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Revista signos

versión On-line ISSN 0718-0934

Rev. signos v.34 n.49-50 Valparaíso  2001

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-09342001004900001 

Revista Signos, 34(49-50), 3-20

LITERATURA

Tierra y territorio: La huella de una alianza en la escritura mistraliana

 

Edson Faúndez V.

Universidad de Concepción


RESUMEN

Este trabajo se preocupa del estudio de las relaciones del hombre con la tierra, presentes en la escritura de Gabriela Mistral. A partir de esto, un territorio, singularizado por sus alianzas y por la función de la mujer, aparece descrito.


ABSTRACT

This work covers the study of the relations between human being and land that exist in the writing of Gabriela Mistral. Following this, a description of a landscape appears, projecting its alliances and the woman's role.


 

Salí de un laberinto de cerros y algo de ese nudo sin desatadura posible queda en lo que hago, sea verso o sea prosa.

G. Mistral

TIERRA

La tierra ha dejado que sus raicillas proliferen, que su energía traspase umbral tras umbral, que los reinos se capturen, se entrelacen en una confusión genésica, donde la seña de la frontera no encarcela la trayectoria desmesurada de los flujos. Me estoy aproximando, frágilmente, a la visión de un cuerpo molecular, gigante y rizomático, sin estratificaciones, desterritorializado por excelencia. La tierra como un cuerpo sin órganos1, "atravesado por materias inestables no formadas, flujos en todos los sentidos, intensidades libres o singularidades nómadas, partículas locas o transitorias" (Deleuze, 1990: 47). En el pensamiento mistraliano, me parece, la intuición de una tierra no singularizada por la codificación que le imponen los cinturones territoriales, que la ajustan y dividen, es posible de visualizar.

"El místico del viaje ha tomado la tierra por cielo" (Mistral, 1978: 19) no sólo por la revelación a la que accederá el perfecto viajante, no porque trace en el mapa de los trayectos el punto de partida y el punto de llegada, sino porque la tierra deviene pasaje inorgánico e inestable, no geometrizado, en conexión con un cuerpo también sin órganos, inestable y absolutamente en fuga2. La conexión tierra-viajero, el bloque que debiera crearse, exige que el viaje deba ser "la entrega al azar, una religiosa dación al destino de dorso vuelto (Mistral, 1978: 20). Puro fluido, completa desterritorialización en la tierra donde no alcanza el nombre todavía; es el viaje que no va a ninguna parte y alcanza a todas, es el viaje que se parecerá a la "entrega sin designio propia a la voluntad de Dios"(Mistral, 1978: 20)3; es el viaje de un puro movimiento como ocurre en Poema de Chile, donde la mama-fantasma conduce al cervato y al indito ­unidad tripartita- por un territorio que resiste la noción de morada: "¿A dónde es que tú me llevas que nunca arribas ni paras?" (Mistral, 1985: 139). El viajero no se traslada por la superficie de la tierra, se mueve con la tierra por el contagio que gobierna el bloque, de ahí que un saber alterno y dominado se ofrezca: "el ser de su tierra que no puede aprender nada sino moviéndose en la divina dulzura de lo suyo" (Mistral, 1978: 20).

Sólo la hermosura de la nave puede conducir al viajero4: Ulises siempre vivo en su peregrinar sin puerto. Es la máquina que surca las aguas, la que puede despojarse de la gravidez de su cuerpo y devenir ingrávida en el mar5. Lo duro de la nave se hace alado; el dolor que carga "al portar las multitudes" (Mistral, 1978: 22), es liberado en la extraña producción de este bloque hombre-tierra. El viaje-vuelo por "el mar, que es el gran vivo" (Mistral, 1978: 51), por la materia "no humanizada y feliz" (Mistral, 1978: 23), posibilita pensar una dimensión de la tierra en la escritura mistraliana6. En este contexto, adviene como correlato la sutura del fenómeno producido en la tierra por el ejercicio del hombre; estoy refiriéndome a la estratificación, donde esta tierra molecular ha sido capturada por códigos y territorios diversos, constituyendo "moléculas más o menos grandes en el cuerpo de la tierra" (Deleuze, 1990: 48) y haciendo entrar las materias no formadas en conjuntos molares7. Lo que Mistral actualiza no es la involución a un posible bloque ancestral del hombre y la tierra; muy por el contrario, produce este bloque, experimenta un estado imbuida por un devenir. Así alcanza la tierra los secretos del hombre y el hombre los secretos de la tierra, así se resiste a la imposición arbitraria y violenta del orden. Nietzsche, sin duda, experimenta el mismo contagio:

"Mis pies... son pezuñas de caballo; con ellas troto y galopo por montes y valles, de acá para allá, y el placer me nutre el diablo en el cuerpo durante mi rápida carrera" (Nietzsche, 1996: 197).

Sin embargo, la tierra humanizada trae consigo el pensamiento topológico, los estratos atrapan las raicillas libres, generando una sola raíz donde el código se almacena y los flujos son fijados; se hacen pesados los movimientos, líneas duras cruzan la inmensa geografía: la tierra pensada como un escenario con espacios sedentarios ocupados por colectividades humanas diversas. Es sobre los espacios lisos y estriados de la tierra que el hombre produce una morada.

En "La pampa argentina" (febrero de 1926), Gabriela Mistral observa que el espacio de la pampa, al cual percibo como liso, representa la "porción en que la tierra aparece más hecha conforme la necesidad humana" (Mistral, 1978: 52). De esta manera, es en este espacio, el de la atmósfera verde, donde la necesidad de estriar la tierra y configurarla como un territorio ­afán de una colectividad que se va a constituir en estado- se facilita por la disposición de ésta. Por otro lado, la tierra aparece llena de pliegues naturales. Territorio estriado, por el cual el hombre se desplaza como si lo hiciera en una superficie lisa8; territorio, donde el hombre grabará sus necesarias estrías. En "Un valle de Chile" (Barcelona, enero de 1933), refiriéndose al Valle de Elqui, la escritora señala:

"Se camina por él como tocando con un costado un cerro y con el otro el de enfrente y aquellos que están acostumbrados a holgura en el paisaje, se sienten un poco ahogados cuando van por el fondo de ese corredor de montañas salvajes" (Mistral, 1978: 333).

Estriar un espacio liso o sentir como liso lo estriado natural, constituyen dos mecanismos de territorialización del espacio terrestre; de tal forma, la tierra territorializada deviene en sostén de las cosas visibles e invisibles9. Pero el fenómeno de ganar una porción de tierra, para enraizar los códigos y proyectarlos de generación en generación, no concluye ahí. Lo que he comprendido como diferencias al estriar la tierra genera consecuencias disímiles en la colectividad encargada del proceso; es decir, el hombre se determina ontológicamente en la relación con el territorio creado: las fisuras, corredores, saltos, planicies afectan la corteza íntima del grupo. Es el precio, quizá, que cobra la tierra por su división o la parcial ofrenda que ésta concede al atrevido fragmentador. Sin duda, el pensamiento mistraliano considera esta relación hombre-tierra como un pacto, como una alianza, en que la tierra ofrenda al hombre un sentido (Braceadora, ata tus pueblos / como juncales de sábana) y el hombre ofrece a ésta sus ademanes10. La tierra y el hombre han formado un bloque; el proceso de territorialización no ha destruido la unidad a la que antes aludí. Dos fragmentos de dos poemas de Tala, "Cordillera" y "Cosas", demuestran lo anterior:

"Te llamamos en aleluya

y en letanía arrebatada:

¡Especie eterna y suspendida,

Alta-ciudad ­ Torres-doradas,

pascual arribo de tu gente,

arca tendida de la alianza!" (Mistral, 1979: 82)

"Creando sueño la cordillera,

camino por desfiladeros,

y voy oyéndoles, sin tregua,

un silbo casi juramento." (Mistral, 1979: 103)

El bloque desterritorializado hombre-tierra pasa a constituirse en un bloque territorializado del hombre y la tierra. En "la nave y el mar", se lee:

"El mar nunca se ha humanizado. La tierra sí bajo las plantas humanas se traspasó de piedad, de sufrimiento y de suavidades en caminos y surcos. Ella es una casa humilde y triste. Su mismo silencio es pensamiento; su esponjadura tiene algo de emoción y hasta en la suma aridez posee expresión humana" (Mistral, 1978: 23).

Mutua captura entre los elementos del bloque: la tierra deviene hombre ­tierra humanizada- y el hombre deviene tierra ­identidad terrestre del hombre11. Esta identidad terrestre de la cual hablo en el proceso de producción de la morada puede experimentar una crisis o su afirmación.

Aquel valle de Elqui, que la escritora guarda como la evidencia del pacto realizado con la tierra, donde se despliega la vida del hombre al ritmo de las pulsaciones del territorio, es cifra de la afirmación de una identidad que antecede a los nacionalismos. El hombre está pegado a su tierra; bloque que los pueblos precolombinos actualizaron en su praxis diaria. En "Breve descripción de Chile" (Málaga, 1934), refiriéndose al pueblo mapuche señala: "La poblaba una raza india que veía su territorio según debe mirarse siempre; como nuestro primer cuerpo, que el segundo no puede enajenar sin perderse en totalidad" (Mistral, 1978: 339). Este primer cuerpo no debe ser nunca enajenado por la construcción de asentamientos que fracturen los flujos del bloque: el campesino del Valle de Elqui, las comunidades mapuches y sus similares no cortan los flujos terrestres. Este primer cuerpo o cuerpo mayor tampoco será enajenado del discurso mistraliano12; por el contrario, cruzará como una línea problemática que determina y activa una de las dinámicas de su escritura. La certeza de un bloque hombre-tierra anterior a las máquinas estatales y vigente en el campesino, transfigura en guiño corrosivo para las colectividades dominadas por el monomito de la razón y la mirada proyectiva y ambiciosa de la modernidad; sin embargo, desde otra articulación, es huella que otorga un lugar, una voz y un rostro a los pueblos13.

La crisis del bloque se produce cuando el hombre se separa de la santa nutridora y, por lo tanto, de una manera de vivir, aquélla que Fray Luis de León llamara la más natural y mejor14. En "Cómo edifican" (enero de 1931) y "Sobre las ciudades númenes" (marzo de 1948) se textualiza la anulación de la sana intemperie; la voluntad de edificación destruye el factor de heterogeneidad que domina la relación del hombre con la tierra, homogeneizando con estrías terribles las identidades múltiples15, sumergiendo al individuo en una máquina de sobrecodificación que dirige sus movimientos internos y externos16: "construyen lo mismo que legislan, lo mismo que educan y lo mismo que rezan" (Mistral, 1978: 122). En estas grandes urbes modernas, donde la tierra ha sido ahogada por el concreto "la vida reseca sus entrañas, o se hiela, o se mecaniza"17. Entre los intersticios de este territorio, se teje el método de captura del exterior: los estratos, supuestamente son captados y mezclados, formalizados bajo el imperio del lenguaje18. La norma establece las bases de esta orgánica; así, por ejemplo, la gran ciudad norteamericana se convierte en "el campo de lucha de los opuestos" (Mistral, 1978: 122)19; muy distante de la ciudad hermosa, rica y justa soñada en "El amor de la ciudad", uno de sus textos magallánicos. Imposible el bloque, que inscribe heterogéneos -hace estallar los dualismos- y posibilita su contagio: "Yo no soy de esos dualistas y el dualismo en muchas cosas me parece herejía pura" (Mistral, 1998: 78).

TERRITORIO

El espacio donde la mirada nómade ­al menos en cuanto a los desplazamientos físicos- se ha clausurado y el grupo ha fijado su morada es de singular importancia en la obra de Gabriela Mistral. Sobre el suelo territorializado un viaje de naturaleza diversa al del místico viajero se realiza. Ella, de salto en salto, deviene en "corredora de tierras extrañas". Roque Esteban Scarpa destaca este rasgo de la escritora:

"La que nació en Vicuña, vivió en Montegrande y comenzó a enseñar en escuela aldeana de Compañía Baja, parecía destinada, como hija de gente pobre y con padre ausente y "un poco desasido", a ser mujer de arraigo y horizonte cerrado entre el encantamiento de los montes que encubren todo camino en el Valle de Elqui. Pero Lucila Godoy llevaba esa vocación cantarina y andariega del padre, y, primero, se puso a huir por los cielos, para después moverse y aposentarse en distintos lugares de la tierra, sin perder los celestes (...) Tenía vocación de movimiento" (Scarpa, 1978: 7).

Esta vocación de movimiento produce la visión de una América aproblemada, empobrecida y sujeta a la voluntad de fuerzas externas -usurpadoras e inhumanas20. A partir de este dinamismo ella logra conquistar un sueño, aquél que soñó Bolívar, el sueño que soñó Martí: una América unificada. El sueño de unidad continental, me parece, es efecto de la percepción de dos confluencias: la lengua y el hábito. Surge, entonces, la palabra, apropiándose del legado, imprimiéndole una nueva fuerza, actualizando una lucha que exige en el pueblo un aliado y, es mi opinión, tomando de la problemática de la tierra la energía necesaria para la crítica a los actos y discursos que intensifican las fuerzas colonizadoras. En "Un vuelo sobre las Antillas" se lee:

"Digan lo que quieran de la falta de unidad de nuestra América, este viaje y estos viajes míos pasando de un país al siguiente como de un barrio al otro barrio y llegando a ellos como a mi casa (estando tan lejos la casa mía) no me dejan convencerme nunca de la extranjería que me cuentan empecinados; este poder llegar a veintiún países con el mismo buenos días y el mismo gesto de conciudadana natural que me aceptan sin petición expresa." (Mistral, 1978: 30).

Deseo poner freno a las palabras en este momento y retomar el bloque que me preocupa. El discurso mistraliano proyecta al ser inmerso en una red de continuos intercambios con su tierra. Desde esta simbiosis, las claves para determinar el concepto de patria se hacen evidentes: la patria es la tierra de la alianza, que ha devenido territorio. La patria, entonces, "es el paisaje de la infancia y quédese lo demás como mistificación política" (Mistral, 1978: 331)21.

La idea de patria pequeña permite una aproximación al pensamiento regionalista que despliega sobre todo el discurso prosístico mistraliano22. En este contexto, la letra se convierte en pancarta lanzada al aire, voz política que increpa a los centros desde y con la periferia, dispositivo que, en definitiva, se resiste a los poderes hegemónicos y expansionistas.

"Esta es mi región, y lo digo con particular mimo, porque soy, como ustedes, una regionalista de mirada y de entendimiento, una enamorada de la patria chiquita, que sirve y aúpa a la grande" (Mistral, 1978: 343).

La patria no puede ser pensada ni experimentada de otra manera, en cuanto las señas de identidad constituyen una ganancia del bloque creado con la tierra23. De aquí surge una de las grandes preocupaciones sociales de la Mistral, quien en su ejercicio humano, artístico, diplomático e intelectual se va a convertir en la guardiana de este bloque. La certeza de que el hombre y su tierra se exigen mutuamente y que ésta completa la existencia de aquél, constituye una idea axial; el tejido escritural dará cuenta de esto y se transformará en queja, cuando el bloque hombre-tierra pretenda ser destruido en función de otros intereses24.

Si el hombre ha formado un bloque con su tierra ­a la que he signado como territorio- y si este bloque es tan fuerte que codifica al hombre territorializado, a éste lo gobierna una urgente necesidad: disponer del suelo, del territorio, de la morada25. La posesión efectiva del suelo singulariza la conservación del bloque. La nación que ha fragmentado su territorio, concediendo una porción de suelo al hombre, tiene como imperativo el juramento prestado a la tierra. Francia, en esta dirección, ejemplariza el método a seguir:

"El campesino francés cuando dice mi país no aúpa metáfora. Posee un pedazo de colina; de llanura y de quebrada; llama patria al conjunto de predios verdes en que hay uno donde él poda el olivo propio y riega la hortaliza de que comen sus niños; nombra al decir Francia una red de riqueza en la que suyo es uno de los nudos" (Mistral, 1994: 270).

Gabriela Mistral sabe que la tierra debe llevar "nuestros nombres y apellidos nacionales en la inscripción de la propiedad" (Mistral, 1978: 156) y que el pueblo siente "que la patria es un suelo entero y no un suelo compartido a tercios" (Mistral, 1978: 151). Presiente que los flujos del hombre y de la tierra están siendo clausurados y reorientados por un orden social violento; que la voluntad común, que reunió hombres en un pueblo que hizo pacto con la tierra, parece ahora una ilusión y que los hombres sin tierra, atrapados en naciones, soportan lazos independientes a la voluntad. Ha presenciado la operación de la máquina empresarial y técnica sobre el suelo americano. La máquina corta no sólo árboles, también el bloque hombre-tierra, instalando el latifundio como una nueva codificación. Este sistema de producción fractura el bloque y con ello el rostro de un pueblo comienza a perder sus signos distintivos; imponer un orden extraño trae como consecuencia "el desorden y la muerte nuestra"26. Perturbada asiste a la visión de la gran tragedia: la pérdida del territorio, la pérdida de la opción de "adquisición natural que forma parte de la economía doméstica" (Aristóteles, 1988: 25). El máximo valor de lo heroico se ejecuta, entonces, en su decir y en su actuar acerca de la tarea agraria27: "yo veo una tierra donde / tienen huerto los huerteros" (Mistral, 1985: 90).

He señalado en líneas anteriores que el sueño de unidad continental cruza el pensamiento mistraliano y he expresado la importancia que adquiere la problemática de la tierra en la concreción del proyecto. Me parece que la pasión por América es el efecto amplificado del pacto realizado entre la mama-tierra y el campesino28; privilegio de la materialidad del primer cuerpo por sobre esa pasión religiosa del mundo a que se refería Von Dem Bussche. En el texto "En el día de la cultura Americana", el bloque tierra-hombre se convierte en la base para la constitución de un orden americanista; la recuperación de la tierra entrega la posibilidad y el campesino es quien debe ejecutarla.

"Y sabemos con menos ciencia política que vosotros, varones, que el campesinado cubre la América misma y que el hombre rural debe poseer el suelo por vía de la pequeña propiedad, para que realmente se produzca, en la tierra colombina e isabelina, una civilización de orden latino que no nos vendrá por el auge industrial, pues una latinidad nace de un agro amado y servido de un hombre que es su amo y su disfrutador a la vez" (Mistral, 1994: 286).

En tanto, el indígena ­devenido paria-, quien carga con más intensidad el pacto, ve grandes extensiones de tierra, pero no encuentra su territorio29. De esta expoliación surge la herida continental, el pesar colectivo. El indio sin suelo experimenta la fractura del bloque; no puede cantar a su tierra y lo domina la fatalidad. Por otro lado, la clase campesina, la heredera del bloque, en los márgenes vive la pobreza y el olvido. Indio y campesino se convierten en migrantes tristes; caminan hacia las altas y humosas ciudades en busca de un sentido: "La vieja y pobre tierra no vio nunca sus caminos hormiguear y grisear tanto como hoy, de fugitivos que yerran como fantasmas, en busca no ya de El Dorado, sino de dos cuartas de suelo y un sorbo de aire donde existir" (Mistral, 1994: 283). Ante esto, el grito, la palabra en sus diversos códigos intenta comunicar la tragedia, subvertirla30. En efecto, lo consigue en la trasposición de la herida al código literario: la escritura poética concede un territorio a los parias, se actualiza el bloque en el íntimo murmullo, el pueblo se cohesiona, por momentos se une a su tierra y labra y canta y se inclina ante los atardeceres31.

Ser formante grávido de la colectividad que ha limitado la tierra, delineando un territorio, trae como correlato ineludible un imperativo ético: resistir la negatividad32. Uno de esos signos de negatividad, sin duda, lo constituye el olvido o la destrucción del bloque tierra-hombre. Pero, cuando forzosamente el hombre se ve impelido a desalojar la superficie y cubrirse de tierra, el territorio, creo, no se remite a una localidad, región o patria, sino que el hombre es llamado por la patria/tierra sin fronteras, la cósmica y molecular.

Lo que ha sido quitado o negado al hombre en la dimensión social, territorializante y molar, adviene en la hora de las lágrimas de Apolodoro. Es sólo la muerte, "la segunda tierra nuestra" (Mistral, 1979: 53), la destructora por antonomasia, la que en el imaginario mistraliano es capaz de re-producir el bloque hombre-tierra. Aquello que las luchas reivindicativas al interior de la dimensión social no lograron conquistar, se adquiere al cruzar el umbral de la muerte: "bueno es vivir y morir, / ser creado y ser disuelto" (Mistral, 1985: 28). El hermoso y revelador texto en prosa de Desolación, "Motivos del barro", dedicado al escritor chileno Eduardo Barrios, explicita en las líneas que dirige a los niños la imposibilidad de pensar la muerte como el paso a la nada33 y la certeza de que significa el retorno a la tierra (nótese la similitud con el pensamiento nietszcheano)34.

"Después de muchos años, cuando yo sea un montoncito de polvo callado, jugad conmigo, con la tierra de mis huesos (...) Cantad y corred sobre mí, para besaros los pies amados" (Mistral, 1960: 161).

La materia cohesionada que ha formado al hombre, se disgrega molecularmente en lo múltiple y heterogéneo de la tierra desterritorializada. El bloque se hace más intenso, de tal manera es imposible distinguir las moléculas del hombre de las moléculas de la tierra: devenir-molecular, devenir-imperceptible35. El polvo que atesoran los pies amados de los niños se resuelve como la zona donde el hombre se desposa con la tierra. El poema "La fuga" de Tala explora el mismo movimiento:

"Y otras veces ni estás cerro adelante,

ni vas conmigo, ni vas en mi soplo:

te has disuelto con niebla en las montañas,

te has cedido al paisaje cardenoso." (Mistral, 1979: 22)

Sólo el artista es capaz de reunir en una obra dos tierras que se mezclan -la de los enamorados, pero también la de la tierra desterritorializada y el hombre devenido molécula- y que los ojos abiertos a la luz diurna no vieron jamás. De aquí, tal vez, la insistencia de Gabriela Mistral por textualizar la muerte. Transcribo dos fragmentos que testimonian esto:

"¡Ah, alfarero! Tú, que nos mueles distraído, cantando, no sabes que en la palma de tu mano se juntaron, por fin, las tierras que jamás se reunieron sobre el mundo." (Mistral, 1960: 161)

"Cuando muera, no llores, hijo:

pecho a pecho ponte con ella

y si sujetas los alientos

como que todo o nada fueres,

tú escucharás subir su brazo

que me tenía y que me entrega

y la madre que estaba rota

tú la verás volver entera." (Mistral, 1965: 123)

Por supuesto, la madre que estaba rota volverá entera, el pacto hecho con la tierra lo asegura. En consecuencia, la discontinuidad que implica la muerte es reemplazada por la continuidad de una fuga eminentemente positiva. Flujos en todas direcciones: moléculas de hombre, moléculas de tierra, moléculas de vegetales, de animales perdidos en el tiempo, todo confluye ahora, todo deviniendo, capturándose, haciendo infinitas las posibilidades de amor y movimiento.

LA MUJER: LA GUARDIANA DEL BLOQUE

La reflexión en torno al binomio tierra-mujer ha generado un número importante de productos críticos de índole varia. El interés por visualizar, brevemente, las relaciones entre la tierra y la mujer me permite singularizar un rasgo de suma importancia en el bloque.

La tierra ha establecido una alianza con el humano y la mujer ha sido la mediadora. De ahí que en la escritura mistraliana los ritmos de la tierra se confundan con los ritmos producidos en el cuerpo femenino. Devenir mujer de la tierra y devenir molécula terrestre de la mujer. No pienso cuando me enfrento a este tejido vivo sólo en comparaciones, identificaciones o personificaciones, pienso en una zona dinámica que ejecuta el deseo de los cuerpos que se capturan, pienso en saltos más allá de las fronteras, que actualizan una fuga, una desterritorialización. Uno de los poemas de Desolación, "El Ixtlazihuatl", despliega la visión de una tierra que ha sido capturada por algunos semas constitutivos de la mujer, a saber, la virgen ­que será penetrada, para que de su matriz nazcan los surtideros. Además, el poema "Cordillera" de Tala permite apreciar cómo el sujeto femenino se contagia de la tierra:

"Te doy mi amor, montaña mexicana.

Como una virgen tú eres deleitosa;

Mas tú, la andina, la de greña oscura,

mi cordillera, la Judith tremenda" (Mistral, 1960: 126)

"¡En el cerco del valle de Elqui,

en luna llena de fantasma,

no sabemos si somos hombres

o somos peñas arrobadas" (Mistral, 1979: 80)

Aquello que se desprende de la especial posición de la mujer en el bloque tierra-hombre podría resolverse de la siguiente forma: se manifiesta una especial propensión a la anomalía del cuerpo terrestre y del cuerpo de la mujer, que les permite entrar en alianza. Cuando hablo de anomalía, lo estoy haciendo desde la perspectiva deleuziana, esto es, un sujeto que se ubica en los márgenes de un territorio molar y es atraído por otro anomal de un territorio diferente. Resulta importantísimo este aspecto de la escritura que analizo, puesto que todo anomal genera una fisura, una grieta en la estructura que organiza un territorio que, en este caso, ha olvidado la alianza; toda fuga, todo devenir representa una resistencia, una lucha compartida contra los poderes y saberes que golpean negativamente la vida del hombre.

En este contexto, "el primer cuerpo" ­tierra- deviene femenino. Nuestro primer cuerpo, por lo tanto, es femenino. (Interesante: en la teoría de los desplazamientos por devenir, el devenir mujer actúa como puerta de otros devenires. Más interesante: aunque por senderos muy disímiles, la filosofía y el psicoanálisis, Patricio Marchant accede a una dimensión del inconsciente, donde el árbol sugiere la presencia de una madre arcaica; nuevamente, la presencia de lo femenino. Desde Deleuze este puro acto de devenir implica resistencia; desde la reflexión de Marchant, ataque al falogocentrismo36).

La mujer es la encargada de fijar un territorio. Fija, en su relación con la materialidad de la tierra, las costumbres, las señas de identidad de un determinado grupo humano. Esto no implica, sin embargo, que este "otro" sedentarismo ­distante del sedentarismo del varón, la ciudad y la máquina de producción industrial-, inhiba los movimientos con el territorio en alianza37. La mujer deviene territorio. Cito un fragmento de "Conversación sobre la tierra con las mujeres portorriqueñas":

"El mundo habría sido puro nomadismo o fuego fatuo de aventura incansable si no le ponen al Adán la Eva al costado y en ella la responsabilidad de los hijos" (Mistral, 1978: 155)

La responsabilidad de los hijos condiciona los desplazamientos de la colectividad y la mujer lo sabe. La mujer devenida madre territorializante puede encontrar una correspondencia con la tierra devenida territorio maternal38:

"Cordillera de los Andes,

Madre yacente y Madre que anda.

Caminas, madre, sin rodillas,

luna de ímpetu y confianza

con tus siete pueblos caminas

en tus faldas acigüeñadas." (Mistral, 1979: 78)

Pero la tierra y la mujer devienen en madre por las exigencias naturales del bloque; la tellus mater proveerá a la colectividad que sobre el suelo se aposenta y la mujer-madre velará por la conservación en el tiempo de esa colectividad39. Lo que es revelado, sin embargo, no puede visualizarse como extraño y novedoso; por el contrario, la escritura mistraliana penetra en zonas ­bloques, devenires- soterradas donde se encuentran inscritas las claves de antiguas alianzas40. Esta función maternal de la tierra y de la mujer se deja asir en un poema de Ternura, que se llama, precisamente, "La tierra y la mujer".

"Yo le digo a la otra madre

a la llena de caminos

-"¡Haz que duerma tu pequeño

para que se duerma el mío!

Y la muy consentidora,

la rayada de caminos

me contesta: -"Duerme el tuyo,

para que se duerma el mío." (Mistral, 1965: 10)

La mujer desempeña la función de guardiana del pacto efectuado con la tierra. Protege el bloque hombre-tierra, que ha posibilitado su espíritu de conservación. Gabriela Mistral, produce un territorio discursivo, donde re-surge el juramento cantado ante Gea; a partir de esto, la defensa del territorio ­su flora y su fauna-, del indio o del pueblo campesino -heredero del pacto- se justifica plenamente. La producción discursiva mistraliana, en uno de sus movimientos relevantes, textualiza el bloque e instala al sujeto femenino y colectivo ­"vela tu voz hasta que se confunda con cualquier otra voz" (Mistral, 1960: 181)- como guardián de la morada.

 

NOTAS

1 Deleuze en el Anti Edipo propone que el cuerpo sin órganos no es ni representa la nada original, lo perdido, el cuerpo propio, la imagen del cuerpo, la proyección. El cuerpo sin órganos es el resultado de un devenir, donde las intensidades, los flujos no están aprisionados en una trama sistémica, molar.

2 Heidegger ha denominado fuga ante sí mismo "el abandonarse del hombre a la banalidad de la existencia cotidiana, el huir ante la inhospitalidad, que permanece regularmente encubierta con la angustia por el cual el hombre afronta su poder ser en el mundo" (Abbagnano, 1966: 575). Para Deleuze, la fuga consiste en hacer estallar las líneas molares, con la intención de encontrar un arma para luchar con el exterior negativo; en este sentido, la fuga, la desterritorialización, es productiva en la medida que genera, como en Gabriela Mistral, un texto.

3 En esta dirección comprendo el poema de Tala, "La fuga", donde es posible leer versos como éste: "Y nunca estamos, nunca nos quedamos".

4 En "La nave y el mar" (julio de 1922), Gabriela Mistral señala que es la máquina que surca las aguas la que realmente ejecuta el devenir viajero del humano. La evidencia de esto se hace más explícita en "Un vuelo sobre las antillas" (Santo Domingo, agosto de 1931), donde la escritora desvirtúa al aeroplano, "la máquina de volar", por la posición y seguridad que domina al viajero en el trayecto que se emprende.

5 Al devenir se alcanza "una zona de cercanía, de indiscernibilidad o de indiferenciación" (Deleuze, 1994: 6) de tal modo que es imposible distinguirse de la devenido.

6 Grínor Rojo ve en el poema "Al mar" de Lagar II, desde una lectura que se comunica con el psicoanálisis, la exaltación del océano-padre y la repulsión de la tierra-madre. Me parece que el mar configura un territorio sin geometría evidente, sin estratificaciones, que permite la fuga, el acceso a una dimensión molecular que revitaliza el bloque humano-tierra.

7 Un conjunto molar, según Deleuze, codifica los flujos, los inscribe, los registra, logra que ningún flujo fluya si no está canalizado, taponado, regulado. Desde esta perspectiva, surge un territorio. La reflexión mistraliana, en este momento, desborda las codificaciones y territorializaciones, las resiste, consigue que la tierra se desterritorialice, se fugue de sus corbatas, se descodifique y se desestratifique; de esta manera el mito del hombre como el ordenador por antonomasia se subvierte.

8 Es el humano del valle de Elqui, aquél que ha aprendido a sentir como liso lo estriado-natural. En este bloque tierra-hombre, las estrías del suelo y las estrías de los deseos colectivos parecen coincidir. Es a partir del olvido del bloque que el hombre vuelve enteramente liso lo estriado-natural, para volverlo a estriar con sólo las marcas del progreso. Interesante resulta percibir los afectos de los territorios sobre determinados individuos; se podría apreciar a un individuo que se mueve en lo estriado cultural como en un espacio liso o a otro a quien lo estriado natural le resultase un espacio liso.

9 En el poema "La tierra" de Ternura, la idea de tierra como sostén de las cosas también se encuentra presente:

"Todo lo toma, todo lo carga

el lomo santo de la tierra." (Mistral, 1965: 111).

10 Dolores Pincheira resalta el intercambio que se genera en el bloque: "Este amor por la tierra le hace decir en El Salvador, en 1931, que existe un compromiso tácito entre la tierra y sus habitantes. El territorio ofrece al hombre la luz, el agua, los productos naturales; pero exige en cambio que se le cultive con amor y destreza, que se cumpla con la moral de la tierra." (Pincheira, 1979: 150). La cursiva me pertenece.

11 Para el escritor griego Nikos Kazantzakis, las pulsaciones terrestres inscriben su ritmo en el corazón humano, entregando a éste, además, las claves de su misión entre los hombres: "Estas tierras que os han creado tienen una correspondencia y una inteligencia secretas con vuestra alma. Así como las raíces envían al árbol la orden secreta de florecer y de dar frutos para justificar las raíces y para que ellas puedan llegar al fin de su ruta, así la tierra materna confía misiones difíciles a las almas que ha engendrado. Parece que la tierra y el alma están hechas de la misma sustancia y emprenden la misma acometida; y el alma no es más que el punto culminante de la victoria" (Kazantzakis, 1963: 361).

12 En "Conversación sobre la tierra con las mujeres portorriqueñas" se lee: "El alma pide el cuerpo para manifestarse y el cuerpo necesita de la tierra para que ella le sea una especie de cuerpo mayor que le exprese a su vez y le obedezca los gustos y las maneras" (Mistral, 1978: 153).

13 En el poema "Tierra chilena" de Ternura se confirma en clave poética lo que he llamado la identidad terrestre, cito:

"Su polvo hizo nuestras mejillas,

su río hizo nuestro reír,

y besa los pies de la tierra

que la hace cual madre gemir." (Mistral, 1965: 59).

14 "La vida del campo y el labrar uno sus heredades es una como escuela de inocencia y verdad, porque cada uno aprende de aquellos con quien negocia y conversa; y como la tierra en lo que se le encomienda es fiel, y en el no mudarse es estable y clara, y abierta en frotar afuera y sacar a luz sus riquezas, y, para bien hacer, liberal y abastecida, así parece que engendra e imprime en los pechos de los que la labran una bondad particular y una manera de condición sencilla, y un trato verdadero y fiel, y lleno de entereza y buenas y antiguas costumbres, cual se halla con dificultad en las demás suertes de hombres." (De León, 1956: 292).

15 Las estrías naturales representan barreras a salvar; se vuelve liso lo estriado natural para estriarlo culturalmente. Entonces, ciudades-monstruos, días sin atardeceres, ríos aquietados, turismo aventura...

16 "La máquina constituye un ejemplo del engranaje de las multitudes humanas, en la que los actos de cada individuo no cumplen más que una determinada función. Representa el modelo de organización de los partidos y de la táctica militar en caso de guerra, mientras que, por el contrario, no dice nada de la soberanía del individuo. Convierte a la multitud en una gran máquina y a cada individuo en un instrumento utilizable para un único fin. Su efecto más general es mostrar la utilidad de la centralización." (Nietzsche, 1994: 125). Michel Foucault amplifica la reflexión nietzscheana, a partir de un análisis de la sociedad definida por las relaciones de poder que se generan en su interior; de esta manera singulariza a la sociedad moderna como sociedad de la norma o sociedad normalizadora. Ésta consta de dos aspas interconectadas: la anatomopolítica y el biopoder. La anatomopolítica es el poder disciplinario que recae sobre el cuerpo del individuo, produciendo su individuación y normalizando sus conductas. El biopoder es el poder regularizador que recae sobre una colectividad, sobre la vida misma de los hombres, regularizando conductas colectivas.

17 Alfred de Vigny en Diario de un poeta con toda la fuerza de su espíritu romántico explora, me parece, en las consecuencias de la fractura del bloque hombre-tierra. El hombre sin tierra y agónico aparece terriblemente retratado: "Sobre la frágil corteza se arrastra el hombre, infatigable, buscando su vida en el trabajo, y rechazado por la atmósfera que le trastorna y por el suelo que le envenena" (De Vigny, 1942: 243).

18 Deleuze, advierte que la verdadera primacía del lenguaje depende de la primacía del significante y no de la del signo: "Lo que en realidad queremos decir es que la ilusión característica de esta posición de la Máquina abstracta, la ilusión de captar y de mezclar todos los estratos en sus pinzas, puede ser efectuada de una forma todavía más segura por la instauración del significante que por la extensión del signo (gracias a la significancia, el lenguaje pretende estar en contacto directo con los estratos, independientemente de que pase por supuestos signos en cada uno de ellos). Siempre se está en el mismo círculo vicioso, siempre se propaga la misma gangrena" (Deleuze, 1997: 70).

19 No se puede ingresar al universo discursivo mistraliano sin percibir que en su interior los binarismos están operando. Mauricio Ostria señala: "la escritura poética de Gabriela Mistral presenta una estructura dualista de carácter disyuntivo que pugna por transformarse en sistema unitario, donde la unidad, consecuentemente, es lo deseado y la escisión la realidad" (Ostria, 1989: 91). Ostria, a partir de una reflexión que privilegia el pensamiento binario (realidad-deseo) fija un principio dualista que da cuenta, en gran medida, de la escritura de Gabriela Mistral (aunque Ostria señala que en el polo del deseo "la posibilidad de complementación sintética" se expresa, pero en cuanto deseo la signa como "ilusoria"; pienso que el deseo produce realidad). Creo que el pensamiento dualista mistraliano aparece, precisamente, cuando la escritura bombardea territorios marcados por la negatividad; la fractura hombre-tierra, me parece, escenifica una tragedia. En otros momentos, la voz colectiva del discurso se distancia del pensamiento dualista, situada en un entre (en la "y" que separa a la tierra del hombre) enuncia bloques, devenires, bodas entre heterogéneos.

20 Es bien sabido que los viajes de Gabriela Mistral no se remiten sólo a la América del sur, del centro y de norte. No obstante, la identificación con este macro territorio es evidente y explícita; me parece que los viajes al viejo continente ­aunque parece que los dos tienen la misma edad- están supeditados a los sueños que Mistral desplegó sobre la América morena.

21 Tres son las patrias de Gabriela Mistral. La primera es la patria de la tierra, poblada por campesinos, la que se amplifica desde la pequeña patria del Valle de Elqui hasta la patria universal del campesinado; la segunda, la patria de los maestros; la tercera, la patria del escritor. Las dos últimas pueden comprenderse como una sola si la llamamos la patria del oficio.

22 En otro momento de "Breve descripción de Chile" se lee: "Creemos que en la región como en la hostia, está el todo" (Mistral, 1978: 344). Por supuesto que "está el todo", en la medida que los signos que configuran al hombre provienen de la tierra que los vio abrir sus pliegues, la tierra que tiene inscritos esos signos.

23 La patria grande, la nación, se constituirá a partir de las patrias pequeñas: la patria grande como "un conjunto de tierra con dueño". El pensamiento inductivo mistraliano se anticipa al pensamiento actualmente vigente: privilegio por las minorías.

24 Mario Rodríguez en un trabajo sobre "Alucinación" de Tala, se distancia de la crítica idealista y metafísica que ha percibido en este poema el anhelo de absoluto, aproximándose a otra lectura a partir de la reflexión de Octavio Paz. En su lectura se privilegia la materialidad de la escritura mistraliana. Me atrevo a pensar que esta innegable materialidad del discurso poético se explica a partir del bloque generado con la tierra. Susan Foote en reciente artículo, apoyada en nociones deleuzianas, vuelve sobre el problema de la materialidad y señala que es sobre la tierra y en la tierra donde la hablante se construye.

25 Hay un pueblo que se desliza balbuceante en la enunciación, el pueblo que ha pactado con la tierra. El lector ya debe comprender que es el pueblo del campesinado aquel que inventa la escritura de la Mistral. Digo inventa no pensando en que este pueblo no exista, sino que lo digo pensando en que es un pueblo al que se lo ha separado de su tierra ­provocando la crisis del bloque-, un pueblo, en definitiva, afectado por el poder latifundista, un pueblo que encuentra en la enunciación colectiva mistraliana una posibilidad de resistencia.

26 Imponer otros árboles al territorio donde dominaba la araucaria, el canelo o el algarrobo significa sobrecodificar el estrato y reterritorializarlo en una dimensión distinta. Cito un fragmento de "Canción Quechua":

"Y donde eran maizales

ven subir el trigo

y en lugar de las vicuñas

topar los novillos

¡Regresa a tu Pachacamac,

En-Vano-Venido.

Indio loco, Indio que nace.

Pájaro perdido!" (Mistral, 1965: 30).

27 Volodia Teitelboim escribe: "Luchaba por causas que la mayoría juzgaba perdidas y no eran puramente literarias. Pecaba por lo que algunos estiman el insolente mal gusto del pronunciamiento cívico. Lo graficó ­uno más- en la paradoja iconoclasta de la "Palabra maldita". A menudo la suya lo fue. Porque no podía ni quería ocultar su rebeldía. Y no era una descontenta simplista sino complicada". (Teitelboim, 1994: 320).

28 En un texto que data de 1922 llamado "El grito", dirigido a los maestros de Chile se lee: "América, América. Todo por ella: porque todo nos vendrá de ella, desdicha o bien" (Pincheira, 1979: 139).

29 Tres grandes temas ­el problema agrario, el asunto indígena, la cuestión social- importarán cabalmente durante toda su vida a Gabriela Mistral. (Quezada, 1994: 10).

30 Jaime Quezada en "Algunas referencias a Ternura" escribe: "De un coloquio diurno y nocturno de la madre con su alma, con su hijo, y con la tierra visible de día y audible de noche, viene, en gran parte, el origen de Ternura". (Quezada, 1989: 109). La cursiva es mía.

31 En el "Decálogo del artista" se lee: "Tu belleza se llamará también misericordia, y consolará el corazón de los hombres" (Mistral, 1960: 176). El territorio inventado en la poesía y la resistencia que implica, sin duda, produce un consuelo. Gabriela Mistral despliega el canto de suelo que hace falta y la recepción de ese canto abre la posibilidad de un lugar para los asentamientos negados o expropiados; en el poema "A dónde es que tú me llevas" de Poema de Chile se lee: "te voy llevando a lugar / donde al mirarte la cara / no te digan como nombre / lo de indio pata rajada / sino que te den parcela / muy medida y muy contada" (Mistral, 1985: 139).

32 La preocupación de Gabriela Mistral por la tierra, el indio y el campesino es un efecto del bloque hombre-tierra. El orden que transgrede las disposiciones silenciosas del pacto configura escenarios de pura negatividad; el orden que fractura el bloque e intenta sobrecodificar el conjunto es orden de muerte. No cesará el pulso del lenguaje ­que busca su propia forma expresiva, su minoridad (Deleuze) y violenta las fronteras impuestas por las marcas de poder de ciertas codificaciones mayores- de resistir las edificaciones del orden de la muerte, no cesará de afectar ­al lado de los afectados- a quienes ejercen sin la tierra el poder.

33 T. Lucrecio Caro, a partir del influjo de Epicuro, señala: "la naturaleza disuelve cada cosa en sus elementos constitutivos, pero no destruye ninguno, porque si existieran seres enteramente mortales, éstos perecerían repentinamente, desapareciendo de nuestra vista" (Lucrecio, 1990: 108). Desde esta entrada, la muerte no constituye el paso al no ser, a la nada, sino que la disgregación de las moléculas del cuerpo en el flujo natural de donde la vida constantemente resurge. Epicuro, Lucrecio y Mistral unidos por un pensamiento común; también, el descomunal canto de Whitman concede una forma similar al rostro de la muerte:

"Y en cuanto a ti, Cadáver, pienso que eres buen abono, pero eso no me ofende, huelo las rosas blancas de dulce aroma creciendo de ti, toco labios de pétalo, llego a tocar pulidos pechos de melones." (Whitman, 1984: 179).

"A mí mismo me doy al barro para renacer de la hierba que amo, si me necesitas de nuevo búscame bajo la suela de tus zapatos." (Whitman, 1984: 183).

34 Existen textos significativos en la obra mistraliana, donde la visión de la muerte está dominada por el mito cristiano del regalo-cielo. En el poema "Locas letanías" de la serie de textos que aluden a la muerte de la madre, se le pide a Cristo: "llévala a cielo de madres".

35 Interesante es la reflexión de Susan Foote, quien lee en Desolación una fuga hacia lo duro que se fragmenta, deviniendo impercetible con el sujeto. Lo que Foote llama materialidad dura y seca, constituye una dimensión de la tierra en bloque con el sujeto.

36 Patricia Pinto, leyendo Poema de Chile y algunos textos en prosa, distingue tres momentos relevantes: la invasión del espacio por lo femenino, la expulsión física del varón y la omnipresencia de la ley patriarcal. Esto la lleva a decir: "Postulo que en los textos prosísticos hay una contradicción entre el decir y el hacer escritural, hay un sometimiento y una consagración de los límites fijados por el patriarcalismo al ámbito de la acción de la mujer y, simultáneamente, un desborde de esos límites en la praxis misma de la escritura." (Pinto, 1989: 38). Indudablemente, Gabriela Mistral constituye un problema para los estudios feministas; de la admiración a la preocupación. Este tenso diálogo Mistral-feminismo parece no resolverse. No es mi interés adentrarme en estas aguas; sin embargo, me parece que la querella contra los signos de muerte dominantes, implícita y explícita en su escritura, la convierten en una máquina de guerra nómade, peligrosa para cualquier intento de sobrecodificación de una máquina sedentaria. Marchant lo señala en su Sobre árboles y madres y yo, desde una hendidura diferente, así lo veo.

37 El territorio sedentario-femenino que no ha olvidado el pacto difiere del territorio fijado, después, por el varón; en éste, el pacto con la tierra ha sido olvidado o expulsado. No constituye un dualismo lo que planteo, ya que el territorio sedentario-femenino se encuentra en el interior del territorio sedentario-masculino. El primero es exterior al segundo no por la instalación de una zona física, sino que por la pugna que entre ellos se genera.

38 Olga Grandón estudia la figura de la madre tierra/virgen y determina que: "La representación de la madre (...) me remite a la concepción de la femineidad absorbida por la maternidad dolorosa, clásica en el marianismo cristiano (Cf. Kristeva, 1988), y a la vez, a la representación de la Madre Tierra, que, por una parte se relaciona con las diosas grecolatinas, especialmente a la Gea matriarcal, y por otra, con la Pachamama sagrada, característica de las regiones andinas precolombinas." (Grandón, 2000: 2).

39 El bloque tierra/madre-mujer/madre es tan intenso que la carencia de fertilidad, por ejemplo, de la mujer genera la infertilidad de la tierra. Mujer fértil es el equivalente de tierra fértil. En el poema "La mujer infértil" de Desolación, la mujer es asimilada a la tierra infértil. La visión de la fertilidad de una mujer provoca la vergüenza de aquélla que es incapaz de cumplir con la función maternal.

"Con doble temblor oye el viento en los cipreses.

¡Y una mendiga grávida, cuyo seno florece

cual la parva de enero, de vergüenza la cubre!" (Mistral, 1960: 23)

40 "Con su carácter sagrado y con su papel maternal la tierra interviene en la sociedad como garante de los juramentos. Si el juramento es el lazo vital del grupo, la tierra es madre y nodriza de toda la sociedad." (Chavalier y Cheerbrant, 1995: 994)

 

REFERENCIAS

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