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Revista signos

versión On-line ISSN 0718-0934

Rev. signos v.38 n.57 Valparaíso  2005

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-09342005000100013 

  Revista Signos 2005, 38(57), 137–140

DISCURSOS

A propósito de un Programa de Educación Superior.
Breve reflexión metateórica


El Magíster en Lingüística Aplicada
Pontificia Universidad Católica de Valparaíso, Chile




Alfredo Matus O.


Director Academia Chilena de la Lengua


Chile

Dirección para correspondencia





Se dice muy fácilmente: un programa de Educación Superior. Sólo que aquí, el adjetivo superior, alcanza su pleno despliegue semántico. Dicho de educación, uno de los 8 valores de contenido, inventariados en el DRAE, parece convenir a este contexto: “Dicho de una cosa: Que está más alta y en lugar preeminente respecto de otra” (1ª acep.). Dicho del programa mismo (el Magíster en Lingüística Aplicada de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso), además de esta acepción, le convienen otras tres: “Dicho de una cosa: Más excelente y digna, respecto de otras de menos aprecio y bondad” (3ª acep.), “Que excede a otras cosas en virtud, vigor o prendas, y así se particulariza entre ellas” (4ª acep.), “Excelente, muy bueno” (5ª acep.). Y esto nos impulsa a cambiar el título de estas palabras: “A propósito de un programa superior de educación superior” o, con distinto foco: “A propósito de un superior programa de educación superior”.

Efectivamente, este Programa que hoy nos invita
a reflexionar, en términos lexicográficos, está más alto y en lugar preeminente, es excelente y digno, excede en virtud, vigor y prendas respecto de otras cosas. En suma, excelente, muy bueno. Sí, en metalengua de diccionarios es así. Pero cuidado, que la sustancia lexicográfica es sustancia léxica y – wow– como dirían los anglófilos, en qué gravedad nos estamos metiendo, en qué camisa de veintidós o treinta y tres varas. Porque penetrar en la sustancia léxica de la lengua es introducirse en la interpretación y en la categorización del mundo. Y aquí, con lenguaje de lexicógrafos, estamos tratando de aprisionar esta porción de mundo que son los estudios académicos superiores y de los adjetivos de valoración que les corresponden. En este caso, superior, entificado es preeminencia, excelencia, virtud, vigor, prenda. Excelencia, sin más. Se dice muy rápido:

“…..luego del estudio de los antecedentes enviados, la Comisión Nacional de Acreditación de Postgrados, CONAP, ha resuelto Re–Acreditar (con realce tipográfico, mayúsculas no canónicas y negritas) dicho programa por un período de 4 años (también con realce)”.
 
Bravo. Enhorabuena. Bien por el Programa de
Magíster en Lingüística Aplicada. Bien por la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso. Bien por la lingüística chilena.

Se dice muy rápido. Pero, “Señores, vámonos poco
a poco…”, como advirtió don Quijote poco antes de morir. ¿Qué se dice cuando se dice que un programa superior de lingüística es superior?

“¿Qué se ama cuando se ama?”, se pregunta
Gonzalo Rojas y, mucho antes que él, Plotino. Sin duda, que ha cumplido con todos los estándares (¡qué palabra burocrática fatigante!). Por supuesto que los ha satisfecho con holgura, en lo cualitativo y en lo cuantitativo. Un cuerpo de profesores altamente calificado, de larga experiencia, de sólido prestigio. Un estricto afincamiento en los quehaceres de investigación de punta. Una infraestructura adecuada. Una proyección nacional e internacional. Es decir, ¿qué gracia tiene que haya logrado nuevamente la acreditación? No es a esto a lo que quiero referirme en este instante. Mi respuesta va mucho más allá. Va muchísimo más allá, por lo menos en dos aspectos: en su concepción y en su sustancia, cuestiones a las que apunto muy sucintamente por ahora.

Y es que, en lo valorativo, en el orden de las concepciones
lingüísticas, este Programa se presenta como la manifestación, en la docencia de postgrado, de lo que se puede llamar una lingüística integral. Uno de los mayores teóricos del lenguaje del siglo XX, Eugenio Coseriu, escribía en 1966:

“ Sobre el lenguaje se ha dicho, en realidad, casi todo lo que había que decir. Pero también se ha dicho y se siguen diciendo muchas cosas –demasiadas– que hubiera sido mejor que no se dijeran. En parte, esto se explica por el lenguaje mismo”.

Este Programa no divaga ni extravaga, porque está
asentado en sólidos fundamentos. En su articulación descubro los mismos principios metateóricos que sustentan el macizo edificio conceptual coseriano. Y esto no es extraño si se tiene en consideración que en su base, asociada a todo un conjunto de investigaciones rigurosas, están esos dos mentores, representantes de esa sólida tradición de la mejor lingüística del siglo XX, Marianne Peronard y Luis Gómez Macker, que junto con su discípulo Giovanni Parodi, han logrado establecer, cosa excepcional en Chile, una auténtica Escuela Lingüística, esto es, un conjunto de acciones severamente planificadas, teórica y filosóficamente enmarcadas con rigor y un sello distintivo particular, con instancias de investigación que se proyectan en el tiempo y formación de discípulos que aseguran su continuidad. Este programa de postgrado no representa, pues, una acción aislada, sino un quehacer potentemente situado en un vasto aliento científico y teorético, contextualizado en una concepción superior del fenómeno lingüístico.

El sabio lingüista de Tübingen, en su discurso de
incorporación a la Academia de Ciencias de Heidelberg, el 19 de noviembre de 1977, en un acto lúcido de reflexividad metateórica, se refería a los cuatro principios fundacionales de toda su actividad científica (“die Grundsätze meine ganze wissenschaftliche Tätigkeit”), a saber: el decir las cosas como son, la teoría como consideración sistemática de lo universal en lo concreto (en los “hechos”), la dialéctica entre tradición y novedad, los alcances y límites de las diversas orientaciones de las ciencias del lenguaje. Estos cuatro pilares son reconocibles en la configuración del Programa de Magíster en Lingüística Aplicada de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso, Chile. En efecto, si se revisa someramente el plan de estudios ya se pueden reconocer estos cuatro lineamientos fundantes. Para mostrar un solo ejemplo, el principio de realismo platónico (“decir las cosas como son”), aparentemente sería lo más fácil y lo más simple de toda instancia indagativa (bastaría con observar las cosas e informar sobre ellas) –como dice Coseriu. Sin embargo, es quizás lo más difícil que se puede dar en la ciencia y muy pocas veces se logra.

“ Lo más frecuente –según el autor rumano– es que se diga lo que las cosas no son o como son parcialmente, ocasionalmente, o sólo desde un determinado punto de vista”.

Es lógico que este principio desemboque en el
integralismo lingüístico y en la interdisciplinariedad y la transdisciplinariedad de las operaciones conceptuales e indagativas. En el plan de estudios se advierte el componente epistemológico de las principales corrientes de la lingüística contemporánea (asignaturas como “Lingüística General”) con sus orientaciones estructuralistas, generativistas y pragmáticas dentro del marco integrador de la lingüística textual. Está claro que aquí no aparece el sesgo procedente de una aplicación acrítica del paradigma kuhniano relativo a las revoluciones científicas, sino más bien la apertura que significa la tesis de la complementariedad de las principales orientaciones de la lingüística actual, cada una igualmente válida dentro de plano en que ellas operan.

Seríamos tautológicos si intentáramos mostrar, en
esta ocasión, la estrecha correlación que de esto resulta con los demás principios epistemológicos nombrados: la teoría, como consideración sistemática de lo universal en lo concreto, y que aquí adquiere fuerza explicativa en la sustentación de una lingüística aplicada, y, de un modo particular, en la asunción de los urgentes e imperiosos desafíos de la realidad nacional en lo que dice relación con los procesos de enseñanza y aprendizaje de las lenguas. Los principios de tradición y novedad, así como el de alcances y límites, significan el aprovechamiento de todo lo que ha ido constituyéndose en saber establecido, hallazgo, en la historia del pensamiento lingüístico, y no sólo de las llamativas, y a veces aventureras tentaciones de última hora. Todo lo cual concede a nuestro Programa una fisonomía de serenidad y madurez. Por eso, integralismo más que eclecticismo; más que un abstenerse neutro, un compromiso. Por otro lado, las dimensiones interdisciplinarias y transdisciplinarias están inteligentemente articuladas en este plan de estudios. La sociolingüística, la psicolinguïstica, la psicología cognitiva, la filosofía del lenguaje, verdaderos cimientos del integralismo lingüístico, se articulan funcionalmente con los modelos que se dirigen hacia el anclaje de lo aplicado, como son las teorías sobre la adquisición lingüística, los procesos de enseñanza–aprendizaje de la lectura, y la didáctica de la escritura. Esto es esencialidad, justeza, equilibrio y consistencia interna.

Hasta aquí, muy esquemáticamente, lo relativo a
la concepción subyacente que manifiesta esta trayectoria científica. La mirada integralista no impide la concentración, la focalización, el relieve en que este Programa se circunscribe. Por el contrario. Y éste es el segundo aspecto de mi respuesta a “qué se ama cuando se ama”.

¿Qué se dice cuando se dice que un programa
superior es excelente? Y afirmo que, además de su concepción y compromiso epistemológico, es su sustancia, su qué, el quid del asunto, el que también otorga excelencia a este Programa. Nada menos que lo más humano de lo humano, el lenguaje, es su sustancia. Pero esto, con decir mucho, no es mucho lo que dice. Hay muchos, demasiados, programas de postgrado que se refieren al lenguaje y a las lenguas. Sólo que aquí no sólo se trata de lo más humano de lo humano, sino de lo más lingüístico de lo lingüístico, el portentoso universal de la semanticidad, lo que constituye propiamente lo lingüístico y, por tanto, lo más genuino del humano quehacer. Esto también se dice pronto, pero igualmente aquí vámonos poco a poco. Porque este programa, siendo epistemológicamente integralista, es sustancialmente textualista y discursivista. Sabe concentrarse en la médula de lo lingüístico que es la significación y el sentido, que sólo encuentran su máximo despliegue en el texto–discurso. Desde este ángulo se revela como estrictamente holista, en el sentido de que reconoce que la totalidad está en la parte, que el todo del fenómeno lingüístico se da íntegro en esa figura del lenguaje en uso que es el texto. Porque es en el plano pragmático en donde se juegan, se enfrentan, diría yo brutalmente, lenguaje y realidad. Porque para eso están las lenguas, para hablar de las cosas y hablar de las cosas implica un conocer la realidad. Seres aburridos somos los humanos, monótonamente monotemáticos. No tenemos otro asunto de que hablar, sino de la realidad, de la creada y de la increada, de la literal y de la metafórica, de la inmanente y de la trascendente, de la física y de la metafísica, de la abstracta y de la concreta. No tenemos más remedio. Es nuestra terrenal limitación, tener que vérnosla con ese mundo ahí que nos es dado. Y para hacerlo habemos de construirla y reconstruirla, esto es, de producir significación. Y este proceso se realiza y se logra, o se malogra, justamente en la situación pragmática, en el particularísimo acto de lenguaje en uso, el texto–discurso. En el texto, complejo artefacto productor de sentido, que pide, exige, unos agentes cooperadores que lo hagan funcionar. Y este programa, cabalmente, se concentra en los procesos de producción y recepción de sentido de los textos escritos. Son, desde luego, cosas mayores, porque el texto escrito es figura semiótica del ser mismo del lenguaje en todas sus manifestaciones y es por eso que tiene esa imperiosa fuerza de metáfora de la vida cotidiana. No sólo leemos las líneas de la mano, las cartas del Tarot, también leemos la historia, el desarrollo de la humanidad, las vidrieras de las catedrales, como leemos los astros. Considerar es, etimológicamente eso, lectura de los sidera: examinar atentamente los astros en busca de augurios, es decir, de hipótesis para reconstruir sentidos. “Sílabas las estrellas compongan” escribía Sor Juana Inés de la Cruz.

Y, Octavio Paz:


Soy hombre,
duro poco y es enorme la noche.
Pero miro hacia arriba.
Las estrellas escriben.
Sin entender, comprendo.
También soy escritura.
Y en este mismo instante
Alguien me deletrea.  

Atañen al ejercicio terrible de la faena de elegir,
de todo lo humano, es decir, a la riesgosa y fascinante tarea de ejercer la libertad. De allí su fragilidad. Nuestro Gonzalo Rojas ha escrito:

Los verdaderos poetas son de repente: nacen y desnacen en cuatro líneas, y nada de obras completas.  

Porque leer es verbo de raigambre, y originariamente,
en la raíz indoeuropea leg– (de donde las correspondientes griegas y latinas en palabras como: lector, leyenda, sacrilegio, eligencia, inteligencia, elegancia, legado, monólogo, sin mencionar su larga descendencia en gótico, anglosajón, alto alemán, etc.) significaba “cosechar”, después “seleccionar”, después “elegir” hasta nuestro cotidiano “leer”. Operación central de la semiótica lingüística que explica el carácter de reconstrucción y de hipótesis que encierra este quehacer explicativo de todo el fenómeno lingüístico que en él encuentra su culminación.

Por eso, considero que la formación que proporciona
este Programa de Magíster en Lingüística Aplicada podría aportar también significativamente a quienes tienen que manipular profesionalmente textos (¿quién no, en verdad?), a los juristas, a los historiadores, a los filólogos, a los periodistas, a los psicólogos, a los teóricos y críticos de la literatura. ¡Cuánto les aportaría la formación que otorga este magíster! Pero, “soy hombre, duro poco y es eterna la noche”. Y hay que concentrarse. Este Programa se concentra, con la economía de las cosas esenciales, sin dispersarse en cursillismos inútiles. No se distrae en cuestiones menores. No puede hacerlo, porque su sustancia, su qué, su íntimo quid no es nada menos que ese supremo ejercicio humano de lo hermenéutico, del desciframiento e interpretación, de la reconstrucción semántica, que no es más que la recomposición y reinvención del mundo. Operación culminativa de nuestro ser semiótico. En fin, de la denodada búsqueda del sentido en que todos andamos.

Gracias.

Valparaíso, 23 de junio, 2005



Dirección para Correspondencia: amatus@uchile.cl
 

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