipo de extensión, al tipo de palabra que está en su base. ¿Cómo, entonces, el espacio (el paisaje, el lugar, el territorio) puede convertirse, en virtud de la “palabra”, en la expresión metafórica de relaciones y procesos de representación y sentido? Veámoslo en el caso específico de los espacios de la oralidad.

3. LOS ESPACIOS ACÚSTICOS

En su condición de realidad originaria, el espacio acústico es, según McLuhan, una creación de la palabra hablada (La galaxia; La comprensión de los medios). En lo esencial, se ha establecido que lo característico de esta “palabra” es su condición de fenómeno acústico, su realización como sonido: a tal punto se gesta como acontecimiento sonoro, sucede y se agota en ese dinamismo sensible, que si el suceso se detiene, si desaparece como sonido, entonces en el ámbito de la sensación y percepción queda reducido a nada, a pura inexistencia. Hablar y escuchar es formar parte de ese dinamismo, incorporarse a un evento que en sí no tiene permanencia, que es finito, perecedero, o como dice Walter Ong (Oralidad y escritura), evanescente, y como evanescencia se lo percibe y representa. Por esto la voz, el habla, para estar en presencia, que es el único modo en que puede estar positivamente, debe constantemente realizarse, materializarse en sonidos. No hay modo de detenerlo o de contenerlo sin destruirlo, señala W. Ong, ya que si lo paralizamos, es desplazado por el silencio y, en esa medida, alterado y destruido. De aquí que este autor concluya que para el sonido no hay nada equivalente a las tomas fijas: “Un oscilograma es mudo —dice—. Se ubica fuera del mundo del sonido” (Oralidad y escritura, 39). Entonces, la mudez o la sordera no tiene cabida en mundos orales, como la ceguera no lo tiene en los mundos de la visualidad, ni antigua ni moderna. En cada uno de esos casos, el hombre será siempre un ser marginal y marginado.

Esto no quiere decir, sin embargo, que el sonido carezca de relaciones activas y positivas con el silencio, considerado como estructurante de significaciones en la acción comunicativa. El silencio cumple en ellas no solamente una función indicial y descriptiva, sino que también una función creadora, poética, simbólica. El silencio es parte necesaria del habla, y en esa dialéctica entre sonido y silencio ninguno puede ser absoluto sin romper el equilibrio comunicativo: así, la palabra hablada se nutre tanto de manifestaciones sonoras como de silencios relativos (Ortega, Pasado y porvenir). Un habla continua es un contrasentido: no dice nada y es solo ruido.

Transfigurada en ambiente, esta palabra hablada, a diferencia de la palabra escrita, y principalmente de la palabra impresa, instituye y configura un sistema de relaciones cualitativas, concretas, un mundo viviente y sensorialmente activo en el que se desenvuelven interacciones de participación intelectual, afectiva y social, dadas como relaciones de implicación y compromiso, las que para tener realidad y vigencia, tienen que ser reiteradas constantemente, actualizadas día a día, esto es vividas y compartidas en la cotidianidad. Así, representaciones de la imaginación y de la memoria, conductas profundamente ritualizadas, e interacciones cara a cara, forman parte de un conjunto de exigencias de este espacio acústico.

La palabra hablada al transferirse al espacio bajo la forma de metáfora, material y simbólicamente queda representada en las vivencias y objetivada, por ejemplo, en el mito o en la magia, en las voces, en los ecos, en la música, en la danza. Se ha reiterado muchas veces que la danza y el canto, el grito y el susurro forman parte esencial de los mundos que han vivido bajo el imperio de la palabra que habla: fuente de poderes creadores (divinos) que son atribuidos y asimilados tanto a la discontinuidad de la palabra, como a su fuerza. En este sentido, el espacio acústico parece traducir la condición sonora en la configuración de sus representaciones: oímos la realidad. Entonces, la realidad se concibe como por analogía con el sonido de la palabra y de esta forma se presenta con los irreductibles caracteres del drama y la emoción, es decir, con los caracteres de la interdependencia del hacer, de la acción, y de la afectividad compartida, profundamente social y corporativa. Por eso, en este mundo que McLuhan llama “mágico y resonante de relaciones simultáneas”, el sonido no obedece a un punto focal ni emerge de algo así como lados o caras de las cosas; de modo que no cabe la emergencia de lo personal-individual, del aspecto y la perspectiva, del hombre separado de la comunidad, como tampoco facilita la escisión o fragmentación social y mental, por ejemplo la separación entre pensamiento y acción, la conducta diferida, como será “natural” en los mundos de la visualidad, antiguos o modernos. “Las culturas orales —dice McLuhan— accionan y reaccionan a un mismo tiempo” (La comprensión de los medios, 117), conformando una unidad orgánica, férreamente cohesionada por las tradiciones.

Plural, discontinuo, finito, el espacio acústico es un espacio totalizador y totalizante. Y, en virtud de la magia resonante de la palabra, no parece ser sino la prolongación del organismo en el entorno social, entorno del que no puede separarse porque se requieren mutuamente, se (con)funden, se son recíprocos y unánimes. El lenguaje mismo, la propia palabra es una acción que desata reacciones, no las difiere, conecta o separa en la acción misma, por ella misma, al ser proclamada, porque se realiza en vistas de la acción o interacción y no de la reflexión. El cuerpo viviente del lenguaje en una cultura oral, afirma E. Havelock, “es un flujo de sonido que simboliza un río de acciones, un dinamismo continuo expresado en una sintaxis de conducta o, si se prefiere el lenguaje de la filosofía contemporánea, una sintaxis realizativa” (La musa aprende a escribir, 111).

En suma: una cultura en que el orden de las cosas pasa lejos de la linealidad, homogeneidad y fragmentación propios del mensaje visual de la escritura alfabética y de su proyección tipográfica en la cultura moderna, es una cultura oral, o como suele decirse, un mundo de oralidades.

En el origen, los objetos de estos mundos orales, acota McLuhan, “resonaban unos con otros. Para el hombre de las cavernas, el griego montañés, el cazador indio (de hecho, incluso para el chino de Manchuria en nuestros días) el mundo tenía múltiples centros y era reverberante” (Las leyes, La aldea global).

Esta idea es particularmente significativa en nuestro tiempo, por cuanto a lo menos en un sector importante del pensamiento actual8, el creciente cuestionamiento de todo centro al modo en que fuera instaurado por la racionalidad moderna, junto con la pérdida de la linealidad en la concepción de la historia y del progreso, como lo expresa Gianni Vattimo, así como el cuestionamiento de lo que Lyotard ha denominado los grandes relatos legitimantes, es uno de los signos más decidores de que las cosas parecen haber entrado en un nuevo orden, reinstalando una sensibilidad y percepción que nos recuerda la oralidad tribal donde, a juicio de McLuhan,  “el orden del tiempo... era circular y no progresivo. La imaginación acústica moraba en el reino del flujo y del reflujo, el logos... El habla, antes de la era de Platón, era el depósito glorioso de la memoria” (Las leyes, 50).  Y en un texto que conecta estas condiciones con el poder mágico de la palabra, dice que en las sociedades primitivas, la dicotomía clásica de esto o aquello no es la única posibilidad. “También está el ambos” (Las leyes, 52), el “a la vez” que regirá al pensamiento más reciente. “Volvemos, dice en La comprensión de los medios, a la forma inclusiva del ícono” (35).

Entonces, tenemos aquí una clave, un registro que nos permite ingresar a un aspecto esencial del mundo oral y sus espacios acústicos, primarios o secundarios9, mundos donde todo va sucediendo al mismo tiempo, instantánea y simultáneamente, “en un estado de flujo constante. Para el verdadero hombre tribal no hay causalidad, nada ocurre en línea recta”, dice McLuhan (Las leyes, 53). Por tanto, en un mundo heterogéneo y plural como este, donde lo que domina es la instantaneidad y la simultaneidad, no puede dominar la cronología. Por esto el tiempo y la mentalidad, al igual que el espacio, se aproximan al círculo, y por ello, al retorno... y, por ello, al mito. O como se dice ahora, al giro, cuyas expresiones importantes para este tema suelen ser el giro lingüístico, el giro hermenéutico, el giro imaginario, el giro pragmático, etcétera.

Pero necesitamos precisar lo propio de nuestro tiempo. En la Introducción a La comprensión de los medios, McLuhan afirma que después “de tres mil años de explosión por medio de técnicas fragmentarias y mecánicas, el mundo de Occidente entra en implosión” (23). Y así, bajo la tuición de esta nueva pareja de conceptos, implosión que equivale a integración, a unidad, a sistema, y explosión como signo de separación, distinción, disyunción, independencia, compara los ambientes eléctricos emergentes como nuevos ambientes acústico-táctiles con los ya tradicionales alfabéticos o visuales propios de la modernidad.

Debido a la contracción causada por la electricidad, el globo ya no es más que una aldea. La velocidad electrónica, al conjugar todas las funciones sociales, ha estimulado en grado muy intenso la conciencia de responsabilidad. Este es el factor implosivo que altera la situación del negro, del jovencito menor de veinte años y de algunos otros grupos. Ya no se les puede contener, en el sentido político de una asociación limitada. Gracias a los medios eléctricos, ahora están integrados a nuestra vida, como nosotros a la suya (27).


Lo más decisivo y concluyente en este cambio radical de ambientes, McLuhan lo expresa con el apelativo de Edad de la Angustia. Tal situación se debe, a su juicio, a la pérdida o transformación radical de uno de los pilares claves del mundo moderno: la individualidad del sujeto, tema que ha suscitado fuertes controversias en la intelectualidad de nuestro tiempo.

Esta es la Edad de la Angustia debido a la implosión eléctrica que obliga al compromiso y a la participación, con total independencia de cualquier “punto de vista”[…] En el nivel de la información se ha producido el mismo trastorno al quedar el simple punto de vista sustituido por la imagen inclusiva (La Comprensión de los medios…27).

Y esto no solamente es válido para las relaciones e interacciones internas a la civilización de Occidente, sino que la implosión afecta también a las relaciones e interacciones con culturas como las de Oriente, las que por siglos no mostraron rasgos significativos de intentos de integración mundial o global, así como también a las relaciones con las culturas del Tercer Mundo, las que en general han promovido un tipo de relación e interconectividad que se traduce ahora como intercultural. Es característico de esta nueva situación que esas culturas asumen hoy el derecho a la palabra, es decir, el derecho a lo más a lo propio e incanjeable.

Y así es como encontramos operando hoy caracteres análogos a aquellos que hemos reseñado como propios de los ambientes prealfabéticos y sus espacios característicos. La nueva era es también expresión de ambientes en que predomina la orientación acústica de sus espacios, y no es casual que, por esta condición técnico-lingüística encontremos esos caracteres en los recientes mundos postalfabéticos. Sólo que esta vez se debe a la materialización de una nueva palabra: la palabra electrónica en choque con la palabra escrita, alfabética.

La aspiración de totalidad, empatía y profundidad de conocimiento, propia de nuestro tiempo, es una adición natural de la técnica eléctrica. La edad de la industria mecánica que nos precedió, encontró que el modo natural de expresión, era la afirmación vehemente de la perspectiva particular […] La marca distintiva de nuestra época es la repulsión hacia los patrones y pautas impuestos. Súbitamente sentimos avidez de que las personas y las cosas declaren totalmente su ser. En esta actitud cabe encontrar una fe profunda, una fe que se preocupa por la armonía final de todo ser (La comprensión de los medios, 28).

Volvamos entonces a los espacios acústicos de nuestra actualidad cuya emergencia es, realmente, la progresiva obsolescencia de los espacios visuales, que como se sabe, han sido por largos siglos los únicos espacios valorados por la modernidad mecánica. Creado por las nuevas tecnologías electrónicas, la estructura de estos nuevos espacios acústicos funciona como “el oído de la mente” o la imaginación acústica que domina nuestro tiempo. Un video de rock, dice McLuhan, tiene tanto poder acústico como una danza watusi (Las leyes, 58). Esta estructura, reitera, es, como en el ayer remoto,

discontinua y no homogénea Sus procesos resonantes e interpenetrantes están relacionados en forma simultánea con centros en todas partes y ningún límite. Al igual que la música […] el espacio acústico no requiere ni prueba ni explicación alguna pero se hace manifiesto a través de su contenido cultural (58).

Pero, en esta condición histórica, necesitamos recordar siempre que el postalfabetismo no es una continuación de los mundos alfabéticos, sino su crisis. Por esto es que están todavía aquí, ejerciendo su mensaje, pero ahora disputando la autoridad y el poder con los emergentes ambientes eléctricos y su orientación hacia una nueva sensibilidad acústico-táctil. Los cambios que cabe esperar dependen de las confrontaciones que se produzcan en la configuración de los ambientes y espacios en virtud de caracteres que se oponen y de los que podemos agregar aquí a los ya expuestos, los siguientes: el espacio acústico como campo, como promotor de conciencias complejas, integradas e integradoras, ecológicas, espacio de diálogo y de participación, espacio de encuentros de la diferencia y de conciencia de la desigualdad, etc. Pero también espacios de sueños colectivos, de orden mágico, en que se integran en distintas formas lo que la cultura moderna separó en compartimentos estancos, sobre todo lo que hizo relación con la racionalidad conceptual y la imaginación. El giro imaginario es quizás uno de los fenómenos más decidores de los cambios que se operan en los mundos contemporáneos.

4. A MODO DE CIERRE

El espacio acústico actual es, entonces, en razón de la “palabra electrónica”, un entorno reencantado, un lugar en que lo sagrado atraviesa todos los ámbitos y que retorna hoy día en virtud de los ambientes eléctricos. Por lo menos la idea ha sido desarrollada ya y no simplemente señalada como eventual, al referir un real y no ficticio reencantamiento de mundos donde todo parece tener cabida, o a lo menos derecho a la coexistencia.

Pero esto trae algo más: por lo pronto, la revalorización de la voz, de la emoción, de la memoria, sobre todo de la memoria, así como también de la sensibilidad y de la inteligencia. Quizás no haya otros momentos más privilegiados para su comprensión desde estos supuestos, que el reciente enfrentamiento de la sensibilidad electrónica (acústica) y la (visual) alfabética en nuestra actualidad, o de la sensibilidad tribal (acústica) con la sensibilidad (visual) alfabética en el origen históricosocial de nuestra propia América. Pero creemos que aún está por pensarse esta posibilidad de lectura. Lo que sí nos parece fundamental, y que hemos reiterado en este trabajo, es que el origen, implantación, desarrollo y crisis de los espacios y ambientes, no depende nunca de factores naturales, sino que como todo lo humano es siempre consecuencia de su condición cultural o sociohistórica.

NOTAS

1 Este artículo es producto de la realización del proyecto 1120574,  “Cotidianidad, Complejidad, Imaginarios. Aproximaciones teóricas para la construcción de una Hermenéutica del Espacio, concebida como Hermenéutica Dialógica Territorial”, financiado por Fondecyt-Chile para los años 2012-2014

2 La distinción entre espacios vividos y espacios planificados es útil para indicar el compromiso espacial, su condición identitaria. Al respecto consúltese de Otto Dorr, Espacios y tiempos vividos.

3 La experiencia del exilio y la experiencia del retorno son pruebas fehacientes de la valoración del espacio. Ni qué decir de la experiencia religiosa del nacimiento o de la muerte.

4 Cfr la noción de territorio en G. Giménez y de lugar en M. Augé.

5 Cfr H. Giannini, La “reflexión” cotidiana, Cap. 1.

6 E. Morin, Introducción, parte 3.

7 Esta noción o concepto de otros espacios, que alude a la especificidad de ellos, no debe confundirse con la idea focaultiana de espacios otros.

8 Especialmente en lo que se conoce como posmodernidad.

9 Para la distinción entre “oralidad primaria” y “oralidad  secundaria”, ver  W. Ong. op.cit

OBRAS CITADAS

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Correspondencia a:

Cochrane 1056, Osorno (Chile)
nvergara@ulagos.cl

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