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Alpha (Osorno)

versión On-line ISSN 0718-2201

Alpha  no.37 Osorno dic. 2013

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-22012013000200009 

 

ARTÍCULO

 

MODERNIDAD CONTRA NATURA. SOBRE EL ARGUMENTO ESTÉTICO COMO DEFENSA DE PAISAJES Y TERRITORIOS (A PROPÓSITO DE HIDROAYSÉN)1


Modernity against Nature. About the aesthetic argument in defense of landscapes and territories (Regarding HidroAysén)



Sergio Mansilla Torres*
Universidad Austral de Chile*, Facultad de Filosofía y Humanidades, Instituto de Lingüística y Literatura, Valdivia, Chile.

Dirección para correspondencia


Resumen

Se propone una aproximación a las significaciones del argumento estético utilizado en defensa de paisajes y territorios naturales ante intervenciones industriales mayores. Se indaga en algunas variables que entran en juego en este argumento, como la representación de y actitudes hacia la naturaleza, el paisaje, los lugares, el territorio, atendiendo a los ambivalentes efectos que tiene o puede tener la apelación a la belleza paisajística: desde su conversión en fetiche estético para beneficio de las elites que tienen recursos para hacer de su relación con la naturaleza experiencias de postal hasta su perfilamiento como un argumento genuinamente crítico, político y ético, contra una modernidad industrial que ha hecho de la naturaleza (y de los lugares y sus habitantes) objetos de uso desechables.

Palabras clave: Argumento estético, estética ecocéntrica, naturaleza, paisajes, fetiche estético.


Abstract

This article proposes an approach to the meanings behind the aesthetic argument used in defense of natural landscapes and territories facing major industrial interventions. It explores some variables that enter into play in this argument, such as the representations of and the attitudes toward nature, landscape, places, territory, paying particular attention to the ambivalent effects that the invocation of landscape beauty has or can have: from its conversion to aesthetic fetish for the elite who have resources to make of their relation with nature postcard experiences, to its profile as a genuinely critical, political and ethical argument against an industrial modernity that has made of nature (and of places and their inhabitants) disposable objects.

Key words: Aesthetic argument, ecocentric aesthetics, nature, landscapes, aesthetic fetish.


 

PRESENTACIÓN

En septiembre de 2006, Empresa Nacionalde Electricidad S.A. y Colbún S.A., de capitales privados españoles y chilenos, respectivamente, constituyeron la sociedad anónima Centrales Hidroeléctricas de Aysén S.A., más conocida como HidroAysén, con el fin de construir cinco centrales hidroeléctricas en el territorio de Aysén, dos en el río Baker y tres en el río Pascua, con una generación media anual de 18.430 GWh y una potencia instalada de 2.750 MW, con una superficie total embalsada de 5.910 hectáreas. Regiónde Aysén conforma lo que se suele también llamar en Chile Patagonia Norte (entre los paralelos 43 y 49 latitud sur) para diferenciarla de los territorios patagónicos de Magallanes ubicados al sur de Aysén y que se prolongan hasta el cabo de Hornos. El proyecto de ingeniería se presentó oficialmente en agosto de 2007.2 A la fecha, el proyecto se halla aprobado en lo que concierne a la construcción de las represas mismas; mas no aún en lo concerniente a las líneas de transmisión.3 Lo cierto es que en Patagonia chilena hay varios proyectos hidroeléctricos más en carpeta, unos en etapa de aprobación y otros ya en construcción, incluyendo centrales en el río Cuervo cercanas a Puerto Aysén. HidroAysén, sin embargo, por su tamaño, por su ubicación en uno de los ríos vírgenes de Chile (el río Baker), se ha convertido en un caso paradigmático, que evidencia el insoluble conflicto entre quienes apuestan por la megaindustria, la energética en este caso, para, se dice, asegurar el desarrollo del país y quienes arguyen que el desarrollo no puede, no debe, hacerse a costa de la naturaleza, menos si esta se nos presenta en un estado, digámoslo así, primigenio, no intervenido.

De un tiempo a esta parte, la clase política y empresarial chilena viene repitiendo hasta la saciedad que si quiere Chile salir de la condición de país en desarrollo y entrar al fin al selecto grupo de los países desarrollados, necesitaremos ingentes cantidades de energía, so pena de un freno fatal a la actividad económica. En esta lógica se inscribe el propósito de construir gigantescas represas en los ríos de Aysén para producir “la energía que el país necesita”, proyecto que ha suscitado una dura oposición de parte de ecologistas, ambientalistas, pero también de ciudadanos de a pie de la misma Patagonia Norte que ven con espanto cómo sus paisajes naturales podrían ser modificados para siempre en beneficio no precisamente de ellos.

“A nadie le gusta –sentencia el senador Carlos Larraín, hablando en defensa de HidroAysén– que la naturaleza se vea afectada, pero resulta que el medio que más posibilidades arroja de generar energía causando menos ofensas al medio ambiente es la hidroelectricidad” (web). Larraín arguye con la lógica del mal menor: reconoce que sí afectará a la naturaleza, pero el daño es menor comparado con el que producen otras formas de generación de energía eléctrica, como la termoeléctrica. Por cierto, la lógica del mal menor solo tiene sentido si efectivamente no hay ninguna posibilidad de evitar el mal, caso en el cual entonces optar por el mal menor puede parecer incluso un denodado esfuerzo de bondad o al menos de responsabilidad política con el medio ambiente y la comunidad que vive en los territorios que serían afectados por HidroAysén.

En la orilla opuesta –en la que la fundación Patagonia sin Represas ha tenido un papel destacado–, los argumentos contrarios a las represas son de variada índole. Desde razones técnicas como decir que los estudios biológicos de impacto ambiental son insuficientes o simplemente que estos no se han hecho como sería debido, que se ha ocultado información geológica relevante de los lugares en los que se instalarán estas grandes estructuras (Chile, como sabemos, es un país sísmico), hasta razones de índole cultural y estética, a las que hay que sumar razones de índole financiera y política, como el reclamo por la concentración monopólica –privada por añadidura– de la producción y distribución de la energía del país, y, por lo mismo, se arguye a veces razones de seguridad nacional. Una queja constante contra HidroAysén y contra las autoridades de gobierno que avalan dicho proyecto dice relación con la nula atención a la opinión de los habitantes de Patagonia Norte chilena, algo que es percibido como un intolerable abandono de las autoridades centrales de aquellos territorios con poca población, por lo que no tienen un peso político relevante en término de número de electores; territorios que pasan a convertirse solo en una geografía contenedora de recursos naturales disponibles para su explotación a gran escala.4

Quisiera en esta oportunidad, a propósito del caso de HidroAysén, dedicar algunas notas a lo que llamaré el argumento estético, el que se manifiesta, en principio, como una recusación a las megaconstrucciones (represas, caminos, instalaciones auxiliares) por los efectos transformadores y degradantes del paisaje que estas producirían. En lo esencial, la transformación se lee como un daño irreparable a la prístina belleza de ciertos paisajes patagónicos, no intervenidos o muy escasamente intervenidos por la acción humana, a los que, por otra parte, se les atribuye un carácter grandioso, sublime, con un aura poética poderosa. Nos ha parecido pertinente indagar en algunas variables que entran en juego en este argumento, como la representación de las geografías y actitudes hacia la naturaleza, el paisaje, los lugares, el territorio, atendiendo a los ambivalentes efectos que tiene o puede tener la apelación a la belleza paisajística: desde su conversión en fetiche estético para beneficio de las elites que tienen recursos para hacer de su relación con la naturaleza experiencias de postal hasta su perfilamiento como un argumento crítico, político y ético, contra una modernidad industrial que ha hecho de la naturaleza (y de los lugares y sus habitantes) objetos de uso desechables.

Permítaseme algunas aclaraciones sobre el uso de algunos términos claves. Acudo a las nociones de territorio, lugar, paisaje, naturaleza, entorno natural, hábitat, entendiéndolas de un modo interrelacionado. Ciertamente no son sinónimos, pero la experiencia de relacionarse con la naturaleza, cualquiera sea la forma que adquiera esta relación, no puede acontecer sino en un lugar, el cual, dependiendo de si el individuo lo habita o no, puede ser al mismo tiempo un territorio propio o ajeno. La condición de sujeto territorial o territorializado se concretiza en la pertenencia a un cierto entorno físico delimitado, con identidad, que provee experiencias de identificación y pertenencia. Estimo que una de las maneras de construir pertenencia es establecer vínculos de afectividad con los otros (los vecinos, la comunidad) y con lo otro (la materialidad de los espacios en los que se habita o transita). Eso “otro” se manifiesta, en principio, como paisaje, el cual, sin embargo, y si es que no lo reducimos a una escena externa, envuelve al sujeto que lo contempla conformando un hábitat. Y si el paisaje es esencialmente natural, como sucede en los territorios afectados por las hidroeléctricas en Aysén, el hábitat toma la forma de un entorno ecobiológico que hace posible la vida humana y no humana. Cultura y naturaleza se unifican, pues, en un mismo acontecer.

CONTRA LA INDUSTRIA: ARGUMENTO ESTÉTICO Y ALIENACIÓN

En una crónica de abril de 2008, el Colectivo Walmapu se hace eco de los argumentos de Juan Pablo Orrego quien, en su calidad de presidente del Consejo de Defensa de Patagonia, sostiene que una de las razones por las que no se debe construir las represas es por el impacto que estas producirían en el entorno: “los impactos locales sobre flora, fauna, cultura, potencial turístico, ganadero y agrícola son enormes” (web). Y agrega: “Patagonia es una zona conocida mundialmente por sus bellezas y atributos ambientales, y al llenarla de represas y redes de transmisión gigantes ese potencial queda, por decir lo menos, degradado” (web). Yerko Castillo, por su parte, entre las diez razones que esgrime para oponerse al proyecto, menciona el gran daño estético (y ambiental) que producirá la enorme línea de transmisión que se necesitará tender para llevar la energía al centro y norte del país: “no quiero vivir en un país con la cicatriz más larga del mundo” (web), nos dice en una clara alusión al efecto antiestético que produce una cicatriz en la piel de un cuerpo cualquiera. El argumento estético ha sido también usado, aunque mucho menos, a favor de la construcción del megaproyecto. Un lector opinante de un foro estudiantil por internet arguye que las represas formarán lagos y que estos, lejos de ser una afrenta al paisaje, son constitutivos de un poderoso efecto de belleza en el sur de Chile, en particular en Patagonia.“¿Desde cuándo somos enemigos de los lagos?”, pregunta Pedro Pablo Aguirre, quien se declara “partidario” de HidroAysén (web Educar Chile).

Pareciera, pues, que el aspecto estético de la naturaleza silvestre ha entrado al ruedo del debate sobre los rumbos que debiera tomar el desarrollo y la industria. ¿Por qué un ámbito de la vida cultural, que se consideraría propio del arte, de la literatura, de la arquitectura y el diseño, entra a tallar a la hora de debatir sobre la conveniencia o inconveniencia de construir fuentes energéticas cuya presencia impacta de forma decisiva sobre el entorno? Aunque en el mundo occidental la reflexión teórica sobre el arte y la belleza viene de muy antiguo, desde Platón en su diálogo Hipias mayor y sobre todo desde Aristóteles con su célebre Poética, la discusión moderna sobre la belleza, en el ámbito europeo al menos, es un fenómeno histórico reciente. Gregory Elliot anota el año 1735 como fecha en que se inaugura la discusión sobre estética en los tiempos modernos (europeos); ese año Alexander Gottlieb Baungarten publica Reflexiones filosóficas acerca de la poesía, libro en el que termina defendiendo la tesis de que “la belleza no era más que la perfección racional expresada en forma sensorial” (Eliott, 178). Posteriormente Kant y Hegel elaborarán influyentes reflexiones sobre estética, las que se presentarán ora como teoría o filosofía del arte, ora como teoría de la sensibilidad y percepción de la belleza.5

Haciendo una generalización grosera, podríamos decir que en la modernidad el campo estético se lo tiende a caracterizar como lo bello al margen de su utilidad práctica; su fuerza yace justamente en su gratuidad, en la cancelación de la necesidad de tener que servir para otra cosa que no sea provocar placer en el espíritu mediante la contemplación desinteresada de “cosas bellas” (arte, literatura, paisajes), vivenciando ese “desinterés” contemplativo como una experiencia que se conforma según el despliegue “libre” de la emocionalidad, del “espíritu”, sin las ataduras de la razón instrumental. Consignemos, no obstante, que aun en la concepción más radicalmente idealista de la belleza estética, esta nunca deja de tener un efecto práctico, aunque fuese indirecto. Por ejemplo, la sofisticación de los gustos estéticos de las personas les genera estatus: se vuelve signo de una exquisita sensibilidad que distingue –se supone que para bien– a la gente educada, culta, de quienes no tienen ojos para apreciar la armonía pictórica ni oídos para las elevadas sinfonías de los grandes compositores ni entendimiento para leer o escuchar, placentera pero de un modo intelectualmente perspicaz, la “Gran Poesía”.

Estoy caricaturizando, sin duda. Pero vale la caricatura en la medida en que esta pone en sobrerrelieve un aspecto que sí me gustaría retener: la experiencia estética moderna, de una manera u otra, incluso en su versión más elitista y antipopular, ha ido siempre a contracorriente de aquella razón instrumental que pone el acento en el hacer ingenieril que modifica la realidad material (y simbólica) del mundo para ponerla en consonancia con los requerimientos de un progreso o desarrollo fundado, en último término, en un antropocentrismo radical y excluyente. Así entonces, la estética se vuelve, o puede volverse, un espacio de autocrítica de la modernidad en la medida en que la preocupación porque determinados parámetros de belleza se tornen constituyentes de una cierta identidad aceptable o deseable de las cosas (y de los modos en que estas han de presentarse ante la percepción humana) hace que se produzca un efecto de extrañeza sobre lo meramente funcional y se retenga la exigencia –ética al fin–de que la realidad sea bella, aunque no se tenga ninguna definición precisa de belleza.

Esta manera de concebir lo estético requiere, eso sí, que se conciba lo real como algo escindible, algo que puede operar en esferas de acción diferentes, separadas y autónomas. La alienación moderna adquiere (o puede adquirir), por esta vía, un rostro siniestro cuando tal escisión se vuelve la condición de base para que la cultura y la barbarie coexistan en el mismo sujeto como si se tratara de roles que se pueden asumir o no asumir a voluntad según las circunstancias. Así, ser sensible ante un paisaje bello no sería incompatible con la decisión de destruirlo si tal destrucción se inscribe en la lógica de alcanzar un bien común supuestamente superior, como podría ser, a propósito de las hidroeléctricas en Patagoniala necesidad de generar electricidad para garantizar el cumplimiento de una cierta promesa de “desarrollo del país”. Una experiencia estética reificada ciertamente elimina los ruidos éticos que le son consustanciales, y lo bello, sea que se trate de arte, de artefactos o de un paisaje, se vuelve un hecho en sí y para sí aislado de la historia, ajeno a los destinos humanos. Los obstáculos éticos para intervenir o aun destruir espacios bellos quedan así removidos o muy debilitados con el argumento de que la intervención se hace justamente para el mejoramiento de los destinos humanos. Como apuntan Mazzotti y Alcaraz, “la separación entre arte y existencia es resultado de un paradigma civilizatorio que suspende la experiencia y despuebla el sentido de estar en el mundo” (31). Creo que el juicio vale igualmente para juzgar la separación naturaleza y cultura tan cara a nuestro paradigma civilizatorio.

Invito, pues, a pensar la experiencia estética como una práctica conducente a unificar y renovar permanentemente “la existencia con el significado y el sentido de estar vivo en una forma de redención secular que al mismo tiempo reordena y otorga un saber sobre el mundo” (Mazzotti y Alcaraz 31). Hablamos de una experiencia que da paso a la emergencia de (y que se materializa como) un saber complejo, que hace confluir lo intelectual, lo emocional, lo éticamente imperativo, que se experimenta (y no solo se comprende) y que provoca un efecto de religamiento de los sujetos con el mundo a partir del principio de que somos parte indisociable de la realidad material que nos rodea, sobre todo de la realidad ecobiológica. No es que sujeto y objeto sean o lleguen a ser idénticos, sino que, admitiendo sus respectivas existencias en sus propios términos, uno y otro son acontecimientos interactuantes, mutuamente respaldados, siempre abiertos a la historicidad emanada del hecho de ser precisamente acontecimientos en el tiempo.

En el contexto del debate por la instalación de grandes hidroeléctricas en los ríos patagónicos de Chile, el argumento estético por cierto no se inscribe en el campo de las disquisiciones teóricas; acontece básicamente como un discurso mediante el cual se defiende un lugar/territorio apelando a la necesidad de mantener intacto (o relativamente intacto al menos) su paisaje, bella obra milenaria de la naturaleza. Se hace así patente un modo de vivir o transitar lugares que se define en función de la relación estética que los detractores de HidroAysén establecen con el paisaje. Y como en el caso de Patagoniael paisaje es natural, ocurre que la relación estética con dicho paisaje se vuelve un modo de instituir una determinada relación entre ser humano y naturaleza en la que esta última se torna objeto de contemplación, de regocijo emocional y sensorial. La modernidad industrial y su correlato, la sociedad de consumo, no han sido para nada buenos ejemplos de relación armónica entre sociedad y naturaleza; más allá de que en el arte y la literatura hallemos con frecuencia discursos que exaltan la naturaleza, la deifican, la defienden, la maternalizan.

Aunque también en el arte y la literatura hallamos discursos que la condenan, la ponen en la picota de lo salvaje, lo bárbaro, lo misterioso, lo desconocido y potencialmente peligroso; algo que se radicaliza en las literaturas que procuran un “salto adelante”. Las vanguardias históricas no son la excepción, al contrario. Cuando el joven poeta chileno Vicente Huidobro en 1914 le espeta a la naturaleza su clásico manifiesto “Non serviam”, su gesto poético en el fondo se hace eco de uno de los aspectos más perturbadores de la modernidad: su divorcio con la naturaleza, sobre todo si esta última toma la forma de un entorno “primitivo” poco o nada intervenido por la mano del progreso, de la industria, las urbanizaciones o cualquier otra intervención masiva en los entornos naturales. “No he de ser tu esclavo, madre. Natura, seré tu amo. Te servirás de mí: está bien. No quiero ni puedo evitarlo; pero yo también me serviré de ti […] ya nos escapamos de tu trampa” (1295). No estoy acusando a la persona Huidobro de ser un insensible ante la naturaleza, en particular ante su belleza; menos si, como en efecto acontece en el propio manifiesto citado, nuestro poeta deja en claro cuánto la respeta y cuánto ha aprendido de ella: “lo único que deseo es no olvidar nunca tus lecciones” (1295). Contra lo que pudiera parecer a primera lectura (y contra lo que yo mismo sugiero en las citas anteriores), “Non serviam” es un tributo a la naturaleza, la que, como solícita madre, le ha enseñado al poeta a crear, lo ha hecho crecer, tanto que ahora puede independizarse de ella tal como un hijo, al crecer, necesita construirse una vida propia.

Pero es esto precisamente lo que perturba: el despliegue de un imaginario estético moderno radicalmente antropocéntrico que se construye mediante el cultivo de la escisión sujeto-mundo natural y el énfasis en la autonomía del yo como principio y fin de la performatividad discursiva. La identificación de la naturaleza con la figura de la madre universal de todos nosotros nos pone ante una especie de complejo de Edipo ecológico que instala en nuestro yo la disociación sujeto natural v/s. sujeto cultural, como si efectivamente el dilema fuese o ser esclavo (sujeto natural) o amo de la naturaleza (sujeto cultural). Más allá del hecho de que el texto de Huidobro aquí comentado se programa como un alegato contra una forma de producir poesía y arte que descansa en una imitación, a juicio del poeta, nada dislocante del orden de las cosas y a la vez como una incitación a la originalidad creativa radical, que evidencie el trabajo de una subjetividad consciente y confiada en su poder demiurgo e inaugurador de nuevas fronteras estéticas, no deja de ser este manifiesto un documento que registra la huella de una sensibilidad cultural que hace aparecer como necesaria y ventajosa la separación sujeto-naturaleza.

Y a la inversa, una cosmovisión y sensibilidad como la que hallamos perfilada en la famosa carta que el jefe Seattle supuestamente enviara en 1855 al entonces presidente de la Uniónamericana Franklin Pierce, difícilmente daría paso a una “rebelión” contra la naturaleza, aun si tal gesto no pase de ser una escenificación poética con una dosis nada despreciable de juego e ironía, como en efecto ocurre en el manifiesto de Huidobro. ¿Cómo podría siquiera pensarse una ruptura con la naturaleza si se parte del principio de que el hombre es apenas un hilo del gran tejido de la vida?:

Esto es lo que sabemos: la tierra no pertenece al hombre; es el hombre el que pertenece a la tierra. Esto es lo que sabemos: todas la cosas están relacionadas como la sangre que une una familia. Hay una unión en todo. Lo que ocurra con la tierra recaerá sobre los hijos de la tierra. El hombre no tejió el tejido de la vida; él es simplemente uno de sus hilos (Web).6


La “carta” del jefe Seattle, como sabemos, ha terminado por convertirse en un emblemático manifiesto ecologista. Como fuere, un tipo de pensamiento y sensibilidad que no ve a los humanos en la cúspide de la escala de la vida –los seres “más evolucionados”– sino apenas como un humilde hilo que ayuda en la composición del vasto tejido de lo viviente, muy seguramente no daría paso a propuestas estéticas sustentadas en definitiva en la creencia de que la actividad humana puede crear ambientes ecovitales propios, a su entera imagen y semejanza, emulando a la divinidad creadora tal como a esta se la representa en la tradición judeocristiana. Menos autorizaría la legitimación de una cierta imagen de la naturaleza que torna a esta en objeto disponible para su explotación a ultranza llevando a la práctica la tesis de que los humanos tenemos, al fin, derecho de propiedad sobre los espacios naturales. Y que esto sería justamente imprescindible para que se produzca “desarrollo”, “progreso”, “bienestar”, “riqueza”, “trabajo”, expresiones todas que conforman una estructura de sensibilidad nutricia de las prácticas capitalistas industriales a escala macro.

Por cierto, la cosificación de la naturaleza no es el único factor que explica su explotación desmesurada, pero no cabe duda de que al concebir la naturaleza esencialmente como un recurso abre la puerta para que esta sea objeto de violentas intervenciones humanas “naturalmente” justificadas por la necesidad de satisfacer los siempre crecientes requerimientos de nuestra civilización tecnológica moderna. Sin embargo, bien vistas las cosas, tales requerimientos no los impone la civilización (una noción demasiado general como para otorgarle estatus de sujeto actuante), sino que son propios de una forma de producción y consumo inscrita en una lógica de competitiva acumulación de riqueza y poder –que favorece a quienes de por sí ya son poderosos– y que es, al mismo tiempo, una lógica de control simbólico y material del planeta y sus habitantes, precisamente para asegurar la continuidad de un estilo de vida que no cesa de explotar más y más la naturaleza.

Las intervenciones humanas en los entornos naturales han sido una constante desde tiempos inmemoriales, y las tragedias ecológicas derivadas de estas intervenciones no son de ninguna manera patrimonio exclusivo de los tiempos modernos. Lo que nos alarma hoy es que las intervenciones acontecen con magnitudes y a velocidades sin precedentes en la historia de la humanidad, algo que nos pone como civilización en un decurso de entropía. Pero, por otra parte, esto mismo ha venido activando prácticas culturales y políticas (que aún son minoritarias, pero crecientes) que buscan justamente torcer este decurso de entropía en beneficio de una manera de vivir que sea más concordante con los ciclos y condiciones de sustentabilidad de la naturaleza. Muchos de los habitantes de Patagonia chilena que manifiestan una tenaz oposición al proyecto HidroAysén son nietos o bisnietos de aquellos colonos iniciales que prendieron fuego a extensas superficies boscosas de leng (Nothofagus pumilio) y ñires (Nothofagus antarctica) con el fin de conseguir praderas para la ganadería, y que al final han resultado muy poco útiles.7 Práctica, por lo demás, absolutamente común hasta hace poco, por lo menos en Chile, en la medida en que los grandes bosques sureños se veían esencialmente como obstáculos para el asentamiento humano y el desarrollo económico que tales asentamientos necesitaban.

Los valores que ha conformado nuestra cultura consumista nos ha conducido a una “cosificación” del paisaje; sin embargo, el paisaje no es una cosa, no es un objeto grande ni un conjunto de objetos configurados por la naturaleza o transformados por la acción humana. El paisaje tampoco es la naturaleza ni siquiera el medio físico que nos rodea o sobre el que nos situamos. El paisaje es un constructo, una elaboración mental que los hombres realizamos por medio de los fenómenos de la cultura. El paisaje, entendido como fenómeno cultural, es una convención de una cultura que varía de una cultura a otra (Maderuelo, 17).

Si bien Maderuelo se refiere al paisaje (que no tiene por qué ser solo natural) y no a la naturaleza, estimo pertinente la cita en tanto el argumento estético para la defensa de ciertos espacios naturales supone la percepción/representación de tales espacios justamente como paisajes. Vale decir, como entornos disponibles para la contemplación y goce estético atendiendo a las bellezas de sus formas, a lo que hay que adicionar, para el caso de Patagoniala experiencia de lo sublime que ciertos espacios naturales suscitan por su magnificencia, la singularidad grandiosa de sus ríos, montañas, árboles, incluso del impactante tamaño de las huellas de desastres ecológicos de hace un siglo o menos, algo que alimenta un cierto sentimiento de pequeñez humana ante la grandiosidad de las obras de la naturaleza. Admito que el paisaje efectivamente no es una cosa si por cosa se entiende un objeto material que existe per se, autocontenido en su mismidad; pero, a la vez, como el mismo Maderuelo anota, si el paisaje es un constructo entonces acontece como resultado de una acción (manual y/o mental) del ser humano ejercida sobre aquella naturaleza, digamos, “prepaisajística”. En este sentido, el paisaje sí es una cosa que hacen los seres humanos de acuerdo con determinados patrones culturales que definen criterios y gatillan experiencias de belleza de los lugares en que se vive o transita.

Por lo mismo, el riesgo de su “cosificación”, que se traduce en una radical separación sujeto-naturaleza, está a la vuelta de la esquina. Bastaría con acentuar la idea de que los lugares-paisajes son una externalidad material absolutamente supeditada a las necesidades del yo –y por extensión de la comunidad, la sociedad, el país–, para que la naturaleza, consustancial a los lugares, se vuelva una otredad no humana “obligada” a proveernos ilimitadamente de bienes ajustándose a nuestras reglas, ojalá a nuestros ritmos y, de ser necesario, interviniendo en ella y modificando artificialmente su diversidad biológica, sus cadenas tróficas.

La “cosificación”, sin embargo, puede también presentarse con la amable cara de la empatía radical con la “belleza de los paisajes”. Mas, no por esgrimir la razón de lo bello y lo sublime, el argumento estético queda automáticamente exento de un cierto “efecto de cosificación”. De hecho, el argumento estético puede convertirse en retórica de la fetichización de las bellezas naturales al punto de convertirlas en patrimonio reificado de quienes pueden darse el privilegio de la contemplación de los paisajes, como si de postales vivientes se tratara, aprovechando los beneficios de una educación “sofisticada” que les dio seguramente la oportunidad de adquirir conocimientos y experiencias de arte y literatura. No es casual que la pintura y más modernamente la fotografía y los registros audiovisuales hayan contribuido a la estetización de determinados entornos y lugares, convirtiéndolos en paisajes que destilan impactantes efectos estéticos.

Patagonia sin Represas, una de las organizaciones que lideran la oposición a HidroAysén, ha entendido el poder de la imagen. Su campaña publicitaria, entre otras cosas, se sostiene sobre la base de cuidadas imágenes, visuales y audiovisuales, de diferentes paisajes patagónicos, enfatizando especialmente la grandiosidad elemental de entornos que nos retrotraen a momentos primigenios del mundo: montañas, hielos milenarios, ríos singularmente limpios, valles sin habitantes, detalles de flora y fauna que denotan una intocada pureza natural. El libro Patagonia chilena…, editado precisamente por esta organización, ilustra el hecho de que el argumento estético se construye no en la sola contemplación del espacio natural real sino, sobre todo, en la conversión de este en imagen que comunican elecciones de autor, puntos de vista que, en este caso, enfatizan la grandiosidad y cromatismo de paisajes (y de naturaleza) que desaparecerían para siempre o se verían irrevocablemente afectados de construirse al fin las represas y sus obras auxiliares. Se trata de un libro de gran formato, muy cuidado, excelente calidad de papel, excelentes fotografías; pero como su costo es prohibitivo para el ciudadano chileno medio, tal publicación se convierte en dispositivo de estetización de los paisajes patagónicos que fortalece, tal vez para desgracia de los esfuerzos de preservación del medio ambiente natural, la elitización del argumento estético, algo que lo pone en sintonía con otro de los aspectos perturbadores de la modernidad capitalista: la escasa o nula equidad a la hora de distribuir y compartir los significados estéticos más complejos y prestigiosos, aquellos que tienen o tendrían impacto duradero en las estructuras colectivas de sensibilidad y que se vuelven puntos nodales de inflexión cultural.

Lo que sugiero no es un rechazo a la estetización de los paisajes naturales, cualquiera sea el soporte que se utilice para tal fin. Quisiera nada más atender al hecho de que la sola estetización de los paisajes no es necesariamente una buena estrategia para la preservación de estos, máxime si tal estetización se vuelve fetiche elitista, que no favorece la democratización de aquellas sensibilidades que no disocian (o que tienden a no disociar) sujeto de objeto y que, por esto mismo, se convierten en una eficiente barrera de contención de esa forma de antropocentrismo que se manifiesta ora como una especie de imperialismo homicida del sujeto sobre las materias del mundo, ora como objetualización reificada de ellas.

HACIA UNA ESTÉTICA ECOCÉNTRICA

Quizás sea el momento de aventurar algunas notas sobre un modo de relación estética con los entornos naturales que no reduzca la experiencia de ser-estar en el lugar a una experiencia desafectada de no-lugar, que estimule la desmemoria, la ignorancia, la indiferencia o el desprecio por el porvenir de esos espacios y lugares, actitudes que terminan al servicio de la supremacía de un pensamiento calculante despojado de barreras éticas. Un modo de concretizar la idea de Maderuelo de que el paisaje es un constructo sería considerarlo como un “texto” (Fitter 8) disponible para ser “leído por comunidades interpretativas mutables, cada una con sus distintos “horizontes de expectativas” (Fitter 8, trad. mía).

Comunidades históricas de individuos, íntimamente condicionados por fuerzas económicas e ideológicas, proyectarán variadas estructuras de atención sobre la naturaleza externa, actualizando así diferentes configuraciones de características y significados. No hay, pues, paisaje ‘autotélico’ –que contenga una apariencia perenne, ‘objetiva’, con significaciones independientes de su ‘lector’–: la proyección cultural de un observador de un paisaje completará necesariamente la ‘autoformulación’ de este (Fitter 8-9, trad., mía; entrecomillados del autor).

Concebir los paisajes como un texto es una metáfora que, como toda metáfora, revela y oculta ciertos modos de instituir realidad y de imponer esta –la metáfora– sus términos a la hora de delimitar los campos de acción del yo y del mundo externo al yo. Revela, en principio al menos, que el paisaje es una instancia de productividad de sentido cuya complejidad semántica depende tanto de la diversidad material de la naturaleza que está ahí dada como de las estructuras de sensibilidad con que los sujetos materializan la percepción e interpretación del orden natural de sus respectivos entornos. Al respecto, sostengo que vivenciar experiencias de diversidad en la naturaleza se presta para gatillar complejidades conceptuales y emocionales superiores a aquellas que podrían derivarse de la vivencia de experiencias de uniformidad e isomorfismo. Por eso quizás nos parece más bello un bosque nativo que una plantación tipo monocultivo para fines industriales; más bello un lago natural que un embalse, a menos, claro, que la plantación y el embalse se lleguen a ver como “hechos de la naturaleza”. Toda intervención en los paisajes termina siendo una intervención en la mente de quienes habitan los lugares en los que estos paisajes existen.

Como fuere, si lo que se busca es superar el reduccionismo esteticista de los paisajes, la experiencia estética con la naturaleza habría que concebirla no como una experiencia “especial”, distinta de las experiencias que surgen de una relación no contemplativa con los paisajes. Al contrario, una experiencia estética no alienada acontecería en el despliegue de variadas formas de percepción de los paisajes; formas que cobrarían sentido humano solidario en la medida en que las gobierne el principio ético-afectivo del respeto y cariño por la naturaleza, algo que implica reconocerla como condición material necesaria de nuestra existencia a la vez que como un orden de realidad que hace patente nuestros límites y limitaciones: la compatibilidad con la vida es un límite que no podemos cruzar. Cualquier forma de antropocentrismo imperialista quedaría entonces cancelada en beneficio de una representación de lo humano que se acercaría a lo que se describe en la “carta” del jefe Seattle: “El hombre no tejió el tejido de la vida; él es simplemente uno de sus hilos”.

Fitter distingue cuatro matrices de percepción de los paisajes naturales que, según el autor, serían consustanciales a la naturaleza humana, aunque en la vida social los individuos activen estas matrices estableciendo agudas y patológicas desigualdades entre ellas. En primer lugar tenemos la percepción ecológica, orientada a la subsistencia y seguridad de donde emerge la “dimensión del sentimiento territorial” (15). La segunda matriz de percepción es la “cosmográfica”, que se relaciona con la aprehensión de un cierto orden funcional del mundo: “los paisajes ilustran creencias religiosas o filosóficas e instintos acerca del orden natural del universo y de las leyes que lo gobiernan” (19). La tercera corresponde a la percepción analógica, que implica la percepción de estructuras de similitud y simbolización. Por último hallamos la percepción” “tecnóptica” (comillas del autor) que da paso a la identificación de experiencias visuales gratificantes cuyos códigos han sido “aprendidos del arte” (23) y, agregaría, de cualquier imagen verbal, iconográfica, audiovisual, que (re)presentan escenas paisajísticas y que modelan códigos de percepción de los paisajes y sus efectos estéticos.8 Desde luego, el modelo propuesto por Fitter podría ser discutido, corregido; pero para efectos de estas reflexiones me interesa retenerlo en la medida en que provee elementos para postular que un argumento estético genuino implica un modo de relación, apreciación o respuesta hacia la naturaleza en sí mismo diverso y que acontece en varios registros del discurso, los que documentan una cierta constelación de sensibilidades, percepciones, elaboraciones imaginarias de realidades.9

La idea de que una experiencia estética no reificada con la naturaleza, siguiendo a Mazotti y Ancaraz, podría caracterizarse como una “redención secular”, un religamiento con el mundo, cobra un sentido más preciso si la vemos como una práctica de interconexión estratégica de las cuatro matrices de percepción descritas por Fitter, de manera que entre ellas se establezcan jerarquías fluctuantes según necesidades, pero sin que ninguna prevalezca al punto de anular a las demás. La naturaleza no es solo un nicho ecológico ni depósito de recursos que esperan ser (o que están siendo) explotados; no se reduce a un universo simbolizado o mitologizado ni es solo una secuencia de bellas postales vivientes para el turista adinerado que puede comprar y consumir imágenes de naturaleza. Disociar estas matrices equivale, estimo, a disociar el sujeto del objeto en tanto se esfuman los mecanismos psicológicos y culturales de control en la medida en que las matrices de percepción dejan de actuar como mutuos contra balances. La exacerbación del sentimiento territorial bien podría dar paso a una intolerancia feroz hacia el otro, el vecino, el inmigrante por ejemplo, o acentuar el sentimiento de propiedad tanto que el ser humano podría llegar a sentirse amo de la naturaleza o, como solían sostener los ideólogos del progreso en el siglo XIX latinoamericano, llamado a ser protagonista de la hazaña épica de llevar civilización donde, desde sus perspectivas, la barbarie natural –seres humanos incluidos, los llamados “naturales”– prevalecía.

Las cuatros matrices de percepción de la naturaleza que propone y describe Fitter las veo como puntos nodales que delinean una práctica crítica de producción de sentido a la hora de leer el texto de la naturaleza, de los paisajes, de los entornos físicos en los que acontece nuestra vida cotidiana. Digo crítica en cuanto que al retener la multiplicidad relacional sujeto-naturaleza nos resguarda, por una parte, del riesgo de otorgarles realidad sustancial a ideas o conceptos que reducen la naturaleza a una dimensión singular (objeto de intervención, de explotación, de contemplación, por ejemplo) y, por otra, se vuelve una permanente interpelación a vivenciar, experimentar, comprender, transformar desde y con la diversidad de los mundos subjetivos nuestra relación con la naturaleza. La respuesta estética ante la naturaleza no se reduce a emitir juicios sobre su belleza o fealdad, sino de hacerse partícipe de una experiencia relacional múltiple que involucra desde lo sensorial hasta intrincadas abstracciones conceptuales, poniendo en juego las muchas formas en que la subjetividad acontece. Pero como en definitiva, y dada esta situación, la subjetividad en tanto acontecimiento se traduce en conductas que afectan al medio, la necesidad de regulaciones éticas se vuelve imprescindible.

Los paisajes no son obras de la naturaleza que podamos simplemente contemplar como una otredad que acontece en una dimensión distinta de nuestras necesidades cotidianas de sobrevivencia. Podemos prescindir de un cuadro que representa un paisaje, pero no del paisaje si aquel constituye un hábitat que nos provee de agua, alimentos, combustible, etc. (salvo que tales necesidades se resuelvan en otro lugar o por otros medios). Si bien, como ha sido ya sugerido, la noción de paisaje comporta de por sí una estetización de nuestro entorno, cuando se trata de paisajes naturales, si están habitados por humanos, tales paisajes sí son al mismo tiempo ambientes naturales que envuelven a los que allí viven, de manera que sus habitantes no son solo observadores de paisajes sino parte constitutiva de un hábitat en el que la categoría de paisaje, si es asumida en un sentido no alienado, funcionaría como dispositivo disparador de una actitud de genuino respeto y afecto hacia la naturaleza. El argumento estético deja entonces de ser un asunto meramente de “belleza” disociado de la cotidianidad de los cuerpos pensantes y sintientes que necesitan satisfacer necesidades biológicas básicas para asegurar la continuidad de la vida. Deja, además, de ser un argumento débil, prescindible, un factor desechable al lado de megaproyectos industriales cuya “utilidad” parecería inmensamente superior a la conservación, por razones estéticas, de espacios naturales que serían entonces intervenidos y ocupados por tales megaproyectos. Pero, al mismo tiempo, el argumento estético no se hace equivalente a conservar a ultranza espacios naturales clausurados al habitar humano. Los llamados “parques naturales”, vedados a los asentamientos humanos, son, sin duda, útiles y necesarios cuando prevalece, como efectivamente prevalece, la cultura de la depredación, pero la sola existencia de estos espacios protegidos es un indicador de cuán perversa y destructiva se ha vuelto la relación entre nuestra modernidad y la naturaleza.

Las artes y los diversos discursos de representación que aluden a la naturaleza cumplen, sin duda, un rol relevante en la conformación de actitudes de topofilia que, si no se las asume como ideología ultramontana, favorecen la historización crítica de las subjetividades humanas y abren las puertas a comportamientos sociales y culturales más democráticos y solidarios. Puede ser verdad que efectivamente Chile necesita más fuentes de energía y que, de veras, la energía hidroeléctrica sea la más amigable (o una de las más amigables) con el medio ambiente. Sin embargo, y por encima de consideraciones técnicas y de ingeniería, el caso de HidroAysén ha puesto en evidencia que se está produciendo un cambio cultural muy profundo, de alcances aun difusos: asistimos todavía a una débil dialogicidad que, no obstante, poco a poco ha ido instalando una reconceptualización de la naturaleza, tanto que esta ya no se define simplemente como un depósito de recursos a los que se puede echar mano a gran escala sin producir efectos negativos sobre nuestra propia civilización tecnológica y sin agudizar las contradicciones del capitalismo sobre todo cuando este colisiona con la naturaleza (y, sabemos, colisiona casi todo el tiempo). A su vez, los movimientos sociales y políticos que pugnan por un orden de cosas que no esté exclusivamente fundado en y regulado por prácticas de “libre mercado”, y la consecuentemente dramática desactivación de las funciones del Estado, no deberían de ningún modo ignorar que la visión antropocéntrica de la modernidad se halla severamente cuestionada por una visión ecocéntrica, aún minoritaria y de variados matices, pero que augura, esperamos que para bien, un cambio civilizatorio.

A MODO DE EPÍLOGO. LA PALABRA AZUL DE LOS BOSQUES

Mencionaba más arriba el rol relevante que, a mi entender, le cabe a los discursos de representación de la naturaleza en lo que concierne a alimentar un cambio de mentalidad civilizatoria. Quisiera, antes de dar por concluidas estas reflexiones, formular algunos breves comentarios sobre un pasaje del libro La palabra azul de los bosques, del poeta y narrador Ramón Quichiyao Figueroa:

Andando por entre los cordones cordilleranos de mi austral suelo, y mientras descansaba sentado sobre unos gruesos troncos de raulí, en la cumbre más alta de Lilpela. Observaba la inmensidad celeste que se extendía hacia el Atlántico y la fronda azul de los bosques que se desgranaban en dirección al Pacífico, se me ocurrió entonces pensar que la palabra era azul.
La palabra azul de los bosques, porque me huele a transparencia cristalina, a acumulación incesante de humus, a rocío temblando en la semilla. La palabra azul de los bosques guarda entre las hojas de los coihues y las lengas las voces de los hombres de la tierra que en años sucesivos y milenarios caminaron por entre los árboles abriendo la senda por donde los otros que vinieron después fueron construyendo la vida y se extendieron por Patagoniay poblaron las márgenes de los ríos, lagos, canales e islas de la madre tierra.
Debió el hombre de hace diez mil o doce mil años caminar por estos senderos que hoy visito. Otros árboles debieron cobijarle bajo su fronda y otras estrellas o tal vez las mismas escucharon sus voces azules en la inmensidad. Las informaciones que nos aportan las investigaciones arqueológicas han llegado a establecer que estos campamentos humanos se instalaron en el área de transición entre el bosque cordillerano y las estepas patagónicas. Desde allí debieron realizar sus incursiones hacia los bosques y encontrándose con la escasa altura del macizo andino, siguieron hacia uno y otro lado a través de los bosques cordilleranos desde tiempos muy lejanos.
Es este tal vez el mismo espíritu que de vez en cuando nos mueve a recorrer los ocultos senderos del bosque y a dormirnos bajo los ulmos y los huallis de cara a la inmensidad (Quichiyao 12-13).


Disculpará el lector lo extenso de la cita, pero me ha parecido pertinente proceder así con el fin de poner en evidencia algunos aspectos atingentes al tema de estas notas. Si leemos este pasaje a partir de las matrices de percepción de la naturaleza propuestas por Fitter, se hace evidente que el pasaje se nos presenta como una textura que evoca una naturaleza parlante, que deviene murmurar originario, genésico, y que provoca un efecto de sacralización de los bosques referidos por el texto.10 Estamos, en principio, ante una forma de percepción analógica que se materializa en un texto poético evocador de una realidad material concreta: los bosques de Lilpela, localidad cordillerana ubicada en la actual provincia de Futrono, Región de Los Ríos, ya en el límite entre Chile y Argentina. Tal como el propio Fitter sugiere, la percepción analógica se traslapa con la percepción cosmográfica, en cuanto que, en este texto, por efecto de la imaginación poética, el lugar evocado se torna metáfora de un misterio suprarracional que no puede sino formularse en clave poesía. La sinestesia que se concretiza en el adjetivo “azul” que califica y cualifica al sustantivo “palabra” es, por sí misma, una formulación que no puede reducirse a concepto inteligible en un sentido exclusivamente lógico.

El bosque no es solo un conjunto de árboles. Es historia de lo ancestral, huella de lo que no tiene lugar en las narrativas institucionalizadas de la historia, de manera que construir memoria en este contexto es construir una invención documental (sugiere paradoja, pero no lo es) que haga algo de justicia a quienes nos precedieron: esos lejanos hombres y mujeres que fueron nuestros abuelos y padres, que vivieron con el bosque, y esos árboles de antaño cuya existencia hizo posible que hoy el poeta esté aquí leyendo/descifrando el mensaje de los árboles de la montaña: pronunciando “la palabra azul de los bosques”. El bosque, en un sentido, es un cierto territorio/hábitat/nicho ecológico que nos provee de agua, aire, sombra, madera, etc., hogar de aves y animales silvestres, que ha servido de morada física a los ancestros; pero es también la morada simbólica del poeta que (de)codifica aquella memoria del mundo guardada en el rumor de los bosques. En rigor, sin embargo, la memoria del mundo está guardada en el lenguaje, aquel que ha sido heredado de los mayores con el que hoy el poeta evoca un bosque físico real tanto como uno simbólico que unifica el vasto tiempo de la historia humana y natural en un instante único en que todas las épocas son una voz azul de genuina humanidad.

El texto oscila entre un registro lírico imaginativo y otro documental descriptivo informativo. Es la solución escritural por la que apuesta Quichiyao, con la que atestigua una forma de relación con la naturaleza que, a diferencia de la que defiende Carlos Larraín, no desecha la dimensión cósmica (y sagrada) que la naturaleza, en sus formas radicalmente silvestres, adquiere en la medida en que los sujetos busquen (y hallen) en ella una poderosa incitación al religamiento con las materias y las cosas. Instituida esta actitud, esta estructura de sensibilidad, será más difícil hacer tabla rasa con estos bosques para favorecer la instalación o expansión industrial por más beneficiosa que esta pueda ser o parecer.

Quichiyao Figueroa es un escritor indígena mestizo, formado en la dialogicidad y romanceo de quienes, entre los suyos, hicieron de la naturaleza una casa llena de signos y voces que remitían a espíritus ancestrales, protectores unos, agresivos otros. Sus textos, sin embargo, no son los de un ecologista fanático, sino de alguien que se esfuerza por conocer in situ los bosques de la llamada Selva Valdiviana en el entendido de que ese conocimiento de ninguna manera es reducible al de la razón calculante y prescriptiva. Por el contrario, se trata de un conocimiento cuya validación pasa por reafirmar una y otra vez el cotidiano misterio de una otredad material-simbólica: el del bosque de Lilpela. Pero no es una otredad desvinculada del sujeto, un allá afuera, un simple escenario en el que la naturaleza compone la escena del paisaje. En el texto comentado, el bosque de Lilpela es por sobre todo una constelación de significaciones en el que el mito, la poesía, la historia, la descripción ecobiológica confluyen en una escritura en la que se documenta, en última instancia, no el bosque de Lilpela solamente, sino el bosque vasto, metafísico, de una subjetividad diversa, móvil, trashumante, abierta a la “redención secular”.

NOTAS

1 Trabajo que forma parte de la ejecución del Proyecto 1110570, financiado por el Fondo Nacional de Ciencia y Tecnología de Chile.

2 Datos consignados en el sitio web oficial de HidroAysén: http://www.hidroaysen.cl/. En el mismo sitio se informa: “El control de la sociedad es ejercido por sus dos únicos accionistas en igualdad de condiciones, y su actuación se encuentra regulada mediante un pacto de accionistas suscrito por Empresa Nacionalde Electricidad S.A., cuyo controlador es Enersis S.A. que a su vez es controlada por Endesa S.A. España, la que a su vez es actualmente controlada por Enel (Italia); y por Colbún S.A. ––controlada por Minera Valparaíso S.A.–– y cuyos controladores finales, en partes iguales, son las siguientes personas naturales: Patricia Matte Larraín, RUT Nº 4.333.299-6; Eliodoro Matte Larraín, RUT Nº 4.436.502-2 y Bernardo Matte Larraín, RUT Nº 6.598.728-7”.

3 El 4 de abril de 2012 Corte Suprema chilena rechazó varios recursos de protección para impedir la construcción de las represas. Sin embargo, la batalla judicial y política está lejos de terminar, y seguramente va a ser aún mucho más ardua en lo concerniente a las líneas de transmisión, las que, con sus 2.000 km. de extensión, tendrían un gran impacto sobre los paisajes del sur de Chile. El 30 de mayo de 2012 Colbún S.A. comunicó a Superintendencia de Valores y Seguros que ha recomendado suspender de manera indefinida el estudio de impacto ambiental en lo referente a las líneas de transmisión con el argumento de que no existe de parte del gobierno una política energética definida.

4 Cfr. “¿Por qué me opongo a las megarrepresas en Patagoniachilena?”, de Yerko Castillo Ávalos (web). Y, desde luego, el volumen Patagonia chilena ¡sin represas!, en el que se hace un cuidado compendio de variadas perspectivas desde las cuales se rechaza la instalación de HidroAysén.

5 Kant, por ejemplo, daba preeminencia a la belleza natural por sobre la belleza artística en la medida en que la contemplación y aprecio de la primera implica una actitud moral de signo positivo, un “alma bella”, de manera que en la práctica de apreciar la belleza natural se materializa, podríamos decir, la inseparabilidad platónica entre belleza y bondad. Hegel, en cambio, sostiene que lo bello en el arte es superior a la belleza natural debido al origen espiritual del arte, ámbito en el que, consustancialmente, se ejerce un acto de libertad creadora del espíritu. Pareciera que el argumento estético de los ambientalistas está más cerca de Kant que de Hegel, aunque, en rigor, su defensa de la naturaleza ante la arremetida depredadora de la industria suele acontecer más como el despliegue de una radical, urgente y heterogénea crítica ideológica y política a la contingencia que como una práctica filosófica sobre lo bello. Kant y Hegel, después de todo, son pilares del pensamiento filosófico de una modernidad, la occidental europea, implacablemente antropocéntrica.

6 http://h8red.cl/2005/carta-del-jefe-seattle/. Cito según versión de Ted Perry, de 1970, preparada para un documental. Es conocido el hecho de que el jefe Seattle nunca en realidad envió carta alguna al presidente Pierce. La versión de Perry es una reescritura, en forma de carta y para fines artísticos, de un texto de William Arrowsmith a su vez basado en un texto de Dr. Henry Smith publicado el 29 de octubre de 1887 en el Seattle Sunday Star. El texto de Smith, por su parte, serían las notas que este tomara de un diálogo entre el jefe Seattle e Isaac I. Stevens, Gobernador y Comisionado de Asuntos Indígenas para los Territorios de Washington, acontecido el 10 de enero de 1854. De cualquier manera, lo que importa para nuestros fines no es la veracidad de la carta o de sus versiones sino el hecho de que expone una manera de entender la relación hombre naturaleza que no admite separación ontológica ni existencial ni siquiera instrumental entre ambos. Para más información, ver “El verdadero discurso del cacique Seattle”, en http://www.taringa.net/posts/info/4747951/El-verdadero-discurso-del-Cacique-Seattle.html.

7 En realidad la mayor parte de los incendios intencionales de los bosques patagónicos comenzaron a ocurrir en el siglo XIX, a partir de 1870, cuando colonos europeos quemaron en Aysén y Magallanes 3.120.000 hectáreas. En el siglo XX los grandes incendios provocados ocurrieron entre las décadas de 1940 y 50. Ver “Los incendios. Cuando comenzamos a hacer mal las cosas”, de Hernán Contreras. El lector interesado podrá consultar más detalles históricos al respecto en La huella del fuego, de Luis Otero.

8 Cfr. el apartado “Four matrices of perception” del capítulo “Toward a theory of ‘landscape’ and landscape perception”, de Fitter. 14-24.

9 Emily Brady, por ejemplo, al sistematizar lo que ella llama las cualidades o propiedades estéticas de las materialidades que entran en juego en la respuesta estética de los sujetos, distingue nueve tipos de cualidades estéticas, las cuales, sin embargo, podrían leerse igualmente como manifestaciones de las cuatro matrices propuestas por Fitter. Ver capítulo “Aesthetic Appreciation” del libro Astehetics of The Natural Environment, de Brady.

10 Observación aplicable a todo el libro en realidad. Aquí se considera solo un texto y para fines ilustrativos.

OBRAS CITADAS

Brady, Emily. Aesthetics of The Natural Environment. Alabama: University of Alabama Press, 2003.

Castillo Ávalos, Yerko. “¿Por qué me opongo a las megarrepresas en Patagonia Chilena”. Buque de Arte, Web. 16 de mayo de 2012.

Colectivo Walmapu. “Tres razones contra proyecto Hidro Aysén”. Nota de prensa, 17-4-2008. Patagonia Rebelde, Patagonia Libre, Patagonia sin Represas. Web. 16 de mayo 2012.

Contreras, Hernán. “Los incendios. Cuando comenzamos a hacer mal las cosas”. Patagonia chilena ¡sin represas! Patricio Rodrigo y Juan Pablo Orrego, eds. Ocho Libros Editores. s/d de fecha y lugar. 33-42.

Educar Chile. “Estudiantes e HidroAysén ¿A favor o en contra?”. Foro de los estudiantes, 16 de mayo de 2011. Web. 16 de mayo de 2012.
“El verdadero discurso del Cacique Seattle”. Taringa!. Web. 30 de mayo de 2012. s/d. de autor.

Elliot, Gregory. “Estética”. Diccionario de Teoría Crítica y Estudios Culturales. Michael Payne, comp. Trad. Patricia Wilson. Buenos Aires, Barcelona, México: 2008.

Fitter, Chris. Poetry, Space, Landscape. Toward a New Theory. New York: Cambridge University Press, 2005.

HidroAysén. http://www.hidroaysen.cl/. Web. 14 de junio de 2012.

Huidobro, Vicente. “Non serviam”. Obra poética. Cedomil Goic, ed. Madrid: Unigraf, 2005.

Larraín, Carlos. “Me sorprende que la Concertaciónnos dé como bombo en fiesta por HidroAysén”. Nota de prensa, 28-5-2011. Cooperativa.cl. Web, 16 de mayo de 2012.

Maderuelo, Javier. El paisaje. Génesis de un concepto. Madrid: Abada Editores, 2006.

Mazotti Pabello, Giovanna; Víctor Manuel Ancaraz Romero. “Arte y experiencia estética como forma de conocer”. La casa del tiempo 87 2006:31-38.

Otero, Luis. La huella del fuego. Historia de los bosques nativos. Poblamiento y cambios en el paisaje del sur de Chile. Santiago: Pehuén, 2006.

Perry, Ted. “Carta del jefe Seattle al presidente de los Estados Unidos” (1970). http://h8red.cl/2005/carta-del-jefe-seattle/, Web. 17 de mayo de 2012.

Quichiyao Figueroa, Ramón. La palabra azul de los bosques. Valdivia: Pentagrama Editores, 2003.

Rodrigo, Patricio; Juan Pablo Orrego (Eds.). Patagonia chilena ¡sin represas! Ocho Libros Editores. s/d de fecha y lugar.

Correspondencia a: Casilla 567, Valdivia, Chile. changuitad@gmail.com

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