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Atenea (Concepción)

versión On-line ISSN 0718-0462

Atenea (Concepc.)  no.511 Concepción jul. 2015

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-04622015000100014 

 

RESEÑAS

 

Carlos Ordónez. Disturbio en el fragmento 119 de Heráclito. Madrid: Amargord, 2013. 88 pp. ISBN 978-84-942069-6-2

 

MARÍA NIEVES ALONSO*
* Dra. en Filología Hispánica. Profesora del Departamento de Español, Facultad de Humanidades y Arte, Universidad de Concepción. Concepción, Chile. E-mail: malonso@udec.cl


 

Y todo esto pasó con nosotros,
nosotros lo vimos,
nosotros lo admiramos o
con esta lamentosa y triste suerte
nos vimos angustiado.

oro, jade y mantas ricas y
plumajes de quetzal,
todo eso que es preciosa,
en nada fue estimado...

Memoria azteca de la conquista

A propósito de Heráclito, la turbación, lo sagrado, en los poemas de Carlos Ordónez se habla de una derrota y se espera un encuentro. Fundamentalmente, se habla del sur, aquí se habla del sur.

Mi querido amigo y maestro, el reconocido y extraordinario poeta Juan Carlos Mestre se ocupa siempre de presentarme la obra de poetas espa-noles y latinoamericanos desconocidos para mí y muy valiosos. Entre los últimos está el poeta hondureno cuyo libro Disturbio en el fragmento 119 de Heráclito quiero ahora resenar.

Escritura de búsqueda, reconocimiento y aceptación del pasado que permite el tiempo presente y los recuerdos del porvenir, los poemas de Ordónez devienen, por lo mismo, en elegía. Pero esta poesía del recuerdo y de hundimiento en las entranas de la memoria personal y colectiva no se queda en la nostalgia de los espacios perdidos, sino que también poetiza el cuerpo de la amada (ángel necesario) y actualiza la poesía como espacio hospitalario para el poeta y para quien lee. El dolor y la ternura, lo privado y la política, encuentran aquí alcance y se articulan en un logrado ejercicio muy próximo a la obra de alguno de sus poetas más amados: Neruda, Gamoneda y Mestre. Las huellas de estos poetas están presentes en esta obra fresca, primeriza y extraordinariamente prometedora. El poeta latinoamericano escribe con los recuerdos propios, con hechos de la historia del sur, con múltiples lecturas, para universalizar su conciencia en una estética concebida desde lo menor, y desde el detalle potenciado en metáforas, símbolos, enumeraciones, sonidos. La figura del pormenor de Jorge Luis Borges aparece aquí en un nivel muy destacado: "Los poetas de siete años, han sonado alguna vez con un lugar hermoso, han leído en el períodico la palabra Revolución, pero no conocen el lamento ni la masacre de los corderos... Han imaginado el mar profundo, pero no conocen el abismo de la palabra Honduras..."(p. 39). "De aquel día recuerdo sus ademanes, sus brazos desplegados al aire..." (p. 40). "Una mujer se para en el centro de la plaza con un maletín de cuero..." (p. 51); de la infancia se recuerdan pies desnudos, los pasillos, los patios, los cubiertos, los cuchillos que cortaron el muslo de un ave... (p. 35), "... y los caracoles que anunciaban la sequía; hay perros y utensilios, retazos, insectos, abejas, el astil de un puñal, duele el arco de una huella y las "palabras pueblan la inexistencia" (p. 63). "Yo sé que evoco cosas que todavía existen". Caracoles y caballos pueblan el pasaje. El título mismo indica una cosmovisión y una entrada a la escritura por un orden mínimo donde "aún persisten pequeñas señales de la existencia que fisuran la grandilocuencia de otros cantos o lamentos". Disturbio: turbación de la paz, turbación incrementada por el prefijo "dis", y acrecentada en la noción de fragmento 119. Menor y específico.

El título y los varios epígrafes (fragmentos también del paisaje, del tiempo, de los detalles del yo inscrito en sus lecturas) van presentando y contribuyen a elaborar un tejido textual que opera como despedida del horror, asunción del dolor, aun de lo trágico, y abre la posibilidad de existir / permanecer con la cicatriz en el corazón: "si posas tu mano en mi corazón te dolerá mi cicatriz". Hay una apelación al otro, un encuentro profundo, después de "las aguas negras", el cuaderno teñido de sangre, la niebla y el miedo. La evocación de los antepasados, el camino hacia el sur y otros indicios indican que estamos frente a un canto, una búsqueda personal: la casa del padre, la casa de la madre, los hermanos, la aldea, el hogar de la infancia, pero que ocurre en un territorio mayor. Así, Ordóñez articula su escritura y la une a la búsqueda del pueblo que aún falta, a la necesidad de poblar el mundo de leyendas, historias, personajes, árboles, lentitudes... La épica subjetiva, el canto lírico, deviene así el canto de muchos extraviados, si no en la inexistencia, sí en la tragedia de la historia contada en occidente. Sopla el viento de los antiguos, el de las eternas llanuras, con los que también se enfrenta la turbulencia trágica para poder construir un domicilio más amable, heterógeneo y amplio.

En este libro no se percibe complejo alguno con la tradición poética que lo nutre, no existe el parricidio y los epígrafes indican con nitidez desde dónde se escribe, para qué y para quiénes en un proceso que es asimismo la asunción de una identidad personal y étnica más compleja de la que cada uno/a tendemos a figurar.

Antes del miedo, después del miedo, con el miedo, el misterio y las armas del amor y el conocimiento; con Aristóteles, con U. (ángel necesario), Heráclito, Trakl, Blanca Varela, Rimbaud y los poetas de siete años; con Mestre... , René Char, Claudio Rodríguez, con Alex Domínguez; con Juan Carlos Ordóñez, hijo de Clímaco, se armoniza y enhebra lo disperso y se reconoce lo sagrado: "Esto es lo sagrado...". Se aprende a "galopar en el quebranto", pues "una oscura pradera siempre lo convida" y el poeta debe escribir ya que hay un inventario, una historia de la cual " yo soy el descendiente del que concibe la existencia en el ojo de una aguja y vaga descalzo por los eriales y reconoce en las líneas de la mano los significados, la palabra..." (p. 71) y porque ha descubierto que "la música es lluvia cayendo en mis ojos sobre la conciencia del otro"(p. 76) y desea que "sea el camino quien te revele el camino" (p. 73).

Una tribu personal -soledad poblada-, fantasmas, la historia, una imaginación materializante están en el seguimiento de los pequeños guijarros del camino y de lo sagrado. Entonces esto es himno a lo sagrado del que lo mínimo es destello: "Por ello es necesario no rechazar el estudio de los seres más humildes; pues en todas las cosas de la naturaleza existe algo maravilloso"(p. 19).

Del norte, aquí también se escribe de/para el norte y no hay temblor en el encuentro. Y el poeta es quien recoge el sombrero de paja.

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