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Revista signos

versión On-line ISSN 0718-0934

Rev. signos v.34 n.49-50 Valparaíso  2001

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-09342001004900013 

Revista Signos, 34(49-50), 191-199

DOCUMENTOS

El Pensamiento Americanista de Mario Picón Salas*

 

Domingo Miliani G.

Embajador de la República Bolivariana

de Venezuela en Chile


 

Las ideas tienen interés entre nosotros no en su clima puro y abstracto, en el clima platónico o kantiano, sino en cuanto chocan con la realidad y se convierten en pasión o impulso político. Nuestra reacción es siempre sentimental y afectiva y no comprendería la América del Sur quien sólo pretendiese manejar ideas puras.

M. Picón Salas

"Intuición de Chile", 1933

La historia de las relaciones intelectuales entre Venezuela y Chile está demarcada por tres grandes nombres, entre muchos otros. Dos de ellos vivieron en el siglo XIX y fueron maestros del Libertador Simón Bolívar. Se llamaron Simón Rodríguez (1771-1855) y Andrés Bello (1781-1865). Rodríguez vivió en Concepción desde 1834 hasta 1836. En la ciudad sureña escribió uno de sus más profundos ensayos americanistas: "Luces y virtudes sociales". Después se radicó en Valparaíso hasta 1842. En este puerto fundó una escuela, una fábrica de velas esteáricas y reeditó ampliado su ensayo en 1840. Andrés Bello desembarcó procedente de Londres en 1829 y se quedó para siempre en tierra chilena. Es el patriarca intelectual y ético de la cultura chilena. Recibió la ciudadanía honoraria, fue Oficial Mayor de Relaciones Exteriores, Rector, Senador. Su historia es más conocida. La mayor parte de su vida transcurrió en Santiago.

El tercero de ellos pertenece al siglo XX. Es Mariano Picón Salas (1901-1965). Llegó a Valparaíso en 1923 y residió en Santiago desde 1925 hasta 1936. Ricardo Latcham prologó en 1958 una edición de Ensayos Escogidos publicada por Editorial Zig-Zag. El crítico chileno emitía entonces el siguiente juicio:

Nadie ha olvidado en Chile a Mariano Picón Salas, que después de Bello ha sido el venezolano más incorporado a nuestra realidad.

Aparte sus valiosos libros, maduros ensayos y breves pero fructuosas exégesis históricas, habría que situar su labor personal de indiscutido líder intelectual. Picón Salas obraba por presencia, con socrática vocación, sin ningún residuo pedagógico, con señorío y elegancia de ademanes y actitudes. Esto último era algo natural en su persona, tan definida intelectualmente y tan ajena a cualquier diletantismo.1

Ante esa opinión, generosa pero justa, valdría preguntarse, ¿quiénes, entre las nuevas generaciones chilenas, recuerda hoy o sabe quién fue Mariano Picón Salas? Mi interés no tiene mayor alcance que informar someramente quién fue y qué significó para la cultura intelectual chilena, el paso de este venezolano de cuyo nacimiento se cumplió un siglo el pasado 26 de enero.

En pleno trópico venezolano hay una ciudad tendida al pie de una cordillera nevada, casi maqueta o miniatura de la gigantesca montaña que circunda a Santiago de Chile. Se llamó también Santiago. La chilena es Santiago del Nuevo Extremo. La venezolana es Santiago de los Caballeros. Hoy todos la designan simplemente como Mérida. Allá nació Mariano Picón Salas. Después de larga travesía marítima, a bordo de un barco de inmigrantes europeos, llegó a Valparaíso en junio de 1923. Desempeñó trabajos humildes y diversos. Leyó mucho en las horas de insomnio transcurridas como empleado de una tienda de minuta. Comenzó a escribir para La Estrella de Valparaíso. En sus páginas publicó un comentario sobre la novela Vida de un pobre diablo, de Eduardo Barrios. El novelista le escribió una carta de agradecimiento donde lo invitaba a visitarlo en su casa de Santiago. Ese fue el comienzo literario del joven recién llegado. Tenía 23 años. Trabajó como empleado en la Biblioteca Nacional. Estudió hasta graduarse de Licenciado en Historia en el Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile, en cuyas aulas enseñó Historia del Arte. Participó en luchas estudiantiles. Colaboró en periódicos universitarios, como Claridad. Intervino en tertulias literarias de la Librería Francesa y en las encendidas discusiones políticas de los jóvenes socialistas de los años 30. Fundó y liderizó la revista Indice. Latcham reconstruye aquella participación así:

Casi todo los escritores chilenos cultivaron la incomparable amistad de Picón Salas. Dejó su huella en el Instituto Nacional, en el Pedagógico, en el Liceo Barros Arana, en la naciente Facultad de Bellas Artes de la Universidad de Chile, en las columnas de la revista "Atenea" y, sobre todo, en las páginas de "Indice", publicación correspondiente al grupo del mismo nombre, fundado en 1930 y que sobrevivió hasta 1932. El grupo "Indice" contó con colaboradores de múltiple categoría y de generaciones diversas, mancomunados en un esfuerzo creador que contribuyó a enriquecer y ensanchar los horizontes de la cultura nacional y a despertar una nueva vocación americanista frente al aislamiento en que vivieron las promociones europeizantes más antiguas. Al lado de Mariano Latorre, de Domingo Melfi, de Manuel Rojas, de González Vera, de Eugenio González, de Juan Gómez Millas, se asentaron valores más jóvenes y se estrenaron poetas y ensayistas que después influirán en el pensamiento chileno.

En torno a "Indice" había prolijas discusiones, debates apasionados, ciclos de conferencias, como las de Juan Gómez Millas sobre la ruina del Mundo Antiguo y la de Benjamín Subercaseaux en que analiza la poética de Rimbaud. Sectores diversos y a veces antagónicos se confundieron en activas tareas y provechosas búsquedas de valores desconocidos en diversos aspectos de la literatura y la política, la historia y la filosofía.2

En su madurez, Picón Salas dejó testimonio directo de sus años chilenos en un hermoso texto que tituló con un verso de La Araucana de Ercilla "En la fértil provincia señalada".3 Es un capítulo de su autobiografía Regreso de tres mundos. Durante los trece años de permanencía en Chile, Picón Salas escribió y publicó ocho libros. Sus títulos son: Mundo imaginario (1972), Hispanoamérica, posición crítica (1931), Imágenes de Chile (en colaboración con Guillermo Feliú Cruz (1933), Registro de huéspedes (1934), Problemas y métodos de la Historia del Arte (1934), Intuición de Chile y otros ensayos (1935), Pablo Neruda (1935).

Los trece años de vida chilena vieron crecer a uno de los ensayistas más consistentes en la renovación de un pensamiento hispanoamericanista de nuevo rumbo. Es la corriente post-arielista que sin perder la raíz humanística de la reflexión, rebasa el modelo dualista de Ariel/Calibán implantado por José Enrique Rodó en su famoso ensayo. A esa línea pertenecen el argentino Manuel Ugarte, el peruano Luis Alberto Sánchez, el dominicano Pedro Henríquez Ureña, el mexicano Alfonso Reyes, el colombiano José María Vargas Vila y los venezolanos Rufino Blanco Fombona y Mariano Picón Salas, entre muchos otros. Reyes, Henríquez Ureña y Picón Salas conjugan la maestría inigualable de la prosa con una visión del mundo que busca la expresión de la identidad americana sin desgajarla de la cultura universal, pero también con una muy lúcida interpretación de la herencia europea, sin sumisión al europocentrismo y con firme actitud frente a las neocolonizaciones que desde 1898 venían ejerciendo los Estados Unidos con el interés de imponer una hegemonía militar, un engullimiento geográfico y una absorción cultural. A diferencia del maniqueísmo arielista o del apasionado discurso, a veces panfletario más que ensayístico, escrito por otros pensadores coetáneos como César Zumeta (El continente enfermo, 1899), José María Vargas Vila (Ante los bárbaros, 1900), Rufino Blanco Fombona (La americanización del mundo, 1902), Picón Salas conserva la lucidez analítica de Martí (Nuestra América, 1896) y el reparo enérgico de Ugarte (El peligro yanqui, 1901), Pero imprime a la dialéctica de su pensamiento un tono de equidad compartido también por Henríquez Ureña y Alfonso Reyes, en lo que este último llegó a calificar como la búsqueda de una "anfictionía de la inteligencia americana".

La información histórica sobre el mundo colonial chileno e hispanoamericano fue el hilo conductor hacia un americanismo crítico, donde la búsqueda de un humanismo nuevo le permitiera comprender la cultura continental con visión ecuménica, similar a la de Alfonso Reyes y Pedro Henríquez Ureña, con quienes tuvo analogías en la reflexión desapasionada sobre los problemas de América Latina y Europa. No importa que Reyes hable de anfictionía, Henríquez Ureña de nueva utopía americana y Picón Salas de la búsqueda ­también utópico de la ecumene-. Los términos varían, pero las raíces conceptuales nutren un mismo árbol cuya vigencia es indiscutible. La propuesta de los tres era romper el aislamiento nacionalista o el europocentrismo que no lograba emancipar la inteligencia colectiva de Hispanoamérica.

El sentimiento de unidad latinoamericana, casi premonitorio, leído en Lastarria, Bilbao, Alberdi, Sarmiento, Hostos, Martí, Ingenieros y Ugarte, trabajaba ya desde los años treinta en el pensador que soñaba un proyecto modernizador de América Latina. Ese sentimiento aflora casi como un desgarramiento geológico de su enorme amor por la tierra y el pueblo chilenos, que tanto le dolían. No en vano escribió al final de su ensayo "Intuición de Chile" (1933):

Pensamos que, como en las logias y los ejércitos de hace cien años, nuestra inquietud de América volverá a encontrarse para realizar un plan grandioso. Veremos entonces que lo que nos une es mucho mayor que lo que nos separa; que el aislamiento es lo que nos separa; que el aislamiento es lo que nos entrega a la voracidad extranjera, y lo que debilita en esta América que habla español, el sentimiento nacional. Chile como toda nación indoamericana, busca esa idea nacional que no puede edificarse sino sobre la común Cultura, la organizada Economía y la vasta voluntad de permanencia histórica.

Al bloque cultural y político latinoamericano con que ya soñamos, para salvarnos, Chile aporta su tradición de pueblo sagaz y tranquilo que conoció el Estado mientras otros vivían la montonera, que tiene ya una industria que aspira a ser libre, pero que sufre como todos de falta de eco, de afonía espiritual.4

Esa búsqueda de resonancia, más allá de las fronteras, recorre toda la obra posterior de Picón Salas. Tanto como a Reyes y Henríquez Ureña, sus pares en la nueva construcción de un americanismo universal, le preocupa la expresión de nuestra cultura y su acceso al contexto de las naciones del mundo. No se queda en la subordinación europocéntrica. Si Hegel nos había echado de la Historia, los nuevos pensadores buscaban una reinserción justa, sin minusvalía. En 1933, Picón Salas formulaba un modelo dialéctico de la Historia de América, donde puede percibirse ya la visión del problema cultural desarrollado en su obra posterior. Comienza por descartar el prejuicio de una América del Norte madura y robusta y la otra América salvaje o rupestre. Desecha la idea de los europeizantes de una América joven y por tanto inmadura para acceder al pensamiento filosófico puro. Sería el punto medular de una futura interrogante polémica sobre si existía una filosofía americana, planteado por Sebastián Salazar Bondy. Retorna a la elemental dialéctica de Hegel, para simplificar una propuesta rectora de su ideario de madurez: "Primero debemos unir en una voluntad nacional los miembros de un mismo grupo (tesis); oponernos a las fuerzas que la obstaculicen (antítesis) y podremos convivir con ellas cuando cada grupo actúe en pie de igualdad dentro de una común y más vasta proyección universal (síntesis). Latino-americanismo, Anti-Imperialismo, Americanismo Integral son las obligadas etapas de esta concepción dialéctica de nuestra Historia".5

A partir de ese planteamiento esquemático, Picón Salas irradiaría su meditación incansable por comprender las grandes separaciones político culturales entre América Latina y Europa o las dos "Américas desavenidas": la sajona y la latina. Buscaba superar el maniqueísmo idealista de Ariel y Calibán, llegar a una armonía basada en una revisión del sistema democrático, de un trato justo entre iguales y de una conciencia humanística o "ecuménica" de la cultura como convivencia universal en la justicia y en la armonía. Esas constantes de su pensamiento tuvieron un punto de partida en un tiempo y un espacio: el tiempo de la juventud en efervescencia intelectual y política y el espacio de Chile, un país donde fue modelando la arquitectura de una pasión: el americanismo universal.

El pensamiento americanista de Picón Salas evoluciona a partir de una primera conferencia dictada en la Universidad de Concepción. La tituló "Hispoamérica, posición crítica". Fue publicada en la revista Atenea de la misma Universidad en 1931.

Hay en ese ensayo un primer esbozo de su concepción ecuménica del americanismo histórico y cultural. La idea de ecumene se fija en él con la lectura de Keyserling. Opone el concepto de ilustración (homologado con progreso), al de cultura en un sentido más espiritual y humanista. Rechaza el individualismo intelectual como falsa cultura, frente a la gran masa social marginada de la realidad cultural y educativa. Hay ya en esas páginas de juventud un empeño reflexivo de comprender nuestra cultura continental como unidad dentro de las diferencias que surgen del análisis comparativo. En la conclusión está uno de los momentos luminosos y proféticos de su meditación americana: la búsqueda de unidad dentro de lo específico de nuestra geografía como una vía de dialogar con otras culturas que también andaban ya en procura de unidad para el diálogo entre iguales. Cuando aborda el problema del individualismo histórico de donde emergieron las versiones mesiánicas de nuestros caudillismos, señala que hemos sido pueblos de biografía más que de historia. "Nos parecemos a esos semitas de los primeros milenarios de la historia antigua, pueblos en perpetua movilidad y nomadismo, entre los cuales despuntaba de pronto un profeta. Y precisamente porque ese profeta hablaba palabras extrañas, venía cargado de un destino profundo, se erguía sobre su pueblo de pastores como una voz sobrenatural, pasaba al relato oral o al folklore religioso, transfigurado. Un análisis de la concepción americana de lo heroico nos revelaría semejante actitud de espíritu. La historia no puede aparecer ante nuestros ojos sino como maravillosa biografía; la concepción de fuerza social nos es muy abstracta, y preferimos ver pasar por el horizonte ­aunque éste después se nuble- el rastro fulgurante de una personalidad. Así por una de esas paradojas de nuestra morfología social, el pueblo donde nació Bolívar, donde el culto de Bolívar tiene todos los caracteres de la biografía romántica, es el pueblo donde ahora gobierna Juan Vicente Gómez. La historia como contemplación, alarde y espectáculo, más que como fuerza reguladora."6 La versión original de la conferencia data de 1930. Picón Salas había optado por el exilio voluntario en Chile desde 1923, porque Venezuela estaba sometida a la más larga de las dictaduras que la oprimieron en el siglo XX. Juan Vicente Gómez retuvo el porder desde 1908 hasta 1935.

Su enfoque de la cultura como conciencia social fue producto de los cordiales aunque encendidos debates que el ensayista venezolano compartía con los escritores chilenos cuyas ideas eran expresadas tanto en la revista Indice, como en Letras, otra publicación que fundó y dirigió su amigo Salvador Reyes. En su conferencia, Picón Salas ironiza el individualismo europocéntrico, muy común a toda la Hispanoamérica de aquellos años donde se confrontaban los modernistas afrancesados y los gestores de un nacionalismo continental. Equidistante de ambos, su posición de equilibrio observaba críticamente cómo "más que una conciencia social, la cultura suele parecernos aislado ornamento individual. Es privilegio de unos pocos que alardean de sus informaciones, o gozan de sus secretas búsquedas con mero designio decorativo ­he dicho en otra parte. El libro que les llegó por el último correo es para ellos hermoso como buen artículo de París; le extrajeron una metáfora o una paradoja con que enriquecieron su dandismo intelectual. Llevarán durante algún tiempo esa metáfora o esa paradoja como flor en la solapa, o irisará a la luz de sus cónclaves exquisitos, como una corbata del ingenio. Acentuamos de esta manera el tremendo desnivel americano entre el hombre ilustrado, que asume para nosotros el carácter esotérico de un mago en una sociedad primitiva, y el pueblo ­nuestro sagrado pueblo de los himnos nacionales y las declamaciones patrióticas-, que está sumido aún en muchos países del continente, en oscura e inexpresada vida vegetativa."

La sensibilidad social de Picón Salas se fortaleció al contacto con el grupo de socialistas románticos de los años treinta: Eugenio González Rojas, Eugenio Matte Hurtado y otros. Guillermo Feliú Cruz ha estudiado con detalles este aspecto de la vida de nuestro ensayista.7

En las argumentaciones de un filósofo mexicano, lector de Hegel, contemporáneo de Alfonso Reyes y junto a éste, forjador del universalismo cultural que despuntó en el Ateneo de la Juventud (1909), Picón Salas afinó el carácter de su cosmovisión cultural. Fue el mismo pensamiento que vivió directamente otro integrante del Ateneo: Pedro Henríquez Ureña. Fue un ecumenismo que miró a Europa con óptica analítica. Tuvo alguna deuda con un ensayo de Ortega y Gasset "España invertebrada", sin perder la singularidad hispanoamericana del planteamiento. Y desde esa perspectiva integral, expone una de sus ideas que prevalecerá en la obra posterior. Leída a la distancia que nos separa de aquella memorable conferencia de 1930, hay un párrafo que a nuestro juicio resulta premonitorio de la incierta realidad de estos días. Por esa razón considero útil transcribirlo en su extensión:

Como las circunstancias nacionales y el proceso cultural en el continente tienen más de un punto de contacto, me atreví a hablar no de un país exclusivo, sino de toda América. No lo hice por alarde ni tendencia a la generalización. Creo que se nos aclaran las circunstancias peculiares de cada país cuando lo comparamos con otros. La historia es hoy, ante todo, historia comparativa. Todos nuestros pueblos, con más o menos grados de progreso o de conquista técnica, viven las mismas inquietudes espirituales, reaccionan ante los mismos estímulos. Por otra parte, nuestra comprensión aumenta, nuestro destino se hace más responsables, cuando sobre la frontera de nuestros países, que no son fronteras espirituales, tendemos una mirada de totalidad. Hace falta, por circunstancias que todos sabemos, no perder esa ecuménica posibilidad hispanoamericana. El hispanoamericanismo, si no se queda en las vanas fanfarrias y los discursos de las fiestas de la raza, si no es un pretexto para hacer retórica, si se apuntala en un firme método crítico, puede darle a la presente y a las próximas generaciones del Continente una conciencia de raza y de cultura que sería lo mejor que nuestra América criolla ofreciera al mundo. Desgarrado por las crisis más dramáticas que conozca la historia de Occidente, óyense en el mundo contemporáneo clamorosas voces que piden unidad. El espíritu rebasa las fronteras. Los pueblos de la misma tradición y del mismo origen, quieren agruparse. Ven venir peligros comunes, y como ovejas perdidas en los despeñaderos al atardecer, retornan al valle a apretar el rebaño. Hasta la misma Europa dividida y nacionalista pide unidad. (...) Por los otros confines del mundo se oyen el llamado hindú, el llamado islámico, el llamado hispanoamericano. Los pueblos sueñan en las anfictionías de razas y culturas que por sobre sus ambiciones nacionales y pequeños odios los purifiquen y les abran con mayor fe las puertas obstinadas del porvenir.8

Picón Salas regresó a Venezuela en febrero de 1936. El dictador Juan Vicente Gómez había muerto, en su cama, el 17 de diciembre de 1935. Una transición turbulenta en lo político y social abría senderos para la restitución de la democracia. Nacían los partidos modernos y las controversias ideológicas colmaban el espacio intelectual. El ensayista no fue ajeno a las luchas del momento. De Chile llevó ideas y proyectos renovadores. Entre otros un entusiasta plan modernizador para la educación pública. Invitó entonces una misión pedagógica de educadores chilenos. Muchos de ellos habían sido sus compañeros de aula o sus maestros en el Instituto Pedagógico. En Caracas fundó una institución similar que pervive hasta hoy como Universidad Pedagógica. Entre sus integrantes fueron inolvidables los nombres de Eugenio González Rojas, Juan Gómez Millas, Héctor y Humberto Fuenzalida, Oscar Vera y el poeta Humberto Díaz Casanueva.

En 1937 Picón Salas fue designado Embajador de Venezuela en Checoslovaquia. Era su primer viaje a Europa. La realidad cultural del Viejo Continente lo impactó y acicateó en él sus reflexiones de aquella conferencia de la Universidad de Concepción. Volvió a Chile por corto tiempo y aquí escribió otro ensayo bajo el título de Preguntas a Europa.9 Fue el núcleo de un nuevo libro donde culmina la visión universalista de la cultura americana. La Guerra Civil Española y los albores de la Segunda Guerra Mundial fueron factores que impulsaron aquella angustiada reflexión. El libro culminante lo editó en México, con el título Europa-América. Lo subtituló "Preguntas a la esfinge de la cultura".10 Hay en sus páginas un aire de presagio nuevamente sobre el destino de la cultura, pero sobre todo hay una interrogante que mira a Hispanoamérica y a Estados Unidos como dos "Américas desavenidas", éste último, nombre de otro ensayo escrito en 1951, cuyo mensaje, cincuenta años después, conserva una lúcida vigencia que asombra y casi estremece al lector de ahora, frente a las nuevas incertidumbres con las cuales despunta el tercer milenio:

Y lo que le da cierta fragilidad paradójica al inmenso poder norteamericano ante la presente angustia mundial, es que frecuentemente fallan fines y principios más altos que los de la expansión de los negocios y de los objetos de confort. No pueden plegarse a las pautas del usual conformismo inmanentista norteamericano, pueblos y culturas que han vivido experiencias más trágicas y desgarradas. El "paria" hindú, el indio de Sur América, el estudiante musulmán, protagonistas de pueblos en extrema o reprimida tensión, pueden ser más inquietos y descontentadizos que el próspero y satisfecho Mr. Babitt. Por ellos hablan culturas o frustraciones milenarias, y no basta ­como creen algunos norteamericanos­ sustituir los principios teóricos, la filosofía de una democracia mundial que a veces aceptó las alianzas y los intereses más bastardos, con la ayuda técnica a "los países atrasados". Tanto como de auxilio material y tecnológico, esos pueblos están requeridos de comprensión y justicia. No serán tan sólo los tardíos herederos de un sistema industrial y capitalista; los últimos invitados de un festín que por el reclamo de fuera ya no era posible excluirlos. Se necesita una inteligencia supra-nacional que apacigue los resquemores y diferencias; que sea capaz de aproximarse con simpatía a lo distinto. No basta vencer porque es preciso convencer, decía Unamuno. Y el convencimiento ­aquello que el Evangelio colocaba más allá de cada día­ opera en zonas más desgarradas y misteriosas del alma, donde la necesidad se torna en fe.11

El retorno al humanismo como llamado a la meditación serena pero firme fue el discurso admonitorio de científicos, filósofos y escritores que vivieron o atestiguaron la Segunda Guerra Mundial. Entre los hispanoamericanos que llamaron a esa reflexión estuvo Mariano Picón Salas. Frente a la pesadilla contemporánea que cambió en la mentalidad del hombre la indiferencia por terror a partir del 11 de septiembre del 2001, volver a textos como Europa-América, si bien no solucionan los conflictos, al menos ponen a pensar y a revisar comportamientos en el ámbito de la inteligencia que fundamenta la cultura y entona su instrumento comunicativo: la educación. El pensador venezolano concedía a las pequeñas naciones hispanoamericanas un sentido de arbitraje moral que los grandes centros hegemónicos del poder militar y económico no pueden asumir ante el descrédito que produjo el horror. En 1946, después de la explosión atómica de Hiroshima y Nagasaki, escribió: "Quizás el proceso ecuménico del hombre que llamamos Historia Universal no sea más que el conflicto entre la voluntad de poder y la voluntad de cultura, entre las fuerzas de derroche y de destrucción y las de creación y conservación".12 Es posible que los pueblos hispanoamericanos estén inermes ante el poder de la decisión, pero no ante el poder de la reflexión que llame a una equidad prudente y no a una sumisión genocida incondicional. Ahí el reto de la Universidad latinoamericana y de los intelectuales, como árbitros de un desbordamiento irracional. Picón Salas fue un ejemplo de equilibrio hace medio siglo. La indiferencia culpable ya no cabe en el estrecho margen de la esperanza contemporánea.

 

NOTAS

1 Latcham, p. XI.

2 Loc.cit., p. XI.

3 El endecasílabo de La Araucana inicia la sexta octava y textualmente dice: "Chile, fértil provincia señalada".

4 "Intuición de Chile". En: Viajes y estudios latinoamericanos. Caracas: Monte Avila, 1987, p.19.

5 "Prólogo y digresiones sobre América". En. Dependencia e independencia en la historia hispanoamericana". Caracas, C. Elarg, 1977, pp. 23-24.

6 "Hispanoamérica, posición crítica". En: Europa-América. Caracas, Monte Avila, 1996, p. 196.

7 Cf. Para un retrato psicológico de Mariano Picón Salas.

8 Loc. cit., p. 202-203.

9 Lo editó en Santiago de Chile bajo el sello de Editorial Zig-Zag. Fue reeditado casi de inmediato en La Habana, por Editorial Cultura. 1938.

10 Apareció en números sucesivos de la revista Cuadernos Americanos. Después la Editorial, con el mismo nombre lo publicó en forma de libro en 1947.

11 "Américas desavenidas". Publicado originalmente en Cuadernos americanos 10:4 (1951).

12 "Las pequeñas naciones" (Discurso en la Universidad de Puerto Rico, 31 de marzo de 1946). En: Europa-América. Caracas: Monte Avila, 1996, p. 170-171.

 

REFERENCIAS

"Intuición de Chile". En: Viajes y estudios latinoamericanos. Caracas: Monte Avila, 1987, p.19.

"Prólogo y digresiones sobre América". En. Dependencia e independencia en la historia hispanoamericana". Caracas, C. Elarg, 1977, pp. 23-24.

"Hispanoamérica, posición crítica". En: Europa-América. Caracas, Monte Avila, 1996, p. 196.

"Las pequeñas naciones" (Discurso en la Universidad de Puerto Rico, 31 de marzo de 1946). En: Europa-América. Caracas: Monte Avila, 1996, p. 170-171.

 

*Conferencia dictada en la inauguración de las "XXIV Jornadas de Estudios Hispánicos" en la Universidad Católica de Valparaíso el 29 de octubre, 2001.

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