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Revista chilena de neuro-psiquiatría

versión On-line ISSN 0717-9227

Rev. chil. neuro-psiquiatr. v.42 n.1 Santiago ene. 2004

http://dx.doi.org/10.4067/S0717-92272004000100009 

Rev Chil Neuro-Psiquiat 2004; 42(1): 55-60

COMENTARIO DE LIBROS

 

La mente psicoanalítica. De Freud a la filosofía

Autora: Marcia Cavell
Editorial: Paidós. México, 2000, 391 páginas.

¿Qué se puede decir de original sobre las relaciones entre Freud y la filosofía después de más de un siglo del nacimiento del psicoanálisis, y que sea de alcance tanto para comprender mejor sus conceptos de hombre neurótico y sano como para iluminar el tratamiento de las afecciones psicológicas? Tarea nada fácil y que requiere, cuando menos, un acabado dominio por igual en ambas ramas y sus técnicas sutiles, esto es, un pasar desde un modo de pensar u otro por entero diferente, junto al manejo de una bibliografía inundatoria que no cesa de crecer a pesar de los años trascurridos desde la muerte de su creador. ¿Saldrá bien parada Marcia Cavell? Ésta es la cuestión que se plantea el lector razonablemente escéptico que está al día y familiarizado con la literatura freudiana que, la mayor parte de las veces, proviene de artículos de ocasión redactados para libros con distintas finalidades y que con posterioridad son reunidos por el autor, en un acto caprichoso, en un volumen único. La respuesta final es algo decepcionante para el caso de Marcia Cavell, aunque reconocemos que no es por falta de seriedad, desconocimiento del tema u oportunismo por publicar, característico de los medios universitarios. Ella se preparó (y se sometió a análisis) durante años para elaborar una concepción que estuviera a la altura del psiquiatra vienés, de la filosofía anglosajona y de los avances en la clínica psicoanalítica en una Norteamérica dominada por la psiquiatría biológica.

Desde sus inicios mismos Freud representó una preocupación y tema de estudio de los filósofos. Quizás el acicate y modelo fue nuestro Ortega y Gasset ¡ya en 1910! con sus perspicaces observaciones sobre los alcances metafísicos de Freud y quien impulsó a que se emprendiera en español antes que en ningún idioma la traducción de la edición alemana de sus Gesammelte Schriften: no en vano él introdujo por vez primera a España y Latinoamérica en el arduo camino del pensar ontológico estricto. De ahí en adelante numerosos intelectuales se abocaron, con mayor o menor fortuna y profundidad, a trabajar filosóficamente los textos del maestro vienés: Wittgenstein, Popper, Habermas, Ricoeur, Derrida, Sartre, Foucault, Rorty, Searle, Davidson, Marcuse, Lukács, Jaspers, por nombrar algunos. Por algo se ha dicho que Freud es “todo un clima de opinión” en el mundo occidental del siglo XX –se esté o no de acuerdo con él.

Sabemos de la postura profundamente ambivalente de Freud frente a la filosofía como conocimiento de los fundamentos del saber: sus citas copiosas de distintos pensadores clásicos prueban no sólo su conocimiento personal adquirido en sus años de formación (piénsese en su profesor Brentano), sino los impulsos indirectos recibidos por parte de ellos durante la fase de desarrollo de su teoría y práctica psicoanalíticas. Por otro lado, su repulsa a dejarse seducir o manipular por factores o personas externos a su experiencia clínica propia y a sus convicciones arduamente conseguidas en el trato inmediato con sus pacientes. El ejemplo de Nietzsche es característico. En 1908 declara de la manera más terminante que “no conoce la obra de Nietzsche”. Agrega después que “nunca he podido estudiar a Nietzsche”, pero, sospechosamente, en otro lugar insinúa que “no he podido ir más allá de media página en mis intentos de leer a Nietzsche”. Por fin en 1914 acepta que “me he privado a propósito del alto placer de leer a Nietzsche” para no dejarse influenciar por su potente prosa: “durante mucho tiempo lo he evitado”. Su íntima amistad con Lou Andreas-Salomé es una demostración de su necesidad (inconsciente) de saber algo sustancial del solitario de Sils-Maria.

El texto de Marcia Cavell es un ensayo proveniente del mundo intelectual de Berkeley de volver a habérselas filosóficamente con Freud desde el pensamiento anglosajón después del giro lingüístico, donde los principales apoyos lo representan Davidson, Rorty y Wittgenstein. Por tanto, el lector espera que la facultad del habla represente el punto de vista privilegiado del estudio, lo que en parte se cumple durante toda su lectura. En síntesis muy apretada, la mente y el lenguaje son dependientes entre sí, ya que tanto la una como el otro son actividades sociales o colectivas, productos de la interacción ininterrumpida entre hombre-cultura, y que va del nacimiento junto a su madre hasta la muerte como pérdida irreparable de los seres queridos. La posición de Descartes, la mente separada del cuerpo, es la bestia negra que se debe combatir sin flaquezas ni remilgos para lograr una visión más ajustada a la realidad y al espíritu de los escritos de Freud. Contrariamente a lo que se ha afirmado con anterioridad, dice Cavell, Freud percibió bien después de su fallido Entwurf, que el “aparato mental” está conformado por los otros y no representa una suerte de mónada encerrada en sí que funciona con exclusividad a partir de montantes de energía que es preciso aplacar y suprimir. En lugar del soliloquio está el diálogo; en vez de una máquina hidroeléctrica autosuficiente se yergue la psiquis, que porta en su interior sus ancestros a través de la lengua materna. Así se entiende la finalidad última y el acento inequívoco de la corriente posteriormente llamada de las relaciones de objeto. Como insinúa más profundamente Freud en El malestar en la cultura: “la escritura es originalmente el lenguaje del ausente; la vivienda, un sucedáneo del vientre materno”.

El libro se divide en tres partes, de acuerdo a lo recién apuntado: la mente con sus significados que se estructuran en narrativas íntimamente enlazadas con la corporalidad, cómo el niño se convierte en adulto sólo a través de sus relaciones con los demás, y finalmente la irracionalidad comprensible por la partición que sufre el yo en un conjunto de subestructuras que no son equivalentes a los clásicos homúnculos tan criticados por los detractores de Freud. La autora recurre a Lacan en su apoyo, aunque de una manera particular. Se trata de señalar que el bebé zambullido en la experiencia no mediada, inmediata o prelingüística, donde se encuentra fragmentado en pedazos, emerge, con la introducción en el lenguaje, en la sociedad, es “castrado” de su unión placentera de su madre y es arrojado al deseo de lo que le falta, aunque gana una débil unidad y cierta coherencia: el “falo” es, entonces, algo que tanto niños como niñas quieren y que ninguno tuvo nunca. Y su conclusión está de acuerdo a sus premisas: “en la medida en que existe en Freud un concepto comparable al de la cosa en sí, éste no es lo que Dios ve, ni lo que veríamos si fuésemos Dios, sino lo que veríamos si pudiésemos soportarlo”.

Las ambiciones de Marcia Cavell no son pocas y quizás en esto se encuentre parte de su infortunio. Busca enlazar armoniosamente los conceptos más abstrusos de la filosofía occidental con los de Freud, y de allí preparar sus conclusiones que, cual funámbulo, oscilan inestable y peligrosamente entre los dos territorios: realidad exterior y realidad interna, sujeto y objeto, noción de mente no reducida a otra cosa aunque indistinguible del cuerpo biológico que le sirve de sustrato, interpretar frente a causar, intención y acciones explicativas, evidencia total de la conciencia y autoengaño, irracionalidad como mala fe o como represión, el hombre como espejo de la naturaleza o como iluminador del mundo, verdad como correspondencia o coherencia, etc. Hubiéramos deseado que se hubiera circunscrito a dos o tres aspectos porque así ella habría podido calar más hondo en la aclaración y desvelamiento de la compleja estructura de la condición humana enferma, tal como nos la ha enseñado Freud.

A lo mejor Marcia Cavell no se preguntó con suficiente rigor lo que está a la base de su escrito de manera subentendida ¿por qué estudiar filosóficamente a Freud? ¿Es, por ventura, el análisis filosófico un adorno o aditamento del psicoanálisis, como sostenía Freud mismo, “cuya naturaleza abstracta me resulta tan desagradable que he renunciado a estudiarla”? ¿O, por el contrario, algo esencial que debe volver a repetirse una y otra vez porque allí está encerrada no sólo su mejor intelección sino sobre todo su futuro como disciplina, y de pasada, el de la psiquiatría? Si ponemos a Ricoeur y Cavell en contraposición como dos visiones totalizadoras de la obra de Freud provenientes de ámbitos intelectuales y continentes con una historia divergente, vemos que se interesaron en lo mismo: la consistencia del discurso freudiano. Empero, Ricoeur, nos ha parecido, la abordó con mejor fortuna: como problema epistemológico, como problema de filosofía reflexiva y como problema dialéctico. ¿Son ambas interpretaciones excluyentes? No pensamos así, aunque recomendamos partir por la obra de Ricoeur, maciza y ontológicamente mejor fundamentada, para continuar con la de Cavell, quien está más cerca de la aplicación clínica inmediata por su “considerable experiencia en el diván”. En cualquier caso, como recién apuntamos, Freud se habría mostrado escéptico con ambos por igual porque, un tanto unilateralmente, él concebía a la filosofía como una visión de mundo, una ilusión y un consuelo para soportar mejor “la carga de la existencia”: “En el momento en que un hombre pone en tela de juicio el significado y el valor de la vida está enfermo, puesto que ni uno ni otro tienen existencia real”.

Gustavo Figueroa
Editor Asociado de Psiquiatría

 

 

Sigmund Freud partes de guerra. El psicoanálisis y sus pasiones

Autor: John Forrester
Editorial: Gedisa. Barcelona, 2000, 317 páginas.

En el ingenioso epílogo –very british, remarkably witty– describe John Forrester una imaginaria entrevista póstuma con Freud mismo, como si él estuviera presente hoy en su vieja mansión de Hampstead, Londres, y dispuesto a contestar las impertinentes preguntas a las que nos tienen acostumbrados los modernos periodistas, aunque él aclarando su intención de partida para fijar los límites: “Nada de esto es mío, ni la casa, ni la industria Freud, ni el movimiento psicoanalítico. Que cada uno tenga su tótem”. Empero, las supuestas palabras finales de Freud nos dejan pensando y conmovidos por una cierta inquietud: “Con todo, incluso usted debería preguntarse qué está haciendo al pedirle la verdad a un hombre muerto”. De esto se trata frente a todo nuevo libro que aparece en el mercado siempre ávido de novedades, escándalos y chismorreos del creador del psicoanálisis ¿qué esperamos o ansiamos o deseamos “nosotros” de Freud?

¿“Nuestro” Freud es el científico riguroso que ansiaba la verdad desde joven, el que se aventuró a exhibir sin tapujo su intimidad en beneficio de su obra, el que mantuvo con valentía sus ideas a pesar del ambiente hostil y agresivo de su católica Viena amada y odiada por igual, el que soportó estoica y silenciosamente un cáncer por más de 16 años y se abstuvo de ingerir analgésicos para que no lo embotaran en su capacidad creadora, el que no se dejó seducir por sus pacientas porque siempre creyó que él era ante todo un médico cuya misión consistía en ayudar a tolerar los embates de la inclemente realidad y no en aplicar sustitutos o paliativos, el que modificó sus teorías en forma radical cuando le pareció que la experiencia clínica se lo exigía, el que escribió mejor que nadie en su alemán nativo y que le hizo merecedor del premio Goethe? O, por el contrario, ¿“nuestro” Freud es el cobarde moral que se desdijo de su concepción de la seducción infantil para proteger la memoria de su padre y congraciarse con sus colegas vieneses aun al precio de condenar a las mujeres al escarnio público, el que despreció al sexo femenino impulsado por su gazmoñería y machismo propios del Imperio de finales del siglo XIX, el que mintió repetidamente desfigurando las historias de sus enfermas movido por el oportunismo para que sus hallazgos calzaran a la perfección con sus prejuicios, el que mantuvo relaciones ocultas con su cuñada e intentó deshacerse de ella al borde de un acantilado para acallar para siempre el inminente escándalo, el que se peleó con rencor con todos los que se opusieron a sus concepciones de la sexualidad, el que expulsó sin contemplaciones a los disidentes de sus opiniones, el que fue desleal con sus maestros y resentido con sus mecenas, el que prefirió la vida burguesa y acomodada a la existencia áspera y entregada a la verdad sin concesiones, el que pasó por encima de cualquier consideración con tal de obtener un beneficio personal y uno para “su causa”, el que formó un “comité secreto” para castigar con severidad extrema cual Tribunal de la Inquisición los seguidores descarriados al interior del movimiento psicoanalítico internacional, el que fue un pseudocientífico que trató de pasar por un físico del alma, el que se atribuyó descubrimientos que en realidad ya existían en el mundo médico desde hacía decenios?

Y podríamos seguir con la lista. Tenía mucha razón Freud cuando en El malestar en la cultura afirmaba que “los juicios estimativos de los hombres son infaliblemente orientados por sus deseos de alcanzar la felicidad, constituyendo, pues, tentativas destinadas a fundamentar sus ilusiones con argumentos”. Y terminaba con su conocido temple inclaudicable frente a los poderes de la ananké: “así, me falta el ánimo necesario para erigirme en profeta de mis contemporáneos, no quedándome más remedio que exponerme a sus reproches por no poder ofrecerles consuelo alguno. Pues, en el fondo, no es otra cosa la que persiguen todos: los más frenéticos revolucionarios con el mismo celo que los creyentes más piadosos”.

John Forrester es profesor del Departamento de Historia y Filosofía de la Ciencia de la Universidad de Cambridge e interesado desde hace años en la figura de Freud y su movimiento. Por tanto, un admirador crítico y escrupuloso de su obra que está más allá de las disputas y rencillas parroquiales, y que no necesita congraciarse con el establishment psicoanalítico internacional ni con las modas intelectuales. Como en sus anteriores publicaciones –Language and the origins of psicoanalisis, Lying on the couch. Truth, lies, and the epistemology of psychoanalysis, The seductions of psychoanalysis. Freud, Lacan and Derrida–, busca entender a Freud desde perspectivas inadvertidas que abren e incitan a la meditación, al cuestionamiento, a la reflexión sobre los alcances humanos, éticos y culturales de los textos y ambiente del creador del psicoanálisis. No es un investigador de documentos o un académico rastreador de archivos o sobrevivientes de la Viena fin de siècle. Pero sabe utilizar con fineza y acierto los últimos hallazgos provenientes de las más diversas fuentes, llámense seguidores, detractores o calumniadores. No desdeña nada porque, como lo enseñó Freud, los chismes, habladurías, notas al pie de página, sueños escabrosos disfrazados en un ropaje de monja, cotilleos de mujeres, son un material que está sufriendo una inclemente represión y es preciso adentrarse en ellos con tesón para descubrirla y alcanzar de este modo otro escorzo o ángulo inesperado e iluminador.

Esto sucede en los seis capítulos en que se divide el trabajo, donde cada aseveración, por atrevida que parezca, está sustentada en una bibliografía manejada con destreza y prolijidad, aunque sin pedantería, características que definen a un verdadero scholar inglés: número de página, año de la publicación, motivo de la elección de una traducción a otra, etc. ¿Es casualidad que la vida y el trabajo de Freud hayan fascinado por igual a amigos y enemigos, y haya provocado tanto adoración como maledicencia en el mundo occidental de modo de convertirse en “todo un clima de opinión”? ¿Es el psicoanálisis sólo ciencia natural, como explicaba Freud, o algo más, y si es “más”, en qué consiste? ¿El tratamiento psicoanalítico busca la verdad por encima de cualquier otra consideración, o implica una ética que suspende por un tiempo una exigencia que es definitoria e intransable para la actual bioética médica? ¿Es la colección de antigüedades de Freud un capricho y una excentricidad de su persona u obedece a una necesidad interna del psicoanálisis, que se debe examinar en conjunto con las colecciones de chistes, sueños, parapraxis, historias clínicas? ¿Cómo pudo un escrito autobiográfico, en el abismo de un autoanálisis no finalizado, basado por tanto en los sueños de su autor, como fue La interpretación de los sueños, haber dado origen a una institución mundial?

El lector ya ha captado cómo Forrester estimula con sus preguntas a nuestra imaginación, cómo invita a que nos acerquemos a Freud con cuidado por senderos no hollados, que no nos aquietemos con las frases aprendidas y los lugares comunes, que nos deslicemos subrepticiamente detrás de las bambalinas para vigilar cómo está configurado el andamiaje del escenario, que no desdeñemos los elegantes fracasos como el caso Dora, ni perdamos de vista las grietas que, como dijo Henry James, “se separan en líneas y reglas propias”, líneas indiscernibles a lo largo de las cuales puede aparecer la fractura. En cualquier caso, nos anima a que no confundamos la vida, la obra, la teoría psicoanalítica clásica, la práctica psicoanalítica ortodoxa, el psicoanálisis como movimiento cultural, la terapia como práctica profesional. En otras palabras, entre Freud como persona y Freud fundador de una práctica cultural, entre Freud como científico-y-sacerdote y el psicoanálisis como una institución y una presencia cultural, entre la terapia en sí como una aventura personal, excentricidad o “trampa confidencial” y terapia como un hecho de la vida del siglo XX. La oscilación constante en este amplio campo de batalla por parte de defensores y detractores ha impedido que se examinen pulcra y apropiadamente las batallas individuales que se dan en cada región de la guerra. Forrester sabe que antes de nada se debe combatir “un hecho curioso: todo el mundo sabe, desde la más tierna edad, qué es lo que Freud dijo y qué es lo que representa Freud”. En este ámbito, continúa Forrester, el ámbito de Freud como una idea aceptada en el siglo XX, es difícil y aventurado escribir sobre Freud como parte sustancial e insustituible de la historia cultural moderna.

Forrester sale, con mucho, airoso de estos desafíos. Pero su veta inglesa inconfundible aparece de nuevo en el prólogo cuando, al igual que lo llevó a cabo Flaubert, elabora un pequeño y cáustico Dictionnaire des idées reçues pero referido a Freud: “Ante desconocidos será de buen tono decir que está un tanto passé, aunque en otro tiempo tuvo algo que decirle a la generación de nuestros padres. Pero esté dispuesto a contraatacar y defenderse del poder de la eterna capacidad de Freud para comprender la naturaleza humana. Si se ve obligado y necesitado de mostrar que está al día, declare cuán vergonzoso es que sólo recientemente nos hallamos enterado de todos estos escándalos”.

Gustavo Figueroa
Editor Asociado de Psiquiatría

 

 

Cuidados Intensivos Neurológicos

Editores: Luis Castillo, Carlos Romero, Patricio Mellado
Editorial: Mediterráneo Ltda., Santiago, 2004, 507 páginas.

La literatura médica desde hace varios decenios está teniendo un desarrollo exponencial, incrementado más aún en los últimos años por las facilidades que aportan las redes de computación internacional. Algunos libros sobre temas médicos son escritos más para beneficio de los autores que de los lectores. Afortunadamente la publicación que comento no es así. Trata temas complejos, en muchos aspectos de vanguardia, pocas veces reunidos en un texto. Aún antes de leerlo me fue grato hojearlo, con la visión de un bibliófilo y constatar su excelente impresión y fotografías. Los autores, muchos de los cuales conozco, fueron muy bien escogidos y son expertos en los temas que tratan. Aquellos a quienes conocía sólo por algunas de sus publicaciones, puedo hacerles extensivo un juicio similar, a juzgar por la calidad de los capítulos que escribieron. Reconozco el mérito de los editores y el enorme esfuerzo que desplegaron, pues un texto tan amplio y profundo exige una compleja coordinación. Abarca aspectos generales de indispensables conocimientos como soporte ventilatorio, sedación, administración de fluidos y electrolitos, sin omitir detalles de utilidad clínica, informando no sólo qué debe hacerse sino cómo hacerlo, complementado con tan necesarios aspectos de enfermería. Además abarca patologías específicas: traumáticas, vasculares, convulsivas, infecciosas, hipóxico-isquémicas, etc. También trata sobre neu-roimágenes y otros exámenes complementarios y aspectos de bioética y muerte cerebral.

En este libro sobresalen dos características. Por una parte une lo esencial de la ciencia con muchos datos clínicos, aparentemente muy pragmáticos pero indispensables cuando hay que enfrentarse a patologías y a pacientes graves, que requieren de soluciones urgentes y esto no siempre puede ser realizado por médicos dedicados a Medicina intensiva, sino por otras especialidades que en algún momento se ven urgidos a hacerlo. Estos datos tan útiles y poco conocidos, algunos los llamamos “secretos de la neurología” porque de muchos libros son relegados o los dan por sabido. También quisiera comentar, recordando a Séneca, que me es grato señalar que este libro, a diferencia de otras publicaciones, “no hace gala de conocimientos que nada aprovechan y que sólo logran deleitarnos con su graciosa vanidad”. Son también escasas aquellas, a veces, excesivamente extensas reflexiones personales, que aunque carezcan de fundamento tanto agradan a algunos autores, pero no siempre a los lectores. Cervantes aconsejaba: “sed breve en vuestros racionamientos que ninguno hay gustoso si es extenso...”.

La segunda característica que se destaca en este texto es su clara intención docente, que se aprecia cuando temas de por sí complejos se busca hacerlos accesibles al lector no dedicado a cuidados intensivos. Gabriela Mistral decía que “saber enseñar es lograr simplificar sin restar esencia”.

En todo jardín hay también piedrecillas y es un imperativo de conciencia comentarlas. Hay un exceso de bibliografía en varios capítulos. Hay afirmaciones que son avaladas, sin aparente necesidad, por varias referencias y no sólo por la más importante o reciente, donde el lector interesado tendrá el mejor punto de partida para ahondar en aquello. A veces es más laborioso y exige un mayor dominio del tema, una selección más estricta de la bibliografía que un mayor número de ésta. Es un consejo que algunos no aceptarán pero que quizás el futuro recogerá como norma. La senectud es proclive a dar consejos y aquí va otro. Al menos yo, cuando deba visitar a un paciente en una Unidad de Intensivo, tomaré la precaución de releer, aunque sea subrepticiamente, el capítulo correspondiente y me sentiré más seguro para opinar.

Jaime Court
Servicio de Neurología Hospital Clínico
Pontificia Universidad Católica de Chile

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