SciELO - Scientific Electronic Library Online

 
vol.30 número41-42Medea, en la visión de Eurípides y AnouilhLa Poesía de Vicente Aleixandre índice de autoresíndice de materiabúsqueda de artículos
Home Pagelista alfabética de revistas  

Servicios Personalizados

Revista

Articulo

Indicadores

Links relacionados

Compartir


Revista signos

versión On-line ISSN 0718-0934

Rev. signos v.30 n.41-42 Valparaíso  1997

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-09341997000100004 

 

Revista Signos 1997, 30(41–42), 63–76

LITERATURA

La Poesía Española entre «Adonais» y la Antología Consultada

María Martínez–Cachero Rojo

Universidad de Oviedo

España





En el año 1939, al finalizar la guerra civil, el panorama político en España es el siguiente: ante todo numerosas, dolorosas desapariciones; han muerto Unamuno, Antonio Machado, Federico García Lorca y morirá no tardando Miguel Hernández (1942); se han exiliado Juan Ramón Jiménez, Guillén, Salinas, Alberti y Cernuda, entre otros; quedan en España, Manuel Machado, Aleixandre, Gerardo Diego y Dámaso Alonso, más varios nombres de la generación del 36, como Leopoldo Panero, Luis Rosales, Luis Felipe Vivanco o Dioniso Ridruejo. Y es ahora cuando van a ir surgiendo los nuevos nombres que integran el panorama del que voy a ocuparme.
Nuestra historia comienza en 1943. Diríase que en este año se pone en marcha después de los acontecimientos pasados la poesía española. 1943 es el año de la fundación y salida de la colección «Adonais»(el volumen primero acabó de imprimirse el día 20 de abril) y de la aparición (mes de mayo) del N° 1 de la revista poética Garcilaso. 1952, que señala el jalón terminal, es el año de la Antología Consultada de la Joven Poesía Española, libro en el que confluyen diversas tendencias poéticas con autores distintos, figuras más relevantes, aunque no las únicas, de la década. A partir aproximadamente de esta antología las cosas van a cambiar un tanto con, por ejemplo, la incorporación de nombres nuevos –los integrantes de la llamada generación de los 50 o del medio siglo–, buena parte de ellos dados a conocer como ganadores o accésits del premio "Adonais».

«ADONAIS»: UNA COLECCIÓN Y UN PREMIO

La colección "Adonais» se fundó por Juan Guerrero Ruiz dentro de su Editorial Hispánica como un medio para ofrecer «junto a las obras más interesantes de la joven poesía española, originales de poetas más consagrados, y traducciones de poetas extranjeros, rigurosamente seleccionadas e inéditas»1 Publicaba un volumen cada mes, tuvo como eficacísimo director al poeta y crítico José Luis Cano y comenzó su existencia con el libro Poemas del toro, primero de un joven poeta de veinticuatro años, Rafael Morales, con prólogo de José María de Cossío, en el que algunos críticos –como Pablo Corbalánseñalaron un influjo bastante claro de los sonetos de El rayo que no cesa, de Miguel Hernández. Destaca una novedad en el tratamiento del tema taurino: no son los toreros, ni el público espectador, ni lo colorista o pintoresco de la fiesta, o su tragedia más externa lo más importante, sino el propio protagonista no humano presentado directamente porel poeta que trata de penetrar en su interior, animándolo, pensando y sintiendo por él. «Adonais» cumplió bien sus propósitos y con contadísimas excepciones pasaron por ella todos los poetas importantes surgidos en España en ese tiempo.

La labor de la colección «Adonais» se vio complementada con la creación del premio de igual nombre, cuya primera convocatoria se haría pública en otoño de ese mismo año y a la que concurrirían ciento siete originales; el galardón sería compartido por Vicente Gaos –Arcángel de mi noche–, Alfonso Moreno –El vuelo de la carne– y José Suárez Carreño –Edad de hombre–.
Hubo que esperar hasta 1947 para que se produjera la segunda convocatoria, que supuso la revelación de un poeta, José Hierro, con su libro Alegría, y la concesión de un accésit a Julio Maruri por Los años, reconocimiento primero de la existencia de un grupo poético, el surgido en torno a la revista santanderina Proel. José Hierro había nacido en Madrid en el año 1922, aunque había pasado gran parte de su vida en Santander. Su primer libro, Tierra sin nosotros (1947), libro muy personal porque de lo que el poeta trata es de su propia experiencia vital: ha sufrido pruebas dolorosas en la vida, las ha sufrido recientemente, y ha conseguido superadas, pero no sin que le haya producido una enorme decepción la pérdida de acariciadas ilusiones; y de esto es de lo que se nos habla, pero sin pesimismos irremediables, sin quejas amargas; y con buena música que avalora la auténtica letra– El libro se abre con una cita del poeta santanderino decimonónico Amós de Escalante, el verso que dice: «Musa del Septentrión, melancolía», clara alusión en esta última palabra al tono dominante en el volumen.
Alegría, premiado y publicado también en 1947, es un libro más maduro que el anterior, continúa con la misma temática general, variando a veces algunos motivos y quizás es más unitario, con menos salidas fuera del ánimo del poeta, que recuerda y piensa que todavía no proyecta y parece no creer el hecho de su salida a la vida, la posibilidad de vivida plenamente en libertad. No se trata de un libro alegre, pero tampoco es pesimista; su sentido queda suficientemente claro en el lema bajo el que se cobijan los poemas: «A la alegría por el dolor», lema que se corrobora muy explícitamente en el que inicia el volumen, titulado «Llegué por el dolor a la alegría».
Con las piedras, con el viento (que es un verso de Lope de Vega) salió en 1950 y se abre con una nota, carta o prólogo del poeta Gerardo Diego en el que se contienen afirmaciones que ponen de manifiesto la relación amistosa y literaria existente entre ambos poetas2, Ha sido mucho el dolor y aún el poeta no ha conseguido recuperarse del todo, sobreponerse por entero: de aquí que todavía le puncen los malos recuerdos y que en ocasiones le ganen el desaliento y la desesperanza.
Las ideas de José Hierro sobre la poesía están en cierto modo dentro de la línea de poesía social propugnada por Gabriel Celaya –de la cual hablaremos más adelante–, pero se trata de una adscripción menos rotunda y excluyente que la de éste y más matizada y comprensiva, acaso como integradora o superadora de oposiciones; así, de acuerdo con esta actitud teórica ha sido en todo momento la poesía de Hierro, donde la preocupación temporalista –nunca excesiva, nunca socializada o politizada– no excluye la música, la belleza. Dice Hierro: «Es preciso hablar claro. La oscuridad es defecto de expresión»3; pero hablar claro no significa en la poesía de Hierro hacerla como en la conversación y únicamente así, rebajarse el poeta voluntariamente a la expresión prosaica, sin gracia y sin música. «Detesto la torre de marfil. El poeta es obra y artífice de su tiempo. El signo del nuestro es colectivo, social. Nunca como hoy necesitó el poeta ser tan narrativo»4; sin embargo, nunca se radicaliza la postura, nunca se va de la actitud universal del tiempo presente a la actitud frente a lo concreto del actual tiempo español haciendo así política y panfleto. Además, quizá pudiera hablarse de una infidelidad del poeta Hierro a tales principios puesto que nunca ha dejado de hablar de sí mismo, aunque lo haga también de «otros» y aunque lo que dice de sí mismo tenga validez para muchos más. Igualmente, cuando ha hecho poesía narrativa la ha hecho sin olvidar su condición de poeta lírico, transido lo que escribe de calor humano personal, íntimo, y ofreciéndolo con muy ajustada musicalidad.
Aboga nuestro poeta por la mesura, por la ecuánime ponderación, a veces tan olvidada: «Procuro no engañarrne confundiendo engolamiento, grito y desmelenamiento, con angustia y sinceridad. Porque el hombre puede llorar, pero debe saber guardar las apariencias»5.
El «Adonais» de 1949 fue a manos de Ricardo Molina, cordobés del grupo «Cántico» –al que más tarde nos referiremos– por su libro Carimbo. El fallo fue disputado y finalmente se quedó sin premio BIas de Otero, cuyo libro Angel fieramente humano publicó a los pocos meses «Insula». El premiado era un excelente poeta andaluz que hablaba de su melancolía y de un paisaje ensoñado, hermoso y brillante, apartada su expresión del formalismo y del prosaísmo: ya tenía algún otro libro en su haber, además de la fundación y dirección de la revista cordobesa Cántico.
En 1950, el jurado decidió galardonar al libro Dama de Soledad, de Juana García Noreña, nombre bajo el que se escondía la personalidad de José García Nieto.

LA REVISTA GARCILASO (MADRID, 1943–1946)


En mayo de 1943 vio la luz el primer número de la revista Garcilaso que sacaría treinta y seis hasta su desaparición en abril de 19466. Un grupo fundador de cuatro miembros Pedro de Lorenzo, Jesús Revuelta, Jesús Juan Garcés y José García Nieto– aparece en los números uno y dos. A partir del tercero queda como director en solitario García Nieto, a quien desde entonces se le considera responsable único de la revista para bien y para mal. Conocemos los propósitos de la publicación tanto por lo que puede indicar al lector atento el contenido de los números publicados, como por declaraciones de algunos de sus fundadores y sostenedores e incluso por ciertas aseveraciones extraídas de ataques a la revista, más que por editoriales insertos en ella, pues quienes hacían Garcilaso fueron doctrinalmente bastante más parcos que sus colegas de Espadaña. En el recuadro Dos Años de «Garcilaso» (penúltima página del número 24) queda bien claro uno de los propósitos animadores de la empresa: conseguir una tribuna para los jóvenes poetas de aquel entonces, existentes, sí, dispersos, también, y sin mayores posibilidades de salir a la luz. De acuerdo con esta intención estuvo la apertura de la revista. En unos textos de los números 2 y 3 –de los pocos que contienen algo así como manifiestos o proclamasleemos lo siguiente: «[...] nuestras puertas están francas. Somos contrarios a toda barrera, a todo grupo cerrado, a toda torre de marfil [...] Os podemos llamar abiertamente porque tenéis el paso libre y esperamos gozosos vuestra obra [...]» (N° 2) «[...] tenemos franca la puerta. Nuestro signo es la cruz, el más: lo que suma, acarrea, agrega, une, incorpora y multiplica [...]»(Nº 3).
Dentro de este escaso número de textos editoriales conviene que nos fijemos en el que, bajo el título de «Siempre ha llevado y lleva Garcilaso», abre el número 1 de la revista, pues algunas aseveraciones y alusiones en él contenidas resultan para aquel momento de importante significación.
Se reivindica la figura y el nombre de Garcilaso de la Vega, caballero, soldado y poeta, como ejemplo, norma, modelo, estímulo, etc, partiendo de un cuatricentenario (el de su muerte heroica: 1536–1936), que fue ocasión apenas celebrada a causa de las circunstancias históricas españolas: «Bautizada con su nombre, aparece hoy esta revista, bajo la influencia estelar de su vida, su verbo y su ejemplo». En relación con esta hegemonía de Garcilaso, viene la constatación de un «segundo renacimiento hispánico», el cual, literariamente hablando, se traduce en «esta segunda primavera del endecasílabo». y el endecasílabo nos conduce a la actitud formalista, típica de esta revista y muy denostada.
Se señala asimismo una oposición al compromiso político de la revista Caballo verde para la poesía, dirigida por Neruda, que pretendía «una poesía sin pureza», actitud que los de Garcilaso rechazan acaso porque la impureza que se pretende les parece cosa peligrosa, tal vez encubrimiento de alguna mercancía estéticamente averiada.
Garcilaso lleva a Toledo y Toledo lleva al Greca. Así como el Greca fue bienquisto a los del 98, ahora Garcilaso es el fiel contraste de los jóvenes poetas españoles, empeñados en una labor de creación frente a la hipercrítica de los noventayochistas, actitud que se reputa como estéril.
«Verso y Prosa» rezaba en la portada, pero Garcilaso se llenó mayoritariamente de versos; la prosa que hubo, en cantidad muy inferior, no fue nunca prosa crítica –a diferencia de Espadaña–, sino de creación, bien anticipo de libros narrativos7, o de prosa escrita para la revista como los relatos breves, tan deliciosos, tan distintos a lo que se llevaba en aquella época de tremendismo, del gijonés Julián Ayesta recogidos en su libro de 1952, Helena o el mar del verano. Hubo igualmente alguna pieza teatral8, así como una sección titulada «Humor y poesía cada día», sin mayor importancia salvo una galería de intencionados retratos de escritores que, en forma de sonetos, componía, aunque no firmaba, José García Nieto.
La poesía quedaba repartida en las siguientes secciones: «La vencedora gente recogida» –dedicada a la exhumación de textos poéticos de autores españoles de otro tiempo–, o la que ofrecía, traducidos, poemas de autores extranjeros: portugueses (como Pessoa y Serpa), franceses (como Pierre Emmanuel o Valéry), etc. Las restantes páginas eran para los versos de tantos y tan variopintos poetas y versificadores, reservándose las dos centrales para quienes estaban más vinculados a la revista.
En el número final (35–36) aparece una extensa lista de colaboradores por orden
alfabético. Tenemos en ella, siguiendo un criterio digamos generacional, primeramente a Manuel Machado, que fue para algunos jóvenes creadores un indudable estimulo y un ejemplo humano. Hay una colaboración desde el exilio de Juan Ramón Jiménez. Seguidamente van poetas pertenecientes a la generación del 27: Dámaso Alonso, Gerardo Diego y Vicente Aleixandre, entonces tan aclamados; también gentes de la generación del 36 como Alfaro, Marqueríe, Díaz–Plaja, Leopoldo Panero, Vivanco, Muñoz Rojas, etc; y, por último, los cronológicamente posteriores –«garcilasistas», «espadañistas», independientes, surrealistas, postistas–. No encontramos ni a Celaya –es muy natural; dada su postura de total rechazo y de no colaboración entonces, hasta que en 1947 decide romper su voluntario silencio–, ni a Blas de Otero. Tampoco encontramos los intentos surrealistas de Miguel Labordeta o de Juan Eduardo Cirlot, pero sí poemas surrealistas de Cela y de Joaquín de Entrambasaguas. Carlos Edmundo de Ory y Eduardo Chicharro (hijo), fundadores y voceros del post–ismo, a quienes casi nadie tomó en serio entonces, también colaboraron.
Semejante variedad hace difícil una valoración de la poesía de Garcilaso, si pensamos en un tipo de poesía que represente cumplidamente y casi sin excepción lo que esta revista fue en la intención de sus fundadores y mantenedores y en su realidad de número a número. Externamente hay una ostensible abundancia de sonetos, décimas, romances, y de versos endecasílabos y octosílabos, lo que supone fidelidad a la norma o vuelta a la estrofa, pero si es cierto que hubo colaboradores incapaces de salirse del mero virtuosismo formal, también lo es que otros la superaron sobradamente. Más o menos sucede otro tanto en lo que se refiere a los contenidos.
Varios artículos aparecidos en el semanario Juventud en 1942–43 resumen las ideas de García Nieto sobre el hacer poético, a las que se mantiene fiel en la práctica. Forma y contenido son igualmente importantes y ha de buscarse que exista entre ellos un armonioso equilibrio, pues: «Para escribir versos hay que tener qué decir. [...] No importan las formas cuando no nos encadenen. Tampoco el chorro libre nos interesa cuando traiga agua turbia.»9
Después de su primer libro, Víspera hacia ti (1940), compuesto por sonetos y décimas referidos mayoritariamente al amor ya la libertad, se publican en 1944 Poesía y Tú y yo sobre la tierra. Dos son los temas principales del primer volumen: poesía y amor, junto con varios secundarios: la naturaleza, el tiempo, la religión, la muerte, la infancia feliz e irremediablemente perdida. Al principio el autor nos habla de su condición de poeta y de la poesía considerada como una amada y entendida como algo que sube del corazón hasta la garganta, pudiendo verse en este entendimiento una defensa de la poesía nacida en lo más hondo del hombre y comunicadora de algo muy personal. La poesía no es un arma revolucionaria, ni un bello juego, sino que debe ser algo relacionado entrañablemente con la interioridad del poeta.
A la mayor variedad temática va unida una mayor variedad métrica y por ello, frente a las décimas y sonetos de Víspera... hay en Poesía diversos metros y estrofas. Poco nuevo ofrece el conjunto de veinte sonetos alejandrinos que conforman Tú y yo sobre la tierra. El «tú» y el «yo» del título son el poeta y su amada, por tanto, tema amoroso con sus conocidos rasgos.
Tras Toledo (1945) y Del campo y soledad (1946), aparece en 1951 el libro Tregua, que algunos críticos consideraron como el mejor hasta entonces y el que representaba una mayor evolución en la poesía de García Nieto, desde un mero formalismo hasta un contenido sincero y humano, evolución comenzada ya en Del campo y soledad. El autor decía: «Empecé a podar el árbol de mi poesía por los sitios que le hacía más falta y vi con alegría cómo iba apareciendo lentamente una poesía más estrecha, más desnuda y sobre todo, más mía.»10
Es cierto que en Tregua nos encontramos con un García Nieto diferente, deseoso de una poesía distinta, libre de tanto juego formal. Quizá «humano» sea la palabra que definiría el libro; sin que ahora se abandonen la rima, el ritmo, la imagen o el juego paralelístico y de oposición, el autor presenta a lo largo de estas páginas a un hombre que habla más profundamente del paso del tiempo, del temor a la muerte, del amor y de su fe en Dios, visto sin el tremendismo religioso tan en boga en la época, ya que Dios es alegría y esperanza, nunca ira y combate.

LA REVISTA ESPADAÑA (LEÓN 1944–1950)


Espadaña apareció en León entre mayo de 1944 (Nº 1) y 1950, sacando un total de cuarenta y ocho números11. Al lado de Victoriano Crémer figuraban en esta empresa Eugenio García de Nora, Manuel Rabanal, José Castro Ovejero, Luis López Anglada, Luis López Santos y Antonio González de Lama. No fue un grupo coherente, ni de integrantes igualmente cualificados e igualmente trabajadores; por eso quedó reducido sin tardanza a Crémer, Nora y Lama, y éstos no estaban siempre bien avenidos entre sí.
Defiende Espadaña una actitud rehumanizadora de la poesía frente a una poesía que consideraban fría, ensimismada, con temas de escasa importancia (¿como la de Garcilaso?). Abogaban por otros temas menos efímeros, más eternos o permanentes, relacionados con la existencia del ser humano; unos pueden venir de la realidad inmediata española o extranjera (guerra civil, Segunda Guerra Mundial), llena de sucesos que originan dolor, sufrimiento, desorden, violencia y la sensación de que el mundo está mal hecho; otros temas superan la realidad inmediata, como, por ejemplo, la impotencia del ser humano ante realidades poderosísimas, lo cual provoca una reacción angustiada.
Formalmente hay una expresión que, frente al formalismo, rompe con casi todos los cauces métricos tradicionales. Parecen pensar los «espadañistas» que cierto tipo de contenido no se sujeta a unos moldes o esquemas fijos, que el apasionamiento y la rebeldía no se avienen con un determinado número de sílabas; prefieren, por tanto, el versículo, el verso libre o cualquier tipo de combinación que el poeta estime apropiada.
También el léxico es distinto, pues para expresar un contenido trascendente o doloroso las palabras normales o melifluas no sirven. Se utilizan exclamaciones y admiraciones, palabras retumbantes que ya desde su fonética llaman la atención. En algún número de la revista se hizo recuento de poemas de la época en los que se utilizaban palabras como «dulce» o sus derivados «dulzura», «dulcemente» y se habló así del «azúcar» de la poesía española del momento, en contra de la cual estaban.
En 1944 (N° 9 de Espadaña) González de Lama publica un artículo titulado «Poesía actual», donde habla de dos tendencias: una poesía formalista y una poesía que él llama material y dice: «La poesía formalista es ante todo poesía de forma. Estilo, lenguaje, música, son cuidados con esmero y hasta con meticulosidad. No importa el tema, que sólo es el cañamazo para las lindas bordaduras. Esta poesía tiende a lo descriptivo o al tópico sentimental mil veces trillado: la fina canción, el soneto conceptuoso, el madrigal exquisito, la oda elocuente.[...] La otra poesía, menos ágil, es por el contrario, poco amiga de la forma torneada[...]. Busca un encanto más hondo y se abisma en subsuelos ardientes, de sacudida humanidad. La materia poética lo es todo». Se inclina el crítico por este segundo tipo de poesía aduciendo que la realidad es demasiado trágica para permitirse el juego con las palabras; no obstante admite Lama los peligros de esta poesía que puede caer fácilmente en el histrionismo, la arenga o el panfleto. Por otra parte, la forma tampoco puede ser despreciada y el articulista concluye deseando una síntesis de ambas corrientes «en una poesía hervoroso, y, no obstante, grata, fluida, bella».
De acuerdo con el subtítulo que aparece en muchos de sus números, ofrece Espadaña poesía y crítica, aunque también algún relato –Crémer o Landínez– o alguna breve pieza dramática –del propio Crémer–. Salieron también los «Suplementos» de Espadaña en los que se insertaron poemas extensos –como el homenaje de Leopoldo Panero a García Lorca, España hasta los huesos (en el N° 18, 1945)–, traducciones de Rilke o de Casais Monteiro, o una antología de Quevedo en su centenario de 1945. A partir del número 22 (1946) se publicó la Antología parcial de la poesía contemporánea, en fascículos que podían encuadernarse aparte, debida a Lama, en la que figuraban poetas jóvenes y menos jóvenes, más o menos conocidos, con o sin libro publicado, de los que se ofrecían algunas muestras, precedidas de unas líneas de situación–valoración acerca del poeta. Las contracubiertas del número eran aprovechadas –bajo el rótulo de «Crítica y notas" – para una información noticiosa acerca de revistas, de libros recién aparecidos, de algún premio o de algún otro hecho relacionado con la actividad poética española de aquel momento. A veces tales noticias poseían un tono menos informativo y más apasionado; era cuando se traspasaban a la sección «Tabla rasa», debida a Crémer, cuyo título resulta de por sí significativo.
«Poesía y vida», «Poesía y verdad» y «Poesía y crítica» eran tres habituales secciones en prosa, las dos primeras perfectamente intercambiables, cuyos trabajos –de ordinario sin firma, a manera de editoriales de la revista– solía escribir Crémer, que mostraba en ellas su apasionamiento y en ocasiones una cierta confusión. Distinta era –y por ello logró Espadaña buena parte de su prestigio–la sección «Poesía y crítica», en manos de Lama y, ocasionalmente, a cargo de Crémer, a quien a veces le puede la amistad y también las similitudes de actitud y práctica poética que cree adivinar entre concretos libros de algunos autores y su propia forma de poetizar. González de Lama es muy diferente ya que ha leído más y ha leído mejor; no tiene intereses propios que defender y es por su talante persona de carácter moderado, lo que no impide que tuviese y mostrase sus filias y sus fobias.
Si fuéramos a señalar algún hecho relevante en la historia de Espadaña, destacaríamos: la publicación en 1944 de Hijos de la ira, de Dámaso Alonso y Sombra del paraíso, de Vicente Aleixandre, por cuanto el contenido de ambos libros suponía un reforzamiento de la línea de Espadaña, pues en ellos se abandonaba cualquier complacencia formalista para encararse con una realidad humana intemporal y válida en todo momento y latitud actitud de Aleixandre– en tanto que la «protesta cósmica"de Dámaso se refiere a un momento y a un espacio inmediatos presididos por el dolor y la crueldad.
También la aparición en 1945 del primer libro de tres poetas jóvenes que no mostraban contacto con el formalismo y que se encaraban abierta y felizmente con realidades humanas valiosas es el caso de Nora en Cantos al destino, Valverde en Hombre de Dios y Carlos Bousoño en Subida al amor– podía ser estimado como otro refuerzo.
De bien distinto signo fue el fallo del premio «Adonais» en su segunda convocatoria (año 1947), concedido a Hierro por su libro Alegría, con tres accésit: Los años, de Julio Maruri, Dominio del llanto, de Concha Zardoya y Contemplación del tiempo, de Eugenio de Nora. Parece ser que el enfado en Espadaña fue grande y en la «Tabla rasa» del N° 29 encontramos estos versos:

«Adonais», flamenco mozo
se salió por «Alegrías».
!Y cuánto gozo en el pozo!

A partir del número siguiente, Lama comienza a escribir acerca de tales libros. Va primero el de Hierro, que al crítico le gusta muy escasamente, pues opina que el poeta premiado «no ha tenido aún tiempo a convertir, a fuerza de pensar con toda el alma, los pensamientos en sentimientos y, por eso, a menudo se pierde en abstracciones.» Maruri y Zardoya tampoco salen bien parados de la crítica de Lama: Los años es «un libro pesado y monótono» (dice) sin darse cuenta de que se trata de un poema extenso y no de un conjunto de poemas, cuyas partes o fragmentos conspiran al mismo fin; conjunto de muy insistido unidad temática donde se reitera una visión melancólica de la vida y del mundo. El libro de Concha Zardoya «ha decepcionado al crítico», al menos buena parte de él, contrariamente a lo que ocurre respecto de Contemplación..., segundo libro de Nora, que, sin haber sufrido desviaciones, «ahonda su pisada y la hace más densa y, sin embargo, más ágil, más limpia.»
La aparición pública de Crémer se había realizado en 1944 con el libro Tacto sonoro, elogiado por Díaz–Plaja y Pemán, muestra de su incontenible talante apasionado que se vierte en poemas de calidad desigual, incursos algunos en el tremendismo tan en boga entonces.
El que con dificultades grandes Espadaña fuera encontrando eco, acogidas más o menos favorables, estímulos varios; el que a su redacción llegaran cartas, libros, revistas; el que salieran algunos de sus miembros fuera de sus cuatro paredes y de su localidad a darse a conocer con poemas y exposiciones teóricas a otros lugares de España fue una ayuda inestimable para no desfallecer en la empresa, víctimas de la oposición con la que a veces se encontraron.
A modo de balance podría decirse que Espadaña no fue en la práctica revista de grupo o excluyentemente cerrada, ya que en sus páginas puede encontrar el lector –y acaso le produzca cierta sorpresa– abundancia de sonetos, compatible con las reiteradas execraciones de la forma y del formalismo, los cuales resultan a veces inanes y frívolos. También encontramos colaboraciones de poetas que nada o muy poco tenían que ver con la teoría y práctica poéticas más genuinamente «espadañistas».

«PROEL» Y «CÁNTICO». EL POST–ISMO


En ocasiones se ha querido reducir la actividad poética de estos años a una especie de oposición o «guerra civil» entre Carcilaso y Espadaña, a la cual contribuyeron más de una vez los propios «espadañistas». González de Lama en su ya mencionado artículo «Poesía actual» dice lo siguiente: «Una ojeada al actual panorama de la poesía española nos abre los pechos al optimismo. [...] la poesía muestra un espléndido verdor, fresco y alegre como de primavera. Se publican libros y más libros, proliferan revistas, surgen poetas en todos los rincones [...]. Es confortador este florecimiento.» No le faltaba razón al crítico ya que la poesía presentaba una actividad envidiable. Premios, colecciones de libros, revistas llenaban el panorama español. Al ya mencionado premio «Adonais» podrían añadirse otros como el «José Antonio Primo de Rivera», concedido a José Mª Valverde o Dionisio Ridruejo, el «Ciudad de Barcelona», más los otorgados por revistas como Insula, Indice, Verbo. Tampoco fue «Adonais» la única colección de libros de poesía existente por estas fechas; junto a ella tenemos en Santander a «Hordino», «La isla de los ratones», «Proel» o «Tito Hombre» (en cuya dirección participó José Hierro); «Azor» en Barcelona, «Halcón» en Valladolid, «Norte» en San Sebastián, «Planas de poesía» en Las Palmas de Gran Canaria, «Mirto y Laurel» en Melilla son otras muestras de ello. Proliferaron las revistas pues pocas fueron las ciudades de provincia donde no se intentara publicar alguna; hubo revistas de todas clases y para todos los gustos, la mayoría de vida efímera, pero todas significativas a la hora de conformar el panorama literario de la época. Lo que tal profusión supone es, entre otras cosas, una relativa variedad de tendencias por lo que la reducción a sólo dos –Carcilaso y Espadaña– es una simplificación peligrosa que no se corresponde con la realidad.

Podríamos destacar dentro de este nutrido grupo de revistas la labor realizada en Santander por los jóvenes del grupo Proel, revista fundada en 1944, cuya vida se prolongó hasta el año 1950, dirigida por Pedro Gómez Can tolla. Entre los miembros más activos del grupo señalaríamos a José Hierro, Julio Maruri o José Luis Hidalgo a los que apoyó y en quienes influyó como nombre familiar, de casa y al alcance de la mano, seguro respaldo Gerardo Diego, autor reciente de libros como Alondra de verdad (1942), conjunto de sonetos distinguidos tanto por la perfección formal como por la fuerza y emoción de su contenido dentro de la línea de poesía tradicional cultivada por Gerardo y perfectamente compatible con su gusto por la aventura, que se muestra en Poemas adrede, aparecido por entonces. La ya comentada concesión del «Adonais» en 1947 a José Hierro, junto con el accésit a Julio Maruri vino a afirmar en el panorama poético español la presencia de este grupo.

Fue precisamente semejante fallo lo que hizo que dos poetas que habían enviado sus originales al certamen sin resultado positivo intentaran hacer algo para que sus versos no quedaran olvidados y en octubre de 1947 apareció en Córdoba el primer número de Cántico, revista dirigida por Ricardo Molina, Pablo García Baena y Juan Bernier, con la colaboración de Julio Aumente y Mario López. No pretendían más que publicar versos, quedaban al margen de las disputas entre neoclasicistas y tremendistas y no se animaron a lanzar manifiestos ni proclamas. Cántico no tomó partido por ningún compromiso estético o social. Según palabras del propio García Baena: «No hubo compromiso más que con la poesía. Nunca creímos en los rótulos: si la poesía es buena da lo mismo que sea social o pura, si es mala, no la salva ningún adjetivo.»12
Admiradores de Góngora, de Juan Ramón Jiménez y de la Generación del 27 –no olvidemos que el grupo de Cántico llamó la atención sobre Luis Cernuda cuando nadie parecía acordarse de él en su patria–, se les acusó de caer en un exceso de ornamentación, en un lujo verbal innecesario. Pablo García Baena saldría al paso de esta acusación: «Nunca he buscado la palabra por la belleza. Verdaderamente, si encontraba una palabra que me convenía, aunque estuviese tal vez en desuso, la empleaba. Pero no me preocupó por buscar palabras hermosas.»13
El primer libro de este poeta, Rumor oculto pasó sin pena ni gloria fuera de Córdoba. Mientras cantan los pájaros tuvo algún eco y Gerardo Diego, por ejemplo, publicó en la tercera de ABC un artículo titulado «Pablo» donde decía encontrar en el libro versos que no superaba el mejor Alberti. En 1949 presentó al «Adonais» Antiguo muchacho, su mejor libro para algunos, que quedó entre los finalistas y fue publicado en la colección obteniendo muy buenas críticas. Pocos cambios estilísticos pueden advertirse en sus poe. mas donde también se reiteran los temas dominantes: el amor, la muerte, el más allá, la vida familiar. Ricardo Molina admiraba a Juan Ramón y a la generación del 27 cuya influencia es clara en sus primeros versos. También pesaban en su recuerdo los poetas latinos, a los que leía en su idioma, así como los árabes del Al–Andalus. Esta rica herencia le ayudó a mantenerse fuera de las polémicas coetáneas entre ideologías y estéticas. Escribió una poesía muy personal, elegante, al margen de todo «ismo»; amor y tiempo, fundidos habitualmente en un único tema, aparecen con gran frecuencia en sus versos.

El Postismo nace en Madrid, en el Café Castilla, a comienzos de 1945. Las triangula. res tarjetas de visita repartidas en dicho café llevaban en sus tres lados los nombres de los fundadores: Carlos Edmundo de Ory, Eduardo Chicharro Briones («Chebé») y el italiano Silvano Sernesi.
En el primer manifiesto postista (N° 1 de la revista Postismo) se decía que: «El Postismo es el resultado de un movimiento profundo y semiconfuso de resortes del subconsciente tocados por nosotros en sincronía directa o indirecta (memoria) con elementos sensoriales del mundo exterior; por cuya función o ejercicio, la imaginación exaltada automáticamente, pero siempre con alegría, queda captada para proporcionar la sensación de la Belleza o la Belleza misma, contenida en formas rígidamente controladas y de índole tal que ninguna clase de prejuicios o miramientos históricos o académicos pueda cohibir el impulso imaginativo.» A esta primera definición hay que añadir la promulgada por Ory algún tiempo después (1946), menos explicativa, pero más gráfica y que alude a una faceta, quizá la más acusada de dicho movimiento: «El Postismo es la locura inventada. «En lo relativo a la realización del poema, la principal característica era de tipo musical, rítmico. Utilizaban metros rígidos y rimas consonantes, con frecuentes transgresiones anárquicas que buscaban la sorpresa del lector; regresaban a formas clásicas, principalmente el soneto y el romance, que llenaban de neologismos y palabras inventadas.
Se trataba de una actitud inconformista, rebelde, de ruptura y vanguardia, un ismo en definitiva, después de otros ismos que ya parecía que estuvieran agotados pero que para los postistas eran recuerdo y estímulo. Frente a la poesía de apariencia seria, ya fuera formalista o de trascendencia existencial, el Postismo era un intento lúdico; el juego, el disparate, la incongruencia, incluso el exhibicionismo circense que añadían con frecuencia a sus manifestaciones hicieron que se les considerara en muchos casos como unos chiflados y que no se les tomara muy en serio. Cuando aparecieron gozaron de escasísima atención, sus revistas Postismo (enero de 1945) y su continuación La Cerbatana sólo sacaron un número; quizá quien más caso les hizo entonces fuera Juan Aparicio, Director General de Prensa, que en La Estafeta literaria y en Fantasía les dio cierta acogida publicando algún manifiesto suyo, alguna obra de Ory y dando noticias acerca de su actividad.

LA POESÍA SOCIAL: CELAYA y OTERO

En 1947 se produjo la aparición del hasta entonces deliberadamente silencioso Gabriel Celaya que «creía como otros, y muy ingenuamente por cierto, que nuestra abstención era una especie de huelga de escritores que si se propagaba podría perjudicar al régimen.» Funda en San Sebastián la colección «Norte» y publica en dicho año nada menos que tres libros: Movimientos elementales, atribuido a Gabriel Celaya, Tranquilamente hablando, a Juan de Leceta, y La soledad cerrada, a Rafael Múgica–. Tres nombres, pero un mismo tipo de poesía, muy alejada de cualquier esteticismo, metida de lleno en el compromiso ideológico y político, ya que su autor proclamó entonces que: «escribiría un poema perfecto/ si no fuera indecente hacerlo en este tiempo.» Parecía haber sonado la hora de la poesía social que le tuvo como máximo cultivador.
Los poetas sociales, poetas de hoy, «muy de hoy», aspiran a llegar a todo los hombres, posibles lectores, con asuntos que les afecten directamente y presentándolos en un lenguaje de todos los días, con palabras cotidianas y sin emplear recursos de estilo canonizados ya por el uso tradicional y las preceptivas. Parecen preferir bajar ellos al pueblo que hacer subir al pueblo hasta la comprensión de los poemas. Para Celaya «la poesía no es un fin en sí. La poesía es un instrumento, entre nosotros, para transformar el mundo. No busca una posteridad de admiradores.» Opina que: «nuestros hermanos mayores escribían para «la inmensa minoría». Pero hoy estamos ante un nuevo tipo de receptores espectantes. Y nada me parece tan importante en la lírica reciente como ese desentenderse de las minorías[ ... ]»14. Nos encontramos con la rotunda afirmación de que a la literatura corresponde un papel transformador de la sociedad actual; y si este principio se acepta es natural que para ello los hacedores de literatura utilicen unos medios bien distintos a los empleados por quienes no piensan o no han pensado así. Entre estos últimos se encuentran aquellos que, como Juan Ramón Jiménez, hablaban de la minoría, aunque esta fuese «inmensa», como destinataria de su obra. Contrariamente, Blas de Otero se dirige a la mayoría, «Con la mayoría siempre» es título de parte de su obra. El poeta deja de ensimismarse para salir a la calle, al encuentro de los demás y así resulta una nueva especie de épica o de narrativa. Los temas ya no serán los clásicos, o lo serán en mínima cantidad; serán ahora las ocupaciones o preocupaciones de esa mayoría, aunque muy delimitada porque va a tratarse de los obreros y de las pobres gentes; los demás humanos quedan desechados, despreciados bajo la infamante denominación de burgueses. Y para que todo ese mundo al que se canta, hace falta bajar grados en la expresión poética, abandonar el lenguaje más o menos aparte que parece propio de la poesía, trivializarse, prosaizarse voluntariamente.
Gabriel Celaya ha seguido precisando algunos aspectos de la poesía social y ha decla. rado que el poeta no puede por menos que sentir «una mezcla de indignación, asco y vergüenza ante la realidad en que vive. El poeta, como cualquier otro hombre de hoy, se encuentra inmerso en esa situación que clama al cielo, y responde a ella –es poeta socialen la medida en que, por auténtico, desposa esa circunstancia y se hace cargo de ella con todas sus consecuencias.»15 Son palabras muy explícitas. Cuando se trata de la realidad en que vive instalado el poeta uno piensa no ya en el ancho mundo, sino en la España del momento, y dada la significación política asumida por éste, por todos los poetas sociales –unos más y otros menos–, el resultado es bastantes veces una poesía radicalmente politizada, que tiene todas las características de una propaganda «anti», pero que a menudo se distingue por su falta de valores estéticos, de todo punto necesarios si lo que se está haciendo es poesía y no panfleto que ha tomado el verso como vehículo transmisor. Este es un riesgo considerable del que no siempre han salido victoriosos ni Celaya, ni otros correligionarios, aunque muchos de ellos hayan dicho que no les interesa la estética.
En esa misma realidad en que el poeta vive instalado tan a disgusto hay cosas que son dignas de atención y que no son malas o viciadas, pero a las que el poeta social sistemáticamente niega validez, con lo que su pretendido realismo se convierte en un realismo parcial y de parcela. Todo poeta, por hombre, está, sí, inmerso en una situación que puede ser desagradable, pero en cualquier caso, el no tiene ninguna obligación de reflejarla para dar testimonio denunciativo de ella; y este derecho a la libertad parece ser negado por los poetas sociales cuando vemos cómo reaccionan despectivamente contra los colegas que se han mantenido al margen de la modalidad o que la consideran, simplemente, como una de tantas posibilidades temáticas que se ofrecen al poeta.
Celaya es un poeta fecundo, que sigue fielmente su concepción teórica de la poesía como arma de combate que ha de llegar a la mayoría, hablar liso y llano y negarse a ciertos temas; poeta difuso o poco concentrado se pierde en palabras, pues parece incapaz de reunir su emoción en unos pocos cuantos versos. Algunos de sus poemas ofrecen una contemplación constatadora, una consideración a veces un tanto humorística, irónica, en la que frecuentemente el sujeto paciente de la broma o burla es el propio poeta; también en determinadas ocasiones logra emocionarse y emocionar, pero la faceta más considerable en número y frecuencia dentro de su abundante producción es la de poeta social, en la que puede señalarse la existencia de tonos varios, porque se pasa de una radicalización tajante, de una muy clara politización a otra poesía, también social, acaso más puramente social, en la que lo que se canta es el esfuerzo del hombre o su condición de ser inerme y sufrido, o se contempla amorosamente a la humanidad en un nobilísimo deseo de hermandad; es el caso de su excelente poema a Andrés Basterra, obrero de su fábrica, al que sencillamente, con bellas y rotundas palabras, se le dicen cosas que conmueven.

El «Adonais» de 1949 sirvió para llamar la atención sobre dos nombres hasta entonces escasamente conocidos. Ya mencionamos al cordobés Ricardo Molina, miembro del grupo «Cántico», premiado por el libro Corimbo; el otro es el bilbaíno Blas de Otero, preterido en el certamen su libro Angel fieramente humano. Pertenece este primer volumen a una etapa personal y subjetiva de su obra en la que el hombre concreto que es el poeta y Dios aparecen relacionados en una especie de juego cruel para la criatura humana, que combate inútilmente ante el silencio de su interlocutor. El poeta, el hombre, lucha con Dios y no puede deshacerse de él; aspira a oír, a ser oído y a ver a Dios, pero este ni le escucha ni le habla, resultando así poemas ensangrentados, tremendistas. Por el mismo camino prosigue en Redoble de conciencia (1951), libro de poemas densos y patéticos, muestra de las preocupaciones existenciales que acongojan su ánimo.
Vendría después una etapa diferente, más celebrada aunque estéticamente menos valiosa, con el libro Pido la paz y la palabra, 1955, claramente poesía social. Otero diría:»Creo en la poesía social, a condición de que el poeta (el hombre) sienta estos temas con la misma sinceridad y la misma fuerza que los tradicionales.»16 Pero Blas de Otero tiene conciencia clara de que un poema es un «ente estético» y de que, por tanto, la estética es valor que no ha de olvidarse ni postergarse, lo cual es algo que lo distingue de otros poetas sociales. Utiliza con abundancia procedimientos retóricos, algunos de los cuales tienen mucho de virtuosismo: es el caso de los encabalgamientos abruptos, de los juegos de palabras, de las antítesis, etc; se ha hablado de semejanza con la poesía de Unamuno, de una cierta dureza. En libros posteriores iría atenuando estos rasgos de estilo y expresión.


1952, AÑO DE CIERRE

He llegado a 1952, jalón final de mi trabajo y año en el que pueden destacarse dos acontecimientos poéticos: del 17 al 25 de junio se celebra en Segovia, con patrocinio oficial, el primer Congreso de Poesía, al que asisten poetas españoles e hispanoamericanos, jóvenes y menos jóvenes, que tuvieron así oportunidad de conocerse y de dejar patente que tras los desastres de la guerra nuestra poesía presentaba una manifiesta recuperación. Este hecho se corroboraría con la celebración, un año después, 1953, en Salamanca, del Segundo Congreso, cuya novedad más destacable quizá fuera la incorporación de poetas en lengua catalana, a su frente el patriarca Carlos Riba.
Volviendo a 1952, más importancia tuvo quizá la salida en el mes de julio de la Antología Consultada de la Joven Poesía Española. La idea del editor Francisco Ribes fue la de confeccionar una selección de la poesía española reciente con las siguientes condiciones previas: la exclusión de poetas con libros publicados antes de la guerra civil y la de poetas fallecidos. Para la elaboración pidió a unas sesenta personas conocedoras del tema que eligieran a los diez mejores poetas vivos de la última década y con el recuento de las listas recibidas fijó los diez nombres requeridos. No todos los consultados respondieron y entre las contestaciones hubo algunas que no se ajustaban debidamente a lo solicitado, pero Ribes realizó el escrutinio y procedió a confeccionar el libro, pidiendo a los poetas elegidos unos cuantos poemas publicados e inéditos y una declaración sobre la poesía. Los poetas incluidos –del más al menos votado– son los siguientes: José Hierro, Blas de Otero, José M. Valverde, Carlos Bousoño, Eugenio de Nora, Victoriano Crémer, Rafael Morales, Gabriel Celaya y Vicente Gaos, que en el libro aparecerían por orden alfabético. Son nueve y no diez, ya que el editor decidió reducir el número basándose en que el escrutinio arrojaba una diferencia de diez votos entre el noveno y el décimo –José García Nieto– y solamente un voto entre éste y el undécimo –Carmen Conde–. Esta decisión causó extrañeza, suscitó alguna rechifla17 y dejó fuera del conjunto al más caracterizado portavoz de una tendencia –la formalista o garcilasista– de la poesía española de entonces.
En las breves poéticas confeccionadas por los nueve interesados quedaba clara la existencia de dos actitudes perfectamente diferenciadas. Una sería la temporalista o social, ya comentada al hablar de Gabriel Celaya, y otra la de fidelidad del poeta a sí mismo ante todo y sobre todo. Carlos Bousoño representaba esta última al declarar: «Sé poeta de hoy, ma non troppo. Quien quiere ser 'muy de hoy' está en grave peligro de no ser poeta de mañana [...] ¿Poesía realista? Si os referís a la realidad interior, no me parece mal. Pero si queréis significar 'poesía escrita en el lenguaje consuetudinario', no estoy conforme. y si deseáis decir 'poesía que refleje las cosas tal como son', no logro entender lo que estas palabras pretenden significar. ¿Lo que son para todo el mundo? Diréis trivialidades porque lo que «todo el mundo» ve de las cosas es su aspecto más obvio, superficial, insignificante y hasta erróneo».18 Semejante entendimiento choca con la opinión de Celaya, convencidamente afecto a la máxima temporalidad de la poesía a la que concibe como producto destinado a «buscar contacto con unas desatendidas capas sociales que golpean urgentemente nuestra conciencia llamando a vida.»19
Entre ambas actitudes se mueve la de los demás poetas antologados, si bien existe una mayor aceptación de la actitud temporalista y social.
Aunque no están en la Antología Consultada... todos los poetas que eran en aquel momento, resulta claro que dicho volumen es una representación bastante cabal del estado de nuestra poesía durante la década de los 40.



NOTAS

1Podrían mencionarse entre los primeros (representantes de «la joven poesía española») títulos de Carlos Bousoño –volúmenes XVI y XXIX–, Eugenio de Nora –volúmenes XXIII y XLVI–. José Luis Hidalgo –XXXIV– o Leopoldo de Luis –LVII–. Entre los «poetas consagrados»: los Poemas adrede, de Gerardo Diego –III–; Oscura noticia, de Dámaso Alonso – VII– y Pasión de la tierra, de Vicente Aleixandre –XXXII–. Finalmente, entre las traducciones, muchas y variadas figuran autores actuales –T.S. Elliot (XXVI y LXXVI–LXXVII)– y menos próximos en el tiempo –Lord Byron (XVIII)–, o volúmenes colectivos como una Antología de la poesía francesa religiosa (XXXVII).
Estos volúmenes pertenecen al tiempo comprendido entre 1943 y 1952.

2Declara Hierro a este propósito: «Le dedico el libro como muestra de agradecimiento por lo mucho que le debo. De la mano de sus Versos humanos me asomé a la poesía. Instigado por Imagen y Manual de espumas inicié cabriolas poéticas. Más tarde con Angeles de Compostela y Alondra de verdad estuvo usted a mi cabecera en horas en que necesitaba de la poesía.»

3
Antología Consultada de la Joven Poesía Española, Valencia, 1952, P. 102.

4
Antología Consultada..., P. 106.

5
Antología Consultada..., P. 107.

6Aparecieron estos números puntualmente mes a mes con veinte páginas salvo algún número extra como el duodécimo o el último, de más páginas. El precio era de cuatro pesetas y la presentación, muy cuidada. Imprimía Gráficas Uguina. Se alternaban diversos colores –verde, rojo, azul– en la cubierta y en la contracubierta. La primera llevaba un dibujo distinto en cada número; la segunda, la cruz de Calatrava y, debajo, como un lema, el verso de la elegía II, A Boscán, «siempre ha llevado y lleva Garcilaso».

7Caso de Pedro de Lorenzo, que adelanta fragmentos de su novela La quinta soledad, y de Cela. con su Nuevo Lazarillo.

8
Caso de El puente de los suicidas, la muy casoniana comedia de Víctor Ruiz Iriarte.

9Artículo en Juventud, Madrid, N° 31, 1942, p. 5.

10
Entrevista por Carlos Fernández Cuenca en Correo literario, Madrid, N° 54, 1952, p. 12.

11Las entregas eran mensuales, propósito que en muchas ocasiones no pudo cumplirse, y de unas veinte páginas. En la cubierta, una Espadaña vegetal, el título de la revista (en letras grandes minúsculas salvo la inicial) y un poema. Esto cambia números después: aparece un subtítulo –«Revista de poesía y crítica», o «Poesía total» o "Poesía y crítica»–, el dibujo se hace más pequeño, se centra más en la página e incluso se puebla más porque a la Espadaña de antes acompañan otros elementos (agua, nube, una libélula) y ya no se aprovecha la cubierta para la inclusión de un poema. El precio del número suelto pasa de tres a cinco pesetas.

12Entrevista de Arturo del Villar en La Estafeta Literaria Madrid, N° 577, 1–XII–1975, p. 10.

13
Entrevista citada nota anterior, p. 10.

14Antología Consultada..., p .44 Y p. 46.

15En la antología Poesía Social, debida a Leopoldo de Luis, Madrid, Alfaguara, 1965, p. 104.

16Antología Consultada..., p. 180.

17Como el artículo de Jacinto López Gorgé, "Los diez mejores 'poetas... son nueve" (Ansí, Zaragoza, Nº 25, 1953, pp. 20–23).

18
Antología Consultada..., pp. 24 Y 25.

19
Antología Consultada..., pp. 46.

 

Creative Commons License Todo el contenido de esta revista, excepto dónde está identificado, está bajo una Licencia Creative Commons