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Alpha (Osorno)

On-line version ISSN 0718-2201

Alpha  no.22 Osorno July 2006

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-22012006000100010 

 

ALPHA Nº 22 Julio 2006 (143-166)

ARTICULO

TRANSFORMACIONES DEL CONCEPTO DE MORALIDAD: DE LOS ORÍGENES RELIGIOSOS A LA GLOBALIZACIÓN TECNOLÓGICA

Transformation of the Morality Concept: From Religious Origin to Technological Globalization

Humberto Ortega Villaseñor*

Genaro Quiñones Trujillo**

Departamento de Estudios Literarios*, Universidad de Guadalajara, México.

Sistema Tecnológico Industrial**, Secretaría de Educación Pública, DGETI-Jalisco, México.

Dirección para correspondencia


RESUMEN

Con base en el análisis de algunas escrituras religiosas, se plantea en este estudio el posible origen natural de la dimensión moral del comportamiento humano, infiriendo una raíz común de preceptos de vida social que logra preservar la comunicación armónica entre Dios, naturaleza, ser humano y comunidad en civilizaciones auditivas, anteriores a todo registro escrito. La susceptibilidad de dar a lo moral este sustrato físico resulta un encuentro revelador, al posibilitar la interpretación de la cualidad orgánica y psíquica de las acciones humanas y sus consecuencias, con las mismas leyes naturales que gobiernan lo existente. Lo que lleva a los investigadores a barruntar sobre la importancia relacional que tendría toda alteración natural en la disfunción del ámbito psíquico-moral, y a dilucidar en torno a la trascendencia de las cicatrices producidas en la mentalidad actual por el rápido desarrollo tecnológico vivido en los últimos siglos. Al final del estudio se introducen algunas reflexiones de contrapeso basadas en el mismo enfoque naturalista, lo que brinda matices de un relativismo esperanzador a la visión del presente y el futuro.

Palabras claves: leyes físicas, comportamiento moral, lenguaje religioso, alteración, degradación, estructura.


ABSTRACT

Based on the analysis of a number of religious texts, this paper explores the possible natural origin of the moral dimension in human behavior, positing a common root of precepts for social life. This common root succeeds in preserving a harmonious communication between God, nature, human beings and community in auditory civilizations, prior to any written record. The prospect of finding this physical foundation to the moral dimension is enticing, because it opens the possibility of interpreting the organic and psychic qualities of human actions, and their consequences, by using the same natural laws that govern the existing world. This leads researchers to conjecture about the relational importance that any natural alteration would have into the dysfunction of the psychic-moral sphere, and to speculate on the transcendence of the scars left on our current mentality by the accelerated technological development that we have undergone in the last few centuries. Finally, the paper includes some counterbalancing reflections based on the same naturalist approach, which suggest a more nuanced and hopeful relativism to look at the present and the future.

Key words: natural laws, moral behavior, religious language, alteration, decay, structure.


INTRODUCCIÓN

El énfasis de la especialización en todas las ramas de las ciencias —incluidas las ciencias sociales— ha llevado a varios pensadores de nuestra época a tratar de subsanar las limitaciones que impone la misma, inaugurando vertientes, proponiendo campos de conocimiento combinados y nuevas metodologías para acercarse a los fenómenos de una manera más integral. Estas propuestas, fincadas desde posiciones disciplinares distintas, hacen recordar aquellas discusiones entre organicismo, naturalismo y las corrientes comprensivas o interpretativas de lo social, que se producían para validar el campo de lo sociológico hacia finales del siglo XIX y el XX. Sin embargo, esta nueva etapa de intercambio de ideas resulta revitalizadora. Han surgido revisiones y análisis interdisciplinarios profusos y se han gestado paradigmas y marcos conceptuales que arrojan nueva luz a las relaciones que ligan cosmos, naturaleza, ser humano, historia y cultura. Tales planteamientos denotan, por una parte, la necesidad y preocupación contemporáneos por unificar las ciencias y los lenguajes y, por la otra, una intención sincera, por parte de biólogos, filósofos, historiadores, antropólogos, psicólogos e investigadores de las llamadas “ciencias de frontera” de intervenir y dar nuevas explicaciones a lo que ocurre.

Interesa, aquí, aprovechar este mosaico de voces nuevas que viene ensanchando nuestro panorama analítico, eligiendo aquéllas que nos parecen más maduras1, a fin de canalizar nuestro propio interés por emprender un tema espinoso como el de la moralidad, reinterpretar sus orígenes ancestrales y analizar su incidencia en la era de incertidumbre que viene agudizándose a pasos agigantados en diversos ámbitos de la actividad humana. Deseamos explorar la significación física y simbólica de esa dimensión del comportamiento humano en el orden natural, reflexionar sobre sus posibles aplicaciones y repercusiones disciplinares y los efectos reproductivos en otros campos, como el social y político. Deseamos, también, desentrañar qué se puede prever de todo ello a futuro.

Para esto, pensamos que nuestro marco de análisis debe ser multidisciplinario, considerando un encuadre naturalista. Encuentra buen cimiento tanto en las aportaciones teóricas de algunos bio-historiadores que hoy trascienden la persistencia del planteamiento antropocéntrico en el tratamiento del devenir de las cosas2, como en las argumentaciones conceptuales que emergen de aquéllos que ocupan actualmente una controvertida posición, dada su tentativa por incorporar lo moral a explicaciones fenoménicas basadas en el rescate del pensamiento de Edward Westermarck3.

VERBO FECUNDADOR

Para muchos pueblos, los mitos y las leyendas constituían relatos de la antigüedad cuya función principal permitía reconstruir hechos históricos y transmitir oralmente conocimiento a las generaciones posteriores4. Conocimiento (anterior a todo lenguaje escrito) que se hallaba, por supuesto, inmerso en el entorno natural5 y en las formas de expresión y sentimiento de los distintos grupos y pueblos entre sí6. “Todo atestigua una mentalidad profundamente distinta a la nuestra....en que se dejaba oír las voces de los dioses”. (Jaynes 1976:375).

Las diferentes religiones vendrían, paulatinamente, a recopilar en forma escrita muchas de esas leyendas y conocimientos vivificados por la costumbre, elevándolos a leyes y mandamientos. Como el mal llamado Código de Hammurabi, originalmente una piedra de basalto negro, de 2.40 metros de altura, erigida al término del reinado del rey Hammurabi de Mesopotamia (1792 a.C.) en la cual fueron esculpidos juicios del dios Marduk sobre aspectos como matrimonio, muerte, repartición de mercancías, adopciones de niños, siervos y esclavos.

Tal es el principio de la idea de ley. Tales juicios escritos podían ocurrir y de hecho ocurrían en diversos lugares y eran continuos en el tiempo, lo cual favoreció la cohesión en el seno de una sociedad más grande. "El Dios está sentado en una elevación del terreno...el aura lanza destellos que salen de sus hombros, a la vez que habla”...”Oíd mis palabras”, (rezaba la estela de Hammurabi en la parte inferior). (Jaynes 1976:177,178).

La Mishna es otro ejemplo de traslado de costumbres a lenguaje escrito. Es un libro de teología hebreo que resulta en este sentido emblemático del proceso de inscripción. Revela, por un lado, la tenacidad y el esfuerzo de todos aquellos patriarcas que recabaron y sistematizaron con paciencia leyendas y costumbres antiquísimas y, por el otro, la razón por la cual ciertas normas posiblemente hayan tenido en sus orígenes una motivación natural.

El libro es un compendio de deberes y obligaciones tan contrastantes como el diezmo. ¿Por qué dar el diezmo a la Iglesia? La obligación tiene que ver con prácticas agrícolas de ese pueblo en sus períodos de sedimentación: alrededor de cada parcela dedicada a plantar árboles frutales debía correr un surco con agua. Los frutos de los árboles más cercanos a ese surco (cuya cosecha representaba más o menos el 10 % de la producción total de cada terreno) —aunque eran más jugosos que los demás— poseían una propiedad nutriente degenerada (dado que absorbían agua en exceso). Por esa razón, se consideraba que esa parte de la producción (el diezmo) debía apartarse y llevarse al templo para ser pulverizada y reintegrarla nuevamente a la tierra. Si las personas, por alguna razón, consumían de esa cosecha, sabían que su cuerpo podría sufrir trastornos.

El lenguaje de la Mishna tiene la virtud de regular otros muchos aspectos del quehacer cotidiano de la vida de los hebreos en una forma serenamente razonada, es decir, sugiriendo tan sólo la observación de costumbres sanas para el cuerpo humano, para la relación entre personas y el uso de los recursos de la Naturaleza. El libro está dividido en seis Órdenes. El Zeraim (semillas) contiene las leyes pertenecientes a la agricultura; el Moed (estaciones) compila las costumbres correspondientes a la observación del Sabbath y las fiestas; el Nashim (mujeres) norma el matrimonio, los vows y el divorcio; el Nezikim (daños) recoge las leyes civiles y penales; el Kodashim regula lo concerniente a objetos sagrados y el Tohorot, que sistematiza las leyes referidas a la pureza ceremonial.7

Algo similar observamos en la estela de Hammurabi. “Las normas que aparecen en la estela no deben considerarse conforme a los términos modernos de leyes que se hacen cumplir, algo completamente desconocido en esos días. Más bien, son listas de costumbres propias de Babilonia, mandamientos del dios Marduk que no necesitaban más obligatoriedad que su autenticidad, la cual constaba en la estela misma”. (Jaynes 1976:180).

Los tópicos abordados por los registros aludidos y su terminología lleva a pensar varias cosas: entre otras, que sus preceptores eran muy observadores (seres capaces de visualizar integralmente el modelo natural, por contar con una percepción esférica o de hemisferio cerebral derecho)8. Por otra parte, que existía una relación estrecha del pueblo con su contexto próximo (lo que posiblemente haya determinado esa época de transición del conocimiento a consejos-norma de todo tipo). Y, por último, aquilatar lo que se resume en esta observación genérica: “las ideas morales eran parte de los intentos por enfrentar y superar amenazas del entorno que contienen similitudes en un muy amplio rango de situaciones históricas”. (Allardt 2001:299).

HABITACIÓN DE LA PALABRA

Por el lado antropológico, Jaynes devela algo muy sugerente que refuerza esos enlaces en torno a las normas de Hammurabi:

“El hecho de que éstas estuvieran escritas y, en términos más generales, el uso extendido de la escritura visual para comunicarse indica,(...) una reducción en el control alucinatorio auditivo de la mente bicameral. (...) Hombres y mujeres no eran conscientes como lo somos nosotros, no eran responsables de sus actos. (...) Cada persona tenía una porción de su sistema nervioso que era divina, por medio de la cual se le ordenaba como a cualquier esclavo. Voz o voces que ciertamente no eran otra cosa que lo que llamamos volición y que daban fuerza y obligatoriedad a los que mandaban y que estaban relacionadas con las voces alucinadas de otros, dentro de una jerarquía cuidadosamente establecida”9.

 

 

 

 

 

Nos preguntamos entonces, ¿cómo habrá surgido la idea del pecado en la Antigüedad? Porque de la sola lectura de la Mishna, el pecado, como contravención grave a un mandamiento superior, no parece derivar de un acuerdo azaroso concertado por la comunidad o de una serie de reglas casuísticas meramente inhibitorias de costumbres exteriores (ya, como prohibiciones a acatar, ya, como preceptos a cumplir).

Uno de los mandamientos que comparten muchas tradiciones religiosas (tabú para los estudiosos de la antropología), por ejemplo, es el de no cohabitar con la esposa del hermano. Ante esto, la Mishna sólo sugiere generar una sana costumbre tendiente a evitar estar a solas con esa persona, para que el pensamiento y la pasión no prevalezcan10. Este carácter preventivo del documento —escrito en forma simplemente negativa— parece confirmar que el antecedente de toda prohibición, mandamiento o ley religiosa que era transgredido y que suscitaba caer en el pecado, posiblemente haya sido, en sus inicios, natural. Asimismo, si se admite que la dimensión moral pudo desprenderse de una ley física del comportamiento, o de cambios hacia una mentalidad bicameral, por un lado, no será posible concebirla más, como mera tributaria de lecciones de una moralina veleidosa siempre cambiante; por el contrario, debe ser analizada con los parámetros que rigen todo lo existente, es decir, con las leyes que ordenan tanto al universo, como a nosotros mismos.

En otras palabras, al hablar la Mishna o el Código de Hammurabi no de moral, de derecho o de religión, sino de naturaleza11, resulta congruente pensar que la idea de pecado pudo desarrollarse como fórmula escrita en términos de sanción extrema para atajar todos aquellos comportamientos que podían afectar o vulnerar seriamente tanto la naturaleza física como psicológica del ser humano. Se explica así por qué, en textos religiosos de muchos pueblos, la prohibición derivaría hacia pronunciamientos contundentes: “sí, puedes hacer esto y esto no.... de lo contrario... te va a castigar Dios”12.

PIEDRA Y ALTAR

La forma y el contenido de lo que está registrado en la Mishna (y, seguramente en escrituras religiosas de equivalente o mayor antigüedad como es el caso del Código de Hammurabi) obliga a acercarnos a una raíz más radical en los campos ontológico y simbólico ¿Por qué toda contravención en el fondo deviene de una alteración, de una relación inadecuada del ente en la naturaleza?

Comprendemos por qué las demarcaciones teóricas entre moral y derecho evolucionaron hacia algo completamente divergente en la lógica jurídica tradicional (sobre todo, en sistemas de tradición de Derecho Romano como el nuestro). No obstante, si presumimos como válida la hipótesis de una posible matriz de emergencia común —fruto de una mentalidad avocada metafóricamente a “llenarse de palabras y visiones desbordantes” (parafraseando algunos de los caracteres que Jaynes mismo otorga a la mentalidad antigua)— nos daremos cuenta de la futilidad de hacer diferenciaciones conceptuales mayores entre moral objetiva y subjetiva.

Los fundamentos denotan los sonidos prístinos de hombres en transición, es decir, de aquéllos que comienzan a trasladar códigos pronunciados a lenguaje escrito. Tales antecedentes documentales provienen de sociedades teocráticas mucho más remotas que la herencia romana, donde todo estaba unido y no fragmentado, pues la cognición era simultánea e integral, de hemisferio cerebral derecho —diría McLuhan—13 y el universo de percepción descansaba en un uso muy aguzado del sentido del oído frente al que se consideraba era el verbo creador. De ese modo, entendemos por qué lo externo y lo interno eran fronteras irrelevantes para individuos que vivían inmersos en la idea de comunidad. El rey y el sumo sacerdote eran la misma persona y el espacio y el tiempo coexistían en una visión totalizadora de lo sagrado.

En el periodo verdaderamente bicameral, hubo casi siempre un componente visual referido a la voz alucinada que pudo ser, también, alucinado autónomamente, o como la estatua enfrente de la cual estaba el individuo. La calidad y frecuencia del componente visual varió indudablemente entre diversas culturas, como lo demuestra la presencia en algunas culturas de la estatuaria alucinógena y, en otras, no. La pasmosa similitud que se halla de Egipto a Perú, de Ur a Yucatán —donde quiera que surgió la civilización— de costumbres funerarias e idolatría, de gobierno divino y voces alucinadas, todo ello atestigua, creemos, un acuerdo o conformidad con este punto de vista. (Jaynes 1976:180 y 261).

Simplemente como reminiscencia de esa estatuaria, valdría la pena traer a la memoria las esculturas de santos y figuras religiosas de la iglesia católica. En sus inicios, dichas figuras tenían una función y un propósito análogos: su presencia en los templos buscaba que los asistentes imitaran la posición de la imagen para despertar en ellos un sentimiento específico respecto de lo divino. La posición corporal de cada santo haciendo oración señalaba cómo había que proceder a fin de encontrar palancas en el cuerpo del devoto. A cada postura correspondía un pensamiento, un sentimiento y una acción de sección áurea inequívocos. Constituían símbolos figurativos que encerraban un mensaje determinado y no otro. Las esculturas eran literalmente compuertas visuales, símbolos de posición o de representación a ser emulados para conseguir un modo de sentir y de pensar definidos en el camino de la elevación espiritual.

De esa manera, tanto la escultórica como las escrituras sagradas de algunos pueblos antiguos constituyen compendios de información registrada en su momento por guías, profetas y santos, precisamente para ser comprendida, vivida, sentida y obedecida por los diferentes grupos humanos. En tanto que las costumbres externas permitían corroborar el estado psicológico de las personas, resultaba fuera de lugar —durante esas etapas— hacer separaciones rígidas entre deberes. La importancia del lenguaje simbólico en la vida de esos seres humanos era abrumadora y los símbolos observaban una relación directa y comprobable con sus significados.

DEGRADACIÓN DEL SÍMBOLO

Con el surgimiento de la comunicación escrita (fundamentalmente del lenguaje fonético) y su impacto sobre la conciencia se produce una escisión profunda. Ocurre un proceso, lento pero definitivo, hacia la linealidad y separación de lo sagrado de la experiencia vital, que conlleva a la segregación de los componentes naturales y, consecuentemente, al confinamiento subjetivo del orden moral.

“El alfabeto fonético establece una división tan tajante en cuanto a experiencia, que da a quien lo emplea un ojo a cambio de un oído y lo libera del trance tribal de la magia resonante de la palabra y de la red de la parentela”. Así, las secuencias lineales permeables se entrelazan como formas de organización psíquica y social, dando lugar al “desmenuzamiento de toda clase de experiencias en unidades uniformes con el fin de producir una acción más rápida y el cambio de forma (conocimiento aplicado)”, lo que “constituiría el secreto del poder occidental sobre el hombre y la naturaleza” (McLuhan, 1969, 1987: 115 y 117) y, a la larga, explicaría los extremos a que llegaría la proclama de la muerte de Dios por parte de diversas corrientes del pensamiento occidental (en los dos últimos siglos).

Que no haya Dios, en cualquiera de las fórmulas acuñadas por el positivismo o el racionalismo del siglo XIX, que nos dispongamos a pensar acerca de todas las cosas sin contar con Él —como suponen y hacen todas las filosofías, excepto ‘las confesionales’— parece marcar la situación de la mente actual (Zambrano 1955, 1986: 135).

No obstante lo anterior, algunos veneros humanistas no religiosos pulsan contrariamente a lo largo del siglo XX, principalmente en campos como la axiología, la psicología, la antropología y la neurolingüística. Algunos cuestionan el carácter y los alcances de la desconexión. Por ejemplo, Maslow y Jung14 —en su momento y por sendas distintas— se empeñan en demostrar que la idea o arquetipo de Dios se halla en la escala superior de las necesidades humanas y que lo único que ocurre en el mundo contemporáneo es que ese arquetipo o nivel de necesidad psíquica es sustanciado con objetivos alternos. Sucedáneos tales como oro, fama, acumulación financiera, profesionalismo, tecnologismo, éxito, familia, hijos u otro(s), vienen a ocupar ese sitio principal, siendo esta suplantación la que explica en parte los niveles de fragmentación e incomunicación alcanzados por el hombre urbano en las sociedades modernas.

 

En la sociedad industrializada occidental, tendemos a separar los ciclos, dando por supuesto que nuestros mundos corporal, social y espiritual son independientes unos de otros, que se rigen por distintos órdenes de causalidad. En Melanesia, el cuerpo está intrincadamente ligado a ciclos de fertilidad, agotamiento y regeneración, es decir a los “procesos naturales” de cambio del medio ambiente físico, a las pautas del desarrollo del cuerpo individual y a los ciclos sociales y espirituales por medio de los cuales se establecen, maduran y decaen las relaciones interpersonales. El mundo natural, el ser anatómico y el mundo de las relaciones sociales y espirituales están (todavía) integrados de una forma que los occidentales no aceptamos. (Knauft 1992: 259).

 

 

 

 

 

Así, el distanciamiento de los cultos religiosos en sociedades desarrolladas corresponde a la separación o alejamiento del sujeto de su entorno natural, al rompimiento del diálogo con la naturaleza. Condición psíquica que casi lo empuja a la vertiginosa transformación de costumbres de los tiempos más recientes y al conducente relajamiento del comportamiento social.15 En términos estrictamente psicológicos, Serge Tisseron lo refiere así: “el problema es que cada quien, librado al carácter subjetivo de sus imágenes interiores, se ve confrontado a una soledad de la que nuestros ancestros, salvando algunas excepciones, sin duda no tenían idea. El deseo de volver a anudar los hilos de su imaginario personal con un gran imaginario colectivo se hace sentir en la tendencia actual a adoptar religiones que encuadran al imaginario individual de una forma más coercitiva de lo que lo hace la religión cristiana”. (2002:18,19).

A nivel psíquico, Tisseron expresa: “por supuesto, los sacerdotes fueron reemplazados por los psicoanalistas, pero, pese a lo que haya dicho Michel Foucault, éstos no son sacerdotes como los demás. Aún cuando los textos en los que se inspira el psicoanálisis evocan a veces un cuerpo de ideas más religioso que científico —y aún cuando trabaja, al igual que el sacerdote, para aliviar la culpa— el psicoanalista, en principio, se interesa más en el carácter personal de las producciones imaginarias de sus clientes que en su adecuación al modelo preestablecido”. (2002:19).

SONIDO PERDIDO

La alteración psíquica y moral en el comportamiento de muchos jóvenes del mundo occidental de hoy se ha agudizado en los últimos años y ha conducido, cada vez, a una mayor confusión teleológica y de valores. La saturación informativa, la exposición a medios de comunicación, a avances científicos y sus aplicaciones tecnológicas en campos concretos del conocimiento como la genética, la alimentación y los medicamentos son algunos de los factores que la han acelerado.

Estudios neurológicos recientes como los de Eisenberg vienen a plantear la posibilidad de que “el ambiente social que envuelve a los modelos de mundo de los niños sea el que incida en la estructura misma del cerebro (...) dado que es la experiencia la que, con su estimulación, determina qué neuronas son las que han de sobrevivir mientras que, las que no se usan mueren” (1999:1031). En este terreno, la interacción entre los organismos y su ambiente es el que lidera el patrón de actividad neuronal que define qué sinapsis han de persistir. Por ello, no es descabellado suponer que se reproduzca el quiebre en el orden socio-cultural como efecto iterativo de repercusiones sobre la propia estructura física.16

Los cambios endócrinos, cerebrales y de patrones culturales (en especial de lenguaje) apenas mencionados, pueblan el escenario futuro de signos no muy alentadores para las personas. Independientemente de si sean o no todavía concluyentes algunos de esos reportes, (sobre todo, los endócrinos y los neurológicos que mencionamos), los fenómenos susceptibles de estudio por parte del llamado evolucionismo cultural son realmente singulares. Indican una disfunción psíquica regularmente revierte sobre el universo simbólico, perjudicando perspectivas y posibles soluciones. (Boyden 2001: 104).

Por cuanto toca a la moral, habíamos mencionado antes que la costumbre es una expresión del estado interior de una persona. Una persona no puede compartir gustos iguales o costumbres similares con cualquiera. La calidad de la música no es diferente. Es susceptible de hacerse extensiva a todo lo demás. Si no entendemos la cualidad orgánica y psicológica de los seres, no podemos darnos cuenta de las causas y efectos de las acciones en el ámbito social. Menos aún, de su manifestación perniciosa en la estructura del poder y la economía como campos de la actividad humana. Son las cicatrices, repercusiones o consecuencias naturales producidas por el desarrollo tecnológico en el orden moral, los que finalmente, se han ensañado en tratar al hombre en forma tan perjudicial. Lo han hecho perder su estabilidad frente a la estructura y su sentido de la moral, entendida ésta como una fuerza física. Y, dado que se ha trastocado esta última, el ser humano ha perdido contacto con su eje y sus cimientos.

SECUELAS

Hoy no hay símbolos o más bien, no los vemos, somos incapaces ya de detectarlos siquiera. Somos en este renglón como analfabetos. Lo simbólico (el Verbo) pierde significación y todos lo sabemos. Además, los efectos pasan desapercibidos para muchísima gente. De algún modo, la mayoría nos hallamos inmersos en la misma confusión de conocimiento, de acciones y reacciones.

Como dice Boyden:

Nuestro conocimiento es siempre la memoria de nuestra ignorancia. Es lo que crea la trampa faustiana. Nuestro conocimiento aumenta en la medida en que la tecnología se hace más poderosa, pero su poder modifica los efectos de nuestra ignorancia decreciente. No hemos resuelto ese dilema. Si no lo conseguimos, la lógica de la evolución no seguirá siendo humana. Sólo podremos sobrevivir como animales u objetos robóticos. Hasta ahora nos contentamos acomodándonos al problema en una confusión ideológica extravagante. (2001:104).

 

 

 

 

La crisis moral se manifiesta en terrenos distintos de la vida por los grados de indolencia o deshumanización a que hemos llegado. En el orden socio-económico la descomposición del sistema para muchos no se ve. Si comparamos fríamente, Roma —cuando menos— alimentaba bien a sus esclavos. La clase dominante —entonces los patricios— sabían que no podía extremar demasiado las cosas, de lo contrario, plebeyos y esclavos no trabajarían para ellos. En el mundo de nuestros días las cosas no son así. Contados sujetos, por ejemplo, pueden ser “Bill Gates”, en tanto que, miles de millones de personas mueren de hambre. ¿Cómo estará funcionando la estructura?

Uno de los principios básicos de todo sistema es que éste no puede perder ni equivocarse sin que deje de ser sistema. Y, sin embargo, revisemos la lógica y los patrones de concentración salvaje de la riqueza de los últimos años. ¿Quién es culpable? ¿Cómo es que tocó a los “Bill Gates” sacarse la lotería en ese estado de cosas? ¿Cuál fue el mérito? ¿Por qué la fortuna no llamó a alguien mejor preparado u organizado de ese ramo productivo? Digamos, a una corporación que hubiese operado y desarrollado tecnología por décadas en el rubro de la informática. Algo no anda bien y, afortunada o desafortunadamente, carecemos de referentes comparativos para precisar lo que pueda ocurrir. Sólo sabemos que la tensión actual no guarda parangón con la experimentada en otras etapas de acumulación.

¿Habrá que esperar a que alguien atrape y castigue a un tipo como Bin Laden para contar con el chivo expiatorio idóneo que nos expíe a los demás de lo malo, mientras seguimos robando, exterminando, abusando del poder o amasando inmensas fortunas? Además ¿será Bin Laden como lo describen? ¿Una persona a la que E.E.U.U. dio dinero para combatir a los rusos en Afganistán? ¿Un personaje fruto de la misma contradicción imperante que tipifica una especie de gatillero francotirador que se voltea?

Si nos detenemos un momento a reflexionar, no cabe duda que la incongruencia es ya exagerada, que va en contra de toda lógica natural. Ha provocado distorsiones graves de orden moral y también de percepción, lo que dificulta diagnosticar el sentido general del cambio, descifrar su simbolismo esencial y su impacto sobre la operación del sistema en su conjunto. Su funcionamiento resulta anómalo, no sólo porque afecta la estructura axiológica de lo humano, lo social y lo natural, sino porque revoluciona el ciclo, impactando ámbitos tan lejanos en apariencia, como pueden serlo el sistema económico y la estructura de poder.

Dado que ya no se presentan condiciones propias para la supervivencia en muchos ámbitos y espacios de la vida, se han invertido, además, las cosas hacia la depredación de la propia especie. Y, eso ya no es vida. Llegará un punto en que la estructura natural no permitirá el aniquilamiento de la especie. El sub-comandante Marcos lo anticipaba así al acotar su postura frente a la polémica económica de la globalidad:

“…ahora el enemigo es la humanidad. La Cuarta Guerra Mundial está destruyendo a la humanidad en la medida en que la globalización es una universalización del mercado, y todo lo humano que se oponga a la lógica del mercado es un enemigo y debe ser destruido. En este sentido todos somos el enemigo a vencer: indígenas, no indígenas, observadores de los derechos humanos, maestros, intelectuales, artistas”. (1999; s/p)17

 

 

 

BOUMERANG

Desde la perspectiva ecologista —y fundado en la importancia de la preservación de las especies, Eisenberg— lanza como advertencia, que la naturaleza puede estar deparándonos una protesta monumental en muchos terrenos (1999:1031). Hemos contaminado al mundo de diferentes maneras, no sólo sobre-explotando recursos, destruyendo especies y generando contaminantes en ese espíritu depredador. Hemos acelerado procesos y modificado estructuras naturales, alterando incluso nuestra propia biología. Aunado a ello, “hemos dejado de crear nuestra humanidad en muchos planos y no sólo en el terreno reproductivo...” (Bond 2001:4)18 ¿Qué hacer?, inquieren Melucci y Choirover: “Las preguntas que debemos hacernos, entonces, debieran dirigirse a dirimir ¿hasta qué punto las opciones que elegimos (o que dejamos pasar) aumentarán las oportunidades de que nuestra especie continúe sobreviviendo en un mundo que las generaciones venideras hallarán inhabitable”. (1997:80).

El ser humano no quiere entender que las leyes naturales tienen un sentido humano (y que, no son para maltratar al hombre, sino para facilitarle su tránsito por el mundo). Esto no significa que las mismas le otorguen un cheque en blanco para acabar con él. La tecnología ha caminado ciegamente agudizando no sólo la pérdida del sentido y la proporcionalidad, sino causando un daño orgánico severo, sobre todo, de orden psíquico-moral. Sobre este tenor, Bond hace ver que muchos síntomas alarmantes de disturbio personal —incluyendo el abuso de las drogas, la violencia sexual, las enfermedades mentales crónicas extendidas y la emergencia de enfermedades desconocidas provocadas por la polución y los síndromes de inmunodeficiencia— se están dando a conocer como reacciones biológicas y socio-culturales frente a los desequilibrios ecológicos que tienen lugar. Los impactos humano-ecológicos adversos asestados sobre el medio ambiente planetario resultan más claramente visibles en el declive dramático de las condiciones de vida de las grandes metrópolis mundiales. Adicionalmente, la brecha cada vez más ancha entre el mundo de los ricos en el centro y la pobre periferia. Mientras tanto, guerra, genocidio, y la amenaza del holocausto nuclear, permanecen como últimos ejemplares potenciales contra la violencia desmedida subyacente a la aparente victoria de la racionalidad moderna. (Bond 1001:4).

Ahora bien el boumerang es una alegoría de lo que ocurre con las fuerzas que conforman a la naturaleza. A toda acción corresponde una reacción de igual fuerza o superior (Newton), que tiende a retornar a su punto de origen. En términos físicos, si hay una fuerza física entendida como fuerza vertical que opera como magneto y eje sobre los cimientos y se presenta otra horizontal que choca con la primera, se produce una reacción magneto-convexa, en que la primera repele a la segunda con igual o mayor fuerza.

La ley, aplicada a cualquier suceso —como puede serlo el ocurrido en Nueva York hace cuatro años— da a conocer no sólo el efecto del derrumbe físico de las estructuras de los edificios en cuestión, sino las fuerzas en juego. Es decir, tanto las que se desataron por el peso o significado moral que produjo la afectación del sistema (impactando ámbitos como el político, militar, económico, social, cultural, valorativo, teleológico, etc.) como sus causas, consecuencia del efecto reproductivo o choque de fuerzas anteriores contenidas bajo presión o derivadas de un estado de cosas cada vez más injusto en el orden mundial. A ese respecto, otra vez Bond nos refiere el grado en que un principio valorativo —como el de justicia— puede ser conculcado a nivel psíquico en determinado momento, por el choque de fuerzas y la distorsión generalizada de un sistema: “Cuando la imaginación no puede buscar la justicia —cuando la justicia no es su finalidad— no puede sentirse a gusto en el mundo. En su lugar, tiene miedo del mundo. Por eso, el deseo de justicia se ha corrompido y se ha convertido en deseo de venganza. Estamos en una sociedad vengativa...La venganza no puede crear humanidad... Nos comportamos inhumanamente”. (2001:6).

Vivimos en un universo y en un tiempo curvo, según Einstein. Todo lo que existe cumple su ciclo y su esfera. Si uno arroja una piedra en un lago, es cuestión de tiempo para que las ondas no sólo lleguen a la orilla contraria, sino que algunas continúen incluso sobre la parte terrestre hasta que golpeen con elementos verticales y regresen nuevamente al punto de arranque, al punto en que el ciclo se cierra. La variable tiempo es también curva y relativa. Sólo que en el ciclo inferior, el tiempo constituye un instante muy pequeño si se le compara con uno superior. Abajo, el tiempo transcurre más rápido. Arriba, así se percibe. Por lo tanto, nada es eterno. Todo tiene un principio y un final perceptibles y un proceso imperceptible y transitorio que lo contiene, en el que evoluciona el movimiento en forma simultánea, aunque alterna, hasta que el ciclo se cumple. Una parte es visible, digamos, la vida; la otra, la muerte, para nosotros no lo es. El ser sigue evolucionando hasta que vuelve a aparecer. Se trata de un fenómeno físico.

Por ejemplo, si observamos un árbol que produce frutos, observamos sus cambios espaciales y temporales a lo largo de las estaciones. Vemos que los frutos que caen cada año son diferentes a los del año anterior. Sin embargo, si uno pudiese compactar en un solo momento la vida entera del árbol (todos sus ciclos anuales) nos percataríamos que el fruto es el mismo, que está hecho o formado de los mismos átomos que nutren al árbol cuando el fruto cae. En esencia, se trata del mismo fruto. ¿A qué nos lleva esto? A que todo razonamiento religioso es, a un mismo, tiempo un razonamiento científico. Nos está hablando de una misma realidad, de un mismo árbol, de un mismo fruto. Parece ser distinto el lenguaje que designa; no obstante, en el fondo se trata del mismo hecho. Un mismo hecho que parece distinto por la precisión de cada lenguaje (el económico, financiero, político, cultural, artístico, etc.).

Por eso, el que quiere conocer el mundo sólo está traduciendo circularmente lenguajes o metalenguajes que están dentro de su propio lenguaje. Lenguajes que se encuentran regidos por las mismas diez leyes de la percepción que alguna vez Leonardo da Vinci compartió con nosotros.19 Sólo que cada uno tiene una forma particular de aplicar esas leyes: el filosofo estudiará el árbol en sus esencias; el economista lo tomará en función de su valor económico de mercado; el científico separará sus raíces, hojas, ramas para analizarlas, etc. Sin embargo, se estarán aplicando las mismas leyes de la percepción (estando el árbol en movimiento o en reposo).

Ninguna ciencia nos puede decir el todo, precisamente, por la forma en que ha venido operando como ciencia, de manera estática y fragmentaria. Perdimos el modelo total. Vemos sólo fragmentos. El que trabaja con los dos hemisferios es, quizás, el que puede, en un momento dado, re-insertar las partes del modelo completo.

REGENERADOR DEL CONOCIMIENTO

Desde una perspectiva bio-histórica, Stephen Boyden apunta:

Una de las consecuencias de la urbanización, (de 5000 años o algo así en adelante), ha sido el haber desalojado o desplazado el interés en la naturaleza del lugar central que ocupaba en el corazón mismo de las culturas de cazadores, recolectores y agricultores iniciales... Dicho interés se ve suplantado por intereses o preocupaciones urbanas, tales como status social, política, religiones y dinero. Esta transformación produjo una peligrosa y poco realista visión del mundo, gestando conductas que, a la larga, muy posiblemente resulten desventajosas. (2001: 103 y 117).

 

 

 

 

Nos preguntamos ¿habremos de esperar a que la naturaleza revierta los efectos de las disfunciones causadas por nosotros? ¿Quiénes seríamos responsables de ello?

Es sabido que somos los herederos de la modernidad. Somos quienes hemos registrado los triunfos de la razón y aprendido a intervenir en el mundo, a transformarlo y a hacerlo a nuestra propia imagen. Los que, en esta consecución exitosa, hemos tenido que recorrer el camino del desencanto: al ser atropellados por el poder de las máquinas que hemos construido y al ser testigos de su capacidad destructiva. Nos hemos habituado, o acostumbrado, a los horrores de la exterminación de masas. Y, nunca más recobraremos nuestra inocencia sin renunciar a nuestra humanidad y sin borrar toda nuestra memoria.

Sólo podemos redescubrir una relación diferente a la naturaleza ejerciendo opciones culturales. La naturaleza continúa todavía siendo intocable e impredecible. Mas aún. Hoy día estamos más conscientes de que nuestras nociones acerca de la naturaleza y de la cultura son —en sí mismas— construcciones humanas y que esas categorías son siempre representadas, percibidas y entendidas dentro de los marcos de referencia de lenguajes particulares y, así, dentro de las fronteras de los sistemas humanos, los cuales, en sí mismos, son productos en evolución, resultado de la interacción incesante entre naturaleza y cultura. Sin duda, tales productos establecen las condiciones biológicas y medioambientales determinantes de la vida humana, aunque esas condiciones sean siempre interpretadas culturalmente y que la relación de la humanidad con el resto de la naturaleza sea percibida, definida y representada inevitablemente dentro de los dominios construidos consensualmente por la sociedad. (Melucci y Chorover 1997: 80).

 

 

 

 

 

 

Con un enfoque bio-filosófico extensivo y profundo de herencia existencialista, Morgan y Wilkinson subrayan la lógica de tomar a las ciencias de la vida como punto de partida o arranque intelectual para estudiar situaciones humanas. Este enfoque conceptual simplemente refleja la realidad de que los procesos de vida apuntalan y hacen posible el sistema total y cualquier cosa que ocurra en él. Sin ellos, no existiría situación humana alguna. Si van mal, entonces el sistema entero va mal. Conservarlos saludables, a largo plazo, debe ser nuestra primera prioridad, porque todo lo demás depende de ellos20.

La tarea, sin embargo, es mayor. Creemos que se requiere una profunda revisión de base que permita el reencuentro con el lenguaje religioso, ya que es el único que puede restaurar el modelo completo. El lenguaje religioso es de hemisferio derecho, por haber sido acuñado con la palabra hablada. Si queremos ver los detalles que están integrados en ese modelo podríamos, entonces, encontrar las estrategias para restablecer el diálogo sustancial entre testigo y hecho y para reorientar el cauce hacia la vida en el ámbito psíquico-moral. Tal es la razón que nos impulsó a comenzar este trabajo con la Mishna y la estela de Hammurabi.

Pero, ¿por qué recurrir al modelo integral en esta desembocadura circular? Responderemos con una metáfora actual. De nada sirve que conozcamos el alfabeto y las letras que se usan al hablar y escribir el español y saber que coinciden con las que se usan para construir el inglés. No es suficiente para entender este último. No conoce uno la gramática. Las letras que se están diciendo en el primero, no lo habilitan a uno para entender la realidad a la que se refieren dos personas que conversan en inglés. Lo mismo sucede si, en el propio idioma español, se expresan personas de cualquier campo del conocimiento, Biología, Medicina, Psicología, Economía, etc.

Aristóteles fue el primero en proponer los casilleros de la ciencia para fomentar el aprendizaje de los individuos. (Antes de Aristóteles, la ciencia era una sola, indivisible, y vuelta de cara al origen). Con el tiempo, pasamos por alto que esos encuadres eran sólo herramientas, medios para facilitar el encuentro con lo que andábamos buscando. Este olvido llevó a inaugurar nuevas ciencias y —en cierto modo— a perder el derrotero, es decir, el modelo completo.

En las ciudades tendemos a omitir la observación de la naturaleza y, por ello, los problemas generados pierden su verdadera magnitud y sentido. Pensemos en un ejemplo concreto como la basura. Si la acumulásemos fuera de casa y no existiese el servicio ¿qué ocurriría? Lógicamente se propiciaría un foco de infección perjudicial para la salud. Aunque el hecho resulta evidente para todos, tiende uno a pasarlo por alto como razón principal del servicio. Uno sólo piensa en aquel vehículo que recorre las calles regularmente, se lleva la basura y se olvida de ella. Quizás alcancemos a pensar que la división del trabajo en las ciudades obligue a organizar y a delegar en algunas personas ciertas tareas que guardan una explicación natural. Sin embargo, nuestra forma de abordar las cosas no suele ir más allá. Para el hombre de cualquier ciudad, posiblemente, el problema de la basura se reduzca a tener que tomar decisiones para deshacerse de ella. No se le ocurre enfocar de manera distinta este asunto, ni emular, obviamente, a la gente del campo sobre formas o procedimientos para dejar de producir basura

Percibir tan lejos a la naturaleza impide tener conciencia de cuán desligados estamos de ella y cómo la estamos transgrediendo. Uno no va a la raíz, a la fuente que genera las cosas. Condiciona enormemente la perspectiva, las decisiones y las propuestas de solución por falta de una visión de conjunto. Ni siquiera arrancamos la fruta de los árboles de calles y avenidas. No tenemos clara conciencia del por qué y el para qué de los árboles, ni sus frutos. No sabemos nada del desperdicio que representa su desaprovechamiento, ni de la inutilidad que tuvo para esos seres, el cumplimiento de su ciclo vital completo.

EN ESPERA DEL CICLO NUEVO

Al retrotraer la vista y tratar de entender las transformaciones de la moralidad a lo largo de este trabajo, nos hemos percatado cómo se fue perdiendo el fundamento natural que la sostenía. Lo que nos hace preguntar casi musitando ¿dónde quedó aquel ser que vivía en armonía con los dictados del orden natural y la totalidad? Porque, aunque el ciclo da cuenta del ascenso hacia la cuesta de los oráculos —hacia las voces experimentadas de los ancestros y los mandatos escritos de carácter religioso como el Código de Hammurabi y la Mishna— el concepto, finalmente, se diluiría en las exégesis de su diferenciación con el deber jurídico y en los compartimentos estancos de la reflexión ético-filosófica.

Condenada por sus pasos a pulverizarse en cada espejo de Narciso, hemos visto, también, cómo la imagen de la moralidad con el tiempo sólo reflejaría al individuo que se mira, para venir a descubrir que, tal vez, su ausencia (es decir, la no moralidad) sería la que recorrería el ciclo al revés, siguiendo la pendiente de caída hasta llegar a la exaltación de los egos que hoy vivimos. En medio de una magnificente fiesta de cambios y logros científicos y tecnológicos, vemos cómo la naturaleza sonríe con ironía a una condición humana que atenta contra ella, contra sí misma y que se jacta, además, de que no ocurra nada.

Ante este estado de cosas, no queda más que enfrentar la nueva condición con esperanza. No significo con ello tener que resistir las fuerzas contrarias, oponiendo la mejilla todo el tiempo (como en el postulado cristiano). De eso no se trata. Sería imposible explicar ¿por qué Cristo habrá arrojado con látigo a los comerciantes del templo? La presencia de los fariseos en el templo constituía un absurdo inadmisible, una disonancia abyecta para la estructura. Y, de hecho, la actividad financiero-comercial en el mundo de hoy viene emblematizando cada vez más esa disonancia, que acaba siempre por despojar a aquéllos que fungen como creadores, productores o trabajadores del cuerpo social.

Se ha dicho que la civilización occidental vive su invierno, su larga y anunciada decadencia.21 El ciclo sigue moviéndose indefectiblemente hacia su fin, aunque la ceguera a que hemos hecho referencia impida darnos cuenta.

No hay razón alguna para suponer que nuestra cultura contemporánea esté libre de desajustes sin sentido y potencialmente dañinos. De hecho, lo opuesto es lo que ocurre. Todas las amenazas a la especie humana de hoy, y a los sistemas vivientes de la biosfera, son consecuencias de la aptitud humana por la cultura y su influencia en actividades humanas. Está, por lo tanto, bastante claro que esas amenazas no podrán ser superadas a menos que y hasta cuando se produzcan cambios significativos en la cultura dominante de nuestra sociedad. La esperanza está en el bienestar de la futura raza humana y en los procesos de reforma cultural. (Boyden 2001:103 y 107).

 

 

 

 

 

Sin embargo, la visión no puede ser nostálgica. Debemos reconocer que la tarea ha de ser diferente en cada momento del ciclo: uno no puede recoger, cuando sabe que no sembró. Simplemente, no va a cosechar nada. Es momento, quizás, de abonar el terreno para un nuevo ciclo, en tanto que resulta innegable que la naturaleza parece seguir impulsando las cosas hacia opciones alternas que pueden ser sólo válvulas de despresurización, como en el campo de la biotecnología y los medios de comunicación. ¿Por cuánto tiempo y qué tan eficaces pueden serlo? No lo sabemos.

A fin de tener mejores posibilidades de supervivencia como especie, algunos científicos están convencidos, por ejemplo, que si el ser humano no produce una simbiosis de su cuerpo con la informática y la biología hoy día, no va a sobrevivir a largo plazo. Ésta parece ser la tendencia hacia la cual apunta la medicina. Comenzarán las aportaciones tecnológicas inherentes beneficiando a unos cuantos al principio. Sin embargo, en la lógica del capital, más adelante tendrán acceso muchos, cuando la preservación de la vida se convierta en negocio.

Ante ese escenario alternativo, la concepción de la vida tendrá que ir cambiando, precisamente, para preservarla. Una óptica nueva, una filosofía nueva fundada en un humanismo revitalizador y fecundo, posiblemente, sería el abono o semilla que haría falta ahora. Óptica que renueve la esperanza, la fe y los valores perdidos para este impasse del péndulo. Posiblemente más desapegada, por admitir que todo cambio —por muy absurdo o autodestructivo que parezca ser— puede contener elementos regenerativos. Seguramente, más atenta para reconocer que al explotar una relación de cosas anormal se reactivan fuerzas naturales que en la búsqueda de un nuevo equilibrio impulsan las cosas siempre hacia la vida. Lo que significa que la especie humana gana en experiencia para evitar en el futuro que se repitan condiciones análogas.

 

NOTAS

1 Para tener un panorama crítico de las discusiones que hoy tienen lugar entre académicos de las ciencias sociales se recomienda el ensayo de Joseph Fraccia intitulado , “Does Culture evolve?”, en History & Theory, Vol.38, N°4, Diciembre 1999. 52, 27. Él explica: “El camino para describir la historia cultural como un proceso tiene dos fuentes. Uno proveniente de la teoría social, que parte del ímpetu de convertir los estudios sociales en “ciencias sociales”, proveyéndolos del status acordado para las ciencias naturales. El otro proviene de la biología y de la antropología biológica en la creencia de que la teoría de la evolución debe ser universal en su aplicabilidad a todas las funciones de los organismos vivos. La teoría científico-social sobre la evolución cultural es pre-Darwiniana, empleando un modelo desarrollista de desdoblamiento caracterizado por una direccionalidad intrínseca, por estadios definibles que se superan uno a otro, y por ciertos criterios de progreso. Resulta arbitraria en sus definiciones de progreso y ha tenido el problemapolítico de que el reclamo diacrónico de progreso implica una valuación diferencial sincrónica de las culturas actuales. El esquema biológico crea un isomorfismo entre el mecanismo darwiniano de evolución y la historia cultural, postulando reglas de “mutación” cultural, herencia cultural y algunos mecanismos de selección natural entre alternativas culturales. Utiliza nociones simplistas ad hoc de aculturación individual y de supervivencia y reproducción diferenciadas de elementos culturales. No está claro qué utilidad se le ve al trabajo que sustituye historia por la metáfora de la evolución”.

2 René Dubos nos viene primero a la mente y, mas recientemente Jared Diamons y Tim Flannery...”El enfoque conceptual está basado en la secuencia de eventos en la historia de la vida en el planeta y la civilización. En tanto que este marco de referencia básico biosfera-humanos-cultura refleja la secuencia de los eventos en la historia de la vida y de la civilización, puede ser aplicado significativamente a situaciones humanas del presente, todas las cuales implican una constante interacción entre esos tres juegos de variables.... la interacción entre cultura y naturaleza es un rasgo constante de todas las situaciones humanas, incluyendo esta situación en la que nos encontramos nosotros ahora, resulta que un buen entendimiento de los principios, sutilezas y embrollos de dicha interacción es un prerrequisito para una toma de decisiones sabia a todos los niveles de la sociedad humana. Stephen Boyden, “Life, Nature, Culture”, The European Journal of Social Sciences, June 2001,Vol,14, n°2. 103-117.

3 Eric Allardt nos refiere: “Una idea nodal que es hipótesis en todos los trabajos de Westermarck es la fuerte conexión que existe entre naturaleza y cultura (Uddenberg, 1998). Las ideas morales son parte de los intentos por enfrentar y superar amenazas del entorno que contienen similitudes en un muy amplio rango de situaciones históricas....Westermarck enfatizó la conexión entre naturaleza y cultura en tres de los campos principales de su trabajo académico: en sus estudios de matrimonio humano y familia, en su trabajo de campo sobre rituales y creencias morales en Morocco y en sus estudios sobre ideas y emociones morales”. Eric Allardt, “Edward Westermarck: A Sociologist Relating Nature and Culture”, en Acta Sociológica, Vol.43, N° 4, 2001. 299.

4 Sobre la función e importancia de los mitos y leyendas, consultar al ya clásico Joseph Campbell, en El héroe de las mil caras; psicoanálisis del mito, (tr. Luisa Josefina Hernández, 2ª reimp., FCE, México, D.F.) c1959e, 1980.

5 Bergson sugiere, de no ser por la palabra hablada, la inteligencia humana hubiese permanecido totalmente implicada en los objetos circundantes en los que fijaba su atención. Para ahondar sobre la función del lenguaje hablado en el conocimiento, ver a McLuhan, Marshall, La comprensión de los medios como las extensiones del hombre, 10ª imp., ed. Diana, México, c1969, 1987, (contiene un capítulo completo intitulado, “La palabra hablada”. 107-111).

6 Ver el libro de Julian Jaynes, El origen de la conciencia en la ruptura de la mente bicameral, (tr. Agustín Bárcena, FCE, México D.F.), c1976i, 1987.

7 A excepción del penúltimo tratado de la cuarta Orden (llamado Avotor Pirke Avot o capítulo de los padres), que contiene proverbios mas bien religiosos y morales.

8 Ver la recuperación de avances y el análisis sobre funcionamiento neurofisiológico de los hemisferios cerebrales que hacen Eric y Marshall McLuhan en la obra póstuma del segundo de ellos intitulada Las Leyes de los Medios, la nueva ciencia, Alianza Editorial, México D.F., c1990. 79-104.

9 Para ampliar la comprensión de este proceso por el cual las leyendas teológicas no sólo se transmitían oralmente e introyectaban en la psique y el comportamiento sociales, sino que se transformaban en un momento dado en cánones religiosos efectivos tanto en la tradición judeo-cristiana, como musulmana, se recomienda consultar el magnífico trabajo de John D. Gottsch, “Mutation, Selection, And Vertical Transmission Of Theistic Memes In Religious Canons” en Journal of Memetics, Evolutionary Models of Information Transmission, Vol.5 N°1. Éste investigador observa lo siguiente: “El estudio de los dogmas de las religiones ancestrales y modernas del Medio Oriente revela la mutación, selección y transmisión vertical de unidades textuales referidas al mejoramiento de las condiciones y aptitudes físicas, definidas como memes teístas. Los registros más antiguos de esos memes tenían que ver con el temor humano hacia la muerte y definían la relación más temprana del hombre con dios. Los memes teístas que teóricamente podían perjudicar o alterar más las condiciones físicas en general y que eran seleccionados e incorporados a los preceptos o dogmas religiosos, incluían aquellas creencias impuestas acerca de (a) la toma de conciencia del ser frente a un mundo desconocido, b) las estrategias y conductas hacia otros seres y hacia el núcleo familiar, y c) las conductas sexuales apropiadas dentro del matrimonio. La prohibición de prácticas sexuales aberrantes tales como el incesto, adulterio, homosexualidad, bestialidad, castración y prostitución religiosa pudieron haberse maximizado para garantizar la corrección de apitudes o el mejoramiento de las condiciones físicas. Una mutación notable del antiquísimo meme teísta del sacrificio de niños del cercano oriente se encuentra documentado en las historias de Abraham e Issac del Antiguo Testamento. Los memes teísticos transmitidos verticalmente en el canon hebreo serían incorporados en su mayoría a los preceptos de las religiones cristianas y musulmanas (del Nuevo Testamento y del Corán). Las transformaciones de los memes teístas durante la transmisión vertical hacia esos otros cuerpos de normas posibilitó la misma estabilidad en las condiciones y aptitudes físicas de las poblaciones árabes y gentiles, resultando notables para conocer las diferentes estrategias utilizadas en la producción de ordenamientos homogéneos y ortodoxos”.

10 Otro ejemplo es el que analiza Ira F.Stone por cuanto a la relación que mantiene una esposa con un asceta, cuando el marido es demasiado celoso. La Mishna aconseja sutilmente a éste controlarse y no acusar o externar sospechas de adulterio que afecten en forma definitiva la naturaleza de los votos matrimoniales, finalmente fundados en una relación humana voluntaria. “The Precarious Ties that Bind Us: Sota 2a”, en Cross Currents, Vol.51, N° 2, Summer 2001. 273.

11 Gottsch menciona en su artículo op.cit. que hay varias traducciones de la Escritura al inglés que se pueden consultar, “ H. Danby. 1958. L. Ginzberg, Studies in the Origin of the Mishnah (1920); J. Neusner, A History of Mishnaic Law. 1974. and Judaism: The Evidence of the Mishnah. 1981”.

12 Sorprende a este respecto alguien como Westmarck. Llega a conclusiones parecidas a través de la reflexión sociológica. Eric Allardt lo refiere así: “Cuando Westmarck hablaba de los orígenes de las ideas morales, no estaba entrando distintivamente a una batalla por definir los primeros estadios histórico-cronológicos de dichas ideas. Por ‘orígenes’ él se refería al contexto socio-psicológico en que habían surgido las mismas. Westermarck estaba buscando principios típicos universales de los seres vivos en su lucha por sobrevivir en sus propios entornos naturales. Aquí, Westermarck, muy claramente seguía a Charles Darwin en su búsqueda por detectar patrones de significación para la supervivencia y que además constituyeran elementos centrales en toda vida humana y social”. Eric Allardt, “Edward Westermarck: A Sociologist Relating Nature and Culture”, en Acta Sociológica, Vol 43, N° 4. 299).

13 Expresión acuñada por Eric McLuhan en The Gutenberg Galaxy. Toronto: University of Toronto Press, c1962.

14 Ver Carl Gustav Jung, Simbología del Espíritu, estudios sobre fenomenología psíquica, (1ª reimp. FCE, México D.F.), c1962, 1984, 325 pp. Ver Abraham H. Maslow, El hombre autorrealizado; hacia una psicología del Ser, (Kairós, Barcelona), 1993.

15 A la luz del hecho de que la interacción entre cultura y naturaleza es un rasgo constante de todas las situaciones humanas, incluyendo esta situación en la que nos encontramos nosotros ahora, resulta que un buen entendimiento de los principios, sutilezas y embrollos de dicha interacción es un prerrequisito para una toma de decisiones sabia a todos los niveles de la sociedad humana. Stephen Boyden, “Life, Nature, Culture”, en The European Journal of Social Sciences, June 2001,Vol,14, n°2, 103—117.

16 En el vector sexual, varias investigaciones que se llevan a cabo parecen indicar algo similar. Especies del mar y aves de algunas zonas de Europa, presentan problemas de reproducción por haber sido afectado su sistema hormonal (endocrino); además, se registran casos de homosexualismo entre algunos lagartos por contaminación industrial. A diez años en el tiempo, se prevé una menor calidad de vida sexual para aquellas personas que tenían como base de su alimentación dichos animales.

17 Esta Cuarta Guerra Mundial usa lo que nosotros llamamos "destrucción". Se destruyen los territorios y se despueblan. A la hora en que se hace la guerra, se tiene que destruir el territorio, convertirlo en desierto. No por afán destructivo, sino para reconstruir y reordenar. ¿Cuál es el principal problema que enfrenta este mundo unipolar para globalizarse? Los Estados nacionales, las resistencias, las culturas, las formas de relación de cada nación, lo que las hace diferentes. ¿Cómo es posible que la aldea sea global y que todo el mundo sea igual si hay tantas diferencias? Cuando decimos que es necesario destruir los Estados nacionales y desertificarlos no quiere decir acabar con la gente, sino con las formas de ser de la gente. Después de destruir hay que reconstruir”. Fragmento de la plática impartida por el subcomandante Marcos ante la Comisión Civil Internacional de Observación de los Derechos Humanos en La Realidad, Chiapas, publicado bajo el título “La Cuarta Guerra Mundial”, en La Jornada el 20 de noviembre de 1999.

18 En este terreno, Bond añade: “Un observador exterior del cosmos vería que, en el presente, todos los seres humanos han dejado de crear la humanidad. Ya no tenemos capacidad estructural para hacerlo. Nuestra época no es post-moderna, es póstuma. Tú, que lees esto, estás muerto. Tan sólo nos mantiene con vida el aparato de supervivencia de nuestra gran tecnología. Estamos muertos no porque destruyamos el medio ambiente o las cuatro dimensiones de la naturaleza- para cavar nuestra tumba, sino porque destruimos la quinta dimensión . Es la crisis del trascendentalismo. En los hechos buscamos la inhumanidad...” Edward Bond, “Cuando las ficciones tienen la fuerza de la realidad, la imaginación crea el ser en la quinta dimensión”, en Información y Sociedad, Sans Frontieres, Año2, N°21, enero-febrero, 2001. 4.

19 Cfr. Leonardo da Vinci, en Cuaderno de notas. (2ªed.,Yericó, S.A., Madrid). c1983, 1989, p.30.

20 Cfr. David Morgan & Iain Wilkinson, “The Problem of Suffering and the Sociological Task of Theodicy”, en The European Journal of Social Theory, Vol. 4 N° 2, mayo del 2001. 199.

21 Cfr. Oswald Spengler (como uno de los exponentes organicistas por el lado de la Historia). La Decadencia de Occidente, bosquejo de una morfología de la Historia Universal, 2 vols., 12ª edición, Espasa-Calpe, Madrid, c1923. 1976.

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