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Revista signos

versión On-line ISSN 0718-0934

Rev. signos v.31 n.43-44 Valparaíso  1998

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-09341998000100007 

 

Revista Signos 1998, 31(43–44), 75–88

LITERATURA

Helena, la encarnación de la fatalidad

 

Patricia Guerrero Baeza

Universidad Católica de Valparaíso

Chile


En sí, los mitos son procesos arquetípicos de la conciencia humana. Una forma de expresión que revela cómo reacciona la conciencia del hombre ante el universo y cuál es su respuesta ante él, ante los demás hombres y ante su propia existencia individual.
Junto a la leyenda, el mito se constituye en la fuente de inspiración más importante para las formas literarias de los comienzos. En el caso de la poesía heroica griega de los tiempos más antiguos, ésta comparte con los demás pueblos, que se encuentran en un similar estado de desarrollo, sus rasgos más dominantes. Sin embargo, su semejanza se refiere sólo a los caracteres más externos, condicionados por el tiempo, y no a la riqueza de su sustancia humana ni a la profundidad de su forma artística.
Homero es el primero y el más grande de los poetas europeos de la antigüedad. Se encuentra en su obra todas las cualidades que caracterizan el arte helénico, y se reconoce la influencia que sus poemas han ejercido en muchas generaciones de griegos, nutriendo su mente e imaginación, y también se reconoce la influencia que han ejercido en la cultura de Occidente en general. La Ilíada y La Odisea han sido llamadas la Biblia de los griegos. Ambos poemas se constituyeron, tanto en la educación formal escolar, como en la educación cotidiana de los ciudadanos, en parte esencial de su ser y base paradigmática para las generaciones futuras.
En La Ilíada, si bien Hornero centra su atención en la desavenencia entre los reyes y sus trágicas consecuencias, no por ello deja de referirse a los hechos que han precipitado a aqueos y troyanos en esa desdichada aventura guerrera. De acuerdo al mito, la guerra de Troya fue causada por la equivocada acción de Paris, hijo del rey de Troya, al raptar a la bella Helena del palacio del rey de Esparta, su marido.
Helena junto con Medea, Salomé, Dalila y Fedra representan la fatalidad amorosa en la antigüedad. Si en los tiempos remotos se concibió al amor como fuerza motriz de las acciones del ser humano, es importante comprobar cómo es la figura legendaria de Helena, y cómo la presenta Hornero en su epopeya, cuanta responsabilidad cabe en su acción a los dioses y cuanta a sí misma en el rapto y fuga. En una segunda parte de este trabajo, se analizará a su homónima contemporánea, de «La guerre de Troie n'aura pas lieu «de Giraudoux», y la participación que le cupo en los hechos que precipitarán la Guerra de Troya.
Helena, Menelao, Paris y los demás héroes que aparecen en la epopeya homérica, son probablemente anteriores al ciclo troyano, pero sólo se han premunido de una existencia, al formar parte de las aventuras de este ciclo que está constituido por el relato de la guerra que enfrenta a los aqueos y a los frigios en Troya. Indudablemente contiene un núcleo histórico. Túcides s.V. a.C., afirmaba que los griegos lucharon contra los troyanos para extender su dominación política y económica sobre el ámbito del Mediterráneo oriental. A éste, le parece inconcebible que el matrimonio de una mujer como Helena, hubiera podido tener las implicancias que tuvo. Hornero está lejos de la guerra que canta, para el recurso narrativo le hacía falta encontrar un pretexto para la guerra, probablemente le pareció creíble el rapto de una mujer y eligió a Helena. Helena fue dotada de una genealogía que la emparentaba con grandes señores micénicos.

MITO Y LEYENDA

Al estudiar este personaje, es importante ver en Helena, no sólo el símbolo perpetuo de belleza y seducción, sino también a una diosa (bastante venida a menos ya en la época micénica). Se trataba de una divinidad lunar vinculada, sin duda, a la llamada religión mediterránea, propia de las antiguas poblaciones prehelénicas del Peloponeso, y que, posteriormente si bien llevó una vida humana normal, fue incorporada, a través del mito a la religión olímpica, como hija de Zeus.
El «Genus» de Helena no es extraño puesto que las genealogías aqueas daban a toda familia aristocrática, e incluso a tribus enteras, una ascendencia divina, idea que nadie veía como absurda y de la que no se dudaba.
La leyenda de Helena es extraordipariamente compleja, ha evolucionado mucho desde la epopeya homérica y se ha visto sobrecargada de elementos muy diversos, que han ido recubriendo el relato primitivo. Al realizar este estudio, ha sido necesario desdeñar muchas de las múltiples versiones que aparecen en la mitología de este personaje, centrándose sólo en la leyenda que se entreteje al poema homérico, y que será reutilizado, a menudo, por la tragedia.
El mito que considera a Leda como madre de Helena, de modo análogo, contaba que Zeus se había unido a ella tomando la figura de un cisne, luego de esta unión, Leda había puesto un huevo del que había nacido su hija. El padre humano de Helena era el rey Tindareo y sus hermanos Clitemnestra, Polux y Castor, siendo sólo el primero también de origen divino.
Al crecer su hija, Tindareo pensó que había llegado el momento de desposarla y así lo hizo saber. Se cuenta que una multitud de pretendientes se presentaron, entre ellos casi todos los príncipes de Grecia. Su número varía, según distintas tradiciones, entre 29 y 99. Perplejo ante el gran número de pretendientes, sin considerar que su hija era la más bella entre las bellas, Tindareo temió que al ser uno el elegido, los restantes quedarán descontentos, con lo cual corría el riesgo de una guerra. Otra posibilidad de peligro lo constituía el hecho de que Helena, en algún momento, podría ser disputada a quien eligiera. Muy precavido, el rey comprometió a todos los pretendientes, por juramento, a acatar la decisión de Helena y acudir en ayuda del elegido en caso de que su esposa le fuese disputada. Como un fenómeno extraño para un sistema patriarcal, se plantea el hecho de que sea Helena quien disfrute, misteriosamente, de las prerrogativas de elegir a su marido. Este poder de decisión podría ser el confuso vestigio de un derecho femenino que prevaleció siglos antes, en la antigua civilización egea, de acuerdo al planteamiento que entrega Jacques Pirenne en uno de sus interesantes estudios acerca de la civilización creto
minoica.

«La mujer, que tiene un lugar tan amplio en esta civilización,
apasionada por el arte y la vida placentera, según parece, es ju–
rídicamente igual al hombre, puede casarse libremente y los pre–
tendientes que solicitan el honor de desposarla no esperan otra
respuesta que la de ella misma».1

Cuando Helena debió tomar esposo, haciendo uso de sus prerrogativa, eligió a Menelao. Este fue un matrimonio matrilocal y matrilineal, puesto que después de la muerte de los Dioscuros, Tíndaro legó su reino a Menelao, pero la sucesión del trono era matrilineal. Esta situación explica el porqué, en el momento de estallar la guerra, era Menelao el que reinaba en Esparta.
Helena dio una hija a Menelao, Hermione y durante varios años, nueve por lo menos, vivieron tranquilos en Esparta en medio de una corte rica y hospitalaria. Sin embargo, esta felicidad se rompió con la llegada de Paris a la ciudad.
El priamide fue huéspued de Menelao, tratado con honores por éste, sin embargo, el rey debió partir a Creta para asistir a unos funerales reales. Antes de partir, Menelao encargó a Helena que atendiera al huésped y le dejara permanecer todo el tiempo que quisiera en la ciudad.
No tardó París en enamorar a Helena, la que, por voluntad de Afrodita, se dejó seducir. Hornero, como la gran mayoría de los griegos, considera el amor pasional como una fuerza peligrosa y destructiva. Las pasiones extremas eran vistas como nefastas, puesto que podían alterar el precario equilibrio de las relaciones humanas y por esto no se podían aceptar. El poeta no tiene reparos en mostrar cómo la ceguera, la «até», conduce al hombre a la ruina.
También el mito nos dice que fue la belleza del príncipe y su riqueza las que la hechizaron. Así, rápidamente la reina reunió todos los tesoros que pudo y a las mejores esclavas que tenía y, abandonando a su pequeña hija, huyó con su amante durante la noche.
Advertido por Iris, Menelao se apresuró a volver a su patria, lugar en que, acompañado por Agamenon convocó a todos los jefes que habían prestado juramento a Tíndaro, para que acudieran en su ayuda. Acerca del viaje de los amantes, nada se dice. La Ilíada cuenta, eso sí, que Paris habría tomado la ciudad fenicia de Sidón, pese a haber sido acogido amistosamente por su rey. Habría saqueado el palacio y se habría hecho de nuevo a la mar perseguido por los naturales de esas tierras, teniendo con ellos una sangrienta batalla antes de llegar a Troya.
Entre los griegos de la antigüedad, el matrimonio monógamo era la regla absoluta. El significado de monogamia no debe mal interpretarse, puesto que no se imponía sexualidad monogámica al varón, solamente a la mujer. Sin embargo, Hornero parece sentir una innegable predilección por la fidelidad conyugal de ambos esposos. Laertes, dominó sus impulsos hacia la joven Euriclea por respeto a su mujer, el valiente Héctor prefiere mil veces la presencia de su familia a unos instantes junto a la seductora Helena.

«No me ofrezca asiento, amable Helena(...) que me
alcance dentro de la ciudad, mientras me voy a mi
casa y veo a la esposa querida, al niño y a los cria–
dos».2

En esa época, era la mujer homérica tan fiel como infiel el marido. Sin embargo, en la obra de Hornero aparecen tres adúlteras: Helena, Clitemnestra y Afrodita. Estos personajes son excepcionales, en un mundo en el que abundaban las esposas y madres ejemplares.
La epopeya de Hornero esboza la figura de un Paris, cuyos actos aparecen siempre teñido de ligereza e imprudencia, si bien era un buen soldado, generalmente su actuación, no siempre heroica produjo más vergüenza que orgullo en los troyanos. Un excelente ejemplo de su personalidad, lo tenemos al iniciarse las escaramuzas guerreras y en el momento en que ambos ejércitos se hubieron acercado uno al otro. En ese episodio, se ve en la primera fila de los troyanos a Paris, hermoso y fiero, cubierto el hombro con una piel de leopardo, desafiando al más valiente de los argivos a sostener con él un mortal combate. Sin embargo, no bien vio a Menelao entre los combatientes, temeroso y para librarse de la muerte, retrocedió y desapareció entre la turba de sus amigos teucros. Es en ese momento en que, para eludir las recriminaciones de Héctor y para no quedar como un cobarde, Paris ofrece realizar un combate singular con Menelao. Es decir, será un combate solo entre el ofensor y el ofendido. Quien resultare vencedor de esa justa quedará en posesión de Helena y de todos sus tesoros, llevando a ambos su palacio. Como se ve, no es sólo la posesión de la mujer las que interesa, también la recuperación de los bienes ha tenido que ver en esta guerra.
El duelo es importante para este análisis puesto que a consecuencias de él se produce la primera aparición de Helena. Bajo la apariencia de la más hermosa de las hijas de Priamo, interviene Iris, la mensajera de los dioses, para hacerle saber los últimos acontecimientos e invitarla a presenciar el combate.
La diosa encuentra a Helena tejiendo un hermoso manto, en el cual se representan las luchas entre aqueos y troyanos y todo lo que éstos debían soportar por su causa y por la acción de Ares, el dios de la guerra. La diosa se ubicó frente a Helena y le dijo:

«Ven ninfa querida para que presencies los admirables hechos
de los teucros, domadores de caballos, y de los aqueos, de
broncíneas lorigas. Los que antes ávidos del funesto combate
llevaban por la llanura al luctuoso ares. Aquí unos contra otros
se sentaron –pues la batalla se ha suspendido– y permanecen
silenciosos, reclinados en los escudos con las luengas picas
clavadas en el suelo, Paris y Menelao, caro a Ares, lucharán por
ti con ingentes lanzas y el que venza te llamará su amada
esposa».3

Hay que hacer notar que mucho se habla acerca de la legendaria belleza de Helena, pero poco o nada se nos dice en relación a su carácter. Los personajes de Hornero manifiestan cualidades notorias, la clave para entenderlos reside en el hecho de que se dan a conocer y se prueban a sí mismos, en situaciones específicas. De esta forma, de acuerdo a cómo actúan, son lo que son.
Así es como el episodio algo nos indica acerca del carácter de Helena. El escuchar a Iris referirse a los aqueos y a su primer marido, le provoca una dulce nostalgia por su pasado y una lágrima furtiva surca su rostro.
En los últimos versos del mencionado canto, y cuando Paris ya ha sido vencido por Menelao –sólo la intervención de Afrodita lo ha salvado de la muerte–, la Diosa le exige acuda a hacerle compañía encontrándose con una terca negativa de Helena. En una primera instancia causa extrañeza la actitud reticente de Helena ante la seductora invitación de la Diosa, sin embargo, no hay que dejar de lado la acotación que Hornero hace a este respecto; dice que esta reacción obedece a la nostalgia, que como se dijo Iris hizo brotar en su ser.

«Le infundió en el corazón dulce deseo de su anterior marido,
de su ciudad y de sus padres».4

El hecho de que Helena acuda, finalmente, a la recámara de París se puede justificar por el temor que siente ante las amenazas de la diosa. Si no obedece prontamente, la predilección hacia ella se trocará en odio, de tal manera que será rechazada tanto por los aqueos como por los troyanos.
Hornero, profundo conocedor del alma humana, no vacila en develar el corazón femenino. Recuerdos, nostalgia llevan a Helena a experimentar, profundamente, la decepción que las flaquezas de su nuevo marido le provocan. Sin querer mirarlo a los ojos, lo increpa con dureza y amargos reproches.

«¡Vienes de la lucha... y hubieras debido perecer a manos del
esforzado varón que fue mi anterior marido! Blasonabas de ser
superior a Menelao, caro a Ares, en fuerza, en puños y en el
manejo de la lanza, pues provócale de nuevo a singular combate.
Pero no: te aconsejo que desistas, y no quieras pelear ni contender
temerariamente con el rubio Menelao; no sea que enseguida
sucumbas, herido por su lanza».5

Sin embargo, no logró hacer reaccionar a Paris, que le respondió con amorosas palabras. Muy pronto Helena le siguió al tálamo, vencida también por el amor.
En Esparta, primero Helena fue la amada hija del rey Tindareo y luego la respetada mujer de Menelao y madre de Hermione. En Troya, vive con Paris y es considerada por todos su esposa, sin embargo, es detestada por todo el pueblo troyano que la considera causa de la contienda y de la desaparición de la flor y nata del país.
En La Ilíada se la ve cuando sale de su habitación, cubierta con blanco velo acompañada de dos doncellas. Se dirige a las puertas Esceas, lugar en que se encontraba el rey Priamo con los ancianos del pueblo, que si bien no combatían a causa de su edad, seguían siendo aún diestros en la palabra. Al ver acercarse a Helena desde la torre, murmuraron entre sí:

«No es reprensible que los troyanos y los aqueos, de hermosas
grebas, sufran prolijos males por una mujer corno ésta, cuyo
rostro tanto se parece al de las diosas inmortales. Pero, aún
siendo así, váyase en las naves, antes de que llegue a
convertirse en una plaga para nosotros y para nuestros hijos».6

Son los sentimientos de los más viejos troyanos, que interpretan los sentimientos de toda la ciudad, luego de 10 años de guerra en la que muchos de sus hijos habían luchado y en la que, a la postre, sería destruida toda la ciudad de Troya y toda su estirpe. Tan solo Héctor y el anciano Priamo saben mostrarse benévolos con Helena. De alguna forma saben que la guerra es voluntad de los dioses y que ella ha sido, sin desconocer su responsabilidad, el instrumento elegido por ellos.
Después de morir Patroclo, y cuando Aquiles ya ha consumado su venganza, Helena, ante el cuerpo destrozado de Héctor da curso a su funeral lamento:

«Héctor, el cuñado más querido de mi corazón. Mi marido, el
deiforme Alejandro, me trajo a Troya , ¡ojalá me hubiera muerto
antes!, y en los veinte años que van transcurridos desde que vine y
abandoné la patria, jamás he oído de tu boca una palabra ofensiva o
grosera; y si en el palacio me increpaba alguno de los cuñados, de
las cuñadas o de las esposas de aquéllos, o la suegra –pues el suegro
fue siempre cariñoso corno un padre».7

Ese suegro es Priamo, a quien la infausta lucha le había quitado a casi todos los hijos, entendía a quien sólo había llevado a su patria lágrimas, dolor y destrucción.

«Ven acá, hija querida, siéntate a mi lado para que veas a tu
anterior marido y a sus pari'entes y amigos –pues a ti no te
considero culpable, sino a los dioses que promovieron contra
nosostros la luctuosa guerra de los aqueos».8

El decir «a los dioses» no significa quitarle responsabilidad en tono sentenciosa, sino un reconocimiento de que tales cosas forman parte del destino humano. Así, tal corno lo afirma Finley: «La responsabilidad de Helena era explícitamente de los dioses».9 Tal corno ella misma se lo dice a Héctor en los versos siguientes:

«siéntate en esta silla, cuñado, que la fatiga te oprime el corazón
por mí, perra, y por la falta de Alejandro, a quienes Zeus nos dio
tan mala suerte a fin de que sirvamos a los venideros de asunto
para sus cantos».10

Helena reconoce la culpa de los dioses, pero ciertamente, no se puede afirmar, –ella tampoco lo hace– que fuese inocente. Partió gustosa de Esparta y no era cautiva a la fuerza de los troyanos ni de Paris, sino una adúltera como lo reconoce ante Priamo, ante Héctor y en la Odisea ante Telémaco, en presencia de Menelao.

«Me inspiras, suegro amado, respeto y temor ¡Ojalá la muerte
me hubiese sido grata cuando vine con tu hijo, dejando a la
vez que el tálamo, a mis hermanos, mi hija querida y mis
amables compañeras. Pero no sucedió así y ahora me
consumo llorando».11

Luego en el Canto VI se dirigió a Héctor diciendo:

«¡Cuñado mío!, de esta perra maléfica y abdominable! ¡Oja–

lá que cuando mi madre me dio a luz, un viento proceloso
me hubiese llevado».12

En estos versos, Helena reconoce su propia responsabilidad en las desgracias y penas que han debido sufrir aqueos y troyanos.
Dice la leyenda que cuando el caballo de madera fue introducido en la ciudad de Troya, Helena, que no ignoraba lo que ocultaba en su interior, se habría acercado e imitando la voz de las mujeres de los jefes griegos, los habría llamado para que éstos respondieran, delatándose. Esta falta de lealtad también se muestra en La Ilíada en el momento en que se sitúa, junto a Priamo, en las, murallas de la ciudad y va indicándole la identidad y preeminencia de cada uno de los jefes aqueos –a quienes ella tan bien conocía.

«Ese es el Poderosísimo Agamenón Atrida, buen rey y
esforzado combatiente, que fue cuñado de esta
desvergonzada...»
(...)«Aquel es el hijo de Lartes, el ingenioso Ulises, que
se crió en la áspera Itaca tan hábil en urdir engaños de
toda especie, como en dar prudentes consejos».13

Sea cual sea la responsabilidad en su huida o el grado de lealtad hacia los suyos, el caso es que Helena no recibió castigo alguno, a lo más algún reproche. Dice Hornero en La Odisea, que conocía unas drogas que hacían olvidar sus penas a los hombres.

«Echó en el vino que estaban bebiendo una droga contra el llanto
y la cólera, que hacía olvidar todos los males. Quien la tomare
después de mezclarla en la crátera no logrará que en todo el día
le caiga una sola lágrima en la mejilla, aunque...»14

Estas drogas, unidos a su incomparable belleza, probablemente le fueron muy útiles para calmar a Menelao y recobrar su favor.
En el canto antes mencionado de La Odisea, aparece Helena, tras su retorno a Esparta, acompañando a Menelao, su marido. Goza de los honores y halagos propios de su clase; discreta y distinguida se comporta de acuerdo al prototipo de la gran dama que es, conocedora de las rígidas formas sociales, y como excelente representante de la que debía ser una soberana de su tiempo. La rueca de plata y el huso de oro, que en presencia de Telémaco colocan ante ella, no pretende otra cosa que recordar al huésped, y a ella misma, cuáles son los signos propios de la función femenil en esa casa, y que su presencia en esa reunión de hombres, obedece sólo a una cortesía especial hacia su persona de parte del rey.
Como se ha mencionado en el inicio de este trabajo, existen innumerables leyendas acerca de Helena; una de las tantas y que se aproxima a la idea homérica, dice que los reyes vivieron largos años juntos y en armonía, y de acuerdo a los vaticinios de Proteo, Menelao habría sido divinizado.

«Por lo que a ti se refiere, ¡oh Menelao Alumno de Zeus!, el
hado no ordena que acabes la vida y cumplas tu destino en Argos,
país fértil de corceles, sino que los inmortales te enviarán a los
Campos Eliseos, al extremo de la tierra donde se halla el rubio
Radamantis –allí los hombres viven dichosamente, allí jamás hay
nieve, ni invierno largo, ni lluvia, sino que el Océano manda
siempre las brisas del Céfiro, de sonoro soplo para dar a los
hombres más frescuras – porque siendo Helena tu mujer, eres
para los dioses yerno de Zeus».15

Este honor le fue concedido a Menel¡ao a instancias de Helena que deseaba compensarlo, de algún modo, por los tormentos que le había causado en vida. En cuanto a Helena, fue divinizada como símbolo perpetuo de belleza y seducción en toda Grecia y por siempre.
La concepción de la epopeya homérica comprende la problemática divina y humana en relación con el infortunio. El infortunio es la consecuencia de los errores que conducen al hombre a su ruina; errores vistos como fuerzas demoniacas irresistibles.
Zeus, en el primer canto de La Odisea, declara que el gobierno divino del hombre se halla libre de culpa por las desdichas que ocurren a los hombres, pues son ellos mismos «quienes se atraen con sus locuras infortunios no decretados por el destino».16
El mito, fuente de inspiración de la literatura griega clásica, representa, además, una reflexión profunda y significativa acerca de los problemas universalmente válidos de la condición humana.
Resulta comprensible entonces que autores muy posteriores, al cuestionarse acerca de la problemática inherente al hombre, hayan vuelto su mirada hacia un pasado remoto de la literatura en busca de inspiración y respuestas.
Estos autores han reinterpretado, desde su perspectiva y en sus propias creaciones, los temas y los personajes de una literatura que ilustra un pasado que no está pasado, sino que constituye un presente sin tiempo y por lo tanto imperecedero para la humanidad. Es el caso de lean Giraudoux, autor francés del presente siglo, quien en su obra «La guerre de Troie n' aura pas lieu», se inspira en la controvertida figura de la Helena homérica, para plasmar su imagen en un personaje de su creación que responda a su propia necesidad poética y filosófica.
El teatro de Giraudoux es eminentemente un teatro de ideas. De acuerdo a esto, en él plantea sus concepciones personales acerca de la situación del hombre en el mundo, y su propia responsabilidad en él.
En un universo literario en que lo trágico se define en la protesta solitaria del hombre contra el mundo en que vive, Giraudoux opone un hombre que realiza un esfuerzo supremo por conciliarse con el universo. Así, si los héroes actuales llaman al hombre a una rebelión común –en su desesperación contra el orden injusto del mundo–, los héroes de Giraudoux llaman a la humanidad a la comunión con el Cosmos y a la toma de conciencia de su felicidad.
La pureza, la guerra, la paz, la vida, el amor son los temas mayores que recorren como un leimotiv el teatro de Giraudoux. A diferencia de otros autores, da poca importancia a la acción, a la invención dramática y a los conflictos psicológicos de los personajes. En general se apoya en mitos antiguos o en leyendas bíblicas.
Sus héroes, si bien no denotan un estudio psicológico profundo en su elaboración, aparecen dotados de una percepción aguda de las ideas generales y de los problemas esenciales del hombre. Estos personajes se manifiestan voluntariamente embellecidos; los viejos, los enfermos y traidores aparecen apenas. Por el contrario, los jóvenes menudean, porque la juventud representa la gracia y la vida. Asimismo, los rencores sórdidos, las maquinaciones tortuosas, los celos feroces, que se constituyen en el elemento esencial de los dramaturgos, son borrados del universo de Giraudoux.
Este autor ha tratado infinidad de temas en sus obras, pero si hay uno que haya explotado, este es el de la guerra Giraudoux abomina de la guerra y todo lo que ella significa; por esto, no es extraño que despliegue todos sus esfuerzos para barrer con su falso prestigio. Para él, la guerra no es más que un conjunto de fealdad, mentira y absurdo. Al contrario, rinde un indisimulado homenaje, a despecho de todos los prejuicios, a los pacifistas, en Héctor, que a nombre de una concepción racional de la dignidad humana, renuncia a todas las nociones peligrosas de susceptibilidad nacional para actuar.
El título de la obra en estudio se denomina «La guerre de Troie n' aura pas lieu» , título trágico por excelencia ya que traduce, al mismo tiempo la esperanza junto con la rebeldía del alma humana. No es extraño que su tema sea la guerra, puesto que en la época en que fue escrita, era este hecho el tema y la preocupación del momento. En esta tragedia, escrita entre las dos guerras mundiales, Giraudoux prefigura los vanos esfuerzos que se realizaron para evitar la Segunda Gran Guerra. El autor, en la línea vivió la guerra del 14 y como diplomático presenció la segunda. Su obra es el testimonio de un hombre que sabía mejor que nadie, que la paz era un intervalo entre dos guerras.
«La guerre de Troie n'aura pas lieu», evoca un hecho legendario, universalmente conocido a partir de Homero, de la guerra declarada por los griegos a los troyanos, luego de que el príncipe Paris, hijo de Priamo, raptara a Helena, mujer del rey de Esparta.
Los dos actos, bien podrían servir de prólogo a La Ilíada, ya que si ésta se refiere al último año de la guerra de Troya, Giraudoux afirma su originalidad preocupándose, no de la guerra misma, sino del período que la antecede y de los vanos esfuerzos que se hicieron por evitarla.
El autor conserva del mito de la guerra de Troya, la intervención de los dioses, personificados por el destino –y cuyo instrumento será la falsa pareja «de Paris y Helena»–, a Héctor y Andrómaca y a la belleza legendaria de Helena.
La acción se inicia con la llegada de Héctor de una guerra, –que debería ser la última– victorioso, pero ansioso de paz. Sin embargo, al penetrar a la ciudad, y cuando se apresta a un justo descanso, se entera de que un nuevo conflicto está pronto a estallar: su hermano ha raptado a Helena, a quien los griegos están listos a recuperar, por medio de una guerra, si fuese necesario.
Héctor, por el hecho de querer devolver a Helena, aparece como el elemento motor de la pieza. Junto con Helena, se constituye en personaje esencial y es voz del autor. Detesta la guerra.

«Hasta esta última campaña, no hay un enemigo al que no haya
amado(...)
Antes aquellos que iba a matar me parecían lo contrario de mi
mismo. Esta vez, yo estaba arrodillado sobre un espejo».
El ejército que he recogido odia la guerra».17

El antiguo y ardiente guerrero, trata ahora, con ahínco y tesón, de resolver cada uno de los problemas que le presentan los belicistas, Paris y Helena. Se le ve llevar hasta los límites, el combate de la humanidad contra el destino, sin encontrar medio de conjurarlo.
Marido perfecto, defensor de las buenas causas, generoso, obstinado, a los ojos de Giraudaux manifiesta un solo defecto, el ser demasiando humano. Es en la obra, el representante de una humanidad, que debe defenderse contra sus propias «estupideces».
Ante el nuevo problema que se le presenta, Héctor sólo piensa en resolverlo rápidamente devolviendo a Helena, pese a los reclamos y negativas de Paris, que en el pasado se ha visto, más de una vez, obligado a terminar bruscamente una relación amorosa inconveniente.

«No me separaré jamás de Helena, pues con ella tengo la
impresión de haber roto con todas las otras mujeres, y tengo
mil libertades y mil noblezas en vez de una».18

La personalidad de Paris aparece mucho menos trabajada que la de su hermano. Sólo se le conoce como un gran irresponsable, un buen conocedor del sexo opuesto y un perfecto gozador de sus privilegios masculinos.

«Todas las mujeres son creadas de nuevo
para Ud., todas son para Ud., yeso en la libertad, la dignidad, la paz de vuestra
conciencia... Si tienes razón, el amor conlleva momentos
exaltantes».19

La primera aproximación de Helena la entrega el mismo Paris que, con palabras exaltadas defiende su derecho a no renunciar a ella.

«No sé si te das cuenta de la monstruosidad que cometes,
suponiendo que un hombre que tiene delante de él la
posibilidad de una noche con Helena, acepte renunciar a
ello».20

Claramente Paris no tiene intención de devolver a Helena. Se muestra belicoso y rebelde ante su hermano mayor y futuro rey, a tal punto que éste no consigue doblegarlo ni con amenazas ni con buenas razones. Héctor sólo logra la promesa de someterse al juicio de Priamo.
Peligrosa decisión, puesto que igual como ocurre en la obra de Hornero, Priamo también ha sido seducido por la belleza de Helena.
Durante el juicio tratará, vanamente, de convencer a su hijo de lo que significa esta hermosa mujer para la ciudad de Troya.

«Querido hijo, mira solamente la muchedumbre y comprenderás
lo que es Helena. Es una especie de absolución(...)
Si la belleza hubiera estado cerca tan cerca como está Helena de
ellos, no hubieran desvalijado a sus amigos, vendido a sus hijas,
ni bebido su herencia. Helena es su perdón, y su revancha y
su porvenir».21

Horrorizado escucha Héctor a su padre pues comprende que la guerra puede estallar por una mujer. La escena concluye con la promesa de Paris, ante el rey, de dejar partir a Helena, si ella lo consiente.
A cada nueva escena de la pieza una nueva victoria parece gravitar sobre la guerra pero se percibe claramente, tal como lo siente Héctor, que la paz no está en absoluto a salvo, que ella, al contrario de lo que podría parecer, ha retrocedido un paso.
La Ilíada de Hornero, sólo habla de la belleza indescriptible de Helena, aparecen muy pocas referencias de su carácter. En «La guerre de Troie n' aura pas lieu», Giraudoux hace un retrato mucho más acabado de este personaje.
Helena es la «mujer fatal» por excelencia, capaz de seducir y destruir a los varones que la rodean. Considera al mundo, a los hombres y aún a ella misma con indiferencia, desenvoltura y escepticismo, como Paris no puede dejar de reconocerlo. «Aún en medio de mis brazos, Helena permanece lejos de mí»22
Todos los hombres de Troya –a excepción de Héctor–, jóvenes, viejos y muy viejos, han caído rendidos a los pies de Helena.

«y todos nuestros hermanos y nuestros tíos, y nuestros tíos
abuelos! Helena tiene una guardia de honor que reúne a todos
nuestros ancianos. Mira.23

Helena, lejana, fría e indiferente pertenece al tipo de seres a quienes repugna analizar su yo íntimo y no buscan tampoco penetrar el yo de los otros.

«No me gusta en absoluto conocer los sentimientos de los otros.
Nada me molesta más que eso. Es como cuando en el juego se
ve el juego del adversario. Entonces se puede estar seguro de
perder».24
 
Sin embargo le encanta entrar en el juego de la seducción
 
«Es Helena quien pasa. Ajusta su sandalia de pie, teniendo
cuidado de cruzar alto la pierna.
Increíble, todos los ancianos de Troya están ahí y la miran desde
arriba. Los más maliciosos la miran desde abajo».25

Helena se muestra como una mujer vulgar y coqueta. Ha trastornado y transformado a toda la ciudad, y ella bien lo sabe y lo disfruta.

«...eres aún muy joven, y además gentil (...)
Los hombres están de tal forma pegados a mí que no tengo
sino que mover los labios para (...) ¿Qué tienes? ¿Tiemblas?26

Giraudoux ha puesto en manos de la mujer una fuerza igual y, a menudo, incluso, superior al del varón. El primer signo de este poder, lo constituye el innegable dominio en las acciones que le asignaran. Puede llegar a suceder, incluso, que no sólo el destino de los que están a su lado dependa de ella, sino también el de todo un pueblo.
La primera aparición de Helena no tiene lugar hasta la escena VII– Acto I, en ella Paris, en presencia de un Héctor adusto y silencioso, la interroga, pero ella se muestra distante y poco interesada a los requerimientos del priámide. Responde lo que se quiere que responda, sin comprometerse en absoluto y notoriamente deseosa de que la dejen tranquila.

– Dime que me quieres antes de que te deje con él.
– Te adoro, querido (...)
– Dime que odias a Menelao....
– ¿Menelao? Lo odio.
– No has terminado. No volveré jamás a Grecia. Repite.
– No volverás jamás a Grecia.
– No, se trata de ti
– Seguro ¡qué tonta soy! No volveré nunca a Grecia.27

Siempre lejos pero no es su belleza la que la hace una mujer «aparte», una de las llamadas «Mujeres de historias» de las tragedias de Giraudaux, y que es

«una de las raras creaturas que el destino pone en circulación
sobre la tierra para su uso personal(...)
Son a veces una pobladita, casi una reinita, casi una niñita,
pero si se la toca, ¡cuidado!28

Es esta elección del destino la que hace de Helena una extranjera y solitaria entre los hombres.
El mito y la epopeya homérica cuentan que Paris ha raptado a Helena del hogar del marido. Giraudoux plantea una variación del hecho, a fin de indicar hasta qué punto las cosas podrían haberse arreglado y así evitado la confrontación. París, en su visita a Esparta, ha aprovechado el momento en que Helena y Menelao se bañaban desnudos a orillas del río, para llevársela.
Héctor indaga mucho, quiere saber si la ha tomado con su consentimiento o a la fuerza, si ha ofendido la casa conyugal y la tierra griega. Si el primogénito de Priamo quiere obtener la paz, necesita saber hasta qué punto las cosas se pueden arreglar sin llegar a una guerra.

«no has cometido nada irremediable. En suma, puesto que no
estaba vestida, ni una de sus ropas, ni una de sus cosas ha sido
insultada, conozco mucho a los griegos para saber que inventaran
una aventura divina en honor de la reinita griega que va al mar,
y que emerge tranquilamente después de algunos meses de su
inmersión, con cara de inocente».29

Ese poder que ejercen las mujeres puede ser benéfico o maléfico. Estos efectos que acompañan la acción femenina no se explican sólo por el azar. Giraudoux ha establecido un vínculo entre los efectos buenos y malos en relación con el amor. Cuando la pareja se entrega a un amor verdadero, lógicamente los efectos van a ser positivos, si ocurre lo contrario y el amor es sólo un simulacro, los efectos serán maléficos y no sólo para la pareja, sino para todo su entorno. Helena y Paris conforman la pareja simulada, si se amaran y constituyeran una buena pareja, probablemente este amor, aunque no pudiera conjurar la guerra, le daría un sentido y grandeza, dejando así de ser absurda.
Andrómaca junto a Héctor conforman la verdadera pareja, no se sitúan en el interior de una burbuja, sino que ambos irradian a su alrededor una luz un pro de quienes los rodean.
El acto II sitúa frente a frente a Héctor y a Ulises, dos jefes deseosos de evitar la guerra y que toman, sin vacilar, el destino de sus pueblos en sus manos. Ambos están conscientes de las amenazas que se ciernen sobre sus deseos de paz, pero están dispuestos a negociar la entrega de Helena.
La acción progresa y se aquieta. Los fabricantes de la tragedia; viejos que no se batirán, juristas, industriales de objetos bélicos, nacionalistas exaltados, parecen reducidos a la impotencia por la voluntad de paz de dos antiguos combatientes, que han sufrido en carne propia los azares de la guerra. Pero su voluntad pacífica choca contra la fatalidad trascendente, concretizada por los dioses del Olimpo y por Zeus y cuya primera manifestación la constituye la presencia de Helena en Troya.
Así se verá cómo la acción se precipita hacia un final absurdo.
El mecanismo de la fatalidad en La guerre de Troie n' aura pas lieu carece de la lógica implacable de la fatalidad griega; la catástrofe se liga aquí a la tontería accidental de un borracho, que pone en peligro la paz casi lograda y es muerto por Héctor.
Esta muerte, aparentemente sin importancia, precipita la acción de la tragedia. Se cree que ha sido asesinado por el griego Oiax, que también debe morir. Un troyano y un aqueo sin importancia han muerto. ¡La guerra de Troya tendrá lugar!
En su epopeya, Hornero presenta una visión personal de la vida humana. Basta leer unos pocos versos suyos para percatarse de la profundidad y seriedad con que ha ponderado la significación de las antiguas leyendas de su tiempo, y es a través de estas leyendas que contempla a los hombres y mujeres desde su interioridad. Sabe presentar a sus personajes con todos sus humanos atractivos y debilidades, casi sin hacer sobre ellos críticas y comentarios, pero sí estableciendo sutiles distinciones valorativas entre ellos.
Bajo esta perspectiva, muestra a Helena como la mujer que constantemente amenazada, sortea las dificultades sabiendo que su hermosura la sacará de todos los problemas. Sin embargo, jamás la condena, pero muchas veces la hace lamentar su triste sino y su debilidad, los cuales ocasionarán al mundo tanto dolor.
Utilizando una sutil ironía, Hornero hace ver que Helena, si bien fue la responsable de la guerra, fue, al cabo, la que menos sufrió.
Por su parte, Giraudoux entrega la visión de una Helena de indescriptible belleza, capaz de trastornar a todo un pueblo, pero carente de la nesesaria humanidad que le permita comprender lo que significa su presencia en Troya. Vulgar y coqueta es también el instrumento utilizado por los Dioses para dar inicio a las hostilidades entre griegos y troyanos. Al mostrarla como personificación del destino, Giraudoux la identifica como una de las «mujeres de historias», tan frecuentes en sus tragedias, y de las cuales es mejor huir o alejarlas para impedirles que provoquen ruina y muerte a su paso.

 

NOTAS

1 Pomeray, S. «Diosas, rameras, esposas y esclavas». Contenido en Akal Universitaria, Madrid, 1990. Pág. 37.

2 Perenne, I. «Las civilizaciones antiguas». Ed. L. de Coral, Barcelona 1967, pág. 153.

3 Hornero «Ilíada» Espasa Calpe, Madrid 1968. Canto VI. Pág. 69.

4 Hornero «Ilíada».

5 Hornero «Ilíada».

6 Hornero «Ilíada».

7 Hornero «Ilíada».

8 Hornero «Ilíada».

9 Hornero «Ilíada».

10 Hornero «Ilíada».

11 Hornero «Ilíada».

12 Hornero «Ilíada».

13 Hornero «Ilíada».

14 Hornero «Odisea», José Ballesta. Ed. Buenos Aires 1946. Versión del griego de Luis Segala. Canto IV pág. 37.

15 Hornero «Odisea» Canto IV pág. 37.

16 Giraudoux «La guerre de Troie n' aura pas lieu». Ed. Grasset. Editeur, París 1951, pág. 42.

17 Giraudoux «La guerre de Troie...» pág. 48.

18 Giraudoux «La guerre de Troie...» pág. 48.

19 Giraudoux «La guerre de Troie...» pág. 47.

20 Giraudoux «La guerre de Troie...» pág. 55.

21 Giraudoux «La guerre de Troie...» pág. 45.

22 Giraudoux «La guerre de Troie...» pág. 49.

23 Giraudoux «La guerre de Troie...» pág. 67.

24 Giraudoux «La guerre de Troie...» pág. 49.

25 Giraudoux «La guerre de Troie...» pág. 78.

26 Giraudoux «La guerre de Troie...» pág. 65.

27 Giraudoux «La guerre de Troie...» pág. 130.

28 Giraudoux «La guerre de Troie...» pág. 46–47.

29 Giraudoux «La guerre de Troie...».

 

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