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Revista chilena de neuro-psiquiatría

On-line version ISSN 0717-9227

Rev. chil. neuro-psiquiatr. vol.40 no.2 Santiago Apr. 2002

http://dx.doi.org/10.4067/S0717-92272002000200011 

COMENTARIO DE LIBROS Y REVISTAS

Historias de mentes

Autores: P. Azócar, C. Cerda, J. Collyer, G. Contreras, A. Costamagna, A.M. del Río, S. Gómez, G. Marín, C. Rivas, H. Rivera, P. Simonetti, R. Zurita
Editorial Alfaguara. Santiago de Chile, 2001, 232 págs.

Desde el diván

Autor: Irvin D. Yalom
Emecé Editores. 5ª impresión. Buenos Aires, 2000, 413 págs.

¿Qué puede decir razonablemente alguien que no es un escritor ni un crítico sobre dos obras literarias, sino apelar a la excusa que él padece del vicio impune, como solía denominarlo Alone, y que como tal se ve obligado a practicarlo y hablar sobre lo que no es más que una pasión? ¿O justificarse con el pretexto de que ambos textos versan sobre la psiquiatría, y, así como los escritores suelen emitir juicios a veces tajantes sobre nuestra especialidad, por tanto meditar sobre un campo que le es familiar porque versa sobre su profesión, aunque sea desfigurado por tratarse de ficciones? Ninguno de los dos argumentos es lo suficientemente convincente como para calmar la conciencia, por lo que, como dice Ovidio, nos "lanzamos hacia lo prohibido" sin más, a especular con cierta osadía aunque con un difuso sentimiento de culpa.

Porque se trata de ficciones. Ahora bien, lo primero que salta a la vista es el hecho tan conocido que las ficciones más logradas son aquellas que se aceptan como tales, en tanto que las que reproducen fielmente la realidad son, en el mejor de los casos, panfletos edificantes o historias clínicas acartonadas. Yalom es un psiquiatra que por largos períodos no puede dejar de lado que es un terapeuta y se deja llevar por un afán de mostrar qué acontece en las cuatro paredes de la consulta y cómo el enfermo logra el insight iluminador. Contrariamente, los escritores nacionales de "Historias de mentes" son ingenuos, en el mejor sentido del término, y, por lo general, proceden simplemente a narrar las desventuras de sus héroes y protagonistas, olvidando la verosimilitud o atenimiento a las entidades nosológicas tal como aparecen en los libros de texto. Además, y aunque este atributo es en cierta medida accidental, la traducción de la obra de Yalom es deficiente en grado casi delictivo -como sucede con regularidad a las obras de consumo masivo-, por lo que los cuentos chilenos gozan de un idioma que se deja leer con naturalidad y agrado, lo que no quiere decir que siempre alcancen un nivel satisfactorio (impresión de simple lector). Por último, el medio cultural absolutamente distinto entre California y Santiago se destaca con tal intensidad que, aun a riesgo de caer en simplificaciones injustificadas, uno se pregunta qué clase de pacientes vemos en la actualidad. En otros términos, la sospecha que se tiene de que la psiquiatría americana es radicalmente diferente de la psiquiatría chilena no sólo tiene que ver con el avance tecnológico desigual, sino que nuestros enfermos son totalmente "otros" en su constitución y comportamiento, y, por tanto, que nosotros procedemos de un modo primordialmente divergente de los psiquiatras americanos. ¿Y esto a pesar de los DSMs? ¿O es una ilusión producto de la influencia que tiene Woody Allen en los medios intelectuales americanos que crea pacientes, así como fantasea a psicoterapeutas y se imagina a la psiquiatría, y que Yalom acata y describe según el estereotipo del cineasta? Esta última observación deja el plano ficcional al cual habíamos prometido atenernos, por lo que ahora lo retomamos para tratar cada obra por separado.

Irvin Yalom es un psiquiatra justamente reconocido por sus importantes trabajos sobre psicoterapia de grupo en donde analiza los dinamismos intragrupales junto a los conflictos interpersonales, y todos hemos aprendido de él su uso de la técnica de autorrevelación del terapeuta que ayuda a focalizar el insight mutativo en el aquí-ahora gracias a sus notables destrezas técnicas. Progresivamente se fue acercando Yalom a la literatura al narrar con una paciente, Ginny Elkin, el tormentoso curso de una psicoterapia -cada uno escribía el proceso desde su punto de vista-, y de ahí lo catapultó a la fama "El día que Nietzsche lloró" (Emecé, 1995). Basada en una supuesta petición "histórica" de Lou Andreas Salomé a Breuer de psicoanalizar a un torturado Nietzsche gracias a la novedosa técnica de un joven e incomprendido Freud, la novela representó la primera de una serie de cuentos reunidos en forma de libro que cada año va editando Yalom con inusitado éxito, como si hubiera encontrado su vocación en edad ya madura. "Desde el diván" continúa este ciclo al relatar la formación como psicoterapeuta del inexperto Ernest Lach en su camino contestario, aunque éticamente honesto, de ayudar a un grupo de pacientes graves, que nunca funcionan a un nivel menor que el limítrofe pero que tampoco lo rebasan. Yalom tiene la habilidad de convertirnos a los psiquiatras en voyeuristas de la poderosa Asociación Psicoanalítica y sus intrigas fraguadas por psicoanalistas nada de "neutrales" en sus ambiciones desmesuradas, sus actos moralmente cuestionables y sus conflictos internos no resueltos. Nuestro voyeurismo se aumenta aún más al observar las ingeniosas y creativas técnicas empleadas por Lach en su lucha por conseguir la anhelada experiencia emocional correctora, y no dejamos de envidiarle su fecunda inventiva cuando, al recordar nuestras incertidumbres y perplejidades frente a estos enfermos difíciles, nos encontrábamos exhaustos o no sabíamos qué ruta seguir frente a sus resistencias. Yalom sabe seducir a los lectores legos al contar historias eróticas edípicas con matices preedípicos que recuerdan a las del vienés Wilhelm Steckel, aunque a la americana y postmoderna. Nos seduce a los especialistas al señalarnos la autorrevelación como un riesgo pero sobre todo un arma terapéutica poderosa y de crecimiento existencial. Por último, seduce también a los psicoterapeutas jóvenes al señalarles las bondades del análisis didáctico cuando éste se acompaña de cierta rebeldía y autenticidad para consigo mismo. La trama va girando vertiginosamente con una estructura secuencial de película de Hollywood, en donde las escenas brincan, los personajes se precipitan sin reposo y los lectores quedamos sin aliento y sin tiempo para reflexionar. Si de insight se trata, éste tiene que ser cogido a la desesperada en este huracán sin reposo.

A la literatura le sucede lo que a la filosofía. Cuando damos vuelta la última página y no sentimos la necesidad de meditar sobre determinadas situaciones o volver a leer algunos de sus párrafos, quiere decir que no hemos sido tocados vitalmente por los problemas planteados, que el libro se desliza por la lustrosa superficie y no cuestiona o ilumina nuestra condición humana. No se trata que una obra de ficción sea un tratado de metafísica o un ladrillo en la cabeza. Todo lo contrario. Pero tampoco basta con que nos ayude a no quedarnos dormidos después de almuerzo o que no evoque bostezos y lasitud invencibles. Al finalizar "Desde el diván" ya hemos olvidado casi todas las peripecias de los personajes y sus destinos posteriores no despiertan curiosidad o afecto profundo como para preguntarnos por el desenlace de sus flaquezas y miserias. Quizás a Yalom le ocurrió lo mismo que a sus pacientes y psicoterapeutas ficticios. No tuvo tiempo para meditar ni se dio respiro para retrasarse y así trabajar el rico material de su fantasía -que es prolífica y variada-, por lo que se dejó arrastrar por su estilo fácil pero sin consistencia o densidad.

"Historias de mentes" es un libro por encargo, lo que en sí no tiene nada de reprobable si nos recordamos de las creaciones de los grandes artistas -piénsese en Miguel Ángel o Mozart, por nombrar a dos de los mas destacados. Doce escritores se hicieron asesorar por doce psiquiatras (J. Cabrera, M. de la Parra, O. Dörr, A. Heerlein, F. Ivanovic-Zuvic, E. Jadresic, A. Koppmann, P. Olivos, P. Rentería, L. Risco, H. Silva, C. Téllez), bajo los auspicios de la Sociedad de Neurología, Psiquiatría y Neurocirugía de Chile y una empresa farmacéutica, para narrar biografías aquejadas de desarreglos espirituales. El encargo fue, pues, doble: la materia había de versar sobre doce perturbaciones psiquiátricas escogidas y existía un mecenas. La naturaleza de la colaboración psiquiatra-escritor es absolutamente desconocida para nosotros, lo que deja a nuestra imaginación sus alcances y límites. ¿Qué expectativas se habrán formado por ambas partes? ¿Qué confesiones íntimas se habrán generado? Sólo sabemos que al final de cada historia se encuentra un resumen del trastorno dirigido al público y que versa sobre las características clínicas de él.

Como se desprende de estos antecedentes, se parte desde la otra orilla, la de los legos. Las tramas nos introducen sin más en vidas corrientes aquejadas por el desvarío, pero que no se describen en jerga técnica o no buscan enseñarnos directamente sus alcances psicopatológicos, aunque, por momentos, algunas nos recuerdan como de pasada que estamos en el campo de la psiquiatría. Estas últimas nos resultaron menos interesantes porque nos trajo a la memoria la figura de William Styron. El afamado escritor americano padeció de un trastorno depresivo mayor melancólico que lo tuvo al borde del suicidio. Después de sanarse escribió la moralizante "Esa visible oscuridad. Memoria de la locura" (Grijalbo, 1992) donde se propuso, además de recriminar acremente a los psiquiatras por no utilizar psicofármacos, aleccionar severamente al público sobre este mal que aqueja a la humanidad occidental, como un profesor cualquiera imbuido de afanes didácticos y ejemplarizadores. Sin lugar a dudas, preferimos al otro Styron, al "escribidor".

Resulta más difícil formarse una impresión de conjunto de "Historias de mentes" porque los estilos y argumentos son, como era de esperar, radicalmente distintos. El trabajo meticuloso de nuestros escritores, empero, despierta en mí la misma aprensión que las historias de Yalom, aunque, evidentemente, en una medida bastante menor. Creo que no volvería a releer un cuento pasado un cierto tiempo porque no tengo la sensación de haber comprendido mejor una problemática psicológica, o no encuentro algunas cuestiones existenciales dejadas en suspenso en la lectura primera que me impulsen a ahondarlas más tarde. Reconozco que ésta es una carencia personal. Me sucede a menudo que cuando leo a Proust y me concentro en la homosexualidad de Monsieur Charlus, cada vez que creo haber cogido su naturaleza perturbada me engaño, porque algo se me escapa indefectiblemente y debo nuevamente dejar para otra oportunidad la posibilidad de entenderlo a cabalidad. Igual experiencia me ocurre con los celos de Otelo, celos que parece que fluyen entre mis dedos y que nunca revelan su esencia última a pesar de mis esfuerzos mejor intencionados. Estos textos se me vuelven interminables, quizás, como dice el mismo Proust, porque "a mi juicio, los lectores no serían más lectores sino los propios lectores de sí mismos, porque mi libro ...es el medio de leer en sí mismos; ...las posibles divergencias [conmigo] no siempre se deben a que yo me hubiera equivocado, sino a que a veces los ojos del lector no fueran los ojos que convienen a mi libro para leer bien en sí mismo".

Con todo, "Historias de mentes" merece sin duda un público amplio y heterogéneo por la calidad de sus narrativas. Además pensamos que vale la pena repetirse. Mejor dicho, debería intentarse nuevamente pero en otro nivel gracias a la experiencia obtenida y que, según nuestros escasos conocimientos en el área, es casi única en su género. Ahora se ha vuelto especialmente urgente porque se está gestando con fuerza un nuevo modelo de relación médico-paciente que se llama "medicina narrativa", y que necesita del perfeccionamiento de una competencia narrativa por parte del terapeuta.

GUSTAVO FIGUEROA

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