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Alpha (Osorno)

versão On-line ISSN 0718-2201

Alpha  no.40 Osorno jul. 2015

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-22012015000100016 

NOTA

DISCURSO Y MATERIALIDAD: PENSAR LAS PRÁCTICAS SEMIÓTICO-MATERIALES

 

Gemma Flores-Pons*

Lupicinio Íñiguez-Rueda**

Antar Martínez-Guzmán***

Universitat Autònoma de Barcelona*,**, Departament de Psicología Social, Barcelona, España.

Universidad de Colima***, Facultad de Psicología, México.

Dirección para correspondencia


INTRODUCCIÓN

Cuando hablamos de construcción, ¿de qué tipo de construcción se trata? Esta es la pregunta que posibilita hablar de un escenario postconstruccionista, en tanto que supone la apertura de un lugar común en ciencias sociales: la noción de construcción. En el presente artículo recogemos algunas de las principales tensiones epistemológi-cas del pensamiento social actual y las recorremos con la intención de trazar inteligibilidades y de favorecer que sigan en movimiento. El dualismo discurso-materialidad es el eje central que estructura nuestra narración, ya que en las últimas décadas se ha convertido en un candente debate en los estudios sociales y, dentro de estos, en la psicología social.

Así, hemos estructurado el trabajo en cuatro tiempos. En un primer momento exponemos  algunos de los planteamientos provenientes del Análisis del Discurso, la Teoría de la Performatividad y la Teoría de la Actriz-Red (ANT en adelante), discutimos las metáforas que movilizan en sus narraciones y señalamos cómo despliegan la tensión discurso-materialidad.

En un segundo momento trasladamos la fuerza ilocutiva propuesta por Austin  y Searle  desde el estudio del lenguaje en acción, al análisis de las prácticas semiótico-materiales. Realizamos diferentes traducciones, entre ellas la comprensión de los actantes como proposiciones será un punto clave para hacer posible este planteamiento.

En un tercer momento utilizaremos la noción de fuerza ilocutiva para el análisis de dos ejemplos de prácticas semiótico-materiales en el ámbito biomédico. Haremos énfasis en la potencia de las actantes y su papel de condición de posibilidad para el enactment1 de multiplicidades. Finalmente, a modo de cierre, avanzamos algunas reflexiones generales acerca del lugar otorgado al discurso y la materialidad en los propios análisis hechos desde algunos trabajos de la ANT y Análisis del Discurso.

DISCURSO Y MATERIALIDAD DESDE UNA PERSPECTIVA POSTCONTRUCCIONISTA

La perspectiva construccionista (Gergen, Ibáñez) ha conjurado, alrededor de la metáfora de la construcción, diversas posiciones teóricas tales como el antiesencialismo, el relativismo, el cuestionamiento de verdades generalmente aceptadas, la determinación cultural e histórica del conocimiento, el lenguaje como condición de posibilidad y el conocimiento como producción social (Íñiguez-Rueda, Psicología Social). Así, durante las últimas décadas, ha promovido el desarrollo de líneas de pensamiento y perspectivas críticas que, a su vez, han conducido a un nuevo escenario; el llamado período postconstruccionista (Íñiguez-Rueda, Nuevos debates) Atendiendo a las ricas aportaciones de estos desarrollos y a los debates contemporáneos, es posible decir que las perspectivas críticas más relevantes que han emergido y que configuran este escenario postconstruccionista son las Epistemologías Feministas (Harding; Haraway, Testigo modesto), el Análisis del Discurso (Íñiguez-Rueda, Análisis discurso), la Teoría de la Performatividad (Butler) y la ANT  (Latour, 2008; Law & Hassard, 1999; Domènech & Tirado, 1998).

Estos dispositivos teóricos han problematizado lugares comunes en ciencias sociales como la metáfora de la construcción, y han señalado y abordado aspectos controvertidos como la tensión discurso-materialidad, el dualismo naturaleza-sociedad, la cuestión de la agencia, el problema de la posición de la analista o la discusión proceso-evento, entre otros. Considerando que las Epistemologías feministas han permeado de forma transversal al resto de desarrollos teóricos, a continuación exploraremos algunos de los principales planteamientos realizados por el Análisis del Discurso, la Teoría de la Performatividad y la ANT en relación con el dualismo discurso-materialidad y a la (post)construcción de la realidad. Queremos advertir que este punto, por su brevedad, es apenas un bosquejo esquemático que solo toma algunas de las aportaciones de cada una de estas perspectivas y no alcanza a recoger la complejidad que las compone. Nuestro objetivo es ofrecer una breve pincelada para poder plantear el problema que nos ocupa, sin pretender caer en un (quizá inevitable) reduccionismo.

ANÁLISIS DEL DISCURSO

La metáfora de la construcción es una noción clave en Análisis del Discurso, especialmente en algunas variantes como la Psicología Discursiva. Wetherell y Potter  desarrollan esta noción como uno de los elementos claves —junto con la función y la variación— para el análisis de repertorios interpretativos. Al analizar las construcciones del discurso, focalizan la atención en el lugar dónde se produce el discurso a partir de recursos lingüísticos preexistentes y muestran que solo se ponen en uso una parte de todos los recursos disponibles (Wetherell & Potter, 1996).

Esta metáfora de la construcción permite situar el discurso como orientado a la acción, pero también presenta una limitación en tanto que considera que esta construcción se realiza a partir de elementos preexistentes, con unas características determinadas que los hacen identificables, con consistencia y estabilidad. Esto es, las hablantes construiríamos conformando discursos a partir de recursos lingüísticos predeterminados y disponibles. Potter mismo abordó más tarde esta limitación añadiendo que la metáfora del ladrillo iría acompañada por una comprensión de las partes como partes sólidas antes de la construcción con “un perfil flexible, suave e impreciso que sólo adquiere forma cuando se coloca en su lugar (…) estableciendo su fuerza para ser ensambladas. Todo existe en un estado impreciso hasta que cristaliza en un texto o una interacción particular”2 (136).

Así, seguirán siendo construcciones elaboradas a partir de elementos preexistentes, aunque estos elementos tendrían una flexibilidad e imprecisión que les permitiría acomodarse en la construcción. Otro punto importante de esta metáfora es que precisa con qué se construye, pero también quién construye, quién es la agente de la construcción, esto es, las hablantes. Esto nos conduce a una de las críticas principales que se han hecho al construccionismo y, particularmente, a su veta discursiva, a saber, la falta de simetría que implica el privilegiar demasiado las prácticas lingüísticas sobre las no lingüísticas en la construcción de la realidad.

PERFORMATIVIDAD

Partiendo de la noción de performatividad propuesta por John L. Austin en su Teoría de los Actos de Habla, Judith Butler  retoma una comprensión del lenguaje que enfatiza su carácter orientado a la acción; es decir, una concepción del lenguaje donde las palabras y los enunciados no solo describen cosas sino que realizan acciones. A partir de esta concepción elabora una aproximación para analizar la materialidad discursiva del cuerpo y la identidad de género.

Las metáforas que aquí vamos siguiendo no pueden entenderse o emplearse de una forma unívoca en el presente. De hecho, en el caso de la performatividad, en el propio trabajo de Butler esta noción ha ido variando (Butler, Deshacer). Además, ha sido una noción que ha permeado muchos ámbitos de estudio, de modo que son diferentes las apropiaciones que se han hecho de ella. Sin embargo, quizás sí podamos decir que la propuesta de Butler enfatiza que la repetición de los enunciados es un elemento clave para producir un efecto de poder donde el discurso se materializa en los cuerpos, identidades y vidas, conformando subjetividades de género y  experiencias corporeizadas. La repetición es, si seguimos esta línea, parte del proceso de significación, en tanto que la significación sería un proceso reglamentado de repetición que produce efectos sustancializadores,

En este sentido, podemos entender el género como un acto o, en sus palabras, “una repetición estilizada de actos” (Butler,  Disputa, 172) y no una representación o manifestación de una verdad esencial del cuerpo. En términos generales, la noción de performatividad mantiene que el significado no es fijo y no es una cualidad absoluta o esencial del cuerpo, de la materialidad o del texto. Por el contrario, este significado es creado en acción y su construcción es contingente y distribuida en un escenario en el que se mantiene esta significación cuando la actriz no está. Las performances son “procesos de repetición regulados, de normas que son internalizadas en forma de estilo corporal, de representación y teatralización pública” (Preciado, 181).

TEORÍA DE LA ACTRIZ-RED (ANT)

La ANT, que también se ha querido llamar sociología de las asociaciones, es principalmente conocida por la radicalización del principio de simetría que apunta a evitar la asunción asimétrica de dualismos como naturaleza-sociedad, discurso-materialidad y humano-no humano (Callon, 1968). La propuesta es seguir y describir las asociaciones que se establecen entre agentes heterogéneas, esto es, los ensamblajes. Las conexiones entre actantes se establecen mediante cadenas de mediadores que transportan significados y los traducen. Estos mediadores no son predecibles, son solamente rastreables. Si seguimos esta línea, la agencia solo está donde hay pruebas, diferencias y transformaciones. Cuando esta es invisible, no deja rastro o no aparece en ningún relato, entonces no hay agencia (Latour, 2008). En este sentido la agencia no es exclusiva de las actrices humanas que usarían no humanos con el objetivo de actuar. La acción es siempre distribuida, “un nodo, un nudo y un conglomerado de muchos conjuntos sorprendentes de agencias y que tienen que ser desenmarañados lentamente” (Latour, Reensamblar, 70). Es esta idea la que quiere movilizar la expresión de actriz-red, inspirada en la noción de cuasiobjeto definida por Michel Serres. Es simultáneamente natural, discursivo y social, es una actante cuya actividad es interconectar elementos heterogéneos y una red que es capaz de redefinir y transformar aquello que la compone (Callon, 1968).

Desde esta perspectiva no hay distinción entre actriz y contexto o actriz y escenario, y no es posible la repetición, como sucede en la Teoría de la Performatividad, sino que cada iteración genera diferencia. El valor, el sentido, de cualquier elemento depende de los otros con los que se relaciona y la cuestión estaría en estudiar cómo las entidades se co-construyen las unas a las otras. Esto, desde la ANT, se plantea en términos semióticos; mientras que la sociolingüística ha distribuido el significado de las palabras a las palabras en acción, la semiótica distribuye el privilegio humano sobre la producción del significado de los ensamblajes de actantes humanas y no-humanas. Siguiendo esta línea, se analiza cualquier porción de los sistemas de significado y no solo construcciones lingüísticas. Así, el significado es no textual y no lingüístico, y se estudia con el seguimiento de trayectorias que son privilegiadas respecto de un número ilimitado de posibilidades. Se trata entonces de seguir y describir cómo se generan los órdenes (Akrich, 1992; Mol & Mesman, 1997), los que son más bien frágiles y se encuentran siempre en tensión y en continuo ordenamiento.

PROPUESTAS POSTCONSTRUCCIONISTAS

Las tres propuestas teóricas que hemos transitado fugazmente se mueven, como hemos visto, en la tensión discurso-materialidad y dan cuenta de formas diferentes de entender el significado y la acción. Sin embargo, como hemos advertido, los referentes que hemos utilizado para cada una de estas perspectivas no son ni de lejos los únicos, y del mismo modo, estas perspectivas no agotan las posibilidades que existen y que se podrían entender como postconstruccionistas. Las hemos utilizado como hitos que nos permiten señalar algunos de los puntos clave de los planteamientos postconstruccionistas, pero podría elaborarse una cartografía mucho más amplia, ya que los matices y variaciones son muchas.

La variedad surge de la inquietud, de la creación de planteamientos propios, de la práctica y del movimiento, y da cuenta del inconformismo con los planteamientos ya existentes. De esta manera, nos encontramos con otras metáforas que interfieren con las ya presentadas, compartiendo propuestas a la vez que abriendo caminos. Metáforas como el cyborg (Haraway, 1991), la reforma permanente o la ambivalencia (Singleton & Michael, 1993), la metáfora del mosaico o patchwork (Law & Mol, 1995), la coreografía ontológica (Cussins, 1996), el caligrama desenredado (Brown, 2001) o el enactment y el objeto múltiple (Mol, 2002) dibujan el debate en el que nos situamos y desde que nos preguntamos por la fuerza ilocutiva de los objetos.

REPENSAR LAS PRÁCTICAS SEMIÓTICO-MATERIALES: LA FUERZA ILOCUTIVA EN TIEMPOS POSTCONSTRUCCIONISTAS

La noción de performatividad fue planteada por John L. Austin para analizar el lenguaje cotidiano rompiendo con la llamada falacia descriptiva, es decir, considerando que el lenguaje realiza acciones y que no es simplemente un vehículo de representación. Para ello distinguió entre enunciados constatativos, que serían aquellos con los que describiríamos la realidad y que podrían valorarse como verdaderos o falsos; y los actos de habla realizativos, que serían aquellos con los que al expresar una oración realizaríamos un acto y que no pueden valorarse como verdaderos o falsos, sino como afortunados o desafortunados. Austin desmenuzó en tres actos la acción realizada mediante los enunciados realizativos: (1) el acto locutivo, que sería el acto de decir algo, esto es el acto fonético (emisión de sonidos), fático (emisión de sonidos que forman parte de un vocabulario, esto es, palabras) y rético (usar esos términos con un cierto sentido); (2) el acto ilocutivo, que sería aquello que se hace al decir algo (convencional); y (3) el acto perlocutivo, que sería aquello que se hace por el hecho de decir algo (no convencional), los efectos.

Esta clasificación realizada por Austin presenta algunos problemas. Por un lado no lleva a sus últimas consecuencias el rechazo de la falacia descriptiva y deja la capacidad de realizar acciones mediante el lenguaje solo en un tipo de enunciados, los realizativos. Por otro lado, considera que hay formas de acción que no son convencionales. De igual manera, Austin mismo reconoce dificultades a la hora de aplicar la distinción analítica entre acto ilocutivo y acto perlocutivo.

A pesar de estas dificultades, la Teoría de los Actos de Habla ha conseguido permear y alentar nuevas perspectivas. La Teoría de la Performatividad, como hemos visto, ha trabajado el potencial de la propuesta de Austin y ha hecho una elaboración de la noción de Performatividad para pensar no solo la forma en que el lenguaje realiza actos sino también la forma en que discurso y materialidad conforman realidades como, por ejemplo, el género. Así, recuperamos la teoría de los Actos de Habla porque tiene especial presencia en los planteamientos postconstruccionistas, sobre todo para el Análisis del Discurso y la Teoría de la Performatividad, pero también por un interés de comprender en qué entramado de discusiones se producen las perspectivas y se articulan los conocimientos.

Concretamente, nos focalizamos en la noción de fuerza ilocutiva sin ánimo de generar una nueva metáfora matriz, sino más bien como un ejercicio para pensar el debate actual discurso-materialidad retomando una noción que ha tenido menos presencia y que creemos que puede permitir alimentar las tensiones suficientes como para romper lugares comunes y establecer conexiones entre diferentes perspectivas. Sacamos la fuerza ilocutiva (Austin, 1962; Searle, 1977) de su marco habitual de acción (el estudio del lenguaje cotidiano) y abrimos sus límites y potencialidades empujándolos a un juego analítico diferente, el estudio de prácticas semiótico-materiales.

Por estos motivos, nos aproximamos a la fuerza ilocutiva desde el trabajo de Searle, quien hace algunas reformulaciones de la propuesta de Austin y expone que



“la oración tiene dos partes (no necesariamente separadas), el elemento indicador de la proposición y el dispositivo indicador de la función. El dispositivo indicador de la función muestra cómo debe ser tomada la proposición, o, dicho de otra manera, qué fuerza ilocucionaria ha de tener, esto es, qué acto ilocucionario está realizando el hablante al emitir la oración. Los dispositivos indicadores de función incluyen en castellano el orden de las palabras, el énfasis, la entonación, la puntuación, el modo del verbo y finalmente un conjunto de los llamados verbos realizativos” (5).


 

 

Searle hace este planteamiento después de afirmar que el acto ilocutivo es la unidad mínima de la comunicación, dejando así desplazado aquello que para Austin era el acto locutivo. Esto surge de una tensión o preocupación por distinguir entre la ontología y la acción, cuando a nuestro entender la ontología está en la acción, en la articulación entre fuerzas híbridas.

Si trasladamos esta concepción desde un ámbito de análisis del lenguaje a un ámbito de análisis de prácticas semiótico-materiales, entendemos la fuerza ilocutiva como la posibilidad de ser, el potencial de disposición y ordenación de relaciones. Una forma o un nudo de acción, un acto, que dispondrá la acción y que, en interacción con las otras fuerzas, generará unos efectos, incidirá y modificará aquello con lo que interacciona. En este sentido, Latour (2001) define proposición, siguiendo a Whitehead, como actantes (Castillo, Tirado y Rosengarten, 2012), entidades que son en el establecimiento de relaciones en la articulación.

Esto nos lleva a uno de los puntos clave que queremos destacar en este artículo. El debate discurso-materialidad, en ocasiones parece alimentarse de la reificación de esta distinción dualista de dos sustancias, la sustancia material y la sustancia discursiva, que tendrían que analizarse de formas diferentes. Sin embargo, el interés no está ahí, no está en la sustancia. Tomando una distinción foucaultiana donde “la acción se predica de sujetos particulares, las prácticas se predican de conjuntos o redes” (Castro-Gómez, 31), el interés está en el acontecer y en las prácticas semiótico-materiales. Cuando no es en acción no es posible pensar en las actantes, estas solo son en interacción, no son “la fuente de una acción sino el blanco móvil de una enorme cantidad de entidades que convergen hacia él” (Latour, Reensamblar, 73). En palabras de Ingold (Textility, 96), son “hervideros de actividad”3.

Así, podemos entender que discurso y materialidad son operaciones que ordenan y disponen la acción. Es en este sentido que la fuerza ilocutiva nos puede servir para comprender cómo se producen las articulaciones semiótico-materiales, aunque no tenemos interés en el nombre que le demos: “¿Hablamos de una fuerza? ¿Es una fuerza la que habla? ¿Es un actor al que hace hablar alguien? ¿Es una interpretación o la cosa misma? ¿Es un texto o un mundo? No lo podemos saber porque es con eso con lo que nos batimos y de lo que cada cual se hace todo un mundo” (Latour, 1993)4. La fuerza ilocutiva nos interesa por el pensar que ha posibilitado y el que, en su actualización aquí y ahora, posibilita.

LA FUERZA ILOCUTIVA EN PRÁCTICAS SEMIÓTICO-MATERIALES BIOMÉDICAS: LA FUERZA DE LOS EJEMPLOS

Para articular la fuerza ilocutiva de las prácticas semiótico-materiales desde análisis concretos, proponemos, en un primer momento, hacer el ejercicio a partir de un ejemplo sencillo que facilite la traducción para, en un segundo momento, abordar prácticas semiótico-materiales más complejas.



Ejemplo 1
Entramos a la Unidad de Cuidados Intensivos del hospital. Nos dirigimos a la habitación donde está ingresada la persona a la que vamos a visitar. Ahí encontramos una silla de madera, dura, fría, con un pequeño respaldo. Ubicada en un rincón de la sala, detrás de los cables y las pantallas de los dispositivos técnicos asociados a la persona ingresada para mantener sus constantes vitales, la silla se apoya sobre tres de sus patas mientras que deja la cuarta suspendida a dos centímetros del suelo. Podemos considerar que esta es una proposición cuya fuerza ilocutiva es la de invitar a no sentarse o a no estarlo por largos períodos. Invita a no permanecer demasiado con la persona ingresada, regulando así las visitas que recibe. Las profesionales biomédicas, como personal de enfermería o personal médico intensivista, por ejemplo, tenderán a pasar brevemente a realizar tareas concretas de control y seguimiento, no acompañamiento. La silla, en su fuerza ilocutiva de incomodar, tiene unos efectos performativos en el cuidado de la persona ingresada que podríamos señalar como la relegación del acompañamiento en el hospital, familiar o médico, a una práctica anexa a la práctica biomédica.

Ejemplo 2
El diagnóstico de muerte encefálica certifica “el cese irreversible en las funciones de todas las estructuras neurológicas intracraneales tanto de los hemisferios cerebrales” (Escudero, 121). Las personas a las que se les diagnostica muerte encefálica se las considera clínica y legalmente muertas, aunque pueden seguir manteniendo las funciones vitales a lo largo de un cierto tiempo por la intervención de tecnología biomédica propia de las unidades de cuidados intensivos, en particular mediante las medidas de soporte vital como la ventilación mecánica. Por tanto, la persona diagnosticada de muerte encefálica sigue teniendo circulación sanguínea y sigue manteniendo, de forma intervenida, una temperatura corporal alrededor de los 35 ºC, esto es, cercana a la que se considera la temperatura normal del cuerpo de una persona. La muerte encefálica entonces modifica la noción habitual de muerte, no será la parada cardiorrespiratoria el criterio de muerte, sino que se seguirán criterios neurológicos. A su vez el diagnóstico de muerte encefálica sustituye una muerte inminente por un diagnóstico clínico-legal de muerte que se anticipa a la parada cardiorrespiratoria.


 

 

 

 

 

 



El hecho de que las funciones vitales de la persona en muerte encefálica se sigan realizando mecánicamente hace que siga habiendo circulación sanguínea y que el aspecto de la persona diste del de un cadáver, tanto por su color y semblante como por el hecho que sigue haciendo movimientos torácicos propios de la respiración, así como algún acto reflejo muy concreto. Si consideramos que, como apunta Foucault, el cuerpo es la superficie inscrita de los acontecimientos, la temperatura corporal deviene relevante, tanto para las profesionales biomédicas como para el entorno familiar.

Para el equipo médico que hará el diagnóstico la temperatura es un hecho relevante para hacer válido el diagnóstico. Aunque hay debate alrededor de cuál es la temperatura óptima para realizar el diagnóstico de muerte encefálica y evitar falsos positivos, la regulación del Estado español establece que debe ser superior a los 32 ºC (BOE 3/2000) y el protocolo de algunas UCI considera que la temperatura debe ser superior a 35 ºC para el buen mantenimiento de la paciente de cara a ser donante de órganos. Así, la temperatura corporal cercana a la temperatura de una persona en condiciones normales es garantía de que el diagnóstico de muerte encefálica es válido y se puede considerar a la persona como muerta. De hecho, cuando hay hipotermia, esto es, la temperatura es inferior a les 32 ºC o 35 ºC establecidos, se requieren pruebas instrumentales para completar el diagnóstico de muerte encefálica, ya que la baja temperatura corporal hace que el diagnóstico de muerte encefálica no sea válido (BOE 3/2000).

En cambio, para el entorno familiar la misma proposición, la temperatura corporal, es un hecho que se presenta como resistente a un diagnóstico de muerte. La temperatura que cabría esperar de una persona muerta es muy inferior y, por lo tanto, la calidez es signo de vida. De hecho, en catalán popularmente se utiliza la expresión “està mort i fred”, que se traduce como “está muerto y frío”, para hacer referencia a la irreversibilidad de una muerte. Mientras que con el equipo biomédico se actualiza un potencial de la temperatura que permite reforzar la muerte de la paciente en tanto que señala que hay circulación sanguínea mantenida técnicamente y que no hay contraindicaciones para el diagnóstico, la misma temperatura en interacción con el entorno familiar, actualiza su potencial, su fuerza ilocutiva, de considerar que el cuerpo sigue vivo.

Los 35 ºC de temperatura corporal tienen el potencial de articular cosas diferentes y generar efectos distintos. La temperatura realiza actos ilocutivos diferentes en cada caso mediante actualizaciones de la fuerza ilocutiva en redes diferentes. En términos de Austin y Searle, ambos casos son procesos convencionales. En el caso del equipo médico, la convención está establecida a partir de la definición de muerte encefálica y el protocolo biomédico que la acompaña, en donde la irreversibilidad se establece siguiendo criterios neurológicos. En el caso del entorno familiar, la convención hace referencia al conocimiento popular que establece la parada cardiorespiratoria como criterio definitorio de la muerte, que consideraría el latido del corazón, la respiración y la temperatura corporal como señales de la irreversibilidad de la muerte. Estas convenciones están inscritas, tanto simbólica como materialmente, en libros y protocolos biomédicos así como en prácticas alrededor de la muerte como son tocar el cuerpo, emplear un termómetro, observar si hay movimiento o respuesta.

Esta diferencia en su fuerza ilocutiva es lo que da formas distintas a la temperatura. Diferentes funciones, accesibilidades, diferentes performaciones. Son articulaciones o enactments diferentes en los que la red de actantes y las prácticas que conforman el objeto son distintas. La temperatura, estando en relación con otras actantes, se actualiza en formas distintas. La misma proposición tiene dispositivos de función distintos.

Así, la fuerza ilocutiva daría cuenta de la potencialidad de las actantes y sobre ella pivotarían los enactments que realizan la multiplicidad. Atendiendo a la fuerza ilocutiva (y no solo al acto perlocutivo), no restringiríamos la mirada solo a los efectos, que se considerarían actos performativos, sino también enfatizaríamos cómo se han articulado dichas performaciones. Las fuerzas ilocutivas no son características esenciales del objeto en sí, en este caso de la temperatura, sino potencialidades que se actualizarían en ciertas redes. La descripción de estas redes y las prácticas en las que se componen nos muestran que no hay formas unívocas de acción, no hay realidades unívocas. Es en este sentido que consideramos que la fuerza ilocutiva tiene un potencial político en estos debates, pudiendo resultar útil para analizar cómo la multiplicidad se despliega en disgregaciones coordinadas (Mol, 2002).

REFLEXIONES FINALES ACERCA DEL DISCURSO Y MATERIALIDAD

En este artículo hemos apuntado que no hay una frontera entre discurso y materialidad y que estas no son ontologías distintas sino que son prácticas heterogéneas. Nuestra aproximación se acerca a planteamientos que nos llevan a estudiar las prácticas que producen la realidad, que la enactan. Esta mirada no partiría del “quién” y las diferentes versiones atribuibles a diferentes “quiénes”. Partiríamos de preguntarnos por el “qué” y nos acercaríamos mediante el “cómo”. “Qué” son las cosas, “qué prácticas” las producen. Consideramos que su potencial político es precisamente la irreductibilidad que se desprende de afirmar que no hay diferentes versiones que hagan referencia a una realidad única, sino que la realidad es en sí misma múltiple y constantemente realizada.

La fuerza ilocutiva ha servido, por medio de un ejercicio exploratorio, para tensionar discurso y materialidad en las perspectivas postconstruccionistas, propiciar inteligibilidades y pensar la multiplicidad. Así, forzando una traducción de un planteamiento discursivista a un planteamiento semiótico-material hemos sugerido que la fuerza ilocutiva nos conduce a analizar la potencialidad de las actantes, las proposiciones, para comprender cómo se articulan las multiplicidades.

En un plano diferente y haciendo un acto reflexivo, queremos añadir dos cosas que esperamos, lejos de cerrar, abran posibilidades. Por un lado, en relación con ciertas prácticas de investigación localizables en la ANT, destacaríamos que, a nuestro entender, el discurso no es solo el componente semiótico de un conjunto heterogéneo. El discurso es también su práctica de ensamblaje heterogéneo, un acto de saber-constitución que le da forma. Es una tecnología. Por tanto, la descripción y la posibilidad de dar cuenta de estas asociaciones son mecanismos performativos para la organización de los objetos. En una perspectiva que tenga en cuenta los efectos performativos del lenguaje, la descripción y el dar cuenta son estrategias que permiten la organización de los objetos, por lo que las estrategias narrativas tienen efectos sobre la materialidad. Eso sería un acto reflexivo que ciertos estudios ANT evitan:



“Así que la estrategia implica materialidad. Es una metáfora para reflexionar sobre la organización de la materialidad. Para imaginar distinciones relativamente estables entre  materiales. Aunque —una advertencia aquí— no depende de la idea de que hay un estratega humano acechando detrás de cada objeto material. (…) La estrategia es un método narrativo para llevar las diferencias materiales a una sola clase de historia” (Law & Mol, 283)5.


 

 



En este sentido, las estrategias narrativas posibilitan conjuntos materiales determinados, la promulgación de una orden que se vuelve sólida de diferentes maneras y temporalidades y espacios diferentes.

Articulándonos ahora con ciertas prácticas de Análisis del Discurso, queremos apuntar que objetos y materialidades no pueden ser considerados como meros elementos en la narrativa, construcciones discursivas. Como hemos dicho, los objetos tienen inscripciones que superan las estrategias narrativas. En consecuencia, atender solo a la construcción discursiva de un texto significa ignorar la multiplicidad heterogénea de entidades que realizan la situación que analizamos, e incluso que  hacen posible el surgimiento de una estrategia narrativa determinada a analizar.

Finalmente, insistimos en el sentido que tiene para nosotras recorrer el dualismo discurso-materialidad problematizando algunas de las metáforas principales que lo habitan en las perspectivas postconstruccionistas. Hacerlo por un momento con la fuerza ilocutiva, lejos de recuperarla como cápsula teórica con la que colonizar narraciones, ha sido la excusa para establecer articulaciones entre las propuestas epistemológicas que nos interesan, con las que estamos actualmente en movimiento y que ocupan un espacio central en las prácticas y  perspectivas de investigación crítica.

NOTAS

1 La palabra inglesa enact admite diversas traducciones al castellano, puede significar actuar, ejecutar, realizar y, en el contexto restringido del derecho, promulgar; en algún contexto de uso incluso podría comprenderse desde su asociación con el término actualizar. Debido a que, para nosotros, significa todo eso al mismo tiempo, preferimos utilizar el anglicismo en lugar de su traducción (Tirado y Castillo, 2011).

2 Traducción de las autoras, de “a flexible, soft and imprecise profile that only takes shape when put in place (...) by setting its strength as to be assembled. Everything exists in a state blurred and fluid until it crystallizes in a text or a particular interaction”.

3 “Hives of activity”. Traducción de las autoras.

4 Traducción de Iván Domingo.

5 So strategy implies materiality. It’s a metaphor for thinking about the organization of materiality. For imagining relatively stable distinctions between materials. Though —a caution here— it doesn’t depend on the idea that there’s a human strategist lurking behind every material object. (…) Strategy is a narrative method for pulling material differences into a single kind of story (Law & Mol, 283). Traducción nuestra.

Obras citadas

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