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Revista signos

versión On-line ISSN 0718-0934

Rev. signos v.38 n.57 Valparaíso  2005

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-09342005000100011 

  Revista Signos 2005, 38(57), 131–133

DISCURSOS

La Lingüística y los Estudios Superiores en la Universidad
del Siglo XXI

Encuentro con ocasión de la celebración de la re–acreditación máxima por parte de la Comisión Nacional de Acreditación de Postgrados de Chile (CONAP) al Programa de Magíster en Lingüística Aplicada de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso, Chile



Giovanni Parodi S.

Director Programas de Postgrado en Lingüística

Pontificia Universidad Católica de Valparaíso

Chile

Dirección para correspondencia





AGENDA DEL EVENTO

La agenda programada para el encuentro de esta tarde contempla, por mi parte, unas breves palabras de bienvenida y algunas reflexiones en el marco de la acreditación y los postgrados; seguidamente, escucharemos
las palabras de la Dra. Marianne Peronard Th., Fundadora de los Programas de Postgrado en Lingüística de la PUCV y actual Profesora Emérita de nuestra universidad; a continuación, el Director de la Academia Chilena de la Lengua, Don Alfredo Matus O., ofrecerá una conferencia titulada “ A propósito de un Programa de Educación Superior. Breve reflexión metateórica”. Cerrará el encuentro, nuestro Rector Alfonso Muga N.

PALABRAS PRELIMINARES Y DE BIENVENIDA

En esta tarde de junio en que damos inicio al Encuentro “La Lingüística y los Estudios Superiores en la Universidad del siglo XXI”, deseo que mis primeras palabras sean de agradecimiento por su presencia
aquí en este acto. Es un encuentro de carácter colaborativo y participativo, ya que celebramos algo de todos y alcanzado con el esfuerzo de muchos involucrados. Es sin duda un momento de regocijo.

Seguidamente, quisiera agradecer a mi amigo Alfredo Matus, por aceptar este otro desafío en que lo comprometo. Siempre dispuesto a ajustar su agitada y apretada agenda, para así darnos un espacio. Valoramos tu presencia aquí, Alfredo.

La participación hoy y siempre de los alumnos es vital. También les agradezco particularmente; es obvio que sin ellos no seríamos academia. Somos una sinergia, un yin y un yan, dos caras de la misma moneda, parafraseando al maestro ginebrino.

Ahora bien, dado que mi objetivo en esta intervención es ofrecerles algunas palabras introductorias y que las palabras más doctas en el tema de acreditación y universidad me seguirán, me siento liberado, así, de responsabilidades académicas y puedo dedicarme unos minutos a los afectos.

Es verdad, digámoslo, estamos felices. Y cómo no alcanzar tal estado si pertenecemos a una Unidad
de Postgrado del Instituto de Literatura y Ciencias del Lenguaje, la única de nuestra querida Pontificia Universidad
Católica de Valparaíso que cuenta con sus dos programas de postgrado (Doctorado y Magíster) ahora acreditados por el máximo de años. O sea, con calificación máxima, reconocimiento total a la excelencia. Es justo decirlo públicamente, sin ánimos de molestar o herir a nadie; todo un orgullo para los involucrados directa e indirectamente. Callarlo humildemente, por deferencia, por decoro, no era el caso esta vez; había que vociferarlo. Es cierto, en Chile existen pocos programas de postgrado y aún menos con una acreditación máxima. No existe en nuestro país (y es fácil comprobarlo) otro grupo de lingüistas que sostenga dos programas de postgrado del más
alto nivel. No lo decimos nosotros. Lo dice la Comisión Nacional de Acreditación de Postgrados (CONAP) del Ministerio de Educación, organismo competente y único en este rol en Chile.

Obviamente nada de esto ha sido fácil, ni menos gratuito. Responde a un plan de acciones cuidadosamente
diseñado y en el que conjuntamente nos hemos involucrado un número considerable de personas y estamentos. No es azaroso. Pero ello, por supuesto, no debe implicar una estrategia de frío cálculo en que nos interesaba el fin por sí mismo, en que el propósito de marketing o los anhelos exhibicionistas eran la meta. Constituye muchísimo más. Es más… Es un producto de la mística, de la fe, de la lucha de un grupo por un trabajo compartido y en el que disfrutamos cada día su afán. Ha llegado como un regalo. Obviamente, no es un limbo, no es un mítico refugio
en el que nos escondemos, es un disfrute que raramente pocos parecen entender. No trabajamos, sino que disfrutamos.

Cómo explicar esto a muchos otros colegas que vienen a la universidad a “ganar el pan”, a “buscar el sustento económico”. Por el contrario, es iluso tan siquiera imaginar que no nos interesa asegurar un buen pasar económico, pero no es el fin determinante. Puede sonar arrogante y hasta falaz. Pero es así, tratamos de hacerlo mágico, más con alto rigor y exigencia académica y a eso invitamos a todos quienes se nos unen. Estamos construyendo la lingüística del siglo XXI, estamos construyendo la universidad del nuevo milenio, con todo lo bueno que puede brindar y lo malo que nos acecha.

O sea, permítanme una metáfora, no sé si técnicamente de índole gramatical, la acreditación es la
guinda de la torta. Y hay que estar allí cada día para que se mantenga fresca y colorida.

Ahora bien, como dije, he decidido que mis palabras recojan los afectos. Por afectos estamos la mayoría de nosotros aquí. Por afecto a la Lingüística, por afecto a la universidad. Sin cariño, estoy seguro, no
se construye nada perpetuo. Los Programas de Postgrado en Lingüística jamás habrían llegado a donde están si no fuera por el amor de sus fundadores a esta Universidad y a la Lingüística. Uno de ellos nos acompaña aquí, y nos sentimos privilegiados. Don Luis Gómez Macker hace muy poco nos dejó en cuerpo, pero tal vez él nunca se imaginó con qué fuerza nos impactaría su contribución humana, académica y espiritual. Y, obviamente, está aquí más presente que nunca.

Debo confesar que me impacta y emociona escuchar a alumnos del magíster y del doctorado, que nunca lo conocieron personalmente, hablar cariñosamente de Don Lucho; de su trabajo tal o cual, de su idea de la trascendencia humana… de su modelo de comprensión lingüística integral, de la mente–corazón… Esto, sin duda, es un lujo.

Es para mí un honor y un orgullo estar en este cargo, que por años desempeñó tan magníficamente Marianne Peronard. Fue, sin lugar a dudas, un gran riesgo aceptarlo en su momento. Pero la maestra había indicado los pasos, dejado huellas indelebles, migas de pan para que el camino no fuera tan duro. Sin ellas, seguramente yo no estaría aquí hoy. Una vez más y públicamente, Doña Marianne, gracias por tanto. Estoy convencido, cada día más, que solo valoramos o alcanzamos a ver la punta del iceberg de sus enseñanzas. Tiempo tenemos para descubrir juntos mucho más… Dios nos lo regalará.

Por supuesto que también estamos aquí debido al esfuerzo, al trabajo de los fundadores, al trabajo de un equipo de académicos que ha laborado por largos años con esfuerzo y tesón, desinteresadamente, de búsquedas personales o figuraciones mezquinas, ir en pos del ideal de la investigación y el estudio sostenido. Por todo ello y más, este es un momento de regocijo y reconocimiento.

Debo agradecer al Rector, Alfonso Muga, aquí presente. Su ánimo y constante apoyo nos ha hecho más fuertes. La idea de este Encuentro como acto académico, seamos honestos, es suya. La idea de la celebración misma, tal vez, es más mía. El sugirió la idea de un taller, un seminario, del Encuentro, buscando realzar la acreditación pero dándole una nota académica al momento de regocijo. Tal como él nos propusiera hace unos días: “Manténganse en la estratósfera, disfruten el momento”. Ya han pasado casi veinte días desde saber la noticia, pero tratamos
de permanecer en la estratósfera… aunque te aseguro Alfonso que a ratos tratamos de poner los pies
en la tierra…

Gabriel Yany y Jacqueline Reveco fueron apoyos decisivos en etapas del proceso de acreditación. Gracias
infinitas por su ayuda y comprensión.

Y, obviamente, a tantas personas que nos acompañaron durante este casi año y medio del proceso.

Ahora bien, es cierto, vivimos tiempos de encrucijada. Para la Lingüística y para la Universidad. Ambas a ratos divagan…

La Universidad está decididamente cambiando. Lo mismo ocurre a la Lingüística. Está bien, es lo que corresponde, es el devenir de los tiempos, es lo necesario para el avance. Pero, es posible que ahora se sienta más que en los últimos 30 o 40 años, es factible que se note con más fuerza este ahínco, esta urgencia. Como dice el poeta, “nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos”… O a lo Heráclito, en ciertas cuestiones quisiéramos que fuéramos los mismos o que el mismo río nos siguiera bañando… Pero bien sabemos que esto no es posible.

Pero la realidad a ratos es más dura, aunque tal vez más motivadora y nos deja la antorcha en nuestras manos, para que lideremos, para que usemos el verbo en plural

Aún más encrucijadas;

• ¿Seremos merecedores de tan sabios maestros?

• ¿Sabrán las nuevas generaciones emular a nuestros magníficos mentores?

• Más grave aún, ¿seremos nosotros capaces –en el futuro– de ser maestros de las nuevas generaciones?

A ratos, pesimistamente, pienso que no, que la tránsfuga minucia de cada día nos quita el espacio calmo y reflexivo, mínimo rincón para el nacimiento de una simiente algo creativa dentro de las ciencias lingüísticas.

Qué lingüística nos acogerá, qué lingüística nos acicateará en los umbrales de este milenio, tan caracterizado
por la urgencia, lo efímero, lo perecedero, lo para ayer, y con escaso espacio para la reflexión sólida, el pensar calmo, la detención atemporal en una idea, en una línea de un libro; para el necesario cultivo de la relación maestro–discípulo, que no puede responder al tañido de la campana ni al reloj implacable.

Pero también, a ratos, más que una depresión es una gran motivación. Lo desconocido, la posibilidad de indagar nuevos horizontes, de salir de lo mismo, el acicate es fuerte y la sangre parece correr aun más fuerte.
En definitiva, lo central, lo vital, y no el tiempo ido en la carrera desbocada por tal o cual proyecto, tal o cual viaje, o tal o cual congreso. La charla calma y reflexiva, casi parece que esa universidad no es la del nuevo milenio… Pero no es así, estoy seguro, debemos rescatarla y reforzarla, y buscarla y construirla en nuevos escenarios, defenderla, protegerla a toda costa. Luchar por ella. Sí, luchar porque la universidad sea nuestra en todo sentido y no la que nos imponen.

Es cierto, la universidad del siglo XXI es otra, y estoy seguro está en nuestras manos, que deben ser manos decididas y fuertes las que llevarán a la lingüística a dejar los devaneos adolescentes y a cruzar umbrales interdisciplinarios exitosos, pero no vanidosos. Debe ser una universidad y una lingüística “comunicable” como diría Don Lucho, un texto consensuado, debe ser una academia y una lingüística decididamente transdisciplinaria y participativa, no de sujetos o entidades clausuradas sobre sí.

Ojalá, ojalá, tengamos discípulos que comprendan el mensaje de generaciones en nuestra PUCV, que superando sus normales ambiciones personales, se dejen tentar por un sueño no imposible, que se resten a los personalismos y se sumen al equipo que nuestros fundadores en lingüística nos enseñaron, no solo con la palabra, sino con el ejemplo. Solo así, creo, que la Escuela Lingüística de Valparaíso de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso, nombre que acuñara Alfredo Matus, Director de la Academia Chilena de la Lengua, hará ya unos ocho años, enfrentará exitosamente el umbral del nuevo milenio y lo superará con creces. Solo así seremos dignos discípulos de las enseñanzas ejemplares de nuestros fundadores y maestros.

Construir la universidad del siglo XXI obviamente es tarea de todos, nadie puede restarse. Lo vital está por venir.
Creemos fuertemente en la búsqueda del Santo Grial, no como una copa rebosante de poderes, no como un regalo de oro, no como un sitio web para tratamiento de textos a modo de herramienta lingüística, más bien buscamos y creemos en la mítica leyenda como un desideratum de sabiduría, pero de búsqueda de saber iluminado por la fe, por una sabiduría copiosa de humildad, en definitiva, en la búsqueda de Dios y de su paz.

Aunque pueda sonar fuera de lugar, así concibo yo y algunos de mis colegas, amigos y alumnos, el espacio del magíster y del doctorado en lingüística y por eso luchamos cada día un grupos de académicos y de alumnos. Todos los que compartan esto, están llamados a la mesa redonda, donde justamente no existen esquinas y cortes claros y precisos, sino redondeles y categorías difusas que indagar.

Ojala Dios nos ayude en ello. Tengo fe.

Gracias

Valparaíso, 23 de junio, 2005



 

Dirección para Correspondencia: gparodi@ucv.cl

 

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