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Revista signos

versión On-line ISSN 0718-0934

Rev. signos v.30 n.41-42 Valparaíso  1997

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-09341997000100003 

 

Revista Signos 1997, 30(41–42), 55–61

LITERATURA

Medea, en la visión de Eurípides y Anouilh



Patricia Guerrero

Universidad Católica de Valparaíso

Chile





El propósito del siguiente trabajo es examinar la tragedia "Medea" de Jean Anouilh, a la luz de un texto clásico, Medea de Eurípides, su fuente de inspiración. Este estudio se ha centrado en las figuras de Medea y Jasón, principalmente en la primera. A través de dicho estudio se ha buscado configurar y dilucidar, hasta qué punto la problemática de los personajes, en ambas obras, es coincidente en sus aspectos más trascendentes.
El tema de esta tragedia es la venganza que "Medea" en contra de su marido "Jasón". Eurípides, desde el inicio de su creación literaria, había manifestado predilección por la figura demoníaca de esta mujer.
Ha tomado su personaje de las más antiguas tradiciones, sin trepidar, eso sí, en hacer las innovaciones necesarias para poder mostrar el problema humano que la interesaba.
Medea es la primera maga de la "Cólquide" a quien Afrodita, instigada por la diosa Hera, hace enamorar, hasta la locura, de Jasón, príncipe de Yoleas, quien debería rescatar el vellocino de oro, que guardaba celosamente el padre de Medea, como condición impuesta por el usurpador, para recuperar el reino de su padre. Loca de amor, será la propia Medea, que traicionando a su familia, permitirá a Jasón obtener el difícil botín.
La acción de la tragedia se abre en el momento en que Jasón acaba de traicionar a Medea al casarse con la hija del rey absoluto de Corinto, lugar que habitaban ambos luego de la huida de Coleas, después de una funesta acción de Medea en contra de su rey. El inicio de la tragedia muestra a Medea enloquecida, entregada en cuerpo y alma al sufrimiento por la traición del marido. Despechada y dolida, siente que todo le es enemigo, no comprende cómo, ella que ha dejado tanto por ese hombre, patria, parientes y todo lo que antes amara, haya sido finalmente traicionada por él.
Entre las exclamaciones de dolor que profiere desde su casa, se escuchan también las maldiciones que lanza sobre sus propios hijos. Es así, como desde el comienzo, se puede apreciar la gran complejidad de este personaje. Medea es la mujer que opone al sufrimiento y a la humillación el exceso de su vehemente pasión. Es la hechicera con todos sus requisitos y que ha olvidado la maldad en brazos del amante, pero que, en su ira desatada, no se detendrá ante mal alguno, aun si ella lo padece.
Eurípides pone en su boca palabras que dejan de manifiesto hasta qué punto está entregada a las fuerzas aniquiladoras que surgen de su alma, apoderándose de su ser.

"¡Ha de pagar lo que me debe si un Dios me auxilia! Los hijos que en mí tuvo, no ha de volver a vedas vivos y de su nueva esposa no tendrá hijos: mal fin va a tener ella por obra de mis venenos. Nadie me juzgue débil, nadie cobarde, ni demasiado paciente..."1

La pasión que sobrepasa lo reflexivo, la ardiente voluntad de su corazón, está en el poder de sus palabras. La fuerza que se enfrenta con esta potencia devastadora es la serena reflexión, la cual se contrapone a su horrible resolución. Sabiamente opina acerca de la crianza de los hijos:

"Saber mucho les consigue mucha fama de haraganes y se concilian el odio entre sus conciudadanos. Si das a las tortuosas ciencias nuevas, resultas un inútil y no un sabio".2

Corresponde a una visión eminentemente griega de ver las cosas, el que la más peligrosa de las potencias aparezca personificada por Medea y de que ésta, dialogue con su personificación.

"Ea pues Medea, no dejes a un lado ninguno de tus hábiles medios, al poner en obra tus planes y al desplegar todas tus artes ¡ahora el tremendo hecho: es el momento de valor! Ves lo que estás sufriendo, no puedes seguir siendo objeto de la risa en las bodas de un Jasón..."3

La complejidad del personaje queda aún más de manifiesto en el momento que, repentinamente, despierta su instinto maternal y siente en todo su ser el dolor interno que la inminente muerte de sus hijos le causa. No es difícil intuir la feroz lucha interior que se le produce entre esos afectos y la oscura rabia que experimenta por la traición sufrida. Es así como, por cuatro veces, se le verá dudar acerca del camino a seguir. Incluso, en su angustia tratará de encontrar formas de justificarse, aduciendo que si ella perdona la vida a los niños, de todas maneras están perdidos, pues los alcanzará la mano justiciera de la ciudad de Corinto.

"Hijos entrad a casa. Ese que no debe presenciar mi sacrificio, que vea el futuro, no flaqueará mi mano".
Pero luego agregará.
"¡Ah, ah... corazón mío, no tú! no llegues a consumar tal crimen! deja que vivan, desdichada, sé indulgente a tus hijos... vivan lejos de ti; aún así serán tu dicha!; nunca, por los dioses que en el Hades imperan, esos que ejercen la venganza..."4

Eurípides jamás ha puesto en duda que la estructura del orden válido del mundo sea divina, y es así como sus héroes obran y padecen, de acuerdo a dicha estructura; sin embargo tampoco pone en duda, que todo fluye del interior de ellos mismos. Tomando en cuenta esta afirmación, y de acuerdo a lo que el personaje es, no causa extrañeza el que, finalmente, el demonio que habita en el interior de Medea triunfe, y anteponga a los humanos sentimientos maternales, sus obscuros instintos de destrucción y muerte.
El segundo monólogo de Medea frente al coro se constituye como uno de los puntos culminantes de la tragedia; a lo largo de él, Medea se refiere a la preparación de su malévolo plan.

"En un día de luz veré muertos a tres enemigos: Al padre, a la hija, a mi marido"5

Si Jasón la ha abandonado debe, de ahí en adelante, vivir una soledad tan cruel como la que él ha decretado para ella. La muerte que espera a su marido no es la muerte física, lo que ella busca es hacerlo morir en vida de tristeza, soledad y desesperación. En su crueldad, ha decidido que sean sus propios hijos los que, inocentemente, porten la muerte en sus infantiles manos. Con las palabras dichas ante un coro horrorizado. Medea borra toda feminil ternura, todo el amor que podría albergar aún en su corazón, patentizando sólo su deseo de venganza. Olvida su condición de madre para transformarse sólo en una mujer abandonada y traicionada por el amante, y así la veremos hasta el final, cuando asesine a sus hijos, sólo para que su venganza sea más cruel.
Jasón aparece como un personaje inferior a Medea, su acción la quiere hacer aparecer como un acto de inteligencia y prudencia. Su perfidia y deslealtad lo hacen mostrarse como un ser mediocre y calculador, como todo hombre que se prefiere a sí mismo más que a los demás, Jasón se ha declarado enemigo de los suyos, nuevos intereses le han hecho perder la ternura por sus hijos y por la mujer con la que ha compartido tantas aventuras y desventuras. Al referirse a su boda es claro en sus explicaciones.

"No es, como tú reprochas, por hastío de tu lecho conyugal ni por el ardor de codicia hacia una nueva esposa, ni por tener una prole numerosa, con los tuyos me basta y no estoy descontento, nada de eso es lo que yo intentaba, yeso es lo fundamental, era tener una vida sin pena, con todo lo suficiente en abundancia, sin miseria".6

Es la forma de actuar de Jasón la que despierta nuevamente la personalidad adormecida de Medea. Ahora Medea no es demoníaca como bruja, sino como ser humano. Eurípides la lleva aún más lejos al convertirla en asesina de sus propios hijos. La tradición menciona el asesinato de los hijos por los corintios y el culto que se les tributó luego, Eurípides enfrenta la tradición utilizando quizá una variante, en ésta, Medea mata a sus hijos al intentar hacerlos inmortales por medio de las prácticas de hechicería.
También pudo ser fuente de inspiración para el poeta la leyenda que habla de Procné, que dio muerte a su pequeño hijo Itis para vengarse de su marido Tereo, quien se había enamorado de su cuñada Filomena, a quien violó y para que no pudiera quejarse, le cortó la lengua.
Si en su primer encuentro con Jasón, Medea no ahorró amargos lamentos ni recriminaciones en su contra, al volver a encontrarlo, empleando toda la astucia que es capaz de brotar de un corazón traicionado que busca vengarse, se muestra suave, comprensiva y resignada.

"Sé tolerante de mis arrebatos, ya que tantas muestras de amor nos hemos dado. Yo conmigo misma me puse a reflexionar ya censurarme ¡mísera! ¿Qué locura es la tuya? ¿Por qué me he de oponer a justas decisiones? ¿tratar como enemigos a los que en esta tierra tienen el mando? ¿A mi esposo, que en favor nuestro pretende llegar a bodas con la hija de un rey?"7

En esta escena, magistralmente, Eurípides termina de delinear el carácter de Jasón; se puede apreciar cómo, egoístamente, y con cruel indiferencia, se despreocupa del hecho que Medea renuncie, a lo único que le ha dejado.
No tarda en ser anunciada la consumación de la fatídica venganza de Medea. Casi al mismo tiempo, resuenan los gritos de muerte proferidos por los hijos de Jasón. La última escena lo muestra, pesaroso, clamar por esas muertes a los dioses; muerte que fue consecuencia de sus funestas bodas, y que ocurriera sólo para hacerlo desdichado para toda su vida, por el amargo despecho que se incubó en Medea, a causa de su traición.
En "Medea", Eurípides más que en otras de sus tragedias, se revela como un profundo conocedor del alma humana. Estructura la pieza en base al personaje principal y para demostrar las reacciones sicológicas de esta mujer, cuyo hacer, en situaciones límites, va más allá de lo humano y lo reflexivo.
Los griegos veían en Medea a una bárbara, tomando este término como opuesto a helénico, como opuesto a la razón. La situación dramática de este personaje ha servido, a lo largo de la historia literaria, para sucesivas reelaboraciones.
En el presente siglo, una de las más conocidas, es la de Jean Anouilh estrenada en París en 1943.
Las llamadas "Piezas negras" de Anouilh, entre las que se encuentra Medea, no pretenden ser meras interpretaciones del mito griego, en cuanto expresión de los problemas eternos de la existencia humana, sino más bien responden a la explicación de una problemática característica y personal del dramaturgo, que él trata de integrar en las situaciones originalmente expuestas por Eurípides.
En el caso de esta tragedia, Anouilh ha elegido un mito que expresa una situación propia de la existencia humana. Desde el principio, la acción está prefigurada y por esta razón no puede otorgarse concesión alguna, debiendo llevarla, inexorablemente, hasta el fin propuesto.
La obrase inicia en el momento en que Medea aguarda impaciente el regreso de Jasón, en su carromato, en las afueras de Corinto. A lo lejos resuenan cánticos alegres; al parecer una boda se celebrará en la ciudad. La mujer siente la felicidad de la gente como un mal presentimiento.

"Qué tenéis para gritar y bailar? ¿Qué cosa tan alegre pasa esta noche que a mí me aprieta, me ahoga?"8

Medea no tarda en enterarse de la verdad; las bodas de Jasón y de la hija del rey se celebrarán no bien aclare el día. A diferencia de su modelo, no grita, no llora ni ruega, y aunque, como luego le confesara a Creón, siente un miedo terrible a la soledad, predomina en ella el odio que en su interior acaba de nacer. En ese momento siente que esa traición la ha hecho libre, que se recupera, que es nuevamente ella después de diez años.
Básicamente, en su odio, Medea retorna a sus fuerzas elementales, a su propio origen, a su tendencia a destruir todo aquello que le es extraño. Se realiza a sí misma en el crimen, en el crimen es nuevamente Medea.
En el instante mismo en que Medea siente nacer su odio, siente que éste la limpia y la hace renacer, transformándola en la reina cuyo oscuro reino le ha sido restituido. Si siguió a Jasón en la sangre y en el crimen, ahora necesita de la sangre y del crimen para abandonarlo.
En esos diez años, ella y Jasón han estado unidos en una actitud incondicional frente a la vida, sin aceptar la moral de los seres mediocres, sin otro compromiso que el de su propia libertad.
En la dramaturgia de Anouilh, los amantes experimentan profundamente la necesidad de comunión, enmarcada en una confianza que debería tener la transparencia y simplicidad de la fraternidad de los grupos masculinos; su relación debería ser la de cómplices ante la vida. Sin embargo, el desgaste de la vida diaria, la decepción que produce el contacto con los otros y toda la fealdad que los rodea, los lleva al fracaso; los amantes ya no parecen dos amigos fraternos, sino dos prisioneros que se golpean contra el muro de su celda. Frente a la imagen tradicional de Medea, fiel a su alianza con el desleal Jasón, esta Medea también ha traicionado, ha tenido otros amores. De esta infidelidad mutua, de los engaños y mentiras, lo que era amor se ha transformado en odio.
La figura de Jasón representada por Anouilh, es mucho más positiva que la entregada por Eurípides en su tragedia; es coherente, más íntegro y no posee la actitud acomodaticia del anterior.
En el oscuro universo de Anouilh, dos razas de individuos se enfrentan: Los seres comunes, en cuyo nivel se sitúan los "seres de orden", que son, en su mayoría, inteligentes, estables y que buscan una felicidad fácil y duradera –a este nivel pertenece Jasón–, y los seres de raza, a cuyo orden pertenecen generalmente los héroes. Estos últimos son casi siempre jóvenes, orgullosos y ebrios de libertad; se niegan a pactar, y tienden, con férrea voluntad, a situarse en el plano de lo absoluto. En este nivel, con algunas reticencias por las características originales del personaje, sitúa Anouilh a Medea.
En cuanto a Jasón, éste es el héroe que abandona, que inventa un compromiso entre la fealdad del mundo y su propia exigencia de pureza.

"Pero ahora quiero detenerme y ser un hombre, hacer sin ilusiones, quizás, como aquellos que despreciábamos, lo que hicieron mi padre y el padre de mi padre y todos los que aceptaron antes que nosotros".9

Jasón en otro tiempo, sin duda, ha amado a Medea, y mucho. En un extenso parlamento, le recuerda todo lo que ella ha significado para él; tanto, que hasta sus hombres tuvieron miedo porque, de alguna forma, intuían lo que habían perdido.

"Comprendieron que ya no era su jefe, que ya no los llevaría a buscar nada en ninguna parte, ahora que te había encontrado".10

La decisión de cortar con su pasado, con la vida incondicionada, sin normas e inmersa en el caos y en el horror, puede entenderse como el deseo de apartar de sí el mal humano, lo maldito y lo destructivo, en un acto de libertad suprema. La prudencia de la adultez lo lleva a desear la tranquilidad del buen vivir, la paz de la familia. Al mundo turbulento de Medea, Anouilh contrapone la vida de los seres corrientes, de los seres que sólo necesitan del calor, del diario sustento para vivir.
Pero Medea se niega a dejarlo partir, ya no lo ama, su amor también se ha transformado en odio, pero no puede vivir sin él; le pide huir con ella, Jasón se niega, entonces Medea le pide la muerte.

"Será tan sólo un breve instante duro de pasar. Ya has matado a Medea antes, hoy, bien lo sabes, Medea ha muerto".11

A diferencia del personaje de Eurípides, que no puede consentir en el triunfo de sus enemigos, la heroína de Anouilh, como casi todos sus personajes, busca desesperadamente su extinción. No teme desaparecer, puesto que su muerte no significará el final de su unión, ya que viva o muerta, esté donde esté, Medea siempre estará junto a él, y como ya se lo ha dicho muchas veces, sólo podrá liberarse de ella con su propia muerte. Para Medea el mundo significa siempre Jasón; para Jasón el mundo sólo es posible sin la presencia de Medea, por eso se niega a darle muerte.

"Tampoco quiero tu muerte. Tu muerte sigue siendo tú. Quiero el olvido y la paz".12

Ahora el amor y el odio de Jasón han desaparecido en forma irrevocable. Ya es imposible que la pasión vuelva a existir, no queda nada y por eso la separación es definitiva.
Parte Jasón sin vacilación y sin sufrimiento, y con su partida se ha roto el último lazo que podía unir a Medea con el mundo. Con voz cambiada, ordena los primeros preparativos para la muerte de Creón y su hija.

"Pronto amanecerá. Despierta a los niños, vístelos como para una fiesta. Quiero que vayan a llevar mi regalo de bodas a la hija de Creón".13

La descripción de la muerte de sus enemigos, está muy próxima de la que entrega Eurípides en su tragedia. Ahora, Medea fija su atención en los hijos que ha tenido de su unión con Jasón.

"No os haré daño. Seré rápida, sólo el tiempo para el asombro de la muerte en vuestros ojos...
Se está bien junto a la madre, desaparece el miedo. Pequeñas vidas. Será tan sólo un breve instante duro de pasar".14

La maternidad no aparece como un rasgo dominante en el personaje. No tiene vacilaciones cuando decide matarlos, y si los mata es simplemente porque debían morir. Los degüella, y con el mismo hierro, luego se degollará ella. Es ése el momento en que recupera todo lo perdido.

"He recobrado mi patria y la virginidad que me habían arrebatado. Soy Medea, en fin, para siempre jmírame antes de quedarte solo en ese mundo razonable, mírame bien, Jasón!"15

La última parte de la tragedia gira en torno de las diferencias existenciales entre Medea y Jasón.

"Ojalá puedas seguir preguntándote no hubiera amado también la felicidad y la inocencia, si no hubiera podido ser también ella la felicidad y la fe. Cuando dentro de un rato sufras, y hasta el día de tu muerte, piensa que hubo una pequeña Medea exigente y pura en otro tiempo. Una pequeña Medea tierna y amordazada en el fondo de la otra".16

Medea representa la actitud vital de los héroes de Anouilh. El dramaturgo insiste sobre una Medea necesitada de amor y felicidad, pero que no puede decir sí, aceptar la vida de los seres comunes, puesto que no puede dejar de ser quién es, para ser otra.
La vida no es posible cambiada, por lo tanto, hay que decide no a la felicidad, sean cuales sean los resultados. El no de Medea tiene consecuencias destructivas, en las que prima lo irracional, lo salvaje y lo demoníaco que ella lleva en sí misma.
Su visión despectiva ante el mundo es su postura negativa ante la vida, y es justamente esta postura la que unió, en un momento dado, a Jasón.
Con su muerte, recién podrá Jasón pensar en volver a comenzar otra vez.

"Ahora es preciso vivir, asegurar el orden, dar leyes a Corinto y reconstruir, sin ilusiones, un mundo a nuestra medida, para aguardar en él la muerte".17

Sin duda, Anouilh ha podido encontrar una sugestiva fuente de inspiración en la tragedia de Eurípides, pero no es difícil comprobar que la similitud de su Medea con el modelo clásico se reduce a lo que la historia tiene de más superficial. Sin embargo, han sido estas líneas externas del drama las que le han permitido incorporar en su obra sus propias ideas acerca de la impureza de la vida, el hastío del amor y la huida a través de la muerte.



NOTAS

1Eurípides "Medea" contenido en teatro de Eurípides. Aguilar. Madrid 1965, página 62.

2
Ibid Pág. 55.

3
Ibid Pág. 53.

4
Ibid Pág. 65.

5lbíd Pág. 65.

6
Ibíd Pág. 59

7Ibid Pág. 63.

8
Anouilh J. "Medea" contenido en Teatro de Jean Anouilh (Piezas negras) Editorial Losada, Buenos Aires, 1960, página 219.

9Ibid Pág. 240.

10Ibid Pág. 238.

11Ibid Pág. 233.

12Ibid Pág. 233.

13Ibid Pág. 242.

14Ibid Pág. 233.

15Ibid Pág. 246.

16Ibid Pág. 245.

17Ibid Pág. 247.
 

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