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Revista signos

versión On-line ISSN 0718-0934

Rev. signos v.37 n.55 Valparaíso  2004

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-09342004005500009 

Revista Signos 2004, 37(55), 113-118

LITERATURA

Angel J. Battistessa: Talento y jerarquía en la obra de Cervantes

Angel J. Battistessa: Talent and class in the work of Cervantes

 

Carlos Orlando Nállim

Universidad Nacional de Cuyo

Argentina

Dirección para Correspondencia


RESUMEN

A cualquier lector del Quijote, Cervantes con su perspicacia puede maravillarlo, ya que se encuentra con muchas ideas fruto de una mente lúcida que se derrama en una lengua fluida y atractiva cuando no poética y esta lectura, sin aditamento alguno de la crítica, le da al lector culto o común una interpretación trascendente de la vida. En la Argentina, Cervantes tuvo un lector culto, muy culto, que supo conocerlo y hacerlo conocer magistralmente, a través de sus clases y de sus estudios: este lector se llama Ángel Batistessa. Era una vida consagrada al estudio fervoroso y a la enseñanza desde la cátedra y el libro, lo supo hacer con sabiduría y sobriedad.

Palabras Claves: Literatura española, Literatura argentina, Cervantes, Batistessa.


ABASTRACT

Any reader of Cervantes´Quixote can be surprised by his lucid mind, which is revealed in the many ideas expressed in this work in a fluent, attractive, and even poetic style. This reading allows both ordinary readers and scholars to reach a transcending interpretation of life. In Argentina, a very refined scholar, Ángel Batistessa, devoted his life to the study and diffusion of Cervantes through teaching and research, which he carried out with remarkable passion, wisdom, and seriousness.

Keywords: Spanish literature, Argentine literature, Cervantes, Batistessa.


Entre los escritores de fama universal, Miguel de Cervantes se destaca como una de las más grandes figuras de la misma España o del extranjero. Es tal su grandeza, que se presentan paradójicamente por lo menos dos impedimentos que debemos tener en cuenta: primero, la difusión pedagógica en cientos de textos escolares alcanzada por su obra; segundo, el cúmulo de estudios críticos y hasta simplemente eruditos que han surgido sobre su obra, en especial, sobre Don Quijote.

Al ser nominado ­muchas veces como lectura obligatoria­ en los años juveniles de quienes hablan castellano y otras lenguas importantes, se favorece el conocimiento del escritor, pero también, la emoción que en un primer momento despierta puede convertirse en hastío ante el exceso de erudición sobre el tema. Erudición que, por otra parte, resulta útil para entender ajustadamente un serio trabajo de investigación o para sostener el conocimiento del profesor o del crítico dedicado.

En el caso de Cervantes, de Shakespeare, de Dante o de cualquier otro de egregia jerarquía, también la devoción nacional o regional puede convertirse en superstición lugareña. Más de una vez se ha pensado que la inspiración o la obra literaria es divina o sagrada cuando en verdad para el poeta, para el escritor es sólo su poema, su obra. Más de una vez y después de hojear cientos o miles de páginas de crítica, tenemos que limitarnos al poema, a un único poema para conocer al auténtico poeta.

Cervantes con su perspicacia puede maravillar a cualquier lector de Don Quijote, quien se encuentra con muchas ideas, fruto de una mente lúcida que se derrama en una lengua fluida y atractiva, cuando no poética; es más, esta lectura sin aditamento alguno de la crítica proporciona al lector culto o común una interpretación trascendental de la vida.

En la Argentina, Cervantes tuvo un lector culto, muy culto, que supo conocerlo y hacerlo conocer magistralmente a través de sus clases y de sus estudios: este lector se llama Ángel Battistessa. Fue la suya una vida consagrada al estudio fervoroso y a la enseñanza desde la cátedra y el libro; cosa que supo hacer con sabiduría y sobriedad.

Su carrera de honores en la Universidad de Buenos Aires, en la del Litoral, en la de La Plata, en la Católica Argentina, y su actuación en centros culturales extranjeros tales como las universidades de Génova, Oxford, Heilderberg, Cambridge, La Sorbona, Florencia o Roma dicen a las claras de su labor notable, tan notable como lo son sus estudios sobre autores argentinos, españoles, franceses, alemanes, por citar sólo una parte de su labor. En materia de crítica siempre fue tan exigente como generoso, y se lo ha reconocido no sólo como un erudito sino también como un gran humanista de nuestros tiempos. Ángel Battistessa fue traductor excelente, reconocido filólogo, ensayista y crítico de arte. Nombres como los de Dante, Claudel, Shakespeare, Racine y Goethe recuerdan a Battistessa en sus estudios de la literatura universal. El mismo era un personaje comparable a aquellos del Renacimiento que todavía hoy nos entusiasman. Dámaso Alonso llegó a admirar lo que sagazmente denominó su "argentinidad universal".

Sus viajes a Europa fueron numerosos y cuando hablaba y escribía se notaba su nostalgia por España, Francia, Inglaterra, Alemania o Italia. Muchas veces participó con trabajos y disertaciones en congresos internacionales, donde, no hay que olvidarlo, dictó cursos de literatura argentina. Muy argentino en todo y muy porteño, supo afirmarse en el mundo y en las circunstancias históricas que éste le ofreció. Por eso no se puede hablar de la cultura argentina del siglo XX si no se considera seriamente a este hombre investigador y de mundo, solitario y viajero y a su descollante personalidad.

Nuestra experiencia personal recuerda su biblioteca de la calle Salta y sus sabias conversaciones prolongadas. También los almuerzos en la Taberna Vasca, de donde era cliente habitual, razón por la cual se nos atendía con esmero. Él sabía de la seriedad de la tarea científica que se había impuesto en tanto que crítico, escoliasta, traductor e iluminador de textos poéticos. Su saber no terminaba allí sino que, autor sensible e inteligente, frecuentaba la música, el teatro y la plástica. Su contacto profundo y frecuente con los grandes artistas y sus obras estaba siempre orientado por motivaciones profundas. Su generosidad era mayúscula; cuántas veces me prestó libros italianos del siglo XVI sobre algún tema de mi interés y ante mi aclaración de que lo filmaría, él con una sonrisa me respondía: "lléveselo a Mendoza, así lo lee atentamente. En su próximo viaje me lo devuelve".

Profesor de escuelas secundarias y de universidades durante varias décadas, siempre mantuvo la disposición y la capacidad de diálogo del hombre joven. Battistessa gozaba con su humanismo dentro de las circunstancias que le imponía el tiempo y el país. Sin ranciedades o anacronismos, sencillo, esencial. Este hombre, académico de número y presidente de la Academia Argentina de Letras, siempre fue un ser abierto a las necesidades intelectuales del prójimo y de las instituciones.

En ocasión del IV Centenario del nacimiento de Cervantes, la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, editó su Homenaje al escritor ilustre, a modo de una "fausta recordación de la universalidad de su espíritu justiciero, heroico y caballeresco", reconociendo su excelencia al llamarlo "príncipe de los ingenios españoles" (Peuser, 1947). El volumen tiene características originales ya que conserva la sobriedad de una publicación universitaria, y al mismo tiempo evoca el aspecto de las publicaciones del siglo XVII. Algunos detalles ornamentales, grabados y tipografías recuerdan
aquellas ediciones. Todo esto se confió a la prolija versación de don Ángel Battistessa. El cuidadoso volumen honra la bibliografía cervantina de la crítica argentina. Por resolución de las autoridades de la Facultad, se incluyeron trabajos de Arturo Giménez Pastor, Antonio Tovar, Ángel Battistessa, Gerardo Marone, Carlos Astrada, Ricardo Levene, Claudio Sánchez-Albornoz, Martín Noel, Homero M. Guglielmini y José Torre Revello, una constelación de nombres que avalaban un claustro serio, de reconocida autoridad en la multifacética figura de Cervantes y su obra.

Particularmente, cuando entonces llegó a mis manos un ejemplar de este Homenaje, me llamaron poderosamente la atención las páginas que firma Battistessa con el título "Devoción y superstición cervantinas". En casi cuarenta páginas, el autor nos da lo que para nosotros fue, es y será una lección universitaria sobre el tema. Conviene recordar sus casi primeras palabras:

"A la vuelta de tantos años, todavía urge distinguir entre superstición y devoción cervantinas. La primera amontona los abultamientos ponderativos y las interpretaciones desaforadas; la segunda sólo reúne los estudios realizados con mesura, las páginas en que la erudición no aridece el entusiasmo, y sí lo bonifica. Parece impertinencia decirlo, pero es posible que en estos momentos Cervantes tenga más comentaristas que lectores consecuentes" (43).

Por si algún lector tuviera dudas, Battistessa nos aclara para qué sirve la crítica porque "la verdadera crítica, aunque sea la más modesta, debe servir la gloria de los grandes autores, y no servirse de ellos, o de sus obras, para ilustrar, con muy momentáneo reflejo la transitoria gloria de los comentaristas" (44).

Otra advertencia es que, al exaltarse la figura de Cervantes en los últimos años del siglo XVIII y en el transcurso de todo el siglo XIX, se despertó también la fiebre de los eruditos por aclarar los textos. Este trabajo fue útil pero, también hay que decirlo, sus excesos no ayudaron a iluminar tales textos sino que quedaron como centones de minucias.

Algunos críticos con nombres reconocidos llegaron inclusive a adjetivar a Cervantes como "ingenio lego". Sin embargo, Américo Castro precisó el error y Battistessa, que llama a tal afirmación "bobería", aclara que a falta de estudios regulares los compensó con "dotes de observador y con la sagacidad de sus intuiciones estéticas". Más aún, si se lo quiere comparar con Shakespeare, no hay que olvidar la peculiaridad de Cervantes: discreto escritor y de un saber ameno y ágilmente conversado.

Muchas veces se llama al autor del Quijote "maestro del idioma". Sin embargo, no es sencillo para un estudiante o un estudioso del idioma disfrutar "sin más los cuajados textos cervantinos". En lo personal, me tocó hace años leer el Quijote con mis alumnos de una universidad extranjera. La comprensión y el comentario del texto por momentos resultaban arduos, la comprensión se volvía compleja, a pesar de que los alumnos eran de cursos avanzados de español. Estamos de acuerdo con Battistessa en que la lectura de los textos cervantinos "no sirve para el mejor conocimiento de la ortografía, de la morfología o de la sintaxis" y el vocabulario también significa un problema. Battistessa precisa: "El lenguaje de Cervantes expresa con signo propio el caudal idiomático castellano del siglo XVI y comienzos del XVII. Es un lenguaje arcaico, o por lo menos sensiblemente anticuado en muchos otros aspectos" (p. 46). No obstante, hay que admitir la paradoja: Cervantes es el cauce vivo del idioma y además un modelo muy alto del bien hablar en nuestra lengua; sobre todo en su comportamiento expresivo, natural y espontáneo. Su conducta idiomática, es decir, su flexibilidad sintáctica y la gracia de su léxico, tanto más si se recuerda que en su época solían ser virtud los retorcimientos y los quiebros del discurso, resalta en las diferencias que el lenguaje de la Galatea o los Trabajos de Persiles y Segismunda, tan cuidado, tiene con el claramente "llano" usado en el Quijote o en las Novelas Ejemplares.

En una época donde la lengua castellana se eleva con la escuela mística, original y señera, donde las páginas del Lazarillo se yerguen desde el desencanto para ir con toda la novela picaresca hacia el pudor y la moral y terminar en cuadritos de costumbres que, de una u otra manera, revelan una peculiar visión del mundo, se alza una obra como Don Quijote, que todavía se nos impone como notablemente humana. Y esto resulta así por el habla de un hidalgo pobre, pero discreto o por el de un labriego tosco, pero agudo, en un mundo a veces ilusorio, a veces real y a veces fantasmagórico. Personajes y mundo quedan fijos para siempre en la llaneza conversacional del lenguaje y Cervantes cumple con lo que prometía en el Prólogo:

"[...] procurar que a la llana, con palabras significantes, honestas y bien colocadas, salga a vuestra oración y período sonoro y festivo; pintando en todo lo que alcanzáredes y fuere posible, vuestra intención, dando a entender vuestros conceptos, sin intrincarlos ni escurecerlos".

De alguna manera estos consejos se repiten varias veces en el Quijote y se entienden no sólo como buena doctrina gramatical sino también como un modo de conducta social, es decir, la corrección se entiende como la práctica diaria de las virtudes elocutivas cardinales: corrección, claridad, conveniencia y elegancia. De inmediato recordamos a Quintiliano en su De Institutione Oratoria (Lib. I, V).

La voz de Cervantes se oye muchas veces en su obra pero también la de algunos personajes que, en armonía con la primera, explicitan o destacan su mensaje. Battistessa, que supo leer detenidamente esa obra, nos muestra un buen ejemplo de cómo el autor es totalmente consciente de su quehacer. Es un escritor que sabe condensar la obra total en unos pocos versos. Así el crítico conocedor y prudente nos recuerda los siguientes versos del Viaje del Parnaso, IV:

Yo corté con mi ingenio aquel vestido

con que al mundo la hermosa Galatea

salió para librarse del olvido...

Soy por quien La Confusa, nada fea,

pareció en los teatros admirable,

si esto a su fama es justo se le crea.

Yo, con estilo en parte razonable,

he compuesto Comedias que, en su tiempo,

tuvieron de lo grave y de lo afable.

Yo he dado en Don Quijote pasatiempo

al pecho melancólico y mohíno,

en cualquiera sazón, en todo tiempo.

Yo he abierto en mis Novelas un camino

por do la lengua castellana puede

mostrar con propiedad un desatino.

Yo soy aquel que en la invención excede

a muchos...

Yo el soneto compuse que así empieza,

por honra principal de mis escritos:

"Voto a Dios que me espanta esta grandeza"

Yo he compuesto romances infinitos...

...Yo estoy, cual decir suelen, puesto a pique

para dar a la estampa el gran Persiles

con que mi nombre y obras multiplique...

Cervantes evoca primero su novela pastoril, ya sabemos inconclusa si consideramos su repetida promesa de continuarla. Luego el teatro que, a través de lo que conservamos y con sus afirmaciones acomedidas, siempre nos recuerda conscientemente sus Comedias. El Quijote es llamado humildemente pasatiempo melancólico y mohíno; en cuanto a las Novelas Ejemplares, insiste en haber abierto un nuevo camino en la narración. Su poesía merece una exaltación esquiva; por fin, anuncia la estampa del Persiles como símbolo de su producción literaria y fama. Breve y valiosa síntesis, inteligente curriculum poético. Esto se confirma con el:

¡Tate, tate, folloncicos

de ninguno sea tocada

porque esta empresa, buen rey,

para mí está guardada (Quijote, II, 74).

Su pluma merece descanso, la empresa había terminado, la historia del Quijote finalizaba y restaba la estampa póstuma del Persiles. El pensamiento era de Cide Hamete o de Cervantes. La ficción y la realidad se unen como tantas veces lo logra el poeta.

Tan seguro estaba de la popularidad de su libro que llegó a decir que el Emperador de la China le solicitó el envío de su Don Quijote porque "quería fundar un colegio donde se leyese la lengua castellana y quería que el libro que se leyese fuese el de la historia de Don Quijote..." (II Dedicatoria). Tiene un claro concepto de sus méritos como prosista. Por otra parte tuvo la certeza también de su poca "gracia" poética. A pesar del esfuerzo de algunos críticos laudatorios, el autor sabía del valor de su prosa y de su limitación en la poesía. Battistessa, que así lo entiende, lo explicita con varias citas del mismo Cervantes. Recordaremos sólo una: "[...] y así yo no lo soy sino un aficionado a la poesía; y para lo que ha menester, no voy a pedir, ni a buscar versos ajenos [...]" (La Gitanilla).

Battistessa, generoso con sus colegas, no nombró a un profesor muy cercano que intentó ponderar la poesía de Cervantes y que en ese tren la defendió y la justificó. Nos referimos a Ricardo Rojas quien en su admiración por el autor del Quijote exaltó los valores de su poesía y llegó a formular argumentos que la crítica posterior demostró que eran endebles. Por su parte Cervantes defendió siempre al buen poeta y no es ningún secreto su admiración, por ejemplo, por Ovidio y, franco y burlón, decía que aunque eran pobres con su poesía se hacían ricos, pues por ejemplo sus damas "tenían cabellos de oro, la frente de plata bruñida, los ojos de verdes esmeraldas, los dientes de marfil, los labios de coral y la garganta de cristal transparente, y que lo que lloraban eran líquidas perlas, y más, que lo sus plantas pisaban, por pura y estéril tierra fuese, al momento producía jazmines y rosas, y que su aliento era de puro ámbar, almizcle y algalia, y que todas estas cosas eran señales y muestras de su mucha riqueza" (Adjunta al Parnaso).

La poesía "llena el mundo de provecho, de deleite y de maravilla" (El Licenciado Vidriera). He aquí el concepto aristocrático que Cervantes halla en la poesía lírica, concepto que de alguna manera se adelanta a algunos poetas simbolistas del siglo XIX, como por ejemplo Mallarmé. Admirador de lo bueno llega a decir:

"[...] que todo buen poeta, aunque no haya compuesto poema heroico, no sacado al teatro del mundo obras grandes, con cualesquiera, aunque sean pocas, pueda alcanzar renombre de divino, como le alcanzaron Garcilaso de la Vega, Francisco de Figueroa, el capitán Francisco de Aldana, y Hernando de Herrera" (Adjunta al Parnaso).

Con estas palabras Cervantes está rechazando el rebuscamiento verbal y de acuerdo con los poetas contemporáneos más sobresalientes, nos muestra que la poesía es misteriosa y hasta racional y valiosa. Supone y con razón que hay muchos poetas que escriben trovas pero solo algunos tienen criterio idiomático y que éstos a veces, aunque humildes, se ajustan a las mejores doctrinas poéticas. Cervantes llega a recordarnos a Platón quien los llama "intérpretes de los dioses". Aunque el pueblo suele decir que "el poeta nace" (y tiene razón) pero también cree que además del "entusiasmo" el poeta no solo puede confiarse en la fantasía, en la pasión o en el talento. De otro modo, nos está diciendo que la naturaleza y el arte son la base de un poema: "el arte no se aventaja a la naturaleza, que la perfecciona, así que, mezcladas la naturaleza y el arte y el arte con la naturaleza, sacarán un perfectísimo poeta" (II, 16). Cervantes se nutre en cuanto a sus ideas literarias, en Aristóteles ya que la Philosophia antigua poética (1596) del Pinciano sigue fielmente la Poética del Estagirita.

Cervantes, influido por las ideas artísticas de Aristóteles prevalecientes desde el Renacimiento, concibe el arte fundamentalmente como imitación. Concibe el deleite estético como una armonía entre la realidad y lo soñado y nos hace notar que el poeta puede cantar o contar las cosas como deberían ser y el historiador como fueron, sin añadir nada que oscurezca la verdad. Cervantes nos hace ver que tanto la verosimilitud como la imitación son arquetipos ideales. Aclaremos que el concepto de imitación no puede confundirse con el actual; implica sujeción a ciertos cánones y no sólo es un remedo de la realidad externa. Quizás convenga releer a Américo Castro en El pensamiento de Cervantes cuando afirma:

"Nada más exacto que hablar de la espontánea sencillez de Cervantes, de la imitación de la naturaleza, tal como vulgarmente se entienden dichos conceptos. Lo que la fábula pretende imitar no es la naturaleza que nos circunda, regida por las leyes objetivas de lo probable y lo necesario, sino una realidad ideal en la que se suponen vigentes (en virtud de un paralogismo) leyes análogas a las que rigen la realidad".

En verdad en esto creían algunos teóricos preceptistas del Renacimiento e inclusive el Pinciano también lo confirmaba.

Muchos críticos todavía hoy se preguntan el porqué de la oposición entre el sueño y la realidad que se lee en el Quijote. Sin embargo la crítica del siglo XX, más que oposición entre la fantasía y la realidad, el ideal y la prosa, trata sólo de la solidaridad de estos dos órdenes de la realidad, ya que cada una de ellas existe en función de la otra. Así, el Persiles, que posee tantas bellezas, emocionalmente nos deja fríos, mientras que en el Quijote su héroe, bien asentado en un universo real, puede lanzarse a cuentas cabriolas ilusionistas guste (de Torre, 1947: 93). No nos puede llamar la atención el hecho de que, después de esta aseveración, Guillermo de Torre diga que el Quijote "es una novela realista y es una utopía. Es la epopeya de los sueños y es la crónica de lo cotidiano [...] Es el testimonio de una época y es un milagro intemporal". Cervantes enriqueció la invención novelesca y por eso logró una gran creación artística, porque sólo recreó la vida fundándose en el realismo y la ilusión.

En "La postulación de la realidad"1, que data de 1932, Borges (1976) trata el modo clásico y romántico de narrar, los identifica con dos arquetipos de escritor. Mientras que el segundo se preocupa por la expresión, el primero la evita, quizás porque cree en el signo lingüístico y así el lector se anima con los símbolos abstractos. Respecto de lo cual, Borges (1976) cita la seducción de Camila por Lotario, que de inmediato nos recuerda la novela italianizante de la segunda mitad del siglo XVI. Ante las lágrimas, los ruegos y la porfía fingida por Lotario, Camila se deja seducir. La realidad se postula entonces a través de la insinuación, no por medio de una evocación mágica. Cervantes, en este texto informa al lector sobre lo que debe saber, nada más; vale decir, configura la más simple postulación de la realidad, a la manera clásica.

No debemos olvidar que en el prólogo a las Novelas ejemplares, Borges (1946) dice que ellas "representan la evolución de la literatura de ficción" hacia la novela contemporánea, que tanto se interesa por el carácter del hombre. Leyendo sus novelas breves, argumenta, se puede distinguir al hombre como tipo y como individuo. Ejemplos de "tipos" podemos ver en Rinconete y Cortadillo o en La española inglesa, mientras que pueden escogerse ejemplos de individuos en El celoso extremeño o El Licenciado Vidriera. Unos son personajes convencionales y los otros se presentan más individualizados. Todo esto se entiende mejor si aceptamos que Cervantes llegó a crear un estilo de misterioso encanto y eficacia que escapa al análisis retórico, a diferencia de Virgilio y de Quevedo, por ejemplo, cuyos estilos sí son susceptibles de análisis. Borges quiere decirnos que es el misterio o la oralidad básica del estilo de Cervantes aquello que lo hace moderno; resulta más contemporáneo que Quevedo porque en éste se notan más las reglas retóricas o los procedimientos, y a su vez éstos pueden ser analizados o imitados.

Borges (1946) también afirma que Cervantes escribió las Novelas ejemplares un tanto arbitrariamente, quizás para "distraer [...] las primeras melancolías de su vejez". Aunque la afirmación puede ser opinable, no es menos cierto que el crítico argentino insiste en la libertad del estilo cervantino.

Tanto Borges como Battistessa rechazan el culto del Don Quijote como una especie de thesaurus de la lengua castellana. Según yo entiendo, ambos críticos niegan la identificación de don Quijote con un "semidiós"; ambos ponderan también el patetismo del héroe caballeresco.

Antes del Quijote ­afirma Borges­ "los héroes creados por el arte eran personajes propuestos a la piedad o a la admiración de los hombres; Don Quijote es el primero que merece y gana su amistad. Dulcemente ha ganado la amistad del género humano, desde que ganó, hace tres siglos, la del valeroso y pobre Cervantes" (Ferrari, 1985: 236).

Muchos seguirán afirmando que don Quijote y Sancho son verdaderos símbolos. Sin embargo, tanto para Borges como para Battistessa antes que en su dimensión simbólica alcanzan su verdadera plenitud en el valor individual.

Cada uno a su manera, ambos estudiosos argentinos hacen descender a Cervantes del pedestal donde lectores y críticos lo han montado. Antes que hablar del escritor monumental prefieren hacerlo del hombre. De modo que no nos puede llamar la atención que Jorge Luis Borges asegure que "una de las razones por las que Cervantes me atrae es que no sólo pienso en él como escritor, uno de los más grandes novelistas, sino también como hombre" (Burgin, 1974: 26). Añadiendo que cuando piensa en una literatura lo hace más en relación con los hombres que con los libros. Por su parte, Ángel Battistessa al final de su trabajo opina:

"[...] nos obstinamos en pensar que don Quijote no ha podido morir, sino que debe revivir día a día entre los pequeños hombres de la tierra para lavarlos de la desesperación y de la muerte y transformarlos, también a ellos, en caballeros errantes y aventureros en busca de una inalcanzable Dulcinea".

 

REFERENCIAS

Borges, J. L. (1946). Nota preliminar. En J. L. Borges (Autor), Novelas ejemplares. Buenos Aires: Emecé.

Borges, J. L. (1976). La postulación de la realidad. En J. L. Borges (Autor), Discusión. Madrid: Alianza.

Burgin, R. (1974). Conversaciones con Jorge Luis Borges. Madrid: Taurus.

De Torre, G. (1947). Los dos planos del espíritu español: realismo e ilusionismo en Cervantes. Buenos Aires: Sur.

Ferrari, O. (1985). Borges en diálogo. Conversaciones de Jorge Luis Borges con Osvaldo Ferrari. Buenos Aires: Grijalbo.

 

Correspondencia: Carlos Orlando Nállim. Centro Universitario, Parque Gral. San Martín c.c. 345 C.P. (5500), Mendoza, Argentina.

Recibido: 7 de noviembre de 2003 Aceptado: 15 de enero de 2004

 

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