SciELO - Scientific Electronic Library Online

 
 número31Plazas para los antepasados: Descentralización y poder corporativo en las formaciones políticas preincaicas de los Andes circumpuneñosInteracciones étnicas e indicadores de desigualdad social en el Cementerio de La Falda (SJTil 43), Tilcara, Jujuy índice de autoresíndice de materiabúsqueda de artículos
Home Pagelista alfabética de revistas  

Servicios Personalizados

Revista

Articulo

Indicadores

Links relacionados

Compartir


Estudios atacameños

versión On-line ISSN 0718-1043

Estud. atacam.  n.31 San Pedro de Atacama  2006

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-10432006000100007 

Estudios Atacameños N° 31, pp. 91-114 (2006)

 

Acerca de complejidad, desigualdad social y el complejo cultural Pica-Tarapacá en los Andes Centro-Sur (1000-1450 DC)1

 

Mauricio Uribe R.2

2 Departamento de Antropología, Universidad de Chile. Ignacio Carrera Pinto 1045, Ñuñoa, Santiago, CHILE. Email: mur@uchile.cl


RESUMEN

El propósito principal de este trabajo es revisar los conceptos de complejidad y desigualdad social, intentando comprender arqueológicamente los sistemas que desarrollaron las poblaciones de los Andes Centro-Sur durante el Período Intermedio Tardío, en el caso particular del Complejo Cultural Pica-Tarapacá del Norte Grande de Chile. Se discuten aquellas propuestas que plantean a la sociedad andina post-Tiwanaku y pre-Inca como expresiones de una sociedad jerarquizada y/o segmentaria que desarrolló complejos mecanismos económicos, identitarios y étnicos con el propósito de mantener supuestas ideas de comunidad, solidaridad e igualdad. El panorama planteado aspira a contribuir al registro, comprensión y discusión sobre la evolución social de las sociedades centro-sur andinas, enfrentando diferentes materialidades en el marco espacial de Tarapacá, y los ejercicios reflexivos de la arqueología en torno a estos sustantivos temas de la teoría social.

Palabras claves: Complejo Cultural Pica-Tarapacá - Período Intermedio Tardío - evolución complejidad y desigualdad social.


ABSTRACT

This paper's main purpose is to review the concepts of social complexity and inequality in order to reach an archaeological understanding of the systems developed by South Central Andes populations during Late Intermediate Period, on the basis of the case of the Pica-Tarapacá Cultural Complex in Chile's Norte Grande. We discuss the proposals that consider that post-Tiwanaku and pre-Inca Andean were highly segmented and/or hierarchical societies, that developed complex economic, identity and ethnic mechanisms with the purpose of maintaining ideas of community, solidarity and equality. Our work seeks to contribute to the recording, understanding and discussion of social evolution in South Central Andean societies, and by confronting different materials in the spatial framework of Tarapacá, as well as the reflective exercises of archaeology around these substantial social theory topics.

Key words: Pica-Tarapacá Cultural Complex - Late Intermediate Period - evolution, complexity and social inequality.


Introducción

Al sur de Arica y sus valles comienza una región arqueológica diferente, en cuyo paisaje se van configurando cuatro ámbitos subregionales que de antigua data han regulado el carácter y tipos de asentamientos humanos (Schiappacasse et al. 1989: 202-204). El altiplano con estepas de pastos duros y bofedales, cuencas y salares interiores óptimos para la caza y el pastoreo (p.e., Coposa y Huasco), limitado hacia el poniente por el cordón montañoso que origina una divisoria de aguas de gran potencial hidráulico y agrícola. Luego, aparece el plano inclinado que desciende hasta la Pampa del Tamarugal con unas 23 quebradas entre las de Camiña o Tana y el río Loa, alternadas por el desierto absoluto. Estas quebradas interrumpen su curso en un tercer ámbito, correspondiente a la depresión conocida como la Pampa del Tamarugal, cuenca endorreica de relleno aluvial donde se han formado mantos subterráneos de agua que mantuvieron una gran formación forestal. La Pampa, por su parte, queda cerrada hacia el occidente por el cordón montañoso de la Cordillera de la Costa, el que presenta un fuerte acantilado con estrechas plataformas o playas, salvo por Tana-Camiña y el Loa, casi sin recursos de agua corriente. Esto deja un litoral muy desértico, pero altamente rico en recursos marinos de recolecta, pesca y caza, mantenidas por aguadas y la densa neblina costera o camanchaca.

Las sociedades que habitaron Pica y Tarapacá durante el Período Intermedio Tardío han sido definidas como señoríos, sociedades de prestigio y rango, situación supuestamente compartida por las poblaciones del Norte Grande de Chile y, en general, por las sociedades de los Andes Centro-Sur (Núñez 1979; Schiappacasse et al. 1989; Núñez y Dillehay 1995 [1978]). Estos señoríos, en tanto sistemas sociales, perseguirían un interés básico de las poblaciones andinas, correspondiente a la autosuficiencia o sustentabilidad social y económica, soportada sobre complejas estructuras sociales y refinados mecanismos de complementariedad ecológica e interacción étnica (Murra 1972 y 2002; Núñez y Dillehay 1995 [1978]).

Dentro de este marco, el proceso de evolución social de las poblaciones andinas resultaría, para el período comprendido entre la desintegración de Tiwanaku y el surgimiento del Tawantinsuyu, en la constitución de estos señoríos, definidos tradicionalmente a partir de la existencia del ayllu o hatta y la interacción social basada en relaciones de reciprocidad y redistribución (Alberti y Mayer 1974; Santoro 1995). Este sistema de interacción, que permitía el acceso y la circulación a recursos y objetos, habría tenido como protagonistas un cierto nivel de esferas políticas compartidas con otras etnias, originando sistemas que los arqueólogos han denominado de "movilidad giratoria" y "complementariedad reticular", entre otros (Núñez y Dillehay 1995 [1978]; Llagostera 1995; Santoro et al. 2001). De acuerdo a los trabajos de Murra (1972, 1983 y 2002), estas etnias o naciones andinas se conciben como poseedoras de una organización corporativa dual, conformada por grupos sociales divididos en mitades o parcialidades de ayllus, social y/o políticamente opuestas o desiguales, pero complementarias. Estas parcialidades se integrarían en niveles jerárquicos de complejidad creciente, que manifestarían gran eficiencia en el manejo de la fuerza de trabajo, sin la mediación necesaria de un aparato burocrático, cívico, religioso y/o militar. Estos grupos de base habrían estado ligados por lazos de parentesco, reciprocidad y redistribución con sus líderes o cabezas y, a través de ellos, con otras unidades étnicas generando una armonía social y dando la idea de escasa desigualdad, al menos coincidente con lo material (Núñez y Dillehay 1995 [1978]; Schiappacasse et al. 1989).

La anterior concepción se constituyó en una suerte de paradigma de las sociedades andinas preincaicas, empleando como armazón teórico el auge experimentado por los estudios etnohistóricos andinos, especialmente a partir de las contribuciones de Murra (1972 y 2002) y sus estudios sobre las sociedades agropecuarias del altiplano. Sin embargo, nuestra lectura observa que lo que en un principio se constituyó en un fundamental estímulo para la arqueología de las sociedades andinas y el ejercicio interdisciplinario, en la actualidad se expresa en la carencia de interpretaciones sobre los sistemas sociales del Intermedio Tardío a partir de la cultura material propiamente tal producida por estas poblaciones, aplicándose casi sin crítica los modelos etnohistóricos (Llagostera 1976; Uribe 1999-2000). Al contrario, los restos arqueológicos han sido utilizados para fortalecer el modelo previo sin una cuidadosa exposición de la forma en que ellos se han interpretado y obviando interesantes aportes surgidos de las arqueologías interpretativas en el estudio de la complejización de los sistemas sociales y la dinámica del poder (Miller y Tilley 1984; Gutiérrez 1990; Earle 1991).

De hecho, las debilidades de estos modelos han sido expuestas por sus mismos autores quienes señalan, por ejemplo, que la movilidad giratoria:

"...tiene limitaciones obvias. Se concentra, casi exclusivamente, en aspectos económicos y demográficos del área de estudio, proporcionando escasa información sobre organización política o social. Existen razones para esto. Se ha trabajado tan poco en áreas de actividad intra e intersitios, patrones de asentamiento y de residencia, y bienes de estatus de grupos de élite y no-élite, que sólo es posible especular acerca del tipo y nivel de la organización social y política que existió..." (Núñez y Dillehay 1978 [1995]: 150; subrayado es nuestro).

Frente a esto, nuestra hipótesis es que las sociedades andinas post-Tiwanaku y pre-Inca, como otras de Arica y Atacama, pueden ser concebidas como sociedades segmentarias y jerarquizadas (Albarracín 1996), que desarrollan diversos y complejos mecanismos para mantener una idea de igualdad y contener el surgimiento de la estratificación o el Estado (Clastres 1978). Bajo la Teoría de la Práctica (Bourdieu 1977 y 1979) y asumiendo los planteamientos de Platt (1987: 98), en cuanto a que en los Andes "la jerarquía estaba -paradójicamente- al servicio de la igualdad", creemos más bien que estos mecanismos buscaban la fragmentación poblacional y la complementariedad de recursos para mantener una tensión social; mostrando un equilibrio o armonía en las comunidades de los Andes Centro-Sur que, como hemos planteado en otros casos (Uribe y Adán 2005 Ms), ayudaba a ocultar ideológicamente sus propias contradicciones y profundas desigualdades sociales.

Por lo tanto, en esta oportunidad, nuestro objetivo es aportar un marco teórico que parece más adecuado para el estudio arqueológico de la complejidad social y la desigualdad en esta parte de los Andes. Creemos que la presentación de este marco de referencia es consistente con la hipótesis planteada previamente, con las limitantes del ambiente desértico extremo, así como con los datos preexistentes y nuevos que estamos obteniendo en un caso particular como el Complejo Cultural Pica-Tarapacá (Figura 1).3 De acuerdo a la evidencia que ahora tenemos, las interpretaciones tradicionales sobre los sistemas sociales durante el Período Intermedio Tardío, que se reducen al concepto de señorío (Núñez 1984), nos parecen insuficientes y requirentes de una reflexión teórica más profunda y explícita. En suma, en este trabajo enfatizamos la reflexión acerca de los supuestos que comparte nuestra investigación, ordenando la presentación en dos pasos: primero lo teórico respecto a la desigualdad social, luego una síntesis de nuevos datos, para terminar discutiendo en torno a sus relaciones y consecuencias para la arqueología de las sociedades tardías de Tarapacá.

Figura 1. Mapa de la región geográfica y cultural de Tarapacá, con los principales sitios arqueológicos mencionados en el texto.

Paso I: Del reconocimiento de la desigualdad social en arqueología

El problema y el caso que estamos tratando en esta oportunidad se vincula con lo que analíticamente la arqueología ha concebido como sociedades complejas, es decir, en oposición a aquellas sociedades que se consideran simples, como las de cazadores recolectores, con grupos pequeños, más bien móviles, y donde el sistema de parentesco conformaba una organización empleada para resolver la estructura social, económica, política o de otra índole, hasta que esas poblaciones se convirtieron en agricultores y pastores dando predominio a la vida sedentaria y grandes grupos sociales (Adams 2000). Dicha situación, tradicional e históricamente ha sido entendida como la "Revolución Neolítica" e incluso como una "Revolución Urbana" que habría dado paso a la "Civilización" (Childe 1988 [1925]). Sin embargo, mucho se ha discutido acerca de lo apropiado de todos estos términos (complejidad, revolución neolítica y urbana, civilización y Estado), tanto dentro como fuera de la antropología y la arqueología (Wenke 1981; Rowlands 1989; Ember y Ember 1997).

Pero más allá de continuar esta discusión, compartimos la idea de que las sociedades complejas representan una forma de realidad histórica y cultural cuyos orígenes tuvieron una evolución o devenir autóctono en distintos puntos del planeta y que no debieron nada de su nueva complejidad a culturas o poblaciones externas (Adams 2000). De este modo, se sucedieron e incorporaron ancestrales desarrollos aldeanos que se caracterizaban por un limitado número de personas, un gobierno consensual, creencias populares e intercambios económicos restringidos de productos básicos y manufacturas, hasta alcanzar una gran especialización económica, sistemas religiosos institucionalizados, tomas de decisiones centralizadas en organizaciones proestatales dentro de una estructura social excluyente, en que pequeños grupos asumieron el control y administración por sobre una gran masa poblacional y amplios territorios, llegando a surgir un patrón de asentamiento urbano y, finalmente, ciudades. Todas las formaciones sociales como culturales, en definitiva, quedaron organizadas de manera jerárquica y claramente desigual, por lo que las sociedades de castas y clases basadas en el estatus religioso y político se convirtieron en la norma de la estratificación (Johnson y Earle 2000).

Como Flannery (1975) y Cordy (1981) han planteado, la naturaleza del cambio en la evolución cultural debe ser establecida antes que sus causas, ya que nosotros no podemos tratar directamente con las fuerzas materiales y sociales que causaron la evolución. Asimismo, debemos evitar las categorías tipológicas esencialistas que nos fuerzan a pensar la evolución cultural en tanto sociedades simples vs. sociedades complejas, cazadores recolectores vs. productores de alimentos, no-estatales vs. estatales, no en términos dicotómicos, sino dialécticos. La mayoría de los acercamientos a la evolución social han sido tipológicos, desde Marx y Engels (Engels 1971) o Morgan (1987 [1877]) hasta Fried (1967) y Service (1975), se distinguen sociedades igualitarias y desiguales que pasan por una secuencia de estadios progresivos que han derivado en esquemas de desarrollo sociopolítico. Posteriormente, varios antropólogos han criticado estos enfoques desde perspectivas evolutivas multilineales (p.e., Stewart 1949, 1955; Wright 1977; Sanders y Webster 1978). Plog (1974 y 1977), más aún, indica que esto conlleva a una forma de mirar el cambio como unidades discontinuas y no como un flujo continuo, sin embargo, se ha mantenido el uso de estas categorías. Todo esto fuerza a subsumir un amplio rango de procesos evolutivos bajo una única etiqueta (p.e., banda, tribu, jefatura, Estado), asumiendo que todos los aspectos de la cultura siguieron el mismo trayecto y en modos equivalentes, llevando a reduccionismos y mecanicismos extremos. No obstante, hoy se acepta que la evolución social existe y comprende distintos grados de complejidad, diversidad cultural y desigualdad social (Johnson y Earle 2003).

Desde Marx en adelante se entiende complejidad y estratificación como equivalentes, donde la gente se ordena de acuerdo a su relación de propiedad con los medios de producción, donde la lucha de clases mueve la evolución y hace la historia. Dentro de este marco, la desigualdad significa una distribución diferencial de las personas en una escala de parámetros sociales, generando diferencias entre niveles de acceso a ellos, donde la distribución de los recursos y bienes materiales parecen representar ese acceso desigual. Por lo tanto, la visión tradicional es que la mayor heterogeneidad conduce a mayor desigualdad, lo que se grafica en la típica pirámide social. Desde la antropología y la arqueología, Flannery (1975) representa lo anterior a través de grados de segregación y centralización social, dados por un incremento de niveles o flujos de información en un sentido vertical tipo pirámide social, explicando ambientalmente el cambio. No obstante, una reflexión más crítica discute estas miradas etnocéntricas, lineales y reduccionistas (Wenke 1981).

Ya que las diferencias entre las sociedades incluyen aspectos como la diferenciación y la desigualdad social, la idea es centrarse en la caracterización de este cambio a través de la dialéctica de dichos constituyentes para un adecuado tratamiento arqueológico (McGuire 1983). Heterogeneidad o diferenciación, según Blau (1977), correspondería a la amplia distribución de roles y estatus dentro de la sociedad. Desigualdad, por su parte, compromete el acceso diferencial a los recursos materiales y sociales según la heterogeneidad de roles y estatus de esa sociedad (Blau 1977). Esto se traduce en ejes horizontales y verticales con sus respectivos valores que estructuran históricamente una organización y cuya interacción genera modos evolutivos particulares y múltiples. En este sentido, es común que la complejidad comprenda variados grados de diferenciación socioeconómica y política al interior de una sociedad que depende en gran medida de las múltiples condiciones históricas previas.

La antropología y la arqueología han definido esta estratificación como diferenciación producida en múltiples aspectos de la vida social no sólo de clase, cuya suma de parámetros define a los individuos, apoyando la visión clásica de que sociedades más homogéneas son menos desiguales, mientras que las menos homogéneas son más desiguales (Ember y Ember 1997). No obstante, la sociología plantea que la complejidad no es sólo el agregado de distintos niveles dados en una jerarquía, pues en toda sociedad existe una amplia diferenciación de parámetros o heterogeneidad comprendida por múltiples roles y estatus que se ordenan en una estructura determinada, por lo que la sociedad compleja se constituye por esa gran diversidad social y siempre es desigual (Ember y Ember 1977). En este sentido, la heterogeneidad no implica de por sí una jerarquía de distintos valores y accesos, sino más bien parámetros nominales horizontales (sexo, edad, filiación, actividad, entre otros); pero, cuando estos se establecen dentro de una escala o se constituyen en parámetros de valor se establece la mayor o menor desigualdad dentro de una sociedad. De este modo, la reducción de la diferenciación es la radicalización de los parámetros sociales y sus valores, atomizando su heterogeneidad y amplificando la desigualdad entre menos roles y estatus significativos existan.

En términos sociales, la heterogeneidad de una población puede cambiar por incremento en los grados de diferenciación, aumento de los niveles jerárquicos y mayor independencia entre grupos de una misma sociedad. Estos procesos, sin embargo, no implican necesariamente cambios en la desigualdad e incluso puede darse lo contrario como una apariencia de mayor igualdad. McGuire (1983), al respecto, propone que existe una paradójica situación de correlación negativa entre heterogeneidad y desigualdad, en las cuales las diferencias de acceso significan una concentración o reducción de los niveles de diferenciación social, la limitación de la libertad y la ampliación de la desigualdad. Es decir, la desigualdad significaría que se atomizan o acumulan las diferencias, reduciéndolas a opuestos contradictorios y excluyentes, bajo cuya forma se determina la representación y la conducta social, quizás como una ideología.

La cultura material ha sido relevante para evaluar estos paradigmas (Childe 2002 [1942], Clark 1980), por lo tanto, se constituye en una prometedora vía para el estudio de la complejidad y desigualdad social, pues la materialidad explicita las diferencias de roles y estatus, evocando la conducta diferente asociada a ellos. La evolución, entonces, es la historia de la complejidad social que desde una perspectiva metodológica requiere establecer para su comprensión, entre otros aspectos, la interacción entre heterogeneidad y desigualdad, entendiendo que a mayor heterogeneidad la sociedad no necesariamente es más desigual, sino al revés y que en cualquier caso es más o menos compleja.

Desde los grupos organizados en "sistemas concéntricos", como los cazadores recolectores, donde las personas se integran por los mismos atributos, hasta las organizaciones por "intersección", en las que las personas unidas en grupos fragmentados como tribus y jefaturas comparten atributos excluyentes, las sociedades han intentado de manera ancestral reducir las infinitas distinciones individuales, generando sistemas de denominación y clasificación de sus miembros (McGuire 1983). En algún momento parece haberse producido la gran desigualdad, en tanto hubo una gran reducción de la heterogeneidad y radicalización de los valores de ciertos estatus como pudo ser a través del surgimiento del Estado, cuando grandes masas de población obligaron a intensificar sus sistemas de clasificación y orden social para mantener una estructura históricamente viable y económicamente sustentable. Desde esta perspectiva, es claro que las formas sociales tradicionales o simples son bastante conservadoras; pero, al mismo tiempo, son proclives al cambio debido a los grados extremos que puede alcanzar la desigualdad social en ellas a través de la disciplina y sumisión impuesta por la costumbre y la contingencia (Clastres 1978).

Dentro de esta historia, el surgimiento del Estado4 se concibe como el momento de manifestación de la mayor desigualdad a través de un largo proceso de diferenciación e integración, en palabras de Flannery (1975), segregación y centralización; claramente expresados, por ejemplo, en los cambios del parentesco como la gran institución que ya no explica toda la organización de la sociedad (Fried 1967). Pero una vez producida esta gran desigualdad inicial, quizás al modo de los Estados Prístinos o la Sociedad Clasista Inicial (Fried 1985; Gutiérrez 1990), sería imposible evitarla y las sociedades tenderían a volver a una mayor heterogeneidad para controlar o luchar contra esa desigualdad. Bajo estas situaciones, las organizaciones privilegiarían "sistemas de intersección" inhibiendo las radicalizaciones autoritarias o despóticas de monarcas, así como las revoluciones y colapsos provocados por las bases sociales; promoviendo otras vías de cambio y el surgimiento de nuevas institucionalidades, representadas entre otros por los Estados Secundarios y nuevas religiones (Trigger 1993).

Desde este punto de vista, un aspecto de interés para la arqueología ha sido preguntarse acerca de la naturaleza y origen de estas formaciones económico-sociales, uno de cuyos elementos esenciales pareciera ser la radicalización de la desigualdad, poniendo en práctica dinámicas excluyentes al mismo tiempo que de sometimiento al interior de la sociedad (Bourdieu 1977, 1979; Foucault 1972, 1979). Sin embargo, más que involucrarnos en la temática del origen de la complejidad y desigualdad social, nos ha interesado primero acercarnos a su reconocimiento y comprensión arqueológica para llegar en el futuro a una reflexión más acabada al respecto. Por tal razón, hemos escogido el caso del Complejo Cultural Pica-Tarapacá (1000-1450 DC), ya que nos plantea el desarrollo de una sociedad que, sin ser una formación estatal, representa una situación particular donde se están desenvolviendo de manera implícita como explícita los elementos que caracterizan una sociedad compleja. Asimismo, optamos por ciertas perspectivas teóricas y metodológicas precisas y no por toda la literatura existente -labor ambiciosa que evidentemente nos supera-, ya que nos orientan en esta tarea, siendo nuestro objetivo final llevar a cabo una discusión de estos marcos de referencia confrontados con nuestro propio registro arqueológico de este segmento del Norte Grande de Chile.

Paso II: Nuevas visiones sobre el Complejo Cultural Pica-Tarapacá

Los diferentes sitios y materiales estudiados por nosotros, así como la arquitectura y el sistema de asentamiento, fueron analizados en terreno y laboratorio por especialistas en cada materia (p.e., cerámica, material lítico, textiles, entre otros), intentando abarcar la variada ecología de la región entre la costa y la sierra (Figura 1), con sus consiguientes sistemas económicos y sociales. En los casos de la alfarería, materiales líticos, textiles y funerarios, el análisis se completó con la revisión de colecciones de museos, a lo que se suma una sistematización del arte rupestre de los poblados ubicados en los valles interiores y una exhaustiva caracterización biológica de la población a partir del sitio Pica-8 en el oasis homónimo (Zlatar 1984). Los resultados que resumimos a continuación nos permiten una nueva caracterización de lo que se conoce como Pica-Tarapacá a partir de sus diferentes materialidades y locaciones geográficas que, finalmente, nos llevan a una discusión sobre las hipótesis o modelos que refieren a la evolución y complejidad social durante el Intermedio Tardío en esta parte de los Andes Centro-Sur.

Entorno geográfico y patrones de asentamiento

En este contexto territorial, el espacio ocupado por las sociedades Pica-Tarapacá presenta una gran variedad de ambientes y ecosistemas, pudiendo las poblaciones asentadas desarrollar una amplia variedad de especializaciones socioeconómicas entre la costa y altiplano (Núñez 1984; Ajata 2004 Ms). Espacialmente, en el plano inclinado y precordillera existe una relación casi directa entre los asentamientos y los espacios bajos, siendo estos últimos lugares de cursos de agua con pastizales y cultivos, como de acceso a zonas de recolección, caza y tránsito (p.e., Pampa del Tamarugal y litoral). Por su parte, los sitios de la planicie costera que presentan una mayor altitud y pendiente se hallan más alejados de los cursos de agua, privilegiando el acceso al mar y sus recursos, llegando a un alto grado de especialización en ciertos lugares donde el recurso hídrico está casi ausente, salvo por los afloramientos de agua y neblinas o camanchacas (Núñez y Varela 1968).

De esta manera, los asentamientos de la planicie litoral presentan grandes espacios ligados a las actividades de recolección, caza y pesca marina en el mar y la terraza litoral. Es decir, que la mayor parte de las zonas económicas se relacionan directamente con los recursos del mar, algunas de las cuales, además, tienen acceso a los recursos de desembocadura de río, sobre todo, vegetales. Los asentamientos del plano inclinado se insertan en espacios alejados del mar y bastante áridos (como cualquier otro espacio del norte de Chile), presentando los mayores porcentajes de lecho de río en comparación con los asentamientos de alturas superiores como la precordillera. Estos lechos se combinan con sectores de terrenos bastante planos, aptos para cultivos en temporada estival. Estas actividades también se complementarían en la Pampa con la recolección de frutos del algarrobo, chañar y madera del tamarugo en las cercanías de las quebradas. Los asentamientos de la precordillera, en cambio, muestran un menor porcentaje de lecho de río en comparación con los sitios del plano inclinado. Y, por otra parte, la superficie de sus terrenos es mucho más accidentada con presencia de quebradas secundarias y quebradillas que descienden de las laderas adyacentes. No obstante, esta localización les provee de importantes recursos hídricos otorgados por la misma orografía, así como por la mayor captación de precipitaciones que recibe esta zona y que se incrementa con la altura. Por lo tanto, no es extraño que en algún momento las poblaciones asentadas en estos territorios invirtieran grandes esfuerzos en la habilitación de terrazas agrícolas y canales de regadío en las laderas rocosas de gran pendiente.

Todo esto podría ser interpretado como una suerte de especialización en la explotación de recursos y posible complementariedad entre grupos. Tales observaciones nos llevan a plantear que el emplazamiento de los sitios arqueológicos en estos espacios no es resultado de la casualidad o de la toma de decisiones azarosas por parte de las poblaciones tarapaqueñas. Más bien responde a una lógica racional, a estrategias precisas relacionadas con la explotación de recursos en un ambiente determinado. De hecho, los asentamientos analizados no suelen emplazarse directamente en espacios importantes económicamente, como lechos de ríos o aquellas franjas de terreno más cercanas al mar. En todos los casos se maximizan los posibles espacios de producción agrícola, al mismo tiempo que se buscan lugares con un determinado dominio y acceso a los recursos y el entorno silvestre (p.e., mar y pampa), así como de máxima protección de los fenómenos ambientales (p.e., avenidas, inundaciones, maremotos, entre otros). El comportamiento de las variables de emplazamiento nos da cuenta de parte del espectro de estrategias utilizadas por las poblaciones del pasado, estrategias ligadas preferentemente con el mundo económico, aunque también posiblemente con otros motivos que llevan a elegir determinados lugares de asentamiento y las formas de toma de decisión involucradas en ello.

Asumiendo esta espacialidad hemos estudiado un conjunto de sitios arqueológicos distribuidos en tres de las más importantes quebradas de Camiña, Tarapacá y Mamiña (Nama-1, Camiña-1 y Laymisiña; Caserones-1, Tarapacá Viejo, Carora y Chusmiza; Jamajuga o Cerro Gentilar) y dos en la costa de Pisagua (Pisagua-B y Pisagua-N), intentando recoger los disímiles sustratos de la amplia región que compromete el Complejo Pica-Tarapacá (Adán y Urbina 2004 Ms; Adán et al. 2005 Ms; Moragas 2004 Ms). De este modo, en una primera aproximación, intentamos documentar que las poblaciones tardías de Tarapacá se expresan arquitectónicamente de manera diferencial de acuerdo a la dinámica histórica de acceso a los recursos y la naturaleza del paisaje en cada caso. En términos del patrón de asentamiento los sitios analizados señalan distintas situaciones que forman parte de la historia tardía de la región tarapaqueña y pueden ser hipóteticamente relacionadas con cierta formación económica-social conspicua a cada caso.

El primero de estos se relaciona con una tradición arquitectónica formativa (p.e., Caserones-1 y Pircas, Guatacondo-1 y Ramaditas, entre otros), la cual desde el punto de vista del paisaje se encuentra en estrecha interdependencia con la explotación de los recursos del plano inclinado, la Pampa del Tamarugal y la costa (Mostny 1970; Núñez 1981 y 1982; Rivera et al. 1995-96; Adán et al. 2005 Ms). Este sistema del que es heredera y representativa la ocupación tardía de Caserones-1 (Núñez 1966; True et al. 1970)5, en la primera mitad del Intermedio Tardío, configura asentamientos "únicos" en términos de su composición arquitectónica con trazado ortogonal, de plantas rectangulares, circulares y/o mixtas de diversas dimensiones, calidades y emplazamiento (Figura 2). Donde, si bien la agricultura es importante, es probable que en este contexto la presencia de arquitectura pública con grandes plazas, edificios y almacenes, ocupando espacios centrales, claramente duales en términos de lo doméstico y comunal, todo encerrado por muros dobles de circunvalación, sea más bien funcional a la regulación de las prácticas de recolección en un intento por mantener la inherente vulnerabilidad de los recursos silvestres ante importantes presiones demográficas, y así contener las consecuentes crisis económicas y sociales heredadas desde fines del Arcaico (Núñez 1989). La importancia de la recolección es elocuente a través de las notables densidades de plantas silvestres, en especial algarrobo, que hemos obtenido de las excavaciones del sitio (57.14%), no obstante, el maíz también tiene una destacada presencia.

Figura 2. Vista de Caserones-1 en el sector inferior de la quebrada de Tarapacá y Pampa del Tamarugal.

Las otras aldeas de Tarapacá y Camiña, por su parte, participan de dos patrones diferentes, pero que entendemos contemporáneos al anterior. Como bien señalaban L. Núñez (1979) y P. Núñez (1983 y 1984), la ocupación de la cuenca tarapaqueña hacia los momentos tardíos comienza a ascender por las quebradas, lo que expresaría un creciente alejamiento de los recursos de la Pampa del Tamarugal, así como la emergencia de sistemas económicos ahora mayormente basados en la producción agrícola. Esta suerte de desvalorización de los recursos de la Pampa6, seguramente relacionada con niveles de inestabilidad económica y social que ofrecían los recursos de la recolección en un contexto de mayor presión demográfica, se ve afectada, además, por la ampliación agrícola y relevancia que adquieren en estos momentos las redes de tráfico basadas en sistemas de caravanas, documentados también por el aumento de cerámica foránea, objetos misceláneos, textiles locales muy elaborados, fauna y vegetales exóticos y sobre todo por el arte rupestre (Núñez 1976 y 1985).

En estos momentos, apreciamos la segmentación de las poblaciones antes casi urbanas de Tarapacá, nucleadas en pocos poblados (p.e., Caserones-1 y Guatacondo-1), lo que pareciera tener relación con una atomización que sería la norma post-Tiwanaku (Schiappacasse et al. 1989; Albarracín 1996), bastante visible en la variabilidad funcional de los asentamientos que hemos comenzado a vislumbrar en lugares como Huarasiña, Carora y Tarapacá Viejo sólo en esta última quebrada, los que mantienen el trazado ortogonal de Caserones. Y de este sistema también se desprenderían las ocupaciones tardías de la costa (Pisagua-B y N), con cementerios, sitios habitacionales dispersos y otros aglutinados a modo de campamentos y aldeas con plantas de trazado rectangular a irregular, de tamaños homogéneos, muros de piedra y cañas (Figura 3). Con todo, estos indicarían un sistema de asentamiento ancestral y tradicional con modestas comunidades del litoral que coexisten e interactúan con los desarrollos contemporáneos de los valles interiores, pero que no necesariamente responden a enclaves o colonias vallunas (Moragas 1995; Sanhueza 1985; Adán y Urbina 2004 Ms).

Figura 3. Vista de la costa interfluvial de Tarapacá, donde se emplaza el sitio Pisagua-N.

Paralelo a esto, por otro lado, observamos que Camiña, Nama, Chusmiza y Jamajuga (Figuras 4 y 5) aparecen participando de esta esfera cultural, pero también con las tierras altas, unificándose en un eje longitudinal con la sierra de Arica, el Altiplano Meridional y Puna del Loa (Adán et al. 2005 Ms). Allí se manifiesta una sociedad alejada del sustrato y la complejidad formativa de la Pampa con sus oasis, la que irrumpe con un patrón arquitectónico distinto basado en una construcción expeditiva en ladera o cerro no ortogonal y en el predominio de los conglomerados de planta circular. Al contrario del caso anterior, aquí los grandes lugares públicos están ausentes o muy diferenciados del espacio habitacional, donde aparecen sitios ceremoniales como Laymisiña y Nama con chullpas de adobe y cistas de piedra que, además de constituirse en espacios de congregación social por sí mismos, vinculados al culto de los antepasados, ligan este sistema a expresiones propias del altiplano y a la sierra de los Valles Occidentales (Figura 6). De hecho, parecen representar una dinámica clásica de verticalidad a través de la interacción con esas poblaciones.

Figura 4. Vista de Camiña-1 en el ámbito de la sierra de Tarapacá.

Figura 5. Vista de Jamajuga (Mamiña) en el ámbito de la sierra de Tarapacá.

El arte rupestre presente en sitios como Camiña-1, Tarapacá Viejo (Tr-47 y Tr-49), Chusmiza y Jamajuga con más de un centenar de paneles detectados, también aporta a la caracterización de esta diversidad de tradiciones arquitectónicas de Pica-Tarapacá, sobre todo, en torno a la discusión de lo público y privado de las dinámicas sociales que inferimos (Núñez y Briones 1967-1968; Vilches y Cabello 2004 Ms).7 Y si bien estas manifestaciones son corrientes en el paisaje de Tarapacá a través de geoglifos y petroglifos (Núñez y Briones 1967-1968; Núñez 1976, 1985), las expresiones que hemos analizado hasta el momento se encuentran directamente incluidas en los asentamientos habitacionales y sus estructuras residenciales. En ellos predominan los bloques rocosos grabados con petroglifos, en marcada orientación hacia el norte y el este, siendo las figuras geométricas el motivo más popular, sobre todo los círculos en sus diversas manifestaciones, aunque secundados y también combinados con figuras antropomorfas, zoomorfas e incluso fitomorfas (Figura 7). Esta opción por figuras geométricas, en especial, círculos, indica que se trata de una población que otorga una tremenda importancia a los elementos que decide fijar en la roca al momento de representarse a sí mismos, pudiendo encontrar en aquel motivo un símbolo satisfactorio. Desde este punto de vista, nos enfrentamos a grupos que activamente producen y reproducen su carácter social en la manera que organizan su diario vivir en torno a imágenes que consideran importantes (Vilches y Cabello 2004 Ms). Tal situación no la hemos detectado hasta el momento en sitios con datación anterior como Caserones-1, por lo cual representaría una característica clásica y tardía dentro del desarrollo regional, quizás vinculada a transformaciones sociales internas y/o conexiones externas (p.e., liderazgo e intercambio). Al respecto, resulta sugerente que arquitectura con cerámica altiplánica de Camiña-1 esté asociada a paneles con motivos únicos desde el punto de vista representacional, correspondientes a una figura fitomorfa y otra antropoforma con tocado (Vilches y Cabello 2004 Ms). Del mismo modo, representaciones bastante pautadas de la figura humana en Chusmiza y Jamajuga hacen referencia directa a la vestimenta y tocados usados por estas poblaciones adscritas al complejo Pica-Tarapacá, del todo vinculables a la evidencia textil de la zona como túnicas semitrapezoidales, cascos y gorros con coletas, objetos que se relacionan con situaciones de identidad e interacción con otras poblaciones (Agüero et al. 1997 y 1999). De esta manera, la representación de ciertas imágenes a través del arte rupestre, sugieren una complejidad social distinta a momentos previos, la cual denota una unidad interna en lo doméstico, al mismo tiempo que una diferenciación y naturalización externa o pública.

Figura 6. Chullpa del altiplano de Tarapacá (Citani, Isluga).

Figura 7. Arte rupestre de Tarapacá: a) Tarapacá Viejo (Tarapacá-49); b-d) Jamajuga; c) Camiña-1.

Entonces, además de la segmentación de la población con fines productivos en múltiples poblados con su propia dinámica política, todo lo anterior documenta una variabilidad funcional acorde a un sistema económico mucho más diversificado en producción agrícola, mantención de las prácticas de recolección, funcionamiento de redes de tráfico, entre otros, que indican un sistema social complejo, muy diverso, competitivo y en proceso de ampliación. Todo esto nos permite plantear al menos dos modalidades en la estructura de las organizaciones sociales tarapaqueñas, una de fuerte raigambre en el Formativo Tardío, claramente jerarquizada, centralizadora e inclusiva propia de Tarapacá; y otra más cercana a los desarrollos septentrionales de los Valles Occidentales y el altiplano en la sierra, que representaría un nivel más doméstico de organización del espacio, a la vez que una representación y ejercicio externos del intercambio, el prestigio y el poder, con preeminencia del culto a los antepasados. A estas dos modalidades del interior, se agregaría una tercera, vinculada, pero igualmente independiente, correspondiente a una tradición costera que se remontaría a fines del Arcaico e inicios del Formativo, propia de poblaciones marítimas conservadoras económicamente articuladas con los valles aunque bastante autónomas en lo social (Núñez y Moragas 1983).

Economía doméstica e intercambio regional

Las especies vegetales registradas indican que tanto Caserones como Camiña y seguramente el resto de los sitios mencionados poseían un régimen intensivo y equivalente de uso de maíz en su dieta (42 a 54% de presencia en macrorrestos), siendo posible que esta especie estuviese siendo plantada adyacente a los asentamientos como es evidente en su asociación a lechos de ríos, laderas y campos de cultivos en todos ellos implementando canchones y andenes (García 2006 Ms). En este sentido, una sobreproducción de cultivos debió ser capaz de sustentar a grandes comunidades locales, las que, además, pudieron actuar como proveedoras de maíz a larga distancia. De hecho, en la costa, los sitios de Pisagua debieron acceder a producción de maíz u otras especies cultivadas a través del intercambio con comunidades del interior (Vidal et al. 2004). Por su parte, la baja presencia de calabazas y porotos hacen suponer la existencia de productos de carácter más local que muy posiblemente actuaron como recurso complementario a la dieta de maíz, otorgando proteínas y lípidos (Vidal et al. 2004).

Así, Caserones como Camiña nos muestran el manejo de monocultivos, principalmente maíz, aunque no se descarta la producción de calabazas y porotos, constituyendo la manutención de sus poblaciones a través de la implementación de sistemas agrícolas bien definidos, cuyos productos se conformarían como los recursos básicos de subsistencia y de intercambio por excelencia, destinados hacia otras regiones, apoyando entonces la circulación de sus bienes locales y asegurando el ingreso de materiales extranjeros. Por ejemplo, de semillas, frutos y maderas alóctonas (debido al carácter exógeno de ciertas especies como Anandenanthera sp., Aspidosperma desmanthum, Aspidosperma quebracho-blanco, Gossypium sp., Mucuna sp., Prosopis algarrobilla). En este sentido, en términos alimenticios como en otros rubros y coherente con la cercanía de la Pampa del Tamarugal, la actividad de recolecta y silvícola sería igualmente importante y complementaria, siendo en sitios como Caserones-1, donde estas actividades adquieren mayor relevancia por lo que la recolección y manejo de frutos y madera pudieron constituir una labor análoga y complementaria a la agricultura. De hecho, aquí se define un momento más temprano dentro de las prácticas económicas de la región, con gran énfasis en el algarrobo, chañar y molle, especialmente evidente en los estratos inferiores del sitio, para luego pasar a depender esencialmente de la actividad agrícola como en Camiña-1 (García 2006 Ms).

Por su parte, la evidencia zooarqueológica indica al interior de Tarapacá presencia principalmente de roedores (57%) y camélidos (31%), además de peces y animales introducidos. Entre los roedores se encuentran restos de dos géneros, chinchillidos y sigmodontinos, cuya principal diferencia está en el tamaño, considerándose como recurso alimentario sólo los chinchillidos (Lagidium viscacia, Chinchilla brevicaudata y Chinchilla lanígera), que, por otro lado, son los más abundantes. Los restos de camélidos, en tanto, son relativamente escasos y no determinables en su condición doméstica, mientras que un recurso poco numeroso, aunque importante, son los restos de pescados (2.59%), pero también indeterminables por el momento. Lo anterior refleja dos situaciones en relación con la explotación del medio, por un lado, existiría una dependencia estricta de la fauna circundante, a la vez que una manera diferencial de usufructuar del espacio y sus recursos. En este sentido, en todos se consumen roedores, sin embargo, Caserones destaca como lugar de paso entre la costa y el interior con claro acceso a sus recursos de pescados, mariscos y conchas; en tanto Camiña expresa una utilización de las laderas y cerros que se internan hacia la sierra donde se mantiene el empleo de camélidos, aunque a la par del incremento del empleo de estos como alimento y también para la movilidad. La acotada presencia de camélido en los valles sugiere una especialización en el transporte y, por lo tanto, denotando el conocido tráfico de caravanas por la región, sobre todo, en lugares como Caserones, donde estos animales aparecen representados de manera casi exclusiva por fecas, cuero o piel y fibra.

Paralelamente, las relaciones con la costa se vuelven más evidentes dependiendo de la cercanía con el litoral, destacando el acceso hacia los recursos marinos con distintos fines (p.e., alimenticios y suntuarios). En este contexto, no es extraña una especialización en dichos recursos como lo demuestran los sitios costeros de Pisagua, llegando a claros niveles de sobreproducción y conservación de productos marinos seguramente para el intercambio por recursos del interior. Los camélidos, de hecho, son escasísimos en el litoral por lo cual indicarían una actividad de caza marginal o el paso de caravanas. Nuestros análisis indican un predominio y alta diversidad de fauna ictiológica (72.1%), sobre todo jurel y corvina (Trachurus symmetricus y Cilus gilberti), seguidos muy abajo por mamíferos terrestres y marinos, junto con aves. Los restos malacológicos, por otro lado, aquí destacan por su abundancia y variedad con más de 40 especies de moluscos y casi 30 de gastrópodos, además de varios bivalvos, chitones, equinodermos y crustáceos (incluso algunos actualmente ausentes en la costa norte como Mulinia sp.). De esta manera, se confirma un alto grado de especialización extractiva de los recursos marinos alcanzada por las poblaciones costeras con fines alimenticios y para intercambio; en tanto, los grupos del interior refieren a un creciente manejo de los camélidos, pero con propósitos menos domésticos, tendiente a una especialización en los atributos tecnológicos del animal como pudo ser el pastoreo y la movilidad caravánica. Obviamente, por lo tanto, su base alimenticia la constituyó el consumo de otros animales (p.e., roedores) y la agricultura, e inclusive, esta también pudo serlo en gran medida para el litoral.

En suma, los distintos patrones de asentamiento detectados son coherentes con especializaciones económicas, ya sea marítima, con énfasis en la recolección vegetal (p.e., Caserones), por intensificación agrícola y/o intercambio (p.e., Camiña y Nama), los que serían manejados de manera autónoma al mismo tiempo que complementaria y diacrónica. Todo este sistema económico iría de la mano con la producción cerámica, lítica y artesanal. En estos momentos, la Región de Tarapacá se caracterizó por una tradición alfarera monocroma y esencialmente doméstica que durante el Período Intermedio Tardío se reconoce como parte del Complejo Pica-Tarapacá, denotando una clara continuidad con el Formativo Tardío según los registros para Caserones (290-750 DC). El estudio sistemático de su cerámica confirma que los tipos Pica-Charcollo y sus variantes (Núñez 1965; Ayala y Uribe 1996; Uribe et al. 2006 Ms), son los principales representantes del desarrollo regional (67.4%), con antecedentes en la cerámica Quillagua-Tarapacá (Uribe y Ayala 2004) del Formativo (16%), manifestándose indiscutiblemente, según nuestra recopilación de fechados por termoluminiscencia a lo largo del todo el período desde 950 hasta 1470 DC. No obstante, también sería notable la interacción de Pica-Tarapacá con las culturas del Altiplano Meridional, Arica y Atacama durante el Intermedio Tardío. Así, en la parte media y alta de los valles tarapaqueños se manifestarían cerámicas altiplánicas preincaicas e incaicas (con al menos un 11.8% de frecuencia), totalmente ausentes en Caserones y con fechas posteriores al 1200 DC (Moragas 1993). En este caso, el tipo Isluga Negro sobre Rojo, se convertiría en la principal alfarería del altiplano que irradia hacia Tarapacá (Sanhueza 1981; Sanhueza y Olmos 1981), estableciéndose vínculos estilísticos con otras cerámicas negro sobre rojo como Chilpe, Kollau y Pacajes (Rydén 1947; Dauelsberg 1972-73; Albarracín 1996), al mismo tiempo que mantendría un fuerte nexo cultural con el espacio Carangas del Altiplano Meridional (Sanhueza y Olmos 1981; Michel 2000). Por su parte, salvo algunos sitios funerarios, en la costa la alfarería es un objeto escaso en los asentamientos residenciales. En ellos observamos un predominio de los tipos Pica-Charcollo (hasta un 80%), por lo tanto, tarapaqueño, dentro de un carácter esencialmente doméstico de los sitios, a su vez, que dependientes de la producción cerámica del interior.

Esta situación, sobre todo, en las quebradas, valles y oasis, sugiere una radicalización de la complejidad económica y social que no parece ser satisfecha por la producción cerámica local como antes, al menos por la alfarería monocroma tradicional, y seguramente tampoco solventada por la economía regional conllevando a ampliar las redes de interacción más allá de la costa (Núñez 1979). De acuerdo a ello, la introducción de cerámica decorada altiplánica, como valluna e incluso circumpuneña en el interior, podría referir a bienes exóticos insertos en ese tráfico y en la configuración de una trama social distinta apoyada en los nexos externos y nuevas competencias políticas, particularmente con el altiplano. Al mismo tiempo, esto incluso pudo provocar desplazamientos considerables de poblaciones hacia la sierra y los valles, considerando que la alfarería Isluga y Chilpe adquieren una representación notable en ciertos asentamientos, con frecuencias cercanas al tipo Pica-Charcollo (Moragas 1993; Uribe et al. 2006 Ms). Y, producto de ello, se observaría una ocupación dual y compartida de este espacio hasta la llegada del Inka a la región (Schiappacasse et al. 1989), con grupos al este de la Pampa del Tamarugal más vinculados al altiplano, mientras otros mantendrían un carácter más local y ligado a la costa desde este borde hacia el litoral, otra vez coherente con los patrones de asentamiento descritos.

Dentro de los sitios del interior, por otra parte, es generalizado encontrar una industria lítica vinculada al uso de núcleos, cantos y guijarros con un carácter altamente expeditivo que incluye el uso de lascas con filos vivos y bordes escasamente retocados, utilizados en labores de faenamiento tanto de animales como posiblemente de maderas a juzgar por la presencia de raspadores y cepillos. A la par, especialmente en Camiña-1, se distinguen locus donde se llevan a cabo actividades relacionadas con talla bifacial, que incluirían la manufactura de instrumentos como puntas de proyectil (escotadas y pedunculadas) y perforadores, así como la confección de cuentas de collar (en mineral de cobre y conchas), dentro de un sistema económico distinto, donde se vislumbra cierta diferenciación laboral, antes más generalizada en Caserones. Asimismo, la manufactura de cuentas insinúa una eventual producción de bienes suntuarios e intercambio, concebida a partir de una complejidad social que pone énfasis en la diversificación económica, la generación de excedentes y la demostración de jerarquía. Por lo tanto, la presencia de espacios claramente destinados a tal producción señalarían la existencia de especialistas o artesanos dedicados a esta, con la consiguiente diferenciación social y el acceso a bienes antes más comunes.

Por ejemplo, es probable que las poblaciones vallunas hayan interactuado con las de la costa de dos formas: primero, por un aprovisionamiento compartido de materias primas en la Pampa del Tamarugal (p.e., sílices) y, segundo, por la diversidad de producción económica evidenciada en las herramientas líticas entre ambas zonas (p.e., recursos marítimos, agrícolas, silvícolas o suntuarios), promoviendo el tráfico entre ellas por esos insumos o bienes (p.e., a cambio de conchas). De acuerdo a lo anterior, los grupos del interior llegarían a ciertos grados de especialización en la talla lítica, pero en la confección de ciertos instrumentos y adornos como las cuentas para el intercambio. De hecho, las especies malacológicas registradas en todos los sitios son similares, destacando por su frecuencia y cantidad Oliva peruviana (gastrópodo), Choromytilus chorus (choro zapato) y Argopecten purpuratus (ostión). Observamos en ello un comportamiento selectivo tras la elección de determinadas especies de moluscos, a la vez que se aprecia una especialización en el trabajo de Oliva peruviana, elocuente en áreas de actividad detectadas en Camiña-1. Debemos, por lo tanto, señalar que en todos los sitios analizados se encontraron tanto restos de ornamentos o cuentas como desechos de su manufactura, reconociéndose varios objetos terminados e instrumentos. Pero, las excavaciones de este sitio revelan contextos domésticos de producción artesanal y una estandarización en la producción de ornamentos de concha, apoyando la idea de una especifidad laboral como social en este tipo de trabajo que antes, como en Caserones, aparece más generalizada.

Lo más probable es que durante la época de estos asentamientos haya existido una articulación entre los sitios costeros e interiores que proveyera a estos últimos de recursos como alimentos y conchas. Entonces, creemos que, las conchas presentes en los valles fueron recolectadas selectivamente y tuvieron la condición de material exótico, pues se llevaron a los sitios del interior para ser trabajadas en la producción de ornamentos como chaquiras o cuentas de collares u otros adornos corporales. Por lo tanto, podríamos esbozar que estos ornamentos de conchas marinas sirvieron como amuletos que proveían protección y prosperidad (Trubitt 2003), e incluso que podrían tener funciones rituales relacionadas con demarcaciones visuales de estatus o jerarquía. Y, lo que es absolutamente coherente con el ingreso e incremento de cerámicas decoradas del altiplano o de Arica, y de otros objetos exóticos como los metales que hemos comenzado a registrar en contextos residenciales de los asentamientos más serranos (p.e., alfileres o tupus), marcando otra diferencia con los poblados cercanos a la Pampa y aquellos de la costa.

Identidad cultural y biológica

Como hemos visto, los patrones arquitectónicos y la economía local documentan la segmentación del sistema tradicional heredado del Formativo, mientras que la alfarería y la circulación de objetos exóticos señalan una unidad articulada entre distintas entidades que fundamentan la existencia del Complejo Pica-Tarapacá (Núñez 1965). Durante esta época apreciamos que las poblaciones tarapaqueñas se expresan ampliamente dentro de su territorio nuclear, a lo cual se suma un estilo textil peculiar que es capaz de mimetizarse e incluso ocultar otras identidades como las de Arica y Atacama (Agüero 2006). En términos textiles, la región de Tarapacá se nos presenta como un espacio intermedio entre las tradiciones de Valles Occidentales y Circumpuneña (Agüero 2000a y b), variando el avance de una u otra en términos cronológicos. Al parecer, Tarapacá y los tejidos de Pica constituyeron el límite sur de la primera tradición aun cuando sus tejidos muestran características particulares que la hacen distintiva. Estos se extienden durante la primera mitad del Intermedio Tardío por la costa de Tarapacá (entre Pisagua e Iquique), el litoral de Arica y el Loa inferior. Se trata de túnicas semitrapezoidales con orillas de urdimbre curvas y decoración por faz de urdimbre organizada en listados laterales policromos; en las pocas ocasiones en que la decoración es bordada, esta se realiza principalmente en puntada anillada y satín. Las bolsas las integran chuspas y bolsas-faja con decoración por urdimbres complementarias y flotantes, así como bolsas agrícolas decoradas con listas lisas. Todas estas prendas tienen la particularidad de utilizar una trama continua, elemento que, junto a los otros mencionados, se hacen extensivos al universo textil ariqueño, reafirmando su inclusión dentro de la tradición de Valles Occidentales. Sólo la curvatura en las orillas de urdimbre de las túnicas es una innovación tecnológica propia de Tarapacá, lo que nos permite conocer su procedencia específica. A todo lo anterior se suman cascos y gorros con coletas a modo de tocados. Obviamente, lo anterior iría de la mano de una mayor interacción con las poblaciones de los bordes, con probabilidad a través del intercambio y transformaciones en la estructura interna de la economía y sociedad de Pica-Tarapacá, consolidándose su propia industria textil en el ámbito cotidiano como funerario. Paralelamente, la menor riqueza y variedad que detectamos en la costa (Agüero 2006), así como la recurrencia de prendas reparadas, aluden a una dependencia por parte del litoral de tejidos del interior, distinguiéndose algunos núcleos costeros donde estos se concentraron como en algunos cementerios de Pisagua e Iquique. Y ya que muchos textiles se distribuirían del interior a la costa, desde ciertos puntos de esta se pudieron redistribuir hacia distintos lugares del litoral, sobre todo, a sus fronteras (p.e., Pisagua y el Loa).

El resto de los materiales funerarios, particularmente de Pica-8 y la costa de Iquique, parecen coincidir con la anterior situación. En este caso, los objetos corresponden a 56 tipos de artefactos pertenecientes a distintos complejos artefactuales relativos a caza-combate, pesca, recolección, agricultura, alimentación, textilería, atavíos y rituales. En términos generales se aprecia una tradición artefactual común en los sitios de Iquique correspondientes a Bajo Molle, Patillos, Los Verdes y Cáñamo, permitiéndonos sostener en este espacio ecológico la existencia de una entidad cultural claramente dependiente de los recursos marinos que se maneja con una producción material que incluye una misma variedad tipológica a nivel del complejo de caza, pesca y recolección marina, seguido por aquel alimenticio, psicotrópico, de atavíos y en menor frecuencia de herramientas tecnológicas (p.e., textil). Como puede apreciarse, en ninguno de los casos hemos registrado objetos propios del trabajo agrícola, de la actividad caravanera, ni de instrumentos musicales que sí aparecen en el interior como en Pica-8 (Zlatar 1984). Ahora, en sus conexiones con Tarapacá tenemos la impresión que los grupos costeros suelen desarrollar y mantener una identidad propia, pero que se relacionan con aquellos de quebradas, valles y oasis mediante fuertes lazos de intercambio, tranzados mediante alianzas políticas, las que tienen su expresión en los contextos funerarios diferenciados (Núñez 1984; Moragas 1995). Pues, si bien se aprecia una distinción clara entre lo que acontece en los contextos funerarios de la costa con aquellos de Pica (Zlatar 1984.), también se verifican clases o tipos de objetos muy similares (p.e., calabazas, cestos, entre otros), aunque difieran estilísticamente en tanto que los objetos ricamente decorados no acontecen comúnmente en el litoral. Además, en la costa estos materiales del interior no alteran el tradicional complejo de caza-pesca-recolección ni tampoco intervienen de manera sustantiva el ritual funerario (p.e., incorporación de cánidos o restos de animales propios de la costa en las tumbas [Moragas 1995]), espacio fundamental donde se desenvuelven las particulares ideas de mundo que caracterizan a los grupos.

De este modo, resulta evidente una dependencia por ciertos bienes y recursos que fluyen por el litoral y los valles, cuyo movimiento pareciera estar manejado desde el interior y sobre la base de objetos para el intercambio como tejidos y múltiples artefactos que sirvieron de ofrendas funerarias, señalando distintas identidades dentro de un marco cultural compartido. Por ejemplo, cerámicas del Altiplano, tejidos de Arica y complejo psicotrópico de Atacama, todo lo cual se traduce en notables diferencias de acumulación entre los individuos enterrados en Pica-8, distinguiéndose que sólo un 14% a 15% pueden considerarse "más ricos" que el resto (Catalán 2006). Paralelamente, una alta frecuencia de instrumentos de caza o armas, así como cierta vestimenta y adornos (p.e., petos y cascos de cuero) vinculados a ciertos personajes que, además, poseen trajes especiales (p.e., túnicas decoradas por teñido), exaltan la representación de algunos individuos, de la misma manera como se manifiesta en el arte rupestre, denotando el clima de competencia entre diversos grupos y las diferencias sociales que hemos estado sugiriendo.

Respecto a las características biológicas de las poblaciones que se vistieron y enterraron con estos objetos, nuestro estudio por ahora se ha centrado en la colección osteológica de Pica-8, pues sigue siendo el mayor sitio funerario sistemáticamente excavado de Pica-Tarapacá (Zlatar 1984). La colección aparece constituida por unos 100 esqueletos, analizándose 54 en esta oportunidad en cuanto sexo, edad, rasgos discretos, patologías, modos de vida, deformaciones craneanas y peinados (Retamal 2004 Ms). La población muestra una esperanza de vida no mayor a los 45 años, sugiriendo una alta mortalidad entre las mujeres alrededor de los 25 a 30 años. Esta población, además, estaría compuesta por tipos braquicéfalos y mesocéfalos, distinguiéndose dimorfismo sexual en los adultos con relación a la deformación craneana y los peinados. Una parte importante aparece con deformación intencional, donde las mujeres se caracterizan por la deformación tabular oblicua, mientras que los hombres, en general, se muestran no deformados. Asimismo, peinados con trenzas que convergen embarriladas a los lados serían propios de las mujeres, al contrario de los hombres en quienes convergerían en la nuca, en tanto que los menores y adultos mayores no tendrían peinados. En síntesis, se detectó una población agrícola sin mayor variabilidad genética (salvo por la presencia de dos tipos craneométricos), tampoco en términos de modos de vida ni paleopatológicos. No obstante, existirían ciertas condiciones sociales y de género muy sugerentes acerca de cierta heterogeneidad interna, asociada también con hacinamiento, mala alimentación, falta de higiene y alguna violencia intragrupal. Por lo tanto, existen factores externos ambientales y carenciales que mermaron la calidad de vida de la población y aumentaron sus patrones de morbilidad, muy relacionada con enfermedades infecciosas donde destacó la tuberculosis, convirtiéndose Pica en un importante centro de reproducción de la patología. A ello se suma cierta violencia interna, aparte de los traumatismos propios de la actividad cotidiana, con posible segregación sexual, especialmente dirigida a la mujer. Esta situación diferencial respecto al género femenino se une al dimorfismo manifestado por deformaciones y peinados, sugiriendo una clara identificación de este género y lo masculino (aparte de los menores y adultos mayores).

De este modo, las evidencias artefactuales de diferencias culturales y sociales serían concordantes con una población también biológica e internamente diversa. Más aún, de acuerdo a un análisis de morfometría ósea de los individuos de las tumbas de Pica, es posible afirmar que existen distinciones en el aspecto facial del cráneo entre dos grupos8 divididos por estatus social, siguiendo la categorización basada en la acumulación de ofrendas y ajuar de los mencionados cementerios (Retamal 2004 Ms; Catalán 2006). La que, a su vez, ha sido confirmada por el análisis de rasgos discretos, sugiriendo que las diferencias sociales pueden tener correspondencias biológicas con grupos endogámicos y foráneos con mayor capacidad de acumulación. Es decir, las causas de estas morfologías diferenciadas relacionadas con el estatus social implican que los grupos de élite al interior de la población pueden estar realizando endogamia, con el fin de evitar la expansión de las "riquezas" o el poder hacia estratos sociales más bajos. Así, se estaría dando un caso de divergencia de los caracteres genéticos y, por ende, morfológicos, que aumentaría progresivamente en el tiempo y en la medida que se mantuviera la clausura reproductiva entre ambos grupos. Por otro lado, también es probable que los altos estatus de Pica provengan de otros grupos, más bien foráneos, quienes estarían controlando la producción y las riquezas, pensando que los individuos "importantes" son más heterogéneos que los grupos "pobres", es decir, que la élite extranjera es más diferente entre sí que dentro de los locales. Estas alternativas parecen las más auspiciosas, ya que las variables ambiental y cultural tienden a mostrar una población agrícola bastante homogénea, sin mayor variabilidad en términos de modos de vida y paleopatológicos, salvo ciertas condiciones de género desiguales entre hombres y mujeres. En definitiva, nos parece bastante probable que exista una diferenciación social sustentada o correlacionada con variables biológicas que aluden al aspecto, al menos facial, de los individuos que pertenecieron al Complejo, lo que sería coincidente con la fuerte dinámica interna y externa que postulamos para Pica-Tarapacá durante el Intermedio Tardío.

Elementos de complejidad y desigualdad social en Pica-Tarapacá, Andes Centro Sur

A lo largo de este trabajo, nuestra idea no ha sido discutir la pertinencia de conceptos como Valles Occidentales o Complejo Cultural Pica-Tarapacá, sino su representación social. Recapitulando, tradicionalmente se ha entendido a las comunidades Pica-Tarapacá, ubicadas entre las quebradas y oasis interiores de Camiña y el río Loa, integrando un sistema único de complementariedad económica y social con los espacios de la sierra y el altiplano, lo que habría permitido el aprovechamiento racional de los recursos de diferentes ambientes de la vertiente occidental andina (Núñez 1965 y 1979; Moragas 1995). Además, estas mismas comunidades dispondrían de pequeños enclaves en el litoral, cerca de recursos de agua, extendiendo el sistema hasta la costa (Sanhueza 1985; Moragas 1995). Así, en este territorio se habrían generado puntos terminales obligados para el acceso a importantes recursos y su intercambio, cuya relevancia quedaría plasmada en geoglifos y petroglifos y, con ello, una notable concentración de rutas de caravanas de llamas a lo largo de la Pampa del Tamarugal (Niemeyer 1961; Núñez 1976 y 1985), que en ausencia de vías naturales conectaban el interior con la costa. Se plantea, por lo tanto, la existencia de un tráfico prehispánico que puso en contacto vertical y horizontal distintos pisos ecológicos de los Andes, basado en los tradicionales principios andinos de eco-complementariedad (Núnez 1984).

Y, siguiendo a Núñez, la información etnohistórica apoyaría para Tarapacá y Pica la constitución de una organización sociopolítica única, con colonias comunes en la costa y el altiplano que habrían sustentado todo este sistema. Al respecto, se alude a que la etnohistoria señala que ciertos señores habrían controlado los recursos costeros, de valles y oasis bajos como altos y aún ciertos segmentos del altiplano, sincrónicamente ocupados e interdigitados por colonias de señoríos propiamente altiplánicos. En su interior, los diferentes enclaves o colonias comprenderían estructuras duales como en Pica, donde se detectan parcialidades diferenciadas. Para Núñez (1984), la comunidad era conducida por una acotada jerarquía sociopolítica reconocida por la calidad de sus tumbas y abundante ajuar de estatus, dentro de un amplio dominio de sepulturas simples e individuales, donde las labores eran suficientemente especializadas en agricultura, caza, cultos y textilería, entre otros, con una distribución de bienes algo asimétrica. En consecuencia, el Complejo Pica-Tarapacá constituía un señorío liderado por autoridades étnicas residentes en cada zona de producción, que en última instancia representarían una sociedad jerarquizada, aunque manteniendo una armonía social interna y externa, sustentada en los valores andinos de la reciprocidad, el intercambio y la redistribución (Núñez y Dillehay 1995 [1978]).

Por lo tanto, las principales hipótesis que se han manejado para explicar el surgimiento de este Complejo, como una sociedad característica de los desarrollos regionales tardíos del área, se basan en las propuestas del control vertical y el tráfico de caravanas como los mecanismos que promovieron la evolución y complejidad de sus poblaciones (Murra 1972; Núñez y Dillehay 1995 [1978]), dándole un prioritario papel al efecto del altiplano y sus ideales humanistas. Sin embargo, los datos que aquí hemos referido al igual que la evaluación de los antecedentes disponibles sobre Pica-Tarapacá, nos permiten profundizar y enriquecer esta concepción y retomar la discusión sobre la organización social centro-sur andina, en particularidad respecto a los grados de complejidad y desigualdad social, más acordes con el marco teórico propuesto en este trabajo.

En primer lugar, entre los antecedentes revisados llama la atención la poca valoración del sustrato histórico, particularmente del Formativo, y la aplicación recurrente de una tendencia interpretativa que como motor último de toda innovación no hace más que mirar al interior y el altiplano, con altos valores sociales y casi morales. Tal situación se expresa en la valoración sólo nominal y no histórica de los desarrollos previos y, consecuentemente, la escasa estimación de las poblaciones locales como agentes del cambio cultural interno, producto de una mirada evolucionista, difusionista y romántica. Lo anterior se manifiesta en perspectivas características de una época de la arqueología del Norte Grande de Chile:

"...sólo un `pensamiento progresista' (Núñez 1989:82) pudo acercar a la sociedad a los umbrales de la civilización, con propuestas culturales formativas que dieron origen a la sociedad campesina mucho antes del surgimiento de los Estados e imperios panandinos. La `idea de civilización' (Núñez 1989:84), por lo tanto, envuelve a aquellas comunidades que lograron integrar beneficios religiosos, políticos, arquitectónicos, científico-tecnológicos y artísticos, basados en una fundamentación agropecuaria, en donde la lucha por la subsistencia es mínima en tanto que la vida se teje en una trama proto urbana definitivamente estable y duradera..." (Uribe y Adán 2005 Ms).

Con todo, si bien en las discusiones más recientes sobre el tema se observa una clara adhesión a la tesis referida (p.e., Sanhueza 1985; Moragas 1995), tímidamente también se comienzan a plantear la importancia y vigencia de las poblaciones locales, su evolución e interacción no sólo como señoríos, colonias o caravaneros, sino dentro de un patrón más heterogéneo y diverso que la ideal imagen construida con anterioridad.

Al respecto, creemos haber constatado cómo a través del tiempo se produce la segmentación de las poblaciones de Tarapacá, por lo menos, de acuerdo a su acercamiento y explotación del ambiente en que se insertan, donde sin duda la movilidad, la especialización laboral y sobreproducción, el intercambio y la interacción de los valles medios con la costa y las tierras altas, son elocuentes. Sin embargo, no se trata de un proceso ni de grupos humanos homogéneos, sino de un sistema diverso que hunde sus raíces en el Formativo, hasta el momento en gran ausencia de Tiwanaku9 y sin un traslado altiplánico elocuente previo. Razón por la que estas estrategias económicas u otras, como las que detectamos hasta ahora, son el producto de una situación histórica de grupos políticamente autónomos, diversa como versátil en el tiempo y que en gran medida debió depender de los segmentos de poder al interior y entre los grupos que habitaron este territorio, conspicuos en sus diferencias de acumulación e incluso físicas que demuestran la hegemonía de una gran desigualdad social.

Volviendo a nuestro marco de referencia (McGuire 1983), proponemos a modo de hipótesis la existencia de una gran autarquía y homogeneidad a fines del Formativo y principios del Intermedio Tardío, representada por Caserones, que sería la expresión de una crítica tensión e inequidad. La construcción de grandes poblados de características únicas al servicio de una gran congregación social en torno a la recolección, la agricultura y la movilidad entre valles, pampa y costa, pudo haber promocionado una gran complejidad social que derivó en desigualdad social explícita, elocuente en la segregación de los espacios domésticos y públicos, privilegiados para el despliegue social y el ejercicio individual del poder. Frente a esto, el evidente abandono de Caserones y el consiguiente surgimiento y dispersión de aldeas hacia ricos espacios agrícolas en las quebradas que enfatizan lo doméstico y segregan lo público en chullpas, arte rupestre u otras manifestaciones rituales, aluden a un claro cambio social derivado de una reacción a la desigualdad social previa. Sin embargo, pareciera que, en vez de ser eliminada esta desigualdad para seguir existiendo el sistema, aquella habría sido sublimada a través de la fragmentación de la sociedad tarapaqueña, mostrando una mayor heterogeneidad vinculada al fin de la economía comunitaria (Hardin 1968), con una especialización laboral y agrícola, la exaltación de las identidades locales, la separación de la actividad pública como del culto religioso, el intercambio con zonas de frontera, con una sutil pero elocuente representación de la autoridad y el poder en un arte rupestre doméstico y sus manifestaciones biológicas.

En este sentido, las sociedades del Período Intermedio Tardío del Norte Grande de Chile, así como otras de los Andes Centro-Sur, pudieron ser la expresión de una gran complejidad que más allá de corresponder a unidades a modo de simples fases, señoríos jerarquizados o etnias armónicas, como se ha planteado tradicionalmente, representarían el resultado de una gran desigualdad y segmentación. En el caso de Pica-Tarapacá, como intentamos ejemplificar aquí, esto estaría dado por una gran desigualdad que pudo tener sus orígenes en el Formativo, cuando se identifican claras unidades territoriales y se centraliza la heterogeneidad dentro de una notable circunscripción geográfica e histórica (Núñez 1989). Y si bien el sistema no puede sostenerse sobre estas bases, las poblaciones optan por la fragmentación de la sociedad, aludiendo a nuevas formas de comunidad, promovidas por individuos a modo de líderes o caudillos como las figuras antropomorfas del arte rupestre de los poblados.

Visto desde una secuencia temporal, proponemos que el Período Formativo Tardío representado por Caserones mantendría cierta continuidad con los primeros momentos del Intermedio Tardío, mostrando grupos bastante autárquicos cada vez más densos y afectados por las presiones sociales de un modo de vida comunitario, cuya economía por esta misma lógica se deterioraría y derivaría en las transformaciones entre una y otra época. Lo anterior, según nuestros fechados por termoluminiscencia y radiocarbono (Uribe et al. 2006 Ms), se mantendría entre el 950 y 1200 DC configurando el Complejo Pica-Tarapacá, pero después del 1200 DC se producirían transformaciones ligadas a la introducción y circulación en los valles y oasis interiores de cerámicas foráneas, principalmente decoradas, sobre todo del Altiplano Meridional y también Arica de los Valles Occidentales, del mismo modo que piezas del Loa y San Pedro de Atacama. A lo que se unirían, ahora sabemos, la industria textil, artefactos funerarios misceláneos y los adornos de conchas estandarizados, de la mano de la circulación de productos agrícolas, forestales y marinos. En este sentido, nos parece que, a partir del 1200 DC, las poblaciones Pica-Tarapacá se vuelcan hacia todo su territorio y/o se vuelven más receptivas, extendiendo sus redes de interacción y con gran preeminencia de los lazos con el Altiplano Meridional.

De esta manera, creemos haber dado un paso frente a la crítica ya hecha por nuestros predecesores, en cuanto los modelos en uso se han centrado en los aspectos económicos y demográficos proporcionando escasa y especulativa información sobre su organización política o social (Núñez y Dillehay 1995 [1978]: 150), a la cual nos estamos acercando de manera evidente dando cuenta ahora de una sociedad menos utópica, con una oculta pero notable desigualdad en su interior. Con este antecedente podemos profundizar con mayor seguridad dentro de la complejidad de las sociedades que integraron Pica-Tarapacá y esta parte de los Andes Centro-Sur. Toda la complejidad social del área, por lo tanto, no se puede reducir a conceptos como el de Señorío usado hasta ahora y que no calza bien con la actual realidad arqueológica. Al contrario, creemos que la heterogeneidad expuesta responde a la desigualdad social que se ha desarrollado con el tiempo en los Valles Occidentales, correspondiente a una competencia por reproducir en más espacios esa formación social, ya que en este ambiente desértico no puede existir centralizado, sobre todo cuando las prácticas económicas han sido exitosas y han llevado a la acumulación material como de poder. Por eso, apoyamos la idea de sociedades segmentarias para el Intermedio Tardío del área (Albarracín 1996), como una categoría intermedia entre sociedades "contra el Estado" y "estatales" (Clastres 1978), articulada por la competencia de comunidades y líderes que se diferencian sutilmente del predominio de los ámbitos domésticos, al menos, en monumentos funerarios, el arte rupestre y sus manifestaciones mortuorias.

Agradecimientos A mis colegas Leonor Adán, Carolina Agüero, Cora Moragas y Flora Vilches. Asimismo, a quienes han facilitado los análisis específicos como Rolando Ajata, Francisco Bahamondes, Gloria Cabello, Carlos Carrasco, Dánisa Catalán, Oscar Espoueys, Magdalena García, Josefina González, Viviana Manríquez, Rodrigo Retamal, Lorena Sanhueza, Simón Urbina, Jimena Valenzuela y Alejandra Vidal. A Paulina Chávez por las ilustraciones. A Axel Nielsen por la invitación a participar con este trabajo en el Simposio de Desigualdad Social del XV Congreso Nacional de Arqueología Argentina, así como los valiosos comentarios de los evaluadores que han permitido mejorar la calidad del manuscrito. Finalmente, gracias a las comunidades locales de Tarapacá, en particular de Pisagua, Camiña, Nama, San Lorenzo, Chusmiza, Huarasiña y Mamiña, por su acogida.

 

NOTAS

1 Este artículo forma parte del Proyecto FONDECYT 1030923: "El Complejo Cultural Pica-Tarapacá. Propuestas para una arqueología de las sociedades de los Andes Centro-Sur (1000-1540 DC)", dirigido por M. Uribe, L. Adán, C. Agüero, C. Moragas y F. Vilches.

3 Tradicionalmente, dentro de la arqueología chilena se ha empleado la designación "Complejo" para denotar aquellas expresiones culturales cuyo conocimiento descansaba en heterogéneas manifestaciones materiales, sobre todo funerarias (p.e., Núñez 1965).

4 En el sentido de Clastres (1978), en tanto una condición social y no necesariamente la institución burocrática y jurídica de la sociedad occidental.

5 Nuestra adscripción de Caserones-1 al Período Intermedio Tardío se sustenta en la alta frecuencia (48%) y amplia distribución (90.6%) que aquí alcanza la cerámica del Componente Pica-Tarapacá, aunque constituyendo una de las ocupaciones terminales del sitio (según nuestras excavaciones). Al respecto, esta cerámica exhibe fechas absolutas de termoluminiscencia entre Camarones y Quillagua que la ubican temporalmente al menos desde el 950 DC en adelante. Sin embargo, tiende a concentrarse hacia los momentos más tempranos del Intermedio Tardío (950-1200 DC), lo cual hemos corroborado por C14 dentro del transecto costa-valle en Camiña-1 y Pisagua-N, aludiendo a un vínculo cronológico y estilístico con la alfarería del Formativo (Uribe et al. 2006 Ms).

6 Nos referimos a un descenso en las frecuencias de los recursos silvestres en los estratos superiores de las excavaciones de Caserones, así como una gran ausencia de estos en Camiña, en especial del algarrobo, a la vez que aquí es evidente el predominio de las plantas cultivadas (García 2006 Ms).

7 No hemos incluido las típicas expresiones de geoglifos que caracterizan a la región, puesto que por ahora estamos trabajando con el arte rupestre inscrito en los sitios habitacionales y/o directamente vinculados a ellos.

8 Un grupo se caracteriza por variaciones en la expansión-contracción de la escama frontal en sentido transversal y leve contracción-expansión de la órbita y región zigomaxilar en sentido vertical. El otro presenta variaciones en la expansión-contracción de la escama frontal en sentido vertical y transversal y expansión-contracción de la órbita y región zigomaxilar en sentido vertical.

9 De la decena de sitios habitacionales que nos encontramos trabajando, no existe ninguna evidencia de presencia Tiwanaku, por lo menos cerámica (Uribe et al. 2006 Ms); mientras que entre las muestras funerarias, estas evidencias se reducen a escasos ejemplares textiles que, por lo demás, en su mayoría corresponden a expresiones locales y terminales de los Valles Occidentales (Agüero 2006).

 

REFERENCIAS CITADAS

ADAMS, R., 2000. Las antiguas civilizaciones del Nuevo Mundo. Editorial Crítica, Barcelona.

ADAN, L. Y S. URBINA, 2004 Ms. Historia arquitectónica de la localidad de Pisagua (I Región, Chile): Una tradición olvidada en los períodos tardíos del área Pica-Tarapacá. Ponencia presentada en XV Congreso Nacional de Arqueología Argentina, Río Cuarto.

ADAN, L., M. URIBE Y S. URBINA, 2005 Ms. Arquitectura pública y doméstica en las quebradas de Tarapacá: Asentamiento y dinámica social en el Norte Grande de Chile. Ponencia presentada en Taller Procesos Sociales Prehispánicos en Andes Meridionales, Tilcara.

AGÜERO, C., 2000a. Las tradiciones de Tierras Altas y de Valles Occidentales en la textilería arqueológica del valle de Azapa. Chungara 32 (2): 217-226.

——2000b. Fragmentos para armar un territorio: La textilería en Atacama durante los períodos Intermedio Tardío y Tardío. Estudios Atacameños 20: 7-28.

——2006. El vestuario en la conformación y consolidación de la identidad cultural de las poblaciones de Tarapacá durante el Período Intermedio Tardío. Tesis de Magíster en Arqueología, Universidad Católica del Norte-Universidad de Tarapacá, San Pedro de Atacama.

——1999. Una aproximación arqueológica a la etnicidad y el rol de los textiles en la construcción de la identidad cultural en los cementerios de Quillagua (norte de Chile). Gaceta Arqueológica Andina 25: 167-198.

AJATA, R., 2004 Ms. Aproximación al espacio geográfico del Complejo Cultural Pica-Tarapacá, norte de Chile: Una visión desde los sistemas de información geográfica. Ponencia presentada en XV Congreso Nacional de Arqueología Argentina, Río Cuarto.

ALBARRACIN, J., 1996. Tiwanaku. Arqueología regional y dinámica segmentaria. Editorial Plural, La Paz.

ALBERTI, G. y E. MAYER, 1974. Reciprocidad e intercambio en los Andes peruanos. Instituto de Estudios Andinos, Lima.

AYALA, P. Y M. URIBE, 1996. Caracterización de dos tipos cerámicos ya definidos: Charcollo y Chiza Modelado. Boletín de la Sociedad Chilena de Arqueología 22: 24-28.

BLAU, P., 1977. Inequality and heterogeneity: A primitive theory of social structure. The Free Press, Nueva York.

——1979. Symbolic power. Critique of Anthropology 4: 77-85.

CATALAN, D., 2006. El rito funerario en la prehistoria tardía del norte de Chile: Una aproximación a las expresiones ideológico-simbólicas tarapaqueñas a partir de los tejidos y objetos muebles. Memoria de Título en Arqueología, Departamento de Antropología, Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de Chile, Santiago.

CLARK, G., 1980. Arqueología y sociedad. Akal Universitaria, Madrid.

CLASTRES, P., 1978. La sociedad contra el Estado. Monte Avila Editores, Caracas.

CORDY, R., 1981. A study of prehistoric social change: The development of complex societies in the Hawaiian islands. Academic Press, Nueva York.

CHILDE, G., 1988 [1925]. Los orígenes de la civilización. Fondo de Cultura Económica, Madrid.

——2002 [1942]. Qué sucedió en la historia. Editorial Crítica, Barcelona.

DAUELSBERG, P., 1972-73. La cerámica de Arica y su situación cronológica. Chungara 1-2: 17-24.

EARLE, T., 1991. Chiefdoms: Power, economy and ideology. Cambridge University Press, Cambridge.

EMBER, C. y M. EMBER, 1997. Antropología cultural. Prentice Hall, Madrid.

FLANNERY, K., 1975. La evolución cultural de las civilizaciones. Editorial Anagrama, Barcelona.

FOUCAULT, M., 1972. La arqueología del saber. Editorial Siglo XXI, México D. F.

——1979. La microfísica del poder. Ediciones de La Piqueta, Madrid.

FRIED, M., 1967. The evolution of political society. Random House, Nueva York.

——1985. Sobre la evolución de la estratificación social y el Estado. En Antropología política, J. Llovera (Ed.), pp. 133-151. Editorial Anagrama, México D. F.

GARCIA, M., 2006 Ms. De las plantas y los antiguos camiñanos. Análisis arqueobotánico de la aldea Camiña-1, Provincia de Tarapacá (I Región), durante el Período Intermedio Tardío (1000-1450 DC). Informe de Práctica Profesional, Departamento de Antropología, Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de Chile, Santiago.

GUTIERREZ, E., 1990. Una sociedad cacical agrícola: El sitio arqueológico Kaminaljuyú/San Jorge, Guatemala. Boletín de Antropología Americana 22: 123-144.

JOHNSON, A. Y T. EARLE, 2003. La evolución de las sociedades humanas. Ariel Prehistoria, Barcelona.

LLAGOSTERA, A., 1976. Hipótesis sobre la expansión incaica en la vertiente occidental de los Andes Meridionales. En Homenaje al Dr. Gustavo Le Paige s.j., L. Núñez (Ed.), pp. 203-218. Universidad del Norte, Antofagasta.

——1995. San Pedro de Atacama: Nodo de complementariedad reticular. En Integración surandina: Cinco siglos después, Centro de Estudios Regionales Andinos Bartolomé de las Casas, Corporación Norte Grande, Taller de Estudios Andinos, pp. 17-42. Universidad Católica del Norte, Cuzco-Antofagasta.

ENGELS, F., 1971. El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado. Claridad, Buenos Aires.

MC-GUIRE, R., 1983. Breaking down cultural complexity: Inequality and heterogeneity. Advances in Archaeological Method and Theory 6: 91-142.

MICHEL, M., 2000. El Señorío prehispánico de Carangas. Diplomado Superior en Derecho de los Pueblos Indígenas, Universidad de la Cordillera, La Paz.

MILLER, M. Y C. TILLEY, 1984. Ideology, power and prehistory: An introduction. En Ideology, power and prehistory, M. Miller y C. Tilley (Eds.), pp. 1-15. Cambridge University Press, Cambridge.

MORAGAS, C., 1993. Antecedentes sobre un pucara y estructura de cumbre asociadas a un campo de geoglifos en la quebrada de Tarapacá, área de Mocha, I Región. Boletín del Museo Museo Regional de la Araucanía 4 (2): 25-39.

——1995. Desarrollo de las comunidades prehispánicas del litoral Iquique-desembocadura río Loa. Hombre y Desierto 9 (I): 65-80.

——2004 Ms. Reconocimiento arqueológico en el litoral de Pisagua, I Región. Informe Proyecto FONDECYT 1030923.

MORGAN, L., 1987 [1877]. La sociedad primitiva. Endymion, Madrid.

MOSTNY, G., 1970. La subárea arqueológica de Guatacondo. Boletín del Museo Nacional de Historia Natural XXIX (16): 271-287.

MURRA, J., 1972. El "control vertical" de un máximo de pisos ecológicos en la economía de las sociedades andinas. En Visita a la provincia de León de Huanuco (1562), J. Murra (Ed.), pp. 429-476. Universidad Hermilio Valdizán, Huanuco.

——1983. La organización económica del Estado Inca. Editorial Siglo XXI, México D. F.

NIEMEYER, H., 1961. Excursiones a la sierra de Tarapacá. Arqueología, toponimia, botánica. Revista Universitaria XLVI: 97-114.

NUÑEZ, L., 1965. Desarrollo cultural prehispánico del norte de Chile. Estudios Arqueológicos 1: 37-115.

——1966. Caserones-I, una aldea prehispánica del norte de Chile. Estudios Arqueológicos 2: 25-29.

——1976. Geoglifos y tráfico de caravanas en el desierto chileno. En Homenaje al Dr. Gustavo Le Paige s.j., L. Núñez (Ed.), pp. 147-201. Universidad del Norte, Antofagasta.

——1979. Emergencia y desintegración de la sociedad tarapaqueña: Riqueza y pobreza en una quebrada del norte chileno. Atenea 439: 163-213.

——1981. Emergencia de sedentarización en el desierto chileno. Subsistencia agraria y cambio sociocultural. Creces 11 (2): 33-38.

——1982. Temprana emergencia del sedentarismo en el desierto chileno: Proyecto Caserones. Chungara 9: 80-122.

——1984. Tráfico de complementariedad de recursos entre las tierras altas y el Pacífico en el Area Centro-Sur Andina. Tesis Doctoral, Universidad de Tokio, Tokio.

——1985. Petroglifos y tráfico en el desierto chileno. En Estudios en arte rupestre, C. Aldunate, J. Berenguer y V. Castro (Eds.), pp. 243-64. Museo Chileno de Arte Precolombino, Santiago.

——1989. Hacia la producción de alimentos y la vida sedentaria (5000 AC a 900 DC). En Culturas de Chile. Prehistoria, J. Hidalgo, V. Schiappacasse, H. Niemeyer, C. Aldunate e I. Solimano (Eds.), pp. 81-105. Editorial Andrés Bello, Santiago.

NUÑEZ, L. Y L. BRIONES, 1967-1968. Petroglifos del sitio Tarapacá-47 (Provincia de Tarapacá). Estudios Arqueológicos 3-4: 43-83.

NUÑEZ, L. Y T. DILLEHAY, 1995 [1978]. Movilidad giratoria, armonía social y desarrollo en los Andes Meridionales: Patrones de tráfico e interacción económica. Ensayo. Universidad Católica del Norte, Antofagasta.

NUÑEZ, L. Y C. MORAGAS, 1983. Cerámica temprana en Cáñamo (costa desértica del norte de Chile): Análisis y evaluación regional. Chungara 11: 31-61.

NUÑEZ, L. y J. VARELA, 1967-1968. Sobre los recursos de agua y el poblamiento prehispánico de la costa del Norte Grande de Chile. Estudios Arqueológicos 3-4: 7-41.

NUÑEZ , P., 1983. Aldeas tarapaqueñas, notas y comentarios. Chungara 10: 29-37.

——1984. La antigua aldea de San Lorenzo de Tarapacá, norte de Chile. Chungara 13: 53-66.

PLATT, T., 1987. Entre ch'axwa y muxsa. Para una historia del pensamiento político andino. En Tres reflexiones sobre el mundo andino, T. Bouysse-Cassagne, O. Harris, T. Platt y V. Cereceda (Eds.), pp. 61-132. HISBOL, La Paz.

PLOG, F., 1974. The study of prehistoric change. Academic Press, Nueva York.

——1977. Explaining change. En Explanation of prehistoric change, J. Hill (Ed.), pp. 17-58. University of New Mexico Press, Albuquerque.

RETAMAL, R., 2004 Ms. Bioantropología del cementerio Pica-8. Informe de Práctica Profesional, Departamento de Antropología, Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de Chile, Santiago.

RIVERA, M., D. SHEA, A. CAREVIC y G. GRAFFAM, 1995-1996. En torno a los orígenes de las sociedades complejas andinas: Excavaciones en Ramaditas, una aldea Formativa del Desierto de Atacama, Chile. Diálogo Andino 14/15: 205-239.

ROWLANDS, M., 1989. A question of complexity. En Archaeological thought in America, C. Lamberg-Karlovsky (Ed.), pp. 29-40. Cambridge University Press, Cambridge.

RYDEN, S., 1947. Archaeological researches in the highlands of Bolivia. Elanders Boktryckeri Aktiebolag, Gotenburgo.

SANDERS, W. Y D. WEBSTER, 1978. Unilianism, multilianism and the evolution of complex societies. En Social archaeology: Beyond subsistence and dating, Ch. Redman, M Berman, E. Curtin, W. Langhorne, N. Versaggi y J. Wanser (Eds.), pp. 249-302, Academic Press, Nueva York.

SANHUEZA, J., 1981. Antecedentes preliminares y dos fechas de radiocarbón del sitio Pukar Qollu o Pukara de Isluga, Altiplano de Iquique, I Región, norte de Chile. Documentos de Trabajo 8: 32-41.

——1985. Poblaciones tardías en playa "Los Verdes" costa sur de Iquique, I Región-Chile. Chungara 14: 45-60.

SANHUEZA, J. Y O. OLMOS, 1981. Usamaya I, cementerio indígena en Isluga, altiplano de Iquique, I Región-Chile. Chungara 8: 169-207.

SANTORO, C., 1995. Late prehistoric interaction and social change in a coastal valley of Northern Chile. Tesis de Doctorado, Departament of Anthropology, University of Pittsburgh, Pittsburgh.

SANTORO, C., ROMERO, A. Y M. SANTOS, 2001. Formas cerámicas e interacción regional durante los períodos Intermedio Tardío y Tardío en el valle de Lluta. En Segundas Jornadas de Arte y Arqueología, L. Cornejo, J. Berenguer, F. Gallardo y C. Sinclaire (Eds.), pp. 15-40. Museo Chileno de Arte Precolombino, Santiago.

SERVICE, E, 1975. Origins of the State and civilization. Norton, Nueva York.

STEWART, J., 1949. Cultural causality and law: A trial formulation of the development of early civilizations. American Anthropologist 51 (1): 1-27.

——1955. Theory of culture change: The methodology of multilinear evolution. University of Illinois, Urbana.

TRIGGER, B., 1993. The State-church reconsidered. En Configurations of power. Holistic anthropology in theory and practice, J. Henderson y P. Netherly (Eds.), pp. 74-111. Cornell University Press, Ithaca-Londres.

TRUBITT, M., 2003. The production and exchange of marine shell prestige goods. Journal of Archaeological Research 11 (3): 243-277.

TRUE, D., L. NUÑEZ Y P. NUÑEZ, 1970. Archaeological investigations in Northern Chile. Project Tarapacá. Preceramic resources. American Antiquity 35 (2): 170-184.

URIBE, M., 1999-2000. La arqueología del Inka en Chile. Revista Chilena de Antropología 15: 63-97.

URIBE, M. Y L. ADAN, 2004. Acerca del dominio Inka, sin miedo, sin vergüenza. Chungara vol. especial: 467-480.

URIBE, M. Y P. AYALA, 2004. La alfarería de Quillagua en el contexto formativo del Norte Grande de Chile (1000 AC-500 DC). Chungara vol. especial: 585-597.

URIBE, M., L. SANHUEZA Y F. BAHAMONDES, 2006 Ms. Acercamiento sistemático a la cerámica prehispánica tardía de Tarapacá, Norte de Chile: Sus valles interiores y costa desértica (950-1532 DC).

VIDAL, A., M. GARCIA Y G. VEGA, 2004. Trabajando con las plantas en la localidad arqueológica de Pisagua, I Región. Boletín de la Sociedad Chilena de Arqueología 37. En prensa.

VILCHES, F. Y G. CABELLO, 2004 Ms. De lo público a lo privado: El arte rupestre asociado al Complejo Pica-Tarapacá. Ponencia presentada en el V Congreso Chileno de Antropología, San Felipe.

WENKE, R., 1981. Explaining the evolution of cultural complexity: A review. Advances in Archaeological Method and Theory 4: 79-127.

WRIGHT, H., 1977. Recent research on the origin of the State. Annual Review of Anthropology 6: 379-398.

ZLATAR, V., 1984. Cementerio prehispánico Pica-8. Universidad de Antofagasta, Antofagasta.

 

Recibido: Agosto 2005. Aceptado: Marzo 2006.

Creative Commons License Todo el contenido de esta revista, excepto dónde está identificado, está bajo una Licencia Creative Commons