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Estudios atacameños

versión On-line ISSN 0718-1043

Estud. atacam. vol.68  San Pedro de Atacama  2022  Epub 22-Mayo-2022

http://dx.doi.org/10.22199/issn.0718-1043-2022-0008 

ANTROPOLOGÍA

Haceres textiles para inventarse la vida en medio del conflicto armado colombiano

Textile making to create life in the middle of the armed conflict in Colombia

Tania Pérez-Bustos1 
http://orcid.org/0000-0002-2885-2606

Isabel Cristina González Arango2 
http://orcid.org/0000-0002-8345-8097

Olga Elena Jaramillo-Gómez3 
http://orcid.org/0000-0002-0854-0015

Diana Marcela Palacio-Londoño4 

1 Profesora asociada, Escuela de Estudios de Género, Universidad Nacional de Colombia, COLOMBIA. Email: tcperezb@unal.edu.co

2 Profesora ocasional, Instituto de Estudios Regionales, Universidad de Antioquia, COLOMBIA. Email: isabel.gonzaleza@udea.edu.co

3 Profesora asistente, Instituto de Estudios Regionales, Universidad de Antioquia, COLOMBIA. Email: oelena.jaramillo@udea.edu.co

4 Investigadora, Instituto de Estudios Regionales, Universidad de Antioquia, COLOMBIA. Email: diana.palaciol@udea.edu.co

Resumen:

Este artículo despliega tres haceres textiles realizados cotidianamente por mujeres de origen rural que han sido víctimas del conflicto armado en Colombia y que habitan los municipios de Bojayá, Quibdó y Sonsón. Estos haceres fueron identificados en el análisis de las biografías textiles realizadas a mujeres pertenecientes a grupos de artesanía y costureros de la memoria en cada una de las localidades. Argumentamos que dichas prácticas son formas de resistencia política a escala doméstica que acompañan el trabajo colectivo del que forman parte estas mujeres. En este sentido, a lo largo del texto damos cuenta de cómo el remendar, la confección de ropa junto con la elaboración de muñecas de trapo y colchas de retazos configuran posibilidades cotidianas de inventarse la vida en contextos en los que la violencia política permanece.

Palabras clave: mujeres rurales; hacer textil; conflicto armado; Colombia

Abstract:

This paper presents three textile-making practices performed on a daily basis by rural women who have been victims of the armed conflict in Colombia and who live in the municipalities of Bojayá, Quibdó and Sonsón. These practices were identified through analysis of the textile biographies of women who participate in handicraft and memory sewing groups in each town. We argue that these practices are a form of domestic-scale political resistance that goes along with the collective work these women do. In this sense, throughout the text, we relay how mending and making clothes, rag dolls, and patchwork quilts provide daily opportunities to create a life for oneself in contexts of ongoing political violence.

Keywords: rural women; textile making; armed conflict; Colombia

Introducción

“Una no se puede quedar sentada esperando que Dios le mande del Cielo… una tiene que hacer alguna cosa para ver cómo se inventa la vida”, nos cuenta Noriz (N. Perea, comunicación personal, 3 de mayo de 2019),1 una mujer chocoana residente en Bellavista, Bojayá, al referir por qué le gusta tanto bordar y tejer y al lugar que han tenido estos haceres en la contención del dolor por todas las pérdidas que le ha dejado la violencia del conflicto armado en su región. “Lo que una pierde, no lo vuelve a conseguir así de fácil… tener que correr [por la violencia] y dejar todo perdido por allá duele mucho”, nos comparte (N. Perea, comunicación personal, 3 de mayo de 2019). Las formas en que las mujeres han logrado sobrellevar los dolores asociados al conflicto armado en Colombia, y seguir adelante con la vida, incluso en contextos en los que la violencia permanece, son múltiples (Meertens, 2000, 2010). Nos interesa concentrarnos aquí en esas formas en que la vida se inventa desde el hacer textil, como nos dice Noriz, a pesar de la continuidad de la violencia. Entendemos el “inventarse la vida” como el conjunto de saberes para resolver el día a día y continuar con lo que tienen a su alcance en medio de las adversidades.

Son variados los trabajos en América Latina que refieren al bordado, la costura y el tejido como formas de tramitar y denunciar la violación a los derechos humanos (Arias-López, 2015; Bacic, 2014; González Arango, 2015; Olalde, 2019). Estos estudios han subrayado el papel que tienen en esta forma de trabajo político de denuncia y elaboración de los duelos las hacedoras de dichas piezas textiles testimoniales, principalmente mujeres, víctimas de distintas formas de violencia política. Este énfasis, sin embargo, tiende a pasar por alto el lugar de estas labores de aguja en la cotidianidad de quienes las realizan y la forma en que ese escenario y quehacer doméstico sostiene el activismo textil que estas mujeres desarrollan en el espacio público, al construir memoria de las formas en que la guerra les ha afectado y transformado. En este trabajo acudimos a lo doméstico como la espacialidad donde se realizan los haceres textiles de estas mujeres y los oficios de cuidado como sostén de sus propias vidas.

Para contribuir a ampliar la reflexión sobre cómo el hacer textil en el espacio doméstico se constituye en una forma de “inventarse la vida”, y por tanto de resistir frente a la continuidad de la violencia, recogemos las biografías textiles de 20 mujeres cuyas edades oscilan entre 26 y 71 años, integrantes de grupos de artesanías o costureros de la memoria, que llevan más de 10 años denunciando las atrocidades de la guerra en sus regiones y exigiendo justicia y reparación desde el hacer textil. Estas mujeres forman parte de los grupos Artesanías Guayacán en Bojayá (Chocó), Artesanías Choibá en Quibdó (Chocó) y el Costurero Tejedoras por la Memoria de Sonsón (Antioquia). Sus biografías se realizaron a través de conversaciones dirigidas que tuvieron lugar en la intimidad de los hogares de cada una de ellas. En estos diálogos identificamos la forma en que el hacer textil estaba presente en el espacio doméstico, en su vida cotidiana y en su narrativa personal, y dimos cuenta de cómo ese recuento estaba atravesado por su pertenencia a un colectivo y al trabajo político-textil que desde allí se adelanta. Los relatos fueron registrados en audio, transcritos y sistematizados. En el análisis se usaron categorías que emergieron de la escucha cuidadosa de lo conversado con estas mujeres y de la lectura atenta a las transcripciones. La información producto de este ejercicio se organizó en tres ejes fundamentales: relación del hacer textil con el conflicto armado y las violencias estructurales, sentires y dimensiones materiales que describen el hacer textil y relaciones espacio-temporales en las que estos haceres se anclan en el ámbito doméstico. Usamos los nombres propios de estas mujeres como reconocimiento a sus reivindicaciones textiles y vitales y esta información se amplía a pie de página invitando así a una lectura atenta a estas biografías.

En este artículo entendemos el hacer textil en diálogo con la forma en que las mujeres de estos colectivos conciben que su vida cotidiana es capaz de irse configurando en la realización de estas labores. Para ellas, lo textil no es solo un producto terminado o un oficio que les da sustento económico; es una práctica en la que se configuran subjetivamente y que les acompaña, que entienden como extensión de su propia existencia (Buckley, 1998; Pérez-Bustos, Chocontá Piraquive et al., 2019). En este sentido, el hacer textil ha estado presente en la vida de estas mujeres que desde muy temprano aprendieron estos oficios. Ellas se hacen en el hacer de las piezas que tejen, cosen o bordan, y con ello remiendan las diversas formas de despojo que han sufrido, confeccionan con cuidado las ropas que las visten y embellecen y abrigan su entorno para hacerlo habitable. Así, el hacer textil es para ellas un devenir constante en el que se entrelazan, de formas indistinguibles, cuerpos femeninos con herramientas y materiales textiles que al moverse van haciendo emerger la vida con dignidad, en contextos de violencia continua.

Iniciamos presentando un panorama general de las formas en que el conflicto armado ha afectado a estas mujeres y a sus comunidades. Esta entrada hace las veces de bastidor de bordado, enmarca y tensiona la tela que luego es intervenida con lo textil. Este apartado da paso al corazón del artículo, en donde presentamos tres haceres textiles particulares que recogen algunas de las maneras en que las mujeres de cada colectivo se han inventado la vida para seguir adelante en medio de una guerra que no cesa. Cerramos el texto recogiendo algunas conclusiones sobre estos haceres, dando cuenta de cómo ellos se entrelazan y se convierten en formas personales y domésticas de desplegar la dimensión política del activismo textil colectivo, al tiempo que configuran andamiajes conceptuales propios con los que estas mujeres logran explicar lo que han vivido y crear razones para seguir adelante.

El conflicto como bastidor que resignifica lo textil

La figura del bastidor permite situar el conflicto armado, un marco donde se inscriben las experiencias de los grupos de mujeres de Sonsón en Antioquia, Quibdó en Chocó y Bojayá, en el Medio Atrato chocoano. Ubicamos aquí las dinámicas del conflicto que afectan y vinculan estos tres territorios, así como las experiencias inscritas en la vida y trayectoria de estas mujeres, las cuales son constitutivas de sus haceres textiles.

Aunque vecinos, Chocó y Antioquia se han visto como departamentos muy distintos en términos de los estándares de desarrollo (DANE, 2018); sin embargo, las dinámicas del conflicto armado muestran los hilos que conectan las vidas de estas mujeres y de sus regiones. El desplazamiento forzado ha sido una afectación común y sus historias, conectadas en la región de Urabá, anudan hechos que explican los destierros y la errancia que vivieron. Lo anterior considerando que Antioquia es el departamento con mayor número de personas desplazadas en el país y Chocó ocupa el cuarto lugar dentro de los cinco departamentos más expulsores de población a causa de la guerra entre 1985 y 2012 (UARIV, 2013). Vemos así que esta región, al conectar la costa Pacífica, la costa Caribe y el interior del país, ha sido estratégica para los actores armados que se han disputado la apropiación y uso del territorio, las rutas para el tráfico de armas y drogas y el establecimiento de proyectos extractivistas, todos alientos de la guerra en la región.

Las mujeres de Bojayá y Quibdó se desplazaron a lo largo del río Atrato a finales de los años noventa a causa de una arremetida paramilitar desde la región de Urabá para enfrentarse con la guerrilla de las FARC. Luego de esto, sufrieron otros desplazamientos que obligaron a varios éxodos entre sus lugares de origen y localidades receptoras, de las que fueron nuevamente expulsadas. Esto teniendo en cuenta que Chocó exhibe el porcentaje más alto de personas desplazadas dos veces. En 1997, el 56% de los desplazamientos masivos del país ocurrieron en Chocó (UARIV, 2013). Así, mientras en esta región esto supuso éxodos masivos, en el municipio de Sonsón el desplazamiento forzado se caracterizó por ser un movimiento “gota a gota” desde las veredas hacia la cabecera municipal (Jaramillo, 2007).

Finalizando los años noventa, el conflicto armado en el oriente antioqueño se recrudeció cuando, procedentes de Urabá, llegaron las Autodefensas Campesinas de Córdoba y Urabá, a disputar el control del territorio con los grupos guerrilleros que allí estaban asentados (FARC y ELN) (Verdad Abierta, 2008). La experiencia de las mujeres de Sonsón se ubica principalmente en las veredas del municipio, donde transcurrió su infancia y formaron sus familias. Sus referentes se anclan a la tierra, a la finca y al modo de vida campesino, ese que debieron dejar con el desplazamiento.

Estas experiencias configuran condiciones de despojo con impactos subjetivos importantes, como nos lo comparte Virgelina, cuya voz recoge las experiencias de todas las demás mujeres de los otros colectivos:

Ya no es lo mismo… nosotras nos vinimos a la media noche, por ahí como entre la una de la mañana, entramos aquí como a las seis y media, nos venimos con la mera ropa, allá quedó todo, los animales, las gallinas, porque yo mantenía gallinas y se las estaban comiendo, un marranito que lo iba a matar a los ocho días, se lo llevaron y yo apenas lo oía chillar, lo mataron de la casa mía pa’ abajo y le echaron candela esos conchudos (V. Sabina, comunicación personal, 6 de junio de 2019).

El desplazamiento forzado, además de suponer una experiencia traumática y dolorosa, genera pérdidas materiales y rupturas con los vínculos construidos en un lugar específico. “Ya no es lo mismo” es una expresión recurrente que da cuenta de la dificultad de recuperar un modo de vida. Estos daños no solo se recogen en la palabra de las mujeres, sus piezas textiles colectivas, elaboradas como forma de denuncia política frente a la situación que han vivido, lo siguen testimoniando. La pieza textil “Cartografía del tiempo”, elaborada por el costurero de Tejedoras por la Memoria de Sonsón (Figura 1), por ejemplo, representa la desaparición forzada de hijos y hermanos, el reclutamiento de menores de edad, el secuestro y varios casos de asesinatos selectivos que dieron lugar al desplazamiento. Las mujeres de Artesanías Choibá, al cumplir 20 años de su trabajo colectivo, bordaron un telón en el que recordaron los territorios a la ribera del río del que fueron obligadas a salir, así como los oficios tradicionales que ese desplazamiento puso en riesgo de desaparición, dado que la vida en la ciudad los torna un recuerdo (Figura 2). Por su parte, las mujeres de Artesanías Guayacán desde los años ochenta y en plena confrontación armada han elaborado piezas que documentan las vidas que les han sido arrebatadas y la añoranza de la cotidianidad que la guerra ha limitado (Figura 3).

Figura 1 “Cartografía del tiempo”. Elaborado colectivamente en el año 2013 en las técnicas de bordado, costura y patchwork, este telón mide 232 cm de ancho x 344 cm de alto y está conformado por 28 cuadros ordenados a modo de línea de tiempo, que narran los acontecimientos de vulneración y sufrimiento que cada una de las Tejedoras por la Memoria ha vivido en medio del conflicto armado en el municipio de Sonsón entre 1992 y 2012. Fotografía de Laura Junco, 2019. 

Figura 2 “20 años de Artesanías Choibá”. Elaborado en el año 2019 en las técnicas de bordado y costura, este telón que mide 111 cm de ancho x 144 cm alto conmemora los 20 años de trabajo del grupo, enseñando escenas de la vida cotidiana a lo largo del río Atrato que cada una de las integrantes eligió para expresar lo que Artesanías Choibá ha representado en sus trayectorias vitales para afrontar las pérdidas y resistir con dignidad y fortaleza, como el árbol que les da su nombre. Fotografía de Adriana Villamizar Gelves. 

Figura 3 “Nuestras Víctimas 2 de mayo 2002, Bellavista-Bojayá-Chocó. Haciendo historia, bordando memoria”. Este telón, que mide 600 cm de ancho x 250 cm de alto, fue elaborado en las técnicas de bordado y costura para documentar y elaborar el duelo de 84 personas que murieron en la masacre del 2 de mayo del 2002. Cada nombre está acompañado de los ríos, peces, pájaros, instrumentos musicales, canoas, plantas y oficios que forman parte de la cotidianidad que también ha estado en riesgo en medio del conflicto armado, pero que a su vez representa el arraigo y la fortaleza para remendar la vida. Fotografía de Adriana Villamizar, 2019. 

Remendar, embellecer y abrigar

Las formas colectivas de narrar textilmente los daños producidos por la guerra, a las que nos referimos en el apartado anterior, se constituyen en prácticas de memoria, sanación y resistencia que se siguen creando y recreando, aun en medio del conflicto. Ello ocurre de manera particular en el mundo doméstico, donde cada una de estas mujeres reinventa diariamente la forma de reparar los daños vividos y con ello sostener la vida, reconocer su cuerpo y habitar sus casas con dignidad. Todo esto como parte de una práctica que recrea en el espacio doméstico aquello que se construye en colectivo.

Los haceres textiles en general están compuestos de una diversidad de técnicas, herramientas, materiales y repertorios que permiten comprender las relaciones y las formas en las que se inventa la vida cotidianamente. En este apartado nos centramos en tres de ellos, el remendar, el embellecer y el abrigar, y en las formas en que están presentes en las narrativas de las mujeres de cada colectivo como categorías propias que emplean para explicar y articular sentidos sobre su experiencia en medio del conflicto. El remendar aparece como un hacer autogestivo y de recuperación creativa y funcional que permite contener la materialidad que se ha roto y con ello contener también el dolor del daño (Babcock, 2008; Pym, 2018); de ahí que el remiendo y quienes remiendan están fuertemente vinculados con diversas prácticas de cuidado. El embellecer es característico de haceres textiles como el bordado y el tejido, y puede definirse como una cualidad estética y creativa en sí misma, en el sentido de que se va componiendo en la realización de las piezas y que, al tiempo que genera belleza en lo que se hace, da seguridad y confianza a quien lo hace (Favaro, 2010; Murphy, 2003; Parker, 1984). El abrigar, por su parte, está en relación directa con el hacer colchas de retazos, y se conecta con el remendar y el embellecer, en un gesto que cubre y contiene, y que se produce recogiendo lo que sobra para componer de forma nueva y bella algo capaz de cuidar y proteger (Dickie, 2003; Larghero et al., 2011; Russell, 2014).

Artesanías Guayacán: sostener la vida desde el remiendo

Los quehaceres textiles de las mujeres Guayacán en Bojayá responden, en un nivel personal y colectivo, a maneras materiales y subjetivas de sostener la vida. Un hacer textil que resalta en este contexto es el remendar. Este oficio ha sido central para sacar adelante a sus familias económicamente y también lo conectan con el trabajo de sanación que como colectivo han adelantado luego de la masacre del 2 de mayo del 2002, fecha en la que murieron cerca de 98 personas a causa del fuego cruzado entre la guerrilla de las FARC y las Autodefensas Unidad de Colombia y la explosión de un cilindro bomba en la iglesia de Bojayá, sitio donde se refugiaban (Villamizar Gelves, 2018). En este último caso, el remendar ha contribuido a que todo el pueblo pueda elaborar este dolor, pues sus piezas acompañan las conmemoraciones y contribuyen a la construcción de la memoria, lo que, según Rosa, sigue siendo una tarea del presente: “Hay que enseñarle a los niños, toca enseñarle a la gente, que no sabe, y usté no sabe el valor, el valor que tiene eso. (R. Mosquera, comunicación personal, 7 de mayo de 2019).2

Ereiza, al reflexionar sobre el remendar en su vida cotidiana, nos cuenta que la gente del barrio desde siempre le ha traído ropa para que ella remiende, con lo que ella se gana unos pesos extra3 (Figura 4). Así, aunque con el tiempo se consiguió una máquina y comenzó a coserse su ropa y la de sus hijos, el remiendo ha sido una constante en el rebusque y la subsistencia cotidiana. “Y para ti, ¿por qué es importante remendar?”, le preguntamos, y nos responde que “hay que remendar lo que está malo… hay que remendar lo viejito” (E. Mosquera, comunicación personal, 3 de mayo de 2019), sobre todo aquello que se aprecia y que todavía tiene una utilidad. Ereiza nos subraya que esa es una práctica que se está perdiendo, que la gente joven ya no quiere arreglar las cosas cuando se dañan un poco, las botan y ya, buscan lo novedoso, como si hubiera un desprecio generalizado por ese involucramiento con recomponer la materia (Middelton, 2019). Para ella lo anterior lleva a que el remendar, en tanto deja de hacerse, se vaya olvidando como legado, lo que describe como un hecho lamentable, pues este oficio le ha servido en momentos de penurias económicas, no solo para apoyar la economía doméstica, sino también como una manera de recuperar aquellas prendas a las que aún puede dárseles un nuevo uso y seguir así adelante con la vida con mayor dignidad (Hall y Jayne, 2016).

Figura 4 Dobladillo en manos de Ereiza. Fotografía de Adriana Villamizar. 

En su reflexión sobre la reparación material de la ropa, Ereiza conecta con el daño sufrido a otros niveles: “El remiendo está como muy mezclado con el perdón… cosas que se las hacen a uno que en verdad no le gustan, pero de pronto aparece otra cosa que pueda mitigar ese daño y uno lo acepta y puede convertirse en algo bueno mañana; entonces yo veo que el remiendo sí es algo muy bueno” (E. Mosquera, comunicación personal, 3 de mayo de 2019).

Así, Ereiza establece una relación entre los daños emocionales y sus repercusiones materiales en el cuerpo, con aquellos que ella recupera cuando “hay que remendar lo que está malo”. A ese trabajo de sostenimiento lo compara con el perdón. Sus palabras se conectan con lo que nos comparte Rosa cuando le preguntamos por otras cosas que sabe hacer con sus manos, además de tejer, bordar y coser: “Con las manos yo sé curar, acompañar, cuidar, apoyar…” (R. Mosquera, comunicación personal, 7 de mayo de 2019), todas labores que ve como conocimientos con los que puede aportar a la construcción de otras formas de vivir en el mundo más allá del conflicto (Bello Tocancipá y Aranguren Romero, 2020).

La relación que Rosa establece entre el cuidar como algo que se hace con las manos y es similar al hacer textil va a ser una constante en su relato sobre la presencia de estos haceres en su vida. Al reflexionar sobre cómo estos le han acompañado en medio del conflicto, ella nos comparte: “Sí, eso fue lo que nos sirvió… cuando el conflicto llegó fue que nos pusimos a bordar” (R. Mosquera, comunicación personal, 7 de mayo de 2019). Justo cuando la violencia se agudizó en la cuenca del río Bojayá y el medio Atrato, esta labor acompañó los momentos de oración y las sostuvo, pues, en medio de la zozobra y el miedo por el fuego cruzado entre los armados, la escasez de alimentos por los bloqueos en el río, el confinamiento de la población y el posterior desplazamiento. Crear y mantener un espacio para juntarse, conversar, bordar y buscar soluciones a las necesidades del día a día fue la respuesta para seguir viviendo en su territorio. Central aquí es subrayar la forma en que el hacer textil se entrelaza con las prácticas de religiosidad de este grupo.

Si bien Rosa se refiere aquí a otra técnica textil, el papel del bordado aparece en sus palabras como capaz de remendar el dolor que ha sentido y en relación con su trabajo religioso: “Después del 2 de mayo como que cogí conciencia que, así como, como el Cristo mutilado me había remendado la vida, me la ha mantenido [...] entonces así mismo, las cosas que se rompen y se pueden arreglar, hay que arreglarlas” (R. Mosquera, comunicación personal, 7 de mayo de 2019).

Así, el remiendo desde el bordado se convierte en una forma de sanar que embellece, de formas similares a como ocurre con su trabajo de oración. “Si yo fuera una técnica textil, sería el bordado”, nos cuenta. “El bordado se necesita para ver bonito el acabado”, complementa (R. Mosquera, comunicación personal, 7 de mayo de 2019). No es solo remendar y ya, es hacerlo de forma bella, para que la vida pueda renacer en esa materialidad recuperada, sea el cuerpo con su alma, o sean los pantalones raídos (Pym, 2018). Esta conexión entre remendar, oración y belleza, a través del bordado la comparten también Leonor y Noriz, quienes se describen en estas tareas como capaces de generar belleza con sus propias manos, algo que les produce gusto y satisfacción.4 Ver cómo aquello que parecía roto o estaba deshecho es recreado de forma colorida se percibe como algo que les produce bienestar y orgullo, al reconocer su capacidad para transformar algo con la sencillez de sus conocimientos y los recursos que tienen a su alcance.

Para Macaria,5 este hacer que embellece abre un espacio en su interior en el que puede permanecer sin que el dolor le aturda (Arias-López, 2018). Al respecto nos dice: “esto es como una terapia, porque si usted tiene en qué concentrarse... qué hacer, como que las cosas las siente menos”. Para ella el hacer textil le ha permitido dejar de esconder el dolor, estar con él y procesarlo: “Después de tantas desavenencias, tanto dolor, tanta tristeza una por fin, aunque el dolor esté ahí, una ve una salida diferente, no se va, pero yo tampoco me voy a quedar aquí, entonces” (M. Allín, comunicación personal, 19 de febrero de 2019). Esto nos recuerda que hay una cierta continuidad en el remendar desde la que es posible percibir la determinación moral de seguir adelante, a pesar de los quebrantamientos. Como con aquellas prendas que, aunque desgastadas, todavía sirven y por lo tanto no se las puede botar y ya, su cuerpo con sus cicatrices y secuelas le recuerdan su fuerza para sobreponerse y continuar enseñando desde su experiencia, la capacidad de rehabilitar la cotidianidad y encarnar esa construcción entre el remendar la materia y la vida.

Los oficios textiles están muy presentes en la cotidianidad de todas las mujeres de Guayacán. Ereiza, Macaria, Rosa, Noriz y Leonor combinan las tareas domésticas con tiempos para lo textil, y siempre en relación con la forma como su religiosidad las ha sostenido. Tratándose de historias de vida marcadas por las migraciones forzadas y la zozobra permanente, no es menor que estas mujeres reconstruyan la cotidianidad y dispongan de un tiempo y un espacio específico y propio para realizar una labor que genera bienestar, produce belleza y contribuye a procesar el dolor. En palabras de Leonor: “Después de la una, de las dos pa allá, que ya se desocupa la cocina, entonces ya ahí sí me siento, allá atrás [señalando el patio de su casa] que nadie me tenga que joder” (L. Lozano, comunicación personal, 19 de febrero de 2019). En medio de las rutinas del trabajo de cuidado estos espacios propios que, además de disfrutar, contienen un sentido político-religioso nos permiten hablar de los haceres que allí realizan como acciones de resistencia (Agosín, 2014; Villamizar Gelves et al., 2019) que se crean y sostienen desde lo más íntimo del espacio doméstico.

Un componente importante de esta comprensión del remendar como sostén de su vida, que va y viene de la subsistencia económica a la sanación emocional y el acompañamiento espiritual, pasando todo el tiempo por la transformación y la creación de algo nuevo que recupera y genera belleza en lo cotidiano, es el trabajo colectivo en el que este hacer se inserta. Si bien, como ya señalamos, muchas de estas tareas las realizan al interior de sus casas, las aprendieron cuando niñas y luego les siguen acompañando en el sacar adelante a sus familias, su realización ha tenido un impulso importante desde su participación en el grupo Guayacán. Esto, desde las actividades de contención y elaboración de las pérdidas que allí se realizaron luego de la masacre y que pusieron al hacer textil en el centro de estos procesos de reparación, memoria y de reconstrucción de comunidad. Un ejemplo del aporte y vigencia de este trabajo colectivo de remiendo es la elaboración del dolor y el trámite de un daño que afectó a un pueblo entero, como fue la masacre de Bojayá, a través del telón “Nuestras víctimas, 2 de mayo de 2002”. Esta pieza textil documenta, mediante el bordado a mano, las pérdidas de vidas humanas y también representa la ruptura de los vínculos con la tierra, las tradiciones y las relaciones comunitarias que esta masacre provocó. El telón denuncia aquellas afectaciones que fueron perceptibles para todo Bojayá y se hace cargo de documentar la cotidianidad de las víctimas y sus vínculos con el territorio; de ahí que los nombres de las personas fallecidas están acompañados de animales, flores y oficios cotidianos afectados por las dinámicas de la guerra previas y posteriores a este acontecimiento. Las mujeres de Guayacán bordaron estos fragmentos de tela, también, desde la intimidad de sus espacios domésticos, en medio de los ritmos de sus rutinas diarias y a partir del conocimiento y los vínculos con sus familiares y vecinos ausentes. Después los unieron en el telón, que constituye su principal pieza colectiva. La comunidad de Bojayá también restauró el Cristo mutilado de su iglesia y juntó sus pedazos de manera que pudiera seguir denunciando el horror vivido. No obstante, antes lo repararon y remendaron para restituir su dignidad. Así también, las mujeres de Guayacán bordaron personal y colectivamente las memorias de lo ocurrido y dieron otro valor a sus pérdidas.

Artesanías Choibá: embellecer, coser muñecas de trapo y tejer ropa

Entrevistadora: De todo lo que haces, ¿qué es con lo que más te identificas?

Nelly:6Una muñeca, porque el trabajo es más como mi personalidad, me identifico más con la muñeca (N. Robledo, comunicación personal, 11 de mayo de 2019).

Las mujeres de Choibá hacen muñecas de trapo negras de distintos tamaños y acabados muy pulidos. Cada una tiene personalidad, su ropa tejida y cosida es siempre diferente y el cabello oscuro o encanecido hecho con lana virgen, que viaja desde Bogotá, es trenzado con chaquiras o con moños coloridos, lo que le da a cada pieza un toque muy especial. Su belleza es particularmente apreciada por otras mujeres negras, fuera de Quibdó, quienes al verlas se sorprenden de su existencia, pues no recuerdan en su infancia haber tenido una muñeca así. En este hacer textil característico de este colectivo hay un ejercicio de autorrepresentación importante (Greilson, 2005). Las primeras muñecas las hicieron hacia finales de 1998 en la toma del Coliseo de Quibdó. Estaban cerca las festividades navideñas y la misionera Úrsula Holzapfel, de la Comisión Vida Justicia y Paz de la Diócesis de Quibdó, invita a algunas de las mujeres allí reunidas a tejer crochet y a elaborar muñecas de trapo para regalarles a sus hijas e hijos (Quiceno Toro y Villamizar Gelves, 2020; Villamizar Gelves et al., 2019). Con ese ejercicio de darle cuerpo a unas telas rellenándolas con bolsas plásticas para aprovechar todo lo que tenían a su alcance en medio de la precariedad (Figura 5), comenzó el trabajo colectivo de este grupo.

Figura 5 Izquierda, una de las primeras muñecas de Artesanías Choibá sentada sobre el regazo de una muñeca más reciente. Fotografía de Adriana Villamizar. Derecha, el colectivo reunido sosteniendo muñecas hechas por ellas mismas. Fuente: Archivo de Artesanías Choibá. 

Desde ese entonces y hasta ahora, este grupo se ha fortalecido y logrado consolidar un taller y un punto de venta desde el cual promueven su trabajo textil en lógicas de economía solidaria y con el perfeccionamiento de la labor misma. Como parte de este fortalecimiento, las mujeres de Choibá son maestras y extienden sus saberes y propósitos a través de procesos de formación en sus propios barrios (p.e., Villa España y El Reposo), donde se asentó gran parte de la población desplazada a finales de los años noventa. Sus casas se convierten en talleres satélites del taller principal de Choibá y epicentros para compartir y practicar aquello que se aprende en colectivo. En los últimos años, la violencia en esta zona urbana se ha intensificado como resultado de la disputa por el control territorial entre grupos paramilitares post desmovilización, bandas criminales y fuerza pública. Ello ha generado enfrentamientos, extorsiones, robos, microtráfico y asesinatos que afectan principalmente a jóvenes y mujeres en estos barrios (Calle, 2014).

En contextos así, el proceso de dar vida a las muñecas por medio de un trabajo en conjunto es aún más significativo. Cada integrante se encarga de un paso en la elaboración: mientras una corta los moldes de los cuerpos, otra los cose, una tercera los rellena, otras las visten, unas más se encargan de peinarlas y darles expresión bordando sus caras. En ese gesto de materializar el cuerpo en lo textil, ellas dicen que están también resaltando la fortaleza para resistir en medio del conflicto armado y la belleza negra y mestiza como parte de un trabajo de reconocimiento e identidad (Morenos Figueroa, 2013) que quieren transmitir a las nuevas generaciones. Se trata de un ejercicio que trasciende el hacer textil mismo, pues es valorado por otras mujeres negras para quienes esta pieza se convierte en un objeto identitario; pero también porque en ese hacer-cuerpo-textil estas mujeres se han ido haciendo ellas mismas (Pérez-Bustos, Chocontá Piraquive et al., 2019).

Estas mujeres aprendieron a coser o bordar antes de trabajar en colectivo y sus conocimientos se han potenciado en el hacer juntas, pues han redescubierto el aporte de esos saberes-herramientas para superar las dificultades (Hall y Jayne, 2016). Rubiela, por ejemplo, una de las modistas de Choibá, encargada también de confeccionar los pequeños vestidos de las muñecas, nos cuenta que de niña observaba a la distancia la forma en que su padre, que era sastre, pedaleaba la máquina de coser que tenían en su casa, movimientos que ella luego va a repetir en soledad para hacerse su primer vestido y que seguirá repitiendo luego, cuando compra su propia máquina de coser y sigue en la tarea de hacerse sus vestidos y de vestir a otras (Jones, 2001).7 Es desde allí que cabe entender cuando nos comparte que si fuera una herramienta textil, sería la máquina de coser.

En resonancia con esto, las otras mujeres de Choibá encuentran en el tejerse o coserse su propia ropa las prácticas más significativas de su trabajo textil (Jones, 2001; Quiceno Toro y Villamizar Gelves, 2020).

Entrevistadora: ¿Tienes alguna pieza textil, que hayas tejido, que sea como la que más te guste? Luz:8Me gustan todas. Todas, todas. Porque, mire las que tengo, y todavía tengo más por allá. Tengo una blusa que hice de dos colores hermosos, por allá la tengo también. Entrevistadora: ¿Y tú siempre has hecho cosas para ti? O sea, ¿desde que aprendiste te gustaba hacerte para ti? Luz: Sí, para mí (L. Romaña, comunicación personal, 28 de febrero de 2019).

Luz año a año se teje un vestido para el día de su natalicio como una forma de celebrar. Con ello embellece y reafirma su capacidad de inventarse la vida. En tanto que oficio, el ser modistas o tejedoras ha ayudado a las mujeres de Choibá a sacar adelante económicamente a sus familias, pero también se ha convertido en una forma de descubrir la creatividad que les habita y las capacidades que tienen, como maestras, para transmitir sus conocimientos textiles. En este sentido, todas ellas se refieren a las blusas que han cosido y las faldas que han tejido en crochet para sí mismas como las piezas textiles que más atesoran, pues en ellas han ido describiendo y forjando su propia capacidad de expresarse y superar las dificultades (Hall y Jayne, 2016).

La violencia no hace parte del pasado de estas mujeres; las situaciones propias de la urbanización del conflicto armado se entrecruzan a diario con violencias estructurales sin resolver que las afectan de formas cotidianas. Así, hacer con lo que hay a la mano y enseñar en las condiciones que se tienen, como trabajo a la vez doméstico, personal y colectivo, implica renovar una y otra vez los repertorios de cuidado de la vida y resistir creativamente a ciclos de violencia que parecen no tener punto final. Sobre esto nos comparte Yaneth:9Hay veces que una tiene momentos como de debilidad, está pasando dificultades, y uno se dice, ‘bueno, por qué no empleo este momento’, trato de pensar en la dificultad, y me pongo a crear algo con las manos” (Y. Mosquera, comunicación personal, 24 de febrero de 2019). Más que una forma de entretenerse, el hacer textil artesanal aparece en palabras de esta mujer como un recurso para transformar, trabajar el presente y hacer frente a sus momentos difíciles. Y en esa elaboración es que surge la creatividad, la cual se materializa en lo que de ese trabajo emerge. Una materialidad que describen siempre como bella y que resalta el carácter de goce y disfrute que también es central en esta labor: “Eso quedó hermoso… ¡Ay, pero qué cosa más linda!” (Y. Mosquera, comunicación personal, 24 de febrero de 2019).

Estos relatos no son individuales, el compromiso de replicar lo aprendido configura formas de hacerse a sí mismas, a sus familias y comunidades. Ellas conocen muy bien lo que significa la guerra y han experimentado la imposición de ese orden violento, pero también lo han aprendido a enfrentar desde su trabajo textil. Por eso, el sentido y valoración de las mujeres de Choibá por su trabajo y lo que este ha significado en la procura de ingresos económicos está unido estrechamente a las redes de trabajo comunitario en Quibdó, como la Red Departamental de Mujeres Chocoanas y la consolidación de la Feria Justa, Solidaria y Alternativa, espacio apoyado por la Diócesis, en la que se reúnen artesanos de Medio Atrato que con su hacer rescatan y promocionan saberes tradicionales. Así, estas mujeres con su trabajo avivan la solidaridad y refuerzan lo colectivo más allá de su propio grupo.

Dicho esto, su espacio doméstico, que sigue teniendo un significado importante, adquiere con las mujeres de Choibá otras dimensiones. “Allá en la máquina y en Choibá la misma historia” (E. Chaverra, comunicación personal, febrero 28, 2019), es una expresión de Edilma para dar cuenta de lo interconectados que están el trabajo que realiza en su casa y aquel del taller.10 En sus casas hay un espacio destinado a los bordados y proyectos conjuntos que se emprenden con las demás integrantes de artesanías Choibá, En medio del trabajo doméstico y de cuidado que está presente en su cotidianidad, las mujeres se reservan tiempos exclusivos para estas labores. El trabajo textil ha sido central en el sustento económico de sus familias, y sus ingresos les han permitido procurarse una casa propia, un espacio que con el desplazamiento y en medio de las precarias condiciones que impone la vida urbana, se pierde o se vuelve una posibilidad lejana. Es así que sus hogares son posibles por el trabajo colectivo en el taller de Choibá. Ese hacer textil a la vez colectivo y personal ha permitido reconstruir lo doméstico, como espacio, pero también como marco de relaciones que la guerra fracturó.

Esta capacidad creativa se puede ver en la manera en que estos haceres acompañan desde el disfrute también la existencia cotidiana de las mujeres Choibá, más allá incluso de su espacio doméstico y del taller. Ellas se visten con las piezas que confeccionan o tejen en sus casas para asistir a los encuentros o los cursos que imparten, de modo que su presencia en el espacio público está marcada por ese acto creativo (Figura 6) (Hackney, 2013; Jones, 2001). Ese gesto de autoafirmación es clave para su devenir como maestras, pues el ejemplo está presente en el vínculo que crean con sus aprendices, de manera que portar con orgullo lo que hacen es un gesto político de valoración por los saberes y capacidades que se tienen y que se pueden aprender. Ese hacer que les permitió sobrellevar el desplazamiento es el que ahora les da dignidad, no solo en términos económicos, sino también en una escala estética personal que se evidencia en la forma como portan sus creaciones y la satisfacción que les produce hacerlo. Al respecto, nos dice Edilma: “Yo siento satisfacción, alegría de que hice algo, porque cuando uno hace algo, y uno ve, ‘ay, me quedó bonito’, uno se siente satisfecho, se siente contento de lo que hizo” (E. Chaverra, comunicación personal, 28 de febrero de 2019). Estas palabras resuenan en lo que Yaneth entiende como un rescate de sí mismas, como un volver a sentirse capaces de seguir adelante, y la alegría que ello representa.

A raíz del desplazamiento, en todo lo textil, nosotras pudimos encontrar como esa paz, de lo que habíamos vivido, solo en lo textil, nos pudimos olvidar de todo lo que habíamos vivido, entonces yo creo que eso me genera un sentimiento muy bonito, no tanto, pues, por lo que vivimos, sino por lo que se logró rescatar; con lo textil rescatamos muchas cosas (Y. Mosquera, comunicación personal, 24 de febrero de 2019).

Figura 6 Izquierda, aguja de tejer insertada en el peinado de Luz mientras camina por las calles de Quibdó. Derecha, blusa tejida por una de las integrantes de Artesanías Choibá. Fotografías de Adriana Villamizar y Laura Junco. 

Tejedoras por la Memoria de Sonsón: abrigar la casa

Las mujeres de la vereda Perrillo, una de las tantas desaparecidas por la guerra en el oriente antioqueño, tejían en telar cobijas y ruanas con lana de oveja que abrigaron a varias generaciones sonsoneñas antes de tener que dejar su territorio. En algunos casos se llevaron sus telares en medio del desplazamiento forzado, pero ya sin ovejas, el oficio se ha ido extinguiendo. Las Tejedoras por la Memoria de Sonsón, quienes no han parado de hacer colchas desde hace una década, evocan esta tradición en su quehacer. Sus colchas abrigan a sus familias y al pueblo entero, y al unir un retazo con otro, cuentan sus experiencias y las juntan para darle algún sentido a los absurdos de la guerra.

Como señalamos antes, Sonsón no vivió desplazamientos masivos como los de las mujeres de Choibá a lo largo del río Atrato, ni se enfrentó a una toma guerrillera que destruyera parte del pueblo, como lo vivieron las mujeres de Guayacán, en Bojayá. En Sonsón, el desplazamiento forzado se vivió de forma graneada (Jaramillo, 2007) y es en ese contexto que tenemos que entender sus colchas y lo que ellas recogen y cuentan. El costurero de Tejedoras por la Memoria se ha ido forjando como un referente central de los procesos de construcción de memoria en el municipio. La persistencia y tenacidad de estas mujeres con sus agujas se convierten en una voz urgente en medio del silencio que prevalece en Sonsón frente a los hechos ocurridos en el conflicto armado.

El primer trabajo textil elaborado en colectivo por las tejedoras fue “La colcha de la reconciliación” (Figura 7), en 2010, mientras asistían a las audiencias libres para escuchar las declaraciones de los jefes de los grupos guerrilleros y paramilitares que tuvieron presencia en la región durante los años noventa.11 Ante la enorme dificultad de unir estas versiones y relatos en su búsqueda por la verdad y su reclamo por la justicia, esta colcha se convirtió en una posibilidad de transmitir lo ocurrido a muchas voces. Así, cada mujer elaboró un cuadro en la técnica de tela sobre tela y representó su deseo para el futuro, su esperanza de reconstruir la vida y sanar y recuperar lo perdido (Beltrán Hernández, 2019).

Figura 7 “Colcha de la reconciliación”. Elaborada en el año 2010, esta colcha se exhibe en el Salón de la Memoria de Sonsón y representa el proceso colectivo que las Tejedoras por la Memoria han construido para narrar su experiencia y componer sus sueños y esperanzas para abrigar la vida. Fotografía de Isabel González Arango. 

Esta colcha colectiva, y muchas otras que han realizado, tiene un correlato en el espacio de lo doméstico. Cuando llegamos a la casa de Olga12 para la reunión colectiva con el costurero, nos muestra una de las colchas que está haciendo en ese momento. Es una colcha de yoyitos, confeccionada a partir de círculos de tela doblados por el borde y fruncidos, que forman una roseta que luego se cosen entre sí (Figura 8). Estos círculos se hacen con sobrantes de telas de otros proyectos, una forma de reutilizar lo que está a la mano para producir con ello algo nuevo. Esta actividad puede ser comparada con el proceso de recuperación psicosocial luego de la pérdida de un familiar o del despojo de la tierra, pues implica recuperar retazos del mundo conocido que se ha roto y con paciencia y dedicación transformar el dolor y la indignación en fuerza creativa (Bello Tocancipá y Aranguren Romero, 2020). Olga vende su colcha de yoyos de la misma forma en que ha vendido muchas otras de las piezas textiles que hace, para con ello ayudar a sostener la economía doméstica.

Figura 8 Olga, en la esquina superior izquierda, sosteniendo su colcha de yoyos junto con sus compañeras del costurero Tejedoras por la Memoria de Sonsón. Fotografía de Isabel González Arango. 

Les hice la ropa a mis hijas con esa maquinita de manubrio (como moliendo maíz, a pura mano)” (O. Soto, comunicación personal, 6 de junio de 2019), nos cuenta mientras nos muestra la máquina que está en su cuarto de costura y entre medio nos va relatando la vida (Russell, 2014): “Hacía ropa para salir a vender, por ahí, como un cacharrero. Yo le cosía a las vecinas… era la costurera”. Una costurera que además no solo remendaba ropa, sino que curaba. “Por allá se cortaba alguien y volaba para la casa, pues allí yo mantenía el botiquín… Yo era la de todo... remendaba, cosía, curaba, aconsejaba” (O. Soto, comunicación personal, 6 de junio de 2019). El relato de Olga da cuenta de relaciones vecinales estrechas que son características de comunidades campesinas y resultan fragmentadas con el desplazamiento forzado. El espacio del costurero y los vínculos de amistad y solidaridad que allí han construido las mujeres han sido pilares de la estabilidad de este proceso.

Asimismo, esa relación entre coser y curar, como prácticas de cuidado, se transfiere de forma particular a las colchas de Olga: “Mi marido no llevaba una cobija a la casa, no llevaba un tendido para una cama, yo hacía todo eso, tendía las camas con colchas de retazos. Mi hermana Soledad trabajaba en una empresa de costura y allá le daban retazos y ella ahí mismo me los mandaba y hacía colchas con pedazos de tela toalla” (O. Soto, comunicación personal, 6 de junio de 2019).

Recogiendo lo que quedaba por ahí y a nadie parecía servirle, esta mujer confeccionaba a mano el abrigo que necesitaba su familia. La modalidad con que se desarrolló el desplazamiento en Sonsón enfrentó a muchas familias a experiencias que se procesaron de manera solitaria. En este sentido, la participación de las mujeres en el costurero en organizaciones como la Asociación Municipal de Víctimas por la Esperanza de Sonsón permite que juntas puedan construir un espacio comunitario y ser entre ellas cobijo para procesar el despojo y enfrentar el reasentamiento.

En la escala doméstica, las colchas les han permitido también plasmar sus vínculos con el territorio que tuvieron que dejar. Este es el caso de aquellas que tejen con hilaza de algodón. Se trata de piezas que recogen una historia de trabajo en el campo, de interdependencia y ayuda mutua al interior de los núcleos familiares, que vinculan lo que sucede en la casa con lo que pasa en la parcela que se cultiva. Así, Olga, Blanca y Aída nos narran cómo recuperan y aprovechan los hilos de algodón con los que cerraban los costales de alimento para animales.13 Esta actividad para ellas fue una forma de procurarse el material necesario para elaborar sus colchas o cortinas sin que esto implicará un gasto en la economía doméstica.

Estas colchas que hacen las mujeres de Sonsón son útiles en muchos sentidos: al venderlas consiguen aportar a la economía doméstica; al hacerlas para sus casas, proveen dignidad al espacio que habitan y su hacer les permite despejar la mente y las fortalece en una escala subjetiva. Es como si al hacer colchas de retazos (retazos de tela o de hilo), ellas se hicieran también, se abrigaran desplegando su capacidad creativa. Algunas de estas colchas han estado acompañando procesos de duelo como es el caso de Blanca, quien hizo varias para sobrellevar el asesinato de su esposo. Otras se hacen para fortalecer los vínculos familiares luego de las pérdidas sufridas, como pasa con Luz Dary,14 quien con cuadros bordados en puntada española elaboró una colcha como regalo de matrimonio para su hija mayor, en un gesto de cuidado para ella y para embellecer la casa y la familia que comenzaba.

Sonsón ha sido un municipio receptor de población desplazada. Las redes de apoyo familiar y las diferencias entre lo que ocurría allí y lo que ocurría en sus veredas hacían considerar la cabecera municipal de Sonsón como un sitio más seguro y que de alguna forma evitaba la migración a Rionegro o Medellín, percibidos como contextos urbanos desconocidos y hostiles. Las familias campesinas poseen un arraigo muy fuerte con su tierra. Como nos comparte Alicia, tras haber tenido que abandonar su finca,15nosotros [a] diario en el campo, nacidos en el campo, criados allá y sin luz y sin nada... ¿Qué les hacía falta de allá? Nada, nada, el que trabaja en el campo tiene la panela, el revuelto, el frijol, maíz, carne, todo. Yo no era capaz como de vivir aquí…” (A. Mejía, comunicación personal, 7 de febrero de 2019). Ante estas circunstancias y las pérdidas que ya no se pueden reponer, las mujeres del costurero se arraigan a su casa, esa misma que abrigan con sus colchas y que les permiten acompañar una transición forzada a una vida en el pueblo. Estos haceres textiles se convierten en formas de resistencia. La casa y la vida campesina representadas en cuadros bordados que se exhiben en este nuevo espacio, los altares adornados con carpetas tejidas en donde van las fotos de sus hijos o esposos asesinados, las colchas que cubren el lecho de quien ya no está son formas materiales de denuncia cotidiana sobre aquellas pérdidas y desarraigos irreparables que deja la guerra. Hacer memorias de lo vivido es un acto que involucra el propio espacio vital. La casa que se empieza a habitar da así cuenta del hogar y la tierra que tuvieron que ser abandonados.

Así, las casas de las mujeres de Sonsón se vuelven espacios de memoria que albergan y exhiben piezas que narran y a la vez resignifican hechos del conflicto (Figura 9). Ejemplo de esto es la casa de Virgelina,16 que apareció ante nuestros ojos como un museo textil de la memoria: “Cuando estaba haciendo esa cobija, llegó la guerrilla. Sí, estaba haciendo la mitad, cuando dizque que disparando las cruces. Y yo le decía al esposo mío, ¿qué hay por ahí que están disparando? Y claro, estaba la guerrilla metida...” (V. Sabina, comunicación personal, 6 de junio de 2019).

Figura 9 Cuadro crochet (izquierda) y piezas textiles que abrigan la casa de una de las integrantes del costurero de Sonsón. Fotografías de Camila Padilla. 

Las Tejedoras por la Memoria de Sonsón cuentan con el salón de la memoria, un espacio abierto al público y localizado en la Casa de la Cultura, que abriga las memorias de todo el municipio. En este lugar, dispuesto como la sala de una casa para el encuentro y la conversación, se reúnen todos los lunes. Allí se albergan las piezas más importantes del costurero, que son exhibidas para que visitantes, transeúntes, niños y jóvenes logren juntar los pedazos, articular los recuerdos y construir sentidos sobre lo que ha significado el conflicto armado en el municipio (Beltrán Hernández, 2019; González Arango, 2015). Este espacio de memoria alberga y exhibe públicamente las piezas que estas mujeres han elaborado y ya han expuesto en sus propias casas, para dotarlas de nuevo sentido una vez que se disponen y entregan a todo el municipio en una casa pública, en una casa de puertas abiertas.

Este esfuerzo colectivo por tejer y coser para sus casas y de crear memorias colectivas públicas sobre lo sucedido nos habla de echar raíces, de resistencias cotidianas frente al despojo. Estas colchas configuran como habitables y propios espacios domésticos y públicos desde los que se recupera y recuerda lo perdido, constituyéndose en textiles testimoniales cotidianos, artefactos domésticos de la memoria que sirven como recordatorio de su capacidad de rehacer los mundos perdidos o de crear mundos nuevos (Andrä et al., 2019).

Conclusiones

En este artículo hemos buscado dar cuenta de las formas en las que el hacer textil, en su diversidad, permite la invención de la vida por parte de mujeres que han sido víctimas del conflicto armado en Colombia. En este sentido, hemos mostrado de qué modo el remendar, el embellecer y el abrigar son haceres textiles que dan continuidad a la existencia cotidiana en contextos de violencia y que se articulan con aspectos espirituales y religiosos tanto como de profundo disfrute personal. Estos tienen matices particulares en las biografías de cada una de las mujeres con las que conversamos, y así mismo configuran formas de resistencia propias de los colectivos de los que ellas hacen parte. Sin embargo, en su materialidad, estos haceres no están aislados, sino que deben entenderse entrelazados: hacer colchas es una forma de remiendo y el remendar se realiza para sostener aquello que está roto, embelleciéndolo. Esto nos permite pensar que estos haceres constituyen un universo simbólico para quienes los encarnan, en sentido colectivo; esto es, en tanto que reúnen a estas mujeres distintas, incluso en la distancia de las montañas y los ríos que las separan físicamente. Veamos esto con un poco más de detalle.

Las colchas de retazos que realizan las mujeres de Sonsón son maneras de recuperación material que están íntimamente ligadas con los remiendos. Por una parte, el remendar es una tarea que se hace en paralelo al hacer colchas. “Yo remiendo y remiendo, no hago nada nuevo”, nos comparte Aída luego de contarnos sobre su colcha con retazos de hilazas (A. Henao, comunicación personal, 5 de febrero de 2019). Por otra parte, para hacer sus colchas estas mujeres utilizan lo que sobra de la ropa que están arreglando y con esto le dan nueva vida a algo que no sirve, lo que es muy similar al sentido que se le da al remendar en el caso de Bojayá. Es así como en este municipio chocoano el hacer colcha como forma de remendar también está presente. Tanto Noriz como Ereiza han hecho piezas con retazos para proveerse de bienestar personal, pero incluso como forma de recordar, como Blanca y Virgelina en Sonsón, a los seres queridos que la guerra les ha quitado. En este sentido este hacer las ha cobijado, proveyendo consuelo y haciéndolas más fuertes. Lo que tiene dimensiones espirituales importantes que se reflejan en el papel que en todos los casos ha tenido la Iglesia católica y en especial la oración como práctica sanadora y de sostén, asunto que podría trabajarse en futuras investigaciones.

Ahora bien, el remendar, en un sentido más metafórico, también es retomado en otros haceres como en el caso de Luz en Quibdó, quien construyó su casa con retazos que trajo de su tierra en el momento de ser desplazada. Al remendar su hogar, como una colcha, y con ello hacer memoria de lo vivido, Luz provee de dignidad a su hogar. Como ella sus compañeras de Choibá también remiendan, “a veces por que toca”, nos dice Edilma (E. Chaverra, comunicación personal, 28 de febrero de 2019), pero siempre recuperando las ropas desgastadas, adornándolas y dejándolas como nuevas.

Ahora bien, estos haceres textiles que se conectan entre sí, y con ello entrelazan las biografías de mujeres en uno y otro municipio, están también orientados a la producción de belleza. No se remienda o hacen colchas con un sentido meramente funcional, se recupera la ropa o abriga la casa generando piezas textiles que embellecen el cuerpo y el hogar, lo que por su parte contribuye a un bienestar en la escala emocional y doméstica que llena de dignidad la vida despojada, permitiendo seguir adelante también desde el disfrute; allí su principal fortaleza y resistencia frente a la continuidad de la guerra.

Además de descubrir cruces entre estos haceres, la aproximación metodológica que posibilitó este artículo también nos permite concluir identificando otras dos formas en que las vidas de estas mujeres están entretejidas. Por una parte, el hablar sobre cómo el hacer textil atraviesa sus vidas y el hecho de confeccionarlo en sus espacios domésticos hizo posible identificar de qué manera el trabajo político que realizan desde los colectivos y que ha sido documentado en otros estudios (González Arango, 2015; Villamizar Gelves, 2018; Beltrán Hernández, 2019; Quiceno Toro y Villamizar Gelves, 2020) se despliega de forma concreta en la intimidad de sus casas. Así, los textiles testimoniales, colectivos y personales que se inician en el trabajo colectivo para construir memoria sobre el conflicto se van terminando en el trajín del trabajo doméstico y entre las costuras que se realizan para sobrevivir y dignificar sus espacios y cuerpos. En este sentido, hay una dimensión de hacer material de estas piezas que conecta el trabajo político en dos geografías complementarias: los escenarios de trabajo colectivo con los personales de la casa. Ello contribuye a repensar la tensión público-privada que ha sido ampliamente discutida desde los estudios de género, en este caso, en lo relativo a la comprensión de las formas de resistencia política en contextos de conflicto, subrayando la forma en que la espacialidad doméstica -entendida no solo como la casa, sino lo que en ella se hace y cómo eso que se hace allí da sentido a este espacio y a quienes lo habitan- participa activamente en la construcción de las subjetividades políticas de mujeres organizadas, en este caso en torno a formas de activismo textil (Pérez-Bustos, Sánchez Aldana y Chocontá Piraquive, 2019).

Una segunda conclusión que proponemos y que se ancla a la entrada textil-biográfica explicada en la introducción de este texto tiene que ver con las formas en que su hacer textil en colectivo, vinculado con lo político, se despliega en un espacio personal mucho más íntimo, el del pensamiento propio. Aquí queremos resaltar que los haceres textiles sobre los que ha versado este artículo tienen la fuerza de ir configurando formas de entender y explicar las secuelas del conflicto para estas mujeres. Se remienda para sobrevivir en un sentido material, pero para hacerlo emocionalmente también, para sanar, y en ese acto volverse más fuertes, resistir frente al dolor profundo de la pérdida. Se confeccionan ropas y muñecas como un emprendimiento solidario y colectivo, pero en ese trabajo textil cotidiano de encontrarse y apoyarse mutuamente, de enseñarse puntadas, y de activar la creatividad propia, estas mujeres van ganando autonomía y reconocen su capacidad de crearse ellas mismas, lo que en un contexto de despojo es fundamental para seguir adelante. Se juntan retazos para proveer de abrigo el lecho, pero en ese ejercicio se compone también el espacio vital, se reúnen fuerzas, como retazos, cuando ya se siente que todo ha sido arrebatado. Es con eso que sobra que se cosen colchas y con ese hacer que la vida misma, desgastada por el desplazamiento y el dolor, se contiene. Así, estos haceres hacen materialmente un andamiaje conceptual propio, un pensamiento textil (Pajaczkowska, 2016) desde el cual cada una de ellas da sentido y explica la forma en que sus vidas se han ido inventando después de los hechos victimizantes y en la continuidad de la violencia en sus municipios. Con esto, remendar, embellecer y abrigar son maneras propias, personales y a la vez profundamente colectivas, que contribuyen a alcanzar formas de reparación que no llegan por vías institucionales, a la vez que son actos creativos que les permiten salir de la aflicción que les es impuesta y lidiar con la incertidumbre de la continuidad de la guerra, confiando siempre en que la vida sigue siendo posible.

Agradecimientos

Este artículo se enmarca en la investigación “Remendar lo nuevo: practicando reconciliaciones a través del quehacer textil y la memoria digital en la transición al postconflicto de la Colombia rural”, código Hermes 40477, financiada por el Ministerio de Ciencia y Tecnología de Colombia. Agradecemos a las mujeres de los colectivos, en quienes se inspiran estas líneas. La escritura de este texto contó con el apoyo inicial en la sistematización de Carolina Rincón y Alejandra Martínez y con la lectura cuidadosa de Lucy Suchman, Jonnet Middleton, Natalia Quiceno y Adriana Villamizar, a quienes agradecemos sus aportes.

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1Nació en Vegaez, poblado del municipio de Vigía del Fuerte en el departamento de Antioquia. En 2005 fue desplazada forzosamente hacia Quibdó y meses después hacia Bellavista. En la primera colcha que elaboró, reposan los nombres de sus dos hijos, reclutados y fallecidos. Tiene 51 años.

2Rosa, fundadora del grupo Artesanías Guayacán, se ha formado en acompañamiento psicosocial y ha encontrado en los haceres textiles la pedagogía para remendar los daños de la masacre del 2 de mayo. Es una de las cuidadoras del Cristo mutilado, figura religiosa remendada que representa el valor de reparar lo roto y lo que se consideraba perdido y que conecta su trabajo textil con su trabajo religioso.

3Ereiza, a través del canto, la cosecha y la costura, a sus 60 años continúa reinventándose y expresando los dolores sufridos por la muerte de un hijo, la masacre del 2 de mayo y los desplazamientos constantes a causa de la guerra.

4Leonor nació en Bahía Cupica, corregimiento del municipio de Bahía Solano, Chocó. Recorrió diferentes territorios aserrando madera hasta llegar a Bojayá, donde sobrevivió a la masacre del 2 de mayo. A sus 65 años es reconocida por su gran habilidad en el bordado de pájaros y palmeras, labor que realiza en su patio acompañada de sus plantas y animales (L. Lozano, febrero 19, 2019). La reseña biográfica de Noriz está en la nota al pie 2.

5Desplazada por la violencia del Urabá en 1986 y hoy habitante de Bellavista, es una de las sobrevivientes junto a sus dos hijas de la masacre de Bojayá. A sus 62 años, tiene afecciones en su columna y clavícula, pero sigue tejiendo como una forma de afrontar las heridas que con los años se acumulan en el cuerpo, la memoria y el corazón.

6Proveniente de Carepa, Antioquia, es hija de Rubiela, fundadora del grupo Choibá. Junto con ella afrontó los daños de los desplazamientos vividos antes de asentarse en Quibdó. A sus 26 años ha heredado el gusto por lo textil de su madre y de las compañeras de Choibá.

7Rubiela es una de las fundadoras del grupo Artesanías Choibá. Nació en Apartadó, Antioquia, y como sus compañeras, fue víctima del desplazamiento forzado, por lo que navegó 11 días desde Turbo pasando grandes necesidades hasta llegar a Quibdó (R. Quinto, marzo 2, 2019).

8El conflicto armado le arrebató a su esposo y a un hermano y tuvo que desplazarse en 1998 desde el municipio de Riosucio, en el bajo Atrato, hasta Quibdó. A sus 71 años, recuerda la estigmatización y el señalamiento que vivió por ser desplazada. La casa donde reside actualmente la construyó con sus propias manos y con materiales que recuperó de su antiguo hogar.

9Nació en Riosucio, Chocó, donde aprendió de su abuela Rosa la costura y fabricación de muñecas. A sus 35 años ha sufrido más de un desplazamiento. En 1998 llegó a Quibdó junto con sus hijas. Su pasión por tejer, bordar y diseñar nuevos proyectos textiles, como la ropa para ella misma, ha sido el sostén y la fuerza para seguir adelante.

10Llegó a Choibá de la mano de su madre, ­Lucy Jiménez (+), fundadora del grupo. A sus 53 años recuerda que en su desplazamiento desde Riosucio hasta Quibdó en 1998, lo primero que empacó fue su máquina de coser, compañera fiel y herramienta que le ha permitido rehacer la vida, construir la casa y levantar a su familia.

11Estas audiencias se dieron en el marco de la Ley de Justicia y Paz (2005). En el municipio de Sonsón se realizaron principalmente con la participación de jefes de los grupos paramilitares.

12Nació y creció en la vereda La Aguada del municipio de Argelia, vecino de Sonsón. Los oficios textiles son parte de su cotidianidad. Muestra de ello es la aguja de crochet que siempre lleva en su bolso. A sus 69 años, valora el saber aprovechar los materiales, así como las oportunidades que le ha dado la vida, especialmente luego de ser víctima del desplazamiento forzado y la violencia de género (O. Soto, junio 6, 2019).

13Blanca (63 años) llegó a la cabecera municipal de Sonsón desplazada de la vereda Los Potreros, lugar donde además asesinaron a su esposo. Para ella los oficios textiles han sido compañía (B. Sánchez junio 8, 2019). Aída (57 años) proveniente de la vereda Yarumal en Sonsón, ha atravesado episodios de violencia de género y violencia urbana cuando vivió en Medellín. Las agujas, hilos, telas y el compartir con sus compañeras del costurero han transformado el dolor en esperanzas para seguir tejiendo la vida (A. Henao, febrero 5, 2019). Ver la nota al pie 12 sobre Olga.

14A sus 45 años, ha encontrado en la aguja y la tela el apoyo psicológico que le ayuda a superar las penas y recuperar la confianza para reconstruir la vida luego del asesinato de su esposo. Es una de las lideresas del costurero (L. Osorio, junio 4, 2019).

15A sus 62 años, recuerda con nostalgia e indignación el desplazamiento forzado de su finca en la vereda La Ciénaga, así como la privación de su libertad a causa de señalamientos injustificados, y cómo por ello tuvieron que pagar también su esposo e hijos.

16Virgelina, de 75 años, es tejedora de crochet. Añora la vida campesina que dejó en la vereda el Rodeo de Sonsón a causa de la presencia y amenazas de la guerrilla que la desplazó en el 2007.

Recibido: 22 de Septiembre de 2020; Aprobado: 07 de Abril de 2021

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