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vol.31 número43-44La escritura a traves del curriculum«Amor y Amistad», ALLAN BLOOM: De Andrés Bello, Santiago-Chile, 1996. (Título original Love and Friendiship, 1993),606 págs índice de autoresíndice de materiabúsqueda de artículos
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Revista signos

versión On-line ISSN 0718-0934

Rev. signos v.31 n.43-44 Valparaíso  1998

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-09341998000100015 

 

Revista Signos 1998, 31(43–44), 175–181

LINGÜÍSTICA

Clase Magistral*



Profesor Dr. Juan Vargas Duarte

Universidad Católica de Valparíso

Chile




Distinguidas autoridades, Señor Director del Instituto de Literatura y Ciencias del Lenguaje, apreciados profesores, estimados alumnos, señoras y señores.
Agradezco profundamente al Señor Director del Instituto, Dr. Augusto Sarrocchi, por el privilegio que me ha concedido al invitarme a dictar esta clase, con la cual inauguramos oficialmente el año académico, y le damos la bienvenida a los estudiantes que ingresan este año a estudiar las diversas Carreras y Grados Académicos que ofrece nuestro Instituto.
Para mí, ésta es una ocasión muy significativa, por cuanto, a la vez que ingresan a la Universidad los estudiantes aquí presentes, yo cumplo 50 años de vida universitaria. ¡Qué viejo!, pensarán todos. ¡Cuánto sabrá! se preguntarán algunos. Dejemos de lado lo de viejo. Lo que a mí me preocupa es la pregunta respecto a cuánto sabré. Un tío agricultor, hombre muy de campo, me preguntó: –¿Tú todavía sigues estudiando todos los días? –Sí, se podría decir que sí– le respondí. Y él continuó: –Así que llevas más de 50 años estudiando..., y dime: ¿Qué has aprendido?– Y ¡plop! Me quedé perplejo, pensando: Después de todo, ¿qué he aprendido? Tengo el Título de Profesor de Inglés y los Grados Académicos de Master y Doctor en Literatura y poseo una amplia cultura general, pero, ¿qué, realmente, he aprendido?
Pues hay distintas clases de conocimiento –particularmente en el área de las Humanidades. Hay el conocimiento pedante, divorciado de la vida, una acumulación de saberes dispersos que no contribuyen a hacerlo a uno mejor esposo, mejor padre, mejor hijo, mejor ciudadano, mejor persona. Y hay el conocimiento que contribuye a aportarle un sentido a nuestras vidas: es lo que llamamos sabiduría, que a veces la encontramos en gente que ha tenido muy poca educación formal. Y en un grado aún más alto, está lo que para los creyentes es el verdadero conocimiento: el que consiste en conocer la voluntad
de Dios y actuar, vivir, de acuerdo a ella. Y yo, ¿en qué he estado todo estos años? ¿Qué le puedo contestar a mi tío campesino?
A lo mejor, he creído en esto toda mi vida y ahora lo verbalizo: Creo que lo que le da sentido al conocimiento es su casamiento con los valores. Si no es así, puede ser estéril, incluso hasta antagónico con respecto a aquello, casi inefable, que hace del hombre un verdadero ser humano.
Es por eso que el tema que abordaré esta mañana es el conflicto entre el relativismo cultural y la creencia en los valores absolutos.
En las últimas décadas, el relativismo cultural –la postulación de que los valores no son absolutos, sino que son relativos, contingentes– se ha puesto de moda. Entre muchas razones, una puede ser que, desde el punto de vista puramente intelectual, es fascinante. Voy a exponerlo, casi como un abogado del diablo.
En el primer párrafo de la «Declaración de Independencia» de los Estados Unidos, Thomas Jefferson asevera: «Sostenemos que estas verdades son evidentes por sí mismas: que todos los hombres son creados iguales, que su Creador los dotó de ciertos derechos inalienables, que entre éstos están la vida, la libertad y la búsqueda de la Felicidad» Jefferson está partiendo del supuesto de que hay verdades absolutas, evidentes por sí mismas y, por tanto, universales.
Por lo menos a nivel del sentido común podemos decir que una aseveración es verdadera si hay concordancia entre la aseveración y el hecho. Se puede decir que las aseveraciones del campo de las matemáticas –por ejemplo: 2+2=4; el todo es mayor que sus partes– cumplen con esta condición. Esta clase de verdad, racional, lógica, posee validez objetiva y universal, es independiente de quién, dónde y cuándo se la asevere. Es ajena a todo relativismo cultural. ¿Hasta qué punto, aseveraciones como la de Thomas Jefferson poseen el carácter de objetividad y validez universal? Voy a empezar a abordar el problema desde la perspectiva de cómo se establece el sentido de un texto. Para ello me centraré, simplificándolos, en tres enfoques básicos: el «fundamentalismo» (como lo denomina Stanley Fish), la teoría de la recepción estética y el relativismo cultural.
El fundamentalista parte del supuesto de que se puede interpretar el sentido de un texto o de un discurso independientemente de la situación en que se encuentra el emisor y en la que se encuentra el receptor. Sostiene que las palabras tienen un sentido patente, transparente, divorciado del contexto y de lo que hay en la mente del emisor y en la del receptor. Es un sentido anterior a cualquiera interpretación y, por tanto, no permite lecturas diversas. Si digo: «Las rejas de hierro del jardín», toda persona que sepa castellano va a captar el mismo     significado, cualesquiera que sean su trasfondo cultural, su edad, su género, etc.
Pero, ¿qué pasa si digo.«Las rejas de hierro de la vida»?
Para la teoría de la recepción estética, una frase como «Las rejas de hierro de la vida»
no posée un sentido unívoco. Su comprensión e interpretación variarán según el trasfondo personal de cada oyente o lector. Hay una interrelación o transacción entre el texto y el lector y, por tanto, no se puede hablar de el sentido de un texto.
El enfoque relativista cultural da un paso más adelante, tiende a centrarse exclusivamente en el contexto. (De hecho, minimiza el estudio intrínseco de disciplinas específicas, tales como la literatura, la lingüística, la filosofía. Se centra en el estudio de la cultura global y considera a la literatura y otras formas de arte como meros productos de las condiciones socio– político–económico–cul turales).
Para Stanley Fish –el exponente más agresivo del relativismo cultural estadounidense, y en quien me voy a concentrar para exponer el relativismo– el lenguaje sencillo, transparente, inequívoco, no existe. Sostiene que, incluso una frase como «Las rejas de hierro del jardín» (él no da este ejemplo, sino uno similar) puede ser interpretada de modos
diferentes según el contexto en la cual se la pronuncie o escriba. El lenguaje, afirma, está siempre sujeto a interpretaciones diversas, y no hay ninguna perspectiva que sea independiente de la interpretación, pues, interpretamos, arguye, de acuerdo a preferencias, prejuicios, valores y, más aún –y ésta es la propuesta fundamental de Fish– en la práctica lo hacemos porque pertenecemos, ineludiblemente, a una comunidad interpretativa.1
Esa comunidad puede ser el Instituto académico en el cual enseñamos, la escuela de pensamiento a la que adherimos, la ideología política a la cual nos adscribimos, la religión en la que creemos. De hecho, según Fish, pertenecemos a esas comunidades interpretativas en el sentido que ellas son las que rigen nuestros pensamientos y creencias. Ilusamente creemos que libremente adherimos a tal escuela de pensamiento o que tenemos tal creencia; pero, en realidad, es la creencia la que nos tiene a nosotros. Es la cultura en que vivimos la que determina nuestras creencias. °, como Oswald Spengler afirmara en La Decadencia de Occidente: «Las verdades sólo existen si son referidas a una humanidad determinada.»2
Por consiguiente, según el relativismo cultural, todas nuestras lecturas son prejuiciadas: la objetividad no existe. Y, como sostuvieran los sofistas, las leyes abstractas no son nunca abstractas ni universales, sino que siempre son el reflejo de algún contexto –aunque no estemos conscientes de él, aparte de que la comprensión y elección de ese contexto van a estar siempre teñidas por nuestras creencias, creencias que, repito, nos tienen a nosotros, ya que emanan de las comunidades interpretativas a las cuales pertenecemos.
Al no haber objetividad y al no ser las verdades evidentes por sí mismas, para Fish, como para los sofistas, es la retórica, la persuasión lo que domina al mundo. Pero, nos advierte, las razones a las cuales recurre la persuasión para convencemos, han pasado a ser razones, precisa y únicamente gracias a la persuasión nada más. Podemos tener certezas respecto a qué es la realidad, qué es la verdad, pero sólo porque hemos sido temporalmente persuadidos por la escuela de pensamiento prevaleciente en un momento dado3.
Según lo anterior, para el relativismo cultural es obvio que no hay verdades evidentes por sí mismas, inmutables y universales. Y, por tanto, no hay valores absolutos. Creer en verdades evidentes por sí mismas y en valores absolutos equivale, para el relativismo, a caer en la falacia o ilusión fundamentalista respecto al sentido de un texto: creer que el sentido de un texto es independiente de la situación en que se encuentra tanto el emisor como el receptor. En el plano valórico es creer que los valores son independientes del tiempo y lugar en el que se los afirma. ¿Es el relativismo cultural, entonces, una instancia de liberación total de dogmas absolutistas, como cuando el mundo moderno desechó las certezas medievales? Al abandonar la creencia en la objetividad y en valores absolutos, universales, inmutables, naturales, evidentes por sí mismos, ¿queda uno libre para tomar cualquiera opción, sea la que sea, queda uno totalmente libre de restricciones? ¿Queda uno a la deriva? En el plano moral individual y social, ¿llegamos a un «Cambalache», como denunciara Enrique Santos Discépolo en su famoso tango?
La respuesta de Fish es que no existe tal peligro; y no existe, según él, sencillamente porque las opciones que uno adopta, no las elige libremente –las elige de acuerdo a la comunidad interpretativa a la cual uno pertenece. La comunidad o cultura local impone sus restricciones. Determina qué es correcto y qué es incorrecto. Cada cultura tiene sus normas restrictivas.
Resumiendo: el «fundamentalismo» postula que las palabras (o el texto) tienen un sentido evidente; la teoría de la recepción estética afirma que hay una interrelación entre el texto y el lector; y el relativismo cultural sostiene que es el contexto cultural –la comunidad interpretativa– el que determina nuestra interpretación de los textos y nos impone nuestros valores y creencias.
En comparación con teorías más sofisticadas, como son la recepción estética y el relativismo cultural, el así llamado fundamentalismo parece bastante ingenuo. Y es por eso que, astutamente, Fish traslada estas tres posiciones respecto del sentido de un texto al campo de los valores: asocia la ingenua creencia en el sentido único y evidente de los textos con la creencia en valores absolutos. Pero son cosas distintas, que pertenecen a ámbitos diferentes. Una cosa es postular que los textos poseen un solo sentido, evidente y universal, y otra, de asunto diverso, es la fe en la existencia de valores absolutos.
A pesar de su sofisticación, se puede argüir que hay una paradoja interna en el relativismo cultural, ya que no se lo puede postular sin caer en una contradicción fatal, puesto que al afirmar: «No hay valores absolutos; sólo hay valores relativos», está postulando un valor absoluto, contradiciendo, así, la tesis de que no hay valores absolutos.
Pero Fish rebate este argumento. El mismo da como ejemplo una típica postulación relativista: «No hay verdades de significación moral que sean válidas para todas las culturas», aseveración que tiene una contradicción interna, pues, al afirmar que no hay verdades de significación moral que sean válidas para todas las culturas, se está afirmando una verdad con consecuencias morales para todas las culturas y, por tanto, la doctrina del relativismo cultural se contradice a sí misma. Su respuesta es que el relativismo cultural no niega que haya valores o verdades, sino que los valores o verdades que haya (y siempre los hay, dice), han sido establecidos por la persuasión, esto es, en el curso de argumentos y contraargumentos sobre la base de ejemplos y evidencias que son culturales y contextuales. El relativismo cultural, entonces, es una tesis acerca de cómo emergen los valores y, contraponiéndose a la doctrina que parte del supuesto de que los valores no emergen sino que simplemente son, postula que los valores y el pensamiento están anclados en la historia y en la cultura, que son fenómenos locales y temporales y están siempre vulnerables a desafíos desde otras localidades y otros tiempos. La propia tesis relativista, concede Fish, es, por supuesto y sin contradicción, vulnerable, ya que, como todos los valores que se postulan, está a merced de las objeciones que se le hagan. Pero, según él, como hasta ahora no se lo ha logrado rebatir cabalmente, el relativismo cultural puede aseverar que es absolutamente verdadero4.
¿Qué se puede argumentar frente a una respuesta tan ingeniosa?
Yo estoy de acuerdo con la posición de teóricos de la recepción estética, tales como Norman Holland, Wolfgang Iser y Louise M. Rosenblatt, en cuanto a que hay una interrelación o transacción entre el observador y la cosa observada; que el texto literario o la realidad externa no es algo que esté meramente «out there», independiente del observador en lo concerniente a la comprensión o interpretación de ese hecho externo, y, por
tanto, el observador puede enjuiciar los valores recibidos. Que es lo que yo estoy haciendo con respecto al relativismo. Incluso acepto que hay valores que están condicionados culturalmente. Pero, no obstante, me rehuso a aceptar que el mero contexto cultural determine y me imponga qué es correcto y qué es incorrecto, qué es Right y qué es Wrong. Frente a estos conceptos que, por ser culturales, son temporales y pasajeros y, por tanto, efímeros, me obstino en creer en los conceptos de el Bien y el Mal, Good and Evil que, por ser valores absolutos, metafísicos, trascienden lo temporal y lo local. Creo, por ejemplo, y doy sólo dos ejemplos «evidentes por sí mismos», en el valor absoluto de la palabra empeñada y en la verdad en cuanto opuesta a la mentira y la calumnia. No me logra convencer la argumentación de Fish en cuanto a que en el plano moral el individuo no está exento de restricciones debido a que la comunidad en la cual está inserto impone condiciones. La comunidad de los mafiosos también tiene sus códigos; una comunidad permisiva y laxa en lo moral impone la permisividad. Se llega al «Cambalache»
De hecho, en «Demonstration vs. Persuasion», uno de sus ensayos en Is There a Text in This Class? (1980), en el curso de su argumentación en cuanto a que lo que uno afirma hoy día con toda certeza, puede desestimarlo en el futuro, el teórico estadounidense, sin salirse del relativismo, le da, paradójicamente, el golpe de gracia al relativismo.
Lo hace al plantear una pregunta básica: ¿Cómo se puede creer con convicción en algo, si uno cree que sus creencias dependen de circunstancias institucionales (en vez de normas permanentes) y uno sabe que esas circunstancias están cambiando continuamente? Su respuesta es que la creencia en un sistema general (como el relativismo) no afecta la creencia particular que uno tiene en un momento dado y que a uno le parece inevitable y obvia. Uno cree con certeza lo que uno cree ahora, aunque sepa que mañana puede pensar lo contrario. Pero, mientras tanto, uno no duda de la convicción que ahora tiene. No puede dudar, pues la duda no es posible sin partir de supuestos, ya que el dudar, como cualquiera otra actividad mental, es algo que uno hace dentro de un conjunto de supuestos que no pueden al mismo tiempo ser el objeto de la duda. No se duda en un vacío, sino desde una perspectiva, y esa perspectiva es inmune a la duda hasta que sea reemplazada por otra que también será inmune.
En otras palabras, se duda desde una situación y es imposible no estar en una situación. Por lo mismo, sostiene Fish, el escepticismo radical es una posibilidad solamente si la mente existiera independientemente de las categorías de comprensión que la constituyen; pero, como la mente está constituida por esas categorías, no hay posibilidad de lograr la distancia necesaria para que queden disponibles para dudar de ellas. Por lo tanto (y estoy citando textualmente), «no se puede, hablando en propiedad, ser un escéptico, y uno no puede ser un escéptico por la misma razón que uno no puede ser relativista (mi subrayado), porque uno no puede lograr la distancia necesaria respecto a sus propias creencias y supuestos, distancia que haría que éstos no tuvieran más autoridad para uno que las creencias y supuestos que tienen otros o que las creencias y supuestos que uno mismo tenía antes».5
Vemos, así, que uno de los máximos exponentes del relativismo cultural, al cual ha llegado mediante la razón, y del cual está convencido, reconoce, usando la razón, que en la práctica no se puede ser relativista. Con esto debiera bastar para declarar que el relativismo no funciona.
y es por eso que Fish, junto con seguir abogando por el relativismo cultural, en Doing What Comes Naturally (1989, propone que, en la práctica, conviene hacer «what comes
naturally», esto es, vivir de acuerdo a lo que para uno es natural, según lo que uno sabe y según las creencias que uno tiene o lo tengan a uno –aunque estemos conscientes de que ni el conocimiento ni las creencias poseen un valor absoluto y universal. Y es así, porque, como sostiene recurrentemente en ese libro, «la práctica no tiene nada que ver con la teoría, a lo menos en el sentido de que la teoría la haga eficaz y la justifique».6
Yo asocio esta explicación con lo que Fish sugiere en el ensayo ya citado, «Demonstration vs. Persuasion», esto es, que habitualmente partimos desde un acto de fe (un «porque sí», como diría el novelista lohn Barth, otro relativista) y que posteriormente nos procuramos las razones o la evidencia que justifiquen ese acto de fe.
Bueno, eso es justamente lo que Fish está haciendo. Parte desde un acto de fe, su creencia en el relativismo, y procede a declarar las razones que avalen ese acto de fe. Todo el edificio intelectual que ha construido tiene como cimiento ese acto de fe. El edificio es una mera construcción intelectual, por ingeniosa, racional y lógica que sea.
Ya no somos tan románticos como el poeta inglés William Wordsworth, quien, a principios del siglo pasado, en su extenso poema autobiográfico, «The Prelude», reniega del «intelecto entrometido» («the meddling intellect»). Y sé que es absurdo argumentar en contra del intelecto, pues habría que recurrir al intelecto para argumentar en su contra. Sólo el místico, supongo, puede resolver esta paradoja. Pero me siento casi Wordsworthiano cuando leo las razones y contrarazones que esgrime el relativismo. Pues es evidente (y al decir «evidente» sé que estoy recurriendo a la razón) que hay aspectos y experiencias de la vida humana para cuya comprensión la razón no basta, incluso es impertinente. Pienso en sentimientos y experiencias, como el odio, la ambición, la pena, la nostalgia, la compasión, la simpatía, la solidaridad, el amor en todas sus manifestaciones, los ideales, etc. Pues hay algo que no es puramente racional y lógico en esta curiosa criatura que es el ser humano. (De hecho, ya hace tiempo que sabemos que disponemos de otras inteligencias además de la racional). A ese algo, recuerdo que lohan Hessen en su libro Teoría del Conocimiento lo denomina «nuestra conciencia de los valores morales». Para mí, aunque es embarazoso decido, ese algo –y éste es mi acto de fe– es un anhelo de Absoluto, de perfección, de aspiración al Bien, a sabiendas que, justamente por ser meros seres humanos, no podemos lograrlo. En nuestra ayuda contamos con instituciones que no son meramente racionales, tales como el arte, la poesía, el mito, la religión, la fe misma. Y, así, aspiramos a la trascendencia, a aquello que sobrepasa lo meramente local y temporal, lo circunstancia], cultural y contingente. Y es por esas intimations of immortality», como dice Wordsworth, por sugerencias, atisbos, intuiciones, por vagas que sean, que sí creemos en esas verdades «evidentes por sí mismas» que lefferson proclamara, evidentes por sí mismas justamente porque no precisan de la mediación acomodaticia del intelecto para creer en ellas. O como dijera el psiquiatra español Aquilino Polaino–Lorente en una entrevista para El Mercurio: «A pesar de la contingencia (el hombre) está abierto a la no contingencia: a pesar de lo relativo está abierto a lo absoluto; a pesar de su temporalidad o historicidad está abierto a la eternidad. Todo esto, esa vocación hacia lo eterno, absoluto e infinito es típicamente humano».
En pocas palabras y para resumido todo, creo que lo que dignifica y humaniza al hombre es el aferrarse a la creencia en valores perennes aunque el tiempo y el lugar en que se viva se rija solamente por los valores que circunstancialmente están de moda.
Esto, en palabras más sencillas, es lo que ahora le contestaría a mi tío campesino.
Estimados estudiantes que ingresan este año al Instituto de Literatura y Ciencias del Lenguaje de la Facultad de Filosofía y Educación de la Universidad Católica de Valparaíso: Al darles la bienvenida esta mañana, los insto, cordialmente, a que vivan plenamente su vida universitaria, que no se conformen con la medianía, la mediocridad, sino que, por el contrario, se esfuercen por dar lo máximo de sí, como estudiantes activos, entusiastas, participantes y motivados por valores e ideales elevados y nobles por los cuales valga la pena vivir, aunque para ello haya que resistirse a los valores que estén de moda. Si así lo hacen, su permanencia en esta Casa de Estudios será fructífera –académica y, por sobre todo, humanamente. Para ello cuenten con nuestro pleno apoyo.
Muchas gracias por su atención.



NOTAS

* Inauguración de las actividades académicas del Instituto de Literatura y Ciencias del Lenguaje en 1998, dictada el 20 de abril en el Salón de Honor de la Universidad Católica de Valparaíso.

1 Ver «Is There a Tex, in this Class?», pp. 309–10, «What Makes an Interpretation Acceptable?», 338–55 y «Demonstration vs. Persuasion: Two Models of Critical Activity, 356–71, en Is There a Text in This Class (1980).

2
Citado por Johann Hessen en Teoría del Conocimiento (1993), p. 54.

3
Cf. «Demonstration vs. Persuasion», Op. Cit., pp. 365–6, «Introduction: Going Down the Anti–Formalist Road», 29–30 y «Change», 141–60 en Doing What Comes Naturally (1989)

4 «Demonstration vs. Persuasion», Op. Cit., pp. 365–6 Y «Going Down the Anti–Formalist Road», Op. Cit., 29–30.

5«Demonstration vs. Persuasion», pp. 359–61 en «Is There a Text in This Class?, 319–20.

6 Ver «Consequences», p. 355 Y cf. «Going Down the Anti–Formalist Road», 23–25 en Doing What Comes Naturally.


BIBLIOGRAFIA

FISH, STANLEY; Is There a Text in this Class? The Authority of Interpretive Communities. Harvard University Press; Cambridge, Massachussetts: London, England, 1980.

Doing What Comes Naturally. Change and the Rhetoric ofTheory in Literary and Legal Studies. Duke University Press, Durham and London, 1989.

HESSEN, JOHANN; Teoría del Conocimiento. Panamericana Editorial, Santafé de Bogotá, D.C., Colombia, 1993 (la edición en alemán, 1925).

 

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