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Revista chilena de neuro-psiquiatría

versión On-line ISSN 0717-9227

Rev. chil. neuro-psiquiatr. v.39 n.1 Santiago ene. 2001

http://dx.doi.org/10.4067/S0717-92272001000100009 

 

Rev Chil Neuro-Psiquiat 2001; 39(1): 20-21

ARTÍCULO ESPECIAL

 

Demencias: perspectiva del fin de siglo

End-of-Century Perspectives on Dementias

 

Archibaldo Donoso

Hospital Clínico de la Universidad de Chile.


A comienzos el siglo XX, en 1907, Alois Alzheimer presentó el estudio de una paciente con demencia, patología que inmortalizó su nombre. Hace 50 años la enfermedad de Alzheimer todavía era una rareza, y hace 30 años los pacientes con este diagnóstico eran excepcionales. Persistía la dicotomía entre demencia presenil ­la enfermedad de Alzheimer­ y demencia senil.

En estas últimas décadas han sido enormes los cambios en el panorama de las demencias. La enfermedad de Creutzfeldt-Jacob, clasificada en el capítulo de las demencias degenerativas, se debe a una proteína infectante, la enfermedad de Alzheimer, cuya causa era simplemente una "abiotrofia", o sea, una degeneración precoz en el sentido de Gowers, ahora se reconoce como un síndrome de patogenia altamente compleja. Al hablar de abiotrofia nos resignábamos a observar los misterios de la naturaleza; actualmente se lucha encarnizadamente por revelar su biología molecular ¡y se logra!

Por otra parte, el gran cambio demográfico, el envejecimiento de la población que se ha producido en todos los países desarrollados y también entre nosotros ha aumentado la población expuesta al riesgo, y la enfermedad de Alzheimer se ha transformado en un problema de salud pública. Las demencias son muchísimo más frecuentes que hace 50 años; y podemos estimar que en nuestro país más de 100.000 adultos mayores presentan un deterioro cognitivo o una demencia.

Son más, y al mismo tiempo ellos o sus familias solicitan atención. Hace algunas décadas, o todavía ahora en sectores rurales o de nivel socioeconómico bajo se acepta la pérdida de la memoria como un fenómeno natural en el adulto mayor, como una consecuencia inevitable de los años. Las familias más sofisticadas, o las que suponen que nada debe osbtaculizar el goce de la vida, ­¿más civilizadas o más hedonistas?­ se preocupan y existe una solución médica cuando un sujeto de 80 años o más pierde la memoria. Las expectativas de gozar de la salud y la vida son mayores ¿nos aleja eso de lo natural? Esta actitud ¿es necesariamente más sabia que la de los sujetos que aceptan tranquilamente la decadencia del cuerpo y la mente? Nosotros, como médicos, tratamos de luchar contra esta decadencia, pero ¿hasta dónde debemos esforzarnos?

Hemos hecho avances importantes; los médicos, los biólogos, y los familiares de los pacientes. Los médicos hemos desarrollado criterios y métodos de diagnóstico; los esfuerzos ejemplificados por el DSM-III, CID 10, etc., han tenido gran importancia en los estudios clínicos y epidemiológicos que nos permiten describir y dimensionar el problema que enfrentamos. El desarrollo de la neuropsicología y de la neurorradiología ­el estudio de la memoria episódica o el cálculo del volumen del hipocampo en RNM­ permiten afinar el diagnóstico de la enfermedad de Alzheimer inicial. Sin embargo, todavía no sabemos si el envejecimiento normal, el deterioro cognitivo leve, y la enfermedad de Alzheimer, son o no son parte de un mismo proceso. No podríamos negar la posibilidad de que la demencia sea parte de nuestro ciclo de vida.

Los biólogos han hecho maravillas; están precisando cuáles son los mecanismos moleculares que llevan a la muerte de las neuronas. Hace 30 o 50 años se hablaba de falta de circulación cerebral y se usaban "vasodilatadores cerebrales"; hace 15 años se planteó la hipótesis colinérgica (la pérdida precoz de neuronas colinérgicas del núcleo basalis de Meynert implica una denervación de las neuronas corticales) y en este momento entre los fármacos más usados en la enfermedad de Alzheimer destacan los anticolinesterásicos. En los últimos 5 años los investigadores básicos están precisando cómo se llega a la fosforilación anormal de la proteína tau, al depósito de amiloide, a la muerte celular por radicales libres o por apoptosis, y esperamos que en los primeros años del nuevo siglo se cuente con fármacos más eficaces que los actuales.

Al mismo tiempo nos estamos dando cuenta de que las terapias conductuales, o el manejo de las condiciones ambientales del paciente son de gran ayuda para el tratamiento, tal vez más eficaces que los fármacos. En efecto, la conducta de los pacientes no sólo depende de la enfermedad cerebral sino que también de su interacción con el medio. Si el ambiente es adecuado y estimulante, el paciente estará mejor. Nos estamos dando cuenta de que las emociones y las interacciones entre las personas son tanto o más importantes que la

capacidad cognitiva de los pacientes. Sabemos que la actividad del enfermo (o de cualquier persona) es importante para el estado de su cerebro; los procesos de sinaptogénesis y neurogénesis serían el correlato biológico de los cambios obtenidos. Este conocimiento, unido al sentido común, ha hecho que se desarrollen las organizaciones de ayuda a la familia del paciente (representadas en nuestro país por la Corporación Alzheimer Chile) y las terapias de estimulación.

En el siglo XXI la enfermedad de Alzheimer probablemente tendrá una importancia aun mayor que en el presente. Ante esta perspectiva, debemos insistir en la investigación básica, en el diagnóstico oportuno, en la búsqueda de nuevos fármacos; pero también debemos desarrollar los medios de estimular al paciente y apoyar a sus familiares, y ante el curso inexorable de la enfermedad, recordar el viejo arte de acompañar a los que no podemos curar.

 

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