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Alpha (Osorno)

On-line version ISSN 0718-2201

Alpha  no.22 Osorno July 2006

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-22012006000100020 

  ALPHA Nº 22 Julio 2006 (244-246)

RESEÑA

Sergio PITOL. 2005.
Los mejores cuentos. Barcelona: Anagrama. 243 pp.


Sin saberlo la Editorial Anagrama, Sergio Pitol y su amigo Enrique Vila-Matas hicieron con esta publicación un obsequio al mismo Sergio Pitol (México, 1933) actualmente galardonado con el premio Cervantes. Los mejores cuentos podría entenderse como un libro-homenaje, también, porque contiene textos breves que abarcan más de dos décadas de la vida creativa del autor: el período desde 1957 hasta 1980. Además, contiene dos textos recientes, uno del mismo Pitol y, el otro, una presentación de más de 30 páginas, de Enrique Vila-Matas. Tal antología se presta de manera ideal para observar las corrientes literarias y el desarrollo en la obra de un autor a través de un tiempo considerable del siglo XX.

“Victorio Ferri cuenta un cuento” (1957) es el texto que más se asemeja a un cuento, en el sentido tradicional de los padres del género en los tiempos modernos como Guy de Maupassant o Edgar A. Poe. En este relato seguimos con creciente interés las quimeras enfermizas del niño Victorio; sus sentimientos de odio hacia su padre y su hermana; sus visiones diabólicas y sus deseos perversos, hasta el sorprendente final, la inscripción en una pequeña lápida en la capilla de los Ferri: “Victor Ferri murió niño su padre y su hermana lo recuerdan con amor”. (45)

Los textos posteriores buscan otros caminos y se hace, cada vez, más compleja y difícil su lectura, o sea, la participación del lector como “cómplice” —en el sentido de Julio Cortázar— será, cada vez, más necesaria para la apreciación de la obra. Hay varios cuentos en los que se crea un misterio, que el lector tratará de develar, aunque sin éxito. En “Semejante a los Dioses”, el fondo histórico —que podría ser el tiempo de los cristeros en Méjico— delante del cual se desarrolla la historia de un niño fanático, queda en la oscuridad. En “Cuerpo presente” se narran las frustraciones de la vida de Daniel Guarneros dejando siempre al lector un poco fuera, porque aprende sólo parte de la realidad. Aparte de “Cuerpo presente”, en relatos como “Hacia Varsovia”, o “Los oficios de la tía Clara”, el lector recibe sólo unos elementos con los que puede construir la historia o, más bien, tratar de construirla, porque obviamente, Pitol no quiere que el lector consiga hacerlo. El cuento más logrado en cuanto a esta técnica de crear un misterio —que Vila-Matas llama “el más inquietante de los cuentos de Pitol” (37)— es “La Pantera”. ¿Por qué inquietante? Porque en este texto el narrador está cerca de la comunicación con el “más allá de lo humano” (60) a través de doce palabras (de las cuales sólo sabemos que son “sustantivos triviales y anodinos” (61) los que el narrador anota después de un sueño revelador (que tampoco llegamos a conocer). En algunos textos como “Hacia occidente” o “Ícaro” podemos observar la técnica de la intertextualidad. En otros, como por ejemplo, “Del encuentro nupcial” la escritura abierta es tan característica como en la obra de Roberto Bolaño. En “Nocturno de Bujura”, que Vila-Matas caracteriza como “uno de los cuentos más bellos y perfectos que se han escrito nunca” (17), —valoración que me parece bastante exagerada y sumamente subjetiva— se puede observar una estructura circular, o sea, personajes o elementos narrativos aparecen, desaparecen y, después de un tiempo, surgen otra vez.

Pero, lo que más parece interesar a Pitol es contar el proceso de la creación literaria, o sea, el cuento es la descripción de cómo se hace el cuento. Esta temática no es nueva. Al principio del siglo XX, el compositor alemán Richard Strauss la usó en su ópera “Capriccio” y Ernesto Sabato y Julio Cortázar la usaron en los años del “Boom” latinoamericano, para mencionar solamente algunos ejemplos. El texto más sofisticado sobre este tema es “Cementerio de Tordos”. En él se analiza el proceso narrativo desde la memoria del material narrado hasta el efecto que tiene la obra sobre el autor, veinte años después de la publicación. De particular interés y, en mi opinión, la única aportación original (que no había sido publicada anteriormente) de Pitol a esta antología es “El oscuro hermano gemelo”, en la que el autor analiza, partiendo de un estudio de Tonio Kröger de Thomas Mann, su concepción de la creación literaria: Un novelista escribe su vida a través de las voces de las Musas o, en otras palabras, la obra es el oscuro hermano del autor.

Todo esto es muy interesante, pero ¿se trata realmente de cuentos? Y ahí está el problema del libro: Contiene textos, escritos por un gran maestro del estilo y de la estructura literaria, pero también por un autor “en cuyos sueños hay apenas acción” (150) y para quien “la anécdota…era mero pretexto para establecer un tejido de asociaciones y reflexiones” (189), es decir, estamos más frente a un ensayista antes que a un cuentista.

En suma, el presente libro de Pitol no es mayormente “una antología de mentiras” en el sentido del columnista chileno Alberto Fuguet, pues Pitol —al igual que Edwards y usando siempre las palabras de Fuguet— “se ganó el Cervantes por su capacidad de recordar, por su memoria (añadiría por su capacidad de analizar) más que por su capacidad de inventiva.

Ewald Weitzdörfer

FH Kempten, Bahnhofstr. 61, 87435 Kempten, Alemania, weitzd@web.de

 

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