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Revista signos

versión On-line ISSN 0718-0934

Rev. signos v.31 n.43-44 Valparaíso  1998

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-09341998000100019 

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Revista Signos 1998, 31(43–44), 188–190

RESEÑAS

CARLOS ORLANDO Nállin: Encuentros con la literatura barojiana. (Mendoza, EDIUNC, 1997, 144 p.)





La Editorial de la Universidad Nacional de Cuyo publicó el año pasado un texto del Dr. Nállim sobre Pío Baroja titulado Encuentros con la literatura barojiana. El libro está dividido en diez capítulos que abarcan diferentes aspectos de la vida y obra de Baroja.
Es notable cómo el Dr. Nállim se ha acercado a la obra del escritor vasco combinando equilibradamente subjetivismo y erudición.
El primer capítulo es tal vez el más personal ya que recuerda las visitas que el investigador ha realizado a los que denominaremos «lugares barojianos», o sea, a su casa de Vasconia y a su habitación en Madrid. Podríamos decir que estas dos casas se condensan para Nállim en un reloj y en una biblioteca. Logra que ambos elementos se incorporen no solamente a la biografía sino, lo que resulta notable, a la producción barojiana: a sus conceptos sobre el tiempo y la literatura. De esta manera, el Prof. N állin está entrecruzando sus sentimientos y emociones personales con su conocimiento de la obra que estudia. Esto se logra por medio de reflexiones desencadenadas por la contemplación de esos objetos a los que hice referencia. El «reloj cuyas campanadas nos asustan porque constantemente se suma para nosotros y nos lleva al fin»; y la biblioteca frente a la que «uno se siente empequeñecido» (pp. 23 Y 27).
Los dos capítulos que siguen, «Pío Baroja en perspectiva» y «Alcance del mundo novelístico de Pío Baroja», alternan la semblanza -Baroja utilizó la novela para hacer conocer sus opiniones, ama a Vasconia, es un viajero observador, es un soñador, es un filósofo escéptico, es un novelista histórico, un hábil escrutador de los problemas sociales, es admirador de los hechos sencillos y elocuentes- con el análisis, centrándose en El árbol de la ciencia, la trilogía Tierra vasca y otras obras; deteniéndose en la calificación de los personajes: el aventurero arrabalero (Manuel Alcázar, protagonista de la trilogía Lucha por la vida), el aventurero político (César Moncada de César o nada), la mujer aventurera (Sacha Savarof en El mundo es ansí), el conspirador «con un pie en la historia y otro en la leyenda» lo define Nállin en la pág. 52, representado por Eugenio de Aviraneta. y mientras domina a Silvestre Paradox como «héroe de un mundo de fantasía, risueño e irónico» llama a Fausto Bengoa, el personaje de Los últimos románticos y Las tragedias grotescas, «aventurero anodino». No deja de lado al golfo de raigambre picaresca. Y remata el investigador: «Baroja, novelista, filósofo, angustiado por el hombre y su destino, tierno, amante de su tierra a pesar de sus repetidas y acerbas críticas, delicado cantor de sus paisajes y de su rincón vasco, admirador del hombre de voluntad e intrépido, no pudo representar en tanto que escritor un papel. Por el contrario vivió y se encarnó en sus personajes novelescos y hoy la cifra de su vida vibra en un mundo imaginario, poblado, inquieto, vertiginoso, de múltiples alcances, pero identificable en la singularidad de su obra» (p. 55).
«Pío Baroja: un nuevo discurrir de la novela» demuestra de forma acabada el conocimiento exhaustivo de la obra barojiana por parte del autor. Pero este capítulo también implica una reflexión sobre el género narrativo en general y sobre su práctica en Baroja hallando en ella una raíz cervantina y recordando, además de Cervantes, a otros autores admirados de Baroja: San Juan de la Cruz, Berceo, el Arcipreste, Fray Luis y Calderón. A propósito de Camino de peifección aclara el crítico: «(...) Claro que en Baroja, aunque la titule y la subtitule como lo hace, su novela interesa por múltiples razones: la narración misma, los problemas de orden filosófico, religioso, artístico, psicológico, pedagógico etc. A su vez, todos estos problemas o aspectos tratados e incluso en el curso de la narración, explican generosamente gran parte de su técnica novelística y de su creación en general» (p. 65).
Se recuerda en nuestro texto la peculiaridad en la manera de novelar de Pío Baroja y trasciende la definición de De anís en el año 1926 para precisar: «Cada novela de Baroja y toda su producción novelística encierran un fin en sí misma. Será útil querer adscribir–las a una corriente determinada o a un determinado mensaje. Pronto nos daríamos cuenta de que la posible corriente no es tal sino varias y a veces contradictorias; que el mensaje no es sólo polifacético, sino que muchas veces se trata de mensajes contradictorios o simplemente inexistentes» (p. 66).
No es menor la importancia, en este capítulo, que asume el relevamiento de la crítica. No sólo el ya mencionado De anís, sino también Vicente Gaos y los más recientes, Adolfo Bonilla de San Martín y Rafael Bosch, Carlos Blanco Aguinaga y Antonio F. Molina con los que polemiza apasionadamente. De esa crítica se extraen opiniones relevantes que son comentadas y valorizadas. Carlos Nállim tiene en cuenta que «durante muchos años la obra de Baroja ha tenido censores y panegiristas» pero termina drásticamente: «Lo que no aceptamos son las reticencias o las meditadas ambigüedades» (p. 72).
A propósito de «Algunos rasgos románticos de Pío Baroja» aparece de forma manifiesta la erudición que señalé y al mismo tiempo aflora el subjetivismo. Ocurre lo mismo en «Baroja y la narrativa cervantina». Algunas reflexiones vuelven al tema de la arquitectura de la novela y Nállim advierte que al hablar Baroja en el prólogo «casi doctrinal sobre la novela», réplica a las Ideas sobre la novela de Ortega y Gasset, de Las naves de los locos, de la flexibilidad de la novela, «Baroja no hacía otra cosa que defender sus novelas: permeables, flexibles, muchas veces invertebradas, otras de arquitectura casi imperceptible, de composición anárquica y, las más de las veces, extraordinarias» (p. 86). De estas reflexiones se parte para incursionar sobre la poética cervantina relacionada con el autor estudiado, recordándonos sin duda alguna, los precisos conocimientos que el Dr. Nállim tiene de la literatura de los Siglos de Oro.
No falta en este libro la relación de las opiniones adversas de Baroja sobre Valle Inclán, aunque el crítico puntualiza que «la no comunión de ideales literarios no ha de interpretarse como obcecación en ver valores negativos en el otro escritor». Tampoco se obvian sus opiniones sobre «los apestosos tangos argentinos» (p. 107) que aparecen junto con otras sobre música en El cura de Monleón de 1936. También son adversas las palabras con las que en La sensualidad pervertida (1920) describe a los «profesionales del tango». Pese a la bonhomía del Prof. Nállin -quien por cierto despliega sus conocimientos sobre tango- no se pueden dejar de considerar arbitrarios los juicios sobre la literatura hispanoamericana. En Juventud, egolatría considera al Facundo de Sarmiento «pesado, vulgar y sin interés» y haciendo alusión a las últimas obras de Manuel Ugarte, Ricardo Rojas y Contreras dice: «¡Qué oleada de vulgaridad, de snobismo, de charlatanería nos ha venido de América!». No me detengo más en este aspecto ciertamente antipático y soberbio de Baroja al que se sigue refiriendo el capítulo siguiente, «Las letras argentinas, los argentinos y los americanos según Baroja». Hay además, en este aspecto de Baroja un tufillo de nacionalismo que molesta. El Prof. Nállim cita estas palabras de Juventud, egolatría (1917): «Entre vascos y castellanos es donde me gustaría tener a mis lectores. Los demás españoles me interesan menos; los españoles de América y los americanos no me interesan nada». Estas y otras opiniones vertidas tuvieron por cierto su repercusión y Nállim las recoge en apretada síntesis.
Las últimas cuarenta páginas de Encuentros con la literatura barojiana se ocupan de comentarios sobre lo que se denominan «Algunos libros notables sobre Pío Baroja» y que son siete publicados entre 1953 y 1979. Entre ellos se cuenta el número especial de la Revista de Occidente de 1968. Están demostrando una actitud atenta a la bibliografía barojiana que seguramente se ha continuado desde la redacción de este texto.
En resumen estamos ante un trabajo concienzudo, erudito, preñado de subjetivismo y por momentos apasionado. Una buena contribución a la bibliografía barojiana, digna de incorporarse a «Algunos libros notables sobre Pío Baroja».

María Del Carmen Porrúa

Universidad de Buenos Aires

Argentina

 

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